2010/03/14 06:00:00 GMT+1
Miércoles, 6 de marzo. Empiezo de buena mañana mi jornada de trabajo. Compruebo que siguen sin funcionar los enlaces con esta página web. Imagino que Mundofree ha tenido una nueva avería, o que están en dique seco para realizar labores de mantenimiento. Preparo todo para subir la actualización en cuanto sea posible.
Me llaman de Radio Euskadi: va a empezar la tertulia. Conecto la línea RDSI, que me permite intervenir con la misma calidad de sonido que si estuviera en los estudios de la Gran Vía de Bilbao. Charlo en directo con Antoni Segura y Margarita Robles sobre el mal rollo que tiene el Gobierno de Aznar con el movimiento antiglobalización y las protestas que prepara en Barcelona. Rajoy trata de amalgamarlo con la kale borroka, ETA y todos los demonios.
Acabada la tertulia, vuelvo a probar la conexión con Mundofree. Nada. Hago la prueba de ver otras web también gestionadas por Mundofree. Funcionan. ¡Qué cosa más extraña! Llamo al Servicio de Atención al Cliente. Pasarán nota al servicio técnico.
Salgo zingando para Akal, que tiene su sede en Tres Cantos, a veintitantos kilómetros de la Puerta del Sol. Según llego, me enfrasco en la lectura de varios manuscritos cuya hipotética publicación me toca evaluar. Uno es dudoso, otro francamente ilegible y otro espléndido. Atiendo varias llamadas de teléfono. Telefoneo de nuevo a Mundofree, con idéntico resultado (con idéntica falta de resultado). El tiempo pasa volando. De pronto, me doy cuenta de que he de salir a escape si no quiero llegar tarde a una comida de trabajo que tengo en Madrid. Me equivoco en la salida de la carretera de Colmenar hacia la M-30. Pese a ello, llego puntual. Comemos a toda leche. Me entero de algunas cosas interesantes para aquilatar cómo está el patio político capitalino. (Breve resumen: sigue siendo un gallinero).
Durante la comida, recibo una llamada del servicio técnico de Mundofree: me piden mi clave de acceso al servidor. Se la doy.
Regreso a Akal. Sigo trabajando. Avanzada la tarde, reclamo de nuevo a Mundofree. Me informan –¡toma sorpresa!– de que han bloqueado deliberadamente mi página web porque han comprobado que tiene un trajín que «no es propio de una página personal», lo que les ha llevado a la conclusión... ¡de que encubre una actividad empresarial! Tengo que darles detallada cuenta de quién soy, a qué me dedico y en qué forma estoy vinculado a El Mundo. Les hago ver que no pueden reprocharme ni que trabaje mucho ni que haya mucha gente que se interese a diario por lo que hago. Dicen que harán las pertinentes comprobaciones.
Me llaman de El Mundo para charlar sobre la prepublicación de algunos extractos de mi libro Ibarretxe, que llegará a las librerías el lunes 18. No tengo tiempo de hablar con La Esfera de los Libros para ir planificando los actos de presentación, que se realizarán sucesivamente en Madrid, Sevilla y Bilbao, con presencia del lehendakari en las tres ciudades.
Dejo Tres Cantos para volver a casa, donde me espera una ristra de trabajos, parte de ellos de carácter doméstico (ya sabéis: eso que las feministas llamamos «la doble explotación»). En el ínterin, recibo una llamada de Mundofree. Me dicen que han comprobado lo que les he dicho, que es exacto y que, en consecuencia, ya han desbloqueado mi página. Conecto el ordenador y actualizo la página tan rápidamente como puedo. Respondo a algunos correos electrónicos de particular urgencia. Examino la correspondencia postal y tomo nota de un par de cosas burocráticas que tengo que atender.
Todavía me quedan algunas cosas más que escribir y varias llamadas que hacer. Paro lo justo mi particular frenesí para ver la final de la Copa. Disfruto un rato. Continúo luego trabajando hasta la hora de irme al catre.
Hace apenas diez días, yo era un señor relajado que escribía desde su casita, sin ajetreos, sin coches, con apenas unas cuantas llamadas de teléfono. De golpe y porrazo, me he convertido en un tipejo que no para quieto. Por primera vez desde hace 25 años, empiezo a apreciar las ventajas de las reformas paulatinas y a mirar con malos ojos las rupturas.
Javier Ortiz. Esto no es vida. 7 de marzo de 2002. Diario de un resentido social.
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2010/03/13 06:00:00 GMT+1
Cuando empecé este Diario, la duda principal que albergaba se refería a mi tesón. ¿Sería capaz de escribir el equivalente a una
columna periodística todos los días, uno tras otro y sin fallar ni
uno solo, hiciera frío o calor, me encontrara pletórico o agotado,
exultante o tirando a depre, sentado cómodamente ante el ordenador
de mi casa o perdido por la Cochimbamba?
Siete meses y pico después, sé ya que sí, que soy perfectamente
capaz de hacerlo, y además sin que eso me suponga mayor esfuerzo.
Está claro que la compulsión patológica que me empuja a escribir a
diario mis opiniones, forjada a lo largo de toda una vida de opinador
impenitente, es para estas alturas más fuerte que cualquier
obstáculo que se le interponga. No es ya que pueda hacerlo,
sino que, en buena medida, necesito hacerlo: proporciono con
ello una espita de salida al inagotable furor que me produce la
realidad circundante. Si no destapara mi olla un rato todos los días,
acabaría reventando.
