1996/05/18 07:00:00 GMT+2
El matador dedicó la muerte del bicho a Gabriel García Márquez. Le dijo que había aprendido a leer «con su libro». No precisó a qué libro en concreto se refería, pero todo el mundo dio por hecho que era Cien años de soledad, y eso congratuló mucho a la afición, porque a la afición le gusta que los toreros sean gente de cultura. Y si no se conforman con ser gente de cultura, sino que además son admiradores de García Márquez, que es amigo de Fidel, y de Felipe, pues miel sobre hojuelas, porque eso revalida la conocida tesis de que la tauromaquia, amén de ser arte, también puede servir de deleite para humanistas. Lo que explica que Canal Plus se vuelque con la feria de San Isidro y que El País y El Mundo, en feliz e insólita coincidencia, le dediquen páginas y páginas de admiración, para fastidio de los remilgados que ven la fiesta como un espectáculo degradante.
Que es como la veo yo.
No me cuento entre los que se oponen a la tauromaquia porque les apena la suerte de los toros de lidia. Cualquiera que haya pasado alguna vez por un matadero sabe que el destino final fatal de las demás reses no es, desde luego, ni mejor ni más estético.
Me hago cargo también de que, de no existir las corridas, nadie daría ni un duro para asegurar la supervivencia de los toros bravos.
Es más: doy por hecho que el buen aficionado siente por el toro de lidia mucho más amor que yo (lo que tampoco es muy difícil, a decir verdad).
Comparto aún menos la crítica de quienes reprochan a los taurinos «gozar con el dolor de un animal». Sé que el verdadero aficionado no disfruta en absoluto con el dolor del bicho. No acude al coso para nada que tenga que ver con la crueldad, y así lo suele demostrar vituperando a los individuos que confunden la pica con la Black & Decker y, retrepados sobre un jamelgo acorazado, barrenan a los bichos hasta dejarlos inválidos.
El buen aficionado no piensa en la sangre del toro. Piensa en el arte. Hace abstracción del dolor.
Y eso es, precisamente, lo que considero degradante.
Ustedes han visto películas «de romanos». ¿Creen que la gente que acudía al circo disfrutaba viendo a los gladiadores herirse y matarse? No, por Dios: lo que apreciaba era cómo exhibían su dominio de las armas y el valor que demostraban sobre la arena. Los ciudadanos de la Roma Imperial también hacían abstracción del dolor.
Pregunten a los aficionados al boxeo. Les explicarán que lamentan que los púgiles se hagan daño. Y son sinceros. Se exasperan cuando sube al ring un tarugo que reparte puñetazos sin ton ni son. Aprecian la esgrima, la astucia. Ellos también hacen abstracción del dolor.
Los anti-taurinos al uso suelen presentar la tauromaquia como un cruel atavismo local. Para mí, por el contrario, la llamada «fiesta nacional» es tan sólo otra prueba más de la universal aptitud humana para hacer abstracción de la pena extraña. Para no pensar siquiera en cuán a menudo el disfrute propio necesita del dolor ajeno.
Lo que vale para la tauromaquia. Y también para la Economía.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/18 07:00:00 GMT+2
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1996/05/15 07:00:00 GMT+2
Mi buen amigo Gervasio Guzmán tiene la manía de reflexionar sobre el porqué de las cosas. Su pregunta favorita es: «Y eso, ¿por qué?».
Ya de jovencito ese hábito suyo le trajo no pocos problemas. Las chicas huían de él despavoridas. Les colocaba interminables ristras de silogismos relativos al equilibrio del terror atómico, los peligros de la lógica del capital financiero o los graves desastres que podría acarrear atenerse a la doctrina del Deuteronomio. Han pasado treinta años, pero en eso no se puede decir que haya cambiado nada.
Lo pude comprobar el otro día.
Estábamos en una pequeña fiesta privada cuando se le acercó una joven de vestido negro, ojos negros y pelo negro que, probablemente para hacer juego, fumaba tabaco negro. Le pidió un cigarrillo.
