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2012/02/03 06:00:00 GMT+1

La reforma de la Constitución

Ahora resulta que va a ser necesario reformar la Constitución, pero no para cambiar la deficiente estructura territorial del Estado, ni tampoco para reordenar las bases de nuestro sistema electoral. Después de muchos meses de discusión sobre la necesidad de reformar la Constitución, después de que el partido del Gobierno rechazara una y otra vez tal posibilidad, ahora nos encontramos con que sí se va a cambiar la llamada «ley de leyes», pero no para someterla a un proceso de remozamiento, sino para que permita algo tan aparentemente banal como que los extranjeros puedan votar y ser candidatos en las elecciones municipales.

Esto de que los extranjeros puedan elegir y ser elegidos se la trae al pairo a la mayoría de los ciudadanos, y corre el riesgo de ser aceptado en medio de la indiferencia general. Sin embargo, es un problema bastante peliagudo, ante el que no es fácil tomar postura. En Francia, en Alemania o en Bélgica, la cuestión se presenta de una sola pieza: se trata de que los trabajadores inmigrantes puedan votar. Pero entre nosotros tiene dos caras. Porque aquí, además de trabajadores extranjeros, tenemos casi un millón de residentes extranjeros, casi todos jubilados, instalados en urbanizaciones turísticas en la costa mediterránea y Canarias. Hay pueblos de Alicante y Málaga en los que son amplia mayoría. Si se unen en candidaturas propias, pueden lograr las alcaldías. Lo cual resultaría problemático, no porque sean extranjeros, sino porque tienen necesidades muy diferentes a las de la población autóctona, que puede verse seriamente marginada. Les hablo de un millón de posibles votos, no de una anécdota.

En mi opinión, González firmó esta parte de los acuerdos de Maastricht con demasiada alegría. Debería haber conseguido que el derecho a elegir y ser elegidos se circunscribiera a los extranjeros que contribuyen con su trabajo a la riqueza del país en el que residen. Pero no lo hizo, y nos largó el problema. Así las cosas, yo creo que los diputados y senadores de la oposición deberían rechazar la iniciativa, obligando al Gobierno a llevarla a referéndum. Y, ya metidos en gastos, proponer una verdadera reforma de la Constitución.

Javier Ortiz. La reforma de la Constitución. El Mundo. 31 de enero de 1992.

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2012/02/02 06:00:00 GMT+1

¿Un país serio?

Responde el ministro del Interior a las críticas que está mereciendo la nueva Ley de Extranjería diciendo que «un país serio tiene que tomarse en serio las leyes que aprueba» y que éstas «no se pueden estar cambiando cada tres días».

Esto último no deja de resultar sarcástico aplicado precisamente a esta ley, que su Gobierno ha promovido para sustituir otra que llevaba en vigor menos de un año. Se le dijo por activa y por pasiva que era preferible dejar que la ley anterior tuviera un tiempo de rodaje más prolongado, para comprobar en qué atinaba y en qué fallaba. No le dio la gana, la sustituyó deprisa y corriendo y ahora dice que ese género de comportamiento es impropio de «un país serio». No está mal... como autocrítica.

Pero es la primera frase la que suscita mayor perpelejidad. ¿Así que «un país serio tiene que tomarse en serio las leyes que aprueba», eh? ¿Y como cuanto de «en serio» debe tomarse su Constitución?

Invito a la relectura de la Constitución Española. Establece con claridad meridiana que los derechos fundamentales reconocidos en su Título Primero -entre ellos, destacadamente, los de reunión, asociación y huelga- son universales, en la medida en que los considera «inherentes» a «la dignidad de la persona» (art. 10.1). Acto seguido, precisa que también «los extranjeros» -los extranjeros, sin distinción- disfrutarán en España de esos derechos «en los términos que establezcan los tratados y la ley» (art. 13.1), exceptuado el derecho al sufragio.

Pues bien: la nueva Ley de Extranjería, en lugar de fijar, conforme al mandato constitucional, en qué terminos han de gozar los inmigrantes de los derechos y libertades «inherentes a la dignidad de la persona», se los limita y, en muchos casos, les priva de ellos, sin más. ¿Es ése el modo en el que «un país serio» «se toma en serio» su Constitución?

