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2017/10/19 18:21:2.422626 GMT+2

Unamuno frente a Trump

Un 12 de octubre de 1936 (fecha que por entonces se conocía como la Fiesta de la Raza) mi paisano, el bilbaíno Miguel de Unamuno, presidía la inauguración del curso académico en la Universidad de Salamanca. Por entonces, la rebelión militar iniciada en julio se había convertido en la Guerra Civil española y Salamanca era la capital de los sublevados.

En agosto del mismo año, el Gobierno de la República le había destituido como rector vitalicio de la citada Universidad por no haber "respondido en el momento presente a la lealtad a quien estaba obligado, sumándose de modo público a la facción en armas". De hecho, Unamuno, desengañado de la República, creyó ver en la sublevación un intento de regenerar España y se adhirió a ella. Poco le duró el deslumbramiento.

El general Millán Astray, que con la esposa del general Franco y otras autoridades locales asistía a la ceremonia, la interrumpió al grito de "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!", coreado con entusiasmo por el público entre otros alaridos patrióticos al uso en aquella época.

El cabalmente llamado "vasco universal" no se arredró ante el estallido del exaltado griterío y se irguió para terminar su discurso con estas palabras: "Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho". Aislado, solo y bajo arresto domiciliario, el autor de Niebla y de Paz en la guerra falleció en Salamanca el último día de 1936.

Otro profesor, novelista y poeta, tenaz defensor de los derechos humanos y a su modo también "americano universal" (pues es ciudadano chileno, estadounidense y argentino), Ariel Dorfman, ha aludido al incidente salmantino de Unamuno en su último artículo en The New York Review (12-10-2017), donde escribe sobre la guerra que Trump ha declarado al conocimiento (Trump's War on Knowledge).

Trump, al modo de Millán Astray, también ha declarado la guerra a la inteligencia, y las palabras del fundador de La Legión las utiliza el autor de La muerte y la doncella para advertir que tan absurda y estúpida proclama hubiera sido objeto de mofa si no hubiera resonado en una Europa donde los nazis quemaban bibliotecas y, con sus aliados, los fascistas italianos, forzaban al exilio a tantos artistas, científicos y escritores de renombre.

Explica así la relación entre ambos casos: "Me siento obligado a evocar las palabras que Millán Astray pronunció hace ochenta y un años en Salamanca, porque creo que han alcanzado una extraña relevancia hoy en [EE.UU. ...] donde todavía se afronta un asalto al discurso racional, al conocimiento científico y a la verdad objetiva. Y esta guerra a la inteligencia, a pesar de las edulcoradas beaterías de los que la ejecutan, va a causar muchas muertes".

Dorfman reconoce que siempre ha existido una preocupante tendencia antiintelectual en EE.UU., pero opina que nunca un ocupante de la Casa Blanca había mostrado una combinación tan tóxica de ignorancia y mendacidad, tanta falta de curiosidad intelectual y tanto menosprecio por el análisis riguroso.

Es cierto que el odio a la actividad intelectual no es exclusivo de la extrema derecha, como muestran los campos de exterminio de Pol Pot o los guardias rojos de Mao Zedong. Pero el poder y la influencia del Gobierno de EE.UU. pueden causar efectos aún más destructivos.

Trump declaró durante la campaña electoral: "Los expertos son terribles. Mirad el embrollo en el que estamos por esos expertos que tenemos". Y a continuación empezaron los recortes en institutos de investigación de todos los ámbitos y los nombramientos de cargos sin tener en cuenta sus méritos profesionales. Dorfman piensa que la salud de muchos millones de ciudadanos sufrirá por la supresión de los controles de la contaminación de la atmósfera y las aguas.

La amenaza de Trump de "destruir totalmente" a Corea del Norte soslaya las Convenciones de Ginebra, las conclusiones del tribunal de Nuremberg y la Carta de Naciones Unidas. Indigna a Dorfman que tan culpable estupidez, producto de su supina ignorancia, no haya rebelado ya a sus conciudadanos.

A modo de conclusión, el autor resume la frase del intelectual bilbaíno: "Venceréis pero no convenceréis". Recuerda que, tras esas palabras, probablemente hubiera sido atacado por los matones fascistas si la esposa de Franco no lo hubiera acompañado en la salida. Cree que hoy, sin temor a una violencia inmediata, hay que adoptar las palabras de Unamuno y creer que la inteligencia, que ha permitido a la humanidad extraordinarios avances médicos, científicos y culturales, nos seguirá salvando. La ciencia y la razón demostrarán que no se puede vencer fácilmente a la verdad. Concluye así: "A los que repudian la inteligencia hemos de decirles que no nos vencerán y nosotros encontraremos la forma de convencerles".

Publicado en República de las ideas el 19 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/19 18:21:2.422626 GMT+2
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2017/10/13 07:47:0.398330 GMT+2

Las armas siguen matando en EE.UU.

Tras el sangriento tiroteo del pasado 1 de octubre en Las Vegas (Nevada, EE.UU.), donde un solo individuo armado causó más de medio centenar de víctimas mortales y más de medio millar de heridos entre el público que asistía a un festival musical, el eterno debate sobre el derecho a usar armas personales vuelve a cobrar vigencia en ese país.

Los asesinatos masivos reclaman la atención de los medios de comunicación y, por tanto, reavivan el interés del público. Sin embargo, no constituyen la esencia del problema que plantea el uso privado de las armas de fuego porque, según datos del FBI, de las más de 325.000 personas que perecieron a tiros entre 1983 y 2012, solo 547 lo hicieron en tiroteos múltiples que produjeron cuatro o más víctimas.

Los letales resultados de las laxas legislaciones sobre el uso de armas en la mayoría de los Estados de EE.UU. no son tanto los asesinatos múltiples sino los frecuentes -y, en algunos lugares, habituales- tiroteos de reducido ámbito. Solo en Chicago han muerto ya a balazos 1650 personas en la primera mitad de 2017.

