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2017/01/05 18:38:41.997982 GMT+1

Juego a tres bandas: Trump, Putin y Europa

Algunas de las resonantes declaraciones de Trump, antes de pisar de pleno derecho el umbral de la Casa Blanca y asentarse en el despacho oval, le hicieron exclamar a un veterano analista político, con el que he compartido pintorescas experiencias, esta descriptiva y coloquial valoración: "Pero este tío ¡es un venado!".

Algunas semanas antes habíamos discutido sobre los tenaces esfuerzos de Putin para volver a situar a Rusia en una posición destacada en el tablero internacional del poder, con tres vectores bien señalados: el que se orienta hacia Europa, el que se proyecta hacia el Mediterráneo Oriental y el Próximo Oriente y el que mira claramente hacia el Este, sobre todo a China y Japón.

Ambos hilos de pensamiento parecen entrelazarse tras conocer los primeros nombramientos del futuro equipo de gobierno del presidente electo, algunos de los cuales tienen estrechos vínculos con Rusia, cuando no directamente con el mismo Putin.

El general Mike Flynn, tachado -quizás exageradamente- de "islamófobo", que conoce a Putin y ha sido colaborador de una cadena televisiva patrocinada por el Kremlin, alcanza el muy destacado puesto de asesor de seguridad nacional, en el más estrecho círculo inmediato al Presidente. Nada menos que como Secretario de Estado, el segundo cargo en relevancia política, Trump ha designado al magnate Rex Tillerson, director ejecutivo de la petrolera ExxonMobil, con importantes negocios en Rusia y que incluso fue condecorado por Putin.

Por último, contribuyen a combinar todo lo anterior y a complicarlo un poco más las informaciones difundidas por la CIA sobre las actividades ocultas de Rusia para favorecer la elección de Trump mediante filtraciones que pudieron perjudicar a la candidata demócrata.

No es difícil admitir que el apoyo de Putin a Trump durante la campaña electoral podía tener algunas razones basadas en la despectiva opinión de Trump hacia la OTAN y los socios europeos de esta alianza y en su aceptación tácita de las intervenciones rusas en Ucrania y Siria, que tanto rechazo produjeron en la Unión Europea. Por otro lado, no conviene olvidar los elogios de Trump hacia el modo de gobernar del autócrata del Kremlin, al que aludió como "el hombre que ejerce un fuerte control sobre su país" y del que dijo que era "mucho mejor líder que nuestro presidente [Obama]". Estas opiniones, expresadas en varias ocasiones, pueden proporcionar algunas pistas sobre lo que hará el popular multimillonario neoyorquino cuando a partir del 20 de enero se instale en el despacho oval y ponga sus manos sobre los mandos de la primera superpotencia mundial.

Aunque la todavía imprevisible gobernación de Trump producirá efectos en todo el globo, a los europeos nos interesa sobremanera anticipar su repercusión en las difíciles relaciones que Europa mantiene con Rusia. A ello la European Leadership Network (ELN) ha dedicado algún tiempo para averiguar si existen bases para un mejor entendimiento entre ambas partes, recurriendo a expertos rusos y europeos. Las discrepancias consideradas abarcan varios aspectos: 1) la seguridad en Europa; 2) la expansión de la OTAN; 3) las recientes intervenciones militares; y 4) el derecho a la autodeterminación y a la secesión de los pueblos.

La descripción occidental de la intervención rusa en Ucrania y la anexión de Crimea, como hechos que violan la legislación internacional y ejemplos de agresividad militar, inclina a Europa a una estrategia de disuasión a Rusia y de retorno al statu quo. La argumentación de Moscú en defensa de sus acciones es rechazada en Europa como simple y vacua propaganda.

Pero el análisis de la ELN muestra que las discrepancias sobre la seguridad europea en ambas partes son más profundas que lo aparente. Afectan al moderno concepto de soberanía y al derecho a intervenir en otros Estados, aduciendo no solo las intervenciones rusas en Ucrania y Georgia, sino a las occidentales en Kosovo, Irak y Libia. Otra conclusión del informe es que la mala situación de las relaciones Europa-Rusia "no se arreglará con un simple cambio de los dirigentes y la disputa durará largo tiempo".

Quizá la conclusión de más calado es que el reto que Europa afronta no es regresar a "una interpretación estática del statu quo sino plantear una política capaz de gestionar lo que en realidad es un largo proceso de cambios históricos en los que Europa está sumida", que incluye las desintegraciones yugoslava y soviética, la reunificación alemana y las cuestiones fronterizas aún pendientes. Ni siquiera la exigencia de cumplir la legislación internacional serviría de solución, dadas las distintas interpretaciones que de ella se hacen en Europa y Rusia, e incluso entre los mismos países europeos, como ocurre con Kosovo.

Aparte de las inminentes noticias que "el venado" Trump va a generar en breve sobre múltiples acontecimientos hoy imprevisibles, los europeos habremos de recordar que estamos sumidos en un crítico juego de poder e influencia entre Moscú y Washington, en el que habremos de encontrar un difícil equilibrio cuyo objetivo final no sea otro que el mejor modo de beneficiar a los pueblos que compartimos este viejo continente.

Publicado en República de las ideas el 5 de enero de 2017

Escrito por: alberto_piris.2017/01/05 18:38:41.997982 GMT+1
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2016/12/29 17:26:6.541981 GMT+1

La guerra de hace cien años

Mi último comentario en este año 2016 que concluye ahora sin pena ni gloria quizá ayude al lector a olvidar las noticias dominantes estos días (sobre la cuasipermanente corrupción, los problemas migratorios, la austeridad, pobreza, desigualdad y frustración política, la inminente "amenaza Trump", el terrorismo, etc.), llevándolo a la Europa de hace un siglo: la del invierno de 1916. A una Europa doliente y ensangrentada en la que se destrozan entre sí doce de sus Estados.

En el bando aliado, al que Portugal por esas fechas acababa de incorporarse, participaban, además de nuestros hermanos ibéricos, franceses, rusos, ingleses, italianos, serbios, belgas y rumanos. Japón era otro aliado, lejano, que no luchó en Europa. En el bando opuesto se alineaban los ejércitos de Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria.

Las nacionalidades que lucharon fueron más numerosas porque en las potencias coloniales sirvieron soldados de las colonias y fueron "cubriendo de sangre los campos de Francia" (como cantó Gardel) australianos, senegaleses, sudafricanos, canadienses, indios y muchos otros pueblos, como los beduinos que encabezó el mítico Lawrence de Arabia.

