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2017/08/17 18:15:4.483490 GMT+2

Trump pierde los papeles

La mecha que provocó la explosión ciudadana en Charlottesville (Virginia, EE.UU.), que culminó con el brutal atropello de ciudadanos indefensos por un exaltado "supremacista blanco", fue la propuesta de eliminar una estatua del general confederado Robert E. Lee en un parque público de la ciudad.

El general Lee fue el jefe de los ejércitos de la Confederación sudista durante la Guerra Civil (1861-65) y tras su muerte se convirtió en una figura simbólica para todos los nostálgicos de aquel Sur, esclavista, blanco, religioso y fanático, junto con la bandera aspada que ha seguido ondeando hasta hoy en numerosos domicilios privados y edificios públicos de los antiguos Estados sudistas.

Varios años de residencia en los Estados de la franja meridional de EE.UU. me permitieron comprobar la vitalidad de esta memoria en amplios sectores de la población. Aunque Barack Obama opinó que la citada bandera debería quedar relegada a los museos, como un residuo de la historia de la nación, sus defensores sostienen que se trata de un símbolo indispensable del legado histórico de EE.UU., que nada tiene que ver con la esclavitud, la raza o la religión sino con el recuerdo de sus antepasados que murieron con honor para defenderla. Un episodio más de esa irracional lucha de símbolos que tan a menudo conduce a los pueblos a sangrientos e inútiles enfrentamientos.

Es lo que ha ocurrido ahora, porque el odio que sembró aquella guerra ha resurgido violentamente. Tras más de siglo y medio, el pueblo estadounidense sigue mostrando peligrosas fracturas ideológicas por las que fluye la ardiente lava del odio étnico y la xenofobia, excitados en esta época de guerras, terrorismo y migraciones masivas.

Trump ha contribuido en gran manera a fomentar esta crítica situación porque ha perdido los papeles y ya no sabe a qué asesores recurrir para llenar sus peligrosos vacíos mentales. Durante la campaña electoral halagó con mensajes de odio a los sectores más ultraderechistas del electorado, incluyendo las organizaciones de la supremacía blanca, dominantes de muchos Estados del Sur, con un discurso populista y xenófobo.

Los incidentes del pasado fin de semana en Virginia no han sido una sorpresa. Ya en junio de 2015, un adorador de las armas y la bandera sudista atacó una iglesia metodista en un barrio de población negra en Charleston (Carolina del Sur), asesinando a nueve personas. Al ser detenido, confesó que el motivo de su agresión era encender la mecha de una guerra racial.

Mucho más recientemente, el pasado 5 de agosto, un desconocido lanzó una bomba contra una mezquita somalí en Minneapolis, que afortunadamente no produjo víctimas. Aunque el gobernador del Estado lo calificó de terrorismo, el Fiscal General no compartió esa opinión y Trump ni siquiera aludió al asunto.

De ahí que lo ocurrido en Charlottesville poco después fuese previsible. Trump, tan prolífico como infantiloide al publicar sin freno sus espontáneas opiniones, permaneció algún tiempo en silencio. Luego, presionado por la creciente marea pública alzada contra los supremacistas blancos, recurrió al tuit para repudiar la violencia procedente "de muchas partes". Al final, hubo de reconocer que la violencia en este caso no estaba repartida por igual en "muchas partes", porque el sustrato formado por los supremacistas blancos y los nostálgicos del general Lee fueron los principales agentes de los altercados, sublimados en el salvaje supremacista que al volante de su automóvil se lanzó a atropellar pacíficos manifestantes. O por los neonazis que, armados como para ir a la guerra, invadieron la ciudad para imponer su violencia, como muestra la fotografía.

El Gobernador de Virginia declaró el estado de emergencia tras el atentado y prohibió la marcha de los nazis y supremacistas blancos a los que pidió: "Simplemente: volved a casa. No os deseamos en esta gran comunidad. Avergonzaos". No le hicieron mucho caso y hasta el Ku Klux Klan agradeció a Trump su presunta ecuanimidad al juzgar las causas del conflicto.

En la "era Trump" ya no resulta anómalo encontrar por la calle manifestaciones amparadas bajo las banderas nazis o confederadas, desfiles nocturnos con antorchas al estilo del KKK insultando a los ciudadanos negros y denunciando a los judíos. Concluir la fiesta con un automóvil aplastando manifestantes antinazis por la calle era algo casi obligado después.

Trump ha perdido los papeles. Y en esto reside el peligro que acecha a la humanidad. Cuando un Gobierno asiste estupefacto a los disturbios populares que sus repetidos errores han provocado tiene una solución que forma parte del abecé de la política: buscar fuera algún problema que permita curar la fractura interior que su incompetencia ha generado y que una a los ciudadanos frente a una amenaza externa. Corea del Norte y Venezuela parecen aspirar a convertirse en oportunas cabezas de turco para el desacreditado inquilino de la Casa Blanca, sobre cuyo final ya se empiezan a cruzar apuestas.

Publicado en República de las ideas el 17 de agosto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/17 18:15:4.483490 GMT+2
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2017/08/10 18:40:30.184821 GMT+2

La democracia encadenada

Una reposada relectura de algunos de los asuntos más tratados por los medios de comunicación en todo el mundo durante los últimos tiempos induciría a extractar unas cuestiones de amplitud universal y de efectos muy trascendentes para toda la humanidad:
- El cambio climático, consecuencia del descontrolado calentamiento global, que hará inhabitables muchos territorios;
- La explosión demográfica, muy acelerada en las regiones más empobrecidas y pobladas del planeta, con nefastas consecuencias sociales y económicas;
- La progresiva extinción de muchas especies y el desplazamiento geográfico de las supervivientes, agravando los problemas de subsistencia de los pueblos.

A su lado, palidecen y cobran sus verdaderas dimensiones los pequeños problemas regionales de esas entidades político-sociales artificialmente construidas por los seres humanos a lo largo de su evolución, que hoy son los Estados y antes fueron tribus, clanes, reinos, imperios o tiranías.

