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1999/02/03 07:00:00 GMT+1

La invasión

El Tau de Vitoria ganó el lunes la Copa del Rey de baloncesto. A decir verdad, con todo lo que yo ignoro sobre ese deporte -como sobre tantos otros- se podría escribir un tratado completísimo, pero eché una ojeada al partido, maravillado por lo mucho que corrían aquellos muchachos: iban y venían a escape, como posesos.

En ésas estaba, entre admirado y envidioso, cuando de repente se produjo un tiempo muerto. Los jugadores se juntaron en estrecho conciliábulo con sus respectivos entrenadores. La cámara y el micrófono de la tele se acercaron al grupo de los de Vitoria. Lo que oí me dejó estupefacto: ¡hablaban en inglés! No me lo creía: «¿Y éste es el equipo de Vitoria? ¿Y qué hace Unidad Alavesa, adalid de la lengua castellana, que no pone el grito en el cielo?», exclamé para mí. Pero a Unidad Alavesa no le inquieta el inglés. Sólo el euskara.

Ahora especulan los entendidos con la posibilidad de que el Banco Bilbao Vizcaya realice una fusión importante, rebase al Santander y se convierta en la principal entidad financiera del país. «¿Qué pensaría el Gobierno si el banco más fuerte de España fuera vasco?», oí que le preguntaban el otro día a no sé qué ministro. Me entró la risa.

El presidente del BBV, Emilio Ybarra, dio anteayer respuesta cumplida a la pregunta: «Siempre hemos sido un banco español. Ahora somos ya un gran grupo multinacional». Los jefes del BBV tienen su sede central en Bilbao sólo porque, gente sensata, odian las mudanzas. Y porque hoy en día cada vez importa menos el lugar físico desde el que se manda.

Pero a nadie le parece mal que el BBV diga que ya no es español, sino multinacional. Lo que no le tolerarían en absoluto es que se proclamara vasco.

Es curioso cómo hay gentes capaces de sentir una prevención constante hacia los nacionalismos periféricos y, a la vez, una perfecta indiferencia hacia el predominio creciente de las multinacionales. ¿Que en un barrio de Barcelona hay dificultades para estudiar en castellano? Montan el pollo. Pero existen urbanizaciones enteras de la Costa del Sol en las que hasta las reuniones de la comunidad de propietarios se hacen en inglés. Si no hablas guiri, vete a vivir a otra parte. Pero nadie protesta. Bueno, sí: yo. Pero como si nada.

El otro día, en una tienda de comestibles de Madrid, vi a una anciana rechazar una margarina porque era de marca vasca. «Yo no doy dinero a malos españoles», dijo la mujer muy seria. Y cogió una margarina... francesa. Porque, como es bien sabido, los franceses son magníficos españoles.

Qué gente. Me fascina.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de febrero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de febrero de 2012.

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1999/01/30 07:00:00 GMT+1

El problema de Navarra

Lo primero que se requiere para estar en condiciones de resolver cualquier problema es ser consciente de que el problema existe. Lo segundo, querer solucionarlo.

Parece de Pero Grullo -y en realidad lo es-, pero hay gente que no lo tiene en cuenta.

Muchos políticos de Navarra niegan que haya un problema de Navarra. «Nosotros no tenemos ningún conflicto. Lo único que necesitamos es que nos dejen en paz», dicen.

Cierran los ojos al hecho de que una parte sustancial del pueblo de Navarra -sobre todo de su mitad norte, pero no sólo- se siente, se sabe vasca.

«Bah: los partidos nacionalistas vascos obtienen una proporción de votos muy minoritaria dentro de la comunidad foral», replican. Pobre argumento: como si sentirse vasco obligara a votar a los nacionalistas. Reconocerse vasco no presupone ninguna opción política particular: ni en Bilbao, ni en Lesaka, ni en Biarritz. Pregunten a los naturales de Baiona si se consideran vascos: el sí rozará el cien por cien. Sin embargo, muy pocos de ellos dan su voto a un partido nacionalista.

Se equivocan quienes niegan el importante tanto de vasquidad de Navarra, como se equivocan los que toman ese tanto por el todo y sostienen que Navarra es tan vasca como Guipúzcoa.

Navarra tiene una población diversa: una parte se considera vasca; otra, vasco-navarra, otra, navarra en exclusiva.

Es una realidad contradictoria y, por ello mismo, conflictiva.

«Los navarros sabemos que no tenemos nada que ver con el País Vasco», oigo decir a un dirigente de UPN. Y , entonces, ¿qué ocurre con los que no tienen claro eso, o tienen claro todo lo contrario? ¿Que no son navarros? El mismo exclusivismo que critican en los jelkides del PNV cuando a veces se expresan como si los vascos no nacionalistas no fuéramos vascos, lo exhiben ellos en su afirmación navarrista.

Hay un problema de Navarra. Si quisieran solucionarlo, los unos y los otros, admitirían que la salida no puede pasar ni por la negación del componente vasco de Navarra ni por su integración pura y simple en la Comunidad Autónoma Vasca. Que se impone hallar formas de relación positiva entre ambas comunidades que resulten válidas para los navarros que se sienten vascos sin resultar molestas para los que no.

Pero para plantearse esas vías hace falta desear que el problema se resuelva. Y me temo que hay algunos -pescadores de aguas revueltas- que prefieren que no se solucione, porque viven de él.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de febrero de 2011.

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1999/01/29 07:00:00 GMT+1

Hablar / callar de Euskadi

Contacto con un fontanero para que haga una pequeña reparación en mi casa. Viene. Pronto compruebo que es un hombre muy simpático, cosa que debería haber dado por supuesta, puesto que ha venido, y además a la hora fijada, en vez de darme plantón, según la muy acendrada costumbre de la mayoría de los de su gremio.

