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2017/12/14 18:09:42.284843 GMT+1

Trump y el Armagedón

"La comunidad evangélica de EE.UU. ha quedado extasiada por la decisión de Trump de declarar a Jerusalén como capital de Israel, porque creen que esto hace que el mundo esté más cerca del Armagedón". Así se presenta en el diario israelí Haaretz (11/12/2017) un artículo de la escritora y periodista Allison Kaplan Sommer, titulado Armageddon? Bring It On: The Evangelical Force Behind Trump's Jerusalem Speech, que pudiera traducirse como "¿El Armagedón? ¡A por él! Las fuerzas evangélicas que apoyan el discurso de Trump sobre Jerusalén". Merece la pena ponerlo al alcance de los lectores de este diario, aunque sea parcialmente.

Recordemos, en atención a los lectores españoles no tan saturados de espíritu bíblico como lo está una parte no desdeñable del pueblo estadounidense, que Armagedón es originalmente un topónimo hebreo citado en el Apocalipsis, con el que se suele aludir al día del "fin del mundo" o del "juicio final", que será precedido de insólitas catástrofes y batallas, y seguido por la llegada definitiva de Cristo como rey a la Tierra. O algo parecido; no pretendo entrar en abstrusas precisiones teológicas sino aclarar los términos utilizados para entender mejor el complejo rompecabezas centrado en Jerusalén.

El asunto consiste en que la decisión del Presidente de EE.UU. de trasladar su embajada -ahora en Tel Aviv- a una ciudad, como Jerusalén, de profundas y complejas raíces históricas y culturales para hebreos, palestinos (musulmanes) y cristianos, aunque obedezca a razones puramente políticas o incluso electorales, ha puesto de relieve un factor religioso que desde la perspectiva laica predominante en la política europea llama mucho la atención y causa no poca perplejidad.

Un popular periodista de la Red de Emisoras Cristianas de EE.UU. hizo sonar la alarma: "En el mundo evangélico, el presidente Trump siempre ha cumplido. Ahora, con su decisión de llevar la embajada a Jerusalén, se consolida como el presidente más 'evangélicamente amistoso' de todos los tiempos". No lo es solo en política interior, como cuando se opone al aborto o nombra jueces ultraconservadores, sino también en cuestiones de política exterior, como se acaba de mostrar.

La autora del artículo comentado opina que el amor de Trump por Israel se debe a que los votantes evangélicos son el eje básico de su pequeña pero sólida base de adictos, como se mostró en las pasadas elecciones, donde un 81% de evangélicos le votaron; incluso más que los que anteriormente habían apoyado a su correligionario George W. Bush.

Lo más sorprendente viene ahora. La cohesionada comunidad evangélica de EE.UU. desea ver a Jerusalén en poder de los israelíes por razones puramente religiosas, por lo que Trump y sus asesores han menospreciado la previsible reacción violenta del pueblo palestino, que ya ha empezado a tomar forma y ha producido las primeras bajas mortales.

Una afamada comentarista de televisión, especializada en asuntos religiosos, explicó que la reconstrucción del Templo sería lo que iniciaría los "últimos días" bíblicos, cuando los muertos y los vivos serán llevados ante Dios para ser juzgados. Los evangelistas llevan tiempo rezando para que esto ocurra y, como condición necesaria, "necesitan la guerra en Oriente Medio. La batalla de Armagedón, cuando Cristo vuelva a la Tierra y derrote a los enemigos de Dios. Para algunos evangelistas será el clímax de la Historia y es Trump el que está ayudándoles a alcanzarlo". Para ellos, si la decisión de Trump pone en peligro la paz en Palestina y Oriente Medio es cosa irrelevante: "La paz en este mundo no importa nada".

Pero la paz y la guerra, a pesar del fanatismo evangélico y su nefasta influencia en la política estadounidense, siguen siendo un problema básico para la humanidad, que la decisión de Trump ha agravado considerablemente. Con ella, EE.UU. ha dejado de tener un papel esencial para resolver el enconado conflicto entre Palestina e Israel, y abre un espacio libre al actual Gobierno israelí para dar al traste con cualquier esperanza que le quede al pueblo palestino para alcanzar su soberanía, por limitada y frágil que sea.

Todo parecía indicar que las llamadas "guerras de religión" no eran sino la máscara de conflictos bélicos que, aprovechando las rivalidades religiosas, buscaban el poder político, militar, económico, diplomático, etc. Así ha sido en la mayor parte de la historia de la humanidad. Por eso sorprende que -como se recuerda en el artículo comentado- en un programa televisivo en EE.UU. se oiga decir: "Abraham, Isaac y Jacob, como se lee en el Génesis, recibieron de Dios una franja de terreno en Oriente Medio, con la promesa de que sería siempre para ellos. Siempre significa hoy, mañana y... siempre".

Ante tan contundente argumento, toda racionalidad desaparece y la política queda embebida en la superstición. La llegada de Trump a la Casa Blanca parece haber puesto las bases de una tendencia capaz de barrer los residuos de la Ilustración y la Razón que los fundadores de EE.UU. implantaron en las tierras americanas.

Publicado en República de las ideas el 14 de diciembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/12/14 18:09:42.284843 GMT+1
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2017/12/07 17:22:4.982517 GMT+1

Una catástrofe anunciada y desdeñada

El pasado 13 de noviembre se hizo público el Global Carbon Budget 2017 (Presupuesto global del carbono en 2017), un documento en el que han participado 77 investigadores de todo el mundo, pertenecientes a 57 organizaciones radicadas en 15 países.

Desde 2005 se cuantifican las emisiones de CO2 atribuyéndolas a la atmósfera, los océanos o la tierra, con lo que midiendo la perturbación que la actividad humana produce en el ciclo natural del carbono los investigadores pueden estudiar y catalogar los principales factores y procesos que intervienen en él.