El Brexit que agita a Europa; la discutida idea de plurinacionalidad que trastorna a los españoles; la corrupción de los que manejan los caudales públicos en numerosos países; el terrorismo y la supuesta guerra total contra él; los problemas causados por la inmigración en todos los continentes y, en consecuencia, la creciente xenofobia que desgarra a la humanidad; las pintorescas, pero peligrosas, andanzas de ciertos singulares personajes con las que los medios de comunicación nos bombardean a diario (Trump, Maduro, Putin, Kim Jong-un, etc. sin olvidar algunos inefables políticos locales de cada nación); y hasta las guerras y las amenazas con destructivas armas...
Todo esto pasa a un segundo plano cuando se consideran los efectos de los tres fenómenos antes citados.

Estos tienen raíces científicamente cuantificables, físicas, biológicas y sociales pero, como es natural, todos ellos podrían sen controlados y manejados desde la actividad política de los Gobiernos, para atenuar o invertir sus dañinos efectos sobre la humanidad. No merece la pena insistir en ellos, hoy tan popularizados y al alcance de todos.

Pero sí conviene alertar a la humanidad sobre un cuarto fenómeno, mucho menos visible, que unido a los anteriores formarían los cuatro jinetes del Apocalipsis que galoparán a rienda suelta por el planeta a mediados del presente siglo si no se toman medidas para impedirlo:
- La ostensible debilitación de la democracia capitalista que abre camino a un nuevo capitalismo totalitario.

A esto alude el último libro de la historiadora estadounidense Nancy MacLean: Democracy in Chains: The Deep History of the Radical Right's Stealth Plan for America (en traducción aproximada: "La democracia encadenada: la historia profunda del sigiloso plan de la derecha radical en EE.UU.").

Los que somos reacios a creer en ocultas conspiraciones internacionales (como aquellos ridículos "Protocolos de los Sabios de Sión" que encandilaron a los ideólogos de la España franquista) tendemos a poner en duda el hecho de que exista "un plan" con el objetivo de deteriorar y destruir la democracia (en EE.UU. y en el resto del mundo), pero hemos de aceptar que los efectos hasta hoy observados son idénticos a los que se producirían de existir ese plan, como muestra la autora del libro.

No entro en pormenores en este breve comentario, pero los pasos descritos por la historiadora son elocuentes. Ya en el s. XIX se extendió la idea de que la libertad consiste en el derecho absoluto a disponer de la propiedad privada (incluyendo los esclavos) y cualquier intromisión externa significa explotar a los propietarios en beneficio de unas masas que no se lo merecen.

Posteriores defensores de estas teorías afirman sin rodeos que "cualquier choque entre la libertad y la democracia debe resolverse en favor de la primera", lo que conduce a que "el despotismo sea la única alternativa política que defiende a los que poseen".

Un breve resumen de las medidas que llevan a esta situación incluye: escuelas privadas y estudios avanzados, solo para los que puedan pagarlos; privatizaciones generalizadas, como la universidad y los servicios sociales; imposición de austeridad y restricciones monetarias; ruptura de los vínculos de confianza entre los pueblos y sus Gobiernos y desprestigio de las instituciones públicas. En resumen: "salvar al capitalismo de los peligros de la democracia".

Todo ello, según el "plan", habría de hacerse por pasos cautelosos; así, para destruir la seguridad social se haría ver que se trata de "reformarla para mejorarla". Como escribe Monbiot en The Guardian Weekly, "La libertad económica de los multimillonarios implica pobreza, inseguridad, contaminación y destrucción de los servicios públicos para todos los demás". Y como esto no es aceptable para los votantes, estos necesitan ser engañados y, si es preciso, coaccionados, es decir, sometidos al "capitalismo totalitario".

Este cuarto jinete del Apocalipsis, a diferencia de los otros tres, es de naturaleza exclusivamente política: no admite discusiones científicas. Pero, como ellos, requiere urgentes medidas de rechazo. Traspasado un cierto umbral, como sucede con el calentamiento global, ya no hay marcha atrás. ¿Será así el mundo que dejemos a las generaciones futuras?

Publicado en República de las ideas el 10 de agosto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/10 18:40:30.184821 GMT+2
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2017/08/03 18:49:42.051006 GMT+2

La prohibición total de las armas nucleares

En la Asamblea General de Naciones Unidas el pasado día 7 de julio, 122 países votaron a favor y adoptaron un Tratado de Prohibición de armas nucleares. En el acto de clausura de la sesión, una superviviente japonesa de la bomba atómica que en 1945 se abatió sobre Hiroshima declaró emocionadamente: "Esto es el principio del fin de las armas nucleares".

No parece fácil que vaya a acertar en su predicción ni que llegue a ver el verdadero "fin del fin" de dichas armas. Para alcanzar el acuerdo que ha conducido a la elaboración del citado tratado hubo que celebrar tres conferencias internacionales sobre los efectos catastróficos de esas armas, preparar una "súplica humanitaria" suscrita por más de cien países y crear un grupo de trabajo en la ONU que iniciara el proceso. Ahora, para que el tratado aprobado entre en vigor y tenga fuerza internacional, deberá ser ratificado por 50 países.

Los escollos que tendrá que sortear este tratado, que una aplastante mayoría de la población mundial suscribiría en el acto, porque aspira a un mundo libre de armas nucleares, son enormes y parece muy difícil soslayarlos.

En la sesión que lo aprobó, solo intervino un socio de la Alianza Atlántica, Holanda, y lo hizo para votar en contra. Los otros lo boicotearon. La representante holandesa dijo que, aunque su delegación valoraba el "momento favorable para el desarme", el tratado era "incompatible con el compromiso con la OTAN". Holanda participó en la Asamblea porque el Parlamento así lo aprobó tras discutirlo, para tener en cuenta el sentir de gran parte de la población. En otros países miembros de la OTAN, como España, todo eso pasó bastante desapercibido y la "lealtad otánica" se impuso sobre cualquier escrúpulo democrático.

Es natural que la OTAN se opongo al tratado, porque éste incluye la prohibición de "desarrollar, producir, probar, utilizar o amenazar" con el uso de armas nucleares. Si como parte de la estrategia militar de la OTAN fuera preciso recurrir a ellas para defender a los socios no nucleares, los demás países firmantes del tratado -y la misma ONU- se verían obligados a considerar el hecho como una grave violación de la legalidad internacional. El tratado también prohíbe a los miembros no nucleares de la OTAN "estacionar, instalar o desplegar cualquier arma nuclear" dentro del territorio. Por tanto, mientras las armas nucleares sean básicas en la estrategia defensiva de la OTAN, ningún miembro de ésta podrá firmarlo.

