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2016/12/08 09:19:10.095361 GMT+1

Se despide el Comandante en Jefe - Adiós, Obama, adiós

El pasado 6 de diciembre Obama aprovechó uno de sus últimos días de ejercicio presidencial para dirigir una alocución en una base aérea de Florida, sede de las Fuerzas de Operaciones Especiales, eligiendo como asunto principal la política antiterrorista. No hay programada ninguna otra visita a centros militares, por lo que ésta parece ser su ultima aparición pública como Comandante en Jefe de los ejércitos.

Nada más comenzar el discurso, y tras la inevitable alusión a los atentados del 11-S, Obama recordó que EE.UU. llevaba siete años de guerra continuada cuando él alcanzó la presidencia y que durante los ocho años de su mandato se ha convertido en "el primer Presidente que ha servido en tiempo de guerra durante dos periodos", lo que provocó una salva de aplausos. Años, dijo, durante los que "ninguna organización terrorista extranjera ha planeado ni ejecutado con éxito ataque alguno contra nuestro país, a pesar de haberlo intentado".

Los aplausos se redoblaron al recordar que "los ejércitos de EE.UU. pueden cumplir cualquier misión y son -y seguirán siendo- la más poderosa fuerza de combate que el mundo jamás ha conocido". Aunque es verdad que una arenga en una base aérea no tiene por qué parecerse a una conferencia académica o a un mitin político, Obama no supo sustraerse a la frecuente exaltación belicista que a muchos políticos les invade en cuanto pisan terreno militar.

Un breve inciso para recordar que algo parecido debió ocurrirle a Felipe González, justo hace hoy 34 años (el 8-12-1982), cuando presidió los actos patronales de la antigua División Acorazada "Brunete", cuyo fervor le impulsó, días después, a calificar al Ejército como "columna vertebral" del Estado, cosa que nos sumió en la consternación a los que desde dentro de la Institución nos esforzábamos por democratizarla y convertirla en el "brazo armado" del Gobierno, como señalaba la Constitución y era normal en los países con los que entonces aspirábamos a codearnos.

Volviendo al asunto inicial, hay que reconocer que Obama, aun tocado con la gorra de Comandante en Jefe, se atrevió a criticar duramente el uso de la tortura en la guerra antiterrorista y se lamentó por no haber llegado a cerrar el penal de Guantánamo, aunque recordó que el número de los ilegalmente encarcelados en él se había reducido durante su presidencia.

Sin citarlo personalmente, mostró el deseo de que Trump atendiera sus consejos y repudiara algunas declaraciones hechas durante la campaña electoral, como apoyar la tortura, "bombardear más", "encastillarnos" o "matar a todos los familiares de los sospechosos de terrorismo", como se oyó en boca del candidato republicano.

Aunque Obama se felicitó por la transparencia y claridad de su Gobierno, la realidad es muy distinta pues sigue oculta a la opinión pública una gran cantidad de información; lo poco que se ha desvelado ha sido casi siempre tras recurrir a las vías judiciales y porfiar en ello.

Obama, si de verdad quisiera, aún podría tomar decisiones positivas, pues mantiene el poder de hacerlo hasta el próximo 19 de enero. Por ejemplo, podría desclasificar (suprimir el carácter secreto) muchos documentos esenciales para revelar a los ciudadanos algunos errores y decisiones injustas o erróneas, que han afectado a la política de EE.UU., como los excesos en espionaje y vigilancia perpetrados por algunos órganos federales. Una vez desvelados, pasarían a ser de conocimiento público y ya no podrían ser ignorados.

También tiene ocasión de perdonar a Snowden, Manning y otros denunciantes que revelaron a los ciudadanos actos vergonzosos y prácticas prohibidas, en un claro ejercicio de patriotismo. Bajo la presidencia de Obama se ha aplicado con dureza la Ley de Espionaje en más ocasiones que todos los anteriores presidentes juntos. El poder presidencial del perdón no puede ser vetado por ningún otro órgano.

Quizá debiera también castigar a ciertos altos cargos que abusaron ostensiblemente del sistema, como cuando destituyó al general McChrystal de su mando en Afganistán al decidir que su presencia perjudicaba el desarrollo de las operaciones. Es cierto que Trump puede deshacer pronto las últimas decisiones de Obama, pero el eco que tendrían en la opinión pública de EE.UU. ya no podría silenciarse y beneficiaría la salud de la vida pública.

Obama también podría revelar los criterios utilizados para el uso militar de los drones de la CIA en las operaciones de targeted killing (muertes preplaneadas), para saber si Trump se atiene a ellos o los utiliza de modo irregular. Por último, también antes del 20 de enero, Obama debería revelar toda la vasta legislación secreta que ha entrado en vigor en los últimos años, para evitar que Trump, basándose en ella, pudiera, por ejemplo, encarcelar libremente a todos los musulmanes, como en alguna ocasión ha amenazado.

Los partidarios de Obama ensalzarán ahora sus innegables logros y sus detractores pondrán el énfasis en sus flagrantes contradicciones y errores. Unos y otros coincidirán, no obstante, en mirar con recelo al nuevo presidente que no accede a la Casa Blanca envuelto en un halo de confianza, como Obama, sino suscitando serios recelos en todo el mundo.

Publicado en República de las ideas el 8 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/08 09:19:10.095361 GMT+1
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2016/12/01 18:04:39.083117 GMT+1

¿Hacia dónde irá Trump?

En mi comentario a vuelapluma del pasado 10 de noviembre, tras el triunfo de Trump en la carrera hacia la Casa Blanca, introduje unas hipótesis -no del todo inverosímiles- sobre lo que podría ocurrir después:


1) Trump se topa con los poderes fácticos de siempre y gobierna al estilo de otros presidentes que le precedieron;
2) Trump remeda los intrigantes tejemanejes de Nixon y es forzado a dimitir;
3) El destino de Kennedy le está esperando y es asesinado cuando sus decisiones políticas chocan con intereses opuestos;
4) Trump inaugura un estilo sui géneris, sin precedente alguno, del que todo cabe espera
r.

En los veinte días transcurridos desde entonces se han mostrado algunos indicios que permiten afinar algo más estas hipótesis, aunque la comprobada volubilidad del personaje hace difícil llegar a conclusiones sólidas.

Dejaré de lado, por ahora, el punto 3). Las posibilidades de que Trump corra la misma suerte que Kennedy (o la de Lincoln, Garfield o McKinley, asesinados durante su presidencia) no es algo verificable sino una constante propia de un país donde el culto a las armas de fuego y su proliferación hace creíble que una pistola o un rifle en manos de un fanático irrumpan en la vida del primer dignatario de la nación y le pongan fin.

