1999/05/05 20:00:00 GMT+1
Intervención en las Jornadas "Madrid, España, nacionalismos", organizadas por Liberación y "Página Abierta" en el Ateneo de Madrid el 5 de mayo de 1999.
Quisiera, antes de nada, agradecer a Liberación y Página Abierta que hayan pensado en mí para la presentación global de estas Jornadas destinadas a reflexionar sobre las realidad de Madrid y sus relaciones con España y con los nacionalismos periféricos, en tanto que conceptos y en tanto que realidades.
Mi reconocimiento es doble, puesto que también me han encargado presentar y dirigir la primera de las tres mesas, en la que participarán dos pensadores de la reconocida categoría e integridad de Ignasi Alvarez Dorronsoro y Francisco Fernández Buey, que con seguridad nos ayudarán a profundizar en las ideas de pueblo, nación y ciudad.
¿Qué pretenden estas Jornadas? No tienen un fin cerrado. Según me explicaron sus organizadores en un correo electrónico, cuando me propusieron participar en ellas, se parte de la constatación de que Madrid -cito literalmente- «es la capital de España y una gran urbe proyectada hacia el exterior, que está constituida por un entramado institucional, cultural y mediático, y un cuerpo social diverso en su origen, que recibe un continuo ir y venir de grupos y personas étnica y nacionalmente muy heterogéneas. Sobre nuestra sociedad se vierten imágenes, vivencias, mensajes, enseñanzas, etcétera, aparentemente contradictorios para su identificación nacional: podría ser la ciudad de Europa o del mundo, cruce de caminos y culturas, pero seguramente le pueda más ser la capital de España, la ciudad española por excelencia, poco curtida en la cultura democrática -como casi todas las del Estado español- y poco receptiva a comprender la realidad de su España. Nos interesa adentrarnos en esta dimensión de la realidad de una sociedad, la madrileña. No ambicionamos encontrar demasiadas respuestas. Sería bueno, eso sí, que acertáramos a formular un puñado de preguntas pertinentes, formándonos algo más, alejándonos de lo trillado y superficial». Hasta aquí la cita.
Dudo que esta breve disertación introductoria mía vaya a ser decisiva para la consecución de ese objetivo. Trataré de expresar, en cualquier caso, algunas ideas que me sugieren las tres palabras que sirven de enunciado a las Jornadas: Madrid, España, nacionalismos.
«España». ¿Qué es España? Incluso, puestos a replanteárselo todo: ¿existe España? Hay quienes viven tan tranquilamente descartando esa palabra de su vocabulario. Hablan exclusivamente, cuando hace al caso, del Estado español. Es su modo de subrayar que la realidad político-administrativa en la que habitamos se basa en una unidad de pueblos cuyo origen no fue consentido, sino forzado, pecado original del que todavía no se ha liberado, según su criterio (que en esto coincide con el mío).
Otros hablan de España, pero excluyen del ámbito de aplicación del término el territorio de su propia nacionalidad. Para ellos España es, unas veces, «el resto del Estado», es decir, todo lo que no es su propio país, y en otras ocasiones, todo lo que no es Cataluña (o los Països Catalans), Euskadi y Galicia. España es, en su consideración, algo así como la suma de los retales sobrantes.
Unos y otros -los que hablan exclusivamente del Estado español y los que reservan su idea de España para el resto- son ciertamente muy minoritarios. Para la gran mayoría -y me refiero no sólo a la gran mayoría de los españoles de DNI, sino también a la práctica totalidad de los habitantes del planeta-, España es el término que sirve para referirse a esta parte de la tierra en la que vivimos quienes, conformes o a disgusto, tenemos oficialmente asignada e internacionalmente reconocida la nacionalidad española. Lo que no quiere decir que a éstos les asista más razón que a aquéllos: no siempre las mayorías, por amplias que sean, tienen razón.
Luego volveré sobre la idea de España.
¿Y qué es Madrid? Pues la capital de eso. Y, para muchos, también la quintaesencia de eso. De ese lo-que-sea.
Porque Madrid no es sólo esta porción de la meseta que está llena de casas -y últimamente también de fuentes de todo tamaño, suerte y condición, gracias a la lumbrera de alcalde que tenemos, al que llaman Inaugurator-. Madrid no es sólo el espacio en el que nos hacinamos casi cuatro millones de personas y 250 millones de coches. Es también la sede del poder central y, por ello, su representación simbólica.
Se afirma, por ejemplo: «Madrid apoya el bombardeo de Yugoslavia», y excuso decir que eso no significa que se haya celebrado un referéndum en la capital del Reino para tomar postura al respecto. El nombre de Madrid sirve comúnmente para simbolizar el mando político del Estado español.
Lo mismo ocurre en el consumo político interno: «Madrid nos niega las competencias sobre Seguridad Social», oímos decir cada dos por tres a los dirigentes del Partido Nacionalista Vasco. Obviamente, ese Madrid no tiene nada que ver con los madrileños de a pie: Madrid actúa también en el lenguaje de la política autóctona -no sólo en el lenguaje de los nacionalistas periféricos: en el de todos, en general- como símbolo del poder central y, en último término, del centralismo.
«Madrid, rompeolas de todas las Españas». Creo que esa célebre cursilada la soltó el bueno de Antonio Machado. Por lo que tengo visto, por aquí no suele haber muchas olas: el Manzanares no da para tanto. Tal vez fuera más preciso definir Madrid como una gran ciudad de aluvión. De aluvión en el sentido figurado que, procedente de la geología, suele darse a los conjuntos abigarrados de cosas de muy diversa procedencia que no llegan a constituir un todo bien trabado.