La conflictiva naturaleza del Tratado de Prohibición se refleja en los votos de los países escandinavos, tan inclinados al desarme y atentos a las cuestiones humanitarias. Suecia participó en la elaboración del tratado y votó a favor; Noruega, Islandia y Dinamarca, miembros de la OTAN, se opusieron: incluso el representante danés ante la ONU participó, codo a codo con el estadounidense, en una protesta organizada ante el salón donde se negociaba el tratado.

Sea como sea, esta cuestión ya no podrá ser ignorada por los miembros de la OTAN. Las relaciones entre sus Gobiernos y sus pueblos, y entre los países firmantes del tratado y los que lo rechazan, se van a convertir en un problema importante que ningún Estado podrá soslayar. Aunque el viejo Tratado de No Proliferación Nuclear, aceptado por la inmensa mayoría de los Estados, tiene también como meta final el desarme nuclear, su tortuoso y lento avance no satisface a la opinión mundial, que apenas ve progresos dignos de mención por ese camino. De ahí que el Tratado de Prohibición haya retumbado como un aldabonazo en la conciencia universal de rechazo a las armas nucleares.

Los países no firmantes del Tratado de Prohibición se verán forzados a adoptar medidas que, al menos, satisfagan a la opinión pública en el sentido de avanzar, todo lo que esté a su alcance, por el camino del desarme nuclear. Y la OTAN tendrá que multiplicar los esfuerzos para hacer creíble su voluntad de resolver el dilema entre la seguridad de sus socios y el abandono del arma nuclear, que pide gran parte de la humanidad y que, por vez primera, pasa a formar parte de la legislación internacional.

Ya no basta con refugiarse en las imprecisiones del Tratado de No Proliferación, defendido hasta hoy con el argumento de que era "el único tratado que aspira al desarme nuclear". Ya hay otro, más directo y contundente, que a la larga acabará deslegitimando el uso de esas armas y que pone en manos de la sociedad civil un importante instrumento que permite soñar con el desarme nuclear total, aunque a él se opongan denodadamente los países dotados de armas nucleares y decididos a usarlas y los miembros de las alianzas donde el arma nuclear es solo un arma más.

Ya no será posible ignorar la existencia y la fuerza moral del nuevo Tratado de Prohibición de armas nucleares cuando entre en vigor. Habrá de pasar por muchas vicisitudes, sortear guerras y serios enfrentamientos, pero a la larga surtirá el efecto previsto, porque enlaza estrechamente un sentimiento mayoritario de la humanidad con la legislación internacional que ha de sostenerlo.

Publicado en República de las ideas el 3 de agusto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/03 18:49:42.051006 GMT+2
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2017/07/27 17:54:33.274399 GMT+2

Vivir la guerra con los británicos: Dunkerque

Se proyecta estos días en los cines españoles la que quizá sea una de las mejores películas de guerra que jamás se haya rodado: "Dunkerque". Es obvio que su argumento es la guerra. Casi toda ella transcurre durante actividades exclusivamente militares, en tierra, aire y mar. Apenas hay unas esbozadas tramas paralelas, al estilo de "Senderos de Gloria", "Nacido el 4 de julio" o "Salvad al soldado Ryan" (tres extraordinarios filmes bélicos), que distraigan al espectador de lo que sucede en la batalla que se desarrolla ante sus ojos. No se trata aquí explícitamente sobre la crueldad de la guerra, la egoísta ambición de algunos generales, el movimiento pacifista en EE.UU. o el amor humano, como sucede en los títulos antes citados.

Las pocas escenas lejos del teatro de operaciones, en las que el estruendo bélico deja de ser dominante, apenas apuntan a otros problemas que no sean los de dar fin a una compleja operación de retirada, fruto combinado de la audacia del avance alemán y de la imprevisión del mando aliado ante la rápida evolución de la guerra en la primavera de 1940. Más que una "película de guerra", Dunkerque es "la película de una batalla" y en muy pocos momentos se separa la atención de todo lo relacionado con la evacuación del malogrado Cuerpo Expedicionario Británico desde la costa francesa del Canal.

Comparto el juicio de un veterano colega británico que ha escrito que esta película permite a cualquier persona vivir unos momentos muy próximos a lo que fue aquella batalla. Cómodamente sentado en su butaca, el espectador comparte la angustia de un piloto de caza en los duelos aéreos con fuego de ametralladora (tan cinematográficos como las cargas de caballería, pero tan desaparecidos como éstas en la guerra de hoy); convive con los soldados transportados en un carguero que se va a pique, y observa las sucias trampas o la desprendida abnegación entre compañeros cuando la vida de uno puede ser la muerte de otro y todos buscan un hueco en la compleja logística de una retirada bajo las bombas enemigas.

A medida que avanza la proyección se advierte el sentimiento patriótico británico que parece ser un objetivo del guión, al describir lo que el general Fuller, historiador y estratega militar inglés, consideró "una hazaña única cuya conclusión, el 3 de junio, marcó la fecha en que, espiritualmente hablando, el pueblo inglés se lanzó lleno de coraje a la campaña".

También escribió lo siguiente: "La evacuación constituyó un triunfo sensacional, como lo han sido tantas retiradas inglesas y, no obstante los violentos ataques aéreos, fue llevada a cabo metódicamente y sin pánico. En nueve días se evacuaron 366.162 hombres [un tercio de ellos, franceses], trasladados a Inglaterra en 765 barcos británicos de todas clases y tamaños".

Aún hoy se discute sobre la cifra exacta, pero la mayoría de los evacuados lo fueron en buques de la Armada y no en las embarcaciones privadas que patrióticamente acudieron al rescate. Philip Warner, otro conocido historiador militar británico, escribió que la hundida moral del derrotado cuerpo expedicionario se recuperó a su regreso, al ser considerados héroes por la opinión pública. Warner también escribió: "Si la evacuación hubiera fracasado, quizá hasta Churchill hubiera buscado un arreglo con Alemania si hubiera sido posible". El ejército británico fue derrotado en otras ocasiones (las retiradas a las que alude Fuller), como en Creta, Hongkong o Singapur, pero, contradiciendo a Fuller, estas retiradas fueron sendos fracasos, mientras que en Dunkerque el éxito de la retirada permitió salvar la cara al mando militar y recuperar el maltrecho honor militar británico.

