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2010/03/21 06:00:00 GMT+1

En el nombre del padre

Los medios de comunicación recogían ayer la noticia, pero era difícil saber de qué hablaban. Todo resultaba muy confuso. «Garzón deja en libertad a la presunta etarra Ainara Gorostiaga», titulaba un importante periódico. Así no había manera de entender nada. Porque, para empezar, no tenía sentido calificar a Ainara Gorostiaga de «presunta etarra». De hecho, ésa era precisamente la noticia: que, tras dos años de cárcel, había sido puesta en libertad sin cargos. Exculpada por completo.

Sin embargo, la historia no era tan difícil de contar. Es patéticamente sencilla. Gorostiaga fue detenida en febrero de 2002 en compañía de su amigo Mikel Soto y ambos, junto con otros dos amigos arrestados posteriormente, fueron acusados de integrar un llamado «comando Urbasa» de ETA y de haber dado muerte en julio de 2001 al concejal de UPN José Javier Múgica. El procesamiento de los cuatro jóvenes pamploneses se basó exclusivamente en la declaración autoinculpatoria de Ainara Gorostiaga ante la Guardia Civil. Tiempo más tarde, la Policía francesa interceptó una carta suscrita por el presunto miembro de ETA Andoni Otegi, detenido en el país vecino, en la que éste se atribuía el asesinato del concejal navarro. Interrogado al respecto, Otegi aportó tantos detalles sobre el crimen que no quedó duda alguna sobre su autoría y, en consecuencia, sobre la inocencia de Gorostiaga y sus compañeros.

Eso es lo sucedido.

En el auto suscrito por Garzón para decretar la puesta en libertad sin cargos de Gorostiaga, decidida horas después de que la prensa navarra aireara los detalles de su injusto encarcelamiento, el juez afirma que la joven fue interrogada «con arreglo a la Ley de Enjuiciamiento Criminal y, por tanto, con todas las garantías». El titular del Juzgado Central número 5 se precipita: hay unas diligencias abiertas para esclarecer en qué circunstancias Ainara Gorostiaga se declaró culpable del crimen que no había cometido. Ella denunció que había sido torturada.

En todo caso, tal cosa sería indiferente a los efectos de su encarcelamiento. Porque el hecho es que la Audiencia Nacional la ha mantenido durante más de dos años en prisión -situación que Garzón confirmó a comienzos de este mismo mes- pese a que no obraba en el sumario ningún indicio racional que apuntara a la culpabilidad de la muchacha y sus amigos. Salvo su autoinculpación.

Garzón sabe de sobra qué institución se hizo tristemente célebre por apoyar sus procesamientos en la sola declaración del acusado: la Inquisición española.

¿Qué habría sido de Ainara Gorostiaga de no haber mediado la confesión de Andoni Otegi? ¿Cuánto tiempo más habría seguido en la cárcel? ¿Habría salido?

Ahora a Garzón únicamente le queda por probar que, si la muchacha se declaró culpable del asesinato del concejal Múgica, fue por vicio. O para dejarle a él en mal lugar.

Javier Ortiz. En el nombre del padre. Apuntes del natural. 30 de marzo de 2004.

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2010/03/20 06:00:00 GMT+1

¡Pin, pan, pum!

Ayer fue San José. El Día del Padre, las Fallas valencianas, y tal.

Hace algunos días mencioné una historia que luego dejé por ahí perdida y que me parece que tiene su miga. O más bien su estruendo.

Empiezo por reconocer que el gusto mediterráneo por la pólvora, el fuego y el ruido no me fascina. No; en absoluto.

Tengo clavado en la memoria el horror que padecí una noche-mañana en la que le convencí a Charo, pobrecilla, para que nos quedáramos en La Vila Joiosa hasta el amanecer para ver el espectáculo del desembarco de los moros y su singular combate con los cristianos.

Dios mío, qué pesadilla. Podría entrar en el Guinness.

Cenamos fatal y carísimo (lo cual tiene su mérito, porque en La Vila hay sitios bien majos). Después, no hubo manera de dormir ni siquiera un ratito, cosa que intentamos en la playa.

Al poco, según amanecía, empezó el festival apocalíptico de pólvora y follón. Eso sí, con todo el mundo borracho.

Se suponía que el espectáculo resultaba divertidísimo, pero yo no acabé de encontrarle la gracia, porque ni me gusta que me dejen sordo ni aprecio demasiado que me vomiten encima.

Cinco horas después de regresar a casa, todavía me zumbaban los oídos y me duraba el cabreo.

Pero insisto en que la culpa es mía, por no trasladar al Mediterráneo mis fobias vascas: si nunca he pisado los sanfermines, y las aste nagusiak las he esquivado siempre lo mejor que he podido, ¿a cuento de qué me las doy de turista complaciente en Alacant?

Pero de lo que yo quería hablar hoy es de la pólvora y de sus peligros.

Se ha promulgado una directiva europea sobre el uso de artefactos pirotécnicos, petardos y demás. Me importa una higa que lo que ha determinado la UE esté bien, regular o mal. Lo que sé es que el Gobierno español no lo ha recurrido. Y que, de cumplirlo, debería prohibir el uso que hacen de los petardos algunos críos del País Valencià.

Cuyo gobierno muy regional tampoco ha discutido las razones de fondo. Sólo ha hablado de costumbres, tradiciones y cosas así.

