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2017/06/08 18:10:0.088496 GMT+2

Corea del Norte: entre la guerra y la diplomacia

El pasado 27 de abril, en una entrevista sostenida con la agencia Reuter en la Casa Blanca, Trump declaró: "Existe la posibilidad de que acabáramos teniendo una guerra grave, grave, [major, major war] con Corea del Norte. ¡Absolutamente!". No obstante, también dijo que él preferiría resolver pacíficamente este prolongado y enconado conflicto, para lo que su Gobierno prepararía un conjunto de sanciones económicas, pero "sin quitar de la mesa la opción militar". Resumiendo lo que parecía ser una solemne declaración pública sobre su política definitiva en este peliagudo asunto, concluyó: "Nos gustaría resolver las cosas diplomáticamente, pero es muy difícil".

Es decir, al menos a finales de abril (con Trump las previsiones a más de un par de semanas son inútiles) para Trump parecía tan asumible empeñarse en una guerra con Corea del Norte, incluso con armas nucleares, como resolver de una vez para siempre por vías pacíficas este largo contencioso, que se ha convertido ahora en el enfrentamiento personal entre dos líderes anómalos y peligrosos: Kim Jong-un y Donald J. Trump.

Ambos tienen serios problemas internos: el coreano necesita seguir imponiendo su aplastante poder dictatorial para mantener sumisa a una población empobrecida y al americano no le viene mal cualquier conflicto exterior que ayude a desviar la atención pública de los sospechosos asuntos que aquejan a su corte privada y familiar. En tales circunstancias, redoblar los tambores de guerra y mitificar a cualquier posible enemigo son opciones habituales bien conocidas por los que desean mantenerse en el poder.

Pero el imprevisible Trump (estas dos palabras ya empiezan a resultar redundantes) tan pronto considera aceptable un ataque preventivo contra Corea con misiles de crucero o una ofensiva cibernética, como alaba a su homólogo coreano (un pretty smart cookie: un tipo bastante listo) por su habilidad al hacerse con el poder absoluto antes de cumplir 30 años. A esto añadió un deseo muy sorprendente que no debería caer en saco roto: que le encantaría reunirse con el presidente Kim "si se dieran las circunstancias apropiadas".

Esto último hace recordar el impulso rompedor que mostró Nixon en 1972 cuando tomó la iniciativa de viajar a China e inició el deshielo en las relaciones con ese país entrevistándose con Mao Zedong. Era tan inconcebible ese radical paso que la expresión en inglés Nixon going to China quedó como el colmo del político capaz de tomar una decisión totalmente opuesta a lo que venía siendo habitual en él y en su entorno político. Pero fue una decisión que cambió para siempre el panorama internacional.

En las circunstancias de hoy, la consabida imprevisibilidad de Trump podía ser un factor positivo para la humanidad. Por el contrario, donde no hay espacio para lo imprevisible es en su rival coreano. Tanto en el desarrollo de armas nucleares como en la prueba de misiles balísticos, el régimen coreano no se ha movido un ápice. Kim, al igual que su padre o su abuelo, ha resistido todas las presiones de EE.UU. para suspender los ensayos y contribuir a desnuclearizar la península coreana.

Si por una parte puede existir un resquicio útil para una solución diplomática, por pequeño que sea -resquicio que no será abierto desde Pionyang sino desde Washington-, por otra parte la imprevisibilidad de Trump también podría abrir la puerta a acciones militares que llevaran al régimen coreano a temer una inevitable agresión de EE.UU. y propiciaran un contragolpe anticipado de catastróficas consecuencias.

Para el régimen de Pionyang, sus armas nucleares y los vectores de lanzamiento son garantía de supervivencia ante la arraigada sospecha de que Washington desea su desaparición y la reunificación de la península bajo el control militar de EE.UU., como el que existe en Corea del Sur. Corea del Norte teme correr la misma suerte que la Libia de Gadafi, quien tras suspender su programa nuclear hubo de sufrir un "ataque humanitario" de EE.UU. y la OTAN para proteger al pueblo libio, ataque cuyo objetivo principal enseguida derivó hacia la eliminación personal del dictador y la extinción de su régimen.

Las crisis coreanas vienen siendo endémicas. Cada tantos años se produce alguna de nueva naturaleza que activa las señales de alarma en la comunidad internacional. Los ejércitos a ambos lados de la línea de separación toman las armas y se cruzan duras amenazas. Sin embargo, una nueva crisis en las actuales circunstancias sería más peligrosa que las anteriores, dada la personalidad de los dos dirigentes enfrentados.

Las amenazas y las exhibiciones de poder militar han sido contraproducentes hasta el presente y ahora pueden ser, además, muy peligrosas. La única certeza en tan confuso panorama es que el estallido de una guerra en la península coreana podría llevar a la humanidad a dejar de preocuparse por el cambio climático: "No hay mal que por bien no venga".

Publicado en República de las ideas el 8 de junio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/06/08 18:10:0.088496 GMT+2
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2017/06/01 21:44:4.892019 GMT+2

Trump: con Arabia y frente a Irán

Allá por febrero de 2016, cuando Trump batallaba por abrirse camino hacia la designación republicana como aspirante a la Casa Blanca, disparó esta andanada a sus entusiasmados seguidores: "¿Quién destruyó el World Trade Center [las "Torres gemelas"]? No fueron los iraquíes, fueron saudíes: mirad a Arabia Saudí, leed los documentos".

En su estilo populachero y deslavazado, se explicó así: "Porque tienen unos papeles que son muy secretos y descubriréis que son los saudíes ¿de acuerdo? Lo descubriréis". Parecía aludir a los documentos preparados durante la investigación de los atentados terroristas del 11-S, donde se sospechaba de ciertas élites saudíes por financiar los atentados y se probaba la complicidad de algunos individuos y entidades saudíes en el cuádruple ataque perpetrado por Al Qaeda contra EE.UU. en aquella fatídica fecha.

De los 19 terroristas que lo ejecutaron, 15 eran ciudadanos saudíes y se sospechó, sin poderlo demostrar plenamente, la existencia de vínculos entre algunos de ellos y ciertos miembros del Gobierno de Riad, como declaró públicamente un senador que participó directamente en la investigación.

