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2012/02/08 06:00:00 GMT+1

La invasión

El Tau de Vitoria ganó el lunes la Copa del Rey de baloncesto. A decir verdad, con todo lo que yo ignoro sobre ese deporte -como sobre tantos otros- se podría escribir un tratado completísimo, pero eché una ojeada al partido, maravillado por lo mucho que corrían aquellos muchachos: iban y venían a escape, como posesos.

En ésas estaba, entre admirado y envidioso, cuando de repente se produjo un tiempo muerto. Los jugadores se juntaron en estrecho conciliábulo con sus respectivos entrenadores. La cámara y el micrófono de la tele se acercaron al grupo de los de Vitoria. Lo que oí me dejó estupefacto: ¡hablaban en inglés! No me lo creía: «¿Y éste es el equipo de Vitoria? ¿Y qué hace Unidad Alavesa, adalid de la lengua castellana, que no pone el grito en el cielo?», exclamé para mí. Pero a Unidad Alavesa no le inquieta el inglés. Sólo el euskara.

Ahora especulan los entendidos con la posibilidad de que el Banco Bilbao Vizcaya realice una fusión importante, rebase al Santander y se convierta en la principal entidad financiera del país. «¿Qué pensaría el Gobierno si el banco más fuerte de España fuera vasco?», oí que le preguntaban el otro día a no sé qué ministro. Me entró la risa.

El presidente del BBV, Emilio Ybarra, dio anteayer respuesta cumplida a la pregunta: «Siempre hemos sido un banco español. Ahora somos ya un gran grupo multinacional». Los jefes del BBV tienen su sede central en Bilbao sólo porque, gente sensata, odian las mudanzas. Y porque hoy en día cada vez importa menos el lugar físico desde el que se manda.

Pero a nadie le parece mal que el BBV diga que ya no es español, sino multinacional. Lo que no le tolerarían en absoluto es que se proclamara vasco.

Es curioso cómo hay gentes capaces de sentir una prevención constante hacia los nacionalismos periféricos y, a la vez, una perfecta indiferencia hacia el predominio creciente de las multinacionales. ¿Que en un barrio de Barcelona hay dificultades para estudiar en castellano? Montan el pollo. Pero existen urbanizaciones enteras de la Costa del Sol en las que hasta las reuniones de la comunidad de propietarios se hacen en inglés. Si no hablas guiri, vete a vivir a otra parte. Pero nadie protesta. Bueno, sí: yo. Pero como si nada.

El otro día, en una tienda de comestibles de Madrid, vi a una anciana rechazar una margarina porque era de marca vasca. «Yo no doy dinero a malos españoles», dijo la mujer muy seria. Y cogió una margarina... francesa. Porque, como es bien sabido, los franceses son magníficos españoles.

Qué gente. Me fascina.

Javier Ortiz. La invasión. El Mundo. 3 de febrero de 1999.

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2012/02/07 06:00:00 GMT+1

Belloch

Un alumno de mi cole se hizo célebre porque, en un momento dado -que es cuando ocurre todo en esta vida-, empezó a retar a todo quisque a jugarse cinco duros a cara o cruz con él. La gracia estaba en que no se tomaba el trabajo de comprobar si el retado tenía los cinco duros apostados. Normalmente no los tenía -eso era un dineral, por entonces- y, si los tenía, lo que no tenía era la menor intención de perderlos. Pero no hacía falta. Uno le decía que sí, él echaba la moneda al aire y, en caso de perder, te la entregaba sin rechistar. En realidad, daba igual que ganara. En ese caso, bastaba con desafiarle a jugarse el doble. Ibas duplicando la cifra hasta que ganabas, momento estelar que aprovechabas para cobrar el dinero y abandonar precipitadamente la escena, camino de los futbolines.

Perder parecía proporcionarle algún tipo de satisfacción íntima que los demás no acertábamos a comprender. De todos modos, tampoco poníamos demasiado empeño en ahondar en los arcanos de su psicología: pragmáticos hasta la médula, como sólo los niños y algunos políticos pueden serlo, nos conformábamos con que soltara la mosca con aquella liberalidad.

