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2020/08/06 18:35:2.295720 GMT+2

¿Se reducirá y envejecerá la población mundial?

En un mundo sacudido por una pandemia sanitaria de la que no se percibe el fin y cuyos efectos económicos solo han empezado a aparecer; aquejado también de una creciente desigualdad entre ricos y pobres; donde la democracia está siendo deteriorada por el auge de ideologías fascistas y el abuso de unas redes sociales donde la mentira circula libremente; y sobre el que se cierne la amenaza de una inminente emergencia climática, un estudio publicado recientemente por la revista The Lancet puede dar al traste con las políticas a medio y largo plazo de casi todos los principales Gobiernos.

Un Instituto de la Universidad de Washington, dedicado a la medición y evaluación de la salud, anuncia que la población mundial seguirá creciendo hasta alcanzar un máximo de 9.700 millones de habitantes en 2064, cuando empezará a decrecer. Algo parecido anunció la agencia demográfica de la ONU para una fecha algo posterior. El resultado de estas valoraciones indica que antes de un siglo el número de seres humanos sobre la Tierra disminuirá sin que esto se deba a ninguna catástrofe o pandemia.

El estudio de la citada universidad describe un mundo que en 2100 será muy distinto del actual. Japón, Italia, España o Polonia, así como otros países, habrán perdido un 50% de su población. La población china se habrá reducido a la mitad y la de Nigeria se habrá cuadruplicado.

Además, el mundo habrá envejecido y esto implicará cambios importantes en muchos aspectos de la vida humana, como la productividad en el trabajo, el tipo de cultura generado e incluso en la planificación de edificios y ciudades. Los países más envejecidos solo podrán mantener su mano de obra gracias a los inmigrantes que, en su mayoría, procederán del África subsahariana, cuya población se habrá triplicado de aquí a 2100.

El antiguo temor a que la Tierra no produjese suficiente alimentación para una población siempre creciente (lo que condujo a la teoría de la "bomba demográfica") habrá desaparecido. El factor fundamental de este cambio, según el director del citado instituto, es que "nos hemos dado cuenta de que en nuestra especie algo ha mutado: las mujeres pueden controlar su fertilidad". Cuando mejora su educación y tienen posibilidad de estudiar carreras y desarrollar actividades, eligen tener menos hijos que los que serían necesarios para sostener la demografía. Una misma tendencia se observa en los suburbios de EE.UU., en las aldeas de la India o en pueblos de Irán.

Algunos Gobiernos se esfuerzan en alentar a sus ciudadanos a tener hijos, con poco éxito. Los bajos índices de natalidad no se deben solo a la libertad de la mujer para procrear. En los países más desarrollados, las encuestas indican que muchas mujeres desearían tener más hijos que los que luego en realidad tienen. El gradual deterioro del Estado de bienestar, los sueldos escasos que debilitan a las clases medias e incluso el temor a las penurias económicas consecuencia de la Covid-19 inducen a las familias a reducir su descendencia.

Si la predicción del Instituto se sustenta en bases sólidas, la realidad de una población más reducida y envejecida va a ejercer una gran presión en los debates sobre el capitalismo y el racismo: "cambiarán todos los modos de organización de nuestra sociedad", afirma el director del estudio.

Desde otros ángulos hay quienes anticipan el hecho de que los intentos por aumentar la natalidad pueden tomar dos vías: una es la de ayudar a las mujeres a que desarrollen sus proyectos de vida y a la vez puedan tener hijos, lo que algunos países (Suecia, Japón o India) han intentado con poco éxito. La otra posibilidad es la de que los Gobiernos autoritarios recurran a métodos punitivos (Irán ha prohibido las vasectomías y el uso de anticonceptivos) que anulen el derecho de toda mujer a su propio cuerpo.

Igual que la política actual de Trump solo fija la atención en las próximas elecciones presidenciales, la política de muchos Estados democráticos apenas ve más allá del próximo periodo interelectoral. Por el contrario, el problema de la transformación demográfica que ahora se anuncia solo puede abordarse con un plazo más largo y los ojos del mundo se dirigen a la ONU, como siempre que algún problema serio aqueja a la humanidad y los Estados se muestran incapaces de resolverlo. Pero la ONU solo puede aconsejar...

Publicado en República de las ideas el 6 de agosto de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/08/06 18:35:2.295720 GMT+2
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2020/07/30 18:46:51.099830 GMT+2

La guerra 'post-covid'

El reputado analista estadounidense Michael Klare, especializado en asuntos de Defensa, nos ha recordado recientemente que el pasado 26 de marzo el coronavirus consiguió algo que "ningún enemigo [de EE.UU.] ha sido capaz de lograr desde el fin de la Segunda Guerra Mundial". Hizo regresar forzadamente a puerto y suspender operaciones al inmenso portaaviones de propulsión nuclear Theodore Roosevelt, de más de 100.000 toneladas de desplazamiento y con unas 5000 personas a bordo.

Cuando la nave atracó en Guam, centenares de marineros estaban infectados por el virus y casi toda la tripulación hubo de ser evacuada. Cuando se hizo público el incidente, se supo que también otros cuarenta buques de guerra, incluyendo un portaaviones (Ronald Reagan) y un destructor lanzamisiles (Kidd), habían padecido brotes de la Covid-19, aunque no con la misma intensidad.