La única gran potencia que permanecía neutral era EE.UU., que ya había sufrido pérdidas por la actividad de los submarinos alemanes. El presidente Wilson, en el discurso inaugural de enero de 1917, proclamó: "No habrá guerra. Sería un crimen contra la civilización que participáramos en ella". Pocos meses después hubo de rectificar y, manteniendo la tradicional política estadounidense de intervencionismo en el continente americano, abandonó la neutralidad en la gran guerra europea y restableció el servicio militar obligatorio.

En 1916 concluyeron dos crueles carnicerías: las batallas del río Somme y de la zona fortificada de Verdún. En unos cinco meses murió un millón de combatientes de ambos bandos. Un promedio aterrador: unos 6600 muertos diarios ¡cinco soldados cada minuto! (El doble, si se considera que se combatía solo durante las horas diurnas). El llamado frente occidental -los ya citados "campos de Francia" y el extremo suroccidental belga-, donde se libraron ambas batallas, apenas varió unos pocos kilómetros en algunos sectores a pesar del esfuerzo humano despilfarrado en esas ofensivas.

Un escritor británico resumió así lo ocurrido en el año 1916, según recoge el historiador Martin Gilbert:

El mundo testarudo
La Iglesia muerta o contaminada
Los ciegos conduciendo a los cegados
Y los sordos arrastrando a los enmudecidos
(traducción propia)

Finalizando 1916 murió el emperador Francisco José, al que sucedió en el trono de Viena el archiduque Carlos. Tres días después de la muerte del emperador falleció con mucho menos eco internacional un personaje cuya influencia en esta guerra fue, sin embargo, decisiva: Hiram Maxim, el inventor de la ametralladora. (La imagen lo muestra con uno de los primeros modelos de su máquina en 1884).

La ametralladora utilizada en las trincheras acabó con las cargas de caballería y los asaltos de la infantería a la bayoneta en formación cerrada, usuales hasta la última guerra importante librada en Europa, la que cuarenta años antes había enfrentado a los ejércitos de Francia y Prusia. Empezaba una nueva forma de combatir.

Ya antes del comienzo de la gran guerra, la ametralladora fue un arma decisiva para la hegemonía europea en el mundo, contra aquellos pueblos de color -en Asia o África- tan despreciados por el hombre blanco que ensalzó Rudyard Kipling, pueblos que a veces tenían la osadía de atacar con lanzas, flechas y algunos fusiles a las disciplinadas filas de los "casacas rojas" de la majestad británica encargados de civilizarlos.

Gilbert resalta la paradoja creada por la ametralladora: "El invento de Maxim se había convertido ahora en el instrumento con el que quienes compartían los más altos valores de la civilización, la religión, la ciencia, la cultura, la literatura, el arte, la música y el amor a la naturaleza se desangrarían entre sí, hasta la muerte o la victoria". Descartando el amor a la naturaleza, por el que no se distinguieron los colonizadores blancos, queda bien señalado el contraste entre cultura y violencia occidentales.

En 1916 no se repitió la famosa "tregua navideña" de 1914, cuando confraternizaron los soldados enemigos. En los numerosos frentes de guerra abiertos por esas fechas (una docena, desde el golfo Pérsico hasta el mar del Norte, en Europa, Asia y África) se intensificaron durante la Navidad de 1916 las operaciones militares por tierra y mar, para avivar el espíritu bélico de las tropas, ante los brotes de insubordinación que empezaban a surgir.

Los pueblos de la Europa de hace cien años veían concluir 1916 con la esperanza (luego frustrada) de que el nuevo año trajera el fin de aquella insensata guerra. Los europeos de 2016, por el contrario, no andamos muy sobrados de esperanza ante una Europa vacilante y asediada por sus muchos demonios externos e internos de los que parece no saber librarse.

A pesar de todo, la Europa de hoy nada tiene que envidiar a la de hace un siglo. ¡Feliz 2017 a los lectores de este diario!

Publicado en República de las ideas el 29 de diciembre de 2916

Escrito por: alberto_piris.2016/12/29 17:26:6.541981 GMT+1
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2016/12/23 10:20:30.508456 GMT+1

Convivir con el islam

Los que con nuestra mejor buena voluntad de entendimiento entre los seres humanos nos seguimos empeñando en ver en el terrorismo islámico una derivación aberrante y minoritaria del mahometismo y por eso creemos aún posible la convivencia con un islam de amor y solidaridad -tal como lo califican quienes mejor dicen conocer la fe de Mahoma- tenemos que superar con mucha dificultad intelectual y haciendo de tripas corazón los frecuentes y repugnantes atentados perpetrados al grito de ¡Alá es grande!, resonante consigna casi siempre acallada por el ruido de las explosiones o los disparos con los que se pretende subrayar la verdad de ese dogma. (Menos cuando la grandeza de Alá se muestra con el menos sonoro procedimiento de decapitar infieles, también utilizado a menudo).

Una derivación aberrante y minoritaria del islam, escribo arriba, lo que, al fin y al cabo, es algo parecido a lo que fue nuestra Inquisición, creada durante el reinado de los catolicísimos Fernando e Isabel y solo abolida, entrado ya el siglo XIX, bajo los vientos de la Ilustración, esos que tan tarde empezaron a soplar en España y que todavía no la han barrido del todo, por lo que se ve.

¿Como podía ser compatible con los textos evangélicos, esos que promulgan el amor al prójimo y el perdón de los pecados, una institución que oficialmente quemaba en la hoguera a los que definía como herejes, casi siempre después de torturarlos? Herejía que era precisada por los clérigos que interpretaban en exclusiva las esencias doctrinales del profeta palestino sobre cuyo recuerdo se construyó el enorme castillo fortificado del cristianismo, con sus muchas sombras (corrupción, hipocresía, mentiras...) y pocas pero brillantes luces (Ellacuría, el padre Ángel...).

Pensar que "nosotros" hemos evolucionado -y "ellos", no- podría apuntar a una ingenua solución: de algún modo, no vislumbrado aún, al mundo islámico le llegará su Ilustración y se separarán la religión y la política. Así se evitarían las aberraciones que se producen cuando un supuesto texto divino, dictado hace siglos a un profeta, se convierte en guía inmutable que rige todos los aspectos de la vida. ¿Cuándo ocurrirá esto? ¿Habrá que esperar mucho? No es, pues, una solución eficaz para resolver el actual conflicto.

La más peligrosa de esas aberraciones es la que induce al suicidio sacrificial, que fanatiza a gentes entusiastas y de buena voluntad pero malignamente desinformadas, a las que garantiza el paraíso eterno si asesinan infieles según los mandatos del Corán.

