Inicio | Textos de Ortiz | Voces amigas

2022/09/13 13:55:4.169576 GMT+2

Abran los colegios a los barrios

Cada día hay, al menos, un tema estrella en twitter. O en mi burbuja de twitter, que asumo tiene sus especifidades que a menudo no se reflejan en los trending topics generales de la red. Y hoy tocó comentario de texto sobre la propuesta que el PSOE ha hecho en el transcurso del Debate del Estado de la Región (madrileña) de abrir los colegios con actividades y monitores por las tardes y durante el mes de julio.

Aunque luego he encontrado posiciones más matizadas, los primeros seis o siete tuits que me he topado criticaban la propuesta e incluían en su redacción el concepto “aparcamiento de niños”. El discurso de base de la crítica es que la conciliación familiar debe darse desde la reorganización o limitación de la jornada de trabajo, y no parcheando.

Claro. Estamos de acuerdo. Sin embargo, hago cuentas y me sale que los compañeros cenetistas que pelearon la actual jornada de ocho horas lo hicieron hace más de un siglo. Urge bajarla, me apunto a ese carro decidido, pero me parece no tomar decisiones de gobernanza local atendiendo a hitos que precisan, como mínimo, de una organización popular que hoy no vislumbramos, no ayuda a mejorar las condiciones materiales más tangibles de nadie.

La apertura de colegios en horarios no escolares ya se produce de facto, de forma limitada, no universal y de pago. Las AFAS y AMPAS de los colegios organizan horarios extendidos de conciliación y actividades extraescolares. En algunos colegios, también se ocupan de ello las Juntas de Distrito y, en general, los campamentos urbanos municipales –muy escasos en plazas– se organizan en las instalaciones de los colegios públicos.

El hecho de que la organización recaiga en las familias es en muchos casos fuente de una tremenda inequidad. Por un lado, aunque estas asociaciones tienen cuotas simbólicas, becas y oferten las actividades –normalmente desarrolladas por entidades privadas de ocio y tiempo libre– a precio de coste, es innegable que existe una barrera económica. Cuestan dinero. En segundo lugar, hay colegios con asociaciones de familias potentes, otros en los que son raquíticas…y un número nada despreciable que no cuenta con ellas, normalmente en barrios con rentas bajas.

Esto nos pone en la pista sobre quienes necesitan mayoritariamente de un entorno seguro donde puedan estar sus hijos mientras trabajan: las familias trabajadoras más precarias, las mismas para las que el cierre de los comedores escolares en verano supone un problemón.

El concepto de “aparcamiento de niños” se ha utilizado con mucha frecuencia en el debate reciente –calentito, calentito, después del Covid– sobre la jornada escolar. Los partidarios de la jornada continua alegan que el cole no es un parking de niños. Los que tenemos en razonable consideración –también tenemos nuestras quejas– nuestros colegios,  estamos seguros de estar dejándolos en un lugar en el que están bien y que es mucho más que un espacio para la conciliación.

Pero también lo es, ¿a quién queremos engañar? Aquellos que lucharon por la jornada de 8 horas hablaban de 8 para el trabajo / 8 para el descanso / 8 para el ocio, la formación y el enriquecimiento de la clase trabajadora. Solo desde el desprecio por la realidad podemos argumentar que es posible empezar a ensanchar ese tercio que reclamamos en propiedad desde la jornada escolar en lugar de reformando el empleo. Es una organización estructural del tiempo que descansa, entre otras cosas, en el hecho de que niños y niñas estén en el colegio. ¿Queremos acabar con ello? Sí. ¿Podemos aislar la jornada escolar del resto y esperar a ver qué pasa? No, hay profesionales liberales, gente teletrabajando, con trabajadoras domésticas…que quizá puedan permitírselo, pero la mayoría no. Es por esto que el concepto “aparcamiento de niños”, aparte de entrometido y moralista, me parece extraordinariamente cínico.

Además, todo puede hacerse bien y mal. La propuesta del PSOE, al menos en el enunciado inicial que ha trascendido, parece vaga, y no es difícil imaginar una puesta en práctica cutre, centrada exclusivamente en el capítulo de la conciliación (que, como acabo de decir un poco más arriba, es imprescindible). Pero, también es posible hacerlo mejor y atender a capítulo de la formación y el ocio que no suele encontrar acomodo en la jornada escolar. Algo que, por cierto, cabía en los esquemas mentales de los revolucionarios que pensaban el 8/8/8 hace más de cien años.

 En el AMPA a la que pertenezco se buscan actividades demandadas por las familias, se evalúa su utilidad social y carácter complementario con la escuela…y se desechan otras muchas que no pasan el filtro de la decisión colectiva. En nuestro caso concreto, se privilegian las que oferta una cooperativa que en su momento formaron familias del centro y un club de karate que nació en el propio entorno del cole. Esta implicación de las familias ha generado interacciones muy positivas y una cultura democrática que debería incorporarse a una buena propuesta de apertura de los centros. Pero es algo que, ya te lo cuento yo, no puede suceder en los colegios donde no existe el AMPA/AFA, por lo que una oferta universal y gratuita de actividades y campamentos de verano mejoraría la situación de la mayoría de los niños y niñas madrileños.

Aunque a veces pasa desapercibido, los colegios, con todas sus carencias y achaques, son espacios privilegiados dentro de los barrios. En no pocas ocasiones, tienen las pistas deportivas que escasean de puertas afuera, cuentan con aulas, salones de actos, gimnasios…Su aprovechamiento por parte de la comunidad debería ser mayor. En París, hace pocos años, aquejados de escasez de espacios verdes y empujados por las urgencias del cambio climático, se pusieron a buscar suelo para renaturalizar la ciudad, y se dieron cuenta de que en todos los barrios hay un colegio con una superficie considerable. Los coles están ahí para usarlos. Y, por favor, no se me abalancen aún, que no propongo sustituir centros culturales por colegios…será por huecos dotacionales que rellenar.