Las armas de fuego personales no son solo un instrumento común en rivalidades de bandas callejeras, ajustes de cuentas o asesinatos masivos. En 2013, de las casi 40.000 personas que murieron de un disparo, las dos terceras partes se suicidaron. La proliferación de armas ligeras al alcance de cualquiera que desee poseerlas las convierten en un medio fácil para los que quieren poner fin a su vida.

Entre los diversos comentarios que los medios de comunicación de EE.UU. han publicado en relación con esa última matanza se advierte que entre la población blanca no es extraña la idea de que solo se alcanzará la paz urbana "cuando haya más personas buenas que malas portando armas". Expresión que hace ya muchos años pude escuchar de modo habitual en varias familias de Texas, respetables y religiosas.

Las armas nos hacen libres, es el argumento básico de la National Rifle Association (NRA), una organización con cinco millones de asociados de pago y a la que muchos otros millones de estadounidenses siguen y apoyan fielmente. Su influencia política se extiende a todos los niveles, porque sostiene a los candidatos locales, estatales o federales que son favorables a sus planteamientos, a la vez que desencadena campañas de hostigamiento contra los partidarios de endurecer el control de las armas privadas.

Pero las armas no hacen libres a los ciudadanos de EE.UU. Como expone Firmin DeBrabender en su libro Do Guns Make Us Free? (¿Nos hacen libres las armas?), las armas hacen insegura y temerosa a la población e incapaz de implicarse en una discusión pública y colectiva en pro del bien común: "Las armas no nos liberan del miedo. Son un síntoma del dominio del miedo sobre la sociedad". Y la desaparición de un espacio para debatirlo es una amenaza a la democracia.

Sin embargo, el autor se ve obligado a reconocer que la NRA no ha alcanzado el lugar preponderante que ocupa en la sociedad estadounidense porque sus miembros armados representen una amenaza para el pueblo, sino porque recurre a los métodos habituales de la democracia: debate, diálogo, grupos de presión y campañas electorales. Es un enemigo difícil de batir por los grupos y asociaciones que pugnan por que EE.UU. intente imitar a la mayoría de los países europeos en la legislación para control y tenencia privada de armas de fuego.

La industria del armamento es también otro rival duro de roer, como lo es una cultura nacional bien arraigada, que contribuye a que los ciudadanos deseen poseer armas por muy variadas razones. La protección personal contra peligros reales o supuestos es la más decisiva, sancionada incluso por la Corte Suprema.

Todo parece indicar que la situación actual se mantendrá largo tiempo porque las armas son un componente arraigado en la cultura nacional, con el que la NRA sintoniza con habilidad, exagerando las amenazas y promoviendo el apoyo formalmente democrático a su ideología. Es de temer que las armas de fuego seguirán matando ciudadanos de EE.UU. a menos que algún factor, hoy impredecible, llegara a inducir una revolución cultural que no pasa de ser un sueño.

Publicado en República de las ideas el 12 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/13 07:47:0.398330 GMT+2
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2017/10/05 18:48:55.185888 GMT+2

Entre Arabia Saudí y la Sección Femenina

El rey Salman de Arabia Saudí ha derogado la prohibición de conducir automóviles impuesta a las mujeres de su país, el único Estado del mundo que tan drásticamente ha venido limitando los derechos más elementales de la mitad de su población.

Todo parece indicar que esta innovación, que tendrá efecto a partir de junio de 2018, obedece a la campaña de modernización que pretende llevar a cabo el príncipe heredero Mohamed bin Salman para impulsar una economía renqueante, basada en la exportación de productos petrolíferos, y para hacer frente a las críticas que desde el extranjero se hacen a la medieval y teocrática monarquía saudí.

Esto no indica, ni mucho menos, que las mujeres saudíes irrumpan en un mundo de libertades, al que, por otra parte, una opresiva tradición y una tiránica educación social y familiar les dificultará y lentificará el acceso.

Seguirán estando sometidas al sistema de guardianes masculinos. Ninguna mujer puede tomar por sí misma ciertas decisiones, como el matrimonio, ni solicitar un pasaporte, viajar libremente, acudir a tratamientos médicos o buscar un empleo. Para todo eso necesitan la aprobación de un varón de la familia o legalmente designado. Sin embargo, estarán dispensadas de este requisito para obtener el permiso de conducir y para utilizar su propio automóvil. En circunstancias muy especiales y concretas, algunas mujeres pueden recurrir a los servicios asistenciales, sanitarios o educativos sin el permiso del guardián masculino.

Ser capaces de conducir un automóvil por sí mismas tampoco las salva de que, ante los tribunales de justicia, su testimonio valga exactamente la mitad que el de cualquier hombre, aunque ya no necesitarán la presencia del guardián familiar para identificarse ante el juez. Tampoco las liberará de los estrictos códigos de vestimenta ni de la segregación por sexos en restaurantes y otras actividades de ocio, donde no pueden convivir hombres y mujeres no emparentados.

Las repercusiones de esta decisión real pueden ser bastante importantes. Para empezar, la numerosa mano de obra procedente de Filipinas y otros países asiáticos, que como chóferes cubre las necesidades de transporte de todas las mujeres, se encontrará en el paro en cuanto la nueva legislación entre en vigor. Cesará el envío de dinero a sus familias, con lo que mejorará la balanza de pagos saudí en detrimento de las de sus países de origen, que hasta hoy recibían una sustancial aportación en divisas. Muchos emigrados regresarán y el desempleo se agravará en ellos.

Por otro lado, las familias saudíes experimentarán un aumento del poder adquisitivo al prescindir del sueldo del conductor asignado a las mujeres aunque éstas no trabajen, lo que mejorará sobre todo a las familias con ingresos medios o bajos.