El terrorista suicida es un enemigo muy difícil de combatir por los métodos habituales de la seguridad de los Estados y se convierte, a la larga, en el instrumento bélico de mejor coste/eficacia, lo que induce a los gobiernos a multiplicar sin límite los recursos destinados a la prevención del terrorismo sin poder garantizar nunca su plena derrota.

Este asunto daría para muchas páginas de reflexiones más documentadas que lo que es posible en este breve comentario al hilo de la actualidad. Por este camino seguramente nunca se alcanzará la solución a este problema: ¿Cómo defenderse mejor del terrorismo islámico?

La pregunta está mal planteada. No hay razonamientos que la respondan directamente. Más eficaz sería plantarla al revés: ¿Qué es lo que no sirve para nada frente al terrorismo e incluso llega a ser contraproducente?

La experiencia acumulada después de los atentados del 11-S y los subsiguientes errores en los que EE.UU. y sus principales aliados incurrieron para vengar aquella herida causada al orgullo imperial nos obligan a descartar desde el principio una solución: la guerra.

¿Qué se ha logrado tras las guerras de Afganistán e Irak? Se ha multiplicado el número y tipo de grupos terroristas, han quedado unos Estados donde proliferan nuevas generaciones de terroristas y se ha creado en el resto del mundo la sensación de la inevitabilidad de nuevos ataques. Es decir, se ha ayudado a extender y agravar el terror en amplios sectores de la población mundial.

¿Cree el Gobierno israelí que aumentando la presión y la disgregación del pueblo palestino contribuirá a reducir el peligro del terrorismo islamista? Quizá lo crea así, pero está haciendo todo lo posible por conseguir lo contrario.

¿Cree Trump que aniquilando bajo las bombas a los combatientes del Estado Islámico en Iraq o Siria habrá resuelto el problema? Más bien lo habrá multiplicado en una peligrosa metástasis de las células del terror que, expulsadas de un lugar, se esparcirán por todos los continentes.

Búsquese la manera de afrontar el terrorismo islámico con instrumentos que no sean los drones, las bombas, los comandos, los cazabombarderos o los portaaviones. Estos instrumentos no han dado resultado a pesar de haber sido profusamente utilizados hasta hoy. Póngase a la ONU y a sus diversas agencias, a las demás organizaciones internacionales, a los mejores cerebros de la política mundial, a buscar fórmulas imaginativas que no repitan los errores del pasado. Ese es el camino donde la verdadera política, la que se orienta hacia el bien común, puede demostrar su utilidad social. Si la política sigue limitándose a un forcejeo por el poder entre los más destacados aspirantes a él, turbio será el futuro que aguarda a la humanidad.

Publicado en República de las ideas el 22 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/23 10:20:30.508456 GMT+1
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2016/12/15 18:26:56.222448 GMT+1

Los 'robots asesinos'

Durante esta semana se está celebrando en Ginebra la 5ª Conferencia de revisión de la "Convención sobre armas convencionales (sic)" (CCW en sus siglas en inglés), donde se pretende invitar a todos los Estados a unirse a los catorce países que convocaron y participan en la campaña organizada para prohibir los llamados "robots asesinos", es decir, las armas letales autónomas o LAWS (lethal autonomous weapons systems).

Se trata de armas -mejor dicho: "sistemas de armas"- que son capaces de elegir por sí mismas el objetivo más adecuado en cada momento y atacarlo sin intervención humana directa, esto es, sin que sea un combatiente el que decida cuándo y cómo utilizarlas. Aunque son producto de la inteligencia y la industria humanas, estas armas están dotadas de "inteligencia artificial", un sistema organizando de variables lógicas interrelacionadas que, en función de ciertos datos del momento y mediante unos algoritmos previamente incorporados, permite dejarlas libres en el campo de batalla, donde actúan de modo autónomo de acuerdo con la situación.

Es evidente que estamos ante un importante salto cualitativo en las formas de combatir, lo que afectará a los principios básicos de la táctica militar. Hasta que esas armas no se utilicen extensivamente es imposible adivinar cómo modificarán la forma de luchar en el campo de batalla y la influencia que esto tendrá en el desarrollo de nuevas estrategias, posiblemente transformando también algunos conceptos básicos del fenómeno social que llamamos guerra.

Lo mismo ocurrió con la adopción de la pólvora primero y de la energía nuclear después, dos innovaciones que supusieron transiciones de gran calado, tanto en la sociedad civil como en los ejércitos. En anterior comentario recordaba cómo reaccionó Cervantes ante las armas de fuego, en boca de Don Quijote: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención”. Lo justificaba porque "un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero [con] una desmandada bala [que] corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos".

Muy distintas son las múltiples cuestiones que hoy preocupan ante la presión tecnológica que impulsa el desarrollo de nuevos artefactos bélicos. Si un soldado utiliza mal su arma y viola las convenciones sobre la guerra, puede ser juzgado y castigado. Pero si es un robot el que incurre en análogo desmán ¿quién es responsable? ¿El fabricante? ¿El jefe que ordenó su despliegue sobre el terreno?

Hay quien afirma que un robot no puede incurrir en algunas de las indignidades en las que a veces caen los soldados: tortura de prisioneros, violación de mujeres, asesinatos a menudo fruto de la ira o del cansancio y el agotamiento propios del combate. De este modo, se dice, la guerra acarrearía menos hechos delictivos contra el derecho humanitario.

Pero existen obstáculos aparentemente insalvables. Aun si un robot pudiera identificar positivamente al personal civil, ancianos, niños y otros no combatientes, ¿sería capaz de reconocer intenciones, el elemento básico para valorar el peligro que representa cualquier presunto enemigo? De no ser así, aumentarían las muertes "inútiles" y poco se habría ganado.

Creo que el rechazo principal al empleo de tales armas se basa en que deshumanizarían aún más la guerra. Existe un libro que tengo por imprescindible para conocer por dentro la guerra de hoy: War, de Sebastian Junger (editado en España por Crítica en 2011, en una lamentable traducción). Libro que es aconsejable combinar con un excelente y premiado documental, Restrepo, rodado mientras Junger vivía incorporado a una sección de infantería desplegada en uno de los más peligrosos teatros de operaciones de Afganistán.

El eje esencial del libro y del documental está lejos de ser una loa a la guerra. Descubre su brutalidad, pero también los valores humanos de los que la ejecutan en los escalones más bajos: el compañerismo, la abnegación, la lealtad al que lucha al lado y al jefe inmediato. La esencia de la formación militar del combatiente la expresa Junger cuando escribe que las críticas decisiones que a veces tiene que tomar un soldado, con urgencia y bajo la presión de la muerte, "no se basan en lo que es mejor para él sino lo mejor para el grupo. Cuando todos actúan así, el grupo sobrevivirá; si no, muchos morirán". Y añade: "En esto consiste, en esencia, el combate".