Para el mes de junio la crisis había sido resuelta y la Marina de EE.UU. estaba de nuevo en condiciones de servirse de todos sus buques, aunque algunos con tripulaciones reducidas. Sin embargo, el incidente fue una seria llamada de atención que ha obligado a repensar la tradicional estrategia de EE.UU. de servirse de potentes grupos navales para hacer sentir su poder en todo el mundo y derrotar a los previsibles enemigos. Esa estrategia no parece ser válida cuando una pandemia aqueja al planeta.

Pero también las fuerzas terrestres han visto dificultada su capacidad de actuar en combinación con ejércitos aliados (como en Irak, Japón, Kuwait o Corea), cuando habían de permanecer en rígido aislamiento y las normas nacionales de prevención contra el virus no siempre parecían adecuadas ni fiables.

Los altos mandos de la Defensa han intentado afrontar la situación con remedios de emergencia, manteniendo las misiones de "mostrar el pabellón" en zonas críticas, como el mar Báltico o el de la China Meridional, sirviéndose de los bombarderos nucleares de gran radio de acción (B-52, B-1, B-2), como declaró el jefe del Mando de Ataque de la Fuerza Aérea: "Tenemos la posibilidad de atacar a gran distancia y donde sea, en cualquier momento, con una capacidad de fuego aplastante, incluso durante la pandemia".

Pero el Pentágono se ve forzado a reconocer que algunas de las premisas sobre las que descansa la estrategia global de EE.UU. pueden debilitarse como consecuencia de esta pandemia o de otras que podrán venir después. En especial, se trata de los despliegues militares en países lejanos, en cooperación con ejércitos aliados.

Y todo apunta a que esa "nueva guerra" (el Pentágono imagina nuevas guerras en cuanto cambian algunos parámetros, como la interminable "guerra contra el terrorismo") va a dar trabajo y entretenimiento a la vasta burocracia de la Defensa y va a generar beneficios importantes al complejo industrial-militar, efectos ambos muy asentados en la política estadounidense.

Los nuevos campos a explorar serán los "robots de ataque", los vehículos y naves sin tripulación y el uso extensivo de bases en lejanos territorios. La Marina apunta hacia "barcos sin marineros" de tamaño reducido, minidestructores y armas inteligentes. Las fuerzas terrestres buscarán el modo de desplegar pequeñas unidades de gran movilidad en islas controladas por EE.UU. u otros territorios afines, utilizando misiles en el combate a gran distancia y armas robóticas para la lucha táctica.

La persistencia del Pentágono en seguir considerándose el elemento fundamental para la seguridad del pueblo estadounidense, incluso cuando ésta se ve puesta en peligro por un virus y no por ejércitos enemigos, es una muestra más de la inercia con la que los mecanismos de la Defensa en todo el mundo tienden a reproducirse y perpetuarse, con independencia de cuál sea la amenaza real de la que hay que protegerse.

Publicado en República de las ideas el 30 de julio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/07/30 18:46:51.099830 GMT+2
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2020/07/23 19:26:49.829694 GMT+2

Setenta y cinco años de armas nucleares

El pasado jueves, 16 de julio, se cumplió el 75º aniversario de la primera explosión nuclear causada por manos humanas. Se la denominó Trinity y tuvo lugar en el polígono de pruebas de misiles de White Sands, también conocido como Alamogordo, en el Estado de New Mexico (EE.UU.).

Se hizo explosionar una bomba de plutonio de unos 20 kilotones de potencia, similar a la que poco después arrasaría Nagasaki poniendo fin a la 2ª G.M., que aún proseguía en el Pacífico tras la derrota en Europa de la Alemania nazi. Era el colofón del llamado Proyecto Manhattan, desarrollado por EE.UU. con colaboración británica y canadiense.

Su finalidad era desarrollar un arma atómica antes de que lo pudiera hacer Alemania. Merece la pena reproducir aquí el comentario de un periodista estadounidense que, como cita Anselmo Santos en su "Stalin el Grande" (Edhasa 2020), alabó la tenaz resistencia del Ejército Rojo, sin la que Hitler probablemente se hubiera hecho con la bomba atómica, y añadió, con una pizca de humor: "Stalin murió sin enemigos [...] los había matado a todos [...] pero los que estamos vivos le debemos nuestro agradecimiento".

Desde entonces las pruebas nucleares realizadas en la atmósfera por los Estados que fueron fabricando este tipo de armas han añadido al aire que respiramos los residuos nucleares de unos 428 megatones, el equivalente a unas 29.600 armas como la que destruyó Hiroshima. Las corrientes aéreas y marinas los dispersaron por todo el planeta, dañando con su radiación los sistemas ecológicos en la tierra, los océanos y la atmósfera.