No es sólo un problema jurídico, ni mucho menos. Preguntémonos qué interés puede tener el Gobierno de Aznar -y de Mayor Oreja- en que el colectivo inmigrante no cuente con derechos tales como los de reunión, manifestación y huelga. Sólo hay una posible respuesta: quiere cercenar su capacidad de protesta.

Todos los estudios realizados por la UE demuestran que las leyes de inmigración fuertemente restrictivas, como la actual española, no consiguen en absoluto frenar el flujo migratorio:  lo único que logran es ampliar el porcentaje de inmigración ilegal.

Sumemos dos y dos: saben que, gracias a su nueva ley, va a haber cada vez más inmigrantes sin papeles y quieren evitar que puedan rebelarse.

Javier Ortiz. ¿Un país serio? El Mundo. 27 de enero de 2001.

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2012/02/01 06:00:00 GMT+1

Qué ilusionante

No tengo la más mínima idea de las razones por las que más de dos millones de electores votaron a IU en las anteriores elecciones generales. Supongo que las habría muy diversas.

Sí sé, en cambio, por qué no lo hicieron bastantes de ellos. Tanto más he conversado con votantes de IU en los últimos años, tanto más he podido confirmar cuán pocos optaron por esa papeleta de voto porque creyeran en la bondad y pertinencia de las propuestas políticas, económicas y sociales que enarbolaba la coalición de izquierda. Dudo incluso de que las conocieran.

No he tenido en muchos casos tampoco la impresión de que hubieran decidido votar a IU para respaldar sus proclamas de rigor ético en materia de libertades, de lucha contra la corrupción o de oposición al terrorismo de Estado, por poner sólo tres ejemplos.

Lo que estoy viendo estos días confirma mis peores sospechas.

Dice Francisco Frutos y corea el resto de la dirección de IU -si hay algún disidente, le ruego que me perdone: no lo he oído, tal vez por culpa de la barahúnda general- que hay «millones de ciudadanos de izquierda» que se sienten «muy ilusionados» por la alianza que está fraguando con el PSOE. Con ese PSOE que no ha hecho ni un amago de autocrítica por los GAL, por la Ley Corcuera, por la de Extranjería, por la reforma del Código Penal, por Maastricht, por la OTAN, por la Guerra del Golfo, por la reconversiones a porrazos, por el empleo basura... y por todo lo demás, que es casi todo.

Es posible que Frutos tenga razón. Lo mismo es verdad que hay millones de ciudadanos que están en estos momentos la mar de ilusionados. No me extrañaría nada. Tendrían razón tanto él como Almunia, al que también se le ve muy ilusionado.

Afirman que van a suscribir un programa conjunto. Y un cuerno. Entre el programa del PSOE y el que IU hacía suyo hasta ahora no había compromiso posible, porque sus diferencias no eran de cantidad, sino de calidad. Proponían dos modelos sociales diferentes: de un lado, la cosa ésa con sede en Bruselas; del otro, el viejo modelo socialdemócrata, que en estos tristes tiempos parece hasta ultraizquierdista. El PSOE dará algún retoque a lo suyo, y adiós muy buenas.

Algo debo agradecer a IU: ha resuelto cualquier duda electoral que pudiera asaltarme. Una vez haya sellado su muy ilusionante acuerdo, tendré clarísimo que no puedo prestarle mi apoyo. No para que se lo regale a cualquier Almunia.

Ya ni siquiera tendré la tentación de regalarle mi voto por mera solidaridad entre perdedores.

Javier Ortiz. Qué ilusionante. El Mundo. 1 de febrero de 2000.

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2012/01/31 06:00:00 GMT+1

Hablar / callar de Euskadi

Contacto con un fontanero para que haga una pequeña reparación en mi casa. Viene. Pronto compruebo que es un hombre muy simpático, cosa que debería haber dado por supuesta, puesto que ha venido, y además a la hora fijada, en vez de darme plantón, según la muy acendrada costumbre de la mayoría de los de su gremio.

Mi insaciable curiosidad por los arcanos de las manualidades me empuja a quedarme cotilleando su trabajo. Para disimular, le doy conversación.

