1999/04/10 07:00:00 GMT+2
Escribí el martes pasado, dos páginas más allá, sobre esa reciente y singular forma de caridad que es la ayuda humanitaria, en la que España sirve de faro y guía al orbe entero. Ningún país como el nuestro a la hora de movilizar la sensibilidad general hacia los pobres. Y cuanto más lejanos, mejor. Me acaban de contar que, por existir, existe ya incluso una ONG que se llama Motores Sin Fronteras. Me imagino que muy pronto se subdividirá en Vielas Sin Fronteras, SOS Tapas del Delco y Solidaridad Turbo-Diesel. A nada que se descuide, el Ministerio de Asuntos Sociales se va a quedar sin nada que hacer. La generosidad espontánea sustituye al Estado: lo mismo acaba cumpliéndose así, miren ustedes por dónde, el sueño anti-estatal de los anarquistas.
Pero el gozo de la caridad no es invariablemente positivo. Antes al contrario. En mi criterio, España sufre para estas alturas una grave intoxicación de caridad. Es más: creo que, en contra de lo que dice el tópico, el vicio nacional español ya no es la envidia, sino la caridad.
Aplicamos la caridad a mansalva, a todo quisque y en todo caso. La realidad española actual rezuma caridad por los cuatro costados.
La pasada semana releí una novela que fue galardonada hace algunos años con un importante premio. ¡Madre del amor hermoso! Ya no es sólo que el argumento sea caótico y que resulte obvio que el autor no tiene ni idea del ambiente en el que sitúa su presunta obra -la resistencia antifranquista-; es que, además, el tipo escribe de puñetera pena: frases literalmente incomprensibles, verbos que no concuerdan con el sujeto... ¿Cómo pudieron premiar un pestiño así? Sólo la desbordante caridad del editor permite explicarlo.
El exceso de caridad nos pierde. Por pura caridad permitimos que ejerzan de historiadores tipos que no saben ni cuándo fue la batalla de Trafalgar (y que además se empeñan en dejar constancia pública de ello). Por caridad, por caridad sin límites, veneramos como grandísimos arquitectos a chapuceros a los que se les caen las obras incluso antes de haberlas terminado. En política, igual: la caridad y sólo la caridad explica, por ejemplo, que Borrell no haya licenciado a todos los jefecillos felipistas que lo rodean. Se ve que el hombre es consciente de que lo único que saben hacer es intrigar y le da pena dejarlos en el paro.
Ya lo dice el viejo refrán: lo poco agrada, pero lo mucho enfada. Una expresión más moderada de nuestra febril pulsión caritativa quizá no nos volviera más felices -es cierto que la caridad apacigua mucho las conciencias-, pero, a cambio, nos haría más justos.
Reclamemos menos generosidad y más justicia. ¡Por caridad!
Javier Ortiz. El Mundo (10 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/10 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
justicia
caridad
españa
1999
preantología
ongs
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/07 07:00:00 GMT+2
Pensaba yo que iba a quedarme más solo que la una criticando los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia y veo con sorpresa que nada de eso. Según los sondeos, la mayoría de la población española los ve con franca desconfianza. Pero no es cosa tan solo de la gente de a pie: basta con captar el tono en el que se expresan los líderes políticos que apoyan la guerra -salvando a José María Aznar, uniformemente monocorde- para notar que se sienten mal en su piel aplaudiendo un escalada bélica de perspectivas tan poco claras. Me cuentan que Javier Solana ha protestado por la muy evidente falta de entusiasmo de sus compañeros del PSOE, y que las manifestaciones que hizo ayer González, henchido de fervor atlantista, no tenían otro objetivo que contrarrestar esa tibieza.
Lo que más me sorprende es que, según todas las trazas, ese estado de ánimo está extendido solo en España. ¿Por qué?
