2012/02/06 10:00:50.087 GMT+1
Desde Kabul, una periodista del IWPR (Institute for War and Peace Reporting) enviaba el pasado mes de noviembre la siguiente información. Una joven casada de 23 años asistía a las clases en la Universidad de Herat. Un día, cuando su marido la esperaba para acompañarla de regreso a casa, oyó cómo otro estudiante se despedía de ella diciéndole: "Jaleda: mañana no tenemos examen; lo han aplazado para la semana que viene". Al escuchar esto, el marido saltó irritado del automóvil donde la aguardaba y, zarandeando al estudiante, le recriminó así: "¿Por qué pronuncias el nombre de mi mujer delante de todos? ¿No te basta con saberlo?".
Una vez en casa, Jaleda fue violentamente golpeada por su marido, que le prohibió tajantemente que nadie utilizara su nombre y la obligó a abandonar la universidad; en realidad, añadió ella, me encerró en casa y me prohibió salir a la calle. Solo cedió cuando su suegro intercedió por Jaleda. La dejó regresar a la universidad algunas semanas después, pero la amenazó con divorciarse de ella en cuanto alguien la llamara por su nombre. Lo explicó así: "No puedo soportar que nadie llame a mi esposa por su nombre. No puedo pasarlo por alto, porque ella representa mi honor. Cualquier hombre que valore su dignidad debe hacer lo mismo, y en caso contrario es que carece de honor".
Un psiquiatra de Herat explicaba que el nombre de una mujer forma parte de la intimidad y la dignidad de su marido, y encuadraba este problema en el más general de la extendida hostilidad a las mujeres estudiantes, de los matrimonios forzados y del abuso doméstico de las mujeres. Un conciudadano suyo aventuró esta explicación: "Los hombres afganos somos sensibles a tres cosas: desprecio a nuestro país, a nuestra religión y a nuestras mujeres. Los que no sostienen su honor en estos tres asuntos merecen ser asesinados".
La vida de las mujeres afganas no es fácil. Cuando Feroza, otra joven heratí, para evitar el matrimonio forzado negociado por su padre le dijo que el marido que le había elegido era drogadicto, no la hizo ningún caso. Buscó entonces auxilio en el departamento de asuntos femeninos de Herat, donde se negaron a atenderla. Huyó de casa. Su padre la persiguió y fue encarcelada, pues la legislación afgana considera el abandono del hogar como un "delito moral". Cuando cumplió la condena, buscó refugio entre unos parientes, que la volvieron a encarcelar. Paradójicamente, la salvación de Feroza está ahora en la misma cárcel, en la sección especial para las mujeres "delincuentes morales". No son delitos punibles, incluidos en el código penal, pero son igualmente castigados con penas de prisión. Feroza afirma encontrarse mejor en la cárcel que en libertad: "Puedo ver la televisión y hablar y reírme con mis amigas. La comida es buena y no tengo que soportar presiones físicas ni psicológicas. ¿Por qué no voy a estar bien aquí? La cárcel es mejor que convivir con alguien al que no se ama". Esto es una estremecedora muestra de lo que se ha logrado tras diez años de guerra para mejorar la situación de la población afgana en lo relativo a la democracia y al respeto a los derechos humanos.
Estas pinceladas sobre la situación social de las mujeres afganas vienen a cuento ahora que cada vez es más marcada la tendencia a buscar un arreglo con los talibanes para poder establecer las bases de la retirada de las tropas occidentales de un Afganistán en vías de pacificación. La colaboración de los talibanes con el Gobierno de Kabul o su participación en él, cosas que parecen cada vez más probables, conducen a la deprimente constatación de que las mujeres afganas van a ser utilizadas como precio para lograr la supuesta pacificación del país.
En los círculos políticos de EE.UU. es común explicar que, al fin y al cabo, los talibanes no son más reaccionarios y fanáticos que la sociedad rural afgana. Los escasos avances en la condición de la mujer experimentados desde 2001 solo lo han sido tras una intensa y constante presión occidental y frente a una cerrada resistencia de los dirigentes políticos afganos y sus aliados. Un analista político estadounidense propugna que la tarea de EE.UU. y sus aliados debería ser conservar en lo posible las ciudades principales como espacios donde las mujeres tienen mejores condiciones de vida que en el ámbito rural, con la esperanza de que la nueva cultura se extienda desde aquéllas hacia el resto del país.
Las perspectivas que esto ofrece son descorazonadoras, en relación con el optimismo que reinó cuando los talibanes fueron derrotados hace una década. Pero visto está que ni EE.UU. ni sus aliados están decididos a ejercer los prolongados y costosos esfuerzos que serían necesarios para lograr una mejora en la condición femenina afgana. Así pues, arréglese la sociedad afgana lo mejor que pueda (siempre que esto no repercuta negativamente en los países occidentales), sufran sus mujeres la dura condición de madres y esclavas que les impone su cultura nativa, y saquemos de Afganistán las armas y los soldados que, lejos de lograr los objetivos iniciales, se han convertido en un problema de elevado coste político y económico y de compleja resolución. Eso sí: disimulando la ignominia con fanfarrias, condecoraciones y banderas al viento.
CEIPAZ, 5 de febrero de 2012
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2012/02/03 11:08:13.260 GMT+1
No se pretende que nuestros actuales políticos cultiven la grandilocuencia retórica al estilo del Castelar de “Grande es Dios en el Sinaí…” (ilustrando esa grandeza con truenos, rayos, destellos, terremotos y catástrofes), cuando en las Cortes Constituyentes de 1869, tras la expulsión de Isabel II, abogaba por la separación entre la Iglesia y el Estado, y pedía incluir en el “código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres”. Cada época tiene sus exigencias propias, y no es la oratoria política algo que preocupe mucho en la España de hoy. (Tampoco la gramática ni la ortografía). Al contrario de lo que parece ocurrir en EE.UU., donde Obama se esfuerza en resucitar el brillo de la palabra hablada para excitar el ánimo de sus seguidores y crear en ellos esa ilusión sin la que es muy difícil triunfar en la política real.