-Y usted, ¿de dónde es? -me pregunta al cabo de un rato.

-De San Sebastián -confieso.

-Bonita ciudad. Tengo muy buenos amigos allí -replica. Y tras una breve pausa:

-Y qué, ¿cómo cree usted que acabará aquello?

Aquello.

Voy al médico. Rellena mi ficha.

-¿Natural? -me pregunta.

Reprimo las ganas que me entran de castigar su laconismo contestándole: «No; artificial». A cambio, le doy el dato que espera.

-Hombre, San Sebastián. Qué ciudad tan bonita. Mis mejores amigos son de allí.

Está claro que San Sebastián es una ciudad muy bonita y que todo el mundo tiene grandes amigos en ella. Empiezo a sospechar que los donostiarras decidieron dedicarse en masa a las relaciones públicas en cuanto me fui. Quizá lo hicieron para rentabilizar mi marcha.

Me sonríe con abierta simpatía el doctor:

-Y qué, ¿cómo ve aquello?

Jopé, otro.

Aquí hay algo que no funciona. De un lado, escucho en la radio a montones de oyentes cabreados, que se quejan amargamente de que en las tertulias políticas sólo se habla de Euskadi, y, de otro, me topo cada dos por tres con gente empeñada en que pronuncie sobre la marcha largas peroratas acerca de las posibles derivaciones del contencioso de marras.

¿En qué quedamos? ¿Interesa? ¿No interesa?

Me pregunto si de lo que estarán cansados los oyentes de la radio no será tanto de que siempre se hable de lo mismo, sino de que siempre se diga lo mismo. Se repiten las mismas condenas -y los mismos insultos- hasta el más mortal de los aburrimientos. Y no sólo en las tertulias: hasta en los noticiarios. Ningún intento de comprender el criterio ajeno. Ni el más mínimo intento de explicar. ¡Pero si hasta a los ministros de Aznar los tratan cual peligrosos filoseparatistas!

Tal vez Euskadi interese. Quizá lo que aburran sean los mítines.

Javier Ortiz. Hablar / callar de Euskadi. El Mundo.

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2012/01/30 06:00:00 GMT+1

Clinton, ese hombre

De acuerdo con el editorial de ayer de este periódico. En efecto, el presidente de los Estados Unidos, que es un señor adulto, está en su derecho a tener los contactos sexuales que le venga en gana con quien o quienes quieran participar en ellos, y es aberrante que la Justicia norteamericana se meta de por medio. No sólo por razones sólidamente jurídicas, sino también por estrictos motivos de educación: no se le puede pedir a nadie que pregone esas cosas a los cuatro vientos con nombre y apellidos.

Me parece también no sólo mal sino incluso ridículo el argumento de los puritanos vergonzantes, que alegan que lo grave no es que Bill Clinton tuviera contactos sexuales con Monica Lewinsky, sino que mintiera en su declaración, porque mintiendo en eso habría demostrado que es capaz de mentir y, por ende, que no es fiable. Toda esa argumentación es un disparate. Primero, porque uno puede negarse a revelar lo sucedido en un asunto privado pero, por lo demás, acostumbrar a decir la verdad. Mi criterio es justo el opuesto: me parece más de fiar quien preserva la intimidad de sus compañías de cama que quien la airea. Segundo: el que diga que nunca miente, miente. Y, en fin: para saber que Bill Clinton no es de fiar, lo que es a mí no me hacía falta la señorita Lewinsky para nada.

De todos modos, tampoco conviene exagerar la distinción entre actividad política y conducta sexual. Tiene valor jurídico y político, pero no puede aplicarse a otros considerandos. Nadie es de un modo a la hora de actuar profesionalmente y de otro cuando trata de satisfacer -o cuando reprime y sublima- sus pulsiones sexuales.

¿Qué parece desprenderse de lo que nos cuentan del comportamiento sexual de Bill Clinton? Que, con cierta frecuencia -si es que no siempre-, se sitúa ante las mujeres con mentalidad de cazador. No es un gran hallazgo, desde luego: todos los hombres hemos sido educados desde nuestro nacimiento para eso, en probable coincidencia con nuestra impronta genética. Pero también hemos sido educados en la conveniencia de reprimir ese impulso agresivo. Cada hombre acaba comportándose luego según el equilibrio -o la falta de equilibrio- que tienen en él esas dos vertientes: la animal -digamos, por abreviar- y la civilizada. Tal parece que la fuerza agresiva de Clinton no se ve compensada con una fuerza autorrepresiva de magnitud suficiente. Le puede su afán cazador.