Lo que ni siquiera imaginé al inicio de esta aventura diaria es que
mi relación escrita con la realidad pudiera entrar en crisis no por
culpa mía, sino de la realidad. No de toda la realidad –faltaría
más–, sino de la parte de ella que elegí como blanco preferente
de mis iras cotidianas: la realidad política.
La vida política de la España de hoy ofrece, en efecto,
posibilidades cada vez más limitadas.
Lo vi con claridad apabullante ayer por la noche, según escuchaba
las noticias del telediario. Fui haciendo inventario de los temas, de
cara a seleccionar uno que me diera pie al apunte de hoy. Se me iban
cayendo de las manos, uno tras otro.
Primera noticia: «Aznar dice que ETA no son sólo los comandos
armados, sino también todo su entorno». «¡Cielo santo!», me
dije. «¡Pero si ya he comentado esta parida varias veces, por
activa y por pasiva!». Un solo ángulo nuevo: que el presidente del
Gobierno siga insistiendo erre que erre en esa doctrina, tan cara a
Mayor Oreja y Garzón, después de que la Sala de lo Penal de la
Audiencia Nacional la haya refutado con argumentos jurídicos de
solidez incontestable. ¿Podría dedicar a eso mi comentario? Vaya
aburrimiento.
Más noticias: aparece de nuevo Aznar y afirma que el PSOE no hace
oposición real y que carece de alternativas. Acto seguido, otra vez
Aznar –yo no tengo la culpa de que el 50% del telediario esté
dedicado a él– sostiene que ay del PSOE como se le ocurra tener
alternativas propias en relación a Euskadi y se distancie de la Gran
Verdad. ¿Escribo sobre la manía de este caballero de criticar
constantemente al PSOE por carecer de alternativas y de calificarlo
de irresponsable cada vez que presenta una? Puf.
Cambio de tercio: sale Cándido Méndez y dice que el decreto del
Gobierno sobre la reforma del mercado laboral va a tener el mismo
efecto «que el iceberg al chocar con el Titanic». Me deprimen los
patéticos esfuerzos que hace este hombre para parecer ingenioso.
Casi lo prefiero cuando se muestra en todo el esplendor de su
mediocridad. ¿Quién diablos es, según él, el Titanic? ¿Quién se
va a hundir? ¿Y él, por quién se toma? ¿Por el director de la
orquesta? Nueva sensación de hastío: no me apetece nada volver a
escribir que el problema de las actuales direcciones de UGT y CCOO es
que se han convertido en estructuras funcionariales tan dependientes
del Estado como independientes de la mayoría de la gente trabajadora
y que toda la cháchara bravucona que están soltando ahora no tiene
más función que la de disimular su incapacidad para montar
movilizaciones dignas de ese nombre porque el personal pasa
olímpicamente de ellos.
Último bloque del noticiario: Raúl ha dado una nueva victoria al
Real Madrid metiendo un gol con la mano, gol que el árbitro del
encuentro –atención Cataluña: ¡un árbitro polaco!– dio por
bueno. Pues estupendo, qué emoción.
Me doy cuenta de que ha llegado el momento de replantearme este
Diario. No puedo seguir hablando de estas cosas. Es imposible que
interese y divierta a mis hipotéticos lectores y lectoras si les
hablo de historias que a mí mismo ni me interesan ni me divierten.
Dentro de un rato salgo para Alicante en coche. Tengo por delante
tres horas para pensar en nuevos rumbos. A ver si se me ocurre algo.
Javier Ortiz. Siempre lo mismo. Apuntes del natural. 7 de marzo de 2001.
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2010/03/12 06:00:00 GMT+1
Nunca me ha convencido la idea, muy difundida en Euskadi, de que el Estado español encierra
cuatro naciones. Por bastantes motivos, el principal de los cuales es que la defensa de esa concepción obliga a convertir en una nación a todo lo que no es ni Euskadi, ni Cataluña, ni Galicia: una amalgama de carácter utilitario, sin demasiado fundamento. Algunos amigos míos de ideología nacionalista descartan las definiciones de nación que toman en cuenta sólo los rasgos objetivos y se
inclinan por basar el hecho nacional en el sentimiento de identidad de los pueblos. No tengo nada en contra de esa preferencia conceptual –tampoco mucho a favor: es un asunto que dista de
apasionarme–, pero no puedo por menos que llamar la atención sobre las incongruencias a las que puede dar origen. Porque la población no vasca-no catalana-no gallega del Estado español no manifiesta el menor interés en constituir una
nación de no vascos-no catalanes-no gallegos. Son un conjunto de poblaciones que no se ven como una entidad única y, a la vez, distinta.
A la hora de establecer mi «idea de España», hace años que siento una instintiva predilección por lo práctico y funcional o, si se prefiere, una
precavida aversión por las ideas esencialistas, tanto favorables como contrarias.
Acabo de mencionar una «contraria». Me referiré ahora a otra «favorable».
El ejemplo me ha venido sugerido esta mañana por la lectura de la prensa. He leído que gentes afines al PP temen que, si no se pone límites concretos e infranqueables al proceso de autonomización del Estado –lo dicen, claro está, a propósito del Estatut, pero más en general–, «España» se convierta dentro de nada en «un cascarón vacío».