En la banalización que ahora parece reinar en el discurso público de la política española, casi se llega a echar de menos aquel retórico “puedo prometer y prometo”, lleno de significados que era preciso desentrañar en clave política, y cuyos ecos resonaron en los complicados días de nuestra transición. También en esa misma época, un militar, que en el desempeño de un cargo político como Director de la Policía intervino decisivamente en la desactivación del golpe de Estado del 23-F, sabía expresarse a la altura de las críticas circunstancias que hubo de afrontar, manifestando públicamente algo tan explosivo como lo siguiente: “En la lucha contraterrorista, hay cosas que no se deben hacer. Si se hacen, no se deben decir. Si se dicen, hay que negarlas”. Para bien o para mal, no se andaba con rodeos y sus palabras estaban dirigidas a ciudadanos adultos capaces de interpretar personalmente lo que se les exponía.
Por el contrario, muchos de los que hoy se lamentan, a veces con razón, del desprestigio que la clase política española viene sufriendo aceleradamente en las encuestas públicas, parecen no tener en cuenta que son precisamente algunos políticos los que contribuyen a desprestigiar su actividad, recurriendo a expresiones propias de un colegio de enseñanza infantil o primaria, cuando a aquélla se refieren en sus declaraciones a los medios de comunicación.
Claro está que no es cuestión de convertir cualquier declaración en lo que pudiera ser una lección universitaria de Teoría Política o en el resumen de un foro académico sobre esta materia. Pero que quien hoy ostenta la vicepresidencia del Gobierno español manifieste públicamente, como ha ocurrido esta semana, que su Gobierno “va a hacer lo que hay que hacer”, más parece una admonición materna, dirigida a un niño rebelde y atolondrado, que la exposición de una decisión política de un Gobierno responsable.
Y todo lo anterior, sin aludir a la estúpida y hoy tan habitual expresión de “hacer los deberes”, utilizada a menudo cuando se refiere al cumplimiento de promesas electorales o de programas políticos, expresión de una preocupante infantilidad, que debería avergonzar a quien la pronuncia. A menos que no se vea a sí mismo como un niño a quien su profesor (¿Bruselas? ¿La Sra. Merckel?) le manda trabajo para hacer en casa; pero, aun si así fuera, lo menos que debería hacer sería esforzarse en disimularlo lo mejor posible para no humillar todavía más a los ciudadanos a los que dice representar y gobernar.
Agradezcamos, no obstante, que haya ido pasando de moda en el vocabulario político la todavía más pueril frase “ahora no toca eso”, cuando de ordenar actividades o prioridades se trata, expresión más propia del patio de un parvulario que de un político en ejercicio que ha de sopesar ventajas o inconvenientes entre las diversas opciones a elegir.
Para concluir, es necesario considerar que deberá existir algún punto de equilibrio entre la abstrusa y refinada oratoria al uso de pontífices cuyos pies no pisan la tierra y las vulgares expresiones antes citadas, inadmisibles de todo punto cuando van dirigidas a quienes siguen siendo ciudadanos responsables, con cuyos votos han alcanzado los escalones de poder quienes luego a ellos se dirigen, tratándoles como si no hubieran abandonado la infancia. La búsqueda de ese punto de equilibrio sería condición indispensable para el ejercicio del poder.
República de las ideas, 3 de febrero de 2012
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2012/01/29 09:20:36.155 GMT+1
El coro de las lamentaciones ha sido muy nutrido: "absolutamente deplorable", comentó el Secretario de Defensa de EE.UU.; la Secretaria de Estado mostró su "total consternación"; y el más alto jefe militar a las órdenes de Obama manifestó estar "profundamente perturbado". Pero quien se ha visto más directamente implicado por lo ocurrido, el comandante general del Cuerpo de Infantería de Marina, tuvo que ser más explícito y declaró que los hechos objeto de tan extensa compunción "son totalmente incompatibles con los elevados niveles de conducta y de ética bélica que hemos mostrado a lo largo de nuestra historia".
La escena que ha provocado este generalizado rasgar de vestiduras en EE.UU. se ha difundido por todo el mundo: cuatro uniformados infantes de marina orinando sobre los cadáveres de unos afganos no identificados. Conviene añadir que en el vídeo tan propagado (aunque no en las fotografías) se han difuminado púdicamente los orígenes desde donde brota la cuádruple micción: como si lo reprobable fuera contemplar los órganos excretores de los bravos soldados y no la vergonzosa operación a la que están dedicados con entusiasmo. Escuchando atentamente se oye a uno de ellos decir: "Que tengas un buen día, colega... dorada, como una ducha", dirigiéndose probablemente a la víctima por él rociada.
Ciertamente hay mucho de lo que avergonzarse, pero la condena oficial de la "conducta inapropiada" de unos soldados suena a falso; sobre todo cuando hay antecedentes fidedignos de una aceptada obscenidad, solo reprobada oficialmente cuando salen a la luz pública documentos comprometedores. Las ya famosas fotos de Abu Ghraib fueron solo la parte visible de un iceberg profundo, producto de las guerras libradas contra unos países, lejanos e incomprensibles para los soldados invasores, y contra unos combatientes despreciados. Despreciados porque oficialmente habían sido calificados como "insurgentes", "terroristas", "malhechores" (esto es, agentes del "eje del mal" que inventó Bush II) y, por tanto, no eran vistos como enemigos, ni siquiera como seres humanos. Eran simples objetos ajenos sobre los que desfogar las frustraciones de unos soldados que no veían cerca la victoria que se les había prometido, la que justificaría sus padecimientos en el campo de batalla y les permitiría un triunfal regreso a casa.
Es una vieja y muy extendida tradición bélica el coleccionar trofeos de guerra. Entre los más deseados despojos en la historia de las guerras están las banderas y pendones del enemigo y sus mujeres. Pero la gama de posibles trofeos ha sido muy variada. Algunos indios de Norteamérica coleccionaban las cabelleras arrancadas a los blancos que invadían sus tierras; y los ejércitos napoleónicos arramblaron con todas las obras de arte que encontraron en sus correrías por Europa y África, enriqueciendo así los museos de la dulce Francia.
