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1996/09/18 07:00:00 GMT+2

Cenicienta no quiere ser reina

Recuerdo -a ojo: mi memoria no es buena- los versos de Angel González: «Que las mentiras se convierten con el tiempo / en materia de fe, / y de esta forma / quien ose discutirnos/ debe afrontar la acusación de impío».

Se está conmemorando este año el centenario del nacimiento de Gerardo Diego. Todo son loas a su figura. Qué gran hombre. Nadie tiene el mal gusto de decir -nadie lo tenía: voy a remediarlo- que el poeta cántabro fue un exaltado apologista del fascismo.

El 3 de noviembre de 1941, el diario ABC publicó un poema de Diego titulado Romance heroico de la División Azul. Lo tengo ante mí. Son cuarenta y dos endecasílabos con derecho a hiato, rezumantes de retórica joseantoniana, escritos en loor y gloria de la causa nazi. ¿Le descalifica eso como poeta? No. Nos informa de él como individuo. Como «teórico ser civil y humano», por seguir con Angel González. Pero la gente bien española, cuando decide honrar a un personaje, no soporta que nadie indague en su lado negro y le ponga peros.

Serafines y demonios. El rey, seráfico. Anguita, demonio. El rey, «motor del cambio». Lo han vuelto a cantar: por algunos no pasan los años. Confiaba en que ya, para estas alturas, la gente con dos dedos de frente hubiera comprendido que el franquismo no se hundió porque el rey y Adolfo Suárez tuvieran una ocurrencia felicísima, sino porque en la Europa de fines de los 70, regida por la CEE, no había ya sitio para una dictadura. La España franquista no tenía encaje ni en la CEE ni en ningún otro foro internacional. Lo sabían los financieros. Lo sabían los empresarios. Lo sabía -y muy bien- el Departamento de Estado norteamericano. Lo sabía la Iglesia de Roma. Por saberlo, lo sabían incluso muchos militares y políticos del propio régimen franquista. Por eso lo sabían también el rey, Suárez y tantos otros de su origen político. En el parto del parlamentarismo, ellos hicieron de ginecólogos. No es suficiente para que se les asigne la paternidad del niño.

Lo que ocurrió fue, en realidad, lo que no podía dejar de ocurrir. El Estado español se «homologó» con «los países de nuestro entorno» porque no cabía otra cosa. En esa operación, al rey, a Suárez y a sus colaboradores sólo les es atribuible el cómo y el cuándo.

Por lo demás, es discutible que acertaran. Habría que dilucidar en qué medida tan ilustres doctores y quienes les auxiliaron haciendo de anestesistas (el PSOE y el PCE) no son solidariamente responsables de las malformaciones que presenta la criatura, ya cercana a la veintena.

Disiento del fervor de Anguita por las promesas constituyentes. Y su hallazgo republicano me parece un error táctico. Pero no por ello el escándalo que le han montado me resulta menos hipócrita.

Le acusan de impío y le insultan porque ha osado discutir una vieja mentira: el cuento de hadas de la «ejemplar transición». ¿Les asusta que Cenicienta aspire a ser reina? No teman. En España, Cenicienta es la Bella Durmiente del Bosque.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de septiembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/09/18 07:00:00 GMT+2
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1996/09/14 07:00:00 GMT+2

Defensa de Serra

El presidente Aznar -el presidente Aznar: a ver si a fuerza de escribirlo me hago de una vez a la idea-, el presidente Aznar, digo, ha decidido perdonarnos: no nos va a llamar «gusanos goebbelsianos», ni va a pretender que lo nuestro es un «vendaval antidemocrático». «Todo el mundo -dijo el otro día en el Congreso, con aire condescendiente e hipérbaton demoledor- es libre de ejercer su crítica de la manera más razonable que considere». Y justificó la designación de Serra: «He nombrado a las personas que me parecían más competentes».

Algunos han tomado esto como una loable muestra de fair play, tolerancia y modestia. No es ése, desde luego, mi punto de vista.

En primer lugar, no hace al caso desentenderse de las informaciones de El Mundo sobre Eduardo Serra arguyendo que cada cual es libre de opinar lo que le place. Este periódico no ha aireado opiniones, sino datos. Y los datos no son ni justos ni injustos: o son verdaderos o son falsos. Aquí se ha escrito que el actual ministro de Defensa fue alto directivo de una empresa que sobornó a funcionarios públicos. Y eso no es una crítica, sino un hecho, que él mismo admite. Como admite que supo de la existencia de esos pagos delictivos y no los denunció. Eso sin contar con otras lindezas del pasado y algunas mentiras del presente que también forman parte del antipático y nada contingente mundo de los hechos.

