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2020/04/16 18:03:53.568050 GMT+2

Un pragmático político aborda el coronavirus

En mi comentario de la pasada semana puse al alcance de los lectores de este diario las opiniones que sobre la pandemia que estos días afecta a la humanidad habían expresado públicamente dos observadores de la actualidad, preocupados además por los efectos que la emergencia climática está ya causando en muchas partes del mundo.

Avanzando audazmente por las fronteras entre lo real y lo imaginado, Leonardo Boff y Michael Klare comparten la existencia de un sujeto sobrehumano, la Madre Tierra o la Madre Naturaleza, a la que atribuyen ciertas cualidades, no demostrables empíricamente, que vinculan la pandemia con la emergencia climática.

Casi por las mismas fechas irrumpía en el amplio foro que sobre la pandemia se ha ido creando en el mundo mediático otro artículo firmado por alguien cuya larga trayectoria política se ha movido siempre por los terrenos del más frío pragmatismo y de la comprobación fehaciente de los hechos: Henry Kissinger.

El pasado 3 de abril, el conocido político estadounidense publicó en The Wall Street Journal un comentario titulado The Coronavirus Pandemic Will Forever Alter the World Order ("La pandemia del coronavirus alterará para siempre el orden mundial"), en el que no se hace ninguna alusión a la emergencia climática, aunque contiene certeras reflexiones sobre el modo de afrontar la pandemia y sus consecuencias.

Refiriéndose a EE.UU., escribe: "...en un país dividido, la eficacia y la clarividencia tienen que guiar la acción del Gobierno para vencer los obstáculos, sin precedentes en su envergadura y su alcance social. Conservar la confianza de la gente es fundamental para la solidaridad social... la paz y la estabilidad internacionales" [Cursivas de A.P.]. Hubiera podido escribir lo mismo sobre España.

"La cohesión y la prosperidad de las naciones se basan en la convicción de que sus instituciones son capaces de prever las catástrofes, contener sus efectos y restaurar la estabilidad". Sin embargo, puntualiza, cuando haya concluido la pandemia, en muchos países tendremos la impresión de que las instituciones han fracasado, pero eso no es lo que debe importar. Después del coronavirus, el mundo ya no será como antes y discutir sobre el pasado solo hará más difícil adaptarse a las nuevas circunstancias. Según esto, amenazar con futuras investigaciones (como ahora se oye en España) para determinar quién o quiénes erraron al afrontar la pandemia es un esfuerzo no solo inútil sino contraproducente.

Por otra parte, "Ningún país, ni siquiera EE.UU. puede vencer al virus con un esfuerzo puramente nacional". Se necesita una "visión y un programa comunes a escala global". Recuerda que, según los pensadores de la Ilustración, el propósito de un Estado legítimo es "proveer a las necesidades fundamentales del pueblo: seguridad, orden, bienestar económico y justicia", porque los individuos no pueden asegurar estas cosas por sí mismos.

Y vislumbra una amenaza peligrosa: "Las democracias del mundo necesitan defender y mantener sus valores de la Ilustración. Un retroceso global del equilibrio entre poder y legitimidad hará que se desintegre el contrato social a nivel nacional e internacional". [Cursivas de A.P.]

Hace Kissinger una llamada a los líderes mundiales "cuyo desafío histórico consiste en manejar la crisis y construir a la vez el futuro". Concluye el artículo con una frase que introduce subrepticiamente un nuevo concepto: "Su fracaso [el de los líderes] podría incendiar el mundo".

Pero ocurre que el mundo ya está ardiendo, y no en sentido metafórico, en muchos lugares (Australia, California), pero por efecto de la emergencia climática.

Que muchas cosas van a cambiar en el futuro es algo que ya no puede negarse. "Las sacudidas políticas y económicas que la pandemia ha desatado podrían prolongarse por generaciones", alerta Kissinger. Y en lo que a España concierne, algo habrá de cambiar su clase política, tan a menudo encerrada en hoscos enfrentamientos, para estar a la altura de lo que se nos avecina.

Publicado en República de las ideas el 16 de abril de 2020

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Escrito por: alberto_piris.2020/04/16 18:03:53.568050 GMT+2
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2020/04/09 17:46:59.160384 GMT+2

La Madre Tierra sufre una sobrecarga

Con pocos días de diferencia, he tenido ocasión de estudiar dos textos de muy distintos autores que, sin embargo, coinciden en un planteamiento que puede ser fundamental para el futuro humano en estos días de zozobra e inseguridad.