-¿En qué piensas? -le dijo con sonrisa no menos oscura.
-Meditaba sobre la unidad de pecado -le contestó Gervasio.
-¿Perdón?
-La unidad de pecado.
-Ah.
-Verás -se animó Gervasio-. Según la Iglesia católica, uno puede cometer muchos pecados. No sólo de modo cualitativo: también tiene la posibilidad de pecar varias veces contra el mismo mandamiento. Pero, si una misma persona puede cometer varios pecados de tipo análogo, debemos concluir que es factible sumar los pecados. De lo que se infiere que existe una unidad de pecado.
Mi amigo Gervasio prosiguió:
-...Y ahí llegamos al problema. Porque supongamos que se trata de un pecado cometido contra el sexto mandamiento. Imaginemos que dos personas pasan la noche juntas sin estar casadas...
La joven de negro torció el gesto, pero mi amigo Gervasio estaba demasiado abstraído como para apercibirse del detalle.
-Bueno, pues ésa es la cosa. Lo que hagan durante toda la noche, ¿forma parte del mismo pecado o son varios? ¿Qué espacio de tiempo debe mediar entre una actividad pecaminosa y otra para que deje de ser el mismo pecado? ¿Basta con parar a fumar un cigarrillo? ¿Y si se duermen y se despiertan al cabo de una hora y siguen?
La chica de físico y uniforme sombríos le interrumpió.
-Perdona: ¿eres católico?
-¿Quién, yo? -saltó Gervasio como si le hubieran tomado por marciano-. No; para nada.
-¿Y entonces? ¿Qué más te da todo eso?
-¡Cómo que qué más me da! Plantea un problema de lógica. Sencillamente, me intriga, y...
-Oye, ¿por qué no lo comentas con Armando? Es ése grandote que está junto a la ventana. Es católico. Seguro que sabe mucho de eso.
Le cogió dos cigarrillos más, le dedicó una sonrisa helada y salió zingando.
Gervasio se me acercó.
-¿Has visto? ¡Y eso que le he hablado tan solo de la unidad de pecado! ¿Te imaginas qué hubiera hecho si me meto con la lógica de la organización social?
-Dejar de escucharte todavía antes. Es lo usual -le repliqué.
Y nos fuimos para casa.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/15 07:00:00 GMT+2
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1996/05/11 07:00:00 GMT+2
Todo el mundo condena los GAL. Bueno, todo el mundo no: los jueces aún están en la fase de instrucción. Pero, fuera de ellos -y muy en especial de Móner, teórico de lo inverosímil-, todo quisque afirma enfáticamente que está en contra de los GAL y pide que sus crímenes se aclaren «caiga quien caiga».
¿Caiga quien caiga? Sí, pero menos.
Los hay que echan pestes sobre los GAL y reclaman a grandes voces castigo para los culpables, pero sólo en tanto los jueces no pretendan que las responsabilidades penales lleguen a la cumbre del Gobierno cesante. No objetan que un puñado de jefes o ex jefes de la Policía y de la Guardia Civil acaben en la trena, pero les asusta la idea de que González pueda verse arrastrado por la marea. Así, piden que «todo se aclare de una vez», pero no paran de presionar para que los papeles del CESID sigan siendo secretos.
Hay otros que asumen la línea diametralmente opuesta. También ellos condenan solemnemente los GAL, faltaría más, pero apuntan sus baterías exclusivamente contra los presuntos responsables políticos de la trama -González en especial-, sin mostrar el más mínimo interés en que la Justicia persiga y castigue a quienes se encargaron de llevar los planes a la práctica, o sea, de poner las bombas, matar, secuestrar, torturar, etc.