En segundo lugar, no tiene sentido que Aznar trate de vendernos ahora la burra de que nombró a Serra porque le parecía excepcionalmente competente. Sobre todo después de haber reconocido él mismo que, apenas unos días antes de asignarle tan alta responsabilidad, no sabía casi nada del personaje. ¿Cómo fue la cosa? ¿Le impartió alguien un cursillo acelerado de serrología?

Cada vez que el presidente Aznar se refiere a las cosas del ministro Serra, adopta un aire de impostada naturalidad que pega el cante a mil kilómetros. El embarazo le asoma por los cuatro costados. Su desazón no nace de la mentira: todo político profesional que se precie está acostumbrado a mentir, y Aznar es un político profesional que se precia. No le pone nervioso ocultar la verdad, sino la conciencia de que su intento de ocultarla está condenado de antemano al fracaso: que nadie le cree. Se da cuenta de que lo mismo daría que dijera que vio una foto de Eduardo Serra en el anuario de unas maniobras de la OTAN y que al punto se quedó prendado de su donosura.

Él pone lo mejor de sí cuando defiende a Serra. Pero lo mejor de sí no da para mucho. Y además Serra no se deja.

Me voy a permitir dar un consejo al presidente del Gobierno. Le recomiendo vivamente que no trate de justificar con más razones el nombramiento de Serra. Le irá mucho mejor si, a partir de ahora, cuando le pregunten por qué metió o por qué mantiene a Serra en el Consejo de Ministros, echa mano del viejo recurso chulesco y apela a la real gana.

Le apuesto lo que quiera a que le queda más convincente.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de septiembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/09/14 07:00:00 GMT+2
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1996/09/11 07:00:00 GMT+2

Leyes no escritas

Ahora es la moda de las «leyes no escritas». En cuanto algún preboste no encuentra argumentos de peso para exigir a los demás que obren como le place o conviene, dice que su pretensión representa una «ley no escrita».

Ya comentó el lunes Gabriel Albiac lo del diputado felipista Luis Yáñez, para quien las referencias de Julio Anguita al Rey suponen la violación de una «ley no escrita» de «nuestra» vida política.

En épocas pasadas, se hablaba a veces de «leyes no escritas» para referirse a ciertas normas que, por más que no estuvieran recogidas en ningún código, resultaban de cajón. Ahora no. Lo característico de las «leyes no escritas» de estos tiempos es que reivindican normas opuestas a las fijadas por la leyes escritas. Es el caso de la descubierta por Luis Yáñez -se ve que el 92 no sació su sed de descubrimientos-, con la que trata de imponer a la libertad de expresión límites mucho más estrechos que los definidos en la Constitución.

Javier Pradera, columnista de El País, ha desvelado otra «ley no escrita». La anunció urbi et orbi el pasado domingo. La «ley no escrita» de Pradera prohíbe a los Gobiernos aprovechar su control temporal de «la caja negra de la información secreta» del Estado para obtener «armas jurídico-penales» con las que «destruir a sus inmediatos antecesores y a sus eventuales sucesores».

Me pregunto si Pradera habrá reflexionado seriamente sobre las implicaciones que presenta su «ley no escrita». Quisiera creer que no.

Veamos.

De la lectura del enunciado de su «ley» se deduce que él da por hecho que la «caja negra» de los secretos oficiales del Estado encierra pruebas fehacientes de que el Gobierno de González cometió delitos tipificados en el Código Penal. (Así ha de ser, porque de lo contrario nadie podría extraer, ni de esa «caja negra» ni de lugar alguno, «armas jurídico-penales» destructivas). Conclusión: según él, los de Aznar podrían probar que sus antecesores cometieron delitos, pero no conviene que lo hagan -o, mejor dicho, conviene que no lo hagan-, porque en ese caso el país se quedaría sin alternativa.

Dos problemas de esta «ley no escrita». Uno de género legal: para atenerse a ella es necesario violar una ley, y muy seria, que sí está escrita. Es el vigente Código Penal, que en sus artículos 451 y siguientes tipifica el delito de encubrimiento.