 

Escrito por: eltransito.2022/09/13 13:55:4.169576 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2022/08/01 21:55:28.283204 GMT+2

Y poder decir: “hemos reunido a la banda”

No tengo una opinión formada sobre Rosalía, pero me produce pereza la imposición social de opinar sobre su música. Tanto me da que los unos se vean en la obligación de explicar lo sobrevalorada que está como que otros señalen a cualquiera que no le gusten sus interpretaciones “que no la entiende”. El debate alrededor Rosalía como fenómeno social no está entre mis preocupaciones, sencillamente.

 Gente cuyo criterio musical tengo en alta estima me dice que la tía es una máquina, que controla las claves de la canción y del negocio como nadie lo había hecho en años. Lo primero me parece reseñable, aunque por ahora no me haya llamado la atención (hay miles de artistas, para todos los gustos, incluido el mío); lo segundo, su instinto para la mercadotecnia, no cuenta entre las cualidades que valoro en un artista. ¿De qué manera esta habilidad podría hacer que yo disfrute más una canción suya cuando la escucho?

Tengo que reconocer que me parece desconcertante que en los últimos tiempos se utilice como argumento recurrente para defender la valía de un artista –o de un YouTuber, que también se da el caso–, su número de seguidores. Rosalía ha grabado con multinacionales, goza de un inmenso reconocimiento entre el público, millones de seguidores en redes sociales…pero ella no tiene la culpa. Rosalía gusta a la chavala de barrio, al cuarentón que hace esfuerzos para su turra se siga escuchando y, según he leído, a un par de generaciones de la familia real. Y, como corresponde a quien está permanentemente iluminada por los focos, otros la odian.

Rosalía es también un exponente más de una tendencia que me parece significativa. No hablo del declive del rock sino del de los grupos de música de cualquier género. Hay pocas bandas, al margen de las que sobreviven –algunas muy bien– por las radiofórmulas y festivales para treintañeros. La industria siempre ha demandado nombres propios (incluso dentro de los grupos) pero hoy, más que nunca, cada número de las listas de éxito está ocupado por un nombre seguido de un apellido.

Confieso que aún fantaseo algunas veces con tocar en un grupo de rock con mis amigos. Lo hago cuando friego los platos, que es mi momento de fliparme con la música, y la ensoñación tiene últimamente la particularidad de que volvemos a tocar años después de habernos separado. Si se han amontonado suficientes cacharros en el fregadero, pasan ante mí los momentos de hablar la reunión, empezar a tocar de nuevo –con titubeos, risas y alguna discusión por las versiones para completar el repertorio– e, invariablemente, del concierto de reunión con los niños entre el público.

A lo mejor es porque a mis casi 45 estoy ya exento de los tópicos del rock, del triunfo y de ligar, pero el centro de mis fantasías son la camaradería y la capacidad de hacer música. Siempre tuve oreja en vez de oído. Secretamente, anhelo una banda para ensayar y mirarme con otro músico para entrar a la vez a un cambio de ritmo. Para, años después y veinte intentos fallidos, poder decir “hemos reunido a la banda”.

 

Escrito por: eltransito.2022/08/01 21:55:28.283204 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2022/06/30 12:29:48.981249 GMT+2

OTAN NO, BASES FUERA

Cuando el referéndum de la OTAN no había cumplido los 9 años, era un poquito mayor de lo que es D. ahora, lo que me ayuda a hacerme una idea de la altura desde la que miraba el mundo entonces. Aunque era pequeño, puedo recordar cómo el debate inundaba toda la sociedad del momento. Tengo el pálido recuerdo de una conversación con mi padre en la que le preguntaba sobre las palabras que Felipe González había pronunciado en la televisión. Entonces la primera cadena era un lugar de encuentro intergeneracional. Queda aún en mi cabeza la imagen borrosa de un hombre hablando para todo el mundo y mi padre, supongo que explicándose como pudiera ante la mirada abierta de un mico, traduciéndome el giro felipista. Lo que más nítido veo son las pintadas en las calles. Siempre, desde muy pequeñito, me ha gustado leer los trazos de pintura en las paredes.

Estos días han vuelto las mismas pintadas de entonces a mi calle: OTAN NO, BASES FUERA. Desde que empezó la invasión de Ucrania se han criticado desde algunos sectores de la izquierda las iniciativas que apelaban a la OTAN en el marco de las protestas contra la guerra. Es, desde luego, una posición fácil de caricaturizar como nostálgica, idealista o simple. Basta con señalar la poca afluencia a las manifestaciones, alguna bandera soviética sacada a pasear o el carácter extemporáneo de la conocida proclama.

Si bien hay argumentos inapelables sobre la necesidad de poner en primer término el conflicto en curso –algo que no necesariamente negamos quienes también miramos hacia otros lugares–, los críticos con la oportunidad de señalar hacia la Alianza Atlántica obvian sistemáticamente un hecho que es, mi modo de ver, crucial. España pertenece a la OTAN.

Aquella batalla la perdimos ya en el 86, yéndose por el desagüe buena parte de la potencia antagonista del Estado, que había depositado allí sus últimas energías. Entonces, ¿por qué hablan como si de otros se tratara? ¿Como si la OTAN fuera un ente con el que no tuviéramos nada que ver? En el marco de las protestas por la paz que yo he conocido, se apelaba al gobierno ruso y a nuestro propio gobierno, implicado en esta estructura militar, exigiendo poner mayor ahínco en una salida diplomática para la crisis.

Equivocada o certeramente, quienes apostábamos por no ayudar a escalar el conflicto no apoyamos la invasión rusa ni necesariamente somos nostálgicos de la Guerra Fría, como se empeñan en clamar algunos compañeros mientras señalan las voces más caricaturizables para cargarse de razón. Porque, esto me maravilla, siendo ellos quienes se dedican a dictar de qué manera se debe o no enfrentar la situación bélica desde España, acusan a los demás de vestir superioridad moral.

