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1996/04/21 08:00:00 GMT+2

Perros de Prensa

Obituario. En el día de hoy, cautivo y desalmado el ejército sonrojado, muere el Zooilógico en olor de cantidad. Nosotros, sus consolados padres, Ulises y Ortiz -incisivo pincel en ristre el uno, mala idea sistemática en la sesera del otro-, hartos de caricaturizar y escribir maldades sobre los personajes, personajillos y personajetes de la vida pública, mayormente política, local e interestatal, optamos por tomarnos un descansillo y, ya de paso, también varios tramos de escalera.

No obstante, y para que no se diga, aprovechamos este último día para rematar la faena y ganarnos la enemistad de uno de los pocos gremios que todavía no habíamos puesto a caldo: el nuestro propio, o sea, el de los periodistas.

Aprovechamos para aclarar a nuestros lectores algunos aspectos esenciales de nuestra profesión.

¿Qué es un periodista? Un señor que escribe de todo sin saber realmente de nada.

¿Siempre? No. A veces no es un señor.

Pero de algo sabrá... Bueno, sí. Es frecuente que los periodistas sepan bastante de fútbol. Los hay también que saben de bowling, de papiroflexia, de música alcarreña y de llamar por teléfono a sus amigos de Managua cargando a la empresa la conferencia. Pero rara vez escriben de esas cosas. Sobre todo de lo del teléfono.

Y si no saben, ¿por qué no se informan? Está contraindicado. Si uno se informa bien sobre algo, descubre que es complejo. Lo cual dificulta enormemente la redacción de la noticia. Además, informarse lleva tiempo y exige esfuerzo.

¿Y a las empresas periodísticas no les importa eso? Al contrario. Las empresas adoran a los periodistas capaces de escribir o hablar con aplomo infinito sobre lo que les echen. Les ahorran mucho dinero: de no ser por ellos, tendrían que contratar gente que supiera.

¿Qué es un buen reportero? Un individuo capaz de describir con enorme realismo un suceso aunque se haya ido del lugar media hora antes de que ocurriera nada.

¿Quién fue el primer periodista de la Historia? El autor del Génesis.

¿Era periodista? Está claro: escribió un relato muy bonito, pero no dio ni una. Todo lo que relató era falso.

¿Mintió? No es exactamente eso. El periodismo consiste en contar las cosas adaptándose a lo que la gran mayoría de la opinión pública quiere oír. Si el autor del Génesis se hubiera puesto a hablar del homo sapiens y otras realidades poco estéticas, lo habrían lapidado ipso facto.

¿Es cierto que los periódicos tienden a resaltar lo más truculento? Unos más que otros. Algunos mucho: el BOE, por ejemplo. Pero en general los periódicos no cuentan ni la milésima parte de los horrores que suceden en el mundo. Entre otras cosas porque el horror cotidiano no es noticia.

¿Por qué los periodistas se niegan a revelar sus fuentes? Algunos para no reconocer que sus fuentes principales son La Cibeles y Neptuno en Madrid, Canaletas y Monjuïc en Barcelona, etc.

¿Es corriente que los periodistas se vendan? No. En contra de lo que algunos piensan, ese es un fenómeno rarísimo. Lo cierto es que muchos periodistas no se venden.

¿Y eso? Nadie quiere comprarlos. La gente con poder y dinero prefiere alquilarlos. Los más útiles llegan a conseguir una suerte de leasing: se alquilan con opción final de compra. Pero casi nadie decide quedarse con ellos: el mercado de periodistas de segunda mano está saturado.

¿Y por qué la profesión periodística tiene prestigio? Porque la gente suele comparar a los periodistas con los políticos. Y en esa comparación es verdad que ganamos mucho.

Antes se acusaba a los periodistas de corporativismo, de despellejar a los demás pero protegerse entre sí. Sí; se decía eso de «perro no come perro». Las peleas de perros han demostrado que esa afirmación era errónea. Cuando el estómago está vacío, todo bicho viviente -sea perro de presa, sea perro de Prensa- come lo que le echen.

¿Igual todos entonces, galgos o podencos? No. A algunos les va ir de GALgos y les gusta correr. Otros hemos preferido hacer de podencos y dedicarnos a la caza.

¿Es divertida la caza periodística? Mucho. Aquí, en el Zooilógico, la hemos practicado muy a gusto y sin mayor problema, exceptuado el odio de las piezas cazadas (y alguna soltera). En realidad, nos hemos sentido... como Pedro por su caza.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (21 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de octubre de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/21 08:00:00 GMT+2
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1996/04/20 07:00:00 GMT+2

Asesinos fundamentalistas

La ofensiva israelí contra los combatientes de Hezbolá en el sur del Líbano provocó anteayer dos matanzas terribles.

La primera sobrevino cuando dos misiles lanzados contra un inmueble mataron a una señora, sus siete hijos y tres civiles más.

La segunda la provocaron tres proyectiles de obús disparados por la artillería israelí. Cayeron en un campamento de refugiados bajo teórico control de la Fuerza de Interposición de la ONU (FINUL). Murieron más de cien personas.

No sé qué les habrá resultado a ustedes más estremecedor de todo lo relacionado con esos dos espantosos hechos. A mí, superada la reacción inicial de horror, lo que más me impresionó fueron las declaraciones de justificación de las autoridades israelíes. Su frialdad anonadante y pasmosa.

En relación al primer hecho, Amós Gilad, portavoz militar de Israel, vino a decir que, en realidad, la culpa de lo sucedido la tenían las propias víctimas del bombardeo: Israel ya había advertido «hasta el aburrimiento» a todos los civiles libaneses que debían abandonar la zona en cuestión.

¿De qué pasta hay que estar hecho para expresarse en ese tono displicente tras saberse coautor de la muerte de once personas? Sólo hay una respuesta posible: de la misma pasta de la que estaban hechos los jefes de los campos de concentración nazis.

