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1999/06/05 07:00:00 GMT+2

¿Ha valido la pena?

Pregunta este diario a sus lectores si ha valido la pena la guerra de Kosovo. Peliagudo dilema. Es imposible darle una respuesta que valga para todo el mundo.

No sé si le habrá compensado al pueblo de Kosovo, en el más que dudoso supuesto de que todo él tenga los mismos intereses. Los albano-kosovares están ahora en condiciones todavía peores que antes de la guerra. Muchos han muerto. Los más han sido echados de sus hogares. Sus bienes han sido confiscados. Sus títulos de propiedad, destruidos. ¿Podrán volver? Pongamos que sí. Pero, ¿adónde? Buena parte de sus casas han ardido, o saltado por los aires. Ya no recuperarán su ganado. Cualquiera podrá disputarles sus tierras, porque no tendrán modo de probar que son suyas. Muchos ni siquiera podrán demostrar su identidad. Además, buena parte del territorio de Kosovo ha sido minado: esas minas provocarán víctimas accidentales durante años y años.

Ya veremos cuántos optan por regresar en esas condiciones. Y cómo les va a los que lo hagan.

¿Ha valido la pena? No, desde luego, al pueblo yugoslavo: tiene ahora el país en ruinas, gracias a la alegría con que la OTAN lo ha bombardeado todo, y en particular sus infraestructuras: puentes, industrias, carreteras... Les habrá valido la pena, eso sí, a quienes harán su agosto con las obras de reconstrucción. Esos nunca fallan.

Y a nosotros, ¿nos ha valido la pena? No sé muy bien quiénes somos nosotros. A mí, lo que es, no me ha compensado. Me desagrada profundamente la conciencia de que parte de mi esfuerzo, en forma de impuestos, ha ido a financiar las barbaridades que la OTAN ha hecho en Yugoslavia. Me recuerda la canción que Pete Seeger hizo cuando la Guerra de Vietnam, El último tren para Nuremberg: «Ahí va el presidente Nixon. / Ahí va el capitán Medina. / El que fabricó las balas. / El que pagó sus impuestos. / El último tren para Nuremberg: / pasajeros, todos al tren».

A quien sí le ha valido la pena esta guerra es a William J. Clinton. (Y a la industria armamentista de su país: ha obligado a media Europa a comprar un montón de misiles que estaban a punto de caducar. Y ahora va a trabajar a tope).

EE.UU. ha vencido. Pero no solo -ni siquiera principalmente- a Milosevic. Ha vencido a Rusia, obligándola a reconocer que ya no está en condiciones de torcer los designios de la superpotencia que queda. Y ha vencido a la UE, poniendo de manifiesto que carece de una política común de defensa. Aprovechando el desconcierto europeo, incluso le ha metido un espía para que haga de Míster PESC. Negocio redondo.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de junio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/06/05 07:00:00 GMT+2
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1999/06/02 07:00:00 GMT+2

Cuestión de categoría

Si un policía que está persiguiendo a un criminal por una calle repleta de gente saca el arma, se pone a disparar y mata a unos cuantos viandantes, den ustedes por hecho que será detenido, llevado ante un juez, encausado y condenado por un delito de imprudencia temeraria con resultado de muerte.

Pero si un montón de gobiernos se ponen de acuerdo para disparar desde el quinto pino contra un país lleno de gente y matan a cientos de personas cuya única culpa es estar allí, entonces a eso se le llama daño colateral y el desaguisado se deja a beneficio de inventario.

Suele decirse que si matas al por menor eres un asesino, pero que si lo haces en masa te condecoran. Planteado así el asunto, se diría que la clave está en la cantidad. Pero no: la verdadera diferencia es cualitativa. Para poder matar impunemente lo que se precisa es ser muy poderoso.

