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2018/12/05 20:26:41.280981 GMT+1

La tristeza de los homenajes

El pueblo de Madrid en reconocimiento a movimiento 15M que tuvo su origen en esta puerta del Sol. “Dormíamos, despertamos”. Ayuntamiento de Madrid, 2018.

Este es el texto que, junto con el escudo del Ayuntamiento de la ciudad, aparece contenido en un cuadrado girado a la forma de un rombo, como son las latillas que en esta ciudad dan noticia de personajes ilustres que vivieron en tal o cual calle o portal. Que ofrecen memoria de los muertos.

Si bien es cierto que la colocación del recuerdo fue anunciada casi al principio de la legislatura, se ha retrasado tres años y sucede coincidiendo con la tímida llegada a la opinión pública de la noticia de que los 14 detenidos aquel 15 de mayo de 2011 se enfrentan a importantes penas de cárcel. Nada tiene que ver en ello el Ayuntamiento, por supuesto, pero el fresco llora pintura amarga y un grupo de activistas hicieron notar su malestar en la ceremonia.

El descubrimiento de la placa coincide también con el susto electoral de Andalucía y el desmentido, o al menos la caducidad, de un análisis repetido mil veces que decía que el 15M vacunó a España de extrema derecha al poner el acento del descontento en la representación y las cuestiones ciudadanas, antes que en la inmigración o la nación.

No quiero pensar, sería realmente triste, que la placa pudiera servir de balón para una pachanga de guerras culturales entre Ayuntamiento y Comunidad. La CAM se acoge a que la fachada es patrimonio protegido y, según argumentan, el Ayuntamiento no contaría con los permisos necesarios para su colocación. Una retirada de la misma puede traer servido un enfrentamiento simbólico apetitoso para los adeptos al aspaviento de uno y otro lado.

 Lo cierto es que no se trata de la primera placa incrustada en una fachada de la Puerta del Sol: hay una en recuerdo de los sucesos del 2 de mayo y otra a las víctimas del 11M. Y no, no la hay en recuerdo de los detenidos y torturados en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, en lo que hoy es la sede de la Comunidad de Madrid.

“Dormíamos, despertamos” era el lema impreso en una placa que alguien colocó en la plaza durante la primera acampada. Recuerdo alguna post asamblea, de cañas, siempre de cañas, planeando ir de noche a restituirla todas y cada una de las veces que la quitaran. O, también, colocar una réplica en la plaza del barrio donde se reunía nuestra asamblea, la de las palomas.

No hay análisis posible sobre la oportunidad o no del gesto. Qué más da. Cuando la fuerza simbólica del mismo es tan aplastante como una lápida poco importan los argumentos, los méritos o las culpas. Yo, simplemente, siento tristeza. Siempre hay tristeza en los homenajes.

 

Escrito por: eltransito.2018/12/05 20:26:41.280981 GMT+1
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2018/11/12 19:02:16.094126 GMT+1

Las anarquistas del cole necesitan a los adultos

 

Esta mañana, leyendo las andanzas de Iturri por los USA, me he prometido volver a dejar algún rastro mío por este blog. Tal y como lo concibo, la diferencia entre un blog y una web de artículos sigue siendo que en la bitácora estoy yo. Es una concesión al ego que no disculpa al autor de que sus contenidos sean irrelevantes y que toma sentido en aquello que -nostalgia- solíamos llamar la conversación.

Al lío.

Ayer iba paseando por la calle con J. y, no recuerdo bien a cuento de qué, me preguntó, "papá, ¿qué es la política?" Yo respondí un tanto vagamente, con presupuestos que probablemente no habría expresado nunca si semejante interrogante hubiera provenido de un adulto y no de una niña de ocho años. Hice referencia a los alcaldes, el presidente del gobierno o a los partidos políticos porque sé que se trata de asuntos que conoce.

-Eso siempre ha sido un rollo...

-¡No, hija! Bueno, o sí, pero la política es IMPORTANTE, contesté -preparando mentalmente una explicación del manual del buen educador progre-.

-Yo opino-dijo conquistando con naturalidad el turno de palabra- que nadie debe ser líder de nadie. Las cosas hay que decidirlas entre todos.

Sonreí y le di la razón. Pudo parecer una mueca condescendiente, pero fue más bien de rendición y orgullo. Un aprendizaje de los que consisten en recordarte lo esencial cuando el tiempo ha cubierto de hojas el suelo sobre el que caminas, mullido y resbaladizo como los vericuetos argumentales que yo había dado perezosamente a J.

La mezcla entre infancia y política -de la que no apela a los partidos, alcaldes o presidentes- fue el hilo conductor de mi presentación de Barrionalismo el pasado 26 de octubre en la Casa de la Cultura y la Participación Ciudadana (ahí es nada) de Chamberí.

No os lo había contado aún: he publicado un libro.

Barrionalismo es una reunión de mini ensayos sobre la ciudad articulados por la idea de barrio en el sentido de intentar mirar desde abajo, desde cerca y en colectivo. Como parto de mis paseos cotidianos y resulta que vivo en Madrid, los ejemplos son necesariamente centralistas, aunque creo ejemplifican realidades comunes a la mayoría de ciudades occidentales.

Una vez metida la cuña publicitaria, vuelvo a la pareja infancia-política popular. Decía antes que convertí lo que sucede en el patio del colegio y, en general, con las relaciones sociales de los críos en el cole, en un hilo que no aparece en el ensayo pero que, pensé, podía articular los contenidos de este y servir de bonus track a los lectores del libro que, encima, se tragaron la charla. El acto lo organizaba junto con el AMPA del colegio de mis hijos y a unos pasos de distancia del mismo, de manera que me pareció adecuado [pronto cuelgo y enlazo el texto de la presentación].

