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2022/01/15 08:34:43.236579 GMT+1

Anticipando el próximo golpe en EE.UU.

A mediados del pasado mes de diciembre, tres generales retirados del Ejército de EE.UU. expresaron a través del Washington Post su temor de que, si se repitiera una grave crisis como la del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, habría sectores de las Fuerzas Armadas con los que no podría contarse para defender al Gobierno legítimamente formado. Es decir: apoyarían una nueva insurrección.

"Sentimos escalofríos ante la idea de que un golpe pudiera tener éxito la próxima vez", escriben textualmente. Recuerdan que una de las fortalezas de los ejércitos es su variada composición humana, con personas de distintas creencias, culturas y opiniones, pero insisten en que si esto no se maneja cuidadosamente "cabe la posibilidad de un colapso militar que refleje la descomposición social y política" que se observa hoy en EE.UU.

En la acción insurreccional de 2021 participaron militares retirados y en activo, e incluso surgió un grupo de altos jefes, autodenominado Flag Officers 4 America, que publicó una carta apoyando las falsas acusaciones de Trump contra la legitimidad del proceso electoral.

La posibilidad de una ruptura de la cadena de mando según líneas partidistas es algo muy grave si se repitiese un movimiento insurreccional, porque puede conducir a la formación de unidades militares que obedezcan al presidente electo y otras, al candidato derrotado, lo que inevitablemente abocaría a una guerra civil.

Los acontecimientos de enero de 2021 mostraron una increíble falta de previsión militar. El entonces Secretario de Defensa testificó posteriormente que había impedido proteger militarmente el Capitolio, mientras que el Jefe del Estado Mayor Conjunto se apresuró a comprobar que la cadena de mando nuclear (el "botón rojo") no había sido perturbada por los amotinados.

Ante el proceso electoral del medio mandato en 2022 y la elección presidencial de 2024, los generales citados afirman que "hay que prepararse para lo peor". Sugieren refrescar las leyes de la guerra que autorizan la desobediencia ante órdenes ilegales, confirmar y establecer claramente las cadenas de mando, para que nadie ignore de quién depende en caso de un conflicto nacional.

No está de más identificar en los cuarteles a los potenciales amotinadores, detectar propaganda orientada a la rebelión y vigilar su difusión. Concluyen recomendando que el Departamento de Defensa ensaye "juegos de guerra" relacionados con el traspaso del poder presidencial tras unas elecciones, para detectar los puntos vulnerables y garantizar que el proceso se desarrolle sin violencias ni insurrecciones.

Su alegato concluye así: "Los militares y los legisladores poseen preparación y habilidad suficientes para evitar otra insurrección en 2024, pero solo lo conseguirán si toman ya hoy acciones decisivas".

Tiene que ser "hoy" porque, según algunos analistas de la situación, "El peligro de un golpe [de Estado] en las próximas elecciones en EE.UU. es hoy mayor que lo que fue durante [la presidencia de] Trump", como se leía en The Guardian el pasado 3 de enero. Esto no es un problema solo de EE.UU. Afecta a todos los países que aspiran a vivir en democracia y evitar a los nuevos Trump que pueden surgir en cualquier parte del mundo. Y no conviene esperar a que la última línea de defensa sea la militar, pues es evidente que no está del todo preparada para este tipo de ofensiva.

Publicado en infoLibre el 15 de enero de 2022

 

Escrito por: alberto_piris.2022/01/15 08:34:43.236579 GMT+1
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2022/01/01 09:16:41.942933 GMT+1

No más 'casus belli' en 2022

A mis apreciados lectores:
 
Además de servirme de este mensaje para desearles a todos un Año Nuevo que satisfaga sus aspiraciones, me permito poner a su alcance dos artículos sobre política internacional, referidos a un asunto que está comenzando a emponzoñar a Europa. La OTAN vuelve a hacer resonar los tambores de guerra en torno a Ucrania y sus ecos resuenan en los cuarteles occidentales, anunciando todo menos la paz.
 
El primero de ellos lo publiqué en República de las ideas el 18 de abril de 2014 y condensa una visión exterior de esa "Ucrania siempre dividida", cuya situación entre Rusia y Europa se puede convertir en un serio problema para el equilibrio internacional. Puede leerse aquí:
 
http://www.javierortiz.net/voz/piris/esa-ucrania-siempre-dividida
 
El segundo artículo fue publicado anteayer en el diario digital Público, y en él su autor (que supongo no me reprochará el uso que estoy haciendo de su trabajo) practica esa norma básica de toda estrategia que es ponerse en el punto de vista del rival, para evitar que los malentendidos se agraven con consecuencias imprevisibles:
 
https://blogs.publico.es/otrasmiradas/55224/ucrania-es-casus-belli-senores-de-la-otan/
 
 
Esperemos y deseemos, además, que en el naciente año 2022 los "casus belli" no nos acorralen desde las muchas zonas conflictivas que aquejan hoy a nuestro angustiado planeta.
 
