1999/01/02 07:00:00 GMT+1
La mayoría de los españoles se dice satisfecha con el nacimiento de la moneda única europea. Dudo mucho de que la mayoría de los españoles sepa realmente qué implicaciones tiene la instauración del euro. A decir verdad, es poco probable que lo sepan incluso los gobernantes que la han promovido: ellos mismos admiten que es grande el margen de incertidumbre que presenta su iniciativa. Pero, en todo caso, lo que es evidente es que el común de nuestros ciudadanos opina sobre este asunto con el mismo fundamento teórico con el que podría evaluar el grado de exactitud de la fórmula E = MC.
Le han bombardeado por tierra, mar y aire con las ventajas de la moneda única, pero eso no quiere decir nada. Para estas alturas, todo el mundo es consciente de que, cuando te cantan las excelencias de un producto pero no te dan cuenta de sus desventajas, eso no es información, sino publicidad. Todo en esta vida tiene ventajas e inconvenientes. Incluso la muerte.
La mayoría de los españoles expresa su confianza en el euro no porque sea amiga de opinar sobre lo que no tiene ni pajolera idea -aunque también haya algo de eso-, ni porque se trague sin rechistar todas las berzas de la propaganda -aunque tampoco sea inmune a ellas, ni mucho menos-, sino, sobre todo, creo yo, porque en esta sociedad está muy arraigado, más que en ninguna otra, lo que podríamos llamar el europeísmo ingenuo. Me refiero a ese sentimiento, tan común entre los españoles, de que todo lo que viene de Europa es intrínseca y universalmente bueno, y debe ser abrazado sin reserva alguna, no ocurra que dejemos de ser Europa y volvamos a las de siempre. De nada vale que la experiencia demuestre que los organismos europeos nos han jugado en más de una ocasión bromazos de muy mal gusto, a los que mucho mejor habría sido oponerse, en vez de tragar como papanatas. Da igual: el europeísmo ingenuo es del todo inasequible a la experiencia.
El euro tiene ventajas, sin duda. Pero también inconvenientes. Y, sobre todo, peligros. El principal es que los detentadores del poder europeo -y no los califico de detentadores por error, sino con plena conciencia del significado real de la palabra- nos han embarcado en un viaje que carece de retorno posible. Han puesto todos los huevos de la economía continental en la misma cesta: si tropiezan, no dejan ni uno entero.
Hace años lo dijo uno de ellos, ya no recuerdo quién: «El tren de la Unión Europea es imparable». En efecto: ya sólo responde a las leyes de su propia inercia. Repliqué entonces que poner en marcha un tren imparable es un disparate. Paradojas de la vida: seguro que la legislación de la UE prohíbe la fabricación de trenes imparables.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de enero de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/01/02 07:00:00 GMT+1
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1998/12/31 20:00:00 GMT+1
Escribí este artículo en 1998 para la revista del Colegio de Arquitectos de Madrid. Aunque es para uso principal de donostiarras, la mayoría habréis tenido experiencias semejante en vuestras propias ciudades.
El Código Penal vigente recoge toda suerte de delitos pero, por razones incomprensibles, no prevé ningún castigo para uno de los crímenes contra la Humanidad más graves y execrables que existen: el robo de recuerdos.
Cada ver que regreso a mi ciudad natal, San Sebastián, sufro un nuevo desgarro en mi memoria. Un día es la tienda de incomestibles de la esquina -la de don Pedro, el que fiaba- la que ha desaparecido; otro es la sidrería de un poco más allá, donde nos daban de beber sin fijarse demasiado en nuestra edad, convertida ahora en sucursal de una Caja de Ahorros... Desguazan mi infancia y tiran sus huellas, como escombros y cascotes.
No retroceden ni ante el paisaje. Mi barrio estuvo siempre presidido por un montículo de arena, en cuya parte superior se asentaba la plaza de toros, el Chofre, construida en 1903 y anterior a casi todo lo demás. El Ayuntamiento donostiarra decidió en los 70 que, para sólo diez festejos al año, aquel albero estaba de más: derribó la construcción, allanó el promontorio, devolvió la arena al mar y dejó construir una barriada de medio pelo, casas y más casas.