El colegio es una de las postas de barrialidad que nos quedan en una ciudad, un espacio a cuyas puertas nos vemos obligados a echar el freno y relacionarnos con nuestros vecinos. Un lugar en cuya asamblea de padres y madres (las AMPAs) nos organizamos y que ha sido escenario de conflicto en los últimos años de recortes educativos. Para los más pequeños, el patio es el aprendizaje de la calle, con sus aspectos positivos y negativos, y a nadie sorprenderá que diga que la escuela es una -necesaria- institución de control social, en cuyo seno aprendemos a obedecer...y desobedecer en colectivo.

La pulsión libertaria que J. mostró en nuestra conversación ayer nace de una intuición asamblearia que se da en el recreo...pero el patio escolar está preñado también de los valores culturales de la sociedad en las que se sitúa el cole. Es por esto que me sorprende que tantos padres y educadores progresistas insistan una y otra vez en que "hay que dejar que los niños y niñas resuelvan solos sus conflictos". Curiosamente, claro, suelen opinar así con más frecuencia los padres y madres de niños más dominantes.

Asumo que es necesario dejar autonomía a los niños, pero es obvio que, si los dejamos desarrollarse solos en un ambiente que no es ajeno al racismo, el clasismo o el machismo que recorre nuestras sociedades, estos no harán otra cosa que abrirse aún más paso y reproducirse también en el patio del cole. Si dejamos al débil solo frente al matón no estaremos haciéndole fuerte sino celebrando la desigualdad de fuerzas, y si dejamos el espíritu libertario que brotaba en J. disolverse entre las burlas de la normalidad, difícilmente podrá brincar de una a otra cabecita. El adulto, en el patio del colegio, debe mirar desde la distancia, sí, pero atentamente, porque la educación no se circunscribe sólo al interior del aula*. 

 

*(1) Hablo sobre esto constantemtene con Silvia, que ha sabido percibir estas dinámicas del cole mucho antes que yo.

* (2)La foto de portada del libro es de Diego G., fotógrafo tetuanero que gentilmente me cedió su uso para el mismo. La mayoría de la gente piensa que se trata de la Batalla Naval de Vallekas -tema que aparece en el libro- pero es una pequeña batalla naval organizada para evitar -exitosamente- un desalojo en el barrio. La comisión judicial no quiso mojarse y no se acercó al portal.

 

 

 

Escrito por: eltransito.2018/11/12 19:02:16.094126 GMT+1
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2018/08/28 15:23:11.566970 GMT+2

Sí, dijo una idiotez pero, ¿era para tanto?

-¿Sabes eso que ha sucedido esta mañana en twitter? Sí, la que le ha caído al pobre, ha tenido que cerrar su cuenta. No las veía venir...quería contestar, pero...casi era peor.


No me refiero, en absoluto, a la última querella twittera -según a la hora del día a la que estés leyendo esto puede ser una u otra- sino a muchas de ellas. Por ello, renunciaré a poner ejemplos concretos que harían más comprensible y expresivo el texto, pero que también podrían limitarlo al caso particular. Si te vienen los ejemplos solos a la cabeza es que lo habré hecho medianamente bien.


-Ups, el columnista de El Confidencial le ha puesto como ejemplo de posverdad, flaco favor le ha hecho...


Ese ejemplo indeterminado que estoy no-poniendo es el de alguien que, afectivamente, escribió una gilipollez muy criticable en las redes sociales. Quienes lo leyeron tenían razón, desde luego, en disentir con firmeza y a hacérselo saber.


Podía haber sucedido -pasa a veces- que su comentario fuera sacado de contexto, quizá despojado, no ya de su trayectoria sino, incluso, de las frases que lo antecedían y lo precedían. Pero no es el caso, era una burrada con todas las letras, orejas de pollino y sonaba a rebuzno.


-Buf, menudo comunicado de disculpa, ¿por qué lo hace si no cree haber hecho nada malo?


No se trata de idoneidad de la crítica sino de proporcionalidad, porque, cuando escuchamos en el bar de debajo de casa un exabrupto parecido, cuando lo hacemos en una cena familiar o en nuestro puesto de trabajo, ¿esperamos que quien ha eructado reciba semejante vendaval abrumador de bofetones lingüísticos?


A todos nos viene bien que nos pongan en nuestro lugar de vez en cuando ¡ojalá tuviéramos el mismo valor para soltar cuatro frescas a nuestro padre o nuestro vecino! Pero, ¿imagináis que sacáis el valor para interrumpir esa partida de dominó y hacer saber al señor que dice un topicazo machista a sus colegas que su actitud es intolerable y, de repente, empiezan a llegar personas de todo el barrio a rodearle y a escupirle palabras lacerantes...?


No tengo muy claro si esto es bueno o malo, más bien creo que dependería de la gravedad y la catadura del tipo -porque yo sí creo que se pueden graduar las gravedades- que el acto me pareciera revolucionario o totalitario. Pero, claro, lo que es seguro es que en ambos casos el paisano quedaría en schock.


Igual debemos reservar las situaciones de schock para los más terribles enemigos. Quizá a mucha otra gente podemos tratar de convencerla.


En internet aprendí que insultando al interlocutor será difícil convencerlo. La enseñanza la extraje del argumento que, frecuentemente, se ofrece a los escépticos (grupos de divulgadores científicos muy activos en la red) a los que se explica que llamando tontos a quienes consumen homeopatía, por ejemplo, difícilmente podrán disuadirles de hacerlo. Me ha resultado extraño comprobar que muchas veces son las mismas personas que me enseñaron esta actitud quienes aplican su reverso en otros campos.


En otras ocasiones, suele dejarme perplejo que alguien se muestre intransigente -quizá con la persona de mi no-ejemplo, equivocado y probablemente torpe- tras decirle L-I-T-E-R-A-L-M-E-N-T-E que él antes pensaba igual pero que, tras una serie de conversaciones y aprendizajes, se ha dado cuenta de cómo son las cosas. ¿La ira del converso? A ti, admites, te ha costado pillarlo...pero exiges a los demás que lo traigan de serie. La otra versión, la misma en realidad, es cuando damos por hecho que todo el mundo ha tenido los mismos debates, en el mismo momento y, por supuesto, ha llegado a idénticas conclusiones: "ese es un tema superado" (en su TL).