El argumento más utilizado es que cargar las tintas en la OTAN en el momento en el que se está produciendo una invasión en Ucrania resta gravedad a esta agresión e incluso, según algunas versiones, equivale a mostrar un apoyo tácito al régimen putinista. Sin embargo, me pregunto si no podría darse la vuelta al razonamiento. Si, usando ese juego de simetrías, no enfrentar la OTAN en aras de que no se confunda con un alineamiento, al menos equidistante, con el imperialismo ruso, no equivale a condenar al fondo del saco de la historia a otros desheredados de la misma. A abandonar a los kurdos disidentes en Turquía, a asumir una mayor militarización de las fronteras del sur de Europa, a apoyar la expansión militar nuestros patios traseros, alinearnos con el mayor proceso de rearme mundial planificado en décadas, a ponernos mirando hacia China con gesto desafiante, a abandonar al pueblo saharaui…

Todavía estos días, en los que algunas de estas intenciones se estaban firmando en España, mi ciudad se encuentra militarizada y se ha suspendido en ella el derecho fundamental de manifestación, he tenido que leer críticas desde la izquierda hacia quienes han protestado contra la OTAN. Nada de esto que sentimos como lacerante, urgente y sintomático de los vectores de un mundo cuesta abajo tiene que ver con la nostalgia del niño que contaba en el primer párrafo. Del eco de aquellas pintadas en las que hoy se reproducen similares en las paredes guardo el orgullo por la dignidad de quienes estuvieron, pero no catequismo alguno.

Yo, por mi parte, a falta de fuerzas, entorno y capacidad para cargarme la Organización del Tratado del Atlántico Norte, estoy exorcizando a voces al maldito Covid para que abandone mi cuerpo. He planeado bajar al chino a por un spray y salir por la noche a pintar el OTAN NO, BASES FUERA de rigor. Soy consciente de eso que ahora llaman la correlación de fuerzas –no lo voy a ser, con un tío armado apostado en cada esquina–. Me pregunto si quienes apuestan por elegir bien las batallas, las realistas, las de su tiempo, son también conscientes de su lugar en esa correlación. Esto no lo tengo tan claro.

 

Escrito por: eltransito.2022/06/30 12:29:48.981249 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (1) | Referencias (0)

2022/05/31 19:36:10.787472 GMT+2

La ciclogénesis cuatro años después

 

Me parece increíble que hayan pasado cuatro años y medio desde que escribí el texto que recupero a continuación: La ciclogénesis tras el cristal. Salió publicado en un fanzine colectivo de la factoría Bombas para desayunar, de Andrea Galaxina. Estaba ilustrado por la misma fotografía que he incluido en este post.

Miro hacia atrás, con mi recién estrenada presbicia, y me cuesta hacerme cargo de que uno recurriera a la figura retórica de la ciclogénesis, un fenómeno meteorológico que hasta la fecha no había sonado, y sobre el que los noticiarios dieron mucho la matraca entonces. Y luego vino –por aquí, por donde escribo– Filomena. Y da vergüenza haber nombrado científicamente aquel frío. Y la pandemia nos heló la existencia, e hizo menos relevante la temperatura para quienes teníamos un cristal a través del cual mirarlo.

Hay en el texto algunos personajes que se fueron del descampado (los papás del huerto urbano) pero otros permanecen con parecidas caras (los tirados). Lo más relevante es que parte de los protagonistas, los filipinos que dormían en una chabola con dignidad hacendosa, han vuelto recientemente. Cuando les echaron de su primera ubicación, okuparon una casa no muy lejos; cuando les desalojaron de ese edificio, volvieron a dormir al descampado. Cuatro años y medio después no parecen tan jóvenes y les cuesta un poco más mantener el orden en la parcela de sus casitas efímeras.

 

La ciclogénesis tras el cristal

 

Miro por la ventana esperando la ciclogénesis explosiva, que debe ser una borrasca en los tiempos de todo más y todo sofisticado ¿Frío pelón y aire de desgajar tejas? Un diciembre mesetario que  sabe a poco a los catetos que hemos nacido en Madrid.

Tras el cristal, como siempre, tejados tristes, cacharros apilados en una azotea y antenas que sirven de cota para imaginar la profundidad del cielo. Detrás de las ventanas de ciudad no hay horizonte. Hoy hay también algunas hojas surcando el suelo polvoriento del descampado, llevadas por el viento silvante, y ese tono pre atardecer que, no sé por qué, es el color del frío.

Tras el cristal, es raro, no hay hoy gente. Ni la comunidad de los tirados -hablando con voz ronca, calentando las manos en el vidrio helado de la cerveza-, ni los papás del huerto urbano, ni la secta de los paseadores de perros, ni el merodeador de los ojos inquietantes, ni tan siquiera los gatos, los primeros que llegaron al descampado. No, hoy, parece, todos miran desde alguna ventana, esperando la ciclogénesis explosiva.

Contemplo la nada única de cualquier descampado y me acuerdo de mis vecinos nuevos. Viven en otra parte del descampado donde mis ojos no llegan. Son jóvenes, filipinos -creo- y han levantado dos pequeñas barracas sobre la superficie abrupta del aparcamiento abandonado tras un pufo urbanístico, encallado en una charca fangosa del capitalismo de amiguetes.

Antes de los filipinos hubo un par de chatarreros rumanos que dormían casi al raso, bajo un leve tejado de plástico hecho con el tablero de juego del Enredos (Twister). Era verano y, como muchos veranos, la maleza que lucha contra el hormigón del aparcamiento ardió de noche. Un vecino comentaba que los chatarreros lo habían incendiado “para ampliar sus dominios”. Lo juro.