La hipótesis 4), un estilo sui géneris de gobierno, tiene más probabilidades de hacerse realidad. Por ejemplo, se sabe del deseo de Trump y de su familia de seguir residiendo en la 5ª Avenida neoyorquina, en el lujoso palacio situado en las alturas de la famosa Trump Tower, con estancias temporales en la Casa Blanca. De momento, la torre residencial de los Trump, resguardada a nivel de calle por bloques de cemento y un vasto despliegue de fuerzas de seguridad, también tiene protegido su cielo y figura en los mapas aeronáuticos como espacio de la defensa nacional: "El Gobierno de EE.UU. podrá utilizar fuerza letal contra cualquier aeronave si implica una amenaza inminente para la seguridad".

Una segunda Casa Blanca, incrustada en el bullicioso Manhattan, sería una inédita peculiaridad si Trump logra vencer las serias objeciones que, por cuestiones de seguridad, pone del servicio secreto, responsable de la protección personal de los presidentes.

Otra posible novedad: en una entrevista con The New York Times Trump dejó entrever la intención de designar a un general como Secretario de Defensa. Lo justificó así: "Mirad lo que está pasando. No vencemos, no somos capaces de derrotar a nadie, ya no triunfamos... En nada". No le faltaba razón, porque las intervenciones de EE.UU., siempre oficialmente triunfales al principio (como el famoso Mission acomplished! del inolvidable Bush), han sido a la larga sendos fracasos estratégicos que han deteriorado la situación en gran parte del mundo. Eso no lo soluciona ningún general al mando del Pentágono, porque los generales sabrán (no siempre) ganar guerras pero la interminable lucha contra el terrorismo no tiene solución militar. Alguien deberá explicárselo bien a Trump.

Hasta aquí, lo relacionado con el nuevo estilo del Gobierno. Respecto al punto 2), conviene no olvidar los vastos intereses privados del "imperio Trump", que se extienden por todo el planeta. No va a ser fácil para el grupo familiar que lo rige desde la misma torre neoyorquina mantener la transparencia suficiente y la necesaria desconexión financiera y económica entre su prosperidad y la de EE.UU. Como recordaba The Washington Post: "Por lo menos 111 empresas de Trump han actuado en 18 países y territorios de Sudamérica, Asia y Oriente Medio".

Un antiguo asesor legal de la Casa Blanca declaró: "Existen muchos riesgos diplomáticos, políticos e incluso para la seguridad nacional, cuando un presidente posee tantas propiedades en todo el mundo". Las marrulleras trampas en las que incurrió Nixon y que le obligaron a renunciar a la presidencia podrían ser en Trump confusas decisiones políticas a nivel internacional que atendieran más a los intereses familiares que a los nacionales. La porosidad entre los negocios privados de Trump y la diplomacia estatal a su servicio presenta resquicios por donde pudiera filtrarse un nuevo y peligroso Watergate.

Para concluir, y en relación con el punto 1), todo parece indicar que Trump en muy poco va a copiar las prácticas habituales de sus predecesores, pero no por eso el establishment va a cejar en su empeño de llevarle al buen camino. Se ha iniciado una discusión en los medios estadounidenses sobre si sería posible "ablandar" a Trump utilizando dos de sus puntos débiles: vanidad y deseo de ser adorado, como escribía un columnista en The New York Times al comentar la rueda de prensa que Trump mantuvo con este diario. Se plantea, pues, la posibilidad de que un Trump, debidamente adulado por los medios cuando actúa del modo que el establishment tiene por razonable, continuaría actuando así por miedo a perder la adulación que necesita para seguir siendo él mismo. A pesar del evidente infantilismo de la propuesta, ésta no es descartable dado lo que se ha escuchado durante la campaña electoral.

Habrá que seguir oteando el panorama internacional centrado en EE.UU., porque en los próximos meses será muy probable que contemplemos originales situaciones y acontecimientos de marcado signo "trumpista".

Publicado en República de las ideas el 1 de diciembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/12/01 18:04:39.083117 GMT+1
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2016/11/24 18:03:18.558797 GMT+1

Trump, Europa y la OTAN

Está aún por ver si tras la toma de posesión de Trump éste empieza a convertir en realidad algunas de las promesas y planes que ha ido exponiendo a lo largo de la campaña electoral, que son los que le hicieron ganar popularidad y le han conducido por fin a la Casa Blanca. Bastantes de los compromisos expuestos a lo largo de sus verborreicas sesiones no son realizables, como él mismo debe saber y sus votantes implícitamente asumen, pero otros se pondrán en práctica en breve plazo, una vez establecido y funcionando el nuevo equipo de gobierno (lo que en EE.UU. llaman "administración").

No es posible todavía adivinar si la política exterior de Trump diferirá mucho de la de Obama y si para conseguirlo será capaz de domeñar a un establishment muy habituado a los viejos usos y costumbres. La realidad que se percibe desde el "despacho oval" no es ciertamente la misma que se muestra en los multitudinarios mítines populares organizados para ensalzar a los candidatos, como pudo comprobar aquel animoso Obama que prometía cerrar para siempre Guantánamo, a fin de acabar con los vergonzosos residuos heredados de su antecesor, y fracasó en el empeño.

En Europa -y en Rusia- las alusiones que Trump ha hecho a la OTAN a lo largo de la campaña han abierto un amplio abanico de incertidumbres. La tachó de "obsoleta" ("fue diseñada contra la URSS, que ya no existe" aclaró para los que pudieran ignorarlo) y no perdió ocasión de insistir en que los socios europeos de la Alianza no contribuyen a ella como debieran ("no pagan lo que les corresponde"), en lo no le falta cierta razón. Según Trump, en todo lo que se refiere a la OTAN las cosas ya no van a seguir igual: "se acabó el business as usual". ¿Empezará una nueva "fase Trump" en las relaciones militares trasatlánticas?

Es por tanto comprensible que en Bruselas y Moscú se intente adivinar el rumbo que tomará Trump en el escenario internacional, porque en cualquier caso va a influir considerablemente en ciertos aspectos fundamentales para la política de ambas partes, hoy enfrentadas en una pugna de la que no se ve el fin.

Ese rumbo va a determinar el modo de conducir las complejas relaciones entre Europa y Rusia; forzará a la UE a tomar decisiones sobre la vieja e irresuelta cuestión de la defensa europea (¿Puede defenderse militarmente Europa sin tener que recurrir al Pentágono? ¿Defenderse de qué y con qué?); marcará cuáles son los caminos más difíciles o cerrados para los esfuerzos de Moscú a fin de recuperar su estatus de gran potencia; y, por último, va a incidir de modo impredecible sobre la crisis que viene afectando a la unidad y cohesión europeas, tan vapuleadas por las duras políticas de austeridad, por el desacuerdo sobre el trato a los inmigrantes, la falta de una política exterior común y coordinada, el auge de la xenofobia y la generalizada pérdida de ilusión por lo que en tiempos pasados fue el estimulante "proyecto Europa".