En resumen, se miden las "entradas" y las "salidas" de CO2 en la atmósfera: aquéllas, producto de la actividad humana y éstas, causadas por la capacidad de almacenamiento de la tierra y los océanos.

Durante 2016, un 60% de las emisiones globales de CO2 correspondió a la suma de China (28%), EE.UU. (15%), UE (10%) e India (7%). Para 2017 se anticipa que, a causa de la utilización de combustibles fósiles (carbón, petróleo o gas), esas emisiones aumentarán en un 2%, lo que es ya una cifra inquietante, dado que va a ser el segundo año con mayor temperatura global media registrada después de 2016, que batió todos los registros históricos. Según un científico, esta predicción "revela un gigantesco salto atrás para la humanidad", contraponiéndolo a la optimista frase de Neil Amstrong al pisar la Luna.

Todavía no existe la certeza de que este aumento no sea una anomalía temporal que sea seguida por una tendencia descendente o si por el contrario no anunciará el comienzo de una peligrosa fase de crecimiento desencadenado que traiga irreversibles consecuencias.

Una investigadora implicada en este proyecto declaró: "Las emisiones globales de CO2 parecen crecer de nuevo fuertemente tras tres años de estabilidad. Es tan urgente reducirlas que ya deberían estar disminuyendo". Y comentó: "Se produjo un amplio movimiento favorable para firmar los acuerdos de París en 2005 sobre el cambio climático pero existe la sensación de que poco se ha avanzado desde entonces. Hay que tomárselos ya en serio y hacerlos realidad".

También el pasado mes de noviembre se reunió en Bonn la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático, que pretende impulsar a los Gobiernos del mundo hacia el cumplimiento de los citados acuerdos de París, que gracias a la acción concertada de todos los Estados intentan que el crecimiento global de la temperatura media no supere en más de 2ºC la temperatura media de la era preindustrial. Para conseguirlo, las emisiones podrían alcanzar un máximo en 2020, para decrecer rápidamente después.

Si el mundo se encamina hacia un calentamiento igual o superior a 3ºC, se avecinará una catástrofe ambiental que afectará a varios centenares de millones de habitantes en territorios que serán inundados al crecer el nivel del mar. Una organización estadounidense que estudia los efectos del cambio climático, Climate Central, difunde los resultados de sus análisis en forma de mapas y gráficos que muestran el resultado de la crecida del nivel del mar en distintas zonas del planeta y para distintos niveles de calentamiento global.

Casi todas las grandes ciudades costeras se verán afectadas, llevando a la desaparición práctica de algunas. Quizá hasta Trump (y sus descendientes) se sienta algo afectado al saber el riesgo de sus intereses turísticos en Florida, donde se prevé la inundación de una tercera parte de la superficie del Estado si el aumento global de la temperatura alcanza o supera 3ºC, según datos de la ONU.

Las temperaturas locales también variarán, según Climate Central. Por ejemplo: si la temperatura global supera 3ºC en 2100, las máximas veraniegas de Madrid alcanzarán un promedio de 36,4ºC, como es habitual hoy en el centro de Irak; pero si se limita a 2ºC, será de 32,7ºC, como ahora en Bamako, la capital de Malí.

En cualquier caso, la perturbación antropogénica del ciclo del carbono ya está produciendo sus primeros efectos, y un alto responsable de la agencia ambiental de la ONU declara: "Nos hallamos en una situación donde no estamos haciendo lo suficiente para proteger a cientos de millones de personas de un futuro miserable". Una población que no solo sufrirá el riesgo de inundaciones y adversas condiciones climatológicas sino que al concentrarse en las ciudades, donde reside más de la mitad de los habitantes del planeta, sufrirá el efecto llamado de "isla urbana", porque las ciudades alcanzan temperaturas de unos 7ºC más que el campo que las rodea. Los efectos que esto tendrá en la salud y la economía es algo que los Gobiernos de todo el mundo han de empezar a prever.

Esta es, pues, la crítica perspectiva que la ciencia plantea sobre una catástrofe anunciada pero desdeñada en el diario acontecer de los pueblos.

Publicado en República de las ideas el 7 de diciembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/12/07 17:22:4.982517 GMT+1
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2017/11/30 18:20:2.164153 GMT+1

El 'modelo afgano' amenaza a Egipto

Un reciente ataque terrorista en Oriente Próximo apenas ha recibido en los medios de comunicación españoles la atención que merece, quizá porque estos se han visto absorbidos por una abundante catarata de noticias locales.

Han estado tratando sobre la necesidad de abordar seriamente la lucha contra la violencia machista en nuestra sociedad; sobre la convocatoria electoral en Cataluña, último hito del caleidoscópico conflicto que agita a esta comunidad (caleidoscópico, porque unos pocos elementos, debidamente agitados, proporcionan sin cesar nuevas e insólitas imágenes); han continuado aludiendo a la persistente corrupción que aqueja, sobre todo, al partido de Gobierno; así como a las ya habituales angustias que producen el paro, la economía, los bajos salarios, la sequía, la contaminación atmosférica, etc. etc.

Todo eso les impidió resaltar un sangriento atentado perpetrado el viernes (día sagrado) de la pasada semana por musulmanes suníes del Estado Islámico (EI) contra musulmanes sufíes en un poblado al norte del Sinaí egipcio, que produjo más de 300 víctimas mortales: el más sangriento ataque terrorista que ha sufrido el país.