Vistas las cosas con perspectiva, supongo ahora que era un modo desesperado que el pobre, que no era muy apreciado, se buscó para atraer la atención de los demás y verse importante.

Para desdicha nuestra, su fiebre apostadora fue transitoria. Pasados unos días, se le fue por completo, llevándose con ella todos sus ahorros y el efímero interés social que había despertado con su rareza.

El modo que tiene Juan Alberto Belloch de manejarse en política me recuerda mucho a aquel chaval de mi colegio. Apuesta, apuesta sin parar, apuesta contra todo el mundo y no para hasta que pierde.

Educado como fui en una mezcla no demasiado heteróclita de revolucionarismo y espíritu castrense, siempre he pensado que cuantos menos enemigos tenga uno, mejor, y que, puesto a tenerlos, lo deseable es no pegarse con todos a la vez. Belloch se sitúa en la antítesis de ese criterio: es como si cada mañana hiciera repaso mental de la nómina de individuos que todavía no le han vuelto la espalda y se impusiera el deber de enemistarse con ellos lo antes posible.

Anteayer, Belloch consiguió que Jesús Cardenal lo odie ya de por vida. Pero lo de la pasada semana fue mucho mejor: optó por tocar las narices a la vez a González y a Almunia. Anda diciendo a quien quiera oírle que González es «un militante de base» y que, por tanto «ni puede ni debe imponer» quién será el principal candidato del PSOE cuando haya elecciones. O sea: coz para González, cuya autoridad minimiza, y coz para Almunia, que es el candidato que González promueve.

Belloch hace apuestas destinadas inevitablemente al desastre. ¿Por qué se comporta tan raro? Digo yo que lo hará para llamar la atención, como el crío de mi cole. Pues bien: como él, no tardará en quedarse sin capital para apostar.

Y entonces volverá a no tener el menor interés para nadie.

Javier Ortiz. Belloch. El Mundo. 7 de febrero de 1998.

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2012/02/06 06:00:00 GMT+1

Es la guerra

Todo enfrentamiento es una guerra a escala. Las guerras de verdad son guerras a escala 1:1; las peleas domésticas, guerritas a escala 1:5.000.000, o por ahí. La gama de variables intermedias es infinita.

El actual enfrentamiento entre el imperio empresarial de Jesús Polanco y la alianza propiciada por Telefónica es también, a su modo, una guerra. Y, en tanto que tal, debería atenerse a sus leyes.

Hay gentes que dan por hecho que en la guerra vale todo: À la guerre comme à la guerre, que dicen los franceses (algunos). No es así. La guerra también está sometida a reglas. Desde 1856, en que fueron aprobadas las primeras normas internacionales sobre protección del comercio marítimo en tiempo de guerra, continuando por la firma en 1864 de la primera Convención de Ginebra, todos los contendientes civilizados han admitido que en la guerra no vale todo, ni mucho menos. Ese es el principio básico de la Convención de Ginebra: «En todo conflicto armado, el derecho de las partes en conflicto a elegir métodos y medios de lucha no es ilimitado» (Sección I, art. 1).

Al margen de quién tenga más razón en la guerra entre Prisa y sus oponentes -entre los que me encuentro por pura aplicación del certero criterio de Nicolás de Maquiavelo: «Es justa aquella guerra que es necesaria»-, creo que se debe exigir a ambos bandos que combatan respetando las leyes de la guerra.

Por ejemplo, en lo referente a las armas. La Convención de Ginebra prohíbe la utilización de armas químicas y bacteriológicas.

Siguiendo ese ejemplo, en esta guerra debería quedar excluido el uso de la intoxicación informativa. Difundir a los cuatro vientos que el Gobierno pretende aprobar una ley para prohibir la retransmisión codificada de partidos de fútbol, a sabiendas de que el Gobierno no tiene para nada tal intención, es intoxicación informativa. Está feo.