Los más acreditados historiadores rechazan hoy la idea, algún tiempo muy extendida, de que el propio Hitler manifestó su voluntad de no aniquilar al cuerpo expedicionario, soñando en una futura Europa en la que el Reich alemán dominaría el continente, aliado con una Inglaterra, reina de los océanos.

El llamado por algunos "milagro de Dunkerque" tuvo nefastos efectos secundarios. La flota británica perdió unos destructores que hubieran sido necesarios para proteger el esencial tráfico comercial atlántico contra la intensa ofensiva submarina alemana. Warner escribió: "Cuando el 4 de junio se completó la evacuación, los que estuvieron en aquellas playas nunca olvidarán la experiencia sufrida. Se vieron actos de enorme valentía y de deprimente cobardía".

El espectador tampoco olvidará fácilmente los 107 minutos de proyección durante los que habrá vivido una experiencia, aunque sea virtual, de lo que era la guerra antes de que las modernas tecnologías la hayan mecanizado y automatizado y las modernas políticas de defensa la hayan alejado del sentir popular, mientras sigue siendo tan cruel y destructiva como en los tiempos de Homero.

Publicado en República de las ideas el 27 de julio de 2917

Escrito por: alberto_piris.2017/07/27 17:54:33.274399 GMT+2
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2017/07/20 18:53:23.022275 GMT+2

La memoria histórica... en Israel

"Un joven atado a un árbol y quemado. Una mujer y un anciano, disparados por la espalda. Unas niñas, alineadas contra la pared y ametralladas". Así subtitula el diario israelí Haaretz un reportaje sobre documentos, ahora revelados, que conciernen a algunos sucios aspectos de la llamada Guerra de la Independencia de Israel.

Cuando en mayo de 1948 Israel declaró unilateralmente su independencia, como consecuencia del plan de la ONU para la partición de Palestina aprobado en noviembre del año anterior, estalló la primera guerra árabe-israelí, a la que se refieren los documentos citados. Para los árabes palestinos, derrotados al final de la guerra, esto llevó a la emigración o la aniquilación, la llamada Nakba o catástrofe, de la que todavía no se han repuesto.

Los documentos ahora revelados pueden levantar ampollas en la percepción de aquella guerra, tanto en la población árabe como en la judía, pero son un importante y ejemplar ejercicio de memoria histórica, que podrá ayudar a Israel a asumir un pasado que aún se cierne trágicamente sobre árabes y judíos. Se refieren a la ocupación del poblado de Deir Yassin por fuerzas irregulares judías (de las organizaciones Irgun y Leji) que masacraron a los residentes árabes, a pesar de haber permanecido neutrales en los enfrentamientos previos a la declaración de independencia.

No hay que olvidar que tanto el Irgun, que fue dirigido por Menahem Begin (futuro primer ministro de Israel y Premio Nobel de la Paz), como el Leji (más conocido como Stern Gang) eran considerados por las autoridades británicas como grupos terroristas y combatidos como tales. El último fue responsable del asesinato del diplomático sueco Folke Bernadotte, designado por la ONU como mediador en este conflicto.

Una carta escrita por un combatiente judío, llamado Yehuda Feder, explica que el Irgun "efectuó una tremenda operación para ocupar un pueblo situado en la carretera que une Jerusalén y Tel Aviv. Participé en ella del modo más activo". Y así fue, porque escribió lo siguiente: "Fue la primera vez en mi vida que, por mis manos y ante mis ojos, cayeron árabes. En el pueblo maté a un árabe armado y dos niñas árabes de 16 o 17 años, que ayudaban a un árabe que nos disparaba. Las puse contra una pared y las abatí con dos ráfagas de mi metralleta".

La cosa no quedó ahí. Siguiendo la más ancestral tradición bélica, donde desde tiempo inmemorial el saqueo y el pillaje siguen a la victoria, añadió: "Confiscamos un montón de dinero y cayó en nuestras manos joyería de plata y oro". En la misma carta, sin embargo, se lee un párrafo significativo: "Fue un operación realmente tremenda y por eso la izquierda tiene razón cuando de nuevo nos denigra".

El jefe que dirigió la operación, entrevistado en 2009, declaró: "Huían como ratas. Casa tras casa, poníamos explosivos y salíamos corriendo. Un explosión y... ¡adelante! Así, hora tras hora, en pocas horas no quedaba nada de la mitad del pueblo". Muchos cadáveres fueron quemados allí mismo, y otro testigo de lo ocurrido, futuro ministro de Israel, contestó así cuando se le preguntó por ello: "Pensábamos que la Cruz Roja llegaría en cualquier momento y era preciso ocultar las pistas [de los asesinatos] porque, si se publicaban imágenes y relatos de lo allí ocurrido, esto deterioraría la imagen de nuestra Guerra de la Independencia".

Continuó: "Vi bastantes cadáveres. No vi ningún cadáver de combatiente. En absoluto. Recuerdo sobre todo mujeres y ancianos". Para desmentir que habían muerto enfrentándose a los atacantes, añadió: "Vi a un anciano y una mujer, sentados en un rincón de una habitación con sus rostros contra la pared y disparados en la espalda. Eso no se produjo durante un combate".

Un antiguo oficial de inteligencia del Haganá, que visitó el pueblo tras el ataque, declaró: "Me pareció algo como un pogromo. Cuando se ocupa una posición militar, esto no es un pogromo aunque muera un centenar de personas. Pero si cuando se llega a una población se la encuentra llena de cadáveres esparcidos, entonces sí es un pogromo. Cuando los cosacos irrumpían en los poblados judíos, debía pasar algo parecido". Dijo: "Me era difícil entender que todo había ocurrido en legítima defensa. Mi impresión fue más una masacre que otra cosa. Asesinar civiles inocentes puede llamarse masacre".

Como sucede a menudo al tratar de recuerdos históricos, por trágicos que sean, el arte cinematográfico también aquí ha jugado un papel decisivo con el documental Born in Deir Yassin ("Nacido en Deir Yassin") que recoge estos testimonios, dirigido por Neta Shoshani. Requirió el testimonio de algunos participantes en la operación, que habían permanecido mudos durante decenios y por vez primera hablaron con ella ante las cámaras.

Aunque el documental sea criticado desde todos los ángulos del espectro ideológico israelí, contribuirá a que los ciudadanos de Israel conozcan mejor su Historia, único modo de ir encontrando puntos de contacto mutuo que les permitan avanzar hacia el futuro sin dejar detrás conflictivas zonas oscuras. Tarea en la que, lamentablemente, los españoles parece que vamos más retrasados que los ciudadanos de Israel.

