Los jefes del PSOE están llevando las cosas demasiado lejos. En el tiempo, quiero decir. Es un aburrimiento que sigan haciendo el paripé: para estas alturas, todo el mundo sabe que su candidato va a ser Joaquín Almunia. Díganlo de una vez y dejen que la gente que está obligada a seguir la historieta hasta el final por razones de tipo profesional pueda largarse de vacaciones de una vez, que se lo merece, después de este soporífero curso político.
Todos sabemos que Almunia va a ser el candidato del PSOE, sí. Pero candidato, ¿a qué? Ah.
«¡A presidente de Gobierno, por supuesto!», responde a coro toda la oficialidad de Ferraz. Y un cuerno. Si los prebostes del PSOE creyeran realmente que su partido va a ganar las próximas elecciones, ni les cuento las bofetadas que se habrían dado por ocupar la cabeza de la lista. Bono habría hecho las maletas y cogido el primer tren para Madrid, con la esperanza de que González no se le adelantara.
De entrada, a lo que es candidato Almunia es a perdedor. Y en eso hay que reconocer que su elección es un acierto: el secretario general es hombre muy capaz en el logro de derrotas. Consiguió incluso ser vencido en una batalla en la que tenía todo a su favor. No es algo que esté al alcance de cualquiera. Se precisa una sólida formación de perdedor para conseguirlo.
Pero es que, además, conviene recordar que el PSOE no va a elegir a Almunia candidato a jefe del Gobierno, se diga lo que se diga. En España no existen elecciones a la Presidencia del Gobierno. Lo que Almunia va a hacer es encabezar la lista de los candidatos del PSOE por Madrid. Nada más.
No sé si ven ustedes por dónde voy. Pongamos que, por un extraño concurso de circunstancias, el PSOE llegara a vencer en las urnas del próximo año. Nada impediría a uno que yo me sé salir diciendo que ha cambiado de opinión y que, mira por dónde, quiere volver a La Moncloa. Técnica y legalmente, es posible. Y dudo que su partido se lo impidiera.
Esa es otra posibilidad, que no me negarán que tiene su punto cómico: que Almunia no ganara ni siquiera ganando.
Pero es una hipótesis escasamente verosímil. El PSOE no va a vencer.
Sólo hay un factor que puede torcer las previsiones lógicas y dar la victoria a Almunia frente a Aznar: el propio Aznar. Es difícil toparse con alguien que venda peor su mercancía. No logra que le luzca ni siquiera lo que hace más o menos bien.
Vaya par: uno al que presentan porque lo dan por vencido; y otro que no sabe imponerse ni cuando lo tiene más a huevo. ¡Y pensar que son estas dos joyas las que están imponiendo el bipartidismo!
Javier Ortiz. El Mundo (10 de julio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de febrero de 2013.
Aquellos de ustedes que hayan seguido a lo largo de los años mi deambular por este rincón del periódico saben de mi devoción por la obra bella y honesta de Lluís Llach.
Vuelvo a ella cada tanto. Oigo sus canciones al azar: las viejas, las nuevas.
Ayer le tocó el turno a su disco Barcelona, Gener de 1976. Y me sorprendí al escuchar una vez más su emocionado y emocionante Silenci. De repente, me di cuenta de que la letra de esa canción, que Llach compuso hace más de medio siglo pensando en el franquismo, es perfectamente actual: «Si habéis de hacerme callar, que sea ahora. / Que sea ahora. / Que nada me importa tener la boca cerrada. / Sois vosotros los que habéis hecho / del silencio palabras».
Hay maneras y maneras de silenciar. El franquismo lo hacía a tortas, con barrotes, con balas. Pero también se puede silenciar provocando una gran barahúnda.
Decía Hegel, con mucha razón, que en la claridad absoluta no se ve nada. Del mismo modo, donde reina el ruido absoluto no cabe escuchar nada. Todo es estrépito, griterio: miles y miles de voces proclaman en la sociedad actual, todas a la vez, pero en mil idiomas, un único discurso. Le bastaría a Llach con invertir los términos: «Sois vosotros los que habéis hecho / de las palabras silencio».
Words, words, words. Todo el mundo habla, todo el mundo dice lo mismo, nadie dice nada. Los oídos de la mayoría están tan embotados que tampoco importa demasiado que alguna voz aislada susurre dudas o rechazos. Queda hasta estético: como prueba de que aquí hay de todo. Y si finalmente se opta por silenciarla, nadie se entera. Y si se entera, a nadie importa.