Indago sobre Madrid a partir de mi propia experiencia. Yo suelo definirme como vasco, pero, bien mirada, esa definición mía tiene no poco de metafísica. Me fui de Euskadi con 21 años y sólo he regresado allí de manera ocasional. Vivo en Madrid desde 1977. O sea, que ya, para estas alturas, Madrid es la ciudad en la que he pasado la mayor parte de mi vida. Por otro lado, mi padre era de Madrid. De la calle Hortaleza, para más señas. Y, sin embargo, jamás se me ha ocurrido pensarme madrileño, ni siquiera parcialmente.
Eso es corrientísimo en Madrid. Conozco toneladas, no ya de residentes más o menos añejos, sino de naturales de Madrid, que hablan de «su pueblo» refiriéndose a ignotas poblaciones de Galicia, La Mancha, Extremadura, Asturias o El Bierzo, apoyándose en el hecho de que sus padres, o incluso sus abuelos, llegaron a la capital del Reino procedentes de tales parajes. Muchos aprovechan la menor ocasión para viajar a esos lejanos pueblos y, en cuanto tienen los medios, se buscan allí una casita. Hay casos célebres. Mucha gente cree que Aznar procede de Castilla-León, y hasta le atribuyen virtudes y defectos procedentes de la Castilla profunda. En realidad es madrileño. Otro conocido: Jesús Polanco, tenido por cántabro de pro, es también madrileño. Francisco Umbral, conocido vallisoletano, nació en Madrid.
Es como si Madrid, a diferencia de otras grandes capitales, tuviera dificultades para otorgar una identidad completa a sus vecinos.
La propia ciudad tiende a subdivirse por barrios: así que te topas con madrileños de ocho generaciones, el uno se proclama de Chamberí, el otro de Vallecas, el de más allá de Carabanchel. Lo cual contribuye a afincar la creencia según la cual el Madrid real, el no oficial, es más un conjunto de pueblos puestos el uno al lado del otro que una gran ciudad unificada.
Durante un tiempo, ese fenómeno me llevó a infravalorar esta capital. Hoy en día me parece que es una de sus mayores ventajas. Madrid tiene el atractivo de los perros y los gatos callejeros, sin raza definida. Le sienta bien el mestizaje. Sólo se muestra renuente a la integración de los inmigrantes de procedencia más lejana: de otros continentes, o del Este de Europa. Por eso aún no tiene el aire cosmopolita y multiétnico de un París, de un Londres o de un Nueva York. Aún arrastra un cierto aire provinciano (que, dicho sea de paso, también tiene su encanto).
Pero sigo escarbando en mi propio caso: si nunca he llegado a identificarme con esta ciudad y a sentirme parte de ella, si jamás he dejado de considerarme extranjero en ella -no otra cosa quiere decir extraño-, ¿por qué llevo instalado aquí 22 años? No me engaño al respecto: porque Madrid es el escenario principal de la vida política española, donde se cuecen -o, por lo menos, donde se acaban plasmando- las decisiones principales de la res pública. El centro del cotarro, por decirlo en cuatro palabras. El caldo de cultivo más adecuado para un comentarista político. Destino doblemente atractivo, si de un periodista se trata: la prensa de Madrid es, sin duda, la de más influencia y repercusión de toda España, y escribir en ella proporciona una proyección global, y hasta internacional, que no está al alcance de ningún periódico periférico, por muy poderoso que sea y por voluminosa que sea su tirada.
Pero volvamos a la idea de esa España dudosa y problemática cuya quintaesencia simbólica es la ciudad en la que estamos.
Quisiera referirme a un fenómeno que me parece interesante y que está tomando creciente fuerza en los últimos tiempos. Un fenómeno del que Madrid también es capital. Me refiero al despertar de una corriente, política y cultural a la vez, que reivindica algo así como un nuevo españolismo.
La protagonizan políticos, periodistas e intelectuales que sostienen que la idea de España ha estado secuestrada durante casi todo el siglo XX por la derecha cavernícola y ultramontana, pero que eso no quiere decir que sea ella misma cavernícola y ultramontana. Que es posible y necesario rescatarla. Defienden la puesta en acción una nueva idea de España, europea, democrática y moderna, que muchos de ellos vinculan con la tradición regeneracionista y con el espíritu del anterior fin de siglo. De la Generación del 98.
Quienes defienden este punto de vista -con el que, según todos los síntomas, simpatiza un sector bastante amplio de la opinión pública madrileña- se oponen radicalmente a los nacionalismos periféricos, que ven como una rémora del pasado, y hacen gala de desprecio por los patriotismos atávicos, declarándose europeístas, cuando no ciudadanos del mundo.
Una de las bichas de los paladines de esta corriente somos los que, haciendo oídos sordos a su pretensión de regenerar la idea de España, nos empecinamos en hablar críticamente de la España real. De la España realmente existente, por así decirlo.
Consideran que estamos anclados en el pasado y que no hemos sabido asimilar los cambios que se han producido en esta sociedad. La de hoy -nos dicen- ya no es la España una, grande y libre del franquismo, la de la nostalgia de Lepanto y el Imperio, sino una nación moderna, europea, en la que puede acomodarse perfectamente cualquier pensamiento progresista. De la que cualquier librepensador puede sentirse legítimamente orgulloso.
Por lo menos en lo que a mí respecta, creo no desconocer los cambios que España ha experimentado en las últimas décadas. Soy consciente de que se han producido transformaciones muy importantes en el plano cultural y social, casi siempre -aunque no siempre- para mejor.
Pero, a cambio, no creo que su idea de España se haya liberado de los rasgos fundamentales que han caracterizado durante muchas décadas la idea de España propia de la derecha centralista española.