Mi insaciable curiosidad por los arcanos de las manualidades me empuja a quedarme cotilleando su trabajo. Para disimular, le doy conversación.

-Y usted, ¿de dónde es? -me pregunta al cabo de un rato.

-De San Sebastián -confieso.

-Bonita ciudad. Tengo muy buenos amigos allí -replica. Y tras una breve pausa:

-Y qué, ¿cómo cree usted que acabará aquello?

Aquello.

Voy al médico. Rellena mi ficha.

-¿Natural? -me pregunta.

Reprimo las ganas que me entran de castigar su laconismo contestándole: «No; artificial». A cambio, le doy el dato que espera.

-Hombre, San Sebastián. Qué ciudad tan bonita. Mis mejores amigos son de allí.

Está claro que San Sebastián es una ciudad muy bonita y que todo el mundo tiene grandes amigos en ella. Empiezo a sospechar que los donostiarras decidieron dedicarse en masa a las relaciones públicas en cuanto me fui. Quizá lo hicieron para rentabilizar mi marcha.

Me sonríe con abierta simpatía el doctor:

-Y qué, ¿cómo ve aquello?

Jopé, otro.

Aquí hay algo que no funciona. De un lado, escucho en la radio a montones de oyentes cabreados, que se quejan amargamente de que en las tertulias políticas sólo se habla de Euskadi, y, de otro, me topo cada dos por tres con gente empeñada en que pronuncie sobre la marcha largas peroratas acerca de las posibles derivaciones del contencioso de marras.

¿En qué quedamos? ¿Interesa? ¿No interesa?

Me pregunto si de lo que estarán cansados los oyentes de la radio no será tanto de que siempre se hable de lo mismo, sino de que siempre se diga lo mismo. Se repiten las mismas condenas -y los mismos insultos- hasta el más mortal de los aburrimientos. Y no sólo en las tertulias: hasta en los noticiarios. Ningún intento de comprender el criterio ajeno. Ni el más mínimo intento de explicar. ¡Pero si hasta a los ministros de Aznar los tratan cual peligrosos filoseparatistas!

Tal vez Euskadi interese. Quizá lo que aburran sean los mítines.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de enero de 2012.

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1999/01/23 07:00:00 GMT+1

Tiene bemoles

El parlamentario vasco José Antonio Urrutikoetxea, más conocido por Josu Ternera, ha sido elegido por Euskal Herritarrok (EH) para representar a la coalición abertzale radical en la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara autonómica.

El comentario ha sido general: “¡Tiene bemoles! ¡Un exjefe de ETA, vigilante de los derechos humanos!”.

Sí, tiene bemoles.

Pero no son los bemoles del suceso lo que más me inquieta. A decir verdad, hay tantísimas cosas que tienen bemoles, tantísimos bemoles, que he acabado por tomarme los bemoles como un dato fijo del paisaje.

Por ejemplo, y sin ningún ánimo exhaustivo: tiene bemoles que Barrionuevo estuviera al frente de la Comisión Constitucional del Parlamento de Madrid. Tiene bemoles que ahora se encuentre libre, y tan pancho.

Tiene bemoles que Rodríguez Galindo, acusado de asesinato, no esté en la cárcel.

Tiene bemoles que Fraga sea presidente de Galicia. De Galicia o de donde sea.

Tiene bemoles que Martín Villa se esté forrando como empresario.

Tiene bemoles que González se haya ido de rositas.

Tiene bemoles que Rosa Díez acuse a Ibarretxe de gobernar con el respaldo de un partido que no condena la violencia, cuando el PNV gobernó durante muchísimos años en coalición con otro partido -el de Rosa Díez, precisamente- que practicaba el terrorismo de Estado. Tiene bemoles que el PNV hiciera eso y farde ahora de ser el azote de los GAL...

Y no sólo tienen bemoles las cosas de la política. También las de la economía.

Tiene bemoles que varios de los mayores prebostes de la Banca española se encuentren entre los que menos cotizan a Hacienda.

Tiene bemoles que, cuando un banco se ve en apuros, tengamos que sacarlo a flote entre todos, socializando sus pérdidas, pero que cuando va viento en popa sus ganancias sean privadísimas.

¿Sigo con los bemoles? Podría llenar varias páginas con bemoles y más bemoles. Y eso sin salir de España, que si ampliara el radio a todos los bemoles del planeta, entonces necesitaría el periódico entero, anuncios breves incluidos, y aún me faltaría espacio.

Lo de menos son los bemoles. Lo de más, que EH haya creído que gana algo con esa provocación.

En todo proceso de paz -en toda negociación-, es esencial que cada bando facilite las cosas al oponente. Que allane el camino.

EH se resiste a hacerlo.

Quizá tenga bemoles, pero está desafinando.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de enero de 2011.

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1999/01/20 20:00:00 GMT+1

Lizarra: antecedentes y perspectivas del proceso de paz en Euskadi

Conferencia pronunciada en Moratalaz (Madrid) el 20 de enero de 1999. Pronuncié esta breve alocución por invitación de la organización de Izquierda Unida del barrio de Moratalaz, en Madrid, a comienzos de 1999, cuando el proceso de paz en Euskadi parecía marchar viento en popa. Tiene cierto interés para ver cómo encarábamos algunos aquella situación, sobre todo a la vista del desarrollo posterior de los acontecimientos.

