2008/05/17 05:15:00 GMT+2
Este Ortiz (o sea, yo) se habría
puesto en cosa de segundos de acuerdo con la otra Ortiz (Telma) en que sus
andanzas privadas no son de interés general y que, por tanto, tiene todo el
derecho del mundo a hacerlas sin que la persigan para inmortalizarlas en papel
couché (que en francés, por cierto, quiere decir “acostado”).
A no ser que ella misma haya dado
pie a que sus intimidades sirvan de carnaza para los medios dedicados al
cotilleo, cosa que ignoro, pero me dicen que no.
Imagino que la vida de esa
señora, en tanto que hermana de la princesa de Asturias, tendrá una cierta
dimensión pública, porque acudirá a algunas recepciones y otros actos
protocolarios invitada por sus regios familiares. En ellos podrá ser
fotografiada sin parar, claro. Pero, finalizado ese capítulo, el resto es cosa
suya. Puede salir o entrar con quién le dé la gana (y ser madre o abortar,
enamorarse o reñir, tener un amante o siete) sin que su parentesco con la
princesa le obligue a aguantar que una docena de ocupados en entretener a los
desocupados la persigan para ver si captan lo que come, a quién besa o qué cara
pone cuando hace fuerza en la taza del WC.
Lo más irritante es que esta
polémica se haya montado en un país cuya prensa es especialista en ocultar cuidadosamente
las actividades de tarambana de la mayor autoridad del Estado. A mí, que el rey
de España se lo monte así o asao me trae sin cuidado, siempre que lo haga en
horas libres y que luego no nos dé por Navidad lecciones de moralidad católica.
Pero si por acudir a citas galantes hace dejación de sus obligaciones, como
sucedió cuando retrasó la firma del decreto de nombramiento de un ministro de
Exteriores porque estaba desaparecido en Suiza en compañía de una señora,
entonces me parece obvio que se trata de un comportamiento privado de interés
público, que merece todas las portadas que se quiera.
Pero no las hubo.
¿Hemos de entender, entonces, que
es un asunto clave para la libertad de expresión saber qué narices hace la
hermana de la nuera del jefe del Estado cuando va de aquí para allá, pero que
el respeto constitucional a la intimidad debe cubrir las actividades privadas
más o menos estrafalarias del propio jefe del Estado, incluidos los presentes
que recibe, navegables, con ruedas o en metálico?
Demasiada doble moral junta.
_______________
Coda.– Hace unos días lo hablaba con un conocido, que me preguntó: "¿No te angustia tener que escribir una columna todos los días?". Podrá pareceros que mi respuesta fue propia de alguien de Bilbao, pero no, porque soy de Donostia y no se me dan las fantasmadas. Le dije: "La mayoría de los días lo que me fastidia es no poder publicar más columnas".
Tengo constantes ganas de responder a las realidades que me provocan. Normalmente acumulo los temas para tener un colchón de columnas de reserva en el que apoyarme por si he de viajar, o por si tengo un día demasiado liado, o por si no me encuentro bien (mis gripes son antológicas). Pero en otras ocasiones soy incapaz de aguantar las ganas y me pongo a escribir, así sean Apuntes del Natural como éste de hoy, o como los dos de ayer.
Y todavía tengo sobre la mesa de trabajo un recorte cuyo titular dice: "El fantasma del racismo emerge con el avance de Obama". ¿A que da ganas de escribir también sobre eso?
Remitente: ortiz.2008/05/17 05:15:00 GMT+2
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2008/05/16 07:15:00 GMT+2
Primero.– Hace años que no pongo en duda por principio
ninguna hipótesis de estupidez humana, pero la idea de que un guerrillero
deambule por la selva con tres ordenadores en los que lleva sin ninguna
necesidad pruebas de altos secretos comprometedores se me hace bastante cuesta
arriba. Admitamos por un instante que fuera cierto que los gobiernos de
Venezuela y Ecuador han apoyado monetariamente a las FARC, o al revés. ¿Qué
necesidad tenía el guerrillero Raúl Reyes de llevar constancia de ello en tres
ordenadores portátiles que podían ser interceptados, robados e incluso
extraviados, al desplazarse su dueño en condiciones tan difíciles e inseguras?