El domingo pasado, en un mitin en Barcelona, la ex ministra y principal candidata del PP al Parlamento Europeo, Loyola de Palacio, afirmó: «Jamás defenderé a Europa contra España. Jamás haré pasar por delante los intereses de Europa si con ello perjudico los intereses de España». Nuestros regeneracionistas, lejos de poner el grito en el cielo, han aplaudido las palabras de la dirigente del PP. Sin embargo, son toda una declaración de nacionalismo militante, incompatible con una concepción verdaderamente europeísta. Imaginemos que Jordi Pujol hubiera dicho: «Estoy dispuesto a pasar por encima de los intereses del conjunto de España si con ello beneficio a Cataluña». Lo hubieran puesto a caldo, a buen seguro. Se dicen europeístas, pero no piensan desde Europa, sino desde España. España es su unidad de medida mental.
Y la España desde la que piensan es, en el fondo, la de siempre. No es una España cuya personalidad esté compuesta por pueblos verdaderamente iguales. Defienden a grito pelado la españolidad de vascos, catalanes y gallegos, pero en realidad no creen en ella: para ellos, la guitarra es españolísima, pero jamás se les oirá hablar de la «españolísima tenora», del «españolísimo txistu» o de la «españolísima gaita». Incluso ponen mucho cuidado en hablar siempre de el idioma español, sin darse cuenta de que, si fueran coherentes con sus enunciados generales, habrían de considerar que el euskara, el gallego y el catalán son idiomas tan españoles como el castellano.
No me detengo en el terreno de los símbolos por regusto por lo anecdótico, sino porque en él se expresa, casi siempre mucho mejor que en las grandes proclamas, el pensamiento inconsciente: la ideología. En la mentalidad de los nuevos nacionalistas -que, insisto, impregna esta ciudad-, Rocío Jurado bien podría tomarse como representante de la «canción española»; Kepa Junkera, no, desde luego. Pero el hecho es que Kepa Junkera ha hecho en su último disco mucho más por hermanar la música de «todas las Españas» que Rocío Jurado en toda su muy dilatada vida.
Digan lo que digan, el hecho es que siguen sin concebir España como una nación de naciones, en la que, según el bello dicho castellano, nadie sea más que nadie. Continúan considerando que España tiene una esencia, basada en el núcleo castellano-andaluz, para lo cultural, y en el sarao de Madrid, a la hora de la política, y dan por hecho -aunque jamás lo formulen así de crudamente- que todo lo que no esté vinculado a ese doble tronco ha de resignarse a servir de mero aditamento secundario.
En España hay básicamente dos tipos de nacionalismos. De un lado, el que se asienta en las nacionalidades periféricas, que es a su vez subdivisible según criterios muy diversos. Del otro, el nacionalismo español. Entre ambos hay dos diferencias fundamentales. La primera estriba en que el nacionalismo periférico es fundamentalmente defensivo: aspira más a conquistas para sí que a imposiciones sobre otros. La segunda reside en que el nacionalismo periférico es casi siempre consciente, en tanto que el español lo es muy raramente. El nacionalista catalán, gallego o vasco sabe que lo es; el español, casi nunca: identifica su concepción de la realidad con el sentido común. Incluso se irrita mucho si se le llama nacionalista.
En general, temo las ideologías inconscientes. Un nacionalista que cree que lo suyo no es ideología, sino puro sentido común, es casi tan peligroso como un periodista que se cree objetivo: ambos están incapacitados para comprender las razones de quienes ven la realidad desde otra perspectiva, con otras preocupaciones y con otros intereses.
El nacionalismo español actual es, tanto entre sus sustentadores de base como entre sus teorizadores -salvando notorias excepciones, con algunas de las cuales comparto periódico-, bastante menos agresivo e impositivo que el viejo españolismo de hace unas décadas. Los nacionalistas españoles de hoy en día no estarían dispuestos a plantarse en Euskadi, en Cataluña o en Galicia para pegar carteles de aquellos que ponían Habla en cristiano. Incluso son ya poquísimos los que colocan en el cristal trasero de su coche esa pegatina tan estupenda que reza: «Ser español, un orgullo. Madrileño, un título». Se ve que intuyen que no es demasiado moderno. Pero el sustrato ideológico último de su posición no deja de estar emparentado con el nacionalismo español de siempre.
Vuelvo al comienzo. Decía al empezar que hay quienes renuncian a usar la palabra España. Que prefieren decir Estado español, para llamar la atención sobre el hecho de que la unidad política actual no se basa en la decisión libre e igual de los pueblos que lo integran. Es eso, su actitud -ya lo he dicho antes- me parece correcta. Pero, sin hacer del asunto un casus belli -la verdad es que la cuestión de los nombres me preocupa tirando a poco-, veo a su actitud un inconveniente: mueve a deducir que los pueblos de España están unidos sólo administrativamente. Y eso no es ni mucho menos cierto. Tienen muy poderosos lazos culturales, económicos, sociales: no se vive con alguien durante toda la vida sin forjar afinidades con él. Afinidades que, por lo demás, considero positivas y enriquecedoras.
Voy a hacer hoy aquí una confesión que jamás había realizado hasta ahora en público: yo me considero básicamente español. Vasco, sí, pero también un poco, en diferentes medidas, de todo el resto. Algo catalán, algo valenciano, algo gallego -mi abuelo materno era de Ourense-, bastante castellano, algo cántabro, algo andaluz -o por lo menos algo granadino: de Granada era mi abuelo paterno-... Dicho lo cual, tampoco doy al hecho mayor importancia: como canta el francés Maxime Leforestier, uno no elige a sus padres; uno no elige su familia: te nacen en cualquier parte. (Por cierto que también me siento un poco francés: tengo un buen lío en mi corazón).