El llamado Foro de Lizarra, o más frecuentemente por aquí Pacto de Estella, nació, como seguramente ya sabéis, por iniciativa de diversas organizaciones políticas, sindicales y pacifistas que se propusieron analizar la experiencia irlandesa para comprobar si cabía extraer de ese proceso de paz alguna enseñanza aplicable al conflicto que se vive en Euskadi.

Al punto surgieron muchas voces de protesta, que argumentaron que las situaciones de Irlanda del Norte y Euskadi son totalmente diferentes, y que sería un disparate homologarlas. Por supuesto que hubiera sido una tontería poner las realidades socio-políticas de ambos países en el mismo plano, pero nadie pretendía eso. De lo que se trataba era de analizar cómo se había conseguido poner en marcha la iniciativa de pacificación irlandesa, para ver si algo de lo hecho allí -algo, poco o nada- era aplicable al caso vasco.

Mucho se ha hablado de ello, y a veces muy bien, pero hay dos diferencias esenciales entre ambos conflictos que no siempre se han tenido suficientemente en cuenta.

La primera estriba en que los republicanos de Irlanda del Norte están respaldados, en una u otra medida, no sólo por la República de Irlanda, sino también por los poderosos círculos de origen irlandés de los Estados Unidos. Eso les facilitó en muy buena medida la internacionalización del proceso de paz, en el que el propio presidente de los Estados Unidos, William Jefferson Clinton, está jugando un papel de primera importancia, ayudando a vencer no pocas de las resistencias británicas.

Los nacionalistas vascos -radicales o no- carecen, en cambio, de padrinos con peso internacional. Por eso sus intentos de internacionalizar el problema han resultado tan infructuosos.

La segunda diferencia, aún más clave, estriba en el tipo de relaciones existentes entre el Sinn Fein y el IRA, de un lado, y Herri Batasuna y ETA, del otro. En el caso irlandés, estamos ante una organización política que tiene un brazo armado; en el vasco, ante una organización armada que tiene un brazo político. Con todos los matices que se quiera -que desde luego son necesarios-, puede decirse que en el bando republicano irlandés quienes mandan son los políticos, en tanto que en el caso del MLNV quienes tienen la batuta son los activistas armados.

Luego volveré sobre alguna de las consecuencias que ha tenido y sigue teniendo este factor.

Pero regresemos a Lizarra/Estella. Decía que aquel foro se reunió por iniciativa de diversas organizaciones políticas, sindicales, pacifistas, etc. Entre ellas, HB y otras de la Koordinadora Abertzale Sozialista (KAS). Esa fue la principal novedad del evento: que, por vez primera, los factótum del MLNV se avinieron a discutir las bases de una plataforma política no previamente dictadas por ellos.

Hasta entonces, habían publicitado muchas iniciativas que se decían de paz: unas muy ilusorias, otras algo más realistas (entre ellas, la del célebre vídeo que llevó a la cárcel a la anterior Mesa Nacional de HB). Pero todas venían pura y exclusivamente de su mano: a las demás fuerzas políticas, no les quedaba sino apoyarlas o rechazarlas. Con lo que las rechazaban, o simplemente no las tenían en cuenta. En esta ocasión, en cambio, aceptaron sentarse a debatir sin condiciones previas. Y aceptaron hacerlo con partidos a los que hasta entonces habían estado poniendo de vuelta y media, acusándolos de ser renegados de la causa vasca: caso del PNV, caso de EA. Porque por aquí siempre se habla de lo problemático que es para el PNV, EA, Ezker Batua o Gesto por la Paz sentarse con HB, pero no se tiene en cuenta lo conflictivo que resulta también para HB hacer lo propio, después de haberse pasado años diciendo que los dirigentes de esas organizaciones son un hatajo de vendidos al Estado español.

¿Por qué se produjo ese giro en HB? O, mejor: ¿por qué ETA admitió que HB diera ese giro? O, todavía mejor: ¿por qué ETA y HB convinieron en darlo y ambas lo dieron de consuno, cada una en su propio terreno?

Esta pregunta no tiene una respuesta única. Todos hemos escuchado algunas muy rotundas.

Asegura el Gobierno de Aznar, por ejemplo, que lo ocurrido es fruto del debilitamiento de la organización terrorista, que ha recibido durísimos golpes tanto en España como en Francia, gracias a la eficacia de las fuerzas del orden españolas y a la colaboración de las autoridades políticas y judiciales del país vecino. Y es cierto que eso ha influido: ETA ha recibido golpes muy duros en su estructura organizativa y financiera. Pero también es verdad que ningún golpe de los que ha encajado en los últimos tiempos ha sido tan contundente como el que recibió su dirección en Bidart hace ya años, en tiempos del glorioso Luis Roldán. Y consiguió rehacerse y volver a la carga con los contundentes efectos que todos conocemos.

Añaden Aznar, Mayor Oreja y muchos más que otro factor decisivo ha sido el aislamiento político y el hostigamiento social que sufrió el MLNV a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Lo cual también es exacto, pero, también en este caso, sólo en parte. La movilización puesta en marcha cuando el llamado espíritu de Ermua impresionó y desconcertó al MLNV. Pero tampoco conviene olvidar que esa tensión, de base política muy frágil, descendió enseguida, y apenas robó base social al abertzalismo radical, según reflejaron todos y cada uno de los sondeos de opinión, incluidos los más interesados.

Rechazan HB y ETA, por su parte, estos argumentos y aseguran que no es su bando el que está agotado, sino el de sus enemigos. Que el Estado español no ha conseguido acabar con su resistencia, que tampoco ha logrado solidificar el frente español, porque no ha conseguido que se sumaran a él plenamente los representantes políticos de la mayoría de la población vasca, y que eso ha abierto un nuevo campo de posibilidades a la lucha estrictamente política. Que de ningún modo retira la presión armada por incapacidad para continuar con ella, sino sólo para facilitar la creación de un frente mucho más amplio en pro de la soberanía vasca.

