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1996/03/23 09:00:00 GMT+1

Mísia: tudo isto é fado

¿Y qué es el fado? Amalia Rodrigues trató de explicarlo hace más de treinta años, con recado prestado de Nazaré y Carvalho: «Almas vencidas,/ noches perdidas.../ Celos, amor,/ lumbre y ceniza,/ culpa y dolor./ Todo esto existe./ Todo esto es triste./ Todo esto es fado».

Como algún cante jondo. Como algún tango. Como algún «blues». Melancolía, sueños, lamentos, pena. La música como salvación. La música como terapia.

Pero Amalia nunca contó que la verdadera magia del fado -tal vez lo ignora ella misma, a fuerza de tenerla- no está fundamentalmente ni en la música ni en la letra de las canciones, sino, sobre todo, en su interpretación. En la capacidad de quien lo canta para transmitir el sentimiento. Para hacérnoslo creíble.

Mísia sí lo sabe. Mísia tiene una espléndida voz, que modula desde más abajo de la garganta, contenida, como avergonzada de su propia fuerza. Y la rompe, e incluso en ocasiones la arronca a propósito, como sólo los dotados son capaces de maltratar sus propias dotes.

Mísia no está enamorada de su voz. No le fascina la exacta técnica con que puede manejarla. No quiere complacer a la audiencia. (Miento: sí quiere. Se impone el deber de no dejarse esclavizar por ella). No busca despertar admiración. Utiliza su voz y su técnica tan sólo como herramientas con las que cincelar una magia: la emoción.

Rigor.-Hace falta saber muy bien lo que se quiere para someter el propio trabajo a ese rigor estricto. ¡Es tan tentador ceder a los deseos ramplones de la casa discográfica, demostrar que se es capaz de hacer tantos gorgoritos como cualquier Dulce Pontes, poner una pizca de «new age», dos gramos de folk y unos coros de diez voces superpuestas a lo Enya para vender discos como churros!

Mísia quiere demasiado lo que el arte popular ha destilado a lo largo de los siglos, ama demasiado la poesía sincera -esa maravilla de Fado Menor do Porto, con letra de Pessoa, de su último disco, Tanto menos, tanto mais-, gusta demasiado del fado auténtico como para ceder a esas tentaciones. Para fortuna nuestra.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de marzo de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/03/23 09:00:00 GMT+1
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1996/03/23 07:00:00 GMT+1

Fuera de la política

Nuevo chorreo a Julio Anguita. Ahora dicen que se ha pasado en su carta abierta a González, publicada ayer. De toda la catarata de reproches que llovió de inmediato sobre el coordinador general de IU, dos me llamaron muy especialmente la atención. El primero lo oí por la mañana en una radio: su misiva -dijo el crítico de turno, en plan admonitorio- está «repleta de reproches». Me entró la risa. Pero ¿qué quería? ¿Que rebosara de piropos? ¿Que dijera que la idea de enterrar a la gente en cal viva le parece cada vez más sugestiva? ¿Que admitiera que arde en deseos de aliarse cuanto antes con el grupo parlamentario de Narcís Serra y Pepe Barrionuevo?

Más fascinante aún es la crítica que descargó ipso facto sobre Anguita el veterano Antoni Gutiérrez Díaz. Este otro Gutiérrez -un carrillista confeso reconvertido en eurodiputado de concepciones pasmosamente escurridizas- dice que el coordinador de IU se ha colocado una vez más «fuera de la política» (sic!). Gutiérrez sostiene que IU debería encarar la realidad política actual «sin dejarse llevar por verdades fundamentales». Una propuesta intrigante, dicho sea en todos los sentidos de la expresión. Porque, si no ha de dejarse llevar por verdades fundamentales, ¿por qué deberá guiarse? ¿Tal vez por mentiras fundamentales? ¿O quizá por verdades no fundamentales? Gutiérrez afirma que IU debe replantearse su orientación, y aporta lo que a él le parece una razón irrefutable: la coalición no tiene los votos suficientes. Ya ven ustedes cómo son las cosas: a mí me parece que tiene la tira. No me creo que haya por estos pagos 2.600.000 personas que estén en contra del sistema social vigente. No las veo por ningún lado. Y Gutiérrez Díaz me lo confirma: él mismo, que supongo habrá votado al semi-socio catalán de IU -lo supongo, digo-, es obvio que no está nada en contra del modelo de organización social imperante. Al contrario: llega a sentenciar que los que nos oponemos al Tratado de Maastricht carecemos «de cultura política internacional», lo que nos vuelve incapaces «de dialogar con los dirigentes europeos actuales», objetivo que debe figurar, como es bien sabido, entre las expectativas vitales de todo espíritu crítico. (Yo, de hecho, todas las mañanas, según me arreglo la barba, me pregunto angustiado: «¿Serás hoy capaz de dialogar con un dirigente europeo actual, tipo Craxi o Papandreu, sin ir más lejos? ¡Ten cultura política internacional, hombre! ¡Qué va a ser de Schengen, si no!»).

Ahora que todo el mundo da consejos a Julio Anguita, me voy a permitir darle yo uno: déjalo, tío. Ya te lo han dicho: estás «fuera de la política». Ellos saben muy bien qué es hacer «política». Tú no. Tú te empeñas en tener principios. Verdades fundamentales.

Paul Simon lo escribió en The Sound of Silence allá por 1963: «Las palabras de los profetas se escriben ahora en las paredes del metro». Y son palabras muy sencillas, nada electorales. Dicen cosas como: «A la mierda con todos vosotros».

Javier Ortiz. El Mundo (23 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de marzo de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/03/23 07:00:00 GMT+1
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1996/03/17 08:00:00 GMT+2

Encuentros en la tercera clase

Ufología. Todos los periódicos han contado lo que declararon González y Aznar tras su reciente encuentro en La Moncloa. Nosotros no podíamos conformarnos con semejante vulgaridad. Así que, la mañana en cuestión, disfrazados de bonsáis -algo que nuestra estatura nos permite cómodamente-, nos adentramos en el complejo de La Moncloa y asistimos en directo a la conversación que mantuvieron el jefe de Gobierno en (de)funciones y su sustituto in páctore (sic). Fue un diálogo que bien puede titularse Encuentros en la tercera clase, tanto por las dificultades de comunicación de los contertulios, que parecían de planetas diferentes, como por su categoría.

Transcribimos la conversación:

González: Lo primero de todo, quisiera hacerle patente mi sincera felicitación.

Aznar: Paténtela, si ése es su gusto. A mí me da igual.

G.: ¿Quiere que le enseñe el complejo?

A.: No hace falta. Conozco bien su complejo. Se cree ciclotímico, pero en realidad es un paranoico de tomo y lomo.

G.: Me refiero a La Moncloa.

A.: Ah, bueno, sí. Me gustaría ver el búnker. Me hace ilu.

G.: No es momento todavía de descender a esos detalles. En cambio, si quiere ver la llama...

A.: ¡No me diga que es usted aficionado a las llamas, como Nerón!

G.: Mi llama es monárquica. No ARDE. Se trata de un bicho boliviano.

A.: ¿Y por qué se lo trajo? ¿Le parecía que en La Moncloa no había suficientes bichos ya?

G.: Fue un regalo.

A.: Yo, los regalos, los devuelvo.

G.: Pero para devolverlos hay que comérselos primero. La llama era muy grande.

A.: Le entiendo. Es un problema. (Se queda pensativo). Regalos muy grandes. Hummm. Tendré que estudiar eso. Pero sin prisas. Resolver ese asunto ahora mismo sería una total falta de respeto al Parlamento.

G.: ¿A qué Parlamento? ¡Pero si en estos momentos no hay ninguno, por consiguiente!

A.: El Parlamento ahora existe en embrión. Es un nasciturus. Usted conoce mis ideas al respecto: yo respeto la vida siempre. Incluso cuando sólo es una idea. Desde que un chico le pregunta a una chica si se quiere casar con él, y ella le dice que sí, yo ya me pongo a respetar la vida del nasciturus. En ese terreno, si me permite la inmodestia, soy la monda.

G.: Pues yo que usted no modificaría la Ley del Aborto.