De modo global, y a más largo plazo, la mayor movilidad de las mujeres dará un nuevo impulso a la economía del país, pues éstas se incorporarán a la fuerza de trabajo de forma creciente. Muchas de las que hubieran buscado empleo en el pequeño comercio no podían acceder a sus puestos de trabajo por la necesidad de pagar el transporte. Otros obstáculos menos perceptibles pueden frenar, no obstante, el deseado aumento de la actividad económica: muchas mujeres se resisten a viajar solas en el metro y a moverse por la calle sin su guardián masculino, por falta de costumbre y por la presión de los grupos religiosos.

No se rasgue el lector las vestiduras, indignado por la humillante sumisión femenina en el mundo islámico. Durante los años 40 y 50 del pasado siglo, la llamada "Sección Femenina", dirigida por la inolvidable Pilar Primo de Rivera, estableció y difundió las reglas de la "mujer ideal" para las españolas. Entre ellas figuraban este axioma: "Las mujeres nunca descubren nada, les falta el talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles".

Por si esto no revelase con claridad la exigencia de una honda sumisión intelectual de la mujer, se añadía otra definición contundente del carácter femenino: "La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ellas quieran simular -o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse". ¿Puede expresarse con mayor claridad? Pues esto no venía impuesto por el islam sino por la ideología que habría de configurar la entonces llamada "nueva España".

Quizá para añadir un toque de modernismo, se incluía un consejo para la sexualidad matrimonial: Si el marido "sugiere la unión, accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente...".

Es de desear que el mundo femenino saudí sea capaz de recorrer el mismo camino que llevó a las mujeres españolas desde la sombra de la Falange y su Sección Femenina hasta la luz de la democracia y los derechos humanos.

Publicado en República de las ideas el 5 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/05 18:48:55.185888 GMT+2
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2017/09/27 18:09:13.705563 GMT+2

De naciones, referéndums e intereses encontrados

Hace un par de semanas en estas mismas páginas digitales contaba Luis Racionero lo siguiente: "[He] escrito un ensayo sobre el tema: 'Concordia [o] Discordia' para analizar que las naciones no son tan definitivas como parecía ni las regiones tan transitorias. La región no pierde su personalidad al unirse a un [Estado] nacional. Cambiemos de escala y tendremos una pauta de lo que sucederá con el Mercado Común europeo [Unión Europea]. Si Europa se unifica, tendremos en el siglo XXI una reproducción a mayor escala de lo que sucedió en España o Francia en el siglo XVI: un conjunto de nacionalidades con personalidad propia se asocian en un todo más amplio para promover sus intereses. Si Cataluña, Euskadi, Galicia o Baleares han conservado su identidad al unirse en España, ésta, Francia, Italia e Inglaterra conservarán su personalidad al unirse en Europa. Por lo mismo, quien considere como deseable la conservación de la identidad de España, Francia, Italia, Inglaterra dentro de Europa, debe por la lógica del argumento considerar igualmente deseable la conservación diferenciada de Cataluña, Euskadi, Baleares o Galicia".

Esta perspectiva histórica sobre la identidad (o personalidad) regional, la nación multirregional, el Estado multinacional y la entidad multiestatal (Europa) -utilizando el vocabulario del autor- es lo que se viene echando en falta en la ya larga pugna, que estos días se ha convertido en un nuevo y peligroso enfrentamiento entre españoles, dentro de lo que, históricamente también, se dio en llamar "el problema catalán", aunque realmente se trata de un "problema español" de secular duración.

Los ásperos forcejeos -por ahora, solo verbales- relacionados con urnas, papeletas, policías, detenciones, banderas, lenguas, autoridades, responsabilidades, etc., que tanto están agitando el panorama político español (hasta el punto de que en algunas ciudades se ha vitoreado a las fuerzas de seguridad que partían hacia Cataluña, ondeando banderas españolas y al grito de ¡A por ellos!) nos han hecho perder la perspectiva histórica necesaria para reflexionar sobre el mejor modo de resolver este conflicto.

La dualidad definitivo-transitorio a la que Racionero alude es la clave para valorar el problema sin dejarse arrastrar por apasionados arrebatos. No es necesario ser un profesional de la Historia para comprobar, como afirma Racionero, que "las naciones no son definitivas" ni "las regiones son transitorias". Y aún más: el Estado-nación es una solución política temporal, que ha funcionado bien durante una época pero cuya supervivencia no solo es imposible garantizar sino que es necesario prever que irá siendo sustituido por nuevas fórmulas. Debiera ser preocupación de la clase política anticipar ese futuro para mejor abordarlo en beneficio de los ciudadanos. No parece que ocurra así.

Precisamente estos días observamos cómo Irak, creación artificial de los vencedores de la 1ª Guerra Mundial, puede desaparecer como Estado en unos años, mientras que el pueblo kurdo, desmembrado entre varios Estados y olvidado por las mismas potencias que los crearon, ha mantenido su identidad bajo dominio iraquí, iraní, turco o sirio.

¿Resolverá el "problema kurdo" el recién celebrado referéndum? Probablemente no, porque en torno a él se están articulando fuerzas ajenas que buscan el interés propio en la prevista e inaplazable remodelación geopolítica del Oriente Medio que ese referéndum anuncia. La independencia del pueblo kurdo queda supeditada en la práctica a lo que se decida, no solo en Irbil, la capital de la región autónoma kurda de Irak, sino también en Bagdad, Teherán, Damasco, Ankara, Tel Aviv o Washington, por citar solo los Estados más directamente afectados.

Los intereses hostiles a este referéndum hicieron pronto su aparición: los ejércitos iraquí y turco efectuaron maniobras en la frontera; el presidente turco amenazó con "cerrar el grifo" que exporta el petróleo kurdo; el primer ministro iraquí sugirió recurrir a los cuerpos de seguridad para "proteger a los ciudadanos"; la Casa Blanca, agradecida a los esfuerzos kurdos para combatir al Estado Islámico, mostró su deseo de que Irak siga unido para contener a Irán; Irán amenazó con prohibir los vuelos hacia territorio kurdo y consideró el referéndum kurdo como "una traición" a los kurdos iraníes.