Ya no me acuerdo de la cifra exacta, pero creo que han sido veintitantos los niños valencianos que se han desgraciado de por vida en los últimos años con la ayuda de esas cosas tan simpáticas y tan ruidosas. Los unos mancos, los otros tuertos, alguno ciego. ¡Qué gracioso! ¡Qué popular!

Pues el Gobierno socialista de Madrid, después de aceptar la norma comunitaria, decidió dictar una moratoria para que no sea de aplicación durante estas fiestas valencianas. Porque doña Rita Barberá se puso a echarle a la población encima y las elecciones municipales están próximas. Y la población es la que es.

Y doña María Teresa Fernández de la Vega, que es la que asumió las glorias de la moratoria, también es la que es.

Juro que repasaré el balance de los niños heridos por ingenios de pólvora durante estas fiestas valencianas. Y que lo pondré en el debe vital de la vicepresidenta.

Quienes me conocen saben que otra cosa no, pero rencoroso puedo serlo. Bastante.

Javier Ortiz. ¡Pin, pan, pum! Apuntes del natural. 20 de marzo de 2007.

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2010/03/19 06:00:00 GMT+1

Una experiencia cabreante

El viernes tuve una experiencia cabreante.

La cuento.

Llegamos Charo y yo a Santander tras un larguísimo viaje por carretera desde Madrid, dispuestos a hacer una breve estadía en su casa particular como arranque de un periplo que nos llevará –una vez cumplidas el lunes en Bilbao mis obligaciones y devociones televisivas– hasta Galicia. Allí he de dar un par de charlas, una en Santiago y otra en A Coruña, circunstancia que aprovecharemos para hacer un breve recorrido posterior por A Costa da Morte y aledaños.

Bueno, el caso es que llegamos a Santander y, según nos instalamos en casa de Charo y más que nada para no perder la costumbre, saqué mi parafernalia informática e instalé el ordenador portátil. Procedí a conectarme a Internet y, ¡oh sorpresa!, el precioso aparato –de veras que lo es– me dijo que no tenía acceso a ninguna línea telefónica disponible. Comprobé que en la casa había línea, que el cable de conexión funcionaba, que todos los empalmes estaban en orden... pero como si nada. Mi perplejidad se hizo total porque, sabiendo como sabía que vamos a estar diez días de aquí para allá, antes de salir de Madrid había hecho todas las comprobaciones habidas y por haber, confirmando que el ordenador estaba configurado como dios manda y que funciona a la perfección.

Avanzo que ésa no fue mi experiencia cabreante. De ese género he tenido tantas que no voy a decir que me sean indiferentes, pero sí que las afronto con una paz espiritual que para sí hubiera querido Gandhi en sus mejores días. Ésta me la tome con doble tranquilidad porque comprobé rápidamente que no tenía problema para conectarme a Internet a través del teléfono móvil, lo que siempre podía servirme como solución de emergencia. Una solución más cara y más lenta, pero una solución, a la postre.

Lo peor es lo que vino a continuación.

Como es lógico y de cajón en un caso así, me sumergí en toda suerte de comprobaciones de la configuración del módem y del acceso telefónico, etc. Todo en orden. ¿Tal vez una interferencia de la configuración de la red que tengo instalada en la casa de Madrid, o del proxy virtual que utilizo en Aigües? ¿Quizá el Bluetooth, que se está metiendo por medio? Nada de todo eso.

Me quedé absorto, mirando la pantalla del ordenador con pensamientos más divagantes que los de Hamlet con la calavera. Y, de repente, y sin que yo hubiera hecho nada, ni la más mínima operación nueva, apareció en la pantalla de marras un mensaje que decía: «Conectando con Terra Tarifa Plana 24 horas». Y a continuación otro que añadía: «Comprobando nombre y contraseña». Y finalmente, el último (que es lo que tienen los últimos: siempre aparecen finalmente): «Conectado».

Pronuncié una sonora blasfemia.

–¿Qué te pasa? –me preguntó Charo con ese aire entre distraído y educado con el que se interesa por mis chorradas, más que nada para que no parezca que no se interesa–. ¿Se te ha estropeado todavía más el ordenador?

–¡No! ¡Todo lo contrario! ¡Ha decidido arreglarse por su cuenta! –le respondí.

–¿Y eso es malo? –siguió.

–¡Es horrible! –exclamé–. ¿No te das cuenta de que cuando arreglas algo sin saber cómo lo has hecho no aprendes nada?

–Ah, ya –dijo, y siguió poniendo orden en un armario.

–Para aprender, hay que equivocarse y analizar y descubrir las razones por las que uno se ha equivocado –le comenté.

Según lo dije, me quedé pensando en lo fácil que tenía la contestación:

–¿Así que es eso lo que explica que sepas muchas cosas? ¿No has parado de equivocarte en la vida y eso te ha enseñado mucho?

Pero guardó silencio.

Ella sabe cuándo yo mismo me encargo de ajustarme las cuentas.

Javier Ortiz. Una experiencia cabreante. Apuntes del natural. 19 de marzo de 2006.

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2010/03/18 06:00:00 GMT+1

Paraísos fiscales

Algún seudoingenuo periodístico se pregunta hoy, a cuento de la razzia de la Costa del Sol, por qué las grandes potencias, los EEUU y la UE en particular, siguen permitiendo que existan los llamados «paraísos fiscales», es decir, los reductos geográficos en los que impera la impunidad económica.

No creo que esté esperando la respuesta.