Pues bien, durante su reciente gira por Oriente Medio Trump mostró haber dado un giro radical respecto a sus anteriores opiniones sobre Arabia Saudí. Se reunió, en buen amor y compañía, con los dirigentes de ese país y de otras monarquías de la zona, y llegó a participar en una pintoresca "danza del sable", entrando en un corro formado por diversos tiranos y tiranuelos simbólicamente armados, quizá para celebrar el haber concluido sabrosos negocios de venta de armas al reino saudí por valor de unos 110.000 millones de dólares.

Manifestó públicamente su regocijo al visitar a una monarquía teocrática, que ideológicamente no difiere demasiado de lo que se profesa en el Estado Islámico, y donde se ejecutan públicamente, a veces por decapitación, a unas 70 personas por año, incluyendo adúlteros, ladrones, apóstatas y violadores. Un Estado que no solo estuvo detrás de los atentados del 11-S, sino que ha ayudado también a la rama de Al Qaeda en Siria y actualmente, con pleno apoyo de EE.UU., sostiene una guerra civil en Yemen que alcanza cotas de inhumana crueldad.

Durante la visita de Trump a Riad no se le ocurrió aludir, ni siquiera veladamente, a sus antiguas sospechas sobre la participación saudí en el 11-S. Tampoco se permitió sugerencia alguna sobre los padecimientos del pueblo yemení. Por el contrario, mostró su preocupación por las "sufriente victimas del régimen iraní, que tortura a su propio pueblo. Irán posee una rica y culta historia -dijo- pero su pueblo soporta la violencia de unos dirigentes movidos por el conflicto y el terror".

Quizá con esto pretendía halagar a sus anfitriones y resintonizar con esa obsesión antiiraní que viene reinando en Washington desde que Obama dio los primeros y tímidos pasos para intentar desactivar el largo y enconado conflicto que enfrenta a EE.UU. y el régimen iraní, desde que una revolución popular derribó al autócrata impuesto por Washington.

Alabando a Riad y atacando a Teherán, Trump se confundió de plano, una vez más, porque en Irán se acababan de celebrar unas elecciones desarrolladas con cierta normalidad democrática. En ellas, el candidato fundamentalista fue derrotado por el moderado presidente Rouhani que, tras una campaña electoral de equilibrado tono, obtuvo un 57% de los votos, con una participación algo superior al 70%; por cierto, superior a la que llevó a Trump a la Casa Blanca.

Este inoportuno desliz, uno más en la interminable lista de patinazos del locuaz y arrogante Trump, provocó un comentario del reelecto presidente iraní: "El señor Trump llegó a esta región a tiempo de ver a 45 millones de iraníes participando en unos comicios. Luego visitó un país donde no se sabe lo que es una elección. Los pobres saudíes no han visto una urna en su vida". Recordando las declaraciones de Trump sobre el 11-S, antes citadas, añadió: "No me parece que el pueblo americano esté dispuesto a cambiar las vidas de los que murieron el 11-S por los miles de millones de dólares que han ganado mediante la venta de armas".

Cuatro décadas de política equivocada frente a Irán no han dado el resultado deseado. Así ocurrió con el hostigamiento a Cuba, que impulsó a su Gobierno a caer en brazos de la URSS. La prolongación de las medidas hostiles suele favorecer a las posiciones más radicales y populistas en el país que las sufre y contribuye a frenar los esfuerzos de los sectores más moderados.

La política de EE.UU. en Oriente Medio ha sido en el pasado confusa, contradictoria y claramente contraproducente. Ahora, con un Presidente imprevisible y dispersamente asesorado, la situación pudiera llegar a ser peligrosa si la pugna entre las potencias regionales (Irán, Israel, Arabia Saudí, etc.) induce a Trump a emprender un camino equivocado del que no sea capaz de salir.

Publicado en República de las ideas el 1 de junio de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/06/01 21:44:4.892019 GMT+2
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2017/05/26 10:00:46.528786 GMT+2

¿En verdad existen los lobos solitarios?

Con motivo del atentado perpetrado en Manchester por un terrorista suicida el pasado lunes, ha vuelto a ser aireada por los medios de comunicación la figura del "lobo solitario", esta vez atribuida a Salman Abedi, ciudadano británico de 22 años, nacido en la misma ciudad de una familia de origen libio.

Al escribirse estas líneas la policía está investigando las posibles conexiones del terrorista con otras personas u organizaciones, y aunque el Estado Islámico (EI) ha reivindicado el brutal asesinato múltiple no se concede mucho crédito a su comunicado, pues se supone que es el habitual acto de propaganda para reforzar la decaída situación en que se halla el EI.

Aparte de otras consideraciones pertinentes tras la salvaje agresión ejecutada con motivo de un festival juvenil, cuya calificación desborda los límites de la razón humana, no es inoportuno preguntarse si en realidad existen los llamados "lobos solitarios" o si esta imagen es fruto de la nerviosa confusión que los actos terroristas inyectan en los responsables políticos, en las fuerzas de seguridad, en los medios de comunicación y en la opinión pública.

Parece evidente que la importancia concedida a este tipo de terrorista beneficia, en primer lugar, a las fuerzas de seguridad y a los dirigentes políticos. De tratarse realmente de asesinos aislados y desconectados de su entorno, la opinión pública aceptaría mejor la dificultad para prevenir tales atentados y vería con más benevolencia los conocidos y frecuentes casos de errores en la coordinación de los distintos servicios de seguridad, como ha ocurrido recientemente en Alemania y Reino Unido.

También beneficiaría a los propios terroristas, porque la idea de que viven inmersos y ocultos entre la población y pueden actuar en cualquier momento inspira miedo en la opinión pública, contribuyendo a agravar ese omnipresente terror que es el objetivo principal del terrorismo.

¿Existe, pues, el verdadero "lobo solitario"? Jason Burke, conocido periodista y escritor británico, corresponsal de The Guardian y especializado en asuntos de terrorismo, sobre lo que ha publicado varios libros, manifiesta sus dudas al respecto.

La angustiosa urgencia por informar pronto tras un atentado terrorista induce a buscar una causa que satisfaga a las autoridades y a la opinión pública. Ambas partes quieren rápidas explicaciones, sencillas y asumibles. Pero investigar las vinculaciones de un terrorista puede ser una tarea larga, de semanas o meses.

Los estudios académicos sobre el terrorismo, escribe Burke, muestran que raras veces un terrorista actúa sin que otras personas lo sepan: amigos, familiares, correligionarios, etc. Muy pocos son los que atacan sin previo contacto humano, aunque sea por internet. La Universidad Estatal de Pensilvania estudió 119 casos de terrorismo de este tipo; aunque los atentados se ejecutaron de modo aislado y personal, en la mayor parte de los casos muchas personas sabían la ideología extremista del terrorista y conocieron su voluntad de implicarse en un atentado.