El autor preguntó a un soldado si arriesgaría la vida por sus compañeros: "Por ellos me arrojaría sobre una granada de mano", le respondió. Y aclaró: "Porque quiero a mis hermanos, los quiero de verdad. Poder salvar su vida para que puedan vivir me parece que vale la pena. Y todos ellos lo harían por mí".

No parece fácil que, a pesar de los acelerados avances que experimenta la inteligencia artificial, se pueda inspirar en los robots los sentimientos humanos que, con independencia de la legitimidad o la perversidad de una guerra, necesitan los soldados para afrontar de cara a la muerte y cumplir su misión.

Publicado en República de las ideas el 15 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/15 18:26:56.222448 GMT+1
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2016/12/08 09:19:10.095361 GMT+1

Se despide el Comandante en Jefe - Adiós, Obama, adiós

El pasado 6 de diciembre Obama aprovechó uno de sus últimos días de ejercicio presidencial para dirigir una alocución en una base aérea de Florida, sede de las Fuerzas de Operaciones Especiales, eligiendo como asunto principal la política antiterrorista. No hay programada ninguna otra visita a centros militares, por lo que ésta parece ser su ultima aparición pública como Comandante en Jefe de los ejércitos.

Nada más comenzar el discurso, y tras la inevitable alusión a los atentados del 11-S, Obama recordó que EE.UU. llevaba siete años de guerra continuada cuando él alcanzó la presidencia y que durante los ocho años de su mandato se ha convertido en "el primer Presidente que ha servido en tiempo de guerra durante dos periodos", lo que provocó una salva de aplausos. Años, dijo, durante los que "ninguna organización terrorista extranjera ha planeado ni ejecutado con éxito ataque alguno contra nuestro país, a pesar de haberlo intentado".

Los aplausos se redoblaron al recordar que "los ejércitos de EE.UU. pueden cumplir cualquier misión y son -y seguirán siendo- la más poderosa fuerza de combate que el mundo jamás ha conocido". Aunque es verdad que una arenga en una base aérea no tiene por qué parecerse a una conferencia académica o a un mitin político, Obama no supo sustraerse a la frecuente exaltación belicista que a muchos políticos les invade en cuanto pisan terreno militar.

Un breve inciso para recordar que algo parecido debió ocurrirle a Felipe González, justo hace hoy 34 años (el 8-12-1982), cuando presidió los actos patronales de la antigua División Acorazada "Brunete", cuyo fervor le impulsó, días después, a calificar al Ejército como "columna vertebral" del Estado, cosa que nos sumió en la consternación a los que desde dentro de la Institución nos esforzábamos por democratizarla y convertirla en el "brazo armado" del Gobierno, como señalaba la Constitución y era normal en los países con los que entonces aspirábamos a codearnos.

Volviendo al asunto inicial, hay que reconocer que Obama, aun tocado con la gorra de Comandante en Jefe, se atrevió a criticar duramente el uso de la tortura en la guerra antiterrorista y se lamentó por no haber llegado a cerrar el penal de Guantánamo, aunque recordó que el número de los ilegalmente encarcelados en él se había reducido durante su presidencia.

Sin citarlo personalmente, mostró el deseo de que Trump atendiera sus consejos y repudiara algunas declaraciones hechas durante la campaña electoral, como apoyar la tortura, "bombardear más", "encastillarnos" o "matar a todos los familiares de los sospechosos de terrorismo", como se oyó en boca del candidato republicano.

Aunque Obama se felicitó por la transparencia y claridad de su Gobierno, la realidad es muy distinta pues sigue oculta a la opinión pública una gran cantidad de información; lo poco que se ha desvelado ha sido casi siempre tras recurrir a las vías judiciales y porfiar en ello.

Obama, si de verdad quisiera, aún podría tomar decisiones positivas, pues mantiene el poder de hacerlo hasta el próximo 19 de enero. Por ejemplo, podría desclasificar (suprimir el carácter secreto) muchos documentos esenciales para revelar a los ciudadanos algunos errores y decisiones injustas o erróneas, que han afectado a la política de EE.UU., como los excesos en espionaje y vigilancia perpetrados por algunos órganos federales. Una vez desvelados, pasarían a ser de conocimiento público y ya no podrían ser ignorados.

También tiene ocasión de perdonar a Snowden, Manning y otros denunciantes que revelaron a los ciudadanos actos vergonzosos y prácticas prohibidas, en un claro ejercicio de patriotismo. Bajo la presidencia de Obama se ha aplicado con dureza la Ley de Espionaje en más ocasiones que todos los anteriores presidentes juntos. El poder presidencial del perdón no puede ser vetado por ningún otro órgano.

Quizá debiera también castigar a ciertos altos cargos que abusaron ostensiblemente del sistema, como cuando destituyó al general McChrystal de su mando en Afganistán al decidir que su presencia perjudicaba el desarrollo de las operaciones. Es cierto que Trump puede deshacer pronto las últimas decisiones de Obama, pero el eco que tendrían en la opinión pública de EE.UU. ya no podría silenciarse y beneficiaría la salud de la vida pública.

Obama también podría revelar los criterios utilizados para el uso militar de los drones de la CIA en las operaciones de targeted killing (muertes preplaneadas), para saber si Trump se atiene a ellos o los utiliza de modo irregular. Por último, también antes del 20 de enero, Obama debería revelar toda la vasta legislación secreta que ha entrado en vigor en los últimos años, para evitar que Trump, basándose en ella, pudiera, por ejemplo, encarcelar libremente a todos los musulmanes, como en alguna ocasión ha amenazado.

Los partidarios de Obama ensalzarán ahora sus innegables logros y sus detractores pondrán el énfasis en sus flagrantes contradicciones y errores. Unos y otros coincidirán, no obstante, en mirar con recelo al nuevo presidente que no accede a la Casa Blanca envuelto en un halo de confianza, como Obama, sino suscitando serios recelos en todo el mundo.

Publicado en República de las ideas el 8 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/08 09:19:10.095361 GMT+1
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2016/12/01 18:04:39.083117 GMT+1

¿Hacia dónde irá Trump?

En mi comentario a vuelapluma del pasado 10 de noviembre, tras el triunfo de Trump en la carrera hacia la Casa Blanca, introduje unas hipótesis -no del todo inverosímiles- sobre lo que podría ocurrir después:


1) Trump se topa con los poderes fácticos de siempre y gobierna al estilo de otros presidentes que le precedieron;
2) Trump remeda los intrigantes tejemanejes de Nixon y es forzado a dimitir;
3) El destino de Kennedy le está esperando y es asesinado cuando sus decisiones políticas chocan con intereses opuestos;
4) Trump inaugura un estilo sui géneris, sin precedente alguno, del que todo cabe espera
r.