Lo cual tiene no poco de coartada, pero también su parte de verdad.

Lo que ha sucedido de hecho, en la práctica, combina todos estos elementos, y algunos más.

Para estas alturas, es una obviedad que ETA, por más que exhiba en sus siglas el adjetivo militar, no es una organización que se proponga objetivos militares. Sabe perfectamente que no puede derrotar al Estado español en el plano militar. Es -o ha venido siendo, hasta hace unos meses- una organización política que practica la propaganda armada. El fin de una organización de esas características no es «acabar con la fuerza viva del enemigo», según la brutal pero ajustada definición de Clausewitz, sino hostigarlo, impedirle vivir en paz, hacerle la vida insoportable, hasta lograr que ceda, en todo o en parte. O, mejor dicho: hacer la vida insoportable a la base social del enemigo, a la sociedad sobre la que se asienta, sembrar en ella el terror -de ahí que quepa hablar de terrorismo, no como insulto, sino como definición-, para que ésta presione sobre sus dirigentes y los obligue a desistir de continuar la lucha.

Que ETA ha hostigado a la sociedad española hasta granjearse el odio de la mayoría es un hecho que admite escasas dudas. Más discutible es que se haya hecho literalmente insoportable.

En mi criterio, la sociedad española ha dado muestra de estar en condiciones de soportar la violencia de ETA. De soportarla con dolor, con rabia, indignadamente... pero de soportarla. Un dolor insoportable es el que nos mueve a hacer lo que sea para quitárnoslo de encima. Hay gente que llega a suicidarse para escapar de ciertos dolores. La sociedad española no ha sentido nunca así el dolor de ETA. Es en ese sentido en el que debe entenderse la frase que Arzalluz siempre atribuye a Luis María Anson: «ETA es como una úlcera: molesta, pero no mata». Claro que mata, pero sólo a algunos. No a la colectividad. Por las mismas se podría decir que es como el automóvil: también mata, pero hemos llegado a acostumbrarnos a convivir con sus desastres.

Las movilizaciones convocadas tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco fueron un arma de doble filo. De un lado, sirvieron de respaldo al establishment, evidenciando el rechazo casi unánime que suscita ETA fuera de Euskadi. Pero, de otro, entrañaron un peligro: que ETA creyera que estaba empezando a volverse realmente insoportable. Pronto se vio, sin embargo, que aquel fenómeno tenía un importante componente mediático: como la solidaridad con Uganda, o con Centroamérica, estalló, se recreó en sí misma durante un tiempo... y pasó a desvanecerse. ETA se dio cuenta de que su acción también podía ser un espectáculo de usar y tirar, de los tantos que existen actualmente. No había hecho más que arañar la piel del enemigo.

¿Que ETA optó por la tregua como resultado de su desgaste? Por supuesto. Pero no en el sentido en que tantas veces se dice.

Se ha afirmado una y otra vez en los últimos años que ETA había convertido el terrorismo en un negocio, al modo de la Mafia. Es una perfecta estupidez. Todo joven vasco que decidía entrar en ETA sabía que su futuro a medio plazo -a cinco o siete años, más o menos- tenía dos posibilidades casi únicas: o morir o ir a la cárcel. Vaya negocio. Vaya negocio vivir en la clandestinidad, siempre escondido, siempre acechado, esperando el golpe. Algo así se puede soportar a base de mística y de fanatismo, sin duda. Pero la mística y el fanatismo también necesitan un caldo de cultivo adecuado. Bajo el franquismo, la realidad social propiciaba esa mística. Ahora, no. Ahora -hace unos meses- el activista de ETA abría los ojos y veía que la gran, la inmensa, la abrumadora mayoría del pueblo vasco -incluyendo a la gran, la inmensa, la abrumadora mayoría de los simpatizantes de su propia causa- se dedicaba a vivir su vida. Una vida a veces problemática, pero a menudo también muy agradable, porque la calidad de vida en Euskadi es, sin duda, una de las más altas del mundo. Y veía que las masas distaban de estar movilizadas: que de tanto en tanto, sí, se manifestaban algunos miles, incluso bastantes miles, pero que cada vez eran menos; y que los llamamientos a la huelga general encontraban eco más y más apagado, como tras el encarcelamiento de la Mesa Nacional de HB; y que los votos recogidos en las urnas descendían también más y más en número...

En suma: ETA fue apercibiéndose de que el suyo era un proceso de decadencia continua. Nada vertiginosa, desde luego, pero sí sistemática. Que la curva de su tendencia apuntaba a la baja, lenta pero inexorablemente. Que seguir por la misma vía sólo podía llevarle -tal vez no en unos pocos años, pero sí en un plazo no muy largo- a la extinción pura y simple. A una derrota tan amarga en lo personal como estéril en lo político.

A la vez, comprobaba que el campo nacionalista no violento, lo mismo que ciertos sectores no nacionalistas pero políticamente críticos con respecto al Estado español, con un nivel de incidencia social relativamente alto, se le distanciaban por culpa de la violencia. Que se estaba aislando más y más de todo ese conjunto social -que no es exclusivo de Euskadi, pero que allí tiene una extensión desconocida en otras zonas de España- por estar intentando forzar la unidad sobre unas bases inaceptables para los demás.

Empezó así a asumir lo que algunos habíamos dicho ya hacía mucho: que su terrorismo no sólo era éticamente repugnante; que también, y para más inri, resultaba totalmente contraproducente para sus propios fines. ETA no asumió la primera parte de nuestra reflexión, desde luego, pero sí se fue acercando más y más a la segunda.