Mató mucho más que una plaza de toros. Al levantar el asfalto de su empinada carretera, se llevó la huella de las bicicletas en las que aprendimos a pedalear. Al reducir a astillas los portones de sus toriles, acabó con los rincones que fueron escondite para varias generaciones de niños. Hirió a un ser vivo: mi barrio, aquel largo arenal que José Gros compró por 1.820 pesetas ya avanzado el XIX, sólo podía entenderse desde la plaza de toros. Desaparecida, quedó desfigurado, inexpresivo, como un triste Polifemo sin su único ojo.
Peor todavía fue lo del Gran Kursaal.
El Casino Gran Kursaal fue construido en 1922 en el estilo más característico de la arquitectura donostiarra: en falso antiguo. Cualquiera que lo viera, con sus columnas neoclásicas y sus imponentes vidrieras, pensaría en largos esplendores pasados. El San Sebastián de los años 20 fue especialista en la fabricación de antigüedades totalmente nuevas, a las que el salitre del mar proporcionaba enseguida un aire desgastado y añejo.
Gozó el Kursaal de una muy efímera vida activa. Al poco de nacer, le llegó la primera prohibición del juego. Dedicado a las más diversas y peregrinas actividades, tuvo un nuevo y desdichado intento de recuperar sus funciones de casino en 1935, cuando los señores Strauss y Perlo obtuvieron del Gobierno de Lerroux el permiso necesario para poner en marcha un nuevo juego, al que llamaron, recurriendo a una no muy ingeniosa combinación de sus nombres, estraperlo. Se trataba de una estafa que permitía a la banca ganar siempre: la Policía clausuró el local a las pocas horas, el Gobierno, que había autorizado el juego porque Strauss y Perlo habían dado bajo capa generosos estipendios, se vio obligado a dimitir, y el estraperlo quedó por mucho tiempo como sinónimo de engañifa.
Ni sabía ni me importaba nada de eso cuando de niño iba al Kursaal a jugar, ya en la frontera de los 60. Especie de barco de piedra al borde del mar, frontera de mi barrio, solitario, haciendo extraña pareja con el teatro Victoria Eugenia, con el puente de la Zurriola de por medio, construido a la par que él, sus ventanales tapiados eran para nosotros la puerta de un misterio. Lo mismo que las rocas que lo protegían de las olas durante las mareas vivas y que, cuando el mar estaba en calma, explorábamos en búsqueda de cuevas.
Un día alguien, alguno de nosotros, logró arrancar algunos tablones y franquear una entrada. Pudimos pasear por aquellos nobles salones a la escasa luz que se colaba por las sucias vidrieras: los terciopelos ajados y polvorientos, los tapetes antes verdes, los palcos como púlpitos, el salón de baile, las largas telarañas... Encontramos elegantísimas barajas de fibra de marfil, con las iniciales del Casino en el reverso: jugamos con ellas durante años.
Marché en 1970 muy contra mi voluntad a las correrías del exilio. Cuando regresé, sólo quedaba el solar. Un amigo me regaló la fotografía: se ve la larga grúa de un tal Alonso emprendiéndola contra la cúpula del casino que no pudo ser. Contra la cima de los juegos que sí fueron.
Las tiendas, el Chofre, el Kursaal, luego el mercado... Ahora han puesto una playa, una playa inventada, con un largo paseo lleno de terrazas, maravilla de los turistas. Me han ido robando los recuerdos. Me han privado de los puntos de apoyo de mi fragilísima memoria. Me han dejado sólo jirones de nostalgia.
Menos mal que me queda el mar: la mar, que nunca fue la misma y que, precisamente por eso, siempre será la de siempre.

En la parte inferior, el actual edificio del Kursaal. En la superior, el Casino Gran Kursaal (crédito de la primera foto) con el Puente del Kursaal (o de la Zurriola).
