1999/03/06 07:00:00 GMT+1
Por fin tuve el otro día la oportunidad de experimentar en toda su plenitud lo que significa vivir en democracia.
Ya saben ustedes que corresponde a don Winston Churchill el mérito histórico de haber definido la democracia: «Es ese tipo de sociedad en la que, si alguien llama a tu puerta a las 5 de la madrugada, sólo puede ser el lechero».
Ahora me consta que España es una democracia.
Lo sé gracias a Telefónica.
He cambiado recientemente de domicilio y, para desdicha mía, también de número de teléfono. Con la pésima fortuna de que la Compañía me ha asignado el número de teléfono que hasta hace poco correspondía a una cafetería.
De modo y manera que el otro día sonó mi teléfono a las 6 de la mañana (las 5 en el Reino Unido).
Descolgué sobresaltado:
-¿Sí?
Y me salió un menda en tono la mar de familiar:
-Hola, soy Tal, de la lechera Cual. ¿Cómo andas de leche?
Renuncié a expresar el tropel de ideas que me sugirió a esas horas semejante pregunta. Me conformé con sacarle de su error.
El hombre, que no parecía mal tipo, se disculpó muchísimo.
La experiencia sirvió para demostrarme que, en todo caso, la española es ya una democracia plenamente consolidada: sonaba el timbre a las 6 de la mañana; ergo era el lechero.
Está bien que sea el lechero.
Resulta tranquilizador.
Reconforta que ni se te pase por la cabeza que ese timbre que te despierta al alba lo haga sonar la Policía, que viene para llevarte esposado porque eres un maldito rojazo, un masón de mierda o un asqueroso judío. Hemos superado la época en que vivíamos con el alma en vilo, esperando saber «qué quiere esa gente, que llama de madrugada», como en la patética canción de María del Mar Bonet sobre Enrique Ruano, o teniendo miedo «del sonido de un timbre áspero, o de la llave que abre la puerta», que susurraba Lluís Llach en Novembre 72.
Pero, la verdad: tampoco es un ideal que te den la vara a las 6 de la mañana. Aunque sea el lechero.
Tengo un convencimiento: si en este país ya nadie va a buscar a nadie para darle un paseo de madrugada, no es porque los que mandan se hayan vuelto cultos, civilizados y corteses: es, sobre todo, porque los mandados nos hemos vuelto romos e inofensivos. Inocuos.
(Jopé, soy impresentable: ¡para una vez que me había propuesto escribir una columna sin meterme con nadie! Y acabo metiéndome conmigo mismo).
Javier Ortiz. El Mundo (6 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/06 07:00:00 GMT+1
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1999/03/03 07:00:00 GMT+1
Un 3 de marzo como éste de hoy, hace tres años, el PP vencía en las urnas.
Qué quieren que les diga. El suceso me llamó entonces la atención. Ahora me deja frío.
Se fueron aquéllos, vinieron éstos.
Es otro 3 de marzo el que está fijo en mi recuerdo: el de veinte años antes.
Hablo del 3 de marzo de 1976. De Vitoria. De la Iglesia de San Francisco. De una asamblea obrera enmarcada en una huelga general. Llegó la Policía: los antidisturbios de entonces. Un radioaficionado captó y grabó las órdenes que impartieron sus superiores: «¡A matar! ¡Disparad a matar!».
Y dispararon. Y mataron. Tres asambleístas cayeron en el acto. Uno de ellos tenía sólo 17 años.
Otros dos murieron pocas horas después.
No creo que muchos militantes del PP se acuerden de aquel día.
Hay dos que sí deberían hacerlo. Uno era entonces ministro de la Gobernación, o sea, de Interior: el jefe supremo de los policías que dispararon. Se llamaba -se sigue llamando- Manuel Fraga. El otro ejercía de ministro de Relaciones Sindicales. Se llamaba -se sigue llamando- Rodolfo Martín Villa.
Oí a Martín Villa contar aquellos sucesos. Su relato, de una frialdad estremecedora, sólo se quebró en un momento: al exministro se le humedecieron los ojos cuando recordó... que los familiares de los heridos se negaron a hablar con él cuando fue a visitarlos. ¡Qué doble tragedia: cinco obreros muertos y un ministro herido... en su orgullo!
No hace falta decir que ni Fraga ni Martín Villa dimitieron. No hace falta decir que a ambos se les ha permitido seguir participando en la vida política española al más alto nivel, pese a que ni siquiera se han mostrado jamás arrepentidos de su papel en aquel crimen abominable.