El capítulo II de la Convención de Ginebra trata de la protección general de los civiles en tiempo de guerra. La Plataprisa y la Platafónica deberían comprometerse a que sus combates no dañen a la población civil. Es obvio que el bombardeo informativo actual puede tener efectos muy nocivos para el sistema nervioso de los ciudadanos. Todavía mayor incidencia insalubre puede derivarse del feroz incremento de retransmisiones futbolísticas que va a caernos encima: el yo doy aún más balón que tú bien puede verse como arma de destrucción masiva.

Añadiré un apunte gremial. El apartado f) del capítulo IV de la Convención de Ginebra afirma: «Los periodistas comprometidos en misiones profesionales peligrosas en áreas de conflicto armado serán considerados civiles y tratados como tales». Mucho me temo que en esta guerra vayan a producirse no pocas violaciones de esa exigencia.

¿Cómo prevenirlo? ¿Deberían ambos contendientes designar a un tercero para que hiciera de árbitro, vigilando la limpieza de la pelea?

Tal vez. Pero no creo que eso resolviera el problema.

Probablemente Polanco se las arreglaría para comprar al árbitro.

Javier Ortiz. Es la guerra. El Mundo. 1 de febrero de 1997.

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2012/02/05 06:00:00 GMT+1

Las ruinas del Liceu

La ministra de Cultura, doña Carmen Alborch, nos ha salido incendiaria. «Hay que mantener viva la llama del Liceo», ha dicho. En los años 20, Marinetti, el teatrero futurista, soñaba con pegar fuego a los museos. Marinetti era fascista: lo deduje del estudio de su obra y también -soy agudo observador- de su proclamada adhesión al Fascio de Mussolini.

Marinetti era muchas cosas, pero no tonto. Quería quemar museos y nada más que museos. De los teatros no decía ni mú. Y es que, si se quemaban los teatros, él no tendría dónde representar sus obras. O sea, que el tipo era muy futurista y muy incendiario, pero velaba por sus intereses. Con la señora Alborch pasa tres cuartos de lo mismo, sólo que al revés. Ella no dice nada de mantener viva la llama en los museos, porque su Ministerio tiene mucho dinero invertido en ellos -ay, Thyssen-, y se ceba con la ópera, que se la trae al pairo. Doblemente al pairo, porque a ella lo que le va es, según cuentan, la música de discoteca.

A mí, qué quieren, la ópera me gusta. Moderadamente. Mis gustos operísticos no son exquisitos (una vez escribí que las grandes óperas no son más que media docena de buenas canciones populares unidas por larguísimos y soporíferos rollos, y casi me fusilan). Como moderado amateur de la ópera, pues -y como moderado en general-, no puedo estar de acuerdo con la ministra: la llama del Liceu hay que apagarla cuanto antes, aunque sólo sea para que el vecindario -que también tiene sus derechos, qué caramba- pueda dormir tranquilo.

Pero una cosa es apagar la llama del todo, y otra ver qué se hace con el Liceu o, más exactamente, con la falta de Liceu. En un primer momento -en caliente, como aquel que dice-, todo pichichi de postín se declaró emocionado y ofreció dinero a espuertas para la reconstrucción del teatro. No se sabía si aquello era un funeral, una subasta o una disparatada síntesis de ambas ceremonias. Ahora hay ya una simpática discusión sobre las condiciones que deberían cumplirse para que se justificara la inyección de fondos públicos: unos quieren un Liceu así, otros -ay- asao, y los de más acá se lamentan y dicen que también Itálica se encuentra en estado ruinoso, y que sería bueno reconstruir la catedral de Burgos -en gótico tardío, me imagino-, o reparar el césped del Bernabéu...

Mi tesis es más sencilla. Parto de que un palacio de ópera no es un establecimiento de primera necesidad. Y sostengo que, en razón de ello, si los amantes de la ópera queremos tener Liceu, deberíamos pagárnoslo a escote. No me opongo al apoyo público al arte, pero considero que han de tener prioridad el empleo, la sanidad y las pensiones, sin ir más lejos.

Ruinas por ruinas, mejor sería que empezáramos por ocuparnos de las del Estado de bienestar.

¿Lujos de protección oficial? No, gracias.