Mi aspiración sería que todos los pueblos que componen la España de hoy se arreglaran para seguir juntos. Con la excepción de Ceuta y Melilla, por decirlo todo. Pero sólo veo un modo de conseguir eso: que lográramos promocionar y hacer mayoritaria otra concepción de España, otra idea de España, en la que efectivamente nadie fuera tenido por más que nadie; de una España sin esencias, conscientemente plural. Para lo cual lo primero que se requeriría es la certeza de que nadie forma parte de ella por la fuerza. Una España de puertas abiertas. Una España que quien quisiera pudiera abandonar en el momento que quisiera.
Veo muy lejos esa hipótesis. Y la veo lejana más por razones políticas que culturales. Los partidos políticos españoles están demasiado anclados en el nacionalismo. También algunos nacionalistas periféricos repudian la igualdad: se diría que no les importa tanto tener mucho poder como tener, en cualquier caso, más poder que los demás. La asimetría, que dicen. Pero no una asimetría nacida de las diferentes necesidades dictadas por las diferentes realidades, sino una asimetría de Derecho. Como una especie de privilegio de cuna.
A cambio, soy más optimista -o, si se prefiere, menos pesimista- en lo que se refiere a la disposición de la base social. En mi criterio, la práctica de dos décadas de Estado de las Autonomías, por cutre que haya sido en tantos aspectos, ha preparado ya en alguna medida a los habitantes de lo que pudiéramos llamar el núcleo duro de España (incluidos, y en lugar destacado, los de Madrid) para transitar por fórmulas nuevas de convivencia inter-nacionales, más igualitarias. A ello han contribuido también otros datos de la evolución histórica, algunos no menos contradictorios: la existencia y creciente presencia de la UE en España; el desvaimiento de la identidad española, fruto de la mal llamada globalización; el incremento del nivel cultural medio; el relativo bienestar material de las cada vez más amplias clases medias... Se acaba de cambiar la fórmula del juramento de la bandera: ya no se le pide a nadie que esté dispuesto a dar su sangre por la unidad de España. Y no se le pide no porque el Estado se haya modernizado -que también- sino, sobre todo, porque todo quisque es conscientes de que sólo cuatro pirados estarían dispuestos a declararse en guerra por defender la unidad de España. Se ha instalado en buena parte de la población española un espíritu resignado, ferozmente individualista -pasota, si se quiere-, socialmente disgregado, que tiene no pocos ángulos negativos, pero que contribuye a restarle agresividad y visceralidad en lo concerniente al mito de la sagrada unidad de España. Por decirlo francamente, y por cínico que parezca: estoy convencido de que una campaña intensa de los principales medios de comunicación a favor del federalismo, o incluso del confederalismo, daría por resultado que la mayoría de la población española sería en pocos meses partidaria de ello.
Pero no creo que tal cosa vaya a ocurrir. Me temo que el futuro está más cerca de lo que profetizó León Felipe en El Hacha:
Español: / más pudo tu envidia / que tu honor. / Y más cuidaste el hacha / que la espada. // Tuya es el hacha, tuya. / Más tuya que tu sombra. / Contigo la llevaste a la Conquista / y contigo ha vivido / en todos los exilios. / Yo la he visto en América / -en México y en Lima-, / se la diste a tu esposa / y a tu esclava... / y es la eterna maldición de tu simiente. // Tuya es el hacha, ¡el hacha! / la que partió el Imperio / y la nación; / la que partió los reinos; / la que parte la ciudad y el municipio; / la que parte la grey la familia; / la que asesina al padre / -Alvargonzález, habla-; / bajo su filo se la hecho polvo / el Arca, / la casta, / y la roca sagrada de los muertos... / el coro, / el diálogo / y el himno... / el poema, / la espada / y el oficio... / la lágrima, / la gota / de sangre / y la gota / de alegría... / Y todo se hará polvo, / todo, / todo, todo... / Polvo con el que nadie... / ¡nadie! / construirá jamás / ni un ladrillo / ni una ilusión.
Ya me hago cargo de que no es éste un final ni muy enaltecedor ni muy entusiasta para mi intervención, pero lo siento mucho, porque no tengo más que decir.
Muchas gracias.
Javier Ortiz. (5 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/05/05 20:00:00 GMT+1
Etiquetas:
1999
otros_textos
preantología
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/05/05 07:00:00 GMT+2
El alto mando de la OTAN ha explicado por qué bombardea las carreteras y puentes de Serbia, aunque eso esté provocando cada vez más víctimas civiles: se trata de objetivos militares; el Ejército de Milosevic los usa para desplazarse.
Es la misma razón que dio para justificar el ataque contra la sede de la televisión serbia: sostuvo que se trata de un objetivo claramente militar, dado que Milosevic se sirve de ella para hacer propaganda.
La OTAN puede ser ineficaz en muchos terrenos, pero nadie puede negar la astucia con que escoge sus argumentos. Este de los objetivos militares es de amplísimo espectro. Puede servir para justificar lo que sea. Prácticamente todo.
Veamos. ¿Que los aviones de la Alianza bombardean una escuela? Ningún problema: pueden decir que era un claro objetivo militar, en la medida en que Milosevic utiliza la enseñanza para adoctrinar a los serbios y ponerlos de su lado. En rigor, las escuelas pueden muy bien ser consideradas objetivos militares estratégicos, puesto que ayudan a la perpetuación de la base social milosevista. Habría que bombardearlas sistemáticamente, aunque sin olvidarse luego de pedir disculpas al pueblo serbio por las eventuales molestias que tal cosa pueda ocasionarle.
Lo mismo cabe decir, sin duda, de los hospitales. ¿Qué hacen en esos establecimientos, sino reparar a los serbios averiados, de modo que puedan reincorporarse a las filas del Ejército de Milosevic, si son necesarios? Bombardeando hospitales y clínicas se ataja el mal en su misma raíz, lo que bien puede considerarse incluso profiláctico.