Uno de ellos, titulado "Coronavirus, autodefensa de la propia Tierra", es producto del pensamiento de Leonardo Boff, teólogo, filósofo, profesor y ecologista brasileño, sobradamente conocido por los lectores y vinculado a la "Teología de la liberación". El otro está elaborado por Michael Klare, a quien he aludido en varias ocasiones en mis comentarios sobre política internacional; prolífico escritor y analista estadounidense sobre cuestiones de paz y seguridad, ha publicado en la web de tomdispatch.com el ensayo "El planeta vengador: ¿Es la pandemia Covid-19 la respuesta de la Madre Naturaleza a las transgresiones humanas?" (traducción de A.P.).

Como se deduce fácilmente al comparar ambos títulos, la hipótesis planteada por ambos está clara. La expansión del nuevo virus que se propaga por todo el planeta y la emergencia climática que estamos padeciendo tienen un mismo origen: la sobrecarga a la que la actividad humana está sometiendo a nuestro hábitat.

Cuando se sobrecarga la red eléctrica doméstica por activar demasiados electrodomésticos a la vez, se "funden los plomos" o "salta el automático" y nos quedamos sin luz. Cuando en los viejos tiempos el 600 familiar, cargado con padres, niños, perro y maletas, empezaba a echar humo en lo alto del puerto de Navacerrada, había que parar porque se había sobrecargado su escuálido motor. Y cuando, transportando pesados muebles, se sobrecarga el cuerpo de quien lo hace, surgirá la hernia que paralice toda su actividad.

La hipótesis de ambos comentarios es que el sistema ecológico en el que vivimos está siendo sobrecargado por la nociva actividad humana, acelerada en los últimos siglos, y tanto la emergencia climática como la pandemia del Covid-19 nos están avisando de que "no podemos seguir tal como nos estamos comportando. En caso contrario, la propia Tierra se librará de nosotros, seres excesivamente agresivos y maléficos para el sistema-vida".

"Sacamos de ella más de lo que puede dar. Ahora no consigue reponer lo que le quitamos. Entonces da señales de que está enferma, de que ha perdido su equilibrio dinámico, calentándose de manera creciente, formando huracanes y terremotos, nevadas antes nunca vistas, sequías prolongadas e inundaciones devastadoras". (Boff)

Klare, por su parte, recuerda que "los científicos han demostrado que el impacto humano en el ambiente, en especial el uso de combustibles fósiles, está produciendo ciclos de realimentación que dañan gravemente a los pobladores terrestres, como tormentas extremas, sequías permanentes, incendios masivos y reiteradas olas de calor cada vez más dañinas".

La interacción entre la actividad humana y el comportamiento del planeta ya no se puede poner en duda. La Tierra es una matriz compleja de sistemas vivientes e inorgánicos que, en estado natural, se mantienen en un equilibrio estable. Si alguno de ellos es destruido, el resto del sistema actúa para restaurar el equilibrio y la forma en que lo hace nos resulta desconocida e imprevisible.

Algunos de esos efectos son graduales pero otros pueden aparecer súbitamente, como el coronavirus, y son capaces de generar enormes perturbaciones en la vida humana: "Podría pensarse -dice Klare- que la Madre Naturaleza advierte: '¡Alto! No traspasad este punto o habrá consecuencias terribles'".

Quizá lo que la humanidad necesite ahora sea una política de "coexistencia pacífica" con la Madre Tierra, que permita que un elevado número de seres humanos siga viviendo en ella, pero respetando unos claros límites en su interacción con la ecoesfera. Seguirá habiendo inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas, pero a un ritmo natural, como en la era preindustrial.

Para ambos autores, la pandemia del Covid-19 debería servir como una llamada de aviso de lo que puede suceder. Boff concluye así su demoledor comentario: "¿Seremos capaces de captar la señal que el coronavirus nos está enviando o seguiremos haciendo más de lo mismo, hiriendo la Tierra, autohiriéndonos en el afán de enriquecer?".

El futuro no está escrito, se suele decir; lo escriben los pueblos. Pero lo hacen dentro de los límites que establece la Madre Naturaleza y que con frecuencia esos mismos pueblos desdeñan o ignoran. Esto puede ser una cuestión a reflexionar en estos días de reclusión doméstica.