Esta es la realidad tras las más de 2000 pruebas nucleares que siguieron a Trinity, de las que una cuarta parte tuvieron lugar en la atmósfera y corrieron a cargo, principalmente, de EE.UU., la URSS, Reino Unido, Francia y China, precisamente los cinco Estados, ahora nuclearizados, que configuran el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Del mismo modo que todavía se encuentran hormigas cuyos cuerpos contienen diminutas partículas de "trinitita" (así se denomina el material radiactivo formado por los granos de arena que fueron vitrificados en aquella primera explosión nuclear), los efectos de estas pruebas en todo el mundo sobrepasan con mucho lo meramente visible. Muchos fueron los pueblos que los sufrieron, pues esos experimentos se llevaban a cabo lejos de los poblados centros metropolitanos, en regiones marginales o incluso en países periféricos como Kiribati o Kazajistán. Sus descendientes aún conservan en el ADN el rastro de aquellas explosiones.

Tras 75 años de nuclearización militar del planeta parece obligado apuntar hacia una eliminación total y perpetua de las pruebas nucleares. Y aspirar, en último término, a que entre en vigor con alcance universal el tratado de prohibición absoluta de las pruebas con armas nucleares, conocido como CTBT. Aunque 168 países ya lo han ratificado (incluyendo Francia, Reino Unido y Rusia), faltan por hacerlo otros que, como EE.UU., China, India, Irán, Israel, Corea del Norte o Pakistán, parecen no haber renunciado a esa enorme aberración estratégica que se conoce con el nombre de "disuasión nuclear".

Vivimos ahora tan preocupados, porque una partícula del coronavirus pueda alcanzarnos a uno o dos metros de distancia de una persona infectada, que hemos olvidado los residuos radiactivos que sobreviven en nuestro sistema ecológico tras más de dos mil pruebas nucleares. Si a esto sumamos la amenaza de la inminente crisis climática, hay sobradas razones para tomar en serio las emergencias que nos conciernen, fomentando la solidaridad entre todos los habitantes de este planeta y la de éstos con la naturaleza en la que vivimos inmersos.

Publicado en República de las ideas el 23 de julio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/07/23 19:26:49.829694 GMT+2
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2020/07/16 18:02:24.587080 GMT+2

Responsabilidad, no: ¡civismo!

Durante las sucesivas etapas de la pandemia que todavía se ceba en la población española, las autoridades civiles de todos los órdenes -nacional, autonómico, local, etc.- con frecuencia han "apelado a la responsabilidad" ciudadana para insistir en el cumplimiento de las normas sanitarias adoptadas para frenar la propagación de la Covid-19. Sobre todo, cuando se relajaban algo las restricciones inicialmente impuestas y se autorizaban prácticas que podían aumentar los riesgos de contagio si no se ejercían cuidadosamente.

Sin embargo, hay que reconocer que la palabra "responsabilidad" está casi vacía de contenido para este uso específico. Ni siquiera en su más próxima acepción en el diccionario de la RAE, para el que una persona responsable es la "Que pone cuidado y atención en lo que hace o decide".

De modo que con mucho "cuidado y atención" un individuo que se sienta responsable de su libertad personal y la de los demás (aunque lo haga de modo paranoico) puede preguntarse: ¿Quién es el Gobierno para regular lo que yo puedo o no hacer en cada momento? Frases similares se han oído en boca de algún destacado político nacional y se escuchan estos días.

También con mucho cuidado y atención puede un ciclista rodar por la acera aunque las normas municipales lo prohíban, y de modo similar se puede desdeñar el uso de la mascarilla dando por ciertas algunas de las mentiras que al respecto circulan por las redes sociales.

Con mucha atención, también, un hincha entusiasta que se sienta responsable del ascenso de su equipo de fútbol lo puede celebrar multitudinariamente haciendo caso omiso de las normas sanitarias en vigor. En fin, de poco parece servir la responsabilidad para que surta los efectos deseados en la lucha contra la pandemia, si no va acompañada de multas, amenazas de confinamiento u otros castigos.

Ahora bien, esto no ocurriría si los citados dirigentes políticos en vez de "apelar a la responsabilidad" de los ciudadanos les exigieran simplemente que se comportaran con "civismo", palabra que la RAE define como: "Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública". Esto es precisamente lo que se trata de conseguir. El civismo engloba dos aspectos fundamentales: respeto y convivencia.

Lamentablemente, comportarse de modo respetuoso con las normas de convivencia pública no es uno de los rasgos que mejor distinguen lo que algunos llaman españolidad. Parece más común en algunos (pocos) otros pueblos que observamos no sin envidia. Sin embargo es una cualidad indispensable para atravesar con éxito calamidades sociales como la actual pandemia.

El civismo no se impone mediante leyes u ordenanzas municipales. Se aprende y se asume. Se empieza incorporándolo a la conducta infantil en la vida familiar y el colegio. Después, se reafirma siguiendo el ejemplo de los que ejercen influencia en los demás, sean dirigentes políticos, académicos, profesionales, económicos, etc.

En último término, el civismo pasa a formar parte de la cultura ciudadana, como puede ser el respeto por el código de la circulación o la solidaridad entre conciudadanos frente a la desgracia. Esta sería una de las lecciones que podemos extraer del trágico paseo que el coronavirus se está dando por España.