Javier Ortiz. Las ruinas del Liceu. El Mundo. 5 de febrero de 1994.

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2012/02/04 06:00:00 GMT+1

¡Vivan las tiendas!

Hace veinte años, la costa mediterránea empezó a llenarse de grandes moles de viviendas y hoteles, gigantes a la orilla del mar: veinte, veitincinco, treinta pisos de hormigón, cemento, ladrillo y vidrio, bien pegaditos unos a otros, la playa a sus pies. «¡Cómo en América!», se decían, extasiados, muchos lugareños. Esas edificaciones resultaban, al parecer, el más claro símbolo del progreso, y quien criticaba su proliferación era tildado automáticamente de retrógrado y reaccionario.

El resultado -el error, el horror- no se le oculta ya a nadie. La costa mediterránea da pena verla: hecha unos zorros, condenada a patrocinar un tipo de turismo masivo, de a duro por cabeza, esclava de las , tres malditas eses británicas -sun, sand, sex.

Temo que pueda suceder tres cuartos de lo mismo con la pelea por su supervivencia que tienen emprendida ahora los pequeños comerciantes. Llevo ya varios días oyendo a doctos comentaristas que aseguran, en tono conmiserativo, que estos tenderos indignados son unos pobres carcas que se oponen al progreso. Porque la ecuación, por lo visto, va de suyo: hiper = modernidad; pequeña tienda = atavismo decadente.

Para mí, las cosas distan de estar tan claras.

El pequeño comercio es un factor vivificador fundamental, realmente insustituible, del medio urbano. Un barrio sin tiendas o con pocas tiendas es un barrio muerto. Recorran ustedes a media mañana las calles de alguna de nuestras ciudades-dormitorio, en las que el pequeño comercio escasea, y podrán comprobarlo sin la menor sombra de duda: las tiendas generan un ambiente propicio para la convivencia, para el contacto humano entre los vecinos, para la mejora de la calidad de vida, en suma.

No se trata de oponerse a los grandes almacenes o a los hipermercados. Ofrecen a los consumidores algunas ventajas indudables. Pero la agonía del pequeño comercio representa un problema que desborda el campo de la economía y que, en consecuencia, no se puede afrontar con las puras leyes del mercado en ristre. El pequeño comercio es un bien social que hay que proteger por razones de urbanismo y de potenciación de la sociabilidad.

Se hace necesario tomar las medidas legales que permitan la supervivencia del pequeño comercio, o sea, lo contrario de lo que el Gobierno ha hecho con la nueva legislación sobre arrendamientos y con el alza del impuesto de actividades económicas, por ejemplo.

La actual agonía del pequeño comercio no es signo de progreso. A no ser que el progreso consista en ir de mal en peor.

Javier Ortiz. ¡Vivan las tiendas! El Mundo. 1 de febrero de 1993.

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2012/02/03 06:00:00 GMT+1

La reforma de la Constitución

Ahora resulta que va a ser necesario reformar la Constitución, pero no para cambiar la deficiente estructura territorial del Estado, ni tampoco para reordenar las bases de nuestro sistema electoral. Después de muchos meses de discusión sobre la necesidad de reformar la Constitución, después de que el partido del Gobierno rechazara una y otra vez tal posibilidad, ahora nos encontramos con que sí se va a cambiar la llamada «ley de leyes», pero no para someterla a un proceso de remozamiento, sino para que permita algo tan aparentemente banal como que los extranjeros puedan votar y ser candidatos en las elecciones municipales.

Esto de que los extranjeros puedan elegir y ser elegidos se la trae al pairo a la mayoría de los ciudadanos, y corre el riesgo de ser aceptado en medio de la indiferencia general. Sin embargo, es un problema bastante peliagudo, ante el que no es fácil tomar postura. En Francia, en Alemania o en Bélgica, la cuestión se presenta de una sola pieza: se trata de que los trabajadores inmigrantes puedan votar. Pero entre nosotros tiene dos caras. Porque aquí, además de trabajadores extranjeros, tenemos casi un millón de residentes extranjeros, casi todos jubilados, instalados en urbanizaciones turísticas en la costa mediterránea y Canarias. Hay pueblos de Alicante y Málaga en los que son amplia mayoría. Si se unen en candidaturas propias, pueden lograr las alcaldías. Lo cual resultaría problemático, no porque sean extranjeros, sino porque tienen necesidades muy diferentes a las de la población autóctona, que puede verse seriamente marginada. Les hablo de un millón de posibles votos, no de una anécdota.

