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2003/04/27 06:00:00 GMT+2

A las orillas del Sars

Me rindo. No haré como la desconfiada madre de una amiga mía, que se murió convencida de que la llegada del hombre a la luna no era más que una patraña propagandística de la Casa Blanca. Me apeo del burro y admito que el síndrome respiratorio agudo severo (que los médicos llaman SARS, por sus iniciales en inglés, y que los periódicos han rebautizado como neumonía asiática o atípica) no es una deliberada exageración destinada a desviar la atención de la opinión pública internacional de la guerra de Irak, como sospeché inicialmente. Compruebo que no es eso. Entre otras cosas, porque la opinión pública internacional -tan suya ella- hace ya días que se distrae hasta con el vuelo de una mosca.

La llamada «primera gran epidemia del siglo XXI» va en serio. Muy en serio, según todas las trazas. O todos los síntomas.

Nada asusta tanto como lo desconocido. No acaba de saberse muy bien en qué consiste este coronavirus, lo que impide encontrarle remedio totalmente eficaz, por no hablar ya de vacuna. Pero lo que más asusta a las amplias masas, que se decía antes, es que los científicos no hayan logrado acotar aún las vías de contagio. He leído la noticia, publicada con obvia intención ridiculizadora, de que hay ciudadanos chinos que se ponen mascarilla para hablar por teléfono. Los periodistas nos pasamos demasiadas veces de listos: puede que no teman que les contagie quienes están al otro lado de la línea, sino los anteriores que acercaron su boca a los micros de esos teléfonos. De entrada, las autoridades sanitarias, de acuerdo con la OMS, han decidido poner en cuarentena a las poblaciones más afectadas, y no lo han hecho por tontos prejuicios, téngase eso por seguro.

No piense nadie que me pierden las ganas de politizarlo todo si digo que la culpa de esta pandemia la tiene la globalización. Primero, porque es verdad. Y segundo, porque me refiero a la globalización en general, en su conjunto, no sólo a la provocada por el neoliberalismo sin fronteras.

La culpa la tiene, en efecto, la intensidad que han alcanzado hoy en día los contactos y los desplazamientos internacionales. Ya no cabe -o es muy difícil que se produzca- una epidemia local, o regional. Las enfermedades se extienden rápidamente por los cinco continentes. Desigualmente, no sólo porque los medios sanitarios son desiguales en unos y otros países, sino también porque las variedades de la especie humana son desigualmente sensibles a los diversos agentes patógenos. Recuérdese que la principal escabechina que realizaron los conquistadores españoles cuando desembarcaron en América fue involuntaria: llevaron hasta allí enfermedades que ellos no padecían, porque estaban inmunizados, pero que hicieron rápida presa en las poblaciones aborígenes que, al no haber tenido nunca contacto con los gérmenes en cuestión, se hallaban indefensas ante ellos.

No vale la pena discutir si es buena o mala cosa que el planeta Tierra se haya convertido en una aldea global. Lo inevitable no tiene discusión. Cabe preguntarse, a cambio, si la raza humana no habrá realizado el tránsito entre el localismo y la globalización con más rapidez de la asimilable por su capacidad de adaptación al medio. Parece que sí.

Y cabe preguntarse también si de ello no podrán derivarse consecuencias catastróficas para el ser humano, como especie.

A lo que mucho me temo que la respuesta sea exactamente la misma: parece que sí.

Expongo a vuestra consideración el logotipo que elmundo.es ha elegido para el informe sobre la enfermedad. Es éste:

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (27 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/27 06:00:00 GMT+2
Etiquetas: enfermedades diario 2003 | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

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