Enlaces con ambos artículos, para lectores interesados:
M. Klare: http://www.tomdispatch.com/post/176683/tomgram%3A_michael_klare%2C_what_planet_are_we_on/#more
L. Boff: https://www.alainet.org/es/articulo/205521

Publicado en República de las ideas el 9 de abril de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/04/09 17:46:59.160384 GMT+2
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2020/04/02 16:59:0.292676 GMT+2

De la Peste Negra al coronavirus

El primer opúsculo que se conoce sobre el modo de combatir la Peste Negra, que empezó a arrasar Europa a mediados del siglo XIV, fue escrito en catalán antiguo. Su autor, Jacme d'Agramont, era médico y profesor del afamado "Estudio de medicina" de Lleida.

Escribió el Regiment de la preservació de la pestilencia (en lengua vulgar, y no en latín como era usual en la docencia) cuando en abril de 1348 la peste apareció en Cataluña. Lo hizo para tranquilizar a sus conciudadanos, que "tenían dudas y temores", e ilustrar a los regidores locales. Daba unas normas de vida, sobre la hipótesis de que el aire estaba pútrido a causa de los pecados, de modo que la primera medida a adoptar era la confesión de éstos.

Según escribe Spencer Strub, especialista en Historia Medieval en la Universidad de Harvard, en un ensayo publicado en The New York Review, otras medidas más prácticas incluían cerrar firmemente las ventanas, quemar enebro en las chimeneas y rociar los suelos con vinagre. Comer y beber poco, y lo más amargo posible. No comer pato ni cochinillo, ni peces "delgados" como la anguila o peces rapaces (como el delfín). Se aconsejaba hacerse sangrías, (no las de beber, sino para sangrar). Había que evitar el sexo y el baño, porque ambas actividades ensanchan los poros y dejan penetrar el aire nocivo.

D'Agramont murió ese mismo año, a causa de la peste. Otros folletos siguieron al suyo, todos ellos con la intención de tranquilizar a la población, incluso a los analfabetos que escuchaban a quienes los leían en voz alta, dándoles la sensación de poder controlar sus vidas frente a una emergencia que, en realidad, a todos desbordaba.

El texto del leridano no se basó en la observación directa del fenómeno, sino en las descripciones de la Biblia y de Hipócrates sobre anteriores epidemias. Pero enseguida se advirtió que era algo nuevo, pues causó decenas de millones de muertes en unos pocos años. En 1400 habían perecido dos quintas partes de la población de Europa, según el historiador Hugh Thomas.

Este también cita a Bocaccio describiendo los síntomas de la enfermedad: "Empezaba con unos bultos en la ingle o en el sobaco de hombres y mujeres, que crecían hasta el tamaño de una manzana o un huevo. Se extendían por todo el cuerpo. Pronto surgían manchas negras o moradas en los muslos y otras partes del cuerpo. La mayoría de la gente moría en tres días, en su mayor parte sin fiebre".

Thomas también describe las consecuencias de la pandemia: "Declinó la economía. Se abandonaron las granjas. Escaseó la mano de obra. Subieron los precios. Miles de personas se arruinaron. Los ricos huían a sus casas de campo. Los magistrados y los prelados abandonaron sus puestos. Los pobres fueron los que más padecieron. Para concitar la ayuda de Dios se acusó a los judíos. El fracaso de la Iglesia y de la Biblia impulsó el escepticismo laico e incluso el rechazo del latín y el fomento de las lenguas vernáculas". Estaba naciendo una nueva sociedad.

Volviendo al presente, habremos de reflexionar sobre las huellas que la pandemia del coronavirus puede dejar en nuestra sociedad, sobre todo combinada con la peligrosa emergencia climática que nos toca vivir y no parece tener visos de ser controlada.

Si en el siglo XIV se atribuía falsamente la catástrofe a "extranjeros, prostitutas, judíos y mendigos", con las trágicas consecuencias que esto trajo consigo, cuidémonos en el siglo XXI de no recaer en esas tendencias autoritarias, nacionalistas y xenófobas tan a flor de piel cuando el miedo se extiende y las medidas de confinamiento, como las que estos días nos tienen recluidos, excitan los ánimos y dificultan la reflexión serena y sosegada.

Publicado en República de las ideas, el 2 de abril de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/04/02 16:59:0.292676 GMT+2
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2020/03/26 17:52:47.864189 GMT+1

La guerra y el coronavirus

A los que, como militares profesionales, hemos sido educados y entrenados para saber hacer la guerra, nunca nos ha sorprendido que esta palabra se utilice a menudo con significados muy distintos al de "enfrentamiento armado entre grupos humanos", que es, en resumidas cuentas, el más correcto, técnicamente hablando.