Es obvio que para esa gente la Generalitat y demás instituciones autonómicas quedan fuera de
su «idea de España». La misma lógica podrían aplicar a las diputaciones, a los ayuntamientos, y hasta a las juntas municipales de distrito. Para ellos, sencillamente, un poder descentralizado no es un poder. Su idea de «España» se concentra en el poder central, y toda cesión de poder hacia abajo es un vaciamiento «de España» que tiende a convertirla en «un cascarón vacío».
Existe otra posible «idea de España», que es la que se deduce de los hechos prácticos. Consiste en constatar –más que en creer– que España es uno de los estados componentes de la Unión Europea, que tiene cedidas a las instituciones
comunitarias buena parte de los poderes que antes se consideraban específicamente nacionales y que, en su organización interna, ha estructurado las funciones que le quedan, que no son pocas, de un modo en el que se mezclan sus tradiciones centralistas con nuevas fórmulas federalizantes, que no federales, que tratan de dar respuesta a lo abigarrado de su composición nacional. Si «España» frenara o recortara su proceso de autonomización,
sería «España». Pero si lo acentuara y se convirtiera en un estado federal, o incluso
confederal, seguiría siendo también «España». Porque el «cascarón vacío» puede llenarse con lo que mejor convenga a la voluntad popular en cada
momento, y tan ricamente.
Vistas las cosas así –que es como son o, por lo menos, como están– la Generalitat de Cataluña, con o sin nuevo Estatut, forma parte del Estado español, esto es, «de España», y el trasvase de poderes que pueda recibir de la autoridad central no será, en realidad, más que una operación de vasos comunicantes dentro del poder del Estado, esto es, «de España».
Cosa que a algunos parecerá mejor, a otros peor y a otros indiferente, pero real como la vida misma.
Javier Ortiz. Una idea de España. Apuntes del natural. 6 de marzo de 2003.
Javier dictó una conferencia el 5 de mayo de 1999 en el Ateneo de Madrid. Lo hizo en unas jornadas organizadas por la Revista Página Abierta. La conferencia, Una cierta idea de España, está en la sección de conferencias de la vieja PWJO.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/12 06:00:00 GMT+1
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2010/03/11 06:00:00 GMT+1
Confieso que ayer, inicialmente, di por hecho que la matanza de Madrid era cosa de ETA. Y lo
hice -digo con las confesiones- por razones no muy diferentes a las que esgrimió el ministro del Interior, en particular la fijación de ETA por
Madrid y por las estaciones de tren.
Pero, a diferencia de Acebes, dejé una puerta abierta a la evaluación de otras hipótesis. De modo que, así que Arnaldo Otegi convocó a la Prensa para
afirmar que no admitía «ni siquiera como hipótesis» que ETA fuera responsable de los atentados, decidí no sacar más conclusiones hasta que el panorama se aclarara.
Vinieron luego otros datos que reforzaban todavía más las dudas. En primer lugar, el ministro
del Interior admitió implícitamente que había mentido por la mañana al reconocer que no sabía si la dinamita usada en los atentados era Titadine o no. Sin embargo, se trataba de un dato clave, porque en todos los últimos atentados o intentos de atentado de ETA ha estado presente la Titadine, sola o acompañada de cloratita. Al haber afirmado que el explosivo utilizado en los atentados era
Titadine, Acebes nos indujo -es obvio que deliberadamente- a error. El hallazgo en Alcalá de una furgoneta robada el 28 de febrero en la que se
encontraron varios detonadores y una grabación con versículos del Corán recitados en árabe fue aún más importante, y ya el propio Acebes tuvo que admitir que se abría «otra línea de investigación» (ciertamente, por lo menos hasta ahora, entre las
peculiaridades de ETA nunca se había encontrado la de dedicarse al estudio en árabe de la religión islámica). En fin, llegó luego la carta publicada
en Londres, en la que un comando vinculado a Al Qaeda se atribuía la autoría del atentado, carta a la que algunos reputados expertos, entre los que no me encuentro, concedieron de inmediato bastante crédito.
No quiero decir con esto que ahora dé por certificado que la masacre fue obra de un grupo de
árabes fanáticos. Me parece claro que ésa ha pasado a ser la hipótesis más probable, pero no deja de ser una hipótesis.
Sigo a la espera de más datos. Pero lo hago con la firme esperanza de que aquellos políticos vinculados al Gobierno y a su partido que en cuanto se endosó el crimen a ETA empezaron a atribuir responsabilidades concomitantes a los partidos nacionalistas y al Gobierno vasco admitan como la cosa más normal del mundo que, si se confirma que el atentado fue obra de Al Qaeda y que lo ha
perpetrado para castigar al Estado español por su posición favorable a la guerra de Irak, haya otros que atribuyan onerosas responsabilidades al
Gobierno que nos metió en esa guerra.
Javier Ortiz. Dos hipótesis. Apuntes del natural. 12 de marzo de 2004.
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2010/03/10 06:00:00 GMT+1
He tenido una semana -otra semana- de trabajo intenso. No me quejo. Peor sería que no me encargaran nada.
Como buena parte de mi labor de escritor me la curro en casa, trato de hacérmela más llevadera oyendo música.
Hay gente que es incapaz de escuchar música mientras escribe; se distrae. A mí me ayuda, siempre que sea música conocida. Con frecuencia pongo un cedé, aprieto la tecla de repeat all y dejo que vaya y vuelva durante horas y horas: diez, doce, lo que me dure la sentada ante el ordenador. Y al día siguiente, lo mismo. Y al siguiente.