Lavado ya él y todos los suyos de la sangre de las víctimas de la matanza primera, Amós Gilad pasó a referirse a la segunda. En este caso, al portavoz militar de Peres le era imposible alegar que los civiles no estaban donde debían estar, puesto que era precisamente allí donde les habían conminado a ir. De hecho, según lo explicado por él mismo poco antes, la madre que murió bajo los escombros en el primer ataque lo que debería haber hecho es acudir al campo de refugiados de FINUL para morir abrasada con sus siete hijos en el segundo bombardeo.

Llegado a este punto, Amós Gilad, que se ve que es persona tan limitada de escrúpulos como desbordante de recursos, se inventó otra excusa: la segunda masacre fue provocada por «un fallo del ordenador que determina las coordenadas de fuego». O sea, que se equivocó la máquina, que es la que determina -ya ven: ella sola, por su cuenta- contra qué o quién dispara la artillería israelí.

Cito a este tal Gilad, pero él no es, como su cargo indica, sino la voz por la que habla el Ejército del Gobierno de Israel. Que, con toda frialdad, tras dar estos remedos de explicación, ordenó que siguieran los ataques en el sur del Líbano. Anteayer también, en El Cairo, un comando de opositores radicales a Mubarak disparó contra un grupo de turistas griegos, a los que al parecer confundió con israelíes, y mató a dieciocho de ellos. Leo y escucho que se trata de «asesinos fundamentalistas». Pero no me topo con ninguno de estos dos adjetivos en las referencias a Gilad, Peres y demás. No sé si es que ya no entiendo nada o es que lo entiendo todo.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/20 07:00:00 GMT+2
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1996/04/15 07:00:00 GMT+2

14 de abril: 65 años

El 14 de abril de 1931 aún me faltaban casi diecisiete años para nacer. Vivía sólo como proyecto lejanísimo de una maestrilla y de un funcionario muy jóvenes que se acababan de conocer en San Sebastián.

Todo eran proyectos entonces. Los que habían izado la bandera tricolor en el ayuntamiento de Eibar, pioneros de la República, tan sólo tenían proyectos. La inmensa multitud que abarrotó pocas horas después la Puerta del Sol, en Madrid, no sabía sino de proyectos.

España no era una unidad de destino en lo universal, como se apresuró a proclamar un señorito vocinglero de Madrid. No era una unidad. Tampoco pintaba nada en lo universal. Pero tenía destino.

Solo que espantoso. Tardó cinco años, dos meses y cuatro días en toparse con él. Y fue una horrible carnicería que duró tres años y abrió un túnel de cuatro décadas de piedra, duras, interminables.

Los de mi edad no vivimos la II República, ni la guerra. Pero las tuvimos siempre muy cerca. En los relatos de las primeras esperanzas. De los sueños de libertad. De la libertad. Y en el amargo recuerdo posterior del hambre, de la muerte. Una muerte que seguía bien visible en nuestra infancia, corporizada en los carceleros del franquismo: viva Franco, arriba España, niño, canta más alto, que no se te oye, venga, voy por rutas imperiales, quiero alzarme hacia Dios, montañas nevadas, a ver, más alto, más alto, canta.

La República era para nosotros el no-Franco, la anti-España, y si esa miseria material y moral que nos ofrecían era España, qué menos que ser anti. Ergo viva la República.

Fuimos creciendo. Nos hicimos mayores. Y empezamos a estudiar lo ocurrido. Y descubrimos que si ellos habían sido lo que seguían siendo -repugnantes liberticidas-, los nuestros tampoco podía decirse que se hubieran comportado como prodigios de bondad e inteligencia. La falta de bondad nos inquietó menos: también nuestro odio estaba a flor de piel. Pero los errores, la ceguera política y la estupidez no los perdonamos. Cómo íbamos a perdonarlos, si nos tocaba penar sus culpas. Cambiamos de consigna: abajo aquella generación, mal, muy mal aquella República que no supo conservar la libertad hasta nosotros.

No sé qué pensarán los jóvenes de ahora. Los que frecuento no creo que sean muy representativos. Pero me da que, si por estos pagos no hay demasiados monárquicos de convicción, tampoco deben abundar los que consideren que la forma de Estado republicana cuenta con virtudes particulares. Es asunto de mera racionalidad: nadie debe tener derecho a un cargo público por razones de cuna. A partir de lo cual, todo sistema político tiene una tendencia poderosísima -a veces realmente invencible- a ser un asco perfecto, redondo, total.

Ayer, 14 de abril. Sesenta y cinco años. ¿Sólo Historia?

La Historia es una pesada losa que los pueblos cargan sobre sí.

A unos les impide correr. Pero a otros apenas les deja andar.

Y renquean. Como el nuestro, que va a trancas y barrancas.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de abril de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/15 07:00:00 GMT+2
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1996/04/14 08:00:00 GMT+2

Dos del Misisipí y un Pepelu

Secretología. Ha sorprendido a numerosos medios, y también a algunos extremos, la reunión secreta que, según se ha publicado, celebraron el pasado miércoles en el Palacio de la Moncloa Felipe González, José María Aznar y Adolfo Suárez. También están muy rabiosos algunos periodistas porque no ha trascendido el contenido de lo hablado entre los tres personajes.

Nosotros no tenemos esos problemas. Porque nosotros, una vez más, lo sabemos todo. Sabemos, para empezar, que la reunión no se celebró: ninguno de los tres políticos tenía ganas de celebrar nada. Y sabemos también por qué no ha trascendido lo tratado: fue totalmente intrascendente.

Asistimos al almuerzo recurriendo a una artimaña que ya nos ha dado resultado en anteriores ocasiones: disfrazándonos de bonsáis. Esta vez elegimos presentarnos como un bosquecillo de pinos enanos. Ir de enanos no nos costó nada; a cambio, hacer el pino acabó resultándonos incómodo. Pero no quisimos ponernos cabeza arriba porque temimos que a los comensales les extrañara ver pinos invertidos, por más que los pinos, como plantas monoicas que son, tengan a la vez flores masculinas y femeninas.