«Este es un pueblo lleno de remilgos», sostiene mi amigo Gervasio Guzmán. Según él, los españoles tenemos un espíritu apocado, fruto de muchos siglos de vagar a tumbos por la Historia, lo cual nos impedirá ocupar un lugar entre las grandes naciones del siglo XXI. «Un pueblo lleno de escrúpulos, de miramientos, de reparos y de melindres está perdido hoy en día», sentencia.
Prosigue Gervasio: «Fíjate en los norteamericanos. Son nuestra antítesis. A los norteamericanos les importa una higa aparecer como brutales. ¿No te has dado cuenta? Ahora que la bicha es la limpieza étnica de Milosevic, ellos deberían estar interesadísimos en que los demás no recordáramos el enojoso hecho de que su propia nación surgió de la sistemática limpieza étnica que realizaron sus antepasados con todos los pueblos amerindios. Casi logran exterminar por completo la única población autóctona que había cuando desembarcó aquella gente tan rara del Mayflower. Y encima hicieron la escabechina, para más inri, apelando al apoyo de Dios, igual que ahora Milosevic. «In God is our trust!», cantan aún hoy en su himno. Pero no sólo no les incomoda el tétrico paralelismo sino que, con un desparpajo admirable, tiran sobre Yugoslavia unos misiles que denominan Tomahawk y van a utilizar unos helicópteros que han bautizado como Apaches. ¡Apaches, toma ya! Se diría que lo suyo es puro recochineo. Pero qué va: es que tienen una fantástica capacidad para fabricarse buena conciencia. Hagan lo que hagan, antes, ahora o mañana, les parece moralísimo. Por eso mandan en el mundo. Por eso España nunca podrá hacerlo».
No me quedó más remedio que contestarle: «Pues qué alivio».
Javier Ortiz. El Mundo (7 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/07 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
preantología
el_mundo
usa
1999
solana
felipe_gonzález
psoe
yugoslavia
otan
guerra
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/06 07:00:00 GMT+2
Parece que las ONG no dan abasto en la vecindad de Kosovo. Sus responsables declaran con desaliento que no pueden atender debidamente a tanto refugiado.
Es una pena, pero tampoco tienen por qué sentirse culpables. En realidad, no es su responsabilidad. Que yo sepa, las ONG no han declarado ninguna guerra a nadie.
Cada cual debe hacerse responsable de las consecuencias de sus actos. La OTAN ha iniciado la guerra: que la OTAN asuma los problemas que se derivan de su decisión. ¿O tal vez los estrategas de la Alianza Atlántica no previeron que podía producirse una situación como ésta? Prefiero no imaginar esa posibilidad: sería un problema mayúsculo que asuntos de tanta trascendencia estuvieran en manos de personas tan rematadamente incompetentes.
¿O será tal vez que los responsables de la OTAN, y los gobiernos que los apoyan, creen que es un asunto de división de trabajo: que ellos están para bombardear -y eso lo pagan a escote, sin pedir ayuda a nadie-, pero la cosa de socorrer a las víctimas debe depender de la caridad general?
Ayer, el presidente del Gobierno español, José María Aznar, pidió apoyo a las comunidades autónomas, a las entidades locales, a todas las organizaciones sociales y al conjunto de la ciudadanía española para hacer frente a la tragedia que encarnan los cientos de miles de refugiados albano-kosovares. No consultó a nadie antes de dar su visto bueno a la guerra, pero descarga sobre las espaldas de todos la responsabilidad de remediar los desastres que su decisión ha ayudado a precipitar.
Porque el balance de lo sucedido -espero que provisional- no tiene vuelta de hoja: los bombardeos atlantistas han proporcionado al locodiós de Milosevic -y a sus seguidores locodioses, que en su país son muchos, si es que no mayoría- el escenario ideal para rematar la obra de la limpieza étnica serbia. Le han empujado a acogerse a la vieja bandera de todos los suicidas fanáticos: de perdidos, al río.
Ahora se le llama ayuda humanitaria. Pero sólo por el moderno vicio de rebautizar con nombres pomposos cuanto se pone por delante. Es caridad, pura y simple.
No tengo nada contra la caridad como acto individual.