Algunos nos juramentamos ante los cinco cadáveres. Lluís Llach dio forma pública a nuestra maldición poco después, en aquel grito de dolor y rabia que fue Campanades a morts. Clamó: «¡Asesinos de razones! ¡Asesinos de vidas! ¡Que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días, y que en la muerte os persigan nuestras memorias!».
Muchos de los que suscribieron aquella maldición colectiva se han olvidado de su juramento.
Otros lo recordamos.
No aspiro con estos párrafos a alterar la autosatisfecha calma en la que viven todavía quienes fueron los responsables políticos de la matanza: sé que, si tuvieran una brizna de conciencia, no habrían podido soportarse a sí mismos.
Me conformo con recordar a los demás quiénes fueron. Y quiénes siguen siendo. Y en qué partido militan.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de marzo de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/03/03 07:00:00 GMT+1
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1999/02/27 07:00:00 GMT+1
Cuando calificamos -lo que sea: una persona, un objeto, un suceso-, nos esforzamos por señalar lo que mejor lo define; sus rasgos más importantes.
Así, y a modo de ejemplo: yo jamás diría que Juliette Binoche es «un ente básicamente compuesto de agua del que salen pelos». No es que tal cosa sea incierta, pero la joven actriz en cuestión posee otros rasgos que, a mi juicio, deben mencionarse prioritariamente. Que son más distintivos, por así decirlo.
Suponiéndole al ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, esa misma querencia mía a la hora de las definiciones, no puedo por menos que sentirme desazonado cuando compruebo que, cada vez que alude al 16 de septiembre de 1998, no se refiere a la fecha como el día en que comenzó la tregua de ETA, sino como «el día en que se inició la ruptura». Apunta al corte que se produjo entonces entre el PNV, de un lado, y el PP y el PSOE, del otro, y al inicio de lo de Estella.
O sea que, colocados ambos sucesos en su particular balanza, el ministro del Interior concede más peso a la formación de ese frente político que al hecho de que ETA decidiera dejar de matar.
Toma ya.
Ya sé que el acuerdo de Estella pone en solfa algunos aspectos de la Constitución Española y del Estatuto de Autonomía. Puedo entender igualmente que el señor ministro sienta hacia esos dos documentos un amor terrible, pasional, rayano en la ceguera. Pero se suponía que habíamos convenido en establecer una clara jerarquía: lo esencial era desterrar los métodos violentos. Esa era la meta prioritaria, ¿no? ¿Por qué la minusvalora entonces el señor ministro? ¿Por qué da más valor a la expresión de una diferencia política que al cese de la violencia?
Mucho me temo que el ministro del Interior es víctima simultánea de dos querencias: una muy política y otra muy humana.
La primera le empuja a situar la demoscopia en el espacio en que debería tener el corazón. Los expertos le dicen que cerrándose en esa banda puede robar votos al PSOE, de un lado, y al PNV, del otro, y a por ello va, así se le hunda el chiringuito en el ínterin.
El ministro es también deudor de la puñetera tendencia humana a acostumbrarse rápidamente a lo bueno, olvidándose de lo malísimo que era lo malo cuando era lo malo lo que predominaba.
Hace apenas un año, hubiera dado cualquier cosa por conseguir una tregua indefinida de ETA. Ahora se permite hacer juegos de palabras a cuenta de la tregua, y hasta la desdeña. Él y tantos como él. Qué miedo dan.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/27 07:00:00 GMT+1
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1999/02/24 07:00:00 GMT+1
«Lo que tiene que hacer EH es bien sencillo: condenar la violencia en todas sus formas», afirma el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. A él, eso le parece muy sencillo. A mí no. Ni para EH ni para nadie. Y menos que para nadie, para el ministro del Interior. ¿Cómo va a condenar la violencia «en todas sus formas» un hombre cuya labor consiste precisamente en administrar la violencia del Estado?
Cuando el ministro del Interior y tantos otros con él hablan de la violencia «en todas sus formas», no están pensando para nada en la violencia en todas sus formas: excluyen, ya de entrada, los actos de violencia que son propios de los órganos coercitivos del Estado. «Obviamente», me dirán ustedes. Claro que sí. Obviamente.
Pero, ya que estamos en ello, sigamos repasando obviedades.