Pues bien: vistas así las cosas, tampoco hay demasiada contradicción entre la vida privada del presidente de los Estados Unidos y su comportamiento político. Es más: estoy seguro de que si muchos norteamericanos le dieron su voto fue porque percibían en él ese afán narcisista de seducción, convertible eventualmente en agresividad a la hora de la conquista.

Que nadie se engañe: frente a Monica Lewinsky y frente a Irak, Bill Clinton es siempre el mismo.

Javier Ortiz. Clinton, ese hombre. El Mundo. 28 de enero de 1998.

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2012/01/29 06:00:00 GMT+1

Analógicos y digitales

Teóricamente, para opinar sobre un asunto hay que cumplir un requisito previo: conocerlo. Tener idea sobre él, vamos.

Pero eso, ya digo, es en teoría. En la práctica, la dificultad puede ser soslayada -y suele serlo- sin mayor problema: basta con opinar a ojo.

Por razones profesionales, me ha tocado en los últimos tiempos leer y escuchar bastantes rollos sobre el sistema de financiación autonómica pactado entre el PP y sus socios parlamentarios. Me he aclarado muy poco: apenas lo suficiente como para darme cuenta de que es un lío de mucho cuidado. Sin embargo, he oído que se ha hecho un sondeo de opinión según el cual la mayoría desaprueba ese sistema de financiación.

Descartado que la mayor parte del personal tenga conocimiento de causa como para emitir un juicio tajante sobre tan peliagudo asunto, cabe preguntarse cómo puede ser que se lance con tanta alegría a opinar sobre ello.

Me lo imagino. En este país -supongo que también en otros muchos- hace legión la gente que toma postura ante los hechos y los dichos aplicando lo que, en plan generoso, podríamos llamar el método analógico. «Suelo estar de acuerdo con quien defiende eso, así que supongo que tendrá razón». O al contrario: «El tío que dice eso me cae fatal, ergo, aunque no entiendo ni torta del asunto del que habla, seguro que está mal». Súmese a quienes están convencidos de que el PP no acierta jamás con los que dan por hecho que Pujol es insolidario. Resuelto: ahí está la mayoría que se declara contraria a un sistema de financiación del que apenas sabe nada.

Hay muchísima gente que recurre al método analógico para opinar. Antes de la caída del Muro, había dos bandos nutridísimos que, ante cualquier conflicto en no importa qué punto del globo, sabían de inmediato qué posición tomar. Indagaban a quién apoyaban los EEUU y a quién la URSS, y asunto concluido: ya sabían quiénes eran los buenos y quiénes los malos.

Ahora ha saltado la muy agria polémica sobre la televisión digital. El asunto dista de ser sencillo. Se entremezclan en él peculiaridades técnicas, intereses empresariales, banderías políticas y derechos de los ciudadanos. Quienquiera que desee tener un criterio realmente propio al respecto ha de empezar por enterarse, así sea mínimamente, de qué diablos es eso de la TV digital; debe estudiar luego en qué medida y cómo esa modalidad de TV puede aportarle más ventajas; debe diferenciar entre aspiraciones empresariales legítimas y proyectos inaceptables de monopolio... Una vez estudiado a fondo el asunto, entonces podrá decidir con qué se queda, si es que se queda con algo.

Pero no. Aquí todo pichichi sabe ya de qué lado está en esta batalla. Aunque no sepa ni por dónde van los tiros.

También las tomas de postura parecen dividirse en analógicas y digitales.

Javier Ortiz. Analógicos y digitales. El Mundo. 29 de enero de 1997.