En fin, que el tipo la cagó, pero, ¿merecía semejante andanada de hostias? Tú solamente expresaste una crítica merecida  pero, de igual forma que se pide a quienes escriben en RRSS que sean conscientes de que no están jugando la partida en el bar de abajo, quizá a los demás nos podría dar por pensar que, dada la naturaleza de la red, la reacción podría llegar a ser  desproporcionada en relación con la mamarrachada de turno.

Escrito por: eltransito.2018/08/28 15:23:11.566970 GMT+2
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2018/07/17 19:47:29.067471 GMT+2

Los fachas del Valle

Los últimos días los medios de comunicación nos informaban de que unos centenares de franquistas habían acudido al Valle de los Caídos para protestar por la próxima exhumación de Franco. El valle no se toca, rezan sus pancartas y pegatinas. La escenificación, grotesca, es en el fondo un retablo revelador ¿Para qué sirven las caricaturas si no es para que reconozcamos la realidad? Esos fachas, con su careto de facha, su bandera fascista y su brazo en alto, no son los tipos que te encuentras en el portal –algunas veces sí– pero en ellos late ese fascismo tan toscamente reconocible que ha permeado todo.

En su victoria se cimenta el señor que habla en voz alta en el metro contra los trabajadores cuando se ponen en huelga; el comercial casposo de la oficina que no tiene reparos en hacernos saber su racismo, o el tendero que dice catalufos, panchitos o perroflautas. En su victoria se basa el hecho de que ellos tengan la voz pública y, en nombre de una educación mal entendida, nosotros callemos demasiadas veces.

Ellos, los del Valle, están en segundo plano, agazapados para coger su bandera y airear su gesto rabioso cuando sea necesario. La victoria que inspiraron flota entre nosotros ya, y por eso puede suceder que haya un dictador fascista en un mausoleo y que en el debate aparezcan conceptos como el coste o la importancia de la exhumación. Por eso dicen El valle no se toca, porque lo contrario es un poco como que todos, de repente, empecemos a enmendar la plana al señor que habla en voz alta en el metro contra los trabajadores en huelga.

Parece ser que el Valle de los Caídos se cae sin remisión. Irónicamente, su naturaleza colosal será la que haga doblar la rodilla, ante la propia Naturaleza, la de verdad, al mausoleo fascista. El granito del Guadarrama y los vientos del valle de Cuelgamuros agrietan los monstruos que abrazan la cruz, el agua deshace la roca y la montaña reclama lo que es suyo.

Algunos hace ya tiempo que aducen esta teoría alternativa para el Valle de los Caídos. Las opciones clásicas suelen ser mantenerlo como un lugar de memoria –que más bien quiere decir un lugar de vergüenza, para no olvidar– o dejarlo como está, a modo de JAJAJA lugar de reconciliación. Lo que algunos vienen diciendo últimamente es que se debería dejar abandonado hasta que sea comido por la naturaleza. Es esta una versión, entre poética y posibilista, de la más bella de todas las opciones posibles: su voladura pública.

Como soy persona más de palabra que de acción, la única vez que estuve, por curiosidad, en el Valle de los Caídos, lo más que hice fue pisar la tumba en de José Antonio disimuladamente. Ni un mal gapo. Por lo tanto, si hablara de una voladura televisada del monumento con sus acérrimos defensores encadenados a él en señal de solidaridad, no deberíais tomarlo en serio. Ya digo que son sólo palabras.

*Foto de (Javier SORIANO.AFP, tomada de https://www.naiz.eus)

 

Escrito por: eltransito.2018/07/17 19:47:29.067471 GMT+2
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2018/07/06 17:27:28.868787 GMT+2

Los mundiales de mi infancia

Mis primeros recuerdos sobre un mundial no contienen fútbol. El verano de 1982 cumplía cinco años y en mi cabeza borbotean imágenes de Naranjitos, Sport Billy y de un cierto ambiente difícilmente traducible en palabras.

Los recuerdos de la niñez se dividen en unos cuantos acontecimientos muy vívidos –quizá mil veces reelaborados, lo que da igual– y en ambientes, atmósferas indivisibles en hechos o frases. Reflejos de lo que tú eras en un lugar que sólo existió en tu mirada de niño y quizá nunca fue. Si me permiten ponerme estupendo.

Algo parecido me sucede con el referéndum de la OTAN cuatro años después. Del gran acontecimiento de la primera mitad de década –que mataba la década 1975-1986, en realidad– recuerdo pintadas, una conversación con mi padre viendo a Felipe González en la tele…y un ambiente efervescente que ya no tuvimos hasta, otro momento de flashazos y recuerdos ambientales, la huelga general del 14D. A 1986 volvemos en un par de párrafos.

Mi segundo recuerdo futbolístico tiene brisa de verano como música incidental. Un apartamento playero, con algunos de mis tíos, en no recuerdo qué localidad del levante español. El verano de 1984 cumplía siete años y aún no tenía demasiada afición por el fútbol. Una tele con, quizá, antena de cuernos, la puerta de la terraza abierta…y la cantada de Arconada. Y la cantada repetida una vez más. Las manos a la cabeza. Curiosamente, el primer recuerdo futbolístico de muchos amigos de mi generación es el España-Malta, en la clasificación de aquella Eurocopa que España perdió en la final contra los chicos de Platini. Yo de ese partido no recuerdo nada.