La creciente presión llevó a Masud Barzani, el líder de la independencia kurda, a declarar: "El referéndum no significa que la independencia ocurrirá mañana, ni que vayamos a trazar nuevas fronteras. Si triunfa el 'Sí' resolveremos este conflicto pacíficamente con el Gobierno de Bagdad".

¿Le suena al lector todo esto? Aunque las circunstancias del pueblo kurdo sean muy distintas a las de la autonomía catalana, e incluso opuestas en muchos aspectos, ¿puede asegurarse que no hay relación alguna entre el anunciado e improbable referéndum catalán y el celebrado referéndum kurdo? ¿Es que la Historia no tiene algo que decir en ambos casos? ¡Claro que sí! Su respuesta a través de los siglos es muy clara: Diálogo, negociación, entendimiento, esfuerzo por hallar y aprovechar los puntos de concordia.

Publicado en República de las ideas el 28 de septiembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/09/27 18:09:13.705563 GMT+2
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2017/09/21 18:31:57.132612 GMT+2

La guerra y la democracia

Como hace poco recordaba en TomDispatch.com (12/09/2017) el coronel retirado de la Fuerza Aérea de EE.UU. y profesor universitario de Historia William J. Astore, la totalidad del planeta es hoy un simple campo de operaciones o de entrenamiento para las fuerzas armadas de EE.UU.

Una vez desaparecida en 1991 la bipolaridad geopolítica que había mantenido al mundo en un peligroso equilibrio armado, y concluida de ese modo la rivalidad absoluta que mantenían entre sí EE.UU. y la URSS, la "estructura imperial" que había construido Washington para enfrentarse a la expansión del mundo comunista no se redujo para readaptarse a la nueva situación sino que, por el contrario, se ha ido extendiendo y fortaleciendo sin interrupción hasta hoy.

Unas 800 bases militares estadounidenses de todo tipo (desde enormes complejos aeronavales hasta secretas estaciones de vigilancia electrónica) rodean el globo terrestre mientras las sutiles fuerzas de operaciones especiales (los "comandos" o "boinas verdes") operan discretamente en más de 130 países durante un solo año.

Astore escribe que "ni siquiera el mundo es suficiente para el Pentágono, pues no solo desea dominar la tierra, el mar y el aire, sino también el espacio exterior, el ciberespacio y hasta el 'espacio interior', si se tienen en cuenta las 17 agencias de inteligencia informativa que recopilan datos en todo el planeta con un coste anual de 80.000 millones de dólares".

La conclusión que Astore extrae de todo lo anterior es contundente: "Las tropas de EE.UU. están en todas partes y no triunfan en ninguna". A pesar de los grandes avances tecnológicos, poco han cambiado desde los tiempos de Vietnam: el abrumador uso de un enorme poder de fuego (como la gigantesca bomba que Trump lanzó en abril sobre un pequeño grupo de yihadistas en Afganistán) contra enemigos dispersos y escurridizos no llevó a la victoria en Saigón a pesar del napalm y los bombardeos "en alfombra", como tampoco ha ocurrido en Irak ni en Afganistán.

La descomunal potencia de fuego habitual en las fuerzas armadas de EE.UU. tiene como objetivo principal, en teoría, ahorrar vidas de soldados. Soldados propios, naturalmente, porque el otro procedimiento para lograr lo mismo, es decir, el recurrir a los ejércitos locales, entrenándolos y suministrándoles armas y equipo, resultó tan inútil en las selvas vietnamitas como lo está siendo en las tierras mesopotámicas.

Pero ahora las circunstancias son otras. Ya no es solo EE.UU. el actor, único y exclusivo, que "al operar crea nuevas realidades" a las que el mundo ha de adaptarse por fuerza, como en 2002 aseguró Karl Rove, destacado asesor del presidente Bush. Otras potencias también lo empiezan a hacer a su modo y de forma más ostensible, como China y Rusia.

El analista internacional Mariano Aguirre se refiere a lo anterior en su último libro ("Salto al vacío", Icaria 2017), cuyo subtítulo es muy significativo: "Crisis y declive de EE.UU.". Aguirre afirma que en el actual escenario internacional "el mayor peligro es que EE.UU. se lance a acciones militares sin tener estrategias para cada situación, volviendo a su inercia tradicional de usar la fuerza sin medir la consecuencias".

En esas estamos, con un presidente de EE.UU. cuya inexperiencia política y propensión a los métodos expeditivos para resolver problemas complejos, unidas a su admiración por lo militar, parecen estar sembrando de minas el vasto territorio geopolítico que hoy preocupa a la humanidad. Desde el Báltico al Pacífico aumentan los puntos de conflicto.

Acertaba de lleno en un reciente artículo (El País, 15/09/17) el periodista Carlos Yárnoz al asegurar que "Rusia tiene motivos para sentirse amenazada" por el continuo avance territorial de la OTAN (que en este caso estimo que está actuando como un peón de la política militar de EE.UU.) hacia sus fronteras, de modo que los Estados-tampón que durante la Guerra Fría se interponían entre ambos bloques han desaparecido y hoy una simple alambrada separa a los que todavía pueden considerarse bloques antagonistas.

Destaco como conclusión de este breve análisis una frase, citada por Astore, de James Madison, uno de los padres de la Constitución de EE.UU. y 4º Presidente del país: "Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de una guerra continua". La guerra prolongada supone el fin de la democracia, esa "especie amenazada" aunque todavía no en "peligro de extinción", contra la que hoy en todo el mundo se alzan violentas tendencias autoritarias, teocráticas, xenófobas, neonazis y fascistas que parecían relegadas al desván de la Historia. La experiencia más reciente ha mostrado de sobra que mediante la guerra no se puede imponer la democracia; añadamos a esto el hecho comprobado de que la guerra, suficientemente prolongada, es además su enemigo mortal.

