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2017/05/02 19:00:00 GMT+2

8 años ya sin Javier

Las personas más cercanas a la PWJO sabéis que el pasado viernes, 28 de abril, se cumplió el 8º aniversario ya del fallecimiento de nuestro querido Javier.

Tal y como comentamos hace algunos meses, continuamos trabajando para que todo el material de "Diario de un resentido social" y "Apuntes del natural" esté en esta plataforma a entrada por artículo o apunte (y no como ahora, con colecciones semanales). Vamos a buen ritmo, pero algo más despacio de lo que pensábamos. Es igual: no hay prisa.

Con motivo del aniversario de su muerte, hicimos dos cosas.

1.- Animar a la gente a escribir opiniones positivas de Javier en Twitter.

2.- Un post en Facebook: 8 años sin Javier.

Además, Pako Belmonte escribió en esta web un recordatorio titulado "Sin la parranda de Joe". No hace falta que os diga que es muy recomendable.

Twitter tiene desde hace algún tiempo una nueva herramienta que se llama "Momentos" y sirve para recoger en un único enlace varios tuits. Aquí abajo os dejo los que forman #8añossinJOR.

Muchas gracias y un fuerte abrazo a todas las personas que le siguen echando de menos.

P. S.: si alguien echa en falta algún tuit en la relación, puede enviarnos un mensaje o dejar un comentario aquí abajo.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2017/05/02 19:00:00 GMT+2
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2017/03/03 08:00:00 GMT+1

Nosotros no olvidamos

A lo largo de la Historia de las sociedades burguesas, no han faltado los regímenes que han intentado en algún momento frenar su hundimiento tratando de amedrentar a sus enemigos con una violencia de pretensiones "ejemplares". Con ejecuciones "ejemplares", por ejemplo. Digamos rápidamente que las ejecuciones "ejemplares" no han sido privilegio exclusivo de las dictaduras fascistas. En momentos cruciales, las democracias parlamentarias -burguesas- han recurrido también a ello. Los Estados Unidos, paraíso democrático, sentaron en la silla eléctrica a Incola Sacco y Bartolomeo Vanzetti tras un proceso que ahora la propia Justicia yanqui califica de "injusto". También los esposos Ethel y Julios Rosemberg fueron ejecutados tras un proceso farsa similar, en plena era maccarthista, acusados de un tan misterioso como inexistente "espionaje" a favor de la URSS. ¿Hará falta recordar que un tal François Mitterrand, ministro de Justicia, llevó a la guillotina también a un militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia, asimilando la guerrilla anti-colonial al bandidaje puro y simple? La lista sería interminable...

Pero los regímenes fascistas se han distinguido por su recurso particularmente sistemático y cruel a la pena de muerte. En ocasiones, sin tomarse siquiera el trabajo de darle una envoltura jurídica: se coge y se mata, y cuanto más mejor. En otras, con envoltura jurídica. De esos casos, en este tiempo y en estas tierras, nos ocupamos en un informe que publicamos en las páginas interiores. Casos que se llaman Grimau, Granados, Delgado, Puig, Otaegi, Txiki, García Sanz, Baena y Sánchez Bravo: nueve nombres que nosotros no olvidamos. Y aquí hay algo que nos interesa dejar muy claro desde ahora mismo. Ese "nosotros no olvidamos" no viene de que nos anime ningún particular rencor, ninguna particular sed de venganza. No nos anima ni más rencor ni más sed de venganza que la que alimentaban los jueces de Nuremberg. Por ejemplo. Lo que nos anima es un deseo, una voluntad firmísima de que a esos nueve nombres no se añadan en un futuro próximo un décimo, un undécimo... Lo que nos mueve es la intención de impedir que se vuelva a las andadas. Y para impedir que se vuelva a las andadas hay que poner la vista encima de los que anduvieron. Porque los que hacen un cesto pueden hacer ciento. Eso es tanto más importante cuanto que aquí nadie parece dispuesto a devolver a cada cosa su nombre. Cuanto que los del cesto de ayer no sólo andan sueltos, sino que siguen teniendo en sus manos no pocas de las riendas del Poder. No descubrimos nada nuevo, desde luego. Son muchos los que esto se lo saben de memoria. La diferencia es que nosotros lo decimos.

Ramón Collar (seudónimo de Javier Ortiz). Revista Saida. Nº 4, 15 de septiembre de 1977.

Han pasado casi 40 años desde que Javier escribiera estas líneas. Estos días estamos también de aniversario por la llamada primavera de Reinosa, 1987 (Reinosa debe vivir ha escrito recientemente Marcos Gutiérrez) y hoy es el aniversario de los sucesos de Vitoria: 3 de marzo, Vitoria, 1976 (Javier escribió: Recuerdo de un 3 de marzo en 1999).