A.: No lo haré. Respeto mucho también la vida de la Ley del Aborto.

(Prosiguen el recorrido).

G.: Esto es la Casa de Semillas.

A.: ¿Y para qué sirve?

G.: Para que esté Serra.

A.: Qué lata.

G.: No, es de piedra.

A.: ¿Quién, Serra?

G.: Sí.

A.: Ya me lo parecía. Y los papeles secretos, ¿dónde están guardados?

G.: No puedo decírselo. Son secretos. Además no hay.

A.: ¿Cómo pueden ser secretos, si no hay?

G.: No puedo decírselo. Es secreto.

A.: ¿Y qué más secretos hay aquí?

G.: La tira.

A.: Ese ya lo conozco: la tira es el secreto de la ONCE. El secreto que más me gustaría que me contara es cómo se las ha arreglado para permanecer trece años en el Gobierno.

G.: Ese es el secreto principal. Lo tengo protegido con un gran Candau.

A.: Pero algún consejo podrá darme.

G.: Le daré uno, a condición de que usted me dé a mí otro.

A.: Me parece justo. Deme el suyo.

G.: Es éste: si le llevan ante los tribunales, conserve la calma en todo momento.

A.: ¿Por qué?

G.: Porque conservar la calma es fundamental para no perder el juicio.

A.: Ya. ¿Y qué consejo quiere que le dé yo?

G.: El Consejo General del Poder Judicial.

A.: ¡Pero eso no puede ser!

G.: ¡Ya empieza a incumplir sus compromisos! ¡Realmente tiene usted madera de presidente del Gobierno!

A.: Yo eso lo tengo muy claro. Cumpliré los compromisos que pueda cumplir. Y los compromisos que no pueda cumplir, no los cumpliré. Luego estarán los compromisos que, pudiéndolos cumplir, tampoco cumpliré, para estar en condiciones de seguir comprometiéndome en el futuro a cosas que se puedan cumplir.

G.: Le veo a usted muy convencido de que al final va a gobernar. ¿Cree que Pujol pactará al final con usted?

A.: Estoy seguro.

G.: ¿Por qué?

A.: Me lo ha dicho un pajarito. Y no me pregunte quién, porque no se lo diré bajo ningún concepto: ha sido Duran Lleida.

G.: Tiene razón: es un pajarito.

A.: No puedo decirle nada. Es secreto.

G.: Así que Pujol piensa en pactar, ¿eh?

A.: No. Piensa ganar.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (17 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de septiembre de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/03/17 08:00:00 GMT+2
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1996/03/16 07:00:00 GMT+1

El sepulcro del Cid

Se dice y repite estos días en medios políticos madrileños vecinos del PP que hace falta considerar las «peculiaridades» del pueblo catalán y las consecuencias de tipo político que se desprenden de las afrentas y agravios «reales o supuestos» que los catalanes «creen» haber sufrido o seguir sufriendo. Se extiende así -por razones que a nadie escapan- una cierta displicencia dengue hacia el catalanismo, displicencia que se pretende comprensión y tolerancia. A partir de eso, se construye un discurso oficial que habla de la necesidad de que «ambas partes» hagan un esfuerzo para «superar la crispación» y admitir «los errores cometidos por unos y otros».

Está claro que la derecha central no se apercibe aún de cuál es la verdadera naturaleza del problema. Sigue sin admitir -porque sigue sin comprender- que las afrentas y los agravios, desde los decretos de Nueva Planta hasta estos días que corren, no sólo han sido reales, sino muchos y muy graves. Gravísimos en tiempos no muy lejanos. Y que la solución al problema no pasa por que «ambas partes» rectifiquen, por que «ambas partes» no están en las mismas: una ha padecido por culpa de esa relación; la otra, no.

Por lo demás, «ambas partes» tampoco se disponen ahora a entenderse. Ni el PP es España ni aliarse con CiU es pactar con Cataluña. Aznar y Pujol tienen entre manos un asunto de peso, pero episódico. La convivencia y la cooperación amistosa entre todos los pueblos de España es un objetivo de valor muy superior, que sólo puede lograrse con una comprensión de la realidad harto más honda -y más sincera- de la que ahora está amagando.

Reafirmado lo cual, admitiré que es posible que, como primer paso, esto no esté mal. Tal vez con el nacionalismo español deba ocurrir como con El drescreído de Georges Brassens, a quien su vecino, un tal Blas Pascal, le dio este consejo para acceder a la fe: «Póngase usted de rodillas, rece e implore, haga como que cree... y acabará creyendo». Si la derecha española hace como que asume que España es plurinacional, aunque en su fuero interno siga anclada en el rancio españolismo y en la instintiva desconfianza hacia lo diferente -y el diferente-, y si actúa más o menos de acuerdo con esa ficción política, a lo mejor va cambiando de verdad poco a poco. He conocido a tipos muy machistas que, dándose cuenta de que lo suyo estaba cada vez peor visto, empezaron a reprimirse, y con el tiempo se han vuelto menos zafios. ¿Por qué no habría de pasarle algo así a la grey patriotera?

Pujol sacó partido de la debilidad de González para empujarle a hacer una política económica más derechista. Con Aznar no hay ese peligro: sus planes en la materia son primos hermanos. Pero quizá el trato con CiU fuerce a los del PP a ver la realidad de España con menos vocación de imperio.

Quizá así acabemos cumpliendo -¡con un siglo de retraso!- la condición que Costa ponía para la regeneración de España: cerrar con doble llave el sepulcro del Cid.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de marzo de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/03/16 07:00:00 GMT+1
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1996/03/10 08:00:00 GMT+2

Una salida honorable

Claves para el nuevo Gobierno. Las elecciones del 3-M han arrojado un singular resultado. Mejor dicho, han arrojado varios. Uno se lo han arrojado -con bastante contundencia, además- a Felipe González, acertándole en todo el centro de La Moncloa. Otro se lo han arrojado a Aznar. Le ha caído en la mesa, estropeándole los planes.

El resultado de estos resultados ha resultado muy resultón. Su gran beneficiado es el president de la Generalitat catalana, el honorable Jordi Pujol, al que nos hemos apresurado a entrevistar.

Le encontramos repantigado en un sillón, con la mirada perdida en las alturas y una cara de felicidad de aquí te espero, que es precisamente lo que estaba haciendo. Según empieza la entrevista, el president toma un papel en sus manos y se queda mirándolo ya todo el resto del tiempo, sin dirigir en ningún momento la vista hacia nosotros. Es una actitud que ya adoptó en la noche electoral cuando fue entrevistado por Antena 3, y se ve que le ha cogido gusto. Compatibiliza sus respuestas con una espléndida exhibición de tics, que haría morir de envidia a Narcís Serra. Tiene más tics que un reloj.

-Bon día, honorable -le decimos.

-Buenos días.

-Una curiosidad lingüística, para empezar: ¿por qué en catalán se saluda por un solo día (bon dia) y en castellano por varios («Buenos días»)?

-Ya ve usted. Nosotros somos concretos. Y ahorradores. También dicen ustedes «Navidades», en plural, y nosotros Nadal, a secas. Despilfarran. Así les va.

-Van a ayudar ustedes a cambiar ese estilo de los españoles, tan manirroto?

-No sé si será posible. Son demasiados siglos. Aunque lo intenten, les costará.

-¿Cuánto?

-Por encima del 15%.

-¿Está usted dispuesto a pactar con el PP?

-Si me pregunta usted si estoy dispuesto a pactar, le diré que no. Pero si lo que quiere saber es si acabaré pactando, le diré que sí.

-El PP dice que quiere asegurar la gobernabilidad.

-Pues, para asegurar, mejor Catalana-Occidente que yo. Yo no me dedico a los seguros.

-¿No es seguro, entonces?

-Seguro.

-¿Qué solución ofrece usted al actual impasse?

-Mire usted: estimo que lo mejor sería que pactaran el PP y el PSOE. Son dos partidos de centro, porque sus direcciones están en Madrid, y Madrid está en el centro. Eso favorece la comunicabilidad de la gobernabilidad. Un pacto PP-PSOE no daría una mayoría muy estable pero, a cambio, daría una mayoría enorme. Con lo que a mí me dejarían en paz, que bastante tengo, a mis años.