«Es que yo creo en la democracia», me dijo el otro día una amiga, en respuesta a mi queja universal. Era su modo de defender la aceptación de lo existente. Ella, una veterana luchadora de la libertad. Dudé qué hacer: si indignarme o echarme a llorar.
«Lo que tú pretendes está fuera de la realidad», insistió. Y supongo que tiene razón. Me descubro cada vez más alejado de la realidad. Me disgusta. La huyo.
¿Qué ha sido de aquel viejo impulso solidario, de aquella decencia, de aquel rechazo total de lo que es en nombre de lo que debería ser? Hubo un tiempo en el que muchos nos negábamos a aceptar las presuntas fronteras de la realidad. «Todo está por hacer y todo es posible», proclamábamos con Martí i Pol. ¿Cuántos brazos quedan para izar esa bandera generosa y noble en este tiempo de chantajes y renuncias?
Ni siquiera sé si tiene todavía algún sentido seguir clamando en el desierto.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de julio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de julio de 2011.
«Si Alfonso Guerra es el pasado, Felipe González también es el pasado. Lo mismo que Joaquín Almunia: los tres entraron el mismo día en el Gobierno». Juan Carlos Rodríguez Ibarra cree que con esta argumentación prueba que su bien amado Guerra no está pasado. Pero se equivoca. Lo único que demuestra es que los tres aludidos pertenecen a la misma época.
Ninguno de ellos podría dirigir la renovación del PSOE. Nombrar para que mande sobre un tinglado a alguien que está en él desde hace 30 años puede ser una idea muy buena, incluso maravillosa, pero desde luego no renovadora.
González es el pasado. Guerra es el pasado. Almunia es el pasado.
Yo también soy el pasado.
Todos nosotros formamos parte de una generación singular, que cuando fue joven reclamó muy airadamente a sus mayores que ahuecaran el ala y dejaran el timón de la sociedad, pero que, cuando ella misma se ha hecho mayor, se aferra desesperadamente al poder. Al poder en todas sus expresiones: no sólo al político.
Por supuesto que la ambición de González, Guerra, Almunia et alii no se explica sólo en función de peculiaridades generacionales. La sed de mando y el mesianismo existen desde que el mundo es mundo. Parece claro que Franco no mantuvo su caudillaje hasta la muerte porque perteneciera a la generación del 68. Pero es un hecho que hay generaciones más proclives que otras a dejar paso a las siguientes. Y lo que es la nuestra no parece tener la menor gana.
Sin embargo, es un hecho que hemos perdido comba. En todo.
Lo noto por mí mismo. Hasta mis gustos cinematográficos se han quedado viejos. Literalmente. El otro día vi una película con Paul Newman, Gene Hackman y James Garner. Madre de Dios: todos abuelos. Buenísimos actores -de hecho ellos salvaban la película, que era pasablemente mala-; pero viejísimos.
Me dije: «Ahí tienes a tus héroes. Ya estás como cuando tu madre hablaba de Mary Pickford y a ti te sonaba a chino».
No me atrevería a afirmar que la realidad actual sea mucho mejor que la que nos marcó a nosotros de modo indeleble, fijando nuestros puntos de referencia vital, nuestros gustos, nuestra manera de hablar, nuestro modo de ver, nuestros horizontes. Pero, mejor o peor, el caso es que es otra. Y está pidiendo a voces otros protagonistas.
González, Guerra y Almunia deberían renunciar a controlar el PSOE. Por todo lo que han hecho -que no es poco-, pero también porque ya forman parte del pasado.
No pediré que otros hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer. Me comprometo solemnemente ante ustedes... a no mandar en el PSOE.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de julio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de julio de 2012.
«Soy una roca. Soy una isla. Una roca no sufre. Una isla nunca llora». Un chaval de 23 años cantaba eso en 1964 en los tugurios juveniles de Londres. Acababa de llegar de América, se llamaba Paul Simon y componía canciones folk con extrañas letras que hablaban de soledad e incomunicación. Ésta (I'm A Rock) era una de ellas, pero hizo bastantes más. Al cabo de unos meses, aquel jovencito llegó al top de las listas de éxitos de los EE.UU. con otra canción sobre lo mismo: The Sound Of Silence.
Han pasado 25 años. Releo los poemas juveniles de Paul Simon. Me parecen mucho más actuales y próximos que entonces. Quizá porque en 1964 trataban de una realidad que no conocíamos en España. Ahora ya nos hemos incorporado a todos los privilegios del capitalismo avanzado. Incluida la incomunicación, esencia de la sociedad de la comunicación.