He escrito libros que están asociados en mi memoria a un solo disco. El felipismo de la A a la Z es para mí el Brecking Ball de Emmylou Harris. Si oigo ahora ese singularísimo
disco, respondo como el perro de Pavlov: me vienen los sentimientos, las vivencias y hasta los olores de aquellos pocos meses de 1996 que invertí en
escribirlo.
De lunes a viernes de esta semana que acaba, he escuchado una y otra vez un disco de recopilación de la obra de Ray Charles, que ahora está muy de moda, probablemente por lo del Óscar. Tras repasármelo un centenar de veces y terminar de una puñetera vez el trabajo con el que estaba, mi cabeza -voluble tanto por naturaleza como por afición- se me fue a otros territorios. Ya valía de Ray Charles.
Oí que al fondo, en la sala, en una película de televisión que no estaba viendo, sonaba la voz de Otis Redding cantando I've Been Loving You Too Long (To Stop Now) y me vino el deseo de escucharla. Otra vez Pavlov: me sentí en 1971 en mi casa de Burdeos, en la rue de la Coquille, oyendo una y otra vez ese disco, y me acordé de mi amigo Eugenio preguntándome en tono de coña por qué me
gustaba tanto ese señor «que se pasa todo el rato llorando».
Miré entre mis discos y encontré viejos vinilos de Redding. Pero no aparecía por ningún lado el I've Been Loving You de marras. Peor aún: encontré una patética versión en directo de The Rolling Stones, en la que Mick Jagger exhibía un hilillo de voz con el que desafinaba como un canalla. Sólo sirvió para darme aún más deseo de escuchar el original.
De modo que, delincuente que soy, miré a ver si podía bajarme la canción por Internet. Y sí. Allí estaba. Cómo no: es un clásico.
Pero, según estaba seleccionado la descarga, vi otra cosa que me pareció que tenía que estar muy bien: «Otis Redding & Aretha Franklin: Georgia On My Mind». «Vaya, qué bien, no sabía que eso existiera. ¡Pues
para casa también!», me dije. Y la incluí en el lote del burrito.
Esta mañana, según me he levantado, he mirado el estado de la cuestión. Ya estaba descargado el Georgia On My Mind de Redding-Franklin.¡Excelente!
Según me disponía a repasar la prensa del día, lo he metido en el equipo de música para escucharlo.
Y he comprobado que era, en efecto, Georgia
On My Mind. En la misma clásica, inimitable, inconfundible versión de Ray Charles que me he pasado oyendo una y otra vez, sin parar, durante toda la semana.
Javier Ortiz. El azar. Apuntes del natural. 5 de marzo de 2005.
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2010/03/09 06:00:00 GMT+1
He leído en rebelion.org un comunicado («Apoyo a la
Comisión Parlamentaria por su decisión de no regular la prostitución como trabajo»)
que suscribe un colectivo, de cuya existencia no tenía conocimiento, llamado Hombres por la Abolición de la Prostitución.
Doy por sobreentendido que Rebelión tiene todo el derecho del mundo a reproducir cuantos textos le resulten de interés, pero tampoco tengo por qué ocultar que, en este caso, no veo por ningún lado ese interés.
Antes al contrario.
Sintetizaré al máximo mis puntos de vista para no alargarme demasiado. Porque el comunicado no es gran cosa, pero el asunto sí que tiene su enjundia.
Primer extremo que considero que conviene poner de relieve, porque quizá no sea de conocimiento general: si los criterios que apoya ese colectivo han logrado ser mayoritarios en la Comisión
Parlamentaria de referencia, ha sido gracias al respaldo que les han prestado tanto el PSOE como el Partido Popular.
Contaron con el voto contrario de Izquierda Unida.
Ya sé que no tiene nada de definitivo que una causa sea asumida por el PP y rechazada por IU, pero una cierta pista quizá sí proporcione.
Segundo: se entiende mal que una agrupación partidaria de abolir la prostitución –así, por la brava– apoye unas conclusiones que no pretenden en absoluto abolir la prostitución, sino tan sólo
impedir que se someta a la legislación laboral común. Porque lo que el colectivo PSOE-PP pretende
es que la práctica de la prostitución siga siendo legal (o no-ilegal, para ser más exactos), pero quede exenta de las normas contractuales, de
seguridad social e impositivas que se exigen en cualquier otro tipo de relación de compra-venta de servicios.
Dicho sea sin tapujos: lo que defienden de hecho, aunque no lo admitan, es que la prostitución siga funcionando como trabajo negro.
Tercero: me cuesta tomarme en serio el argumento, que el colectivo del comunicado reitera hasta la saciedad, según el cual no hay que regular la prostitución porque es una forma de explotación. Eso es tanto como defender que la ley no debe embridar la explotación. ¿Habrán descubierto la
conveniencia de prohibir el capitalismo por decreto? No hace falta ser Einstein para saber
lo que eso significa en la práctica: permitir que los explotadores hagan lo que les venga en gana.
Cuarto: hay gente muy experta y muy conocedora de la materia que afirma que el único modo de combatir y reprimir la prostitución forzada es
separarla tajantemente de la prostitución voluntaria. Así se hace constar en el Informe
que la Unidad Técnica de la Policía Judicial española elaboró a este respecto en 2004 (un informe que el PSOE y el PP han hecho como si no existiera, porque no saben cómo negar sus conclusiones).
Quinto: no sobra recordar que España ya ha contado con una muy solemne ley abolicionista. La dictaron las Cortes del franquismo en 1956. Por cierto que su preámbulo ya hacía mención de
«la dignidad de las mujeres».
