2010/02/09 06:00:00 GMT+1
Vengo manteniendo desde hace algunos días una divertida polémica con un lector que no comparte mi reflexión –mi broma boba– sobre las ventajas que tendría que el PP se presentara a las próximas elecciones con un cabeza de lista impresentable.
Por el aquel de que presentar a un impresentable no puede ser buena idea.
Anteayer comprendí que mi lector objetante tiene razón.
Estaba escuchando Radio Nacional según venía en coche para mi refugio alicantino, cargado de escritos pendientes.
Y me encontré con unas declaraciones del alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano
(¿o es «del Matanzo»?).
El individuo, tratando de dárselas de gracioso, contaba una anécdota. Y la relataba así: «El
torero Mazantini tuvo en su cuadrilla a un banderillero que luego fue gobernador civil. Y le preguntaron al maestro cómo había sido posible que ese hombre llegara a banderillero. Y él contestó: “Degenerando”». Todos los asistentes le rieron mucho la gracia.
Bueno, pues la historia no es ésa. Ni por el forro. Lo que le preguntaron al torero –que,
además, me da que no fue Mazantini– fue cómo explicaba que un simple banderillero hubiera llegado hasta la dignidad de gobernador civil. De ahí la gracia de su respuesta: «Degenerando».
Se ve que el alcalde capitalino se quedó con la copla de que en esa historia había algo cómico –probablemente porque vio cómo se reían otros cuando la escuchaban– y la contó a ojo, sin saber de qué iba. Como el tontaina que es.
Bueno, pues ese tontaina –lelo hasta lo indecible– sacó mayoría absoluta en las anteriores
elecciones municipales.
De modo que conviene preguntarse: ¿quién es mejor cabeza de lista para unas elecciones? ¿Un
listo o un cretino?
De momento, la experiencia indica que los cretinos no se las apañan nada mal.
Javier Ortiz. Perversos y estúpidos. Diario de un resentido social. 7 de febrero de 2002.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/02/09 06:00:00 GMT+1
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2010/02/08 06:00:00 GMT+1
«Odio la pedantería, tanto
en el cine como en la cocina»
Nota: Javier Ortiz firmó, al menos, ocho colaboraciones en la revista Sobremesa. En mayo de 2009, publicamos la primera (¡Que beban!) y hoy hacemos lo propio con esta entrevista a Oscar Ladoire. Cada lunes habrá un nuevo texto. Ya que estamos: nos gustaba más la revista cuando andaba por allá Rafael Chirbes.
Sostiene que un buen actor es aquel al que no se le nota que miente. Y ése fue el secreto de su éxito en «Ópera prima»¸ la primera película de Fernando Trueba. Ladoire, coguionista y protagonista del filme, parecía estar viviendo su propia historia, y el público quedó prendado de su naturalidad. Una naturalidad nada natural, fruto de mucho estudio y mucho ensayo. Ladoire (Madrid, 1954)
es un actor de pies a cabeza. Incluso cuando no actúa. Desde «Ópera prima» hasta ahora, una veintena de películas como intérprete –la última, con Paco Rabal a su lado, «Alla Revoluzione sulla due cavalli», rodada apenas hace unos meses y pendiente de estreno en España–, dos más como director, toneladas de papeles menores... y hasta un concurso de televisión en horario estrella, «Fort
Boyard», que está emitiendo actualmente Tele 5.
–¿Cómo decide uno que va a dedicarse a ser actor?
–No es una decisión que tome uno mismo. La toman por ti. Te tiene que llamar alguien que te convence de que puedes ser actor, porque él está convencido de que puedes ser actor.
–¿Y cómo llega él a esa conclusión?
–Partamos de la premisa de que todo el mundo es actor. Todo el mundo miente, en cosas de mayor o menor importancia, con más o menos frecuencia... Ocurre que algunas personas sabemos mentir mejor que el resto; somos más creíbles. Alguien se da
cuenta de ello y te propone que cobres por mentir. Los políticos también cobran por mentir, pero no son propiamente actores. Yo soy mejor actor que Chirac o que Bush, porque conozco mi profesión. Yo muevo las cejas cuando hace falta. Ellos no han aprendido a controlar esos detalles.
–¿Eras muy joven cuando empezaste a actuar de modo profesional?
–He dicho antes que uno se convierte en actor sólo cuando empieza a cobrar por hacerlo. A mí eso me sucedió en 1980, cuando me pagaron 250.000 pesetas por participar en una película. Pero bastante antes de eso ya había tenido algún éxito como actor. Por ejemplo, en cierta ocasión en que me detuvo la Policía franquista, logré convencerles de que era un psicópata y me dejaron en libertad. Con aquella actuación también obtuve un beneficio, aunque no fuera en dinero.
–Antes de 1980 ¿no habías hecho ningún trabajo como actor, experiencias policiales al
margen?
