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2020/03/12 17:55:53.282937 GMT+1

Un octogenario ante el virus

Como todos los que nacimos cuando en España ondeaba la bandera tricolor (hoy octogenarios), formo parte de lo que estos días se ha dado en llamar "población de riesgo" ante el peligro de contagio con el virus que los expertos han denominado Covid-19.

Naturalmente, y por la cuenta que me trae, cumplo con las recomendaciones que las autoridades civiles y médicas han publicado estos días. Si he aumentado el número de veces que me lavo escrupulosamente las manos, convencido de su necesidad, me es más difícil cumplir la norma de "no realizar viajes innecesarios", que encuentro imprecisa. ¿Innecesarios para quién? Yo he de seguir asistiendo al consultorio médico que regularmente me atiende, porque en caso contrario sería peor el remedio que la enfermedad, no me infectaría el virus pero podría sufrir otros males de peores consecuencias.

De momento, no muestro ninguno de los síntomas atribuidos al citado virus, pero si se dieran estas circunstancias tengo bien apuntado el número del teléfono de atención médica al que recurrir. Lo que suceda después ya no está dentro de mis responsabilidades.

Pero sí está dentro de mis suposiciones. A pesar de la innegable calidad de la Sanidad en España, no ignoro que se han cerrado camas, se han privatizado hospitales, se han recortado presupuestos y se escucha a ciertos dirigentes políticos que reclaman una creciente reducción de impuestos, olvidando que es con ellos como se paga la Sanidad y la Educación públicas, al alcance de todos los españoles y no solo de los privilegiados.
 
Por último, hay que agradecer a los medios de comunicación sus esfuerzos para tener informada a la opinión pública ante un fenómeno que a todos nos afecta. Y reprochar a bastantes de ellos una evidente caída en el sensacionalismo, que quizá tenga algo que ver con la "cuota de pantalla" o el número de lectores.

No faltan los presentadores que informan del avance del virus con un énfasis propio de una competición deportiva, y los que insisten en que están dando "una exclusiva", frivolizando algo tan serio como es la posibilidad de morir en una epidemia. Un acreditado periodista español lo comentaba así el pasado martes: "Me parece que una parte de la prensa y de los periodistas deberían reflexionar y pensar que la información no es un circo, ni el sensacionalismo una característica loable de la profesión... El periodismo se ha degradado hasta convertirse en una caricatura de sí mismo. No creo que eso sea bueno ni para la profesión ni para las libertades ni para el bienestar de la Humanidad".

Es de agradecer, por el contrario, al Gobierno y a las autoridades sanitarias su esfuerzo por no crear nuevas alarmas que refuercen el nerviosismo y conduzcan a actuaciones irresponsables o situaciones de desabastecimiento. Esto ayuda a normalizar la vida de las personas, aun siendo conscientes de la gravedad de la epidemia que nos aqueja.

Publicado en República de las ideas el 12 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/12 17:55:53.282937 GMT+1
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2020/03/05 18:19:17.700277 GMT+1

¿Se puede disuadir a los inmigrantes?

En 2013, hace ahora más de seis años, se discutía en España sobre aquellas alambradas, provistas de dañinas y afiladas cuchillas, instaladas en la valla que separa Melilla de Marruecos. Asunto similar ha vuelto a la luz estos días con motivo de la modificación que está previsto aplicar en la frontera entre Marruecos y las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla, elevando la altura del actual vallado.

Entonces, como hoy, se argumentaba la necesidad de hacerlo basándose en la "teoría de la disuasión". Incluso se llegó a aludir a cierto paralelismo de esta teoría con la que en el pasado sustentó la llamada disuasión nuclear que, según algunos, fue la que mantuvo la paz mundial aunque, según otros, fue en realidad un generoso regalo de los Gobiernos a los fabricantes de armamento.

De cualquier modo, aquella disuasión nada tenía que ver con lo que se aduce respecto a las citadas vallas. La disuasión nuclear fue "activa", es decir, dependía de la voluntad de los gobernantes para amenazar con sus armas y crear situaciones favorables en un posible conflicto bélico. Todo lo contrario ocurre con las vallas ahora discutidas, que son, en todo caso, una disuasión "pasiva": una vez instaladas, están siempre ahí y su acción solo se hace sangrienta cuando "son atacadas" por los que van a sufrir sus efectos. Este es el núcleo del asunto que hoy nos ocupa.

Esa disuasión pasiva, esa amenaza de sangre, dolor y padecimiento que afrontan los que pretenden entrar en territorio europeo nunca será superior a la desesperada voluntad de los emigrantes que están a punto de completar su largo y penoso recorrido por tierras asiáticas o africanas, cuando solo les quedan unos metros para alcanzar la meta soñada por la que no les importa arriesgar la vida. Lo que estos días sucede en la frontera greco-turca es muestra evidente de ello.