Burke se pregunta si no será que la idea del lobo solitario sobrevive -a pesar de los datos que la desmienten- porque nos interesa y nos tranquiliza. Es algo en lo que deseamos creer. Nos dice que la responsabilidad de la violencia es solo propia del asesino. No mancha a nadie más. Pero, advierte, "la verdad es más desazonadora. El terrorismo es social: la gente se interesa por las ideas, las ideologías y las acciones porque hay otros que ya están interesados en ello".

Cita Burke el perturbador texto de la alocución fúnebre de un imam canadiense, en cuya mezquita irrumpió en enero pasado un presunto "lobo solitario", asesinando a varios de sus fieles: "[El terrorista] antes de ser un asesino fue una víctima. Antes de que sus balas penetraran en la cabeza de las víctimas, alguien había introducido en la suya ideas más perniciosas que las balas. Lamentablemente, día tras día, mes tras mes... algunos políticos, periodistas y medios de comunicación emponzoñaron nuestra atmósfera. No queríamos verlo, porque amamos a este país, a su sociedad, y nos gustaría que fuera perfecta. No quisimos verlo, pero ocurrió. Existía ya cierto malestar...  Hemos de reconocerlo: [el terrorista] no surgió del vacío".

En la lucha contra el terrorismo, como en toda lucha, es peligroso simplificar las ideas o utilizar expresiones que induzcan a error. La mayoría de los "lobos solitarios" responsables de actos terroristas no fueron tan solitarios como a veces se dice sino que se descubrieron vinculaciones con otros extremistas no organizados pero participantes en la misma ideología e incluso en las mismas tendencias a la acción violenta. La habitual pregunta angustiada de los moderadores de tertulias en los medios, tras un atentado como el citado, suele ser: "¿Qué se puede hacer para evitar que se repita esto?".

Es una pregunta inútil. Como muestra Burke, el terrorismo "es social", no el producto de una mente desconectada del mundo en el que vive. Y como todo problema de origen social exige una transformación cultural. No hay panacea alguna de efecto inmediato; toda solución será a largo plazo. Y, aún peor, pretender imponerla por la fuerza de las armas -como la guerra contra el terror- solo hará más difícil, penosa y sangrienta la ansiada solución.

Publicado en República de las ideas el 25 de mayo de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/05/26 10:00:46.528786 GMT+2
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2017/05/18 18:11:11.764058 GMT+2

Sobre las guerras y los generales

Parece innecesario recordar la vieja fórmula que rige las relaciones cívico-militares en los regímenes democráticos: los generales cumplen su misión ganando las guerras en las que su Gobierno cree necesario empeñarse, y es el Gobierno el responsable de ganar la paz que pone fin a la guerra, con el objeto de que la posguerra resulte beneficiosa para el Estado. Si no es así, la guerra se convierte en un instrumento político inútil y perjudicial.

Inútil, por no producir resultados satisfactorios, y perjudicial porque deterioraría la imprescindible subordinación de lo militar a lo civil. Subordinación asumida por todas las constituciones de las democracias modernas como algo indispensable para evitar que el poder militar desborde sus límites y destruya no solo la base esencial de la democracia sino también el respeto a la legislación internacional e incluso a los más elementales derechos humanos. La nutrida historia de las dictaduras militarizadas lo muestra con claridad.

Ahora, con la llegada de Trump a la presidencia de EE.UU., en el país que tanto se esforzó a lo largo de su historia política para mantener el control civil de los ejércitos aumenta la preocupación a raíz de varios nombramientos políticos que han recaído en generales retirados. Generales de los que Trump dijo el día de su acceso al poder: "Veo a mis generales, que nos mantendrán seguros, aunque van a tener mucho trabajo", como recordé en estas páginas el pasado 2 de febrero ("Trump y sus generales").

A finales de abril Trump firmó una orden reservada delegando en el Secretario de Defensa el control de todos los teatros de operaciones en la guerra contra el Estado Islámico, reforzando así una peligrosa tendencia a la autonomía de los mandos militares. En este caso, además, el citado secretario es un general retirado hace poco tiempo, cuyo nombramiento rompió la costumbre de situar a un político civil a la cabeza del Pentágono.

La historia de las guerras muestra que los altos mandos militares no son siempre los mejor capacitados para juzgar las circunstancias generales de una guerra y tomar las decisiones necesarias para "ganar la paz" en la posguerra. En bastantes ocasiones, incluso, ni siquiera para conducir la guerra con visión estratégica a muy largo plazo.

El comandante retirado Danny Sjursen, excombatiente en Irak y Afganistán, escritor y profesor de Historia en la Academia de Westpoint, ha analizado en TomDispatch (11-05-2017) algunos casos que demuestran lo anterior y que extracto a continuación.

Durante la Guerra de Corea, el presidente Truman se reunió con el mítico general Douglas MacArthur en octubre de 1950 para comentar el curso de la guerra. El general le aseguró que China no intervendría en el conflicto y que la guerra acabaría para Navidad. Antes de un mes, miles de "voluntarios" chinos entraron en Corea del Norte, forzando la retirada de las tropas de MacArthur. Éste reaccionó pidiendo más refuerzos y una intensificación de la guerra, incluso con armas nucleares. Truman lo destituyó e inició conversaciones que evitaron una guerra nuclear. MacArthur, empero, conservó hasta la muerte una aureola de mito.

Fue paradigmático el caso del exgeneral convertido en presidente, Dwight Eisenhower. Destituyó al general Mark Clark, que propugnaba una ofensiva general en Corea, que él calificó de "locura", y rechazó la sugerencia del jefe de Estado Mayor de "reconsiderar el tabú de recurrir a las armas nucleares". Su doble experiencia como político y como militar le llevó también a denunciar el peligro que para la democracia en EE.UU. representaba el crecimiento del "complejo militar-industrial".

La crisis de los misiles cubanos es otro ejemplo destacado. La Junta de Jefes de Estado Mayor proponía el bombardeo de Cuba y la posterior invasión del país. Estaba dispuesta a desencadenar una guerra nuclear limitada en la isla. El presidente Kennedy se opuso y supo hábilmente desactivar un conflicto que llevó a la humanidad al borde del apocalipsis nuclear. Privadamente confesó algún tiempo después: "La primera cosa que aconsejaré a mi sucesor es que vigile a los generales y que no crea que porque son militares sus opiniones no pueden valer un pimiento".