Otra posibilidad que no dudo acabará explorando la aviación de la OTAN: los mercados. Son un objetivo militar de primera fila. Si los militares serbios no comieran, su moral bajaría estrepitosamente. Es muy probable que se rindieran a los pocos días. ¿A qué espera la Alianza Atlántica? Cuanto antes destruya los mercados serbios, antes acabará toda esta pejiguera.
Un estudio pormenorizado de las hazañas que las fuerzas aliadas han realizado en estos primeros 40 días de guerra permite comprobar que han servido para dañar muy seriamente una enorme cantidad de objetivos militares yugoslavos. Han destrozado los suministros de combustible de Milosevic -porque son de Milosevic: la OTAN no tiene nada contra los serbios; sólo contra Milosevic-, han dejado para el arrastre sus redes de transporte, casi han enmudecido sus medios de comunicación, le han dado un palo de aúpa a sus infraestructuras económicas, han estropiciado no pocas de sus viviendas...
Sólo hay un objetivo militar que la OTAN apenas ha logrado tocar todavía: el Ejército yugoslavo.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/05/05 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
el_mundo
1999
guerra
otan
yugoslavia
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/05/01 07:00:00 GMT+2
Escribió Bertolt Brecht en uno de sus poemas sobre el nazismo: «General, tu tanque es muy poderoso. / Pero tiene un defecto: necesita un conductor». Apelaba al factor humano: el encargado de conducir el tanque podía pensar, podía sentir, podía compadecerse, negarse a cumplir las órdenes crueles que le impartían.
Brecht era un perdido optimista. El «defecto» al que se refería -la virtud, en su criterio- no se notó mucho en los campos de batalla de la II Guerra Mundial.
Cabría repetir ahora los versos de Brecht, pero sin ironía alguna. Los misiles de la OTAN son muy poderosos, pero cuentan con ese defecto: los manejan hombres. Por eso fallan. Y por eso caen -y matan- donde no estaba previsto. O donde estaba previsto, pero mal, monstruosamente previsto.
Se utiliza corrientemente el adjetivo humano para referirse a actitudes positivas. Es absurdo. La raza humana es capaz de lo más enaltecedor, pero también de las peores abyecciones. Lo que más me preocupa de la actual guerra con Yugoslavia es precisamente lo muy humana que está resultando. El mando militar de la OTAN ha caído víctima del muy humano defecto de la prepotencia. Creyó que le bastaría con mostrar su aplastante superioridad en armas -y en dinero- para que Milosevic se le rindiera. Y ahora, cuando ve que de eso nada, concluye que su error ha sido no mostrarse aún más prepotente.
No auguro nada bueno.
Les contaré una anécdota real que retrata muy bien la prepotencia con que actúan algunos mandos militares estadounidenses. Se trata de un diálogo por radio que tuvo lugar entre un buque de guerra de los EE.UU. y las autoridades costeras de Newfoundland (Canadá) en octubre de 1995. Fue así:
BUQUE USA: Por favor, cambien su curso 15 grados al norte a fin de evitar colisión.
CANADIENSES: Recomendamos que usted varíe su curso 15 grados al sur a fin de evitar la colisión.
BUQUE USA: Al habla el capitán de un buque de la Armada de los EE.UU. Repito: cambien su curso.
CANADIENSES: No. Repetimos: son ustedes los que deben cambiar su curso.
BUQUE USA: Este es el Abraham Lincoln, el segundo buque en tamaño de la flota de los Estados Unidos de América en el Atlántico. Nos acompañan tres destructores, tres cruceros y numerosos buques de apoyo. Demando que cambie usted su curso 15 grados al norte o tomaremos medidas a fin de garantizar nuestra seguridad.
CANADIENSES: Hagan ustedes lo que quieran. Esto es un faro.
Como chiste tendría su gracia. Como hecho real, estremece. Al frente de la mayor maquinaria de destrucción de todos los tiempos hay tipos así de burros.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de mayo de 2012.
Nota de edición: mira que era difícil colarle cosas a Javier, pero dio por buena una leyenda urbana (Lighthouse and naval vessel urban legend).
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/05/01 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
canadá
brecht
el_mundo
usa
1999
guerra
yugoslavia
antología
otan
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/28 07:00:00 GMT+2
Escribía el lunes Francisco Umbral sobre la acusación de venalidad que IU ha dirigido a los jefes de la funeraria de Madrid.
Hace ya años que vengo reflexionando sobre los aspectos colaterales de la muerte. Sobre la muerte como rito, por ejemplo. Y como negocio.
Me pregunto, para empezar, por qué narices quienes no creemos en el más allá compartimos con los creyentes su respeto ceremonial por los cadáveres. Despojados de nuestra capacidad de razonar y sentir, debería importarnos menos que nada qué pudieran hacer con nuestros despojos.
Algunos creen que se alejan del rito religioso nada más que por pedir que, en vez de meterlos en una caja de madera y enterrarlos, los convirtamos en ceniza, nos las llevemos aquí o allá y las lancemos al viento. Les parece muy poético. En realidad, suele acabar siendo una guarrada: a menudo -me consta-, el viento pone a todos los asistentes perdidos de muerto. Tengo a mi lado a una persona empeñada en que, cuando muera, sus cenizas sean arrojadas en un acantilado de Irlanda. ¡Toma ya, con turismo y todo! Eso no es una última voluntad: es una faena.
Siento verdadera aversión por el negocio mortuorio. Empiezo por no soportar los nombrecitos que se ponen las empresas del ramo: El Ocaso, La Propicia, El Buen Reposo... En Alicante me topé con una llamada La Siempre Viva. Me pareció recochineo.
Me producen repelús también sus folletos. Se te muere alguien y enseguida aparece un señor de aire vagamente compungido que te saca un gran libro de muestras y, tal cual si te estuviera dando a elegir el papel pintado para el salón de casa, empieza a mostrarte ataúdes: «Este es de madera de caoba, precioso, con un gran Cristo dorado encima; éste otro, también muy, muy elegante...».