No es probable que la política de Trump altere notablemente las asentadas inercias tecnocráticas de la OTAN, incluida la reforzada presencia militar en sus confines orientales y septentrionales, próximos al territorio ruso. Por otro lado, aun exigiendo a Europa una mayor inversión en los esfuerzos defensivos, no por ello olvidará Trump que las corporaciones del complejo militar-industrial europeo compiten directamente con sus equivalentes de EE.UU., por lo que no interesa a Washington una defensa militar plenamente europea en lo que se refiere a su autosuficiencia en armamento y material.

Dejando de lado a Trump y su futura influencia sobre la defensa europea, no conviene olvidar que el principal problema de Bruselas no está ahora en Washington sino en Moscú. Como he expuesto en anteriores ocasiones ("Las críticas relaciones OTAN-Rusia", 1/09/2016), existe una recíproca cerrazón que dificulta a ambas partes comprender los intereses de la otra y encontrar vías de solución para unos conflictos que han pasado por momentos peligrosos y pueden volver a hacerlo.

En los últimos años, Ucrania y Siria han sido los teatros de enfrentamiento de los que Rusia se ha servido para mostrar al mundo su voluntad de recuperar el poder y la influencia de que disfrutó en el pasado, si es preciso utilizando presiones militares. Las sanciones económicas aplicadas a Moscú son vistas por algunos sectores rusos de opinión como la prueba de que ya existe una guerra emprendida por Occidente contra Rusia, por lo que ésta moralmente estaría autorizada a algún tipo de respuesta militar. Por el contrario, las élites moscovitas rechazan mayoritariamente este modo de pensar y se aferran a una política de recuperación razonable y gradual del lugar que creen debe ocupar su país en el concierto mundial de los Estados, lugar que creen les está siendo vedado por las combinadas políticas hostiles de EE.UU. y Europa.

Los próximos meses irán resolviendo estas dudas y van a ver inéditos cambios en la política internacional de EE.UU. Esto, sin contar con algunas insólitas medidas de política interior, propuestas durante la campaña electoral, que han empezado a agitar al pueblo estadounidense, ahora claramente dividido como quizá no lo ha estado desde la Guerra Civil.

Nota final: Condorcet, el ilustrado filósofo francés del XVIII, dejó escrito algo que ayuda a entender la espantada de Trump ante las ruedas de prensa: "El entusiasta ignorante no es un hombre sino la más terrible de las bestias feroces". ¡Chapeau amigo Nicolás!

Publicado en República de las ideas el 24 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/24 18:03:18.558797 GMT+1
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2016/11/16 19:30:29.749491 GMT+1

Vuelven los nubarrones nucleares

Durante el primer debate electoral entre Trump y Clinton, el moderador de la NBC planteó esta cuestión: "Sobre armas nucleares, se ha informado de que el presidente Obama podría modificar la inveterada política nacional sobre su primer uso. ¿Apoya usted la política actual?".

Conviene recordar que la política nuclear de EE.UU. acepta que en cualquier momento se puede utilizar el armamento nuclear en defensa propia o de sus aliados, incluso contra Estados no provistos de armas nucleares. Dicho de otro modo: se rechaza la política de "nunca utilizarlas el primero" (no first use), aunque Obama en algún momento llegó a pensar en adoptarla y luego lo descartó, según informó en septiembre pasado The New York Times.

Quizá para poner en un aprieto a Trump, el moderador solicitó su respuesta antes que a Clinton. Trump no se dejó atrapar en la encerrona. Disimuló como pudo el desconcierto inicial que le provocó la pregunta y enseguida se explayó en una larga y deshilvanada perorata en la que él se comprometía a arreglar el embrollo nuclear creado por sus antecesores. Habló de casi todo: Rusia había superado a EE.UU. en armamento nuclear; le gustaría que todos se deshicieran de esas armas; él no prescindiría de ellas: "no puedo quitar nada de encima de la mesa"; Corea del Norte es un problema, pero China debería resolvérselo, porque "es muy potente"; también Irán tiene poder sobre Corea del Norte y debería intervenir en Yemen y en "esos otros sitios"... etc. etc.

Consumió los dos minutos asignados a su respuesta dejando en el aire la sensación de que podía hablar con seguridad de cualquier cosa sin estar enterado de nada. Impresión poco reconfortante, tratándose de un asunto tan complicado como el uso de las armas nucleares.

Clinton no supo aprovechar la oportunidad que le dejó la inanidad mental de su rival y en su turno de palabra soltó su discurso con el frío tono de los burócratas fogueados en duelos verbales. Por supuesto, ella tampoco respondió a la pregunta del moderador y dedicó parte de su tiempo a descalificar a Trump y sus imprecisos o inexistente planes, incluido el de derrotar al Estado Islámico en un breve plazo.

Respecto a sus propios planes, se perdió en vaguedades. Exigió "precisión" al hablar de las cuestiones nucleares, pero dio una demostración de imprecisión al afirmar que quería dirigir un país "en el que pueda confiar la gente", la suya y la todo del mundo, y tomar decisiones en pro de la paz y la prosperidad, afrontar a los matones, en casa y fuera, sin especificar cómo lo haría ni a quiénes se enfrentaría, ni de qué modo se serviría de la fuerza militar para alcanzar esa paz y prosperidad soñadas.

En resumen, para los que desde fuera de EE.UU. contemplamos con aprensión la reaparición de lo nuclear en el panorama internacional, fue una ocasión perdida por ambos candidatos a la Casa Blanca eludiendo responder directamente a una pregunta llena de significado y que obligaba a expresarse con claridad a quienquiera que aspirase a ser el último responsable del más demoledor instrumento de guerra que ha conocido la humanidad: las armas nucleares de la primera superpotencia mundial.

Como escribí en estas páginas el pasado 30 de junio ("Blandiendo las armas nucleares"), la política nuclear preocupa hoy a los estados mayores de la OTAN y Rusia, hecho que el presidente de EE.UU. no puede desconocer. El temor de Rusia a ser rodeada por el despliegue otánico en los Estados bálticos (que desde Moscú es visto como el incumplimiento de la promesa que en 1990 la OTAN hizo a Gorbachov) la ha llevado a reforzar las defensas en sus fronteras occidental y meridional, incluyendo la instalación de misiles balísticos de corto alcance que pueden utilizar cargas nucleares de potencia reducida.