Publicado en República de las ideas el 21 de septiembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/09/21 18:31:57.132612 GMT+2
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2017/09/14 18:30:16.772819 GMT+2

Se agrava la carrera nuclear

La 9ª Conferencia en la cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se celebró en la ciudad china de Xiamen entre los días 3 y 5 de septiembre pasado, con la presencia de los cinco jefes de Estado o de Gobierno de los citados países.

En su alocución de despedida, el presidente Putin señaló una vez más que el rearme nuclear de Corea del Norte es consecuencia de las intervenciones extranjeras que hubieron de padecer Iraq y Libia, con el resultado final de la muerte violenta de sus respectivos dirigentes -Sadam Husein y Muammar el Gadafi-, intervenciones que se basaron en motivos oscuros cuando no falsos. Los resultados obtenidos a largo plazo en ambos países no han podido ser más desastrosos, pues los han llevado a convertirse en Estados fallidos y soportes del terrorismo, por lo que hoy resulta imposible alegar razón alguna que las justifique.

En su opinión, el principal problema de los dirigentes de Corea del Norte es que se sienten inseguros, aislados y probables víctimas del eterno y mítico enemigo estadounidense. Están convencidos de que solo las armas nucleares pueden garantizar su supervivencia como tales. Putin cree que "[los norcoreanos] comerán hierba pero no interrumpirán su programa nuclear mientras no se sientan seguros". El mandatario ruso considera que aumentar la histeria militar no tiene sentido en estas circunstancias pues solo conduce a un punto muerto. En su discurso insistió en que una escalada de la crisis coreana podría llevar a una catástrofe planetaria y una enorme mortalidad.

Entre los dirigentes rusos es opinión extendida que los problemas de la región solo se arreglarán mediante el diálogo directo entre todas las partes implicadas, sin condiciones previas y suprimiendo las provocaciones, presiones y retóricas militaristas por ambas partes.

Las bravatas cruzadas entre Corea del Norte y Estados Unidos (más en las locuaces bocas de ambos dirigentes que en niveles más bajos de sus respectivos Gobiernos) no deberían engañar ni alarmar a la opinión pública.

El embajador coreano ante la ONU rechazó de plano la amenaza de nuevas sanciones económicas contra su país anunciando que "harán que EE.UU. sufra el mayor dolor que jamás ha experimentado en su historia", como respuesta a las truculentas amenazas de Trump contra el régimen de Pionyang.

Pero tanto Rusia como China, que mantienen vínculos más estrechos que EE.UU. con Corea del Norte, se esfuerzan por hacer llegar a Trump su convencimiento de que esta cuestión no puede abordarse solo desde un punto de vista militar, sin correr el peligro de incendiar hasta extremos imprevisibles la situación geopolítica de Asia Oriental.

La opción estratégica de Pionyang, basada en que solo las armas nucleares pueden garantizar su supervivencia como Estado independiente, pudiera extenderse en el futuro, a modo de eco o respuesta, a otros dos países de esta zona cuya nuclearización podría completarse en unos pocos meses: Corea del Sur y Japón.

De ser así, el peligroso resultado sería desmantelar de modo irracional el Tratado de No Proliferación Nuclear que, aunque malparado y poco respetado incluso por las potencias nominalmente nucleares, ha venido sirviendo como referencia de un futuro más esperanzador para la humanidad. Exige a los países oficialmente incluidos en el club nuclear el desarme progresivo, a la vez que prohíbe a los demás dotarse de estas armas.

Puesto que ni EE.UU., China o Rusia (tampoco el RU) han cumplido su parte, al seguir perfeccionando sus respectivos arsenales nucleares en vez de reducirlos, ¿con qué fuerza moral podrán impedir que los países no nucleares violen también el Tratado y desarrollen sus programas nucleares?

Si no se frena esta tendencia, el negativo resultado para toda la humanidad será una nueva carrera de armas nucleares que a nada bueno va a conducir.

Publicado en República de las ideas el 14 de septiembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/09/14 18:30:16.772819 GMT+2
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2017/09/08 08:36:23.355593 GMT+2

Trump se militariza

Un trío de generales forma, junto con los familiares más inmediatos de Trump, el núcleo restringido que convive, asesora y estoicamente soporta las imprevisibles opiniones y decisiones del nuevo emperador. Han resistido incólumes las recientes destituciones que han afectado a algunos de los cargos más relevantes en el Gobierno de EE.UU.

No crea el lector que son generales que han obtenido brillantes triunfos al mando de sus tropas, siguiendo la estela de Eisenhower, el victorioso triunfador sobre la Alemania nazi que alcanzó la presidencia de EE.UU. En este caso, los éxitos militares no han sido el camino que les ha llevado a codearse con el poder, ocupar puestos críticos en la nueva Administración y ejercer una poderosa influencia personal sobre el Presidente.

Más bien ha sido al revés. Son generales como los que fueron aludidos por Trump durante la campaña electoral de este modo: "Durante el mandato de Barack Obama y Hillary Clinton, los generales han sido reducidos a escombros [sic], reducidos hasta un punto que resulta vergonzoso para nuestro país". Fue una muestra de su incorregible locuacidad, incapaz de prever que esos mismos serían "sus generales", a los que tendría que recurrir para llenar sus peligrosos vacíos intelectuales en política de defensa y relaciones internacionales.

En mayo de 2016, la euforia triunfalista de Trump alcanzó límites inconcebibles ante una audiencia rendida: "Vamos a ganar. Vamos a ganar tanto... Vamos a ganar en el comercio, vamos a ganar en la frontera. Vamos a ganar tanto que estaréis enfermos y cansados de ganar; vendréis a mí diciendo: 'Por favor, Presidente, no podemos ganar más. Es demasiado. No es justo para los demás'. Y yo responderé: 'Lo siento, pero vamos a seguir ganando y ganando, volviendo a hacer a América grande de nuevo'".