Sexto (como el mandamiento): todo el comunicado del colectivo en cuestión se basa en el sobreentendido paternalista de que, si alguien ejerce la prostitución porque quiere, es lisa y
llanamente porque no sabe lo que quiere. Sin embargo, hay asociaciones de trabajadoras y trabajadores del sexo que defienden, y no veo cómo
negarles la razón que les asiste, que trabajan en eso porque les aporta ingresos bastante sustanciales y no consideran que la venta de su fuerza de trabajo sexual sea más bochornosa que la venta, o el alquiler, de cualesquiera otras
potencialidades de su persona.
Una prostituta me dijo hace muchos años algo que jamás he olvidado, porque apuntó con mucho tino a
la diana. Me preguntó: «Tú eres editorialista de un periódico, ¿no? Vale, eso quiere decir que, cuando escribes, debes ponerte en cuerpo y alma al
servicio de tu patrón. Yo, cuando estoy con un cliente, he de poner mi cuerpo a su servicio en las condiciones que haya convenido con él. Pero sólo mi
cuerpo. Mientras trabajo, puedo pensar lo que me venga en gana. Vosotros os prostituís por completo; nosotras, sólo en parte».
Me vino a las mientes una novela italiana que tuvo bastante éxito en los años sesenta. Era obra de un tal Quintavalle. No he vuelto a saber de él. Me parece que no era gran cosa, pero el título se me
quedó grabado: «Tutti compromessi». Todos
comprometidos.
Sea como sea, echad una ojeada a los argumentos del colectivo Hetaira. Puede que os interesen. A mí me han resultado siempre bastante
convincentes.
Javier Ortiz. Todos comprometidos. Apuntes del natural. 14 de marzo de 2007.
Hoy recuperamos el recuerdo del colectivo Hetaira. Hasta siempre, Javier. En su momento, se nos pasó entre tantos textos. Muchas gracias a las personas que forman parte de ese grupo por su homenaje a nuestro Ortiz.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/09 06:00:00 GMT+1
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2010/03/08 06:00:00 GMT+1
Cocinar: ¿arte o técnica? Estéril polémica. Nada hay más arte que el arte, y también el arte –todas las artes- exige técnica. Sin duda, nadie llegará a
genio de la cocina si no posee grandes dosis de creatividad, intuición, talento, gusto. Pero tampoco lo logrará si no cuenta con las laboriosas armas el oficio: un oficio que nadie adquiere sino a
costa de tiempo y esfuerzo, de horas frente al fogón y las cazuelas, de errores –tan sólo los errores enseñan de verdad-, de dura práctica.
Por lo demás, genios siempre habrá pocos,
pero cocinas tiene que haber muchas. Cuando se habla de una Escuela de Cocina, es frecuente suponer que se trata de un lugar para hacer
el aprendizaje de la alta cocina; una puerta para entrar en los arcanos de la exquisitez. No se tiene en cuenta que la cocina selecta no es sino una mínima parte del gran capítulo de la alimentación
social, y que una sociedad realmente civilizada tiene que distinguirse también por la corrección de sus otras cocinas. Los comedores de Institutos, fábricas, barcos, colectivos, también han de proporcionar un servicio digno, como deben asegurarlo los de restaurantes de categorías inferiores, las pastelerías, las cafeterías. La cocina abarca en las sociedades modernas un amplio
conjunto de capítulos de naturaleza muy diversa, y de todos ellos debe cuidarse una Escuela de Cocina.
La Escuela de Cocina Vasca, integrada en el Instituto Vasco de Nuevas Profesiones de San Sebastián, es, en opinión de bastantes expertos,
una de las mejores de entre las existentes en el Estado español; la mejor, a decir de algunos. Manuel Arina Bañales, su director gerente, elude las comparaciones directas, pero admite el prestigio general de su Escuela.
-Nuestro título es tan oficial como otros muchos. Pero con esto pasa como con los doctorados de Derecho, o de Económicas… Tú eres doctor en
Derecho; vale. Pero si el doctorado lo has obtenido en esta o aquella Universidad prestigiosa, pues entonces se te aprecia más, ¿no?
Reconocida por el Ministerio de Educación y Ciencia y por el Departamento de Educación del Gobierno Vasco, la Escuela de Cocina de San Sebastián imparte enseñanza que, oficialmente, se integra dentro del 2.º grado de la Formación Profesional. No es fácil acceder a ella. En
principio, exige que se cuente con estudios de F.P. de 1er. Grado, sea en la especialidad de Cocina sea en la Alimentación y Servicios, dispensada por la propia Escuela donostiarra. También cabe solicitar
el ingreso si se cuenta con 3.º de BUP y se pasa satisfactoriamente un examen especial. Pero, en la práctica, esta segunda posibilidad es más bien escasa: los alumnos procedentes de los cursos de F.P. del Instituto Vasco de Nuevas Profesiones acaparan cada año la gran mayoría de las plazas disponibles (hasta 35 de las 40 dispuestas para el primer curso). Esas pocas plazas han sido disputadas este año –valga como ejemplo- por unos ciento veinte aspirantes.