El uso de este tipo de armas para poner fin a un conflicto regional viene rondando la cabeza de algunos estrategas rusos, y también occidentales, que consideran que en esas circunstancias la estrategia de first use no tendría por qué derivar en una hecatombe mundial y que puede concebirse una guerra nuclear "limitada", por ejemplo contra el Estado Islámico. Y lo que es aún peor: algunos atribuyen a los enormes arsenales nucleares capaces de destruir el planeta la virtud de que bastaría la amenaza que suponen para contener la guerra limitada y evitar que se extralimite.

Tan abominable mezcla de ideas estratégicas y la llegada a la Casa Blanca de un individuo de imprevisibles impulsos y nula experiencia en el análisis de los conflictos internacionales del pasado han vuelto a poner la cuestión nuclear sobre el tapete. Agravada aún más por los costosos programas de modernización del armamento nuclear en Rusia y EE.UU., modernización a la que no son ajenas otras potencias nucleares de menor entidad, como China, Israel, Corea del Norte, Reino Unido o Pakistán, que desarrollan sus propios programas.

Parece necesario reverdecer los viejos impulsos antinucleares que en la segunda mitad del pasado siglo movilizaron a los pueblos de todo el mundo en un clamor unánime contra la "destrucción mutua asegurada" en la que se basaba la estrategia nuclear de las grandes potencias. Si Kennedy supo frenar los impulsos belicistas de los jefes militares durante la crisis cubana ¿habrán de ser éstos los que mañana tengan que templar la impulsividad ignorante del nuevo residente en la Casa Blanca, si se da análoga situación? Mejor es no imaginarlo.

Publicado en República de las ideas el 17 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/16 19:30:29.749491 GMT+1
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2016/11/10 21:22:17.892899 GMT+1

Desde Hitler a Trump: una perspectiva

La sorprendente trayectoria de Donald Trump en su exitosa carrera hacia la Casa Blanca, aparte de abrir un amplio abanico de inéditas posibilidades sobre lo que ahora pueda suceder, supone para los estudiosos de la Historia un caso de gran interés. Esto es así porque ayuda a resolver la intrigante cuestión estudiada desde mediados del siglo pasado, cuando la Alemania de Hitler fue derrotada por los aliados tras una cruenta guerra que, además de traer otras calamidades, abrió para la humanidad la Era Nuclear en la que vivimos.

Esta cuestión se ha solido plantear desde varios ángulos: ¿Como pudo Hitler alcanzar el poder mediante procedimientos básicamente democráticos? ¿Cómo llegó a convertirse en poco tiempo en el ídolo adorado por un pueblo culto y educado, de envidiables cualidades, que había dado al mundo eminentes figuras del pensamiento y las artes? ¿Cómo llegó el pueblo alemán a cerrar los ojos ante un régimen criminal que llevó el genocidio hasta los más inconcebibles extremos?

Muchas respuestas se han dado a las preguntas anteriores desde que Hitler y sus criminales matones desaparecieron de la faz de la Tierra, basadas en razonamientos de tipo psicológico, sociopolítico, económico, militar e incluso mitológico.

Sin embargo, durante los últimos meses el mundo ha tenido ocasión de contemplar un ejemplo vivo de algunos de los factores que ayudaron a Hitler a alcanzar el poder entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Ese ejemplo es Donald Trump, el presidente electo de EE.UU.

Salta a la vista el paralelismo entre las ideas básicas sobre las que Hitler y Trump construyeron sus respectivos entramados ideológicos. Make America great again es la llamada de Trump al corazón de un amplio sector de la sociedad estadounidense, convencido de que su nación está en manos de una corrompida clase política, vendida a intereses extranjeros y que ha propiciado la continuada decadencia del que fue país elegido por Dios para iluminar a la humanidad.

La ideología de Hitler, por su parte, trató de avivar en el pueblo alemán el recuerdo de un pasado glorioso, en doloroso contraste con la humillante situación en que quedó Alemania tras la derrota en la 1ª G.M. Atribuyó la debilidad del Estado a los traidores y cobardes que dominaban la patria y la habían puesto al servicio de intereses ajenos, como los judíos, lo que acarreaba la corrupción, la miseria y el colapso espiritual.

Tanto el Trump del siglo XXI como el Hitler del XX proclamaban enfáticamente lo que una parte de su pueblo deseaba escuchar, con razonamientos confusos, mal utilizados y a menudo falsos, pero con una brillante oratoria que penetraba profundamente en las masas. Ambos fueron despreciados al principio por los sectores más cultivados: en Alemania se hacía mofa del "cabo Hitler" mientras que en EE.UU. muchos tomaron a broma las payasadas del "payaso multimillonario". Pero ambos, con frases sencillas y cortas, llenas de desprecio y odio por el adversario, trufadas de eslóganes emotivos, sintonizaron bien con el despecho de los que se sentían injustamente tratados, tanto por sus políticos como por ajenos poderes hostiles.

Las masas alemanas atraídas por Hitler, como los votantes de Trump, lo que básicamente deseaban era una vida mejor, económica y socialmente. Eran un campo fértil donde las mentiras arraigarían con facilidad: a los alemanes se les engañó distorsionando la historia de su derrota en la 1ª G.M. como si fuera el resultado de un contubernio ajeno al auténtico espíritu alemán; y los votantes de Trump han aceptado ciegamente la supuesta perversidad de los políticos "profesionales" de Washington y han creído ciegamente en las indemostrables fórmulas de regeneración propuestas por el atrabiliario magnate neoyorquino.

En ambos casos, las aspiraciones populares estaban sólidamente basadas en el deterioro económico y en las intensas transformaciones sociales que afectaron, por razones distintas pero con análogos resultados, a los alemanes de los años 30 del pasado siglo y a una considerable parte del pueblo estadounidense de hoy, por lo que pudieron ser manipuladas por unos líderes advenedizos, surgidos de la nada política. Los judíos en Alemania y los inmigrantes en EE.UU. han sido instrumentos semejantes, hábilmente utilizados para excitar los sentimientos xenófobos de unos pueblos insatisfechos por razones que nada tenían que ver con aquéllos.

Que la realidad actual nos ayude a entender el pasado no es consuelo para los que estamos preocupados por el éxito de Trump. Es justo además sentir inquietud por el previsible curso de los acontecimientos cuando en la Casa Blanca un individuo de reprobables antecedentes tome los mandos del Imperio americano.

Acudiendo también a las lecciones de la Historia, se pueden concebir estas posibles situaciones: 1) Trump se topa con los poderes fácticos de siempre y gobierna al estilo de otros presidentes que le precedieron; 2) Trump remeda los intrigantes tejemanejes de Nixon y es forzado a dimitir; 3) El destino de Kennedy le está esperando y es asesinado cuando sus decisiones políticas chocan con intereses opuestos; 4) Trump inaugura un estilo sui géneris, sin precedente alguno, del que todo cabe esperar.

