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2018/08/28 15:23:11.566970 GMT+2

Sí, dijo una idiotez pero, ¿era para tanto?

-¿Sabes eso que ha sucedido esta mañana en twitter? Sí, la que le ha caído al pobre, ha tenido que cerrar su cuenta. No las veía venir...quería contestar, pero...casi era peor.


No me refiero, en absoluto, a la última querella twittera -según a la hora del día a la que estés leyendo esto puede ser una u otra- sino a muchas de ellas. Por ello, renunciaré a poner ejemplos concretos que harían más comprensible y expresivo el texto, pero que también podrían limitarlo al caso particular. Si te vienen los ejemplos solos a la cabeza es que lo habré hecho medianamente bien.


-Ups, el columnista de El Confidencial le ha puesto como ejemplo de posverdad, flaco favor le ha hecho...


Ese ejemplo indeterminado que estoy no-poniendo es el de alguien que, afectivamente, escribió una gilipollez muy criticable en las redes sociales. Quienes lo leyeron tenían razón, desde luego, en disentir con firmeza y a hacérselo saber.


Podía haber sucedido -pasa a veces- que su comentario fuera sacado de contexto, quizá despojado, no ya de su trayectoria sino, incluso, de las frases que lo antecedían y lo precedían. Pero no es el caso, era una burrada con todas las letras, orejas de pollino y sonaba a rebuzno.


-Buf, menudo comunicado de disculpa, ¿por qué lo hace si no cree haber hecho nada malo?


No se trata de idoneidad de la crítica sino de proporcionalidad, porque, cuando escuchamos en el bar de debajo de casa un exabrupto parecido, cuando lo hacemos en una cena familiar o en nuestro puesto de trabajo, ¿esperamos que quien ha eructado reciba semejante vendaval abrumador de bofetones lingüísticos?


A todos nos viene bien que nos pongan en nuestro lugar de vez en cuando ¡ojalá tuviéramos el mismo valor para soltar cuatro frescas a nuestro padre o nuestro vecino! Pero, ¿imagináis que sacáis el valor para interrumpir esa partida de dominó y hacer saber al señor que dice un topicazo machista a sus colegas que su actitud es intolerable y, de repente, empiezan a llegar personas de todo el barrio a rodearle y a escupirle palabras lacerantes...?


No tengo muy claro si esto es bueno o malo, más bien creo que dependería de la gravedad y la catadura del tipo -porque yo sí creo que se pueden graduar las gravedades- que el acto me pareciera revolucionario o totalitario. Pero, claro, lo que es seguro es que en ambos casos el paisano quedaría en schock.


Igual debemos reservar las situaciones de schock para los más terribles enemigos. Quizá a mucha otra gente podemos tratar de convencerla.


En internet aprendí que insultando al interlocutor será difícil convencerlo. La enseñanza la extraje del argumento que, frecuentemente, se ofrece a los escépticos (grupos de divulgadores científicos muy activos en la red) a los que se explica que llamando tontos a quienes consumen homeopatía, por ejemplo, difícilmente podrán disuadirles de hacerlo. Me ha resultado extraño comprobar que muchas veces son las mismas personas que me enseñaron esta actitud quienes aplican su reverso en otros campos.


En otras ocasiones, suele dejarme perplejo que alguien se muestre intransigente -quizá con la persona de mi no-ejemplo, equivocado y probablemente torpe- tras decirle L-I-T-E-R-A-L-M-E-N-T-E que él antes pensaba igual pero que, tras una serie de conversaciones y aprendizajes, se ha dado cuenta de cómo son las cosas. ¿La ira del converso? A ti, admites, te ha costado pillarlo...pero exiges a los demás que lo traigan de serie. La otra versión, la misma en realidad, es cuando damos por hecho que todo el mundo ha tenido los mismos debates, en el mismo momento y, por supuesto, ha llegado a idénticas conclusiones: "ese es un tema superado" (en su TL).


En fin, que el tipo la cagó, pero, ¿merecía semejante andanada de hostias? Tú solamente expresaste una crítica merecida  pero, de igual forma que se pide a quienes escriben en RRSS que sean conscientes de que no están jugando la partida en el bar de abajo, quizá a los demás nos podría dar por pensar que, dada la naturaleza de la red, la reacción podría llegar a ser  desproporcionada en relación con la mamarrachada de turno.

Escrito por: eltransito.2018/08/28 15:23:11.566970 GMT+2
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2018/07/17 19:47:29.067471 GMT+2

Los fachas del Valle

Los últimos días los medios de comunicación nos informaban de que unos centenares de franquistas habían acudido al Valle de los Caídos para protestar por la próxima exhumación de Franco. El valle no se toca, rezan sus pancartas y pegatinas. La escenificación, grotesca, es en el fondo un retablo revelador ¿Para qué sirven las caricaturas si no es para que reconozcamos la realidad? Esos fachas, con su careto de facha, su bandera fascista y su brazo en alto, no son los tipos que te encuentras en el portal –algunas veces sí– pero en ellos late ese fascismo tan toscamente reconocible que ha permeado todo.

En su victoria se cimenta el señor que habla en voz alta en el metro contra los trabajadores cuando se ponen en huelga; el comercial casposo de la oficina que no tiene reparos en hacernos saber su racismo, o el tendero que dice catalufos, panchitos o perroflautas. En su victoria se basa el hecho de que ellos tengan la voz pública y, en nombre de una educación mal entendida, nosotros callemos demasiadas veces.

Ellos, los del Valle, están en segundo plano, agazapados para coger su bandera y airear su gesto rabioso cuando sea necesario. La victoria que inspiraron flota entre nosotros ya, y por eso puede suceder que haya un dictador fascista en un mausoleo y que en el debate aparezcan conceptos como el coste o la importancia de la exhumación. Por eso dicen El valle no se toca, porque lo contrario es un poco como que todos, de repente, empecemos a enmendar la plana al señor que habla en voz alta en el metro contra los trabajadores en huelga.

Parece ser que el Valle de los Caídos se cae sin remisión. Irónicamente, su naturaleza colosal será la que haga doblar la rodilla, ante la propia Naturaleza, la de verdad, al mausoleo fascista. El granito del Guadarrama y los vientos del valle de Cuelgamuros agrietan los monstruos que abrazan la cruz, el agua deshace la roca y la montaña reclama lo que es suyo.