Años atrás, un veterano de las guerras españolas en África me mostró los dedos momificados, arrancados al cadáver de algún rifeño que en los años 20 del pasado siglo había muerto frente a la posición donde estaba destacado. No es que los venerara como el brazo de Santa Teresa (tan arrugados y repulsivos como éste se veían), pero para él eran el reconfortante recuerdo de un tiempo pasado en que luchó contra un enemigo y sintió la emoción juvenil de arriesgar su vida.
Ahora no es necesaria tanta violencia para conservar recuerdos bélicos. Basta una cámara digital o un teléfono móvil para mostrar a los demás, de vuelta a casa, lo que el valiente veterano, que sobrevivió a la violencia de la guerra, ha conocido muy de cerca y ha padecido. O para mostrar su audaz masculinidad, como en el caso aquí comentado, y jactarse años después, ante sus nietos, de su pasado como héroe de guerra frente a los humillados enemigos derrotados.
Pero esos trofeos acaban sirviendo, a la larga, para registrar indeleblemente la crueldad de la guerra y ponerla al alcance de los que viven ajenos a ella. No hay que ir muy lejos: le propongo al lector una dirección de Internet que lo demuestra; su horror puede ser insoportable, pero reflejan una realidad de hoy:
- http://warisacrime.org/image/tid/55
Lo que observará el lector que abra esta página son simples fotografías que los soldados conservan o envían a casa, como trofeos de guerra. No necesitan cortar personalmente los dedos a un cadáver: ellos se limitan a fotografiar lo que ven. Son imágenes brutales y sangrientas. Son el resultado inevitable de la guerra, de cualquier guerra.
Pero es lícito preguntarse: ¿quiénes toman estas fotografías? ¿por qué lo hacen? ¿quiénes disfrutan con ellas? Y por último, ¿revela su difusión esos "altos niveles de conducta y de ética bélica" a los que aludía el comandante general de la Infantería de Marina?
"El horror... el horror", es la conclusión de Apocalipse Now, una de las mejores películas de guerra que conozco. Basta con escarbar bajo la delgada piel de la guerra para encontrar irremediablemente el horror, todo horror.
República de las ideas, 27 de enero de 2012
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2012/01/20 10:32:24.764 GMT+1
Se representa estos días en la sala pequeña del Teatro Español la obra “José K, torturado”. La única pieza para teatro que creó Javier Ortiz, periodista, escritor, comentarista, crítico nato, certero y universal, y sobre todo amigo leal de sus amigos, que no es poco decir. Pero no se trata de reescribir aquí una necrológica de quien preparó la suya propia con la debida anticipación profesional y envidiable sentido del humor (que en este caso bien podría llamársele “humor propio”).
Tampoco encontrará el lector en esta columna una crítica teatral para la que carezco de conocimientos y experiencia. Lo que pretendo es hablar de la tortura, reflexionar sobre ella y poner al lector en el compromiso de decidir por sí mismo, que es el objetivo principal del estremecedor monólogo que interpreta Pedro Casablanc y dirige Carlos Alfaro en el madrileño teatro de la plaza de Santa Ana.
Estoy seguro de que si a cualquiera de las personas que conozco y trato habitualmente le preguntara su opinión sobre la tortura, respondería abominando de ella y afirmando que debería suprimirse inmediatamente porque constituye una vergüenza para la humanidad. Haré un breve inciso para recordar que entre esas personas no se hallan, naturalmente, aquellos destacados dirigentes políticos y militares de EE.UU., para quienes las “técnicas avanzadas de obtención de información”, en Guantánamo, Abu Ghraib u otros antros similares, eran simplemente instrumentos eficaces para combatir el terrorismo. No veían personas en las personas, como parece lo más natural, sino fuentes de información supuestamente aprovechable. Evidentemente no eran personas “normales” como las demás.
Pero volviendo a las personas “normales”, no faltarían quienes en su respuesta citaran también otras “instituciones sociales”, como la esclavitud, y analizaran el papel que en la Historia han desempeñado tanto los esclavizados (como los que trabajaban en los ingenios de azúcar en la Cuba española), como los torturados (sin olvidar la Inquisición, también española), para concluir glosando el progreso de una humanidad que ha superado tan repugnantes lacras y las ha relegado al baúl de los recuerdos o a excepcionales casos protagonizados por sádicos individuos que son debidamente castigados. ¿Es cierto esto? ¿Sería este el modo de pensar de los que no son sádicos? Incluso aceptando que se siguen produciendo torturas, debidamente ocultadas por los aparatos estatales y luego expuestas como casos anómalos, ¿puede haber gradaciones en el rechazo a la tortura?
“José K, torturado” obliga a poner en duda muchas cosas. Un terrorista que podríamos considerar muy profesional, bien preparado por su organización para resistir cualquier tipo de interrogatorio, es apresado media hora antes de que la bomba que ha preparado se active para causar una horrible carnicería. Así empieza la obra. No quiero revelar la escena más impresionante, cuando el terrorista, para no hacer fracasar su brutal proyecto, soporta lo que pocos seres humanos serían capaces de resistir. La bomba explota, la matanza se produce. José K ha aguantado todas las torturas y su atentado terrorista ha tenido éxito. ¿Pero y si otros flaquean más pronto y revelan sus planes? ¿Sería lícito someterles a tortura si de ese modo se pudiera evitar una masacre?
La clave de esta obra teatral la expuso Javier Ortiz en una charla organizada por la Asociación contra la tortura: “La tortura es un viaje moral sin retorno. No cabe atravesar esa frontera con pretensiones de excepcionalidad. Avalar la tortura en algún caso equivale a avalarla en cualquiera”. Porque ¿quién decide cuándo se debe torturar y cuándo no? ¿Los mismos torturadores? ¿Los que deciden incluir la tortura entre los instrumentos habituales para garantizar la supuesta seguridad de una sociedad?
Una sociedad a la que se puede hacer creer que está más segura pero que, en realidad y quizá sin advertirlo, se envilece gradualmente cuando tolera la tortura en silencio y amedrentada. O advirtiéndolo, lo que es casi peor, porque entonces lo que sale a la luz es la doble moral y la hipocresía de las personas cuya cobarde complicidad hace posible la tortura.
