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2021/02/26 09:36:28.834177 GMT+1

El 23F y la Constitución

Entre los numerosos informes y comentarios que estos días se han publicado, a raíz del 40º aniversario de aquel fatídico 23 de febrero que puso en peligro la supervivencia de la democracia española, llaman especialmente la atención las palabras de un alto mando militar que mucho tuvo que ver con el final de aquella esperpéntica aventura.

El teniente general Quintana Lacaci era a la sazón Capitán General de Madrid, máxima autoridad militar de la región. Según escribe Paul Preston en su "Juan Carlos: El Rey de un pueblo", el general Quintana confesó en cierta ocasión lo siguiente: "El Rey me ordenó parar el golpe del 23F y lo paré; si me hubiera ordenado asaltar las Cortes, las asalto".

Dos consecuencias pueden extraerse de estas palabras. La primera, de sobra conocida, es el papel jugado por el Rey, que en último término abortó con firmeza la intentona golpista, ejerciendo sin vacilar su autoridad militar sobre los sublevados.

La segunda consecuencia es más inquietante. Porque la posibilidad de éxito del golpe de Estado pudo depender de una vulnerabilidad que sigue viva en el articulado de la Constitución. Se basa en los artículos 8 y 62-h.

El primero asigna a las Fuerzas Armadas tres misiones: defender la "soberanía e independencia", la "integridad territorial" y el "ordenamiento constitucional". Por otro lado, el 62-h confiere al Rey el "mando supremo de las Fuerzas Armadas". Con estos dos elementos ya se puede montar un eficaz trampantojo: si el Rey y sus ejércitos consideran que se incumple alguna de las tres misiones asignadas, la propia Constitución les incitaría a intervenir. Como los golpistas, entre otras cosas, aborrecían el régimen autonómico, al que atribuían la ruptura del Estado, les bastaba una orden del Rey para entrar en acción y corregir, bajo la amenaza de las armas, una política nacional que estimaban peligrosa.

Esa aparente vinculación directa que la Constitución establece entre el Rey y las FF.AA., a las que asigna misiones específicas, soslayaría cualquier otra vía política para quienes solo tienen en cuenta los dos citados artículos. (Una reflexión: parece uso habitual en España aceptar una Constitución "fragmentada": aludir a unos artículos e ignorar otros en función de los intereses políticos).

Así pues, los golpistas hacían caso omiso de las partes del texto constitucional que revelarían su engaño. Porque el art. 97 pone en manos del Gobierno "la Administración militar y la defensa del Estado" y el 64 limita los actos del Rey que, para tener validez legal, han de ser refrendados por los miembros idóneos del Gobierno o el presidente del Congreso.

La evidente ambigüedad que afecta al conjunto de estos cuatro artículos estuvo en la base del 23F y en otras fallidas intentonas posteriores. Bien es verdad que el golpismo tradicional no se suele parar en barras. "¡El próximo, sin el Rey!", anunciaban los defraudados por el fracaso. Y aunque entre las tres misiones antes citadas figura la defensa del ordenamiento constitucional, no se sabe de ningún jefe de unidad que aquel día ordenara formar a sus tropas y prepararlas para salir en defensa de la Constitución si fuera necesario.

Los ejércitos españoles de hoy no se parecen en nada a los de 1981. Ni la España actual a la de entonces. Las nostalgias se han ido desvaneciendo y la realidad del mundo que nos rodea ha abierto mucho las perspectivas de los que constituyen el brazo armado del Estado al servicio del pueblo español. De ahí que la citada vulnerabilidad constitucional no sea un riesgo inmediato para nuestra democracia, pero debería ser tenida en cuenta para cualquier reforma de la Constitución que el transcurso del tiempo parece aconsejar.

Publicado en infoLibre el 26 de febrero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/02/26 09:36:28.834177 GMT+1
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2021/02/11 18:04:56.114699 GMT+1

Veinte años de guerra contra el terror

En este año 2021 se cumplirá el 20º aniversario del comienzo de la guerra contra el terrorismo que el presidente George W. Bush desencadenó con un mensaje radiodifundido el 29 de septiembre de 2001, pocos días después de los atentados del 11-S. Su alocución comenzó así: "Buenos días. Deseo informarles a ustedes sobre los avances logrados en muchos frentes de nuestra guerra contra el terrorismo. Es una clase diferente de guerra, que haremos de forma agresiva y metódica, para perturbar y destruir la actividad terrorista".