«Soy una roca. Soy una isla». De tanto en tanto, algún balsero se acerca a la mía y descubro que estoy rodeado por todas partes de gente de la que no sé nada. Que no tiene nada que ver conmigo. Es el reverso del aforismo latino: ya, casi todo lo humano me es ajeno.
Escucho en la barra de un bar: «Ese fue el gran defecto que tuvo el régimen anterior. Y lo digo al margen de ideologías. Yo no tengo ideología». Ignoro de qué habla el hombre. Me da igual. ¿Qué tendrá en la cabeza? ¿Tendrá algo? No habla mi idioma. En mi idioma, todo el mundo tiene ideología. Ese hombre y yo podríamos estar de palique durante horas: no nos entenderíamos un pijo.
Paseo por mi barrio. Descubro una iglesia que me había pasado desapercibida. Entro. Lo primero que me sorprende es que está casi llena. En mi isla no hay Dios: yo tampoco tengo necesidad de esa hipótesis. ¿Qué espacio ocupará la idea de Dios en su mente, en su corazón? ¿Pertenecemos de veras a la misma especie?
Veo ante un portal a dos jóvenes casi clónicos: pantalón oscuro, camisa blanca de manga corta, corbata negra y Biblia en ristre. El portero no les permite entrar. Impávidos, prosiguen su ronda.
La señora de la panadería. La chica de la ventanilla del banco. El gracioso de la pescadería. Hablan de sus opiniones, pero no les entiendo. No sé de qué van.
A veces me solicitan pronósticos políticos. «¿Qué crees que pasará en las próximas elecciones?». Y yo qué sé. Podría suponer algo si supiera qué mueve a la gente. Pero, «salvo a un reducido círculo de amigos» -la cita es ahora de Phil Ochs: se suicidó-, lo cierto es que no entiendo a casi nadie.
Me temo que la mayoría vive en islas en las que mi barquichuela, obsesionada con llegar a Itaca, jamás acertará a fondear.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de julio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de julio de 2012.
Ahí tienen ustedes a José María Aznar en funciones de valedor de Fidel Castro. Hace tres años le montaba numeritos públicos en las cumbres internacionales, afeándole su escaso interés por la democracia -y, ya de paso, lo poco que invierte en corbatas de postín-; ahora intercede por el comandante ante los demás jefes de Estado y de Gobierno y les pide que acudan sin falta a La Habana en diciembre.
¿Y eso?
Al comienzo de su mandato, Aznar se paseaba urbi et orbi como ungido por la misión histórica de portar a los cinco continentes la buena nueva del conservadurismo liberal. Ahora, tras tres años de experiencia en el cargo, prefiere pasearse por esos mundos de Dios con una resma de contratos en la cartera. Doctrinarismos fuera. Actúa ya exactamente lo mismo que lo hacía González, con la sola diferencia de que González actuó así desde el primer día que pisó La Moncloa: no estando dispuesto a aplicar el socialismo ni en España, tampoco iba a pedirles a otros que lo hicieran en su casa.
La función crea el órgano. En una sociedad como esta, un presidente de Gobierno no puede permitirse el lujo de tener ideología. Y menos todavía principios. Aunque sean conservadores. O se adapta al medio, o se va al guano. Y como no quiere irse al guano, se adapta. Probablemente ni él mismo se da cuenta de la transformación que va experimentando. Como tantos otros agentes de la Historia, lo hace, pero no lo sabe.
Lo digo con respecto al jefe del Gobierno, pero lo mismo podría afirmar en relación con cualquier otro cargo público. Cuando entra en el despacho que le ha tocado en suerte, casi todo político lleva en su cabeza un montón de principios -así sean rarísimos-, de ideas, de proyectos innovadores... Al de un año, que diría un bilbaíno, ya se porta tal cual su antecesor.
Entendámonos. No pretendo defender esa tontería de que todos los políticos son iguales. Los hay más listos y los hay más tontos. Los hay más capaces de comprender el sentido de la evolución de las cosas y los hay más cazurros. Los hay más prudentes y modestos y los hay más soberbios. Los hay que hablan mejor y los hay que dan patadas al diccionario cada vez que abren la boca. Incluso los hay que no son ladrones. Lo que digo es que toda estructura de poder delimita un campo de acción al que deben atenerse quienes la sirven. Y que no hay opción: el que se sale queda fuera del juego ipso facto.