–Sí, claro. Cortometrajes. Empecé en el mundo del corto, y de ahí pasamos al cine. Formo parte de un grupo de gente que coincidimos en una cosa que se inventaron por entonces, que fue la rama de Imagen de la Facultad de Ciencias de la
Información. Lo que yo quería era entrar en la Escuela de Cine, pero no pude, porque la cerraron. En Ciencias de la Información nos encontramos con que, en lugar de enseñarnos cine, nos impartían clases sobre estética general, sobre supervivencia en la literatura y el arte, sobre psicología inductiva... Un batiburrillo extraño que nos producía más bien repelús a los que queríamos
aprender, lisa y llanamente, cómo estar delante de una cámara, o detrás de ella. Con ésas nos topamos algunos amantes del cine, como Fernando Rodríguez Trueba, Antonio Fernández Resines, Carlos
Sánchez Boyero...
–Todos ellos conocidos hoy por sus segundos apellidos.
–Sí: un grupo de gente que con el tiempo ha logrado una notoriedad estupenda.
–Desde el principio te interesaste por el cine, y sólo por el cine. Muchos actores sostienen que la verdadera escuela para un actor está en las tablas de los teatros. Pero a ti el teatro nunca te ha llamado la atención.
–Desde la audacia que produce la ignorancia –porque lo cierto es que sobre el teatro lo
ignoro todo–, considero que se trata de dos oficios diferentes. En realidad, creo que todo se ha ido especializando cada vez más, y que tampoco es ya lo
mismo ser actor de serie de televisión que actor de cine. Incluso es posible que ya esté escribiendo alguien en Alabama una tesis sobre las técnicas
específicas del actor de serie de televisión pública con relación a las del actor de serie de cadena privada, o a las del actor de grupo multimedia con diversos canales temáticos. Son oficios distintos. En cada caso priman técnicas
diferentes. No es lo mismo actuar ante una cámara que subirte a un escenario en plano fijo general –porque en definitiva eso es el teatro–, donde tienes que proyectar la voz para que se te oiga en la fila 65 y donde los gestos de tus cejas no los ven sino los que están en la primera fila y tienen muy buena vista, lo que no es frecuente, porque normalmente la gente que ocupa la primera
fila suele estar bastante deteriorada.
¡Claro que todo tiene que ver con la interpretación! Pero también tiene que ver con la
interpretación salir a echarse un mitin después del bombardeo de las Torres Gemelas y clamar «Dios os bendiga» con lágrimas en los ojos, o ser un tendero
de ultramarinos y decir: «Señora, estos tomates son de lo mejorcito»...
Es pena que el papel impreso dé tan escasa cuenta del trabajo del actor, que es actor
incluso durante la entrevista. Óscar Ladoire va cambiando de tonos y voces según habla del comediante que clama para que se le oiga en la fila 65, mueve las cejas cual personaje de cine mudo para ilustrar su argumento, adopta tono presidencial para imitar al político o se vuelve tendero de ultramarinos para venderte el tomate podrido.
–«Ópera prima» fue tu primer largometraje. ¿A qué atribuyes que una obra inicial –y, en
consecuencia, relativamente tosca– tuviera tanto impacto y se haya convertido para mucha gente en un auténtico objeto de culto?
–Pues no lo sé. Hombre, ahora ya, con la distancia, después de tanto tiempo, podría
intentar analizarlo. Una primera explicación es la tópica: llegamos en el momento adecuado contando lo que todo el mundo quería ver y nadie se lo daba.
Vale, eso es cierto. Pero creo que hay algo más. No es sólo lo que contamos, sino cómo lo contamos. Sin nosotros ser conscientes de ello, transmitimos al
público de aquella generación una sensación de proximidad, de familiaridad... Los personajes decían cosas que el público hacía suyas: «Anda, pero si eso lo he pensado yo muchas veces...». En realidad todo fue producto del azar. Tuvimos una oferta de producción, nos pusimos Fernando Rodríguez Trueba y yo a escribir el guión y lo hicimos en cosa de una semana, o diez días. Lo hicimos mano a mano, con dos máquinas de escribir, porque entonces no había PCs...
–Había un PC: el Partido Comunista. Supongo que en aquellos tiempos todos los de tu
entorno os considerarías próximos a la izquierda menos acomodada...
–Pues sí y no. Había una cosa típica de la izquierda más izquierda de entonces que a nosotros nos repateaba, que era su odio hacia el cine norteamericano. Si decías que te gustaban las películas de Ford, o de Hawks, te ponían de vuelta y media. Por entonces salió la primera entrega de La Guerra de las Galaxias. ¡La que te podía caer si decías que te lo habías pasado en grande viéndola! Eras poco menos que un fascista. En aquellos tiempos yo hice un corto, el primero
que logramos sacar adelante, que se llamaba La retención, y que era la historia de una chavala a la que no le venía el periodo, y eso tenía a su madre muy mosca. La muchacha se iba a una casquería para comprar algo con lo que manchar las bragas. Lo presentamos en un festival de cortos muy prestigioso y conseguimos un pateo de los que hacen época. La pena es que no lo conservo, porque estoy seguro de que ahora sería un éxito.