-¿Está usted cansado?

-Sí señor. Con Marta Ferrussola. Y pienso seguir estándolo. ¡Y por muchos años, faltaría más!

-Digo «cansado».

-¡Ah...! No. Hay algunos que especulan con mi edad, pero yo me siento más joven que nunca para empuñar con mano firme el timón de la nave del Estado.

-¡Caramba, qué frase! ¿Es suya, o es una cita?

-Es una cita de hace treinta años. No acudí.

-Por cierto, ¿qué opinión le merecen esos seguidores del PP que gritan «¡Pujol, enano, habla en castellano!».

-Pues que son gente muy rara. En lo que a la altura se refiere, recuerdo que muchos de ellos estuvieron encantados con un caudillo que era más bajito que yo. Y no le gritaban «¡enano!» cuando pasaba. Claro que tal vez se lo gritaron cuando yo estaba en la cárcel por antifranquista, y por eso no me enteré. Por lo demás, no sé por qué me dicen que hable en castellano. Ya lo hablo. Claro que no todo el tiempo. Sólo cuando hace falta. También hablo a veces en francés, en alemán y en inglés. Hasta ahora no se me había ocurrido que eso estuviera mal. La derecha española siempre ha creído que los catalanes hablamos en catalán nada más que para fastidiar a los que no lo entienden.

-Pero es lo que se llama «el hecho diferencial».

-Ellos preferirían que fuera «helecho diferencial»: o sea, otra nueva planta, como la de los decretos de Felipe V.

-No se lleva usted muy bien con Alejo Vidal-Quadras, ¿verdad?

-Cuando veo al señor Vidal-Quadras, si puedo, me alejo.

-¿Está usted dispuesto a hacer concesiones para facilitar la formación del nuevo Gobierno?

-¿Confesiones? ¿Por qué tendría yo que confesar nada? ¡Si soy inocente!

-No: concesiones.

-Bueno, sí: le concedo a Aznar, ya de entrada, el beneficio de la duda.

-Y eso ¿qué beneficio da?

-Da tiempo. Y el tiempo es oro. Aznar debe encontrar una solución honorable.

-¿Una solución con el honorable o una solución honorable?

-No discutiremos por preposiciones.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (10 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de septiembre de 2013.

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1996/03/09 07:00:00 GMT+1

Timeo danaos

Ya comprendo que el asunto tiene sus plazos legales, y que deben cumplimentarse los trámites necesarios, y que Aznar, Pujol, Mardones y el sursum corda tienen que ponerse antes de acuerdo para decidir cómo se lo montan, pero a mí lo único que me interesa en estos momentos es ver a Felipe González salir de La Moncloa. Con la cabeza alta o gacha, con las manos en los bolsillos o rascándose el cogote. Como sea. Pero que se vaya a su casa de una santísima vez.

Algún malicioso habrá que suponga que esa impaciencia es resultado de una espesa inquina, alimentada a lo largo de muchos años. Pues bien: si alguien supone eso, acertará. Sería un hipócrita si no admitiera que la derrota de González me produce una especial satisfacción, y que aún más gustazo sentiré el día en que, al levantarme por la mañana, pueda decirme ante el espejo, con una sonrisa de oreja a oreja: «Felicidades, Javier. ¡Ya se ha ido!».

Pero, con todo, ésa no será mi principal satisfacción.

La marcha de Felipe González tiene para mí una ventaja aún mayor que la de ver cumplido ese viejo deseo. Me fascina aún más la idea de que, a partir del día en que deje de ser presidente, podré empezar a escribir acerca de otros personajes y con otros objetivos en el punto de mira de mi ordenador.

Porque quizá ustedes no se hagan cargo de lo terriblemente aburrido que puede llegar a ser tirarse trece años dando la misma vara, día tras día.

Y es que mi drama es ése: que ya en 1982 estaba en contra. Otros por lo menos se han entretenido efectuando el recorrido: primero estuvieron encantados, más tarde empezaron a ponerse escépticos, luego se desencantaron del todo, después se volvieron críticos, luego más críticos todavía, etc. Pero yo no: los vi con los peores ojos desde el principio. No porque sea muy listo -¡si sabré yo la cantidad de gente que me ha engañado!-, sino porque los conocía de antiguo, y me sabía de sobra cómo se las gastan y lo que valen sus promesas.

Forzado a iniciar tan pronto los estudios de felipología, he tenido tiempo de hacer la carrera, pasar el doctorado, escribir por entregas un Tratado de Felipolología y varios de Cripto-Felipología... Me sentía ya profundamente aburrido, próximo al hastío absoluto, con el cerebro a punto de rebelarse, harto de trillar una y otra vez los mismos surcos. Y de pronto, zas: el 3-M. Loado sea el destino: después de todo un trecenato monográfico, lineal y exhaustivo, por fin se me concede la gracia. Podré hincar el diente a otras piezas.

Y a ello me dedicaré con jovial entusiasmo así que González salga de La Moncloa. Porque mientras siga en ese palacio -tanto me da que esté en funciones, provisional, realquilado o mediopensionista-, yo, por lo menos, seguiré sin fiarme.

No puedo evitar el desagradable recuerdo de otra retirada: la de los griegos, que se hicieron a la mar dejando ante las murallas de Troya, a modo de simpático regalo, un gran caballo de madera.

«Timeo danaos», dijo Príamo. Yo tampoco me fío de este Odiseo.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de marzo de 2011.

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1996/03/03 08:00:00 GMT+1

El requetecambio

Historia de España.- Algunos pensadores agriados y malintencionados sostienen la tesis de que la población española se ha mostrado históricamente gregaria, sumisa y, por lo común, hostil a los cambios.

Lo cierto es todo lo contrario. España ha evidenciado desde hace tiempo que le pirrian los cambios.

El siglo XIX ya dio cuenta de esa tendencia tan nuestra. Recuérdese, a modo de ejemplo, qué buena acogida tuvo el cambio que supuso el regreso de Fernando VII y la anulación de la Constitución de 1812. De haber primado las tendencias gregarias, España se habría dedicado durante el XIX a hacer lo mismo que se estilaba por Europa: llenarlo todo de fábricas y de capitalistas horteras. A cambio, nuestros antepasados mostraron un refinado gusto por la experimentación social, e inventaron cosas tan originales como las guerras carlistas y la restauración borbónica, que causaron gran admiración en el orbe entero.

Esta tendencia se acentuó enormemente con la llegada del siglo XX. Tuvimos un primer cambio importante con la dictadura del general Primo de Rivera. Aquello permitió a los protofelipistas evidenciar su desprejuiciado afán de cambios: mientras los socialistas del resto de Europa se mostraban melindrosos y discutían la licitud de colaborar con gobiernos democrático-burgueses, ellos arrimaron el hombro a una dictadura militar sin pestañear siquiera.

La instauración de la República pareció quebrar nuestra larga trayectoria de originalidad histórica. Pero pronto corregimos esa impresión superficial, iniciando una guerra civil que nos llevó a provocar cambios a espuertas, mayormente en el estado civil de cientos de miles de conciudadanos: muchas casadas se hicieron viudas, infinidad de hijos se volvieron huérfanos, y un número apreciable de vivos pasaron a la categoría de difuntos. Bastantes edificios y paisajes experimentaron también cambios sensibles.

Durante el franquismo, los cambios se tornaron más sutiles, menos perceptibles. De todos modos los hubo, y algunos se tradujeron en trascendentes innovaciones, mayormente en el plano teórico. España fue, por ejemplo, el primer país en el que se abolió la lucha de clases por decreto, lo que nos adelantó en décadas a las más modernas teorías. Franco fue igualmente el primer líder occidental -o así- que, apercibiéndose de la inevitable crisis del Estado de bienestar, comprendió que era mejor no avanzar por esa vía.