Los paraísos fiscales son al capitalismo lo que la prostitución al matrimonio católico. Le sirven de contrapeso. Son las válvulas de escape que buscan sus sustentadores para liberarse de la presión que les supone la legalidad formal. Hacen como que está feo recurrir a esas cosas, pero las cuidan como oro en paño.

Tómese el caso de las llamadas «banderas de conveniencia» en la marina mercante. Hay grandes potencias, como los Estados Unidos, que tienen buena parte de sus grandes buques registrada en los países que proporcionan esas banderas, que han tomado el relevo de las patentes de corso. Los barcos tienen el mínimo de papeles, sus fletes lo mismo, el estado del propio barco se revisa cuando le apetece al armador -o sea, mal y cuando ya no queda más remedio- las tripulaciones no están aseguradas, nadie supervisa en serio la titulación de los oficiales, ni su historial... ¡Así da gusto! Se sacan unos beneficios de aúpa.

Hablan de Gibraltar. Como si el estatuto jurídico de la roca fuera el único y verdadero mal. Gibraltar -insisto en el símil- es como un prostíbulo: si careciera de clientes, no funcionaría. Ignoro quiénes son los clientes de ese serrallo fiscal, pero constato la cantidad y la calidad de las oficinas que tienen allí los grandes bancos españoles. Hay en España capitales de provincia que no cuentan con instalaciones bancarias de tanto postín. Los que dicen saber de qué va aquello aseguran que muchos de los clientes del chollo gibraltareño son españoles de pro, de esos que dicen en sus discursos oficiales que la colonia «es una espina que todos los españoles llevamos clavada en el corazón».

¿Que por qué no acaban las grandes potencias con los paraísos fiscales? Porque son parte de su modus operandi. Un capitalismo sin paraísos fiscales sería como un jardín sin estiércol.

Javier Ortiz. Paraísos fiscales. Apuntes del natural. 15 de marzo de 2005.

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2010/03/17 06:00:00 GMT+1

Un año después

Dice George Bush que los atentados de Madrid demuestran que hay que seguir combatiendo el terrorismo internacional con la misma determinación con la que hace hoy justo un año se emprendió la invasión de Irak.

Este hombre tiene la singular habilidad de sintetizar en una sola frase un montón de patrañas.

En primer lugar, la invasión de Irak no se emprendió para combatir el terrorismo internacional. El Gobierno de Washington no tenía ningún indicio que apuntara a la conexión del régimen de Sadam Husein con redes terroristas internacionales, y sigue sin tenerlo. La excusa que empleó para iniciar la guerra fue, como es bien sabido, que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva (cosa que, por lo demás, también se ha revelado falsa).

En segundo lugar, la invasión de Irak no sólo no ha ayudado a poner freno a lo que él llama «el terrorismo internacional» sino que lo ha avivado. Por centrarnos en lo nuestro: parece fuera de toda duda que, si los atentados de Madrid se han producido, es porque el Gobierno de Aznar colaboró en la declaración de guerra y en la ocupación de Irak. La pretensión, formulada por Bush y repetida varias veces por Aznar, según la cual «desde que Sadam Husein fue derrocado vivimos en un mundo más seguro» es lo que los franceses llaman una contraverdad: no una mentira cualquiera, sino la mentira que invierte con total precisión los términos de la realidad.

En tercer lugar, si algo ha demostrado el año transcurrido desde el comienzo de la guerra de Irak es que Bush y toda la troupe que le rodea son incapaces no ya de controlar, sino incluso de prever las consecuencias de sus propios actos. Desencadenan acontecimientos que derivan con frecuencia por sendas que no tenían previstas y para las que, en consecuencia, no estaban preparados.

Se trata de derivaciones -vale la pena reseñarlo- muy a menudo pronosticadas por algunos que no tenemos ni un mal espía que nos informe; que nos guiamos por el conocimiento de experiencias históricas similares y por el puro sentido común, del que, según todas las trazas, ellos tienen poco.

Ha pasado un año y no sólo Irak está peor, no sólo el mundo entero está peor, sino que incluso el propio Gobierno norteamericano está peor. Cada vez tiene más frentes abiertos y más dificultades para atenderlos. Y encima tienen un jefe que ahora ya ni siquiera piensa en los problemas que afronta en esos frentes, porque sólo se preocupa de las repercusiones que cada uno de los conflictos puede tener sobre su campaña electoral.

Sólo nos queda desearle que haga una campaña tan estudiada hasta sus últimos detalles y tan astuta como la que su amigo Aznar le montó a Mariano Rajoy.

Javier Ortiz. Un año después. Apuntes del natural. 20 de marzo de 2004.

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2010/03/16 06:00:00 GMT+1

No sé / No contesto

Me toca intervenir esta mañana a las 8:30 en la tertulia del Boulevard Abierto, en la radio vasca. Según costumbre, me levanto pronto, pongo Radio Euskadi vía satélite y saco de Internet documentación sobre las noticias que es posible que comentemos. En Aigües, donde me he refugiado para trabajar durante toda la semana, todavía es noche cerrada, pero el cielo está repleto de estrellas y la temperatura es muy agradable. Se anuncia un día estupendo.

Así que emprendo el trabajo matinal con excelente ánimo.

Una de las noticias que más me llama la atención, dentro de las locales, se refiere a la investigación que está haciendo la Fiscalía Anticorrupción sobre el trabajo de la Inspección de Hacienda de la Diputación Foral de Vizcaya. Como se sabe, la recaudación fiscal, IRPF incluido, no está controlada en Euskadi por la Agencia Tributaria central, sino por los organismos forales.