En tiempos la reprobaba. Ya no: hay veces que, si no existe ninguna posibilidad de dar una solución global a un problema, está bien echar una mano para tapar una vía de agua concreta. SOS Racismo. Algeciras Acoge. Es buena gente.
Lo que me parece una broma de mal gusto es que los estados occidentales, que están forrados de dinero -de nuestro dinero, obtenido vía impuestos- hayan decidido que no es cosa suya remediar los problemas sociales que ellos mismos crean. Que de eso debe encargarse la caridad pública, en forma de organizaciones no gubernamentales.
Que actúe primero la justicia. A cargo del erario: del mismo que paga las bombas. Y, sólo después, que acuda y tape agujeros la eterna y biempensante caridad.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/06 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
justicia
milosevic
el_mundo
kosovo
1999
preantología
otan
yugoslavia
ongs
caridad
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/03/31 07:00:00 GMT+2
La estupidez del que es tonto de suyo, de natural, no me resulta nada irritante: qué le va a hacer; fueron otros los que lo nacieron. La bobería que no soporto es la del que, teniendo sus neuronas en aceptable funcionamiento, se empeña en usarlas mal, y encima se cree un genio, y además da por hecho que los demás no sabemos qué hacer con las nuestras.
Me topé hace unos días con un tontín de ese estilo. «Así que te opones a la acción de la OTAN en Yugoslavia, ¿eh?», me soltó en cuanto me vio. Y siguió: «¡Cómo sois los progres! ¿Y qué se supone que deberíamos hacer? ¿Dejar que el genocida Milosevic destroce todo lo que le dé la gana?».
Satisfecho, se quedó mirándome sonriendo, como si su argumento resultara demoledor.
¿«Deberíamos»? ¿En primera persona del plural? ¿El y yo juntos? ¿En calidad de qué?
Hay personas que pasean de superficialidad en superficialidad, sin verle las vueltas a nada, y a eso lo llaman razonar.
«¿Y cuál es tu alternativa a la actual crisis?», me insistía. ¿Y de dónde se sacará esta gente que uno ha de contar siempre con una alternativa prêt-à-porter?
Sales de casa de madrugada. De repente, te aparece un menda que te enfila con un pistolón. Te obliga a acompañarlo. Te conduce al monte. Te mete por un camino escarpado, al borde de un terrible abismo. De repente, cede el suelo. El tío resbala, se agarra a ti y ambos os quedáis colgados de una rama. Y te suelta muy enfadado: «¿Y ahora qué hacemos?».
Lo más normal es que te cabrees y le contestes: «¡Y a mí qué narices me cuentas! ¡Eres tú el que me ha traído hasta aquí a la fuerza!».
Pues tal cual con lo que pasa en Yugoslavia ahora. Y con el plasta de las alternativas. Fueron él y sus amigos los que permitieron -o incluso propiciaron- que los Milosevic de toda laya -por no hablar de los Yeltsin- se hicieran con el poder en el Este europeo. Fueron ellos los que dijeron que la OTAN era estupendísima y que debíamos meternos a escape en su seno. Son ellos los que bendicen el nuevo orden internacional. No nos pidan que les señalemos una salida a su desesperante embrollo: no tenemos nada que ver con él.
Algunos no somos de ningún bando: ni del de Milosevic, ni del de Clinton, ni del de Schröeder, ni del de Blair, ni del de Aznar. Ni podemos ni queremos hacernos cargo de una partida de ajedrez que ya tiene en su historial veinte movimientos mal hechos.
¿No saben qué hacer con el engendro que han creado? Allá ellos. Pero no pretendan hacernos cómplices de su estupidez.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/31 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
clinton
el_mundo
schroeder
blair
1999
preantología
yugoslavia
yeltsin
otan
guerra
aznar
| Permalink
| Comentarios (3)
| Referencias (0)
1999/03/27 07:00:00 GMT+1
Dice el secretario de la OTAN, Javier Solana, y repite Eduardo Serra, que están masacrando Yugoslavia con la intención de evitar una «catástrofe humanitaria».