Publicado en República de las ideas el 20 de julio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/07/20 18:53:23.022275 GMT+2
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2017/07/13 18:03:45.852650 GMT+2

La 'eterna' cuestión kurda

La victoriosa conclusión del largo asedio de Mosul, expulsando de esta ciudad iraquí a los últimos resistentes del Estado Islámico (EI), tan gozosamente celebrada sobre el terreno por el ejército iraquí y su Gobierno y difundida por los medios de comunicación en todo el mundo, no debería inducir a pensar que con ello se ha dado el paso definitivo para pacificar la región y acabar con el EI. Tan ilusorio fue festejar con desmedido alborozo la ocupación de las ruinas de una ciudad arrasada como anticipar el réquiem (en versión musulmana, si esto existe) por un enemigo todavía vivo.

 

Siguen sin haber sido resueltos los profundos conflictos que han venido ensangrentando el Oriente Medio desde la descomposición del Imperio turco tras la 1ª Guerra Mundial y el subsiguiente reparto colonial de la zona. Quizá el más relevante sea el que afecta al pueblo kurdo, olvidado en los tratados de paz que pusieron fin a la guerra, con los que se ahogaron implacablemente sus esperanzas de independencia.

 

Pero al problema kurdo se suman la ancestral hostilidad entre suníes y chiíes, las rivalidades entre los Estados de la región que pugnan por la hegemonía (Turquía, Irán, Arabia Saudí, Israel o Egipto, por citar los más relevantes) e incluso entre las facciones que dividen entre sí a estos grupos enfrentados: en el seno del pueblo kurdo hay tendencias opuestas, como sucede con los chiíes y los suníes.

 

Sin tener en cuenta el futuro desenlace de la guerra en Siria (si este llega a producirse en breve plazo), que también afectará al EI, y considerando solo a Irak, las perspectivas de paz son escasas, si no nulas. El amplio territorio del nordeste iraquí donde de halla la recuperada Mosul, alberga una población mayoritariamente kurda (que también se extiende sobre Siria, Irán y Turquía) cuyas ansias de independencia se van a ver exacerbadas tras la toma de Mosul, en la que también participaron las milicias kurdas apoyadas por EE.UU.

 

Un signo premonitorio de lo que puede ocurrir se observó el pasado mes de junio cuando el presidente de la región kurda de Irak, Masoud Barzani, anunció la celebración de un referéndum sobre la independencia del Kurdistán el próximo 25 de septiembre. Aunque sea solo de carácter indicativo y simbólico, ya que la misión de la ONU en Irak, que habría de respaldarlo, no le concede valor legal mientras el gobierno de Bagdad no lo apruebe, el anuncio ha levantado gran expectación y ha removido peligrosas brasas que solo esperaban algo parecido para estallar en un incendio. El referéndum no se celebrará solo en el territorio kurdo iraquí, sino que abarcará otras zonas de la región que, como consecuencia de la guerra contra el EI, han quedado bajo control de las milicias kurdas.

 

En Kirkuk, importante ciudad iraquí de la misma zona, se ha activado otra señal de alarma: su gobernador ha elegido la bandera kurda como oficial para la provincia, lo que ha provocado la protesta de las minorías árabe y turcomana. La mezcla del anunciado referéndum con un conflicto de banderas, en el seno de una población que aspira a la independencia, anuncia problemas de difícil resolución.

 

Un jefe militar kurdo que luchó en torno a Mosul, sobrino del presidente Barzani, afirmó hace algún tiempo: "Necesitamos dividir este país. ¿En qué nos beneficia la unión con Irak? No ha habido un solo día en los últimos cien años sin asesinatos de civiles. Es un matrimonio fracasado... Los límites de la región kurda están bien claros. Tras el referéndum de independencia, los que no quieran quedarse aquí pueden irse al bando de los terroristas".

 

Durante la guerra contra el EI las fuerzas kurdas han contribuido a una redistribución étnica, expulsando a la población árabe de algunas localidades conquistadas al EI y ocupándolas militarmente para evitar su regreso. Con esto se ahondan las raíces de un conflicto no muy distinto al de los palestinos expulsados de su tierra tras la creación del Estado de Israel.

 

Parece natural que EE.UU., principal causante de la inestabilidad en la región desde la irresponsable invasión de 2003, tenga algo que decir al respecto. El jefe de la DIA (Defense Intelligence Agency) ha declarado: "Si no se afronta [el problema de Kirkuk] se reavivará el conflicto entre las partes implicadas, lo que llevará a Irak a la guerra civil. La independencia kurda no es una cuestión sobre 'si' ocurrirá, sino sobre 'cuándo' ocurrirá".

 

No haría falta un referéndum para confirmar que los kurdos desean la independencia. Esto es cosa sabida. Pero el modo de realizarlo es el asunto más difícil. Lo más positivo para ellos sería plantear a Bagdad la totalidad del problema, llegar a un acuerdo sobre fronteras y repartición de recursos naturales (sobre todo, el petróleo) y evitar así un enfrentamiento armado con el ejército iraquí. Luego podría pactarse con el Gobierno un referéndum aprobado por Naciones Unidas. Pero el resplandor de la victoria suele cegar a los políticos más sensatos e inducirles a seguir dependiendo de la fuerza militar para alcanzar sus objetivos. En este caso, tanto el pueblo árabe iraquí como los kurdos serán probablemente las principales víctimas.

 

Publicado en República de las ideas el 13 de julio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/07/13 18:03:45.852650 GMT+2
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2017/07/06 18:08:54.973340 GMT+2

Sobre las solidaridades peligrosas

Mi comentario de la pasada semana sobre las ONG cuyos miembros se esfuerzan solidariamente por ayudar a los emigrantes y refugiados que en penosas condiciones atraviesan el Mediterráneo en busca de la soñada Europa, y sobre otras organizaciones, en su mayoría de ultraderecha, enfrentadas a aquéllas para defender una Europa que creen gravemente amenazada, me ha deparado varios correos de lectores, que merecen una respuesta pública y abierta.