¿Para qué conservaba esos documentos? ¿Para hacer la declaración trimestral del
IVA?
Quien sostiene la veracidad de
esas imputaciones es Ronald K. Noble, secretario general de la Interpol. Pero
el señor Noble, ex empleado del Gobierno de Washington, no resulta demasiado de
fiar, y no sólo por su pasada (¿pasada?) vinculación con la Administración de
los EEUU. Su parcialidad pro-Uribe es manifiesta, como lo prueba que haya
evitado hacer ninguna observación crítica sobre cómo fueron incautados esos
ordenadores, en condiciones claramente ilegales. Esas presuntas pruebas están
contaminadas de origen.
La propia Interpol dista de ser
una organización libre de toda sospecha. Recordemos que su anterior presidente
hubo de dimitir tras revelarse que tenía relaciones ocultas con un importante
mafioso sudafricano.
Ronald K. Noble no ha estado muy
a la altura de su apellido. En su informe sobre los ordenadores, da un curioso
salto argumental. Primero dice que “los expertos” no han encontrado nada que
pruebe que hayan sido manipulados, y luego pasa a afirmar que no lo han sido.
Hasta el más torpe de los policías sabe que una cosa es no poder probar algo y
otra muy distinta que ese algo no se haya producido.
Digno de mención: casi toda la
Prensa española da esta mañana por hecho que lo que dice Ronald Noble va a
misa.
Segundo.– Vuelve a
manejarse en estos días, con motivo de la reunión de la Cumbre de los Pueblos
(la contra-cumbre de gobernantes europeos y americanos que se está
desarrollando en Lima), la muy popular consigna alternativa: “Otro mundo es
posible”.
Habré de reiterar, entonces, el
escepticismo que me provoca esa afirmación.
No tendría nada que objetar si se
dijera que cabe imaginar, como
ejercicio teórico, otro modo de organizar el mundo: las relaciones entre los
países, los intercambios económicos, las diferencias de clase... Cabe pensar
otro modelo, justo e igualitario. Pero, ¿con qué fundamentos puede afirmarse
que es posible?
Para empezar, no hay nada que
asegure que ese modelo imaginario, en el hipotético caso de que cupiera
llevarlo a la práctica, fuera a dar como resultado un mundo calificable de
justo e igualitario. La experiencia humana ilustra elocuentemente más bien
sobre lo opuesto: todos los intentos que ha habido a lo largo de la Historia de
crear sociedades estupendas, integradas por seres libres e iguales, se han ido
al carajo un poco antes o algo después, dando paso a formas de explotación y
opresión distintas de las anteriores, pero también muy injustas y muy
desiguales. A veces más soportables, eso es cierto, pero rotundamente fallidas
en cuanto al enunciado inicial.
En segundo lugar, es tal la
desproporción de fuerzas de todo tipo que hay hoy en día entre quienes
quisieran “otro mundo” y quienes se están forrando con éste que mucho me temo
que haya que poner bastante en duda ese “es posible”. Las fuerzas opuestas al
tinglado que nos domina a escala internacional son numerosas, pero dispersas,
desorganizadas y poco coherentes.
¿Es inútil combatir, entonces?
¡Desde luego que no! Lo que yo discuto es que haya que animar a la gente a la
lucha diciéndole que es posible vencer. Creo que es mucho mejor dejarse de
quimeras e incitar a los demás al combate apoyándose en lo que no ofrece duda:
lo existente da asco.
Sé que hay que estar en contra de
este mundo. Lo del otro mundo lo dejo para los creyentes.
Remitente: ortiz.2008/05/16 07:15:00 GMT+2
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2008/05/12 05:30:00 GMT+2
El sábado
decidí cambiar la columna que tenía prevista en Público y mandé otra para sustituirla. No tuve suerte y, por
problemas de coordinación interna del periódico, no se produjo el cambio
requerido, con lo que salió una columna en el periódico y otra en mi blog
personal. Hoy (todavía no lo sé, porque estoy escribiendo esto de madrugada) es
fácil que ocurra lo contrario.