Un cordial saludo,
 
Alberto Piris

Escrito por: alberto_piris.2022/01/01 09:16:41.942933 GMT+1
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2021/11/12 15:37:41.468216 GMT+1

¿A quién beneficia otra Guerra Fría?

La humanidad está ahora aquejada por una pandemia que requiere esfuerzos y atención a todos los niveles de la política y la ciencia. Está sufriendo ya los primeros trastornos de una emergencia climática que puede dar al traste con los cimientos de nuestras civilizaciones y culturas. Y no solo eso: cada vez son más quienes empiezan a dudar de los valores de la democracia, puestos en tela de juicio y atacados a través de los nuevos medios de comunicación interpersonal, donde verdad y mentira tienen el mismo peso. A esto se añade la constatación de que el sistema económico mundial genera desequilibrios entre las sociedades y dentro de ellas, provocando un creciente descontento que impulsa a millones de seres humanos a la emigración.

En tal coyuntura es obligado preguntarse: ¿A quién beneficia una nueva Guerra Fría? Porque en los últimos tiempos se han dado pasos hacia ella que parecen irreversibles. Uno es especialmente peligroso: El Gobierno de EE.UU. y sus aliados han generado una evidente aceleración militar en el Oriente asiático, que parece dirigida contra China. La consolidación de la alianza conocida como AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) está encaminada a una situación que podría derivar en una guerra nuclear entre los dos países más potentes y ricos del planeta.

Aunque ante la Asamblea General de la ONU Biden declaró que lo último que él desea es "una nueva Guerra Fría o un mundo dividido en dos rígidos bloques", los hechos parecen apuntar en otra dirección. Para advertir esa paradoja basta imaginar otro escenario mundial. Suponga el lector que China, Rusia y Venezuela anunciasen su alianza en un bloque militar. Como consecuencia de ello, se instalarían bases militares chinas en Venezuela con el consiguiente despliegue de tropas. Por el Caribe navegarían buques y submarinos chinos o rusos y volarían aviones de la misma nacionalidad. Éstos y los buques-espía registrarían las actividades de EE.UU. y en aguas atlánticas, no lejos de las costas americanas, se desarrollarían maniobras aeronavales chino-rusas. Venezuela recibiría submarinos de propulsión nuclear y podría almacenar uranio habilitado para armas nucleares. ¿Cómo reaccionaría el Pentágono?

Nada de lo anterior es cierto, pero permite entender la perspectiva china de la situación geoestratégica en la que se encuentra, si en vez de Venezuela, el Caribe y Rusia, se observa el mar de la China Meridional, Corea, Japón y Formosa y el nuevo tratado AUKUS.

Washington ha calificado dicho tratado como apuntando a "un futuro de paz y oportunidades para todos los pueblos de la región". Desde China la visión es muy distinta: EE.UU. tiene varias bases militares de Australia y otras 300 repartidas por el Este asiático, mientras que China no posee ninguna base en el hemisferio occidental ni próxima a las fronteras de EE.UU. Además, los países miembros del AUKUS han sostenido recientemente guerras en Afganistán e Irak, en África, desde Libia hasta Yemen y Somalia, y en Filipinas. Por el contrario, los últimos enfrentamientos armados que China ha mantenido fuera de sus fronteras fueron una breve guerra en Vietnam en 1979 y unos conflictos fronterizos con la India en 2020.

Es así como se pueden entender algunas acciones de rearme chino que, sin ser amenazadoras para Occidente, buscan romper cierta sensación de acoso. Porque la realidad fácilmente comprobable y objetivamente irrebatible es que China no es rival militar para EE.UU., pero sí lo es en los terrenos económico y político.

No hay que ser muy avispado para entender que una nueva Guerra Fría entre EE.UU. y China solo beneficiaría a las grandes corporaciones mundiales del armamento en los países que ocupan los puestos de cabeza en las tecnologías bélicas. Los pueblos de la Tierra nada ganarían con ella.

Publicado en el Foro "Milicia y Democracia" de infoLibre el 12 de novimbre de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/11/12 15:37:41.468216 GMT+1
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2021/10/19 16:00:5.529061 GMT+2

El patrimonio mundial del exilio

Oliver Wainwright es un joven arquitecto británico, prolífico escritor y crítico en cuestiones de arquitectura y urbanismo. El pasado 14 de octubre escribió en The Guardian un interesante artículo que merece la pone poner al alcance de los lectores españoles.

Conviene recordar que la UNESCO estableció en 1972 la figura de "patrimonio de la Humanidad", de tipo cultural o natural, atribuible a aquellos lugares que, por diversas razones, constituyen un "valor universal excepcional".

Así, en España nos enorgullecemos de poseer casi medio centenar de tales sitios, solo rebasados en número por Italia y China. Desde el Palmeral de Elche a la arquitectura urbana de Ávila, Alcalá o Baeza, por citar solo pocos. Hay otros de renombre mundial, como la Gran Muralla china, el Taj Mahal indio, el Machu Pichu peruano o la Acrópolis ateniense.