Publicado en República de las ideas el 16 de julio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/07/16 18:02:24.587080 GMT+2
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2020/07/09 19:06:4.279168 GMT+2

La comercialización de la violencia

El asesinato de un ciudadano negro por un policía ha desatado en EE.UU. una oleada de protestas que ha puesto de relieve una dolencia más profunda que aqueja a la sociedad de ese país. Algunos la llaman "la comercialización de la violencia".

Este fenómeno se presenta, al menos, bajo tres aspectos evidentes: 1) la privatización de las guerras; 2) la militarización de la policía; y 3) el negocio del sistema penitenciario.

La historia de las guerras de EE.UU. con posterioridad a los ataques terroristas del 9-11 acusa una transformación notable. El Pentágono "externaliza" progresivamente la ejecución de la guerra en manos de compañías privadas de seguridad que han proliferado desde entonces. Estas, y las empresas que ellas subcontratan, consumen ahora más de la mitad del presupuesto nacional de Defensa. Es un modo de ocultar a la población el coste humano y financiero de las nuevas guerras.

Por eso, en 2019 desplegaban en Oriente Medio más de 53.000 efectivos de esas compañías, contratadas por empresas estadounidenses, mientras que el Pentágono solo tenía allí unos 35.000 "soldados propios". Además, desde que en 2001 se inició la intervención militar en la zona, han muerto en Oriente Medio unos 8000 combatientes privados, mil más que el total de bajas militares. Combatientes que en gran parte ni siquiera eran ciudadanos norteamericanos, lo que permitía "alejar" la guerra de las preocupaciones domésticas y evitar así las protestas públicas como ocurrió durante la guerra de Vietnam.

Todo lo anterior se refiere a la violencia estatal bélica, es decir la englobada en el ámbito de la Defensa nacional. Pero no es la única violencia a tener en cuenta. El llamado "Programa 1033" del Pentágono viene facilitando desde 1997 a los distintos cuerpos policiales el suministro de material militar "de surplus". Esto ha llevado a una militarización real de la policía, no solo con armamento de guerra y equipos militares sino también en las formas de actuar y, lo que es más peligroso, en la mentalidad. Esto se ha multiplicado desde que Trump accedió al poder, alcanzando un máximo en 2019.

Unos cuerpos policiales provistos de armas de guerra acaban adoptando inevitablemente la "cultura del guerrero" y considerando enemiga a la población que deberían proteger. Esto se considera también natural para un pueblo que, en gran parte, ha nacido embebido en el culto a las armas de fuego. Paradójicamente, la muerte de George Floyd se produjo ante las cámaras no usando armas de guerra sino por el primitivo procedimiento policial de aplastarle el cuello con una rodilla.

¿Quién o quiénes se benefician de todo lo anterior? La respuesta está clara: el complejo militar-industrial, que provee desde los drones que vigilan la frontera con México hasta los vehículos blindados que dispersan a los manifestantes pacíficos que protestan contra la violencia racial de la policía, como acaba de suceder.

La tercera rama de esta comercialización de la violencia la ocupa el sistema penitenciario. Unos 120.000 millones de dólares anuales cuesta mantener encerrados en prisión a unos dos millones de ciudadanos estadounidenses, la mayor población de reclusos de todo el mundo. Gran parte de ellos están confinados en prisiones privadas, un negocio seguro que crece al paso del tiempo, porque el ritmo de encarcelamiento nacional ha crecido un 700% desde 1972 debido, sobre todo, a la guerra contra el narcotráfico.

La reinserción social de los delincuentes pasa así a un último plano y el sistema carcelario se preocupa por generar beneficios económicos. El negocio de las prisiones quizá sea la máxima expresión del capitalismo salvaje que no deja de crecer.

Numerosas manifestaciones populares en EE.UU. han exhibido estos días el cartel Defund the Police! (¡No más dinero para la Policía!), porque para los dejados de lado por el sistema los fondos destinados a apoyar la violencia policial deberían aplicarse a los servicios sociales y las instituciones destinadas a proteger a los más débiles. Del mismo modo que invertir más en diplomacia, ayudas económicas e intercambios culturales internacionales serviría mejor que la guerra a los intereses generalizados de toda la humanidad, tanto en estos tiempos de pandemia sanitaria como para afrontar los problemas que en breve traerá consigo la crisis climática. Se avecinan nuevos modos de vida y habrá que estar dispuestos a afrontarlos.

Publicado en Repúiblica de las ideas el 9 de julio de 2020

 

Escrito por: alberto_piris.2020/07/09 19:06:4.279168 GMT+2
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2020/07/02 18:50:29.504235 GMT+2

'Destrumpificar' a EE.UU.

John Feffer, columnista habitual de Foreign Policy in Focus (un proyecto del Instituto para estudios políticos de Washington), publicó el pasado jueves un ensayo sobre la "destrumpificación" de EE.UU., que merece la pena poner al alcance de los lectores españoles.

Empieza suponiendo que Trump no es reelegido el próximo mes de noviembre y que decide no recurrir a los métodos de los dictadores que tanto admira, cancelando el proceso electoral, sea por el coronavirus o por otra causa. Feffer cree que entonces, aunque una mayoría de estadounidenses respirarían con alivio, no se debe suponer que Trump o, lo que es más importante, el "trumpismo" se vayan esfumar como una pesadilla al amanecer.