Los responsables de la Escuela de Cocina de San Sebastián consideran que la enseñanza que proporciona su establecimiento es algo así como
una ‘larga marcha hacia la vocación’. En los dos años iniciales, los alumnos son sometidos a una preparación básica, tanto genérica como específica (nociones de almacén, economato, tecnologí aplicada… ). Es una primera criba, a la búsqueda de la vocación eral. Luego vendrán los tres años de estudios de Cocina. A lo largo del recorrido, los
alumnos, según cuenta Manuel Arina, -se
hartan de fregar, de hacer marmitones, de oír berridos en las prácticas… El que no tiene vocación real, se da de baja. No obstante, el nivel de abandono es mínimo-. Tal vez porque los chavales son cada vez más realistas, y conservan
fija la mente en un dato fundamental: no hay ningún alumno que haya dejado la Escuela sin contar ya con un empleo en firme.
El plan de estudios de la Escuela de Cocina donostiarra, aunque homologado oficialmente, es de carácter experimental, y presenta notables particularidades con respecto a los que otras Escuelas de Cocina tienen en vigor. Nacido de un estudio crítico de los diversos planteamientos existentes, presta una atención particularísima a la
práctica (no sólo de cocina general, sino también y
específicamente, de confitería y pastelería) y aborda asimismo las clases de forma especial. Así, los alumnos no son llevados a una gran cocina, sino a una sala dividida en siete módulos, con capacidad para el trabajo de cuatro alumnos en cada uno de ellos. Cada módulo tiene los elementos necesarios para las prácticas del grupo. Los alumnos experimentan en técnicas de criogenización, estudiando las posibilidades de conservación de alimentos cocinados, mediante su congelación en nitrógeno líquido al vacío, con la meta puesta en el mantenimiento de los niveles de calidad (-Los
sistemas de conservación no tienen porque dar origen a comida plastificada-, reivindica Arina.
Cuentan también con una Sala de Tecnología, es decir, un aula en la cual la mesa del profesor ha sido sustituida por cocina, horno convencional y microondas, fregadero, cocedor de vapor… y un
sistema de espejos para que cada alumno vea en todo momento lo que el profesor realiza y va explicando (componentes, utensilios, tiempos, métodos, etc.), lo cual resulta básico puesto que ellos mismos deberán repetirlo al día siguiente. Las clases de pastelería, en cambio, funcionan como un obrador
tradicional, sólo que con prácticas simultáneas variadas.
Las materias que debe estudiar un alumno de la Escuela de Cocina Vasca no se limitan ni mucho menos, sin embargo, a las que se rodean de hornos
y fogones. Así, reciben también clases de Economía de Cocina (una base matemática para unificar criterios, estudios de costes de platos y menús), de Idiomas (técnicas lingüísticas, redacción,
fórmulas, modismos, vocabulario, francés, euskera…), de Cultura Gastronómica (cultura general aplicada, historia de los alimentos, literatura gastronómica, la gastronomía en el arte… ), de
Tecnología teórica (desde los planos de una buena cocina hasta teoría de las salsas), de Técnicas de Servicio de Sala… -No se trata de que el cocinero –explica Manuel Arina- vaya a convertirse en camarero, pero es un hecho que, cada vez más, los cocineros salen al comedor, y eso no se improvisa. Del mismo modo, no pocos alumnos acabarán por tener su propio establecimiento, sea
creado por ellos sea heredado, y también una cosa así plantea sus exigencias-. En fin, la Escuela imparte diversas asignaturas complementarias:
elementos de Derecho (legislación laboral, legislación alimentaria), Sanidad (nutrición, técnicas de higiene), etc.
Los alumnos de la Escuela de Cocina Vasca terminan sus estudios en la frontera de los 20 años, aunque su trabajo real haya comenzado ya en
las vacaciones del primer curso. –Son muchos los establecimientos, sobre todo de zonas turísticas, que nos piden alumnos en prácticas, y aún más, claro está, cuando ya tienen los estudios terminados. Recibimos peticiones de los mejores
restaurantes, tanto españoles como extranjeros. De esta manera, nosotros mismos proporcionamos a los estudiantes la salida profesional. Y es que en esta profesión no hay paro, desde luego-, añade Arina. Pero se queja de la inadecuación de las leyes
educativas a una enseñanza tan específica como ésta, lo cual tiene muy variados reflejos. Por ejemplo, que el curso culmine en una época del año en que la temporada turística ya está avanzada, lo que dista de facilitar las posibilidades de colocación. –Por fortuna, la demanda existente supera nuestra capacidad de oferta-, asegura el director gerente del IVNP.
Los dirigentes de la Escuela han seguido el rastro, en la medida de sus posibilidades, a los alumnos que culminaron sus estudios. ¿Qué balance arroja la prueba de fuego de la práctica? –Muy
positivo –afirma Arina- . Los cocineros son culo de mal asiento, desde luego, y es frecuente que
pasen una temporada en un lugar y otra en otro, pero el juicio general sobre ellos es prácticamente unánime: están bien preparados-. Otra cosa es determinar si el trabajo cubre las expectativas
albergadas por los propios alumnos: -En la cocina cuentan diversos factores y, entre ellos, además de la habilidad personal, hay que dar un lugar destacado al paso del tiempo, es decir, a la experiencia. Los hay que creen que en un abrir
y cerrar de ojos van a ser Arzak,y eso no es posible. Tiene que haber cocineros de todos los niveles y para los más variados establecimientos. Lo que importa es que todos ellos cuenten con unas
bases adecuadamente asentadas-.
Incluso se queja, no sin un punto de orgullo, del grado de responsabilidad que recae sobre sus alumnos: -Los toman en prácticas en muchos restaurantes de zonas turísticas y les asignan funciones que sobrepasan el nivel de su aprendizaje-. Y concluye: -Pero casi siempre salen airosos. Así que la preparación que les damos no debe ser mala.