Uno de los hilos del debate propiciado por el citado comentario conduce al concepto de "solidaridad", sobre el que no es fácil poner de acuerdo a los que sustentan distintas ideologías políticas. Creo encontrar un terreno de entendimiento mutuo, partiendo de la hipótesis de que las personas comunes -exceptuando héroes, santos o perturbados mentales- somos básicamente solidarios con lo que amamos. Solidaridad que puede inducir a arriesgar la propia vida para defenderlo. La otra cara de la misma hipótesis es que la puesta en práctica de ese tipo de solidaridad es una prueba indiscutible del amor.

Un inteligente lector me planteó lo que él llamaba un dilema: "¿Acaso he de compartir mi vida con otros ciudadanos de lugares remotos?, ¿acaso he de salvarlos en el embravecido Mediterráneo?, y entonces, si lo acepto, ¿qué va a ser de mi comodidad, de mi vida basada en el Capital [sic], qué va a ser de mis ingresos, de mi vida consumista, acomodada, placentera?, ¿acaso he de compartir mi vida con esta gente y para ello he de permitir que los rescaten, que anden por mi pueblo, por mi ciudad, o mejor será que apoye a todos aquellos grupos que promuevan el rechazo total a todos esos seres humanos desprotegidos?".

Avancemos, pues, un paso más en esta reflexión. Si la solidaridad es siempre una prueba de amor a algo, el problema aparece cuando ese "algo" solo existe en la mente de algunas personas; o dejó de existir al paso del tiempo, o es un deseo de por sí inalcanzable o una utopía producto de una mente iluminada.

Un ejemplo muy próximo: ¿Existe la España una, grande y libre que todavía algunos proclaman y por la que afirman que darían la vida o incluso matarían a sus enemigos? ¿O lo que en verdad existe es el pueblo español, heterogéneo; los españoles, distintos y variados, englobados en un Estado ni grande ni pequeño y dueños de una libertad limitada por circunstancias en las que apenas pueden influir? La solidaridad más altruista y generosa, aplicada por igual en ambos casos, conducirá a conductas opuestas y enfrentadas.

Una conclusión inmediata y ciertamente peligrosa es que la solidaridad mal encaminada no solo lleva a la antisolidaridad sino a la violencia. Hay que entender que también aman a Europa y se sienten solidarios con ella los que la creen en peligro de perder sus "esencias" básicas al ser invadida por los "enjambres de emigrantes" que a modo de fantasma blanden algunos políticos de la ultraderecha europea, contradiciendo los más evidentes datos demográficos.

Las ONG de salvamento y rescate se solidarizan con una realidad tangible: los miles de inmigrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo. Por el contrario, las organizaciones opuestas a aquéllas ponen en peligro las vidas de los seres hoy más desprotegidos del planeta: los que sobre una endeble goma hinchable se juegan la vida tras haber entregado sus ahorros a las mafias que se aprovechan de su desvalimiento. Obstaculizan los esfuerzos humanitarios que intentan salvar las vidas de otros seres humanos, contribuyendo a aumentar el número de ahogados y desaparecidos.

Su pretendida solidaridad con Europa se transforma en insolidaridad con la humanidad. Porque la Europa con la que ellos sueñan tampoco existe sino en su imaginación o en sus sueños enloquecidos, no muy distintos de aquella quimera de la Alemania eterna que llevó a Hitler y sus seguidores a las simas del horror.

Por el contrario, las personas que día tras día son rescatadas de las olas y transportadas vivas hasta tierra firme están ahí, son de carne y hueso como todos nosotros, son el objeto real capaz de recibir el apoyo y el calor de una solidaridad bien entendida.

Escribió el antropólogo Ashley Montagu: "Un factor necesario para la evolución humana fue la cooperación entre individuos; sin él, jamás hubiéramos evolucionado. Nuestra especie no hubiera alcanzado la humanidad". Contemplando la forma en que muchos de los más civilizados Estados afrontan la tragedia diaria de los pueblos en penoso éxodo por su supervivencia, habría que empezar a temer si esa evolución sobre la que escribía Montagu no habrá llegado a un punto de inflexión donde la humanidad estaría siendo desguazada por la creciente insolidaridad que se extiende por el mundo. Hagamos todo lo posible porque así no sea.

Publicado en República de las ideas el 6 de julio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/07/06 18:08:54.973340 GMT+2
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2017/06/29 19:00:37.503538 GMT+2

Las ONG y las anti-ONG se enfrentan en el Mediterráneo

Existe una ONG española, denominada Proactiva Open Arms (POA) y radicada en Badalona, de la que el arrojo y el altruismo de sus miembros para salvar vidas de emigrantes en el mar las cadenas de televisión han dado ya numerosas pruebas visuales, de modo que pocos serán los españoles que ignoren su existencia.

Sus participantes la identifican como una ONG "cuya principal misión es rescatar del mar a los refugiados que llegan a Europa huyendo de conflictos bélicos, persecución o pobreza", según se lee en su página web.

Sus primeras operaciones en la isla de Lesbos, en otoño de 2015, cuando a través del territorio turco afluían hacia Europa multitudes angustiadas y exhaustas tras un terrible éxodo a pie, la llevaron al primer plano de la actualidad, mientras realizaban audaces rescates a nado, sin apenas equipo alguno: "Sus socorristas, ante la falta de acción por parte de los Gobiernos, decidieron trasladarse a Lesbos. Con dinero de su bolsillo, sin más medios que sus brazos y unas aletas. Sin miedo, pero con una responsabilidad: la de no dejar que muriera más gente en el mar".

Poco a poco, gracias a las donaciones recibidas fueron adquiriendo medios de rescate a la vez que su teatro de operaciones se trasladaba al Mediterráneo central, donde la afluencia de refugiados se incrementaba día a día. Rutas más largas y peligrosas que las del mar Egeo y, en consecuencia, más emigrantes ahogados o desaparecidos.

El pasado mes de abril esta ONG recibió el premio estadounidense ALBA/Puffin al activismo en pro de los derechos humanos. Ha rescatado unos 37.000 emigrantes desde que se fundó. Su presidente, Óscar Camps, declaró: "Nuestro objetivo no es perpetuarnos como ONG sino estar ayudando a que la gente no muera en el mar y estimular a los Gobiernos para que cambien las políticas migratorias". Se trata, añadió, de que los emigrantes y refugiados "puedan pedir refugio sin necesidad de someterse a mafias asesinas. No tenemos más intención que esta".