Aún debían quedar algunos días de colegio cuando, el verano que cumplía nueve, Butragueño le coló cuatro goles a Dinamarca en el mundial de 1986. Jugaban por la noche y mis padres no me dejaron ver el partido. “Mañana lo repiten” ¡Como si fuera lo mismo! Nada más levantarme mi padre me dijo –lo recuerdo como si fuera ayer–: “Hoy todos los niños querrán ser Butragueño en el patio”. Curiosamente, recuerdo haber visto el partido repetido y vivirlo como si, efectivamente, fuera la mismo.

 Zico, Platiní, Matthaeus, Laudrup, Scifo, Schumacher, Butragueño, Sócrates, Rummenigge, Jean-Marie Pfaff, Baresi, Hugo Sánchez, Dasayev, Futre, FRANCESCOLI, MARADONA. El mundial de México como verano eterno en la memoria, sucedido en el lejano valle lunar donde, sienes adentro, ambientes y hechos dejan de disociarse en la memoria. En las fronteras de la verdadera niñez.

El verano en el que cumplía 12 años, aún niño, aún con el Diego, disfruté mucho con el mundial de fútbol. Pero esos recuerdos puedo, ya todos, describirlos con palabras.

 

Escrito por: eltransito.2018/07/06 17:27:28.868787 GMT+2
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2018/03/09 17:02:12.319395 GMT+1

Estampas para ilustrar un cambio doloroso y cruel

Esta mañana, de lluvia dubitativa sobre Madrid, me fijé en una mujer sentada en el soportal de un cajero en Bravo Murillo. Una de esas presencias que adivinas recortadas de otro escenario, de esas mujeres –las hay más que hombres-, que podrías encajar mentalmente merendando tortitas con nata en el VIPS meses atrás. Abundan mucho en nuestras calles desde que crisis dejó de ser coyuntura para ser nosotros. Se miraba las manos, cuidadas durante años, sus uñas empezaban a estar ligeramente ennegrecidas. O eso me pareció.

Ayer mismo, volvía a casa y reparé en cómo se refugiaban de la lluvia en la entrada del garaje unos cuantos hombres. Reconocí a los borrachillos habituales del descampado, a uno de los padres que cuida el huerto urbano (en el propio descampado) y a un tipo de traje entallado. Su cara parecía inseparable de su peinado, perféctamente engominado, de ademanes acompasados a la sonrisa –con seguridad de curso de formación interiorizada-, gastaba peluco…El tipo, refulgiendo, explicaba a una chica enfrente suyo que “tenía que entrar en un piso de los que se quedó Bankia en su día”. En estos tenía posibilidad de estar más tiempo sin que la desalojaran. Va de lluvia y refugios. O eso me pareció.

Esta mañana querían echar a Marcia y a su familia de su casa. Cinco mujeres el día después de un 8M histórico se podían ir a la calle y el desahuciador era el Ayuntamiento del Cambio. Dos niñas de 2 y 9 años, un bebé de 15 días. Se dice pronto pero no es posible de digerir. Ellas viven okupando una vivienda de la Empresa Municipal de la Vivienda que llevaba años vacía, habían conseguido cierta estabilidad, empadronamiento, y tenían la esperanza de conseguir regularizar su situación.

Desgañitarse un rato contra las asesoras de Ahora Madrid –la concejala del ala crítica del Ayuntamiento del Cambio no se presentó- y negociar, ha permitido que el desalojo se aplace 25 cochinos días. Menos de un mes: poco para que se desanude la ansiedad, suficiente para que se encabalgue con el insomnio de la próxima fecha.

La compañera que ha negociado rompiendo después a llorar; la fragilidad de una bebé, agarrada fuerte por los brazos de su madre firmando el aplazamiento con la comisión judicial; el perfil de un edificio con áticos que venderán de lujo junto al solar con nuestros escombros en Ofelia Nieto 29; más y más cimentaciones donde hubo viejas casitas, que fueron borradas junto con el recuerdo de sus habitantes…

Imágenes que pasan frente a mí en el camino de vuelta a casa. Quién iba a sospechar, durante aquella clase de historia en el instituto, que los cadáveres del progreso eran tus vecinos. O eso me pareció esta mañana.

Al llegar a casa me he encontrado en el buzón de correo (electrónico) el aviso de que un partido político quería reunirse con nosotros, los vecinos de mi edificio, para tratar sobre “el tema de los okupas” y elevar el problema al pleno municipal. El problema es que mi calle es parte de ese mundo en el que el suelo se hunde a tus pies a un paso para emerger, lujosamente embaldosado, al siguiente. Camino del Madrid más caro, se dan situaciones de extrema desigualdad en el transcurso de unos pocos pasos.

 La señora mayor que anda despacito y vive en la casa de perfil panzudo abocada a la piqueta, la gente que okupa viejos pisos y unos cuantos bares latinos se solapan con gente que no puede permitirse vivir al final de la calle…pero querría.

En mi calle hay cierto menudeo y en un edificio de enfrente probablemente se pasa droga. En el inmueble también, es bien visible, viven familias –han pasado muchas durante los últimos años, algunas con críos-.

 En mi calle, parece, desde que se ha reactivado el mercado inmobiliario hay vecinos decididos a ejercer de delatores para que echen a los okupas, en alianza con Ciudadanos (sí, éste resultó ser el misterioso partido del correo) y Telemadrid, que lleva una temporada paseando su dedo señalador por la zona.

En mi calle hay vecinos que caminan deprisa y no miran a la cara a las personas que le salen al paso. Seguramente perdieron el contacto básico con la vecindad necesario para abonar la empatía. Son los del progreso y la clase media. O eso me pareció.

 

Escrito por: eltransito.2018/03/09 17:02:12.319395 GMT+1
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2017/12/15 20:04:9.797190 GMT+1

La mercantilización del deporte y el deporte popular y de base

*Mañana participo en unas jornadas de deporte popular. Imagino pocas personas menos indicadas que yo para hablar de deporte pero, como me han invitado a propósito de mi ensayo Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial, trataré de compartir las cosas que aprendí durante la documentación y la reflexión llevada a cabo para la redacción del texto. He escrito esto como base, que sonará conocido a quienes hayan leído Contra... aunque no aparece ni una sola vez la palabra running.