Lo anterior no quiere decir que los generales siempre tomen decisiones equivocadas sobre el curso de la guerra, sino que el poder civil no debe confiar en la presunta infalibilidad del militar profesional en algo tan grave como es recurrir a la guerra al servicio de la política. Como anunció Clemenceau: "La guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares".

Esta cuestión afecta ahora especialmente a EE.UU., donde el coste financiero y humano de las guerras en las que sigue implicada la nación preocupa cada vez más a los ciudadanos. Dieciséis años después de invadir y "liberar" Afganistán todavía el mando militar está pidiendo "lo de siempre": refuerzos y nuevas armas.

Si a la imprevisibilidad e impulsividad de que viene dando muestras Trump en asuntos de política interior se une la tendencia del Pentágono a militarizar la política exterior, la humanidad puede encontrarse de repente en situaciones aún más críticas que la ya histórica crisis de los misiles cubanos. Parafraseando a Clemenceau me atrevería a decir que "la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los magnates vanidosos".

Publicado en República de las ideas el 18 de mayo de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/05/18 18:11:11.764058 GMT+2
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2017/05/12 08:44:43.411469 GMT+2

Israel, en busca de su identidad

En el editorial del diario israelí Haaretz del pasado lunes se leía: "La Ley del Estado-nación es la piedra angular constitucional del apartheid en la totalidad de la Tierra de Israel". Un titular muy audaz en un entorno cultural donde la maldita palabra en lengua afrikáans es tabú. Se refería al proyecto de ley del mismo título, aprobado por un comité ministerial, que habrá de ser sometido al habitual trámite parlamentario para convertirse en ley básica del Estado.

Con este proyecto se pretende hacer realidad una idea que subyace en el fondo del sionismo más conservador: desechada la solución biestatal, ¿qué hacer con los palestinos que viven en los territorios ocupados, cuya anexión total y definitiva duerme en lo más profundo del alma de todo "auténtico" israelí?

El Gobierno que propugna esta ley desea ejercer la soberanía sobre toda la "tierra prometida", pero no le interesa incorporar como ciudadanos con plenos derechos a los palestinos allí residentes. Por eso, necesita armar un artilugio legal y jurídico para segregarlos y preservar para siempre la supremacía judía.

Hoy los judíos serían mayoría en un supuesto Estado binacional pero, de seguir la actual tendencia demográfica, podrían convertirse en minoría. En tal caso, la naturaleza judía del Estado solo podría mantenerse por la violencia, mediante leyes discriminatorias y el reforzamiento de un régimen político opresor que las hiciera cumplir contra la voluntad de la mayoría de la población. Es lo que ocurrió en Sudáfrica hasta 1994. Significaría el fin de la democracia, sacrificada en el supremo altar del judaísmo.

Sin necesidad de llegar a ese extremo, el proyecto de ley citado ya discrimina negativamente a los israelíes árabes, a los que considera ciudadanos inferiores. Se declara el hebreo como idioma nacional y el árabe dejará de serlo; se establece el Estado de Israel como "el hogar nacional del pueblo judío" y se afirma que "solo el pueblo judío puede ejercer el derecho de autodeterminación en Israel".

En el proyecto de ley, los árabes son considerados "residentes", no ciudadanos: "Todo residente en Israel, sin distinguir religión o procedencia nacional, tiene derecho a trabajar para preservar su cultura, patrimonio, lenguaje e identidad". Incluso se esbozan ya los síntomas previos del apartheid: "El Estado puede autorizar a una comunidad formada por miembros de la misma religión o el mismo origen nacional a disponer de asentamientos comunes separados". No otra cosa eran los bantustanes sudafricanos.

El Estado de Israel no posee una constitución propiamente dicha, pero cumplen esta función las llamadas "Leyes básicas". Por eso, la nueva ley, que pone en lugar preferente la identidad judía, puede chocar con otras que garantizan derechos básicos, como la dignidad humana o la libertad. También contradice la Declaración de Independencia de Israel, que proclama "la igualdad completa de derechos sociales y políticos para todos los habitantes, con independencia de su religión, raza o sexo".

Es fácil percibir que la citada ley encierra una clara agresión al pueblo palestino, lo que ha llevado a algunos políticos israelíes a afirmar que se trata de "una declaración de guerra contra los ciudadanos árabes de Israel y contra Israel como sociedad democrática y cabalmente gobernada". No son pocos los que advierten que en esa ley la naturaleza judía del Estado y la democracia no son aspiraciones paralelas, sino que la primera socava y deteriora a la segunda.

La obsesión por la identidad que subyace en este proceso es evidente: "[el proyecto] es un paso importante para establecer nuestra identidad", declaró uno de sus proponentes. El pueblo israelí parece ser una nación cuya identidad necesita ser reavivada buscando en la religión sus raíces básicas. Por eso, desde los sectores más progresistas y democráticos se critica esa tendencia hacia una "República Judía de Israel", comparándola despectivamente con la "República Islámica de Irán".

Muchos pueblos suelen atravesar periodos históricos en los que su identidad se ve sometida a revisión por la propia población, como consecuencia de guerras, revoluciones, luchas internas de raíz cultural, étnica, religiosa o incluso económica.

España no ha sido ajena a estas vicisitudes y parte del conflicto que hoy domina el panorama de nuestra política se debe a que la "idea de España" no es un valor cultural común a todos los ciudadanos del Estado. La vieja polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz, luego repetida y multiplicada, todavía vibra en el subconsciente de muchos españoles. Pero es una cuestión interna a resolver dentro de España y sin apenas trascendencia exterior.

Por el contrario, la crisis de identidad de Israel, en uno de los focos más llameantes del conflictivo mapa geopolítico del Próximo Oriente, cuajado de guerras, invasiones y fermentos terroristas, es un problema que incumbe y amenaza a todo el mundo. Esperemos que la próxima visita de Trump a esta zona no genere nuevos y más peligrosos conflictos.

Publicado en República de las ideas el 11 de mayo de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/05/12 08:44:43.411469 GMT+2
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2017/05/04 18:21:6.077680 GMT+2

Washington-Pionyang ¿con escala en Pekín?