Javier Ortiz. Revista del Colegio de Arquitectos de Madrid (1998). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2018.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/31 20:00:00 GMT+1
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1998/12/31 07:00:00 GMT+1
Se cuenta -supongo que será falso- que, recién lograda la victoria sobre Batista, Castro reunió a sus más cercanos para improvisar algo así como un Gobierno. «¿Alguno de vosotros es economista?», preguntó. «¡Yo!», saltó Ernesto Guevara. «¿Ah, sí? No tenía ni idea. Pues bien: tú, ministro de Economía». Acabada la reunión, el Che se acercó a Fidel: «¿Por qué me has nombrado ministro de Economía?». Castro se quedó perplejo: «¡Porque has dicho que eres economista!». «¿Economista? Yo creí que preguntabas si alguno de nosotros es comunista».
Falso o no, lo cierto es que Ernesto Guevara no era economista. Comunista, sí, a su modo. De la rama de los voluntaristas. Se ha presentado a Ernesto Guevara como una especie de alter ego de Castro. Nunca lo fue. Coincidieron en un tramo de sus respectivos caminos, se apreciaron, pero nunca estuvieron en sintonía real.
A su modo, Castro siempre ha sido pragmático. El Che era profundamente doctrinario. La antítesis del pragmatismo. ¿Idealista? Depende de qué sentido se le dé al adjetivo. Su comunismo no se limitaba a acumular generosos enunciados de principio relativos a la libertad, a la igualdad o a la solidaridad, como podría deducirse de la imagen que algunos de sus hagiógrafos pintan ahora. Incluía una muy amplia maquinaria conceptual fabricada en los altos hornos de la Rusia soviética.
Según su criterio, una revolución merecedora de tal nombre precisaba de un partido comunista. Y el partido comunista debía ser único. Y funcionar de acuerdo con las normas del centralismo democrático. Y había que despreciar las llamadas libertades formales. Y la economía debía estar centralizada. Y sometida a un plan preconcebido por el mando político. Y el individuo no debía considerarse importante, porque importante sólo es el proletariado y, subsidiariamente, el resto del pueblo. Y todos debían asumir la moral espartana, antihedonista, que él concebía como superior.
Y... y muchas cosas más, algunas muy desagradables: no olvidemos que el Che era partidario de la pena de muerte y que fue en sus tiempos cuando el Gobierno cubano empezó a encarcelar a los homosexuales. Estaba convencido de que el modelo soviético de organización económica permitía domeñar y conducir a voluntad la realidad. Pero la aplicación del modelo soviético lo que produjo fue, sobre todo, toneladas de burocracia. Los miembros del viejo PSP, el partido prosoviético de Cuba, que no habían hecho prácticamente nada para contribuir al éxito de la Revolución, se echaron sobre la nueva maquinaria estatal como buitres. Castro los acogió bien. Guevara también, al principio, porque hablaban su propio lenguaje. Pero pronto se dio cuenta de que sus coincidencias eran mínimas.
Los planes de creación de una industria pesada se revelaron faraónicos. La producción industrial era un caos. Fidel decidió retirarle el control sobre la zafra. Su trabajo en común con los dirigentes prosoviéticos fue generando una profunda antipatía mutua. Los prosoviéticos no soportaban su espíritu de insatisfacción permanente, su intolerancia hacia los privilegios, su demanda constante de austeridad, sus reticencias hacia la política exterior soviética y su carácter implacable.
Odiado por Washington, que lo consideraba con razón su enemigo número uno en La Habana, recelado por Moscú y sus agentes cubanos, que no veían el modo de controlarlo, y tocado por los malos resultados de su gestión al frente de la economía, Guevara se enfrentó a una opción capital: resignarse, aceptar el pragmatismo de Castro, o romper la baraja.
Opta por romperla. Ministro, supuesto número dos de un régimen aplaudido por toda la izquierda mundial, venerado por la intelectualidad europea, líder carismático... Lo dejó todo. Guevara se fue de Cuba en dos tiempos. Primero a finales de 1964, tras llegar a un acuerdo con Fidel, que lo convirtió en algo así como un embajador itinerante de la Revolución.
Se entrevistó con los líderes de los países llamados no alineados, que guardaban prudente distancia de Moscú: Tito, Nasser, Nehru... También fue a ver a Mao Zedong, con cuyas opciones en materia de política internacional cada vez simpatizaba más.