Muchas razones le fuerzan a creer que su legendaria base de seguidores, una tercera parte de la población, le apoyará firmemente. Seguirá contando con todo el aparato del poder a su servicio. También con el apoyo del núcleo duro de la sociedad civil conservadora: los megamillonarios que le financian; fundaciones patrióticas, iglesias evangélicas, asociaciones de policías y el amplio sector de supremacistas blancos fieles a su consigna de "ley y orden".

Todos ellos no son fieles creyentes en Trump pero se aprovechan de él en tanto que conserve el poder. Aunque su persona pudiera ser sustituible, hay que tener presente que lo que ahora llamamos "trumpismo" le precedió y le sucederá. Está fielmente enraizado en el alma estadounidense: el odio a los gobernantes y a los tecnócratas; las ansiedades sobre la raza y el sexo; la oposición a cualquier internacionalismo; y la perspectiva dominante de "nosotros primero" y "la culpa la tienen los extranjeros", aspectos que constituyen la base de la visión que Trump tiene sobre el mundo donde vive. Todo esto seguirá vivo después de las elecciones de este año.

Feffer teme que un resultado negativo en el proceso electoral podrá ser descartado por el trumpismo, aduciendo fraudes en la votación, ingerencias extranjeras (rusas o chinas) y otros pretextos. Pero aunque el proceso electoral concluyera normalmente, una insurrección popular no es descartable para Feffer: algunos de sus seguidores manifiestan estar armados "por lo que pudiera suceder". Un conato de guerra civil que, en todo caso, manifestaría una grave división no muy distinta a la que se reveló con la Guerra de Secesión.

Feffer no rehuye el meollo de la cuestión. Basándose en un paralelismo con la desnazificación que siguió al fin de la 2ª Guerra Mundial y con la erradicación del régimen de Sadam Husein, insiste en que la destrumpificación total de la política estadounidense necesita algunos pasos más.

El primero sería "desintoxicar" al Gobierno, lo que considera más fácil que en los dos casos anteriores, porque el "trumpismo solo ha sido la ideología gubernamental durante tres años", cosa que no ocurrió en la Alemania nazi ni en el Irak baasista. Después habría que depurar el sistema judicial, lo que parece algo más difícil, pues tanto Trump como la mayoría republicana del Senado han designado ya cerca de 200 jueces de carácter vitalicio, que harían difícil la destrucción del trumpismo.

Y donde Feffer riza el rizo es en la última fase del proceso que sugiere, pues se trataría de llevar ante el Tribunal Penal Internacional a Trump y a sus más estrechos colaboradores, por violaciones del Derecho internacional en la frontera con México, por el asesinato del general iraní Sulemaini y otras acciones similares.

El mismo autor reconoce la imposibilidad de llevar a efecto este último tramo de la destrumpificación. Termina su ensayo de este modo: "Incluso si Trump pierde las elecciones, la criatura política que él representa renacerá desde sus cenizas y con el tiempo volverá al poder (¿Presidente Tom Cotton? [El senador que propugna la intervención del ejército contra los manifestantes antirracistas] ¿¡Presidenta Ivanka!?). EE.UU. no podría sobrevivir a otra guerra civil, pero tampoco puede permitirse otra reconstrucción fallida [como la que se produjo tras la derrota de la Confederación en la Guerra de Secesión], una destrumpificación a medias y un regreso a la situación anterior".

Se avecinan días difíciles para EE.UU. y de cómo se resuelvan los variados y complejos problemas que hoy aquejan a la gran superpotencia transatlántica va a depender en gran medida el futuro de la humanidad.

Publicado en República de las ideas el 2 de julio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/07/02 18:50:29.504235 GMT+2
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2020/06/25 19:11:8.932299 GMT+2

Disuasión nuclear en tiempos de pandemia

Aunque la atención del mundo está centrada en los efectos que el coronavirus está produciendo en la humanidad, tanto de tipo sanitario (enfermedad y muerte), como también económicos, sociales o políticos, hay un sector especializado en algunos países poseedores de armas nucleares, cuyas preocupaciones no llegan al conocimiento público y cuyos actos son obligadamente secretos.

Se trata de las organizaciones, instrumentos y personas que en ellos se responsabilizan de la llamada "disuasión nuclear". Tenemos un ejemplo próximo en el Reino Unido. En este país, poseedor de cuatro submarinos provistos de armas nucleares, los órganos de la Defensa están inquietos por los efectos que la Covid-19 pudiera tener sobre su operatividad. Desde hace medio siglo, uno de ellos está siempre de patrulla por las profundidades oceánicas y, como expresan los documentos oficiales, "es el pilar central de la planificación estratégica nuclear del Reino Unido".

La concentración humana en esos submarinos (unos 130 individuos que conviven estrechamente) no es precisamente una buena opción para mantener "distancias de seguridad"; el riesgo de que toda una tripulación pudiera infectarse no es imposible. Los teóricos de la disuasión nuclear aducen los "altos niveles de actividad" de la Armada Rusa en el Mar del Norte y el Canal de la Mancha y temen que la pandemia podría inducir a Moscú a "aprovechar la ventaja de una debilidad temporal del Reino Unido, socavando la credibilidad y solidez de la postura nuclear británica, lo que dañaría la reputación del país como potencia militar de primer orden". Como el lector puede observar, no todos tienen análogas preocupaciones ante el virus SARS-CoV-2 que a todos nos afecta.