En esos años era obligatorio demostrar un amor infinito por el cine francés. O todavía peor: por el alemán. ¡Qué soberanos peñazos! Todavía me acuerdo de la gente haciendo largas colas en la Filmoteca para ver el bodrio de un pavo que ni
siquiera sabía qué es una elipsis. Había un bandido del siglo XVIII que tenía que contar un botín... ¡y el tipo contaba quinientas monedas, una tras otra, en plano! Pues nada: se suponía que aquello era la deconstrucción del fascismo fílmico o qué sé yo qué...
–También estaba el cine italiano: Tognazzi, Gassman, Sordi...
–¡Maravillosos! ¡Divertidísimos! Pero no podías decir que eso te gustaba. De todos modos, también había italianos muy pesados, como Pasolini, salvando su Uccellacci e uccellini, de 1966, que es estupenda.
Ladoire ha sido actor en películas que llevaban un sello previo de calidad: «Mientras el cuerpo aguante» y «Sal gorda» (Trueba), «La noche más hermosa» (Gutiérrez Aragón), «El viaje a ninguna parte» (Fernán Gómez), «Las edades de Lulú» (Bigas Luna), «Allegro ma non troppo» (Colomo)... Pero también ha tenido que actuar en productos de segunda, y hasta de tercera fila. Alguna gente parece creer que los actores de prestigio viven
del aire. Qué más quisieran. Cuando no hay ofertas a su altura, no les queda más remedio que descender peldaños. Todos los grandes actores españoles lo han
hecho: lo hizo Fernando Rey, lo ha hecho Fernando Fernán Gómez... El propio Paco Rabal, en tiempos de penuria, llegó a protagonizar bodrios de la peor
especie. Pero hasta en las plazas más infames cabe hacer faenas dignas.
-Ahora, en el 2001, hay quien considera que resulta más interesante ver «El cochecito» o
«El verdugo» que «La caza».
Yo aún iría más lejos: me aporta más ver Historias de la radio, que fue dirigida por
un franquista, José Luis Sáez de Heredia, que La caza. de Saura. Al margen de que lo que cuenta me resulte más divertido, es que me da más información sobre la realidad española de la época. Tiene un valor documental que me resulta muy superior. En Historias de la radio Paco Rabal hizo un papel memorable.
-Tal vez sea porque el cine tiene diversos lenguajes, y algunos son más universales y
ofrecen más posibilidades, y otros son más experimentales y corren el permanente riesgo de no establecer la necesaria comunicación con el público, o de resultar un fiasco, directamente.
-Pasa lo mismo con la cocina, te diré, ya que estamos en una revista gastronómica. Yo tengo una edad en la que he conocido la nouvelle cuisine, lo mismo que he conocido la nouvelle vague. Leí en su tiempo las guías de Gault y Millau y me empapé de las maravillas de Bocuse, Guérard, Manière, Senderens... Pasaron los años y, de repente, nos sobrevino la nueva invasión
francesa: todo el mundo se puso a hacer aquí nueva cocina. Está bien que haya nueva cocina, no digo yo que no, pero es que ahora puedes llegar a un pueblo perdido de La Mancha y, en cuanto te descuidas, te ponen un plato de nouvelle cuisine con unos churretones de chocolate y una hojita de cilantro... Y te
dices: «Joder, con las chuletitas de cordero que había aquí tan buenas, ¿y por qué me las estropeáis poniéndoles una capita de caramelo en un plato enorme en el que quedan perdidas...?».
Mira, después de tanto viaje y de tanta vuelta por tantas partes, yo con lo que más disfruto actualmente es con una buena rodaja de merluza, o con un buen marisco, o con una buena carne roja; con sabores que no estén enmascarados. Es lo mismo
que con el cine: cuéntame una buena historia y déjate de hacer florituras con la cámara.
–Y así será, puesto que así lo dices, pero yo soy testigo de tus habilidades culinarias y, de la misma manera que te he visto hacer un ajoblanco estupendo, y unas ensaladas envidiables, puedo asegurar que cocinas unos huevos de codorniz con trufa sobre una espuma de foie que están de chuparse los dedos, o una carne al horno con varias salsas especiadas que es de primera...
–Por supuesto que no renuncio a nada que valga la pena. Lo que critico es el manierismo y la pedantería, tanto en el cine como en la cocina.
De todos modos, la cocina creativa que a mí me admira más es la de esa gente que llegas de improviso a su casa y que se las arregla para montarte unos platos estupendos con las cuatro cosas que le quedan en el frigorífico. Por lo que eso indica de hospitalidad, de amor. Como no creo ni en Dios ni en la religión, para mí la comida compartida es una especie de comunión. Comiendo es, además, como mejor conoces a la gente. Porque tampoco te vas a poner a follar con todo
el mundo.
También creo que hay otra especialidad culinaria importante, y lamentablemente poco desarrollada, que es la de la cocina para uno solo, para uno mismo. Pero tampoco es cosa de seguir con el paralelismo del sexo...