En un radio de unos 500 km del lugar del atentado se hallan estos países: Chipre, Turquía, Líbano, Siria, Irak, Palestina-Gaza, Jordania, Arabia Saudí, Israel y, claro está, Egipto. Añada el lector, a este conjunto de Estados de alto nivel conflictivo, la cercanía del canal de Suez y las rutas marítimas que en él confluyen, los yacimientos de hidrocarburos y otros recursos naturales; y para completar la explosividad de la mezcla tome conciencia de los intereses que en la zona poseen las viejas potencias colonizadoras (Francia y Reino Unido), las superpotencias, como EE.UU. (aliado militar de Egipto e Israel) o Rusia (con estrechas relaciones con Siria y Turquía) y otros países algo más lejanos pero no menos implicados en lo que ahí sucede, como Irán o China.

¿Y cuál es la peculiaridad de este atentado -se preguntará el lector- que lo hace tan crítico? Inciden varios factores. Sobresale el hecho de que el EI, derrotado en Irak y Siria y prácticamente fuera de combate, ha hecho frente con éxito al más poderoso ejército del mundo árabe, dirigido por un régimen militarizado, armado y adiestrado por EE.UU. y sigilosamente apoyado por los servicios de inteligencia israelíes.

Se oscurece el panorama cuando se recuerda que en octubre pasado medio centenar de policías egipcios fueron masacrados en una emboscada, cuando atacaban un refugio de los Hermanos Musulmanes, flagrante error que se saldó con simples cambios en la cúpula militar exigidos por el presidente egipcio.

Tanto EE.UU. como Israel achacan estos graves fallos a la falta de entrenamiento y de moral de combate de las tropas egipcias, que no acaban de asumir la nueva estrategia basada en la obtención rápida y oportuna de información y la actuación inmediata de las fuerzas de operaciones especiales. Es la combinación que ambos países propugnan como el principal factor de éxito en la lucha antiterrorista en el s.XXI, heredera en la historia bélica de la famosa guerra relámpago alemana que combinaba aviación y fuerzas acorazadas en un aplastante instrumento que les permitió alcanzar desde el Volga a los Pirineos.

Contribuye también a la preocupación general el cambio de estrategia del EI que el atentado revela. Al escribirse estas líneas, la rama egipcia del EI todavía no ha reivindicado la acción que abrumadoramente se le atribuye, pero todo parece indicar que con ella intenta recuperar el prestigio ante el mundo musulmán, perdido en Irak y Siria, sustituyendo la conquista de territorio por violentas acciones contra los que no aceptan su ortodoxia religiosa.

Lo más peligroso de esta nueva situación es que en Egipto, a pesar de la rápida reacción del Gobierno bombardeando posibles núcleos de terroristas en el desierto de Sinaí y al Este de Libia, puede llegar a reproducirse el "modelo afgano de guerra permanente". El modelo en el que los repetidos errores estratégicos de EE.UU. no han conseguido poner fin a una guerra contra los yihadistas talibanes que ha cumplido ya dieciséis años sin alcanzar los objetivos propuestos.

Y, al igual que en Afganistán la combinación del fanatismo talibán y la exportación de opiáceos parece imposible de frenar, el Sinaí acoge ahora a los yihadistas del EI en un territorio donde el contrabando de personas, armas y drogas parece preparar el terreno para otra guerra interminable.

Lo que ahora sucede en Afganistán y lo que pueda ocurrir en Egipto es algo que debe preocupar a Europa porque la orilla meridional del Mediterráneo es nuestra más crítica frontera.

Publicado en República de las ideas el 30 de noviembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/11/30 18:20:2.164153 GMT+1
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2017/11/23 18:20:9.326166 GMT+1

Nostalgia de la guerra fría

En unas semanas el Gobierno de EE.UU. va a publicar un documento cuyos efectos llegarán a todo el mundo, aunque no muchas personas sean conscientes de ello.

Se trata del Nuclear Posture Review (NPR, que puede traducirse como "Revisión de la política nuclear), cuya finalidad es determinar el papel que las armas nucleares deben jugar en la estrategia de seguridad de EE.UU. La anterior revisión tuvo lugar en 2010, durante el mandato de Obama.

El citado documento es el desarrollo final de una orden que Trump dictó el pasado mes de enero "para asegurar que la disuasión nuclear de EE.UU. sea moderna, fuerte, flexible, resistente, disponible y debidamente adaptada para disuadir de las amenazas del siglo XXI y tranquilizar a nuestros aliados".

Subyace entre las inquietudes del Pentágono la idea de que el arsenal nuclear estadounidense posee demasiadas armas algo anticuadas y de descomunal potencia, que incluso un presidente tan irreflexivo y verbalmente belicista como Trump podría vacilar antes de dar la orden de utilizarlas, por temor a desencadenar el holocausto mundial en caso de que algún enemigo se sirviera de armas nucleares de pequeña potencia en algún enfrentamiento local.

Así pues, se percibe entre los estrategas de EE.UU. una clara tendencia a disponer de armas nucleares "más utilizables", con la idea de que los mandos militares dispongan de más opciones en un futuro teatro de operaciones.

Según la doctrina nuclear en vigor durante la presidencia de Obama, el recurso al arma nuclear era la última medida imaginable, solo en circunstancias extremas y para defender los intereses vitales de EE.UU. y sus aliados. Estaba excluida totalmente la opción de amenazar con su empleo para imponer a otros países menos fuertes las políticas deseadas por Washington.

Obama intentó avanzar hacia la no proliferación de armas nucleares en el mundo (aunque gastó inmensas sumas en perfeccionar las propias) y para ello se esforzó en mostrar su inutilidad a efectos prácticos, reduciendo su papel dentro de la estrategia de defensa nacional.

Pero en la era Trump todo esto está siendo olvidado. Tras su resonante diatriba contra Corea del Norte amenazando con desencadenar una ofensiva "de fuego y furor como el mundo jamás ha conocido", los asesores militares del magnate financiero convertido en desconcertante Presidente parecen propensos a no olvidar en el armario las armas nucleares cuando se trata de apabullar a los Estados renuentes a los deseos o intereses del imperio.