En mi opinión, González firmó esta parte de los acuerdos de Maastricht con demasiada alegría. Debería haber conseguido que el derecho a elegir y ser elegidos se circunscribiera a los extranjeros que contribuyen con su trabajo a la riqueza del país en el que residen. Pero no lo hizo, y nos largó el problema. Así las cosas, yo creo que los diputados y senadores de la oposición deberían rechazar la iniciativa, obligando al Gobierno a llevarla a referéndum. Y, ya metidos en gastos, proponer una verdadera reforma de la Constitución.

Javier Ortiz. La reforma de la Constitución. El Mundo. 31 de enero de 1992.

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2012/02/02 06:00:00 GMT+1

¿Un país serio?

Responde el ministro del Interior a las críticas que está mereciendo la nueva Ley de Extranjería diciendo que «un país serio tiene que tomarse en serio las leyes que aprueba» y que éstas «no se pueden estar cambiando cada tres días».

Esto último no deja de resultar sarcástico aplicado precisamente a esta ley, que su Gobierno ha promovido para sustituir otra que llevaba en vigor menos de un año. Se le dijo por activa y por pasiva que era preferible dejar que la ley anterior tuviera un tiempo de rodaje más prolongado, para comprobar en qué atinaba y en qué fallaba. No le dio la gana, la sustituyó deprisa y corriendo y ahora dice que ese género de comportamiento es impropio de «un país serio». No está mal... como autocrítica.

Pero es la primera frase la que suscita mayor perpelejidad. ¿Así que «un país serio tiene que tomarse en serio las leyes que aprueba», eh? ¿Y como cuanto de «en serio» debe tomarse su Constitución?

Invito a la relectura de la Constitución Española. Establece con claridad meridiana que los derechos fundamentales reconocidos en su Título Primero -entre ellos, destacadamente, los de reunión, asociación y huelga- son universales, en la medida en que los considera «inherentes» a «la dignidad de la persona» (art. 10.1). Acto seguido, precisa que también «los extranjeros» -los extranjeros, sin distinción- disfrutarán en España de esos derechos «en los términos que establezcan los tratados y la ley» (art. 13.1), exceptuado el derecho al sufragio.

Pues bien: la nueva Ley de Extranjería, en lugar de fijar, conforme al mandato constitucional, en qué terminos han de gozar los inmigrantes de los derechos y libertades «inherentes a la dignidad de la persona», se los limita y, en muchos casos, les priva de ellos, sin más. ¿Es ése el modo en el que «un país serio» «se toma en serio» su Constitución?

No es sólo un problema jurídico, ni mucho menos. Preguntémonos qué interés puede tener el Gobierno de Aznar -y de Mayor Oreja- en que el colectivo inmigrante no cuente con derechos tales como los de reunión, manifestación y huelga. Sólo hay una posible respuesta: quiere cercenar su capacidad de protesta.

Todos los estudios realizados por la UE demuestran que las leyes de inmigración fuertemente restrictivas, como la actual española, no consiguen en absoluto frenar el flujo migratorio:  lo único que logran es ampliar el porcentaje de inmigración ilegal.

Sumemos dos y dos: saben que, gracias a su nueva ley, va a haber cada vez más inmigrantes sin papeles y quieren evitar que puedan rebelarse.

Javier Ortiz. ¿Un país serio? El Mundo. 27 de enero de 2001.

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2012/02/01 06:00:00 GMT+1

Qué ilusionante

No tengo la más mínima idea de las razones por las que más de dos millones de electores votaron a IU en las anteriores elecciones generales. Supongo que las habría muy diversas.