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2017/03/03 08:00:00 GMT+1
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2017/02/22 08:00:00 GMT+1

La Albufera, un lago frente al abismo

A pocos kilómetros al sur de la ciudad de Valencia se extiende uno de los parajes naturales de mayor riqueza medioambiental, no ya de la península, sino de Europa entera: es el ecosistema que tiene al lago de la Albufera como centro. Víctima de un desarrollo industrial tan fuerte como mal planificado, rodeada de un amplio abanico de núcleos urbanos que utilizan el lago como destino de sus vertidos y sometida a expolios y desconsideraciones sin cuento, la Albufera está hoy en un punto crítico que bien puede calificarse de límite: un poco más allá, el desastre será ya irreversible. Tratando de poner coto a esta situación, la Generalitat Valenciana acaba de declarar al conjunto del ecosistema albufereño Parque Natural. Queda por delante la necesidad de un intenso esfuerzo de recuperación y de reestructuración del conjunto de actividades contaminantes que allí se desarrollan.

De entre todos los colectivos implicados, uno destaca por la urgencia con que reclama la puesta en práctica de las mediadas que el Decreto de Parque Natural anuncia. Hablamos de los pescadores de la Albufera, que tiene en la localidad de El Palmar su centro más importante. HOJA DEL MAR ha visitado la Albufera, ha entrevistado a las diferentes partes concernidas y ha recorrido El Palmar. Una parte de la información recogida da cuerpo al presiente dossier, en cuya redacción han colaborado Juan de Damborenea, José Manuel Montero Llerandi y Javier Ortiz. Antonio Girbés realizó las fotografías.

Hay veces que el agua se torna de un verde oscuro, inquietante. El cielo es entonces gris, y el horizonte se aploma, anunciando la vecina tormenta. Pero aquí no es eso. El agua de la Albufera se ha vuelto in­trínsecamente verde, y verde queda aunque el sol brille fu­rioso, y tinta en verde sigue incluso cuando salta al cho­car contra la quilla de la bar­ca.

Me acuerdo cuando venía con mi padre – dice el pesca­dor–. Tiraba una perra gor­da, y la veíamos caer hasta el fondo, y allí se quedaba bri­llando. Y decía: «El agua está demasiado transparente. No es buen día para la pesca.»

Ahora no es el verde de la esperanza, aunque haya quien diga que se ha abierto una ventana hacia ella. Es, ese sí, el verde de los billetes (miles, dólares) ambicionados por fabricantes, arroceros, cazado­res, dispuestos a teñir de co­lor papel moneda las aguas de esta mar pequeña –así la bautizó algún árabe– vendi­da por un rey al Ayuntamien­to de Valencia en tiempos no tan viejos.

Temps era temps... Hubo un tiempo en que la Albufera se extendía pletórica, y vivía entonces transparente, y peces y gambas cursaban a su an­tojo, y las cañas y el barro (tampoco era rica en aquel tiempo su ribera, don Vicen­te) se enseñoreaban del entor­no, patria de patos y garzas. Fue luego el turno de los aterraments, y las ciudades de desecho, y las industrias mortales.

A eso le llaman progreso, y sólo hay otra cosa más terri­ble: que lo fue.

Vaya que – asegura don Ramón, el viejo sacerdo­te de El Palmar–; entonces que se pescaba. Pero, como apenas pagaban por la pesca,, la gente era pobre. Ahora que la pagan bien, no se pesca casi nada.

Quizá sea por eso– insinuamos.

No, qué va. Es que todo ha subido mucho.

Ya.

Sólo la llisa ha aguantado bien el tirón venenoso del de­sarrollo. Las gambas se suici­daron poco a poco, pese al amoroso cuidado de los pes­cadores, que hasta las besa­ban antes de devolverlas al lago, si alguna caía en sus re­des. Anguilas, pocas quedan: apenas las necesarias para ali­mentar los platos de all i pe­bre local. Hay, eso sí, cangrejos del Mississipi, el viejo río hermano de los negros, que alguien trajo de Sevilla y que se reproducen con fervor, para angustia de los arroce­ros y satisfacción de los pes­cateros de Madrid, que se los llevan en masa. La Albufera se ha vuelto radicalmente darwiniana, como los tiem­pos: no sólo hace falta forta­leza para sobrevivir; es nece­sario también ser capaz de aguantar la corrupción del ambiente.

Decir que está contamina­da no es decir nada. Conta­minar, también la propia Na­turaleza contamina, arras­trando lodos, restos de vege­tación, animales muertos. La Albufera sufrió asimismo, a lo largo de los siglos, el im­pacto terrible de la desecación progresiva del lago, destinada a ampliar la zona de cultivo agrícola, del mismo modo que sus aguas fueron engullendo los desperdicios deja­dos por una población huma­na en continuo crecimiento. Fue mucho, pero no defi­nitivo.