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2012/01/28 06:00:00 GMT+1

El amigo de «Pepe» y el amigo del PP

Cosa de Móner: una monería. ¡Queda tan como pulcro, tan como bien, tan como de Estado de Derecho! Ya tenemos procesado al ex ministro del Interior, a Pepe, al íntimo de Felipe González. El juez considera que hay indicios racionales que permiten acusarlo de delincuente. No de muy delincuente: de quince millones de delincuencia, en concreto. Una delincuencia nada terrorista, por lo demás, porque la jurisprudencia -en España mucho menos juris que prudente- impide calificar a los GAL de terroristas, por más que sus integrantes sembraran el terror entre cuantos Marey y García Goena pillaban de por medio.

Curiosa Justicia ésta, que considera imprescindible mantener en la cárcel a un coronel de tres al cuarto, acusado de quedarse con unos papeles secretos, que no afectan a la seguridad del Estado sino a la de quienes se han servido del Estado para sus fines particulares -salvo que todo sea lo mismo-, pero que deja en la calle a precio de saldo -Ferraz corre con los gastos- a quien está acusado de dirigir el abyecto secuestro de un pobre anciano ajeno a toda la historia.

Pero, bueno, esto es lo que tenemos. Y no nos quejemos mucho, que nos las hemos visto en peores. Al menos Barrionuevo ha sido inculpado. Albricias. Festejemos al santo del día, Francisco de Sales, patrón de los periodistas. El Cuarto Poder puede darse con un canto en los dientes.

De todos modos, a González eso no le concierne. Aunque el Tribunal Supremo diga que hay base suficiente para creer que el compañero Barrionuevo simultaneaba la pertenencia al Consejo de Ministros con su participación en una banda armada que secuestraba, mataba, ponía bombas y se llevaba la caja del Ministerio a casa. Al presidente del Consejo de Ministros eso no le concierne. Su «convicción profunda» le indica que Pepe es inocente. Él se fía de su fino olfato: ese mismo que le hizo saber desde el principio que Juan Guerra no había hecho nada, y Mariano Rubio tampoco, y Luis Roldán aún menos.

Y aunque Pepe acabara siendo declarado culpable y se volviera súbitamente José. González lo tendría claro: que mal ese ex Pepe, cuán amarga decepción.

Dice Aznar que no tiene claro que un eventual Gobierno del PP salido de las urnas del 3 de marzo debiera promover la creación de una comisión parlamentaria de investigación de los GAL. Considera prioritario pensar en el futuro.

Qué error. No hay buen futuro sin pasado en paz. Las almas en pena no descansan nunca.

Me pregunto si Aznar es tan ingenuo como para pensar que cabe volver la página de los GAL sin más, y a otra cosa. Si no será más bien que prefiere tener como jefe de la oposición en la próxima legislatura a un licenciado Vidriera, aterrorizado por la posibilidad de que él -¡precisamente él!- lo rompa en mil pedazos de un capón en cuanto quiera, en cuanto le venga bien, proclamando a los cuatro vientos los hechos -las responsabilidades penales- que vaya estableciendo de tapadillo. Si no será que quiere favorecer que frente a él se sitúe un González rehén, un González atrapado, al modo de aquel patético Fraga que el propio González promocionó al principio para jefe de la oposición, como seguro de vida propio.

No me extrañaría. Me niego a participar de la superficialidad de quienes confunden facilidad de palabra con astucia: sé que Aznar es capaz de ese retorcimiento. Y de bastantes más. El hombre que supo enjaular a todas las víboras que reptaban por las alturas del PP tiene que ser un experto en víboras. O el rey de las víboras.
 Pero da igual que se manifieste así por inexcusable ingenuidad, por atolondrada ambición o por doblez astutísima. En cualquiera de los casos, lo que Aznar sugiere es inaceptable. No cabe dejar las responsabilidades políticas de González a beneficio de inventario. No basta con que lo condenen las urnas. No es suficiente con que la Justicia lo persiga por un camino que, a falta de la colaboración de Barrionuevo -el reo-candidato, el tonto de la lista-, difícilmente llegará a ninguna parte a corto plazo. Hace falta promover su incapacitación como político. Dejar clara su indignidad.

Aznar debe ayudar a ello. Para no ser cómplice del otro. Aunque eso beneficie a quienes ya estamos pensando en qué será lo mejor para tener a raya a su Gobierno.

Javier Ortiz. El amigo de «Pepe» y el amigo del PP. El Mundo. 24 de enero de 1996.