"¡Qué guerra dan estos niños en el patio!" es expresión familiar, así como hablar de la guerra contra el alcohol, la droga o la pobreza. Tampoco sorprenden estos días los elogios a los que "combaten en la primera línea" contra el coronavirus, recreando mentalmente un teatro de operaciones clásico, donde las líneas atrincheradas, protegidas por alambradas, se enfrentan entre sí.

En el ámbito de la religión, el esfuerzo personal se describe a menudo con expresiones bélicas: "¡Guerra al pecado! ¡Guerra a la tibieza!". E incluso en la enseñanza se estimula a los alumnos valorando la resolución de un problema matemático como "la victoria final".

En la actual situación de grave amenaza sanitaria que la pandemia de Covid-19 extiende por todo el mundo, recurrir a términos bélicos es algo bien aceptado y se escucha repetidamente en los medios de comunicación. En España, además, la presencia de altos responsables uniformados de la seguridad nacional en algunas ruedas de prensa del Gobierno ha contribuido a fijar la idea dominante de que estamos en plena "guerra contra el coronavirus".

Pero si para vencer la pandemia son ciertamente beneficiosas algunas cualidades de los que saben hacer la guerra (disciplina, cumplimiento exacto de las órdenes, trabajo en equipo, anticipación y previsión, etc.), acentuar el carácter bélico del actual problema puede llevar a dejar de lado los muy importantes aspectos humanos, sociales, afectivos e íntimamente personales con los que cada uno debe afrontar tan penosa situación para tener éxito en el empeño común.

Ha habido una resonante llamada de atención en la que ambas palabras -"coronavirus" y "guerra"- se han combinado de distinto modo. El pasado lunes, el secretario general de la ONU, António Guterres, proclamó ante el mundo que el peligro del coronavirus debería incitar a todos los pueblos a declarar un "alto el fuego mundial" en todas las guerras en curso en el planeta.

Identificó claramente al virus como "el enemigo común" e insistió en la necesidad de detener todas las guerras "para dedicarse a la verdadera lucha por nuestras vidas", la de vencer la pandemia que nos ataca. Los países en guerra, sufriendo miserias, ruinas, emigraciones y carencias básicas, son especialmente vulnerables al coronavirus. Por eso pidió cesar las hostilidades, dejar de lado la desconfianza y la animosidad: "Silencien las armas, detengan la artillería y los ataques aéreos. Es esencial."

Si las armas callan podrán establecerse corredores humanitarios para ayudar a los pueblos en peligro, restablecer vínculos diplomáticos y contactos indispensables para la seguridad común.

Para concluir, creo necesario insistir en la idea de que así como los que ya estamos sufriendo los efectos de la pandemia advertimos que hay cosas que habrá que cambiar en nuestras formas de vida para que esta catástrofe no se repita, un alto el fuego generalizado haría reflexionar a los que sistemáticamente recurren a la guerra para lograr sus objetivos y llevarles a la conclusión de que quizá no sea la guerra el mejor medio para hacerlo, y conseguir así que la paz ocupe un lugar preferente en nuestras conciencias.

Publicado en República de las ideas el 26 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/26 17:52:47.864189 GMT+1
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2020/03/19 18:00:15.497895 GMT+1

Entre el papel higiénico y los revólveres

La compra de grandes cantidades de papel higiénico al comenzar el periodo de confinamiento doméstico al que los españoles estamos ahora sometidos ha causado bastante sorpresa. ¿Cuál puede ser el motivo? nos preguntábamos. Produjo innumerables muestras de humor y jocosas interpretaciones que sirvieron para aliviar algo la angustiosa e inédita sensación de estar necesariamente encerrados en casa. Sin embargo, esta sorprendente reacción no es una exclusiva española.

Justo al otro lado del Brexit, la periodista británica Suzzane Moore -experta además en cuestiones psicológicas- escribía en The Guardian el pasado martes que "la enloquecida lucha por papel higiénico es comprensible porque permite a la gente sentir que están respondiendo a una crisis, es decir, que están en el centro de la crisis y son capaces de imaginar el momento en que ésta termine".

Explica que, en circunstancias difíciles, es bueno tener muchas cosas que hacer, pues la actividad vence al miedo mientras que la soledad deteriora el sistema inmunológico. Pero también piensa que es aconsejable actuar de otro modo: manteniendo la calma y aguantando. Vamos, que la cosa no está muy clara ni siquiera para los psicólogos.