Tanto los defensores de González como los avalistas de Galindo son impermeables a las novedades. Tanto da lo que se descubra de nuevo. Ellos lo tienen inconmoviblemente claro desde siempre: sus defendidos se dicen inocentes, ergo son inocentes. Unos y otros se muestran tan crédulos con sus patrocinados como escépticos ante lo que dicen todos los demás.
Frente a los que mantienen estas dos actitudes, nos hallamos quienes no ponemos ningún tipo de límite al esclarecimiento de la verdad. Reclamamos que paguen por los GAL todos los que tengan que pagar, sean políticos de relumbrón o de medio pelo, civiles o militares, agentes de Policía o periodistas.
Lo cual irrita a muchos. «Y éstos, ¿de qué van?» -se preguntan.
¿De qué vamos? Juan Luis Cebrián trató de desvelarlo hace unos días. Dijo que los periodistas de este periódico padecemos «el síndrome de Watergate». Algo así como una fijación: según él, nos pirria arruinar carreras políticas. Sea. Pero unos cuantos periodistas no pueden arruinar la carrera de un mandamás, por mucho síndrome que tengan, si el mandamás no ha hecho nada que merezca repudio colectivo. Y si lo ha hecho, entonces el verdadero problema ya no es por qué los periodistas con síndrome denuncian la cara oculta de ese mandamás, sino por qué otros periodistas se abstienen de hacerlo.
«Lo que vosotros tenéis es un empacho de ética», apuntan otros.
¿Es posible empacharse de ética, tenerla en exceso, o afectada? No lo sé, sinceramente.
Lo que sí sé muy bien es lo que yo, al menos, no tengo: vocación de encubridor.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/11 07:00:00 GMT+2
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1996/05/09 07:00:00 GMT+2
La mañana estaba destemplada, triste y nebulosa. Irache vestía de gris: gris en el cielo y gris en la tierra, repleta de policías. Al pasar frente al «Hotel Irache», vimos un extraño contingente de paisanos en formación militar. Eran los seguidores de Sixto-Enrique, el ultra de los Borbón-Parma.
Ya al pie del monte, los organizadores nos reunieron a los invitados. Por los altavoces tronaba la voz recia de José Antonio Labordeta: «Habrá un día en que todos/ al levantar la vista/ veremos una tierra/ que ponga libertad». Un joven se me presentó: dijo que se llamaba Aniano Jiménez, que era de Cantabria y que acudía en representación de la HOAC. No nos dio tiempo a hablar mucho: casi inmediatamente se organizó fuera el tumulto. «Vamos a ver qué pasa», dijo Aniano.
Salimos. Él se adelantó. Yo subí a un peñasco. Atisbé a un individuo con gabardina blanca, boina roja y pistola en mano. Oí los disparos. Bajé corriendo. Aniano estaba herido de muerte. Lo recostaron a mi lado. Nos dijo: «No aviséis a la Policía, que estoy fichado». Y murió.
Comenzamos la ascensión entre la emoción y el miedo. No tardaron en sonar las ráfagas de ametralladora. Disparaban contra nosotros desde la cumbre. Al poco bajaron el cuerpo de Ricardo García Pellejero. Tampoco tardó en morir.
Han pasado veinte años, día a día, y sigo recordando la muerte de Aniano, absurda y vecina. También recuerdo a los cómplices de los asesinos.
Supongo que cosas así no se olvidan jamás. Espero no olvidarme de ésta jamás.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/09 07:00:00 GMT+2
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1996/05/08 07:00:00 GMT+2
González está como Don Quijote al salir de la venta: el gozo se le sale por las cinchas del caballo. ¿A cuento de qué tanta ufanía, tanto júbilo? Sonríe sin parar, se abraza a las farolas cantando bajo la lluvia, da apretones de manos de a cuarto de hora. No hay más que verlo: incluso su cara ha perdido el aire abotargado de los últimos años. ¿Se habrá enamorado? No, no puede ser eso. Siempre lo ha estado. De sí mismo.