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2012/01/27 06:00:00 GMT+1

¡Viva Leguina!

Sé que es verdad porque la he visto: una escueta misiva de Joaquín Leguina dirigida a un colega, en la que, a modo de despedida, antes de estampar su firma, escribe un singular grito de guerra: «¡Muera Ramírez!».

No soy del género de los que sostienen que es inaceptable desear la muerte del rival. Parto del hecho de que todos los días fallece la tira de gente. Bueno, pues, puesto que alguien tiene que morir, es lógico que uno prefiera que la víctima de la angina de pecho o del accidente de tráfico sea ese tipo que tanto nos fastidia, en lugar de un señor de Cuenca desconocido que deja viuda y cuatro hijos.

La experiencia muestra, sin embargo, que el grito de «¡muera!» rara vez responde a una reflexión tan racional y pacífica como ésta. Suele ser al contrario: quienes lo lanzan apenas se toman el trabajo de disimular su indiferencia ante el hecho de que el óbito del enemigo se produzca como fruto de su mala salud o su peor suerte, o a resultas de la acción de alguien que acelera de modo imparable el curso de los acontecimientos. Por decirlo más directamente: que tampoco le importaría que se lo cargaran.

Eso ya está tirando a feo. De todos modos, puedo entenderlo también. Hace ya mucho tiempo que la psiquiatría estableció que las fantasías -incluso las perversas- pueden cumplir un papel positivo, psicológicamente equilibrador, siempre que quien las maneje tenga bien claro que se trata de meras fantasías y las distinga de la realidad (y de lo realizable).

¿Será éste el caso del señor Leguina? Supongo que sí, aunque no es fácil saberlo. Ese insistente empeño suyo en desprestigiar la investigación de los GAL -cuyos horribles crímenes no tuvieron nada de ficticios- y su tenaz tendencia a mezclar fantasía y realidad -no hay más que oír cómo describe su propia gestión al frente de la Comunidad Autónoma de Madrid- no son elementos tranquilizadores, precisamente. Pero concedámosle el beneficio de la duda o, si prefiere -para estar más a la moda- la presunción de inocencia.

Por mi parte, de todos modos, jamás de los jamases lanzaría un «¡Muera Leguina!». No ya por razones éticas -que las tengo- ni por imperativos de estilo -que también: me desagradan mucho las visceralidades- sino, sobre todo, por estricta conveniencia política. Imaginemos por un momento que don Joaquín entregara su alma a Dios. ¿Qué pasaría? Dos cosas principales. Primera e inmediata: que Dios se vería en un brete. Segunda y principal: que, aquí en la tierra, el PSOE estaría obligado a nombrar un sustituto del finado. Y eso es muy peligroso, porque ¿y si encuentra a alguien que valga?

Cuando Fraga encabezaba la oposición de derecha, González estaba encantado: tal como hacía las cosas el ex ministro de Franco, era su mejor aliado. Otro tanto le pasó con Santiago Carrillo. Me atengo a la misma lógica cuando expreso mi más vehemente deseo: ¡Viva, viva mucho, don Joaquín!

Javier Ortiz. ¡Viva Leguina! El Mundo. 28 de enero de 1995.

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2012/01/26 06:00:00 GMT+1

La huelga va a ser útil

Guardo fiel en la memoria la imagen, vista en el No-Do a comienzos de los 60: el general Charles de Gaulle en el balcón; abajo, una ingente multitud de franceses y pied-noirs -un millón, dijeron- gritando a voz en cuello «Algérie, française!, Algérie, française!», reclamando que Argelia siguiera unida a la metrópoli, y el presidente de Francia que se dirige a ellos y les lanza un rotundo y solemnísimo «Je vous ai compris!» (¡Os he entendido!). Fue el delirio: ¡el general estaba de su parte!

Unos pocos meses más tarde, Charles de Gaulle inició en Evián conversaciones con los líderes del FLN argelino. Tras de lo cual, Argelia accedió a la independencia.

Yo era a la sazón un crío, pero el suceso me marcó: descubrí que los gobernantes, incluidos los de los Estados democráticos, tienen una fantástica capacidad para faltar a la palabra dada y para mentir con el mayor de los desparpajos.

