2009/03/01 08:15:00 GMT+1
Sostienen
El País y varios comentaristas de la
prensa madrileña que el resultado de las elecciones vascas de hoy dependerá de
la participación (o de la abstención, si se mira la otra parte de la botella).
Dicen sin inmutarse que, si la participación supera el 70%, Ibarretxe volverá a
ser lehendakari, pero que, si vota menos gente, Patxi López tendrá su oportunidad.
Lo
más curioso es que quienes se expresan así son visiblemente favorables a que
Ibarretxe se vaya de Ajuria Enea. Al admitir que cuanto más mayoritario sea el
voto menos posibilidades tienen ellos de triunfar, están aceptando que
constituyen una minoría social en la Comunidad Autónoma Vasca. Se saben minoritarios.
Tiene sus bemoles.
Y
puede que acierten. He escrito ya varias veces durante esta campaña electoral
que, para mí, lo más preocupante de todo lo que está sucediendo últimamente en
Euskadi es el creciente desinterés por la política que muestran amplios
sectores de la población. Es cada vez más la gente que está aburrida de que le
hablen continuamente de lo mismo para decirle las mismas cosas. No es sólo que
no se fíe de los políticos profesionales; es que, además, le aburren. Los
mitineros de los partidos institucionales son redundantes hasta el hastío. ¡Si hasta
me aburren a mí, siendo como son, en buena medida, mi material de trabajo!
Algunos
amigos se han dirigido a mí para preguntarme qué me gustaría que ocurriera en
las urnas vascas de hoy. Me alegra que ya no quede ningún conocido que me pida
que le aconseje (¡vamos progresando!), pero tampoco tengo claras mis
preferencias. El asunto es complejo. No descarto siquiera la conveniencia de lo
que suelo llamar en broma “la variante homeopática”, es decir, que el PSE-PSOE,
con el apoyo interno o externo del PP, pase un cierto tiempo gobernando la CAV,
para que la mayoría sepa de qué va eso, a modo de vacuna. Así, de paso, la
estructura del PNV tal vez pudiera purgarse de sus elementos más arribistas,
que le sobran por los cuatro costados. O no: lo mismo les da por aliarse con el
PSE. Esa sería, en mi criterio, la peor de las hipótesis.
De
las elecciones gallegas no digo nada, porque no sé casi nada. He conocido tanto
a dirigentes del PP gallego (y algunas de sus actuaciones) como a dirigentes del
PSdG (y algunas de sus actuaciones) y tanto los unos como lo otros distan de
entusiasmarme. También conozco a gente del Bloque, y algunos me caen bien y
otros mal. Muy pocos datos como para pronunciarse con seriedad.
Remitente: ortiz.2009/03/01 08:15:00 GMT+1
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2009/02/26 06:00:00 GMT+1
Nada; es cosa de nada. Asuntos de fútbol. Anoche estuve ojeando el partido del Real Madrid CF y el Liverpool (por televisión, claro, no en el Santiago Bernabéu, que me he prometido no pisar nunca más, después de los gritos visceral y repugnantemente antivascos que me tocó oír la última vez que pisé sus gradas).
Me hizo gracia que, hechas las cuentas, en el Liverpool, entrenador incluido, jugaban más ciudadanos con pasaporte español que en el Real Madrid.
Pese a lo cual, los locutores de Canal + (¡incluyendo un británico!) mostraron una parcialidad total a favor del Real Madrid. Como si les fuera la vida en ello.
Se ve que les importan más los escudos que las personas.
Remitente: ortiz.2009/02/26 06:00:00 GMT+1
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2009/02/25 07:27:00 GMT+1
Estoy
de médicos. Por distintos motivos. Y desengañado.
Tengo
diversas cañerías corporales con fugas desagradables.
Para
empezar, mi columna vertebral es un desastre. Cuento con varias vértebras
lumbares que me dan, de vez en cuando y sin avisar, unos latigazos bastante
dolorosos. Pero lo peor no es eso, sino mis vértebras cervicales, que se han
puesto caprichosas y se las arreglan para limitar el riego sanguíneo de mi
precario cerebro, lo que me produce mareos inoportunos (¿habrá mareos
oportunos?) y, en general, una permanente sensación de aturdimiento. Eso puede
mejorarse con medicación, pero los medicamentos adecuados hacen polvo el
estómago.