Los nuevos vecinos, un par de parejitas (no sé si alguien más), son asombrosamente cuidadosos con su mísero entorno. Barren todas las mañanas y limpian el voluptuoso exterior grisaceo del aparcamiento, bajo el que hay varias plantas abandonadas (toda una ciudad subterránea con la que fantasear). Vienen, van en bicicleta y visten mucho mejor que yo. Si no fuera obsceno juzgarlos, podría decirse que llevan su miseria con más dignidad de la que muchos llevamos nuestra opulencia mocha.

J. y D. tiran de mi pantalón mientras miro por la ventana. Me recuerdan que aún no hemos puesto el belén. Un nacimiento ateo que ponemos, religiosamente, cada año. Ateo porque lo digo yo: tiene su niño Jesús, la Virgen María, sus Reyes Magos y hasta un ángel (con un ala rota, eso sí). No como el de R., que pone un nacimiento con la cunita vacía. Un belén que es  chufla de  amistades y cincel de mis arrugas de expresión más satisfechas. Pienso en mis vecinos del descampado, ellos, me ha parecido ver, han puesto también un árbol de navidad y, bajo la conífera de plástico con lazos rojos, una figuritas que en la distancia  parecen un misterio como el que ponía mi abuela en la casa grande.

- Terminad de colorear eso, ahora bajamos a por la caja del belén al trastero.

Sigo mirando (hacia fuera y hacia dentro). Esta mañana pasé frente a la verja metálica tras la que está la chabola. Hoy casi no se ve el hábil entrelazado de desechos con que han levantado su hogar. Una densa malla de plásticos y lonas la recubre. Un parapeto brillante dispuesto a la espera de la ciclogénis. Del frío pelón, del viento lacerante de diciembre en la meseta.

Miro tras el cristal, me fijo en las ramas de las malas yerbas triunfantes, convertidas en árboles. Se mecen algo más que antes, aún sin la violencia de “un pequeño ciclón extratropical”. Miro el color indescriptible del frío, el cielo plomado, la luz en fuga…

A mi espalda, expuestos a la noche, mis jóvenes vecinos esperan tras los plásticos la llegada de la ciclogénesis explosiva.

Aquí un belén, afuera: el frío.

Escrito por: eltransito.2022/05/31 19:36:10.787472 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2022/05/02 10:00:23.928686 GMT+2

Los artículos que no escribimos

 

El primero de ellos, el que me correspondía traer a esta casa durante el mes de abril. Llegó mayo con atropello, me empujó hacia adelante y me encontré mirando de reojo el editor del blog vacío. Pero como el calendario son solo las marcas rectas del arado sobre el extenso campo del tiempo, lo traigo aquí un par de día después. Si será tramposo el calendario que hasta podría modificar la fecha de la entrada para que quedase para los anales de javierortiz.net que llegué a tiempo al mes de abril.

El segundo artículo que no escribí es del tipo que, quizá, un día escriba. Los tienes en mente, a veces guardas anotaciones –que a menudo pierdes–, vuelves a ello cuando te tropiezas con él en casa, lo manoseas, lo vuelves a dejar a un lado para mejor ocasión. Y pasan años.

Esta semana se lo decía a Mansilla en twitter: “Yo hace muchos años que tengo pendiente escribir un artículo que se llamaría Por qué me gustan las ciudades feas”. Es ese tipo de artículo que ocupa espacio en tu cabeza como una masa abstracta que cuesta convertir en hilos de tinta. Cuando llega, nunca se parece demasiado al artículo que intuías llegaría a ser y, aun, así, escribirlo produce goce y alivio.

El tercer artículo que tampoco escribí esta semana no creo que lo escriba ya…pero mantengo la esperanza de que así sea. Es un tema que te encuentras flotando por la calle y no agarras. Lo ves marcharse sobre los cables del tendido eléctrico como el globo de Bob Esponja de un niño en día de feria.

El pasado fin de semana volvía con D. de un recado. Aunque íbamos con algo de prisa, pude fijarme en un señor mayor parado en la acera de la calle de Bravo Murillo. En el banco junto al cual estaba, tenía colocados tres o cuatro ejemplares de un libro y una hoja manuescrita en la que se leía, con las palabras que fuesen, “Vendo mi libro”.

Como escribo en un periódico de barrio –de mi barrio, de ese barrio– de vuelta a casa pensaba en la historia detrás del hombre. El libro se llamaba Caño Roto, en la cubierta salían unos galgos y él tenía un nombre común por el que no encontré información en Google y que ahora he olvidado ya. Solo una hora y media después, volví a pasar por allí con la intención de adquirir el libro y charlar con el señor. Ya no estaba. Había vendido todos los libros, espero.

Paso a menudo por el lugar, por lo que sé que no es el típico paisano habitual de la calle, como los vendedores de estampitas a las puertas de la Iglesia de San Antonio o el señor callado que, a veces con una maleta, pasa el día en un banco no muy lejos del del vendedor del libros ambulante. Sé que si le vuelvo a ver será otra casualidad.

Y la tercera ocasión perdida que os quiero contar es de las que ya, definitivamente, son un punto final. Hace un tiempo, mi compañero en Somos Malasaña Antonio me consiguió el teléfono del actor Juan Diego. Sabía que estaba pensando escribir un artículo sobre la huelga de actores de 1975, de la que él fue protagonista, y, por casualidades del destino, tenían un conocido en común.

Recuerdo haberlo comentado con mi amigo A., con quien había conversado desde muchos años atrás sobre nuestra admiración común por Diego como actor. Me dijo, “tío, no lo dejes pasar”. También le profesábamos simpatía. Mi recuerdo particular sobre él es en la barra de una fiesta contra la guerra de Irak, a la que el actor había acudido para apoyar la causa. Codo con codo, sin cruzar palabra, pero con un mini de cerveza idéntico cada uno. Es una mierda de recuerdo, equivalente a habérmelo cruzado por la calle, pero es la imagen que yo guardo.