Para aclarar por qué iba a ser una "guerra diferente", añadió: "[Será una guerra] más extensa que los teatros de operaciones y las playas de desembarco del pasado. Se librará allí donde los terroristas se oculten, huyan o hagan planes. Algunas victorias se alcanzarán fuera de los ojos del público, evitando tragedias y eliminando amenazas. Otras serán bien observadas por todos".

Dicho de otro modo: no habrá declaraciones formales de guerra, ni el Congreso tendrá que autorizarlas. Se utilizarán todos los recursos que sean precisos: desde la actuación secreta de la CIA (detenciones, torturas, asesinatos selectivos) hasta los atentados con drones o ataques aéreos desde o contra cualquier país.

Pues en esa situación estamos todavía. Los teatros de operaciones de la guerra contra el terror se extendieron por todo el mundo: desde Irak, Afganistán y Siria, alcanzaron Filipinas, Yemen, Somalia, Siria, Níger, Burkina Faso... y otros territorios asiáticos y africanos. Esas guerras han causado unas 340.000 víctimas civiles y han forzado a más de 37 millones de personas a abandonar sus hogares.

La más prolongada de todas es la de Afganistán. Empezó en 2001 con el nombre clave de "Justicia infinita", siguió como "Libertad duradera" y, aunque el Departamento de Defensa anunció su finalización en 2014, sigue activa hoy como "Centinela de la libertad". Ni en Afganistán ni en otros países se han alcanzado los objetivos buscados ni se han materializado la justicia, la libertad o la democracia que fueron las banderas que se enarbolaron. Muy al contrario, en esos mismos países fueron naciendo nuevos grupos terroristas que tomaban el relevo de los que desaparecían, a veces con mayor virulencia e incluso con más apoyo de las poblaciones locales.

Ante esta situación, Biden ha llegado a reconocer que las guerras estadounidenses del siglo XXI, además de sembrar tragedias que afectan a millones de seres humanos, han dañado profundamente a EE.UU.: "Los conflictos enquistados e irresolubles perjudican nuestra capacidad para liderar en otras cuestiones que requieren atención y nos impiden reconstruir otros instrumentos de nuestro poder".

Un periodista colaborador del Nation Institute hace unos días describía así la disyuntiva que ha encontrado Biden al entrar en el Despacho Oval de la Casa Blanca: "Ser el primer presidente de este siglo que no aumente su envite en un conflicto irremediable o el cuarto presidente que fracase en las guerras que no pueden ser ganadas".

En unos meses sabremos si EE.UU. se suma a la vieja costumbre europea de denominar las guerras por los años de duración (guerra de los Treinta Años, etc.) añadiendo una nueva entrada al Diccionario de las guerras de George C. Kohn: "Guerra de los Veinte Años en Afganistán". O si, por el contrario, EE.UU. explora nuevos caminos que no traigan consigo más guerras, destrucción y muerte.

Publicado en República de las ideas el 11 de febrero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/02/11 18:04:56.114699 GMT+1
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2021/02/04 17:44:38.608771 GMT+1

Biden, ante Guantánamo

Siete escritores musulmanes de países africanos, asiáticos y europeos, todos ellos antiguos prisioneros en la base estadounidense de Guantánamo y autores de obras relacionadas con su vida en la cárcel allí establecida, han publicado recientemente (The New York Review, 29-1-2021) una carta abierta al presidente Biden en la que, sin rodeos, le conminan: "Ahora le toca decidir a usted".

Parece evidente que se trata de un asunto que viene afectando inevitablemente a los presidentes de EE.UU.: Bush creó esa cárcel en 2001; en 2009 Obama prometió cerrarla pero no cumplió su promesa; Trump decidió mantenerla. ¿Qué hará ahora Biden?

Los siete firmantes de la carta estuvieron recluidos en el llamado "Campo Delta" de la base naval, sin estar acusados de cargo alguno, y allí permanecieron sin ser sometidos a juicio. Algunos de ellos fueron secuestrados en sus hogares, ante sus familias, y entregados a países donde sufrieron torturas físicas y mentales. Escriben: "...estamos seguros de que tras más de diecinueve años usted estará de acuerdo en que el súmmum de la injusticia es encarcelar personas indefinidamente, sin juicio, sometiéndolas a torturas y a un tratamiento cruel y degradante, sin contacto con su familia y sin un sistema legal apropiado".