Es previsible (y muy de temer) que en la nueva NPR que en breve será aprobada se va a dar vía libre al desarrollo y puesta en servicio de armas nucleares tácticas, de pequeña potencia, con la aventurada idea de que su uso limitado al teatro de la guerra no conduzca a la temible escalada nuclear que en las teorías estratégicas al uso en los años 60 se llamaba "lo impensable".

Atribuyendo, además, a Rusia una no comprobada propensión a servirse de armas nucleares tácticas si se ve derrotada en un (muy improbable) enfrentamiento militar con la OTAN, los estrategas estadounidenses están bien apoyados por la industria bélica en su deseo de renovar y ampliar el arsenal de guerra con armas nucleares de efectos limitados. Explican que son armas que no pretendan arrasar una ciudad entera sino instalaciones concretas o despliegues militares sobre el terreno.

Todo esto parece mostrar un peligroso regreso al pensamiento de la guerra fría, tan al gusto de algunos analistas estratégicos cuyas teóricas elucubraciones se escuchan en Washington, Bruselas y Moscú, en distinto pero alarmante grado.

Y también en Madrid donde, según parece, se vuelve a la vieja costumbre de atribuir al "oro de Moscú" algunos errores propios que se pretende no airear, aunque nada tenga que ver, en nuestro caso, con las armas nucleares. Lo más intrigante de todo esto es que ya no existe enfrentamiento ideológico entre Washington y Moscú, ambos bandos sumidos en distintas variantes de un mismo sistema capitalista, pues de lo que en verdad se trata es de la sempiterna pugna por el poder aunque haya que disfrazarla de "guerra fría".

Publicado en República de las ideas el 23 de noviembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/11/23 18:20:9.326166 GMT+1
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2017/11/15 18:09:19.498641 GMT+1

Noam Chomsky vuelve a la carga

La financiación de las campañas electorales en EE.UU. por las grandes empresas no tiene como única finalidad el triunfo de un candidato. Financiarle su campaña es el modo de "comprar su accesibilidad", cosa que está muy clara para los que así actúan, ya que él estará siempre disponible para ellos porque quiere seguir recibiendo su apoyo financiero.

Así, si triunfa el candidato apoyado, es evidente que los abogados de la corporación que tanto ha contribuido a su éxito pasarán a formar parte del nuevo equipo legislativo, es decir, de los que redactan las leyes: "Los legisladores ni siquiera suelen saber qué pasa, pero las personas que en realidad hacen el trabajo -los abogados de la corporación en cuestión- los inundan de supuestos datos, argumentos y toneladas de material; básicamente son ellos quienes escriben las leyes. De modo que las políticas resultantes son las que han redactado los grupos de presión y los abogados de las grandes empresas, que han accedido a ese poder mediante la financiación".

Hasta aquí, la breve y clara explicación, incluida por Noam Chomsky en su último libro "Réquiem por el sueño americano", sobre cómo funciona el sistema electoral de EE.UU. Se incluyen en el texto opiniones igualmente certeras sobre otros asuntos, porque la base de la argumentación del filósofo y lingüista estadounidense en este breve pero enjundioso manual es el análisis de los factores que llevan a una creciente concentración de la riqueza y el poder en manos de un reducido sector de la población: el ya famoso "uno por ciento".

Este fenómeno, que en EE.UU. implica, como muestra el autor, la desaparición del aquel sueño con el que tantos inmigrantes pisaban la tierra norteamericana ("Somos pobres de solemnidad pero trabajaremos mucho y saldremos adelante, tendremos casa, coche, nuestros hijos estudiarán..."), lleva a que en ese país y en el resto del mundo aumente exponencialmente la desigualdad social y económica y sufran un grave deterioro las ventajas del Estado del bienestar. Durante los últimos treinta años, afirma Chomsky, "el programa de Gobierno en EE.UU. se ha modificado completamente en contra de la voluntad de la mayoría para proporcionar ingentes beneficios a los superricos".

Pero para llegar a esta situación se han ido produciendo ciertas transformaciones que afectan a casi todos los ámbitos de la vida ciudadana y que Chomsky resumen en diez principios que la extensión de este comentario impide reseñar detalladamente. Así, por ejemplo, la democracia es un obstáculo a soslayar en ciertas circunstancias porque puede ser un peligro para los opulentos. Para evitar el peligro del "exceso de democracia", nada más necesario que la educación y el adoctrinamiento desde la juventud, lo que se logra menoscabando la enseñanza pública y reforzando la concertada.

Sobre la influencia y el poder de los medios de comunicación, Chomsky recuerda que la democracia (como la economía) se basa en la existencia de ciudadanos informados que toman decisiones racionales. Pero "la industria de las relaciones públicas dirige las campañas [electorales] de modo que todo es pompa, ostentación, ilusión y famosos". Y como sobre los asuntos realmente importantes hay siempre gran discrepancia entre las políticas adoptadas por el Gobierno y la opinión pública, "es preferible dirigir la atención de la población a temas marginales". Así se logra que la población sea espectadora y no participante; que sea marginalizada y atomizada para dejar actuar a sus gobernantes al servicio de los que ejercen el verdadero poder: "los amos de la humanidad".

Estos son los diez factores que, según Chomsky, han contribuido a la situación actual:
- Reducir la democracia, para proteger de la mayoría a la minoría opulenta;
- Modelar la ideología, criminalizando la crítica;
- Rediseñar la economía, que pasa de productiva a financiera;
- Desplazar la carga fiscal, descargando a los poderosos;
- Atacar la solidaridad, privatizando servicios que los ricos no necesitan;
- Controlar las entidades reguladoras, para que los que mandan se controlen a sí mismos;
- Manipular las elecciones, como se acaba de ver;
- Someter a la plebe, atacando a los sindicatos y quebrando la conciencia de clase;
- Fabricar el consenso mediante la desinformación, y
- Marginar a la población.