No vale la pena
que nadie se tome el trabajo de imaginar problemas que vayan más allá de los
meramente funcionales.
Desde hace
algunas semanas, vengo recibiendo bastantes correos electrónicos cuyos
remitentes hacen elucubraciones que parten del dato de la colocación mejor o
peor de mis columnas dentro de la edición digital de Público. Pierden el tiempo. Es algo que no responde por sistema a
ninguna decisión humana, ni amable ni perversa, sino al funcionamiento de un
robot, que va acumulando las columnas de los colaboradores en función de su
hora de entrada, de modo que las más madrugadoras, como suelen ser las mías,
tienden a aparecer al final. Ha bastado con retrasar el toque final de las
últimas para que hayan aparecido en posiciones preferentes. Es así de sencillo.
Otra cosa es
que todo se pudiera hacer mejor, pero para eso Público necesitaría tener una plantilla más amplia, y un periódico
en sus comienzos está obligado a vigilar muy mucho su cartera. He asistido ya en
primera persona al nacimiento de tres diarios de información general (Liberación, El Mundo y Público) y sé de qué hablo. El que se
planteó la cosa de manera más altruista, Liberación,
fue el que se dio más prisa en fenecer.
Puestos a
especular, los ha habido que también han especulado con el hecho de que yo
asistiera el pasado jueves a la presentación en Madrid de la biografía de Pedro
J. Ramírez y de que El Mundo decidiera
destacar al día siguiente mi asistencia al acto, publicando una fotografía que daba
cuenta de ella. Los habituales de esta web saben que, pese a nuestras muy
profundas diferencias ideológicas y políticas, tengo buena relación personal
con Ramírez, que me ha demostrado reiteradamente su aprecio personal y
profesional, cosa que siempre he agradecido, aunque no lo manifestara mientras
trabajé para él, en aplicación de uno de mis principios privados: “Contra el
patrón como contra la Patria: con razón o sin ella”.
Fui al acto
porque me apetecía, charlamos un rato y quedamos en seguir charlando. Eso es
todo. No lo hice pensando en ningún futurible, entre otras cosas porque casi carezco
de futuro: me jubilo dentro de cuatro años y medio. Y tengo unas ganas de
mandar el periodismo (eso en lo que ha acabado por convertirse) a freír espárragos…
Remitente: ortiz.2008/05/12 05:30:00 GMT+2
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2008/05/06 06:00:00 GMT+2
Los obituarios que se
están dedicando a Leopoldo Calvo-Sotelo ponen el acento en algunos aspectos de
su biografía, pero pasan de puntillas sobre otros que son también definitorios
de su trayectoria política. Así, eluden recordar que fue procurador en las
Cortes franquistas. Tampoco insisten en que, como ministro del Gobierno de
Arias Navarro, fue corresponsable de actuaciones y decisiones graves, a veces
luctuosas (aunque cabe suponer que, sentándose en aquel Consejo de Ministros
personajes como Fraga, Suárez y Martín Villa, estaría más de oyente que otra
cosa).
Se resalta que el
intento golpista del 23-F se produjo en el momento en el que iba a votarse su
candidatura a la Presidencia del Gobierno, una vez dimitido Suárez. Lo que no
se menciona es que, meses después, promovió –de acuerdo con el PSOE, conviene
recordarlo– la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), que
fue claramente un intento de atender parte de las exigencias militares que estaban
detrás de los afanes golpistas. La LOAPA limitaba considerablemente aspectos de
los Estatutos de Autonomía que el sector más reaccionario del Ejército
consideraba poco menos que separatistas. En 1983, ya con Felipe González en la
Moncloa, el Tribunal Constitucional negó el carácter orgánico y armonizador de
la LOAPA y declaró anticonstitucionales 14 de sus 38 artículos. Sabiendo lo
dócil que era por aquel entonces el TC con el Gobierno del PSOE y el interés
que éste tenía en no ver desautorizada una ley que consideraba propia, no es difícil
hacerse idea de hasta qué punto era un engendro. Su parte más estrafalaria,
desde el punto de vista jurídico, es que trataba de enmendar partes
fundamentales de una ley de rango superior con otra de rango inferior. Pero
peor era su significación política: cedía ante quienes veían en los estatutos
vasco y catalán un intento de «desmembración de España».