El encuentro se inició con los saludos de rigor: González le dijo a Aznar que sigue sin verle talla de estadista, Aznar le gritó «¡Váyase, seor González!» y Suárez les dijo a los dos que él, desde luego, no piensa volver a la política activa.

Roto ya el hielo, González entró en harina:

-Quisiera que mis relaciones con usted, señor Aznar, fueran más fluidas.

-Mirusté: yo, en cambio -le respondió el del PP-, desearía que fueran más sólidas.

-Bueno, ya tenemos un primer acuerdo -terció Suárez, en plan constructivo-: ninguno de los dos quiere que sus relaciones sean gaseosas.

Aznar, que como es inspector de Hacienda sabe de rentas líquidas, tuvo que explicarle que un gas es también un fluido.

-¡Andá, claro! ¡Y la gaseosa un líquido, ahora que lo pienso!

-Tal vez sea mejor que dejemos de lado el estado de nuestras relaciones mutuas... -insinuó el presidente en defunciones.

-Mirusté, de eso nada -respondió Aznar, tajante-. Yo soy un hombre de Estado. Ni puedo ni quiero dejar al Estado de lado. Tiene que verse de frente. En la actualidad, me preocupa sobre todo su parte civil. Yo quiero un Estado civil.

-¿Estado civil?

-Casado. Creí que lo sabía.

-Yo también, y muy a gusto. No como otros, dicho sea sin señalar a nadie... -añadió Suárez.

-Esto me recuerda lo que escribió el poeta: «Vámomos al campo por Romero. Vámonos, vámonos, por Romero y por amor» -citó Aznar.

La irritación de González creció como si le dieran vitaminas.

-Señores, perdonen, pero...

-No vale la pena que pida perdón -saltó Aznar al punto-. Ya he anunciado que no pienso promover comisiones de investigación parlamentarias sobre sus escándalos. Si es usted un sinvergüenza, eso al Parlamento no le interesa: total, otro más... Pero con sus responsabilidades penales no puedo hacer nada. Ahí los jueces tienen la palabra.

-¿Y si echáramos una partidita de cartas? -insinuó Suárez, para relajar el ambiente.

-Pero, Adolfo -volvió a la carga Aznar-: ¿No recuerdas que éstos te llamaron «tahúr del Misisipí»?

-Pepelu, hijo...

-Josemari, Adolfo: yo soy Josemari. Y con el seor González y los de su jaez no juego. Son unos tramposos. Las cartas que no tienen marcadas las trituran, como la de Roldán.

-Bueno, peor es Correos, que las pierde. Venga, Josemari: cuéntanos cómo llevas las consultas para formar Gobierno, ahora que no nos oye nadie.

-No puedo. Son secretas. Yo ahora todo lo que hago es secreto. El secreto de mis acuerdos con Pujol es tan secreto que ni siquiera lo sabe Pujol, que cree que todavía no hemos llegado a nada concreto. Fíjate si lo guardaré en secreto que ni siquiera me lo he contado a mí mismo: también estoy convencido de que aún no hemos pactado nada.

-Pujol ha dicho que quiere para Cataluña un estatuto como el del Quebec -volvió a meter baza Felipe González-.

-Tendrán que hablar en francés. Me encanta el francés. No soy un mojigato. Pero es una pena, ahora que me estaba familiarizando con el catalán y ya me sabía la estrofa de Els Segadors que dice eso tan bonito de «amb la sang dels castellans ens farem tinta vermella».

-¿Quebec, eh? -musitó Suárez, meditabundo-. Ay que bec, qué cosas.

Y, hartos de sí mismos, disolvieron la reunión en ácido sulfúrico.

Y eso fue todo.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (14 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de octubre de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/14 08:00:00 GMT+2
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1996/04/13 07:00:00 GMT+2

Nadando entre dos aguas

Se ha dicho -y es cierto- que el resultado de las elecciones de hace un mes fue el mejor de los posibles. No, desde luego, el mejor de los teóricamente imaginables, sino de los realizables prácticamente, considerado el punto en el que están las cosas (y las personas).

A muchos les ha defraudado que el felipismo no se viniera abajo con todos los filisteos. En realidad, esa hipótesis no estaba siquiera planteada. Porque, para la inmensa mayoría, el voto no es una opción moral y política, sino un modo de defender sus intereses. Y un tinglado de las dimensiones del montado por González y los suyos durante trece años crea obligatoriamente una red de intereses mutuos que implica a millones de personas. A muy diferentes escalas, por supuesto: no es ni mucho menos igual, ni monetaria ni éticamente, el interés que podía tener Enrique Sarasola en que su amigo Felipe siguiera en La Moncloa que el que movía a dar su voto al PSOE -digamos, por no volver a echar mano del socorrido PER- a la trabajadora en la industria clandestina del calzado de Elda, temerosa de que un cambio de Gobierno pudiera dar al traste con ese trabajo negro del que malvive.

Hablo de los muchos intereses, de muy diverso peso y consideración, que incitan a votar en un determinado sentido. No sólo de los intereses reales, sino también de los supuestos: el conservadurismo, en sentido estricto -el recurrente «que me quede como estoy»-, opera siempre en favor del que ocupa el Poder, y el que ocupaba el Poder era el PSOE.

Miradas así las cosas, lo sorprendente es que el PP consiguiera vencer, así fuera sólo por trescientos mil votos. Experiencias históricas semejantes han dado resultados mucho peores. No necesitamos irnos hasta México para comprobarlo: la democracia cristiana italiana tomó en sus manos después de la II Guerra Mundial el timón de la nave del Estado y no lo soltó hasta que los jueces la pusieron a la sombra, medio siglo después.