Razón no les falta. Ya en 2014, el Comité de Inteligencia del Senado reconoció que la prisión de Guantánamo formaba parte de un programa de "detención secreta indefinida", en el que se ensayaban nuevos métodos de tortura. Era el núcleo central de una red de cárceles ocultas y centros de tortura de la CIA que, a raíz de los atentados del 11-S, extendió sus tentáculos por gran parte del planeta. Los ignominiosos transportes aéreos de prisioneros que los enlazaban entre sí fueron dejando una huella que ha sido estudiada y analizada en profundidad.

Para los firmantes de la carta, "Guantánamo genera mucha desconfianza en lo que EE.UU. dice o propugna". Los que creen que ese país es la cuna de la ley y la libertad ven que eso es falso. Además, Biden habrá de reconocer que tanto el partido Demócrata como el Republicano han apoyado su creación y su existencia: "Por eso, usted debe enfrentarse a esto y cambiarlo".

Guantánamo es una aberración jurídica que desprestigia a EE.UU. cada vez que se recuerda su existencia y la presencia de una cuarentena de reclusos que aún siguen confinados. No solo eso: además, es la cárcel más costosa del mundo, como mostraba un análisis de la BBC en septiembre de 2019. Por cada prisionero viven allí unas 45 personas, entre funcionarios de la CIA, soldados y contratistas de diversa naturaleza que gracias a ella obtienen sustanciales beneficios.

Cada preso de Guantánamo viene costando a EE.UU. unos 13 millones de dólares al año, cuando en la cárcel de alta seguridad donde está confinado "El Chapo" Guzmán no llega a 80.000$. ¿Por qué pagar una prisión tan costosa? Según algunos analistas, al mantener a los presos en Guantánamo, el Gobierno evita tener que destapar una caja de Pandora: la de los abusos que sufrieron esas personas en los centros de detención ocultos de la CIA.

¿Podrá Biden torcer el brazo de esta Agencia y cerrar definitivamente Guantánamo? Los exprisioneros de la base concluyen así su carta abierta: "Creemos que usted puede cerrar Guantánamo antes de que, en breve, cumpla su vigésimo aniversario".

Publicado en República de las ideas el 4 de febrero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/02/04 17:44:38.608771 GMT+1
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2021/01/28 17:24:12.990404 GMT+1

Israel y el apartheid

El número 972 es el prefijo telefónico internacional de Israel, que sirve por igual a árabes y judíos. De ahí viene el nombre de una revista internáutica israelí, +972 Magazine, que propugna "el fin de la ocupación israelí de Cisjordania y la protección de los derechos humanos y cívicos en Israel y Palestina".

El pasado 12 de enero la activista jerosolimitana Orly Noy publicó en dicha revista un artículo titulado "Por qué B'Tselem califica a Israel como un régimen de apartheid, desde el río [Jordán] hasta el mar".

Conviene recordar que B'Tselem es la mayor ONG israelí dedicada a la protección de los derechos humanos en los territorios ocupados, lo que la ha hecho merecedora de numerosos elogios y premios internacionales, así como del más hondo rechazo por la derecha israelí. Ese mismo día anunció, sin andarse con rodeos, que "un régimen de supremacía judía desde el Jordán al Mediterráneo es apartheid".

Diez días después, un respetado y ecuánime semanario británico (The Guardian Weekly), muy alejado de cualquier veleidad activista, tituló su editorial de este modo: "Sin ningún plan [roadmap] para la paz, Israel se arriesga a ser comparado con la antigua Sudáfrica".

Por mal que les pese a los ciudadanos israelíes que ven a su Estado como una plena democracia que surgió desde los hornos crematorios nazis, la comparación de su régimen político con el odioso racismo de los afrikaner se hace día a día más evidente y difundida, como muestran las declaraciones de relevantes personalidades, como Desmond Tutu o Jimmy Carter.

No hay eufemismos posibles. El apartheid se define así: "Actividades inhumanas cometidas en el contexto de un régimen de opresión y dominación sistemáticas de un grupo racial sobre otro u otros, con la intención de conservar el régimen". El inveterado problema histórico judío de la discriminación racial se agravó durante el Gobierno de Netanyahu con la "Ley del Estado-nación judío" de 2018, que constitucionaliza la supremacía judía, y con el plan de 2020 para anexionar zonas de Cisjordania.

Según la citada ONG, más de 14 millones de habitantes, mitad judíos y mitad palestinos, viven entre el río y el mar bajo un único Gobierno. Venía pareciendo como si existieran dos regímenes separados por la llamada "Línea verde": uno dentro del Estado de Israel, con unos 9 millones de ciudadanos; el otro, en los territorios militarmente ocupados en 1967, con unos 5 millones de palestinos, cuyo futuro habría de negociarse.