Otra: cuando el ministro del Interior afirma que no cabe tener una relación política «normalizada» con aquéllos que «no condenan la violencia en todas sus formas», es evidente que tampoco incluyen en el capítulo global de «toda forma de violencia» los actos de los GAL. Porque, si no, se negarían a tener relaciones «normalizadas» con los jefes del PSOE que no sólo no han condenado la trayectoria de Barrionuevo, Vera y compañía, sino que la han ensalzado con gran entusiasmo. Dado que el ministro se lleva estupendamente con esos dirigentes socialistas, debemos concluir que la violencia de los GAL tampoco queda incluida en su concepto genérico de «violencia en todas sus formas».
Lo cual también es obvio, sin duda. Y revelador.
En lo que a mí concierne, desde luego que no condeno «la violencia en todas sus formas». ¿Hay alguien que repruebe la legítima defensa? Pues bien: jamás me he topado con nadie que justifique la violencia política, ejercida desde el Estado o contra él, y que no se ampare en la legítima defensa.
Me parece absurdo pedir a EH que condene «la violencia en todas sus formas». Me imagino el debate filosófico que semejante demanda podría provocar (¿qué es en rigor violencia?, ¿en qué condiciones concretas puede ser legítimo recurrir a ella?, etcétera) y me entran unas ganas de bostezar indescriptibles.
Lo que deberían pedir a EH no es un pronunciamiento filosófico -tampoco ellos están para muchas filosofías-, sino un paso práctico y concreto: que asegure el cese completo de las hostilidades. Ni largos y sesudos manifiestos, ni sentidas condenas de principio: tregua real, a todos los niveles. Menos palabrería. Pidan actos. Y paguen con actos.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/24 07:00:00 GMT+1
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1999/02/20 07:00:00 GMT+1
Uno puede ir por la vida de inflexible defensor de los Derechos Humanos. O todo lo contrario: de realpolitiquero acomodaticio. O instalarse en cualquier estación intermedia.
Lo que uno no puede hacer es echar mano simultáneamente del purismo más intransigente y del pragmatismo más pedestre para abordar el mismo asunto, y encima dárselas de coherente.
Dice Aznar que Euskadi no debe ofrecer hospitalidad al Parlamento kurdo en el exilio porque «una democracia normal no puede tener relaciones de ningún tipo con grupos que alimenten o amparen acciones terroristas». Pues, hombre: un «grupo» que no solo «ampara» sino que incluso practica acciones terroristas es el Gobierno turco. Ahora mismo, en flagrante violación de las leyes internacionales, está atacando a la población kurda asentada en suelo iraquí. ¿No debería reaccionar nuestra democracia normal?
Pero la intransigencia purista del presidente español vale sólo cuando habla de los kurdos. Así que se refiere al Gobierno turco, adiós principios: es la realpolitik la que impera. «Turquía es nuestro socio en la Alianza Atlántica», arguye. También el Portugal de Salazar perteneció a la OTAN, no te giba. Como si estar en la OTAN fuera aval de democracia.
Aznar sabe más que de sobra que el Gobierno de Turquía no ha logrado ni siquiera que su país sea inscrito en la lista de espera de la UE, y que la razón es justamente ésa: que viola sistemáticamente los Derechos Humanos.
Pero prefiere no recordarlo. Entre otras razones, porque los viola con su apoyo: con armas compradas a España.
«Una democracia normal no puede tener relaciones de ningún tipo con grupos que alimenten o amparen acciones terroristas». Suena muy aparente, pero no tiene ni pies ni cabeza. Si Aznar se ajustara a ese criterio, no podría tener relaciones con un montón de gobiernos, no hubiera podido ayudar a asentar varios procesos de paz en América Latina, hubiera debido romper todo contacto con el PSOE de los GAL y, desde luego, no podría ni plantearse negociar la paz en el País Vasco.
Se está aficionando a las frases tan campanudas como hueras. Afirma: «La paz no tiene precio político». ¿Ah, no? ¿Qué pretende, entonces: regalarla o que se la regalen? Añade: «Ninguna forma de violencia es tolerable». ¿Y qué son los bombardeos sobre Irak, que él apoya? ¿Actos pacíficos?
Palabras, palabras, palabras. Muchos políticos se escudan en la grandilocuencia para disimular que carecen de ideas.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/20 07:00:00 GMT+1
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1999/02/17 07:00:00 GMT+1
Esto era al final del verano de 1975, cuando Franco, ya casi moribundo, ordenó fusilar a dos militantes de ETA y tres del FRAP.
Aquello me pilló en París.