En privado no se recató a la hora de decir que la Unión Soviética era «una estafa defendida por un Ejército». Raúl Castro estaba en aquel mismo instante en Moscú, festejado por las autoridades soviéticas. Cuando regresó a La Habana, en marzo de 1965, la bronca entre Guevara y Raúl Castro fue de las que hacen época. El Che reclamó el arbitraje de Fidel, que se negó a entrar en el fondo de la polémica. Tuvieron una larguísima conversación de la que no se sabe nada.
Al cabo de unos meses, optó por abandonar nuevamente la isla. Dejó a Castro una carta en la que renunciaba a todos sus cargos en el Gobierno. Incluso renunció a la nacionalidad cubana. Era una carta privada, pero Castro decidió leerla ante las cámaras de la televisión, lo que cortó a Guevara toda posibilidad de regreso a Cuba.
A partir de entonces dio tumbos. Pasó un cierto tiempo en Checoslovaquia. Luego estuvo unos meses en el Congo ex belga, tratando de organizar una guerrilla con los seguidores de Patricio Lubumba, entre ellos un tal Laurent Kabila. Los dejó asqueado: no había manera de meter un mínimo de disciplina en aquel grupo.
En noviembre de 1966 llega a Bolivia con pasaporte uruguayo y un aspecto irreconocible: medio calvo, canoso y con gafas. Allí encontraría la muerte, abandonado. Castro y Guevara: la suya fue la historia de un desencuentro amargo, inevitable.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/31 07:00:00 GMT+1
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1998/12/30 07:00:00 GMT+1
La política por aquí es aburridamente propensa al tópico. Alguien dice algo que suena bien a los que se orientan en su misma línea y al punto se ponen a repetirlo en masa y a troche y moche, sin importarles si lo que papagayean tiene un mínimo de solidez.
Ejemplo: Redondo Terreros afirma que el nuevo Gobierno de Ibarretxe va a ser «rehén de EH» y ya están todos, como un solo hombre -y una mujer: Rosa Díez-, cacareándolo a todas horas: Otegi va a ser el que mande en realidad «desde la sombra» -un augurio asaz inquietante para él, si bien se mira-; el PNV y EA van a tener que hacer lo que a EH se le ponga...
Por supuesto que el PNV y EA se verán en la obligación de tratar medianamente bien a EH. Más que nada porque morder la mano del que te da de comer no acaba de ser una táctica muy astuta: si lo haces, corres el riesgo de que el otro no insista demasiado.
Pero si alguien es «rehén» de esta alianza parlamentaria, si alguien está atado a ella de pies y manos, es EH. Porque así como el PNV y EA, llegado el caso, podrían intentar otras fórmulas de gobierno -con el PSOE, sin ir más lejos, por mucho que eso les fastidiara, por mucho que con ello contrariaran su actual proyecto de pacificación-, EH no tiene ninguna alternativa real. ¿Qué? ¿Volver a la situación anterior a la tregua? Imposible ya. Primero, porque eso supondría la ruptura de EH: los nuevos aliados de HB no le seguirían en ese viaje. Segundo, porque si HB abandonó aquellas posiciones no fue porque sí: estaba cada vez peor en ellas. Y tercero, porque ese retroceso provocaría una frustración total en la mayoría de sus seguidores. Sufriría un enorme desgaste.
¿Que el PNV y EA van a tener que ceder ante EH? Más va a tener que ceder EH. A ver cómo logra que su militancia de base asuma el respaldo sistemático a un Gobierno de jelkides, defendido por los tan denostados zipaios, en el que es mayoritario un partido que sostiene en el Parlamento de Madrid al PP, que tiene en prisión a los integrantes de la anterior Mesa Nacional, mientras pone en la calle a los de los GAL...
No dude nadie de que así lo van a vivir muchos miembros de HB, y a fe que lo llevarán mal, si es que consiguen llevarlo.
Cuando dos se necesitan, cada uno es «rehén» del otro. Y cada uno lo es tanto más cuanto mayor es su necesidad del otro. Por eso el PNV es menos «rehén» de EH que EH del PNV. Obtiene más y arriesga menos.