Pero la realidad es hoy muy distinta, según B'Tselem. Todo el territorio comprendido entre el Jordán y el Mediterráneo se gobierna con un solo objetivo: acrecentar y consolidar la supremacía de un grupo, los judíos, sobre otro, los palestinos. Ya no existen dos regímenes paralelos sino uno solo. Y sus modos y formas de actuación poco difieren de lo que en el pasado fue el ignominioso apartheid sudafricano, como se comprueba al observar la vida cotidiana del pueblo palestino.

Esta es la penosa situación actual que preocupa en muchos países democráticos a quienes, en el pasado, asistieron con interés al nacimiento y maduración del Estado israelí y admiraron muchos de sus innegables valores iniciales. Valores cuya progresiva degeneración es, en parte, la degeneración de la esperanza por un mundo más justo y equilibrado.

Publicado en República de las ideas el 28 de enero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/01/28 17:24:12.990404 GMT+1
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2021/01/21 18:53:9.120707 GMT+1

Biden tendrá que contar con China

Con Biden instalado definitivamente en la Casa Blanca y desenredando el embrollo que ahí le ha dejado el reinado de Trump, muchos son los problemas que ahora habrá que resolver y muy enconadas las heridas a curar dentro de la propia nación americana.

Pero alejando el punto de vista y ensanchándolo hasta abarcar la totalidad del planeta, una cuestión va a planear insistentemente sobre Biden en cuanto se asiente en el Despacho Oval: ¿cómo relacionarse con China?

No crea el lector que se trata de un problema de esa "política exterior" que a muchos gobernantes solo les sirve para alejar la atención pública de los peliagudos asuntos domésticos. China está ya presente en la vida de EE.UU.: afecta a su economía, influye en los problemas climáticos y en el modo de combatir la pandemia; incide en la tecnología y los avances científicos; no es ajena a la cultura popular estadounidense y sus actividades penetran en un ciberespacio común que no tiene fronteras.

Además, China es la segunda economía mundial (según algunos informes pronto será la primera), y la única de las grandes economías que ha crecido en el último semestre de 2020. No parece ajeno a esto el acuerdo comercial y de inversiones que la UE ha firmado recientemente con China.

China posee también la segunda fuerza militar del mundo y aunque no podría enfrentarse a EE.UU. en cualquier región del planeta, sí puede mantener la supremacía en las zonas contiguas a su territorio, desde el Pacífico occidental hasta el Índico.

Biden tendrá que elegir. Si continuara con la política hostil a China desarrollada por Trump, el mundo estaría abocado a una infructuosa guerra fría que frenaría cualquier avance. Si no se desea esto, solo queda un camino: buscar los modos de cooperar con un rival poderoso, en beneficio de toda la humanidad. Un rival al que su predecesor sometió a duras restricciones económicas y comerciales y al que el Pentágono señaló hace poco tiempo como "el principal competidor estratégico", por encima de Rusia.

¿Habrá que dar prioridad a frenar o castigar las violaciones de los derechos humanos del régimen chino, o será mejor colaborar con él para hacer frente a los graves problemas que afectan hoy a toda la humanidad? Acabar con la pandemia, frenar la emergencia climática, reducir los armamentos nucleares y otras armas modernas es algo que beneficiaría a la humanidad pero requeriría una política exterior hábil y flexible, deshaciendo la envenenada herencia de Trump.

En resumen: hay dos casos extremos que deberían preverse y evitarse en todo lo posible: una nueva guerra fría, que pudiera derivar en un enfrentamiento nuclear, y la catástrofe climática que se avecina si no se toman a tiempo las medidas necesarias. Y para ello habrá que contar con China. Lo que Biden vaya decidiendo a partir de hoy señalará en cierto modo la dirección en la que se mueve la humanidad.

Publicado en República de las ideas el 21 de enero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/01/21 18:53:9.120707 GMT+1
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2021/01/14 18:41:43.378556 GMT+1

¡Atención al neotrumpismo!

Aunque quedan pocos días para que Trump abandone el puesto de mando en EE.UU., la situación en este país es muy anómala: un presidente, que fomentó una algarada popular contra el Capitolio de Washington, sigue siendo el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Anticipando este peligro, tres días antes del día señalado para la sesión del Congreso que proclamaría a Biden, The Washington Post publicó un artículo, firmado por los diez antiguos secretarios de Defensa vivos en la actualidad, insistiendo en el apoliticismo de las Fuerzas Armadas y la prohibición de que éstas puedan intervenir en contiendas electorales.