Que la victoria del PP fuera limitada no sólo entra en la lógica de las cosas. También puede considerarse ventajosa. No probablemente para el PP, por mucho que se declare presto a hacer de la necesidad virtud, pero sí para quienes, aunque llegáramos a considerar insufrible la mafia felipista, estamos ideológica y políticamente muy distantes -no sé si en las antípodas pero por ahí- de la derecha española. José María Aznar gobernará, pero no podrá aplicar su programa máximo, y eso dista de ser malo: cuanto más recorte sus querencias naturales en algunos terrenos -en el del nacionalismo español y en el de la política cultural, muy principalmente-, tanto mejor para los que no simpatizamos con ellas.

Pero las cosas tienen la manía de no ser absolutas. Está bien que el PSOE haya de desalojar el Gobierno y está bien que el PP no consiga ocuparlo por entero y compartirlo. Pero el caso es que, amén de repartírselo con las fuerzas nacionalistas mayoritarias -que plantean sus graves problemas específicos, sobre todo en materia de política económica y social-, deberá cogestionarlo también con el PSOE, que seguirá conservando parcelas muy considerables de Poder.

Esa situación nos deja a algunos nadando entre dos aguas. Porque el felipismo no ha desaparecido y sigue siendo un peligro. Pero, a la vez, el PP, como partido en el Gobierno, se convertirá cada vez más en otro peligro, y no necesariamente menor: el BOE puede ser mortal. ¿Cómo combatir el felipismo -que nada ni nadie nos asegura que sea residual: que puede volver a las primeras de cambio- sin hacer el juego de los nuevos gobernantes? ¿Y cómo combatir a los nuevos gobernantes -y perdónenme que dé por hecho que nos proporcionarán sobrados motivos para combatirlos- sin favorecer con ello la pronta vuelta del horror felipista?

Lo peor del resultado de las elecciones del 3-M es que constató un hecho lamentablemente ya sabido: que la auténtica izquierda tiene aquí un peso social muy escaso. Un ocho, un diez por ciento en las urnas: no más. Y sobre esa base social no se puede construir nada que sirva de alternativa real al emporio político que ha supuesto -que todavía supone- el felipismo y al inicio de emporio que empezará pronto a poner en marcha el PP.

Nadando entre dos aguas. O cogidos entre dos fuegos. Habrá que edificar buenas defensas y afinar mucho la puntería para que no nos acribillen.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/13 07:00:00 GMT+2
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1996/04/07 08:00:00 GMT+2

El buey gallego loco

Encefalitis espongiforme federalizante. Han causado gran conmoción en las derechas españolas de todo tipo, pero especialmente en las del PSOE, las declaraciones que el pasado domingo hizo a La Retaguardia Manuel Fraga Iribarça. En resumen, el presidente de la Xunta de Galicia dijo que el federalismo es la repera, y que hay que federarse porque, si no, «puede saltar todo el edificio institucional democrático por los aires» (lo que muchos han interpretado como una amenaza). «Se federen, coño», parece que afirmó Fraga Iribarça al periódico que edita el conde de Jodó.

Dada la trayectoria histórica del personaje, que surgió de las entrañas -de las vísceras, como quien dice- de la Una, Grande y Libre franquista, atravesó por los ministerios de Deformación y Cinismo y de Interior, con parada y fonda en Palomares, Montejurra y Vitoria, su súbita conversión al federalismo nos llenó también a nosotros de estupor. ¿Arruinará Fraga toda su carrera teniendo al final una idea buena? ¿Se estará extendiendo la enfermedad de las vacas locas británicas a los bueyes viejos gallegos? Dispuestos a averiguarlo, nos apresuramos a volar a Galicia para tratar del asunto vis à vis con él.

En el aeropuerto nos recibieron 3.224 gaiteros que atronaban al personal con los aires de Tannhäuser, Lohengrin, Tristán e Isolda, Parsifal y otras muñeiras y bailables ligeros. Nos abrimos paso hacia la sala de vips a tiros. Matamos a doce gaiteros y a una señora de la limpieza. El detalle le cayó en gracia a Fraga, que nos recibió con una sonrisa bonachona en los labios y los brazos abiertos. Le pedimos que los cerrara antes de que lo confundieran con un paso de Semana Santa y lo cogieran en volandas.

Iniciamos de inmediato la entrevista.

-¿Federalista usted, a estas alturas?

-Siempre lo he sido. Incluso en lo referente a mi propia persona. Hago invariablemente lo que me sale de las partes. Un centralista no reconoce las partes. Además, soy gallego por parte de padre y vasco por parte de madre. Más partes aún, como ven. Eso demuestra suficientemente mi federalismo consustancial. Y punto.

-¿Y España?

-Soy capaz de conjugar lo particular con lo general. Fíjense que yo siempre hablo de la «Chunta» gallega. Lo hago porque juntando muchas «Chuntas» me sale el Himno Nacional español, que, como ustedes saben, es «Chunta-chunta, tachunta-tatachunta-tatachún-chun-chun», etc. Con muchas patrias chicas hago una gran patria. Y punto.

-¿Hace punto?

-Sí, también.

-¿Es cierto que a usted le cabe el Estado en la cabeza, como se ha dicho?

-Sí. Pero tengo que meterlo por partes. Esa es otra razón por la que soy federalista. Y punto.

-¿No teme que Cataluña y Euskadi puedan acabar desmandándose?

-Eso lo resolvería también el federalismo. Si se desmandan, les mandamos el Ejército federal y hacemos una escabechina federal. Y punto.

-Se han cumplido ahora treinta años del día que se aprobó la Ley de Prensa, conocida como «Ley Fraga». ¿Cómo considera aquella experiencia?

-Fue muy positiva. Y muy federal. Para empezar, la ley que llevó mi nombre sólo sirvió para cerrar un periódico: el diario Madrid. ¿Cerramos El Diario Vasco? No. ¿Algún diario catalán? Tampoco. Sólo el Madrid. Eso demostró el carácter anticentralista de mi ley.