En los veinte días transcurridos desde entonces se han mostrado algunos indicios que permiten afinar algo más estas hipótesis, aunque la comprobada volubilidad del personaje hace difícil llegar a conclusiones sólidas.

Dejaré de lado, por ahora, el punto 3). Las posibilidades de que Trump corra la misma suerte que Kennedy (o la de Lincoln, Garfield o McKinley, asesinados durante su presidencia) no es algo verificable sino una constante propia de un país donde el culto a las armas de fuego y su proliferación hace creíble que una pistola o un rifle en manos de un fanático irrumpan en la vida del primer dignatario de la nación y le pongan fin.

La hipótesis 4), un estilo sui géneris de gobierno, tiene más probabilidades de hacerse realidad. Por ejemplo, se sabe del deseo de Trump y de su familia de seguir residiendo en la 5ª Avenida neoyorquina, en el lujoso palacio situado en las alturas de la famosa Trump Tower, con estancias temporales en la Casa Blanca. De momento, la torre residencial de los Trump, resguardada a nivel de calle por bloques de cemento y un vasto despliegue de fuerzas de seguridad, también tiene protegido su cielo y figura en los mapas aeronáuticos como espacio de la defensa nacional: "El Gobierno de EE.UU. podrá utilizar fuerza letal contra cualquier aeronave si implica una amenaza inminente para la seguridad".

Una segunda Casa Blanca, incrustada en el bullicioso Manhattan, sería una inédita peculiaridad si Trump logra vencer las serias objeciones que, por cuestiones de seguridad, pone del servicio secreto, responsable de la protección personal de los presidentes.

Otra posible novedad: en una entrevista con The New York Times Trump dejó entrever la intención de designar a un general como Secretario de Defensa. Lo justificó así: "Mirad lo que está pasando. No vencemos, no somos capaces de derrotar a nadie, ya no triunfamos... En nada". No le faltaba razón, porque las intervenciones de EE.UU., siempre oficialmente triunfales al principio (como el famoso Mission acomplished! del inolvidable Bush), han sido a la larga sendos fracasos estratégicos que han deteriorado la situación en gran parte del mundo. Eso no lo soluciona ningún general al mando del Pentágono, porque los generales sabrán (no siempre) ganar guerras pero la interminable lucha contra el terrorismo no tiene solución militar. Alguien deberá explicárselo bien a Trump.

Hasta aquí, lo relacionado con el nuevo estilo del Gobierno. Respecto al punto 2), conviene no olvidar los vastos intereses privados del "imperio Trump", que se extienden por todo el planeta. No va a ser fácil para el grupo familiar que lo rige desde la misma torre neoyorquina mantener la transparencia suficiente y la necesaria desconexión financiera y económica entre su prosperidad y la de EE.UU. Como recordaba The Washington Post: "Por lo menos 111 empresas de Trump han actuado en 18 países y territorios de Sudamérica, Asia y Oriente Medio".

Un antiguo asesor legal de la Casa Blanca declaró: "Existen muchos riesgos diplomáticos, políticos e incluso para la seguridad nacional, cuando un presidente posee tantas propiedades en todo el mundo". Las marrulleras trampas en las que incurrió Nixon y que le obligaron a renunciar a la presidencia podrían ser en Trump confusas decisiones políticas a nivel internacional que atendieran más a los intereses familiares que a los nacionales. La porosidad entre los negocios privados de Trump y la diplomacia estatal a su servicio presenta resquicios por donde pudiera filtrarse un nuevo y peligroso Watergate.

Para concluir, y en relación con el punto 1), todo parece indicar que Trump en muy poco va a copiar las prácticas habituales de sus predecesores, pero no por eso el establishment va a cejar en su empeño de llevarle al buen camino. Se ha iniciado una discusión en los medios estadounidenses sobre si sería posible "ablandar" a Trump utilizando dos de sus puntos débiles: vanidad y deseo de ser adorado, como escribía un columnista en The New York Times al comentar la rueda de prensa que Trump mantuvo con este diario. Se plantea, pues, la posibilidad de que un Trump, debidamente adulado por los medios cuando actúa del modo que el establishment tiene por razonable, continuaría actuando así por miedo a perder la adulación que necesita para seguir siendo él mismo. A pesar del evidente infantilismo de la propuesta, ésta no es descartable dado lo que se ha escuchado durante la campaña electoral.

Habrá que seguir oteando el panorama internacional centrado en EE.UU., porque en los próximos meses será muy probable que contemplemos originales situaciones y acontecimientos de marcado signo "trumpista".

Publicado en República de las ideas el 1 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/01 18:04:39.083117 GMT+1
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2016/11/24 18:03:18.558797 GMT+1

Trump, Europa y la OTAN

Está aún por ver si tras la toma de posesión de Trump éste empieza a convertir en realidad algunas de las promesas y planes que ha ido exponiendo a lo largo de la campaña electoral, que son los que le hicieron ganar popularidad y le han conducido por fin a la Casa Blanca. Bastantes de los compromisos expuestos a lo largo de sus verborreicas sesiones no son realizables, como él mismo debe saber y sus votantes implícitamente asumen, pero otros se pondrán en práctica en breve plazo, una vez establecido y funcionando el nuevo equipo de gobierno (lo que en EE.UU. llaman "administración").

No es posible todavía adivinar si la política exterior de Trump diferirá mucho de la de Obama y si para conseguirlo será capaz de domeñar a un establishment muy habituado a los viejos usos y costumbres. La realidad que se percibe desde el "despacho oval" no es ciertamente la misma que se muestra en los multitudinarios mítines populares organizados para ensalzar a los candidatos, como pudo comprobar aquel animoso Obama que prometía cerrar para siempre Guantánamo, a fin de acabar con los vergonzosos residuos heredados de su antecesor, y fracasó en el empeño.

En Europa -y en Rusia- las alusiones que Trump ha hecho a la OTAN a lo largo de la campaña han abierto un amplio abanico de incertidumbres. La tachó de "obsoleta" ("fue diseñada contra la URSS, que ya no existe" aclaró para los que pudieran ignorarlo) y no perdió ocasión de insistir en que los socios europeos de la Alianza no contribuyen a ella como debieran ("no pagan lo que les corresponde"), en lo no le falta cierta razón. Según Trump, en todo lo que se refiere a la OTAN las cosas ya no van a seguir igual: "se acabó el business as usual". ¿Empezará una nueva "fase Trump" en las relaciones militares trasatlánticas?