Para mí que está que no cabe de contento porque ha logrado salir de La Moncloa sin tomar el camino de Alcalá-Meco, porque tiene al PSOE bien amarrado y con nueve millones de votos y porque ve que Aznar -ahí está Eduardo Serra en Defensa para demostrárselo- no alimenta la menor intención de ordenar que los archivos oficiales se pongan al servicio de los jueces.
Tiene González tantos motivos para estar alegre como la izquierda para lamentarlo. Porque una cosa es que Aznar no vaya a entregar a los tribunales documentos que comprometan al expresidente y otra, muy diferente, que no los vaya a acumular en su propio archivo.
Parto del juicio previo -o sea, del prejuicio- de que nadie llega a jefe de Gobierno siendo persona llena de escrúpulos. De lo que deduzco sin gran esfuerzo que Aznar no va a renunciar a la posibilidad de hacerse con un grueso dossier sobre chapuzas, irregularidades y mangoneos que impliquen a su feliz antecesor. No para darlos a conocer, sino para tenerlos bien guardaditos en un cajón. Y, cada vez que el grupo socialista apriete y se ponga borde con tal o cual proyecto de Ley, o amenace con destapar tal o cual escándalo del nuevo Gobierno, le bastará con convocar a González a La Moncloa y decirle algo así como: «Oye, antes de nada. Quería comentarte una boba historia con la que no paran de darme aquí la murga: ¿tú sabes algo de unos pagos que hizo tu secretaria en el 92 con cargo a los fondos reservados? Es que me traen papeles y papeles... Míralos: los tengo aquí. La verdad es que, aparentemente, te dejan en una situación que vaya... Claro que yo no me lo creo. Hablan de presentar una denuncia. Qué barbaridad. Ya les he dicho que de eso, nada. Pero, bueno, cambiemos de tema: ¿por qué estáis tan bordes en lo de la reforma de las pensiones?».
Y así.
González no tendrá problemas con la Justicia, pero, mientras él y su círculo encabecen la oposición, ésta se verá condenada a hacer una labor descafeinada, de mírame y no me toques... el pasado.
Se dice que debe hacerse la luz sobre los disparates cometidos durante el largo trecenato felipista porque conviene a la moralidad pública. Y es verdad. Pero hay otra razón igual de importante para defender que todo se aclare. Hace falta para que pueda articularse una oposición de izquierda digna de esos dos nombres: del de oposición y del de izquierda.
Con González no es posible. Está condenado a ser un rehén de Aznar.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/08 07:00:00 GMT+2
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1996/05/04 07:00:00 GMT+1
De todo el plantel de líderes bolcheviques que llegaron al Poder en Rusia tras la Revolución de Octubre de 1917, Jósif Visariónovich Djugáshvili, apodado Stalin, era sin duda alguna el de aspecto más anodino y gris. Bajo de estatura, torpe de gesto -tenía problemas de articulación en un brazo-, con la tez marcada por las graves secuelas de una enfermedad infantil, su marcado acento georgiano hacía que los rusos le entendieran con dificultad, lo que tampoco importaba gran cosa a nadie -salvo a él mismo- porque rara vez subía a un estrado.
La opinión pública del recién instaurado Estado soviético siguió desde el principio con interés los dichos y los hechos de los nuevos dirigentes. Pronto se familiarizó con la figura de Vladimir Ilich Uliánov (Lenin), y con su verbo acerado y preciso. Pronto comprobó también que algunos de los colaboradores más cercanos de Lenin no le iban a la zaga en brillantez, ni mucho menos: era el caso muy evidente de Lev Davídovich Bronstein (Trotsky), pero también el de Lev Kaménev, Nicolai Bujarin, Grigori Apfelbaum (Zinoviev), Alejandra Kollontai y tantos otros. Personas de estudios superiores, todos ellos habían ensanchado sus horizontes culturales -por culpa del forzado exilio- en Europa occidental o Estados Unidos. En sus escritos y sus discursos, el contenido radical y revolucionario no reñía con la altura literaria.