Vas tú y empiezas a centrarte en la gama baja del muestrario, a la vista de los precios, y él entonces te mira con cara de franco reproche, como diciéndote: «Está claro que no lo queríais mucho».
Es un suplicio.
La única alternativa real al negocio mortuorio pasa porque los ateos, agnósticos y demás descreídos nos unamos y exijamos la creación de servicios municipales de recogida de cadáveres. ¿Que te mueres? Pues, nada: te envuelven en una bolsa de plástico grande, vienen los de la recogida de muertos y te llevan a donde les dé la gana. Al incinerador municipal, si les da la gana.
En todo caso, a cargo de los impuestos locales. Como otra modalidad de recogida de basuras, que es a fin de cuentas lo que viene a ser.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/28 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
jor
el_mundo
1999
umbral
preantología
muerte
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/24 07:00:00 GMT+2
Artículo 1.- La revista Science -a la que, por razones que se me escapan, nadie en este país alude nunca jamás sin añadir a toda pastilla el adjetivo «prestigiosa»- publica en su último número un trabajo que, al parecer, demuestra que la homosexualidad masculina no es genética.
Se dice Ciencia pero, de hecho, es pura ideología. ¿Por qué han investigado la hipotética base genética de la homosexualidad, y no han indagado en cambio en los genes de los amantes de la pintura de Paul Gauguin, o de los adictos a los bocadillos de calamares? ¿Se imaginan ustedes que el próximo número de Science -perdón, quiero decir: de la prestigiosa revista Science- diera a la luz un artículo titulado Se descarta que la desmedida afición a la tortilla de patatas tenga una raíz genética?
Todo quisque diría: «Y a mí qué». Pues es exactamente lo que digo yo cuando oigo hablar de los genes y la homosexualidad: y a mí qué. Sólo quien cree -consciente o inconscientemente, me da igual- que la homosexualidad es una rareza problemática puede tener un interés tan vivo en que se investigue su procedencia.
Por cierto que entre los que ven así el asunto no solamente hay homófobos -palabro de muy dudosa legitimidad lingüística, dicho sea de paso-; también muchos homosexuales carcas, que se pirran por echar la culpa de lo suyo a la Naturaleza, si es que no a Dios. Como si lo suyo encerrara culpa alguna.
Pues no, hijos míos: es una opción. Tan válida como cualquier otra. E igual de inocente (si es que la inocencia existe).
Artículo 2. - Se celebró el jueves pasado en el Club Internacional de Prensa de Madrid un encuentro de corresponsales españoles que cubrieron hace 25 años la llamada Revolución de los Claveles.
Leo la relación de los presentes y no veo que acudiera al acto Diego Carcedo. Sin embargo, me consta que el representante del PSOE en RTVE -antes como mandamás, ahora como oposición- estuvo en Lisboa en aquellos días. Vaya que sí. Yo veía -y lo que es mucho peor: también oía- las crónicas que hacía para los informativos de la televisión franquista. Me tocó contemplarlas desde la cárcel de Carabanchel. ¡Con qué genuino entusiasmo denostaba el menda a las hordas marxistas que osaban atacar la sede de la PIDE (la policía política del siniestro Caetano) o que asediaban nuestra embajada!
Reconforta ver qué inmensa capacidad de reciclaje personal han desarrollado algunos. Ahí es nada, el Carcedo éste: hace 25 años, vocero del fascismo; ahora, comisario político del PSOE. Jopé, cómo le cunde el tiempo.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/24 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
el_mundo
portugal
1999
homosexualidad
psoe
claveles
franquismo
carcedo
franco
| Permalink
| Comentarios (1)
| Referencias (0)
1999/04/21 07:00:00 GMT+2
José María Aznar está aprovechando el conflicto de Yugoslavia para alertar una y otra vez a la opinión pública sobre lo peligroso que es el «nacionalismo excluyente». Todo el mundo ha captado la advertencia implícita: quiere decir que se empieza como Arzalluz y Pujol y se puede acabar como Milosevic.
La admonición del presidente del Gobierno ha sentado como una patada a los nacionalistas vascos y catalanes. Los unos y los otros se han apresurado a subrayar que el nacionalismo de Milosevic se caracteriza por ser lo que suele denominarse «nacionalismo de gran nación», esto es, de nación con Estado, de nación que quiere encerrar a otras -o mantenerlas encerradas- bajo las fronteras de su Estado. «Nosotros no tenemos Estado; es España la que tiene Estado. Nuestro caso no es el de los serbios», argumentan, «sino el de los kosovares».
Comparación que tampoco ha caído muy bien, que digamos, en la otra parte. «¿De cuándo a aquí kosovares?», han clamado ipso facto los aludidos. «¿Quién os está obligando a abandonar vuestras casas? ¿Quién os echa de vuestro país? ¡Nadie! ¡Sois vosotros, los que, unos con violencia terrorista, otros con exclusivismo lingüístico, estáis expulsando a muchos fuera de vuestro territorio!».
Supongo que todos habríamos salido ganando bastante si Aznar no hubiera tenido el mal gusto político y el desatino intelectual de parear las realidades políticas de Yugoslavia y de España. Trazar ese abracadabrante paralelismo apoyándose en que tanto aquí como allá existen «nacionalismos excluyentes» es una frivolidad: todo nacionalismo es, en una u otra medida, excluyente; también el español, y el francés. Tampoco es mucho más riguroso comparar a Euskadi y Cataluña con Kosovo apelando a que ninguno de los tres países tiene Estado propio. Me recuerda al viejo chiste: «¿En qué se parecen un buey, un buzón de correos y un autobús? Solución: en que ninguno de los tres ha hecho la primera comunión».