Algunos hace ya tiempo que aducen esta teoría alternativa para el Valle de los Caídos. Las opciones clásicas suelen ser mantenerlo como un lugar de memoria –que más bien quiere decir un lugar de vergüenza, para no olvidar– o dejarlo como está, a modo de JAJAJA lugar de reconciliación. Lo que algunos vienen diciendo últimamente es que se debería dejar abandonado hasta que sea comido por la naturaleza. Es esta una versión, entre poética y posibilista, de la más bella de todas las opciones posibles: su voladura pública.

Como soy persona más de palabra que de acción, la única vez que estuve, por curiosidad, en el Valle de los Caídos, lo más que hice fue pisar la tumba en de José Antonio disimuladamente. Ni un mal gapo. Por lo tanto, si hablara de una voladura televisada del monumento con sus acérrimos defensores encadenados a él en señal de solidaridad, no deberíais tomarlo en serio. Ya digo que son sólo palabras.

*Foto de (Javier SORIANO.AFP, tomada de https://www.naiz.eus)

 

Escrito por: eltransito.2018/07/17 19:47:29.067471 GMT+2
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2018/07/06 17:27:28.868787 GMT+2

Los mundiales de mi infancia

Mis primeros recuerdos sobre un mundial no contienen fútbol. El verano de 1982 cumplía cinco años y en mi cabeza borbotean imágenes de Naranjitos, Sport Billy y de un cierto ambiente difícilmente traducible en palabras.

Los recuerdos de la niñez se dividen en unos cuantos acontecimientos muy vívidos –quizá mil veces reelaborados, lo que da igual– y en ambientes, atmósferas indivisibles en hechos o frases. Reflejos de lo que tú eras en un lugar que sólo existió en tu mirada de niño y quizá nunca fue. Si me permiten ponerme estupendo.

Algo parecido me sucede con el referéndum de la OTAN cuatro años después. Del gran acontecimiento de la primera mitad de década –que mataba la década 1975-1986, en realidad– recuerdo pintadas, una conversación con mi padre viendo a Felipe González en la tele…y un ambiente efervescente que ya no tuvimos hasta, otro momento de flashazos y recuerdos ambientales, la huelga general del 14D. A 1986 volvemos en un par de párrafos.

Mi segundo recuerdo futbolístico tiene brisa de verano como música incidental. Un apartamento playero, con algunos de mis tíos, en no recuerdo qué localidad del levante español. El verano de 1984 cumplía siete años y aún no tenía demasiada afición por el fútbol. Una tele con, quizá, antena de cuernos, la puerta de la terraza abierta…y la cantada de Arconada. Y la cantada repetida una vez más. Las manos a la cabeza. Curiosamente, el primer recuerdo futbolístico de muchos amigos de mi generación es el España-Malta, en la clasificación de aquella Eurocopa que España perdió en la final contra los chicos de Platini. Yo de ese partido no recuerdo nada.

Aún debían quedar algunos días de colegio cuando, el verano que cumplía nueve, Butragueño le coló cuatro goles a Dinamarca en el mundial de 1986. Jugaban por la noche y mis padres no me dejaron ver el partido. “Mañana lo repiten” ¡Como si fuera lo mismo! Nada más levantarme mi padre me dijo –lo recuerdo como si fuera ayer–: “Hoy todos los niños querrán ser Butragueño en el patio”. Curiosamente, recuerdo haber visto el partido repetido y vivirlo como si, efectivamente, fuera la mismo.

 Zico, Platiní, Matthaeus, Laudrup, Scifo, Schumacher, Butragueño, Sócrates, Rummenigge, Jean-Marie Pfaff, Baresi, Hugo Sánchez, Dasayev, Futre, FRANCESCOLI, MARADONA. El mundial de México como verano eterno en la memoria, sucedido en el lejano valle lunar donde, sienes adentro, ambientes y hechos dejan de disociarse en la memoria. En las fronteras de la verdadera niñez.

El verano en el que cumplía 12 años, aún niño, aún con el Diego, disfruté mucho con el mundial de fútbol. Pero esos recuerdos puedo, ya todos, describirlos con palabras.

 

Escrito por: eltransito.2018/07/06 17:27:28.868787 GMT+2
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2018/03/09 17:02:12.319395 GMT+1

Estampas para ilustrar un cambio doloroso y cruel

Esta mañana, de lluvia dubitativa sobre Madrid, me fijé en una mujer sentada en el soportal de un cajero en Bravo Murillo. Una de esas presencias que adivinas recortadas de otro escenario, de esas mujeres –las hay más que hombres-, que podrías encajar mentalmente merendando tortitas con nata en el VIPS meses atrás. Abundan mucho en nuestras calles desde que crisis dejó de ser coyuntura para ser nosotros. Se miraba las manos, cuidadas durante años, sus uñas empezaban a estar ligeramente ennegrecidas. O eso me pareció.

Ayer mismo, volvía a casa y reparé en cómo se refugiaban de la lluvia en la entrada del garaje unos cuantos hombres. Reconocí a los borrachillos habituales del descampado, a uno de los padres que cuida el huerto urbano (en el propio descampado) y a un tipo de traje entallado. Su cara parecía inseparable de su peinado, perféctamente engominado, de ademanes acompasados a la sonrisa –con seguridad de curso de formación interiorizada-, gastaba peluco…El tipo, refulgiendo, explicaba a una chica enfrente suyo que “tenía que entrar en un piso de los que se quedó Bankia en su día”. En estos tenía posibilidad de estar más tiempo sin que la desalojaran. Va de lluvia y refugios. O eso me pareció.

Esta mañana querían echar a Marcia y a su familia de su casa. Cinco mujeres el día después de un 8M histórico se podían ir a la calle y el desahuciador era el Ayuntamiento del Cambio. Dos niñas de 2 y 9 años, un bebé de 15 días. Se dice pronto pero no es posible de digerir. Ellas viven okupando una vivienda de la Empresa Municipal de la Vivienda que llevaba años vacía, habían conseguido cierta estabilidad, empadronamiento, y tenían la esperanza de conseguir regularizar su situación.