Un investigador del Instituto para el desarme de la ONU (UNIDIR) advierte sobre los riesgos que la pandemia ha revelado respecto a los instrumentos, políticas y personal requeridos para mantener al día y plenamente operativo un sistema de disuasión nuclear como el de las grandes potencias. Pone de relieve que destacadas figuras militares de EE.UU., Francia y Reino Unido han hecho recientemente hincapié en que sus sistemas de disuasión nuclear siguen activos. Sin embargo, dado el precedente de incidentes graves producidos durante la Guerra Fría (explosiones de misiles, colisiones aéreas e incluso la pérdida de armas nucleares), si los efectos de la Covid-19 se prolongan en el tiempo el riesgo de que se repitan aumenta peligrosamente, dadas las limitaciones que la lucha contra la pandemia impone en varios aspectos operativos.

Sigue existiendo la posibilidad de evaluaciones indebidas sobre las amenazas o la interpretación errónea de actividades ajenas, y más que nunca son necesarios los dispositivos que permitan avisar a un supuesto enemigo de cualquier error humano o material que pudiera desencadenar lo irremediable.

Se alzan voces exigiendo que el ingente gasto que supone la constante modernización de los instrumentos nucleares de disuasión revierta en beneficio de otras actividades. No ya solo las de tipo sanitario o económico-social para ayudar a los más necesitados, sino también para redoblar los esfuerzos necesarios a fin de alcanzar tratados internacionales para reducir o suprimir esas armas. Además de advertir que existen amenazas más perentorias en otros campos, como el de las acciones de guerra cibernética, que representan un riesgo más probable para la seguridad nacional que un ataque armado.

Más que nunca, y sobre todo en las potencias nucleares que sostienen el irracional entramado de la disuasión nuclear ("yo me defiendo amenazando con destruir el mundo si alguien me ataca"), merece también la pena recordar las palabras del viejo general Eisenhower: "Cada cañón que se fabrica, cada acorazado que se bota, cada misil que se dispara significan, en último término, un robo a esos que pasan hambre y no pueden comer, a los que tienen frío y no pueden abrigarse. Este mundo armado no está solo despilfarrando dinero; está despilfarrando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos y las esperanzas de sus niños".

La Covid-19 ha mostrado que somos una sola familia humana, entrelazada sobre el planeta, y solo unidos nos salvaremos. Habrá que poner todos los medios posibles para que desaparezca para siempre el peligro de un holocausto nuclear que sería la última pandemia humana de la que ninguna vacuna nos salvaría.

Publicado en República de las ideas el 25 de junio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/06/25 19:11:8.932299 GMT+2
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2020/06/18 17:03:1.623980 GMT+2

Los pasados no resueltos

Para el periodista, escritor y comentarista irlandés Fintan O'Toole, gran parte de la agravación de los conflictos que estos días afectan a EE.UU. se debe a la "superabundancia de un pasado sin resolver" (superabundance of the unresolved past), que ahora está aflorando en la vida política del país.

Es un concepto parecido a la conocida frase, atribuida a Churchill, de que "los Balcanes producen más Historia de la que pueden consumir", cuando se refería a las complicaciones geopolíticas que surgían en el Este europeo tras la 2ª Guerra Mundial.

Ese pasado sin resolver que, según O'Toole, daña hoy a EE.UU. está estrechamente relacionado con el resultado de la guerra civil (Guerra de Secesión), que estalló a causa de que buena parte de la economía nacional estaba basada en el sistema esclavista. Precisamente estos días se discute sobre la permanencia de las estatuas conmemorativas y otros signos que enaltecen al bando derrotado en aquella guerra, cuyo resultado nunca fue plenamente aceptado por los perdedores.

Pero ha habido otras guerras, cuyas consecuencias también fueron asimiladas de modo muy distinto por una parte sustancial de la población (como la de Vietnam o la actual guerra antiterrorista), cuyos efectos se combinan para formar una atmósfera que hace irrespirable el ambiente político nacional ante ciertas cuestiones.

Para O'Toole, el eje de la política de Trump consiste en ignorar la Historia o modificarla a su medida. Según los que le tratan de cerca, el presidente está obsesionado con una seudohistoria que existió sólo "como preludio a su propia grandeza". Con frecuencia alude a hechos recientes de su país calificándolos como "los mayores de la Historia". Y no vacila en afirmar que su Gobierno "ha hecho por la comunidad negra más que cualquier otro presidente desde Abraham Lincoln".

Es esa Historia "excesiva" -escribe el autor-, consecuencia de la esclavitud, de las guerras y conflictos que han afectado a varias presidencias y de la permanente amenaza que ahora supone el terrorismo, la que está abriendo camino a una "autorización para dejar de lado los derechos legales y democráticos", lo que está agravando notablemente la resolución de los problemas que hoy aquejan a EE.UU.