Sin embargo, para Wainwright, el lugar donde fue hecha la fotografía adjunta, merecería también los honores de ser patrimonio mundial de la humanidad. Veamos las razones que aduce.

Es el campo de refugiados palestinos de Dheisheh, próximo a Belén, y de él trata una exposición que acaba de inaugurarse en Londres con el propósito de transformar la idea habitual de "patrimonio de la humanidad".

El citado campo se organizó en 1949 para albergar a unos tres mil palestinos expulsados de sus hogares por las milicias judías durante la guerra árabe-israelí. Desde entonces ha ido creciendo hasta alojar a unas quince mil personas. En sus comienzos era un campamento de estructura militar establecido por la Agencia de la ONU para los refugiados (UNRWA) en territorio jordano, pero cuando se vio que el conflicto no tendría solución inmediata, la ONU inició la construcción de alojamientos familiares, a razón de un metro cuadrado por persona y un cuarto de baño para cada quince viviendas. Al paso de los años, se añadieron espacios habitacionales de modo irregular según las necesidades de cada familia. Surgieron comercios, escuelas, mezquitas y hasta un centro comunitario, todo ello en menos de medio kilómetro cuadrado.

Su aspecto desordenado e incompleto tiene una buena razón: este campo es el resultado de vivir en un "limbo perpetuo", en palabras de Wainwright, con la esperanza de regresar algún día a los hogares perdidos, es decir, algo así como una "temporalidad permanente". En él, las familias se agrupan según los pueblos de procedencia, en algunos casos muy cercanos aunque separados de ellos por el enorme muro israelí de seguridad.

Los refugiados creen que si hacen del campo su hogar ponen en peligro su derecho al retorno. Intentan mejorar sus condiciones de vida, pero sin admitir que están en su hogar (definitivo). Se piensa mal de los que embellecen demasiado sus alojamientos. Pero la realidad es muy distinta. En los setenta años transcurridos, sus pueblos de origen se han transformado: algunos se ha convertido en parques nacionales israelíes, con espacios recreativos donde estaban las viviendas palestinas; otros son polígonos industriales, pero la mayoría han sido arbolados. "La vegetación sirve para ocultar los crímenes", comentaba un exiliado. Este es, desgraciadamente, el "patrimonio del exilio", un vivir en temporalidad permanente.

Pero ¿se dan las condiciones que exige la UNESCO para declararlo patrimonio de la humanidad? Tomando al pie de la letra lo que pide la Organización, el valor universal de un patrimonio mundial depende de su capacidad para "desbordar los límites nacionales". Los organizadores de la exposición londinense se preguntan: ¿Cómo puede quedar registrado oficialmente el patrimonio de lo que es una cultura del exilio? Los sitios patrimonio mundial de la humanidad solo pueden ser elegidos por los Estados: ¿cómo se puede valorar el patrimonio de los pueblos sin Estado?

La imposibilidad del objetivo propuesto lo hace más entrañable, pues nunca llegará a materializarse ante la UNESCO: Dheisheh es un lugar extraterritorial, arrancado de un Estado soberano (Jordania) y hogar de un pueblo sin Estado, por lo que nadie podrá cursar la petición.

En un mundo con más de 80 millones de personas desplazadas, parece de justicia que la "cultura del exilio" ocupe un lugar importante en las inquietudes de la humanidad. Aunque solo sea porque en esas circunstancias no cabe pensar en democracia: la urgencia es sobrevivir. De ahí que en un foro como este, donde se discute sobre Milicia y Democracia, no sea superfluo sacar a la luz las penurias de los refugiados palestinos de Dheisheh.

Publicado en el foro "Milicia y Democracia" de infoLibre, el 19 de octubre de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/10/19 16:00:5.529061 GMT+2
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2021/10/03 10:28:34.913844 GMT+2

Escrito hace veinte años

En noviembre de 2001, el brutal atentado de AlQaeda contra EE.UU. era la herida más reciente que había sufrido la humanidad. En octubre, el presidente Bush había iniciado lo que llamó "Guerra contra el terrorismo" y en pocos días la invasión militar de EE.UU. aplastó a los talibanes afganos.

No se sabía entonces, pero esto fue el comienzo de una guerra que duraría 20 años, no obtendría ninguno de los objetivos que se había propuesto, consumiría más de 8 billones de dólares, produciría casi 400.000 muertes en la población civil afgana y terminaría vergonzosamente con la retirada ejecutada por Biden el presente año, sin siquiera consensuarla con los aliados (entre ellos, España) que habían participado en tan funesta aventura. America first!, otra vez.

Con el título ¿Soldados a Afganistán? el día 16 de ese mes, escribí en el diario Estrella Digital el artículo que me permito poner hoy al alcance de los lectores de este foro. Ahora que en Europa se desconfía de la OTAN, se ve lejano a EE.UU., se mira con recelo a Rusia y no se sabe cómo abordar la expansión de China, es interesante comprobar lo poco que veinte años de guerra, muerte y destrucción nos ha hecho avanzar.