Sea cual sea la evolución de los acontecimientos en EE.UU. y en el mundo, como resultado del nuevo inquilino de la Casa Blanca, se ha encendido una señal roja de alarma para toda la humanidad: el sistema internacional de base capitalista que libremente nos gobierna necesitará una profunda revisión o nos veremos abocados a más intrincadas y peligrosas situaciones.

Publicado en República de las ideas el 10 de noviembre de 20164

Escrito por: alberto_piris.2016/11/10 21:22:17.892899 GMT+1
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2016/11/04 10:57:4.456484 GMT+1

Snowden, todavía

Desde julio de 2013 he venido haciendo referencia en estas páginas al conocido como "caso Snowden", que los diarios The Guardian y The Washington Post habían revelado al mundo un mes antes, tal como se narra en la última película de Oliver Stone, "Snowden", recientemente estrenada en España.

Así, en noviembre de 2014, bajo el título "Un héroe y un patriota", escribí: "El triunfo de Snowden consiste en que él ya no es necesario: ha revelado la verdad, se ha sacrificado por sus conciudadanos y serán éstos los que deberán proseguir el camino iniciado. El documental es un testimonio del pasado para mejorar el futuro: Snowden es un héroe y un patriota en el sentido más genuino de ambas palabras". Muchos de sus conciudadanos, sin embargo, lo tenían por traidor.

Aludía en el texto reproducido al documental Citizenfour, entonces estrenado en España y protagonizado por el mismo Snowden, donde él aparecía como un "objetor a la guerra" que una parte del Gobierno de EE.UU. había declarado al derecho a la privacidad personal, derecho protegido en la Constitución. Desde un hotel de Hong Kong, Snowden, seguro de sí mismo y de sus actos, mostraba gran sentido del humor e ironía, despreocupado por lo que pudiera venir después. Ahora, en el nuevo filme de Stone, el actor que representa a Snowden transmite también la misma imagen en una muy convincente interpretación.

El acusador testimonio de los acreditados diarios mundiales que en 2013 participaron en la difusión del escándalo de la intensiva vigilancia secreta, perpetrada por la NSA (National Security Agency) de EE.UU. y su equivalente británico el GCHQ (Government Communications Headquarters), acaba de tener eco en el Reino Unido, donde la justicia ha proclamado que la recopilación masiva y secreta de datos personales, incluyendo información financiera, fue un acto ilegal.

El Tribunal sobre facultades de investigación (Investigatory powers tribunal, IPT; el único que en el RU puede controlar a las diversas agencias de espionaje) ha admitido que éstas utilizaron unos procedimientos secretos de escucha de las comunicaciones personales en las redes internáuticas y telefónicas durante más de diez años, sin controles ni supervisión de ningún tipo.

Sucede esto mientras la Cámara de los Lores debate los últimos detalles de una ley sobre las facultades de los investigadores (coloquialmente llamada "ley de los fisgones"), que establecerá los principios de actuación en la vigilancia digital de las comunicaciones, tres años después de que Snowden hiciera sonar las alarmas. Mejor tarde que nunca.

El citado tribunal ha revelado una comunicación interna de las agencias de seguridad a su personal, prohibiéndole utilizar las bases de datos con fines particulares. Visto lo revelado por Snowden, casi no sorprende saber que el grupo activista Privacy International (PI) comprobó que, a pesar de dicha prohibición, se utilizaban las ingentes bases de datos de los espías para confirmar fechas de cumpleaños y otros datos familiares "como si se tratara de Facebook".

El tribunal dictaminó que desde 1998 hasta 2015 la actividad investigadora del RU violó la Convención Europea de derechos humanos, recopilando datos privados como fichas médicas, declaraciones de impuestos, detalles biográficos, comerciales y financieros, viajes y consultas en Internet. Un abogado de PI comentó: "El tribunal confirma que durante más de una década los servicios de seguridad del RU ocultaron ilegalmente la amplitud de un espionaje que afectó a personas inocentes en todo el país".

Estimado lector: cuando asista a la proyección de la película "Snowden" -cosa que le recomiendo- no olvide que el famoso denunciante perdió voluntariamente un muy bien remunerado empleo y un envidiable nivel de vida cuando decidió revelar al mundo la vulnerabilidad de las comunicaciones privadas. Esas de las que tan confiadamente nos servimos a diario. Y que su grito de alarma le supuso un duro sacrificio del que todavía sufre las consecuencias. Al hacerlo nos dio a los ciudadanos de todo el mundo la posibilidad de exigir a nuestros gobernantes un mayor respeto por las libertades individuales, esenciales para toda convivencia humana.

Parece necesario considerar totalmente falsa la extendida idea de que quien nada tiene que temer no debe desconfiar de la invasión de su privacidad por el Estado, con la falsa esperanza de que, a cambio de ello, vivirá más seguro. La realidad es que cuando la intimidad de cada ciudadano pasa a ser transparente para los órganos de vigilancia del Estado, es el ciudadano el que abdica de sus más elementales derechos y el que después no tendrá argumentos para rebelarse, cuando los vastos ficheros personales en poder del Estado, que contienen los datos privados de su vida y actividades, se utilicen en perjuicio suyo. Como escribió Bertolt Bretch: “Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde”. Snowden lo hizo por todos nosotros y deberíamos estarle agradecidos.

Publicado en República de las ideas el 3 de noviembre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/11/04 10:57:4.456484 GMT+1
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2016/10/26 21:35:27.391245 GMT+2

Diez chicos baleados en un día cualquiera

Gary Younge es un conocido y premiado periodista y escritor británico, colaborador habitual del diario The Guardian y del semanario estadounidense The Nation, cuyo último libro ha levantado una gran polvareda en EE.UU., llamada a remover muchas conciencias. Se trata de Another Day in the Death of America: A Chronicle of Ten Short Lives ("Otro día en la muerte de EE.UU.: Una crónica de diez breves vidas") que salió a la luz el pasado 4 de octubre.

El autor eligió al azar el día 23 de noviembre de 2013, un día cualquiera en la vida norteamericana, en el que diez muchachos de entre 9 y 19 años de edad perdieron la vida por disparos de arma de fuego (ninguno de la policía). Tras recopilar los datos de ese día, Younge dedicó un año y medio a investigar las vidas sangrientamente truncadas de esos diez adolescentes, todos chicos, de los que siete eran negros, dos latinoamericanos y uno blanco.

Aunque víctimas de un arma de fuego el mismo día, las circunstancias de cada muerte son muy distintas y forman parte de ese aterrador dato estadístico que muestra que, en promedio, en EE.UU. cada día mueren a tiros siete niños o adolescentes, unos 2500 al año. Y que un joven estadounidense tiene 17 veces más probabilidades de morir de un disparo que sus iguales en otros países desarrollados.