Pero en evitar que ésta y otras ONG que también se dedican a tan humanitaria labor puedan perpetuarse se empeñan ya otras organizaciones europeas de ultraderecha, que están planeando y llevando a efecto campañas navales para entorpecer la actividad de los buques que acuden en ayuda de las frágiles embarcaciones que transportan emigrantes.

Varios movimientos denominados "identitarios", agrupados bajo un carácter común antimusulmán y xenófobo, en tres semanas han recolectado un notable apoyo financiero (unos 65.000 €). Gracias a eso, un grupo francés de ultraderecha efectuó hace dos semanas una misión de prueba para entorpecer las operaciones de búsqueda y rescate de un buque humanitario que zarpó de Catania y que fue obstaculizado hasta que pudo intervenir la Guardia Costera italiana.

Génération Identitaire proclama públicamente: "Estamos siendo invadidos masivamente y esto cambiará el rostro de nuestro continente. Perderemos nuestra seguridad y nuestro modo de vida; los europeos corremos el peligro de convertirnos en una minoría en nuestras propias patrias".
Para reclutar voluntarios anuncian: "Necesitamos una tripulación, armar un buque y hacernos a la mar en el Mediterráneo para perseguir a esos enemigos de Europa", como califican a las ONG de búsqueda y rescate.

Por su parte, estas últimas acusan a los Gobiernos de algunos países de suscitar tan violenta reacción, cuando notables políticos europeos hablan de la llegada de "enjambres de emigrantes" o se refieren al "efecto llamada" de las operaciones de las ONG, a las que tildan de "taxistas" de los emigrantes.

Parece inútil insistir en el hecho comprobado de que sin las ONG de rescate habría muchas más muertes (desde principios de 2017 se estiman en más de 1700, mientras 72.000 emigrantes han alcanzado Europa por mar), pero ni aún así se frenaría a los emigrantes, que no se arredran al afrontar las crueles penalidades que soportan para alcanzar la soñada Europa, incluyendo la alta probabilidad de morir en el empeño.

Respecto a la actuación de los grupos xenófobos de extrema derecha, el director de la ONG británica Hope not Hate (Esperanza, no odio) ha declarado: "Aunque es espantosa, lamentablemente no nos sorprende. El hecho de que esos activistas de extrema derecha traten de impedir las misiones humanitarias que ayudan a algunas de las personas más vulnerables que existen hoy en el mundo -mujeres y niños en peligro de ahogarse- habla claramente sobre su condición y su capacidad de compasión".

El peligroso auge de la ideología ultraderechista en nuestro continente extiende ya sus tentáculos asesinos hacia esas patéticas embarcaciones neumáticas en las que se juegan la vida unos seres humanos a los que la "cristiana" Europa parece que le cuesta reconocer como tales.

Publicado en República de las ideas el 29 de junio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/06/29 19:00:37.503538 GMT+2
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2017/06/22 18:13:55.942486 GMT+2

Se complica el embrollo sirio

En el prolongado conflicto oficialmente conocido como "Guerra civil de Siria" se han producido en dos días sendos acontecimientos que vienen a complicar aún más la ya complejísima situación en que derivó lo que a comienzos de 2011 parecía solo una rebelión interna contra el autocrático Gobierno de Damasco.

Durante estos años, la guerra dejó de ser "civil" para convertirse en "internacional", pues prácticamente todas las potencias mayores y menores, y sobre todo las más próximas geográficamente al teatro de la guerra, participan en ella de todos los modos posibles: desde la intervención militar directa hasta la financiación oculta de grupos terroristas.

Esta guerra, que ya tiene mayor duración que la Segunda Guerra Mundial, ha hecho de Siria un sangriento lugar de encuentro donde Estados de todo el mundo pugnan por promocionar sus intereses y extender su influencia.

Los dos acontecimientos antes citados, aunque apenas tendrían relieve en la ya larga historia de las operaciones que se vienen desarrollando sobre tierras sirias, sí son de relevante importancia por lo que significan en el aspecto geopolítico.

En primer lugar, el pasado domingo un cazabombardero estadounidense derribó a otro sirio al sur de Raqa (la autodenominada capital del Estado Islámico), aduciendo que había atacado a las fuerzas apoyadas por EE.UU. en su lucha contra el terrorismo. Por su parte, el Gobierno de Damasco consideró que el derribo de su avión era "un flagrante intento de perjudicar los esfuerzos del ejército sirio para combatir el terrorismo en su territorio, la única fuerza eficaz para conseguirlo, junto con sus aliados". He aquí un claro ejemplo de dos perspectivas opuestas sobre quiénes son los terroristas en Siria.

Asunto todavía más grave para Damasco, en cuanto que la agresión, según un portavoz oficial, "se ha producido cuando las fuerzas sirias estaban logrando importantes avances en su lucha contra el Estado Islámico", ya que habían recuperado territorio y varios yacimientos petrolíferos de la zona, que estuvieron tres años en poder del EI.

El Mando Central de EE.UU. (responsable de las operaciones militares en esta región del planeta) justificó el derribo del avión sirio porque tuvo lugar "para la defensa de la fuerzas aliadas de la Coalición", las llamadas Fuerzas Sirias Democráticas, contra las que lucha el Gobierno de Bagdad. Un resultado más de las enrevesadas alianzas producto del mosaico político-social sirio al que aludí en estas páginas el pasado 22 de septiembre.

Por su parte, el lunes siguiente al derribo del avión sirio, Rusia amenazó con interceptar cualquier aeronave que penetrase en su zona de operaciones en Siria. El ministerio ruso de Defensa declaró que EE.UU. no le avisó del ataque mediante el canal especial de comunicaciones establecido entre ambos ejércitos para estos efectos. El viceministro ruso de Defensa lo consideró como un acto de agresión y de apoyo al terrorismo.

El segundo hecho de relevancia se produjo el lunes siguiente: Irán disparó varios misiles de alcance medio contra posiciones ocupadas por el EI en territorio sirio, como represalia por el doble ataque terrorista que sufrió Teherán la semana anterior. Este hecho es muy sintomático, pues Irán no había utilizado este tipo de armas en el conflicto sirio.

El ataque no tuvo mucho éxito, al parecer, pues unos disparos quedaron cortos y cayeron sobre territorio iraquí y de los que alcanzaron Siria se desconocen todavía los efectos causados. Pero Teherán parece no haber olvidado la lección que EE.UU. dio al mundo cuando, tras sufrir los atentados del 11-S, se tomó la justicia por su mano y descargó todo el poder de sus armas sobre Afganistán primero y luego sobre Iraq, aunque los principales responsables fueron ciudadanos saudíes.