Pero lo más grave de la «ley no escrita» de Pradera no está en la poco disimulada incitación al delito que encierra, sino en la aberrante concepción de la política que deja traslucir: el objetivo supremo que se marca es conseguir que no le falten al Gobierno «eventuales sucesores». ¿Que algunos de ellos no están en la cárcel sólo porque alguien ha ocultado las pruebas que demuestran que son delincuentes? Qué quiere usted; nadie es perfecto.

Concebida así la política, con tan singular escala de valores, todo es posible. Y, en efecto, todo ha sido -todo está siendo- posible.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de julio de 2009.

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1996/09/07 07:00:00 GMT+2

Ecos multimedia

Supongo que es inevitable -o poco menos- que los medios de Prensa opinen pro domo sua. Que barran con mayor o menor descaro para casa a la hora de editorializar, de jerarquizar las noticias, de presentarlas. No se le puede pedir a nadie -y si se le pide da lo mismo- que tire piedras contra su propio tejado.

Claro está que las casas para las que se barre están construidas con materiales de diversas calidades, que combinan en variadas proporciones la cal -los criterios estrictamente ideológicos y políticos: todos me valen- y la arena -los intereses económicos y comerciales de las empresas editoras: no simpatizo con ninguno, aunque los entienda-.

Los criterios y los intereses de los medios de comunicación marcan los límites -en ocasiones flexibles, otras menos, algunas en absoluto- dentro de los cuales está obligado a desenvolverse quien escribe o habla en -para- cada medio.

Ocurre que quien trabaja para un periódico que es sólo un periódico, o para una radio que es sólo una radio, o para una televisión que es sólo una televisión, tiene ante sí, en principio, un horizonte de crítica bastante amplio. Los condicionantes objetivos que le limitan son pocos. Tal vez fuertes, pero pocos.

El problema surge a raíz de la aparición y la arrolladora expansión a escala mundial de los grandes grupos llamados «multimedia». Estos abarcan diarios, revistas de diverso tipo, emisoras de radio, cadenas de TV, editoras de libros, librerías, sellos discográficos, productoras y distribuidoras de cine... ¿Qué ocurre entonces? Que, a nada que los propietarios de estos consorcios tengan afán instrumental -y suelen tenerlo: de lo contrario nunca hubieran conseguido llegar tan alto-, la crítica que cabe ejercer desde su interior se mediatiza hasta extremos patéticos. Así, cuando un diario del consorcio editorializa sobre los problemas de la televisión, no habla en realidad de televisión, sino de los intereses del consorcio en el ámbito de la televisión. Y cuando lo hace sobre fútbol, lo de menos es el fútbol, y lo de más el contrato que tiene firmado con tales o cuales equipos de fútbol. Y si en una de sus emisoras de radio hay un espacio de crítica de libros, no hay verdadera crítica de libros, sino promoción de los escritores que publican con sus editoriales y marginación de los que trabajan para la competencia. Y si se habla de cine, serán las películas que el consorcio ha financiado las que se lleven la palma. Y si opina sobre los horarios comerciales, opinará que los mejores y más justos son los que convienen a sus tiendas. Et cætera. Al final, cada uno de sus medios pierde cualquier atisbo de independencia. Actúan en conjunto como una única sociedad de socorros mutuos. No queda apenas espacio en ellos para la información y la opinión libres: los autoanuncios camuflados lo invaden todo.

No es un problema de maldad intrínseca. Es la lógica implacable del tinglado. El signo de los tiempos.

Cada vez hay menos voces. Sólo se multiplican los ecos.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de septiembre de 2010.

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1996/09/04 07:00:00 GMT+2

¿Qué tiene Eduardo Serra?

Casi todos los expertos juristas y profesionales de los medios de información a los que he oído opinar en las últimas horas sobre el anteproyecto de Ley Orgánica Reguladora de Secretos Oficiales han coincidido en calificarlo de «aberrante».

Es un engendro. Es disparatado. Es reaccionario hasta lo indecible. Pero, por desgracia, no tiene nada de aberrante. En rigor, aberrante es todo aquello que se aparta de lo normal o usual. Y yo no veo que este anteproyecto de ley tenga nada de insólito o inusual. Encaja a la perfección con el resto de las iniciativas que ha patrocinado desde su nombramiento el ministro de Defensa, Eduardo Serra.