La ciencia del comportamiento, puntualiza Moore, describe las cinco fases en que las personas reaccionan ante algo desastroso: 1) Autoprotección: miedo y ansiedad; 2) Protección dentro del grupo, lo que inicia los cambios de comportamiento; 3) Culpabilidad: asumimos que hay que cambiar las actividades normales; 4) Exigencia de responsabilidades: saber qué o quién causó el desastre; y 5) Vuelta a la normalidad, es decir, adaptarse a la crisis y a sus consecuencias.

Pero mientras algunos españoles -y, por lo que se ve, también los británicos- acumulaban rollos de sedoso papel en sus carritos de la compra, muchos ciudadanos estadounidenses hacían cola delante de las tiendas de armamento, ansiosos por adquirir las armas de las que una crisis de desabastecimiento podía privarles.

Uno de los inefables tuits de Trump les recordaba el pasado sábado que las cosas "no se necesitan hasta que hacen falta". La periodista británica no comenta este hecho, pero no hay duda de que los ciudadanos de EE.UU. permanecen en la primera fase de su lista: la del miedo y la ansiedad. Pero en vez de recurrir a las habituales ayudas de tipo psicológico, bien probadas, que permiten dominar ambas sensaciones, el norteamericano medio tiene siempre un remedio a mano: un buen revólver Colt del 45, listo y bien engrasado.

Publicado en República de las ideas el 19 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/19 18:00:15.497895 GMT+1
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2020/03/12 17:55:53.282937 GMT+1

Un octogenario ante el virus

Como todos los que nacimos cuando en España ondeaba la bandera tricolor (hoy octogenarios), formo parte de lo que estos días se ha dado en llamar "población de riesgo" ante el peligro de contagio con el virus que los expertos han denominado Covid-19.

Naturalmente, y por la cuenta que me trae, cumplo con las recomendaciones que las autoridades civiles y médicas han publicado estos días. Si he aumentado el número de veces que me lavo escrupulosamente las manos, convencido de su necesidad, me es más difícil cumplir la norma de "no realizar viajes innecesarios", que encuentro imprecisa. ¿Innecesarios para quién? Yo he de seguir asistiendo al consultorio médico que regularmente me atiende, porque en caso contrario sería peor el remedio que la enfermedad, no me infectaría el virus pero podría sufrir otros males de peores consecuencias.

De momento, no muestro ninguno de los síntomas atribuidos al citado virus, pero si se dieran estas circunstancias tengo bien apuntado el número del teléfono de atención médica al que recurrir. Lo que suceda después ya no está dentro de mis responsabilidades.

Pero sí está dentro de mis suposiciones. A pesar de la innegable calidad de la Sanidad en España, no ignoro que se han cerrado camas, se han privatizado hospitales, se han recortado presupuestos y se escucha a ciertos dirigentes políticos que reclaman una creciente reducción de impuestos, olvidando que es con ellos como se paga la Sanidad y la Educación públicas, al alcance de todos los españoles y no solo de los privilegiados.
 
Por último, hay que agradecer a los medios de comunicación sus esfuerzos para tener informada a la opinión pública ante un fenómeno que a todos nos afecta. Y reprochar a bastantes de ellos una evidente caída en el sensacionalismo, que quizá tenga algo que ver con la "cuota de pantalla" o el número de lectores.

No faltan los presentadores que informan del avance del virus con un énfasis propio de una competición deportiva, y los que insisten en que están dando "una exclusiva", frivolizando algo tan serio como es la posibilidad de morir en una epidemia. Un acreditado periodista español lo comentaba así el pasado martes: "Me parece que una parte de la prensa y de los periodistas deberían reflexionar y pensar que la información no es un circo, ni el sensacionalismo una característica loable de la profesión... El periodismo se ha degradado hasta convertirse en una caricatura de sí mismo. No creo que eso sea bueno ni para la profesión ni para las libertades ni para el bienestar de la Humanidad".

Es de agradecer, por el contrario, al Gobierno y a las autoridades sanitarias su esfuerzo por no crear nuevas alarmas que refuercen el nerviosismo y conduzcan a actuaciones irresponsables o situaciones de desabastecimiento. Esto ayuda a normalizar la vida de las personas, aun siendo conscientes de la gravedad de la epidemia que nos aqueja.

Publicado en República de las ideas el 12 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/12 17:55:53.282937 GMT+1
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2020/03/05 18:19:17.700277 GMT+1

¿Se puede disuadir a los inmigrantes?

En 2013, hace ahora más de seis años, se discutía en España sobre aquellas alambradas, provistas de dañinas y afiladas cuchillas, instaladas en la valla que separa Melilla de Marruecos. Asunto similar ha vuelto a la luz estos días con motivo de la modificación que está previsto aplicar en la frontera entre Marruecos y las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla, elevando la altura del actual vallado.