Stalin aparecía en el extremo opuesto. Había cursado estudios secundarios en el seminario de Tiblisi. Su formación cultural era discreta. Nunca residió fuera del imperio zarista. No hablaba más idiomas que el georgiano y el ruso.
Pero tenía otros activos. Bastante menos llamativos, pero en nada desdeñables. Era muy tenaz. Era astuto. Se desenvolvía mal en las tribunas, pero nadie le ganaba en los pasillos y los despachos.
Stalin se especializó en tareas de organización, tanto del partido como del Estado. Soterradamente, sin aspavientos ni alharacas, fue situando en puestos esenciales del aparato a personas de su confianza, de apariencia frecuentemente tan vulgar como la suya propia.
Cuando Lenin murió y se abrió la sucesión, los brillantes líderes bolcheviques descubrieron que tenían mucho prestigio público... y poco más. Stalin se había hecho con las riendas de casi todo. Gracias a lo cual, y sacando partido de las disensiones ajenas, fue librándose fríamente de sus oponentes uno tras otro. Y dominó la URSS durante treinta años.
¿A cuento de qué evoco a Stalin? Nuestra realidad no tiene nada que ver, por supuesto, con la rusa de los años 20. Salvo en un punto: aquí y ahora, también hay muchos que tienden a juzgar a los políticos por el brillo de su oratoria y su simpatía y atractivo personal, y que desdeñan a los que se expresan con torpeza y se envaran y atoran en público.
Háganme ustedes caso: nunca menosprecien a los aparatchiki fríos, tenaces, grises y astutos. A los políticos del estilo del que a partir de hoy será presidente del Gobierno de España.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/04 07:00:00 GMT+1
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1996/05/01 07:00:00 GMT+2
Mal, muy mal. Se suponía -algunos suponían: se creyeron lo que oyeron- que el PSOE iba a emprender como tarea prioritaria el análisis autocrítico de su actuación pasada, para no tropezar otra vez con las mismas piedras (y no darnos a los demás con ellas).
Pero qué va. La jefatura felipista sigue totalmente encantada de haberse conocido. Todavía no ha tenido siquiera tiempo de tomar asiento en sus escaños de oposición y ya está entregada en cuerpo y alma al mismo aburrido ejercicio de autocomplacencia, petulancia y narcisismo de hace tres meses, de hace tres años, de hace diez.
Antes de lanzarse de nuevo al ataque con ánimo de reconquista, el PSOE debería haberse planteado algunas preguntas clave: qué ha pasado, cómo, por qué ha pasado. Cómo pudo ser Filesa, cómo el paro loco, cómo, por qué Lasa y Zabala, Intxaurrondo, el Mystère, el Azor, el búnker, los contratos basura, la Ley de Extranjería, la patada en la puerta, la Guerra del Golfo. Mientras no se plantee esas preguntas y tantas otras conexas -planteárselas sería ya comenzar a responderlas-, los socialistas serán esclavos de su propio pasado. Estarán condenados a repetirse. Frente al Boyer de hoy no podrán proponernos sino el Boyer de ayer. Y frente al Mayor Oreja de mañana, la oreja mayor, con CESID y todo, del Narcís Serra de hace cuatro días. Esa es su «alternativa de progreso».
Pero no son solamente ellos. Otros hay que se consideran de izquierdas desde fuera del PSOE, y hasta lo critican a veces, pero no se declaran incompatibles con esa pseudoalternativa felipista. Es el caso de los críticos de Izquierda Unida -Partido Democrático de Nueva Izquierda, se llaman ahora- cuya agenda de trabajo tiene un punto fijo y permanente: atender a todos los medios de comunicación a los que fascina la hostilidad que muestran hacia los mayoritarios de Anguita, sólo comparable al fervor con que proponen unirse al PSOE en un «bloque de progreso».