Es por tanto comprensible que en Bruselas y Moscú se intente adivinar el rumbo que tomará Trump en el escenario internacional, porque en cualquier caso va a influir considerablemente en ciertos aspectos fundamentales para la política de ambas partes, hoy enfrentadas en una pugna de la que no se ve el fin.

Ese rumbo va a determinar el modo de conducir las complejas relaciones entre Europa y Rusia; forzará a la UE a tomar decisiones sobre la vieja e irresuelta cuestión de la defensa europea (¿Puede defenderse militarmente Europa sin tener que recurrir al Pentágono? ¿Defenderse de qué y con qué?); marcará cuáles son los caminos más difíciles o cerrados para los esfuerzos de Moscú a fin de recuperar su estatus de gran potencia; y, por último, va a incidir de modo impredecible sobre la crisis que viene afectando a la unidad y cohesión europeas, tan vapuleadas por las duras políticas de austeridad, por el desacuerdo sobre el trato a los inmigrantes, la falta de una política exterior común y coordinada, el auge de la xenofobia y la generalizada pérdida de ilusión por lo que en tiempos pasados fue el estimulante "proyecto Europa".

No es probable que la política de Trump altere notablemente las asentadas inercias tecnocráticas de la OTAN, incluida la reforzada presencia militar en sus confines orientales y septentrionales, próximos al territorio ruso. Por otro lado, aun exigiendo a Europa una mayor inversión en los esfuerzos defensivos, no por ello olvidará Trump que las corporaciones del complejo militar-industrial europeo compiten directamente con sus equivalentes de EE.UU., por lo que no interesa a Washington una defensa militar plenamente europea en lo que se refiere a su autosuficiencia en armamento y material.

Dejando de lado a Trump y su futura influencia sobre la defensa europea, no conviene olvidar que el principal problema de Bruselas no está ahora en Washington sino en Moscú. Como he expuesto en anteriores ocasiones ("Las críticas relaciones OTAN-Rusia", 1/09/2016), existe una recíproca cerrazón que dificulta a ambas partes comprender los intereses de la otra y encontrar vías de solución para unos conflictos que han pasado por momentos peligrosos y pueden volver a hacerlo.

En los últimos años, Ucrania y Siria han sido los teatros de enfrentamiento de los que Rusia se ha servido para mostrar al mundo su voluntad de recuperar el poder y la influencia de que disfrutó en el pasado, si es preciso utilizando presiones militares. Las sanciones económicas aplicadas a Moscú son vistas por algunos sectores rusos de opinión como la prueba de que ya existe una guerra emprendida por Occidente contra Rusia, por lo que ésta moralmente estaría autorizada a algún tipo de respuesta militar. Por el contrario, las élites moscovitas rechazan mayoritariamente este modo de pensar y se aferran a una política de recuperación razonable y gradual del lugar que creen debe ocupar su país en el concierto mundial de los Estados, lugar que creen les está siendo vedado por las combinadas políticas hostiles de EE.UU. y Europa.

Los próximos meses irán resolviendo estas dudas y van a ver inéditos cambios en la política internacional de EE.UU. Esto, sin contar con algunas insólitas medidas de política interior, propuestas durante la campaña electoral, que han empezado a agitar al pueblo estadounidense, ahora claramente dividido como quizá no lo ha estado desde la Guerra Civil.

Nota final: Condorcet, el ilustrado filósofo francés del XVIII, dejó escrito algo que ayuda a entender la espantada de Trump ante las ruedas de prensa: "El entusiasta ignorante no es un hombre sino la más terrible de las bestias feroces". ¡Chapeau amigo Nicolás!

Publicado en República de las ideas el 24 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/24 18:03:18.558797 GMT+1
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2016/11/16 19:30:29.749491 GMT+1

Vuelven los nubarrones nucleares

Durante el primer debate electoral entre Trump y Clinton, el moderador de la NBC planteó esta cuestión: "Sobre armas nucleares, se ha informado de que el presidente Obama podría modificar la inveterada política nacional sobre su primer uso. ¿Apoya usted la política actual?".

Conviene recordar que la política nuclear de EE.UU. acepta que en cualquier momento se puede utilizar el armamento nuclear en defensa propia o de sus aliados, incluso contra Estados no provistos de armas nucleares. Dicho de otro modo: se rechaza la política de "nunca utilizarlas el primero" (no first use), aunque Obama en algún momento llegó a pensar en adoptarla y luego lo descartó, según informó en septiembre pasado The New York Times.

Quizá para poner en un aprieto a Trump, el moderador solicitó su respuesta antes que a Clinton. Trump no se dejó atrapar en la encerrona. Disimuló como pudo el desconcierto inicial que le provocó la pregunta y enseguida se explayó en una larga y deshilvanada perorata en la que él se comprometía a arreglar el embrollo nuclear creado por sus antecesores. Habló de casi todo: Rusia había superado a EE.UU. en armamento nuclear; le gustaría que todos se deshicieran de esas armas; él no prescindiría de ellas: "no puedo quitar nada de encima de la mesa"; Corea del Norte es un problema, pero China debería resolvérselo, porque "es muy potente"; también Irán tiene poder sobre Corea del Norte y debería intervenir en Yemen y en "esos otros sitios"... etc. etc.

Consumió los dos minutos asignados a su respuesta dejando en el aire la sensación de que podía hablar con seguridad de cualquier cosa sin estar enterado de nada. Impresión poco reconfortante, tratándose de un asunto tan complicado como el uso de las armas nucleares.

Clinton no supo aprovechar la oportunidad que le dejó la inanidad mental de su rival y en su turno de palabra soltó su discurso con el frío tono de los burócratas fogueados en duelos verbales. Por supuesto, ella tampoco respondió a la pregunta del moderador y dedicó parte de su tiempo a descalificar a Trump y sus imprecisos o inexistente planes, incluido el de derrotar al Estado Islámico en un breve plazo.

Respecto a sus propios planes, se perdió en vaguedades. Exigió "precisión" al hablar de las cuestiones nucleares, pero dio una demostración de imprecisión al afirmar que quería dirigir un país "en el que pueda confiar la gente", la suya y la todo del mundo, y tomar decisiones en pro de la paz y la prosperidad, afrontar a los matones, en casa y fuera, sin especificar cómo lo haría ni a quiénes se enfrentaría, ni de qué modo se serviría de la fuerza militar para alcanzar esa paz y prosperidad soñadas.