Qué disparate. Una catástrofe puede ser muchas cosas; muchas, sin duda, menos humanitaria. Mi diccionario de sinónimos dice: «Humanitario: Afable, afectuoso, benévolo, caritativo, compasivo». ¿Una catástrofe afable, afectuosa, benévola, caritativa, compasiva? ¿Es eso lo que tratan de evitar? Pues podían haberse quedado quietos: lo imposible se evita solo.
Me dirán ustedes que tampoco tiene mucho sentido, en medio de una guerra, andarse con remilgos idiomáticos. Pero no va por ahí lo mío. No creo en absoluto que hayan echado mano del adjetivo humanitario por ignorancia o por error. Lo han hecho porque tienen el hábito de meterlo a voleo, hasta en la sopa, siempre. Venga o no venga a cuento. Sobre todo si no viene a cuento.
Todo cuanto tiene que ver con ellos queda bautizado ipso facto como «humanitario». Sus oficinas son humanitarias. Sus acciones son humanitarias. Sus tropas son humanitarias. Supongo que sus bombardeos también habrá que considerarlos humanitarios.
Las guerras se libran también en las palabras: en las ideas.
Hace ya años que la OTAN viene haciendo un trabajo sistemático de propaganda para que la opinión pública europea no la vea como un instrumento de guerra. Oyendo a sus dirigentes, tal se diría que lo suyo es casi una ONG y que el día menos pensado van a adoptar el Imagine de John Lennon como himno. Casi consiguen que nos olvidemos de que el régimen turco, autor de la catástrofe no muy humanitaria del Kurdistán, es uno de sus más dilectos integrantes.
La OTAN no ha intervenido en Yugoslavia porque quiera acabar con los sufrimientos de un pueblo maltratado. Si se dedicara a ese tipo de actividades altruistas, se pasaría la vida lanzando ataques. ¡Pues no hay pueblos maltratados, ni nada! A la OTAN -a los EEUU- le importa muy poco que haya políticos desalmados que estén despanzurrando gente por miles, mucha más que en Kosovo, en medio mundo. En Africa ahora mismísimo: ayer, hoy.
Lo que la OTAN quiere evitar a toda costa es que existan áreas sensibles de Europa en las que lo que sucede escapa a su control. Es decir, al control de los EEUU.
Un antecesor de Clinton lo dijo del dictador Somoza: «Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». El verdadero problema de Milosevic no es que sea un cerdo de tomo y lomo -que lo es-, sino que quiere tener su propia piara.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/27 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
milosevic
el_mundo
1999
solana
eduardo_serra
yugoslavia
otan
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/03/24 07:00:00 GMT+1
Estoy convencido de que José Agustín Goytisolo no se tiró por la ventana.
Él no pudo hacer una cosa como ésa.
No digo que no fuera capaz de suicidarse. A mí, los argumentos de sus familiares, que descartan el suicidio alegando que estaba muy ilusionado con esto y con lo otro, y que hasta se había comprado ropa esa mañana, no me dicen nada. El comportamiento del depresivo no se atiene a la lógica común: le viene el bajón, se dice que está haciendo el bobo tratando de salir a flote, concluye que nada vale ya realmente la pena, echa el cierre y sanseacabó, adiós muy buenas, ahí os quedáis.
Lo que a mí no me encaja es que se tirara por la ventana. Porque un hombre como él no se suicida así.
Cuentan las crónicas que cayó al asfalto justo cuando pasaba un repartidor de pizzas con su moto. Esa es la clave. Por muy deprimido que se encuentre, un hombre de la sensibilidad social de José Agustín Goytisolo no se arriesga a caerle encima a un pobre chaval que reparte pizzas. Yo jamás lo haría, desde luego. Me lo imagino y me horroriza: veo al crío todo el día de un lado para otro, haciendo eses entre los coches para repartir sus pizzas a voleo y acabar ganando una porquería y, de repente, zas, que va un poeta social -o un columnista comprometido, tanto da- y lo desgracia echándosele encima desde un tercer piso.