Para ganar de ese modo, Trump eligió a tres generales estrechamente vinculados con las más recientes derrotas militares de EE.UU. Designó al teniente general H.R. McMaster como Consejero de Seguridad Nacional. Fue conocido por haber conquistado, como coronel al frente de su regimiento de caballería acorazada, la ciudad iraquí de Tel Afar en 2005 e inaugurar las tácticas de contrainsurgencia que tan nefastas han resultado al paso de los años. Tel Afar, como otras victorias militares estadounidenses, duró poco tiempo en poder del gobierno de Bagdad y fue una de las primeras ciudades que cayó en manos del Estado Islámico. Durante el mandato de Obama, McMaster fue encargado de dirigir una misión político-militar para "arrancar de raíz la rampante corrupción que corroía el Gobierno de Kabul", respaldado por EE.UU., que fracasó rotundamente porque, como aseguró el diplomático John Dempsey, "el único modo de estabilizar Afganistán es que tenga el Gobierno que el pueblo desea".

Otra lumbrera militar elegida por Trump, nada menos que como Secretario de Defensa (jefe del Pentágono, tradicionalmente un puesto civil), es el general retirado de Infantería de Marina John Mattis. Fue el primer alto mando militar que pisó Afganistán en 2001 para iniciar la guerra más larga (y fracasada) de la historia de EE.UU. Luego, en Irak, tras destruir Faluya, justificó en 2004 el brutal bombardeo de una ceremonia nupcial que fue confundida con una banda de insurgentes diciendo: "¡A quién se le ocurre ir en pleno desierto a celebrar una boda a 80 millas del más próximo lugar civilizado!". Cuando sugirió a Obama aniquilar una refinería o una central energética de Irán, como represalia por la influencia iraní en la guerra de Irak, Obama lo destituyó. Gracias a lo cual evitó que EE.UU. se implicara en otra nueva guerra sin fin en Oriente Medio.

Por último, otro general retirado de Infantería de Marina, John Kelly, es el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, puesto de crítica importancia porque controla las actividades más reservadas del Presidente. Por su relación personal con los otros dos y con el general Dunford, actual presidente de la Junta de Jefes de EM, constituyen un grupo de generales situados en destacados puestos, nominalmente "civiles", del Gobierno de Trump.

Plenamente implicados en la estrategia que Bush organizó para la guerra contra "el terror", nada nuevo ni original podrán aportar para poner fin al conflicto que en 2014 el propio McMaster calificó de "generacional"; tampoco parecen capaces de admitir los errores incurridos durante esa guerra que ha reforzado y extendido el terrorismo, en vez de terminar con él.

Si a tan evidente militarización de la cúpula dirigente de EE.UU. se une, como escribe Jonathan Freeland en The Guardian Weekly, la constatación de que "la amenaza nazi no ha muerto en EE.UU., porque Trump la está resucitando", hay más motivos para alarmarse que los que indicaría una simple afición por lo militar en un presidente que hizo todo lo posible para eludir ser reclutado durante la Guerra de Vietnam.

Como bien se sabe en EE.UU., muchos de cuyos ciudadanos lucharon y murieron combatiendo contra Hitler, la mezcla de militarismo y de un fanatismo etnocida como el nazi, que aspiró a acabar con el pueblo judío, sería un retorno a las épocas más oscuras de la humanidad. Conviene poner esto de relieve ahora que en Europa, incluyendo a España, parecen brotar ominosas llamaradas neonazis.

Publicado en República de las ideas el 7 de septiembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/09/08 08:36:23.355593 GMT+2
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2017/08/31 19:30:35.505848 GMT+2

Las modernas guerras de destrucción

Sound and Picture es una organización siria independiente, constituida por activos defensores de los derechos humanos, que se especializa en "documentar de modo profesional las violaciones contra la población civil cometidas por todas las partes implicadas en el actual conflicto en Siria" para denunciar a los grupos que las cometen ante la comunidad internacional.

Durante la actual batalla por la recuperación de la ciudad siria de Raqa, uno de los dirigentes de la citada organización ha informado que desde la llegada de Trump al poder parecen haberse relajado las reglas de enfrentamiento de la coalición dirigida por EE.UU. en lo que respecta a minimizar el número de víctimas inocentes entre la población civil.

Tras los últimos bombardeos después de que en junio pasado las denominadas Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) ocuparan parte de la ciudad, la citada organización declaró: "El número de combatientes del Daesh [Estado Islámico] dentro de la ciudad no pasa de 500, pero si cada vez que ellos [la aviación aliada que apoya a las FDS] quieren eliminar a un soldado del Daesh tienen que destruir un bloque de viviendas y matar a todos sus residentes, lograrán dejar a la ciudad libre del Daesh pero también libre de todos sus habitantes". 

                                                 
Si esta imagen del horror que sufre el pueblo sirio no es suficiente para abrir los brazos a los miles de inmigrantes que desde Siria llegan a esta Europa desconcertada, dividida, asustada y cerrada al dolor de los demás, conviene leer también lo que al respecto proclama Médicos sin fronteras: "En Raqa, si usted no muere por los bombardeos morirá por el fuego de los morteros; si no, por los disparos de los francotiradores; y si no es así, será por los artefactos explosivos. Y en el caso de que logre sobrevivir estará atormentado por el hambre y la sed, pues no hay alimentos, ni agua ni electricidad".

Esta desgraciada ciudad, del mismo nombre que la provincia siria de la que es capital, parece haber concitado sobre sí todas las desgracias imaginables. En 2013 la ocupó el Estado Islámico y el año siguiente fue proclamada capital del Califato de todo el mundo islámico. Pero en noviembre de 2015, como respuesta a los atentados que París sufrió ese mismo mes, la Fuerza Aérea francesa la sometió al intenso bombardeo de varias posiciones ocupadas por tropas e instalaciones del Estado Islámico.