Calvo-Sotelo fue
también responsable del ingreso del Estado español en la OTAN, decisión que
tomó sin consulta alguna, a sabiendas de la impopularidad de la medida. Sus
defensores argumentan que lo hizo para favorecer que las Fuerzas Armadas
españolas se fundieran con las de los estados occidentales, lo que las alejaría
de cualquier veleidad golpista. Es una interpretación benévola imposible de
refutar: las intenciones de cada cual son exclusivamente suyas. En todo caso,
de lo que no hay duda es de que el finado Calvo-Sotelo era muy atlantista. O
sea, que nos metió en un sitio que le gustaba. Aparte de eso, dudo que para entonces
hubiera en España muchos altos responsables castrenses que no fueran ya
conscientes, al margen de sus propias querencias ideológicas, de que cualquier
intento de regreso a la dictadura estaba condenado de antemano al fracaso.
No tuve nunca ocasión de
hablar con él. Mejor dicho: nunca estuve con él, porque lo de hablar es otra
cosa. Me contó Xabier Arzalluz que se entrevistó con él en alguna ocasión
durante el breve tiempo en el que ejerció de presidente de Gobierno, y que se
desesperó ante su perfecto hermetismo hierático. No soltaba prenda. El entonces
presidente del PNV dudaba de las razones de la incomunicabilidad del personaje:
¿era que no quería decir nada, que no tenía nada que decir, que no sabía qué
decir, o qué?
De todos modos, hay un
par de aspectos de la personalidad de Leopoldo Calvo-Sotelo que tampoco se
están resaltando y que, bien mirados, a mí me parecen positivos. El primero es
su carencia de eso que por aquí se suele llamar «carisma». Era cualquier cosa
menos seductor. Estaba tan distante como cualquier otro dirigente político,
pero él no lo disimulaba. Eso, en un mundo político en el que tienen tanto
predicamento los vendedores de imagen, resultaba de agradecer.
Lo otro que merece la
pena valorar de él es que, cuando se retiró, se retiró.
Remitente: ortiz.2008/05/06 06:00:00 GMT+2
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2008/04/27 06:00:00 GMT+2
Noto un
creciente desaliño en la confección de los más importantes periódicos españoles
y, de manera especialmente llamativa, en El
País, en el que puede que el deterioro resalte más porque antes tenía un
control de calidad relativamente alto.
No estoy
refiriéndome a los contenidos ni a la línea editorial (ése es otro asunto),
sino al rigor técnico, profesional. La redacción de los textos es ramplona y
descuidada; la mezcla de información y opinión, constante; el montaje,
efectista pero confuso; la elección de las fotos, hecha al buen tuntún, como
para rellenar… Podría poner ejemplos a mansalva, pero hay algunas pifias de los
últimos días que me han dejado estupefacto. ¿Cómo es posible meter una noticia
destacada en la que se insiste en afirmar que una procesada que se llama
Dolores tiene como nombre de guerra “Lola”? ¿Qué clase de nombre de guerra es
ése? Los nombres de guerra se eligen para disimular la verdadera identidad y,
que yo sepa, las Lolas siempre han sido Dolores. ¿Tienen previsto decir, la
próxima vez que se refieran al último ex premier
británico, que se trata de «Anthony Blair, alias Tony»?
No ya el cuerpo
de las noticias; incluso los títulos y subtítulos están con frecuencia mal
redactados, con llamativo desprecio del diccionario, la gramática y los libros
de estilo. Es penoso.
El fenómeno
puede tener dos explicaciones, en nada excluyentes.
La primera es
la degradación del rigor del lenguaje mediático, político y literario, cada vez
más apabullante en España. Se habla y escribe de manera abúlica, echando mano
de constantes frases hechas y tópicos, que nadie se toma el trabajo de pensar
dos veces. Y como el resultado tampoco parece que incomode a quienes escuchan o
leen, todos tan felices.