Fue así como se abrió paso en su dirección la hipótesis de una tregua indefinida e incondicional. Hipótesis que, asumida a finales de la primavera del pasado año, se fue perfilando en diversas consultas con algunas fuerzas políticas. Lo cual, una vez confirmadas las posibilidades a las que podía dar lugar, cristalizó finalmente en el anuncio público de la tregua.

Esto en lo que a ETA concierne. Refirámonos ahora brevemente al otro bando.

Los responsables del Estado español también son conscientes desde hace años del sentido descendente de la curva evolutiva de ETA. De la práctica inevitabilidad de su derrota. Pero a los políticos profesionales no les basta con que gane su causa; quieren vencer ellos, personalmente.

Desde la transición, todos los gobiernos que ha habido en Madrid han soñado alternativamente con ser el cirujano que cortara el problema de ETA por lo sano y con ser el médico que descubriera el medicamento adecuado para curar el mal sin traumas mayores. Todos han deambulado, con sus esperanzas a cuestas, entre la represión y la negociación. Entre los crímenes de los GAL y las conversaciones de Argel, por poner los ejemplos más extremos.

El Gobierno de Aznar no ha sido una excepción.

Es cierto que Aznar podía aspirar a mantenerse en el poder aunque el terrorismo siguiera presente: no suponía para él un obstáculo insuperable. Incluso, en la medida en que ETA dio un giro a su táctica y empezó a matar concejales del PP, podía sacar partido electoral de la desgracia, beneficiándose de la simpatía popular que suscitan las víctimas (sabido es que, como dijo Su Excremencia el Jefe del Estado anterior cuando murió Carrero Blanco, «no hay mal que por bien no venga»). Así como en las ambiciones de Mayor Oreja sí figuraba desde 1996 jugar un papel de primer orden en la búsqueda de una solución negociada al largo conflicto vasco -aunque luego los acontecimientos lo hayan empujado por otros derroteros-, las ambiciones de Aznar no incluían en absoluto pasar a la Historia por su papel decisivo en el conflicto de Euskadi.

Estoy en condiciones de afirmar que, de hecho, la declaración de tregua unilateral de ETA le pilló totalmente por sorpresa. Se quedó muy desconcertado, y tardó bastantes horas en darse cuenta de que, bien mirado, se le abrían posibilidades altamente prometedoras.

Lento de reflejos pero eficaz rumiante, acabó apercibiéndose de la baza histórica que el destino ponía en sus manos. Y decidió jugarla.

Desde el pasado septiembre, ya no es cuestión para él solamente de vencer en las próximas elecciones. Quiere escribir su nombre con letras de oro en el libro de la Historia. Aznar, El Pacificador, con mayúsculas. Aznar, el que triunfó donde fracasaron todos los demás. Aznar, el que venció donde Felipe González salió derrotado, y poco menos que procesado.

Claro que sabe que conseguir tal cosa también le aportaría réditos electorales, y no pocos. Pero ese objetivo ha pasado a ser secundario para él. Ha visto que la paz es posible, y quiere lograrla.

Es todo este conjunto de factores, visto el asunto de un lado y del otro, el que me lleva a la conclusión de que existen bastantes posibilidades de que se llegue a un acuerdo de paz.

El acuerdo es doblemente posible en la medida en que para ETA el cese de la violencia armada no es el fin, no es la estación de llegada, no es la última moneda que saca de la caja antes de declararse en quiebra, y a ver qué concesiones políticas consigue comprar con ella, sino sólo el nuevo escenario de una lucha que ve más amplia y más prometedora. Al menos en la concepción que de la tregua tienen los dirigentes más lúcidos del MLNV, ETA y el Gobierno deben limitarse a negociar exclusivamente las condiciones del cese de la violencia: la salida de los presos, el regreso de los exiliados y la reintegración de los unos y los otros en la vida civil, en condiciones que no se asimilen a una rendición. Lo cual no puede decirse que sea poco, en absoluto, pero deja fuera, en todo caso, las cuestiones específicamente políticas: la autodeterminación, el porvenir de Navarra, las relaciones con el País Vasco situado del lado francés, etc. No pretenden que nada de eso esté sobre la mesa de la negociación entre ETA y el Gobierno. Esas serán cuestiones a plantear, a reivindicar y a negociar, pero en el terreno político. Por los políticos.

 

Aclarado lo cual..., casi todo sigue entre tinieblas, en realidad.

Porque, junto a estos elementos que empujan hacia la paz, hay otros muchos que la dificultan.

Por ejemplo: acabo de referirme a «los dirigentes más lúcidos del MLNV». Pero esos dirigentes se encuentran, sobre todo, en el lado político del MLNV, es decir, en la nueva Mesa Nacional de HB, en la dirección de Euskal Herritarrok y en LAB. No estoy seguro de haya muchos de ese estilo en el Comité Ejecutivo de ETA. Ahora bien, como he dicho al principio, una característica clave del MLNV, que lo diferencia del bando republicano en Irlanda del Norte, es la subordinación del brazo político al brazo armado del movimiento. Lo cual puede dar origen a disfunciones que hagan chirriar el proceso, incluso gravemente. Así, hay motivos para creer que la actual campaña de kale borroka, de lucha callejera, ha sido ordenada por ETA a las organizaciones juveniles del MLNV directamente, sin pasar por HB, y aún menos por EH. Tal parece que ETA quiere dejar claro que una cosa es la tregua y otra muy diferente la paz, para impedir de ese modo que el Gobierno se acomode a la nueva situación y dilate deliberadamente el proceso. Pero la táctica elegida está sembrando la discordia entre los firmantes del Acuerdo de Lizarra, con lo que el remedio aplicado les está resultando bastante más perjudicial que la hipotética enfermedad.