–Hablemos de televisión. Ahora, tras más de dos décadas de carrera en el cine, te ha dado por la televisión. Estás haciendo un papel en un concurso que se emite en horario de máxima audiencia, «Fort Boyard». Lo mismo te pasa como a Groucho Marx, que, después de casi 40 años en los escenarios y en las pantallas, alcanzó su máxima cuota de popularidad presentado un concurso de televisión...
–Y es posible que sea así como alcance yo la mía, vaya que sí. Ahora me encuentro con que soy el ídolo de los niños; una especie de Don Cicuta del 2001.
–¿Y no es frustrante que un trabajo menor te reporte mucha más popularidad que los papeles más serios, estudiados y laboriosos?
–No, no es frustrante. Entre otras cosas, porque la popularidad representa expectativas de nuevos trabajos. Aunque en este país nunca se sabe: recuerdo que cuando le dieron el Óscar a Garci, Encarna Paso, que era la protagonista de la película, tuvo que decir públicamente a los productores que podían seguir contando con ella, porque no había aumentado su caché. Pobrecita mía: tenía miedo de que se pensaran que iba a pedirles más y que no la llamaran por eso. No, la
popularidad es buena; es parte de nuestro oficio. Y la televisión te da mucha, porque te metes en las casas de la gente y te conviertes, como quien dice, en parte de la familia. De todos modos, es mejor no pensar demasiado en ello, porque puede llegar a resultar paralizante.
El lado frustrante que sí tiene trabajar en televisión va por otro lado: siempre te quedas fastidiado porque piensas que podías haberlo hecho mejor, que no has tenido tiempo suficiente para ensayar, que no has podido dar las indicaciones
necesarias para que la cámara tomara este o aquel detalle, o para que la iluminación fuera esta o la otra... Pero no puedes detenerte, porque según
acabas un programa ya empiezas con el siguiente.
-Pero, según lo que tú mismo decías antes, supongo que actuar en televisión también obligará a un aprendizaje diferente. En el cine se repite todo hasta que queda como se pretende; en televisión hay que ir a salto de mata... Es casi un circo, ¿no?
–Sí. Y, efectivamente, requiere una técnica especial. Para mí eso es fascinante. Siempre he sido muy curioso. De niño, cuando me regalaban un juguete, enseguida le abría las tripas para saber qué tenía dentro, cómo funcionaba... Ahora me
encuentro con la televisión, y con gente que es capaz de levantarse por la mañana y decir: «Bueno, adiós, cariño, que me voy a llenar el espacio vital de tres, cuatro o cinco millones de personas». Y así día tras día. Y llenan ese espacio con su presencia, con su palabra, con su voz, y sin posibilidad de repetir, sabiendo que la genialidad o la gilipollez que digan no va a tener remedio. Da vértigo. ¿Es aplomo a espuertas? ¿Es inconsciencia? ¡Bendita inconsciencia! Y de repente te dan la oportunidad de meterte en eso. Pero si yo no soy gracioso... Si conmigo la gente se ríe no porque sea gracioso, sino porque soy ridículo... Pero te dices: «Voy a probar». Te lo tomas como un juguete más. Le abres las tripas y miras cómo funciona.
Javier Ortiz. Entrevista publicada en la revista Sobremesa a lo largo de 2001.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/02/08 06:00:00 GMT+1
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2010/02/07 06:00:00 GMT+1
Estoy terminando la lectura de un libro que acaba de aparecer en el mercado, publicado por Ediciones Foca. Se llama 23-F, el golpe que nunca existió. Es obra del coronel Amadeo Martínez Inglés.
La gente ya algo talludita recordará al personaje: en 1990, Martínez Inglés fue encarcelado
durante seis meses y luego apartado del Ejército por haber defendido públicamente la profesionalización de las Fuerzas Armadas.
El libro es apasionante, al margen de las habilidades literarias del coronel, ciertamente
limitadas.
Pero la literatura, en este caso, es lo de menos. Lo de más, el cúmulo de informaciones que contiene sobre el historial del golpismo militar español desde 1977 a 1983, en general, y sobre la aventura del 23-F, en particular.
Martínez Inglés disecciona los tres planes golpistas que rivalizaban entre sí en vísperas
del asalto al Congreso de los Diputados por el teniente coronel Tejero. No es cosa de detallarlos. Me conformaré con decir que, en lo que se refiere al plan que poco después sería bautizado como «la solución Armada», aporta datos, fechas y detalles concretos que, de ser ciertos, demostrarían la implicación directa y personal del rey en la frustrada aventura del general Alfonso Armada
Comyn.
Ante lo cual, yo me digo que, una de dos: o Martínez Inglés se ha inventado lo que cuenta, en
cuyo caso la Fiscalía debería actuar rápidamente y de oficio contra él, por difamador y libelista, o las informaciones que proporciona son verdad, en cuyo caso el titular de la Corona queda en una posición altamente comprometida, de la que habría que deducir cuanto antes las debidas consecuencias. Porque, de creer los datos que aporta Martínez Inglés, el rey estuvo conspirando con el propio Armada –viejo colaborador suyo– y con el entonces capitán general de Valencia, Jaime Milans del Bosch –otro reputado monárquico–, para que el Ejército diera un «golpe de timón» en el rumbo de la política española sin contar con los medios que la Constitución prevé para tales casos: el Poder
Ejecutivo, las Cortes y, en último término, las urnas. Que lo hiciera para evitar un golpe de Estado militar aún más radical del que pudiera derivarse el fin de la propia Monarquía no quitaría ni un ápice de gravedad al hecho mismo.