Javier Ortiz. Todo sobre la mesa. Revista Sobremesa. Febrero de 1988.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/08 06:00:00 GMT+1
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2010/03/07 06:00:00 GMT+1
El bueno de Groucho Marx decía que la expresión «inteligencia militar» encierra una contradicción in terminis.
Le perdían las ganas de ser cáustico.
Por supuesto que hay una inteligencia militar. De hecho, de todas las disciplinas mentales
ajustadas a una especialidad, la militar es sin duda de las más inteligentes, dicho sea en el sentido más literal de la palabra. Por imperativo de su finalidad, el pensamiento militar tiene un carácter esencialmente práctico. Como se sabe, muy buena parte de los avances científico-técnicos
logrados por la Humanidad han venido de la mano de la investigación guerrera. Cosa bien lógica: el deseo de sobrevivir –de no ser aniquilado– aguza muchísimo el ingenio.
He estado releyendo estos días el De la guerra de Clausewitz. Por tiempo que pase,
sus reflexiones sobre la guerra –que el buen prusiano nunca consideró como un arte, sino más bien como un singular trasunto de los modos propios del comercio– siguen mostrándose como prodigios de lucidez.
Hablo de Clausewitz, pero lo mismo podría referirme a cualquier otro gran teórico de la
guerra.
Una de las cosas que siempre me ha llamado más la atención de los textos de los grandes estrategas militares, desde Lao Tse a Nguyen Giap, es su apego al sentido común. Su realismo es implacable. Recuerdo un librito del general Giap en el que explicaba a los jefes del Viet Minh, todos ellos entusiastas revolucionarios, cómo un buen estratega, si bien no debe temer enfrentarse a un
enemigo muy superior, consideradas las cosas a medio o largo plazo, debe arreglárselas para no enzarzarse en ninguna refriega hasta confirmar
que, en ese preciso momento y para ese enfrentamiento en concreto, las fuerzas con las que cuenta son muy superiores a las del enemigo. «Uno contra diez en el plano estratégico; diez contra uno en el plano táctico», era su consigna.
¿Profundo? Todo lo profunda que puede ser la sensatez. Es decir, mucho.
En realidad, la práctica totalidad de las grandes ideas del pensamiento militar están
extraídas de la sabiduría popular. Del destilado de la experiencia histórica acumulada por el común de los mortales. La mayoría nos las topamos incluso
directamente en el refranero, aunque sea bajo formas muy diferentes.
Cualquier estudioso de los principios de la guerra sabe, por ejemplo –y en la línea de Giap–, que no cabe comprometer todas las fuerzas en una única operación. El refrán lo dice muy claro: es un error meter todos los huevos en la misma cesta.
Si Aznar hubiera leído a Clausewitz y supiera que la política y la guerra responden a reglas equivalentes, sabría que ha cometido un error de principiante. Se ha jugado su carrera al todo o nada. Ha metido todos sus huevos en la misma cesta.
Manifestándose más pro Bush que el propio Bush, ha apostado, además, con desventaja. Porque si
finalmente Washington decide recular y retrasa el ataque, así sea para recomponer sus relaciones con Europa, él quedará en ridículo, como defensor del
principio inapelable de que no cabía dar más plazos. Y si el ataque se produce de inmediato, a la vuelta de la esquina nadie se acordará de su
contribución de correveidile.
Que alguien le regale un par de libros sobre estrategia militar. O un refranero castellano,
en su defecto.
Javier Ortiz. Los huevos de Aznar. Diario de un resentido social. 7 de marzo de
2003.
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2010/03/06 06:00:00 GMT+1
Como ya sabe alguna gente habitual de esta página, hoy retorno a las andadas laborales. Al
trabajo por cuenta ajena, en suma.
Dejé de practicar esa modalidad hace exactamente 16 meses, cuando pedí en El Mundo –y me dieron– un año de vacaciones sin sueldo. Acabado ese plazo, La Esfera de los Libros (editorial ligada a El Mundo) me encargó que
escribiera un libro sobre Ibarretxe, lo que me llevó a solicitar que se me prorrogara por cinco meses más ese ventajoso estatus.
Llegada también esa prórroga a su término a finales de enero, se me presentaban tres
opciones: reintegrarme a mi puesto de subdirector en El Mundo, solicitar una excedencia... o forzar mi despido por razones de incompatibilidad
político-ideológica.
La primera posibilidad la descarté de inmediato: no me sentía en condiciones de volver a la esquizofrenia diaria de pensar unas cosas y escribir otras. Qué digo otras: las diametralmente opuestas.
También renuncié desde el principio a la tercera hipótesis. Por muchas que sean mis diferencias con Pedro J. Ramírez, he de reconocer que el trato que me dispensó durante los once años que trabajamos juntos fue muy considerado, y hasta deferente. Cuando entré a formar parte de la plantilla de El Mundo, yo era un periodista más, del montón, escasamente conocido fuera del propio gremio, y tampoco demasiado dentro de él. Ramírez confió en mí en muy diferentes planos, incluido el que más satisfacciones me ha reportado: el de
columnista. Y lo ha seguido haciendo, pese a nuestros cada vez más amplios desacuerdos. En todo ese tiempo, sólo he tenido un incidente de importancia con él –en relación a una columna mía sobre Botín: algunos ya conocen la historia– y, ahora que ya nadie puede tomarlo como un gesto de sumisión, reconoceré que aquel encontronazo lo gestioné con habilidad tirando a limitada.