El tema de la huelga se quedó en el camino y no llegué a llamarle nunca, aunque de vez en cuando lo recordaba. Lo tenía presente. Ahora que me he parado a pensarlo sé que, ya ves tú, me producía respeto hablar con él.

Los artículos que no escribimos se parecen, creo, a todas las cosas que nos pasan en la vida. Agarramos unos y dejamos pasar el resto. Añoramos, luego, no haberlos sentado a nuestro lado junto al teclado para fijarlos a un fondo blanco, sin saber en realidad si lo mejor fue dejarlos ir o no.

Escrito por: eltransito.2022/05/02 10:00:23.928686 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2022/03/31 23:21:23.153017 GMT+2

Libertad para Pablo González

 

El periodista español Pablo González lleva más de un mes detenido en Polonia por, presuntamente, espiar para los servicios de inteligencia militares rusos. No hace falta entender de derecho comunitario para saber que las circunstancias en las que se está produciendo su detención son del todo irregulares: sin comunicaciones con su abogado de confianza o la familia y, durante las dos primeras semanas, sin tan siquiera tener un abogado asignado.

A tenor de las informaciones que tenemos, cabe desconfiar también de la veracidad de las acusaciones pues, por lo poco que sabemos, se basarían en una supuesta doble identidad que concuerda con los pasaportes que se corresponden con su condición de español y ruso; o con vaporosas razones de índole ideológica que le habrían situado como sospechoso en una detención anterior, cuando trabajaba en Ucrania. Por otro lado, he escuchado a compañeros de trabajo y su pareja y, no teniendo más relación con la fiscalía polaca que la desconfianza inicial que todas las fiscalías me sugieren, he decidido creerlos cuando afirman su inocencia.

A pesar de ello, nada importa el párrafo anterior. Vuelvo al primero: un periodista español se encuentra en una prisión de alta seguridad, sin derecho efectivo a la defensa.

La semana pasada asistí a la entrega del premio otorgado por la Asociación de la Prensa de Madrid al mejor periodista especializado en la ciudad, que correspondió a Diego Casado. Compañero y amigo. Junto con otros periodistas y profesionales de internet –que me han dejado ser sus aprendices­­­ – montamos hace más de una década Somos. Así que su premio es también, en cierta manera, un reconocimiento que hago mío y de otra gente querida.

En la gala estuvieron presentes algunos de los políticos madrileños del momento. Martínez Almeida e Isabel Díaz Ayuso hablaron. Entre el público, Begoña Villacís, Ortega Smith o Marta Higueras, hasta donde llegué a ver. Los periodistas homenajeados no hablaron, sin embargo, salvo por boca de Peridis, que recibió en nombre de todos un premio por su carrera, pero no faltaron los discursos del presidente de la asociación y las autoridades que, como era de esperar, miraban contantemente a la guerra que está teniendo lugar en Ucrania. Ya se sabe, aquello de que “la primera víctima de la guerra es la verdad”.

Los reporteros de guerra recibieron merecidos elogios. La censura del gobierno ruso, (también merecidas) críticas. Pero, el silencio chirriante sobre el hecho de que hubiera un periodista detenido e incomunicado, sin que tuviéramos más información sobre su estado que la de una discreta visita consular, me parecía descorazonador. Y me lo sigue pareciendo una semana después.

Sería injusto decir que no ha habido pronunciamientos de compañeros sobre la detención de Pablo –sobre todo en Euskadi o en algunas cabeceras, como Público o La Base– pero la frecuencia de onda en la que se mueven las manifestaciones periodísticas sobre el caso las hacen pasar desapercibidas entre el guirigay informativo del día a día. Si hubiera que calificar la implicación del gremio con su compañero, los adjetivos se parecerían más a tibio que a contundente.

Razones, habrá muchas, y ninguna de ella deja en buen lugar a una profesión que en otras ocasiones, y por los aspectos más cosméticos, saca a relucir su corporativismo. Lo que en todo caso deberían pensar los compañeros periodistas es que, independientemente de la opinión que les merezca Pablo González o la credibilidad que otorguen a la fiscalía polaca y al entorno del periodista (ya que su palabra no han podido escucharla), lo único que a día de hoy importa es el primer párrafo de este comentario: un periodista español se encuentra en una prisión de alta seguridad, sin derecho efectivo a la defensa.

Escrito por: eltransito.2022/03/31 23:21:23.153017 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2022/02/28 22:38:27.119985 GMT+1

Los paseos de los domingos por la tarde

Hoy es lunes, que es un poco la némesis de los domingos-tarde, aunque a veces compartan la atmósfera ansiosa de los equilibrios sobre el engranaje. Cuerpo arqueado hacia atrás tratando de evitar caer de la rueda, que precipita el giro hacia delante / Pasitos rápidos para no caer cuando la pieza ya ha completado, vertiginosa, su primera mitad del giro.

Pero no en los paseos de los domingos por la tarde.

Es lunes y me acuerdo de ayer, recuerdo estos paseos en el vértice del calendario. Un lugar fuera del tiempo que viene a mi cabeza bañado siempre de la misma luz clara, aunque suceda bajo los designios solares de cada vez, en realidad.

Un paseo de domingo por la tarde sin salidas de misa ni sobremesas bulliciosas. Lejos de los partidos de fútbol, que suceden más allá del horizonte. Un tiempo calmo en el que a hasta los grupos de adolescentes marchan lentos, dando puntapiés a las piedras a su paso, extrañamente satisfechos de simplemente ser y estar.

Y esos señores de paso errático con latas de cerveza, una pareja de ancianos de punta en blanco, merodeadores, gente con las manos en los bolsillos y ojos que miran hacia dentro, el señor del banco de las palomas –las palomas no han venido hoy–, dos niños de la mano mirando al norte, las chiquillas filipinas con el traje de domingo ya desastrado, sentadas en un poyete. Y una bandada de aves migratorias que se quedaron aquí por el cambio climático y el superávit de basura nutritiva. Vuelan de aquí para allá, parsimoniosas sobre la luz clara, porque es tarde de paseo, tarde de domingo.