Sí sé, en cambio, por qué no lo hicieron bastantes de ellos. Tanto más he conversado con votantes de IU en los últimos años, tanto más he podido confirmar cuán pocos optaron por esa papeleta de voto porque creyeran en la bondad y pertinencia de las propuestas políticas, económicas y sociales que enarbolaba la coalición de izquierda. Dudo incluso de que las conocieran.

No he tenido en muchos casos tampoco la impresión de que hubieran decidido votar a IU para respaldar sus proclamas de rigor ético en materia de libertades, de lucha contra la corrupción o de oposición al terrorismo de Estado, por poner sólo tres ejemplos.

Lo que estoy viendo estos días confirma mis peores sospechas.

Dice Francisco Frutos y corea el resto de la dirección de IU -si hay algún disidente, le ruego que me perdone: no lo he oído, tal vez por culpa de la barahúnda general- que hay «millones de ciudadanos de izquierda» que se sienten «muy ilusionados» por la alianza que está fraguando con el PSOE. Con ese PSOE que no ha hecho ni un amago de autocrítica por los GAL, por la Ley Corcuera, por la de Extranjería, por la reforma del Código Penal, por Maastricht, por la OTAN, por la Guerra del Golfo, por la reconversiones a porrazos, por el empleo basura... y por todo lo demás, que es casi todo.

Es posible que Frutos tenga razón. Lo mismo es verdad que hay millones de ciudadanos que están en estos momentos la mar de ilusionados. No me extrañaría nada. Tendrían razón tanto él como Almunia, al que también se le ve muy ilusionado.

Afirman que van a suscribir un programa conjunto. Y un cuerno. Entre el programa del PSOE y el que IU hacía suyo hasta ahora no había compromiso posible, porque sus diferencias no eran de cantidad, sino de calidad. Proponían dos modelos sociales diferentes: de un lado, la cosa ésa con sede en Bruselas; del otro, el viejo modelo socialdemócrata, que en estos tristes tiempos parece hasta ultraizquierdista. El PSOE dará algún retoque a lo suyo, y adiós muy buenas.

Algo debo agradecer a IU: ha resuelto cualquier duda electoral que pudiera asaltarme. Una vez haya sellado su muy ilusionante acuerdo, tendré clarísimo que no puedo prestarle mi apoyo. No para que se lo regale a cualquier Almunia.

Ya ni siquiera tendré la tentación de regalarle mi voto por mera solidaridad entre perdedores.

Javier Ortiz. Qué ilusionante. El Mundo. 1 de febrero de 2000.

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2012/01/31 06:00:00 GMT+1

Hablar / callar de Euskadi

Contacto con un fontanero para que haga una pequeña reparación en mi casa. Viene. Pronto compruebo que es un hombre muy simpático, cosa que debería haber dado por supuesta, puesto que ha venido, y además a la hora fijada, en vez de darme plantón, según la muy acendrada costumbre de la mayoría de los de su gremio.

Mi insaciable curiosidad por los arcanos de las manualidades me empuja a quedarme cotilleando su trabajo. Para disimular, le doy conversación.

-Y usted, ¿de dónde es? -me pregunta al cabo de un rato.

-De San Sebastián -confieso.

-Bonita ciudad. Tengo muy buenos amigos allí -replica. Y tras una breve pausa:

-Y qué, ¿cómo cree usted que acabará aquello?

Aquello.

Voy al médico. Rellena mi ficha.

-¿Natural? -me pregunta.

Reprimo las ganas que me entran de castigar su laconismo contestándole: «No; artificial». A cambio, le doy el dato que espera.

-Hombre, San Sebastián. Qué ciudad tan bonita. Mis mejores amigos son de allí.

Está claro que San Sebastián es una ciudad muy bonita y que todo el mundo tiene grandes amigos en ella. Empiezo a sospechar que los donostiarras decidieron dedicarse en masa a las relaciones públicas en cuanto me fui. Quizá lo hicieron para rentabilizar mi marcha.

Me sonríe con abierta simpatía el doctor:

-Y qué, ¿cómo ve aquello?

Jopé, otro.