Decir de alguien que participa en una alianza que es «rehén» es como no decir nada. Pero, en fin: algo tienen que decir los que se han quedado sin nada que decir.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/30 07:00:00 GMT+1
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1998/12/26 07:00:00 GMT+1
Coreaban a voz en cuello, felices, en las puertas de la cárcel: «¡Inocentes, inocentes!».
Ellos se referían a Barrionuevo y Vera, ya sé, pero no pude evitar la sensación de que nos lo estaban gritando a los demás. Que habían adelantado la jornada del 28, que sabían que nos habían jugado una fenomenal inocentada y que se reían de nosotros.
Un magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo lo dijo en privado poco después de que se conociera la sentencia de la que fue coautor: «No ha habido más remedio que condenarlos: los hechos probados eran demasiado contundentes». Y añadió, tras una pausa significativa: «Otra cosa es lo que ocurra luego».
Lo que ha ocurrido luego ha sido, efectivamente, otra cosa. La contraria, en concreto.
Al ver lo que finalmente ha sucedido, me vienen a la memoria los problemas de conciencia que me trajo la consigna que sirvió de santo y seña al espíritu de Ermua: «¡Todos a por ellos!».
En su momento me mosqueó. Ya de entrada, por lo del «ellos». Me decía a mí mismo: «¿Tendrán tan claro quiénes son ellos? ¿No se les planteará ningún problema de identificación?».
Tampoco me gustaba nada lo de «ir a por». En un país civilizado, la ciudadanía no tiene por qué ir a por nadie. Si alguien ha de ser perseguido, son los jueces los que deben decirlo, y sus agentes ponerlo en práctica. Ese «¡Todos a por ellos!» encerraba un eco de Lynch altamente inquietante.
Pero lo más desazonante del eslogan era el «todos» inicial. Me decía: «¿Quiénes somos todos, y cómo puede ser que en ese todos no entren ellos?».
«Todos». «Ellos».
Ahora lo veo claro. Saben muy bien quiénes son. Son una gran familia. Y, dentro de las familias de pro, los pecados se perdonan. Pepe y Rafa han roto el jarrón de la sala, y eso está requetemal, y Papá Estado se ha visto obligado a imponerles un castigo, porque «el hecho probado» era grave. Pero tampoco conviene exagerar la nota. Se les castiga, y luego se les perdona, y todos contentos. «Todos». Porque Pepe y Rafa son parte del «todos». No son de «ellos».
Y salen luego los de Aznar, y dicen que han actuado como hay que hacerlo, y que no ha habido ningun trato de favor.
-Hijo: ¿tú crees que esta gente se piensa que somos todos tontos? -me dijo mi madre anteayer-.
-Sí, mamá -le contesté-. Y además tiene razón. De no ser tontos, no los soportaríamos.
-¿A quién te refieres?
-A todos -quise explicarle-. Bueno: a todos los que no somos «todos», sino más bien «ellos».
Me da que me entendió.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/26 07:00:00 GMT+1
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1998/12/23 07:00:00 GMT+1
José María Aznar va a firmar hoy el indulto parcial de José Barrionuevo y Rafael Vera.
El presidente del Gobierno sabe que no debería rubricar ese indulto.
¿Por qué? Primero, porque no lo merecen: son culpables de un muy grave delito y apenas han cumplido una insignificante parte de la pena que les fue impuesta.
Existiendo este argumento, no harían falta más. Pero hay más.
Segundo: porque al hacerlo el Gobierno admite que en España hay dos géneros de delincuentes: los buenos y los malos. Si eres de los buenos, puedes secuestrar a un pobre viejo, que estarás en la calle en cuatro patadas. Pero, si eres de los malos, te puedes pudrir en la cárcel por haber difundido un vídeo. Lo cual puede que refleje bien como funciona este tinglado, pero convendría que lo disimularan, así fuera solo para no torpedear el proceso de paz en Euskadi.