Una vez más el teatro permite a cada espectador identificarse a sí mismo frente a una cuestión de la que pocas veces se habla sin tapujos. Asista el lector a esta obra, juzgue por sí mismo y analice las reacciones instintivas de su razón y de su corazón. Merece la pena la experiencia.
República de las ideas, 20 de enero de 2012
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2012/01/17 20:05:50.031 GMT+1
En el diario israelí The Jerusalem Post (9 enero 2012), un periodista local, entre cuyos títulos incluye el haber trabajado como "experto en inteligencia" para el Gobierno, publicaba un artículo titulado "La guerra inminente contra Irán". Merece la pena reproducirlo abreviadamente, para que el lector se haga una idea de lo que puede estarse cociendo en los círculos israelo-americanos interesados en perpetuar en Oriente Medio esa hegemonía que EE.UU. ha ido deteriorando, con sus desafortunadas guerras en Irak y Afganistán, y que Israel malgasta a diario con su obcecación ante el problema palestino.
Según se lee en el texto citado, Irán iniciaría las hostilidades atacando a un portaaviones de EE.UU. en el golfo Pérsico, lo que provocaría la respuesta inmediata de Washington. Ésta no se dirigiría inicialmente contra las instalaciones nucleares de Irán, sino contra sus ejércitos, para anular su capacidad de represalia y evitar el cierre del estrecho de Ormuz. A continuación vendría la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes y, simultáneamente, el desencadenamiento de una ofensiva política de amplio espectro y plena visibilidad, para incitar a la población a alzarse contra el régimen islámico y derribarlo, lo que el autor supone que sería muy bien acogido por la mayoría de los iraníes. Esto conduciría a una "primavera iraní", apoyada por EE.UU., que reintegraría Irán a la comunidad internacional.
Aunque esta historieta con final tan feliz parezca un cuento de hadas para ciudadanos incautos, no debería echarse en saco roto. En primer lugar, porque los antecedentes históricos muestran que es posible -y a menudo muy deseable- simular un ataque enemigo para provocar el tipo de reacción que se desee. Ocurrió en Cuba con el hundimiento del Maine que, falsamente atribuido a las autoridades españolas de la isla, sirvió en 1898 a EE.UU. para iniciar la anhelada guerra contra España; más recientemente, otro ejemplo de guerra subterránea fue el llamado "incidente del golfo de Tonkín" que, mediante informaciones falseadas, facilitó en 1964 a EE.UU. el ataque contra Vietnam del Norte.
En segundo lugar, conviene tener en cuenta que existen precedentes de la capacidad israelí para reclutar a miembros del grupo terrorista Jundalá, de adscripción suní, como informa la revista Foreign Policy (13 enero 2012), a fin de efectuar atentados y ataques en Teherán como parte de la guerra oculta que el Mossad sostiene contra el régimen iraní. Por eso no es descartable la sospecha de que, por análogo procedimiento, pudiera prepararse un incidente grave en el estrecho de Ormuz, a modo de mecha que encendiera la guerra. Guerra que Israel sabe que no podría ganar solo con sus propios recursos si no fuerza de modo irreversible una intervención militar de EE.UU..
Sin embargo, no sería necesario atacar a una de esas enormes plazas fortificadas, que son los once portaaviones activos de la Armada de EE.UU., verdaderas bases militares móviles con las que Obama, en su nueva estrategia para 2012, pretende mantener la presencia militar de EE.UU. en todo el mundo. Bastaría un incidente menor, como el ataque suicida que Al Qaeda lanzó el año 2000 contra el destructor Cole, atracado en el puerto de Adén, para desencadenar el proceso antes descrito.
Interrogados algunos relevantes funcionarios de Washington sobre la oleada de atentados contra iraníes implicados en el programa nuclear, varios de ellos han reconocido la actividad de EE.UU. cooperando con los servicios israelíes de inteligencia dentro de Irán para obtener información, pero han negado rotundamente su implicación en los atentados: "No perpetramos asesinatos políticos", afirmó un responsable de la inteligencia estadounidense.
Sin embargo, en mayo de 2011, un responsable de la operación que eliminó a Osama Ben Laden en su refugio pakistaní declaró a la agencia Reuters que había sido una operación de asesinato (kill operation). Cuando las guerras se están gestando, la mentira política es un arma adicional que debe utilizarse acertadamente pero que obliga a los dirigentes políticos a prestar atención a sus declaraciones públicas, para no caer en humillantes contradicciones.
Cuando Hitler invadió Polonia según un plan largamente preparado, se inventó un falso pretexto aduciendo que habían sido los polacos quienes habían atacado primero una instalación fronteriza alemana y se montó una operación de engaño. Luego esto no sirvió para nada, porque los aliados habían decidido ya responder con la guerra a la agresión nazi, pero el acto reflejo de engañar antes de atacar parece una ley bélica que presenta pocas excepciones. Es necesario tener esto en cuenta al valorar y analizar las noticias que se difunden en torno al explosivo triángulo formado hoy por Israel, EE.UU. e Irán.
CEIPAZ, 17 de enero de 2012
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2012/01/13 10:32:28.532 GMT+1
El primer mandato del presidente Obama quizá pase a la Historia, dejando aparte los méritos propios que el transcurso del tiempo le atribuya, por la aparición y el extendido empleo de un nuevo instrumento de guerra en el arsenal de los ejércitos. En la historia de las guerras, esta época podría ser denominada como la "era de los drones".
La palabra inglesa drone tiene varios significados, aunque en su origen se refiere a los zánganos de las colmenas y al monótono zumbido que emiten. Esta raíz sonora del vocablo, que se extiende también a varios términos musicales con él relacionados, es la que hizo llamar drones a los aviones teledirigidos, a causa del ruido que se escucha en tierra cuando vuelan a cierta altura. En nuestro idioma, se llaman aviones teledirigidos los que evolucionan siguiendo las órdenes radioeléctricas que les llegan desde un dispositivo de control remoto o mando a distancia, expresiones ambas aceptadas por la RAE.