Francamente.
El suicidio tiene inconvenientes de cierto peso -mayormente para los que no queremos morirnos-, pero presenta dos ventajas difícilmente negables. La primera es que libra para siempre a su usuario de la estupidez humana. La segunda, que le permite elegir la puerta de salida de este valle de lágrimas.
El método seleccionado para abandonar la existencia retrata la personalidad del suicida. «En fin, no tengo para expresar mi vida sino mi muerte», escribió César Vallejo. He conocido con el tiempo suicidas encantadores, que se han quitado de en medio sin molestar a nadie, como pidiendo perdón por provocar el llanto de los próximos, y he sabido de suicidas realmente asquerosos, dispuestos a hacer la puñeta hasta el final de sus tristes días. Sé de uno que, cuando lo abandonó su novia, se colgó con un foulard que le había regalado ella. Un cerdo auténtico. Otro se reventó los sesos delante de su madre. Como para pateárselos.
La gente decente está obligada a quitarse la vida con la máxima discreción, no molestando sino lo imprescindible.
Porque todos tenemos derecho a perder definitivamente las ganas de vivir. Pero a lo que no tenemos ningún derecho es a perdernos el respeto.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/24 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
1999
josé_agustín_goytisolo
muerte
el_mundo
suicidio
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/03/20 07:00:00 GMT+1
Extraño diálogo en RNE, el pasado jueves. Sale Vargas Llosa (hijo) y acusa a Eduardo Haro Tecglen de haber escrito en su juventud artículos de prensa en loor y gloria del dictador Franco. Respuesta del veterano crítico: «Posiblemente escribí eso».
¡«Posiblemente»!
Qué hombre más admirable, este Haro.
No me refiero, obviamente, a su llamativa falta de memoria. La mía es pésima, pero estoy seguro de que si hubiera trabajado para el agitprop fascista me acordaría. Ahora bien, de no acordarme, iría a una hemeroteca -bueno: antes iría al médico, a que me recetara algo que me mejorara la memoria; pero a continuación iría a escape a una hemeroteca- a ver si lo que dicen que escribí es verdad o falso.
Pero Haro Tecglen no. Se queda indiferente ante la acusación y da por zanjada la polémica cediendo con elegancia: «Posiblemente escribí eso».
Haro ha alcanzado la cumbre de la imparcialidad: es imparcial incluso sobre sí mismo.
Cuando escuché tan fantástica respuesta, pensé que la sociedad haría mal en desaprovechar un sentido así de la ponderación, una carencia tal de pasión partidista, una tamaña capacidad para el desinterés personal. Me dije que sería imperdonable que tan poco frecuentes dotes se malgastaran en campos tan limitados como la crítica de televisión y la inspección ideológica del teatro: que habría que encomendarle mucho más altas misiones.
Pocas horas después, los partidos firmantes del Manifiesto de Estella vinieron a dar respuesta a esta inquietud mía. Declararon que sería bueno que el proceso de paz en Euskadi fuera supervisado por observadores internacionales: personalidades imparciales que pudieran señalar con el dedo al que no se porte bien.
Salté en cuanto lo oí: «¡Haro, Haro!», exclamé.
Haro Tecglen cumple todos los requisitos: es personalidad, es muy observador y, sobre todo, es imparcial. Imparcial como nadie, según ha quedado demostrado supra. Presenta una ventaja más: para los nacionalistas vascos es internacional, pero para Aznar es nacional. Con su inspección in situ se lograría superar otra diferencia que parecía insalvable: gracias a él, habría y no habría, a la vez, observadores internacionales.
Tiene todavía otra virtud, nada desdeñable: es gran especialista en transiciones problemáticas. Fíjense en la suya, sin ir más lejos: de joven falangista a dispensario de títulos de izquierda. No es poco viaje.