Cielo santo, qué personaje.

Todo el mundo se pregunta, como en el caso de la célebre chica del 17: «¿De dónde saca / pa'tanto como destaca?». ¿De qué especiales poderes goza este personaje? ¿Quién se los ha otorgado?

Se subraya que Eduardo Serra no es militante del PP. Bueno; ese tampoco es un factor decisivo. Belloch tampoco era miembro del PSOE cuando Felipe González lo transmutó en ministro. Pero Belloch había estado desde siempre en la onda del PSOE. De hecho, militó en la Agrupación Socialista del CGPJ. Y en cuanto le dieron la cartera ministerial, se apresuró a mostrar una ortodoxia felipista a toda prueba.

No es que este Serra no fuera militante del PP. Es que jamás de los jamases, a lo largo de toda su dilatada carrera de preboste, había dado ni la menor prueba de sentir simpatía, así fuera lejana, por las posiciones del PP. En ningún terreno: ni en el político, ni en el programático, ni en el ideológico. Es más, sigue sin darla.

Entonces, ¿qué le vio Aznar? Y, sobre todo, ¿qué le sigue viendo el Gobierno en masa, que él hace y deshace a su antojo y los demás se limitan a mirar para otro lado y decir «amén»?

Sostienen sus defensores que es «un buen técnico». No lo dudo ni por un momento. Pero técnico ¿en qué? De su larga permanencia a la derecha de Narcís Serra no se sabe gran cosa. Parece que se encargaba del comercio de armas. ¿Será técnico en compraventa de armas, entonces? Es un oficio como otro cualquiera, que decía Munzer Al Kassar, otro técnico del ramo. Puede que esa especialidad suya explique lo mucho que le fastidian las trabas legales y los periodistas moscones, pero sigue sin resultarme suficiente mérito como para que se le meta en el Consejo de Ministros por la Puerta Grande y se le deje ponerse a legislar como un poseso.

¿Un técnico? Paparruchas. Los técnicos apolíticos no se sientan en el Gabinete. Un ministro está para establecer metas y fijar perspectivas. Los técnicos, en todo caso, vienen luego, para señalar cómo cabe y cómo no cabe marchar por hacia los fines previamente definidos.

¿Qué fines pretende Eduardo Serra? ¿Al servicio de qué trabaja con tanto ahínco? ¿Qué causa es la suya? Si queremos saberlo, más vale que nos demos prisa. Dentro de nada lo declarará secreto.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de septiembre de 2011.

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1996/08/31 07:00:00 GMT+2

La locura del Poder

Según el premio Nobel de Literatura Wole Soyinka, que fue invitado a disertar el pasado martes en el X Congreso de Psiquiatría, en Madrid, «la mitad de los gobernantes del mundo debería estar en una residencia de locos».

Es un punto de vista simpático, pero notablemente superficial. «El Poder es una forma de locura», dijo Wole Soyinka, para explicarse. Y preguntó acto seguido, a modo de prueba irrefutable: «¿Qué fueron Hitler o Stalin?».

Pues bien, le diré lo que fueron: dirigentes adorados por millones de sus contemporáneos. En sus países, sobre todo, pero también fuera de ellos.

Apelar a la locura de los políticos -Wole Soyinka citó también a Bokassa y a Pol Pot- es un modo simplista de resolver el expediente. La cuestión no es que Austria, Georgia, Ubangui Chari o Camboya sirvieran de cuna a personajes de ese género, espectacularmente paranoicos y megalómanos. Pirados hay en todas partes, en número y grado más que suficiente. Por lo que hay que interrogarse es por las condiciones económicas, políticas y sociales que hicieron posible que individuos como esos llegaran a encaramarse a puestos de máxima responsabilidad en sus respectivos países, y a mantenerse en ellos el tiempo suficiente como para causar incalculables estragos.

Una llama echada al agua no es menos llama que otra lanzada sobre diez mil litros de gasolina, pero los efectos producidos por la una y la otra son llamativamente diferentes. De la primera es poco probable que hable nadie; la segunda tiene muchas posibilidades de hacerse célebre. Si en la Alemania de los años treinta o en la Unión Soviética de los veinte no hubieran existido realidades sociales propicias y poblaciones deseosas de escuchar mensajes como los suyos, Adolf Hitler no habría pasado de ser un sargento plasta, y Jósif Djugáshvili habría acabado probablemente sus días como empleaducho de cualquier ministerio, empinando el codo y contando chistes verdes, que es lo que mejor se le daba.