No serán muchos los que sepan que la Artillería española utilizó ya hace años estos aparatos, recibidos como parte de la ayuda militar norteamericana. En noviembre de 1957 participé en el lanzamiento de los primeros "aviones-blanco", empleados como blanco para las nuevas baterías antiaéreas. Desplegadas éstas junto al cuartel de Fuencarral, nos veíamos obligados a aprovechar los lejanos y ocasionales aviones que despegaban de Barajas, para poder practicar con los radares de exploración y tiro. Los aviones teledirigidos dieron más realismo a las prácticas de tiro simulado.
Uno de aquellos primeros vuelos concluyó en accidente al estrellarse el avión cerca del antiguo colegio-asilo de San Fernando (hoy Academia de la policía madrileña). El oficial de guardia de la vecina Academia de Artillería recibió una angustiosa llamada telefónica de una monja del colegio, solicitando ayuda para "poder salvar con vida al piloto", que parecía no ser capaz de abandonar la aeronave siniestrada, de la que salía un humo sospechoso. Tan extraño parecía entonces que existieran aviones "sin piloto" y con capacidad de vuelo aparentemente ilimitada.
Desde aquellos pequeños aparatos de apenas dos metros de envergadura hasta los modernos drones utilizados militarmente por EE.UU., Israel y Turquía y por otros países con propósitos civiles, la tecnología de los aviones teledirigidos ha progresado aceleradamente. Su empleo en acciones de combate es cada vez más frecuente. Desde más de 60 bases al servicio de EE.UU. despegan y aterrizan los aviones teledirigidos de tipo Sentinel, Predator o Reaper, capaces no solo de vigilar y observar con increíble detalle todo tipo de objetivos terrestres, sino de atacarlos con precisión y mediante armas diversas, aunque estén en movimiento.
A principios de esta semana unos drones estadounidenses bombardearon en territorio pakistaní un edificio que albergaba presuntos insurgentes, creando un nuevo problema diplomático entre ambos países. Como consecuencia de un ataque anterior, el Gobierno de Islamabad había exigido el cierre de la base desde la que se dirigían los aviones. Pero el más notorio incidente protagonizado por estos aparatos se produjo a principios de diciembre pasado, cuando cayó en Irán uno de los más modernos aviones teledirigidos, un Sentinel RQ-170, diseñado para ser invisible al radar y dotado de complejos dispositivos informáticos que revelarán algunas de sus más importantes características a los nuevos propietarios. Se supone que el aparato, manejado por la CIA, efectuaba operaciones de reconocimiento sobre Irán.
Las pérdidas de drones no son raras. Según noticias de prensa, trece de ellos se estrellaron en 2011; en su mayoría habían despegado en Afganistán o en el Estado africano de Yibuti, desde donde operan sobre Somalia y Yemen. Los 31 accidentes registrados en los tres últimos años se han debido casi siempre a errores mecánicos o humanos, pero nunca han sido derribados por fuego enemigo.
El uso habitual de aviones teledirigidos inducirá cambios en las tácticas ofensivas. Tras las experiencias en Iraq, Afganistán y Libia (donde solo se atacó desde el aire), en EE.UU. se aprecia una deriva hacia guerras con menor implicación de la Infantería ocupando el terreno, y con más empleo de medios aéreos -incluyendo drones- y selectas fuerzas de operaciones especiales, capaces de penetrar en cualquier lugar y retirarse con rapidez tras ejecutar la misión.
No se trata de armas milagrosas. Controladas desde lejos, a veces a miles de kilómetros, distinguen mal entre combatientes y población civil; su uso para asesinatos selectivos suele violar la legislación internacional; los frecuentes errores y la multiplicación de víctimas inocentes (matar desde lejos, desde una pantalla de ordenador, introduce en la lucha un repugnante factor de lúdica frivolidad) provocan la indignación de la población a la que se pretende ayudar. Tras el inicial entusiasmo que suscitó en el Pentágono el aparente éxito de estas nuevas armas, sus efectos negativos van saliendo a la luz y obligarán a reflexionar sobre si la guerra robótica tiene ventajas sobre la guerra tradicional o, por el contrario, solo aumenta el horror que siempre acompaña a ésta.
República de las ideas, 13 de enero de 2012
Remitente: alberto_piris.2012/01/13 10:32:28.532 GMT+1
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2012/01/09 09:50:02.815 GMT+1
La finalidad de toda guerra es imponer la propia voluntad sobre la del enemigo, para obligarle a aceptar decisiones que favorezcan al vencedor y para establecer los términos de la subsiguiente paz según los designios de éste. A la luz de esta simple definición, es evidente que EE.UU. no ha ganado la guerra de Iraq y parece cada día más dudoso que pueda hacerlo en Afganistán.
El abandono militar de Iraq no se ha hecho según las intenciones de Washington, sino como consecuencia de una decisión del Gobierno de Bagdad. A pesar de los iniciales esfuerzos de EE.UU. por mantener en ese país una presencia militar que le asegurara la deseada influencia estratégica y política (también económica, sobre todo petrolífera) en esta crítica zona del planeta, en último término fue la negativa del Gobierno iraquí a garantizar la inmunidad de las tropas de ocupación la que obligó a cambiar el discurso oficial. Hubo que convertir la humillación en una victoria, insistir en que la retirada obedecía a una meditada decisión del Pentágono y anunciar que las tropas abandonaban el país con "la cabeza bien alta".
La retórica brilló en una de las ceremonias recientemente organizadas con motivo del regreso de las tropas. Habló Obama sobre el "extraordinario éxito" tras nueve años de esfuerzo y afirmó: "Todo lo que los soldados americanos han hecho en Iraq ha conducido a este momento brillante: su lucha y su muerte, la sangre y la reconstrucción, la enseñanza y la ayuda. Dejamos atrás un Iraq soberano, estable y autosuficiente, con un gobierno representativo elegido por el pueblo".
Si este era el discurso oficial, otro discurso más realista anunciaba la reanudación de la violencia sectaria, el aumento de los atentados terroristas, la fragmentación del país en grupos étnicos enfrentados entre sí, una producción petrolífera que no superaba a la de la época de Sadam y unos servicios públicos deteriorados, que inducían a algunos iraquíes a añorar la época del ahorcado dictador. La aparición de la rama iraquí de Al Qaeda, producto de la invasión, y la creciente influencia de Irán son otras tantas pruebas de que la guerra no ha terminado con la imposición de la voluntad del vencedor, sino al albur de unas circunstancias que éste ha sido incapaz de dominar. Con la inestimable ayuda de los medios de comunicación favorables, la forzada salida de Iraq se convirtió en una operación modélica, que solo las más selectas fuerzas armadas que jamás han existido podrían llevar a cabo con éxito.