¿Ventaja?
Como me da asco comer, he adelgazado diez kilos. Pero tampoco es plan.
Te
replanteas todo el asunto y vas a consultar a un experto. Te dice que lo
primero que necesita ver, para poder tratarte, es una resonancia magnética de
tu columna. Excelente: la lista de espera de las resonancias magnéticas por la
vía de la Seguridad Social madrileña es de un año (mes arriba, mes abajo). De
modo que, como no puedes esperar tanto, acudes a una clínica privada donde, por
hacerte una resonancia de ésas, que no tienen nada que envidiar a los métodos
de la BPS y la Gestapo (tres cuartos de hora inmovilizado y metido en un
receptáculo espantosamente claustrofóbico), te cobran 360 euros. Y eso en plan
de amigos, porque vas recomendado.
Luego
vendrá el tratamiento, que a saber en qué queda. Y a cuánto sale.
Segundo
asunto: mi vista falla de manera escandalosa. También en este particular probé
la vía de la Seguridad Social de doña Esperanza, pero los servicios que me
tocaron –estoy seguro de que no todos son así: es sólo mi proverbial mala
suerte– resultaron renuentes, desdeñosos, antipáticos y, por decirlo en una sola
palabra, repelentes. Les importas un pijo, y se ve a una legua. De modo que opté
por echar mano de mis ahorros, en esto también, y pedí cita en una clínica
oftalmológica privada. Me la han dado… ¡para el mes de mayo! ¿Tendré ojos para
entonces?
Y
no sigo con más detalles, que esto ya parece una jeremiada.
Materialista
impenitente, siempre he pensado que las ganas de vivir dependen directamente de
la calidad de vida. Ya se sabe: salud, dinero y amor. El dinero no me sobra,
pero tampoco me falta, por lo menos para lo elemental. Amor tengo más del que
me merezco. Pero la mierda de la salud empieza a tocarme las narices. Y los
dientes. Y las muelas. Y la columna. Y los ojos. Y los oídos. Y el estómago. Y
el hígado. Y el intestino. Y los pies.
Remitente: ortiz.2009/02/25 07:27:00 GMT+1
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2009/02/14 08:20:00 GMT+1
Hace
ya muchos años, un escribidor afincado en Madrid acudió a una ciudad situada a
orillas del Cantábrico para participar en una mesa redonda sobre el terrorismo
de Estado. El acto se celebró sin mayor problema. Resultó animado y asistió bastante
público.
Cuando
acabó el mitin, el escribidor se fue a cenar con la gente que lo había organizado.
Y allí reparó en una treintañera alegre, de conversación desinhibida y estimulante.
Terminada
la cena, se fue a tomar unas copas con ella. Acabó acompañándola a su casa. Y a
su cama.
Pasado
el tiempo, ella confesó que aquella noche pensó: “A fin de cuentas, éste
regresa mañana a Madrid y no vuelvo a verlo. No me compromete a nada”. Tenía muy a gala su
independencia de soltera empedernida.
Aquello
sucedió un 10 de febrero.
A
la mañana siguiente el escribidor emprendió efectivamente viaje de regreso a
Madrid, pero él –que por entonces ejercía también de soltero, aunque no
profesional– se quedó marcado por el encuentro de aquella noche del 10 de
febrero. Y llegó el 14, el ridículo San Valentín, y, sentimental irreprimible,
se fue a una floristería y encargó que mandaran una docena de rosas rojas a la
treintañera desinhibida que vivía a orillas del Cantábrico. Y al día siguiente
la telefoneó para proponerle (“Nada más que por probar”, le dijo) pasar un fin
de semana juntos. Y luego vinieron muchos fines de semana más. Y muchísimas
semanas enteras. Y muchos años.
Me
ha contado un pajarito que hoy, 14 de febrero de 2009, la treintañera, que hace
tiempo que ya no lo es, no sabe que dentro de un par de horas sonará el timbre
de la puerta y un empleado de una floristería vecina le dará en mano una docena
de rosas rojas.