Por regla general, la Justicia únicamente se ocupa de gente sacrificable. Los muy poderosos no son sacrificables. Milosevic es sacrificable. Pinochet también. Henry Kissinger, en cambio, no es sacrificable, por más que violara el Derecho Internacional lanzando bombas en masa sobre Camboya. Los jefes de la OTAN tampoco son sacrificables, hagan lo que hagan en Yugoslavia.

No es cuestión de los delitos en que se incurra, sino de la categoría de quien incurre en ellos.

Las leyes internacionales sobre la guerra proscriben taxativamente el ataque contra objetivos civiles. La OTAN está atacando objetivos civiles en Yugoslavia día sí día también, de modo perfectamente sistemático. Lanza misil tras misil contra los suministros de agua, las centrales eléctricas, las fábricas, los depósitos de carburantes, las sedes de los medios informativos... Asegura que son instrumentos susceptibles de uso militar.

En rigor, casi todo lo que hay en un país puede tener alguna forma de utilización militar. Ya lo he escrito en alguna otra ocasión: también los hospitales, que curan a los soldados heridos y los ponen en disposición de volver a las armas; también los mercados, que permiten alimentar a la tropa. Pero las leyes internacionales sobre la guerra establecen una definición estricta del concepto de objetivo civil, que la OTAN se está saltando tranquilamente a la torera.

La OTAN está tratando de aterrorizar al pueblo serbio para que dé la espalda a Milosevic. El comportamiento que consiste en aterrorizar a una población para que se avenga a hacer o aceptar algo que no deseaba previamente tiene nombre: se llama terrorismo.

Da lo mismo, porque los muy poderosos también pueden ser terroristas impunemente.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de junio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/06/02 07:00:00 GMT+2
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1999/05/29 07:00:00 GMT+2

Elogio de la autocrítica

Cuando el tiempo lo permite, me muevo por la ciudad en moto. Se gana la tira de tiempo. Sales a hacer tres recados y ganas no menos de una hora, comparando con el tiempo que invertirías si te desplazaras en coche. Al principio te da un poco de corte, porque, pese al casco, todo el mundo se da cuenta de que eres tirando a anciano, y te mira con sorna, pensándose que lo haces para darte un cierto aire juvenil. Qué juvenil ni que mandangas: lo que tienes es prisa.

Ir en moto -en motocicletita, más bien, que es lo mío- aporta una singular visión de la condición humana. Te apercibes de la clase de personal que constituye eso que solemos llamar, con eufemismo digno de mejor causa, ciudadanía. Los presuntos seres humanos que circulan en coche son la monda: escupen al exterior con hispano gracejo, tiran colillas -no las dejan caer, no: las tiran-, abren la puerta de su vehículo sin evaluar la posibilidad de que no tengas interés en estrellarte contra ella...

Pero hay un comportamiento típicamente automovilístico que en los últimos tiempos me tiene fascinado. Me refiero al aire que adoptan los conductores que te han hecho alguna llamativa pifia -cambiarse de carril sin avisar, girar inopinadamente, pasar rozándote, etcétera- cuando, en el siguiente semáforo, los alcanzas, te pones a su lado y los miras, a medio metro de distancia, con cara de evidente enojo. Una solución la mar de sencilla sería devolverte la mirada y hacer un amable gesto de disculpa. Pues no: el 99 por ciento finge que no se da cuenta de que tiene tu nariz casi pegada al cristal de su ventanilla y opta por mirar abstraídamente hacia un punto indeterminado del horizonte, como si estuviera profundamente absorto en la evaluación de algún problema de física cuántica. Es ridículo, pero es lo más corriente.

Y todo por evitarse una petición de perdón. Una leve, una mínima autocrítica de nada.

Nos irritamos con la incapacidad de nuestros políticos para asumir responsabilidades, es decir, para autocriticarse. Pero no son en eso distintos al común de los mortales. La inmensa, la aplastante mayoría de los habitantes de este país es alérgica a la autocrítica.

Y de veras que no sé por qué. Mi experiencia me ha enseñado que el comportamiento contrario es infinitamente más rentable: el personal suele ser muy benévolo con quien admite francamente que se ha equivocado y se disculpa.