El Aznar de hoy ya no es el Aznar de ayer. Se ha vuelto lo que las circunstancias han querido.
Y es que las circunstancias, a veces, se portan.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de junio de 2013.
Dos noticias del mismo informativo. Una: sufre graves quemaduras en la noche de San Juan un hombre de 43 años que cayó en medio de una hoguera cuando intentaba saltarla. Dos: pánico en los pasajeros de una montaña rusa que se detuvo y quedó suspendida a medio viaje.
Dentro de pocos días empezarán los sanfermines. No faltarán los corredores heridos por asta de toro, o pisoteados por los bichos.
Siempre me ha intrigado la atracción que sienten muchos humanos por este tipo de riesgos. El peligro como diversión. ¿Por qué? Ah.
Lo que es yo, maldito el interés que le encuentro. Subí una vez a una montaña rusa, obligado por mis hijas. A lo largo de las veinte horas del recorrido -bueno, tal vez durara menos, pero a mí me parecieron veinte horas, como poco- me dijeron -fui incapaz luego de recordar nada- que no paré de invocar a mi pobre madre («¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!») y de reprocharme la decisión («¡Y he pagado por esto!»). Me pareció puro masoquismo. De hogueras, para qué hablar: no me animo yo a saltar una ni empapado de orujo. En cuanto a las carreras de San Fermín, me dan miedo hasta por la tele: como para participar. Las detesto con toda mi alma.
Tres cuartos de lo mismo me pasa con las películas de terror. ¿Qué satisfacción puede sentir el personal pasando miedo? De veras que no consigo ponerme en su piel.
Entendámonos: no descarto correr riesgos. He asumido bastantes en mi vida. Pero siempre calculados: cuando los he juzgado necesarios para conseguir algún objetivo. Nunca por placer.
Ahí está la cosa. Lo más curioso que tiene el gusto por el peligro, el riesgo como diversión, es que la mayoría de quienes gozan con él son luego, en su concepción del mundo y de la vida, esencialmente conservadores. Jamás soltarán el pájaro que tienen en la mano para ir a la busca del ciento que vuela. ¿Votar en favor de una opción transformadora? ¡Ni de coña! «A saber adónde nos llevaría eso», sentencian, desconfiados. Y se van a saltar por encima de la hoguera. O a hacer puenting. O a correr a 160 por hora por una carretera de montaña. O a subirse en la moto sin casco.
Hace legión la gente que es capaz de perder el culo delante de un toro, pero no de mojárselo para coger peces.
No descarto que sean actitudes complementarias. Es posible que quienes llevan una vida agarrotada por el miedo y la rutina necesiten de esos riesgos, absurdos pero meramente circunstanciales, para olvidar por un rato su mediocridad.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de junio de 2011.
Todo el mundo que no es de Izquierda Unida sabe lo que Izquierda Unida tendría que estar haciendo para que las cosas le fueran mucho mejor. Tal parece que los únicos que no saben qué debería estar haciendo Izquierda Unida son los dirigentes de Izquierda Unida. También es mala suerte.
Todo el mundo sabe lo que debería hacer Izquierda Unida pero, curiosamente, no todo el mundo sabe lo mismo. De hecho, hay casi tantas soluciones para los males de Izquierda Unida como personas que opinan sobre ellos.
Los hay que consideran que lo que debería hacer es ser mucho más posibilista y pactar a troche y moche con el PSOE para ocupar zonas más amplias de poder, o sea, alcaldías de capital, consejerías de comunidades autónomas y cosas así. «La gente quiere comprobar que no ha tirado su voto», dicen. Porque ellos saben lo que quiere la gente y, a lo que se ve, lo que la gente quiere, por encima de cualquier otra cosa, es que su voto sirva para conseguir cargos. «Una cosa es estar a la izquierda y otra, no estar», sentencian.
Otros, en cambio, consideran que, cuanto más se acerque IU a los aledaños del PSOE, peor lo va a tener, sobre todo ahora que los socialistas, como no gobiernan, pueden darse ínfulas de izquierda. «Si IU hiciera una política parecida a la del PSOE, sus votantes se dirían que, para eso, mejor votar directamente al PSOE, que tiene más posibilidades», argumentan.
Sobre el papel del PCE en IU también opina todo quisque. Unos creen que IU jamás tendrá una imagen moderna mientras el PCE esté ahí. Otros, que si el PCE se disolviera, IU se desmoronaría, porque es su columna vertebral. Otros, que da igual lo que haga el PCE, porque es tan caótico como IU, y además nadie se acuerda de que existe: hoy en día, si alguien menciona al PC, nos pensamos que está hablando de ordenadores.