Pena que no lo recuerde.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/20 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
franco
aznarismo
1999
haro_tecglen
vargas_llosa
euskal_herria
lizarra_garazi
el_mundo
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/03/17 07:00:00 GMT+1
Ni sé cuántos años hace ya que no intercambio ideas y diatribas con José Ignacio Lacasta, el buen pensador y catedrático navarro afincado en Zaragoza. Leo ahora su último libro, España uniforme, y compruebo satisfecho que, cada uno por nuestra cuenta, desde nuestas diferentes perspectivas geográficas y profesionales, hemos ido juzgando los sucesos de la vida política de este país con similar espíritu, sacando muy parecidas conclusiones.
Qué quieren: incluso en el viaje hacia la marginalidad se agradece la buena compañía.
No voy a glosar hoy aquí el hilo conductor del libro de Lacasta, que no es otro que la crítica radical de la intelectualidad orgánica que se dedica a cultivar -y a cosechar- el ideario nacionalista excluyente español. Vengo dedicándome a esa misma crítica desde hace años, con éxito que probablemente no será muy diferente al que obtenga él (o sea, más bien escaso), de modo que festejar sus ideas me resulta hasta impúdico: estando de acuerdo con ellas, elogiarlas no pasa de ser una forma de piropear las mías.
A cambio, quisiera resaltar un pasaje de su obra, relativamente lateral, que no se refiere a ninguna conclusión del pensamiento, sino a la manera de afrontar la tarea de pensar y, más en concreto, la de pensar la crítica del pensamiento ajeno. Se queja Lacasta de la manía que tienen los ideólogos oficiales del pensamiento centralmente correcto de suponer intenciones subrepticias a sus rivales (a los nacionalistas periféricos, muy en especial) y de juzgarlos no por lo que éstos hacen y dicen, sino por lo que ellos saben que piensan y desean en realidad.
Escribe José Ignacio Lacasta: «Un intelectual ha de criticar lo que se dice y lo que se hace; y hasta los desfases incoherentes entre las dos operaciones de actuar y hablar o escribir. Pero, a lo que no debe dedicarse, so riesgo de abandonar con ello su propia honestidad, es a juzgar intenciones». Y cita a Miguel de Unamuno, un santo que no es de mi devoción, pero que en esto afinó: «Nada más menguado que el hombre cuando se pone a suponer intenciones ajenas».
¡Cuánto mejoraría la política española si una ley -no escrita, a poder ser- prohibiera descalificar a alguien por lo que se le supone, y obligara a los críticos a ceñirse a lo que el criticado hace o dice, sin añadidos ni sustracciones!
Quisiera que así fuera, sí, pero por rigor, no por condescendencia. De hecho, el examen frío de las palabras y los actos de los demás me incita por lo general más a la severidad que a la benevolencia: sé que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de mayo de 2009.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/17 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
españolismo
el_mundo
1999
nacionalismo
unamuno
lacasta-zabalza
antología
españa
| Permalink
| Comentarios (2)
| Referencias (0)
1999/03/13 07:00:00 GMT+1
Sigo fascinado con las cosas que llega a decir Jaime Mayor Oreja. Anteayer soltó con mucha solemnidad: «No hay que tener miedo. El miedo es el principal enemigo de la paz».
¡Qué frase tan rotunda, tan canora, tan redonda! Me sonó semejante a aquella otra, histórica, de Franklin Delano Roosevelt: «Sólo hemos de tener miedo al miedo mismo».
Los fabricantes de sentencias rotundas suelen cebarse con el miedo y los miedosos. Les gusta ridiculizar a los cobardes.
Yo soy cobarde, y lo tengo a gala. No veo que haya nada de malo en el miedo.
Porque tengo miedo de lo que pueda ocurrirme, me arriesgo lo menos posible. Porque temo la agresividad de los demás, trato de no azuzarla. Porque me asustan los conflictos, hago cuanto está en mi mano por eludirlos. En suma: soy prudente.
El miedo es un sentimiento muy positivo, que contribuye a que los humanos nos comportemos de modo relativamente razonable y considerado.