En la capital francesa, la manifestación de protesta fue enorme, desbordante. Cientos de miles de personas se echaron a la calle para mostrar su repulsa contra el franquismo. Resultó emocionante.
Recuerdo que, aquel mismo día, se hizo público que siete resistentes kurdos habían sido ahorcados en Turquía.
Los fusilamientos de España habían constituido la gran noticia de portada de todos los periódicos, de todas las radios, de todas las televisiones de Francia.
Las ejecuciones de Turquía, en cambio, apenas si ocuparon el espacio de una noticia breve.
Me dio rabia -a decir verdad: me dio vergüenza- comprobar tan crudamente que también entre los ejecutados hay clases.
¿Quién dijo que la muerte nos iguala a todos?
La detención y traslado a Turquía manu militari en la madrugada de ayer de Abdulá Ocalan, dirigente de la guerrilla kurda, es muestra patente de que, 24 años después de aquello, la causa del pueblo del Kurdistán sigue estando en las mismas: despreciada, preterida.
Por decirlo sin tapujos: al mundo civilizado le importa una higa lo que les pase a los kurdos. Tienen en contra a Turquía, a Irak, a Irán, a Siria... y, por si les faltaran enemigos, se unen contra ellos también el Gobierno de Grecia y el Mossad israelí, dispuestos a demostrar que no siempre los enemigos de los enemigos son amigos. Ya sólo falta que se descubra que en esta operación de caza y captura han participado también la CIA y el Cesid.
Sería lo suyo.
El Kurdistán no tiene padrinos.
Los irlandeses del Sinn Fein y el IRA sí tienen padrinos, y de mucha importancia: empezando por el propio presidente de los EEUU. Por eso todo lo relativo al proceso de paz de Irlanda se trata con delicado mimo en todas partes.
HB y ETA no tienen padrinos de tanta prosapia, ni mucho menos. Pero cuentan con un importante defensor indirecto: están instalados en muy buen sitio. Geoestrategia, que se dice. Son un furúnculo en el mismo trasero de la UE.
Por eso no hay ni irlandeses ni vascos que decidan quemarse vivos para protestar ante el mundo por la situación de su pueblo, como hicieron ayer bastantes kurdos.
Irlanda y Euskadi tienen futuro. Mejor o peor: uno. Delante del pueblo kurdo, en cambio, todo son tinieblas. Con o sin invitación del Parlamento vasco.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/17 07:00:00 GMT+1
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1999/02/13 07:00:00 GMT+1
Soy radicalmente antinacionalista. Entiendo que cada cual sienta apego a su propio pueblo, a su modo de ser, a sus costumbres, a su lengua (o al especial modo en que los suyos hablan la lengua que comparten con otros). Claro que entiendo ese sentimiento. Cómo no, si yo mismo lo aliento.
Pero me revuelve las tripas que ese cariño hacia lo propio se vuelva menosprecio hacia lo ajeno. Vasco de origen, me fascinan las culturas más diversas. No sólo la catalana -que sí, y mucho-, y la gallega -que también- sino igualmente la castellana. Muy especialmente la castellana, porque en su lengua pienso, trabajo, amo: vivo.
Poco a poco, a lo largo de mi existencia, he tenido la suerte de poder acercarme a otros pueblos, a otras culturas: la francesa, las latinoamericanas, las árabes, las anglosajonas, la italiana, la griega, la portuguesa... No he viajado gran cosa, pero he leído y, sobre todo, he escuchado mucho. Palabras y músicas. (La música es clave. La música no sabe mentir).
En todas, absolutamente en todas las culturas, he encontrado algo de especial, de envidiable. Y en todas también me he topado con su cara negativa: tradiciones decididamente desagradables, estupideces colectivas... Todas me han dado prueba sobrada de la gran verdad del dicho de Castilla: «Nadie es más que nadie». Ni para lo bueno ni para lo malo. Todas han alimentado por igual el amor y el recelo simultáneos que siento por el ser humano.
Muchos consideran que lo peor del nacionalismo es la capacidad que tiene para disgregar. Mi criterio es justamente el opuesto: para mí, lo más nocivo del nacionalismo es la capacidad que tiene para unir. Para que los pueblos cierren filas contra el enemigo exterior y no se manifiesten las contradicciones -políticas, económicas, sociales- que existen en su interior.