De modo que, por elemental gratitud, renuncié
también a la posibilidad de provocar una ruptura traumática, dineros al margen.
Eso sin contar con que un enfrentamiento de ese tipo habría entrañado necesariamente el cese de mi colaboración en El Mundo como columnista. No es que mi marcha amistosa asegure que Ramírez vaya a continuar de por vida publicando mis artículos –ahora puede darme puerta en cualquier momento, sin necesidad de ninguna explicación–, pero por lo menos no seré yo el que provoque mi abandono de ese rincón que el diario me reserva dos veces por semana desde hace ya más de diez años.
Descartadas las otras dos teóricas salidas, la única viable que me quedaba es la que tomé en enero: solicitar mi paso a la situación de excedencia.
¿Qué pierdo y qué gano renunciando a mi puesto de subdirector en El Mundo? Gano, obviamente, en tranquilidad de espíritu. Y en calidad de vida: jornadas laborales con término a una hora normal, fines de semana libres... Pierdo –bastante– en información sobre la
trastienda de la vida política. Aunque eso tenga su contrapartida: cuando se está rodeado a todas horas de tantos árboles, no siempre es fácil apreciar los
límites del bosque. A cierta distancia se calculan mejor.
Ahora voy a trabajar como editor, encargando
y supervisando libros –sobre política, principalmente– elegidos según mi criterio. Es una perspectiva francamente interesante.
Vaya todo lo que antecede como comparación entre lo que tenía antes del 1 de septiembre de 2000 y lo que tengo ahora, a 1 de marzo de 2002.
Queda por hacer el balance de estos 16 meses
en los que he estado trabajando por cuenta propia: montando esta página web, escribiendo libros y artículos para publicaciones diversas, viajando por ahí dando conferencias, refugiándome de vez en cuando en mi casa a orillas del Mediterráneo...
Mi balance al respecto es –supongo que no extrañará a nadie– estupendo. Me lo he pasado muy bien.
Pero tampoco es una situación que pueda
mantenerse hasta el infinito, al menos cuando uno todavía no ha llegado al horizonte de la jubilación. Para no entumecerse intelectualmente es
conveniente oxigenarse, salir a la calle, trabajar mano a mano con otros, someterse a una disciplina menos arbitraria que la de la real gana.
Pregunta final que me hago: ¿podré reintegrarme a la vida laboral y seguir alimentando a diario este rincón de la Red? No lo sé. Si sí, pues magnífico. Si no, cerraré la persiana, que
tampoco la levanté hace año y medio con la idea de dejarla alzada para siempre.
En tal caso, ya se encargarán otros de tomar
el relevo.
Tampoco sería para tanto. Otra experiencia
más, y a continuar el camino.
Javier Ortiz. 16 meses. Diario de un resentido social. 1 de marzo de 2002.
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2010/03/05 06:00:00 GMT+1
Juan Sol, piloto de Iberia y buen amigo de esta página, me mandó anteayer un correo electrónico para contarme un incidente que había tenido la víspera con una periodista de Telemadrid.
La buena chica se le echó encima sin previo aviso en el aeropuerto de Barajas, alcachofa en
mano y cámara por detrás, para pedirle explicaciones por una presunta huelga de celo que, según había publicado El País, están aplicando los pilotos. Así que logró reponerse del susto, Juan le respondió que las
huelgas de celo están expresamente prohibidas por la legislación laboral.
Su respuesta no arredró a la audaz reportera, que volvió a la carga: «Bueno, entonces formularé mi pregunta de otra manera: ¿es verdad que están ustedes aplicando el reglamento a rajatabla?». A lo que Juan contestó del modo más sensato del mundo: «Señorita, los pilotos de Iberia siempre aplicamos el reglamento a rajatabla. Yo jamás compraría un billete de una compañía, ni para mí ni para mi
familia, si supiera que sus pilotos no cumplen con las normas».
Ella no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente, así que contratacó: «Pero sus directivos
dicen que, si se aplica el reglamento estrictamente, eso provoca retrasos...».
Es realmente fantástico: los directivos de Iberia reconocen alegremente que la compañía ha
promulgado un reglamento... ¡con la esperanza de que no se cumpla!
Curioso país éste.
Ayer escuché a Cándido Méndez acusar al Gobierno de haber torpedeado la reforma laboral: «Amenazó con actuar por su cuenta», dijo. ¡Tremenda amenaza!
¡Intolerable pretensión! ¿Adónde iremos a parar, si el poder ejecutivo osa ejecutar y el poder legislativo se empeña en legislar? ¡Van a obligar a los sindicalistas a hacer sindicalismo!
Estos dirigentes sindicales de opereta están tan acostumbrados a vivir instalados en el consenso de las narices –y a cobrar del Estado por ello– que se
sienten incomodísimos ante la perspectiva de tener que luchar por los derechos de los trabajadores.
Otro tanto está ocurriendo con la Ley de Extranjería y la dirección del PSOE, dispuesta a
aceptar el texto promulgado por el PP siempre que el Gobierno se avenga... a no cumplirlo.
Nicolás Redondo (padre) proporcionó hace años la definición más científica de este género de comportamientos, tan típicamente españoles: «Este país es de coña», dijo.
Vaya que sí.
Javier Ortiz. De coña. Diario de un resentido social. 2 de marzo de 2001.
Remitente: ortiz el jamaiquino.2010/03/05 06:00:00 GMT+1
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