La era de los cambios.- A partir de 1976, España se volvió toda ella un puro cambio. El primero quedó plasmado en nuestra ejemplar transición. Fue en ese momento cuando se descubrió que el cambio tiene motor. No hubo acuerdo sobre quién era el verdadero «motor del cambio»: si el rey, si Adolfo Suárez... Pero en lo que sí hubo acuerdo general fue en que, en contra de lo avanzado por los señores Ford, Renault, Citroën y otros, no es el motor el que tiene cambio, sino el cambio el que tiene motor.

Llegó entonces el PSOE con la consigna Por el cambio. Lógicamente, siendo este país tan aficionado a los cambios, arrasó en las urnas. Con lo que iniciamos una larga travesía repleta de cambios. En el terreno económico, el Gobierno abrazó las teorías monetaristas, con lo que proliferaron las más variadas monedas de 1, 5, 10, 25, 50, 100, 200 y 500 pesetas, gracias a lo cual todo el mundo empezó a tener siempre muchísimo cambio. En las negociaciones del GATT, defendió el librecambio y, en la marcha de la Unión Europea, el cambio de velocidades (se apuntó a la segunda). También ayudó cuanto pudo a los agentes de cambio y bolsa. En el ámbito de las Letras, se impusieron las letras de cambio.

El afán transformador e inconformista de los sucesivos gobiernos de González se apreció en el surgimiento de algunas novedades revolucionarias: jefes de Policía ladrones, mandos antiterroristas terroristas, empresas asesoras que no asesoraban, pero que cobraban un pastón...

El requetecambio.- No obstante, la sed de cambio de la población española es tan intensa que ni siquiera todos estos cambios acertaron a saciarla. González hizo hace tres años un último esfuerzo proponiendo el cambio del cambio, pero se ve que la gente no quería que le cambiaran el cambio, sino, en cambio, más cambio. Esta es la razón por la que ha crecido tanto en aceptación el PP (siglas que en realidad significan «Por la Permuta»: algo que sus dirigentes ocultan por comprensible temor a las rimas fáciles).

De vencer hoy en las urnas el partido de Aznar, estaremos ante el no va más, el non plus ultra del cambio: el requetecambio. Queda por ver que ese requetecambio no sea un cambio de estilo requeté.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (3 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de noviembre de 2012.

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1996/03/02 07:00:00 GMT+1

Artistas e intelectuales

Creo haber escrito ya en alguna anterior ocasión que la consagración oficial de un día especialmente previsto para que los electores reflexionen resulta de una portentosa estupidez: como si no tuvieran tiempo entre elección y elección para decidir si votan o no, y a quién. Semejante cosa es reveladora de la idea paupérrima que tienen nuestros legisladores sobre la ciudadanía de este país.

Todavía más revelador es que la única singularidad de la jornada sea que esté prohibida la propaganda electoral: supone admitir de hecho que la propaganda de los partidos estorba a la hora de pensar.

Algo con lo que, dicho sea de paso, estoy por entero de acuerdo: el bombardeo electoral de casi todos los partidos sólo pretende que la gente se olvide de lo que cada cual ha demostrado ser, en la práctica, a lo largo de los años. Para reflexionar sensatamente, es cierto, hay que hacer oídos sordos a la verborrea de los caza-votos.

En todo caso, no contravendré la naturaleza del día tratando de mover el ánimo de ustedes hacia ninguna opción electoral concreta. No tanto por respeto a la norma legal -que no me obliga, porque no soy candidato a nada- como porque tengo en la más alta estima su inteligencia, y, francamente, me chocaría -y desagradaría- que lo que yo haga o deje de hacer dentro de veinticuatro horas pueda influir de modo decisivo en el ánimo electoral de nadie.

No lo digo por falsa modestia -y menos aún por verdadera modestia-, sino porque considero que sólo alguien de muy pocas luces puede dejarse influir por el apoyo que dispense a tal o cual candidatura este o aquel miembro de la farándula, artista, intelectual o juntaletras, por alta que sea la estima que le profese.

Bien mirado, una candidatura que se preciara debería cuidarse mucho de exhibir el respaldo de artistas e intelectuales. Porque a alguien inteligente no le condiciona positivamente saber que Mengano, que es muy mono y canta muy bien, o Zutana, que escribe unas novelas chipén, van a votar a Perengano. Pero en cambio le puede saber a cuerno quemado enterarse de que Fulano, cuyos discos detesta, o cuyos poemas le producen arcadas, está en su mismo bando. Puede llegar a alterar el sentido de su voto, o a abstenerse, al menos, con tal de no tener nada que ver con él.

Supongo que mis lectores ya se maliciaban que no soy el votante arquetípico del PP. Pero pongamos que, empeñado en echar a Felipe González incluso a costa de los mayores sacrificios personales, hubiera sentido por un instante la tentación de dar mi voto a José María Aznar. En tan improbable caso, la mera mención de Manolo Escobar y Julio Iglesias en tanto que baluartes del PP me habrían disuadido ipso facto. ¿Estar en su mismo bando? ¡Jamás!

Porque lo del GAL, la cal viva, la reforma laboral y todo lo demás es intolerable, sin duda. Pero ¿qué me dicen de lo de los toros y la minifalda? ¿Y de lo de «¡Hey!»?

Por fortuna, no es forzoso elegir entre Barrionuevo y Gwendoline. Aún no estamos perdidos del todo.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de marzo de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de marzo de 2011.

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1996/02/28 20:00:00 GMT+1

¿Y ahora?

Conferencia pronunciada en Las Palmas el 28 de febrero de 1996, con motivo de la presentación de «Jamaica o Muerte»

Vengo a hablarles a ustedes de Jamaica o Muerte cuando ya estoy dando fin a un nuevo libro, del que sé casi todo, menos el título. Puede que acabe por llamarse algo así como El trecenato, que es palabra que existe, y que sirve para definir a aquello que se compone de trece elementos, años por ejemplo, y que lleve como subtítulo El felipismo, de la A a la Z.

Los textos que componen Jamaica o Muerte fueron escritos en su mayoría cuando el felipismo, alcanzado ya su máximo esplendor, iniciaba su aparatosa decadencia. Son textos de resistencia, destinados a corredores de fondo, dispuestos a apencar con todo y a no desanimarse por nada. Textos que apenas analizan cuestiones de coyuntura, aunque parezca lo contrario. En ellos, la referencia al suceso del día sólo vale en la medida en que permite desvelar tendencias de fondo, actitudes de principio. En Jamaica o Muerte hablo de quienes ocupan el Poder, sí, pero no tanto por su interés específico como porque, en el rechazo de su Poder, cabe rastrear las claves de una actitud de resistencia general, de oposición global a la organización social vigente. Una actitud que alguna vez, evocando a Chejov, he calificado de «desesperación tranquila»: desesperación, porque no hay esperanza posible en un mundo como éste; pero tranquila, porque no hace al caso vivir en crispación perpetua: es necesario rechazar este estado de cosas, pero no es obligatorio hacerlo desgañitándose.

En Jamaica o Muerte pretendo seguir las enseñanzas de Prometeo, el viejo dios hermano de los hombres, y poner en práctica la filosofía del viaje de Kavafis hacia Itaca: lo importante no es la isla de llegada, sino la felicidad que se logra en el esfuerzo por alcanzar sus costas, probablemente imposibles. No se trata de defender las ventajas de jugar y perder, como en el chiste, sino de proclamar que es en el campo de los perdedores de la Historia donde se encuentra lo mejor de este desdichado mundo.

No sé si me explico. Trato de decir que tal vez sea cierto que, juzgada la sociedad entera, el infierno sean los otros. Pero que, si nos situamos en las filas de quienes luchan por un orden social justo, los otros son el paraíso.

La mayor satisfacción del viaje a Itaca nos la da la compañía de quienes pretenden llegar a ese mismo puerto, por sed de Justicia. Se vuelve así justo, aunque de modo muy diferente al pretendido, el viejo aforismo de Eduard Bernstein: «El fin no es nada; el movimiento lo es todo».

El libro que ahora tengo entre manos aplica esa misma filosofía de la vida al análisis de lo que ha ocurrido en el Estado español en los últimos trece años. Lo que ha dado en llamarse «el felipismo» tiene la virtud -alguna tenía que tener- de mostrar cómo la política, entendida como picaresca y como arribismo, conduce al desastre, así se haga en nombre del progresismo. A un doble desastre, en realidad, si se hace en nombre del progresismo.