Las divisiones internas paralizan a Izquierda Unida. Decir que es cosa de personas no aporta nada: todos los asuntos políticos son cosa de personas, por animales que sean. El talante de cada cual podrá gustar más o menos -habrá quien no soporte los aires sentenciosos; otros odiamos la hipocresía-, pero en todo caso la división es mucho más profunda. Afecta a la concepción misma de la política.
Alguien que no entiende que es imposible constituir un «bloque de progreso» sin distinguir primero entre la decencia y la indecencia, ¿de qué clase de «progreso» habla?
Pero la reflexión opuesta es igual de válida: si se pone por delante la exigencia de decencia, ¿habrá con quién formar un «bloque» que merezca tan solemne nombre?
El dilema de la izquierda es ése: o aspirar a ser muchos a expensas de los principios más elementales... o pagar duramente en peso político el precio de tener principios.
O lo uno o lo otro. Eso es lo peor: que no hay vía intermedia.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de mayo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/05/01 07:00:00 GMT+2
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1996/04/30 20:00:00 GMT+1
Una revista argentina de gran tirada me pidió, allá por 1996, que trazara un "perfil" de Felipe González. Éste es el texto que les envié y que publicaron.
A comienzos de los años 60, el Pentágono ya era consciente de que el régimen de Franco difícilmente sobreviviría a su sangriento fundador. Según sabemos hoy gracias a la desclasificación de los documentos oficiales norteamericanos de la época, Washington comprendió que era necesario ir preparando una sucesión al franquismo que no pusiera en peligro los intereses norteamericanos en España, país de primera importancia estratégica de cara al Mediterráneo.
Trazó un plan. Sin prisas. No se trataba de ponerlo en práctica de inmediato. Habló con sus socios socialdemócratas europeos: con los alemanes, con los italianos, con los suecos, con los franceses. Fijaron en comandita un retrato-robot del partido y del líder que les hacía falta para conseguir que, cuando no quedara otro remedio, en España pudiera cambiar todo y todo siguiera igual, según la máxima lampedusiana.
Entretanto, su hombre se paseaba por Lovaina (Bélgica) en busca de patronazgo.
Había nacido en Sevilla el 5 de marzo de 1942 y pasado una infancia y una primera juventud sin sobresaltos. Antifranquista, se había cuidado de disimularlo. La Policía política no encontró nada molesto en él, básicamente porque él no hizo nada que pudiera molestarla. Con los libros de Derecho aún bajo el brazo, marchó a Bélgica. «Si la democracia cristiana europea le hubiera ofrecido una beca, se habría hecho democristiano», dice quien ejercía entonces de responsable de las Juventudes Obreras Católicas en Lovaina. Fue la socialdemocracia alemana la que reparó en él, y se hizo socialista. En 1962 entró en las Juventudes Socialistas. Y dos años después, en el PSOE.
Llegaba a su término la década de los 60 cuando el núcleo de estudiantes de Madrid con los que González trabó pronto contacto acudió a la Embajada de los EE.UU. en la capital de España a ofrecer sus servicios para combatir «contra la creciente influencia comunista en la Universidad», según consta en un mensaje reservado -hoy público- que la legación diplomática estadounidense remitió de inmediato a sus jefes. Washington decidió apoyarles de cara a una meta más amplia: acabar con la vieja y anquilosada dirección del socialismo español y ponerla en sus manos. El objetivo lo lograron en 1974, en el Congreso que el PSOE celebra en Suresnes, cerca de París.
A partir de ese momento, la maquinaria de la poderosa socialdemocracia europea, con respaldo norteamericano, se pone a la obra. Dedica ingentes cantidades de dinero a promocionar al nuevo PSOE y a su líder. Lo pasea por Europa y consigue que en España la Policía no estorbe sus actividades. Cuando Franco muere, el tinglado aún no está del todo a punto, pero sí lo suficientemente rodado. González se aprovecha de las debilidades del Partido Comunista de España, dispuesto a cualquier cosa para conseguir su legalización, y lo embarca en la empresa de la reforma del régimen franquista. En las primeras elecciones dignas de ese nombre -pero que se celebran cuando aún algunos partidos políticos siguen en la ilegalidad-, el PSOE de González queda en segundo lugar, por detrás del partido de los franquistas reconvertidos en demócratas, pero el PCE queda prácticamente fuera de juego. En 1982, González logra vencer y obtiene mayoría absoluta: es la culminación de lo planeado más de veinte años atrás.