Las personas que periódicamente asaltan la muralla que les separa de ese mundo en el que pretenden rehacer sus vidas son, por tanto, inmunes a esa teoría de la disuasión que se aduce para reforzar la muralla europea. El problema fundamental de la actual polémica no se halla tanto en los instrumentos (alambradas, perímetros defensivos, armas, disparos y demás) como en el aspecto moral de su finalidad.

Desde la civilizada Europa resulta difícil, cuando no imposible, justificar lo que en el fondo es un atentado contra unos seres desvalidos que buscan mejorar su situación personal. Unos huyen de la persecución, la tiranía o las guerras; otros, simplemente del hambre persistente.

El inmigrante no debería ser considerado como un peligro, sino como alguien que puede aportar riqueza a la construcción social del país que le acoge. No es solo un problema de legislación ni de orden público: es una cuestión de cultura, de civilización, de que los Estados asuman que el derecho humanitario no es una entelequia teórica que a menudo enarbolan los gobernantes para adornar sus discursos.

Publicado en República de las ideas el 5 de marzo de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/03/05 18:19:17.700277 GMT+1
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2020/02/27 17:56:13.329022 GMT+1

Sobre la Historia Militar

Devorador impenitente de libros de Historia desde mi juventud, aprendí a lo largo de mi vida profesional que la llamada "Historia Militar" es la más susceptible de ser manipulada con fines muy distintos a los de cualquier ciencia objetiva. Esto es así porque los llamados "mitos bélicos" de casi todos los países se entremezclan con la simbología primordial de las naciones, allí donde éstas beben en sus fuentes imaginarias las viejas leyendas en torno a las que se conforman las "esencias patrias". Reyes, obispos, héroes, mártires, etc., siempre sobre un trasfondo de guerras y violencia, y a menudo sin base objetiva alguna, conforman algo que a los gobernantes siempre satisface: un pueblo manejable que no pone en duda los mitos de su pasado y así acepta dócil el presente.

Como ya dejó dicho Platón, los mitos tienen una útil función social. Y como las guerras son las que en último término han conformado la mayor parte de los Estados actuales, los mitos bélicos de la Historia son los más extendidos. Sin embargo, conviene matizar este fenómeno. La mayor parte de los textos de historia militar tienen dos orígenes: por un lado, historiadores profesionales que abordan el fenómeno de la guerra, y por otro, militares -generalmente cuadros de mando- que en ella participan o que la observan con mirada crítica. Una tercera fuente, menos fiable, es la de los relatos bélicos, a menudo los más interesantes y difundidos -y sobre todo, los más abundantes-, porque adornan la presunta frialdad de la exposición histórica con un atractivo texto capaz de seducir al lector.

Contra lo que a menudo se piensa, los militares no aprenden su oficio leyendo historia militar, ya que ésta raras veces describe lo que ocurrió en el pasado, sino lo que los historiadores de la época dicen que ocurrió. Son cosas muy distintas. Ni siquiera Julio César narrando la Guerra de las Galias, que él dirigió, o el mariscal Montgomery describiendo sus campañas en África, Italia o Europa, son de mucha utilidad para los militares del siglo XXI. Si algo se deduce de una lectura metódica y reflexiva de la historia de las guerras es que cada una es un fenómeno único e irrepetible: "La Historia no se repite; los historiadores, sí", se dice con razón. El contexto social, económico, político, cultural, etc., en el que Napoleón invadió Rusia no tenía parangón alguno con las circunstancias en las que Hitler ordenó repetir la operación casi 130 años después. El historiador profesional busca por sistema analogías y parecidos; pero el militar que intente hacerlo para el mejor cumplimiento de su misión, ignorando los demás parámetros de la época, fracasará inevitablemente.

Algunos historiadores académicos atribuían a Jerjes el mando de dos millones y medio de soldados cuando atacó a Grecia en el 481 a.C., hasta que alguien más versado en la milicia demostró la imposibilidad logística de tal operación. Por otro lado, más de un militar metido a historiador ha atribuido a los caudillos medievales formas de pensar la guerra que solo aparecieron al concluir el siglo XVIII, tras la Revolución Francesa. Ni unos ni otros pueden acreditar fiabilidad objetiva. Menos todavía, cuando un texto de historia de la guerra se elabora para disimular la verdad, si ésta no es propicia a quien lo redacta, o para exagerar los hechos que favorecen a ciertas opiniones o ideologías, lo que es común en dictaduras y otros regímenes autoritarios.  