Reproducción literal del texto citado:

 "En la euforia bélica que la caída de Kabul ha desencadenado desde Afganistán a Washington, hasta el Gobierno español ha sugerido con entusiasmo la posibilidad de enviar contingentes de tropas para la futura fuerza de pacificación que haya de crearse en Afganistán. Esto, supuesto que la paz llegue allí en algún momento y pueda pensarse en reconstruir lo que más de dos décadas de guerras continuas han arrasado. Y suponiendo, también, que tropas de países tan remotos y extraños como España, Italia o el Reino Unido tuvieran algo que hacer en el complicado mosaico étnico de ese país, donde ni siquiera los propios afganos han sabido organizarse en forma coherente y autónoma durante varios decenios.
 "Sin embargo, antes de dispersar los no muy numerosos efectivos de combate de las Fuerzas Armadas Españolas desde los Balcanes hasta Asia Central, no sería malo tener aseguradas, al menos a un nivel mínimo, las hipótesis menos favorables de lo que pudiera suceder bastante más cerca. No vaya a ocurrir que, intentando contribuir a sacar las castañas del fuego a afganos o kosovares, nos encontremos con la sorpresa de no poder ayudar del mismo modo a ceutíes o melillenses, recientemente amenazados, y en forma no muy velada, en la Asamblea General de Naciones Unidas por el ministro marroquí de Asuntos Exteriores.
 "No es que ahora peligre más la seguridad de las dos ciudades españolas del norte de África, pero cabe imaginar otras hipótesis que pondrían en una muy difícil tesitura al Gobierno de Madrid. Recordando la aventura austral de los dictadores argentinos, encabezados en 1982 por el nefasto Galtieri, no se puede considerar descabellada la posibilidad de un golpe de mano marroquí contra alguno de los islotes mediterráneos de soberanía española, al modo como las tropas argentinas ocuparon por sorpresa las Malvinas. El Peñón de Vélez de la Gomera, el de Alhucemas o las rocas conocidas como las Chafarinas serían unos interesantes objetivos militares y propagandísticos, que reclamarían la inmediata atención internacional.
 "España se encontraría, de la noche a la mañana, con un grave problema entre manos: ¿Respuesta militar inmediata y contundente, al estilo británico, para recuperar el territorio ocupado? ¿Represalia armada contra Marruecos? No sería fácil explicar a la opinión pública la necesidad de arriesgar una guerra con Marruecos por unas rocas inhóspitas e innecesarias, pero su abandono ante una acción de fuerza unilateral sería un mal presagio para ceutíes y melillenses y, por extensión, para todos los españoles.
 "Por otro lado, una respuesta militar como la que llevó a la recuperación de las Malvinas requiere unos planes bien previstos, unos medios fuertes y bien coordinados y un respaldo político y diplomático que no se obtiene en unas pocas horas. Añádase a esto que demorar la reacción militar más de lo necesario sería visto por los demás estados como una implícita concesión al Gobierno de Rabat del carácter colonial y, por tanto, reversible, de los islotes. Argumento que, más pronto que tarde, se haría recaer sobre las dos ciudades autónomas, con consecuencias mucho más funestas.
 "Se asegura que nunca es probable una guerra entre democracias, pero no hay que olvidar que Marruecos no lo es. Del mismo modo como los generales de la Junta Militar argentina buscaron distraer la atención de su pueblo en la aventura bélica que les llevó al derrocamiento, un autócrata que une el supremo poder político a su cualidad de máximo dirigente religioso podría sentirse inclinado a distraer, mediante un conflicto exterior militarizado, la creciente inquietud de sus súbditos, a quienes aquejan el paro y la pobreza e irrita la extendida corrupción de los gobernantes, y a los que llegan los ecos de un islamismo cada vez más efervescente.
 "La OTAN podría inhibirse sibilinamente en este caso, aludiendo a que una acción contra Marruecos, en apoyo de España, está fuera de los límites geográficos del Tratado. Y no están en absoluto garantizados los apoyos que se podrían recibir de EE.UU. y Francia, con intereses en Marruecos que no coinciden con los propios, incluyendo su posición frente al conflicto del Sahara Occidental. Así pues, sería recomendable tener los ojos bien abiertos y no ponerse en la situación en que fuera preciso repatriar, a toda prisa y en condiciones de máxima urgencia, a las tropas de choque españolas que estuviesen patrullando el Indokush, a fin de proteger lo que nos es más próximo, inmediato y vital. La seguridad bien entendida empieza por uno mismo".

Con muy ligeras modificaciones, lo que se escribió hace veinte años podría ser hoy de aplicación. Con una diferencia: la irrupción de la pandemia de la covid-19 y la palpable evidencia de una emergencia climática que pone en peligro las bases materiales de nuestras culturas nos obligan a ampliar el punto de mira de nuestras preocupaciones y buscar coincidencias, entre sangrientos terroristas y exaltados neofascistas, que permitan sobrevivir al género humano en condiciones soportables.