Desgañitarse un rato contra las asesoras de Ahora Madrid –la concejala del ala crítica del Ayuntamiento del Cambio no se presentó- y negociar, ha permitido que el desalojo se aplace 25 cochinos días. Menos de un mes: poco para que se desanude la ansiedad, suficiente para que se encabalgue con el insomnio de la próxima fecha.

La compañera que ha negociado rompiendo después a llorar; la fragilidad de una bebé, agarrada fuerte por los brazos de su madre firmando el aplazamiento con la comisión judicial; el perfil de un edificio con áticos que venderán de lujo junto al solar con nuestros escombros en Ofelia Nieto 29; más y más cimentaciones donde hubo viejas casitas, que fueron borradas junto con el recuerdo de sus habitantes…

Imágenes que pasan frente a mí en el camino de vuelta a casa. Quién iba a sospechar, durante aquella clase de historia en el instituto, que los cadáveres del progreso eran tus vecinos. O eso me pareció esta mañana.

Al llegar a casa me he encontrado en el buzón de correo (electrónico) el aviso de que un partido político quería reunirse con nosotros, los vecinos de mi edificio, para tratar sobre “el tema de los okupas” y elevar el problema al pleno municipal. El problema es que mi calle es parte de ese mundo en el que el suelo se hunde a tus pies a un paso para emerger, lujosamente embaldosado, al siguiente. Camino del Madrid más caro, se dan situaciones de extrema desigualdad en el transcurso de unos pocos pasos.

 La señora mayor que anda despacito y vive en la casa de perfil panzudo abocada a la piqueta, la gente que okupa viejos pisos y unos cuantos bares latinos se solapan con gente que no puede permitirse vivir al final de la calle…pero querría.

En mi calle hay cierto menudeo y en un edificio de enfrente probablemente se pasa droga. En el inmueble también, es bien visible, viven familias –han pasado muchas durante los últimos años, algunas con críos-.

 En mi calle, parece, desde que se ha reactivado el mercado inmobiliario hay vecinos decididos a ejercer de delatores para que echen a los okupas, en alianza con Ciudadanos (sí, éste resultó ser el misterioso partido del correo) y Telemadrid, que lleva una temporada paseando su dedo señalador por la zona.

En mi calle hay vecinos que caminan deprisa y no miran a la cara a las personas que le salen al paso. Seguramente perdieron el contacto básico con la vecindad necesario para abonar la empatía. Son los del progreso y la clase media. O eso me pareció.

 

Escrito por: eltransito.2018/03/09 17:02:12.319395 GMT+1
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2017/12/15 20:04:9.797190 GMT+1

La mercantilización del deporte y el deporte popular y de base

*Mañana participo en unas jornadas de deporte popular. Imagino pocas personas menos indicadas que yo para hablar de deporte pero, como me han invitado a propósito de mi ensayo Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial, trataré de compartir las cosas que aprendí durante la documentación y la reflexión llevada a cabo para la redacción del texto. He escrito esto como base, que sonará conocido a quienes hayan leído Contra... aunque no aparece ni una sola vez la palabra running.

 

Cuando era adolescente solíamos jugar al baloncesto en un parque de barrio. Había una cancha con canastas rotuladas por Caja de Madrid, entidad que las mantenía (reemplazaba los aros con relativa rapidez cuando se rompían). Además de la propaganda en los tableros, aquello obedecía, imagino, a la obligación social legal de las cajas de ahorro. Aunque aquello fuera por cubrir el expediente, la actual fase financiera, la bancarización y ruina de las cajas ha terminado de hacer impermeable la capa que separa el dinero de las finanzas de la gente de a pie.

Con esta anécdota personal pretendo introducir hasta qué punto el deporte de base está relacionado con los distintos momentos del capitalismo en el que se desarrolla. Tenemos el deporte que se corresponde con la sociedad en la que vivismos.

Los deportes, tal y como hoy se conciben masivamente, también tienen su origen en su fase de expansión mundial del capitalismo industrial. En los clubs y colleges ingleses, instituciones propias de la aristocracia y la burguesía, surgen actividades deportivas que sirven como entrenamiento para los que han de ser los grupos dirigentes del país, exaltando valores como la voluntad de triunfo, el coraje o el reconocimiento de grupo (elitismo).

Posteriormente, el cross (atletismo), el automovilismo, el boxeo, el fútbol, el cróquet o el remo, se convertirán en entrenamientos propios de la burguesía industrial. Un modelo deportivo que se basa sobre todo en la competición por equipos (con ganadores y perdedores), que algunos autores han visto como entrenamiento disciplinario para los tiempos medidos de la nueva fábrica.

Desde el siglo XVIII, y sobre todo en el XIX, el imperio británico llevará sus deportes por todo el mundo (a sus colonias o a los lugares con los que mantenía relaciones comerciales). En España, por ejemplo, entre clubes de fútbol más antiguos encontramos al Real Club Deportivo Irún y al Recreativo de Huelva, nacidos en el entorno de los altos hornos o las minas gestionadas por ingenieros ingleses que, tal como pensara Henry Ford, organizaron actividades que alejaran al obrero de la taberna, ahuyentando así también el fantasma del absentismo laboral.

Los primeros aristócratas que practicaban los sports hacían énfasis en su condición de caballeros amateurs, y algo parecido sucederá luego con la burguesía cuando, en torno a los años veinte, las clases populares comienzan a practicar masivamente deportes. Las revistas deportivas de principios de siglo, como Gran Vida, alternaban sin pudor la información financiera con la deportiva, orientación que cambiará en las mismas cabeceras pocos años después.

A mediados de los veinte muchos deportes se han convertido ya en prácticas populares (en los programas de fiestas los encontramos ya desde la segunda década de siglo conviviendo con cucañas, toreo de vacas y juegos varios). Las clases populares han reconquistado el tiempo que los inicios del capitalismo habían atrapado en exclusiva para la producción. El paradigma 8-8-8 (ocho horas para trabajar, ocho para dormir y ocho para el propio disfrute) va de la mano de la eclosión de la sociedad de masas y de la explosión del tiempo libre obrero. Por un lado, nacen la identificación de los barrios con sus equipos, las ligas laborales o el interés de las agrupaciones obreras por el deporte como vía de encuadramiento y fraternidad. las escuelas pedagógicas progresistas, desde hace tiempo, potencian la  gimnasia o el excursionismo…y por otra parte el deporte comienza a profesionalizarse y a devenir en espectáculo.