Ayer , yendo en moto, me crucé malamente por delante de un coche. Le dí un buen susto al pobre conductor. Llegado al siguiente semáforo, me acerqué y le hice un gesto de disculpa. Me dedicó una sonrisa espléndida.

Salí ganando.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de junio de 2011.

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1999/05/26 07:00:00 GMT+2

Entre Aznar y Mayor Oreja

Voy a comparar dos afirmaciones de tono crítico, las dos contra el PNV, las dos procedentes de líderes del PP con mando en plaza.

La primera es de José María Aznar. Denostó el presidente del Gobierno el otro día en Bilbao al partido de Arzalluz porque, según él, «está colocando una alfombra roja para que los terroristas entren en las instituciones».

La segunda afirmación es obra de Jaime Mayor Oreja. Afirma una y otra vez últimamente el ministro del Interior: «Desengañémonos: los nacionalistas no quieren la paz; lo que quieren en realidad es la independencia».

¿Parecido entre una y otra frase? Obvio: las dos descalifican al PNV. Pero hay entre ellas una muy importante diferencia. La crítica de Aznar podrá considerarse más o menos acertada, pero tiene sentido. En cambio, la de Mayor Oreja es perfectamente absurda: presenta el anhelo de paz y la aspiración a la independencia de Euskadi como si fueran pretensiones alternativas, incompatibles, cuando no lo son de ningún modo: es perfectamente posible querer la paz y, a la vez, aspirar a la independencia vasca.

Entiéndaseme. No pretendo en absoluto que la afirmación de Aznar sea justa. Antes bien, creo que es muy injusta. Descalifica al PNV por estar facilitando lo que durante años fue el objetivo central declarado de los firmantes del acuerdo de Ajuria Enea: conseguir el fin del terrorismo y que el campo abertzale radical se incorpore a las instituciones.

Lo que digo es que, mientras lo de Aznar es un error, lo de Mayor Oreja es, sin más, un disparate. Y que esa diferencia no es casual, sino representativa de las dos líneas que hay en el PP en relación al llamado «problema vasco».

El PP -o el Gobierno central, que a estos efectos tanto da- carece de propuestas positivas -al menos públicas- de cara al avance del proceso de paz en Euskadi. Tiene un montón de críticas, agravios y reproches que exponer, pero ni el más mínimo atisbo de plan. No le gustan nada de nada las iniciativas nacionalistas, de acuerdo; pero, ¿dónde están las suyas? No hay.

La diferencia clave está en que, mientras el dontancredismo de Aznar es sólo aparente, calculado y táctico, el inmovilismo de Mayor Oreja es desoladoramente real. La evolución de los acontecimientos le ha sumido en la perplejidad. Y en una honda amargura, personal y política. Él, que proyectaba liderar el proceso de paz, se ve convertido ahora en una rémora.

Lo de Aznar tiene fácil remedio. Lo de Mayor Oreja, difícil. Cuando pasen las elecciones, el presidente haría bien en nombrarlo ministro de cualquier otra cosa. Para que, por lo menos, no estorbe.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de mayo de 2013.

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1999/05/22 07:00:00 GMT+2

Derecho a la intransigencia

La consigna tiene 25 años: «No miremos hacia atrás». Había que olvidar todo el horror de casi cuatro décadas de dictadura franquista. Había que perdonar a sus responsables. O no recordar sus actos. Tal era el precio que debían pagar las víctimas -decían- para que se pudiera instaurar la democracia en España. Nada de pedir cuentas por los asesinatos, las torturas, los robos. Borrón y cuenta nueva. Borbón y cuenta nueva.

Es lo que se hizo. Y lo llamaron «nuestra ejemplar Transición».