Entonces, como hoy, se argumentaba la necesidad de hacerlo basándose en la "teoría de la disuasión". Incluso se llegó a aludir a cierto paralelismo de esta teoría con la que en el pasado sustentó la llamada disuasión nuclear que, según algunos, fue la que mantuvo la paz mundial aunque, según otros, fue en realidad un generoso regalo de los Gobiernos a los fabricantes de armamento.

De cualquier modo, aquella disuasión nada tenía que ver con lo que se aduce respecto a las citadas vallas. La disuasión nuclear fue "activa", es decir, dependía de la voluntad de los gobernantes para amenazar con sus armas y crear situaciones favorables en un posible conflicto bélico. Todo lo contrario ocurre con las vallas ahora discutidas, que son, en todo caso, una disuasión "pasiva": una vez instaladas, están siempre ahí y su acción solo se hace sangrienta cuando "son atacadas" por los que van a sufrir sus efectos. Este es el núcleo del asunto que hoy nos ocupa.

Esa disuasión pasiva, esa amenaza de sangre, dolor y padecimiento que afrontan los que pretenden entrar en territorio europeo nunca será superior a la desesperada voluntad de los emigrantes que están a punto de completar su largo y penoso recorrido por tierras asiáticas o africanas, cuando solo les quedan unos metros para alcanzar la meta soñada por la que no les importa arriesgar la vida. Lo que estos días sucede en la frontera greco-turca es muestra evidente de ello.

Las personas que periódicamente asaltan la muralla que les separa de ese mundo en el que pretenden rehacer sus vidas son, por tanto, inmunes a esa teoría de la disuasión que se aduce para reforzar la muralla europea. El problema fundamental de la actual polémica no se halla tanto en los instrumentos (alambradas, perímetros defensivos, armas, disparos y demás) como en el aspecto moral de su finalidad.

Desde la civilizada Europa resulta difícil, cuando no imposible, justificar lo que en el fondo es un atentado contra unos seres desvalidos que buscan mejorar su situación personal. Unos huyen de la persecución, la tiranía o las guerras; otros, simplemente del hambre persistente.

El inmigrante no debería ser considerado como un peligro, sino como alguien que puede aportar riqueza a la construcción social del país que le acoge. No es solo un problema de legislación ni de orden público: es una cuestión de cultura, de civilización, de que los Estados asuman que el derecho humanitario no es una entelequia teórica que a menudo enarbolan los gobernantes para adornar sus discursos.

Publicado en República de las ideas el 5 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/05 18:19:17.700277 GMT+1
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2020/02/27 17:56:13.329022 GMT+1

Sobre la Historia Militar

Devorador impenitente de libros de Historia desde mi juventud, aprendí a lo largo de mi vida profesional que la llamada "Historia Militar" es la más susceptible de ser manipulada con fines muy distintos a los de cualquier ciencia objetiva. Esto es así porque los llamados "mitos bélicos" de casi todos los países se entremezclan con la simbología primordial de las naciones, allí donde éstas beben en sus fuentes imaginarias las viejas leyendas en torno a las que se conforman las "esencias patrias". Reyes, obispos, héroes, mártires, etc., siempre sobre un trasfondo de guerras y violencia, y a menudo sin base objetiva alguna, conforman algo que a los gobernantes siempre satisface: un pueblo manejable que no pone en duda los mitos de su pasado y así acepta dócil el presente.

Como ya dejó dicho Platón, los mitos tienen una útil función social. Y como las guerras son las que en último término han conformado la mayor parte de los Estados actuales, los mitos bélicos de la Historia son los más extendidos. Sin embargo, conviene matizar este fenómeno. La mayor parte de los textos de historia militar tienen dos orígenes: por un lado, historiadores profesionales que abordan el fenómeno de la guerra, y por otro, militares -generalmente cuadros de mando- que en ella participan o que la observan con mirada crítica. Una tercera fuente, menos fiable, es la de los relatos bélicos, a menudo los más interesantes y difundidos -y sobre todo, los más abundantes-, porque adornan la presunta frialdad de la exposición histórica con un atractivo texto capaz de seducir al lector.