Ya se habían producido hechos que hacían temer que Trump podría recurrir en último extremo a cualquier medida para permanecer en el poder, como la declaración del estado de guerra y una repetición del proceso electoral. El mismo día de la publicación del citado artículo, Trump llamó al Secretario de Estado de Georgia pidiéndole que añadiera falsos votos a su favor para triunfar en ese Estado. Recurrir a tan visible y vergonzosa trampa revelaba la situación desesperada en la que se sentía.

Los forcejeos de Trump con el Pentágono, donde se despreciaban sus triquiñuelas para no ser derrotado, le hicieron desistir de seguir azuzando a sus seguidores y materializar con armas el golpe de Estado que se estaba iniciando. La respuesta del Gobierno fue, sin embargo, tibia e indulgente frente a los graves sucesos del día 6: más de dos horas tardaron en llegar al Capitolio las tropas del Distrito de Columbia para auxiliar a los desbordados agentes de la policía capitolina, aunque ya estaban avisadas desde muchos días antes de lo que podría ocurrir. Esto dio amplias facilidades a los amotinados que camparon a sus anchas por el Capitolio.

Acostumbrados como estamos en España a relacionar a las fuerzas armadas de ciertos países con los golpes de Estado contra sus gobernantes, nos puede parecer una paradoja que en EE.UU. haya sido la evidente exhibición de imparcialidad del Pentágono la que abortó lo que hubiera podido ser un golpe mortal a la democracia norteamericana. Los uniformados supieron permanecer fieles a la Constitución.

El discurso de Trump del día 7, mostrando su repulsa por el asalto al Capitolio, queda como un documento para la historia del humor. Lo que con él pretendía era salvar cualquier responsabilidad legal que pudiera complicarle la vida una vez abandonada la Casa Blanca o incluso frenar para siempre sus ambiciones políticas. Nadie duda hoy de que, si hubiera estado seguro del apoyo militar para seguir en el poder, hubiera completado una operación que se venía intuyendo sin más que leer sus innumerables tuites relacionados con el proceso electoral.

Pero no respiremos aliviados los que desde lejos hemos contemplado la antidemocrática aventura. La honda fractura que sufre EE.UU., la masa popular que ha apoyado y sostenido ciegamente a Trump y las varias heridas por las que sangra la nación americana hacen temer que un "neoTrump" más inteligente, menos zafio, más hábil manejando a la burocracia y más habituado a las artes de la demagogia disimulada podría reanudar la fallida operación y consumar la ruina de la democracia en EE.UU. Hay que seguir manteniendo la guardia, sin bajar un ápice las defensas.

Publicado en República de las ideas el 14 de enero de 2021

Escrito por: alberto_piris.2021/01/14 18:41:43.378556 GMT+1
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2021/01/07 17:21:0.666536 GMT+1

Rusia y la emergencia climática

Por su extensión, Rusia es el mayor país del mundo. Abarca una novena parte de la superficie terrestre emergida. Desde su extremo más occidental, en el mar Báltico, hasta el más oriental, en el estrecho de Bering, cubre once husos horarios. Su enorme variedad orográfica y ecológica la convierte en un muestrario de los efectos que en el planeta puede producir la emergencia climática que estamos empezando a sufrir. De ahí que lo que en Rusia se experimenta y se teme a este respecto tiene gran interés para la humanidad.

Un profesor de climatología de la Universidad Estatal de Moscú, al ser preguntado por sus predicciones para al año entrante, dijo que era imposible pormenorizar lo que podría ocurrir, pero añadió: "Hay una tendencia clara. Cada periodo de cinco años es más cálido que el anterior. Rusia se calienta más rápidamente que cualquier otro país". De hecho, este calentamiento es dos veces y media superior, y en la zona ártica las temperaturas sobrepasan ya el límite máximo de 2º establecido por el Acuerdo de París.

Los fenómenos observados en 2020 se repetirán en 2021, dijo. El año pasado comenzó con el invierno más cálido jamás registrado en Rusia: Moscú, habitualmente cubierta de nieve durante cuatro meses al año, quedó despejada en febrero. Siberia sufrió incendios forestales sin precedentes, que en tres meses emitieron tantos gases nocivos como en Egipto durante un año. La fusión del permafrost (capa del suelo siempre helada) libera gases de efecto invernadero, como el metano, y patógenos desconocidos, que vuelven a ver la luz, y hace que se debiliten los cimientos de las construcciones.