Publicado en el foro "Milicia y democracia", de infoLibre, el 3 de octubre de 2021

 

Escrito por: alberto_piris.2021/10/03 10:28:34.913844 GMT+2
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2021/08/11 07:23:5.140150 GMT+2

La guerra es un camaleón

La guerra contra el terrorismo que inició el presidente Bush hace más de 18 años invadiendo Irak, y que él mismo dio por concluida el 1 de mayo de 2003, cuando enfáticamente declaró ¡Misión cumplida! a bordo del portaviones Abraham Lincoln, sigue causando muerte y destrucción, aunque casi nadie la siga llamando "guerra" y, sobre todo en EE.UU., haya desaparecido prácticamente de las preocupaciones populares.

Realmente no se puede aplicar esa palabra a enfrentamientos como los que estamos observando en esta época. Véase un reciente ejemplo. Hace unas semanas, el presidente Biden autorizó personalmente tres ataques aéreos contra unas milicias iraquíes apoyadas por Irán, que operaban próximas a la frontera sirio-iraquí. Según informaciones de diversas fuentes, murieron varios miembros de esas milicias y resultó también dañada la población civil en Irak.

La reacción a ese ataque no se hizo esperar: las milicias iraquíes respondieron al día siguiente lanzando misiles contra una base estadounidense situada en Siria. Este es el extraño modo como se desarrolla la conflictividad que enfrenta a EE.UU. con el pretendido terrorismo iraní.

No es preciso consultar un mapa de la zona para comprender lo enrevesado de la situación. Ya no hay frentes de combate ni líneas de contacto claramente definidas. No se lucha en territorio de Irán ni en EE.UU. Pero mueren terroristas apoyados y entrenados por Irán y reciben fuego enemigo los soldados estadounidenses desplegados en el extranjero. Oficialmente no hay guerra entre ambos países, aunque desde el punto de vista de los combatientes implicados en la acción los efectos resultan similares a los de cualquier guerra: fuego, muerte y destrucción.

En realidad, este modo de luchar no hace distingos entre lo que propiamente se llama guerra y lo que podrían calificarse como actos hostiles, actos que en pasadas circunstancias históricas hubieran conducido irremisiblemente a una declaración formal de guerra.

Más delicada es la cuestión de cuáles son las bases legales en que se apoya la acción de Biden para atacar en territorio iraquí sin la autorización de Bagdad, cuyo Gobierno ha protestado oficialmente por ello, alegando una violación de su soberanía. Hecho tanto más sorprendente cuanto que es bien conocida la relación amistosa que vincula al presidente Al-Kadhimi con Washington, que sigue manteniendo un contingente de tropas estadounidenses en territorio iraquí.

En relación con este caso, la analista estadounidense Karen Greenberg ha escrito en The American Prospect: "Los ataques aéreos suprimen la diferencia entre la guerra y las hostilidades" y añadió que "el rechazo a diferenciar globalmente entre la guerra y las hostilidades ha sido el elemento característico en la planificación de la guerra contra el terrorismo".

De ese modo, además, al no hablar de guerra no se hace intervenir al Congreso, que es quien tiene la responsabilidad constitucional de declarar la guerra o la paz. Podríamos llegar a la conclusión de que este es el nuevo modo de hacer la guerra en el siglo XXI. Una misma guerra salta de un país a otro y de un enemigo a otro, a nadie sorprende y nadie la llama guerra.

Los que estudiamos Polemología a lo largo de nuestra carrera militar no podemos olvidar aquella expresión de Clausewitz que Raymond Aron desarrolló con perspicacia: "La guerra es un camaleón", porque su aspecto cambia rápidamente en función de las circunstancias. Solo en el último medio siglo su transformación ha sido radical y, muy probablemente, lo seguirá siendo.

Publicado en infoLibre el 11 de agosto de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/08/11 07:23:5.140150 GMT+2
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2021/06/27 15:46:17.028403 GMT+2

La guerra nuclear que no puede ser ganada

En la declaración oficial conjunta publicada el pasado 16 de junio por los presidentes de EE.UU. y Rusia, se afirma textualmente que ambos países "son capaces, incluso en momentos de tensión, de avanzar con el objetivo común de asegurar la previsibilidad en el ámbito estratégico, reduciendo el riesgo de conflictos armados y la amenaza de una guerra nuclear". Un par de líneas después se asegura contundentemente: "Reafirmamos hoy la norma de que una guerra nuclear no puede ser ganada y jamás ha de ser iniciada".

Tan elocuente punto de partida en el actual panorama estratégico mundial tiene un corolario obligado: hay que invertir más esfuerzos en el control de las armas y en los planes de desarme. No basta con la reciente prórroga de cinco años del tratado START, que limita el número de armas estratégicas, aunque en palabras de Josep Borrell esto sea "una contribución crucial a la seguridad internacional y europea".