De cualquier modo, los textos relacionados con el hecho bélico siguen siendo de especial interés para la humanidad y requerirán de sus autores la habilidad necesaria para extraer cierto orden inteligible de entre "el miedo, el peligro y la confusión" que Clausewitz ya percibió en toda guerra. Solo así se podrá entender ese fenómeno caótico, imprevisible e intermitente que es la guerra, tan distinto de cualquier otra experiencia humana.

Publicado en República de las ideas el 27 de febrero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/02/27 17:56:13.329022 GMT+1
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2020/02/20 11:22:40.658973 GMT+1

Juegos de guerra en el Ártico

Durante el próximo mes de marzo se van a realizar unas importantes maniobras militares en el entorno del cabo Norte, el extremo más septentrional del continente europeo. Cerca de 7500 soldados estadounidenses se unirán a otro contingente similar de fuerzas de la OTAN para rechazar un supuesto ataque ruso en el norte de Laponia, donde Noruega y Rusia comparten unos kilómetros de frontera.

            Bajo el nombre codificado Cold Response 2020, los ejércitos otánicos prevén "realizar unos ejercicios conjuntos multinacionales en un teatro de operaciones de gran intensidad bajo las exigentes condiciones invernales", según se lee en un documento noruego.

            Aunque pudiera parecer un ejercicio más de los que la Alianza realiza periódicamente, ahora se trata de jugar a la guerra en una zona que Rusia considera vital para sus intereses, lo que eleva el grado de peligrosidad.

            Se prevé efectuar desembarcos navales en las costas de Noruega para poner en servicio el armamento y material "preposicionado" en varias cuevas de este país, en previsión de ser utilizado en caso de conflicto. Desde la 2ª Guerra Mundial no se habían visto operaciones de tanta envergadura en las duras condiciones del invierno ártico.

            Pero es motivo de preocupación el hecho de que a poca distancia de la zona donde tendrán lugar estas maniobras se halla el gran puerto ruso de Murmansk, situado en la península de Kola, en la que está instalada gran parte de la capacidad de respuesta nuclear de las fuerzas armadas rusas. Constituye, además, la única salida de su flota de guerra hacia las aguas abiertas del Atlántico, pues otras salidas marítimas de Rusia (al mar Báltico o al mar Negro) están controladas por países de la OTAN.

            Y así como el estrecho de Ormuz es bien conocido por ser la ruta obligada para los productos petrolíferos de los países del golfo Pérsico, las aguas internacionales que bordean por el Norte la península escandinava son camino forzoso, no solo para la flota comercial rusa que exporta los hidrocarburos del norte del país sino también para su flota de combate y para los submarinos nucleares, la ultima ratio regis del Kremlin en caso de un conflicto total.

            Lo que sería una tercera guerra mundial, que nadie desea evocar pero cuyo espectro planea sobre la humanidad cuando juegan a la guerra ejércitos provistos de gran potencial nuclear, como es el caso actual.

            Según la estrategia oficial rusa, en una guerra contra EE.UU. sus misiles intercontinentales y su aviación podrían destruir las fuerzas nucleares rusas con base terrestre pero no los submarinos nucleares, que se abrirían camino hacia el Atlántico bordeando la península escandinava.

            Por eso, una posible derrota de las tropas terrestres rusas en esta zona, que es lo que las maniobras citadas pretenden ensayar y mostrar al mundo, pondría en peligro gran parte del arsenal nuclear ruso, por lo que el recurso a la guerra total se aproximaría muy peligrosamente.

            Desde que Moscú se hizo con armas nucleares en 1949, el temor a una guerra total se ha vislumbrado en algunas ocasiones y ha influido en la vida de muchos pueblos, distorsionando a menudo la percepción de la realidad y generando psicosis bélicas en algunos momentos. Desde la descomposición de la Unión Soviética en 1991, el temor se fue alejando progresivamente, pero algunos de estos nuevos juegos de guerra, tan descaradamente ejecutados cerca de la frontera rusa, pueden crear situaciones que superen el límite de lo razonable.

 

Publicado en República de las ideas el 13 de febrero de 2019

Escrito por: alberto_piris.2020/02/20 11:22:40.658973 GMT+1
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2020/01/30 18:47:20.194626 GMT+1

Un plan sin esperanzas para los palestinos

Una de las reacciones del presidente palestino Mahmud Abbas ante el llamado "acuerdo del siglo", presentado el pasado martes en la Casa Blanca en presencia de Netanyahu, fue íntima y personal: "Ningún niño palestino, árabe, musulmán o cristiano puede aceptar un Estado palestino que no tenga la capital en Jerusalén".

Era otro modo de declarar que el plan propuesto por Trump y recibido con alborozo por Netanyahu (a quien muchos comentaristas atribuyen su preparación) satisface los deseos israelíes en los aspectos básicos de este centenario conflicto e ignora a su pueblo.