Contra lo que a menudo se piensa, los militares no aprenden su oficio leyendo historia militar, ya que ésta raras veces describe lo que ocurrió en el pasado, sino lo que los historiadores de la época dicen que ocurrió. Son cosas muy distintas. Ni siquiera Julio César narrando la Guerra de las Galias, que él dirigió, o el mariscal Montgomery describiendo sus campañas en África, Italia o Europa, son de mucha utilidad para los militares del siglo XXI. Si algo se deduce de una lectura metódica y reflexiva de la historia de las guerras es que cada una es un fenómeno único e irrepetible: "La Historia no se repite; los historiadores, sí", se dice con razón. El contexto social, económico, político, cultural, etc., en el que Napoleón invadió Rusia no tenía parangón alguno con las circunstancias en las que Hitler ordenó repetir la operación casi 130 años después. El historiador profesional busca por sistema analogías y parecidos; pero el militar que intente hacerlo para el mejor cumplimiento de su misión, ignorando los demás parámetros de la época, fracasará inevitablemente.

Algunos historiadores académicos atribuían a Jerjes el mando de dos millones y medio de soldados cuando atacó a Grecia en el 481 a.C., hasta que alguien más versado en la milicia demostró la imposibilidad logística de tal operación. Por otro lado, más de un militar metido a historiador ha atribuido a los caudillos medievales formas de pensar la guerra que solo aparecieron al concluir el siglo XVIII, tras la Revolución Francesa. Ni unos ni otros pueden acreditar fiabilidad objetiva. Menos todavía, cuando un texto de historia de la guerra se elabora para disimular la verdad, si ésta no es propicia a quien lo redacta, o para exagerar los hechos que favorecen a ciertas opiniones o ideologías, lo que es común en dictaduras y otros regímenes autoritarios.  

De cualquier modo, los textos relacionados con el hecho bélico siguen siendo de especial interés para la humanidad y requerirán de sus autores la habilidad necesaria para extraer cierto orden inteligible de entre "el miedo, el peligro y la confusión" que Clausewitz ya percibió en toda guerra. Solo así se podrá entender ese fenómeno caótico, imprevisible e intermitente que es la guerra, tan distinto de cualquier otra experiencia humana.

Publicado en República de las ideas el 27 de febrero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/02/27 17:56:13.329022 GMT+1
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2020/02/20 11:22:40.658973 GMT+1

Juegos de guerra en el Ártico

Durante el próximo mes de marzo se van a realizar unas importantes maniobras militares en el entorno del cabo Norte, el extremo más septentrional del continente europeo. Cerca de 7500 soldados estadounidenses se unirán a otro contingente similar de fuerzas de la OTAN para rechazar un supuesto ataque ruso en el norte de Laponia, donde Noruega y Rusia comparten unos kilómetros de frontera.

            Bajo el nombre codificado Cold Response 2020, los ejércitos otánicos prevén "realizar unos ejercicios conjuntos multinacionales en un teatro de operaciones de gran intensidad bajo las exigentes condiciones invernales", según se lee en un documento noruego.

            Aunque pudiera parecer un ejercicio más de los que la Alianza realiza periódicamente, ahora se trata de jugar a la guerra en una zona que Rusia considera vital para sus intereses, lo que eleva el grado de peligrosidad.

            Se prevé efectuar desembarcos navales en las costas de Noruega para poner en servicio el armamento y material "preposicionado" en varias cuevas de este país, en previsión de ser utilizado en caso de conflicto. Desde la 2ª Guerra Mundial no se habían visto operaciones de tanta envergadura en las duras condiciones del invierno ártico.

            Pero es motivo de preocupación el hecho de que a poca distancia de la zona donde tendrán lugar estas maniobras se halla el gran puerto ruso de Murmansk, situado en la península de Kola, en la que está instalada gran parte de la capacidad de respuesta nuclear de las fuerzas armadas rusas. Constituye, además, la única salida de su flota de guerra hacia las aguas abiertas del Atlántico, pues otras salidas marítimas de Rusia (al mar Báltico o al mar Negro) están controladas por países de la OTAN.

            Y así como el estrecho de Ormuz es bien conocido por ser la ruta obligada para los productos petrolíferos de los países del golfo Pérsico, las aguas internacionales que bordean por el Norte la península escandinava son camino forzoso, no solo para la flota comercial rusa que exporta los hidrocarburos del norte del país sino también para su flota de combate y para los submarinos nucleares, la ultima ratio regis del Kremlin en caso de un conflicto total.

            Lo que sería una tercera guerra mundial, que nadie desea evocar pero cuyo espectro planea sobre la humanidad cuando juegan a la guerra ejércitos provistos de gran potencial nuclear, como es el caso actual.