Aunque el análisis se basa en la realidad estadounidense, mucho de lo que el autor ataca es aplicable a otros países y el lector encontrará opiniones críticas directamente transplantables a la sociedad española, fiel seguidora de las costumbres importadas del imperio ultramarino, desde los blue jeans al halloween.

El libro comentado es una especie de "Manifiesto contra la desigualdad" y no puede dejar impasible a quien lo lea. Otra cosa es encontrar y articular la contraofensiva. Este es el párrafo final: "Lo que importa son las pequeñas hazañas de personas anónimas que pusieron los cimientos para los sucesos trascendentes de la historia. Esas personas anónimas consiguieron modificar las cosas en el pasado. Y son quienes lo conseguirán en el futuro".

Publicado en República de las ideas el 16 de noviembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/11/15 18:09:19.498641 GMT+1
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2017/11/09 18:21:22.008596 GMT+1

Trump: erre que erre con las armas nucleares

El pasado 12 de octubre escribí en estas páginas digitales un comentario titulado "Las armas siguen matando en EE.UU.", que concluía así:

"Todo parece indicar que la situación actual se mantendrá largo tiempo porque las armas son un componente arraigado en la cultura nacional, con el que la NRA [National Rifle Association] sintoniza con habilidad, exagerando las amenazas y promoviendo el apoyo formalmente democrático a su ideología. Es de temer que las armas de fuego seguirán matando ciudadanos de EE.UU. a menos que algún factor, hoy impredecible, llegara a inducir una revolución cultural que no pasa de ser un sueño".

Pues bien, las armas de fuego han seguido matando. Si el 1 de octubre pasado un tiroteo masivo en Las Vegas produjo 58 víctimas mortales y varios centenares de heridos entre los asistentes a un festival musical, hecho que suscitó el comentario antes citado, un mes después, el domingo 5 de noviembre, otro asesino múltiple mató a 26 personas en una iglesia baptista próxima a San Antonio de Texas.

Pero en este nuevo atentado masivo se produjo un hecho singular: dos vecinos armados persiguieron al asesino y dispararon contra él, aunque según los detalles hasta ahora conocidos no fueron ellos los que lo abatieron, pues posteriormente fue hallado su cadáver con signos de suicidio, probable consecuencia de verse acorralado.

Esto viene a confirmar algo que también expuse en mi comentario, respecto a la opinión expresada por algunos ciudadanos, partidarios de la NRA, de que "solo se alcanzará la paz urbana cuando haya más personas buenas que malas portando armas". Esto convertiría ciertas zonas de EE.UU. en escenarios similares al de "Duelo en el OK Corral", con la condición de que los "buenos" fueran tiradores más expertos que los "malos". ¡Estremecedora perspectiva!

Lo anterior es un ejemplo ostensible de esa cultura del armamento personal, tan enraizada en ciertos sectores de la población estadounidense que, en último término, confían más en sus propias armas y en las de sus vecinos que en la seguridad que proporcionan los organismos del Estado. Por eso, uno de los dos perseguidores del criminal, tocado con el típico sombrero texano (ver la fotografía adjunta), fue homenajeado calurosamente por sus vecinos, aunque él se excusó diciendo "No soy un héroe. Hice simplemente lo que había que hacer". De ese modo se convirtió en el paradigma que el resto de la población debería imitar, reforzando una vez más la cultura del armamento personal.

Más que reflexionar sobre la imperiosa necesidad de abordar el modo de transformar esa peligrosa cultura que, como la bandera de las barras y estrellas, hinca sus raíces en lo más profundo de la americanidad a estilo EE.UU., los medios de comunicación de este país están más preocupados en averiguar cómo el asesino pudo adquirir libremente el año pasado un rifle semiautomático y otras armas ligeras, a pesar de tener antecedentes muy negativos.

Expulsado de la Fuerza Aérea, condenado por maltrato familiar y tras un año de encarcelamiento, sus datos personales no figuraban en el fichero que incluye a quienes, por diversos motivos, se les prohíbe adquirir armas de fuego.

Poco va a importar descubrir la causa de ese fallo burocrático cuando la legislación sobre las armas personales varía de Estado en Estado e incluso en algunos de ellos se relajan las restricciones, como en Georgia, donde ahora se autoriza portarlas en colegios, clubes nocturnos y otros lugares públicos.

Las estadísticas son alarmantes: tres de los cinco tiroteos masivos más sangrientos de la historia moderna de EE.UU. se han producido en los últimos dieciséis meses. Las causas pueden ser muchas: armas más potentes y rápidas; asesinos que planifican mejor sus crímenes; efecto multiplicador y "glorificador" de los medios de comunicación; y algunos otros factores que los psicólogos sociales se esfuerzan por analizar.

No obstante, Trump, durante su visita a Japón, comentó que en la iglesia de Texas podrían haber muerto muchas más personas si el uso de armas privadas hubiera estado más restringido, porque "No hubiera estado presente ese valiente con sus armas y en vez de 26 muertos hubiéramos tenido varios centenares". A Trump, como era de temer en casos como el aquí comentado, se le puede aplicar con acierto la expresión castellana de raíces moriscas: "Erre que erre".