Durante 2016 tuvo que soportar los violentos enfrentamientos de los bandos implicados en la guerra civil siria, y desde junio del presente año se está desarrollando en ella una cruenta batalla, calle por calle y casa por casa, entre las citadas FDS, apoyadas en tierra por milicias árabes y kurdas y en el aire por la coalición internacional dirigida por EE.UU., y los luchadores del Estado Islámico, que utilizan trampas explosivas y se escudan entre la población civil.

Estamos ante una prolongación sin fin de la vieja guerra de las ruinas y los escombros, premonitoriamente anunciada desde que las Torres Gemelas se convirtieron a su vez en un sangriento amasijo de piedra y hierros. Lo que parecía ser una evolución del arte militar hacia el uso exacto ("quirúrgico" le dicen algunos) de armas de gran precisión, bombas inteligentes, drones capaces de identificar personas y otros artificios de las más modernas tecnologías de la guerra, que serían capaces de convertirla en una "serie ordenada de limpios asesinatos" (en palabras de un ingeniero de armas avanzadas), se está convirtiendo en lo más antiguo y conocido: el puro arrasamiento del territorio enemigo, lo mismo que conoció Berlín en 1945 como colofón de aquella guerra que solo supo concluir tras aniquilar nuclearmente dos ciudades japonesas y sus desdichados habitantes.

Mano a mano, el Estado Islámico y la coalición internacional que se le opone han ido destruyendo antiguos pueblos, destrozando familias, generando oleadas de emigrantes y sembrando unos odios que tarde o temprano se tornarán en futuras venganzas, en una eterna espiral de violencia a la que no se ve fácil salida si solo se intenta frenar aplicando aún más violencia.

Publicado en República de las ideas el 31 de agosto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/31 19:30:35.505848 GMT+2
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2017/08/24 17:57:35.507741 GMT+2

Calenturas veraniegas

Los atentados terroristas que ha padecido Cataluña, en combinación con la persistente y atosigante ola de calor que invade el territorio español, parecen haber provocado graves calenturas en bastantes de las numerosas mentes pensantes y opinantes que estos días se están desfogando a través de los medios de comunicación. Medios que, por otra parte, al tener de vacaciones a sus figuras más relevantes, por lo que se ve, parecen haber tenido que recurrir urgentemente a corresponsales, enviados especiales y escritores convocados a toda prisa para cubrir sobre el terreno los últimos sucesos.

En una cadena de radio, una supuesta enviada especial declaró que el imam, cuyos restos se han encontrado en las ruinas del chalé que voló como consecuencia de una explosión, había "lavado la cabeza" a los terroristas con sus exaltadas predicaciones salafistas. Si bien las reglas coránicas prescriben lavados y otras purificaciones en relación con los rezos, ninguna de ellas parece que haya de requerir los servicios de una peluquería: se supone que querría referirse a "lavar el cerebro", expresión incluida en el Diccionario de la Lengua Española, ese texto tan ignorado por muchos de los que se sirven de la palabra como instrumento de su profesión.

La obsesión por separar claramente lo supuesto de lo real, utilizando a mansalva el adjetivo "presunto", llevó a otro "supuesto" periodista a aludir a una "presunta furgoneta" situada en tal o cual lugar. Y no hablemos ya del abrumador uso del tiempo condicional: el terrorista "habría" huido... ¿Qué quiere decir eso? El terrorista huyó o no huyó. Si hay duda sobre ello, se dice así y hay muchos modos de expresarlo: "Se duda si el terrorista..." "Parece ser..." "Es posible...".

Pero dejando a un lado el ya habitual desprecio de muchos medios por nuestro maltratado idioma, la calentura veraniega alcanza otros aspectos más serios cuando se trata de discutir sobre las causas del terrorismo y el modo de hacerle frente.

Ávidas por alcanzar la máxima audiencia televisiva, las tertulias son ejemplo de esto. ¿Qué fue lo que más influyó en el atentado barcelonés? es pregunta que irreflexivamente lanza a sus invitados cualquier presentador para abrir boca. Para unos fue la falta de obstáculos físicos que dificultaran el masivo atropello; algún exaltado culpa con saña a la alcaldesa de Barcelona por "allanar el camino" al terrorismo al no haber instalado bolardos en Las Ramblas. Para otros fue el inherente fanatismo de los neoconversos al salafismo.

¿Es que puede haber dudas racionales sobre este asunto? Ponga usted obstáculos físicos en un paseo o avenida y ya buscarán ellos otros de los innumerables espacios accesibles en cualquier ciudad. Algunos parecen olvidar que el verdadero núcleo de esta cuestión -de mucho mayor calado que los dichosos bolardos- reside en las enloquecidas doctrinas que han iluminado a los terroristas, lo que inevitablemente nos lleva al Estado que las financia, difunde y patrocina: Arabia Saudí.

No cabe una comparación racional, en lo que a culpabilidad se refiere, entre la monarquía saudí y el ayuntamiento barcelonés, a menos de sufrir la calentura veraniega. Lo demás es simple retórica tertuliana. Y al referirnos a Arabia Saudí y, en su caso, también a Catar, tampoco conviene olvidar a todos los Estados -incluida España- que la apoyan y que se benefician y se aprovechan de los ingentes recursos naturales a disposición del teocrático y medieval régimen que la gobierna.

Ampliando la lente observadora ¿es posible, además, olvidar el hecho de que la delirante irrupción de las armas occidentales en Oriente Medio tras los atentados del 11-S (después de la 1ª Guerra de Irak en 1990-91) fue uno de los factores que más ha alimentado el terrorismo universal? No basta con atribuir a los textos coránicos la raíz de la violencia, aunque esto sea parcialmente cierto o discutible. Hay muchas otras raíces claramente observables y mal comienzo tendría el esfuerzo universal contra el terrorismo si las ignorara, porque de lo que se trata es de "conocer al adversario" para mejor neutralizarlo. Que se incluya al Gobierno de Teherán en la lista negra de los culpables y por análogo motivo no se haga lo mismo con la monarquía saudí es un error de partida que solo conducirá a nuevos errores multiplicados.