La OTAN no descuidó en el pasado este aspecto y dio pasos para negociar reducciones de fuerza con el extinto Pacto de Varsovia. Los arsenales nucleares de ambos bandos se redujeron en más de un 85% desde el fin de la Guerra Fría. Pero ese impulso parece haberse frenado, como hizo notar el secretario general de la OTAN en la conferencia sobre control de armamentos en octubre de 2019.

Hubo de reconocer que el Reino Unido aumentaba el tope máximo de sus armas nucleares, con el consiguiente efecto negativo en otras potencias nucleares y contraviniendo lo dispuesto en el Tratado de No Proliferación Nuclear. La realidad es que la OTAN no hacía propuestas concretas y se limitaba a "responder en forma defensiva, medida y coordinada a las nuevas amenazas rusas". Pero las propuestas de Moscú eran ignoradas, sin explicar por qué, lo que no dejaba en buen lugar a la Alianza. Por su parte, Rusia desoyó las interesantes propuestas de la OTAN en 2020, asunto casi ignorado por la opinión pública, porque a la Alianza no parece preocuparle suficientemente la esencial cuestión del control de armamentos.

En la misma conferencia, Stolenberg propugnó reglas y limitaciones, de las que nada se ha vuelto a saber dos años después, para controlar las nuevas tecnologías que tanto pueden transformar el modo de hacer la guerra y sus inevitables consecuencias.

En resumen: aunque desde la OTAN se insiste en mantener abierta la puerta al diálogo con Rusia, apenas han surgido en Bruselas ideas originales al respecto: parece que se espera a las acciones rusas para responder a ellas, concediendo así la iniciativa a la otra parte.

Es cierto que el Secretario General de la OTAN no puede decidir por su cuenta y que no es nada fácil poner de acuerdo a treinta países aliados que tienen sus propias ideas sobre la estrategia general a seguir. Pero todos ellos reconocen, sin duda alguna, que un eficaz sistema de control de armamentos (nucleares, cibernéticos, espaciales, convencionales, etc.) aumenta la estabilidad general, ejerce una disuasión más eficaz y razonable, reduce los peligros y disminuye el coste de la defensa en todos los países.

Pero ni en la reunión entre Biden y Putin, ni en la conferencia en la cumbre de los aliados otánicos, se ha valorado en su debida medida, al parecer, el peso del poderoso complejo militar-industrial que en su época denunció Eisenhower y que, ahora en EE.UU., algunos analistas lo han ampliado convirtiéndolo en "complejo militar-industrial-político", para resaltar el peso en el Congreso de los grupos de presión militares e industriales.

Aunque el demoledor paso de Trump al timón de EE.UU. dejó casi grogui a la OTAN, a la que incluso Macrón diagnosticó en "muerte cerebral", todo Secretario General de la Alianza sabe sobradamente que ésta depende de EE.UU., donde el Pentágono impone su ley en asuntos militares. Y donde las poderosas corporaciones industriales, dirigidas remotamente desde el mismo Pentágono (en aplicación de la ley de las puertas giratorias) tienen a menudo la última palabra. Es allí donde Biden tendrá que esforzarse para imponer sus criterios, si desea que sus sugestivos proyectos de ámbito mundial se materialicen eficazmente.

Publicado en infoLibre el 27 de junio de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/06/27 15:46:17.028403 GMT+2
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2021/05/31 08:29:19.938031 GMT+2

Sin China no habrá revolución verde

Esa revolución verde, a la que el mundo aspira y que Biden pretende encabezar, prescindirá de las fuentes de energía fósil no renovable (petróleo, gas natural y carbón) que tan peligrosamente están acelerando la emergencia climática. Estas fuentes, sobre todo el petróleo, han sido causa de guerras, enmarañados conflictos geopolíticos y la muerte de innumerables de seres humanos. ¿Qué conflictos armados cabe prever en una futura "civilización verde"?

El asunto es complicado. Aunque la luz solar y el viento (sin olvidar las mareas) son fuentes de energía inagotables, para convertirlas en electricidad fácilmente utilizable se requiere el uso de ciertos materiales específicos: litio, cobre, cobalto, manganeso y níquel son los más usuales, aunque no los únicos, así como algunos de los 17 minerales conocidos como "tierras raras", sustancias metálicas cuyo nombre genérico ya indica su escasez.

Las turbinas eólicas, los paneles solares y los vehículos de propulsión eléctrica, base de esa nueva civilización, exigirán crecientes volúmenes de esos minerales, por lo que su demanda aumentará exponencialmente. Además, su extracción se concentra en un numero reducido de países: hoy, por ejemplo, la República Democrática del Congo suministra más del 80% del cobalto mundial y China, el 70% de los metales raros. Entre Argentina y Chile se obtiene el 80% mundial del litio. Y así ocurre con otros productos indispensables para un mundo que pretenda utilizar solo energías renovables.

Fácil es prever que la pugna imperialista por los recursos petrolíferos que desangró el mundo después de la 1ª Guerra Mundial (y que llevó a EE.UU. a implicarse en el avispero de Oriente Medio, del que ahora intenta zafarse) va a repetirse por la posesión de esos imprescindibles minerales. En resumen: la transición a un mundo no dependiente de las energías fósiles podrá originar conflictos de alcance internacional.