No voy a justificar estas afirmaciones ahora. Sería muy largo y, además, les ahorraría a ustedes la lectura de este otro libro, lo que no me conviene en modo alguno. Lo que sí voy a hacer es introducirme en las arenas movedizas que son el escenario del nuevo libro, compartiendo con ustedes reflexiones que tratan de poner en relación la concepción del mundo de la que acabo de dar somera cuenta, basada en el convencimiento de que nuestra sociedad es esencialmente injusta y hay que combatir para transformarla -una concepción tan noble como inicialmente abstracta-, con lo que bien puede considerarse como su extremo opuesto: la politiquería de la actualidad más concreta.

Tenemos todos, en estos días, a un tiro de piedra de la cita con las urnas, la sensación de estar asistiendo al fin de la peripecia felipista. Y nos preguntamos, muy lógicamente, qué puede pasar a partir de ahora.

De esto quisiera hablarles hoy, o más bien invitarles a que hablemos, así que haya dejado en el aire mis propias reflexiones al respecto.

Lo primero que puede ocurrir después del próximo domingo es que el trecenato siga su camino, dispuesto a volverse catorceno, quinceno, dieciseiseno, y así sucesivamente, hasta el fin de nuestros días.

Se trata de algo muy improbable, pero en absoluto imposible. El análisis de la base social del felipismo conduce a la conclusión de que los sectores sociales interesados en su continuidad son realmente amplios. El felipismo ha creado un muy intrincado entramado de complicidades: unas de mucho peso, otras más de andar por casa, otras perfectamente cutres, pero todas ellas importantes para quienes las viven. A estos efectos, tan importante es el deseo de Sarasola de seguir forrándose como el miedo del que está cobrando el PER a que se lo quiten, por más que sea una miseria. Hay cientos de miles de personas que dependen del trabajo negro y que sienten angustia ante la posibilidad de que el PP acabe con él, porque creen -probablemente con buen criterio- que eso no les dará un trabajo en condiciones, sino una buena ración de paro. Y hay cientos de miles de otros que se temen que, si la Administración cambia de manos, los nuevos jefes les echarán de su puestecito para abrir hueco a sus amigos; o que seguro que tendrán conocidos en otras imprentas y ya no le encargarán a ellos los folletos o las revistillas; o que ya no los contratarán para tocar en las fiestas; o que el restaurante para el que trabajan ya no disfrutará del favor de las Visas Oro oficiales. Y luego están los que creen que la pensión que cobran, o la atención que les dispensan en el hospital, o la subvención que recibe su centro, salen directamente del bolsillo de González y sus amigos, y no de mi nómina, que es de donde sale todo, si lo sabré yo.

Un aparato de Poder genera una extensísima red de relaciones, lo que implica una extensísima red de intereses. Poco importa que no sea verdad que los millones de personas finalmente implicados en esa red, sea por vía directa o familiar, vayan a quedarse en peor situación si el felipismo es derrotado. El caso es que lo creen, y votan en consecuencia. Mi cálculo es que el felipismo cuenta por estas diversas vías con no menos de seis millones de votos. A los que hay que añadir, naturalmente, los votos de quienes, sencillamente, están de acuerdo con el PSOE.

En tales condiciones, dar por hecha la derrota felipista me parece de una imprudencia más que notable. Tanto más cuanto que esa certeza se basa en los sondeos -que no encuestas- de opinión, cuyo nivel de fiabilidad es tirando a relativo. No necesariamente porque estén mal hechos, o manipulados a posteriori -dos posibilidades en absoluto descartables-, sino por la gente no siempre dice la verdad cuando se le pregunta, o cambia de opinión después de haber respondido al Sigma Dos de turno. En Gran Bretaña -sitio que no está en la España profunda, que yo sepa- ocurrió en las últimas elecciones generales que, a cinco días de la votación, los sondeos indicaban que los laboristas ganarían a los conservadores por 41 a 35. Sin embargo, el resultado final fue que los conservadores vencieron a los laboristas por 42 a 35.

Pero supongamos que los sondeos no fallan esta vez -lo que parece probable, porque son muchos, y porque además la tendencia que marcan es a un mayor distanciamiento-, y que la derrota del felipismo se produce, y que Aznar es el próximo presidente del Gobierno.

Ya está. Hoy es 4 de marzo y el PP ha ganado. Y ahora ¿qué?

Vayamos por partes.

Empecemos por formularnos la pregunta clave: ¿qué va a ser del felipismo?

El felipismo no es propiamente expresión de un partido político, sino de una congregación de intereses. Perdido el Gobierno, muchos de los que se beneficiaban de él tratarán de hacerse un lugar bajo el sol que más caliente. Es lógico. O, mejor dicho, ésa es la lógica de los que obran así.

Por supuesto que no será un fenómeno absoluto, puesto que el PSOE va a seguir contando con parcelas de Poder local, pero sí general.

-Sucederá eso, desde luego, en el terreno de la economía y las finanzas. Lo cual no será nuevo. Hace tiempo que algunos elementos que son clave en ese mundo se habían reorientado ya hacia el PP. Ha resultado patético ver durante la campaña electoral a los prebostes del felipismo lanzar diatribas contra Botín y Cuevas, convertidos en los nuevos demonios, cuando ambos personajes estuvieron en su círculo más estrecho de relaciones durante muy buena parte del trecenato. Sólo cuando se pasaron con armas y bagajes al campo de Aznar resultaron ser el colmo de la perversidad.

Banqueros, financieros y multinacionales abandonarán al felipismo sin la menor vacilación. Porque ellos, por definición, están con el que está.

-También se producirá una importante desbandada de lo que podríamos llamar «políticos gestores» o «tecnócratas». El felipismo los ha tenido por cientos, tal vez por miles. En la medida en que el PSOE ya no tenga gran cosa que darles para gestionar, lo abandonarán poco a poco. Lo harán sin broncas ni alharacas, según vayan encontrando acomodo en empresas privadas (o públicas), pero lo harán en masa, en cuanto comprueben que seguir en el PSOE les obliga a hacer política-política -cosa que les aburre mortalmente-, y que además no les da un duro. Da igual que conserven el carné del partido. Lo guardarán, como Miguel Boyer, por conservar un recuerdo. Pero ya no contarán de hecho.

-Dentro de las huestes del arte, la cultura y la intelectualidad las cosas serán algo más complejas. No porque Aznar sea de derechas. En realidad, la mayor parte de nuestros intelectuales y artistas también lo son de hecho, aunque no se atrevan a confesarlo: aprueban el capitalismo, son gente de orden, mantuvieron el pico bien cerrado ante el terrorismo de Estado -algunos llegaron a abrirlo, sí, pero para aprobarlo o justificarlo-, no movieron un dedo contra la reforma laboral... Si eso no es ser de derechas, que venga Dios y lo vea.

El problema estriba en la forma en que Aznar y los suyos son de derechas en el plano cultural: francamente, con Norma Duval, Bertín Osborne, Manolo Escobar y El Fary como buques-insignia, parecen lógicas las reticencias de la mayor parte de los intelectuales y artistas. Cambiar de chaqueta no les plantea un problema de ética, sino de estética.

Ahí hay que esperar a que se produzca un doble movimiento, inevitable.

De un lado, el Gobierno del PP tendrá que amoldarse a los gustos sociales más extensos, que ya no sintonizan con la cultura cañí criptofranquista. Que son más cosmopolitas. Habrá de hacerlo, y lo hará impulsado no sólo por la necesidad de contentar a otros públicos, sino también para satisfacer al suyo propio. Porque buena parte de los votantes del PP, que son jóvenes, no están en esa sintonía de charanga y pandereta, aunque en la que estén tampoco sea como para dar saltos de gozo estético.