Para terminar, ¿qué cree Trump que va a conseguir aumentando el contingente de soldados estadounidenses en Afganistán, como acaba de anunciar? Puede ocurrir que extermine a algunos núcleos terroristas allí residentes, pero al precio de difundir sus restos a modo de metástasis por otros países, donde inevitablemente arraigarán y proliferarán, y de generar hondos sentimientos de venganza en las jóvenes generaciones de musulmanes. ¿Tan pronto ha olvidado el pensamiento occidental las lecciones de la Historia más reciente para dejarse guiar ciegamente por las irreflexivas intuiciones del pintoresco ocupante del Despacho Oval?

Publicado en República de las ideas el 24 de agosto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/24 17:57:35.507741 GMT+2
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2017/08/17 18:15:4.483490 GMT+2

Trump pierde los papeles

La mecha que provocó la explosión ciudadana en Charlottesville (Virginia, EE.UU.), que culminó con el brutal atropello de ciudadanos indefensos por un exaltado "supremacista blanco", fue la propuesta de eliminar una estatua del general confederado Robert E. Lee en un parque público de la ciudad.

El general Lee fue el jefe de los ejércitos de la Confederación sudista durante la Guerra Civil (1861-65) y tras su muerte se convirtió en una figura simbólica para todos los nostálgicos de aquel Sur, esclavista, blanco, religioso y fanático, junto con la bandera aspada que ha seguido ondeando hasta hoy en numerosos domicilios privados y edificios públicos de los antiguos Estados sudistas.

Varios años de residencia en los Estados de la franja meridional de EE.UU. me permitieron comprobar la vitalidad de esta memoria en amplios sectores de la población. Aunque Barack Obama opinó que la citada bandera debería quedar relegada a los museos, como un residuo de la historia de la nación, sus defensores sostienen que se trata de un símbolo indispensable del legado histórico de EE.UU., que nada tiene que ver con la esclavitud, la raza o la religión sino con el recuerdo de sus antepasados que murieron con honor para defenderla. Un episodio más de esa irracional lucha de símbolos que tan a menudo conduce a los pueblos a sangrientos e inútiles enfrentamientos.

Es lo que ha ocurrido ahora, porque el odio que sembró aquella guerra ha resurgido violentamente. Tras más de siglo y medio, el pueblo estadounidense sigue mostrando peligrosas fracturas ideológicas por las que fluye la ardiente lava del odio étnico y la xenofobia, excitados en esta época de guerras, terrorismo y migraciones masivas.

Trump ha contribuido en gran manera a fomentar esta crítica situación porque ha perdido los papeles y ya no sabe a qué asesores recurrir para llenar sus peligrosos vacíos mentales. Durante la campaña electoral halagó con mensajes de odio a los sectores más ultraderechistas del electorado, incluyendo las organizaciones de la supremacía blanca, dominantes de muchos Estados del Sur, con un discurso populista y xenófobo.

Los incidentes del pasado fin de semana en Virginia no han sido una sorpresa. Ya en junio de 2015, un adorador de las armas y la bandera sudista atacó una iglesia metodista en un barrio de población negra en Charleston (Carolina del Sur), asesinando a nueve personas. Al ser detenido, confesó que el motivo de su agresión era encender la mecha de una guerra racial.

Mucho más recientemente, el pasado 5 de agosto, un desconocido lanzó una bomba contra una mezquita somalí en Minneapolis, que afortunadamente no produjo víctimas. Aunque el gobernador del Estado lo calificó de terrorismo, el Fiscal General no compartió esa opinión y Trump ni siquiera aludió al asunto.

De ahí que lo ocurrido en Charlottesville poco después fuese previsible. Trump, tan prolífico como infantiloide al publicar sin freno sus espontáneas opiniones, permaneció algún tiempo en silencio. Luego, presionado por la creciente marea pública alzada contra los supremacistas blancos, recurrió al tuit para repudiar la violencia procedente "de muchas partes". Al final, hubo de reconocer que la violencia en este caso no estaba repartida por igual en "muchas partes", porque el sustrato formado por los supremacistas blancos y los nostálgicos del general Lee fueron los principales agentes de los altercados, sublimados en el salvaje supremacista que al volante de su automóvil se lanzó a atropellar pacíficos manifestantes. O por los neonazis que, armados como para ir a la guerra, invadieron la ciudad para imponer su violencia, como muestra la fotografía.

El Gobernador de Virginia declaró el estado de emergencia tras el atentado y prohibió la marcha de los nazis y supremacistas blancos a los que pidió: "Simplemente: volved a casa. No os deseamos en esta gran comunidad. Avergonzaos". No le hicieron mucho caso y hasta el Ku Klux Klan agradeció a Trump su presunta ecuanimidad al juzgar las causas del conflicto.

En la "era Trump" ya no resulta anómalo encontrar por la calle manifestaciones amparadas bajo las banderas nazis o confederadas, desfiles nocturnos con antorchas al estilo del KKK insultando a los ciudadanos negros y denunciando a los judíos. Concluir la fiesta con un automóvil aplastando manifestantes antinazis por la calle era algo casi obligado después.

Trump ha perdido los papeles. Y en esto reside el peligro que acecha a la humanidad. Cuando un Gobierno asiste estupefacto a los disturbios populares que sus repetidos errores han provocado tiene una solución que forma parte del abecé de la política: buscar fuera algún problema que permita curar la fractura interior que su incompetencia ha generado y que una a los ciudadanos frente a una amenaza externa. Corea del Norte y Venezuela parecen aspirar a convertirse en oportunas cabezas de turco para el desacreditado inquilino de la Casa Blanca, sobre cuyo final ya se empiezan a cruzar apuestas.

Publicado en República de las ideas el 17 de agosto de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/08/17 18:15:4.483490 GMT+2
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