Nuevas empresas mineras tratarán de encontrar esos recursos en los países donde esto pueda ser rentable sin riesgos políticos, como Australia. Pero la extracción prolongada de minerales reduce su concentración al paso del tiempo y requiere más consumo de energía, aumenta los precios y genera más residuos nocivos. Según la Agencia Internacional de la Energía, la pureza del cobre extraído en Chile disminuyó un 30% en los últimos 15 años.

Lo que nos lleva indefectiblemente a China, que no solo extrae en su territorio casi todos los minerales citados sino que además procesa lo obtenido en otros países: el 90% mundial de las tierras raras, el 65% del cobalto, el 35% de níquel y el 60% del litio. El mundo verde pasa por las manos de China. Cabe anticipar esfuerzos para diversificar la procedencia de esas sustancias o encontrar otros métodos para obtener electricidad de las energías renovables; pero la dependencia del mundo respecto a China en este aspecto es hoy por hoy ineludible.

Así pues, los planes de Biden para un futuro de energía verde serían imposibles sin concertarlos con la economía china. De no ser así, solo es posible imaginar un mundo enzarzado en pugnas continuas por recursos limitados (como hasta ahora ha ocurrido con los crudos petrolíferos) o bien un mundo que abandone las aspiraciones "verdes", por escasez de medios, y se hunda en la emergencia climática que puede conducir al caos final.

Todo parece indicar la necesidad de un obligado acuerdo entre China y EE.UU., con el apoyo de los demás países, para extraer coordinadamente los minerales necesarios para esa revolución verde que se anuncia; inventar sustitutos sintéticos para los más escasos, mejorar y adecentar los sistemas mineros y acelerar al límite el reciclado de sustancias esenciales.

En interés de toda la humanidad, el entendimiento entre EE.UU., la mayor potencia militar del mundo, y China, un gran poder económico y tecnológico, es una condición indispensable para poner en marcha esos planes universales que pretenden frenar o invertir la tendencia planetaria hacia una emergencia climática de fatales consecuencias.

Publicado en infoLibre el 31 de mayo de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/05/31 08:29:19.938031 GMT+2
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2021/05/14 08:14:3.990269 GMT+2

La ultraderecha y los ejércitos de EE.UU.

La infiltración de las organizaciones de ultraderecha en los ejércitos está siendo motivo de preocupación tanto en el seno de la Alianza Atlántica como en algunos de sus países miembros. En España y Francia también ha surgido recientemente esta cuestión.

Por este motivo, en EE.UU. se ha estudiado a fondo la violenta algarada callejera que el pasado 6 de enero asaltó tumultuariamente el Congreso y alcanzó unos extremos revolucionarios que pusieron en peligro la democracia del país. Los resultados obtenidos son de interés.

Entre las 356 personas inicialmente acusadas por estos hechos, el 60% arrastraba problemas económicos y algunos tenían antecedentes por violencia de género. Pero, sobre todo, llama la atención el dato de que casi un 15% estaba vinculado a los ejércitos, cuando en EE.UU. la suma del personal militar en activo y los veteranos licenciados apenas alcanza el 7,5% de la población.

Días después de la revuelta, unos senadores del Partido Demócrata pidieron al Inspector General del Pentágono que investigase la existencia de "supremacismo blanco y extremismo" entre las fuerzas armadas. Y en febrero, un subcomité de la Cámara se reunió para tratar sobre los "Incidentes alarmantes de supremacía blanca entre los militares" y el modo de hacerles frente.

Los reglamentos vigentes tienden más a definir los derechos de que carecen los miembros de las FF.AA. que los que poseen. Los militares en activo pueden participar en demostraciones políticas, pero fuera del cuartel, sin uniforme, sólo en territorio de EE.UU. y representándose a sí mismos, siempre que no se difame al Presidente o a las autoridades. Pero serían expulsados los militares que participaran en la recaudación de fondos o distribución de material político, que vistieran prendas exaltando el supremacismo blanco u otros extremismos, y si se manifiestan a través de ciertas redes sociales.

El problema es que la procedencia de muchos militares coincide con la que alimenta las filas de la ultraderecha: hombres jóvenes, socialmente aislados, que han descendido en la escala social y son económicamente vulnerables. Un veterano negro, que denunciaba el racismo en la Armada, dijo que sus compañeros no necesitan que se les inculque una ideología racista o fascista, porque "la traen de su familia y de su comunidad".

Naturalmente, los ejércitos son organizaciones jerárquicas, autoritarias y organizadas para la confrontación bélica. Desde la instrucción básica se inculcan ciertas ideas como el respeto profundo por la tradición, la idealización del heroísmo, el culto por la acción en sí misma y la entrega desinteresada hacia los compañeros. Se equipara la masculinidad con el militarismo ("Aquí mi fusil, aquí mi pistola") y se tiene como traidor a quien piense de otro modo. Los grupos de ultraderecha adoptan ideas bastante parecidas.