Ya sabéis que Theodor Adorno dijo que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” y a uno le asalta –al paso–, la duda, ¿caminar flotando mientras caen las bombas en Odesa es un acto de frivolidad? Y uno camina la duda con la reiteración gustosa de masticar un chicle que no pierde nunca el sabor.

P.S.: hace más de un mes escribí el primero de los doce posts que le he prometido a Pako y que me he exigido a mí. Desde entonces, me han pasado por la cabeza varios temas con los que venir aquí, nunca solo por venir, a contar algo. Pero ninguno de ellos ha llegado a ser un texto. Al final, me ha sido más sencillo explicar una sensación, un instante, que una opinión, probablemente porque estoy en una época de mi vida en que me apetece ser capaz de sumar menos ruido al clima.

 

Escrito por: eltransito.2022/02/28 22:38:27.119985 GMT+1
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (1) | Referencias (0)

2022/01/24 20:51:19.066521 GMT+1

Desde la nostalgia hacia delante: el primero de doce posts

 

 

Un reto. Un propósito de año nuevo. Una decisión. Lo que se quiera, el caso es que recojo el guante de mi compaterano Pako de escribir, al menos, un post mensual en este espacio durante 2022. Doce meses, doce entradas. O más.

Una vuelta a los orígenes que quiero empezar cultivando aquello que, años atrás, decíamos era el nervio que hilvanaba una cosa que se llamaba blogosfera: la conversación. El pasado 9 de diciembre Nuria (@editora en twitter) escribía en esta red social lo siguiente: “Sé que lo que se lleva ahora son los hilos de twitter y no los posts en un blog, pero bueno, ayer me dio por escribir en el mío sobre la memoria, la no-nostalgia de la infancia y la invención de los recuerdos”.

Yo le contesté, “si saco un rato para escribir lo mío en el blog sobre el tema y recordar cuando hablábamos de que la conversación podía darse entre blogs te hago pingback, o trackback o como fuera aquello. En serio”. Más de un mes después, aquí estamos. Más que una contestación al personalísimo post de Nuria, esto es un turno para hablar de mi relación con la memoria y la nostalgia.

Sucede que soy historiador y podría tirar, no sin titubeos, del hilo teórico de los conceptos de memoria, recuerdo e historia, pero no me apetece nada. Prefiero llevar la contraria un rato y problematizar la caricatura que se ha hecho del concepto de nostalgia. Todo este debate comenzó a cuento de la autora Ana Iris Simón y su exitosa novela Feria, que yo no he leído. El debate se ha quedado viejo y ha vuelto a resurgir varias veces en estas semanas (hasta ha salido un libro que parece tratar el tema). Me lo tomo con calma y sin pasión.

Lo que se ha venido a decir, así, de forma categórica y rotunda, es que la nostalgia es reaccionaria. No es esto nuevo, recuerdo –otra vez la memoria– que mi padre solía llamar nostálgicos a los franquistas. Y tampoco llega vacío de razones: si a la melancolía causada por el recuerdo de aquello que vivimos, o creímos vivir, no le asiste una voluntad de construir solo puede ser paralizante. Por definición, conservadora.

Pero su destilación en tuit es un planteamiento que por vago –en el sentido de perezoso– me resulta plano. Para empezar, todos tenemos nostalgias. La pregunta es, ¿aquello que añoramos nos lastra los pies o los impulsa?

Me resultan igualmente tramposos y torpes dos tipos argumentos muy presentes en el debate de estos días. Por un lado, aquellos que prescinden del presente como tiempo histórico, con sus propias particularidades y se instalan en el todo tiempo pasado fue mejor; por otro, los que, como reacción a los anteriores, se apuntan sin enunciarlo a una especie de teoría lineal del progreso. He leído varias argumentaciones según los cuales no se puede añorar, por ejemplo, el vigor de la organización sindical previa a los procesos de desindustrialización en España porque entonces ciertos indicadores materiales eran peores que hoy. ¿En serio? Menuda mierda de argumento.

No hay utopías sin memorias hiladas por genealogías valientes, sin miradas emocionadas hacia atrás. Esto tiene muchas formas y se nombra de distintas maneras, pero nunca me atrevería a decir que no media nunca la nostalgia.

Este post, aunque es cortito, lo he escrito en distintos arreones. El de hoy –por el día que escribí este párrafo– es chungo. Es un día duro porque alguien que me importa, un gran amigo, lo está pasando muy mal. Con la cabeza más para allá que para acá y los cascos en las orejas, he escuchado decenas de veces, una tras otra, la canción Lo que nos queda, del grupo Maniática.

Hace tantos años que no escuchaba esta canción…No sé por qué se me ocurrió encender la chispa de esos primeros versos que tanto canté en su día: “Me gustaría, que la razón y el corazón / estuvieran siempre juntos”. Pero el verso que de verdad me gusta de la canción es “Me gustaría que estuviéramos siempre juntos. / Luchar del mismo lado, hace duradera la amistad” y es el que me lleva directamente a una atmósfera de camaradería compartida con esa persona que hoy me duele. La vuelvo a escuchar compulsivamente y sé que quedarme colgado en la canción es tener congelada la vida. Es conservador, sí.

Pero también sé que en armazón de solidaridad que sostiene nuestros abrazos hoy y el conjurarse de los chicos del parque de este día, la nostalgia entra en una pequeña porción. Está menos presente que el sabor fuerte que la amistad o que el aroma penetrante de la fraternidad, pero esa añoranza cariñosa que podríamos identificar con algún tipo de nostalgia de nuestros juegos adolescentes es parte indisoluble de lo que somos juntos y cómo nos proyectamos hacia el futuro. De resistir, de revolvernos, de escalar si llegan las fuerzas. Porque podemos emocionarnos con una misma melodía estamos en disposición de construir algo bello y duradero, y no voy a renunciar a ello porque no sea el único camino posible hacia adelante.