Ahora, los mismos que entonces fueron perdonados y sus cachorros -¿no es ése el término al uso?-, a coro con los valedores de aquel generosísimo perdón, dicen que la paz en Euskadi no tiene precio. Es decir, que no se debe pagar nada por ella. Que todos los crímenes deben ser expiados. Que cada delito debe tener su condena. Que es una cuestión de principios. Que nada de perdón. Que nada de mirar sólo hacia el futuro.

No; vamos a ver: los principios valen para siempre. Si no, no son principios. Lo que fue maravilloso en 1976 no puede convertirse en inaceptable ahora. No puede ser ejemplar que Fraga, Martín Villa y demás prebostes del franquismo escaparan de su Núremberg, y en cambio clamar que resulta intolerable un pacto de Gobierno con EH. O se puede olvidar o no se puede olvidar.

A no ser que establezcan la diferencia en función del objetivo. Tal vez crean que la reconciliación en España lo merecía todo, pero que la reconciliación en Euskadi no merece nada.

Algunos -pocos; o no los suficientes, en todo caso- nos opusimos al perdón general de los franquistas. Queríamos justicia. «Días vendrán de luto para el miedo / Noches traerán venganza para el asco», escribió hace 30 años alguien que siempre me ronda.

Pero no rechazamos la reconciliación nacional sólo por visceralidad. También porque estábamos convencidos de que España no tenía más salida que el parlamentarismo: la marcha de Europa lo iba a imponer, algo antes, o algo después. No había por qué ceder. Cabía cerrarse en banda y exigir una ruptura clara con el pasado. Nada de pactos con los franquistas. Que se fueran. A la cárcel o a sus casas, según los casos.

Quizá el PP y el PSOE estén ahora en las mismas. Tal vez crean que ETA no tiene más remedio que retirarse de la escena. Porque sabe que ya no pinta nada en ella.

Así que predican que no se le dé nada.

Hagan lo que quieran. Pero no invoquen principios, por favor. El PSOE y el PP no tienen derecho a la intransigencia. Ese derecho, como cualquier otro, hay que conquistarlo. Y ellos renunciaron a él hace un cuarto de siglo.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de mayo de 2012.

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1999/05/19 07:00:00 GMT+2

Propaganda engañosa

No sé gran cosa de automóviles. Todavía sé menos sobre publicidad. Lo que más me interesa de ella es lo bien que se paga: tengo entendido que buena parte de mi sueldo procede de ese capítulo. Hubo un tiempo en el que decía que un periodista de diario es un tipo que se dedica a rellenar los huecos que deja libre la publicidad. Ahora prefiero abstenerme de definir nada que tenga que ver con la profesión periodística. No me va el sadismo.

Así fijados los límites de mi enciclopédica ignorancia sobre coches y sobre publicidad, no puedo por menos que manifestar mi cabreo jupiterino ante la actual publicidad de varias marcas de coches, empeñadas en comunicarme a través de radio y televisión que este o aquel modelo que venden lleva «aire acondicionado gratis».

Entiéndase mi enfado. No me enoja su capacidad para disparatar. Doy por hecho que ellos tienen que saber que lo que dicen es mentira. Que son perfectamente conscientes de que, por las mismas, podían decir que lo que lleva gratis es el asiento del conductor, o la caja de cambios, o el maletero. Que, sencillamente, han hecho una rebaja de su porcentaje de beneficio sobre el precio total, rebaja que cada cual puede endosar al componente del vehículo que le venga en gana. Y que ellos se lo atribuyen al aire acondicionado sólo porque da un aire como más distinguido y moderno.

No es esa trampa la que me enfada, digo. Lo que realmente me irrita es la conciencia de que, si hacen anuncios como ésos, que se pasan la lógica elemental por el arco del triunfo, es porque todos ellos -fabricantes y publicistas- saben que al personal se le puede vender los más insólitos peines. Incluso hay anuncios que no describen la menor ventaja del coche publicitado: se limitan a sacar caballos que corren mucho, o señoritas presuntamente estupendas, o incluso peleas de pareja.