En general, un problema grave con el que va a toparse una y otra vez el MLNV es el de la impaciencia. Ya hay en su seno quienes consideran que la tregua equivale a ceder mucho a cambio de nada -ponen como evidencia que han pasado ya cuatro meses desde que la declararon y que ni siquiera han conseguido el acercamiento de los presos- y defienden que tal vez fuera preferible volver a los viejos métodos.

No hay que excluir incluso que esa tensión pueda materializarse en alguna escisión dentro de ETA, lo que resultaría singularmente delicado.

Los peligros que corre el Gobierno no son menores. He dicho que Aznar tiene la firme voluntad de pasar a la Historia como el pacificador de Euskadi. Pero hay que añadir que está decidido a hacerlo igualmente como el preservador de la unidad de España. Le aterroriza abrir la caja de los truenos del separatismo. En consecuencia, está dispuesto a conceder muy poco. En consecuencia, quiere administrarlo al máximo.

Además, es hombre de prudencia extrema, casi enfermiza: sólo da un paso cuando está totalmente convencido de que debe darlo, y tras estudiar por activa y por pasiva sus consecuencias. Y no concede nada hasta persuadirse de que está obligado a hacerlo. Doblemente, en este caso.

«¡No se mueve!», clamaba ayer Arzalluz. Y es verdad. Su meta última -que no haya más muertos- ya la tiene en sus manos, a efectos prácticos, aunque no esté sellada en ningún acuerdo. De modo que no tiene la más mínima prisa. Él se escuda en que ETA no le ha señalado todavía ningún interlocutor. Pero sabe que podría avanzar, y no lo hace. Está decidido a no conceder oxígeno a los dirigentes del MLNV hasta constatar que, si no lo hace, se le ahogan. Quiere tenerlos permanentemente al borde de la asfixia, y sólo darles aire in extremis. Es un juego muy peligroso.

No es su único juego. También está convencido de que puede coger a los otros partidos, y sobre todo al PNV, en una pinza. Dejar que Euskal Herritarrok los cercene por la izquierda y encargarse él de robarles terreno por la derecha. Conseguir que la vida política vasca tenga sólo dos interlocutores, el Gobierno y EH, y que los demás se encuentren fuera del mapa, pisando en falso.

De modo que los riesgos son muchos, y acechan por todas partes.

Pero no perdamos la perspectiva. Ahora hay riesgos; hace nada, apenas ayer, lo que había era muertos, heridos, mutilados. Y ningún horizonte. Queda aún mucho por andar, pero es también mucho lo que se ha avanzado.

Nota de Ortiz al publicar unos meses después esta conferencia en su vieja web. Por desgracia, los peligros a los que me referí en aquella ocasión son los que han marcado la evolución de los acontecimientos, imponiéndose a las posibilidades positivas. Por ambos bandos. ¿Podrá desandarse el camino mal andado? No parece factible a corto plazo. En todo caso, las piezas manejadas en este análisis siguen presentes en la realidad.

Javier Ortiz. (20 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/20 20:00:00 GMT+1
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1999/01/20 07:00:00 GMT+1

¡Pues mira que tú!

Desde remotos tiempos -uno va teniendo ya cierta edad- he venido quejándome del muy celtibérico hábito de replicar a las críticas poniendo de vuelta y media al crítico.

Las críticas, una vez formuladas, son independientes del crítico. Si a un tipo lo acusan de asesino, y quien lanza la acusación prueba que habla con fundamento, da igual que sea Jack el Destripador o San Francisco de Asís: habrá dado en el clavo. En todo caso, si el acusado demuestra que quien le ha denunciado es otro criminal, lo que dejará claro es que los dos merecen idéntico castigo, no que a él le quepa eludirlo.

Sencillo, ¿no? Pues no. La gran mayoría de los políticos españoles se piensan que, para responder a una crítica, basta con señalar las pifias semejantes cometidas por quien lo acusa. Es el recurrente, deshonesto, fastidioso y -ya digo- muy celtibérico "¡Pues mira que tú...!".

Debidamente denunciada esa intolerable argucia, tan típica de nuestro país, voy a utilizarla. Eso sí, con moderación.

Juan Alberto Belloch criticó el lunes en el Congreso al actual ministro del Interior por la brutal actuación policial en el campus de Bellaterra. Tenía toda la razón. Pero... Me acuerdo de una feroz carga que realizó la Policía contra un grupo de jóvenes que estaban pacíficamente sentados ante el Auditorio de Madrid protestando contra la OTAN, poco antes de que llegaran varios jefes de Estado y Gobierno, de visita en la capital de España. La ví con mis propios ojos. ¡Cómo zurraron! ¿El responsable de aquella barbaridad? Juan Alberto Belloch.

¿Mayor Oreja, dices? ¡Pues mira que tú...!

Critican los dirigentes del PSOE la remodelación de Gobierno que ha hecho José María Aznar. Dicen que es "inmovilista". ¿Y quiénes osan lanzar esa acusación? Unos individuos que llevan en el mando de su partido mucho más que Aznar en el suyo y que, puestos a prefabricar una alternativa a su predominio, sólo son capaces de presentar a otro que lleva en el mostrador del chiringuito tanto tiempo como ellos.

¿Inmovilismo? ¡Pues mira que vosotros...!

Dicho lo cual, añadiré que, en efecto, lo que dijo Mayor Oreja sobre los sucesos de Bellaterra fue infumable, y que la "sorpresa" que anunció Aznar ha resultado, sobre todo, una demostración de que el Senado le importa una higa. ¡Toma ya: presidenta, Esperanza Aguirre!