Por otro lado, el tiempo libre del obrero se convierte en una nueva mercancía a comercializar. Por poner un ejemplo que ilustra esta tensión de clase conviviendo con el deporte más mercantilizado y espectacularizado, el juego coreografiado del viejo boxeo aristocrático cae ante el nuevo boxeo, dominado por la clase obrera. Los combates entre Jack Dempsey y Gene Tunney (en 1926 y 1927) estarán entre los que reunieron una mayor audiencia en vivo de la historia, protagonizados por deportistas de clase trabajadora.

Las clases populares se apropian de algunos deportes como el fútbol, el ciclismo o el boxeo. Durante los años de la clandestinidad anarquista, en la dictadura de Primo de Rivera, los grupos anarquistas desarrollaron su actividad camuflados en grupos ciclistas o excursionistas.

La querella podríamos cerrarla con las Olimpiadas Obreras de Barcelona en 1936 cuando, en respuesta a las olimpiadas que transcurrieron en Berlín bajo la atenta mirada de Hitler, iban a participar 6000 mujeres y hombres, de 22 países distintos. Debían haber empezado el 18 de julio, pero ya sabemos lo que sucedió.

El deporte popular salió derrotado de la posguerra mundial. En la segunda mitad del siglo XX los deportes que se han hecho más importantes durante la primera siguen siendo los deportes reyes, como grandes espectáculos profesionalizados. Sin embargo, a medida que el neoliberalismo va abriéndose camino, aumenta la práctica de deportes individuales, cuyo número de licencias federativas no para de crecer.

Aparecen las competiciones de empresa (que son corporativas, no ya de clase), aumenta la práctica del ejercicio en el gimnasio y las prácticas apuntaladas por la moda de hacer del cuerpo una mercancía (como la musculación). Nacen los deportes de aventura en los sesenta, que se desarrollan en los ochenta, muy orientadas a las masas urbanas…

El deporte, entendido en su versión más comercial, transmite los mimbres de su sociedad con un cierto halo de pureza moral. Un buen ejemplo de ello son las Olimpiadas modernas desde su propio nacimiento. En 1896, cuando se celebran las primeras Olimpiadas modernas, el Comité Organizador ya cuenta con la participación de grandes firmas (Kodak, por ejemplo, puso dinero a cambio de un anuncio en el programa). Los patrocinios siguen en las siguientes ediciones y desde Amsterdam 1928 se obtienen ya ingresos por publicidad en el acceso a los estadios y de Coca Cola en el interior.

Es obvio que una competición atlética o gimnástica de las Olimpiadas puede trasladar valores socialmente positivos a sus participantes y espectadores, incluso sin tener que llegar a ejemplos señalados como la eclosión del Black Power en México 68, pero no podemos obviar que se trata también de un evento nacionalista y mercantilizado, que toma hoy la forma de instrumento del juego de grandes ciudades vendiendo sus marcas en el bazar internacional de los flujos financieros.

 

El espacio como elemento clave del capitalismo contemporáneo

 

Deporte proviene del latín ex porta (puertas a fuera), como recuerdo de cuando se practicaban en la explanada que servía para hacer ejercicio, montar el mercado o, incluso, llevar a cabo ejecuciones públicas. A medida que el juego se convierte en deporte, competitivo y con unas reglas únicas, se fijan las medidas de los campos y aparecen los árbitros. El espacio dedicado al deporte deja de ser la propia calle, se generaliza el estadio y, ya tras la Segunda Guerra Mundial, aparecen planes de ordenación urbana que tendrán su apartado específico para las zonas deportivas.

Frente a la vieja ciudad de calles polifuncionales, se acentúa la segregación por clases y la diferenciación de espacios. Esta planificación de espacios irá complicándose hasta hoy, convirtiendo aquello que se solía llamar calle en la fórmula administrativa espacio público.

Tal y como decíamos al principio, el deporte de cada época es coherente con el sistema económico e ideológico en el que se desarrolla (y a la vez nos cuenta mucho de éste). En la medida que el espacio se ha ido convirtiendo en una mercancía más codiciada en el capitalismo contemporáneo, el deporte, que tiene una obvia necesidad de espacio para su desarrollo, se ha visto afectado. El relativo declive de los deportes de equipo puede tener que ver tanto con esto como con el creciente prestigio de lo individual. Por otro lado, asistimos a la mercantilización extrema de los espacios y a su reglamentación exhaustiva, bajo la forma de ordenanzas municipales o cívicas.

Una carrera popular, transcurriendo por un circuito circular, delimitado por la policía municipal y con dorsales con propaganda de Nike, podría ser una buena metáfora de ello.

En su versión más extrema, los grandes acontecimientos deportivos han contribuido a transformaciones radicales en las ciudades, no siempre positivas para las clases menos pudientes, que van desde ser el motor del llamado Modelo Barcelona a la expulsión policial de los habitantes más pobres durante el mundial de Brasil.

Un deporte para todos...y para casi todo

 

Pero las jornadas en las que estamos demuestran que otro deporte es posible. Aquí se reúnen deportistas cuyas prácticas aportan una visión conflictiva con el rumbo actual de la sociedad y sus derivas de género, de clase o individualistas. En algunas ocasiones el mero hecho de tratar de no ser sexista, clasista o potenciar la colaboración es ya una oposición a la marcha del mundo, incluso sin que medie una reflexión política detrás de ello.