Tercer factor: el indulto lo pide la Sala Segunda del Supremo. Lo cual constituye otra razón más para no concederlo. Que el mismo tribunal que ha decidido que esos dos tipos son secuestradores trate, acto seguido, de redimir su suerte, pasando el muerto al Gobierno, exige una respuesta fulminante que deje inmisericordemente al desnudo todas las complicidades éticas y políticas que anidan en ese órgano judicial.
Cuarto punto: firmar el indulto equivale a ceder a las presiones de los felipistas. Los dos tipejos en cuestión van a salir proclamando su inocencia y presumiendo de que el Gobierno no ha tenido al final más opción que rendirse a la presión popular. El felipismo va a crecerse. Gracias a Aznar.
«Admito razones; no presiones». Qué hermosa frase. A partir de ahora, que el presidente del Gobierno la reserve para cuando hable en la intimidad.
Por supuesto que si se negara a firmar el indulto recibiría muchas críticas. Montones. Durísimas. Le dirían de todo. Como se lo dijeron cuando enfiló contra el PSOE por los GAL y la corrupción. Pero las encajó. Y ganó las elecciones.
Hoy va a dejar meridianamente claro que sus enemigos de la otra derecha, también llamada PSOE, tienen razón: es un chiquilicuatre, incapaz de aguantar un pulso medianamente serio.
Hoy va a firmar una resolución a sabiendas de que es injusta. Por pura cobardía. Suerte tiene de que es un simple recaudador de impuestos metido a político, y no un juez: se ganaría una querella por prevaricación.
Está contribuyendo a labrar su propia ruina. A decir verdad, eso es lo único positivo que tiene la infame decisión que va a tomar.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/23 07:00:00 GMT+1
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1998/12/19 07:00:00 GMT+1
Dice el presidente de Estados Unidos, William Jefferson Clinton -Bill para los amigos, o sea, William Jefferson para mí-, que sería absurdo que alguien pensara que ha ordenado el bombardeo de Irak para desviar la atención y retardar el procedimiento de su destitución. «No sería serio», añade.
De todos los argumentos de los que podía haber echado mano don William, me da que ése es el menos convincente. La falta de seriedad de la hipótesis es precisamente lo que le confiere más credibilidad. Porque, si por algo se caracteriza el señor Clinton, es por no ser serio. Lo increíble, a decir verdad, es que hubiera hecho esta vez algo serio. Ya para empezar: un jefe de Estado que no utiliza oficialmente su nombre de pila, sino un apodo, no es serio. Imagínense ustedes que el monarca español firmara Juanito. (Obsérvese qué dos jefes supremos tiene este ataque sobre Irak: Bill y Tony. En fin...).
Pero lo del nombre es filfa: sólo un botón de muestra de su estilo. Es evidente que ese hombre no se toma en serio su responsabilidad. Un presidente que comprendiera la trascendencia de su función y sintiera un cierto respeto, no ya por su país -eso sería pedirle tal vez demasiado- sino al menos por sí mismo, se habría negado tajantemente a colaborar en la patochada del procedimiento al que le vienen sometiendo desde hace la intemerata. A alguien que por no desprenderse del cargo se aviene a perder hasta ese punto la dignidad, a un hombre que revela tan clamorosa ausencia de sentido de la medida -y del ridículo-, hay que tomarlo por fuerza como capaz de cualquier disparate. Es un verdadero peligro.
Dice: «Había que demostrar a Sadam que no cabe desobedecer las resoluciones de las Naciones Unidas». En primer lugar, eso es falso, porque sí cabe. Israel lo hace. Lo hace Hasán. El propio Clinton se toma la ONU por el pito del sereno. Pero, al margen de eso, ¿qué pretende afirmar? ¿Que el ataque es una operación de mera represalia, de castigo? Cabría. Pero es que a continuación se larga el rollo sobre lo necesario que es acabar con el Gobierno de Sadam. ¿Se trata entonces de un plan para derrocar el régimen del dictador iraquí? ¿Y cree que va a lograrlo con bombardeos? ¿Desde cuándo se ganan guerras desde el aire?