Aunque, si reprocho a Aznar que desprecie el papel del Senado, siempre podrá salirme alguien que me diga: "¡Pues mira que tú...!"

Javier Ortiz. El Mundo (20 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de enero de 2013.

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1999/01/16 07:00:00 GMT+1

Políticos aparentes

Vivimos en el reino de las apariencias. También en la vida política. O, mejor dicho: sobre todo en la vida política. La opinión pública no juzga a los políticos por lo que hacen, sino por la imagen que dan.

Felipe González sigue viviendo de las rentas de su gracejo. El otro día un periodista le preguntó cómo encara el año recién entrado. Él, con esa sonrisa conejil que pone cuando quiere dar a entender que va a soltar algo muy inteligente, contestó: «Le voy a responder con lo que me dijo hace unas semanas una anciana andaluza: "A ver si el próximo año no nos es venidero"». A todos los presentes les hizo mucha gracia. A mí, maldita la ídem: me pareció una tomadura de pelo. Pero la mayoría lo tomó como otra irrefutable prueba de su bien conocido carisma.

Otro que saca espectaculares beneficios de su imagen pública es Jaime Mayor Oreja. Ha acertado a darse un apabullante aire de tipo razonable, moderado y lleno de buenos sentimientos. ¿Que luego ordena que su policía agarre a un grupo de inmigrantes, los drogue, los hacine en un avión y los deje tirados por ahí? Da igual: su buena fama neutraliza la realidad.

Hace Corcuera una así y aún están contándose chistes sobre lo bruto que es. Pero Mayor Oreja está blindado: da igual lo que haga.

Anteayer, en la Universidad de Bellaterra, la policía molió a palos a un grupo de estudiantes. Todo el mundo parece de acuerdo en que los antidisturbios se pasaron diez pueblos. ¿Han oído ustedes que alguien haya pedido cuentas al ministro del Interior? Nada: han puesto a caldo a la delegada del Gobierno y han pedido su cese, pero Mayor, tan ancho: como mucho, tendrá que responder a una pregunta en el Parlamento. A él no le salpica nada. Es intocable.

No le ocurre lo mismo, ay, a José María Aznar. De él podría decirse más bien lo contrario: su imagen de esfinge desangelada se encarga de contrarrestar todo amago de esplendor. Con la mitad de lo que Aznar ha conseguido, González se saldría de las listas de popularidad. Él, en cambio, se estanca. Cuando se pone serio, es como si estuviera esculpido en cartón piedra. Y cuando quiere sacar a relucir su gracejo, peor. Es tan salado que el peor de los hipertensos podría comérselo entero sin que su salud corriera el más mínimo riesgo.

Como yo también estoy mal fabricado, reacciono al revés que la mayoría: el salero de González me produce sarpullido, y me fío tanto de la bondad natural de Mayor Oreja como de la de José Barrionuevo. O por ahí.

Evaluados todos los factores de la cosa, prefiero lo de Aznar. Él, al menos, parece lo que es.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/16 07:00:00 GMT+1
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1999/01/13 07:00:00 GMT+1

Las dos violencias

Llama la atención Josep Borrell sobre la posibilidad de que la tregua de ETA esté sirviendo a los nacionalistas vascos como «una pura estrategia» para conseguir el derecho de autodeterminación.

Me temo que Borrell anda un poco despistado. Se plantea como posibilidad lo que es un hecho más que sabido: por supuesto que los nacionalistas vascos conciben la tregua como un modo de avanzar hacia la autodeterminación.

A Borrell eso le parece fatal. Tal se diría que no sólo le parece fatal pretender la autodeterminación, sino incluso tener una estrategia, quizá porque piensa más en inglés que en castellano.

Despistes y anglicismos aparte, lo que sugiere Borrell es de todos modos importante, incluso a su pesar. Porque al denunciar esa «pura estrategia» está dando por hecho que la autodeterminación es pura y simplemente implanteable.

Digo yo que convendría que se aclarara eso. No ya que lo aclarara Borrell, que probablemente no está para demasiados trotes, sino que lo aclaren el conjunto de los partidos españoles. Y el Gobierno, por supuesto. ¿Tiene espacio el independentismo vasco dentro de la legalidad española? No se trata de que digan eso de que «todas las posiciones pueden ser defendidas dentro de la legalidad». No es cuestión de poder defender, sino de poder obtener. ¿Aceptarían una eventual victoria democrática, en las urnas, del independentismo vasco? Porque, si la respuesta es negativa, entonces la conclusión que se impone es sencilla.

Tan sencilla como terrible.

Yo sí que aceptaría esa victoria.

Como vasco, puesto ante una proposición de independencia, votaría decididamente en contra. En las actuales condiciones, veo a esa perspectiva muchos más inconvenientes que ventajas. Es más: me consta que la mayoría de los vascos haría como yo. No hay tantos independentistas.

Pero eso no es lo fundamental. No defiendo el independentismo vasco. Defiendo el derecho de los independentistas vascos a tener las mismas posibilidades que los demás. Su derecho a presentarse ante las urnas y, en caso de vencer, a llevar su opción a la práctica.

Pero mucho me temo que esta posición mía no tenga demasiados partidarios, al menos fuera de mi propia tierra. Cuenta con un rato más la de Borrell: la que asume la unidad de España como dogma. La de quienes admiten en privado que, para evitar la independencia de Euskadi, apoyarían incluso que el Ejército entrara allí a tiro limpio.