Pero el peor problema de la emergencia climática es la impredecibilidad de las catástrofes, que ata las manos de los gobernantes y les impide tomar medidas preventivas. Un especialista ruso del WWF afirmó: "No puedo decir qué catástrofes vamos a tener que afrontar. Podríamos sufrir sequías al norte del Cáucaso, inundaciones en el lejano Este o el hundimiento de puentes, carreteras y edificios".

La más grave consecuencia de lo anterior es que aumenta la desconfianza popular hacia los gobernantes. Las medidas para afrontar la emergencia climática no son populares. (Trump ha sabido jugar bien esta carta durante su nefasto mandato). Inciden negativamente en la economía del momento y exigen limitaciones a veces mal entendidas.

Pero si se deja seguir el curso de la naturaleza, en Rusia desaparecerá la pesca en el mar Caspio o en las costas de Kamchatka, envenenadas por un alga tóxica. O las tormentas de lluvia helada destrozarán los tendidos eléctricos, como ocurrió en Vladivostok, creando unas severas condiciones de supervivencia para la población.

En cualquier caso, los ciudadanos se quejarán del Gobierno. Los de las regiones rurales periféricas acusarán a los gobernantes de preocuparse solo por la población urbana, porque desde sus despachos no están viviendo la realidad. Para los activistas ecológicos "el Gobierno no cumple lo que promete" ni lo acordado en París. Otros piensan que no se ha creado una conciencia sobre el problema: "Creo que los rusos vivimos de espaldas a todo esto".

Y hay quienes, desesperados, miran hacia el exterior: "Si la Unión Europea se pone seria en la lucha contra el cambio climático, las empresas [rusas] que venden allí tendrán que modificar sus prácticas y reducir las emisiones nocivas". Incluso se extiende la opinión de que si Rusia pudo ignorar las demandas europeas en este asunto, ya no podrá seguir haciéndolo ahora que Biden ha anunciado la creación de una vasta coalición de Estados que cumplan, e incluso superen, el Acuerdo de Paris. Entre ellos están Canadá, China, Corea del Sur y Japón, relacionados económicamente con Rusia.

En fin, es difícil determinar una prioridad entre los acuciantes problemas que a la humanidad nos trae este 2021 recién estrenado: vencer la pandemia de Covid-19; restablecer la confianza en los gobiernos y en la democracia; actuar contra la emergencia climática; defenderse contra la mentira organizada (las fakenews); combatir los efectos de un sistema económico que aumenta la desigualdad entre los pueblos y las personas; desenmascarar a los falsos profetas; crear una nueva conciencia ecológica que ponga al ser humano en su verdadero lugar en el universo... El lector tiene donde elegir.

Publicado en República de las ideas el 7 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2021/01/07 17:21:0.666536 GMT+1
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2020/12/31 14:18:47.713023 GMT+1

De armas y emiratos

Tanto el Pentágono como el Departamento de Estado, al informar sobre el "éxito" de los programas de venta de armas al extranjero han resaltado que crecieron casi un 3% respecto a 2019 (incluso a pesar de la pandemia). Abrimos así el nuevo año, entre el optimismo de los fabricantes de armas y la razonable preocupación de quienes observamos qué Estados son los que las reciben y utilizan.

Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) son un Estado peculiar, tanto por su extraordinaria riqueza, basada en la exportación de gas natural y petróleo, como por la ausencia de democracia y el ostensible lujo y refinamiento en que viven las élites.

Otro rasgo distintivo afecta a la demografía: apenas el 20% de la población son ciudadanos emiratíes y más de la mitad son inmigrantes del sudeste asiático, que desempeñan las tareas subordinadas. No menos peculiar es el hecho de que la población masculina supera en más del doble a la femenina, casi un récord mundial, justo después de Catar, otro emirato del Golfo Pérsico.

Pues bien, para este país el Senado de EE.UU. aprobó a principios de diciembre una venta de armamento por importe de 23.000 millones de dólares. En el carro de la compra: 50 modernos cazabombarderos F-35, 18 drones artillados y más de 15.000 bombas. Todo ello como premio por establecer relaciones con Israel para la despedida de Trump.