En él se establecen las fronteras que separarán a ambos Estados; se decide el destino de los asentamientos ilegales israelíes en territorios ocupados; el estatus de Jerusalén y el futuro de los emigrados palestinos. Son los aspectos que deberían haber sido solucionados, sin intermediarios, entre la Autoridad Palestina y el Gobierno de Israel. Pero no ha sido así porque, cuando Trump reconoció en 2017 a Jerusalén como capital de Israel, la Autoridad Palestina rompió el contacto con EE.UU., que replicó cancelando toda ayuda directa o indirecta a Palestina y rechazando la ilegalidad de los asentamientos.

En realidad, este plan es una especie de ultimátum: o se acepta la propuesta de Trump o no hay nada que esperar. El mismo Trump afirmó que "podía ser la última oportunidad para los palestinos".

Para mayor desconcierto, se decide que los territorios que en el "mapa de Trump" son palestinos "permanecerán abiertos y sin desarrollar durante cuatro años". Es el plazo que se da a los palestinos para estudiar el acuerdo, negociar con Israel y "definir los criterios de la estatalidad".

En resumen: el Estado que se ofrece al pueblo palestino está mutilado. La capital palestina podrá estar en los suburbios orientales de Jerusalén, pero no en el Jerusalén Oriental, ocupado por Israel en 1967, como era el deseo histórico palestino. El centenar y medio de asentamientos ilegales construidos desde entonces, donde residen 600.000 judíos israelíes, han quedado legalizados automáticamente, contraviniendo los acuerdos de la ONU. Es también la ONU la que sostiene más de 5,5 millones de refugiados palestinos expulsados de sus tierras durante la guerra de 1948-49, que jamás podrán regresar.

El presunto "acuerdo del siglo" es más un objetivo electoral para la campaña de Trump que un plan de paz en Palestina que tenga presentes los intereses de los pueblos implicados.

En mayo de 2019 escribí en estas páginas un comentario ("Israel: el explosivo de acción retardada") que concluía así:

"En la actual situación, Israel sigue aparentando ser una democracia, aunque sea un Estado donde gran parte de la población carece de muchos derechos políticos. No merece la pena discutir sobre la anexión de Cisjordania, se comenta en Palestina: 'Lo que hay que discutir es por qué la actual situación se ha ido desarrollando y profundizando a plena luz desde hace muchos años, sin que la comunidad internacional haya hecho nada por impedirlo'. La mecha sigue encendida y no puede anticiparse cuándo estallará otra vez ese barril de pólvora".

No se ven razones que hagan pensar que el plan propuesto por Trump vaya a modificar esta inquietante perspectiva.

Publicado en Republica de las ideas el 30 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/30 18:47:20.194626 GMT+1
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2020/01/23 18:34:45.889501 GMT+1

Las redes sociales y el deterioro democrático

La proximidad del nuevo enfrentamiento electoral para la presidencia de EE.UU. ha llevado a bastantes analistas de ese país a estudiar las circunstancias que facilitaron el triunfo de Trump en 2016 y extrapolar lo que pueda ocurrir en 2020.

Si por un lado, para muchos de ellos la influencia de la prensa habitual fue parecida a la de "un predicador durante el rezo diario en una iglesia vacía" (en palabras de Emily Bell, directora de la Escuela de periodismo digital de la Universidad de Columbia), el peso que basculó la balanza del apoyo popular en favor del multimillonario neoyorquino estuvo en Facebook.

A pesar de las repetidas elecciones a las que los españoles hemos estado sometidos recientemente, no se han visto en España estudios similares sobre el peso de los medios de comunicación en los resultados alcanzados. Y como todo lo que nace al otro lado del Atlántico acaba enraizado entre nosotros, no parece inútil comentarlo aquí.

Un directivo de Facebook declaró hace poco que el triunfo de Trump fue debido a que "desarrolló la mejor campaña publicitaria digital que jamás haya organizado publicista alguno". Dijo que su empresa no apoyará a ningún candidato y solo intervendrá en la campaña como "un vehículo de publicidad específicamente orientada, cuando se le pague para que lo haga".

Comentó que Facebook no comprobará la veracidad de los hechos publicados ni rechazará afirmaciones falsas, para desolación de los que velan por la transparencia electoral. Atribuyó esto a dos razones: 1) carece de medios y personal para hacerlo, y 2) algunos de sus principales clientes (Gobiernos y partidos políticos) no lo desean.