Lo ocurrido durante los casi 14 años posteriores de Gobierno felipista es sabido: España culmina su integración en la OTAN, entra en la CE (ahora UE) y se adhiere plenamente a las doctrinas económicas imperantes en los organismos internacionales del ramo: FMI, OCDE, Banco Mundial, etc. La modernización del país, real, conduce a la desindustrialización y al paro creciente. El PSOE se instala entre banqueros y especuladores, convirtiendo el monetarismo en dogma de fe. Arrogante, cree que puede acabar con el terrorismo de ETA por la vía rápida y pone en marcha los GAL, nombre que encubre el terrorismo de Estado y que certifica la muerte de 28 personas, algunas ajenas a ETA, secuestradas o asesinadas por error.
Algunos han creído ver en todo ello un proceso de degeneración: del socialismo juvenil al neoliberalismo rampante. No hay tal. «El Poder no corrompe; sólo desenmascara»: la observación de Rubén Blades encaja a la perfección referida a González. De joven fue ambicioso, marrullero, simpático, guapo, listo, nulamente escrupuloso, sin principios, visceralmente anticomunista. Con el tiempo se ha hecho más viejo y menos simpático. En todo lo demás, sigue siendo exactamente el mismo.
Javier Ortiz. (1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de diciembre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/30 20:00:00 GMT+1
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1996/04/27 07:00:00 GMT+1
El Gobierno en funciones -en funciones de tarde y noche, en concreto- ha puesto los medios para que sesenta mil inmigrantes puedan regularizar su situación legal en nuestro país. Corrije con ello -no del todo, pero bastante- la triste cicatería de los criterios que aplicó en 1991, cuando su primera campaña de «papeles en regla» para los extranjeros. Bien está que el Gobierno de González y Belloch haya sentido este impulso humanitario, pero es imposible no considerarlo una miaja tardío. ¿Ha necesitado tener su corazón trece años en remojo para ablandarlo? ¿O no será que ha sucumbido a los encantos del humanitarismo solo tras apercibirse de que ya no le quedaban ni media docena de telediarios y un Informe Semanal?
Tres cuartos de lo mismo cabe decir de la ampliación de la Ley del Aborto. Así que se abrieron las puertas del Congreso hace un mes, el grupo parlamentario socialista se apresuró a presentar el proyecto correspondiente. Oigan, y tan feliz. Estuvieron algo así como cinco mil días en el Gobierno -que se dice pronto- y no encontraron el momento de sacar adelante una legislación realmente progresista al respecto. Pero ahora que van a estar en la oposición y ya les dan lo mismo los anatemas del PNV, CiU y otros fundamentalistas, se lanzan adelante con todos los faroles. Y tan faroles.
¿Y qué me dicen de Belloch, que se descuelga ahora diciendo que la Audiencia Nacional debería ser suprimida, porque se trata de una jurisdicción especial? También él ha tenido que pasar por un larguísimo proceso de reflexión, por lo visto, hasta llegar a esa brillante conclusión. ¡Qué casualidad que sólo haya visto la luz en vísperas de que su facción vaya a quedarse sin los resortes del Ministerio de Justicia, cuando sobre las mesas de los magistrados de la Audiencia Nacional siguen varios de los sumarios que más pueden dañar al PSOE en el futuro!