Los casos descritos en este libro son muy variados. Un niño de 11 años muere en casa de su amigo de 12 cuando éste le está enseñando un rifle cargado que sacó de un armario. En Houston, ese mismo día, Edwin Rajo, de 16 años, está con su mejor amiga que hace poco se había comprado un rifle para protegerse de los miembros de una banda rival: "Éramos como niños -declaró ella al autor- Yo no sabía nada de armas: solo que sirven para disparar y eso es todo". Se pusieron a jugar y, aunque habían quitado el cargador, una bala quedó en la recámara". Ella mató a su amigo.

También los escenarios son distintos. Ese día por la mañana, un niño de 9 años (la víctima más joven reseñada) muere de un disparo hecho por el exnovio de su madre al abrirle la puerta de la casa en un tranquilo pueblo de Michigan, mientras que en los violentos arrabales del sur de Chicago (donde se dice que ni los perros se asustan ya por los disparos) un muchacho de 18 años es abatido inadvertidamente por su mejor amigo. Ambos estaban relacionados con bandas juveniles.

En Dallas, Samuel, un joven negro de 16 años, tras pasar la tarde en su casa con un amigo jugando al Uno, decide acompañarle de regreso. Es de noche y pasan junto a un automóvil con las luces apagadas, pero cuya luz de freno está encendida. Les extraña, pero siguen su camino. Un disparo mata a Samuel. ¿Un error de identificación? El amigo lloraba: "Hace un minuto jugábamos a las cartas... Diez minutos después ¡buum!". Hasta hoy nadie ha sido detenido por este asesinato.

El autor no solo narra la historia de esas diez vidas prematuramente amputadas a tiros, sino el panorama de todo un país aquejado de un grave problema. Los diez jóvenes son el espejo de toda la nación americana. Younge es claro al respecto y admite que ni las bandas juveniles son algo peculiar de EE.UU., ni allí se educa peor a los hijos, pero señala que la gran diferencia entre ese país y otros comparables es "que se trata del único lugar donde, además de la yesca de la pobreza, la desigualdad y la segregación, entre otros problemas, hay que contar con el combustible que supone la existencia de armas, armas en todas partes, armas tan disponibles que esencialmente son inevitables".

Mientras en EE.UU. no se acepte claramente esta realidad social, dice el autor, "el tipo de muertes registradas en mi libro seguirán ocurriendo. Podría haber escrito el mismo libro con los datos de cualquier sábado en los dos últimos decenios". Y apunta: "Muchos chicos que morirán en las próximas 24 horas crecieron en difíciles circunstancias y llevaron unas vidas complicadas". Aunque es fácil indignarse cuando en una escuela un pistolero asesina a unos cuantos alumnos esto permite olvidar el diario chorreo de otras vidas truncadas. Mientras la oposición a las armas personales se refiera solo a la protección de los inocentes que tienen buena imagen, "no se adivina quién escribirá defendiendo [a aquellos chicos]" que también murieron a tiros.

En EE.UU. se fabrican anualmente 11 millones de armas portátiles, cada vez más perfeccionadas y letales. Incluyen armas de guerra que se adquieren legalmente con su munición (cargadores de hasta 100 cartuchos). En algunos Estados se pueden llevar armas ocultas sin necesidad de permiso ni de entrenamiento alguno. La Asociación Nacional del Rifle promueve y apoya que así sean las cosas.

El lector descubre que las condiciones sociales (no exclusivas de EE.UU. salvo el irracional control de las armas privadas) son las que más contribuyen a convertir en víctimas probables a los pobres y desposeídos que, por lo general, también resultan invisibles para los medios de comunicación.

A modo de resumen, escribe Younge en tomdispatch.com: "Es una realidad en la que cultura, política y economía garantizan que, en promedio, cada día siete muchachos se levantarán de la cama pero no volverán a ella, mientras la mayoría del resto del país duerme profundamente". Debería añadir que no son los únicos, puesto que según el FBI se producen 30 víctimas diarias en homicidios por arma de fuego en EE.UU.

Publicado en República de las ideas el 27 de octubre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/10/26 21:35:27.391245 GMT+2
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2016/10/20 18:11:50.810722 GMT+2

Ciberpiratas: la vanguardia de la nueva guerra fría

Las guerras "calientes" a veces son precedidas por algún tipo de declaración formal que las desencadena y oficializa. Así ocurrió en 2003 con la invasión de Irak por la coalición encabezada por EE.UU. y en 2011 con la ofensiva aérea contra Libia ejecutada por EE.UU., Francia y Reino Unido, ésta sí auspiciada por la ONU.

Hasta en el caso de la actual ofensiva iraquí contra el Estado Islámico para recuperar la ciudad de Mosul, el Gobierno de Bagdad ha procedido a un espectacular despliegue de propaganda y las televisiones de todo el mundo han mostrado a los dirigentes civiles y militares en los puestos de mando, con un fondo de carros de combate exhibiendo la bandera nacional (¡una excelente referencia de puntería para las armas contracarro del enemigo!). Podríamos decir que ha sido una inédita declaración de guerra por televisión. Sus resultados están por ver.

Por el contrario, las guerras "frías" (como la que dio carta de naturaleza a este nombre y enfrentó a las potencias occidentales con el llamado bloque del Este entre 1945 y 1991) son solo precedidas por síntomas acumulados que se agravan y se entrelazan entre sí: tensiones diplomáticas, despliegues y movimientos de armas y unidades militares, acelerados procesos de rearme, aumento de los presupuestos de defensa, reclamaciones territoriales, guerra psicológica entre medios de comunicación, actividades ocultas de difamación, espionaje o sabotaje, explícitas amenazas de guerra, fomento de una mentalidad de acoso y hostigamiento, acallamiento y desprestigio de los sectores de opinión propensos al entendimiento o a la pacificación, etc. La reciente historia de las relaciones internacionales ha dado sobrados ejemplos de esto.

Hasta hace poco tiempo solo parecía existir una guerra fría fácilmente reconocible: la que viene enfrentado a Corea del Norte con las principales potencias del mundo (exceptuada China). Guerra que se manifiesta periódicamente en violentas declaraciones de los dirigentes de Pionyang y en demostraciones de poder militar, como el disparo de nuevos misiles, las pruebas de armas nucleares, los aparatosos desfiles y algunos conflictos fronterizos.