Remitente: ortiz.2009/02/14 08:20:00 GMT+1
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2009/02/12 06:45:00 GMT+1
Sería
absurdo que Mariano Fernández Bermejo y Baltasar Garzón se dieran cita en una jornada
de caza por los campos de Jaén para conspirar contra el PP. No digo que sea
imposible, porque a lo largo de mi vida he visto muchísimas estupideces; lo que
sí considero es que sería del género tonto hacerlo escopeta en mano y delante
de un montón de gente, teniendo toda la semana disponible para conspirar en
Madrid de manera más discreta y cómoda, con los papeles por delante.
Yo
no he visto conspirar nunca al actual ministro de Justicia (es más, creo que ni
siquiera lo he tratado). A Garzón sí, y sé que es capaz de hablar de cualquier
cosa, en cualquier lado y con cualquiera, pero no necesariamente para
conspirar. A veces lo hace sólo para pavonearse.
Se
llama Baltasar Garzón Real, pero le cuadraría más apellidarse Pavo Real.
El
PP ha calificado de “obsceno” el encuentro entre el ministro y el juez en la ya
famosa montería jienense. Se supone que algo tienen que alegar, con la que se
les ha venido encima, pero los dirigentes de Génova (¿verdad, Mayor Oreja?) carecen
de derecho a escandalizarse: saben muy bien en qué consiste conspirar con jueces
sin el más mínimo pudor.
De
todo este sainete, lo que a mí me ha llamado más la atención es el hecho mismo
de la montería. Hacía tiempo que no oía hablar de esos encuentros de señoritos
que se dan cita para matar, comer y beber a discreción y charlar displicentemente
de sus cosas, con la debida asistencia de la servidumbre. ¡Resulta tan
socialista!
Franco
era también muy aficionado. Como lo es el Borbón de ahora.
Post scriptum.– No tiene demasiado sentido pretender que la bomba colocada en el Parque Ferial de Madrid por ETA sea una respuesta a la sentencia del TS que deja fuera de juego a las dos candidaturas de la izquierda abertzale. ETA nunca ha sido tan instantánea en su capacidad de maniobra. Para empezar, los jefes tienen que ponerse en contacto entre sí –cosa nada sencilla, tal como están las cosas–, debatir, decidir qué se hace o no se hace y pasar las instrucciones correspondientes. A continuación, los activistas que están sobre el terreno han de examinar la escena del crimen, robar los vehículos que van a ser utilizados, preparar la bomba, montarla, etc. En conjunto, un lío que difícilmente puede montarse de hoy para mañana, y menos con militantes tan chapuzas como los que tienen ahora mismo.
Pero, además de eso, ¿quién ha dicho que la actual dirección de ETA esté muy enfadada por la ilegalización de las candidaturas de la izquierda abertzale? En ese sector hay una fuerte tensión entre quienes son partidarios de plantear su pugna contra el Estado en las instituciones (o en la calle, pero de modo pacífico) y quienes se apuntan a aquello tan viejo de "cuanto peor, mejor". Así que a saber.
Remitente: ortiz.2009/02/12 06:45:00 GMT+1
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2009/02/08 06:00:00 GMT+1
Primero.
No recuerdo qué italiano, pero sí
que era un italiano famoso (¿Leo Bassi? ¿Dario Fo?), nos relató hace años durante
un ágape privado una anécdota de Silvio Berlusconi que retrata bien al
personaje. No puedo certificar que sea cierta pero, como dicen los propios
italianos, “se no è vero è ben trovato”.
Nos
contó que Berlusconi visitó un mal día los estudios de uno de sus canales de
televisión. Estaban en ese momento haciendo un ensayo de un concurso de esos
chabacanos que tanto le entusiasman a él y tanto dinero le han dado. El tipo
contempló la escena y, al cabo de unos pocos minutos, pidió que le trajeran
unas tijeras grandes. Cuando se las dieron, saltó al escenario y, en medio del
estupor general, se dedicó a recortar las faldas de todas sus empleadas, hasta
dejar las prendas bien por encima de sus rodillas. Entonces, sonrió con aire
pícaro –o sea, rijoso– y exclamó: “¡Esto es otra cosa! ¡Ahora sí!”.
Ese
individuo es en este momento el mejor aliado del Vaticano.
Segundo.