Ya digo, que una de dos. O Martínez Inglés miente en lo esencial, o dice la verdad. En ambos
casos debe haber una reacción. Lo que no cabe es hacer como si todo eso no se hubiera contado, negro sobre blanco.
Pero algo me dice que es eso precisamente lo que se hará.
Javier Ortiz. Martínez Inglés. Diario de un resentido social. 8 de febrero de 2001.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/02/07 06:00:00 GMT+1
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2010/02/06 06:00:00 GMT+1
Los señores obispos matizan: ellos no sostienen que sea moralmente reprobable dar el voto a un partido que haya “dialogado” con terroristas; lo inaceptable –dicen– es votar a un partido que haya “negociado políticamente” con terroristas. Se ve que sus eminencias estaban pensando en el Gobierno de Adolfo Suárez, que negoció la desaparición de ETA
político-militar concediendo a sus integrantes contrapartidas políticas. Porque, que yo sepa, los demás gobiernos de España han hablado con ETA de todo un poco (en Argel, en Zúrich, en Bayona, en Escandinavia, en Santo Domingo…), pero sin llegar jamás a nada concreto.
De todos modos, ¿quién establece dónde termina el mero diálogo y empieza ya la negociación
política? ¿La Conferencia Episcopal?
Durante años tuve en la pared de mi despacho una vieja fotografía –muchos estudiosos de la Guerra Civil la recordarán– en la que se ve a varios generales y oficiales franquistas posando en la entrada de una catedral acompañados de unos cuantos
obispos y clérigos que levantan el brazo (los obispos y los clérigos, no los militares) haciendo el saludo fascista. En total hermandad. Nadie puede acusar a la jerarquía católica española de entonces de haber negociado políticamente con una banda de golpistas criminales: se echó en sus brazos por puro amor, sin negociar nada. Pero, en cambio, el Vaticano sí negoció, y mucho, y muy políticamente, con las autoridades del III Reich. ¿Será inmoral votar a un partido que se lleva a partir un piñón con una Iglesia que negoció políticamente y colaboró con un régimen genocida?
He conocido a lo largo del tiempo a muchos curas, e incluso a varios obispos. Sé que entre
ellos hay de todo: desde gente excelente y entregada a las causas más nobles hasta personajillos repulsivos, a quienes, si les das la mano, lo mejor que puedes hacer es ir a lavártela cuanto antes. No generalizo.
En castellano, la palabra “anticlerical” tiene dos posibles sentidos. Es anticlerical quien se
enfrenta al clero en masa, sin distingos. No es mi caso. Pero también se define como anticlerical a quien rechaza que el clero trate de condicionar los asuntos políticos. Ése sí es mi caso.
Javier Ortiz. Soy anticlerical. El dedo en la llaga. Diario Público. 2 de febrero de 2008.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/02/06 06:00:00 GMT+1
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2010/02/05 06:00:00 GMT+1
Ya sólo me queda por saber si las centrales térmicas, las siderúrgicas, las empresas productoras y distribuidoras de combustibles fósiles y los fabricantes de automóviles se adhirieron ayer también al apagón de cinco minutos «contra el cambio climático».
Supongo que sí. Por qué no. ¡Maquillémonos
todos en la farsa final!
La idea inicial de la ONG francesa Alliance pour le Progrès no estaba mal, incluso considerando su aire un tanto ñoño. Pero estaba mal concebida. Supongo que no a propósito.
Fallaba por lo abstracto de la denuncia que le servía de lema central.
«Contra el cambio climático». Contra el cambio climático está todo el mundo; incluso los que promueven las actividades que lo provocan. Si ellos pudieran seguir con sus negocios sin causar la menor alteración climática, estarían encantados.
«Para concienciar a la sociedad sobre el papel del consumo de energía». Pero «la sociedad» –sus integrantes individuales, en este caso, porque no se llama a la movilización de la colectividad: apelan a una suma de respuestas privadas– no actúa
como actúa por libre decisión propia. Quienes integran la inmensa mayoría se atienen a las pautas de comportamiento a las que son inducidos.
Por poner un ejemplo concreto y oportuno: si alguien tiene que desplazarse al centro de su ciudad y el centro de su ciudad está lleno de aparcamientos, es muy posible que decida ir en
coche. Que los mismos altos responsables municipales que han permitido –cuando no animado– la proliferación de aparcamientos en los centro urbanos decidieran ayer apagar durante cinco minutos el alumbrado de algunos monumentos para hacer ver que están «contra el cambio climático» resultó una broma de mal gusto. Pero una broma factible, porque nadie los había señalado como objetivos directos y explícitos de la protesta.