Publicado en República de las ideas el 9 de noviembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/11/09 18:21:22.008596 GMT+1
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2017/11/01 18:39:17.805857 GMT+1

Las nuevas paradojas de la disuasión nuclear

Un Estado dotado de armas nucleares con finalidad disuasoria, como es el caso de todos los países que hoy las poseen, necesita cumplir varios requisitos, técnicos, organizativos, logísticos, etc., en algunos casos muy complejos, cuya principal finalidad puede resumirse en estos dos puntos:

1) Que el armamento nuclear pueda utilizarse con plena fiabilidad y máxima eficacia siempre que sea necesario a juicio del Gobierno y cumpliendo las condiciones establecidas sobre el reparto de responsabilidades en la cadena de mando de la Defensa nacional;

2) Que no pueda ser activado en ningún otro caso, es decir, que sea invulnerable a catástrofes naturales, errores técnicos o humanos, e incluso impida acciones anómalas de los individuos implicados en su funcionamiento, hasta el mismo operador que aprieta el botón de disparo.

La primera condición se refiere a la eficacia del sistema de armas nucleares y, naturalmente, afecta a todos los que están implicados en ellas, desde la industria bélica que las construye hasta la clase política responsable de la Defensa. Afecta sobre todo al Gobierno, que debe tener la plena seguridad de que esas armas estarán a su disposición si llega el caso de usarlas.

La segunda, por el contrario, afecta en último término a toda la humanidad. Se trata de que las armas nucleares sean seguras y no puedan activarse de modo imprevisible u obedeciendo a causas incontrolables.

Esta última condición es la que hoy preocupa a los políticos y analistas en muchos países del mundo, a raíz del enfrentamiento (por ahora solo verbal pero con explícito contenido nuclear) entre los presidentes de EE.UU. y Corea del Norte. Son muchos los que advierten que el verdadero peligro que hoy se cierne sobre el planeta no es tanto un duelo voluntariamente desencadenado con armas nucleares entre ambos Estados -lo que sería una catástrofe de dimensiones inéditas, sobre todo para Corea- como un error de apreciación o un fallo técnico en los sistemas nucleares. Esto es más probable que pueda ocurrir en el naciente y primitivo arsenal coreano que en el experimentado arsenal estadounidense.

Dicho de otro modo, la prolija y enrevesada argumentación teórica que durante décadas ha enredado a estrategas, políticos e incluso filósofos sobre el qué y el cómo de la disuasión nuclear nos llevaría a una nueva paradoja, dada la situación actual: Estados Unidos se ha convertido en el principal interesado en que el sistema coreano de armas nucleares sea lo más seguro posible.

Esto sería así siempre que entre los planes estadounidenses no se incluyese la guerra nuclear contra ese país y solo pretendan frenar el rearme coreano, por motivos de política exterior o interior. No obstante, esto depende de una variable de difícil determinación que multiplica las incógnitas: el factor Trump.

Durante la Guerra Fría se intentó evitar el conflicto nuclear producto de un error, utilizando el llamado "teléfono rojo" entre Washington y Moscú; mejor dicho, entre los centros de mando supremo de ambos Estados. Esto no parece posible hoy entre Washington y Pionyang, dados el hermetismo y la desconfianza del régimen coreano hacia todo lo occidental y su paranoica obsesión de estar en el punto de mira de los misiles de EE.UU.

Poniéndonos en el caso menos irracional y más favorable para los intereses de la humanidad, si Trump no se decide a llevar a la práctica sus desaforadas amenazas contra Corea del Norte y, por su parte, el presidente coreano cesa en sus provocaciones, la comunidad internacional acabará por aceptar la nuclearización del país asiático, como ha aceptado tácitamente las armas nucleares de Israel, India o Pakistán.

Y no solo eso. Habrá que hacer lo posible por facilitar la seguridad del arsenal coreano para reducir el nivel de desconfianza y evitar reacciones atolondradas ante una supuesta amenaza, producto de fallos técnicos o errores de percepción. Ya durante la Guerra Fría se vivieron momentos de máxima peligrosidad en este aspecto, de los que se extrajeron lecciones que deberán ponerse al alcance de los extravagantes dirigentes norcoreanos, por extraño que esto pueda parecer. La seguridad global de la humanidad está por encima de todo.

Publicado en República de las ideas el 2 de noviembre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/11/01 18:39:17.805857 GMT+1
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2017/10/25 18:13:9.422251 GMT+2

La engañosa derrota del Estado Islámico

Ya Sun Tzu, quinientos años antes de nuestra era, como se lee en su tratado "El Arte de la Guerra", se refería a ésta diciendo que "es un asunto serio; da miedo pensar que los hombres pueden emprenderla sin dedicarle la reflexión que requiere". Es evidente que Bush no había leído esto cuando desencadenó aquella nefasta guerra contra el terrorismo cuyos efectos está sufriendo hoy la humanidad y, sobre todo, los pueblos musulmanes sobre los que el rayo del Pentágono descargó con más virulencia y meor reflexión.

Al enumerar el filósofo chino lo que él llama los cinco factores fundamentales para ganar una guerra, dice: "El primero de estos factores es la influencia moral". La moderna traducción de los vocablos de la antigua China se presta a discusión, pero es esta influencia moral la que, también según Sun Tzu, hace que "el pueblo [la base de todo ejército] olvide el riesgo de la muerte" y se lance a la batalla "con la alegría de superar las dificultades".

En todas las academias militares del mundo se enseña la importancia del factor moral en la guerra, y la historia bélica muestra que, en muchas ocasiones, una superioridad moral puede compensar con creces la inferioridad en armas u otros factores.

Desde principios de 2015, un equipo de investigadores ha estado trabajando sobre el terreno en los frentes de combate contra el Estado Islámico (EI), precisamente para investigar ese factor moral, es decir, para evaluar la capacidad de los combatientes para sacrificarse por sus compañeros y por la causa que defienden, luchando e incluso muriendo.

Sus resultados se han publicado en septiembre pasado en la revista Nature - Human behaviour, bajo un título que puede traducirse como "La voluntad de combatir del participante abnegado y la dimensión espiritual de los conflictos humanos" (The devoted actor’s will to fight and the spiritual dimension of human conflict).