El nacionalismo vasco se centra en la defensa de los intereses nacionales -reales o supuestos- de los vascos. Pero conviene no perder de vista que el nacionalismo español -casi nunca identificado como tal- hace lo mismo: apela sistemáticamente a los intereses «de todos los españoles». Izando la bandera de la unidad nacional -frente a los nacionalistas vascos y catalanes, frente a los intereses de otros países, frente al auge de otras lenguas, etc.- ahoga la expresión de las muchas y graves desuniones sociales que alberga la realidad española. De esa suerte, quien se opone a su concepción de España no queda catalogado como opositor, sino como mal español. Si es que no como antiespañol.
O, más directamente, como canalla.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/13 07:00:00 GMT+1
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1999/02/11 07:00:00 GMT+1
Cuando urge el equilibrio, tan problemáticas pueden ser las carencias como los excesos.
Todo el llamado proceso de pacificación de Euskadi sufre de muchas carencias -la de imaginación es realmente dramática-, pero también padece, e incluso más, de grandes excesos. El de la visceralidad -el de las diversas visceralidades que están en juego- es uno, y no pequeño.
Hablo con conocimiento de causa, porque yo mismo oigo con frecuencia el llamamiento de mis vísceras, y lo que es peor: a veces lo atiendo.
Estamos en un punto en el que los más hondos sentimientos de los unos y de los otros chocan: saltan chispas. Quienes sienten la idea de España -fuera o dentro de Euskadi- consideran que los nacionalistas quieren aprovechar el río revuelto para lograr la independencia. Razón por la cual dedican buena parte de su esfuerzo diario a ponerlos a caldo. Del otro lado, quienes alientan la idea de Euskadi piensan que los españolistas jamás se han apeado del caballo de Santiago Matamoros, y que hasta preferirían la vuelta al tiro, la goma 2 y el secuestro con tal de que nadie les llegue a tocar su sagrada unidad de la Patria.
Situado tantas veces geográficamente entre los unos y los otros, sé que ninguna de las dos cosas es totalmente verdad. Tampoco enteramente incierta. Todo tiene más vueltas y más revueltas. Todo es más potencialmente maleable. Todo es, en último término, tratable. Siempre que se dejen las vísceras para digerir y se use el cerebro para pensar.
No es verdad que los nacionalistas vascos tradicionales -me refiero a los dirigentes del PNV y de EA- quieran aprovecharse del proceso de paz para obtener de matute la independencia. Quieren la paz. Sinceramente. Sobre todo. Por supuesto que también aspiran a cotas más elevadas de autogobierno: si no, no serían nacionalistas.
Más dudoso es que sueñen con la independencia, por lo menos en el sentido tradicional de la palabra: con sus fronteras, sus Fuerzas Armadas propias y su sitio en la ONU. Y todavía más dudoso -pero que mucho más dudoso- es que se piensen que ese sueño es realizable en el actual escenario europeo.
Tampoco es verdad que la mayoría de los partidarios de la unidad de España en su sentido más tradicional -más centralista- estén dispuestos a liarse a bofetadas para mantenerla intangible. Quizá me equivoque -apelar a la razón obliga a relativizar también las propias percepciones-, pero no veo yo ninguna sangre serbia en las venas de España: aquí lo que la gente piensa mayormente es si podrá salir de fin de semana, o si queda con los amigos para echar una partida, o si estará bien tal peli o tal otra, o si Menganita o Zutanito le harán al fin caso.
Hay demasiada declaración enfática, demasiada víscera de escaparate. Pero la trastienda colectiva es, en realidad, mucho más propicia al arreglo, al entendimiento, a la paz. El problema quizá esté en los escaparatistas profesionales.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/11 07:00:00 GMT+1
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1999/02/10 07:00:00 GMT+1
El candidato a Dios sabe qué, Josep Borrell, dedicó lo esencial del tiempo que pasó ayer con José María Aznar en La Moncloa a tratar de convencer al presidente del Gobierno de la conveniencia de celebrar un debate monográfico en el Parlamento sobre el proceso de pacificación en Euskadi. Quería que le regalara una ocasión para lucir su palmito.
Lleva tan rematadamente mal el ridículo que hizo hace casi un año en eso que llaman pomposamente «el debate sobre el estado de la Nación», que vive sin vivir en él, soñando con quitarse la espina. Pero Aznar -que es muchas cosas, pero no tonto-, le dijo que nanai. Y se fue con el chasco.
Seguro que oyen ustedes contar la entrevista de ayer de otro modo, con muchas referencias floridas a la política penitenciaria, los fondos de cohesión y yo qué sé qué más. Háganme caso: lo único que Borrell abordó con verdadero entusiasmo ante Aznar fue la cosa del debate monográfico. O sea, su cosita particular.