En un artículo de su blog, César Rendueles reclamaba más deporte y menos cultura (era un texto que hablaba de programas culturales). En su crítica a la cultura desde arriba y entendida como apéndice de la burbuja inmobiliaria, empeñada en abrir grandes museos o festivales, decía:

Lo más parecido que conozco a lo que tendría que ser un centro cultural, un museo de arte o una sala de conciertos es la cancha cochambrosa, la biblioteca y el parque infantil que hay en mi barrio. Los dos primeros están abarrotados siete días a la semana desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche y tienen un fuerte grado de autoorganización mediada institucionalmente. Por la pista de fútbol pasan alumnos del colegio de al lado en su clase de gimnasia, liguillas municipales, celebraciones de cumpleaños, niños pequeños que la atraviesan en bicicleta y hacen guerras de pedradas, adolescentes que alternan el futbol con los porros y el botellón, cuarentones aficionados al baloncesto… Y lo mismo ocurre en la biblioteca. A las nueve de la mañana de cualquier sábado hay una cola que da la vuelta a la manzana. Está lleno de estudiantes que empollan y aprovechan los descansos para ligar, pero también de niños que van a cuentacuentos organizado por algunos padres, de jubilados, de aficionados a la poesía que acuden a los recitales, de personas sin recursos que van allá a leer el periódico en un lugar caliente y consultar internet…

 

Lo curioso es que la misma apreciación valdría para pedir menos deporte mercantilizado y más deporte popular. No en vano, las grandes instalaciones deportivas de nuestras ciudades también son hijas de las lógicas de la burbuja inmobiliaria.

En el distrito Centro de Madrid, seis barrios y 150.000 personas, debe haber dos canchas deportivas gratuitas, si no me equivoco (un campo de futbito bastante precario en el parque de Conde Duque y las canchas del Casino de la Reina, en Lavapiés).

Cuando llegué a vivir a mi barrio, Cuatro Caminos, me di cuenta de que en un área relativamente grande alrededor de casa no había ninguna cancha deportiva que se pudiera usar: las dos de baloncesto que había no tenían canastas desde tiempos inmemoriales. Al abandono de la inversión pública se une otro sino de los tiempos: la aparente pacificación del espacio y la huida del conflicto. Según me refirieron distintos vecinos, cuando estaban las canastas había grupos de chavales que organizaban un rey de la pista y, decían, pedían dinero por entrar a jugar. En lugar de tratar de resolver el conflicto –que no dudo también tenía que ver con el hecho de que quienes las usaban eran jóvenes latinos-el Ayuntamiento optó por quitar las canastas.

La buena noticia, y quiero acabar con una porque esta reunión de colectivos me parece un síntoma ilusionante, es que el deporte popular y desmercantilizado sigue emergiendo allí donde menos espera uno. En mi mismo barrio los chavales más mayores enseñan a los más pequeños en los aparatos de gimnasia de parque en eso que, creo, se llama street workout. En el urbanismo rocoso de AZCA, un importante parque empresarial, se cobijan bailarines urbanos, como en la cercana estación de Nuevos ministerios los chavales se apropian de la ciudad con sus saltos acrobáticos de parkour, y grupos de chicos y chicas bajan la Castellana a toda velocidad con su monopatín. Además, en una callecita con poco tráfico junto a mi casa algunos críos reclaman la calzada corriendo tras una pelota.

Yo creo que, a pesar de todo, hay razones para sonreír desafiantes y cantar el estribillo aquel que dice cuidado, os avisamos, somos mismos empezamos.

 

Escrito por: eltransito.2017/12/15 20:04:9.797190 GMT+1
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2017/11/14 19:40:5.810143 GMT+1

No vamos a dejar de celebrar(nos)

Imagen de Isa antes de entrar al juzgado. A la salida tenía la misma sonrisa franca | Foto de @acufenosfest

Hoy, en mi ciudad, se presentaba la reforma de la Gran Vía y me importa una mierda. En realidad, me apelaba todo poco hoy, estaba pendiente de una compañera a la que juzgaban por un montaje policial según el cual, en el trance de resistirse a ser retirada del escenario de un desahucio, habría lesionado a tres antidisturbios ataviados con todas sus protecciones. Le pedían dos años y medio de cárcel y una multa importante. Ha salido en prensa, se llama Isa.


A propósito de lo de Isa te cuento que la escena más clásica de las películas de hampones coincide con el proceder de la policía en tu ciudad: llevar a la retenida a un callejón fuera de la vista (la intención es obvia: bloquearon la otra entrada de la callecita para que nadie se acercara). Sin ojos,  lo que pasa allí lo dicta la autoridad. El juez, reparo aquí, reparo allá, lo rubrica.


Isabel no entrará en la cárcel, aunque sí ha sido condenada a ello (seis meses). También tendrá que pagar un pastón entre multas, indemnizaciones y costas del juicio. Los tres años de angustia que su familia y ella han sufrido no figuran anexos al expediente de la condena. Cuando hablamos del cansancio que arrecia al activismo desde aquellas inflamaciones de 2011 también deberíamos referirnos al tiempo hasta el juicio como tortura. De las multas como exilio forzoso. De la represión como causa del arrastrar los pies.


La mañana era fría de buscar islitas de sol, pero todo eran reencuentros y abrazos. Algunos de los que estaban allí han pasado por su desahucio -Carmen o Ángeles-, otros han sufrido sus propios calvarios judiciales- como Manolo-, han recibido hostias de la policía -David, entre otros-. En fin, muchos habían llorado y reído juntos. El juicio de Isa era a todo el movimiento por la vivienda de Madrid en realidad, así que estar arropándola era agruparse, y esto siempre genera calor.


El juzgado de lo penal está en una zona industrial que ha sido devorada por la ciudad, como recordatorio ¿para quiénes están hechas las cárceles? para pobres y trabajadores. En este caso también para quienes se resisten a rodar sin hacerse preguntas, sin agarrar las manos a los vecinos con el pie atascado en el raíl de un tren que no para aquí ni frenará para no arrollar cuerpos sin nombre.


Isa llegó con su pareja y su madre temprano. Qué estampa de dignidad su madre. "La mayor", que no querrá entrar a la sala, había maquillado a Isa para la ocasión. Su hermana ha venido por sorpresa desde Galicia y se volverá esta noche. Un cafetito en capilla con su familia. Cuando vuelva a la puerta del juzgado otra gran familia, formada por decenas de personas diversas, estará esperándola, aclamándola, abrazándola. Enjugando lágrimas y latiendo estruendosos al unísono.