Supongo que ya se imaginarán ustedes que nada de todo esto me importa por el hecho en sí, que diría un kantiano. Lo que me deprime es la constatación de que la técnica que funciona para vender coches se aplica también en la política.

Por eso el electorado soporta que le digan que España va bien. Y que el PP nos pone el aire acondicionado gratis, con traje de lino toledano y todo. Y por eso no se subleva cuando Rosa Díez, que jamás ha condenado el papel del PSOE en los crímenes de los GAL -llegó a soltar, cuando la investigación judicial del caso, que «hay autos de la Audiencia Nacional que hacen más estragos que las bombas de ETA»-, dice ahora que es intolerable que el PNV pacte «con quien no ha condenado la violencia». Y no habla de ella.

La culpa no es del vendedor. Ya me hago cargo. Es del comprador.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de mayo de 2013.

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1999/05/18 07:00:00 GMT+2

Franquistas

En la Francia de posguerra, los pocos que podían exhibir títulos de resistencia contra la ocupación nazi eran tratados con pública reverencia. No sólo los gaullistas del CNR: también los pro-comunistas de las FTP. Eran héroes colectivos.

Supongo que fue un modo de lavar la mala conciencia de la inmensa mayoría, que no movió un mal dedo ni contra los nazis ocupadores ni contra el régimen títere de Vichy.

Por contra, aquellos que habían colaborado activamente con el nazi-fascismo -en la represión de la resistencia, en la gestión de sus desmanes, en su propaganda, etcétera- fueron condenados al ostracismo, cuando no a penas de cárcel, directamente.

En España no se ha reservado ningún trato de favor a quienes tuvieron el detalle singularísimo de combatir el franquismo. Imagino que eso se debe a que, así como en Francia hubo claramente un antes y un después del liberticidio, aquí no. El franquismo no fue derrotado en ningún momento preciso -más bien se ha ido extinguiendo poco a poco: todavía está en ello, si bien se mira-, así que tampoco hay demasiadas medallas que colgar.

En cierto modo es de agradecer, porque, al no tener el combate contra el franquismo un fin claro, tampoco tenemos excombatientes. Desertores sí, muchos. En tropel. Pero no excombatientes. Los excombatientes suelen ser muy pesados.

En consonancia, tampoco se ha desdeñado -y menos aislado, y todavía menos condenado- a los lacayos a sueldo de la dictadura: políticos, ideólogos, poetas, escritores de toda suerte, artistas, periodistas...

La consideración que se ha reservado a esa gente ha pasado por dos fases.

En una primera, se hizo como si nadie se acordara de lo que habían estado haciendo. Como si carecieran de pasado. O mejor: como si todos careciéramos de pasado. Como si el pasado no existiera.

En una segunda fase, se pasó a admitir que su historial es el que es, pero tratándolo como si en realidad tampoco resultara tan indigno. Pecadillos de juventud. O ni siquiera pecadillos: cosas que pasan. ¿Que el uno fue censor? ¿Que el otro -o el mismo- se ofreció como delator a la policía? ¿Que actuó efectivamente como delator? Pelillos a la mar.

Una cosa es que la vida pública española pase olímpicamente de biografías personales y que a nadie se le afee que se hiciera el longuis o incluso echara una mano cuando a sus vecinos los estaban torturando y encarcelando porque demandaban libertad, y otra que aquellos miserables lameculos del franquismo tengan la santa caradura de presentar ahora su trayectoria como un espejo de perfecciones.

Y conste que esta vez, en concreto, no estaba pensando en Rodolfo Martín Villa. Se me había ido el pensamiento más bien al gremio de los literatos.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de mayo de 2011.

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1999/05/15 07:00:00 GMT+2

Borrell, otro juguete roto

«Borrell, cuidado con él», ha alertado una y otra vez en los últimos meses -qué digo meses: años- Antonio Gala.

Confieso que nunca entendí muy bien su advertencia. No es la primera vez que su sutileza me desborda. «Quizá quiera avisarnos del peligro de que, cuando al final Borrell se dé el castañazo total, pueda caérsenos encima», me decía.