-¿Se acuerda usted de que expedientó a la revista Destino como represalia por haber publicado una carta firmada por un tal Jordi Pujol Solé?

-Je, je, je... Sí. Los dos éramos entonces jóvenes y fogosos. Pecadillos de juventud.

-Pero él acabó en la cárcel.

-Le he oído decir que la cárcel le ayudó a madurar. Me alegra mucho haber contribuido a su maduración. Y punto.

-También cerró por dos meses la revista Triunfo, y obligó a El Alcázar a cambiar de orientación política, y procesó a bastantes periodistas...

-Puramente anecdótico. Es como si yo les doy a ustedes ahora mismo un capón, y ganas que me están entrando. ¿Qué sería eso, considerando que hay miles de periodistas? Una anécdota.

-Volvamos a la actualidad. Se especula con que usted no está en muy buena sintonía con Aznar. Para empezar, no ha retirado el recurso contra la concesión del 15% del IRPF a la Generalitat.

-Yo soy hombre de muchos recursos. Ese me lo guardo, por si acaso. Pero con Aznar me llevo estupendamente. Hasta el punto de que, entre nosotros, hablamos en catalán.

-¿Ah, sí? ¿Y qué tal habla usted el catalán?

-Muy deprisa.

Lo dejamos hablando y nos vamos. Decididamente, aunque un tanto venado, está hecho un buey. De ahí que pueda mostrarse tan prepotente: es muy chuleta.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (7 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de octubre de 2013.

Nota: Zooilógico recuperado y dedicado a las memorias de Alfonso Martín Rodríguez Alargaor (miembro y agitador de la lista de correo Patera) y de Carla Matteini, recientemente fallecidos. Un fuerte abrazo para la gente más cercana a ambos.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/07 08:00:00 GMT+2
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1996/03/31 08:00:00 GMT+2

Este vil... y los otros también

Juezopatología.- Se entiende por juezopatología la Ciencia dedicada al estudio de las enfermedades mentales de los presuntos aplicadores de la Justicia. Se trata de dolencias de sorprendente variedad sintomatológica, pero caracterizadas todas ellas porque las contraen los jueces, pero las sufrimos los demás.

Buerenitis, moreirosis y tecepatía.- Entre las más conocidas juezopatías está la buerenitis, que empuja al juez a quitarse la toga y salir corriendo, cual vaca loca, así que le cae en las manos un sumario que causa problemas al Poder (v.gr.: Lasa y Zabala).

Es bien conocida igualmente la moreirosis o «síndrome del auto de choque», que incita al juez a dictar un auto imponiendo una fianza de miles de millones, a elaborar a continuación otro rebajándola a algunos cientos y a dictar luego otro más suprimiéndola por completo. También puede impulsarle a ordenar el encarcelamiento de alguien por la mañana para dejarlo en libertad por la tarde. Tiene esta enfermedad la ventaja de que anima mucho la actualidad y permite a los abogados hacer reñidas apuestas sobre qué otros giros inesperados sufrirá el comportamiento del juez antes de que llegue la ambulancia y le pongan de una vez la camisa de fuerza.

La tecepatía o «espasmo del Tribunal Constitucional (TC)» es otra morbidez curiosa, ésta de tipo colectivo. Los magistrados que la padecen se empeñan, por razones incomprensibles, en asomarse a la ventana y comprobar hacia dónde sopla el viento antes de dictar sentencia, pese a lo cual no siempre hacen un papel airoso.

Estevillitis.- La estevillitis es una dolencia caracterizada por la atresia de todos los circuitos de la vergüenza, lo que provoca un estado de desinhibición y desparpajo total. El juez que padece este brote esquizoide puede hacer las cosas más singulares: desde meter en la cárcel a gente nada más que porque le cae gorda -para que se chinche-, hasta aceptar que Javier de la Rosa le pague una estancia en el hotel Ritz de Madrid, por el aquel de la comodidad. La estevillitis tiene efectos pecuniarios realmente maravillosos: quien la padece puede hacerse, entre sentencia y sentencia, con una fortunita de 750 millones de lo más apañada. Pero su desapego por el dinero es tal que se olvida de que lo tiene, razón por la que no lo declara a Hacienda. Es tan desapegado que incluso se deja los millones por ahí: acaba de descubrirse que Estevill se olvidó un puñado en una cuenta en Suiza. Qué atolondrado.

Es este altruismo el que movió a varios partidos políticos con aspiraciones a partidos judiciales, siempre preocupados por el buen gobierno de la Justicia, a apoyar la candidatura del juez estevillítico al Consejo General del Poder Judicial, al que una vez llegado se aferró con uñas, dientes y cartera.

Pascuales.- Hay dos tipos de jueces pascuales: el tipo Pascual Estevill y el tipo Pascual Sala. Ninguno de los dos es tipo Cordero Pascual: no están nada dispuestos al sacrificio.

¿Qué tienen en común?.- Bastantes cosas. Por ejemplo: ambos coinciden en que, cuando emiten un fallo, fallan.

También se parecen en que su toga está hecha de una tela muy especial: de tela de juicio. (En realidad, ellos mismos son tela marinera.)

Ambos están también muy preparados para ejercer la función arbitral: tienen una larga experiencia en la toma de decisiones arbitrarias.

Otro rasgo común: ninguno de los dos son jueces ordinarios. Son realmente extraordinarios.

Otro más: ambos, como Pascuales que son, han hecho mucho la Pascua.

En fin, los dos son muy buenos para apelar. Cuando se ponen a pelar a alguien, lo dejan totalmente pelado.

¿Y en qué se diferencian?.- Pascual Estevill no quiere irse del CGPJ. Debe creer que, si sigue haciendo favores al PP y CiU, estará más protegido. Sala, en cambio, está loco por echarlo del Consejo, y por eso ha lanzado contra él varias filípicas. Varias filípicas y no pocas gonzálicas.