Tras la derrota de Irak en 2003, la ocupación militar del país por la coalición aliada y la posterior captura de Sadam Husein, su procesamiento y ejecución tres años después, bastantes dictadores que no gozaban del aprecio de EE.UU. debieron sentir un hondo escalofrío. Entre ellos se encontraba el que el año pasado fue honrado en su país a título póstumo con el apelativo de "Líder eterno de la República": Kim Il-sung; por entonces solo "Líder supremo de Corea del Norte" y padre del actual presidente, Kim Yong-un.

 

En su opinión, si Irak hubiera poseído armas de destrucción masiva, como falsamente el Gobierno de Bush hizo creer al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para justificar la ilegal agresión, ésta no se hubiera producido. Menos aún si el dictador de Bagdad hubiera dispuesto de armas nucleares.

 

"Cada vez que los americanos bombardean algún país (se lee en el editorial de The Guardian Weekly, 21-04-17), se refuerza a los ojos de Pionyang la necesidad de poseer armas [nucleares]". Ni Sadam Husein ni Gadafi hubieran sido brutalmente depuestos por la fuerza militar si sus ejércitos hubieran contado con un arsenal nuclear, por pequeño que fuese; esta es una opinión difícil de refutar y muy extendida, no solo en esos mismos países sino en el resto del mundo.

 

El ministro norcoreano de Asuntos Exteriores no vaciló en aludir a Israel ante la creciente tensión con EE.UU., provocada por las últimas pruebas de armas nucleares y misiles de su país, cuando declaró que "el único poseedor ilegal de armas nucleares en Oriente Medio es Israel, bajo el patrocinio de EE.UU." Viejo argumento al que han recurrido muchos Gobiernos cuando Washington muestra irritación ante sus programas nucleares.

 

Israel y Corea del Norte son dos enemigos enfrentados a distancia mediante intermediarios. Israel acusa a Pionyang de haber apoyado, armado e instruido a sus enemigos, como Irán, y de haber colaborado en la construcción del reactor nuclear sirio que la aviación israelí destruyó en 2007. El ministro israelí de Defensa tachó recientemente a Kim Jong-un de "aliado de El Asad, a través de Irán, Siria y Hezbolá" y de aspirar a "socavar la estabilidad global" a la cabeza de "un grupo enloquecido y radical", como calificó al Gobierno de Pionyang. Por su parte, Corea del Norte, en palabras del ministro antes citado, "apoya plenamente la lucha del pueblo palestino para establecer un Estado independiente con capital en Jerusalén".

 

Y así las cosas, irrumpe Trump, a quien "diez minutos" -según declaro él mismo- de charla con el presidente chino le bastaron para entender el problema de Corea del Norte. Si el régimen norcoreano es una tiranía que persigue sus objetivos de modo obsesivo y secreto, el nuevo inquilino de la Casa Blanca hace gala de una vanidosa y espontánea prepotencia: la combinación de ambos crea una peligrosa incertidumbre que se extiende por todo el mundo.

 

Utilizando las redes sociales, Trump expuso su programa: "Corea del Norte busca pelea. Si China quiera ayudar, eso estaría muy bien. Si no, resolveremos este asunto sin ellos. EE.UU. [lo hará]". Por otro lado, un general norcoreano alardeó el pasado sábado de que su país podría derrotar a todos los enemigos, con lo que no quedaría nadie, "ni siquiera para firmar un armisticio".

 

Mientras de las palabras no se pase a los hechos, todo queda en baladronadas compartidas. Pero habrá que tener cuidado de que entre cada provocación y su respuesta no se cruce algún límite que conduzca a lo irreversible.

 

Por último, el pasado lunes Trump volvió a reclamar la atención preferente de los medios de comunicación al declarar en una cadena estadounidense de televisión que está dispuesto a entrevistarse con Kim Jong-un para reducir las tensiones entre ambos países: "Si fuera conveniente que me reuniera con él, lo haría sin duda alguna. Me sentiría honrado al hacerlo". E insistió: "Por supuesto: si es en las circunstancias apropiadas. Seguro que lo haría".

 

La sorprendente disposición de Trump ha provocado gran controversia y contrasta con el hecho de que ningún presidente de EE.UU. en ejercicio se ha reunido jamás con su homólogo norcoreano. En la misma entrevista, Trump alardeó de ser un político dispuesto a abrir nuevas vías: "Muchos políticos nunca hubieran dicho lo mismo".

 

Como en anteriores ocasiones, el establishment de Washington tuvo que salir al quite. El secretario de prensa de la Casa Blanca matizó ese mismo día que, antes del supuesto encuentro, habrían de producirse cambios en Pionyang: "Su actitud agresiva debería cesar en el acto". Añadió que las "circunstancias apropiadas" a las que alude Trump no existen ahora mismo.

 

Los mensajes procedentes de EE.UU. sobre la cuestión coreana son contradictorios e incoherentes; varían también según quien los difunda. Oscilan entre una solución militar, que Trump no descarta, y un encuentro personal al máximo nivel, que hasta el vicepresidente rechaza. Sin embargo, guste o no en Washington, resulta cada vez más evidente que el camino obligado para solucionar este problema pasa necesariamente por China, que no vacilará en aprovechar las circunstancias para reforzar su posición política y diplomática.

 

Publicado en República de las ideas el 4 de mayo de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/05/04 18:21:6.077680 GMT+2
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2017/04/27 18:27:4.718065 GMT+2

Madrid ¿capital de la paz?

Entre la polvareda levantada por nuestros medios de comunicación, que a diario revelan nuevos casos de corrupción, reproducen mensajes mafiosos cruzados entre algunos distinguidos ladrones de guante blanco que han regido nuestros destinos y broncos rifirrafes interpartidistas, mostrando también el creciente desapego de los españoles por la actividad política -lo que pone en grave riesgo a nuestra débil democracia-, apenas ha recabado la atención pública la celebración en Madrid, entre los días 19 y 21 de abril, del "Foro Mundial sobre las Violencias Urbanas y Educación para la Convivencia y la Paz".

Largo título que refleja el empeño de los organizadores y participantes para "abrir un debate, una reflexión que permita llegar al corazón mismo de las distintas violencias que aquejan a las ciudades y, desde ahí, iniciar un camino para construir ciudades de paz".