En una lógica razonable esto hubiera debido ser imposible. Los EAU han desempeñado un papel esencial en la guerra del Yemen, que Naciones Unidas ha calificado como la peor catástrofe humanitaria del mundo, con más de 112.000 muertes. Durante los peores años del conflicto, que comenzó en 2015, los EAU han intervenido en él con sus ejércitos y armando, entrenando y financiando las milicias que allí combatieron. Y aunque retiraron sus tropas en febrero pasado, los EAU mantienen una milicia activa de unos 90.000 efectivos mercenarios.

Los EAU también han contribuido al caos libio, apoyando a las fuerzas del general alzado contra el Gobierno reconocido por la comunidad internacional, atacando con drones y violando el embargo decretado por la ONU.

Con estas intervenciones, se ha facilitado el renacer de grupos extremistas y terroristas, incluso los relacionados con Al Qaeda y el ISIS. El espectacular lujo de las mansiones de Dubai, Abu Dabi y otros lugares privilegiados, donde residen pacíficamente ricos expatriados multinacionales, no debería ocultar que los EAU son cualquier cosa menos un país amante de la paz.

Con estas perspectivas, y otras de análogo cariz, concluye 2020 y se inicia 2021. Perspectivas que no serán muy distintas a las del año pasado y, probablemente, a las del siguiente. A no ser que la pandemia que nos acosa y la inminente emergencia climática nos hagan cambiar forzosamente la orientación de nuestras preocupaciones vitales. A pesar de todo ¡que 2021 sea propicio para los lectores de estas líneas!

Publicado en Republica de las ideas el 31 de diciembre de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/12/31 14:18:47.713023 GMT+1
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2020/12/24 14:51:16.215987 GMT+1

Trabajar juntos para no perecer juntos

Al Gore fue vicepresidente de EE.UU. con Bill Clinton (1994-2000) y el año 2000 aspiró a la presidencia, ganando el voto popular pero siendo derrotado en el Colegio Electoral frente a Bush, tras una controvertida resolución del Tribunal Supremo. Le fue concedido en 2007 el Nobel de la Paz (junto con el llamado "Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático") por sus esfuerzos para afrontar la emergencia climática mundial.
 
El pasado 12 de diciembre escribió en The New York Times un artículo sobre los retos que ha de afrontar el nuevo equipo presidencial de Biden y Harris, que se estrenará el 20 de enero. En él hacía un repaso de los problemas más acuciantes que aquejan hoy a EE.UU., aparte de la pandemia del coronavirus:

"... cuarenta años de estancamiento económico para las familias con ingresos medios; una enorme desigualdad en ingresos y riqueza, con altos niveles de pobreza; un horrible [sic] racismo estructural; un partidismo tóxico; el colapso inminente de los acuerdos para controlar las armas nucleares; una crisis epistemológica que socava la autoridad del conocimiento; un comportamiento temerario y sin principios en las empresas de medios sociales; y, lo más peligroso de todo, la crisis climática".

Cabe sospechar que en esta amenazadora lista omitió deliberadamente los efectos del militarismo y el belicismo, tan arraigados en la política de EE.UU. (las "guerras eternas" que Trump dijo querer terminar), causantes de un grave deterioro social, económico y político. Al Gore no ha sido una "paloma" sino un "halcón" y apoyó todas las guerras de EE.UU., desde Vietnam hasta la guerra en Irak de 2002.

A pesar de eso, parece que ahora Gore ha percibido una oportunidad inigualable para construir una humanidad más justa y equilibrada: "Este posible nuevo comienzo se produce en un momento en el que somos capaces de romper la tiranía del pasado sobre el futuro, modificando el rumbo de la Historia con lo que elijamos hacer desde una nueva visión".

No es pequeño su optimismo al afirmar que la pandemia será derrotada, aunque multiplica la mortandad y la lucha contra ella está siendo desesperada. Pero, aún así, piensa que estamos en el centro de una batalla de consecuencias mucho más mortíferas que la pandemia: la de proteger el equilibrio climático del planeta, "cuyas consecuencias no solo repercutirán en meses y años, sino en siglos y milenios". El mismo impulso científico que ha permitido desarrollar vacunas contra el coronavirus en poco tiempo servirá para eliminar la dependencia de los combustibles fósiles y evitar la catástrofe climática irreversible que los expertos anuncian.

Es un discurso paralelo a la extendida idea que está arraigando en los países de la UE de que es preciso renovar muchas cosas que arrastramos desde un pasado, a veces mitificado, pero que creó las perversas condiciones hoy reinantes: acelerada desigualdad entre la riqueza y la pobreza; descrédito de la política como tal, corroída a menudo por la corrupción a todos los niveles, sobre todo en aquellos más altos que deberían ser ejemplo para la sociedad. Y, como anuncia Gore, un desprecio por el conocimiento y la ciencia y un populismo tosco e ignorante que apela a lo más primitivo y rudimentario de cada persona. (Bolsonaro y Trump son un patente ejemplo al respecto).