Anguita es otro punto inevitable en las disquisiciones de todos los que saben cómo arreglar los líos de IU. Anguita sí, Anguita no, Anguita según y cómo. Gran tipo. Un desastre. Es clave. Una rémora. Muy didáctico, qué bien. Muy didáctico, qué rollo. Y así todo.
Yo no tengo ninguna solución para el dilema de IU. Es más: creo que no tiene solución. Me da que, si se pone radical, perderá el voto de los más moderados, pero que, si se modera, perderá el voto de los más radicales. La sociedad española actual no parece tener demasiada necesidad de una izquierda que sea a la vez honesta, intransigente y con mucho peso político.
«Eres un derrotista», me dicen. Y yo replico que, para optar por luchar, no es necesario creer en la victoria.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de junio de 2012.
Los dirigentes del PSOE están como unas castañuelas. Creen -eso dicen, al menos- que el 13-J les ha salido redondo. «Si hemos logrado tanto sin ni siquiera contar con un líder, ¿qué no podremos conseguir cuando ya tengamos uno?», dicen.
Es falso. Sí han tenido un líder. El de siempre: González. Desde la dimisión de Borrell, él asumió la dirección de la campaña. Y él ha sido no sólo el que ha aparecido como dirigente máximo de cara al público, sino también quien ha marcado la orientación política del partido en la brega electoral.
Primera paradoja: les ha venido bien no tener un nuevo candidato. Cualquier otro socialista posee mucho menos tirón electoral que González. Lo cual quiere decir que o lo llevan como cabeza de lista en las próximas elecciones o volverán a verse metidos en el mismo lío que con Borrell. Porque un candidato a La Moncloa no puede quedarse en un modesto segundo plano, como ha hecho Rosa Díez esta vez. No puede aceptar que González sea el protagonista de su partido en la campaña. «Pues pónganlo a él de cabeza de lista», dirán ustedes. Ya. Pero no quiere. No le apetece nada volver a perder. Y menos aún contra Aznar.
Uno de los elementos esenciales de la línea política que González ha marcado a sus huestes en esta ocasión ha sido el ataque contra Anguita e IU. Ha insistido una y otra vez en que Anguita es «el de la pinza»; que no resulta de fiar para luchar contra el PP. Lo de «la misma mierda», en suma.
El argumento ha calado en una parte de los anteriores electores de IU: los que se conciben más como anti-PP que como pro-nada.
En el PSOE están muy felices por el golpe que han dado a IU. Otro error. No se dan cuenta de que contribuir al hundimiento de IU es sólo un negocio a medias para ellos, porque hay un amplio sector de la izquierda que nunca les votará. Rescatarán parte del naufragio, pero otra parte, muy sustancial, no: irá a engrosar las crecientes filas de la abstención. Vean, si no, lo ocurrido el pasado domingo. Comparen la suma de los votos obtenidos ahora por el PSOE y por IU con el total de lo que lograron entre ambos en las anteriores elecciones. Ha bajado.
Esa es su otra paradoja: no se dan cuenta de que su recurrente empeño en destruir a IU les lleva, en realidad, a tirar piedras contra su propio tejado: contribuyen a debilitar a su mejor eventual aliado en la oposición (porque están en la oposición, por más que a veces se olviden de ello).
No veo yo que el PSOE cuente con tantos motivos para la alegría. Que no sonrían tanto: siguen teniéndolo crudísimo.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de mayo de 2013.
La abstención ha sido aplastante en los Estados que ya han celebrado sus elecciones para el Parlamento de la Unión Europea. Ha habido países en los que hasta el 70% de los potenciales votantes no han querido ver las urnas ni de reojo.
Los gobernantes comunitarios deberían sentirse abochornados. Claro que, si tuvieran capacidad de avergonzarse, no habrían montado un Parlamento como ése, que no interesa a nadie, salvo a la banda de caraduras que cobran una pasta gansa por sestear en Estrasburgo y dejar que los jefes de Bruselas hagan lo que se les ponga.
Se tiene al barón de la Breda y de Montesquieu por inspirador del sistema democrático. Cualquiera que se tome el trabajo de leer su obra comprobará que el tipo hizo todo lo posible por idear un sistema de representación popular que cerrara la posibilidad de que la chusma -la canaille, que decían los aristócratas franceses: él fue uno- llegara jamás a hacerse con el poder político. De ser realmente democráticos, los parlamentos dejarían sin asignar tantos escaños como porcentaje de abstención se contabilizara. ¿Que sólo vota un 30%? Pues se monta una cámara con el 70% de los escaños vacíos.