De la otra banda, los artistas e intelectuales, en su mayoría, acabarán por rendirse a la llamada del dinero. Lo hacen siempre. No tardaremos en escuchar a muchos que fueron abajofirmantes fijos del felipismo -no me obliguen a poner ejemplos- declarando que «en realidad, en el PP hay gente muy abierta y moderna», que la derecha española es ya «una derecha europea» y que, vistas las cosas con perspectiva -con su perspectiva, para ser más precisos-, no cabe descartar el establecer con las nuevas autoridades «relaciones de coexistencia». Primero no las descartarán, y luego pasarán a vivir alegremente de ellas, así que Aznar demuestre que puede durar unos años (en el caso de que lo demuestre: luego volveré sobre eso).

-El trecenato extendió enormemente los tentáculos del felipismo también, y de modo muy importante, y muy trascendente, sobre el Poder Judicial.

Pero no lo conquistó política e ideológicamente, ni mucho menos.

Es poco sabido -y conviene decirlo- que los magistrados y jueces que hicieron el caldo gordo del felipismo, sirviéndole sentencias a la medida, no procedían en muchos casos de las filas de la Justicia Democrática, dicho sea con y sin mayúsculas, sino del aparato judicial franquista. El felipismo contó con el apoyo incondicional de jueces que fueron incluso directamente falangistas.

A diferencia de otros, el cambio en la orientación del Poder Judicial puede ser relativamente lento. En primer lugar, porque es dudoso que el PP termine con el sistema de cuotas, y siempre habrá «juristas de reconocido prestigio» -como dice la Constitución con expresión prodigiosamente cursi- que aspiren a personificar la cuota del PSOE. En segundo lugar, porque la renovación de los órganos del Poder Judicial llevará su tiempo, y algunos de sus integrantes están tan marcados por el felipismo que es dudoso que, a su provecta edad, se animen a hacer piruetas arriesgadas para saltar hasta la otra orilla.

De modo que el felipismo seguirá teniendo una importante cuña en el Poder Judicial, aunque lo esperable es que esa cuña se vaya aflojando.

-Refirámonos ahora al inmenso poder que el felipismo logró sobre los medios de comunicación de masas, públicos y privados.

En el caso de los públicos, es dudoso que el PP tenga graves problemas para controlarlos. Según nos enseña la experiencia de Telemadrid, es posible lograr un cambio de control político sin proceder siquiera a un cambio de manos en la dirección del tinglado. Los viejos rectores, expertos en la manipulación informativa al servicio del amo, pueden seguir haciendo su trabajo para los nuevos gobernantes con total naturalidad. Tal vez esto no sea aplicable a personas muy significadas en la cúpula de RTVE, pero sí a la amplia cohorte de los mandos intermedios. Los mayores problemas con los que puede toparse el PP no se plantearán a la hora de establecer su control político, sino cuando quiera -en el caso de que quiera- llevar a la práctica algunas de las reformas que prometió.

En el caso de los medios privados, tampoco creo que se vaya a topar con particulares dificultades. Hay emporios de la comunicación que deben tanto dinero al Gobierno -al que sea, al que esté- que no pueden plantearse siquiera llevar la contraria en serio al nuevo. Es el caso del Grupo Zeta. Y hay otros que tienen tantos negocios a medias con la Administración que, aunque enfrentarse a ella no les plantearía mayores problemas de supervivencia, tampoco les conviene lo más mínimo: es el caso del grupo Prisa. Porque El País no perdería probablemente ni lectores ni anunciantes por hacer la contra a Aznar, pero El País hace tiempo que dejó de ser el negocio más productivo del grupo de Polanco. Canal +, los libros de texto de Santillana o las exportaciones de Sanitrade y Eductrade le dan mucho más y a muy inferior coste. Eso sin contar con las muy halagüeñas perspectivas del negocio del cable, que se ve mal cómo podrían convertirse en realidad sin el plácet del Gobierno.

Descartados esos dos grupos como bastiones del anti-aznarismo, hay que hacer lo propio con otros dos más, también económicamente florecientes: el de Prensa Española, editora de ABC, y el grupo Correo (Vocento en la actualidad). Estos no tienen por qué llevarse mal con el PP, dado que se sitúan en su misma sintonía ideológica.

-Está, en fin, el entramado de intereses sociales creados en torno al gobierno felipista, al que me he referido antes, cuando he hablado de su base electoral.

Una parte de esos sectores le seguirán fieles, esperando que vuelva al Poder para recuperar los privilegios perdidos. Pero otra parte, muchísimo más amplia, dará su corazón al PP. Porque lo suyo no es estar con este o aquel partido, sino con el que gobierna. Todo ese segmento social, amplio y políticamente inculto, que en España apoya sistemáticamente al que está en el Poder, porque abomina de las incertidumbres que cualquier cambio lleva aparejadas, abandonará al felipismo no mucho después de que éste se instale en la oposición. Lo que, dicho sea de paso, provocará el hundimiento del famoso «suelo electoral» del PSOE, reduciendo en bastantes puntos ese 30% en el que ahora parece instalado.

 

Todo esto -todo: la pérdida de fuerza política del felipismo, el fin de sus relaciones privilegiadas con el mundo financiero-empresarial, la deserción de los artistas e intelectuales, la decadencia de su ascendiente sobre el Poder Judicial, el marchitamiento de su influencia sobre los emporios de la comunicación, el hundimiento de su «suelo» electoral- se atendrá a ritmos y plazos dependientes, como señalaba antes, de la capacidad que tenga el Gobierno del PP para dar sensación de durabilidad. Porque, si se percibe que su permanencia en el Poder puede ser cosa de cuatro días, los más prudentes tratarán de nadar y guardar la ropa, hasta que los hechos indiquen con claridad lo que cabe esperar.

Un factor clave a este respecto vendrá dado por la fuerza parlamentaria que obtenga el PP el próximo domingo. Si logra la mayoría absoluta, se impondrá la sensación de que aguantará al menos cuatro años. Y ello por mucho que su acción de gobierno genere descontento. Por tres razones. Primera, porque este es un país acostumbrado a que el Parlamento y el Gobierno hagan de su capa un sayo, aunque tengan a la inmensa mayoría en contra, y tan ricamente. Segunda, porque hay una parte del electorado que, como suele decirse, está siempre dispuesta a acudir solícitamente en auxilio del vencedor. Y tercera, porque el PP puede encontrarse en una situación relativamente similar a la que se encontró el PSOE en 1982, esto es, con una oposición desorganizada y políticamente impotente.

Lo que nos obliga a volver a centrarnos en el PSOE.

Vistas las cosas en abstracto, lo lógico es que los socialistas derrotados afrontaran un proceso de regeneración, distanciándose del pasado, aunque sólo fuera para evitar que los aznaristas se lo restrieguen por las narices cada vez que abran la boca, según la muy celtibérica fórmula del «¡Pues mira quién fue a hablar!».

Pero el PSOE no está en condiciones de poner en marcha ese proceso. Y no lo está porque Felipe González y su guardia pretoriana se encargaron de cegar esa puerta de antemano. El grupo parlamentario socialista saliente del 3-M será en todo caso un bloque abrumadoramente felipista, más unido por la fidelidad al líder que por la militancia de carnet. Los propios órganos rectores del partido están bajo la férula de González. Haría falta una auténtica revolución interna para que saltara el tapón que el felipismo ha puesto a la posibilidad de renovación real del PSOE.

Hay que preguntarse por qué ha actuado González así, comprometiendo hasta tal punto el futuro de su partido. ¿Insaciable sed de mando? ¿Mesianismo en estado químicamente puro? Sin duda. Pero también por otra razón. Por la misma, en realidad, por la que Barrionuevo se empeñó en ser candidato, pese a saber que con ello quitaba votos a su partido: para ligar su propio destino personal al del colectivo socialista. Para no verse abandonado a su suerte. Por miedo, en suma.