A lo que parece, Anticorrupción no investiga un caso concreto, sino diversos. Se habla de una denuncia sobre posible trato de favor dado a un grupo de contribuyentes relativamente amplio.

De inmediato han empezado a expresarse opiniones. Los unos dicen que no les extraña nada; que estaban seguros de que la Diputación peneuvista barría para casa y beneficiaba a los suyos. Otros sostienen que se trata de otro episodio más del intento del PP de minar la preeminencia del PNV en la institución provincial, para el que se ha aprovechado de la falsa denuncia de un inspector pendenciero y resentido con sus jefes. Otros muestran su convencimiento de que se está intentando desprestigiar la autonomía fiscal vasca, caballo de batalla de muchos ultracentralistas españoles.

¿Y qué opino yo? Que ni idea. No sé nada sobre lo que ha podido hacer o dejar de hacer la Hacienda vizcaína, tampoco sé si es verdad o mentira lo que se cuenta sobre ese inspector al que se atribuye la denuncia y lo ignoro todo sobre las intenciones reales o supuestas de la Fiscalía Anticorrupción. Así que no opino. No sé / no contesto.

Son cosas que ocurren. Y, cuando ocurren, lo que tiene que hacer un comentarista político razonable –yo trato de serlo– es admitir directamente su ignorancia y mantenerse calladito.

Hay gente a la que esta actitud le molesta mucho. Recuerdo una situación muy parecida con la que me topé hace años, cuando estaba en la tertulia matinal de Onda Cero, con Luis del Olmo. Se hablaba también de un posible trato de favor, sólo que éste se atribuía a la Hacienda central y afectaba a diversos contribuyentes presuntamente amigos del PSOE. Del Olmo me preguntó: «¿Y tú, Ortiz, que opinas? ¿Ha habido trato de favor o no?». Y yo respondí lo de antes: que ni idea. «Pero algo te barruntarás, ¿no?», insistió él. Empecé a mosquearme: ¿y qué diablos puede interesarle a la audiencia lo que yo pueda olerme, si tendría que olérmelo, en todo caso, sin fundamento, sobre la simple base de que hay alguna gente que es capaz de eso y de más? «No, no me barrunto nada. Que se investigue a fondo y ya veremos», contesté. A lo que el veterano locutor replicó, con aire de evidente decepción: «Vale, que no quieres mojarte». ¡Que no quiero mojarme yo! ¡Pero si vivo empapado! Pero, si no sé, pues no sé, y asunto concluido.

Yo sé que soy un contertulio que no responde al perfil adecuado. El buen contertulio de las grandes cadenas radiofónicas españolas ha de cumplir ciertos requisitos: 1) Admitir la bobada ésa de que lo llamen «tertuliano»; 2) Tener opinión sobre absolutamente todo, sin excepción; 3) No ser realmente especialista en nada; 4) Hablar en voz muy alta, y 5) Interrumpir constantemente a los demás, a veces en tono admonitorio o incluso amenazante. Para mi desgracia, no cumplo ni uno solo de los cinco puntos, con la parcial excepción del 3.

Si a todos esos inconvenientes se le añade el no menor de que mis opiniones, encima, van constantemente contra corriente, ¿cómo podría extrañarme de que me den la espalda? Les entiendo perfectamente.

Javier Ortiz. No sé / No contesto. Diario de un resentido social. 12 de marzo de 2003.

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2010/03/15 06:00:00 GMT+1

París latino, de 0:00 a 24:00

«Esta ciudad ya no es lo que era», dicen, nostálgicos, algunos viejos del lugar. Bueno, no hace falta ser Heráclito para saber que nada es nunca lo que fue. Por definición. El París de ahora mismo no tiene gran cosa que ver, desde luego, con el de los «los locos años 20», pero puedo certificar que loco, lo que se dice loco, está loco de remate: calles repletas hasta las tantas de la madrugada, restaurantes en los que se sirve de cenar a cualquier hora de la noche, discotecas gigantescas en las que cuesta hacerse un hueco incluso entre semana... y miles, miles de personas, locales y foráneas –me dicen que París es en estos momentos la ciudad del mundo que recibe más visitantes por día–, gente con marcha inagotable, firmemente decidida a divertirse. Cada día. Incluso en las noches del pleno y crudo invierno. Llueva, hiele o nieve. Cueste lo que cueste, dicho sea en todos los sentidos posibles. Lo latino es la última estrella del Paris la nuit. El ambiente caribeño, la salsa y lo hispano se están enseñoreando del nuevo barrio à la mode, a la derecha de la plaza de la Bastilla, según se mira desde el Sena, donde todo es muy cálido y muy chic.

Todavía no hace nada, lo más in estaba en Le Marais, del otro lado de la nueva Ópera –ésa que Mitterrand hizo para los ricos con el dinero de los pobres, según parece todo el mundo obligado a repetir–, camino de la plaza de Les Vosgues. Un barrio conquistado para el ambiente gay, bullicioso y desinhibido. Pero la demanda daba para más, para mucho más. Da la impresión de que cabría abrir cincuenta restaurantes y doscientos sitios de copas nuevos en aquella amplia zona parisina y que se llenarían lo mismo. La oferta corre; la demanda vuela.