Durante la campaña de 2016, mientras Clinton propagó unos 66.000 anuncios electorales, el equipo de Trump publicó casi seis (5,9) millones; todos eran distintas variantes que se creaban para objetivos específicos y cuyos efectos se comprobaban. Persuadir a las personas, tanto para que voten como para que compren un producto, solo se logra mediante mensajes bien puestos a prueba. Nada implica que deban ser ciertos y verdaderos, sino que encuentren una vasta aceptación.

Se ha estudiado bien cómo la información y la desinformación jugaron un importante papel en la citada campaña. En los cuatro años transcurridos desde entonces, según Bell, se ha aprendido "que los políticos puede ser elegidos sin aparecer en los medios de comunicación. Presidentes y primeros ministros pueden alcanzar el éxito mintiendo y rehuyendo el escrutinio público". Esto parece ya un fenómeno de alcance universal.

Así pues, muchos políticos advierten que no ganan nada con someterse a ruedas de prensa o entrevistas, aunque sean realizadas con buena fe y sin mala intención. Les resulta más eficaz manifestarse en las redes sociales donde, como en Facebook, saben que no van a ser desmentidos ni puestos en evidencia.

Trump es el verdadero experto en esta cuestión, que viene gobernando EE.UU. a través de sus tuites, con los que se comunica con la población y, a veces, hasta con miembros de su propio Gobierno. Además, considera a los principales medios de comunicación "enemigos del pueblo" cuando no le apoyan directamente y los ataca sin compasión.

Teniendo en cuenta que todo proceso democrático comienza con una pugna electoral, el resultado es que si el que desarrolla la mejor campaña digital fraudulenta es el que gana las elecciones, la responsabilidad de tan grave deterioro de la democracia no es solo de quien planifica la campaña mentirosa sino también del vehículo (Facebook, Twitter, Google, etc.) que la hace llegar a los ciudadanos.

Tanto éstos como sus gobernantes habrán de tomar cuenta del peligro que a todos nos acecha y tomar las medidas necesarias para proteger la democracia, tan vulnerable siempre ante los que la utilizan para destruirla.

(Traducción del tuit reproducido en la figura: "A pesar de los más hostiles y corruptos medios de la historia política de EE.UU., el Gobierno Trump ha logrado en sus dos primeros años más que cualquier otro. Judicatura, grandes rebajas en impuestos y controles, seguridad social para los veteranos, una economía mejor, mínimo desempleo... ¡y mucho más!")

Publicado en República de las ideas el 23 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/23 18:34:45.889501 GMT+1
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2020/01/16 17:47:2.777761 GMT+1

Lo que ya se veía venir: asesinatos oficiales a distancia

En junio de 2012, el New York Times publicó un resonante artículo en el que se explicaba cómo el presidente Obama participaba personalmente en la selección de aquellas personas que debían ser eliminadas por los drones de la CIA en cualquier parte del mundo.

Lo de los drones era ciertamente asunto de actualidad y Obama había intensificado su uso, pero que la CIA se encargara de tales menesteres no era nada nuevo. En épocas anteriores había intentado envenenar a Lumumba, posteriormente asesinado con colaboración belga. También planeó asesinar a Fidel Castro. Con su intervención fueron eliminados el dictador dominicano Trujillo, el vietnamita Diem y Osama bin Laden, entre otros.

Pero es interesante advertir que en ese mismo mes y como consecuencia del artículo antes citado, el digital estadounidense tomdispatch.com publicaba lo siguiente: "Esté usted seguro de una cosa: sea quien sea el candidato que usted elija en noviembre [cuando Obama resultó reelegido], usted no está eligiendo al presidente de los EE.UU.: está eligiendo al asesino-en-jefe".

En él se explicaba cómo se estaba abriendo una nueva etapa en la historia de la "presidencia imperial", muy distinta de la anterior, en la que los presidentes no se manchaban las manos con los enredos de esos asesinatos y los desmentían sin dificultad. Ahora, añadía, hay "un presidente (o su equipo electoral) que ha reunido a los asesores, ayudantes y otros asociados para preparar una historia cuyo fin es difundir el orgullo colectivo de ese grupo ante la nueva posición del asesino-en-jefe", que era precisamente lo que narraba el artículo del NYT para apoyar a Obama durante la precampaña electoral.

En los últimos años de la presidencia de Obama, se discutió sobre la precisión de los drones y en 2013 el Secretario de Defensa aseguraba que "los daños colaterales se limitan mejor con drones que con bombardeos, incluso usando bombas de precisión". Nunca se llegó a demostrar esto.

La reciente eliminación de un alto mando militar iraní, que agravó la tensión internacional la pasada semana, es el remate de todo lo anterior, porque Trump alardeó públicamente de que él mismo, en persona, había sido quien tomó la decisión de eliminar al general Soleimaní de la forma en que se hizo.