Y es que conviene que no olvidemos que hay varios procedimientos judiciales en marcha -el de los GAL y el de Filesa, particularmente, aunque no sólo- que todavía pueden salpicar hacia arriba. Y mucho. Si González soltara las riendas del partido y del grupo parlamentario, si se apartara del escenario político para que el socialismo español pudiera proceder a un proceso de reconversión no hipotecado por el pasado -esto es, por su presencia-, entonces pasaría a convertirse en un particular, en un ciudadano cualquiera, en un fragmento del pasado. En alguien que -como Craxi, como Carlos Andrés Pérez, sus viejos y grandes amigos- podría ser sentado en el banquillo de los acusados sin que eso supusiera ningún cataclismo para el sistema. En cambio, en la medida en que siga siendo el líder del principal partido de la oposición, en la medida en que su caída arrastre mucho más y a muchos más, estará protegido. No del todo, por supuesto. Pero bastante más que en caso contrario.

Al amarrarse desesperadamente al sillón de Ferraz y al escaño de diputado, González puede llegar a anular buena parte de las potencialidades opositoras del PSOE.

Aznar ha dicho y repetido que no tiene la menor intención de hurgar en el pasado. Que lo de los GAL y el resto es cosa de los jueces. Pero sería de una ingenuidad supina creer que el PP no se va a servir de los resortes del Poder para investigar los secretos del trecenato felipista. Y, por muchas pistas que los felipistas destruyan antes de abandonar los resortes del Poder, no les será posible borrar por entero el rastro de su paso por él. Ni a todos los testigos. Muchos de sus secretos estarán, un poco antes o un poco después, en los cajones de la mesa de José María Aznar. Y serán un arma de chantaje formidable. Un arma que el nuevo presidente del Gobierno se guardará muy mucho de mostrar en público, justificándose con esa historia de que son los jueces los que tienen la palabra. Pero que no por ello será menos terrible.

Al contrario. Porque ¿con qué ánimo podría González lanzarse a ejercer de oposición radical si sospecha que su rival posee muy probablemente pruebas, desde Flick y Flock hasta Palomino, pasado por Sarasola y el gremio de la cal viva, que le comprometen directa y personalmente? A la primera que el jefe de filas del grupo socialista se ponga en exceso gallito, a Aznar le bastará con invitarle a darse una vuelta por su pasado domicilio, allá en La Moncloa, para exhibirle, cual vendedor de papeles pintados, el muestrario de sus poderes. Unos poderes de los que, para más inri, podrá servirse dosificadamente, asestándole ahora tal golpe y, en caso de contumacia, tal otro, y así sucesivamente.

Durante su larga etapa de líder de la oposición derechista, Aznar se hizo entre las gentes de izquierda una consistente fama de inconsistente. Reconozco que yo mismo fui incapaz de sustraerme a la tentación de alimentar esa fama: amén de escribir diversos artículos ciertamente inmisericordes sobre él, llegué a hacerle abierta burla en un sangrante zooilógico, titulado Caminante, no hay comino; se hace comino al Aznar, en el que lo zaherí por su sosería intrínseca, su tendencia al topicazo y su oratoria soporífera.

Pero nunca me he engañado sobre él. Sé que Aznar no será nunca un showman de la política, pero también sé que es un hombre reflexivo, bastante astuto, tenaz y buen conocedor del funcionamiento de los aparatos. Las gentes de cultura de izquierda, y las intelectualmente más preparadas de la derecha, solemos conceder un plus a la brillantez, y eso nos lleva a equivocarnos a menudo a la hora de juzgar a las personas que tienen un escaparate gris, pero una trastienda importante.

A veces ese error puede ser trágico, como tuvieron ocasión de descubrir hace setenta años, a propósito de Stalin, los muy brillantes Trotsky, Bujarin, Zinóviev, Kaménev, etc. Mientras ellos se lucían en deslumbrantes discursos y escritos de reconocida altura teórica y literaria, el insustancial Djugashvili, el Soso -diminutivo georgiano de Jósif-, se ocupaba de controlar comités, recopilar expedientes, enterarse de la vida y milagros de cada uno, acumular datos... Y para cuando empezaron a intuir qué clase de individuo era aquel georgiano de aspecto mediocre, tosco y un tanto zafio, que gustaba de las bromas sexistas y al que apenas se le entendía cuando hablaba, ya era tarde: los tenía cogidos por el cuello.

Mutatis mutandis -porque la política tampoco tiene una tipología infinita, no se crean-, Aznar es de ese género. Por eso consiguió dejar con un palmo de narices a sus rivales de aspecto mucho más brillante, tipo Herrero de Miñón, Martín Villa o Tocino, y se hizo con el dominio total del PP de modo para muchos inexplicable. Aznar es un aparatchik metódico e implacable, y vamos a tener ocasión de comprobarlo en el próximo futuro.

Y porque sé que es así, doy por descontado que se servirá de los medios propios de todo aparatchik para domeñar a la oposición. No me cabe la menor duda de que utilizará generosamente los medios del Poder para segar la hierba bajo los pies de González.

Es más: tengo el convencimiento de que Aznar hará con González lo mismo que éste hizo con Fraga. Lo ayudará a mantenerse, lo piropeará, le dará rango de «jefe de la oposición» y lo pintará como un político responsable y maduro. Porque, mientras lo tenga atrapado, su permanencia será un seguro de continuidad para el PP. A la hora de los grandes conflictos, tendrá siempre la garantía de que las cosas no irán demasiado lejos.

El panorama que se nos presenta por delante dista, en consecuencia, de ser simple.

De un lado, es cierto que el Gobierno de Aznar lo va a tener difícil con las llamadas «fuerzas sociales». Las centrales sindicales, ciertamente domesticadas durante el felipismo, van a poder reaccionar libremente. Ya no correrán el peligro de que se les reproche «hacer el juego a la derecha» si se lanzan al ataque. Y van a tener motivos para hacerlo, porque Aznar está abocado a hacer una política de ajuste económico ciertamente brutal. A efectos de lo cual dará exactamente lo mismo que muchos sepamos a ciencia cierta que González habría hecho tres cuartos de lo mismo, de haber renovado su mandato.

También florecerán nuevamente algunas organizaciones sociales que durante el trecenato llevaron una vida lánguida, adormecidas a golpe de subvención. Volveremos a oír hablar del movimiento vecinal, y las feministas «responsables» se volverán díscolas y se lanzarán a por el cuarto supuesto sin consideración alguna por el calendario parlamentario, y surgirán inesperados ecologistas y antimilitaristas. Seguro. Como churros.

Todo eso es cierto.

Tan cierto como contradictorio. Porque ese resurgir de la izquierda social representará también, inevitablemente, la resurrección de la falsa izquierda: de la que combate a la derecha sólo en la medida en que no se le permite suplantarla. Y la falsa izquierda se pondrá de nuevo al frente del movimiento social, y acaparará su representación pública, con gran satisfacción de los medios de comunicación más importantes, cuyos responsables consideran que la falsa izquierda es mucho más estética, porque se les parece mucho más, y las reglas de la estética las deciden ellos.

Pero ese movimiento social, en todo caso, tendrá una difícil traducción política parlamentaria. Porque el PSOE no estará en condiciones de asumirla plenamente. Y no sólo por las razones inconfesables a las que me referí antes. También porque González y los suyos dan mal en el papel de rebeldes. La gente tiene tendencia a la desmemoria, sin duda, pero imbécil del todo no es. Y ver al autor de dos reformas laborales, al desmantelador industrial por excelencia, al patrocinador de la «Ley Corcuera», al paladín de la Ley de Extranjería, al señor X en persona, al hombre que se dejó en el tintero la ampliación del aborto, al alter ego de Pujol, postulándose para máximo dirigente de la revuelta social contra la derecha, provoca una reacción que oscila entre el bochorno y la franca chanza. No todo el año puede ser Carnaval.

Está también Izquierda Unida, por supuesto. Pero la representación parlamentaria de IU está abocada a bloquearse, por culpa de su error de origen. Hay en ella gente con sentimientos de sincera izquierda, pero también otros -y otras- que ya en la anterior legislatura se diferenciaron muy poco de los criterios felipistas, Maastricht incluido, lo que conduce a sospechar que ahora, con el felipismo en la oposición, se diferenciarán todavía menos de él. Por oportunismo electoral, fueron puestos en lugares preeminentes de las listas, para rentabilizar su notable popularidad -la popularidad que les dieron los medios de comunicación: seguimos en las mismas-, pero a la hora de ponerse a trabajar y tomar partido no pueden dejar de representar un peso muerto. O un peso en contra, sin más.