Para el autor, solo hay dos soluciones. Una es la represión, ahogando otra vez los problemas que ahora están saliendo a la luz, aunque para hacerlo haya que desmontar la democracia; esto no preocupa especialmente a Trump, capaz de pedir al Ejército que reprima con violencia las legítimas manifestaciones populares que la Constitución autoriza.

La otra solución sería "la oleada de un cambio transformador", para salir del actual estado de "semidemocracia", en el que coexisten los ideales de igualdad, responsabilidad política e imperio de la Ley con una práctica política que muy a menudo los ignora. Dicho brevemente: o se pone fin a la apariencia de democracia y triunfa el autoritarismo o se hacen realidad las aspiraciones democráticas con las que se fundó la nación. Según O'Toole, "o se afronta ese pasado no resuelto o ese pasado destruirá la República americana".

No crea el lector que este asunto es específico de EE.UU., contemplado con superioridad desde la vieja Europa donde nació la democracia. Sin ir más lejos, la Historia de España arrastra también algunos pasados no resueltos que siguen emponzoñando nuestra vida política. Lo que para EE.UU. ha supuesto su pasado esclavista, la injusta guerra de Vietnam o la perturbadora guerra contra el terror, para nuestra patria son los problemas heredados a partir de un pasado en el que se gestionó descuidadamente la descomposición del viejo imperio, se perdió el tren de la Ilustración y la modernidad mientras se cultivaba el mito del héroe caballeresco (que "envuelto en sus andrajos, desprecia lo que ignora") y no se supo establecer una apropiada articulación política y territorial para los distintos pueblos de la vieja Iberia.

Esperemos que esos "pasados no resueltos" que ensombrecen nuestra Historia no nos hagan más difícil derrotar a la pandemia que estos días nos aflige y afrontar la emergencia climática que ya asoma por el horizonte.

Publicado en República de las ideas el 18 de junio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/06/18 17:03:1.623980 GMT+2
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2020/06/11 19:05:24.953436 GMT+2

¿Un Nobel para Trump?

Como ya he tenido ocasión de comentar en anteriores ocasiones, la política exterior de Trump induce a EE.UU. a abandonar los tratados o acuerdos internacionales que no se corresponden con su idea de America first!

Tras renunciar hace unos días al "Tratado de cielos abiertos", que permite vuelos de inspección sobre los países firmantes, a fin de mejorar la confianza recíproca respecto a las actividades militares de los demás miembros, EE.UU. ahora solo es signatario del "Tratado START III", firmado en 2010 entre los presidentes Obama y Medvédev, que limita a 1550 el número de ojivas nucleares en posesión de cada país y a 800 los misiles estratégicos en reserva.

Cuando todo parecía indicar que continuaría esta tendencia, recientemente se ha anunciado desde Washington su disposición a reanudar contactos con Rusia para alcanzar un acuerdo nuclear. Fuentes oficiales informan de la preocupación de Trump por el peligro existencial que supone una guerra nuclear y alaban su íntimo deseo de poder capitanear un acuerdo global y definitivo que salve al planeta de un posible holocausto y, de paso, le haga ganar el premio Nobel de la Paz.

El enviado especial para esta cuestión, habituado a los usos de la Casa Blanca (para evitar el riesgo de ser cesado a través de un tuit), afirmó encomiásticamente: "El presidente tiene una larga y exitosa carrera como negociador; es un maestro de la persuasión". Designado para este trabajo aunque carece de experiencia en los asuntos de control de armas, aseguró que, a pesar de todo, si hubiera una nueva carrera de armamentos EE.UU. la ganaría: "Nosotros sabemos cómo ganar estas carreras y cómo agotar al adversario", añadió, aludiendo a cómo se desintegró la Unión Soviética por intentar emular a EE.UU. en su alocada carrera de armamentos. Esta bravata, sin embargo, no parece sustentarse en la realidad, cuando sobre EE.UU. pesa una deuda de 7 billones (millones de millones) de dólares, de los que un billón corresponde a China.

En toda su trayectoria como presidente, Trump no ha sido capaz de negociar ningún tratado de control de armamento, ni cuando se reunió con el líder norcoreano, a pesar de la amplia difusión que los medios que le apoyan dieron a sus encuentros en Singapur y en la zona desmilitarizada de Corea. Kim Jong-un ha seguido impasible con su programa nuclear.

Y a la vez que Trump alardea de su empeño para limitar el armamento nuclear mundial, no vacila en presumir de la potencia de "su botón nuclear", como hizo a mediados de mayo al desvelar la existencia de un misil extraordinario (super-duper) que es 17 veces más rápido que los de sus adversarios y que "forma parte de un increíble arsenal de un nivel que nadie ha visto jamás". Y afirmó con su peculiar vocabulario: "Diecisiete veces más rápido, si puede creerse, General. Es algo bueno ¿verdad? Diecisiete veces más rápido que lo que tenemos ahora. El más rápido del mundo en casi tres veces"; y como es habitual en él se enredó con los números, ya que el supuesto misil ultramoderno vuela a 20 veces la velocidad del sonido.

Ante declaraciones tan divergentes como acostumbra a difundir espontáneamente el inquilino de la Casa Blanca, los miembros de su gabinete no logran transmitir (y, quizá, tampoco entender) cuál es la política del presidente en relación con el control de las armas nucleares.