Al Gore concluye así el citado artículo: "Como sucede con la pandemia, el conocimiento será nuestra salvación pero, para que tenga éxito, hemos de aprender a trabajar juntos, para no perecer juntos". Son palabras que deberíamos repetir en esta España que tan abiertamente muestra ásperas aristas de disenso político, antes de que sea demasiado tarde.

Publicado en República de las ideas el 24 de diciembre de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/12/24 14:51:16.215987 GMT+1
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2020/12/17 18:03:36.750285 GMT+1

Lo que Trump deja a Biden

Cuando el 20 de enero próximo pase Biden a ocupar el Despacho Oval de la Casa Blanca, cobrará plena conciencia de todo lo que ha cambiado en EE.UU. durante el mandato de su antecesor. Pero, más importante aún, advertirá con claridad lo que él ya no podrá modificar, por mucho poder que ejerza quien se siente en el sillón presidencial.

El daño que Trump ha causado a la lucha contra la emergencia climática es ya irreversible, como sucede con todos los retrasos y fallos que aquejan a menudo a esta contienda, en la que, según la opinión de la mayoría de científicos, existe un punto de no retorno tras el que la catástrofe puede ser irreparable. Trump abandonó los acuerdos de París, anuló las disposiciones de Obama para reducir las emisiones de gases contaminantes, mejorar la calidad del aire y proteger los océanos. Permitió a la minería y a la industria maderera explotar terrenos públicos. Mostró un gran desprecio por las cuestiones ecológicas y desoyó sistemáticamente a la ciencia.

A partir de esta situación, Biden tendrá muy difícil volver al camino correcto frente a la emergencia climática. Como también va a tener muy complicadas sus relaciones con la Justicia, porque Trump la ha modificado a su medida con nombramientos de personas afines. Ha añadido tres nuevos jueces al Tribunal Supremo, tan inclinados hacia la derecha que su Presidente parece un "centrista". La lucha por los derechos humanos saldrá muy perjudicada en muchos aspectos: el feminismo, el acceso al voto de las minorías, las discriminaciones por motivos de sexo o género, etc., van a chocar con un muro difícilmente franqueable.

A lo anterior hay que sumar el nombramiento vitalicio de más de 200 jueces federales, en su mayoría blancos (menos del 5% son negros), y quienquiera que se siente en el Despacho Oval tendrá que afrontar un poder judicial nombrado mayoritariamente por Trump.

Eso no es todo. Hay daños más hondos y menos visibles. Según informes oficiales, las trabas fronterizas puestas a los inmigrantes han convertido en huérfanos reales a más de 500 niños, separados de sus padres en la frontera y con los que todavía no han podido reencontrarse. Un problema que habrá de resolver Biden y que, como muchos de los que Trump ha creado, ha contribuido a dividir aún más a una sociedad ya de por sí propensa a las fracturas.

Pero, en definitiva, quizá lo peor sea que los años de Trump han corrompido el pensamiento popular. Es posible que esta descomposición estuviera ya presente en la vida estadounidense y que Trump solo la hiciera rebrotar. Pero en la práctica cuatro de cada diez ciudadanos le apoyan firmemente a pesar de sus baladronadas, insultos y burlas, sus ostensibles mentiras y su apoyo a los xenófobos armados y a los supremacistas blancos. Su desprecio personal por los que sufren ha contaminado a una parte de la nación.

Una nación donde se extienden las fantasías paranoicas de los conspiracionistas, como los QAnon, que incluso alcanzan escaños en el Congreso; y donde unos fascistas armados intentaron asaltar el Capitolio de Michigan y secuestrar a la Gobernadora del Estado, lo que Trump justificó diciendo que "tiene nietos judíos".

Biden ha logrado deshacerse de Trump y sentarse ante la mesa desde la que éste gobernó el país sin muchos escrúpulos. Pero, lamentablemente, el "trumpismo" ha arraigado y prosperado, tiene un sólido apoyo popular y el camino que se abre ante el nuevo presidente está lleno de trampas y obstáculos. Por muy creyente que sea no le va a bastar solo con la ayuda de Dios: "In God we trust".

Publicado en República de las ideas el 17 de diciembre de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/12/17 18:03:36.750285 GMT+1
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