Acudimos a cenar, muy a primera hora, al Havanita, en la rue du Lappe, una callejuela que alberga local tras local. Hasta las 8 de la tarde, el Havanita funciona como local de copas, happy hour incluida. A esa hora se transforma en el restaurante que, a decir de todo el mundo, es en este momento el que goza de mejor reputación de entre los muchos de su género.

La decoración responde a lo que todo turista con afán topiquero esperaría encontrarse –y suele encontrarse– en La Habana. De todos modos, los frescos de las paredes –en los que no falta la inevitable imagen de Ernesto Guevara ni las evocaciones a Ernest Hemingway y El Floridita–, tienen una calidad bastante superior a la media. Son obra de Juan Luis Morales, pintor y arquitecto educado entre La Habana y Madrid. Él es, de hecho, el responsable del reacondicionamiento y la decoración del local, según me informa el director del café-restaurante, Chantois David, un joven verosímilmente martiniqués, que no habla una jota de castellano. Juan Luis Morales tiene un indiscutible buen gusto, aunque si hubiera decidido iluminar un poco más el sitio –así fuera tan sólo un poco– lo mismo cabría leer la carta sin dejarse los ojos en el intento.

Es martes y el Havanita, con su uve gringa y todo, está lleno hasta las cercanías de la incomodidad.

Me entero de que la cocina corre a cargo de personal francés. Un chef cuisinier cubano –monsieur David no recuerda su nombre– viaja de tanto en tanto desde Cuba para eleccionar a los cocineros franceses y asegurarse de que en el Havanita se respetan las normas de la cocina cubana. Me deja un tanto perplejo: por lo que conozco de la cocina de la perla del Caribe, casi sería mejor que el chef cuisiner en cuestión viniera a París no a dar lecciones, sino a aprender.

Lo que nos sirven no me obliga a rectificar esa idea previa. El cangrejo relleno es una pasta de aspecto confuso, tan especiada que es improbable que supiera muy diferente de estar confeccionada con cualquier otra cosa. Las gambas al pil-pil están tan resecas que resultan decididamente incomestibles. El guacamole, en cambio, está bien, y la fritura de pescado, sin ser excelsa, se deja comer. Más audaz sería por mi parte opinar sobre el tiburón a la plancha a la Hawak: como es la primera vez en mi vida que lo pruebo, estoy incapacitado para afirmar que pudiera saber mejor –o peor, incluso– en otras condiciones.

Al camarero, venezolano, le sorprende nuestro escaso apetito. Y entiendo su sorpresa, porque compruebo que los comensales que llenan el resto de las mesas dan cuenta sin rechistar de todo lo que les sirven y, a juzgar por el bullicio reinante, con buen ánimo.

Lo mejor de todo, el vino: un Santa Digna chileno de 1999. De Miguel Torres.

Resultado del conjunto, a la hora de la verdad: unas 8.000 pesetas por cabeza.

Es evidente que la gente que llena día tras día el Havanita viene a consumir, sobre todo, un plus de exotismo. Porque no olvidemos que esto es París, donde los buenos restaurantes no son escasos, precisamente.

Abandonamos la penumbra habanera en búsqueda de unos amigos que –sabia gente– han preferido acudir a Chez Paul, un viejo y prestigioso resto francés que está a escasas manzanas. Por el camino veo que no hay un maldito sitio que dispense comestibles, sean del tipo que sean, que no se encuentre a rebosar.

Una vez juntos todos, acudimos en alegre tropel al Barrio Latino, del que dicen que es el emporio caribeño de copas y baile con más tirón en estos momentos.

Como es martes, no tenemos dificultad para entrar. Durante los fines de semana, hay que sufrir una larga cola y esperar a que otros vayan saliendo para conseguir que los armarios que vigilan la puerta te franqueen el paso.

Y eso que el Barrio Latino es cualquier cosa menos pequeño. Se trata de una vieja fábrica de muebles de cuatro grandes plantas, con una especie de patio central. Toda la zona del Faubourg Saint Antoine estaba salpicada antaño de fábricas de muebles que ahora los empresarios de la vida nocturna –y también los de la moda– están comprando para destinarlas a sus mucho más exquisitos fines.

Es pasmoso el trabajo de transformación que hicieron con la fábrica que alberga el Barrio Latino. Hace falta inspeccionar la construcción con mucha atención para comprobar que han conservado buena parte del antiguo edificio, incluyendo las vigas de hierro, inteligentemente disimuladas e integradas en la nueva decoración, propia del palacete de un indiano venido a más, primo hermano del señor Bacardí e íntimo de todos los fabricantes de cigarros puros del universo, Filipinas incluidas. De un indiano que hubiera logrado reunir en sorprendente síntesis la devoción por el Che y la afición desbocada por la música de Gloria Estefan.

La planta baja, con dos grandes barras, está destinada al bailongo: salsa, pachanga, guaracha, sones, guajiras... de todos esos ritmos que hay que bailar –quien pueda– moviéndose sobre todo de cintura para abajo. El primer piso es restaurante. El tercero, en el que predominan los amplios sofás de cuero, ofrece un espacio adecuado para la gente que ha acudido a tomarse sus mojitos o sus copas de ron, preferentemente puro en mano, y a tratar –difícil misión– de charlar un rato. El cuarto piso es un club privado, con su propia discoteca. Además, hay salones reservados y salas de billar. Si un mal día acudieran al Barrio Latino sólo doscientas personas, el local ofrecería un desolador aspecto desértico. Allí caben la Legión Extranjera y la Legión Francesa, ambas a dos y sin bajas.