Trump se empeña en que China también firme los acuerdos que espera alcanzar con Rusia, a lo que Pekín se niega en redondo aduciendo que entre EE.UU. y Rusia suman el 90% del poder nuclear mundial. Con más de 1500 armas nucleares desplegadas por cada una de ambas potencias, en disposición de ser utilizadas, China solo posee algo más de tres centenares, que ni siquiera están desplegadas sino almacenadas en depósitos.

Que a Trump le de ahora por enredar en el complejo mundo de la limitación de armamentos nucleares causa escalofríos en algunas organizaciones especializadas, como el movimiento Global Zero, que declara: "El actual Gobierno de EE.UU. está torpemente avanzando hacia un caos nuclear que puede traer consecuencias desastrosas".

Pero ¿quien frena a un Trump, narcisista y ególatra, que ahora incluso sueña con ser galardonado con un Nobel?

Publicado en República de las ideas el 11 de junio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/06/11 19:05:24.953436 GMT+2
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2020/06/04 18:30:7.247008 GMT+2

Rivalidades especiales y espaciales

Mientras que por el aire del hemiciclo del Congreso de los Diputados saltaban insultos, descalificaciones e imprecaciones que contaminaban el ambiente, a causa de las "especiales" rivalidades entre los representantes de la soberanía española, el aire en otras partes de la atmósfera terrestre era surcado grácilmente por una nave "espacial" de una empresa privada estadounidense (SpaceX), que abría caminos inéditos y establecía nuevas fronteras.

La cápsula Dragon, una lanzadera reutilizable, ha roto el largo monopolio que venía manteniendo Rusia para enviar tripulantes a la Estación Espacial Internacional (EEI), utilizando sus famosas naves Soyuz desde que en 2011 se canceló el programa de la NASA con sus cohetes lanzadera (shuttle). Desde entonces, los astronautas de cualquier nacionalidad que iban a visitar la EEI tenían que pasar por la Ciudad de las Estrellas, en las afueras de Moscú, donde se familiarizaban con el idioma ruso antes de despegar desde la base de Baikonur, en Kazajistán.

De ese modo, Rusia ejercía gran influencia en todo lo relacionado con la Estación Espacial, además de embolsarse los cerca de 80 millones de dólares que la NASA pagaba por cada plaza en las Soyuz, cuya fabricación quedaba así asegurada.

Un miembro de la Academia Espacial Tsiolkovsky de Moscú, declaró que si SpaceX empieza a lanzar a todos los astronautas americanos "la agencia espacial rusa Roscosmos perderá cada año más de 200 millones de dólares, en un presupuesto de unos 2000 millones".

Así que, como es natural, la "rivalidad espacial" entre Rusia y EE.UU. se centra también en el dinero. El creativo y ambicioso empresario estadounidense Elon Musk, el creador de SpaceX, ha contraatacado rebajando el precio de sus plazas a 60 millones. Los rusos han replicado denunciando que la empresa de Musk "ahorra gastos porque utiliza motores baratos y fabrica por sí misma todas las piezas".

Esta rivalidad espacial no solo se circunscribe a Rusia y EE.UU. La participación en el total de viajes espaciales ha disminuido para Rusia, porque tanto SpaceX como China, que es ahora el segundo país en número de lanzamientos, surgen como rivales directos.

Desde la citada Academia Espacial rusa se considera que el nuevo lanzamiento de EE.UU. es una llamada de atención para la industria espacial rusa: "Antes éramos los únicos que enviábamos tripulantes a la EEI. Ahora se nos han abierto los ojos". Se acusa a la industria de falta de innovación, pues se ha limitado a modificar ligeramente la tecnología de la época soviética, sin introducir mejoras importantes.

Algunos acusan a Putin de orientar la industria espacial más hacia aplicaciones militares (proyectiles hipersónicos) que a la exploración del espacio. Y se alzan voces pidiendo mayor cooperación internacional en los programas espaciales, sin olvidar una posible misión tripulada a Marte, que impulsaría nuevos e importantes desarrollos. Sin embargo, su coste sería tan elevado que se requeriría la participación de los tres rivales espaciales, cosa difícil de lograr porque el Congreso de EE.UU. veta cualquier cooperación espacial con China.

Y aquí surge de nuevo la desbordada imaginación del magnate estadounidense que se propone bombardear Marte con armas nucleares, para fundir sus casquetes polares y mejorar las condiciones de habitabilidad del planeta para los futuros exploradores humanos. Esto ha escandalizado a los científicos rusos y ha generado nuevos motivos de rivalidad espacial entre ambos países.

En fin, si ampliamos el objetivo de nuestros intereses más allá de lo que se debate en el tan televisado hemiciclo madrileño, observamos nuevas perspectivas que siguen abriendo caminos a la mente humana, aunque sus objetivos sea todavía confusos. Y aunque ignoren que, aparte de la pandemia que nos aqueja, será la emergencia climática y no la exploración del espacio la principal preocupación de las generaciones futuras.

Publicado en República de las ideas el 4 de junio de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/06/04 18:30:7.247008 GMT+2
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