 

Cuando era adolescente solíamos jugar al baloncesto en un parque de barrio. Había una cancha con canastas rotuladas por Caja de Madrid, entidad que las mantenía (reemplazaba los aros con relativa rapidez cuando se rompían). Además de la propaganda en los tableros, aquello obedecía, imagino, a la obligación social legal de las cajas de ahorro. Aunque aquello fuera por cubrir el expediente, la actual fase financiera, la bancarización y ruina de las cajas ha terminado de hacer impermeable la capa que separa el dinero de las finanzas de la gente de a pie.

Con esta anécdota personal pretendo introducir hasta qué punto el deporte de base está relacionado con los distintos momentos del capitalismo en el que se desarrolla. Tenemos el deporte que se corresponde con la sociedad en la que vivismos.

Los deportes, tal y como hoy se conciben masivamente, también tienen su origen en su fase de expansión mundial del capitalismo industrial. En los clubs y colleges ingleses, instituciones propias de la aristocracia y la burguesía, surgen actividades deportivas que sirven como entrenamiento para los que han de ser los grupos dirigentes del país, exaltando valores como la voluntad de triunfo, el coraje o el reconocimiento de grupo (elitismo).

Posteriormente, el cross (atletismo), el automovilismo, el boxeo, el fútbol, el cróquet o el remo, se convertirán en entrenamientos propios de la burguesía industrial. Un modelo deportivo que se basa sobre todo en la competición por equipos (con ganadores y perdedores), que algunos autores han visto como entrenamiento disciplinario para los tiempos medidos de la nueva fábrica.

Desde el siglo XVIII, y sobre todo en el XIX, el imperio británico llevará sus deportes por todo el mundo (a sus colonias o a los lugares con los que mantenía relaciones comerciales). En España, por ejemplo, entre clubes de fútbol más antiguos encontramos al Real Club Deportivo Irún y al Recreativo de Huelva, nacidos en el entorno de los altos hornos o las minas gestionadas por ingenieros ingleses que, tal como pensara Henry Ford, organizaron actividades que alejaran al obrero de la taberna, ahuyentando así también el fantasma del absentismo laboral.

Los primeros aristócratas que practicaban los sports hacían énfasis en su condición de caballeros amateurs, y algo parecido sucederá luego con la burguesía cuando, en torno a los años veinte, las clases populares comienzan a practicar masivamente deportes. Las revistas deportivas de principios de siglo, como Gran Vida, alternaban sin pudor la información financiera con la deportiva, orientación que cambiará en las mismas cabeceras pocos años después.

A mediados de los veinte muchos deportes se han convertido ya en prácticas populares (en los programas de fiestas los encontramos ya desde la segunda década de siglo conviviendo con cucañas, toreo de vacas y juegos varios). Las clases populares han reconquistado el tiempo que los inicios del capitalismo habían atrapado en exclusiva para la producción. El paradigma 8-8-8 (ocho horas para trabajar, ocho para dormir y ocho para el propio disfrute) va de la mano de la eclosión de la sociedad de masas y de la explosión del tiempo libre obrero. Por un lado, nacen la identificación de los barrios con sus equipos, las ligas laborales o el interés de las agrupaciones obreras por el deporte como vía de encuadramiento y fraternidad. las escuelas pedagógicas progresistas, desde hace tiempo, potencian la  gimnasia o el excursionismo…y por otra parte el deporte comienza a profesionalizarse y a devenir en espectáculo.

Por otro lado, el tiempo libre del obrero se convierte en una nueva mercancía a comercializar. Por poner un ejemplo que ilustra esta tensión de clase conviviendo con el deporte más mercantilizado y espectacularizado, el juego coreografiado del viejo boxeo aristocrático cae ante el nuevo boxeo, dominado por la clase obrera. Los combates entre Jack Dempsey y Gene Tunney (en 1926 y 1927) estarán entre los que reunieron una mayor audiencia en vivo de la historia, protagonizados por deportistas de clase trabajadora.

Las clases populares se apropian de algunos deportes como el fútbol, el ciclismo o el boxeo. Durante los años de la clandestinidad anarquista, en la dictadura de Primo de Rivera, los grupos anarquistas desarrollaron su actividad camuflados en grupos ciclistas o excursionistas.

La querella podríamos cerrarla con las Olimpiadas Obreras de Barcelona en 1936 cuando, en respuesta a las olimpiadas que transcurrieron en Berlín bajo la atenta mirada de Hitler, iban a participar 6000 mujeres y hombres, de 22 países distintos. Debían haber empezado el 18 de julio, pero ya sabemos lo que sucedió.

El deporte popular salió derrotado de la posguerra mundial. En la segunda mitad del siglo XX los deportes que se han hecho más importantes durante la primera siguen siendo los deportes reyes, como grandes espectáculos profesionalizados. Sin embargo, a medida que el neoliberalismo va abriéndose camino, aumenta la práctica de deportes individuales, cuyo número de licencias federativas no para de crecer.

Aparecen las competiciones de empresa (que son corporativas, no ya de clase), aumenta la práctica del ejercicio en el gimnasio y las prácticas apuntaladas por la moda de hacer del cuerpo una mercancía (como la musculación). Nacen los deportes de aventura en los sesenta, que se desarrollan en los ochenta, muy orientadas a las masas urbanas…

El deporte, entendido en su versión más comercial, transmite los mimbres de su sociedad con un cierto halo de pureza moral. Un buen ejemplo de ello son las Olimpiadas modernas desde su propio nacimiento. En 1896, cuando se celebran las primeras Olimpiadas modernas, el Comité Organizador ya cuenta con la participación de grandes firmas (Kodak, por ejemplo, puso dinero a cambio de un anuncio en el programa). Los patrocinios siguen en las siguientes ediciones y desde Amsterdam 1928 se obtienen ya ingresos por publicidad en el acceso a los estadios y de Coca Cola en el interior.