Más barato. Y, sobre todo, más representativo.
Es poco probable que las urnas españolas del próximo domingo se queden tan viudas como las de por ahí arriba. Imagino que el tirón de las consultas municipales -y de las autonómicas, allí donde les toca- añadirá un generoso plus al peñazo de Estrasburgo.
No estaría mal, de todos modos, que se produjera un importante incremento de la abstención. Una abstención notable -a la europea, no a la norteamericana: allí es estructural, pobre Tocqueville- podría muy bien hacer las veces de bronca. De bronca no a tal o cual candidatura, sino al sistema, al régimen. Daría prueba de que el personal se empieza a dar cuenta. Si una amplia mayoría ciudadana volviera la espalda a los artífices y beneficiarios del sistema y dijera que rechaza su juego tramposo, en el que solo tiene algo que rascar el que puede gastarse cientos de millones popularizando su jeta, tal vez se animaran a bajar del guindo.
Pero no interpreten ustedes esto como un llamamiento en pro de la abstención. Yo no convoco a nada: ya son ustedes mayorcitos. Por lo demás, tampoco tengo claro qué es lo mejor que podría ocurrir. Ni me lo planteo. Soy consciente de que la política actual es como el infierno del Dante: ya hace tiempo que abandoné toda esperanza.
A cambio, sí sé qué es lo peor que puede ocurrir: exactamente lo que sucederá. Que el PP y el PSOE volverán a repartirse el pastel.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de junio de 2011.
«Dice usted que no sólo se opone a la OTAN; que también detesta a Milosevic. Pero el caso es que no para de escribir contra la OTAN y apenas ataca al dictador serbio. Esa no es una posición honesta».
Así de lacónico se mostraba un correo electrónico que recibí ayer.
Confieso que cuando lo leí me quedé perplejo. «¡Andá, claro!», me dije: «¡Seguro que muchos lectores no saben que entre los columnistas reina la división del trabajo!».
Así que voy a explicárselo.
Yo le tengo a Milosevic un paquete de mucho cuidado. Pero no escribo sobre ello. ¿Por qué? Porque ya hay 2.745 articulistas que lo hacen. Describen a diario su perversidad, su ultranacionalismo, su sueño de la Gran Serbia -cada vez más pequeña, por cierto-, su demagogia, su tétrica afición por la limpieza étnica... ¿Para qué voy a golpear yo también en ese clavo, hundido hasta la saciedad? Resulto socialmente más útil señalando la sinrazón criminal del otro bando, que la mayoría toma por bueno.
No consigo gran cosa con ello, ya sé, pero por lo menos ofrezco la posibilidad de pensar las cosas desde otro ángulo.
Digo esto en relación con la actual guerra de Yugoslavia, pero podría aplicarlo a muchos otros asuntos. «Siempre arremete usted contra el nacionalismo español y da la cara por los nacionalistas periféricos». Es una crítica del mismo género. Mi admiración por Pujol, Arzalluz y Beiras no es mayor que la que Loyola de Palacio pueda sentir por José Bono. Pero alguien tiene que decir que lo que se presenta en Madrid como antinacionalismo no es más que el viejo nacionalismo español de siempre que, a fuerza de ocupar la posición dominante, ni siquiera se reconoce como tal. Conviene -así sea sólo por mor del pluralismo- que alguien se tome a chufla a Felipe González cuando sostiene que hoy en día parece estar prohibida la defensa del nacionalismo español, cuando la aplastante verdad es la contraria: todos los medios de comunicación con sede en la capital del Reino rebosan españolismo militante por los cuatro costados. Haga usted la cuenta: ¿cuántos columnistas conoce que escriban en Madrid y acostumbren a señalar la parte de razón que tienen los nacionalistas periféricos?
Los puede contar con los dedos de una mano. Y le sobran cuatro.
Seguro que hay muchos asuntos en los que mi modo de pensar no difiere gran cosa del de la mayoría (bueno, algunos, al menos). Pero, si ya estamos de acuerdo, ¿para qué insistir? Hay quienes son maestros en escribir floridamente lo que ya ha pensado antes casi todo el mundo.
Como lo mío no es la literatura, me he especializado en buscarle el revés a todo.
Mera división del trabajo.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de junio de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de junio de 2012.