Descubrieron en ese tipo de personas, a las que denominan participantes abnegados (devoted actors), tres factores esenciales: (1) la dedicación a unos valores indiscutibles, sagrados o espirituales, y al grupo al que pertenecen; (2) la disposición a abandonar a la familia o los parientes para defender esos valores; y (3) la sensación de que la fortaleza espiritual del grupo frente a los enemigos es más importante que la fortaleza material.

Los investigadores entrevistaron a muchos participantes en esta guerra. Lo que observaron difería a veces mucho de lo que los medios de comunicación vienen informando. El jefe de una milicia árabe suní, que ahora lucha contra el EI junto al ejército iraquí y las milicias kurdas, confesó que inicialmente dio la bienvenida al EI. Pero, como otros jefes tribales, cambió de bando cuando el EI inició una lucha de clases, incitando a los más pobres a apoderarse de los bienes de la élite privilegiada.

Una conclusión inquietante de la investigación es que el EI, aunque ha perdido el control de gran parte del territorio suní en Irak, ha mentalizado a toda una generación de jóvenes árabes suníes que creen firmemente que la sharia es el único modo de gobernar la sociedad, un valor por el que están dispuestos a luchar y morir. "La sharia no es el gobierno de los hombres sino el de Dios", declaró un joven en un campo de refugiados.

Según los investigadores "las personas que entrevistamos y evaluamos asociaban casi siempre la democracia con la debilidad humana y la perfidia; es lo mismo que vivir bajo una mayoría chií elegida a instigación de EE.UU., que solo les había traído la tiranía". En opinión de otro joven "la democracia lleva directamente a las guerras y a la desconfianza entre el pueblo. No la quiero... EE.UU. desea imponer la democracia para dividir a los suníes; el EI nos trajo esperanza con la sharia...".

La conclusión definitiva de esta investigación no deja mucho lugar al optimismo. El Estado Islámico puede haber perdido gran parte de la base territorial del Califato, pero no ha perdido la lealtad de los árabes suníes de esta zona, cuyo valor fundamental es el sometimiento total a la ley islámica.

Las circunstancias básicas del conflicto político y religioso que hizo que los pueblos aceptaran al EI apenas se han modificado. A menos que no cambien esas circunstancias en el sentido de una mayor tolerancia -lo que implicaría modificar el peso de la ley islámica en la sociedad suní de Irak- "el espectro del Estado Islámico seguirá rondando esta región", afirman los investigadores.

Publicado en República de las ideas el 26 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/25 18:13:9.422251 GMT+2
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2017/10/19 18:21:2.422626 GMT+2

Unamuno frente a Trump

Un 12 de octubre de 1936 (fecha que por entonces se conocía como la Fiesta de la Raza) mi paisano, el bilbaíno Miguel de Unamuno, presidía la inauguración del curso académico en la Universidad de Salamanca. Por entonces, la rebelión militar iniciada en julio se había convertido en la Guerra Civil española y Salamanca era la capital de los sublevados.

En agosto del mismo año, el Gobierno de la República le había destituido como rector vitalicio de la citada Universidad por no haber "respondido en el momento presente a la lealtad a quien estaba obligado, sumándose de modo público a la facción en armas". De hecho, Unamuno, desengañado de la República, creyó ver en la sublevación un intento de regenerar España y se adhirió a ella. Poco le duró el deslumbramiento.

El general Millán Astray, que con la esposa del general Franco y otras autoridades locales asistía a la ceremonia, la interrumpió al grito de "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!", coreado con entusiasmo por el público entre otros alaridos patrióticos al uso en aquella época.

El cabalmente llamado "vasco universal" no se arredró ante el estallido del exaltado griterío y se irguió para terminar su discurso con estas palabras: "Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho". Aislado, solo y bajo arresto domiciliario, el autor de Niebla y de Paz en la guerra falleció en Salamanca el último día de 1936.

Otro profesor, novelista y poeta, tenaz defensor de los derechos humanos y a su modo también "americano universal" (pues es ciudadano chileno, estadounidense y argentino), Ariel Dorfman, ha aludido al incidente salmantino de Unamuno en su último artículo en The New York Review (12-10-2017), donde escribe sobre la guerra que Trump ha declarado al conocimiento (Trump's War on Knowledge).

Trump, al modo de Millán Astray, también ha declarado la guerra a la inteligencia, y las palabras del fundador de La Legión las utiliza el autor de La muerte y la doncella para advertir que tan absurda y estúpida proclama hubiera sido objeto de mofa si no hubiera resonado en una Europa donde los nazis quemaban bibliotecas y, con sus aliados, los fascistas italianos, forzaban al exilio a tantos artistas, científicos y escritores de renombre.

Explica así la relación entre ambos casos: "Me siento obligado a evocar las palabras que Millán Astray pronunció hace ochenta y un años en Salamanca, porque creo que han alcanzado una extraña relevancia hoy en [EE.UU. ...] donde todavía se afronta un asalto al discurso racional, al conocimiento científico y a la verdad objetiva. Y esta guerra a la inteligencia, a pesar de las edulcoradas beaterías de los que la ejecutan, va a causar muchas muertes".

Dorfman reconoce que siempre ha existido una preocupante tendencia antiintelectual en EE.UU., pero opina que nunca un ocupante de la Casa Blanca había mostrado una combinación tan tóxica de ignorancia y mendacidad, tanta falta de curiosidad intelectual y tanto menosprecio por el análisis riguroso.

Es cierto que el odio a la actividad intelectual no es exclusivo de la extrema derecha, como muestran los campos de exterminio de Pol Pot o los guardias rojos de Mao Zedong. Pero el poder y la influencia del Gobierno de EE.UU. pueden causar efectos aún más destructivos.