Lo peor vino a traerlo nuestro tiempo, y tuvo tres vertientes desiguales, pero confluyentes en su significado de fondo. La primera, el des­pegue económico, con la apa­rición en la zona de varios miles de industrias –unas 3.000, según los más cautos­– que vierten sus desechos al lago. Algunas de ellas, como las de muebles, envían a las aguas productos particular­mente venenosos, que produ­cen efectos devastadores en flora y fauna. La segunda fuente procede de los vertidos urbanos, que hoy en día in­cluyen materias orgánicas y detergentes muy perjudiciales para el entorno. En fin, en el escalón inferior de la cadena aparecen los productos químicos fitosanitarios utilizados en la agricultura intensiva. Todo ello combinado, la Al­bufera acabó por transfor­marse en un verdadero museo de la toxicidad, hasta llegar al punto límite actual, en el que el adjetivo «irreversible» se encuentra al alcance de la mano.

Y los de El Palmar es ahí donde pescan. No sólo ellos, pero sí ellos sobre todo, como integrantes de la más vieja y representativa de las comuni­dades pesqueras de la Albu­fera.

Pero situémonos. Empece­mos por decir –no es obliga­torio saberlo– que estamos hablando de un gran lago de agua dulce asentado a unos 15 kilómetros al sur de la ciu­dad de Valencia, pegado a la costa mediterránea y separa­do del mar por una estrecha franja de tierra, dehesa bautizada con el nombre de El Sa­ler. Su longitud y anchura media es de unos seis kilóme­tros y está rodeada en el res­to de su orilla por grandes arrozales. Del lado de la De­hesa, cuyo brazo tiene algo más del kilómetro de anchu­ra media, se junta al mar en tres puntos, en los que se sitúan las compuertas o golas por las que, cuando así se de­cide, desagua, y a través de las cuales recupera su memo­ria de vieja bahía.

Hay antiguos relatos, como el del romano Fausto Avieno, que permiten concluir que la Albufera se extendió en tiem­pos desde el río Turia hasta el Júcar, que desembocaban en ella. Tendría entonces una superficie aproximada de 30.000 hectáreas. Para el siglo XVIII éstas ya se habían re­ducido a menos de 14.000. Mediado el XIX, quedaban aún algo más de 8.000. A comienzos del XX, los aterra­ments aceleraron el trabajo desecador, dejando la exten­sión de lago en 5.000 hectá­reas, que en 1903 eran 3.400. A partir de ahí, continuó el recorte progresivo: 3.114 en 1903; 2.950 en 1944... Hasta llegar a las aproximadamente 2.000 hectáreas que suma ahora. El lago tiene una pro­fundidad media, de cerca de un metro.

Y, en medio, El Palmar, que fue en tiempos isla, y que hoy está unido por los aterra­ments al Saler y el interior, a través de una estrecha carre­tera de inverosímiles curvas. El Palmar, rodeado de arro­zales, como casi único here­dero de aquella Comunidad de Pescadores del Lago de Valencia a la que el rey Jau­me I otorgó el control de la pesquería local, y que llegó a dar sustento a millar y medio de pescadores. Vino 1927 y el gobierno de la Dictadura puso término al privilegio de los pescadores de El Palmar, que eran hasta entonces los únicos autorizados a pescar con el redolí (puntos fijos de pesca, asignados anualmente por sorteo) en toda la Al­bufera.

El Palmar pescaba enton­ces en las aguas del término municipal de Sueca, y en los de Sollana, Silla, Catarroja y Valencia– dice Jaume Ferrer, alcalde pedáneo de El Palmar y presidente de la Co­munidad de Pescadores–. Pero salió entonces una ley di­ciendo que cada término muni­cipal tenía derecho sobre sus aguas. Y luego vino la otra dic­tadura, y en 1952 nos quitaron aún más espacio. Nos dejaron sin media Albufera.

Jaume Ferrer pertenece a una saga que, hasta lo que la memoria alcanza, ha sido preeminente en El Palmar. Su abuelo fue ya primer jurado (presidente) de la Comunidad de Pescadores. Su padre unió a ese título, obtenido repeti­das veces en votación, el de alcalde pedáneo. El padre de este Ferrer era cabecilla blas­quista de la localidad y ami­go personal del líder político y novelista Vicente Blasco Ibáñez. Él proporcionó a Blasco la mayor parte de la información que permitió es­cribir la celebérrima Cañas y Barro, cuya acción se desarro­lla precisamente en El Pal­mar. Ahora, por esas cosas de la vida, cuando la gente de El Palmar habla de Cañas y Barro, no lo hace de la nove­la, sino de la serie de te­levisión.