No mejores perspectivas ofrece la guerra en Afganistán. Aunque la OTAN lo niega, según datos de Naciones Unidas los atentados a la seguridad en los once primeros meses de 2011 fueron un 20% más numerosos que en el mismo periodo del año anterior. Aunque la retirada del país de las tropas de combate (sin incluir técnicos y asesores, instructores, fuerzas de seguridad privada y de operaciones especiales) está prevista para el último día del 2014, un alto mando militar de EE.UU. ya ha asegurado que es imposible alcanzar el éxito si no se aplaza hasta 2016 o 2017.
Las operaciones afganas, además, tienen una grave vulnerabilidad que no existía en Iraq: su voluminosa alimentación logística (salvo por la costosa vía aérea) se hace mediante rutas de comunicación terrestres que requieren la cooperación de otros países, no necesariamente aliados. Aunque de esto apenas se habla oficialmente, la guerra que EE.UU. y la OTAN desarrollan en Afganistán depende de la buena voluntad de otros Estados: Pakistán, al sur, y varios otros países al norte, a través de las rutas de Rusia o de Uzbekistán.
No es en esta posición de dependencia estratégica como puede seguir manteniendo su prestigio y su hegemonía militar la que se tiene por única gran superpotencia mundial, cuyos ejércitos superan al poder combinado de los diez siguientes países que le siguen en la lista, y ser capaz de intervenir unilateralmente en cualquier lugar del planeta.
Por esta razón, entre otras, en su reciente discurso sobre la nueva estrategia de Defensa, con el que Obama ha iniciado 2012, ha anunciado su propósito de no implicarse de nuevo en el continente euroasiático y volcar su atención al espacio del Pacífico y Extremo Oriente, sobre el que tiene mayores y más directas posibilidades geoestratégicas. Sigue siendo objeto de discusión si el Imperio Americano está mostrando sus primeros síntomas de declive, frente al todavía incipiente despertar de nuevas potencias, entre las que destaca China, pero es evidente que EE.UU. desea desentenderse algo más de la OTAN y sus problemas -a la que reprocha su bajo nivel de cooperación en el conflicto libio- y dedicar más atención a lo que ocurre en la orilla oriental de Asia.
Para iniciar con buen pie esta nueva andadura estratégica, EE.UU. tendrá que acabar aceptando que los diez años de implicación en el Oriente Medio y Asia Central han sido un fracaso que ha regalado al mundo una crisis prolongada, ha empeorado la situación de los pueblos a los que se pretendió ayudar y ha creado unas tensiones de nueva naturaleza que costará mucho desactivar. Una vez más, el recurso impulsivo a la guerra ha vuelto a alejar las esperanzas de paz.
Publicado en CEIPAZ, el 8 de enero de 2012
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2012/01/06 09:30:12.214 GMT+1
Tras las discretas y eficaces maniobras diplomáticas de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en el pasado otoño, que la llevaron a ser aceptada como miembro de pleno derecho de la UNESCO ante la oposición de EE.UU. y como un paso más en su aspiración a convertirse en Estado soberano, el pasado martes se inició en Amán una ronda de conversaciones israelo-palestinas, tras más de un año sin contactos entre ambas partes.
Conviene aclarar que el adjetivo “ambas” no es correcto en este caso, pues en él confluyen directamente los intereses de tres partes. En las reuniones iniciales de esta ronda participan Al Fatah (que gobierna la ANP) y el Gobierno israelí, bajo el patrocinio del rey Abdulá II de Jordania, apoyado por EE.UU. y la Unión Europea. Mientras tanto, el tercer elemento en discordia, el primer ministro de Gaza (gobernada por Hamás), prefirió viajar a Turquía y expresar su interés y solidaridad con el movimiento político transnacional que se ha venido en llamar “la primavera árabe”.
Este es el factor de más difícil valoración en el momento actual, porque podría modificar y reavivar un problema en punto muerto, al que no se ve salida a corto plazo. Si estas conversaciones intentan satisfacer a la opinión internacional, haciendo creer a los Gobiernos de las potencias occidentales y regionales que las partes se esfuerzan en lograr un acuerdo, es evidente que muy poco ha cambiado. Mientras los palestinos exigen el fin de la expansión de los asentamientos israelíes en los territorios ocupados y el reconocimiento de las fronteras de 1967, como base para iniciar cualquier negociación, Israel se empeña en negociar “sin condiciones previas” y se aprovecha del prolongado estancamiento para desmenuzar el territorio palestino hasta que cualquier idea de soberanía estatal sea irrealizable.
En este punto es donde puede incidir la revolución árabe que se ha extendido desde Túnez hasta Siria y cuya evolución presenta numerosas incertidumbres. Algunos analistas, tanto árabes como judíos, coinciden en la idea de que los contactos ahora reanudados obedecen a que las partes implicadas se sienten afectadas por el crecimiento del islamismo en su aspecto más preocupante: el auge del islam político. Este fenómeno podría alterar considerablemente el esquema de las fuerzas actuantes en la región, y obligar a palestinos, israelíes y jordanos a adoptar nuevas posturas en relación con sus vecinos.
El aparente equilibrio en el que se basa la política israelí de dar largas al asunto y esperar a que el continuo hostigamiento del pueblo palestino y la fragmentación territorial vayan haciendo añicos las esperanzas palestinas de una estatalidad viable ha sufrido un duro revés durante 2011. Por otro lado, desaparecido Mubarak, que fue el apoyo del gobierno palestino, la ANP busca acercarse a Jordania y trata de encontrar en el rey Abdulá al amigo leal que sustituya al depuesto dictador. Esto solo puede acarrearle desprestigio ante las masas árabes levantadas contra los tiranos que gozaban del apoyo material y moral de EE.UU. y Occidente. No parece una buena carta de presentación en el complejo panorama político del Medio Oriente.