Desde la llegada de Trump al poder, la escalada ha sido evidente. Los tímidos controles que había establecido Obama para lavar la cara a los asesinatos selectivos enseguida fueron suprimidos. Se dejaron de publicar los datos sobre bajas civiles y se ocultó a los medios lo relacionado con las operaciones de los drones. Esto era lógico en alguien como Trump que, al serle explicada sobre las pantallas una operación de ese tipo, preguntó al oficial de servicio por qué no había aprovechado la ocasión para matar también a la familia del terrorista. Incluso está cambiando el vocabulario utilizado en EE.UU.: lo que antes la prensa solía llamar targeted killing (algo así como "destruir al objetivo seleccionado") se empieza a denominar simplemente assassination.

Los datos verificados muestran que en el primer semestre del pasado año los ataques aéreos y con drones en Afganistán han asesinado a más personas que los talibanes, como se leía en The Wall Street Journal. Ataques contra festejos y bodas, contra granjas y otros lugares habitados, que mataban mujeres embarazadas o niños en las escuelas.

La amenaza de Trump de destruir "bienes culturales" sirios ha sido quizá el ápice de esta fiebre aniquiladora. Preocupa en los sectores menos "trumpófilos" de EE.UU. el peligro que representa para el país y para el mundo un presidente que conscientemente alardea de su autoridad legal para destruir y asesinar sin ningún control exterior. Es muy probable que en 2020 presenciemos acontecimientos inéditos de esta índole y que sepamos de ellos leyendo los triunfales tuites enviados desde el despacho oval de la Casa Blanca.

Publicado en República de las ideas el 16 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/16 17:47:2.777761 GMT+1
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2020/01/09 17:20:0.820181 GMT+1

El desafío entre Irán y EE.UU.

Desde alguna de las bases a las que se refería mi anterior comentario (Los tentáculos del poder: las bases militares) despegó el dron que mató en Bagdad el pasado 3 de enero a uno de los más significativos generales iraníes. Y desde algunas instalaciones del ejército iraní han sido disparados, horas después del entierro del general Soleimaní, varios misiles contra dos bases del ejército estadounidense en Irak.

Con esta acción, el Gobierno iraní parece haber cumplido su amenaza de "una venganza severa", mediante una agresión equiparable a la sufrida. Ni superior, para no crear una espiral de peligroso desarrollo, ni inferior, para no perder prestigio ante su pueblo. La multitudinaria reacción popular durante las exequias del general lo hizo obligado.

Oficialmente, Teherán argumenta que se ha limitado a ejercer lo dispuesto en el Art. 51 de la Carta de NN.UU., relativo a "el derecho inmanente de legítima defensa", y asegura que no pretende escalar la tensión.

Cómo pueda reaccionar ahora EE.UU. depende de muchos factores, pero Trump ya levantó una gran polémica al amenazar con la destrucción de 52 objetivos "de gran importancia para Irán y su cultura". El eco de esa amenaza resonó en la ONU, donde se recuerda que ese tipo de acciones se considera un crimen de guerra en la legislación internacional.

Lo que ahora pueda ocurrir dependerá de la imprevisible correlación entre las decisiones espontáneas de Trump (como matar a Soleimaní) y otras declaraciones anteriores (como la de desentenderse gradualmente del Oriente Medio).

Conviene repasar algunas de sus más recientes afirmaciones a este respecto. Antes de reunirse en julio de 2019 con el primer ministro paquistaní, dijo que tenía planes para Afganistán de tal manera que, si él deseara ganar esa guerra, Afganistán sería borrado de la faz de la Tierra. Precisó: "Si quisiéramos ganar la guerra de Afganistán, yo podría hacerlo en una semana. Pero no quiero matar a 10 millones de personas". Poco después, en septiembre del mismo año, insistió: "Hemos sido muy eficaces en Afganistán. Y si quisiéramos aplicar cierto método de guerra, ganaríamos muy pronto, pero morirían muchos, muchos, en verdad: decenas de millones de personas".

Parecía ignorar que cualquier método de guerra que produjera 10 millones de víctimas luchando contra un enemigo de unos 50.000 talibanes sería una flagrante violación del derecho internacional que le convertiría en un criminal de guerra. Su capacidad para agredir verbalmente anunciando enormes catástrofes (como hizo con Corea del Norte) es habitual en Trump pero no ha creado, felizmente y por el momento, consecuencias irreversibles.

Para Trump, el asesinato del general iraní fue una acción preventiva más en la lucha antiterrorista. Para Teherán, por el contrario, fue una clara declaración de guerra, como pudo ser el ataque japonés a Hawai o el atentado terrorista contra las Torres Gemelas. El prolongado desafío entre EE.UU. e Irán ha avanzado una etapa más: si continuará o se detendrá en este punto es algo que hoy no puede asegurarse.