En resumen, para los que desde fuera de EE.UU. contemplamos con aprensión la reaparición de lo nuclear en el panorama internacional, fue una ocasión perdida por ambos candidatos a la Casa Blanca eludiendo responder directamente a una pregunta llena de significado y que obligaba a expresarse con claridad a quienquiera que aspirase a ser el último responsable del más demoledor instrumento de guerra que ha conocido la humanidad: las armas nucleares de la primera superpotencia mundial.

Como escribí en estas páginas el pasado 30 de junio ("Blandiendo las armas nucleares"), la política nuclear preocupa hoy a los estados mayores de la OTAN y Rusia, hecho que el presidente de EE.UU. no puede desconocer. El temor de Rusia a ser rodeada por el despliegue otánico en los Estados bálticos (que desde Moscú es visto como el incumplimiento de la promesa que en 1990 la OTAN hizo a Gorbachov) la ha llevado a reforzar las defensas en sus fronteras occidental y meridional, incluyendo la instalación de misiles balísticos de corto alcance que pueden utilizar cargas nucleares de potencia reducida.

El uso de este tipo de armas para poner fin a un conflicto regional viene rondando la cabeza de algunos estrategas rusos, y también occidentales, que consideran que en esas circunstancias la estrategia de first use no tendría por qué derivar en una hecatombe mundial y que puede concebirse una guerra nuclear "limitada", por ejemplo contra el Estado Islámico. Y lo que es aún peor: algunos atribuyen a los enormes arsenales nucleares capaces de destruir el planeta la virtud de que bastaría la amenaza que suponen para contener la guerra limitada y evitar que se extralimite.

Tan abominable mezcla de ideas estratégicas y la llegada a la Casa Blanca de un individuo de imprevisibles impulsos y nula experiencia en el análisis de los conflictos internacionales del pasado han vuelto a poner la cuestión nuclear sobre el tapete. Agravada aún más por los costosos programas de modernización del armamento nuclear en Rusia y EE.UU., modernización a la que no son ajenas otras potencias nucleares de menor entidad, como China, Israel, Corea del Norte, Reino Unido o Pakistán, que desarrollan sus propios programas.

Parece necesario reverdecer los viejos impulsos antinucleares que en la segunda mitad del pasado siglo movilizaron a los pueblos de todo el mundo en un clamor unánime contra la "destrucción mutua asegurada" en la que se basaba la estrategia nuclear de las grandes potencias. Si Kennedy supo frenar los impulsos belicistas de los jefes militares durante la crisis cubana ¿habrán de ser éstos los que mañana tengan que templar la impulsividad ignorante del nuevo residente en la Casa Blanca, si se da análoga situación? Mejor es no imaginarlo.

Publicado en República de las ideas el 17 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/16 19:30:29.749491 GMT+1
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2016/11/10 21:22:17.892899 GMT+1

Desde Hitler a Trump: una perspectiva

La sorprendente trayectoria de Donald Trump en su exitosa carrera hacia la Casa Blanca, aparte de abrir un amplio abanico de inéditas posibilidades sobre lo que ahora pueda suceder, supone para los estudiosos de la Historia un caso de gran interés. Esto es así porque ayuda a resolver la intrigante cuestión estudiada desde mediados del siglo pasado, cuando la Alemania de Hitler fue derrotada por los aliados tras una cruenta guerra que, además de traer otras calamidades, abrió para la humanidad la Era Nuclear en la que vivimos.

Esta cuestión se ha solido plantear desde varios ángulos: ¿Como pudo Hitler alcanzar el poder mediante procedimientos básicamente democráticos? ¿Cómo llegó a convertirse en poco tiempo en el ídolo adorado por un pueblo culto y educado, de envidiables cualidades, que había dado al mundo eminentes figuras del pensamiento y las artes? ¿Cómo llegó el pueblo alemán a cerrar los ojos ante un régimen criminal que llevó el genocidio hasta los más inconcebibles extremos?

Muchas respuestas se han dado a las preguntas anteriores desde que Hitler y sus criminales matones desaparecieron de la faz de la Tierra, basadas en razonamientos de tipo psicológico, sociopolítico, económico, militar e incluso mitológico.

Sin embargo, durante los últimos meses el mundo ha tenido ocasión de contemplar un ejemplo vivo de algunos de los factores que ayudaron a Hitler a alcanzar el poder entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Ese ejemplo es Donald Trump, el presidente electo de EE.UU.

Salta a la vista el paralelismo entre las ideas básicas sobre las que Hitler y Trump construyeron sus respectivos entramados ideológicos. Make America great again es la llamada de Trump al corazón de un amplio sector de la sociedad estadounidense, convencido de que su nación está en manos de una corrompida clase política, vendida a intereses extranjeros y que ha propiciado la continuada decadencia del que fue país elegido por Dios para iluminar a la humanidad.

La ideología de Hitler, por su parte, trató de avivar en el pueblo alemán el recuerdo de un pasado glorioso, en doloroso contraste con la humillante situación en que quedó Alemania tras la derrota en la 1ª G.M. Atribuyó la debilidad del Estado a los traidores y cobardes que dominaban la patria y la habían puesto al servicio de intereses ajenos, como los judíos, lo que acarreaba la corrupción, la miseria y el colapso espiritual.

Tanto el Trump del siglo XXI como el Hitler del XX proclamaban enfáticamente lo que una parte de su pueblo deseaba escuchar, con razonamientos confusos, mal utilizados y a menudo falsos, pero con una brillante oratoria que penetraba profundamente en las masas. Ambos fueron despreciados al principio por los sectores más cultivados: en Alemania se hacía mofa del "cabo Hitler" mientras que en EE.UU. muchos tomaron a broma las payasadas del "payaso multimillonario". Pero ambos, con frases sencillas y cortas, llenas de desprecio y odio por el adversario, trufadas de eslóganes emotivos, sintonizaron bien con el despecho de los que se sentían injustamente tratados, tanto por sus políticos como por ajenos poderes hostiles.

Las masas alemanas atraídas por Hitler, como los votantes de Trump, lo que básicamente deseaban era una vida mejor, económica y socialmente. Eran un campo fértil donde las mentiras arraigarían con facilidad: a los alemanes se les engañó distorsionando la historia de su derrota en la 1ª G.M. como si fuera el resultado de un contubernio ajeno al auténtico espíritu alemán; y los votantes de Trump han aceptado ciegamente la supuesta perversidad de los políticos "profesionales" de Washington y han creído ciegamente en las indemostrables fórmulas de regeneración propuestas por el atrabiliario magnate neoyorquino.