No obstante, desde el pasado día 7 de octubre existe una nueva guerra fría que, de modo anómalo y contradiciendo la experiencia histórica, sí ha sido proclamada mediante un documento del Director of National Inteligence del Gobierno de EE.UU. En él la "comunidad de inteligencia" del país (el conjunto de los órganos estadounidenses de información y espionaje) denuncia oficialmente que "el Gobierno de Rusia ha puesto recientemente en peligro los correos electrónicos de personas e instituciones de EE.UU., incluyendo sus organizaciones políticas". Denuncia que los métodos utilizados por el supuesto ciberpirata coinciden con los métodos y las motivaciones de los esfuerzos rusos que pretenden interferir en el proceso electoral de EE.UU.

Aunque acciones similares se han producido en varios Estados, el documento puntualiza que "estamos en condiciones de atribuir esta actividad al Gobierno de Rusia". Alega que "solo los funcionarios de más alto nivel de Rusia pueden ser responsables de autorizar tales actividades". Por otra parte, para tranquilizar a los votantes estadounidenses se insiste en la imposibilidad material de perturbar las operaciones de recuento electoral mediante acciones de guerra cibernética, para las que el sistema es invulnerable.

A todo lo anterior se unen las declaraciones del Secretario de Estado John Kerry exigiendo que Rusia y Siria respondan a la acusación de crímenes de guerra a causa de sus bombardeos en territorio sirio, sobre los que pide abrir una investigación a nivel internacional.

Por su parte, la portavoz del ministerio ruso de Asuntos Exteriores dijo: "Las declaraciones de Kerry son propaganda. Su terminología tiene consecuencias legales muy graves y solo pretende inflamar la situación". Añadió: "Si se trata de crímenes de guerra, los estadounidenses deberían empezar por Irak, seguir con Libia y, por supuesto, Yemen: que se enteren de lo que allí pasa. No se puede hablar ligeramente de crímenes de guerra porque ellos también los han cometido".

No solo en Rusia se critican las declaraciones de Kerry. Un exfuncionario antiterrorista británico manifestó: "Muchas veces Kerry tiende a hablar en forma belicosa, muy contraproducente y amenazadora". Sin embargo, admitió que entre bastidores se alcanzan arreglos aunque EE.UU. no llegue a cumplir todo lo que promete, como forzar a los rebeldes sirios a no colaborar con el terrorismo. Pero eso no es fácil, dijo, "porque EE.UU. tiene que cultivar una audiencia local e internacional frente a variados grupos de presión: saudíes, israelíes, etc."

Está, pues, en marcha la Segunda Gran Guerra Fría entre EE.UU. y Rusia, ya declarada oficialmente en el terreno cibernético. ¿Qué represalias podrá aplicar ahora EE.UU. contra Rusia? Se trata de un nuevo teatro de operaciones donde anteriores acciones, ejecutadas por Israel, China y Rusia, no tuvieron respuesta. Se abre un crítico espacio vacío en las relaciones internacionales sobre el que no existen precedentes para la jurisprudencia internacional. La geopolítica nos dice que cualquier vacío incita a la violencia, lo que debería obligar a todos a actuar con extremada prudencia.

Publicado en República de las ideas el 20 de octubre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/10/20 18:11:50.810722 GMT+2
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2016/10/13 18:14:11.373894 GMT+2

Nosotros somos los tontos

La filtración de los "Papeles de Panamá" (llamados así en recuerdo de los "Papeles del Pentágono" que mostraron las ocultas alcantarillas de la guerra de Vietnam) ha puesto en manos de la prensa internacional los ficheros financieros de una empresa panameña que durante cuarenta años de actividad había acumulado más de once millones de documentos.

La desconocida fuente que descubrió este escándalo de proporciones mundiales justificó la revelación de los datos porque la "industria que gestiona la riqueza" ha financiado la delincuencia, la guerra, el narcotráfico y el fraude a gran escala: "He decidido sacar a la luz a Mossack Fonseca porque pensé que sus fundadores, empleados y clientes deberían responder por su participación en esos delitos, de los que hasta ahora solo una parte ha salido a la luz". Estimó que harán falta años o décadas para que se conozca el verdadero alcance de las sórdidas operaciones de la empresa, aunque considera esperanzador el nuevo debate global que se ha abierto sobre este asunto.

El eco inicial que tales revelaciones tuvieron en España ha resultado silenciado por otros acontecimientos de política interior que han llevado el foco de la actualidad a la pugna por el poder, al forcejeo interpartidista para formar Gobierno y a los escándalos de una corrupción sistematizada que a diario salen a la luz. En otros países no ha ocurrido lo mismo.

En un seminario desarrollado en Oxford, un periodista británico que durante varios meses trabajó sobre innumerables documentos de los citados papeles, relacionados con la evasión de impuestos, resumió así sus conclusiones: "Básicamente, nosotros somos los tontos de esta historia. Antes creíamos que el mundo de los paraísos fiscales era una parte oscura, pero pequeña, de nuestro sistema económico. Lo que los papeles de Panamá nos han enseñado es que ese es el [auténtico] sistema económico", como escribe el prestigioso analista Alan Rusbridger en el último número de The New York Review.

Según el periodista citado, "El sistema económico es, básicamente, que los ricos y los poderosos abandonaron hace mucho tiempo el enrevesado asunto de pagar impuestos. Ya no los pagan más y no los han pagado durante mucho tiempo. Nosotros sí los pagamos, pero ellos no. La carga tributaria se ha ido alejando inexorablemente de las empresas multinacionales y de los potentados para recaer sobre la gente corriente".

El procedimiento seguido, por lo que parece, es habitual y hasta los jóvenes cachorros educados en el privilegiado mundo de los multimillonarios recurren a él sin muchas dudas. El individuo o la empresa que dispone de sumas de dinero que desea ocultar al fisco toma contacto con Mossack Fonseca (MF) a través de un intermediario que puede ser un banco, un despacho de abogados o un gestor de inversiones. Éstos son los auténticos clientes de MF, que crean una empresa tipo en algún paraíso fiscal: Bermudas, Bahamas, Islas Vírgenes, etc. A partir de ahí, MF nombra a los directores que velan por la compañía, que a veces son personas del todo ignorantes del mundo financiero. Una mujer residente en un humilde suburbio de Panamá apenas cobraba 400 dólares mensuales por figurar como directora de innumerables empresas.

Más de uno de esos bancos intermediarios, que durante la crisis financiera hubieron de ser rescatados con dinero público, facilitaban de modo sistemático a sus clientes la evasión de impuestos, creando de este modo la irritante paradoja de que mientras con una mano el banco recibía fondos estatales para ayudarle a compensar las pérdidas causadas por sus torpes negocios, con la otra contribuía a que sus clientes defraudaran al mismo Estado que le estaba salvando.