¿Cómo va a actuar el “islam político” en los distintos Estados donde triunfa? Esta es la parte principal de la incógnita. Para algunos políticos árabes, Hamás evolucionará, del mismo modo que los Hermanos Musulmanes, hacia posturas de realismo práctico que le hagan fácil el acceso al poder, le aporten el beneplácito de los países occidentales y el apoyo de las masas populares. No es fácil atender a la vez a estos tres aspectos, desde el momento en que en la misma Palestina el mero hecho de asistir a estas conversaciones es considerado por gran parte de la población como una cesión ante el aplastante poder israelí y sus efectos más evidentes: la expansión de los asentamientos y las continuas dificultades que la ocupación acarrea para la vida cotidiana de los palestinos.
Durante las antes citadas gestiones de la ANP en Naciones Unidas, el presidente palestino puso como fecha límite el último día de enero para reanudar su ofensiva diplomática hacia la creación formal del Estado Palestino, si antes no se alcanzaba un acuerdo satisfactorio. Las probabilidades de lograrlo parecen hoy mínimas. El Gobierno israelí tiene poco margen de maniobra, pues en él dominan los que no aceptan la idea de un Estado palestino y favorecen la ampliación de los asentamientos para hacerlo imposible. Su ministro de Defensa anunció ante el Parlamento el peligro que supondría un Sinaí convertido en nido de terroristas y que, de ser derrocado el presidente sirio, lo mismo ocurriría en los altos del Golán, mostrando una tenaza terrorista que pondría en peligro la seguridad de Israel, y generando así una sensación de urgencia que hace muy difícil cualquier arreglo pacífico por vía diplomática.
Graves son, pues, los problemas que se entrecruzan en esa crítica región comprendida entre el Mediterráneo y el mar Arábigo, cuna secular de enfrentamientos, y no conviene descuidarlos por mucho que otras cuestiones urgentes y más inmediatas atraigan estos días nuestra atención.
República de las ideas, 6 de enero de 2012
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2011/12/30 09:50:21.083 GMT+1
Cualquier especulador que dispusiera de abundantes recursos económicos (en dinero propio o en créditos de los bancos amigos) y que supiera con certeza que en 2012 se produciría un notable aumento del precio de la gasolina, si además está bien familiarizado con los trucos de los mercados (¡ah! la omnipresencia de esos fantasmas en cuyas manos están hoy las riendas del mundo), invertiría con toda seguridad una buena parte de su capital en adquirir grandes cantidades de productos petrolíferos a los precios de hoy, para disponer de ellos dentro de unos meses y luego ponerlos a la venta a los más altos precios de mañana.
Tales manipulaciones, que solo buscan obtener un beneficio sin producir bien alguno ni contribuir con ello al mayor bienestar de la sociedad, tienen su nombre en el mundo de los especuladores: "mercados de futuros". Es esta una expresión con resonancias de ficción científica, que ya por sí sola produce bastante desconfianza. Cierto es que existe una legislación que controla esas transacciones de tan misteriosa naturaleza, y que algunas autoridades financieras nacionales e internacionales tienen teóricamente el deber y el poder de regular la forma en que se desarrollan para evitar abusos.
Pero ya hemos visto cómo el alto mundo de la banca y las finanzas internacionales no se para en barras cuando se trata de obtener los máximos beneficios. Si todavía no ha visto, estimado lector, la película Inside job, no pierda la ocasión de hacerlo, aunque salga del cine con una penosa sensación que le impulse a sumarse a la vasta legión de los indignados. Muchas de las dudas suscitadas por la actual crisis económica le quedarán bien aclaradas, aunque ese perfeccionamiento de su cultura personal no le sirva para gran cosa.
No es aventurado suponer que 2012 nos traiga una nueva crisis donde el petróleo vuelva a ser el principal protagonista de un serio conflicto. De momento, las bravatas parecen limitarse al terreno verbal, ante la creciente presión que EE.UU. está ejerciendo contra Irán, con vistas a deteriorar su economía, pero ya han saltado las primeras chispas en el cruce de las espadas enfrentadas. Respondiendo a las amenazas de EE.UU. de aumentar la dureza de las sanciones, que impedirán o limitarán seriamente la capacidad exportadora de productos petrolíferos iraníes (con los que se financia casi la mitad del presupuesto nacional), el primer vicepresidente iraní ha declarado que si se imponen la anunciadas sanciones "ni una gota de petróleo más volverá a atravesar el estrecho de Ormuz", por donde circula una quinta parte del suministro mundial. Además de los crudos iraníes, las exportaciones iraquíes, saudíes y las de los emiratos fluyen por este crítico paso que une el golfo Pérsico con el de Omán.
Así que los esfuerzos por limitar o impedir el desarrollo nuclear iraní, que tanto obsesiona a EE.UU. e Israel y a algunas potencias occidentales y orientales (que temen que la retirada militar de Iraq haga de Irán la potencia hegemónica regional), van a convertir la presunta arma nuclear iraní en la muy real arma internacional del petróleo, cuyos efectos destructores pueden ser tan "masivos" como los de las explosiones nucleares.
Los "mercados" observan con atención el desarrollo de los acontecimientos; no es que les preocupen las posibles armas nucleares iraníes (como no les preocupan las ya existentes en la zona, tanto de EE.UU., como de India, Pakistán, Israel, Rusia, China, etc.), sino la excitante posibilidad de nuevas y brillantes especulaciones que una crisis petrolífera de este tenor pudiera poner a su alcance.
Por esas razones, y sin olvidar el interés que Obama tiene en ser reelegido, el benemérito galardonado con el premio Nobel de la Paz recapacita estos días sobre las medidas a adoptar, barajando unos ingredientes de muy alta explosividad: armas nucleares reales o presumibles, precios del petróleo, sanciones económicas, reacciones internacionales, rutas de navegación, consecuencias imprevisibles, etc. Respecto a estas últimas, ya hay quienes prevén el regocijo de los gobernantes chinos si pudieran disponer de todo el petróleo iraní para ellos solos, una vez que europeos, americanos y japoneses, aceptando dócilmente el embargo exigido por Washington, se viesen forzados a buscar proveedores alternativos en una rebatiña internacional de muy alta tensión.