No deja de ser paradójico que las dos preocupaciones mayores de Pascual Sala lleven su nombre y su apellido: Pascual (Estevill) y Sala (Segunda del Supremo).

Estevill y Sala se diferencian también en que el primero, si consigue que no le condenen demasiado, tal vez termine de juez de Paz, en tanto que el segundo, si González le da la espalda, lo mismo acaba de juez de Guerra.

La Justicia.- Por culpa de tanta patología, la Justicia -que ya era ciega, la pobre- tiene ahora también problemas en los pies y en el oído, que afectan gravemente a su sentido de la orientación. Hay quien dice que, en vez de llevar una espada en la mano, debería llevar ya directamente un oros.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (31 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de septiembre de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/03/31 08:00:00 GMT+2
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1996/03/30 07:00:00 GMT+1

Militares de la República

Hoy quisiera llamar la atención de ustedes sobre la situación de quienes fueron militares de la República.

Ya sé que no viene a cuento de nada. Hay realidades sociales que nunca vienen a cuento de nada. Los presos no vienen a cuento de nada. Los mendigos no vienen a cuento de nada. Los inmigrantes no vienen a cuento de nada.

Los viejos que fueron militares al servicio de la República tampoco vienen a cuento de nada.

Pero la cosa es que algunos -por pura terquedad, supongo- sobreviven. Y, por mucho que pasa el tiempo, no acaban de entender cómo puede ser que nuestra joven e impecable democracia, que es envidia del mundo entero y de varios países más, no acabe de admitir que ellos eran funcionarios del Estado -del Estado que había entonces-, penalizándoles por no haberse sublevado el 18 de julio de 1936 contra el Gobierno legal y legítimamente constituido. Porque ése es el asunto, y tiene su punto de curioso: que nuestra joven e impecable democracia reconoce la condición de militares retirados a los precursores de Antonio Tejero, que se sublevaron en 1936 contra el Gobierno legal, pero se niega a admitir los derechos que asisten a quienes fueron antecesores de Manuel Gutiérrez Mellado y se mantuvieron a las órdenes del Gobierno legal.

No me digan ustedes que la situación no es paradójica. Que un Gobierno del Partido Socialista -de uno de los partidos que fueron protegidos por las tropas leales a la República- haya tenido durante trece años el Poder en la mano, y que no haya movido ni un dedo de tan poderosa mano para hacer justicia a quienes dieron la cara y se jugaron la vida por defender a sus ancestros políticos, parece increíble.

Pero solamente lo parece. En ése como en tantos otros terrenos, con socialistas como González no han hecho falta derechistas para nada.

Los exmilitares de la República miran ahora con franco desánimo el panorama que les asoma por delante, con el PP en el Gobierno. «Si no hemos logrado nada de los socialistas, menos aún obtendremos de la derecha», se dicen. Pero quizá se equivoquen. Así como los del PSOE no quisieron remover nada de ese asunto para que no se les pudiera confundir con peligrosos republicanos -una confusión que habría sido realmente terrible, amén de totalmente injusta-, los del PP lo mismo van y les echan una mano, para que quede claro que ellos no son los nostálgicos del franquismo que algunos aseguran.

José María Aznar dijo en El Mundo, a pregunta de quien esto suscribe, que el franquismo fue una dictadura y una desgracia para España. Los ex soldados y oficiales de la República le proporcionan la ocasión de demostrar que no habló a humo de pajas.

No piden que se les condecore. Únicamente que se reconozca que fueron lo que fueron: funcionarios del Estado español. Es -que alguien me lo niegue- un deseo escandalosamente modesto.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de abril de 2011.

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1996/03/29 20:00:00 GMT+1

Tortura y doble moral

Intervención en las Jornadas «Diez años contra la Tortura», organizadas por la Asociación Contra la Tortura. Centro Cultural «Conde Duque». Madrid, 29 de marzo de 1996.

Les invito a considerar esta situación, perfectamente imaginaria.

En un país indeterminado, la Policía ha detenido a un tipo enloquecido. Llamémosle Roberto K.

Roberto K. no tiene ningún inconveniente en reconocer que odia a la Humanidad en pleno y que disfruta haciendo a sus semejantes tanto daño como puede. Admite sin el menor rubor -incluso con cierto orgullo- que es el autor de una serie de asesinatos en extremo crueles cometidos en los últimos meses. Reconoce también que acaba de colocar una bomba de gran potencia en una plaza donde se está celebrando una concentración multitudinaria, pero se niega a decir en qué lugar concreto la ha puesto y a qué hora ha fijado el mecanismo de relojería que detonará el artefacto.

¿Qué hacer? ¿Ponerse a buscar la bomba? Desde luego. Pero las posibilidades de encontrarla a tiempo son mínimas. ¿Tratar de desalojar la plaza? Ni siquiera se sabe si habría tiempo. Además, el recinto tiene entradas estrechas: el pánico podría provocar una avalancha que acabaría por causar más víctimas que la propia bomba.

-Déjamelo a solas un rato, jefe -dice entonces un policía, conocido por no tener muchos remilgos- y ya verás si canta o no.

El dilema es ése: de un lado, Roberto K., un personaje abyecto, una piltrafa anti-social; del otro, decenas de vidas humanas inocentes. ¿No es ése un caso en que la tortura está más que justificada?

Estoy totalmente seguro de que, ante una situación así, la gran mayoría de nuestros conciudadanos admitirían que la Policía torturara a Roberto K. hasta sacarle la información necesaria para localizar la bomba y desactivarla.

Casi todos admitirían que se le torturara tan cruelmente como fuera necesario, siempre que no tuvieran que hacerlo ellos, por supuesto.