Kosovo, Cataluña y Euskadi se parecen como una castaña y dos huevos.
Lo que sí puede afirmarse con respecto a las disputas nacionales que existen entre nosotros es que los contendientes se parecen a menudo a Milosevic. La altanería con la que algunos claman que la unidad de España es «intangible» tiene un franco aire milosevique. Y los expeditivos métodos con los que algunos otros pretenden la homogenización cultural-nacional de sus poblaciones, también.
Pero eso no sucede porque España y Yugoslavia se asemejen. Son los personajes los que guardan un cierto parecido. Porque todos los dogmáticos se dan un aire.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/21 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
españa
cataluña
kosovo
1999
nacionalismo
aznarismo
preantología
yugoslavia
euskal_herria
guerra
euskadi
aznar
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/19 07:00:00 GMT+2
Al parecer, Bill Clinton cree que Javier Solana está llevando de pena la gestión de la guerra en Yugoslavia. Cuentan que se lo dijo a Aznar el otro día. Y, por lo visto, sin demasiados tapujos.
El portavoz militar de la OTAN también se muestra insatisfecho con la operación. Y lo mismo el comandante en jefe de las fuerzas aliadas.
¿Deberemos suponer que es Solana la cabeza pensante de la estrategia que está siguiendo la OTAN en Yugoslavia? Vamos ya. No me creo que haya nadie con dos dedos de frente capaz de delegar en Javier Solana la determinación de una estrategia. Sobre lo que sea. Más me pega que se estén buscando ya un chivo expiatorio para presentar ante la opinión pública a un culpable del desastre en que se han metido.
Para mí que hasta Solana se está dando cuenta del triste destino que le están preparando. Ayer, en pleno desvarío errático, afirmó a la BBC que la OTAN no dudará en invadir Yugoslavia «si es necesario». Horas después, medio lo desmintió.
Supongo que soltó eso más que nada para que no se consolide la idea de que él es el pirado que creyó que era posible derrotar en unos pocos días a Milosevic, y hacerlo además sólo a base de ataques aéreos.
Toma cuerpo cada vez más la idea de que, si quiere acabar con la resistencia de Milosevic, la OTAN no tendrá más remedio que atacar por tierra en Yugoslavia. Y así es, técnicamente, sin duda: ninguna guerra se ha ganado jamás desde el aire. Pero esa conclusión nos retrotrae al escenario de hace 15 días, cuando Moscú puso el grito en el cielo y Madeleine Albright se apresuró a sacar los paños calientes asegurando a Yeltsin, Ivanov mediante, que la invasión terrestre de Yugoslavia estaba por entero descartada.
Las contradicciones, evidentes, no pertenecen en exclusiva a Solana. Es la propia OTAN las que las arrastra. Partió de la convicción de que Rusia, por razones económicas, no estaba en condiciones de implicarse a fondo en este conflicto. Y no lo está de ningún modo, por supuesto. Pero sólo los marxistas de pacotilla creen que la economía lo determina todo, de pe a pa. El miedo, el orgullo, la pasión, la cultura -la ideología, en suma- pueden llegar a inclinar la balanza del otro lado -¡lo han hecho tantas veces en la Historia!-, sin mirar a la cartera.
Ahora se han dado cuenta, y no saben a qué carta quedarse. Solana pagará sólo por haberles prestado la cara.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/19 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
clinton
el_mundo
1999
solana
guerra
yugoslavia
otan
aznar
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/18 07:00:00 GMT+2
Nashville, Tennesee (EEUU), 1993. Estamos en un hotel de relativo lujo. Voy a entrar en el ascensor. Muy educadamente, apago antes mi ducados en el cenicero de la entrada. El ascensor arranca. Una señora muy estirada me mira de arriba a abajo -un ejercicio sencillo, dada mi altura- y masculla con evidente desprecio: «Huele a tabaco». Habría merecido que le respondiera la verdad: «Sí, señora: y su perfume de usted es vomitivo». Pero no le dije nada: para qué.
Estados Unidos se ha convertido en el ejemplo más acabado del fanatismo antitabaquista. El fumador apenas tiene ya dónde satisfacer su apetencia: en todas partes es tratado como un apestado. A cambio, cualquier hijo de vecino puede comprarse un arma de fuego con total facilidad. Y, si es verdad que el tabaco daña la salud, les aseguro a ustedes que las balas de revólver lo hacen con muchísima mayor eficacia. En suma, que no todo lo norteamericano merece ser imitado.
Sé que el humo del tabaco puede ser molesto. Y me consta que es nocivo para la salud: también de la de quienes lo inhalan sin querer. Por eso renuncio a fumar en sitios muy reducidos y sin ventilación: el fumador, como cualquier otro bicho viviente, tiene la obligación de ser considerado con los demás. Pero también sé que el alcohol produce efectos no menos terribles para la salud pública, y mucho más graves, desde luego, para la convivencia social. No conozco a nadie que después de fumarse un puro se ponga a conducir como un enloquecido. ¿Por qué no prohiben el alcohol? Ya lo intentaron también los gobernantes norteamericanos en su día. Y así les fue.
Los no fumadores deben ser conscientes de que la mayoría de quienes fumamos desde nuestra adolescencia adquirimos la adicción a la nicotina -mucho más enganchante que la heroína- cuando fumar era parte del modelo social dominante.
Tenemos el vicio clavado no solo en nuestra sangre, sino también en nuestros hábitos: en nuestra cultura. Los héroes del cine fumaban. Nuestros mayores fumaban. En la radio escuchábamos cantar que fumar «es un placer genial, sensual». Nos hicieron así. Eso no se cambia con decretos prohibicionistas.