Si don William Jefferson no acierta a precisar qué objetivos persigue en Irak, es porque sus verdaderos objetivos no están en Irak. Tocado del ala, ridiculizado, quiere darse ínfulas y presentarse como hombre de gran autoridad. Y autoridad tiene. Pero seriedad, sólo la que le confiere su capacidad para matar y destruir, que son cosas, en efecto, muy serias.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de diciembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/19 07:00:00 GMT+1
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1998/12/16 07:00:00 GMT+1
Se le han echado encima: ¿cómo osa José María Setién llamar «políticos» a los presos de ETA?
Vayamos por partes.
Dejemos de lado inicialmente la política. Políticos o apolíticos, lo que está claro es que los presos de ETA no son comunes. El Gobierno admite sin el menor embarazo que les aplica un trato particular y que su futuro colectivo depende de la evolución que experimenten estas o aquellas circunstancias políticas. Si fueran presos comunes -es decir, como cualesquiera otros-, no cabría utilizarlos como moneda de cambio político, que es lo que está haciendo el Gobierno con ellos. ¿O acaso cree alguien que cuando Aznar dice que cambiará de política penitenciaria si ETA «hace un gesto» se está refiriendo a todos los presos?
Pero volvamos a la ofensa suprema: Setién los calificó de «políticos». ¿Y qué hay en eso de delirante? Hitler fue un político. No creo que por reconocer tal cosa me vuelva sospechoso de nazismo. El personal confunde con enojosa frecuencia la velocidad con la Tocino. Político no quiere decir ni estupendo, ni noble; es un adjetivo que describe, pura y simplemente, un área de acción. O un tipo de motivación, si se quiere. Setién se limitó a constatar que los etarras están presos por delitos cometidos con una intención política. Lo cual no es -insisto- valorativo, sino estrictamente clasificatorio.
¿Por qué lo denostan? Porque le atribuyen no lo que dice -que los presos de ETA son políticos-, sino lo que no dice -que los jueces los han condenado aplicando criterios extrajurídicos-. Para resolver el embrollo les habría bastado con preguntar a Setién si considera que el destinatario de su misiva y sus colegas están encarcelados injustamente. Pero no querían aclarar nada: lo que querían es cogerlo en falta. De Aznar y Mayor a Rosa Díez -que sí cree que hay en España presos encarcelados por injusticia política-, pasando por Anguita: les encanta hacer vudú con el obispo donostiarra.
Vaya tropa.
Se ofenden muchísimo cuando consideran que alguien pone en duda que el de aquí sea un Estado de Derecho. Pero el Derecho les interesa sólo aproximativamente: no olvidemos que, si esta polémica ha estallado, es gracias a que alguien ha hecho llegar a la prensa una carta que era estrictamente personal, y que lo ha hecho sin contar con el preceptivo permiso del remitente y/o del destinatario.
Esa es una conducta delictiva prevista en el artículo 197 y siguientes del vigente Código Penal. O sea, un delito común. Aunque, eso sí -lo admito-: de intencionalidad política.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/16 07:00:00 GMT+1
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1998/12/13 07:00:00 GMT+1
¿Que se trata de energúmenos? Por supuesto. ¿Que son capaces de agredir a cualquiera que se les ponga por delante, llegado el caso? Sin duda. ¿Que lo suyo no tiene relación con la política? Quia. Vaya que sí la tiene.
La política no es sólo lo que hacen los partidos y sus militantes. Se puede muy bien hacer política por libre. O en grupo, pero sin necesidad de presentarse a las elecciones ni de interesarse en absoluto por lo que se hace o se deja de hacer en el Parlamento. No hay más que observar las manifestaciones de estas peñas ultras -incluidas las escritas- para comprobar que están muy ideologizadas, es decir, muy politizadas. Son fascistas. Fascistas a la española: joseantonianas. Lo de menos es su veneración por la simbología nazi; lo de más, su sistemática recurrencia a las constantes de la primera Falange: la exaltación de la Patria, el odio hacia los separatismos, el sectarismo -sólo los suyos merecen la pena; el resto es pura escoria-, «la virilidad» -hay que tenerlos bien plantados- y, claro está, la dialéctica de los puños y las pistolas.