En ambos casos, las aspiraciones populares estaban sólidamente basadas en el deterioro económico y en las intensas transformaciones sociales que afectaron, por razones distintas pero con análogos resultados, a los alemanes de los años 30 del pasado siglo y a una considerable parte del pueblo estadounidense de hoy, por lo que pudieron ser manipuladas por unos líderes advenedizos, surgidos de la nada política. Los judíos en Alemania y los inmigrantes en EE.UU. han sido instrumentos semejantes, hábilmente utilizados para excitar los sentimientos xenófobos de unos pueblos insatisfechos por razones que nada tenían que ver con aquéllos.

Que la realidad actual nos ayude a entender el pasado no es consuelo para los que estamos preocupados por el éxito de Trump. Es justo además sentir inquietud por el previsible curso de los acontecimientos cuando en la Casa Blanca un individuo de reprobables antecedentes tome los mandos del Imperio americano.

Acudiendo también a las lecciones de la Historia, se pueden concebir estas posibles situaciones: 1) Trump se topa con los poderes fácticos de siempre y gobierna al estilo de otros presidentes que le precedieron; 2) Trump remeda los intrigantes tejemanejes de Nixon y es forzado a dimitir; 3) El destino de Kennedy le está esperando y es asesinado cuando sus decisiones políticas chocan con intereses opuestos; 4) Trump inaugura un estilo sui géneris, sin precedente alguno, del que todo cabe esperar.

Sea cual sea la evolución de los acontecimientos en EE.UU. y en el mundo, como resultado del nuevo inquilino de la Casa Blanca, se ha encendido una señal roja de alarma para toda la humanidad: el sistema internacional de base capitalista que libremente nos gobierna necesitará una profunda revisión o nos veremos abocados a más intrincadas y peligrosas situaciones.

Publicado en República de las ideas el 10 de noviembre de 20164

Escrito por: alberto_piris.2016/11/10 21:22:17.892899 GMT+1
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2016/11/04 10:57:4.456484 GMT+1

Snowden, todavía

Desde julio de 2013 he venido haciendo referencia en estas páginas al conocido como "caso Snowden", que los diarios The Guardian y The Washington Post habían revelado al mundo un mes antes, tal como se narra en la última película de Oliver Stone, "Snowden", recientemente estrenada en España.

Así, en noviembre de 2014, bajo el título "Un héroe y un patriota", escribí: "El triunfo de Snowden consiste en que él ya no es necesario: ha revelado la verdad, se ha sacrificado por sus conciudadanos y serán éstos los que deberán proseguir el camino iniciado. El documental es un testimonio del pasado para mejorar el futuro: Snowden es un héroe y un patriota en el sentido más genuino de ambas palabras". Muchos de sus conciudadanos, sin embargo, lo tenían por traidor.

Aludía en el texto reproducido al documental Citizenfour, entonces estrenado en España y protagonizado por el mismo Snowden, donde él aparecía como un "objetor a la guerra" que una parte del Gobierno de EE.UU. había declarado al derecho a la privacidad personal, derecho protegido en la Constitución. Desde un hotel de Hong Kong, Snowden, seguro de sí mismo y de sus actos, mostraba gran sentido del humor e ironía, despreocupado por lo que pudiera venir después. Ahora, en el nuevo filme de Stone, el actor que representa a Snowden transmite también la misma imagen en una muy convincente interpretación.

El acusador testimonio de los acreditados diarios mundiales que en 2013 participaron en la difusión del escándalo de la intensiva vigilancia secreta, perpetrada por la NSA (National Security Agency) de EE.UU. y su equivalente británico el GCHQ (Government Communications Headquarters), acaba de tener eco en el Reino Unido, donde la justicia ha proclamado que la recopilación masiva y secreta de datos personales, incluyendo información financiera, fue un acto ilegal.

El Tribunal sobre facultades de investigación (Investigatory powers tribunal, IPT; el único que en el RU puede controlar a las diversas agencias de espionaje) ha admitido que éstas utilizaron unos procedimientos secretos de escucha de las comunicaciones personales en las redes internáuticas y telefónicas durante más de diez años, sin controles ni supervisión de ningún tipo.

Sucede esto mientras la Cámara de los Lores debate los últimos detalles de una ley sobre las facultades de los investigadores (coloquialmente llamada "ley de los fisgones"), que establecerá los principios de actuación en la vigilancia digital de las comunicaciones, tres años después de que Snowden hiciera sonar las alarmas. Mejor tarde que nunca.

El citado tribunal ha revelado una comunicación interna de las agencias de seguridad a su personal, prohibiéndole utilizar las bases de datos con fines particulares. Visto lo revelado por Snowden, casi no sorprende saber que el grupo activista Privacy International (PI) comprobó que, a pesar de dicha prohibición, se utilizaban las ingentes bases de datos de los espías para confirmar fechas de cumpleaños y otros datos familiares "como si se tratara de Facebook".

El tribunal dictaminó que desde 1998 hasta 2015 la actividad investigadora del RU violó la Convención Europea de derechos humanos, recopilando datos privados como fichas médicas, declaraciones de impuestos, detalles biográficos, comerciales y financieros, viajes y consultas en Internet. Un abogado de PI comentó: "El tribunal confirma que durante más de una década los servicios de seguridad del RU ocultaron ilegalmente la amplitud de un espionaje que afectó a personas inocentes en todo el país".

Estimado lector: cuando asista a la proyección de la película "Snowden" -cosa que le recomiendo- no olvide que el famoso denunciante perdió voluntariamente un muy bien remunerado empleo y un envidiable nivel de vida cuando decidió revelar al mundo la vulnerabilidad de las comunicaciones privadas. Esas de las que tan confiadamente nos servimos a diario. Y que su grito de alarma le supuso un duro sacrificio del que todavía sufre las consecuencias. Al hacerlo nos dio a los ciudadanos de todo el mundo la posibilidad de exigir a nuestros gobernantes un mayor respeto por las libertades individuales, esenciales para toda convivencia humana.

Parece necesario considerar totalmente falsa la extendida idea de que quien nada tiene que temer no debe desconfiar de la invasión de su privacidad por el Estado, con la falsa esperanza de que, a cambio de ello, vivirá más seguro. La realidad es que cuando la intimidad de cada ciudadano pasa a ser transparente para los órganos de vigilancia del Estado, es el ciudadano el que abdica de sus más elementales derechos y el que después no tendrá argumentos para rebelarse, cuando los vastos ficheros personales en poder del Estado, que contienen los datos privados de su vida y actividades, se utilicen en perjuicio suyo. Como escribió Bertolt Bretch: “Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde”. Snowden lo hizo por todos nosotros y deberíamos estarle agradecidos.

Publicado en República de las ideas el 3 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/04 10:57:4.456484 GMT+1
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