Me fue inevitable recordar este episodio en la tarde del pasado 6 de junio, cuando Felipe González, recién informado de su victoria electoral, anunció urbi et orbi, casi con las mismas palabras que De Gaulle en Argel: «¡He entendido el mensaje!». Pensé para mí: «¿Qué Evián nos tendrá reservado éste?». Ahora ya sabemos que su Evián era doble: por un lado iba a pactar con Miquel Roca, y por otro -o por el mismo, según se mire- con Aznar.

Créanme, que es la voz de la experiencia la que escribe por mi pluma: jamás se tomen en serio las promesas de los gobernantes. No es forzoso que sean mentira, pero lo son con pasmosa frecuencia.

Ahora el Gobierno dice y repite que, ocurra lo que ocurra con la huelga general de mañana, no variará su política ni un ápice. Si solamente lo hubiera afirmado un ministro, o si lo hubiera dicho de pasada, pensaría que tal vez fuera cierto. Pero lo han dicho tantos y tantas veces que sólo puede ser mentira. Si se creen obligados a aparentar tanta firmeza -di de qué presumes y te diré de qué careces-, es que se sienten débiles. Escucho a muchos que argumentan que la huelga no va a servir para nada «porque ya el Gobierno ha dicho que no la tendrá en cuenta». Mi tesis es la contraria: dado que el Gobierno insiste en esa idea, es que está asustado.

González está asustado. Pero no sólo. También se siente cansado, desanimado, harto y triste. No se habla con casi nadie, considera que está rodeado de incompetentes e intrigantes -lo cual es una gran verdad- y se sabe rehén de CiU, obligado a hacer una política en la que no cree. Sólo le falta que, con las elecciones europeas a un tiro de piedra y con el partido hecho una jaula de grillos, una buena huelga general erosione aún más su ya menguada base social.

Les doy cita para el día después de la huelga. Si González pretende que el paro ha sido un fracaso y que a él no le ha afectado, es que la legislatura va a ser cortísima.

Javier Ortiz. La huelga va a ser útil. El Mundo. 26 de enero de 1994.

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2012/01/25 06:00:00 GMT+1

El huevo de la Prospe

Al final, casi todos los grandes descubrimientos son como el del huevo de Colón: basta con mirar las cosas sin prejuicios. Hoy he hecho yo un fantástico descubrimiento político cuando trataba de engullir unos boquerones rancios en vinagre rancio ante la barra de un rancio café de la rancia barriada madrileña de Prosperidad, hecho que consigno para que se inscriba en los anales de la Historia. (Y ya que hablo de anales: visiten este barrio y comprobarán que ofrece la más copiosa cantidad de cagadas de perro por metro cuadrado del callejero mundial. ¿Cómo no figura la Prospe en el Guiness de los records? ¿O sí figura, y no me he enterado?)

Volvamos a lo de mi descubrimiento -que sólo cabe calificar de genial, modestia aparte y muy a mi pesar. Versa -claro- sobre el Gobierno.

He explicado ya varias veces cuán bien entiendo a todos aquéllos que están obsesionados con lograr que los socialistas abandonen La Moncloa tras las próximas elecciones. Vale. Pero también comprendo, y mucho, a los que temen que la vacante sea cubierta por el PP. ¿Contradicción irresoluble? En modo alguno. Existe otra posibilidad, y en ella radica mi invento: que se disuelva el Gobierno del PSOE y no haya nuevas elecciones.

¿Anarquía? Quiá: modernidad pura. Ellos -todos ellos- han venido diciéndonos sin parar que no aspiran a hacer una política de partido, sino una política nacional, para todos. Pues si no quieren hacer una política de partido, no hace falta un Gobierno de partido. «La nuestra es la única política posible», aseguran los unos y los otros. ¿Así que el asunto es sólo técnico? Convoquemos entonces no elecciones, sino oposiciones, y que los más listos y mejor preparados ganen sus plazas de ministros. Y el número uno, la de primer ministro.

Ya que renuncian a las ideologías, que se monte un concurso de ideas.

Javier Ortiz. El huevo de la Prospe. El Mundo. 31 de enero de 1993.

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