No atienda el lector a las catastróficas predicciones de algunos agoreros. Nada de lo anterior apunta a lo que podría ser una tercera Guerra Mundial. Se trata de un conflicto regional, muy peligroso, pero que no afecta directamente a Europa, China o Rusia y ni siquiera a la OTAN. La muerte del general Soleimaní no es el equivalente del atentado de Sarajevo en 1914 contra el heredero austrohúngaro.

Pero hay una conclusión inmediata. Tan eficaz modo de asesinar a distancia ha regalado una valiosa publicidad a los fabricantes de los diversos artilugios de ataque en profundidad y seguimiento de objetivos lejanos. Seguramente ellos serán los únicos beneficiarios de esta última trasgresión de las leyes internacionales, gracias a la fuerza bruta de quien mejores medios tiene para ejercerla. Una nefasta lección para el futuro bélico de la humanidad.

Publicado en República de las ideas el 9 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/09 17:20:0.820181 GMT+1
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2020/01/02 17:33:23.024249 GMT+1

Los tentáculos del poder: las bases militares

Han circulado noticias de que EE.UU. desea reforzar su presencia militar en la base de Rota. Aunque el Ministerio de Defensa español ha anunciado que no existe petición oficial alguna al respecto, no es superfluo poner al alcance de los lectores el contexto en que tendría lugar esa operación si se llega a producir.

La base aeronaval de Rota, a pesar de su importancia estratégica y las polémicas que en ocasiones suscita en España, es un eslabón más en una vasta constelación de instalaciones militares que EE.UU. despliega por todo el planeta. Según el inventario oficial de bases del Pentágono, el Departamento de Defensa posee un conjunto de 514 infraestructuras repartidas en 45 países extranjeros. Alemania (con 194 instalaciones) y Japón (121) encabezan la lista, seguidos por Corea del Sur (83).

Los analistas especializados estiman, por el contrario, que el número total de establecimientos militares de EE.UU. fuera de sus fronteras es superior a 800. Es difícil asegurarlo porque, aparte del secreto con que el Pentágono trata esta cuestión, las diversas instalaciones reciben nombres variados y la palabra "base" es la menos común.

Algunas se denominan MSS, siglas inglesas de "instalación de apoyo a la misión". Otras son "temporales" o "contingentes" (TCL) o incluso "semipermanentes" (CSL), y también "avanzadas" (FOL). No cansaré al lector: tanto la actual base de Rota como el conjunto de antenas que EE.UU. utilizaba en territorio español durante la Guerra Fría para las emisiones de Radio Free Europe/Radio Liberty son distintos tipos de base al servicio de los intereses de EE.UU.

Pero lo que EE.UU. puede desear para la base aeronaval de Rota está evidentemente orientado hacia África. Es aquí donde más ha crecido el número de instalaciones desde que en 2008 se creara el AFRICOM (Mando de África). Hasta entonces, el corazón de la presencia militar de EE.UU. en África era el conocido Camp Lemonnier, situado en Yibuti. Esta base cobró triste fama con motivo de aquellos viajes de traslado de presuntos terroristas torturados en prisiones secretas de Oriente Medio y recluidos después en Guantánamo. Las escalas y sobrevuelos de esos transportes clandestinos en algunos países europeos causaron un grave escándalo que Washington trató de silenciar bajo la consigna de la "cruzada antiterrorista" de Bush.

En la actualidad, como se observa en la figura adjunta (extraída de tomdispatch.com), existen instalaciones de distinta naturaleza que cubren el territorio africano, con especial densidad en el África Subsahariana y el "cuerno" de África. Esto es consecuencia del mayor número de misiones realizadas, abiertas o secretas, que abarcan desde la formación o instrucción de ejércitos locales hasta los ataques selectivos mediante drones, multiplicados desde la época de Obama.

Un investigador británico del Oxford Research Group afirma que AFRICOM es "un laboratorio para distintos tipos de guerra y distintas formas de desplegar las fuerzas". Y aclara: "Fuera de Yibuti apenas hay grandes acumulaciones de tropas o material y ni siquiera aviación. Existe una infinidad de pequeñas bases avanzadas (conocidas como lily pads) de modo que pueden desplegar fuerzas limitadas en amplios espacios y concentrarlas rápidamente si es necesario". El lector reconocerá aquí la vieja táctica de la guerrilla, dispersa y embebida en terreno propio y bien conocido, la que Mao aprendió de los guerrilleros españoles de 1808, pero llevada a cabo con los más modernos sistemas tecnológicos de combate, observación y comunicaciones.