Porque la verdad es que siempre he estado convencido de que este Borrell se nos vendría abajo.

Intentó sentar sus reales en una posición imposible. Quiso poner su campamento electoral en tierra de nadie, entre el felipismo y el antifelipismo. Pero es de sobra sabido que sentarse entre dos sillas es una forma bastante segura de caerse de culo.

Algunos se lo dijimos negro sobre blanco, pero él no quiso -o no supo o no pudo- tenerlo en cuenta. Y se metió de cabeza en un juego aparentemente muy astuto que, por lo que se ha visto al final, ni él mismo sabía en qué consistía.

La confirmación de que su fin estaba próximo la proporcionó hace escasas fechas Joaquín Almunia, cuando dijo: «Borrell será nuestro candidato... a no ser, como se decía en mis tiempos de estudiante de Derecho, "por causa de fuerza mayor"». La salvedad era tan obvia -él también dejaría vacante la Secretaría General del PSOE si le cayera una jardinera de doscientos kilos en la calva, no te fastidia- que únicamente cabía tomarla como un augurio: estaba anunciando -tal vez con un punto de crueldad, e incluso de sadismo- la inminente caída de quien fue su rival y vencedor hace trece meses.

Debo reconocer que el estrepitoso fracaso de Borrell no me produce ningún impulso conmiserativo.

Siento instintiva simpatía por los perdedores profesionales. Por los que se meten en peleas que saben de antemano imposibles. Por los que se pegan hasta con el lucero del alba, si hace falta, pero no porque confíen en vencer, sino porque creen vergonzoso no plantar cara.

A cambio, no me dan la más mínima pena aquellos que acaban trasquilados tan sólo porque su ambición desmedida les ha jugado una mala pasada. Porque les ha pesado más que su inteligencia.

Es el caso de Borrell. No tiene nada de singular: son muchos los espécimenes hispanos -no sólo políticos, pero muy especialmente políticos- que acaban resultando víctimas de la abismal diferencia que hay entre su astucia real y la que ellos mismos se atribuyen.

Se va por aclamación. Hasta él mismo ha comprendido que no le queda más remedio. Nadie puede resignarse a alternar entre ser un hazmerreír y ser un hazmellorar.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de noviembre de 2012.

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1999/05/12 07:00:00 GMT+2

Ojos que no ven

Quien formula la pregunta delimita las posibilidades de la respuesta. Quien dibuja el escenario pone fronteras a la acción del drama. Quien decide de qué se informa -y de qué no- condiciona la razón y el corazón de las personas a las que informa. O malinforma.

Ustedes ven albano-kosovares sufrientes. Se los enseñan a todas las horas. Y, como ustedes no son unos desalmados -no todos, al menos, supongo-, se conmueven. Y se sienten solidarios con ellos.

A ustedes les enseñan los frutos de la maldad de Milosevic para que estén contra Milosevic, y ustedes están contra Milosevic.

Hasta ahí, no hay nada de malo. Yo también estoy en contra de Milosevic.

Pero a ustedes no les muestran los cuerpos de las víctimas de los bombardeos de la OTAN. No les enseñan los ojos aterrorizados de los niños y las niñas de Belgrado. De las madres de Valjevo. De las abuelas de Uzice. De los monjes de Decane. De los soldaditos que Milosevic enrola a la fuerza en su Ejército y que maldita la gana que tienen de meterse en ninguna guerra. Ustedes no ven entrevistas con los hombres de Serbia que ya no pueden llevar nada a sus casas, porque los ataques de la OTAN han reducido a escombros sus fábricas, o sus oficinas, y no tienen ya trabajo.

Porque, si ustedes vieran todo eso, es muy posible que no se tomaran esta guerra como un espectáculo televisivo más, como el show de las 15 en punto, con Ana Blanco, o como el reality show de las 21 justas, con Ernesto Sáez de Buruaga. O sea, como la película de buenos y malos que nos ponen todos los días y a todas las horas, en sesión continua.