Es difícil imaginar mayor bajura de miras. Con todo lo que está por delante en estos tristes tiempos, y él obsesionado con su carrera.
Daría pena, si no diera asco.
Si la gente del PSOE cree que con este caballerete relamido va a a algún lado -excluida la cárcel de Guadalajara-, se equivoca: lo que va es de cráneo (y no se tome esta expresión como una torcida referencia al caso Lasa y Zabala: ésos son otros cráneos).
Nuevo retrato del verdadero rostro de este Borrell: el viernes pasado vetó la presencia del economista y dirigente de Izquierda Unida Juan Francisco Martín Seco en un acto público.
Se trataba de la presentación de un libro del ministro alemán de Finanzas, Oskar Lafontaine, acto en el que Juan Francisco Martín Seco pintaba bastante, porque es el autor del prólogo. Alfonso Guerra, también invitado, aceptó sin oposición alguna la compañía del buen economista (y aún mejor persona). Pero Borrell la rechazó de plano: si estaba Martín Seco, él no acudiría de ningún modo. Al final, Martín Seco declinó acudir, y santas pascuas.
¿Qué agravios tiene Josep Borrell contra Juan Francisco Martín Seco? Que ha escrito cien veces, negro sobre blanco, que es un puro bluff. Un vendepeines. Y no muy bueno, ni siquiera en eso.
Pero Borrell no admite la crítica. Constituye una tediosa mezcla de inutilidad pomposa y soberbia.
Si éste es la alternativa, quizá hiciera bien el PSOE en volver a González. Era igual de engreído, pero disimulaba mejor.
Borrell es más de lo mismo, pero en mucho más cutre.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/10 07:00:00 GMT+1
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1999/02/06 07:00:00 GMT+1
La publicidad de Radio 5, de RNE, asegura que en sus informativos no se incluyen opiniones: «Nosotros le damos las noticias. Las opiniones las pone usted», dice, por sobre poco más o menos, uno de sus anuncios promocionales.
Hace ya muchos años que sé que no existe el periodismo del hecho desnudo. Todas las opciones que lleva implícitas la información (qué se considera noticiable y qué no, qué aspectos de la noticia se ponen por delante, cuáles se dan como secundarios y cuáles ni siquiera se mencionan, etcétera) están impregnadas de ideología.
Pero todo en esta vida admite grados. Hay noticiarios de la radio que están tan entreverados de opinión -no digo tertulias: hablo de noticiarios- que más que espacios informativos parecen sesiones de adoctrinamiento.
Hay mucha gente a la que eso le gusta. Imagino que necesitará que la adoctrinen. O quizá sea que está muy de acuerdo con lo que escucha y se siente reconfortada oyéndoselo decir a otro.
No es desde luego mi caso. Para empezar, no soporto que intenten adoctrinarme. Y además rara vez estoy de acuerdo con la doctrina que tratan de endilgarme.
Algunos despotrican contra las tertulias. No sé por qué: que no las escuchen, y asunto concluido. Pero los programas informativos son necesarios, si se quiere saber lo que pasa. Es en esos espacios en los que la ausencia descarnada de imparcialidad me saca de quicio.
Por eso escucho Radio 5. Me refugio en ella. Sus informativos reducen al mínimo los mítines. No es que no los lleven implícitos, pero cabe catalogarlos como de baja intensidad, conforme a la expresión de moda. Te cuentan lo último que ha soltado Arzalluz, pero no se sienten obligados a ponerlo de paso de vuelta y media. Te dan el dato del paro, pero no te meten obligatoriamente acto seguido el rollo justificativo del ministro. Te dicen que Carles Moyà ha ganado una final de tenis, pero no te largan luego un largo exordio sobre la gloria que eso supone para España.
Decía que suelo refugiarme en la relativa asepsia informativa de Radio 5, lo mismo que tantos otros alérgicos al mitin a traición.
Debería haber dicho que solía. La dirección de Radio Nacional de España ha decidido unificar los informativos horarios de Radio 5 con los de la 1. Adiós a las noticias sin perifollos político-ideológicos.
Afirman que lo van a hacer para economizar. Supongo que estarán pensando en las economías del PP (y del PSOE, en la considerable cuota parte que le conceden).
Ya me extrañaba a mí que no sacaran tajada también de eso.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/02/06 07:00:00 GMT+1
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