Los precios, a la altura: un discreto mojito, 1.500 pesetas.

Se puede seguir el recorrido que hicimos nosotros, que es el predilecto de los amantes de estar a la última. Pero caben muchos otros. La oferta sobra: está el ya mítico El Balayo, puerta con puerta con el Havanita, y La Pirada, justo al lado, que se presenta como «bar de tapas», pero que vale lo mismo para un roto que para un descosido, y Los Latinos, en la calle de San Sebastián, y El Corcorado, a un tiro de piedra, que le añade un toque brasileño a la juerga, y el Cube Compagnie Café, y el Sabor a Mí... Tampoco hay que moverse demasiado para ir al Bistro Latin, o al Cuban Jam Session. O cabe tomarse la noche en plan mexicano, o venezolano, o boliviano, o argentino, que de todo hay, y abundante.

En cualquier caso, la noche caribeña tiene un punto inevitable de parada y fonda para cuantos guardan en su memoria –o en su personal mitología– viejos recuerdos de La Habana: La Bodeguita del Medio. Este bar, situado en el vecino Marais, es, según cuentan –no puedo certificarlo–, un calco casi exacto del mítico local de la Habana Vieja fundado en 1942. Al número 10 de la rue des Lomards acude su correspondiente cuota parte de enamorados del ambiente habanero, de la salsa y de los ritmos latinos. Los hay que, mientras cenan o se toman el inevitable mojito, escriben en las paredes una consigna de su personal gusto, dejan nota de su número de teléfono o clavan una foto testigo de su más o menos remoto deambular isleño.

Algunos, incluso, se ponen poetas. Una mano anónima dejó escrito en el dorso de un menú: «De que hay vida después de la muerte / no cabe ninguna duda: / yo soy prueba fehaciente».

El sarao está en la parte de arriba. En el sótano, en un ambiente más tranquilo, tumbados en grandes y confortables sillones, otros prefieren descansar y charlar con un hermoso cigarro en una mano y una buena copa de ron de 7 años en la otra.
Las noches del París del 2001 son una frenética olla a presión. Es perfectamente factible salir bien pasadas  las 5 de la madrugada de tomar unas copas en Don Carlos –uno de los pocos bistrots realmente auténticos que quedan en el centro-centro, justo al lado del muy breliano Alcazar–, después de haber escuchado al propio don Carlos, viejo compañero de operetas de Luis Mariano, el recuento de su  larga vida, relatado, cual Vía Crucis, siguiendo el curso de las fotografías colgadas en las paredes (con el propio Mariano, con Michelle Morgan, con Amàlia Rodrigues, con Farah Diva, con Piaf...) y marchar andando hasta Au Pied du Cochon, en Les Halles, a tomarse unas ostras de primera, regadas con un Regnie del 99, y ver cómo el sol asoma poco a poco a través de las largas torres de la iglesia de Saint Eustache, mitad gótica, mitad renacentista, y cómo saca destellos de los arcos de vidrio y acero que recubren el moderno centro comercial que ocupa el lugar del viejo, sucio y añorado mercado.

Hay un París, pero hay cientos de París.

El latino, enorme, es sólo uno. Variadísimo, pero sólo uno.

Al final, París son todos los París juntos.

Javier Ortiz. París latino, de 0:00 a 24:00. Revista Sobremesa. El artículo es de finales de 2001.

Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/15 06:00:00 GMT+1
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2010/03/14 06:00:00 GMT+1

Esto no es vida

Miércoles, 6 de marzo. Empiezo de buena mañana mi jornada de trabajo. Compruebo que siguen sin funcionar los enlaces con esta página web. Imagino que Mundofree ha tenido una nueva avería, o que están en dique seco para realizar labores de mantenimiento. Preparo todo para subir la actualización en cuanto sea posible.

Me llaman de Radio Euskadi: va a empezar la tertulia. Conecto la línea RDSI, que me permite intervenir con la misma calidad de sonido que si estuviera en los estudios de la Gran Vía de Bilbao. Charlo en directo con Antoni Segura y Margarita Robles sobre el mal rollo que tiene el Gobierno de Aznar con el movimiento antiglobalización y las protestas que prepara en Barcelona. Rajoy trata de amalgamarlo con la kale borroka, ETA y todos los demonios.

Acabada la tertulia, vuelvo a probar la conexión con Mundofree. Nada. Hago la prueba de ver otras web también gestionadas por Mundofree. Funcionan. ¡Qué cosa más extraña! Llamo al Servicio de Atención al Cliente. Pasarán nota al servicio técnico.

Salgo zingando para Akal, que tiene su sede en Tres Cantos, a veintitantos kilómetros de la Puerta del Sol. Según llego, me enfrasco en la lectura de varios manuscritos cuya hipotética publicación me toca evaluar. Uno es dudoso, otro francamente ilegible y otro espléndido. Atiendo varias llamadas de teléfono. Telefoneo de nuevo a Mundofree, con idéntico resultado (con idéntica falta de resultado). El tiempo pasa volando. De pronto, me doy cuenta de que he de salir a escape si no quiero llegar tarde a una comida de trabajo que tengo en Madrid. Me equivoco en la salida de la carretera de Colmenar hacia la M-30. Pese a ello, llego puntual. Comemos a toda leche. Me entero de algunas cosas interesantes para aquilatar cómo está el patio político capitalino. (Breve resumen: sigue siendo un gallinero).