Ya sé que no soy representativo
de nada ni de nadie (a duras penas me represento a mí mismo) pero de verdad que
no entiendo por qué hay personas que, pese a detestar mi concepción del mundo
en sus más diversos aspectos, no sólo me leen a diario, sino que, para más
inri, pierden el tiempo dando rienda suelta por escrito a su fobia, día sí día
también. ¿Y si nos dejáramos en paz? Yo tengo firmada mi parte del armisticio
desde hace tiempo: no leo a la muchísima gente cuyas opiniones me dan grima (o
me aburren, sin más) y, por vía de consecuencia, tampoco polemizo con sus rollos
particulares.
Y
que conste que no lo hago por altivez, sino por pura profilaxis emocional.
(En este mismo orden de cosas: aclaro a algunos amigos y amigas que yo no he apoyado ningún manifiesto de Izquierda Anticapitalista. Suscribí un texto que respaldaba su derecho a presentarse a las elecciones, sin más. No es lo mismo, ni mucho menos. Hace cuatro años también me sacaron en los papeles como defensor de la candidatura de Ezker Batua a las elecciones vascas. Se trató de otro uso extemporáneo de mi firma. Tampoco quise hacer ruido con aquello, porque no me tomo por tan importante y, si me desagrada que se me use a favor, tampoco deseo que se me utilice en contra.)
Tercero.
Amigos y familiares me reprochan
que leo poca literatura. Son benévolos: poca es mucha. Mi respuesta-tipo ha
venido siendo desde hace años la misma: paso tantas horas al día leyendo periódicos
y revistas de las más diversas procedencias que lo único que me faltaba es rematar
la jornada con más lectura. Eso sin contar con que tengo la vista hecha unos
zorros, tal vez para no desentonar con el resto de mi cuerpo.
Pero
ayer comprobé que padezco otra dificultad adicional. Inicié la lectura de una
novela que mucha gente me ha puesto por los cuernos de la luna, como el no va
más, y apenas consigo avanzar. Cada párrafo me suscita reproches gramaticales.
No paro de encontrar frases que me parece que están mal redactadas. Hay
barbarismos a espuertas. El hipérbaton lo inunda todo. Leo: “Golpeó con tanta
fuerza como pudo el cristal de la ventana”. Y me quedo pensando: “¿No quedaría más fluido ‘Golpeó el cristal de la ventana
con tanta fuerza como pudo’?” Escrito del otro modo, cabría concluir que quien
golpeó fue el propio cristal (que, además, probablemente no sería de cristal,
sino de vidrio).
Lo
peor es que con todos esos líos se me va el hilo de la historia. Y acabo perdiendo
el interés.
Bastante
tengo con corregir sin parar mis propias patas de banco como para meter horas
especulando también con las ajenas.
Remitente: ortiz.2009/02/08 06:00:00 GMT+1
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2009/02/02 06:00:00 GMT+1
Vuelvo a recibir mensajes que me
preguntan por qué algunas columnas mías son censuradas en la edición digital de
Público. Lo que más me molesta, si he
de ser sincero, es que haya lectores míos que no sean conscientes de su problemática
carencia de lógica. Si la dirección de Público
quisiera censurarme –cosa absurda: le sería mucho más sencillo despedirme y
dejarse de bobadas–, censuraría mis columnas en la edición de papel, no en la
edición digital, que tiene mucha menos trascendencia.
Lo que sucede es, en realidad, bastante
más sencillo e infinitamente más inocente. La sección de Opinión de Público cuenta con muy poco personal,
que los fines de semana se reduce a una expresión cercana a la inexistencia. No
da abasto. A veces hay cosas que se le pasan. Por ejemplo, subir a la red la
columna sabática de Javier Ortiz. ¿Y qué? Javier Ortiz, que ha sido cocinero
antes que fraile durante muchísimos años, entiende esos errores y los disculpa
sin torcer el gesto ni lo más mínimo. No hay ningún problema.
Dejémonos de paranoias.
Otorgadme, por favor, ese margen
de confianza: cuando tratan de taparme la boca, suelo darme cuenta. Y cuando
eso sucede, no me callo.
Remitente: ortiz.2009/02/02 06:00:00 GMT+1
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2009/01/31 06:00:00 GMT+1
Como una columna de las mías en Público tiene 1.750 caracteres (puede
que alguno menos pero, desde luego, en ningún caso más), hay ocasiones en los
que, cuando finalizo la que habrá de aparecer al día siguiente, experimento un
cierto sentimiento de frustración.
No es que sea nada demasiado importante.