La segunda explicación,
acumulable a la primera, es que los responsables de los medios de comunicación españoles
están tan ocupados en sus batallas empresariales, viendo qué compran y qué venden
(o quién los compra y quién los vende), que no tienen tiempo para ejercer de
periodistas rigurosos, en el hipotético caso de que supieran hacerlo.
Esto último me
tiene especialmente fascinado en las últimas semanas. O mareado, más que
fascinado. Es tal la cantidad de informaciones y rumores que corren sobre
cambios de propiedad en los grandes medios de comunicación que ya no tengo ni
idea de cómo están en este mismo momento las cosas, y mucho menos aún de por
dónde van a ir.
Además, tampoco
es que me importe demasiado. Doy por hecho que, cambie como cambie la
titularidad de las acciones de este, el otro o aquel, el rollo de fondo que soltarán
seguirá siendo el mismo.
Remitente: ortiz.2008/04/27 06:00:00 GMT+2
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2008/04/21 05:30:00 GMT+2
En pocos
días he pasado de estar sometido al ruido enloquecedor del centro de Madrid a
notar la fuerza del silencio de la montaña alicantina.
En Madrid,
el piso en el que paro está en lo alto de una calle estrecha y muy frecuentada.
Las casas hacen el efecto de una caja de
resonancia. Las radios, las bocinas de los coches, las voces, las persianas de
las tiendas, las sirenas de las ambulancias (no sé por qué, pero para mí que
casi todas las ambulancias que circulan por Madrid pasan por mi calle), los
tubos de escape de las motocicletas… El conjunto puede resultar enloquecedor. Y
no tiene remedio, porque, si tomo medidas para aislarme, entonces no oigo ni el
teléfono ni el timbre de la puerta, y necesito oírlos.
Pero, en cosa de pocas horas, como ha ocurrido en estos días, me traslado a mi casa
mediterránea, perdida en el quinto pino, totalmente alejada del mundanal ruido,
y el cambio es total.
Aquí no hay
nada de lo de Madrid. A veces pasa un coche por la lejanía y se oye un leve
zumbido. Hay ocasiones en las que el eco me trae algo de la música que ponen en
alguna de las casas de los alrededores. O de las voces de una conversación
festiva, de comida de fin de semana al aire libre. Lo que más suena, por lo
general, es el canto de los pájaros. Anteayer me entretuve distinguiéndolos,
sentado bajo el sol, y separé media docena de trinos diferentes.
Pero el
teórico silencio campestre también pasa sus facturas.
Hace una
hora, más o menos, me ha despertado un ruido. Tal vez el viento, que azotaba
fuerte, hubiera derribado un tiesto. Eran las 3 de la mañana.
A partir de
ahí, tumbado en la cama, he empezado a oír los sonidos del silencio, casi todos
misteriosos para mí. ¿Una rama rota? ¿Un gato persiguiendo un ratón de campo?
¿No andará rondando alguien por los alrededores?
He encendido
la radio, pero resultaba todavía más inquietante: sólo había gente desvelada
que pormenorizaba angustias angustiantes.
Así que he
optado por levantarme y ponerme a escribir.
Como en
Madrid, pero sin ambulancias.
Remitente: ortiz.2008/04/21 05:30:00 GMT+2
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2008/04/19 08:45:00 GMT+2
Ayer di una
conferencia en Petrer. Para
quienes no lo sepan, diré que Petrer es un pueblo importante de la comarca del
Vinalopó, dentro de la provincia administrativa de Alicante. No muy
alejado de mi casa de Aigües. A una hora de coche (conducido a velocidad
moderada), según pude comprobar a mi regreso.