Dije antes que todos los partidos deberían dejar clara su posición ante este asunto. Me lo he pensado mejor: tal vez sea preferible que no la aclaren.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/13 07:00:00 GMT+1
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1999/01/09 07:00:00 GMT+1

Haciendo la Pascua

Chusco, todo el lío que se montó el miércoles con las declaraciones del Rey en la Pascua Militar a propósito de la negociación con ETA. Media hora después de que Aznar advirtiera «por segunda vez», la mar de enfadado, en plan a la tercera va la vencida, de que la violencia callejera puede hundir el proceso de diálogo, Don Juan Carlos afirmaba que es necesario continuarlo «con generosidad».

Estoy seguro de que el Rey no tenía la más mínima voluntad de contradecir a José María Aznar. Lo más probable es que creyera que estaba opinando prácticamente lo mismo que el jefe del Gobierno. Yo, al menos, no le atribuí ninguna segunda intención. Es más: ni siquiera le atribuí una primera.

Habrá quien aduzca que estas cosas le pasan al Rey por no dejar al Gobierno la exclusiva de los asuntos políticos, o sea, por salirse del ámbito de sus competencias. Pero también eso se lo disculpo: yo tampoco sé muy bien cuáles son sus competencias. ¿Las que dice la Constitución? El otro día, Alberto Piris me hizo ver cuán paradójica se muestra nuestra llamada Ley de leyes a ese respecto: por un lado, convierte al Monarca en «mando supremo de las Fuerzas Armadas» pero, por otro, asigna al Gobierno la dirección de la Defensa. De lo que se infiere que el jefe del Estado es un subordinado del presidente del Gobierno. Puaf.

La verdad es que no sé muy bien cuál es la función de ningún jefe de Estado, excepción hecha de los de las repúblicas presidencialistas, que tampoco me gustan, pero por lo menos se sabe a qué se dedican. Se dice de reyes y similares que no deben caer en banderías políticas, porque lo suyo es representar al conjunto de los ciudadanos. Pero no hay ni un solo asunto político en el que esté de acuerdo toda la ciudadanía de un país.

Será culpa mía, pero de veras que, hoy en día, tal como están las cosas, se me escapa por completo la concreta utilidad social del Rey. Hay estados de la Commonwealth -caso de Canadá, de Australia, de Nueva Zelanda- que funcionan en la práctica sin jefe de Estado, y no parece que esa carencia les acarree el menor problema.

Eso que se ahorran, en dinero y en líos.

Ahora, y ya al margen de lo dicho por el Monarca: para chuscos, todos los esfuerzos posteriores que se hicieron intentando tapar lo sucedido. Hubo agencias que se apresuraron a anular la noticia y diarios que cambiaron lo que ya tenían escrito. Les asustó dar cuenta de la discrepancia.

Qué gente. Si actúan así con esta pequeñez, imaginen de qué no serían capaces si se tratara de una noticia realmente importante.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de enero de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/09 07:00:00 GMT+1
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1999/01/06 07:00:00 GMT+1

Elogio de los Reyes Magos

¿Reyes Magos o Papá Noel? Vieja polémica. Dicen los partidarios de la tradición anglófila que su opción es preferible, porque permite a los niños disfrutar más de sus juguetes durante el tiempo de las vacaciones.

El argumento me parece de un utilitarismo muy ramplón y lineal. Al contrario: una de las ventajas que le veo a que los juguetes les lleguen a los niños casi al término de sus vacaciones es precisamente que eso les da más margen para soñar.

No sé ustedes, pero yo al menos disfruto a menudo bastante más con las ilusiones y las fantasías que con las realidades concretas. El mejor momento de todo viaje, para mí, es el que se vive justo antes de empezarlo, cuando se miran las guías y los mapas, y se trazan los planes. En esos viajes imaginarios no hay maletas que pesen, ni el sol quema, ni el pasajero del asiento de al lado se empeña en relatarnos su tediosa existencia.

Uno de los atractivos que tenían de niño para mí los Reyes Magos era lo mucho que se hacían esperar. Eso me permitía imaginar que iban a ser espléndidos conmigo. Luego, llegada la mañana del 6, ya no había espacio para los sueños: ésos eran sus regalos, y ya no tenían vuelta de hoja. Allí estaban los consabidos calcetines, el Colt 45 de plástico, con su cartuchera -la odiaba: estaba hecha para diestros y, como yo soy zurdo, para cuando lograba desenfundar ya me habían matado media docena de veces-... y el consabido libro de cuentos de Guillermo Brown y los Proscritos (lo mejor de todo: los conservo como oro en paño).

Mucha gente de mi edad se declara frustrada porque nunca consiguió en su infancia que los Reyes Magos le regalaran un tren eléctrico. No se dan cuenta de que ese tren de su imaginación fue el mejor de los posibles. Sé de qué hablo: a mí sí que me trajeron un precioso tren eléctrico. ¡Creí estar en la gloria! Resultó un churro de regalo: como había electricidad de por medio, y hasta un complejo voltímetro, no me dejaban jugar con él. Sólo lo ponía en marcha mi padre. Para mí que me utilizó como excusa para regalárselo él.

Los Reyes Magos no sólo me enseñaron a soñar, sino también -y eso es lo que más tengo que agradecerles- a disfrutar de los sueños. Gracias a ellos aprendí a vivir imaginando que la vida podía ser mejor, y la gente feliz, y yo, de paso, también. Desde entonces no he dejado de soñar.

Todos los sueños. ¿Que no hay solidaridad humana, ni Justicia, ni paz? Imagino que una buena mañana abriré los ojos y me encontraré con que algún Rey Mago ha depositado todo eso y mucho más junto a mi zapato.

Es así como, mal que bien, voy sobrellevando la verdad.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/06 07:00:00 GMT+1
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