Muchas incertidumbres se presentan al comenzar 2012, y de entre todas la posibilidad de un conflicto bélico que afecte directamente a la nación persa es quizá la más peligrosa. El efecto de acción y reacción y el encadenamiento de amenazas y contraamenazas pueden conducir a escenarios internacionales de elevado riesgo. Poner a Irán entre la espada (las sanciones económicas) y la pared (la prohibición de hacerse con las mismas armas que algunos vecinos poseen) no es la receta para mejorar la estabilidad de tan crítica zona y, por el contrario, puede convertirse en el detonante de un conflicto cuyos efectos se extiendan por todo el planeta. Mantengamos la esperanza -no hay otra cosa al alcance del ciudadano de a pie- de que esto no suceda y que 2012 no sea peor que el año que ahora concluye.
Remitente: alberto_piris.2011/12/30 09:50:21.083 GMT+1
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2011/12/27 09:00:48.433 GMT+1
Finalizando el año, los comentaristas que durante su transcurso se han esforzado por reflejar la cambiante actualidad suelen caer en dos tentaciones. Una es recordar los más destacados acontecimientos del año que concluye. Otra opción es anticipar algo de lo que el nuevo año pueda traer consigo. Incurriré en ambas tentaciones.
La calificación que, a mi juicio, mejor refleja la característica más peculiar y destacada del año 2011 es la que el pasado 29 de agosto encabezaba la columna de Gideon Rachman en Financial Times: "2011, el año de la indignación global". Solo hago mención del título y no del resto del artículo, porque éste concluía alabando lo que el autor denominaba "chocante excepción" de EE.UU., esa "cultura política americana" que les hace preferible expresar sus opiniones en los medios de comunicación o en las urnas, y "no mediante el desorden callejero". Ni siquiera había transcurrido un mes cuando el auge del movimiento popular Occupy Wall Street había desbaratado la benévola opinión del acreditado periodista británico sobre los hábitos políticos del pueblo estadounidense.
Ciertamente, 2011 ha sido el año en que muchos pueblos han expresado, abiertamente y a riesgo de su vida en algunos casos, su exigencia de una mayor libertad personal y política, su irritación con los sistemas dictatoriales y opresores, pero también con los que, nominalmente democráticos, eran vistos como lejanos y desvinculados de sus preocupaciones más inmediatas.
Ya el 4 de enero, recién comenzado el año, la inmolación de un tunecino desesperado ante las estrecheces de su vida desencadenó la "primavera árabe" que incendió su país y extendió el fuego a Egipto, Libia, Bahréin, Siria, Yemen, etc., sin que pueda asegurarse que el incendio esté controlado. Otro tipo de protestas, menos violentas y más elaboradas, añadió al vocabulario político una palabra hispana, "indignado", en la ya amplia aportación de nuestro idioma a la cultura lingüística universal: guerrilla, junta, conquistador, caudillo, político, pronunciamiento, etc. Revueltas populares que alcanzaron con distintas intensidades y motivos a Atenas, Madrid, Londres y Roma, sin olvidar Chile o Israel. China e India han visto también brotes de descontento popular propiciados por la falta de oportunidades de una juventud desesperanzada.
Dejemos atrás, pues, el año 2011, señalado como un año de rebeldías populares que algunos asemejan a anteriores fechas históricas -1848, 1968 o 1989-, lo que solo el paso del tiempo podrá confirmar, y abramos la ventana que nos ofrece 2012. Las mismas incertidumbres que hoy nos preocupan seguirán presentes el próximo 1 de enero. Nada tiene de mágica esa fecha que permita hacerse ilusiones que hoy nos están vedadas. Pero entre esas incertidumbres me atrevo a poner una de relieve, por el peligro objetivo que encierra y porque otras, más visibles, parecen ocultarla.
Una vieja y comprobada ley de la táctica militar aconseja que, frente a las diversas hipótesis sobre el enemigo que un general debe considerar, decida la maniobra a efectuar en función de la hipótesis más probable, pero organice su seguridad en función de la más peligrosa.
Pues bien, considero que la hipótesis más peligrosa que la humanidad afronta al comenzar 2011 es la de un ataque contra Irán, planeado y ejecutado por Israel y EE.UU., y con la aquiescencia de otras potencias occidentales y orientales, con el fin de aniquilar las infraestructuras de la industria nuclear iraní. Hay sobradas pruebas de una guerra oculta, ya iniciada, que se revela en ataques cibernéticos, apoyo armado a la oposición, asesinatos de personas significadas en el desarrollo nuclear e incluso campañas de desprestigio. Entre éstas, la más señalada ha sido la atribución a Irán del supuesto intento de asesinato del embajador saudí en Washington.
También contribuyen a mantener vivas las brasas capaces de avivar el incendio las sanciones económicas -que provocaron el asalto a la embajada británica en Teherán- y algunos incidentes, como el derribo de un avión espía de EE.UU. en territorio iraní. Algunas declaraciones públicas de dirigentes israelíes, que aparentan tomar en serio las bravatas del alucinado presidente Ahmadineyad para justificar sus agresivos planes, también empeoran la situación.
Pero el hecho es que Irán es un país que en 200 años no ha invadido a ningún vecino, mientras que Israel y EE.UU. sí lo han hecho, a un ritmo medio de una invasión por año en la última década. Si además se tiene en cuenta que Irán está rodeado de países dotados de armas nucleares, todo indica que el recurso a la violencia para ahogar su programa nuclear solo traerá gravísimas consecuencias, tanto para los países de la zona, a los que una guerra total sumiría en el caos, como para la economía mundial, privada de una sustancial parte de sus recursos energéticos. Hay guerras en las que se entra "sin querer", como ocurrió con la 1ª G.M. y en la última invasión de Iraq, por una sucesión de encadenamientos absurdos, juicios erróneos y decisiones irracionales. Esperemos que 2012 no traiga consigo un nuevo brote de esta enfermedad humana.
Publicado en CEIPAZ el 24 de diciembre de 2011
Remitente: alberto_piris.2011/12/27 09:00:48.433 GMT+1
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