Es obvio que una competición atlética o gimnástica de las Olimpiadas puede trasladar valores socialmente positivos a sus participantes y espectadores, incluso sin tener que llegar a ejemplos señalados como la eclosión del Black Power en México 68, pero no podemos obviar que se trata también de un evento nacionalista y mercantilizado, que toma hoy la forma de instrumento del juego de grandes ciudades vendiendo sus marcas en el bazar internacional de los flujos financieros.

 

El espacio como elemento clave del capitalismo contemporáneo

 

Deporte proviene del latín ex porta (puertas a fuera), como recuerdo de cuando se practicaban en la explanada que servía para hacer ejercicio, montar el mercado o, incluso, llevar a cabo ejecuciones públicas. A medida que el juego se convierte en deporte, competitivo y con unas reglas únicas, se fijan las medidas de los campos y aparecen los árbitros. El espacio dedicado al deporte deja de ser la propia calle, se generaliza el estadio y, ya tras la Segunda Guerra Mundial, aparecen planes de ordenación urbana que tendrán su apartado específico para las zonas deportivas.

Frente a la vieja ciudad de calles polifuncionales, se acentúa la segregación por clases y la diferenciación de espacios. Esta planificación de espacios irá complicándose hasta hoy, convirtiendo aquello que se solía llamar calle en la fórmula administrativa espacio público.

Tal y como decíamos al principio, el deporte de cada época es coherente con el sistema económico e ideológico en el que se desarrolla (y a la vez nos cuenta mucho de éste). En la medida que el espacio se ha ido convirtiendo en una mercancía más codiciada en el capitalismo contemporáneo, el deporte, que tiene una obvia necesidad de espacio para su desarrollo, se ha visto afectado. El relativo declive de los deportes de equipo puede tener que ver tanto con esto como con el creciente prestigio de lo individual. Por otro lado, asistimos a la mercantilización extrema de los espacios y a su reglamentación exhaustiva, bajo la forma de ordenanzas municipales o cívicas.

Una carrera popular, transcurriendo por un circuito circular, delimitado por la policía municipal y con dorsales con propaganda de Nike, podría ser una buena metáfora de ello.

En su versión más extrema, los grandes acontecimientos deportivos han contribuido a transformaciones radicales en las ciudades, no siempre positivas para las clases menos pudientes, que van desde ser el motor del llamado Modelo Barcelona a la expulsión policial de los habitantes más pobres durante el mundial de Brasil.

Un deporte para todos...y para casi todo

 

Pero las jornadas en las que estamos demuestran que otro deporte es posible. Aquí se reúnen deportistas cuyas prácticas aportan una visión conflictiva con el rumbo actual de la sociedad y sus derivas de género, de clase o individualistas. En algunas ocasiones el mero hecho de tratar de no ser sexista, clasista o potenciar la colaboración es ya una oposición a la marcha del mundo, incluso sin que medie una reflexión política detrás de ello.

En un artículo de su blog, César Rendueles reclamaba más deporte y menos cultura (era un texto que hablaba de programas culturales). En su crítica a la cultura desde arriba y entendida como apéndice de la burbuja inmobiliaria, empeñada en abrir grandes museos o festivales, decía:

Lo más parecido que conozco a lo que tendría que ser un centro cultural, un museo de arte o una sala de conciertos es la cancha cochambrosa, la biblioteca y el parque infantil que hay en mi barrio. Los dos primeros están abarrotados siete días a la semana desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche y tienen un fuerte grado de autoorganización mediada institucionalmente. Por la pista de fútbol pasan alumnos del colegio de al lado en su clase de gimnasia, liguillas municipales, celebraciones de cumpleaños, niños pequeños que la atraviesan en bicicleta y hacen guerras de pedradas, adolescentes que alternan el futbol con los porros y el botellón, cuarentones aficionados al baloncesto… Y lo mismo ocurre en la biblioteca. A las nueve de la mañana de cualquier sábado hay una cola que da la vuelta a la manzana. Está lleno de estudiantes que empollan y aprovechan los descansos para ligar, pero también de niños que van a cuentacuentos organizado por algunos padres, de jubilados, de aficionados a la poesía que acuden a los recitales, de personas sin recursos que van allá a leer el periódico en un lugar caliente y consultar internet…

 

Lo curioso es que la misma apreciación valdría para pedir menos deporte mercantilizado y más deporte popular. No en vano, las grandes instalaciones deportivas de nuestras ciudades también son hijas de las lógicas de la burbuja inmobiliaria.

En el distrito Centro de Madrid, seis barrios y 150.000 personas, debe haber dos canchas deportivas gratuitas, si no me equivoco (un campo de futbito bastante precario en el parque de Conde Duque y las canchas del Casino de la Reina, en Lavapiés).

Cuando llegué a vivir a mi barrio, Cuatro Caminos, me di cuenta de que en un área relativamente grande alrededor de casa no había ninguna cancha deportiva que se pudiera usar: las dos de baloncesto que había no tenían canastas desde tiempos inmemoriales. Al abandono de la inversión pública se une otro sino de los tiempos: la aparente pacificación del espacio y la huida del conflicto. Según me refirieron distintos vecinos, cuando estaban las canastas había grupos de chavales que organizaban un rey de la pista y, decían, pedían dinero por entrar a jugar. En lugar de tratar de resolver el conflicto –que no dudo también tenía que ver con el hecho de que quienes las usaban eran jóvenes latinos-el Ayuntamiento optó por quitar las canastas.