Me consta que sintetizar es un ejercicio saludable, tanto para quien escribe,
que de ese modo se ejercita en ir directamente al meollo del asunto (recuerdo
el lema de Bertolt Brecht: “La verdad es concreta”), como para quien lo lee,
que se ahorra un montón de circunloquios y divagaciones.
Sea como sea, ayer viví una de
esas experiencias frustrantes porque, en tanto que recalcitrante espectador de
acontecimientos deportivos televisados, tenía tomadas tropecientas notas sobre
las barbaridades y los topicazos a los que recurren los locutores y locutrices
del ramo, que me fue imposible citar en la columna de hoy por falta de espacio.
Lo que más me fastidió fue no tener
margen para dedicar un apartado específico a las retransmisiones televisivas de
partidos de tenis, que aportan notables especificidades con respecto a las de
fútbol.
Hay dos muy destacadas. En primer
lugar, casi todo lo que sucede en un buen encuentro de tenis es “increíble”. El
adjetivo de marras puede ser utilizado, sin exagerar, varios cientos de veces
durante una sola retransmisión. En segundo lugar, y por muy “increíble” que sea
cuanto según los comentaristas está
ocurriendo, siempre resulta “un poco”, “un poquito” o incluso “un poquitín”. Frase
modelo: “Quizá Zutano se esté mostrando un poquitín demasiado conservador y
debiera jugar un poco más agresivo, subiendo un poquito más a la red”.
Lo suyo no es el pensamiento
débil, sino directamente el blandengue, delicuescente, inasible.
Ayer, a uno de los comentaristas
de Canal Satélite se le ocurrió adoptar aires de cronista futbolero y decir que
el partido entre Nadal y Verdasco se lo acabaría llevando “el que las tuviera
más grandes” –zafia expresión machista que a nadie habría extrañado en un
partido de fútbol– y causó una auténtica conmoción en el equipo de tenis del
polanquismo televisivo. Hubo de excusarse.
Porque ésa es otra: hay deportes que
son propios de la gente pudiente, de cuna o sobrevenida, y hay deportes adecuados
para la ruda plebe. Cada uno tiene su lenguaje.
Remitente: ortiz.2009/01/31 06:00:00 GMT+1
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2009/01/28 08:15:00 GMT+1
Aunque aún pendiente de repararme
por dentro (la maldita gripe no me abandona del todo), he venido al
Mediterráneo para evaluar los desastres provocados en mi terruño por el
vendaval. He comprobado que algunos daños sí que ha sufrido. El principal de
ellos es que el viento –que alcanzó por aquí los 150 kilómetros por hora, según
me han dicho– me ha derribado un tejadillo de chapa y ha destrozado una
persiana exterior, de las viejas de Gradulux que tanto se veían en las oficinas
de hace años. Aparte de eso, tengo varios tiestos destrozados, tres pitas
derribadas y algunas ramas de pino por los suelos. O sea, ninguna tragedia de
mayor envergadura. Ya me las arreglaré para ponerlo a punto.
Ayer por la tarde todavía soplaba
un ventarrón considerable, pero por la noche cesó. Fue una delicia tener la
oportunidad de contemplar el cielo, limpísimo y totalmente estrellado. Encendí
la chimenea y me dediqué a holgazanear, leyendo y oyendo música.
Por resumir: no hay nada como
tener una excusa para escapar de Madrid.
Remitente: ortiz.2009/01/28 08:15:00 GMT+1
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2009/01/26 06:00:00 GMT+1
Mi
pueblo alicantino es de esos de los que suele decirse que nunca pasa nada, como
en el melancólico y hermoso filme de Juan Antonio Bardem.
En
Miravete de la Sierra, provincia de Teruel, la decena de vecinos que lo pueblan
se aprovechó del título de la película del director de Calle Mayor para realizar hace poco una campaña turística simpática:
presumían de que en su aldea nunca pasa nada, incluso aunque adelantes el
reloj.
En
mi pueblo de la comarca del Alacantí, aunque sea bastante más grande que
Miravete (tiene unos 800 habitantes, entre fijos y fijos discontinuos, como yo),
puede parecer que nunca pasa nada, pero es falso. Pasan muchas cosas, sólo que
bastante de ellas afloran poco o no afloran en absoluto. Supongo que de la mayoría
ni me entero, porque vivo en una casa rural y aislada, situada a 2 km. del
pequeño casco urbano.