Trump declaró durante la campaña electoral: "Los expertos son terribles. Mirad el embrollo en el que estamos por esos expertos que tenemos". Y a continuación empezaron los recortes en institutos de investigación de todos los ámbitos y los nombramientos de cargos sin tener en cuenta sus méritos profesionales. Dorfman piensa que la salud de muchos millones de ciudadanos sufrirá por la supresión de los controles de la contaminación de la atmósfera y las aguas.

La amenaza de Trump de "destruir totalmente" a Corea del Norte soslaya las Convenciones de Ginebra, las conclusiones del tribunal de Nuremberg y la Carta de Naciones Unidas. Indigna a Dorfman que tan culpable estupidez, producto de su supina ignorancia, no haya rebelado ya a sus conciudadanos.

A modo de conclusión, el autor resume la frase del intelectual bilbaíno: "Venceréis pero no convenceréis". Recuerda que, tras esas palabras, probablemente hubiera sido atacado por los matones fascistas si la esposa de Franco no lo hubiera acompañado en la salida. Cree que hoy, sin temor a una violencia inmediata, hay que adoptar las palabras de Unamuno y creer que la inteligencia, que ha permitido a la humanidad extraordinarios avances médicos, científicos y culturales, nos seguirá salvando. La ciencia y la razón demostrarán que no se puede vencer fácilmente a la verdad. Concluye así: "A los que repudian la inteligencia hemos de decirles que no nos vencerán y nosotros encontraremos la forma de convencerles".

Publicado en República de las ideas el 19 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/19 18:21:2.422626 GMT+2
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2017/10/13 07:47:0.398330 GMT+2

Las armas siguen matando en EE.UU.

Tras el sangriento tiroteo del pasado 1 de octubre en Las Vegas (Nevada, EE.UU.), donde un solo individuo armado causó más de medio centenar de víctimas mortales y más de medio millar de heridos entre el público que asistía a un festival musical, el eterno debate sobre el derecho a usar armas personales vuelve a cobrar vigencia en ese país.

Los asesinatos masivos reclaman la atención de los medios de comunicación y, por tanto, reavivan el interés del público. Sin embargo, no constituyen la esencia del problema que plantea el uso privado de las armas de fuego porque, según datos del FBI, de las más de 325.000 personas que perecieron a tiros entre 1983 y 2012, solo 547 lo hicieron en tiroteos múltiples que produjeron cuatro o más víctimas.

Los letales resultados de las laxas legislaciones sobre el uso de armas en la mayoría de los Estados de EE.UU. no son tanto los asesinatos múltiples sino los frecuentes -y, en algunos lugares, habituales- tiroteos de reducido ámbito. Solo en Chicago han muerto ya a balazos 1650 personas en la primera mitad de 2017.

Las armas de fuego personales no son solo un instrumento común en rivalidades de bandas callejeras, ajustes de cuentas o asesinatos masivos. En 2013, de las casi 40.000 personas que murieron de un disparo, las dos terceras partes se suicidaron. La proliferación de armas ligeras al alcance de cualquiera que desee poseerlas las convierten en un medio fácil para los que quieren poner fin a su vida.

Entre los diversos comentarios que los medios de comunicación de EE.UU. han publicado en relación con esa última matanza se advierte que entre la población blanca no es extraña la idea de que solo se alcanzará la paz urbana "cuando haya más personas buenas que malas portando armas". Expresión que hace ya muchos años pude escuchar de modo habitual en varias familias de Texas, respetables y religiosas.

Las armas nos hacen libres, es el argumento básico de la National Rifle Association (NRA), una organización con cinco millones de asociados de pago y a la que muchos otros millones de estadounidenses siguen y apoyan fielmente. Su influencia política se extiende a todos los niveles, porque sostiene a los candidatos locales, estatales o federales que son favorables a sus planteamientos, a la vez que desencadena campañas de hostigamiento contra los partidarios de endurecer el control de las armas privadas.

Pero las armas no hacen libres a los ciudadanos de EE.UU. Como expone Firmin DeBrabender en su libro Do Guns Make Us Free? (¿Nos hacen libres las armas?), las armas hacen insegura y temerosa a la población e incapaz de implicarse en una discusión pública y colectiva en pro del bien común: "Las armas no nos liberan del miedo. Son un síntoma del dominio del miedo sobre la sociedad". Y la desaparición de un espacio para debatirlo es una amenaza a la democracia.

Sin embargo, el autor se ve obligado a reconocer que la NRA no ha alcanzado el lugar preponderante que ocupa en la sociedad estadounidense porque sus miembros armados representen una amenaza para el pueblo, sino porque recurre a los métodos habituales de la democracia: debate, diálogo, grupos de presión y campañas electorales. Es un enemigo difícil de batir por los grupos y asociaciones que pugnan por que EE.UU. intente imitar a la mayoría de los países europeos en la legislación para control y tenencia privada de armas de fuego.

La industria del armamento es también otro rival duro de roer, como lo es una cultura nacional bien arraigada, que contribuye a que los ciudadanos deseen poseer armas por muy variadas razones. La protección personal contra peligros reales o supuestos es la más decisiva, sancionada incluso por la Corte Suprema.

Todo parece indicar que la situación actual se mantendrá largo tiempo porque las armas son un componente arraigado en la cultura nacional, con el que la NRA sintoniza con habilidad, exagerando las amenazas y promoviendo el apoyo formalmente democrático a su ideología. Es de temer que las armas de fuego seguirán matando ciudadanos de EE.UU. a menos que algún factor, hoy impredecible, llegara a inducir una revolución cultural que no pasa de ser un sueño.

Publicado en República de las ideas el 12 de octubre de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/10/13 07:47:0.398330 GMT+2
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