La buena noticia, y quiero acabar con una porque esta reunión de colectivos me parece un síntoma ilusionante, es que el deporte popular y desmercantilizado sigue emergiendo allí donde menos espera uno. En mi mismo barrio los chavales más mayores enseñan a los más pequeños en los aparatos de gimnasia de parque en eso que, creo, se llama street workout. En el urbanismo rocoso de AZCA, un importante parque empresarial, se cobijan bailarines urbanos, como en la cercana estación de Nuevos ministerios los chavales se apropian de la ciudad con sus saltos acrobáticos de parkour, y grupos de chicos y chicas bajan la Castellana a toda velocidad con su monopatín. Además, en una callecita con poco tráfico junto a mi casa algunos críos reclaman la calzada corriendo tras una pelota.

Yo creo que, a pesar de todo, hay razones para sonreír desafiantes y cantar el estribillo aquel que dice cuidado, os avisamos, somos mismos empezamos.

 

Escrito por: eltransito.2017/12/15 20:04:9.797190 GMT+1
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2017/11/14 19:40:5.810143 GMT+1

No vamos a dejar de celebrar(nos)

Imagen de Isa antes de entrar al juzgado. A la salida tenía la misma sonrisa franca | Foto de @acufenosfest

Hoy, en mi ciudad, se presentaba la reforma de la Gran Vía y me importa una mierda. En realidad, me apelaba todo poco hoy, estaba pendiente de una compañera a la que juzgaban por un montaje policial según el cual, en el trance de resistirse a ser retirada del escenario de un desahucio, habría lesionado a tres antidisturbios ataviados con todas sus protecciones. Le pedían dos años y medio de cárcel y una multa importante. Ha salido en prensa, se llama Isa.


A propósito de lo de Isa te cuento que la escena más clásica de las películas de hampones coincide con el proceder de la policía en tu ciudad: llevar a la retenida a un callejón fuera de la vista (la intención es obvia: bloquearon la otra entrada de la callecita para que nadie se acercara). Sin ojos,  lo que pasa allí lo dicta la autoridad. El juez, reparo aquí, reparo allá, lo rubrica.


Isabel no entrará en la cárcel, aunque sí ha sido condenada a ello (seis meses). También tendrá que pagar un pastón entre multas, indemnizaciones y costas del juicio. Los tres años de angustia que su familia y ella han sufrido no figuran anexos al expediente de la condena. Cuando hablamos del cansancio que arrecia al activismo desde aquellas inflamaciones de 2011 también deberíamos referirnos al tiempo hasta el juicio como tortura. De las multas como exilio forzoso. De la represión como causa del arrastrar los pies.


La mañana era fría de buscar islitas de sol, pero todo eran reencuentros y abrazos. Algunos de los que estaban allí han pasado por su desahucio -Carmen o Ángeles-, otros han sufrido sus propios calvarios judiciales- como Manolo-, han recibido hostias de la policía -David, entre otros-. En fin, muchos habían llorado y reído juntos. El juicio de Isa era a todo el movimiento por la vivienda de Madrid en realidad, así que estar arropándola era agruparse, y esto siempre genera calor.


El juzgado de lo penal está en una zona industrial que ha sido devorada por la ciudad, como recordatorio ¿para quiénes están hechas las cárceles? para pobres y trabajadores. En este caso también para quienes se resisten a rodar sin hacerse preguntas, sin agarrar las manos a los vecinos con el pie atascado en el raíl de un tren que no para aquí ni frenará para no arrollar cuerpos sin nombre.


Isa llegó con su pareja y su madre temprano. Qué estampa de dignidad su madre. "La mayor", que no querrá entrar a la sala, había maquillado a Isa para la ocasión. Su hermana ha venido por sorpresa desde Galicia y se volverá esta noche. Un cafetito en capilla con su familia. Cuando vuelva a la puerta del juzgado otra gran familia, formada por decenas de personas diversas, estará esperándola, aclamándola, abrazándola. Enjugando lágrimas y latiendo estruendosos al unísono.


¿Cómo quieres que me importe un carajo la reforma de la Gran Vía?


Entraron algunos con ella a la sala. Fuera goteaban las noticias con dosificador. Unas -Violeta- se iban ya a cuidar a su nieto, otros - como César- se habían escapado del trabajo y volvían, muchos permanecían esperando y me consta que, cuando escribo esto horas después, algunos siguen bebiendo con Isa y los suyos. A pesar de todo celebrar, que también hay razones para ello y nos hace más fuertes.

 

Escrito por: eltransito.2017/11/14 19:40:5.810143 GMT+1
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2017/10/20 20:40:6.595767 GMT+2

¿Qué hacemos con las bandera de España?

¿Qué hacemos con las banderas que han nacido en nuestro aire? Vivo en Madrid, donde el problema de España en Cataluña ha hecho explotar el gas nacionalista -que ya estaba ahí y de repente es denso- y lo que sea que ha pasado en la casa de muchos de nuestros vecinos ha rebosado por los balcones en forma de borbotones rojos, amarillos y de nuevo rojos.


La urticaria es claramente contagiosa. Pared en la que supura una bandera, muro al que pronto se le llenan de legañas las ventanas. En los barrios pijos el acceso febril es tremendo, en los barrios obreros las pústulas aparecen más localizadas. Están por todos lados.


En algunos edificios han brotado banderas piratas, republicanas, LGTBI o sábanas con el lema Parlem! Como sucede con la homeopatía, la dosis de estas telas está tan diluida en la inmensidad de la ciudad que cabe dudar que alberguen principio activo sanador, aunque dan ganas de echar cuentas de los pisos y llamar al telefonillo para lanzar un beso a estos vecinos.


Recuerdo que un compañero, en primero de BUP, pasó el verano en algún lugar de Estados Unidos. Vino contando que en las casas unifamiliares del pueblo, esas en las que el padre siempre anda subido al tejado, tenían izada la bandera nacional. Nos reíamos, lo pensábamos marciano. Hoy he visto un banderón con mástil en mi calle.