Dicho de otro modo: algunos de los medios utilizados para intentar reducir o erradicar la violencia urbana, que es la que más directamente afecta a los ciudadanos, podrían reconfigurarse y ampliarse para abordar otras violencias de más envergadura y, en último término, la violencia de todas las violencias: la guerra. Ambicioso objetivo en un mundo hoy dominado por el ruido de las armas, pistolas personales o misiles estatales.

El martes pasado, Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, se congratulaba en el diario Público de que la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, conjuntamente con la de París, Anne Hidalgo, hubieran convocado el citado foro "cuando vuelven a sonar aciagos tambores de guerra... para que las ciudades promuevan la paz y la concordia, la educación para la convivencia y la solidaridad".

En la presentación del Foro, Manuela Carmena puso de relieve que "desde el 2000 al 2014 han muerto por violencia interpersonal -no por las guerras, no por el terrorismo- en el mundo más de seis millones de personas, más que con las guerras". Añadió: "Vivimos en una sociedad a la que se le llena la boca hablando de paz, pero no educa para la paz". He aquí una simple frase, cargada de verdad, que denuncia con brillante claridad un doloroso aspecto de la hipocresía de muchos gobernantes en todo el mundo: las palabras van por un camino, por lo general autocomplaciente, y los hechos, por otro, a menudo determinado por la ambición y el lucro.

Cargada de sentido común -una de las mejores cualidades para dedicarse a la política- la alcaldesa recordó la inutilidad de responder con la guerra a los atentados terroristas. Por su parte, el exdirector general de UNESCO recordó que "si siembras odio, cosecharás violencia". Eso es lo que estamos sembrando, dijo Mayor, con soluciones absolutamente indignas para los refugiados: "Hemos dado más a una sola institución bancaria que lo que hemos dedicado a todos los inmigrantes y refugiados en Europa".

Federico Mayor definía también el difícil itinerario, mental y real, que es necesario recorrer para la transformación que el Foro anuncia: hay que transitar "...desde una cultura de imposición, dominio, violencia y guerra a una cultura de encuentro, conocimiento recíproco, conversación, conciliación, alianza y paz".

Es posible que estas ideas suenen tan utópicas como las que en 1950 movieron a Robert Schuman cuando sugería los incipientes mecanismos de integración europea que pondrían fin a los seculares enfrentamientos que habían ensangrentado nuestro continente. Era casi impensable algo que uniera y vinculara entre sí a los vencedores y a los vencidos de la cruenta guerra recién concluida.

La propuesta del Foro también mira a muy largo plazo. El itinerario antes descrito no se recorre en unos meses, ni en unos años. Todo aquello que implique cambio cultural requiere tiempo hasta ser incorporado a los hábitos diarios, pero cuando lo hace es para quedarse.

Ese es el reto de la cultura de la paz. La conclusión del foro sería la aprobación del llamado Compromiso de Madrid, "un mensaje al mundo -y en especial a las ciudades- para asumir este camino con una serie de recomendaciones que formarán parte de las conclusiones del evento".

Un foro más, dirán algunos. Otros lo juzgarán en función de las tendencias políticas de los organizadores y participantes y no por la importancia de las ideas allí discutidas y su innegable trascendencia futura. El ruido de las guerras que asolan al mundo y la dinámica bélica que domina la política internacional acallarán las voces que allí se oyeron. Pero el futuro de la humanidad se orientará según el resultado del enfrentamiento entre esas voces y el ruido de las explosiones. Citando de nuevo al exdirector de UNESCO, no parece desacertado asumir que "Si quieres la paz, prepara la palabra".

Publicado en República de las ideas el 27 de abril de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/04/27 18:27:4.718065 GMT+2
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2017/04/20 18:41:52.749670 GMT+2

Epístola a los nuevos belicistas

Alentados por la lluvia de misiles de crucero que el Gobierno de Trump hizo caer sobre Siria, en respuesta a un ataque con armas químicas del que Washington responsabilizó a El Asad sin aportar hasta hoy prueba alguna, y reforzados en su entusiasmo belicista por el uso de la "madre de todas las bombas" (simplemente, una bomba de mayor potencia que las demás) que aniquiló a un número indeterminado de yihadistas en Afganistán, no son pocos los políticos, periodistas y analistas que -también en España- abogan por desplegar en Siria e Irak todo el poder militar de la superpotencia mejor armada que el mundo ha conocido, a fin de aniquilar, de una vez para siempre, al Estado Islámico (EI) y cualquier otro residuo de yihadismo que pudiera sobrevivir al temporal de fuego y metralla con el que sueñan mentes tan calenturientas. Recupere ahora el lector el resuello tras tan largo párrafo inicial, pero preste atención a lo que sigue.

Esa ofensiva total con la que se pretendería poner victorioso final a la "guerra global contra el terrorismo" podría derivar hacia dos rumbos. El más peligroso, pero bastante probable, conduciría a que EE.UU. se viera sumido en una compleja situación de guerra civil entre múltiples facciones enemigas en Siria, Irak, Afganistán, Yemen y otros países donde irían desplegando sucesivamente sus ejércitos en implacable persecución de un terrorismo siempre huidizo.

Sería una situación no muy distinta a la de Irak tras ser invadido por la coalición occidental, que la revista Foreign Affairs (marzo-abril 2007) calificaba así: "De hecho, en Irak se está desarrollando una guerra civil, comparable en muchos aspectos a otras que ocurrieron en los Estados poscoloniales con instituciones políticas débiles".

¿Resolver desde fuera y por la fuerza una guerra de esas características? La tragedia sufrida por Irak tras la aventura militar que allí organizó el iluminado Bush debería ser suficiente experiencia para rehuir cualquier decisión que pudiera conducir a una situación análoga.

Supongamos, por el contrario, que la fortuna sonríe y se avanza por un rumbo más favorable: las fuerzas de EE.UU. barren y aniquilan en Irak y Siria al EI y toda traza de yihadismo e incluso fuerzan la desaparición de El Asad. Tras este resultado, que llevaría al histriónico Trump a lanzar el victorioso grito de guerra Mission acomplished!, los problemas que se presentarían serían quizá aún más complejos e irresolubles que el fracaso militar. Veámoslo.

EE.UU. no podría permanecer ocupando permanentemente los países donde alcanzó la victoria militar, a menos de desear enfangarse en un nuevo Vietnam ampliado y agravado, donde los diversos enemigos no solo lucharían contra la ocupación extranjera sino donde el fanatismo islamista reclutaría innumerables nuevos terroristas y el yihadismo se vería reforzado en sus esquemas teóricos y en el discurso de odio contra Occidente que tanto prestigio le confiere entre los pueblos musulmanes.