Es de sospechar que el principal objetivo del ataque iraní fue enviar un claro mensaje a Arabia Saudí y a EE.UU., las dos potencias que más han apoyado la rebelión contra El Asad. La división geopolítica en Oriente Medio según el vector, nominalmente religioso pero básicamente político, sunismo-chiísmo sigue siendo uno de los factores que más dificultan la comprensión de este embrollo.

Ahora, en territorio sirio, los grupos suníes apoyados, financiados e instruidos por EE.UU. ocupan la zona central de la frontera entre Siria e Irak, y son el objetivo a batir por Irán, que apoya a los grupos chiíes. Por último, el hecho de que el EI, grupo terrorista suní, ataque a los chiíes respaldados por Irán es la guinda de este enrevesado pastel. Todo ello sin olvidar dirigir el anteojo de observación hacia la Casa Blanca, donde Trump ha iniciado una extraña y peligrosa luna de miel con el régimen saudí, régimen cuyas primeras grietas internas anuncian una peligrosa desestabilización.

Publicado en República de las ideas el 22 de junio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/06/22 18:13:55.942486 GMT+2
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2017/06/14 19:22:52.492184 GMT+2

La obsesión otánica por el 2%

La visita que el pasado 25 de mayo efectuó Trump a la OTAN era esperada en Bruselas con una mezcla de temor y de obligada sumisión. El presidente del abrumadoramente principal socio de la Alianza Atlántica insistió en que la solidez y la fidelidad al "todos para cada uno y cada uno por los demás" dependía de la aportación financiera de los aliados, sobre la que él opina que EE.UU. debería pagar menos y los otros miembros deberían aumentar su colaboración, invirtiendo en gastos de defensa la mítica cifra del 2% del producto interior bruto de cada Estado.

Obedientemente, los dirigentes nacionales asintieron a lo que sugería "el jefe de todo esto" y aceptaron adaptar sus planes a lo exigido en el Defense Investment Pledge (Compromiso de inversión en defensa) y a informar anualmente de sus progresos en este sentido, de modo que a fines del presente año, como dóciles alumnos, deberán presentar los primeros deberes bien hechos ante la suprema autoridad otánica.

El propósito final es que para 2024 los Estados cuya participación no llega al 2% del PIB la alcancen y los que la superan (Estados Unidos, Estonia, Grecia, Polonia y Reino Unido) la mantengan. Un repaso a la historia reciente de la OTAN permite anticipar un nuevo batacazo en tan trillado camino.

Desde varios países miembros se elevaron protestas bien fundadas sobre la irracionalidad de este ya famoso "Dos por ciento", la cifra mítica que obsesiona a algunos ministros de Defensa de la Alianza y les hace sentirse como estudiantes que no han aprobado el examen final.

¿Es un buen indicador de la participación en el esfuerzo de la defensa colectiva un simple índice financiero que solo se relaciona con la producción económica de un país? ¿Es su exacto cumplimiento indicador fiel de una participación equilibrada en lo que consiste la defensa colectiva contra las amenazas reales que se supone ha de enfrentar la Alianza?

Esa rígida cifra del 2% ignora el hecho de que la economía de los países puede sufrir forzosos altibajos que la hacen perder su valor de referencia. Un caso paradigmático es el de Grecia, donde se alcanzó con facilidad porque, como se sabe de sobra, su economía padeció una crisis casi terminal.

Incita también a la práctica de fraudulentas operaciones de ingeniería financiera para disimular su incumplimiento. Ignora, además, en qué recursos específicos se invierte: no es lo mismo contribuir, por ejemplo, a la defensa cibernética que a la cooperación en el desarrollo de satélites de observación. Y lo que es aún peor: prescinde por completo de las percepciones sobre la amenaza que pueden ser -y, de hecho, son- muy distintas en los diversos aliados. Entre un ciudadano de la península ibérica y uno de las repúblicas bálticas es casi imposible compartir el concepto de cuál es la amenaza más peligrosa.

La visita de Trump al cuartel general otánico no solo ha dejado un mal regusto económico, propio de un agresivo tiburón financiero educado en las luchas por la propiedad inmobiliaria. Sigue pendiendo sobre la cabeza de la OTAN la espada de las opiniones expresadas por Trump sobre la Alianza: primero la tachó de obsoleta, aunque de la noche a la mañana cambió de parecer; luego sembró la duda de que si el esfuerzo financiero de EE.UU. le parecía injusto y desproporcionado, los socios de la OTAN no podían estar seguros de que EE.UU. respondiera a lo exigido en el artículo 5 del Tratado fundacional, el corazón de la defensa compartida, el de "todos para cada uno...".

Dicen algunas malas lenguas que Trump apenas aguanta más de unos pocos minutos escuchando a sus asesores. Para él lo más sencillo es reducir la cuestión de la OTAN al pago o no del 2% del PIB. No parece entender que la defensa no es solo un problema de gastos militares. Algunos socios de la OTAN consumen gran parte de éstos según su propia idea de la defensa, como sucede con EE.UU. y, a menor escala, en Reino Unido y Francia; otros, por el contrario, los dedican enteramente a las necesidades de la OTAN, a la que tienen asignada la mayor parte de sus recursos militares.

Si EE.UU. amenaza con distanciarse de sus aliados europeos, básicamente por una cuestión de imagen basada en las aportaciones respectivas a la defensa común, parecería ya llegada la hora en la que Europa cobrara conciencia de su necesaria autonomía estratégica y se replanteara desde cero una defensa colectiva racional que definiera con claridad las amenazas y conjuntamente adoptara una política de defensa que no dependiera de los caprichos a escala mundial del nuevo emperador de Washington. Siempre que previamente se aceptaran unas bases comunes, como la inutilidad de la OTAN en la guerra contra el terrorismo y la idea básica de que una defensa común necesita una coherencia entre todos los participantes, lo que ahora está muy lejos de existir.

Trump, con sus exigencias, quizá nos haya hecho un favor a los europeos: nos ha forzado a repensar en qué consiste la defensa de nuestro continente y a eliminar tantos viejos conceptos caducados, asumidos como axiomas. Si así fuese, ¡gracias, presidente!

Publicado en República de las ideas el 15 de junio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/06/14 19:22:52.492184 GMT+2
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