Es bueno tener cierta manga ancha con los defectos ajenos. Personalmente sobrellevo los de mucha gente. Y eso que resultan extraordinariamente nocivos -puedo jurarlo- para mi sistema nervioso.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/18 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
tabaco
el_mundo
usa
armas
1999
droga
preantología
prohibiciones
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/17 07:00:00 GMT+2
La capacidad de los dirigentes políticos para tomar por lela a la ciudadanía es, según se puede constatar a diario de modo empírico, directamente proporcional a la capacidad de la ciudadanía para dejarse tomar por lela.
Habla el ministro del Interior de la manifestación del otro día en Bilbao y se detiene en el hecho de que acudieron a ella del orden de 75.000 personas. Reflexión de don Jaime Mayor Oreja: eso demuestra que sólo asistió al acto una muy exigua minoría del pueblo vasco; fueron muchísimos más los que no respondieron a la convocatoria. ¡Y se quedó tan ancho! Aplicando tan singular lógica, habría que decir que la mayoría del pueblo español fue insensible al asesinato de Miguel Ángel Blanco. ¿Qué acudió a las manifestaciones de protesta? ¿Un millón de personas? ¿Dos? A lo sumo. ¡Una reducida minoría! ¡Ergo la gran mayoría no estaba en contra del crimen!
Es un verdadero escándalo que alguien se permita exhibir en público un remedo de raciocinio semejante. Pero él lo suelta, y como la gente no se parte de la risa en sus barbas, pues concluye que tiene vía libre, y tan ricamente. Supongo que hace bien.
Otro que tal baila: el secretario general de la OTAN.
El jueves por la noche, don Javier Solana nos hizo partícipes en televisión de lo infinitamente que le consterna que sus aviones se dediquen a rematar kosovares. Pero él no se siente en absoluto responsable. ¿Por qué? Porque, si hay columnas de kosovares que deambulan de un lado para otro, es por culpa de Milosevic, que los expulsa de sus hogares. Está muy claro: si Milosevic no hiciera eso, los kosovares no irían como alma en pena por la carretera, con lo cual los aviones de la OTAN no podrían bombardearlos de buena fe. De modo y manera que la culpa de que los aviones de la OTAN maten gente inocente la tiene Milosevic, y no las normas que ellos imparten a sus pilotos, ni la frivolidad con que éstos eligen sus objetivos, ni la alegría con que sueltan sus bombas.
Razonamiento fantástico, el de Solana: puesto que Milosevic es culpable de la guerra, también lo es, automáticamente, de todo lo que suceda en ella. Por eso Hitler fue culpable del bombardeo de Dresde. Y del de Hiroshima y Nagasaki. Faltaría más.
Hagamos otra aplicación de este singular modo de razonar: puesto que cientos de miles de españoles avalaron con sus votos que Javier Solana fuera un dirigente político, ellos tienen la culpa de que haya podido llegar a convertirse en secretario general de la OTAN y, por tanto, también de que mate por error. Aunque, eso sí, de buena fe.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/17 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
el_mundo
1999
solana
mayor_oreja
preantología
otan
ermua
yugoslavia
miguel_ángel_blanco
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1999/04/14 07:00:00 GMT+2
Se critica a la OTAN porque la guerra que ha iniciado en Yugoslavia no le está saliendo del todo limpia: por dos veces, sus misiles han alcanzado objetivos civiles.
Es una crítica tramposa. Por supuesto que sería preferible que acertara siempre, pero es absurdo exigírselo. La tecnología militar ha alcanzado un desarrollo realmente importante, pero no elimina por entero la posibilidad del error. La idea de que es factible una guerra limpia, tan cara a las autoridades de los EE.UU. desde el conflicto del Golfo, es sólo comparativamente válida: hoy en día se puede apuntar mucho mejor, en efecto, que hace unas décadas. Pero, expresada en términos absolutos, no pasa de ser una pura patraña: toda guerra es ineluctablemente sucia. El único método infalible que existe para lograr que un misil no caiga jamás donde no debe es... no lanzarlo.
Quien respalda el inicio de una guerra debe saber que su decisión comporta obligadamente la muerte de inocentes. Sólo un demagogo o un rematado inconsciente puede apoyar una iniciativa bélica y tratar de desentenderse a continuación de la responsabilidad derivada de los desastres indeseados que se producen inevitablemente a la hora de materializarla.
Añádase a esto que, además, en un caso como el de Yugoslavia, la distinción entre lo militar y lo civil tiene no poco de convencional. Los soldados del Ejército yugoslavo no son profesionales, sino jóvenes alistados a la fuerza. Tirar contra ellos equivale -al menos desde un punto de vista ético- a disparar contra civiles.
Quienes afirman enfáticamente que es necesario bombardear a las fuerzas del genocida serbio «hasta que se rinda» deben contar con la total inmoralidad de Milosevic. ¿Seguirán diciendo lo mismo el día en que éste decida implicar a la población civil en las operaciones militares y haga que sus carros de combate avancen rodeados de mujeres, ancianos y niños? Si los que claman «¡Hasta que se rinda!» lo hacen con plena conciencia de que esa posibilidad existe, no me quedará sino admirar la fortaleza de su estómago. Pero si lo afirman sin ni siquiera haber pensado en ella, entonces habrá que concluir que son unos perfectos frívolos.
No descalifica a la OTAN que varios de sus misiles hayan caído en lugares imprevistos. Las guerras son así. Lo que sí la descalifica es haber iniciado un conflicto bélico con el fin declarado de impedir un genocidio y no haberlo logrado.
Eso, en el supuesto de que el objetivo que la OTAN anunció al inicio de la guerra -salvar a los albano-kosovares- fuera el que realmente pretendía.
Porque cabe que no fuera ése. O no ése principalmente.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de abril de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/04/14 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
milosevic
el_mundo
1999
guerra
preantología
yugoslavia
otan
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
Siguientes entradas
Entradas anteriores