Conocida como New Normal, esta forma de luchar nació tras el ataque en 2012 contra Bengasi (Libia), donde murió el embajador de EE.UU., y permite que las fuerzas de EE.UU. puedan cubrir casi todos los países del centro y oeste africanos.

Con Rota y Morón en el extremo occidental del Mediterráneo, la base de Sigonella en Sicilia, centrada en este mar, y Camp Lemonnier a la salida oriental del Mar Rojo, tres bases aeronavales de gran entidad y potentes medios, EE.UU. controla una zona de gran interés estratégico. Y lo hace diseminando instalaciones de menor entidad, con menos impacto local, y recurriendo a las fuerzas de Operaciones Especiales para ejecutar las misiones de combate.

Es esta red de bases la que confiere a EE.UU. la categoría única de gran potencia mundial, que tímidamente intentan copiar los aspirantes a serlo en el futuro, como China o Rusia.

Publicado en República de las ideas el 2 de enero de 2020

Escrito por: alberto_piris.2020/01/02 17:33:23.024249 GMT+1
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2019/12/26 18:38:29.707149 GMT+1

Balance de un año inquietante: 2019

A lo largo del año que ahora está concluyendo, en esta página de República de las ideas, orientada hacia cuestiones de política internacional, se han venido tratando asuntos muy diversos. Podrán haber sido desarrollados con mayor o menor acierto pero siempre con una decidida voluntad de informar al lector con claridad y ateniéndose en lo posible a la veracidad de los hechos que en estas columnas se comentan.

Parece costumbre habitual en casi todos los medios de comunicación hacer algún balance anual de resultados, en el que obligadamente se suelen valorar o clasificar los asuntos tratados por su importancia o por la repercusión que, en último término, puedan tener sobre los lectores. Es asunto complejo que depende de circunstancias subjetivas y donde las simplificaciones son siempre arriesgadas pero ayudan a retener los aspectos más señalados de todo un año de actividad. Correré el riesgo.

En estas páginas se han tratado en varias ocasiones los efectos que la llegada de Trump a la Casa Blanca ha producido en varios escenarios de la política internacional: militar, económico, diplomático y geopolítico, sobre todo. Recientemente, el inicio de un proceso interno de destitución ha puesto en entredicho algunas seguridades que parecían asentadas y deja en el aire un final del todo impredecible pero cuyos efectos serán duraderos.

Si las vicisitudes de la política interior de EE.UU. inciden con un efecto multiplicador en la vasta comunidad de Estados, hay también otras cuestiones que lo hacen con igual o mayor repercusión: el terrorismo internacional es la más evidente y, año tras año, viene dejando sus huellas de sangre sobre el planeta.

La quiebra de la vieja bipolaridad, que ya es tripolaridad y amenaza con convertirse en multipolaridad, ha desestabilizado muchos conceptos previos sobre los que se desarrollaba el juego de poder entre las grandes potencias.

La evolución tecnológica, que mantiene en permanente transformación tanto las armas como los demás instrumentos necesarios para el funcionamiento de los Estados, ha sido también objeto de varios comentarios. La robótica y la inteligencia artificial están creando el germen de futuros problemas económicos y sociales que habrá que prever con tiempo. Y esa evolución imparable, fruto obligado del capitalismo actual, está acelerando las ya notables diferencias entre los poseedores y los desposeídos, raíz de conflictos de muy diversa tipología.

Si todo lo anterior, junto o por separado, es ya inquietante, nada de ello sería la respuesta a la pregunta inicial: De todos los asuntos tratados durante 2019 en estas páginas ¿cuál se considera el más decisivo? La respuesta, para quien esto firma, está clara: la emergencia climática, que amenaza a plazo fijo el futuro del planeta y, por tanto, de la humanidad.

Es significativo que este asunto fue comentado ya en febrero de este año, con motivo de la espectacular proyección mundial del "caso Greta Thunberg", y posteriormente en otras ocasiones hasta la pasada semana, con motivo de la Conferencia COP25 celebrada en Madrid.

Si 2019 ha sido un año importante en muchos aspectos internacionales, donde se ha transformado el sistema de vectores de poder entre bloques y Estados de todo el mundo, lo más decisivo que ha aportado a la humanidad ha sido la globalización a todos los niveles de la preocupación que la verdadera ciencia siente por el aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera de la que vivimos.

La supervivencia de la humanidad está en juego. Es de desear que esta misma frase no sea repetida, año tras año, cada vez que en todo el mundo vayan sonando las campanadas que ponen fin a otro Año Viejo. Porque si es así, será ya tarde.

Publicado en República de las ideas el 26 de diciembre de 2019

Escrito por: alberto_piris.2019/12/26 18:38:29.707149 GMT+1
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