De
todos modos, se vea más o menos en la superficie lo que sucede, mi pueblo no
suele aparecer casi nunca en los papeles. Alcanzó cierta notoriedad tras las
últimas elecciones municipales, porque una candidatura de gente opuesta a la
mayoría dominante impugnó los resultados, alegando que el PP había inscrito en
el censo a un buen puñado de ciudadanos que ni vive en el pueblo ni lo
frecuenta, lo cual retrasó la formación de la Diputación de Alicante, hasta que
la Junta Electoral se pronunció (a favor del PP, por supuesto). El asunto no
era menor. Si un partido poderoso infla el censo electoral de un pueblo tan
pequeño con un par de centenares de votantes importados de la ciudad, se lleva las elecciones de calle. Y el
pueblo podrá no tener mucha prestancia pero, tratándose de una zona de fuerte
actividad turística y con amplias perspectivas de expansión urbanística (aunque
ahora estén momentánea y venturosamente frustradas), el control municipal puede
acabar resultando muy rentable.
El
pasado sábado mi pueblo volvió a aparecer en los papeles, y hasta en los
telediarios, para mi gran sobresalto. El ventarrón que sopló con furia por
aquellos pagos mediterráneos provocó la caída de un muro de piedra, de los
tantos que se montan por allí para delimitar las fincas o apuntalar los
bancales, y las piedras desprendidas aplastaron a un vecino, que murió en el
acto. Por lo que he leído, el accidente se produjo a menos de 500 metros de mi
casa.
Cómo
somos algunos. Tras lamentar el suceso –qué menos–, no he parado de preguntarme
qué desastres habrá provocado en mi propio predio ese recalcitrante vendaval de
130 km/h. Así que supere esta maldita gripe que sigue persiguiéndome, habré de
ir a comprobarlo para hacer el balance de daños.
El
29 de diciembre de 2000 viví allí un fuerte azote de viento, aunque supongo que
muy inferior al de la pasada semana. Escribí entonces un Apunte que reproduzco, por si fuera de vuestro interés.
Se
llamaba El viento y decía:
«Es todavía
de noche. El viento sopla fortísimo. Mi casa, situada en una colina, está
totalmente desprotegida, salvo por el lado del porche, flanqueado por una
hilera de pinos. El viento se ceba con nosotros. He bajado las persianas, por
miedo a que revienten los vidrios de las ventanas.
Escucho el
viento. Actúa por rachas. De repente, se calma. Zumba el silencio. Y,
súbitamente, vuelve a arrancar, terrible, estremecedor, y todo tiembla.
Trato de
establecer la cadencia, en un intento de que la Razón recupere terreno frente a
la Naturaleza desatada. Pero el miedo me vence.
Sé tan poco
sobre la Naturaleza. Nunca he vivido con ella. No la entiendo. ¿Por qué el
ventarrón sigue esas rachas? ¿Y por qué es mucho más fuerte por la noche que
por el día? Me da miedo.
Ahora la
fuerza con la que golpea es impresionante. No quiero ni pensar en lo que estará
sucediendo fuera. Imagino que muchos tiestos se habrán roto, pero no me atrevo
a salir. Lo mismo se me viene algo encima.
Ha
parpadeado la lámpara. No sé si volverá a irse la corriente, como ayer, y
tendré que continuar escribiendo a la luz de las velas, junto al fuego de la
chimenea. Espero que no.
He puesto
algo de música, supongo que para aferrarme a la civilización.
............
Se ha
producido un apagón. Y luego otro. Y otro más. Éste ya mucho más largo. Escribo
ahora a la luz de una vela.
Dan las 6.
Enciendo un transistor para escuchar las noticias. Si siempre me resultan
extrañas las declaraciones políticas, en esta situación no consigo ni siquiera
entender lo que pretenden.
Parece que
ahora viene otro momento de calma del viento.
Oigo que hay
un lío con el Parlamento vasco y las víctimas del terrorismo. Me niego a
decidir qué pienso de eso, si es que pienso algo. Quizá consiga reflexionar
algo sobre ello cuando vuelva a tener electricidad. O cuando amanezca. O cuando
se calme definitivamente el viento.»
Remitente: ortiz.2009/01/26 06:00:00 GMT+1
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