Vengo sosteniendo desde hace tiempo que la derrota electoral de Felipe González sólo tiene un claro inconveniente: que le va a permitir disfrazarse de nuevo de progresista. Pasamos del «Felipe» familiar de los viejos tiempos de la oposición a la UCD al «González» presidente del trecenato. Ya se detectan los primeros síntomas del proceso inverso de transformismo político. Ahí tenemos ya a Felipe, el amigo de los inmigrantes. Ya se ve venir a Felipe, el machote paladín de las feministas. Que viene Felipe, que viene, que viene el enemigo de las jurisdicciones especiales. Dentro de nada nos convoca una mani contra la OTAN y el imperialismo yanqui.
El tango dice «que veinte años no es nada». Pues menos aún trece. Pronto vamos a ver a toda la troupe felipista diciendo que su problema ha sido que les ha faltado tiempo y que si les dejamos mandar de nuevo nos plantan en cosa de nada en la tierra prometida del socialismo con rostro humano (o sea, sin Galindo ni nada).
Aznar en el Gobierno y González de jefe de la oposición. Cielos, qué panorama.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/27 07:00:00 GMT+1
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1996/04/24 07:00:00 GMT+2
En los inicios, cuando era el Verbo -o sea, cuando yo era todavía joven-, se solía distinguir entre dos géneros de izquierda: de un lado la reformista; del otro, la revolucionaria o radical. La reformista, identificada con los partidos de signo social-demócrata, era la que, por más que hablara en su programa de la necesidad de superar el capitalismo y abrir paso a una sociedad sin clases, en la práctica no aspiraba sino a servirse del Gobierno para poner en marcha reformas que corrigieran los peores excesos del sistema en los planos social y económico -mejorando las condiciones laborales y de vida de las clases trabajadoras-, y también en el plano político, ampliando las libertades y derechos ciudadanos. A lo que la izquierda revolucionaria se oponía tajantemente, alegando que los socialistas no debían perder sus energías políticas blanqueando la fachada del capitalismo: que debían ayudar a hundirlo, sin más.
Ha pasado el tiempo. Ahora la izquierda revolucionaria no existe en tanto que fuerza política. Lo que en estos tiempos se tiende a tomar por tal -caso de Izquierda Unida en España o de Refundación Comunista (RC) en Italia- son de hecho agrupaciones reformistas al viejo estilo, cuyos programas se limitan a la proposición de medidas sociales y políticas enérgicas. No hay más que ver lo que reclama el supuestamente radical Fausto Bertinotti, líder de RC, en Italia: lucha contra el paro, defensa del poder adquisitivo de los trabajadores y pensionistas, escala móvil de salarios... Se trata de una plataforma del género de las que enarbolaban hace veinte o treinta años los partidos integrados en la Internacional Socialista. O sea, los partidos reformistas.
Los comunistas que quedan en la Europa Occidental de ahora defienden un ideario muy cercano del que hacían suyo los social-demócratas de hace medio siglo, y son -nadie albergue la menor duda al respecto- infinitamente más moderados que los fundadores de la II Internacional.
¿Por qué, si es así -y es así-, se les tiene por terribles radicales, casi incendiarios? Porque los viejos partidos social-demócratas -y los que se han subido con el tiempo a su carro, como el PDS italiano- continúan presentándose como si fueran socialistas reformistas.
Y no lo son.
Entre tener una actitud suave ante la lucha de clases y negar su existencia hay todo un abismo. Estos seudosocialistas que cantan loas a la Unión Monetaria, dan prioridad a «obtener la confianza de los inversores» y se ganan el aplauso de los responsables del Deutsche Bank no pretenden en absoluto reformar el sistema: se limitan a gestionar sus negocios. No parten del criterio socialista más elemental: que los intereses de los poderosos son, por lo común -casi siempre-, contrarios a los intereses de los débiles.
Lo ocurrido en Italia es en el fondo sintomático: para que la izquierda haya llegado al Poder ha hecho falta que primero dejara de ser realmente de izquierdas.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de abril de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/04/24 07:00:00 GMT+2
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