Me estupefacta el aplomo con el que muchos españoles opinan que la guerra debe seguir. ¿Les consta que va a tener efectos positivos? ¿Están seguros de que, si continúa, va a provocar la caída de Milosevic y a asegurar un futuro de paz para Kosovo? Yo no, desde luego. ¿Por qué habría de pensarlo? ¿Qué se consiguió con la Guerra del Golfo? ¿Hay menos miseria en Irak? ¿Hay más libertad? Sólo sé que, si la guerra sigue, causará más muerte. Porque es lo suyo. Porque así son las guerras.

¿Han leído ustedes el texto del plan de paz de Rambouillet? Háganlo. Verán que fue escrito con mala fe. Ningún gobernante -no ya el loco de Milosevic: hasta el más pacífico de los políticos, si es que hay de eso- se avendría a firmar un tratado tan humillante sin una pistola en la sien.

Desconfíen. No den su apoyo a gente empeñada en matar.

De lo contrario, es muy posible que acaben arrepintiéndose. Y ya no les valdrá de nada.

Javier Ortiz. El Mundo (12 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de mayo de 2012.

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1999/05/08 07:00:00 GMT+2

España, otro daño colateral

Es probable que se acabe imponiendo el plan del G-8 para Kosovo, pese a que no representa ni la definitiva caída de Slobodan Milosevic ni una paz segura para la población albano-kosovar. Pero se equivocan quienes afirman que eso supone que Clinton renuncia a lograr los objetivos que se marcó al iniciar la guerra. En realidad, los fines que pretendía cuando la desencadenó -algunos lo denunciamos desde el principio- tenían una relación tan sólo lateral con Milosevic y Kosovo. Le sirvieron de excusa.

Lo que perseguía era subordinar a la UE, establecer que Estados Unidos también tiene derecho a ejercer de policía transfronteriza en el Viejo Continente y cortar por lo sano con toda veleidad europea de constituir una fuerza militar independiente. Desde ese punto de vista, la pervivencia del régimen de Milosevic puede incluso convenir a su interés: mientras haya bandidos en el vecindario, su policía tendrá una coartada ad hoc para seguir patrullando. EE.UU. contará con una especie de Irak europeo al que atacar cada vez que les pete.

Se ha dicho que lo que William Clinton quería demostrar es que en Europa no puede haber más fuerza militar decisiva que la OTAN. No solo. También aspiraba a dejar establecido que la OTAN funciona con una estricta jerarquía de tipo piramidal. Arriba, en la cumbre, está el alto mando de Washington. O sea, él. Justo debajo, los países que aún pintan algo: Gran Bretaña, Alemania y Francia. Al resto le toca hacer de base. Como dijo el general Clark: «No se puede dirigir una guerra entre diecinueve». Y, como no se puede, no lo han hecho. Ellos se la han guisado y ellos se la han comido, dejando a los gobiernos de tercera, como el español, la función de meros comparsas.

Lo que más me preocupa del papel obviamente subordinado que ha cumplido el Gobierno de Aznar en esta guerra es la repercusión interna que eso pueda tener.

Les ocurre a los gobernantes a veces como a muchos maridos y padres: que tratan de compensar su nula autoridad extradoméstica -en el trabajo, o ante los amigos- abusando del poder que tienen en su casa. Temo que a Aznar le pase ahora como le sucedió a González tras la Guerra del Golfo: que quiera desquitarse de la constatación de su falta de peso exterior con una exhibición de autoridad local.

Es un mecanismo de desahogo psicológico que es doblemente peligroso, por inconsciente.

Anteayer escuché ya un par de declaraciones del presidente del Gobierno -una sobre la paz en Euskadi y otra sobre las demandas autonomistas- que destilaban mala uva. Y muchas ínfulas.

Todavía nos va a convertir en otro daño colateral de la OTAN.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de mayo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de mayo de 2011.

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