Entonces ¿qué hacer después de la aparente victoria? Aprendida la lección, es improbable que se reprodujera la caótica situación de improvisación que siguió a la derrota de Sadam Husein, cuando Washington apenas había previsto lo que podría ocurrir "después" y se le fue la situación de las manos, sembrando y esparciendo un caos cuyos efectos todavía sufrimos hoy.

Por otra parte, Rusia, Irán, Arabia Saudí... kurdos, suníes, chiíes... estarían observando atentamente la evolución de la situación, prestos a llenar cualquier vacío de poder que se produjera tras la inevitable retirada, total o parcial, de las fuerzas de EE.UU. La victoria militar sería un éxito breve, porque la complicada situación actual no tiene solución militar a largo plazo.

¿Estaría Trump preparado para hacerla frente? Más cerca de Atila que de Maquiavelo, el magnate investido con el máximo poder que hoy existe sobre el planeta debería hacer gala de cierta humildad y verdadero sentido del patriotismo, olvidando sus infantiles y rotundas formulaciones en política exterior. Habría de rodearse de asesores experimentados, conocedores de la Historia y menos preocupados por ayudarle a ganar las próximas elecciones presidenciales que por contribuir a la estabilización de un mundo donde la precipitada y a menudo irreflexiva irrupción de las armas estadounidenses -y las de sus aliados- solo ha contribuido a generar nuevos peligros y amenazas.

Serán necesarios menos misiles de crucero, drones o superbombas y más actividad diplomática inteligentemente conducida, apoyo eficaz a los Estados democráticos y respetuosos con los derechos humanos, incentivos económicos para unos y sanciones bien estudiadas para otros, ayuda al desarrollo, diálogo insistente y coherente sobre los intereses enfrentados pero también eficaz actividad policial, informativa y anticipada, coordinada a todos los niveles. Una vez más, y ante el prolongado fracaso de las armas en este largo conflicto, habría que recordar al ciceroniano aforismo: Cedant arma togae.

Publicado en República de las ideas el 20 de abril de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/04/20 18:41:52.749670 GMT+2
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2017/04/13 18:22:16.223673 GMT+2

¿A quién beneficia todo esto?

Al intentar esclarecer el origen del ataque con armas químicas que sufrió la población de Khan Shaijun, en la provincia siria de Idlib, el pasado 4 de abril, no está de más plantear la vieja cuestión: "¿A quién beneficia?". Como represalia por esa acción, sin haber sido capaz de mostrar al mundo alguna prueba que confirmara la responsabilidad del régimen de Damasco, EE.UU. disparó 59 misiles de crucero sobre territorio sirio, violando flagrantemente la legalidad internacional y mostrando un olímpico desdén por la existencia y responsabilidades de Naciones Unidas. Los dóciles Gobiernos europeos, y naturalmente la OTAN, no mostraron objeción alguna a la operación, como era de esperar.

Pero aunque EE.UU. hubiera exhibido algún "cuerpo del delito" siempre quedaría la sospecha de que fuese tan poco digno de credibilidad como las falsas pruebas con las que engañó al mundo en 2003 haciéndole creer que Sadam Husein estaba en posesión de unas peligrosas armas de destrucción masiva, con el único fin de iniciar una guerra que ya estaba anclada a modo de obsesión en la mente de los dirigentes de Washington.

Aquello fue un engaño absoluto, universal, en la misma línea que otros anteriores, como lo fue el famoso "incidente del Golfo de Tonkín", inventado por los servicios secretos de EE.UU., que en 1964 preparó el terreno para iniciar la funesta guerra de Vietnam. O como lo fue también -y esto es algo que nos toca más de cerca a los españoles- el hundimiento del Maine en 1898 en el puerto de la capital cubana, perversamente atribuido a España para facilitar una guerra de agresión que también estaba en la mente de los gobernantes estadounidenses y que a través de los medios de comunicación excitó a las masas populares en favor de la guerra.

Establecida y confirmada por la Historia la capacidad de engaño de las grandes potencias para crear falsos motivos de guerra, basada en su poder sobre los medios de comunicación de alcance mundial y en la actividad de sus servicios secretos, ahora hay que reconocer que el que menos pudo haberse beneficiado del criminal ataque con gas sarín es el dictador sirio, que gozaba del apoyo de Rusia y entonces sabía que Trump no le tenía como enemigo principal en este conflicto, pues ni siquiera exigía su expulsión.

¿Qué iba a conseguir El Asad con esa brutal agresión que tan negativamente había de repercutir en todo el mundo? La más elemental lógica obliga a descartar al presidente sirio como responsable de tal fechoría. Pero no son pocos los que, alarmados por la inicial reticencia de Trump a exigir la destitución inmediata del dictador, podrían estar decididos a contribuir a la creación de un incidente que, al estilo de lo ocurrido en Tonkín o con el Maine, creara las bases para desencadenar una operación de represalia.

The New York Times informaba en noviembre pasado que el Estado Islámico ha utilizado armas químicas en medio centenar de operaciones efectuadas en Irak y Siria. Si esto es cierto (y conviene recordar que en los orígenes de casi todas las guerras el engaño y la mentira son instrumentos esenciales), las sospechas deberían alcanzar también a algunos de los grupos alzados contra el Gobierno de Damasco desde que se inició esta sangrienta guerra.

Pero la lista de sujetos que se beneficiarían de atribuir a El Asad el uso de armas químicas en Idlib es larga. El primer beneficiado es EE.UU., cuyo Secretario de Estado ya ha puesto a Putin ante un peligroso dilema, planteado bruscamente y muy lejos de las estudiadas maneras al uso entre diplomáticos: "Putin tendrá que elegir entre Trump y El Asad". Es puro "trumpismo", alcanzando el punto de ebullición.

Otro beneficiado es la industria bélica de EE.UU., que de momento tendrá que reponer los misiles utilizados y redoblar los tambores bélicos ante un recrudecimiento de la rivalidad entre Washington y Moscú, con ecos de guerra fría: un provechoso negocio de rearme a la vista.

No menos se aprovecharían Israel, Arabia Saudí y los emiratos del Golfo, que temían un distanciamiento de Trump y ahora ven que el nuevo presidente irrumpe a fuego y metralla en el avispero de Oriente Medio, decidido a ajustar cuentas con Irán, a poner firmes al mandatario ruso y, en lo que parece un órdago final, blandir el poder militar aeronaval de EE.UU. frente a las costas de Corea del Norte.