En el puerto de Valencia, una sorprendente exposición, montada con gracia y gran despliegue de medios, evoca la vida y la obra de Blasco Ibáñez, y permite reconstruir el ambiente de la Albufera, tal y como era en las prime­ras décadas del siglo. Pocos motivos se encuentran para mitificar ese pasado: barra­cas, barro, miseria. Por para­dojas del destino, ahora que las artes de los pescadores vuelven casi vacías y el lago corre peligro de muerte, El Palmar se presenta como un pueblo limpio, con casitas só­lidas y bien acabadas, y sus habitantes parecen vivir, ya que no con desahogo, sí al menos al ritmo de sus necesi­dades primeras.

Está, por supuesto, el fruto de esas decenas de restauran­tes, todos de nombre obvio («Palmar», «Isla», «Lago», «Albufera», «Cañas y Barro», etcétera), sobre los que cae cada fin de semana una au­téntica nube de valencianos, dispuestos a disfrutar de la paella, el all i pebre, el arroz a banda y demás especialida­des del lugar. Formica, man­teles de papel, más de una uralita en el tejado: olvídense ustedes de las exquisiteces con que se regalan los que han montado su negocio de lujo en la dehesa del Saler, al otro lado de la orilla, a la vera de urbanizaciones turísticas que son una afrenta para la vista y un atentado para el ecosis­tema. Y está también, cómo no, lo que aportan las 3.000 anegadas de tierra, de las que sale un arroz cuya importan­cia no parece necesario men­tar: lo uno y lo otro permiten completar la economía de este pequeño pueblo de un millar de habitantes, muchos de los cuales siguen saliendo cada nueva temporada a pes­car, sea bajo las leyes colecti­vas del redolí, sea al riesgo del involant, en el que cada cual se las apaña como puede.

La llisa y el cangrejo –éste foráneo, y tal vez problemá­tico para el equilibrio del ecosistema acuático– son los únicos que acompañan a los pescadores en su empecinada lucha contra la degradación del lago. La producción de lli­sa (múgil) se ha cuadruplica­do en un cuarto de siglo, gra­cias a su resistencia frente a los contaminantes y frente a la disminución de oxígeno en el agua. En ese mismo perio­do, las capturas de carpa des­cendieron desde las 100 tone­ladas a cero; las de anguila (maresa y pasturenca) de 90 a 11; el llobarro (lubina), de 30 a nada. En las puertas de la Albufera, los pescadores del Perelló y el Perellonet han practicado tradicionalmente la pesca de la angula (de gran calidad por cierto, como lo prueba el hecho de que bue­na parte de su producción sea encaminada rápidamente... hacia Aguinaga). El descenso de las capturas de angula ha sido también muy notable (tal vez de un 90 por 100, lo que tiene que ver con las pérdidas sufridas por la población de anguilas, de las que las angu­las son larvas desarrolladas. Otras especies, como el fartet, el samaruc, el moixó, han de­saparecido ya de las aguas de la Albufera.

Todos los estudiosos reco­nocen que la comunidad pes­quera de El Palmar ha sido extremadamente cuidadosa del equilibrio ecológico del lago. Que ha combatido contra la contaminación, la pes­ca desconsiderada, la caza furtiva. Que llamó la atención sobre los problemas desde el mismo momento en que em­pezaron a mostrarse. El pes­cador de El Palmar tiene una mentalidad alejada de la que es norma en los puertos de mar: él es más bien un agri­cultor de la pesca. Conoce sus límites, los respeta; cuida el medio hasta los mayores ex­tremos.

Ahora vive en la confianza –o quizá, después de tanto desengaño, simplemente en la espera– de que el decreto que ha declarado la Albufera Parque Natural se lleve a la práctica. De que se frene la llegada de tanto veneno a las aguas del lago. De que no se les muera para siempre.

Javier Ortiz. Hoja del Mar, octubre de 1986.

Nota: publicación del Instituto Social de la Marina que ha tenido diversos nombres desde su surgimiento: "Hoja Informativa del Pescador" (1963), posteriormente la "Hoja del Mar" y, actualmente, "Mar". No recordamos quién nos hizo llegar este texto que permanecía escondido en una carpeta de "Pendientes", pero desde aquí le damos las gracias efusivamente.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2017/02/22 08:00:00 GMT+1
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2017/02/20 21:00:00 GMT+1

Estamos trabajando en ello

Seguro que nada más leer el título del apunte, muchas y muchos de vosotros os habréis acordado de Aznar, pero estas líneas no van sobre él. Tranquilidad.