Mucho de lo hasta aquí comentado es específico de EE.UU., donde los militares pasan a menudo largos periodos de operaciones en el extranjero (las "guerras interminables" que Biden pretende concluir). Los ostensibles fracasos de algunas de ellas y la sensación de ser incomprendidos por la población generan un resentimiento del que se valen las organizaciones supremacistas. También es propio de EE.UU. el conflicto del Estado con algunas asociaciones de veteranos que se sienten menospreciadas y defraudadas por las promesas que creyeron recibir al alistarse, cuestión que se remonta nada menos que a la Guerra de Vietnam.

Sin embargo, aunque en la mayoría de los países europeos no es aplicable todo lo anterior, la infiltración en los ejércitos de las ideologías ultraderechistas es un problema generalizado que habrá que seguir muy atentamente para evitar llegar a situaciones de las que después sea difícil recuperarse.

Publicado en infoLibre el 14 de mayo de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/05/14 08:14:3.990269 GMT+2
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2021/04/21 08:06:3.323857 GMT+2

El control civil de los ejércitos

El control civil de lo militar forma parte del más hondo substrato de la Constitución de EE.UU., donde las Fuerzas Armadas están sometidas a la Presidencia y al Congreso, democráticamente elegidos. En ambos niveles existen los órganos institucionales necesarios para mantener la debida subordinación de los ejércitos al Gobierno de la nación.

Sin embargo, como explica un ensayo publicado en Foreign Affairs (mayo-junio 2021), en los últimos años ese control se ha venido degradando paulatinamente. No es que se hayan producido casos de insubordinación, pero se han debilitado los instrumentos de vigilancia y exigencia de responsabilidades a los ejércitos.

En muchos países, no solo en EE.UU., los altos mandos militares poseen -y pueden manejar a su gusto- gran parte de la información que los dirigentes políticos necesitan para tomar las decisiones adecuadas. Por ese motivo, para influir en el poder o ejercerlo desde la sombra, ya no se necesita ocupar militarmente el Congreso, al estilo del general Pavía o del coronel Tejero en el madrileño palacio de la Carrera de San Jerónimo. Se puede conseguir lo mismo sin romper la cadena de mando civil-militar, de modo que, sin violencia externa y casi sin tener conciencia de ello, los gobernantes pueden ser controlados por el mando militar.

Ha habido en EE.UU. casos de clara oposición entre ambos "poderes", como cuando el general Powell evitó que el presidente Clinton derogara la disposición que impedía a los homosexuales entrar en los ejércitos: la política pretendía responder a un deseo popular, pero la milicia lo rechazó. Y durante los mandatos de Obama y Trump el mando militar exigió el envío de refuerzos a Afganistán, en contra de la voluntad presidencial que, por uno u otro motivo, deseaba desligarse del avispero afgano en el que EE.UU. estaba implicado.

La exigencia constitucional, establecida en 1947 en EE.UU., de que para dirigir el Pentágono un mando militar ha de estar siete años retirado fue desobedecida por Trump y ahora por Biden, rompiendo siete décadas de tradición de control civil. Nada indica que un militar sea más eficaz que un civil para dirigir el Pentágono; más bien, puede ocurrir lo contrario. En los ejércitos es fundamental la obediencia y la eficacia en la ejecución de las órdenes, sin perder demasiado tiempo evaluando sus posibles consecuencias; esto es, por el contrario, uno de los más importantes aspectos en la dirección de la política general de un Estado, que es precisamente lo que concierne al poder civil.

Otro aspecto que influye en esta cuestión es la instrumentación de lo militar por los partidos políticos, dado que en EE.UU. los ejércitos gozan de gran estima popular, sobre todo tras los atentados del 11-S. Hemos observado presidentes, vestidos con uniforme militar, en alocuciones sobre asuntos de política exterior en centros militares y no en universidades, como parecería adecuado.

La pugna entre los militares y los diplomáticos se acentuó durante el mandato de Trump. La globalidad militar de EE.UU. es el factor más determinante en esta cuestión. De hecho, algunos de sus embajadores dependen más del mando militar de la zona donde residen que de la Secretaría de Estado, porque la superficie del planeta está dividida en once mandos territoriales que dirigen el poder militar estadounidense sobre la Tierra.

Preocupa ahora en EE.UU. esta aparente relajación del control civil sobre los ejércitos y se intenta hacer consciente de ello a la población, que vive bastante alejada de estos problemas desde que se abolió el servicio militar obligatorio. Las tradiciones democráticas y la seguridad nacional dependen mucho de que se mantenga la correcta relación de subordinación militar al Gobierno. Es opinión extendida el hecho de que, si se relaja el control civil de los ejércitos, EE.UU. no podrá seguir mucho tiempo siendo una democracia y, a la vez, una gran potencia mundial.

Publicado en infoLibre el 21 de abril de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/04/21 08:06:3.323857 GMT+2
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