¿Cómo quieres que me importe un carajo la reforma de la Gran Vía?


Entraron algunos con ella a la sala. Fuera goteaban las noticias con dosificador. Unas -Violeta- se iban ya a cuidar a su nieto, otros - como César- se habían escapado del trabajo y volvían, muchos permanecían esperando y me consta que, cuando escribo esto horas después, algunos siguen bebiendo con Isa y los suyos. A pesar de todo celebrar, que también hay razones para ello y nos hace más fuertes.

 

Escrito por: eltransito.2017/11/14 19:40:5.810143 GMT+1
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2017/10/20 20:40:6.595767 GMT+2

¿Qué hacemos con las bandera de España?

¿Qué hacemos con las banderas que han nacido en nuestro aire? Vivo en Madrid, donde el problema de España en Cataluña ha hecho explotar el gas nacionalista -que ya estaba ahí y de repente es denso- y lo que sea que ha pasado en la casa de muchos de nuestros vecinos ha rebosado por los balcones en forma de borbotones rojos, amarillos y de nuevo rojos.


La urticaria es claramente contagiosa. Pared en la que supura una bandera, muro al que pronto se le llenan de legañas las ventanas. En los barrios pijos el acceso febril es tremendo, en los barrios obreros las pústulas aparecen más localizadas. Están por todos lados.


En algunos edificios han brotado banderas piratas, republicanas, LGTBI o sábanas con el lema Parlem! Como sucede con la homeopatía, la dosis de estas telas está tan diluida en la inmensidad de la ciudad que cabe dudar que alberguen principio activo sanador, aunque dan ganas de echar cuentas de los pisos y llamar al telefonillo para lanzar un beso a estos vecinos.


Recuerdo que un compañero, en primero de BUP, pasó el verano en algún lugar de Estados Unidos. Vino contando que en las casas unifamiliares del pueblo, esas en las que el padre siempre anda subido al tejado, tenían izada la bandera nacional. Nos reíamos, lo pensábamos marciano. Hoy he visto un banderón con mástil en mi calle.


No es broma. Yo estos días salgo a la calle y siento opresión refulgiendo en una bandera que no me molesta en el DNI porque es meramente descriptiva: soy español, vivo en España. Pero esas banderas, siendo iguales son otras, son las de aquí están mis cojones, las de no llegó la paz, llegó la victoria. No todos mis vecinos infectados de banderiosis tienen dicción falangista y muertos en su genealogía, no. Esto es lo más jodido: el autoritarismo español era un gas que vivía en esa atmósfera de colores pastel llamada democracia española. Lo llamaban consenso y no lo es oe oe, tendríamos que cantar en las manis.


J. ya me ha preguntado un par de veces por la repentina floración textil y no me he gustado en mis respuestas. Me he escuchado explicarle que las banderas acaban por ocasionar peleas entre quienes las portan y que en casa no nos gustan mucho. Ahora trato de pensar cómo explicarle que los vecinos de la puerta de al lado -los únicos que la han sacado en mi edificio tenían que ser los que la dan caramelos y la sonríen-, han colgado de la ventana la advertencia de un matón. Tendré que confesarle también que, en realidad, no pienso que todas las banderas sean igualas, ni por supuesto todos los portadores de banderas, por más que en casa no tengamos ni la del Atleti.


En fin, que un montón de gente acatarrada del patriotismo del que tiene el poder (que lo convierte en el más peligroso de los patriotas), amenaza con hacer de los balcones engalanados cual palco de autoridades la normalidad diaria para el aire de J. Una atmosfera más densa, gas  expandiéndose por todo el espacio que le dejemos con nuestras miradas esquivas.


Ojalá una lluvia de lodo que arruine las coladas y deje las banderas de España señaladas del odio con el que se han colgado.

Escrito por: eltransito.2017/10/20 20:40:6.595767 GMT+2
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2017/09/27 18:44:30.031673 GMT+2

La sacralización de la legalidad como vía al totalitarismo

Estos días asistimos al acto más arrebatado del problema de España (que no de Cataluña). De uno de los problemas de España y de Cataluña, sería más preciso decir. No soy yo quién para dar mis opiniones respecto de la independencia de un lugar que no habito, pero entre el murmullo de soliloquios se escurren ideas que me parecen preocupantes y que son transversales a todos los problemas de España.

El argumento más utilizado por la gente que se piensa a sí misma moderada, de orden –probablemente progresista- es que, más allá de la pertinencia del derecho de autodeterminación, la consulta es ilegal y está fuera de la Constitución.

Amparados por la razón jurídica, dan carpetazo a un problema social complejo y que afecta a millones de personas. "Ya lo siento, pero es que es ilegal, vivimos en una democracia, con sus reglas y unos procedimientos precisos para cambiar las cosas".

Aquí subyacen varias ideas perversas. Nuestra democracia se configura como el contrato social perfecto (un fin de la Historia) y las leyes son redacciones neutras, ajenas a las relaciones de subordinación de la sociedad que las crea. Las normas jurídicas son, incluso, fines en sí mismas, y no instrumentos con los que articular nuestras relaciones sociales.

En mi opinión, una sociedad no es más totalitaria cuantas más voces de feroz fanatismo albergue (cuantos más grupos nazis haya, por ejemplo). No, será más totalitaria cuanto más inhumanos sean los usos cotidianos de la mayoría de sus habitantes.

Esta idea de una ley neutra e inalterable, paradójicamente por encima de la idea de justicia, parece fijada en el cortex de una gran parte de la población. Se la he escuchado varias veces a gente que, encogida de hombros, se la repite a sí misma para censurar la okupación de la vivienda vacía de un banco por parte de una familia sin recursos. Busquen sus propios ejemplos.

Una sociedad retrógrada es, por definición, la que retrocede, pero una de las maneras que tiene de ir hacia atrás es quedarse inmóvil. Si no se adapta a los retos y problemas que emerjan, estará retrocediendo en los ámbitos de los derechos y las libertades, sin mover los pies del sitio. De permanecer inmóvil se pasa a presenciar impávido cualquier situación injusta, utilizando legalismos como excusa para no mirar a los ojos en busca de la necesaria empatía.