Durante la comida, recibo una llamada del servicio técnico de Mundofree: me piden mi clave de acceso al servidor. Se la doy.

Regreso a Akal. Sigo trabajando. Avanzada la tarde, reclamo de nuevo a Mundofree. Me informan –¡toma sorpresa!– de que han bloqueado deliberadamente mi página web porque han comprobado que tiene un trajín que «no es propio de una página personal», lo que les ha llevado a la conclusión... ¡de que encubre una actividad empresarial! Tengo que darles detallada cuenta de quién soy, a qué me dedico y en qué forma estoy vinculado a El Mundo. Les hago ver que no pueden reprocharme ni que trabaje mucho ni que haya mucha gente que se interese a diario por lo que hago. Dicen que harán las pertinentes comprobaciones.

Me llaman de El Mundo para charlar sobre la prepublicación de algunos extractos de mi libro Ibarretxe, que llegará a las librerías el lunes 18. No tengo tiempo de hablar con La Esfera de los Libros para ir planificando los actos de presentación, que se realizarán sucesivamente en Madrid, Sevilla y Bilbao, con presencia del lehendakari en las tres ciudades.

Dejo Tres Cantos para volver a casa, donde me espera una ristra de trabajos, parte de ellos de carácter doméstico (ya sabéis: eso que las feministas llamamos «la doble explotación»). En el ínterin, recibo una llamada de Mundofree. Me dicen que han comprobado lo que les he dicho, que es exacto y que, en consecuencia, ya han desbloqueado mi página. Conecto el ordenador y actualizo la página tan rápidamente como puedo. Respondo a algunos correos electrónicos de particular urgencia. Examino la correspondencia postal y tomo nota de un par de cosas burocráticas que tengo que atender.

Todavía me quedan algunas cosas más que escribir y varias llamadas que hacer. Paro lo justo mi particular frenesí para ver la final de la Copa. Disfruto un rato. Continúo luego trabajando hasta la hora de irme al catre.

Hace apenas diez días, yo era un señor relajado que escribía desde su casita, sin ajetreos, sin coches, con apenas unas cuantas llamadas de teléfono. De golpe y porrazo, me he convertido en un tipejo que no para quieto. Por primera vez desde hace 25 años, empiezo a apreciar las ventajas de las reformas paulatinas y a mirar con malos ojos las rupturas.

Javier Ortiz. Esto no es vida. 7 de marzo de 2002. Diario de un resentido social.

Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/14 06:00:00 GMT+1
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2010/03/13 06:00:00 GMT+1

Siempre lo mismo

Cuando empecé este Diario, la duda principal que albergaba se refería a mi tesón. ¿Sería capaz de escribir el equivalente a una columna periodística todos los días, uno tras otro y sin fallar ni uno solo, hiciera frío o calor, me encontrara pletórico o agotado, exultante o tirando a depre, sentado cómodamente ante el ordenador de mi casa o perdido por la Cochimbamba?

Siete meses y pico después, sé ya que sí, que soy perfectamente capaz de hacerlo, y además sin que eso me suponga mayor esfuerzo. Está claro que la compulsión patológica que me empuja a escribir a diario mis opiniones, forjada a lo largo de toda una vida de opinador impenitente, es para estas alturas más fuerte que cualquier obstáculo que se le interponga. No es ya que pueda hacerlo, sino que, en buena medida, necesito hacerlo: proporciono con ello una espita de salida al inagotable furor que me produce la realidad circundante. Si no destapara mi olla un rato todos los días, acabaría reventando.

Lo que ni siquiera imaginé al inicio de esta aventura diaria es que mi relación escrita con la realidad pudiera entrar en crisis no por culpa mía, sino de la realidad. No de toda la realidad –faltaría más–, sino de la parte de ella que elegí como blanco preferente de mis iras cotidianas: la realidad política.

La vida política de la España de hoy ofrece, en efecto, posibilidades cada vez más limitadas.

Lo vi con claridad apabullante ayer por la noche, según escuchaba las noticias del telediario. Fui haciendo inventario de los temas, de cara a seleccionar uno que me diera pie al apunte de hoy. Se me iban cayendo de las manos, uno tras otro.

Primera noticia: «Aznar dice que ETA no son sólo los comandos armados, sino también todo su entorno». «¡Cielo santo!», me dije. «¡Pero si ya he comentado esta parida varias veces, por activa y por pasiva!». Un solo ángulo nuevo: que el presidente del Gobierno siga insistiendo erre que erre en esa doctrina, tan cara a Mayor Oreja y Garzón, después de que la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional la haya refutado con argumentos jurídicos de solidez incontestable. ¿Podría dedicar a eso mi comentario? Vaya aburrimiento.

Más noticias: aparece de nuevo Aznar y afirma que el PSOE no hace oposición real y que carece de alternativas. Acto seguido, otra vez Aznar –yo no tengo la culpa de que el 50% del telediario esté dedicado a él– sostiene que ay del PSOE como se le ocurra tener alternativas propias en relación a Euskadi y se distancie de la Gran Verdad. ¿Escribo sobre la manía de este caballero de criticar constantemente al PSOE por carecer de alternativas y de calificarlo de irresponsable cada vez que presenta una? Puf.