P.S.: Mi primer post de 2022 se publica el día que hubiera sido el 74 cumpleaños de Javier Ortiz, el anfitrión de este blog. Le añoramos mucho.

Escrito por: eltransito.2022/01/24 20:51:19.066521 GMT+1
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2021/12/21 20:08:54.580479 GMT+1

Dejar de ser apologetas de nuestras concesiones

Estimado blog, vengo hoy a hablar contigo, orillando el fin de año, para pedirte que me ayudes a aclarar las ideas y a escribir una carta de propósito colectivo. Cada vez que cae una unidad en el contador de la década, uno acostumbra a hacer una lista de buenos propósitos, que viene siempre después de un inventario mal digerido y superficial. Quiero pensar, al menos, que esa es la razón principal por la que nunca conseguimos desarrollar nuestras buenas intenciones: porque, en realidad, son una letanía de ocurrencias accesorias. Este año, querido amigo, voy a hacer un propósito colectivo (uno solo). Quiero que dejemos de ser apologetas de nuestras concesiones.

En tiempos de comunicación enconada, opera un mecanismo mental que nos arrastra hacia la defensa sin matices de la posición en la que uno encuentra más verdad –o que entiende más urgente–. A veces, incluso, sucede al revés y uno escoge la posición que le pone frente a aquellos con quienes, éticamente, no querría esta nunca. Es esta una manera de actuar que me parece inevitable, no creo que podamos despreciar el hecho de decantar los equilibrios de nuestro tiempo, poniendo el peso en el lado de quienes estimamos buenos. El problema es cuando la dinámica de encasillados nos lleva a convertirnos, además de en aliados del bien mayor, en soldados de la literalidad de un discurso destilado en eslóganes que no contempla las concesiones que hicimos a la hora de apoyarlo.

Una pandemia mundial nos ha hecho ceder parcelas de libertad en aras de un bien común: la vida de quienes están alrededor y la nuestra propia. Hemos transigido con momentos prolongados y severos de excepcionalidad legal, de vigilancia policial extrema o de recolección sistemática de datos personales. Es decir, con algunas de las cosas que más detestamos. Pero lo hemos hecho, claro, bajo el convencimiento de que era la única forma a la que teníamos acceso inmediato para responder colectivamente a una situación en la que nos iba la vida. Algunas de estas renuncias, de hecho, ni siquiera nos parecieron razonables en el contexto del achique de agua (la priorización de la economía antes que la salud o ciertos extremos de control policial, por ejemplo). Pero, habiendo gente encasillada en una posición antagónica que entendíamos criminal, dejamos de lado nuestras reticencias y defendimos con vigor el lado que identificábamos en sentido amplio (y aún lo hacemos) con la defensa solidaria de la vida.

Pero resulta, querido blog, que estas defensas monolíticas que hemos hecho no me parecen ya muy útiles, social ni políticamente, a medio plazo. Por un lado, sospecho que en esas renuncias a enunciar posiciones complejas estamos perdiendo el apoyo de mucha gente dubitativa. Ellos, como nosotros, se ven empujados a elegir un bando porque no encuentran espacios matizados en los que poner a prueba sus dudas. Hablando en plata, algunos se terminan de hacer antivacunas porque el enunciado simplificado de lo que es razonable excluye cualquier subrayado de las cesiones.

Por otro lado, querido blog, sin una conciencia clara de a qué cosas estamos renunciando y la capacidad de advertírselo a las élites, esas dimisiones temporales se incorporarán a nuestro día a día. Sin una actitud de cesión vigilante, nosotros mismos estaremos pronto de acuerdo con ello, como nos acostumbramos tras el 11M a que los policías de Atocha porten armamento militar.

Este mecanismo de caer presos de nuestras propias renuncias, por razonables que estas sean, opera en otras muchas situaciones. Si, por ejemplo, gana las elecciones un candidato del arco local izquierdo, frente a un candidato troglodítico y de extrema derecha, todos nos alegramos y celebramos la victoria, como es natural.

Inmediatamente después, llegarán las exaltaciones con memes fotocopiados del Obama de colorines, los detestables cenizos y las exhortaciones a no serlo. En medio de la refriega, uno se viene arriba y lanza piropos y proclamas que luego, quizá, le obligarán a defender esa imagen creada del liberador cuando lleguen las decepciones y la resaca. Porque, en realidad, uno está defendiendo la imagen que ofreció en ese momento a los demás, supongo.

No podemos renunciar a este tipo de renuncias –me doy permiso para el juego chusco de palabras– ni a celebrar que no ganen los malos. Pero, ¿hasta qué punto no acabamos encerrados en la jaula de nuestras celebraciones?

En la siguiente secuencia, amigo blog, triunfa el discurso de la sensatez chantajista. Un martinete educado pero regañón que señala que cualquier petición radical no es sino una invitación a que sigan sufriendo los más débiles, puesto que son las pequeñas reformas las que los mantienen en pie, tambaleándose, en el alambre oxidado de sus vidas. La amenaza constante de que solo el mundo de lo posible evitará la llegada de la extrema derecha (como si no nos opusiéramos a ella nosotros también). Un discurso que te empuja a olvidar que esa celebración inaplazable estaba llena de renuncias que no conviene mencionar y la convicción profunda de que solo abrazados cada día a ellas podremos bajar a nuestros semejantes del alambre.

En fin, amigo, esparrin, confidente, yo este año voy a intentar que todos seamos militantes de defender nuestras renuncias como tales, cuidando de que no se conviertan en parte de nuestro yo más razonable y cínico. Un propósito colectivo hecho desde la individualidad porque uno solo no importa una mierda.