No es broma. Yo estos días salgo a la calle y siento opresión refulgiendo en una bandera que no me molesta en el DNI porque es meramente descriptiva: soy español, vivo en España. Pero esas banderas, siendo iguales son otras, son las de aquí están mis cojones, las de no llegó la paz, llegó la victoria. No todos mis vecinos infectados de banderiosis tienen dicción falangista y muertos en su genealogía, no. Esto es lo más jodido: el autoritarismo español era un gas que vivía en esa atmósfera de colores pastel llamada democracia española. Lo llamaban consenso y no lo es oe oe, tendríamos que cantar en las manis.


J. ya me ha preguntado un par de veces por la repentina floración textil y no me he gustado en mis respuestas. Me he escuchado explicarle que las banderas acaban por ocasionar peleas entre quienes las portan y que en casa no nos gustan mucho. Ahora trato de pensar cómo explicarle que los vecinos de la puerta de al lado -los únicos que la han sacado en mi edificio tenían que ser los que la dan caramelos y la sonríen-, han colgado de la ventana la advertencia de un matón. Tendré que confesarle también que, en realidad, no pienso que todas las banderas sean igualas, ni por supuesto todos los portadores de banderas, por más que en casa no tengamos ni la del Atleti.


En fin, que un montón de gente acatarrada del patriotismo del que tiene el poder (que lo convierte en el más peligroso de los patriotas), amenaza con hacer de los balcones engalanados cual palco de autoridades la normalidad diaria para el aire de J. Una atmosfera más densa, gas  expandiéndose por todo el espacio que le dejemos con nuestras miradas esquivas.


Ojalá una lluvia de lodo que arruine las coladas y deje las banderas de España señaladas del odio con el que se han colgado.

Escrito por: eltransito.2017/10/20 20:40:6.595767 GMT+2
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2017/09/27 18:44:30.031673 GMT+2

La sacralización de la legalidad como vía al totalitarismo

Estos días asistimos al acto más arrebatado del problema de España (que no de Cataluña). De uno de los problemas de España y de Cataluña, sería más preciso decir. No soy yo quién para dar mis opiniones respecto de la independencia de un lugar que no habito, pero entre el murmullo de soliloquios se escurren ideas que me parecen preocupantes y que son transversales a todos los problemas de España.

El argumento más utilizado por la gente que se piensa a sí misma moderada, de orden –probablemente progresista- es que, más allá de la pertinencia del derecho de autodeterminación, la consulta es ilegal y está fuera de la Constitución.

Amparados por la razón jurídica, dan carpetazo a un problema social complejo y que afecta a millones de personas. "Ya lo siento, pero es que es ilegal, vivimos en una democracia, con sus reglas y unos procedimientos precisos para cambiar las cosas".

Aquí subyacen varias ideas perversas. Nuestra democracia se configura como el contrato social perfecto (un fin de la Historia) y las leyes son redacciones neutras, ajenas a las relaciones de subordinación de la sociedad que las crea. Las normas jurídicas son, incluso, fines en sí mismas, y no instrumentos con los que articular nuestras relaciones sociales.

En mi opinión, una sociedad no es más totalitaria cuantas más voces de feroz fanatismo albergue (cuantos más grupos nazis haya, por ejemplo). No, será más totalitaria cuanto más inhumanos sean los usos cotidianos de la mayoría de sus habitantes.

Esta idea de una ley neutra e inalterable, paradójicamente por encima de la idea de justicia, parece fijada en el cortex de una gran parte de la población. Se la he escuchado varias veces a gente que, encogida de hombros, se la repite a sí misma para censurar la okupación de la vivienda vacía de un banco por parte de una familia sin recursos. Busquen sus propios ejemplos.

Una sociedad retrógrada es, por definición, la que retrocede, pero una de las maneras que tiene de ir hacia atrás es quedarse inmóvil. Si no se adapta a los retos y problemas que emerjan, estará retrocediendo en los ámbitos de los derechos y las libertades, sin mover los pies del sitio. De permanecer inmóvil se pasa a presenciar impávido cualquier situación injusta, utilizando legalismos como excusa para no mirar a los ojos en busca de la necesaria empatía.

Esa comunidad que no mueve los pies del sitio, que se queda plantada, será una que, antes o después, se tambalee, se hunda un poco y tronche las raíces entre los temblores de la tierra. Una sociedad en la que una gran parte de su población no se plantea lo justo porque ya existe lo legislado es, sin duda, una sociedad totalitaria, y la fuente de su intolerancia habrá que buscarla en nuestra democracia, que la genera.

Coda:  Decía al principio que no soy yo quién para dar mi opinión…lo he pensado mejor. No soy, desde luego, quién para lanzarme a hacer un análisis de la independencia de Cataluña, pero dado que considero un blog una casa voy a dejar aquí mi posición respecto a un proceso que me parece lo suficientemente importante como para posicionarme (con todas las incertidumbres y dudas que uno está obligado a abrazar).

Nunca me he sentido de ninguna nación, ni he considerado un hecho diferencial haber nacido en el Estado en el que vivo. Mucha gente hace apreciaciones similares estas para mostrarse en contra de "la creación de un nuevo Estado", "una frontera" o "una bandera más". Sin embargo, a mí ese (no) sentimiento me lleva a apoyar el derecho de autodeterminación. Un nacionalismo no desaparece por no tener un Estado y tiene ya su bandera nacional. En un mundo con fronteras, una división más no es necesariamente un mundo menos libre (de lo contrario, sería preferible un mundo de imperios).

De esta forma, uno puede ser independentista sin ser nacionalista, y pese a tener muchas dudas de que las correlaciones de fuerzas vayan a permitir construir una Cataluña socialmente transformadora, entiendo la ilusión de jugársela en un proceso constituyente. Hay una brecha, hay una posibilidad de hacer y hay una realidad digna de intentar ser anulada.

 

Escrito por: eltransito.2017/09/27 18:44:30.031673 GMT+2
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