Puede parecer pretencioso que, en un foro como éste, me ponga a explicar por qué sostengo yo que la tortura no es admisible nunca, bajo ningún concepto, ni siquiera en un caso tan extremo como el de Roberto K. Pero quizá no sea del todo inútil que lo haga, porque mi línea argumental no es idéntica a la que suelen sostener otras personas igualmente hostiles por principio a la tortura.

Es frecuente aducir que la tortura es inaceptable porque representa una violación de los derechos fundamentales que posee todo ser humano por el mero hecho de serlo, con independencia de su bondad o maldad.

Me parece un punto de vista muy respetable. Y justo. Pero no es el que me conmueve más. Y tampoco creo que ponga de relieve las peores consecuencias sociales de la tortura.

Volvamos a Roberto K.

A mí, la existencia de semejante personaje no sólo no me importa en absoluto, sino que me parece socialmente inconveniente. Si le hubiera partido un rayo según se dirigía a poner la bomba, tanto mejor. El daño que pudiera sufrir en el curso de la tortura me es igualmente indiferente. Mi capacidad de piedad es limitada y rara vez llega a escalones tan bajos: se me agota por el camino.

Si me opongo a que incluso un tipejo así sea torturado no es, en suma, porque eso lesione sus derechos humanos inalienables -que también-, sino, sobre todo, porque la tortura degrada irreparablemente el código moral de quien la aplica materialmente, de los responsables que la autorizan y de la sociedad que la acepta, explícita o implícitamente.

La tortura es un viaje moral sin retorno. No cabe atravesar esa frontera con pretensiones de excepcionalidad.

Aceptar la tortura en el caso extremo de Roberto K. es, de hecho, admitirla siempre. Porque, ¿en función de qué criterio se acepta? En el del bien superior, obviamente. Se trata de hacer un mal menor para obtener un bien superior. Pero ésa no es la excepción, sino la norma principal de la tortura. Quienes torturan casi siempre creen que lo hacen para conseguir algo que es bueno para la colectividad: aclarar un crimen, encontrar un arsenal, desarticular un grupo terrorista... Incluso quienes torturan por placer se autojustifican con esa coartada: ellos hacen el trabajo sucio para que la sociedad pueda estar limpia.

De nada vale exagerar las cosas, como yo lo he hecho al presentar el caso de Roberto K., pintando con los peores colores al torturable y enfatizando al máximo los beneficios obtenidos con la tortura. La sociedad que acepta la tortura como excepción deja la determinación de la excepcionalidad en manos de los torturadores y de sus jefes. Habrán de ser ellos -¿quién, si no?- los que decidan, según su jerarquía de criterios, que tal o cual caso es lo suficientemente grave como para tirar para adelante apoyándose en ese respaldo social.

Por eso -insisto- avalar la tortura en algún caso equivale a avalarla en cualquiera.

He dicho antes que la mayoría de nuestros conciudadanos aceptarían que se recurriera a la tortura en el caso de Roberto K. Pero pocos de ellos admitirían -pocos se admitirían a sí mismos, incluso- que consienten la tortura en general.

Es ahí donde entra en juego la doble moral, cuyo instrumento principal es la ignorancia. ¿Qué mejor, para sentirse inocente, que no conocer los datos que evidencian la propia culpabilidad? Desconocer no sólo es conveniente, sino incluso imprescindible.

Esa sed compulsiva de ignorancia la hemos podido notar, recientemente y en masa, con motivo del caso GAL. La buena sociedad española se horrorizó con el descubrimiento de los cadáveres de Lasa y Zabala, enterrados en cal viva, y con el conocimiento de los detalles del secuestro de Segundo Marey. Pero ¿cuál fue su reacción? Pasado el primer momento de estupor, los más se pusieron a reprochar a las autoridades haber hecho las cosas «tan mal». Lo hemos oído decir muchas veces: «Lo de los GAL fue una chapuza». Es evidente que lo que más molestaba no era que los hechos se hubieran producido, sino que hubieran trascendido. Los hubo, y no pocos, que lo evidenciaron con total descaro, distribuyendo sus reproches entre los culpables de los crímenes y los que ayudamos a que se conocieran. Sólo una exigua minoría llamó a las cosas por su nombre y calificó de asesinos a los autores de los hechos, reclamando que fueran tratados como tales.

La tortura pone en marcha una reacción en cadena. Y el último de sus efectos -el más terrible de ellos- es el envilecimiento de la sociedad que la tolera en silencio. La nuestra es una sociedad éticamente envilecida, en la que las personas con principios resultan tan incómodas y desazonantes como los asuntos que se empeñan en airear.

Por supuesto que la vileza moral de los ciudadanos no procede exclusivamente del hecho de que toleren la tortura. Suele serle anterior. La ética de quienes hurtan la vista a la existencia de la tortura, fingiendo ignorarla, arrastra casi siempre muchas otras renuncias previas. Pero su complicidad añadida en este capítulo ahonda su vileza. La hace más irreversible.

No tenemos hoy tiempo de profundizar en las causas del arraigo de la vileza moral en la sociedad española. Se trata de una realidad compleja sobre la que he escrito con cierto detenimiento en algunas otras ocasiones, apelando a raíces históricas más o menos lejanas y, más particularmente, a la evolución de nuestra sociedad bajo el franquismo y al modo en que se realizó la transición de la dictadura franquista al actual régimen parlamentario. Vengo sosteniendo la tesis de que la doble moral y el miedo son dos actitudes que, por muy diversos motivos, están extremadamente arraigadas en el inconsciente colectivo de la mayoría de los españoles. Y que esas dos actitudes les permiten coexistir con las mayores aberraciones. Es más: a veces les empujan a aferrarse a ellas.