Hemos pasado unas semanas reflexionando sobre diversos aspectos. Algunos de ellos tienen que ver con esta web.

En primer lugar, hemos decididido trasladar todo el material que está en la antigua PWJO a la plataforma que pusimos en marcha a comienzos de 2006. Varias personas nos hemos organizado para que los "Diarios de un resentido social" y los "Apuntes del natural" se lean cronológicamente en este "Desde Jamaica". La labor no es moco de pavo y nos llevará varios meses. Luego habrá que ver también qué hacer con el resto.

Si nos seguís en las redes sociales, quizá veáis "escapadas" como ésta (alguien ha publicado un apunte con fecha de este domingo y ha salido vía Facebook. Y ahí se quedará).

Sobre cosas que no tienen que ver con la web, por el momento no podemos adelantar nada. Nos gustaría meternos en algún que otro lío, pero no sabemos si seremos capaces de llevarlo adelante.

Si no decimos nada nuevo, seguramente será porque estemos trabajando en ello.

Un saludo.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2017/02/20 21:00:00 GMT+1
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2015/08/18 19:30:00 GMT+2

Rafael Chirbes en el homenaje a Javier Ortiz de abril de 2010

El pasado sábado, 15 de agosto, nos llegó una muy mala noticia: se había muerto Rafael Chirbes, escritor, periodista y compañero de correrías de Javier. Está ya casi todo dicho, pero repetiremos una vez más que tenemos una pena muy grande porque nos haya dejado Chirbes.

Intentando quitarnos de encima esa pena, queremos recordar hoy su intervención en el homenaje a Javier Ortiz que tuvo lugar en el Centro Koldo Mitxelena (KMK) de Donostia el 30 de abril de 2010, organizado por las Juntas Generales de Gipuzkoa (por iniciativa de Alternatiba). Rafa tuvo dos intervenciones. La primera está transcrita a continuación del vídeo y la segunda consistió en la lectura de este texto: A Javier Ortiz. Sí que os recomiendo que lo veáis hasta el final, porque Rafa consiguió que todos nos riéramos con una anécdota graciosa acerca de una palabra que puso en uno de sus libros atendiendo una sugerencia del corrector.

Así respondió a la primera pregunta de Mariano Ferrer (cómo conoció a Ortiz):

“Yo conocí a Javier a principios de los 80 por medio de excamaradas (yo había estado en Federación de Comunistas y no había llegado al MC, Movimiento Comunista) en la revista Servir al Pueblo. Recuerdo que estuvimos haciendo una entrevista... Perdonadme que me quedo en blanco.”

“De Javier siempre me sorprendió su capacidad para... No puedo hablar. Lo siento. (Aplausos) ¿Sabes qué pasa? Tengo vértigo pero aparte tengo esa sensación rara de que Javier se estaría riendo en estos momentos y diría 'No os he dejado: es que me he muerto, ¡coño!'

“Yo creo que la clave de Javier es que buscaba siempre saber el porqué de las cosas al margen de capillas, de historias, de partidos, de ideologías, y aunque atentara contra su salud o contra la nuestra. Y precisamente yo creo que le gustaba más cuando atentaba contra la nuestra, porque era una manera yo no sé si de masoquismo, de buscar la moral cristiana (que tampoco es tan mala porque ha dado a Caravaggio), o si era una manera... ¡yo qué sé! Pues a lo mejor de no dejar de ser nunca el adolescente o el niño que fuimos y que quería ajustar las palabras con la verdad y que tan difícil es muchas veces a medida que te vas haciendo mayor.”

“Entonces, yo creo que esa era la clave de Javier: el que actos y palabras se correspondieran. Se reía a carcajada limpia de quien hacía lo que no decía y del que decía lo que no hacía. Y yo creo que ese estar al margen siempre es lo que le daba la frescura y lo que hizo que lo quisiéramos.”

“Luego estuvimos juntos en La Hoja del Mar. Estuvimos juntos en Saida, la revista aquella que se hizo. Después en Sobremesa colaboró también. Y siempre me gustaba que en aquel medio en el que todo el mundo parecía despreciar las palabras porque parecían estética, porque lo que había que hacer era la revolución, él sabía que no había revolución si no había orden en las palabras. Yo creo que saber que un lenguaje sin sintaxis es un lenguaje que se acerca al fascismo y peligroso; yo creo que eso estaba en la clave del pensamiento de Javier. Y saber que la búsqueda de la verdad es lo único que importa. Es decir, da igual que estés en contra de tus camaradas, de tus compañeros o de tu padre, ¿no? Hace un año que se ha muerto (no nos dejó porque se ha muerto desgraciadamente) y lo echo mucho de menos, porque ya no me puedo reír con casi nadie ni hacer las bromas sangrientas que hacíamos contra todo y contra todos y, repito, contra nosotros mismos continuamente, ¿no? Y yo creo que eso es lo que echo de menos. Que ya quitando una o dos personas con las que creo que puedo seguir hablando así con el resto de la gente siempre estoy condicionado por algo, ¿no?”