Y es que hay un hecho que muy poca gente de izquierda se atreve a plantear, e incluso a reconocérselo para su coleto: éste no es un país de izquierdas. Probablemente ni siquiera es un país, pero, sea lo que sea, desde luego no es de izquierdas. No hablo ya de la izquierda radical -o sea, la que va a la raíz de los problemas-, la que mira al Estado como enemigo y se plantea transformar el fundamento de las relaciones sociales, pretendiendo una sociedad en la que el gobierno sobre las personas sea reemplazado por la administración de las cosas. Me conformo con una izquierda que ponga su listón en un reformismo auténtico, en la lucha por reformar las estructuras políticas y sociales. ¿Qué parte de la población española puede estar en esas posiciones? ¿Un siete, un ocho por ciento? Como mucho. Y, si es así, ¿qué sentido tiene pretender que la representación política de esa izquierda alcance el quince, el veinte por ciento en las urnas? Sólo lo puede conseguir desnaturalizándose.

Los hay que especulan con la posibilidad de que, aprovechando la victoria de Aznar, se genere una dinámica de renovación de la representación política de la izquierda social.

Confían en que, para empezar, la militancia socialista auténtica se rebele contra el corsé que el felipismo pretende imponerle, y que de esa rebelión surja un nuevo PSOE, que recupere las viejas señas de identidad del socialismo hispano. Paparruchas. En la historia del PSOE, desde los años 20, los claros esporádicos siempre se han alternado con las sombras más tétricas. No me parece que los presentes sean precisamente los tiempos más favorables para enderezar esa tradición.

Y si esperar que el PSOE retome no se sabe qué antiguas esencias es ilusorio, para qué hablar de la idea de que ese PSOE re-renovado pueda trabajar codo con codo con Izquierda Unida. Eso no es un proyecto político: es Antoñita la Fantástica metida en política a parida libre.

Pero si no cabe confiar en que el PSOE levante cabeza por la izquierda, y si tampoco es posible esperar que IU tome las riendas de una lucha popular rediviva, y menos formando frente con ese PSOE imposible, por-que su propia conflictividad interna no se lo permitirá, ¿en dónde habrán de depositar entonces los sueños de íntegra justicia aquéllos y aquéllas que los tienen, que los sienten en lo más íntimo?

Se impone, llegados a este punto, volver a lo que dije al comienzo. A la filosofía de la vida que expliqué entonces y que, como no se aplicaba a nada concreto, parecía amable y gratificante: no hay que luchar porque el triunfo sea viable, sino porque lo que se defiende es noble y justo. Porque vale la pena. Porque es intolerable no hacerlo.

Añadiré para tranquilizarles que, de todos modos, la vida es impredecible. He hablado de lo que ha de venir en función de lo que conozco. Pero hay demasiadas cosas que no conozco, o que tal vez no valoro bien. Y otras habrán de surgir, nuevas.

Ya las iremos viendo.

Si es que vemos algo nuevo. Porque, como dije al comienzo, todo esto se basa en una pura hipótesis, que ya veremos en qué medida resulta confirmada el domingo que viene.

Javier Ortiz. (28 de febrero de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/02/28 20:00:00 GMT+1
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1996/02/25 08:00:00 GMT+1

Por con... ¡siguiente!

Electerología: Finalizamos hoy la serie de entrevistas electorales apócrifas con que hemos tratado de iluminar a nuestros atribulados lectores, que son incapaces de pensar por sí mismos, para que sepan a quién votar el 3-M. Es el turno hoy de Felipe González, al que nos interesa examinar en tanto que miembro de una especie que, al decir de los expertos, está en vías de próxima extinción.

Llego al Palacio de La Moncloa a la hora que me han dicho: las 4 de la madrugada. Hábil observador, lo primero que constato es que es de noche. También constato que reina una gran actividad. Reina, pero no gobierna. En todos los despachos hay gente metiendo montones de documentos en máquinas trituradoras.

Empiezo la entrevista con González por ahí.

-¿Qué hace toda esa gente?

-¿Y tú qué crees, mono? -me contesta.

-¿Está destruyendo pruebas?

-No lo sé. Yo me entero de todo por los periódicos. Pero no los leo. Por consiguiente, no sé si han publicado algo sobre esto.

-Pues no se lo puedo aclarar. Yo tampoco leo los periódicos.

-Es que son muy aburridos.

-No lo sé. No los leo. Pero hablemos de usted: ¿qué opina de mí?

-No lo sé. No le leo.

-¿Es usted el señor X?

-Yo sé de los GAL lo mismo que usted.

-Entonces es el señor X. Vale. ¿Cómo ve las elecciones del domingo que viene?

-Nosotros manejamos datos muy esperanzadores. Hemos hecho una remontada espectacular. Por consiguiente, ya superamos al PP en más de 23 puntos. Por lo menos.

-No es eso lo que dice la última macroencuesta publicada por El Mundo, la Cope y Antena 3.

-Es que ésa es encuesta arriba. La nuestra es encuesta abajo. Por consiguiente, se va más rápido. Además, hay que distinguir entre la opinión pública, la opinión publicada y La Opinión de Murcia.

-Pues en Murcia ya les han quitado el Gobierno.

-Eso fue porque les dijeron que el PP era un mal menor, y ellos entendieron Mar Menor. Por consiguiente, es un error circunstancial.

-Usted está insistiendo mucho en lo terrible que sería para España que llegara la derecha. ¿Qué cree que pasaría?

-La derecha ha sido terrible siempre, desde Chindasvinto. Lea la Historia: verá qué posición tenía Chindasvinto sobre el Estado de Bienestar. Y que tiemblen en Canarias: Chindasvinto sólo apoyaba a los godos. Si viene la derecha habrá más parados, apoyará a tope a los banqueros, cerrará fábricas a montones, privatizará las empresas públicas más rentables, se echará en manos de las multinacionales, nos meterá en la OTAN hasta el corvejón, se alineará con los Estados Unidos en todo, retirará la ayuda al Polisario y armará hasta los dientes al dictador Hasán II, trabajará codo con codo con el reaccionario Kohl, promulgará una Ley de Extranjería xenófoba, practicará el terrorismo de Estado, sacará una ley que permitirá entrar a la Policía en las casas a patadas, meterá en la cárcel a los insumisos...

-Oiga, pero ¡si todo eso ya lo ha hecho usted!

-¿Eh? Ah... Sí, pero forzado por las circunstancias. La derecha, en cambio, lo hará a gusto. Por consiguiente.

-O sea, que usted, en el fondo, es un socialista radical.

-Exactamente. Por eso no lo puedo demostrar. Si lo exteriorizara, ya no lo sería en el fondo. Sería un socialista superficial, por consiguiente.

-¿Cómo resumiría su obra como gobernante?

-He conseguido que la España de 1982 pase a ser la España de 1996.

-Y eso ¿en qué se concreta?

-Se concreta en el calendario, mayormente.

-Volvamos a los GAL.

-No, a no ser que ETA mate a más amigos míos.

-Quería decir en la entrevista. Alfonso Guerra ha dicho que no es posible comparar a los GAL con ETA, porque ETA mata a personas decentes y los GAL mataban a asesinos. ¿Cómo explicaría eso a la viuda de García Goena?

-En peores me las he visto. Le explicaría que no hay noble acción que no tenga daños colaterales. El automóvil es un gran invento, y ya ve usted la cantidad de gente que mata. Por consiguiente, hay que examinar las cosas con perspectiva histórica. Cosas como las de los GAL las ha habido en Francia, en Alemania, en Italia, en Gran Bretaña... Son fenómenos propios de países avanzados y modernos.

-¿Qué opina de la frase de Lincoln: «Se puede engañar a todo el mundo alguna vez, y se puede engañar todo el tiempo a algunos, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo»?

-A mí no me hace falta engañar a todo el mundo todo el tiempo. Por consiguiente, con que trague la mayoría, me vale.

-¡Qué puerco!

-Puerconsiguiente.

Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (25 de febrero de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/02/25 08:00:00 GMT+1
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