Esa comunidad que no mueve los pies del sitio, que se queda plantada, será una que, antes o después, se tambalee, se hunda un poco y tronche las raíces entre los temblores de la tierra. Una sociedad en la que una gran parte de su población no se plantea lo justo porque ya existe lo legislado es, sin duda, una sociedad totalitaria, y la fuente de su intolerancia habrá que buscarla en nuestra democracia, que la genera.

Coda:  Decía al principio que no soy yo quién para dar mi opinión…lo he pensado mejor. No soy, desde luego, quién para lanzarme a hacer un análisis de la independencia de Cataluña, pero dado que considero un blog una casa voy a dejar aquí mi posición respecto a un proceso que me parece lo suficientemente importante como para posicionarme (con todas las incertidumbres y dudas que uno está obligado a abrazar).

Nunca me he sentido de ninguna nación, ni he considerado un hecho diferencial haber nacido en el Estado en el que vivo. Mucha gente hace apreciaciones similares estas para mostrarse en contra de "la creación de un nuevo Estado", "una frontera" o "una bandera más". Sin embargo, a mí ese (no) sentimiento me lleva a apoyar el derecho de autodeterminación. Un nacionalismo no desaparece por no tener un Estado y tiene ya su bandera nacional. En un mundo con fronteras, una división más no es necesariamente un mundo menos libre (de lo contrario, sería preferible un mundo de imperios).

De esta forma, uno puede ser independentista sin ser nacionalista, y pese a tener muchas dudas de que las correlaciones de fuerzas vayan a permitir construir una Cataluña socialmente transformadora, entiendo la ilusión de jugársela en un proceso constituyente. Hay una brecha, hay una posibilidad de hacer y hay una realidad digna de intentar ser anulada.

 

Escrito por: eltransito.2017/09/27 18:44:30.031673 GMT+2
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2017/09/12 20:36:27.361293 GMT+2

En mi calle hay

En mi calle hay casas más bien feas, gente más bien fea, vistas interiores y diferentes tiempos alineados. Algunos no somos tan guapos. En mi calle hay un tabernero de River que me saluda sonriente cada noche al volver del trabajo, tras el cristal de su trocito de pampa. Un polaco bigotón, un enterao de todos los bares -hay cinco o seis-, un matrimonio de los de barra que trata al chico de la tienda de chinos -hay un par de ellas- como si fuera un hijo.

En mi calle hay senderos de huellas invisibles, recorridos que hice charlando con mis críos camino de la guarde. Huellas que iban creciendo a medida que su perspectiva se alejaba de los tubos de escape y de los hocicos de los perros. A medida que veían más allá de la maleza del descampado de la acera derecha y las palabras se repartían. A medida que crecíamos.

En mi calle hay unos chavales que echan horas a la salida del gimnasio con unas cervezas y unos porros. En ocasiones marcan golpes secos en el aire, las más de las veces sólo carcajean, relajados. A veces les acompaña un señor mayor de origen oriental (he querido imaginar que es su maestro), también yonkilata en mano. Juraría que entre un chico y una chica ha surgido algo especial. Miro de reojo al pasar.

En mi calle hay una mujer mayor, le tiemblan mucho el cuerpo y la voz. Ahí sigue: apoyadas en una muleta, sus piernas congestionadas recorren, poquito a poco, la calle tras un perrillo viejo. Siempre hay mujeres (y una chiquilla) que vienen a verla y la acompañan en sus paseos. Gente que no sé de dónde sale. Vive en una corrala muy vieja, de líneas panzonas, que habría sido pasto de la piqueta de no ser por una extraña situación administrativa.

En mi calle el del taller y el de la tienda de marcos siempre están fuera de sus tiendas. Juan y Ana -los chinos de la tienda de chinos- sacan su silla a la fresca. Hay un señor con gafas que, algunas noches, vacía los contenedores con orden de bibliotecario. Va clasificando en montoncitos los materiales, mete en distintas bolsas lo que le sirve y, después, vuelve a dejarlo todo en orden. Mucho mejor que lo encontró. Hay mucha gente, también, que revuelve y lo deja todo hecho una mierda. No osaría juzgarles.

En mi calle hay un viejo que se dedica a gritar a los vecinos extranjeros a la salida de la guardería. En sus formas desquiciadas, en el fondo, se hacen carne todos los viejos cabrones y racistas que -de todas las edades- habitan también en mi calle.

En mi calle hay otro viejo, chaparro, con cara de haber tenido sabañones y carrillos enrojecidos por los chatos de vino. Vigila, siempre, desde una azotea baja. Dan muchas ganas de saludarle al pasar, aunque creo que su gesto no variaría jamás. Con su barbilla acomodada, el cuello subsumido sobre los brazos, relajados en el poyete.

De las ventanas abiertas de mi calle, esto es, las de pisos de mierda calurosos, salen volando notas calientes de bachata, hip hop, risas, gritos, esquirlas...En las ventanas cerradas de mi calle, esto es, en las que, como en mi edificio, combinan aire acondicionado y temor a la vida, se condensan los prejuicios blancos de aquellos a quienes perturba que el suelo se mueva.

En mi calle hay una familia bastante ruidosa. Los hombres tienen silueta de suspiro y las mujeres pinta de hundir un poco el suelo con su paso firme. De andares arrogantes y presencia ineludible. Los sábados por la mañana ponen a punto su coche y cantan flamenco a voz en cuello. Conocen tanto a la policía como a los vecinos y hablan moviendo mucho las manos y poco los ojos.

En mi calle había hasta hace unos días un ebanista jubilado. Trabajando. Tenía un local desnudo que le dieron por su taller, creo, cuando la administración decidió "sanear" la zona (otros tuvieron peor suerte y perdieron sus casas: ese es el origen del descampado).

Los meses de buen tiempo colgaba de la pared de la calle, con clavitos, jaulitas de gorrión. La puerta siempre estaba abierta y a través de ella se le escuchaba silbar, con el cepillo de carpintero agitándose de aquí para allá. Otras veces le he visto sentado, con un botijo de Mahou, pensativo. Había esparcido migas a su alrededor y las palomas, que normalmente vigilan mi calle desde un cable eléctrico que la cruza, picoteaban el firme grumoso del local. El viejo carpintero, inmenso, de mirada traspasadora y gestos rotundos, solía charlar con los vecinos. Las más de las veces un señor bajito escuchaba y asentía con las manos en la espalda, como equilibrando un cuerpo leve, que flotara sin gravedad.