Por supuesto que el exceso de miedo es malo. Todo sentimiento puede serlo: hasta el demasiado amor. Pero, administrado en dosis adecuadas, ayuda a la convivencia.
Volvamos al ministro del Interior y a su consideración del miedo como el «principal enemigo de la paz».
Cualquier persona con una mediana inteligencia sabe, desde Clausewitz -qué desde Clausewitz: desde siempre- que el miedo que cada bando tiene a la capacidad de destrucción de su enemigo es clave para que existan esos espacios que median entre las guerras, a los que hemos dado en llamar paz.
Considerando que el titular de la cartera de Interior es hombre de inteligencia al menos mediana, hemos de deducir que él también lo sabe.
Entonces, ¿a cuento de qué se apunta a la peregrina idea de que el miedo es enemigo de la paz?
Solo encuentro una respuesta a esa pregunta: Jaime Mayor Oreja es sobradamente consciente de que está siguiendo una línea muy osada, francamente imprudente, empeñada en que en Euskadi sólo queden dos bandos políticos: EH, de un lado, y el PP, del otro. Y el vacío de por medio.
Está favoreciendo el clima más adecuado para una guerra civil y trata de disimularlo con un mal ardid retórico: presentando a los pacifistas como belicistas.
Déjese de piruetas verbales: no hay mejor amigo de la paz que quien teme la guerra.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/13 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
el_mundo
tregua
aznarismo
1999
mayor_oreja
eta
euskal_herria
lizarra_garazi
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/03/10 07:00:00 GMT+1
«El problema con los nacionalistas es que nunca paran de reclamar. No vale la pena concederles nada: así que les das algo, ya están exigiéndote más».
En el plazo de pocas horas, he escuchado esta misma reflexión -prácticamente con las mismas palabras- de labios de dos líderes políticos de signo supuestamente muy distinto: uno del PP; el otro, del PSOE.
«Es lógico que coincidan», me dirán ustedes, «en la medida en que ambos partidos se plantean la acción política desde la misma perspectiva nacional».
Es una posible explicación. Pero yo le veo otra: coinciden porque se plantean la política desde la misma perspectiva, sí, pero no geográfica, sino ideológica.
Tanto el PP como el PSOE entienden la política del mismo modo: conciben el poder como la administración de lo existente. Uno puede administrarlo mejor que otro, con más pericia o más honradez, pero el juego es ése.
En cambio, los nacionalistas -los que realmente lo son- no persiguen administrar lo que hay, sino cambiarlo: quieren alcanzar, si no la independencia nacional -algo que en la Europa occidental de hoy no está demasiado claro en qué podría consistir-, sí al menos el reconocimiento de la soberanía de su pueblo en condiciones de igualdad con los que lo rodean.
No piden más y más porque sí: es que lo suyo va de reclamar y reclamar, y seguir en ello, erre que erre, hasta alcanzar la meta que les sirve de bandera y da sentido a su lucha política.
Comprendo que esta actitud de los nacionalistas resulte irritante a los dirigentes del PP: su concepción de la actividad política deambula por rumbos totalmente diferentes.
Más chocante -o más trágica, o más cómica, según se mire- es la incomprensión de los socialistas. Porque los partidos socialistas se fundaron con una finalidad de género muy semejante a la de los nacionalistas: para transformar el orden existente (aunque en su caso no fuera el orden nacional, sino el social). De hecho, la gente de orden reprochaba a los partidos socialistas lo mismo que ahora el PSOE critica a los nacionalistas: decía que, en cuanto lograban las reivindicaciones por las que habían planteado tal o cual bronca, ya iban a por más y montaban otra gresca.
Digo yo que quizá sea eso lo que explica que Julio Anguita no se apunte a las críticas de este género contra los nacionalistas: él sí que puede entender a quienes hacen política en función de una meta. Aunque bien es cierto que hay algunas metas que dan réditos, y otras sólo disgustos.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/10 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
pp
anguita
el_mundo
1999
nacionalismo
iu
psoe
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
Siguientes entradas
Entradas anteriores