“Pensándolo bien, yo creo que en realidad ese afán de buscar las relaciones de las cosas y buscar la verdad por debajo de las palabras en realidad yo creo que tenía mucho que ver con que nos fastidiara que nos tomaran por tontos. Y yo creo que esa es la clave de Javier. Es decir, no va a venir este vivo a tomarme el pelo a mí. Yo creo que ni siquiera después de muerto admite que los vivos le tomen el pelo.”

Escrito por: iturri.2015/08/18 19:30:00 GMT+2
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2015/05/03 20:05:00 GMT+2

6 años ya de la muerte de Javier Ortiz #6añossinJOR

El pasado martes, 28 de abril, se cumplió el sexto aniversario de la muerte de Javier Ortiz. Con este motivo, pusimos en marcha una etiqueta en twitter #6añossinJOR. Hemos recogido a continuación una buena parte de los tuits que corrieron con esa etiqueta. Muchas gracias a todas las personas que todavía os seguís acordando de Javier.

 

 

Escrito por: iturri.2015/05/03 20:05:00 GMT+2
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2013/11/04 08:00:00 GMT+1

La desesperación tranquila

"Vengo defendiendo a este respecto desde hace años una filosofía de la vida que podría calificarse, echando mano de Antón Chéjov, como de desesperación tranquila. Desesperación, porque nada excelso cabe esperar del incontenible avance de la Humanidad hacia el abismo. Desesperación, sí, pero tranquila, porque el abismo todavía no está a la vuelta de la esquina y es posible hacer el resto del viaje entreteniéndose con el paisaje. La desesperación tranquila es el estado de ánimo que permite, en medio del desastre general, reírse de lo ridículos que son (somos) los especímenes humanos, y muy en particular los poderosos, maestros en incoherencias y en poses involuntariamente tragicómicas. Mi especialidad es coleccionar y hacer ver a mis eventuales lectores las paradojas del Poder, sus lapsus, que son como grietas que se abren en la superficie del aparente orden social y que permiten atisbar lo que realmente se esconde en sus profundidades".

"Ocurre que ese género de visión de la vida, irónica, pero con un poso de amargura que no se puede ocultar, cuenta con muy pocos adeptos. Básicamente porque hace pensar, y a la mayoría del personal pensar no sólo le cansa, sino que incluso le da miedo. Tomar distancia de la realidad, ver su carácter contradictorio, y hasta absurdo, buscar el revés de las cosas, es el primer paso para adoptar una actitud de insumisión ante todos los dogmas. Ante todos, incluidos los más personales. Y eso es muy peligroso, porque vivir sin dogmas, salirse de la rutina del pensamiento disciplinado, impide tener respuestas prêt à porter para los acontecimientos. Y lo mismo, pensando pensando, uno llega a conclusiones que le colocan fuera de la normalidad, en el peligroso terreno en el que habitan los bichos raros".

"Una concepción del mundo de este tipo es, cuando uno ejerce de columnista, como en mi caso, una auténtica catástrofe. Son muchos los lectores españoles de periódicos que afrontan las columnas de los diarios con el firme deseo de que el autor les diga lo que ellos ya habían pensado previamente. Es demasiada la gente que lleva mal que se le cuente nada que escape a los surcos ya arados y solidificados en sus neuronas, y que soporta todavía menos que alguien le plantee un problema sin proporcionarle a la vez la solución. No digamos ya si lo que le decimos cuestiona el tran-tran de su confortable existencia cotidiana (confortable no por lujosa, sino por habitual, por conocida, por previsible)".

Javier Ortiz. Tomárselo con humor. Extracto de la presentación en noviembre de 1996 de los humoristas Nacho Moreno y Julio Rey.

Cuando a comienzos de octubre dimos por finalizada la subida diaria de textos de Javier Ortiz, Luis de la Cruz nos dijo que convendría poner en un sitio más visible las conferencias de Javier, un tanto escondidas en el depósito digital que esta web es. Hoy le hemos hecho caso. Quizás la próxima semana no. ¡Quién sabe!

Dedicado a Moncho Rvbicon y a Silvino, ambos recientemente fallecidos en Santander.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2013/11/04 08:00:00 GMT+1
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2010/06/23 06:00:00 GMT+2

Perdonen: aquí, un radical

Ahora se llama «radical» a todo lo que tiene aspecto de desaforado, burro e intolerante, a nada que parezca relacionado con el gremio de la política.