Cambio de tercio: sale Cándido Méndez y dice que el decreto del Gobierno sobre la reforma del mercado laboral va a tener el mismo efecto «que el iceberg al chocar con el Titanic». Me deprimen los patéticos esfuerzos que hace este hombre para parecer ingenioso. Casi lo prefiero cuando se muestra en todo el esplendor de su mediocridad. ¿Quién diablos es, según él, el Titanic? ¿Quién se va a hundir? ¿Y él, por quién se toma? ¿Por el director de la orquesta? Nueva sensación de hastío: no me apetece nada volver a escribir que el problema de las actuales direcciones de UGT y CCOO es que se han convertido en estructuras funcionariales tan dependientes del Estado como independientes de la mayoría de la gente trabajadora y que toda la cháchara bravucona que están soltando ahora no tiene más función que la de disimular su incapacidad para montar movilizaciones dignas de ese nombre porque el personal pasa olímpicamente de ellos.

Último bloque del noticiario: Raúl ha dado una nueva victoria al Real Madrid metiendo un gol con la mano, gol que el árbitro del encuentro –atención Cataluña: ¡un árbitro polaco!– dio por bueno. Pues estupendo, qué emoción.

Me doy cuenta de que ha llegado el momento de replantearme este Diario. No puedo seguir hablando de estas cosas. Es imposible que interese y divierta a mis hipotéticos lectores y lectoras si les hablo de historias que a mí mismo ni me interesan ni me divierten.

Dentro de un rato salgo para Alicante en coche. Tengo por delante tres horas para pensar en nuevos rumbos. A ver si se me ocurre algo.

Javier Ortiz. Siempre lo mismo. Apuntes del natural. 7 de marzo de 2001.

Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/13 06:00:00 GMT+1
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2010/03/12 06:00:00 GMT+1

Una idea de España

Nunca me ha convencido la idea, muy difundida en Euskadi, de que el Estado español encierra cuatro naciones. Por bastantes motivos, el principal de los cuales es que la defensa de esa concepción obliga a convertir en una nación a todo lo que no es ni Euskadi, ni Cataluña, ni Galicia: una amalgama de carácter utilitario, sin demasiado fundamento. Algunos amigos míos de ideología nacionalista descartan las definiciones de nación que toman en cuenta sólo los rasgos objetivos y se inclinan por basar el hecho nacional en el sentimiento de identidad de los pueblos. No tengo nada en contra de esa preferencia conceptual –tampoco mucho a favor: es un asunto que dista de apasionarme–, pero no puedo por menos que llamar la atención sobre las incongruencias a las que puede dar origen. Porque la población no vasca-no catalana-no gallega del Estado español no manifiesta el menor interés en constituir una nación de no vascos-no catalanes-no gallegos. Son un conjunto de poblaciones que no se ven como una entidad única y, a la vez, distinta.

A la hora de establecer mi «idea de España», hace años que siento una instintiva predilección por lo práctico y funcional o, si se prefiere, una precavida aversión por las ideas esencialistas, tanto favorables como contrarias.

Acabo de mencionar una «contraria». Me referiré ahora a otra «favorable».

El ejemplo me ha venido sugerido esta mañana por la lectura de la prensa. He leído que gentes afines al PP temen que, si no se pone límites concretos e infranqueables al proceso de autonomización del Estado –lo dicen, claro está, a propósito del Estatut, pero más en general, «España» se convierta dentro de nada en «un cascarón vacío».

Es obvio que para esa gente la Generalitat y demás instituciones autonómicas quedan fuera de su «idea de España». La misma lógica podrían aplicar a las diputaciones, a los ayuntamientos, y hasta a las juntas municipales de distrito. Para ellos, sencillamente, un poder descentralizado no es un poder. Su idea de «España» se concentra en el poder central, y toda cesión de poder hacia abajo es un vaciamiento «de España» que tiende a convertirla en «un cascarón vacío».

Existe otra posible «idea de España», que es la que se deduce de los hechos prácticos. Consiste en constatar –más que en creer– que España es uno de los estados componentes de la Unión Europea, que tiene cedidas a las instituciones comunitarias buena parte de los poderes que antes se consideraban específicamente nacionales y que, en su organización interna, ha estructurado las funciones que le quedan, que no son pocas, de un modo en el que se mezclan sus tradiciones centralistas con nuevas fórmulas federalizantes, que no federales, que tratan de dar respuesta a lo abigarrado de su composición nacional. Si «España» frenara o recortara su proceso de autonomización, sería «España». Pero si lo acentuara y se convirtiera en un estado federal, o incluso confederal, seguiría siendo también «España». Porque el «cascarón vacío» puede llenarse con lo que mejor convenga a la voluntad popular en cada momento, y tan ricamente.

Vistas las cosas así –que es como son o, por lo menos, como están– la Generalitat de Cataluña, con o sin nuevo Estatut, forma parte del Estado español, esto es, «de España», y el trasvase de poderes que pueda recibir de la autoridad central no será, en realidad, más que una operación de vasos comunicantes dentro del poder del Estado, esto es, «de España».

Cosa que a algunos parecerá mejor, a otros peor y a otros indiferente, pero real como la vida misma.

Javier Ortiz. Una idea de España. Apuntes del natural. 6 de marzo de 2003.

Javier dictó una conferencia el 5 de mayo de 1999 en el Ateneo de Madrid. Lo hizo en unas jornadas organizadas por la Revista Página Abierta. La conferencia, Una cierta idea de España, está en la sección de conferencias de la vieja PWJO.

Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/12 06:00:00 GMT+1
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