La sociedad española -y generalizo sabiendo que dejo aparte dignísimas minorías- no sabe nada de la tortura. Y no sabe de la tortura porque no quiere saber nada de la tortura. Porque le viene muy bien no saber nada de la tortura. Como le viene muy bien no saber nada de pateras, de racismo, de xenofobia, de cárceles, de marginalidad. No quiere saber nada de ningún mal que no esté en condiciones de superar, de suprimir. No quiere plantearse problemas cuya resolución pueda implicar un cambio de criterios, de estructuras, de modo de vida. Es capaz de conmocionarse con los balseros cubanos, pero no con los africanos de las pateras. Es capaz de lanzarse en masa a adoptar niñas chinas, pero desvía la vista cuando se encuentra con la gitanilla de la esquina. O le da veinte duros para pagar el precio de su eventual mala conciencia.

Ya me hago cargo de que nada de esto que digo es muy animante. Pero no creo que por ocultárnoslo ganáramos gran cosa. La denuncia de la tortura no puede conformarse con la denuncia de los torturadores. Denunciar la tortura -me refiero, por supuesto, a la practicada por los servidores del Estado: ya sé que hay otras- es, en último término, denunciar la hipocresía dominante. Las buenas conciencias que son el lubricante ideológico del orden social. Porque la tortura no es una disfunción del sistema, sino una de las muchas y variadas armas que tiene para defenderse.

Javier Ortiz. (29 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2017.

Esta conferencia dio pie a una obra de teatro, José K, torturado.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

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1996/03/24 08:00:00 GMT+2

Vacas sagradas locas

Encefalitis espongiforme. Se está estudiando intensamente en Gran Bretaña la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, más conocida por crisis de las vacas locas. Es poco lo que se sabe de esta enfermedad, que provoca que las vacas, bueyes y otros bovinos, en lugar de tener la vida aburrida a la que fueron destinados por el Supremo Hacedor, dedicada a pacer hierba y espantar moscas con el rabo, se ponen a jugar al corro de las patatas y sueltan risotadas en vez de mugidos, para acabar muriendo con el cerebro convertido en vichyssoise. Los investigadores creen que el agente infeccioso es un virus, pero, de estar en su caso, me aseguraría que las reses británicas no han estado leyendo periódicos de ésos que cuentan las peripecias de Carlos, Diana, Camilla y demás.

Profilaxis. A la vista de la situación británica, el Gobierno español en disfunciones ha tomado tres medidas de carácter extraordinario: 1ª) Ha prohibido la importación de carne de buey y ternera del Reino Unido; 2ª) Ha solicitado a Francia la entrega de Josu Ternera; y 3ª) Ha nombrado dos nuevos generales de la Guardia Civil. Esto último lo ha explicado el ministro de la Presidencia, Pérez Rubalcaba, diciendo: «Eso que tenemos ganado».

Variante española. Pero, mientras todo el mundo se preocupa mucho por la epidemia británica, pasa peligrosamente desapercibido el brote de encefalopatía político-espongiforme que ha surgido en España, claramente perceptible en bastantes de las vacas sagradas y bueyes laicos de la actualidad política, que se han puesto a hacer cosas rarísimas, muestra del alto grado degenerativo de su presunta materia gris.

Pentecostitis. Caso verdaderamente portentoso es el que presenta el señor Aznar, conocido toro abanto, al que le ha entrado súbitamente una pentecostitis, infección política que acarrea el don de lenguas. El presidente del PP guarda su habilidad recatada: según propia declaración, sólo la muestra en la intimidad, como las vergüenzas. En público se cuida muy mucho de exhibirla, y hasta la disimula astutamente, diciendo Puyol, para que no se note que sabe cómo se pronuncia la j catalana, que no tiene nada que ver con la y castellana (aunque sí, curiosamente, con la y porteña).

Aznar sólo ha demostrado saber catalán precisamente cuando ha hablado del lío de las vacas locas. Le preguntaron: «¿Qué opina del problema de las reses británicas?». Y él contestó: «Res de res».

Puede ser, de todos modos, que lo de decir Puyol lo haga para demostrar que está preparado para ser presidente del Gobierno español: como es sabido, tanto Suárez como González han tenido siempre a gala pronunciar mal el apellido del presidente catalán.

Giligilosis. Otra vaca sagrada loca, pero que muy loca -y pero que muy vaca-, es el nada atlético presidente del Atlético, Jesús Gil y Gil. Gil se ha vuelto tarumba completo: cree tener en su cerebro un babosómetro y un hijoputómetro, instrumentos que, según él, le permiten detectar de inmediato a todos los babosos e hijos de puta que hay en el mundo. La verdad es que, si fuera por sitio, dentro de su cerebro podrían caber esos aparatos y muchos más. Los dos últimos inventos giligilósicos son el boxeo con guardaespaldas -también llamado pu-gilismo- y el franquismo ostentóreo.

En su delirio espongiforme, Gil va diciendo que ha enseñado a su caballo Imperioso a decir su nombre. Lo cierto es que el caballo se limita a relinchar: ¡Giiiiiil!

Amieditis. Otro enloquecimiento súbito es el padecido en los últimos días por el ex policía José Amiedo Fauces. En su caso, la enfermedad se manifiesta como en los ordenadores: el virus le afecta a la memoria. También le provoca cambios bruscos en el apetito: pasa sin transición alguna de apetecerle colaborar con la Justicia a apetecerle recuperar el dinero de Suiza.

Este loco está también como para que lo encierren, sólo que en otro tipo de establecimiento.

Feliposis. Una variante más de encefalopatía político-espongiforme es la detectada en estos días en la cabaña felipista. A sus vacas sagradas les da por actuar a la vez como Gobierno y como oposición: ora aprueban decretos y hacen nombramientos, ora se expresan en tanto que «primer partido de la oposición».

El peligro es que le acaben cogiendo el gusto y decidan dejarnos en ésas para siempre.

Pregunta: ¿Y todo esto es ganado bovino?

Respuesta: Bovino, o tontito, pero muy listo no parece, la verdad.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (24 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de septiembre de 2013.

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