Nota: no sé prácticamente nada de la realidad chilena ni de Gabriel Boric, así que, aunque el comentario puede tener trazas del enésimo reflujo de ola tras su celebrada victoria del otro día, no puedo sino referirme a la orografía de su espuma. Nada, en ningún sentido, opino sobre el candidato en cuestión.

 

Escrito por: eltransito.2021/12/21 20:08:54.580479 GMT+1
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

2021/05/05 20:13:49.428377 GMT+2

En todos los sitios, todos los días, siendo hogar

En los últimos tiempos me he encontrado dos veces al alcalde de Madrid, Rodríguez Almeida, cerca de casa. No era campaña electoral pero como si lo fuera. La primera vez estaba dando un paseo, rodeado de un séquito asesores y fotógrafos, por el mercado; la segunda, reunido en una plaza muy visible del barrio con una asociación de moteros. Esto lo descubrí después, porque en el momento mis habilidades de fisgón no consiguieron sortear el muro de cámaras de prensa y televisión (el asunto salió, al menos, donde Ana Rosa). Es un lugar común en la opinología política dar por hecho que los alcaldes suelen renovar su mandato al menos una vez porque es relativamente fácil dejarse ver aquí y contentar a grupos allá. Lo de Carmena en Madrid fue una extrañeza estadística, por ejemplo.

El poder genera resortes para la reproducción del propio poder y la propaganda diaria es parte del quehacer de los alcaldes en España (y más allá) desde siempre, pero el atributo se ha extendido en los últimos años a muchos otros cargos políticos y, aunque es un resorte que manejan todos los partidos que tocan pelo, a poco maleados que estén, el PP lo hace de forma primorosa. Ayuso, que no ha aprobado ley ni presupuesto alguno, es un buen ejemplo de ello y encima lo practica a escala nacional.

La caracterización de las mayorías electorales requiere de análisis muy finos, que contemplen múltiples factores y particularidades, para no caer en la caricatura. Si lo hiciera yo, no pasaría de garabato así que me limitaré a emborronar unas líneas sobre la idea que subyace en los párrafos de arriba: la capacidad para darse a conocer –parece poca cosa, pero no– y hacer llegar el mensaje político en el día a día.

Podemos nació sobre la senda de esta idea y para ello no dudó en utilizar las estructuras del enemigo (las tertulias de Intereconomía), del status quo (La Sexta) y sus propios medios de comunicación (La Tuerka). Y le fue bien, inéditamente bien, diría. Pero Saturno devora a sus hijos y, si bien el perro no come carne de perro, le sirve los despojos del resto de criaturas al punto a sus jefes. Los mismo programas que habían servido de lanzadera al partido se convirtieron en su picota y los nuevos medios de extrema derecha, mellizos malos de La Tuerka, en una infantería cuyas malas artes, dirigidas al partido, encontraban altavoz en los mass media

Para una fuerza política a la izquierda del status quo esta aventura tiene que encerrar algunas enseñanzas, sean cuales sean. A bote pronto, se me ocurre que a cierto nivel no se puede renunciar a estar en el prime time pero hay que cuidarse mucho de él porque es una parrilla incandescente sobre la que necesitas dar saltitos constantes sin que lo note el espectador; y que los medios alternativos propios son importantes pero aún no suficientes para llegar a mayorías amplias.

En un segundo momento, la enseñanza remite a la práctica propagandística y cercana del día a día de los cargos electos de la que hablaba al principio. Si ellos, a pesar de tener muchos menos problemas con los medios de comunicación de masas, siguen picando piedra cada día a través de sus agendas, es que es una fórmula probada. Claro está que no es lo mismo llevarlo a cabo desde los mecanismos económicos y clientelares del poder que desde fuera de este, pero creo que estar todos los días, en todos lados y siendo útiles a la gente debe ser una prioridad que hasta ahora no ha sido la primera por el permanente estado de campaña electoral en el que vivimos.

La necesidad de salir de la lógica de la campaña continua también obliga a, abrazados a la realidad, plantear proyectos más allá de la legislatura y de los partidos políticos. Esto no le gustará a ningún asesor político, me temo. Es más: este texto no interpela (solo) a los partidos de izquierda. Aunque hay, por supuesto, tejido asociativo, sindical o activista en casi todos los barrios y municipios de Madrid, diría que profundizar en el deber de abrirse a las calles, día a día, tiene que ser el horizonte permanente de estos. Más si cabe. 

No hay política sin organización, así sea sobre bases horizontales o no, cada cual a su gusto y según sus tradiciones. Idealmente cada colectivo debería, de forma independiente y sin supeditaciones, ensayar mecanismos de relación con otros colectivos para permitir la extensión de un bloque transformador diverso y arraigado en el territorio.

 Hablamos de prácticas que son en sí mismas  transformadoras de la realidad y a la izquierda (dicho sea esto en un sentido amplio) se nos da bien llevarlas a cabo. Prácticas que ayudan a prestigiar socialmente las nociones de fraternidad, de igualdad, de apoyo mutuo o de libertad bien entendida. Que posibilitan robustecer las condiciones materiales de supervivencia y superación de sus participantes y ayudan a crear referentes y asideros en una época en la que brotan súbitamente vacíos bajo nuestros pies…

...y crean el sustrato para que, además, esas mayorías sociales impulsen otros planos de la transformación social ocupados por organizaciones formales, como sindicatos y partidos políticos transformadores. Pero para esto, para que nos encontremos con diez colectivos trabajando juntos en la calle por cada político de ronda, tenemos que implicarnos muchos en la labor de estar todos los días, a todas horas, para todo el mundo. No es fácil pero es conveniente para nuestra salud.

Escrito por: eltransito.2021/05/05 20:13:49.428377 GMT+2
Etiquetas: | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)