No es lícito derivar la responsabilidad de este problema a cada ciudadano aislado. La culpa no la tiene «el hombre», como dicen sin parar algunos científicos y casi todos los medios de comunicación. La tienen, muy en especial, algunos hombres, que defienden beneficios nada colectivos.
Pondré otro ejemplo: se construyen sin parar más y más zonas de segunda residencia con el beneplácito de unas autoridades que se jactan de ello y que afirman que la construcción es uno de los principales motores del crecimiento económico de España. Supongo que nadie me negará que con ello se fomenta que cada fin de semana las carreteras rebosen de coches. A la vez, viajar, moverse, ponerse en marcha a hacer kilómetros a la primera oportunidad que se presenta, se ha erigido (¡y cuidado que han invertido propaganda para lograrlo!) en un signo inequívoco de calidad de vida. ¿Resultado? Miles, cientos de miles, millones de pequeñas contribuciones al cambio climático.
Pero ese modelo de vida no se lo ha inventado ninguno de los particulares que viaja en su coche, ni ninguno de los que con sangre, sudor y lágrimas se ha comprado un adosado a 100 kilómetros de su casa en la ciudad, tratando de escapar del ruido y los humos.
Prosigo. ¿Se le puede pedir a alguien que, teniendo modo de evitarlo, pase frío en invierno y calor en verano? Las calefacciones y los acondicionadores de aire contribuirán infinitamente menos al cambio climático cuando funcionen gracias a sistemas de generación de energía renovable y no contaminante. Pero eso no es algo que la gran mayoría de los ciudadanos pueda costearse por su cuenta.
Tan mal o peor lo tenemos con las industrias contaminantes. Ahora la moda es sentenciar: «Quien contamina, paga», como si ésa fuera una medida de rigor extremo. Lo cierto es que, en la mayor parte de los casos, al que contamina le sale rentable pagar la multa y seguir en las mismas. Y eso, cuando le multan. Sólo si se adoptaran medidas punitivas que convirtieran en literalmente ruinosas las actividades industriales contaminantes, se
pondría freno real a las emisiones nocivas a la atmósfera. Pero, ay, es la economía la que está en juego. Y miles de puestos de trabajo.
Doy por hecho que la iniciativa del apagón de cinco minutos «contra el cambio climático» era bienintencionada, ya digo, pero ofrecía las mayores facilidades para que las autoridades políticas y los directivos de toda suerte de organismos –unos contaminados, otros contaminantes, todos ellos colaboradores necesarios del cambio climático–
decidieran camuflar sus responsabilidades y quedar bien de cara al público por el muy resultón sistema de apuntarse al cortecillo eléctrico. Que es lo que han hecho.
En medio del enfado que tenía ayer, hubo al menos una cosa que me hizo reír. Fueron las declaraciones de un representante de Adena que dijo que la acción de los cinco minutos debía ser considerada como una llamada de atención para que los gobiernos «se pongan las pilas». ¡Se pongan las pilas! ¡La cosa es consumir energía!
Javier Ortiz. Los cinco minutos. Apuntes del natural. 2 de febrero de 2007.
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2010/02/04 06:00:00 GMT+1
Una de las cosas que más me cabrean –y cuidado que hay cosas que me cabrean– es la pretensión de algunos economistas de que sus diagnósticos son
objetivos, meramente técnicos, imparciales. Hablan como si la Economía fuera una ciencia exacta.
Me ha tocado en las últimas semanas discutir con algunos de ellos sobre los problemas que afronta en Europa el llamado Estado de bienestar. En cuanto les dejas, te sueltan, adoptando un aire muy académico, que ese modelo de Estado ha entrado en crisis y resulta insostenible, porque el erario ya no da para cubrir sus exigencias. A partir de lo cual se lanzan a especular con los recortes de gasto que, según ellos, será necesario emprender: rebajas de las pensiones de vejez, limitación del ya de por sí muy limitado seguro de paro, reducción del gasto sanitario, etc.
Parten de presupuestos tramposos.
En primer lugar, no tienen en cuenta que en España las arcas de la Seguridad Social apechugan con gastos ajenos a su cometido. Para evaluar en qué
medida nuestra Seguridad Social está o puede entrar en crisis, habría que considerar las partidas de gasto que el Estado le obliga a asumir y liberarle de aquellas que no tienen relación directa con su cometido.
En segundo lugar, hacen trampa al dar por supuesto que la Seguridad Social debe tener obligatoriamente –ella sola, por su cuenta– una economía saneada, no deficitaria. Si admiten que algunos capítulos presupuestarios son deficitarios por definición, ¿por qué se muestran
tan implacables precisamente con la Seguridad Social? No le piden a la Casa Real que ingrese más de lo que gasta. Tampoco se lo exigen a las Fuerzas
Armadas. Ni siquiera a la Iglesia católica. ¿Por qué ha de hacerlo la Seguridad Social?
La Hacienda pública no está compartimentada. Funciona como una caja única. Si hay que ahorrar, deberá examinarse el conjunto del gasto del Estado
para decidir qué asignaciones son más superfluas y recortables.
Lo cual será, en último término, una opción ideológica. Nada técnica.