Hace unas semanas vi las viejas jaulitas, herrumbrosas, junto a los contenedores de reciclaje, donde dejamos en mi calle las cosas por si le sirven a alguien (el parque de mis niños está ahora en una peluquería a dos portales del mío). El cartel de Se vende ya no cuelga de la pared gris de los pajaritos. Me alegro mucho por el viejo ebanista, que ha encallecido de sobra sus manos, como para poder disfrutar una buena jubilación. Lo siento por el señor bajito.

En un bajo de mi calle vive Omar, un trotamundos que ha viajado con su peculiar bicicleta con dos avances por todo el mundo. Muchas veces le veo poniendo a punto la bici en mi acera, con las manos manchadas de grasa. Ahora anda por Santiago de Compostela pero siempre vuelve, y va por ahí pedaleando, vendiendo pulseras por las terrazas de Madrid.

En mi calle hay una tahona moderna, de esas en las que puedes ver al panadero amasar masa madre tras un cristal. Tenía todas las papeletas para ser el forastero que irrumpe en la plaza del pueblo y todos miran, pero se ha convertido en un lugar bullicioso, que resuena algo confuso y es perfecto para mi calle. Hacen buen pan y preguntan por la familia.

En mi calle se divisa, al fondo, la silueta de un rascacielos. Torre Picasso. Por las noches, iluminado en azul, se aparece como un sable de luz, un gigantesco objeto imantado que acabará por atraer mi calle hacia una realidad de líneas rectas y rostros escrutables a primera vista. Los desconchones de mi calle, el descampado, el chico alcohólico que se deja calvas de tiñoso al afeitarse la cabeza, irán desprendiéndose violentamente cuando, finalmente, la calle vuele a adherirse al gran imán con forma de falo luminoso.

Con suerte, quedaremos aquellos cuyas rarezas se esconden más al fondo. Detrás de una piel menos curtida.

Escrito por: eltransito.2017/09/12 20:36:27.361293 GMT+2
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2017/07/17 19:40:25.176163 GMT+2

No se mide con un compás: cuando la periferia está también dentro del círculo

 

Está de moda hablar de las periferias. Artísticas, políticas, urbanas. Contorno de cualquier figura curvilínea. Límite externo o exterior. La mayoría de las veces las periferias urbanas, a las que me refiero ahora, se definen por su posición geométrica respecto del centro de la ciudad.


Dejaba por escrito Rafael Cansino Assens en un artículo sobre el arrabal en la literatura (1924) que el arrabal  "es de naturaleza análoga al mar", afirmación lírica que explicaba inmediatamente después:


En él, en sus vagos campos sin urbanizar, se sumen y se desfiguran, se hacen imprecisos e incoherentes todos los lineamentos arquitectónicos y mentales de la ciudad. Las ideologías urbanas, las artes y conceptos urbanos, terminan y se enmarañan en la arbitraria libertad del arrabal. No todas las ciudades tienen a su término un mar en que la dura tierra se haga ola y las perspectivas se rasguen indefinidamente.


La cuerda que vibra en su descripción es antes la de la falta de disciplina urbanística y el afuera de la ciudad como construcción sociopolítica que la situación geográfica puertas afuera. De hecho, el ser periférico (arrabalero) geográficamente se cura con el crecimiento urbano, pero el ser periférico tiene que ver más con la experiencia compartida del territorio abandonado y popular que lleva a sus vecinos a pensarse fuera, a imaginarse entrando.


En un territorio periférico que ha quedado dentro de las murallas hoy simbólicas de la ciudad moderna (o muy reales, sean carreteras de circunvalación o vías ferroviarias), los esquemas mentales y físicos asociados a la ciudad, tal y como es merecedora de ser contada en cualquier espacio que no sea la sección de sucesos, "se sumen y se desfiguran, se hacen imprecisos e incoherentes todos los lineamentos arquitectónicos y mentales de la ciudad"


En el territorio periférico urbanísticamente densificado (es decir, viejito ya) los "vagos campos sin urbanizar" siempre vuelven a crecer en forma de descampado o cascarones de vivienda vacía, y el hecho de no ser pústulas, sino naturaleza misma del territorio periférico, es lo que reafirma a la periferia como tal: se derriban casas humildes y los descampados viven lo suficiente como para que las pintadas de la medianera se vean desgastadas, nazcan amapolas silvestres a sus pies y los gritos -sin boca, con acentos cargados de estigma- se ahoguen en la noche.


Las periferias interiores - ¿encerradas? - se siguen definiendo por contener, aunque sea en ciertas partes y a veces, la "arbitraria libertad del arrabal". Lo que es lo mismo: por haber sido abandonadas un tanto a su suerte por el relato experto del planificador urbano. Lo que es lo mismo: la posibilidad de la paradoja de que el periférico (arrabalero) quiera a la vez "salir del barrio" y "llevar el barrio" siempre con él.


Lo periférico es diverso, puesto que el centro intenta acercarse, casi por definición, a la caracterización espacial del centro político de una sociedad. Lo que queda fuera o fuera-dentro sólo puede aparecerse como imaginativas versiones chuscas de la ficisidad oficial y contener resistencias, a veces muy a su pesar. Sin embargo, lo periférico es también una misma manera de mirar, estar y mirarse. Lo periférico son dos bancos desatornillados del suelo para ser enfrentados o un desconchón como agarre de la memoria en el espacio.


Por eso lo periférico puede resistir en el centro de una ciudad y nunca se le vio en las urbanizaciones de clase media aspiracional que algunos llaman periféricas.


Por eso la periferias residen en las experiencias vitales y no se miden con un compás sobre un mapa. Toman forma en los conflictos y se adhieren, como el salitre del mar de Cansino Assens, a las partes exteriores e interiores de la frontera urbana.

Escrito por: eltransito.2017/07/17 19:40:25.176163 GMT+2
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