            Según la estrategia oficial rusa, en una guerra contra EE.UU. sus misiles intercontinentales y su aviación podrían destruir las fuerzas nucleares rusas con base terrestre pero no los submarinos nucleares, que se abrirían camino hacia el Atlántico bordeando la península escandinava.

            Por eso, una posible derrota de las tropas terrestres rusas en esta zona, que es lo que las maniobras citadas pretenden ensayar y mostrar al mundo, pondría en peligro gran parte del arsenal nuclear ruso, por lo que el recurso a la guerra total se aproximaría muy peligrosamente.

            Desde que Moscú se hizo con armas nucleares en 1949, el temor a una guerra total se ha vislumbrado en algunas ocasiones y ha influido en la vida de muchos pueblos, distorsionando a menudo la percepción de la realidad y generando psicosis bélicas en algunos momentos. Desde la descomposición de la Unión Soviética en 1991, el temor se fue alejando progresivamente, pero algunos de estos nuevos juegos de guerra, tan descaradamente ejecutados cerca de la frontera rusa, pueden crear situaciones que superen el límite de lo razonable.

 

Publicado en República de las ideas el 13 de febrero de 2019

Escrito por: alberto_piris.2020/02/20 11:22:40.658973 GMT+1
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2020/01/30 18:47:20.194626 GMT+1

Un plan sin esperanzas para los palestinos

Una de las reacciones del presidente palestino Mahmud Abbas ante el llamado "acuerdo del siglo", presentado el pasado martes en la Casa Blanca en presencia de Netanyahu, fue íntima y personal: "Ningún niño palestino, árabe, musulmán o cristiano puede aceptar un Estado palestino que no tenga la capital en Jerusalén".

Era otro modo de declarar que el plan propuesto por Trump y recibido con alborozo por Netanyahu (a quien muchos comentaristas atribuyen su preparación) satisface los deseos israelíes en los aspectos básicos de este centenario conflicto e ignora a su pueblo.

En él se establecen las fronteras que separarán a ambos Estados; se decide el destino de los asentamientos ilegales israelíes en territorios ocupados; el estatus de Jerusalén y el futuro de los emigrados palestinos. Son los aspectos que deberían haber sido solucionados, sin intermediarios, entre la Autoridad Palestina y el Gobierno de Israel. Pero no ha sido así porque, cuando Trump reconoció en 2017 a Jerusalén como capital de Israel, la Autoridad Palestina rompió el contacto con EE.UU., que replicó cancelando toda ayuda directa o indirecta a Palestina y rechazando la ilegalidad de los asentamientos.

En realidad, este plan es una especie de ultimátum: o se acepta la propuesta de Trump o no hay nada que esperar. El mismo Trump afirmó que "podía ser la última oportunidad para los palestinos".

Para mayor desconcierto, se decide que los territorios que en el "mapa de Trump" son palestinos "permanecerán abiertos y sin desarrollar durante cuatro años". Es el plazo que se da a los palestinos para estudiar el acuerdo, negociar con Israel y "definir los criterios de la estatalidad".

En resumen: el Estado que se ofrece al pueblo palestino está mutilado. La capital palestina podrá estar en los suburbios orientales de Jerusalén, pero no en el Jerusalén Oriental, ocupado por Israel en 1967, como era el deseo histórico palestino. El centenar y medio de asentamientos ilegales construidos desde entonces, donde residen 600.000 judíos israelíes, han quedado legalizados automáticamente, contraviniendo los acuerdos de la ONU. Es también la ONU la que sostiene más de 5,5 millones de refugiados palestinos expulsados de sus tierras durante la guerra de 1948-49, que jamás podrán regresar.

El presunto "acuerdo del siglo" es más un objetivo electoral para la campaña de Trump que un plan de paz en Palestina que tenga presentes los intereses de los pueblos implicados.

En mayo de 2019 escribí en estas páginas un comentario ("Israel: el explosivo de acción retardada") que concluía así:

"En la actual situación, Israel sigue aparentando ser una democracia, aunque sea un Estado donde gran parte de la población carece de muchos derechos políticos. No merece la pena discutir sobre la anexión de Cisjordania, se comenta en Palestina: 'Lo que hay que discutir es por qué la actual situación se ha ido desarrollando y profundizando a plena luz desde hace muchos años, sin que la comunidad internacional haya hecho nada por impedirlo'. La mecha sigue encendida y no puede anticiparse cuándo estallará otra vez ese barril de pólvora".

No se ven razones que hagan pensar que el plan propuesto por Trump vaya a modificar esta inquietante perspectiva.

Publicado en Republica de las ideas el 30 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/30 18:47:20.194626 GMT+1
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