En tercer término, convendrá plantearse sin ambages qué factor resulta más insostenible e inaceptable desde el punto de vista del interés colectivo, si el gasto público o los beneficios privados. Porque en España hay gente que está amasando fortunas de quitar el hipo a costa del trabajo ajeno. Gente cuya contribución al bienestar colectivo, vía impuestos, es sencillamente ridícula.
A lo mejor lo que no podemos permitirnos no es la Seguridad Social que tenemos, sino el capitalismo que tenemos.
Javier Ortiz. Lo insostenible. Apuntes del natural. 4 de abril de 2006.
Nota: este apunte de hoy lo recuperamos porque lo tuiteó nuestro compadre El Picapiedra. Eskerrik asko, José Manuel.
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2010/02/03 06:00:00 GMT+1
Por razones que no hacen al caso, almorcé hace unos días con un militar español de alta graduación y de reconocido prestigio entre los de su gremio.
Charlamos en tono distendido durante más de dos horas, lo que nos dio ocasión a los dos de conocer con cierto detalle los puntos de vista de alguien situado en las mismas antípodas -formales, al menos- de nuestros respectivos lugares mentales de residencia.
Como es lógico, tuvimos algunos momentos de fricción, que hicimos lo posible por sobrellevar con educada cortesía. Uno se produjo cuando él comentó lo mucho que le había impresionado ver en las obras del Valle de los Caídos, en el año de la Tarara, a un grupo de prisioneros de guerra que hacía trabajos forzados. «Ni nos imaginábamos que algo así pudiera suceder, ¿verdad?», dijo, como buscando mi complicidad. Le contesté: «Los míos, en Euskadi, fueron condenados a trabajos forzados por los
tuyos. Murieron muchos. Los restos del padre de un buen amigo mío yacen bajo el asfalto de la carretera que lleva de Oiartzun a Lesaka pasando por Aritxulegi. Y como él, cientos. ¿Me preguntas qué nos imaginábamos y qué no? Te lo digo: yo
no me imaginaba que entre los vuestros hubiera gente que ignorara lo que estábais haciéndonos».
Pero, lógicas diferencias aparte, lo que más me llamó la atención fue lo que dijo cuando la charla recaló en el próximo referéndum sobre la mal llamada Constitución Europea. «Defiendo firmemente -subrayó- que Europa cuente con una política exterior y de defensa propia, diferenciada. Si este
Tratado supusiera un paso adelante por esa vía, lo apoyaría sin dudar. Pero representa un gravísimo paso atrás. No sólo no ayuda a progresar en esa
dirección, sino que la cierra. Convierte la Defensa europea en materia susceptible de acuerdos separados entre los estados miembros, pero al margen de la UE. Como si fuera un asunto lateral, que no nos concerniera a todos. Es una vergüenza. Nos condena a ser lacayos de Washington. Así fuera tan sólo por eso, me sentiría en la obligación de rechazarlo. Todo lo otro de lo que tú me hablas, me viene por añadidura. Votaré No por dos razones: en tanto que militar de vocación y en tanto que europeísta convencido.»
Me pareció un punto de vista curioso. Interesante.
Javier Ortiz. Un punto de vista interesante. Apuntes del natural. 30 de enero de 2005.
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2010/02/02 06:00:00 GMT+1
La Asociación de Víctimas del Terrorismo
(AVT) se ha quejado malhumoradamente de la actitud de las gentes del cine español, que no exhibieron pegatas contra ETA en la última gala de los Goya.
Estoy totalmente de acuerdo con la crítica.
Es más: creo que la AVT se ha quedado muy
corta.
Los organizadores de los Goya no sólo se
olvidaron de las víctimas de la AVT, sino de muchísimas más víctimas.
De casi todas, si bien se piensa.
¿Cómo pudieron no ponerse en la pechera grandes pegatas de recuerdo de las víctimas de la violencia de género? Es incomprensible. ¡Y eso que con la
película de Icíar Bollain lo tenían fácil! La AVT sabe sin duda que el número de víctimas de eso que algunos llaman «terrorismo doméstico» ha sido este año pasado muy superior al de las causadas por ETA.
Es harto difícil entender igualmente que las estrellas del cine español no expresaran anteanoche de manera bien visible su solidaridad con las muchas, muchísimas víctimas de la inmigración ilegal. Aquí ya la comparación entre las cifras -entre los dramas- resulta ociosa. Por cada víctima que se ha cobrado ETA, los traficantes de mano de obra barata se han llevado por delante 50 vidas, o más. La AVT lo sabe. Como sabe que los culpables de esa sangría tienen nombres y apellidos, a veces muy españoles. Y con carné de partido también muy español.
A decir verdad, y puestos a solidarizarse con víctimas de dramas amargos y crueles, ignoro cómo pudo ser que las gentes del cine dejaran de lado a los hombres que perdieron su vida en Puertollano por
negligencia de los mandamases de Repsol. En aquel solo accidente de gestación obviamente dolosa murieron más hombres que en todos los atentados de ETA del pasado año. ¿Qué menos que una pegata?