La
conferencia no tuvo ningún interés para mí, porque ya me la sabía. Para el
público asistente, no lo sé: la buena educación mueve a quienes soportan este
tipo de rollos a decirte luego que les ha interesado, pero no es forzosamente
cierto. Lo peor es que olvidé poner el cronómetro en marcha cuando inicié mi
perorata, fallo que me llevó a pasarme de frenada y tirarme hora y cuarto hablando
sin interrupción. (La experiencia me dicta que, técnicamente, una buena
conferencia debe durar unos 50 minutos. Aguantar a un señor que habla y habla
durante 75 minutos es más de lo que se le puede pedir a cualquier persona
razonable.)
A mí, de las
conferencias (de las mías) lo único que me interesa es lo que las rodea. Es
decir, la oportunidad que me proporciona de hablar con gente poco o nada
conocida, sea antes de empezar el acto o, sobre todo, al final, en la cena que
suele congregarse para clausurar la jornada. Ayer no fue excepción. Me permite “tomar
la temperatura” a las personas que se interesan por este tipo de asuntos, que
son de las más inquietas y críticas de cada sitio. Así puedo saber hasta qué
punto están informadas (y de qué), por dónde van sus inquietudes, cuál es su
geografía política y sus códigos de interpretación de lo que sucede. El
resultado no siempre resulta entusiasmante, pero malamente podría quejarme: yo
tampoco lo soy.
Podrá
parecer tontería, pero lo que llevo peor de estas experiencias, que cada vez
prodigo menos, es su resultado físico. Estar una noche por ahí hasta las tres
de la madrugada, como ayer, hace que al día siguiente esté como para recogerme
con pala.
No sé. Para
mí que va a ser culpa de la edad.
Remitente: ortiz.2008/04/19 08:45:00 GMT+2
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2008/04/15 08:50:00 GMT+2
La pifia de mi
columna de ayer fue notable. No sé por qué (bueno, sí sé por qué: porque no
tengo ni idea de alemán), siempre había pensando que el Bayern de Múnich
llevaba ese nombre porque estaba vinculado en su origen o por patrocinio con la
empresa química Bayer, al igual que el Bayer Leverkusen, y así lo dejé caer,
tan alegremente. Me tocó descubrir pocas horas después que el “Bayern” se llama
así porque es de Baviera, y no tiene nada que ver con la problemática empresa
que fundó el señor Bayer. Mi enfermizo sentido del ridículo me hizo sentirme en
la obligación de pedir rápidas y abochornadas disculpas públicas por mi
patinazo, tanto a los lectores de Público
como al Bayern de Múnich.
Pero, por lo
que me han contado, mi columna provocó otra tanda de misivas, éstas
relacionadas con las relaciones entre deporte y nacionalismo. A los listillos
de siempre les dio por entender que mis críticas estaban dictadas por mi manía
a “lo español” y que jamás habría escrito algo parecido si en el partido de
fútbol –en el que fuera– hubieran estado implicados equipos de mis
preferencias. ¡Ah, si hubieran sido vascos, o catalanes!
Estamos en lo
de siempre. Si recurrieran a la hemeroteca, verían que me declaré horrorizado,
hace no tantos años, ante la posibilidad de que el equipo de fútbol de mi
pueblo (la Real Sociedad de San Sebastián) ganara el Campeonato Nacional de
Liga. Mostré mi pavor ante la avalancha de nacionalismo (o incluso de
localismo) que eso podría acarrearnos a los donostiarras y manifesté mi deseo
de que tal cosa no ocurriera. Cuando finalmente no sucedió, me declaré
aliviado, lo que no me hizo ganar muchas simpatías entre algunos de mis
próximos.
Son ganas de no
entender que haya quien pueda sentir franca aversión por las manifestaciones
más irracionales, viscerales y prepotentes del cariño por su propia tierra y
por los éxitos de sus vecinos, sean de origen o traídos de donde sea a golpe de
talonario.
Dicho lo cual,
me disculpo por lo tardío de esta aportación a la Red. Ayer tuvimos una muy
grata cena republicana que unos cuantos prolongamos hasta las cuatro y pico de
la madrugada, dándole a la mui. Así que podéis imaginar el espesor que alguien
como yo, que para las 12 de la noche está casi siempre en la cama, arrastra
esta mañana.