En los círculos financieros de nuestros países se piensa a menudo que la cleptocracia es un problema de países lejanos y atrasados sobre los que mejor es no saber nada, como ciertas repúblicas africanas de sobra conocidas. Pero los papeles de Panamá revelan que los verdaderos estafadores son "los nuestros": bufetes de alto prestigio radicados en distinguidas capitales occidentales, acreditadas instituciones bancarias y renombradas gestorías financieras cuyos dirigentes se relacionan estrechamente con los más altos niveles de la vida política y social.

El monto total de la evasión fiscal, documentada ya desde antes de la 2ª G.M., alcanza hoy 7,6 billones de dólares (7.600.000 millones), lo que significa un 8% del total de la riqueza mundial, según el economista estadounidense Gabriel Zucman. Toda esa riqueza evadida tiene otros efectos: mientras en muchos países en desarrollo las élites depredadoras prosperan evadiendo su riqueza, el hambre y la miseria se extienden entre la población que cae a niveles de vida propios de la era de la esclavitud.

En los países desarrollados el sistema económico que revelan los papeles de Panamá se basa en la desigual carga impositiva que recae sobre la población, que privilegia a los ya privilegiados y nos hace sentirnos tontos a los demás, como antes se ha dicho. Aún así, muchos otros pueblos envidian nuestra tontería porque allí se muere de hambre o de miseria por análogos motivos, o perecen ahogados al intentar escapar de una vida intolerable, huyendo hacia la tierra de los tontos que les parece el paraíso. ¿Hasta cuando los tontos y los miserables podrán seguir soportando un sistema económico mundial tan brutalmente injusto?

Publicado en República de las ideas el 13 de octubre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/10/13 18:14:11.373894 GMT+2
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2016/10/06 18:44:5.190769 GMT+2

El reñidero sirio

El Kremlin no ha tenido que escarbar mucho en los antecedentes históricos más a mano para justificar su violenta participación en la guerra civil de Siria, que se ha agravado en los últimos días. Le ha bastado con aducir que le resulta más práctico y eficaz atacar al terrorismo en sus mismos orígenes que hacerlo en el territorio de la Federación Rusa, de donde proceden algunos de los asesinos que operan en Siria.

Es una justificación muy parecida a la que alegó la Casa Blanca tras los atentados de 2001, en la que Bush se basó para extender por todo el mundo la llamada guerra contra el terror: "Los iremos a buscar allí donde estén. Destruiremos a los terroristas en sus madrigueras para que no vengan a dañarnos en nuestra tierra".

Aunque la mayoría de los ejecutores del 11-S procedían de Arabia Saudí, tras haber sido aleccionados y reclutados en Alemania y entrenados en EE.UU., la furia bélica del Pentágono se esparció ciegamente por Afganistán, Iraq, Pakistán, Yemen, etc. y sigue todavía, arrastrada por el impulso original, empeñada en una guerra sin un final claro y contra un enemigo impreciso e indefinible.

Es lo que les pasa a los imperios y a los países que aspiran a serlo. Creen que el poder de los ejércitos resuelve los más intrincados problemas políticos, étnicos, culturales, religiosos o económicos. Pero si cuando se hundían las torres gemelas neoyorquinas EE.UU. y Rusia parecían encontrarse en el mismo bando en relación con los grupos terroristas que entonces abanderaba Al Qaeda, ahora ambas potencias persiguen intereses no compartidos en lo que concierne al futuro del Estado sirio.

Más que lo relacionado con la permanencia o la expulsión del dictador sirio, quien ha dejado ya una sangrienta estela de sangre, destrucción y muerte entre su pueblo, no es difícil suponer que el Gobierno ruso aspira a recuperar una posición influyente en Oriente Medio, basada más en su fuerza militar que en el apoyo económico o diplomático a las autoridades de Damasco.

Los últimos ataques rusos no solo van dirigidos a combatir al Estado Islámico y al Frente Al Nusra, que son los enemigos que comparte con EE.UU. (y que también son enemigos entre sí), sino a recuperar Alepo para el Gobierno. Si lo consiguen, esto será un serio revés para los rebeldes -apoyados por EE.UU., Arabia y otros países del Golfo- pues se ampliará el territorio bajo control de El Asad y, sobre todo, Rusia se situará en una posición más ventajosa con vistas a los futuros acuerdos internacionales que hayan de alcanzarse para poner fin a la guerra.

Moscú se halla ante una difícil tesitura: puede reforzar su estatus como potencia influyente en Oriente Medio o puede enfangarse en un segundo Afganistán. Aprendida la lección de lo que fue aquel fracaso estratégico que desencadenó el fin de la Unión Soviética, la intervención rusa en Siria apenas implica acciones de combate terrestre y se basa principalmente en operaciones aéreas en combinación con la aviación siria.

No obstante, esto no garantiza que los rebeldes sirios no lleguen a poseer armas antiaéreas que pongan en serio peligro a la aviación rusa ni que el terrorismo islámico no se extienda por el interior de Rusia, al estilo de lo ocurrido en Francia o Bélgica, lo que llevaría a reproducir la crítica situación creada tras las guerras chechenas.

En todo caso, el Kremlin es consciente de la situación de transición en la que se halla EE.UU. a causa del proceso electoral y parece como si estuviera apresurándose a aprovechar el tiempo que queda hasta que un nuevo presidente se asiente en la Casa Blanca, para obligarle a aceptar el hecho consumado de una intensificada presencia militar rusa en Oriente Medio.

En su visita a Bruselas el pasado martes, el Secretario de Estado John Kerry reprochó a Rusia que hiciera la vista gorda ante los brutales ataques del Gobierno sirio contra su propio pueblo y mostró su pesimismo ante la reanudación de las conversaciones con Moscú para un nuevo alto el fuego.

Aunque en otras partes del mundo siguen produciéndose atrocidades en varias guerras civiles (Yemen, Sudán del Sur, Nigeria, República Central Africana, Somalia, etc.) el foco de la atención mundial está hoy puesto sobre Siria, porque en este país confluyen los conflictos más peligrosos para la comunidad internacional.

No es que un muerto sirio valga más que un yemení, sino que la guerra en Siria se hace omnipresente en los medios de comunicación porque es allí donde confluyen intereses de Washington, Moscú, las capitales europeas y los órganos financieros, industriales y comerciales del mundo. No se puede evitar el deslumbramiento que a los principales centros del poder internacional produce siempre una guerra prolongada, indecisa y en permanente evolución. Todas las guerras fomentan la producción industrial de los más variados sectores y sirven también de conducto para la publicidad de todo tipo, incluida la política. Es un detalle que no conviene olvidar.

Publicado en República de las ideas el 6 de octubre de 2016

Escrito por: alberto_piris.2016/10/06 18:44:5.190769 GMT+2
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