Los responsables de la AVT deberían recordar además que, como bien dicta la sabiduría popular, los duelos con pan son menos. Porque casi ninguna de las familias de esas otras víctimas olvidadas ha cobrado nada que ayude a aliviar el peso de su desgracia. Cosa que no pueden decir ellos.
Otra cosa deberían no olvidar: que la guerra que
vilipendiaron el año pasado los participantes en la gala de los premios Goya fue capaz de producir en pocas horas muchísimas más víctimas que ETA a lo largo de toda su existencia.
Desgracias hay muchísimas. Pero no todas del tamaño de una guerra.
Los dirigentes de la AVT se quejan mucho de la gente «que mira siempre para otro lado». Es lo contrario de lo que hacen ellos: sólo miran para el suyo.
Javier Ortiz. Víctimas. Apuntes del natural. 2 de febrero de 2004.
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2010/02/01 06:00:00 GMT+1
Tienen razón los críticos del pasotismo del Gobierno del PP, que no sólo no ha evitado, sino que ha acabado por facilitar la fusión entre Canal Satélite y Vía Digital. Es verdad que el tinglado nacido de la integración de las dos plataformas, al contar con la exclusiva de los derechos de difusión del cine y el fútbol
–exceptuada la parcela, cada vez menor, que se reserva la televisión pública–, logrará una posición de monopolio de hecho. Obviamente, nadie va a asumir la fortísima inversión que se requiere para crear una plataforma digital, si luego
va a encontrarse con que no puede vender ni fútbol ni cine. También es cierto que, al ser el único en poseer esas mercancías, no habrá nada que le fuerce ni a mejorar la calidad de su producción ni a ajustar los precios de su oferta.
Todo eso es verdad.
Se trata, sin embargo, de argumentos que están condenados al fracaso. No conmueven ni mucho ni poco a la opinión pública. ¿Por qué? Pues porque nadie puede defender seriamente que la existencia de dos plataformas haya aportado hasta ahora
ningún beneficio a los usuarios. Salvando una primera etapa en la que Vía Digital presionó para forzar una bajada de los precios del fútbol, pronto ambas se pusieron de acuerdo para cobrar exactamente lo mismo. Y, como cuentan
prácticamente con los mismos suministradores cinematográficos, también su oferta de filmes es casi idéntica. Los precios de abono se parecen cual gotas de agua. Puedo hablar con conocimiento de causa porque, por razones personales y profesionales, estoy abonado a las dos plataformas desde sus comienzos. Las diferencias son mínimas. Creo que podría hacer la lista completa: Canal
Satélite tiene un mejor sistema de subtitulado, el mecanismo de compra de partidos y películas de Vía Digital es infinitamente más eficaz, los paquetes de suscripción de Canal Satélite son algo más atractivos –o algo menos decepcionantes, si se prefiere–, Vía Digital tiene algunos canales de documentales –particularmente uno sobre cuestiones históricas– francamente
buenos... En fin, asuntos que bien cabe considerar de matiz, tratándose de un asunto de tanta relevancia.
La cuestión de fondo es el camelismo que reina en España a la hora de la materialización de los discursos supuestamente liberales. Todo consiste, al final, en que en vez de haber una empresa más o menos pública que hace lo que le da la gana, hay dos
o tres empresas privadas que hacen también lo que les da la gana porque se ponen de acuerdo para ello. Con la desventaja adicional de que, como sus directivos no tienen que dar cuenta ante el público, sino sólo ante sus Consejos de Administración, el descaro con el que son capaces de actuar clama al cielo.
Primero degradan el servicio público al máximo, de modo que la privatización pueda despertar expectativas en los usuarios, y luego permiten que todo siga igual de degradado, pero en beneficio de unos cuantos particulares.
Javier Ortiz. Monopolios y oligopolios. Diario de un resentido social. 30 de enero de 2003.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/02/01 06:00:00 GMT+1
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2010/01/31 06:00:00 GMT+1
Que una mujer pierda la chaveta y mate a dos de sus hijos con el cable de un cargador de teléfono es un suceso realmente deplorable, sin duda. Pero un suceso, sin más. No tiene ni un ápice de revelador de nada, como no sea del cuelgue que puede
pillar alguna gente con la ayuda de la coca y el brandy cuando ya anda de por sí bastante colgada.
Pese a lo cual, televisiones, radios y periódicos –algunos supuestamente muy serios– nos
han castigado con esa historia tratándola como noticia principal durante días y más días. Argentina seguía desangrándose, Palestina seguía desangrándose... y ellos, Paqui que Paqui, erre que erre, minutos y más minutos.
Es una de las claves de la utilización de los medios de comunicación de masas para intoxicar
las conciencias: tratan las noticias importantes como meros sucesos y los meros sucesos como noticias importantes. De ese modo, la ciudadanía no puede jerarquizar lo que sucede.
De ese modo, la ciudadanía no puede saber lo que sucede.
Javier Ortiz. Paqui y sus dos hijos. Diario de un resentido social. 27 de enero de 2002.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/01/31 06:00:00 GMT+1
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