Remitente: ortiz.2008/04/15 08:50:00 GMT+2
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2008/04/11 06:00:00 GMT+2
Todos los
usuarios de buscadores en la Red sabemos de la importancia de acotar bien el
centro de nuestro interés para encontrar exactamente lo que buscamos, porque,
si no, corremos el riesgo de vernos sumergidos en una avalancha de datos en la
que nos resulta imposible desenvolvernos.
Lo del correo
electrónico puede ser aún peor. Para mí lo está siendo, por lo menos. En la
actualidad, recibo tal cantidad de electrocartas
que me resulta imposible administrarlas. No me refiero a correo “basura”,
publicidades y divertimentos de ésos
que ahora tanto fabrican y difunden los
trabajadores con pocas ganas de trabajar, sino de cartas específicamente
escritas para mí por personas que quieren comentarme algo concreto, del tipo
que sea (la gama de posibilidades es muy amplia: desde una reflexión política
hasta un asunto de índole laboral, la tramitación de una factura o la
invitación a tal o cual acontecimiento, público o privado).
Ayer me sentí
desbordado por completo. Tras haber eliminado de mi buzón de correo electrónico
todo lo que tenía aspecto de ser “basura”, haciéndolo a lo bestia y con riesgo de
tirar a la papelera mensajes que lo mismo me interesaban, me quedé con más de un centenar de cartas.
Me entró un
total desaliento.
Lo comenté con
mi mujer, que se distraía viendo en su ordenador un pase de fotos muy bonitas: “El
problema no es que me sea imposible responder todo ese correo. ¡Es que ni
siquiera tengo tiempo suficiente para leerlo!”
Se rió. “Contrata
a alguien que lo lea y te haga una criba”, me dijo, sabiendo de sobra que no
tengo medios para contratar a nadie.
“No me bastaría
con contratar a una persona. Necesitaría dos” –le seguí la broma.
De verdad: que
te hable demasiada gente a la vez es como si no te hablara nadie. No te dicen
nada: te aturden. Y es algo que, además, no tiene remedio, porque cada una de
las personas que te habla no tiene conciencia de estar haciéndolo a la vez que
muchas más.
Añadid a eso
los teléfonos.
Remitente: ortiz.2008/04/11 06:00:00 GMT+2
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2008/04/09 06:30:00 GMT+2
Dicen que Albert
Einstein solía afirmar: “Sólo conozco dos cosas infinitas: el espacio y la
estupidez humana”.
Mi primo Emilio
Sánchez Ortiz, al que no le incomoda el humor negro –me da que es cosa de
familia–, escribió hace años una sombría reflexión en un libro de apotegmas:
“De que hay vida después de la muerte yo soy la prueba evidente”.
Mezclo ambas
ideas y me sale una tercera: de que la estupidez humana es infinita yo soy la
prueba evidente.
Ayer, un amigo
me hizo ver cuán absurdo resulta que deje espacio en mi web a los comentarios sobre
las columnas que saco en el diario Público.
Su argumentación fue tan redonda que me llevó directamente a concluir que en
algunas ocasiones soy bastante limitado de entendederas.
“Tus columnas
en Público se pueden comentar en la web
del propio diario”, me dijo. “Dado que tú no sueles leer esos comentarios, no
te aporta nada que figuren en tu blog. En cambio, te beneficia que aparezcan en
la versión electrónica de Público, porque
dan más eco a tus escritos.”
“Otra cosa son
tus Apuntes”, prosiguió (lo cito de
memoria: no tomé nota literal de sus palabras). “Ahí sí tiene sentido que abras
la puerta a los comentarios de los lectores. Pero para ello sería conveniente
que separaras otra vez las columnas de los Apuntes,
de modo que no se monte el lío que a veces hay ahora entre quienes escriben
sobre lo uno y quienes lo hacen sobre lo otro. Quien quiera decirte algo en
privado, puede hacerlo por e-mail. Y quien quiera comentar en público lo que
escribes, también tiene modo de hacerlo.”
Sólo pude hacer
una cosa: darle la razón. Y obrar en consecuencia.
Remitente: ortiz.2008/04/09 06:30:00 GMT+2
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