Podían haber apuñalado a un marica, evidentemente, o a un madridista -el polo opuesto de su secta-, pero un seguidor de la Real Sociedad les cuadraba mucho mejor. ¿Qué es a fin de cuentas un donostiarra, más que un etarra en potencia, si es que no en acto?
No pensemos tampoco que su odio hacia los vascos es una peculiaridad extraña. Quienes asistieron al partido posterior al crimen saben que no fueron diez, ni cien, sino muchos miles, los que corearon una y otra vez consignas anti-vascas. ¡Vascos, hijos de puta! parece que fue la gracia que gozó de un favor más general. Allá el que quiera creerse que lo de Vascos sí, ETA no -un hallazgo de los expertos en mercadotecnia del Cesid- caló a fondo en los corazones de cuantos lo gritaron hace año y medio. Aún anteayer, escuché a madrileños muy de orden, que jamás de los jamases pegarían a nadie por ideas, comentar el hecho de que los jugadores de la Real vayan a lucir en sus camisetas, mañana en el Bernabeu, el nombre de Aitor Zabaleta. «Es una provocación», dijeron.
No me sorprendí. Ya casi nada me sorprende.
Hubo un tiempo en el que, cuando me preguntaban en Madrid por mi origen y respondía que soy vasco, la mayoría me sonreía. Ahora me conformo con que se limiten a un discreto «Ah, ya».
Javier Ortiz. El Mundo (13 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/13 07:00:00 GMT+1
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1998/12/12 07:00:00 GMT+1
Creo que fue José Antonio Gómez Marín quien llamó «pensamiento adversativo» al modo en que se expresaban todos los felipistas cuando empezó a desenmarañarse la trama de los GAL. «Por supuesto que condeno esos hechos terribles, pero...»; «Sin duda es rechazable el uso de tales métodos en defensa del Estado, no obstante...». No paraban de poner de por medio peros, sinembargos y nobstantes. Todo les valía: los muchos atentados de ETA que había por entonces, la casi nula colaboración que prestaban las autoridades francesas, el amplio consenso social que había sobre la urgencia de acabar con ETA como fuera... Con lo que sus condenas iniciales se quedaban en filfa: pura coartada.
Ahora se ha puesto de moda otro pensamiento adversativo, en parte -sólo en parte- diferente: el de cuantos dicen que condenan sin paliativos todos los crímenes de Pinochet, pero no entienden que se trate tan duramente al exdictador chileno y, en cambio, no se persiga igual a Fidel Castro.
Tienen una singular fijación con Castro. Cuidado que hay dictadores en el mundo; tipos que no sólo han perseguido con saña brutal a sus opositores, encarcelándolos y matándolos por miles, sino que lo siguen haciendo a gran escala: caso del Gobierno chino, del que no suele decirse ni pío (o se dice de ciento en viento, como para cumplir). Pues nada: ellos, erre que erre, Castro y luego Castro, y después Castro. Qué obsesión.
Deberían hacérselo mirar.
Dicen que no entienden por qué a Pinochet sí y a Fidel Castro no. Pues ya se lo explico yo.
Esto no es un concurso para fijar el ránking mundial de los malos, sino un procedimiento legal para perseguir determinados delitos que están tipificados en el Derecho Internacional. Y hete aquí que el Derecho Internacional establece que los gobernantes en ejercicio, como los diplomáticos acreditados, gozan de inmunidad. Más que nada porque, si no, las relaciones internacionales serían un caos, y no habría manera de celebrar ni una mala sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Con lo que Pinochet y Castro no son equiparables a efectos legales, por mucha rabia que les dé.
¿Quieren un caso que sí admite la comparación y que les puede venir al pelo para su pensamiento adversativo? Refiéranse a Henry Kissinger. Él fue responsable, entre otras barbaridades, de los sangrientos bombardeos que EE.UU. lanzó sobre Camboya durante la Guerra del Vietnam. Violó la legislación internacional. Y es perseguible: está retirado.
Exijan que lo trinquen también. No seré yo quien se oponga.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de diciembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de diciembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/12/12 07:00:00 GMT+1
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