Si unos cuantos queman en Girona fotos de los reyes, no tarda nada en aparecer alguna autoridad que nos hace saber que ha sido cosa de «radicales». Si otros incendian un autobús o un cajero automático en Euskadi, rápidamente nos los identifican como «radicales». Si se intenta catalogar a los islamistas dispuestos a cargarse a cualquier viandante de Occidente para distinguirlos de sus correligionarios pacíficos, se les llama «radicales» y ya está.

El asunto me repatea por dos motivos.

Primero, porque «radical», en rigor, es aquel que apunta a la raíz de las cosas, sin irse por las ramas. El Diccionario de la Academia define así el término, en tanto que sustantivo: «Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

Segundo, porque se habla de lo radical como lo opuesto a lo apacible, lo moderado y lo tolerante. Sin embargo, muchos de quienes son tenidos por moderados no tienen nada de estupendos. Por poner un ejemplo: nadie calificaría al rey de Marruecos de «radical»; sin embargo, vaya pieza. Otro ejemplo: ¿son «radicales» las Fuerzas Armadas de EEUU destacadas en Irak? No he oído a nadie que las tilde de tales. Pero ¿no sería un pelín excesivo presentarlas como tolerantes?

Al final, y aunque lo hagan sin pretenderlo, cuando hablan de «radical» parten del sobreentendido de que un radical es, por fuerza, alguien que se expresa desde fuera del sistema constituido, sin respetar las componendas pactadas por la gente de orden.

Pues bien: si de eso se trata, me declaro radical. Aspiro a ir a la raíz de lo que nos pasa. Y estoy dispuesto a defender «reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

Javier Ortiz. Perdonen. aquí, un radical. El dedo en la llaga (primera columna de Javier en el diario Público). 26 de septiembre de 2007.

La columna nos la ha inspirado este artículo: La UE vigilará a los ciudadanos de opiniones radicales. Eskerrik asko, @birasuegi.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2010/06/23 06:00:00 GMT+2
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2010/06/19 06:00:00 GMT+2

Glosa de José Saramago

Mi paisano el escultor Jorge Oteiza, que cometió el doble error de interesarse por mí en mi adolescencia y de animarme a persistir en la escritura, se daba -nos daba a todos, en general- un consejo fantástico: «Nunca ensucies tu carrera de perdedor con un éxito de mierda». La primera vez que se lo oí me dejó de piedra: ¿cómo podía hablar de «carrera de perdedor» un hombre que había obtenido el máximo reconocimiento en las bienales de Venecia y Sao Paulo, y que figuraba ya en lugar destacado, a los cuarentaitantos años que tenía por entonces, en todas las enciclopedias del Arte? ¡Perdedor!

Pues sí. Porque él no hablaba del reconocimiento que la sociedad bienpensante no había tenido más remedio que concederle ante la evidencia de su genio, sino de lo que hubiera podido lograr sin mayor esfuerzo en el caso de haberse inclinado, de haber dicho amén, de haber sonreído a los reyes y los millonarios que llamaban a su puerta.

Conocí a Oteiza en la villa que tenía en Irún, cerca de la frontera de Hendaya: tenía 16 años y llamé a la puerta de su casa, digna pero modesta, y le dije que quería leerle unos poemas que había escrito. Y aquella puerta que estaba cerrada para los millonarios y los príncipes se me abrió de par en par.

A esa actitud es a la que Oteiza se refería cuando hablaba de «una carrera de perdedor», por mucho que a los demás nos chocara oírselo decir. Y a esa misma actitud, que yo he reconocido tantas y tantas veces en los actos de José Saramago, es a la que creo que puedo apelar cuando digo que nunca ha ensuciado su carrera de perdedor con un éxito de mierda.

Cuando José llegó a Israel, y allí le dijeron que podía criticar al Gobierno de Sharon (por supuesto, todo lo que quisiera, faltaría más, etcétera), pero que nunca pronunciara la palabra prohibida (-holocausto-, José supo que todo estaba decidido: tenía que hablar, indeclinablemente, del holocausto que los sionistas estaban cometiendo con el pueblo palestino. En esos términos. Literalmente.

Y cuando le anunciaron que si decía eso cometería un gravísimo error muy perjudicial para sus intereses, porque en Israel sus libros se estaban vendiendo en ese mismo momento como churros, su determinación se hizo doble.

Saramago tiene el Premio Nobel. Bueno, y qué. También lo tiene Kissinger. ¿Que el suyo es de Literatura? Bueno, y qué. También lo logró Echegaray.

El más preciado premio que tiene José Saramago es, en lo profesional, como artesano de la palabra, la devoción de sus lectores, y en lo político (o en lo humano, que viene a ser lo mismo), la credibilidad. La cualidad de creíble.