La desestabilización de Siria es un prolongado proceso que, alentado largo tiempo desde Washington, parece entrar ahora en una fase decisiva. Pero en vez de los medidos pasos que sus predecesores en la Casa Blanca dieron con el mismo fin, el impulsivo magnate ahora sentado en el Salón Oval parece empeñado en abarcarlo todo a la vez. Y desea acabar pronto con la tarea emprendida, sin preocuparse mucho por las consecuencias de sus decisiones hasta que éstas broten en forma de nuevos o agravados problemas, contra los que los misiles de crucero de Trump, como ocurrió con los drones de Obama, poco podrán hacer, salvo satisfacer a sus fieles partidarios, que creen ciegamente en él y aceptan impasibles sus repetidos y bruscos cambios de opinión. Atentos, pues, a los nuevos acontecimientos que van a producirse.

Publicado en República de las ideas el 13 de abril de 2017 

 

Escrito por: alberto_piris.2017/04/13 18:22:16.223673 GMT+2
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2017/04/04 18:17:21.164018 GMT+2

Vuelven los refugios antinucleares a EE.UU.

En la primera mitad de los años 60 residí más de dos años en EE.UU., coincidiendo con uno de los periodos más tensos de la Guerra Fría: crisis de Berlín, carrera espacial y nuclear, crisis de los misiles cubanos, etc. Alojado en residencias militares con motivo de la realización de diversos cursos, tuve ocasión de conocer a varias familias estadounidenses que invitaban a menudo a los oficiales extranjeros que temporalmente éramos sus huéspedes. En ocasiones se establecieron estrechos lazos de amistad beneficiosos para ambas partes.

Durante una larga estancia en Texas, pude comprobar que el grado de familiaridad que esos contactos proporcionaban se llegaba a establecer en dos niveles bien marcados. El inicial se alcanzaba cuando el anfitrión mostraba orgulloso su panoplia de armas personales que en algunas ocasiones decoraban las paredes del salón principal de la casa y en otras se conservaban en vitrinas acristaladas en habitaciones más reservadas.

Marcas de fabricantes de armas, calibres, munición, miras telescópicas y otros detalles eran motivo de conversación habitual. Claro está que no se trataba de armas de coleccionista ni de armas inutilizadas para hacerlas inocuas, sino que se probaban a menudo con fuego real en algún club de tiro, pruebas en las que gozosamente participaban también los hijos. Las armas personales eran una parte tan importante de la familia como los animales de compañía que convivían con ella.

Asumida como natural esta peculiaridad, el siguiente grado de confianza al que podía aspirarse era llegar a saber, sin preguntarlo directamente, si el anfitrión disponía o no en su patio trasero de un refugio antinuclear. Llevando la conversación hacia el entonces omnipresente asunto de la inminente guerra nuclear, lo más que podía saberse era si la familia en cuestión la había previsto y estaba preparada para afrontarla. Nunca comentarían pormenores relativos al refugio ni, por supuesto, se lo mostrarían a un desconocido: la garantía de que si se desataba el apocalipsis la familia se protegería en él sin tener que competir con otras personas residía en mantenerlo en secreto ante todos los demás. Solo en la prensa podían leerse artículos sobre las peculiaridades de los diversos tipos de refugio que, al parecer, se vendían profusamente, como el que muestra la imagen.

Pues bien, medio siglo después los refugios antinucleares vuelven a estar de moda en EE.UU. según informaba el diario Haaretz el pasado sábado. Uno de los principales fabricantes de refugios, radicado en Texas, declaró que en los dos meses transcurridos desde que Trump se asentó en la Casa Blanca, la demanda de refugios nucleares creció un 400%, porcentaje aún mayor cuando se trata de refugios de alto standing. Hasta protegiéndose del supuesto desastre nuclear se advierte la desigualdad humana: los multimillonarios dispondrán bajo tierra de refugios con sauna y piscina, sala de cine o gimnasio.

El dueño de la empresa lo justifica diciendo que algunas personas vuelven a tener miedo a una guerra nuclear. Después de ciertas declaraciones de Trump piensan que mientras Irán, China o Rusia sean amenazas para EE.UU., Trump no se achantará y si recurre a la guerra utilizará armas nucleares. Añade que también algunos clientes tienen miedo de un colapso social y económico y desean protegerse al menos durante las primeras semanas de un posible caos ciudadano.

Preguntado sobre el tipo de clientes que solicitan sus servicios dijo que eran prósperos negociantes pero también políticos y famosos actores y deportistas. Según afirma el citado diario, Bill Gates y el propio Trump poseen refugios en varias de sus propiedades y los han ampliado recientemente.

El precio de los refugios de la compañía aludida en el diario empieza en 40.000 dólares para un refugio sencillo, equipado con cocina, camas y las comodidades elementales de una familia. Por unos 130.000 $ se adquiere el modelo básico, con unas dimensiones aproximadas de 3 X 15 m. con filtros de agua y aire, baño, ducha y retretes y un generador solar de electricidad. Tiene capacidad para alojar confortablemente a diez personas. Exportado e instalado en Europa costaría medio millón de dólares.

Los refugios de lujo pueden costar más de ocho millones de dólares, llegan a alojar cómodamente hasta 50 personas y están dotados de aparcamiento, piscina, jacuzzi y sauna, bolera, sala de cine y habitaciones de recreo. Todos ellos utilizan sistemas probados ya durante muchos años en instalaciones oficiales, incluso provistos de ascensores.

Nadie razonablemente cree en la posibilidad de una guerra nuclear en la que intervenga EE.UU. Pero así como el mismo Noam Chomsky, en recientes declaraciones, ha mostrado su temor a que un Trump defraudado en sus expectativas, frenado por el establishment e incumpliendo casi todas sus promesas electorales, sea capaz de simular un atentado terrorista para recuperar el apoyo popular que tanto necesita, la industria de los refugios antinucleares también se aprovecha para mejorar sus negocios de la imagen impulsiva e irreflexiva del magnate convertido en presidente. Mientras el asunto no vaya más allá, no hay todavía motivo para preocuparse. Pero conviene mantener los ojos bien abiertos y la mente lista para cualquier sorpresa.

Publicado en República de las ideas el 6 de abril de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/04/04 18:17:21.164018 GMT+2
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