Aquí hay algo que no funciona. De un lado, escucho en la radio a montones de oyentes cabreados, que se quejan amargamente de que en las tertulias políticas sólo se habla de Euskadi, y, de otro, me topo cada dos por tres con gente empeñada en que pronuncie sobre la marcha largas peroratas acerca de las posibles derivaciones del contencioso de marras.

¿En qué quedamos? ¿Interesa? ¿No interesa?

Me pregunto si de lo que estarán cansados los oyentes de la radio no será tanto de que siempre se hable de lo mismo, sino de que siempre se diga lo mismo. Se repiten las mismas condenas -y los mismos insultos- hasta el más mortal de los aburrimientos. Y no sólo en las tertulias: hasta en los noticiarios. Ningún intento de comprender el criterio ajeno. Ni el más mínimo intento de explicar. ¡Pero si hasta a los ministros de Aznar los tratan cual peligrosos filoseparatistas!

Tal vez Euskadi interese. Quizá lo que aburran sean los mítines.

Javier Ortiz. Hablar / callar de Euskadi. El Mundo.

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2012/01/30 06:00:00 GMT+1

Clinton, ese hombre

De acuerdo con el editorial de ayer de este periódico. En efecto, el presidente de los Estados Unidos, que es un señor adulto, está en su derecho a tener los contactos sexuales que le venga en gana con quien o quienes quieran participar en ellos, y es aberrante que la Justicia norteamericana se meta de por medio. No sólo por razones sólidamente jurídicas, sino también por estrictos motivos de educación: no se le puede pedir a nadie que pregone esas cosas a los cuatro vientos con nombre y apellidos.

Me parece también no sólo mal sino incluso ridículo el argumento de los puritanos vergonzantes, que alegan que lo grave no es que Bill Clinton tuviera contactos sexuales con Monica Lewinsky, sino que mintiera en su declaración, porque mintiendo en eso habría demostrado que es capaz de mentir y, por ende, que no es fiable. Toda esa argumentación es un disparate. Primero, porque uno puede negarse a revelar lo sucedido en un asunto privado pero, por lo demás, acostumbrar a decir la verdad. Mi criterio es justo el opuesto: me parece más de fiar quien preserva la intimidad de sus compañías de cama que quien la airea. Segundo: el que diga que nunca miente, miente. Y, en fin: para saber que Bill Clinton no es de fiar, lo que es a mí no me hacía falta la señorita Lewinsky para nada.

De todos modos, tampoco conviene exagerar la distinción entre actividad política y conducta sexual. Tiene valor jurídico y político, pero no puede aplicarse a otros considerandos. Nadie es de un modo a la hora de actuar profesionalmente y de otro cuando trata de satisfacer -o cuando reprime y sublima- sus pulsiones sexuales.

¿Qué parece desprenderse de lo que nos cuentan del comportamiento sexual de Bill Clinton? Que, con cierta frecuencia -si es que no siempre-, se sitúa ante las mujeres con mentalidad de cazador. No es un gran hallazgo, desde luego: todos los hombres hemos sido educados desde nuestro nacimiento para eso, en probable coincidencia con nuestra impronta genética. Pero también hemos sido educados en la conveniencia de reprimir ese impulso agresivo. Cada hombre acaba comportándose luego según el equilibrio -o la falta de equilibrio- que tienen en él esas dos vertientes: la animal -digamos, por abreviar- y la civilizada. Tal parece que la fuerza agresiva de Clinton no se ve compensada con una fuerza autorrepresiva de magnitud suficiente. Le puede su afán cazador.

Pues bien: vistas así las cosas, tampoco hay demasiada contradicción entre la vida privada del presidente de los Estados Unidos y su comportamiento político. Es más: estoy seguro de que si muchos norteamericanos le dieron su voto fue porque percibían en él ese afán narcisista de seducción, convertible eventualmente en agresividad a la hora de la conquista.

Que nadie se engañe: frente a Monica Lewinsky y frente a Irak, Bill Clinton es siempre el mismo.

Javier Ortiz. Clinton, ese hombre. El Mundo. 28 de enero de 1998.

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