Javier Ortiz. Glosa de José Saramago (extracto). 5 de marzo de 2003.

Este apunte lo rescatamos para honrar la memoria del escritor portugués fallecido en el día de ayer. ¡Nos vemos en Jamaica!

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2010/06/19 06:00:00 GMT+2
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2010/05/17 06:00:00 GMT+2

Condenas sin sentencia

Acaban de cumplirse ocho años del cierre «cautelar» del diario Egin. Como es bien sabido, la Audiencia Nacional no ha emitido todavía ninguna sentencia sobre el caso. Sin embargo, a efectos prácticos ya da lo mismo que lo haga o no, porque la supuesta cautela que llevó a dictar su cierre teóricamente provisional entrañó la muerte irremisible del diario.

Cuando en la noche del 14 de julio de 1998 un amplísimo contingente policial rodeó el edificio del diario abertzale en una maniobra que más parecía destinada a tomar al asalto una trinchera enemiga que a ocupar un local en el que apenas había nadie, y desde luego nadie armado, Garzón ya sabía que se disponía a liquidar manu militari un medio informativo y una plataforma de opinión. Porque no se le ocultaba que los diarios no admiten cierres cautelares de meses, y menos de años. Se mantienen sólo en la medida en que acuden cada día al kiosco. Si se ven obligados a parar durante mucho tiempo, sus trabajadores no tienen más remedio que buscarse la vida por otro lado. Volver a reunir al equipo humano y poner al día los medios técnicos de un diario que ha pasado años cerrado es aún más difícil que montar uno nuevo.

Pasados varios años, Garzón emitió un auto en el que incluía la broma macabra de permitir la vuelta a los kioscos de Egin siempre que la empresa editora saldara su deuda con la Seguridad Social. Una excusa ridícula, porque Egin no fue cerrado por falta de dinero, sino por su papel político; porque la empresa editora del diario ya había alcanzado con la Seguridad Social guipuzcoana un acuerdo para saldar su deuda mucho antes de que Garzón interviniera, y, sobre todo, porque para esas alturas las pertenencias de Egin, supuestamente custodiadas por el Juzgado Central número 5, se hallaban en un estado de deterioro total: techos hundidos, maquinaria oxidada, pasillos inundados...

Lo que en la Casa de Campo se juzga desde hace meses, dentro del macroproceso 18/98, es, de hecho, si fue correcto ejecutar la sentencia de muerte de Egin. Lo cual es imposible por principio: ejecutar una sentencia que no ha sido aún dictada no puede ser justo.

En realidad, todos los imputados en el sumario 18/98 vienen cumpliendo condena desde hace meses, obligados a trasladarse todas las semanas a Madrid y estarse sentados en el banquillo de los acusados las infinitas horas que está durando la vista de esta causa, alargada por culpa de varios errores judiciales juntos: el que resulta de la manía megalómana de Garzón de montar macrosumarios, macroprocesos y macrochapuzas –hay general acuerdo en que como instructor es un desastre– y el que se deriva de los desaciertos y disparates cometidos por la propia Sala que juzga el caso, que cuando no se muestra incapaz de encontrar los papeles que son citados por la acusación aporta intérpretes de euskara que no saben realmente euskara, o pretende que las defensas se estudien miles de folios en el plazo de pocas horas. Ahora, después de meses de proceso genuinamente kafkiano, le han llegado la hora a las vacaciones judiciales, que ésas sí que son sagradas. ¿Cómo puede arreglárselas alguien que esté imputado en esta causa para mantener una actividad laboral que le permita asegurarse la subsistencia? La respuesta es sencilla: de ningún modo.

Algunos acusados empiezan ya a tomarse a chirigota lo que está sucediendo. Me parece razonable: el humor funciona como una válvula de escape. Me han dicho que uno preguntó si todo este tiempo que está pasando en las dependencias de la Casa de Campo le computará como cumplimiento de condena en el caso de que merezca una sentencia desfavorable. Me acordé de que eso mismo le pregunté yo al juez del Tribunal de Orden Público –antecesor franquista de la Audiencia Nacional, que ha heredado sus funciones– cuando me juzgaron el 25 de marzo de 1974. Tras un año de prisión preventiva, el TOP desdeñó la petición fiscal de 15 años de cárcel y me condenó a una multa de 50.000 pesetas, sin más. Le pregunté al juez cuando me lo notificó: «Y el año que he pasado en la cárcel, ¿me cuenta para la siguiente?».

Qué tío más susceptible: no le gustó nada.

Javier Ortiz. Condenas sin sentencia. Apuntes del natural. 20 de julio de 2006.

Más información sobre el cierre del diario Egin y el sumario 18/98.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2010/05/17 06:00:00 GMT+2
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