Pongamos que, como sugiere el Nobel de Literatura nigeriano, la mitad de los gobernantes del mundo fuera recluida urgentemente en residencias psiquiátricas, por pura profilaxis social. ¿Qué se lograría con ello? Nada en absoluto. Otros políticos -tan desaprensivos como ellos, tan soberbios como ellos, tan iluminados como ellos, si hiciera al caso- tomarían el relevo.

Lo cual no es sólo aplicable a los líderes políticos más sangrientos y brutales. También a los más grises y discretos. Cada realidad social destila en cada momento el tipo de dirigentes políticos que necesita. Y cuando requiere paz, los busca pacíficos. Y cuando guerra, belicosos.

Nótese que a veces ni siquiera necesita cambiarlos para cumplir funciones opuestas. Así, no es raro que el pacífico de un día sirva para atizar la guerra del siguiente. O que el adorador de la Justicia de ayer pase a convertirse en santificador de los crímenes de Estado.

Javier Ortiz. El Mundo (31 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de agosto de 2010.

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1996/08/28 07:00:00 GMT+2

El Partido de la Razón de Estado

Se supone que en España gobierna el PP, con el apoyo parlamentario de CiU, el PNV y Coalición Canaria. Y así es, si nos referimos a la política como reparto de parcelas de mando. Pero, si consideramos la realidad desde el prisma del pensamiento político, la divisoria entre el Gobierno y la oposición mayoritaria se desvanece. Desde ese ángulo, es de rigor reconocer que estamos gobernados por un partido único: el Partido de la Razón de Estado.

Resulta desalentador. Hastiante. No tanto porque eso nos obligue a escuchar un único eterno discurso monocorde -en cierto sentido, siempre es así, en todas partes-, sino porque la Razón de Estado, aquí y ahora -concentrada como está en lograr que por el desagüe de los GAL no se les escurra toda la liquidez del negocio-, es tan poco razonable, tan disparatada, tan descaradamente cínica, que sus defensores no se toman ya ni siquiera el trabajo de articular en su defensa una justificación teórica digna de tal nombre.

No dicen más que memeces. Y es aburridísimo refutar memeces.

Abro un periódico de días atrás. Leo una entrevista con Rosa Díez, portavoz socialista en Euskadi y consejera del Gobierno vasco. Dice: a) que es falso que la libertad del general Galindo haya causado «alarma» en la opinión pública vasca, porque lo que a los vascos les preocupa es que ETA siga haciendo de las suyas, y que Damborenea, Amedo y Domínguez estén libres; y b) que, si el alcalde donostiarra, su compañero de partido Odón Elorza, cuestiona la libertad del militar y pide el esclarecimiento del «caso GAL», es porque se ha subido «a la ola del estado de opinión general» y «es prisionero de ese ambiente». ¿En qué quedamos? ¿De qué lado en concreto está la mayor parte de la opinión pública vasca, según ella? Pues ya ven: es variable. Depende de la pregunta.

Los adalides del Partido de la Razón de Estado han sustituido la pretensión de lógica, así sea sólo aparente, por la desfachatez. Se colocan ante algo blanco y afirman muy serios: «Como ustedes pueden ver, es indiscutiblemente negro».

«El Gobierno debe apostar por el futuro y dejar a la Justicia el pasado». «El proyecto de ley de Secretos Oficiales aspira a conjugar Seguridad y Justicia». «El PP nunca prometió que desclasificaría los papeles del CESID; fue sólo una mala interpretación de la Prensa». «El Gobierno no opina sobre la excarcelación del general Galindo, pero se preocupa cuando se quiebra el principio jerárquico que rige la actuación de la Fiscalía».

Desfachatez. Cinismo a raudales.

Lo más problemático de todo esto no es que sus coartadas sean tan flojas. Lo verdaderamente inquietante es comprobar que no ven la necesidad de buscárselas mejores. ¿Toman por tonta a la mayoría y se equivocan, o se limitan a constatar que nuestra opinión pública traga carros y carretas, y obran en consecuencia?

Yo, si he de serles sincero, no descartaría ninguna hipótesis.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de septiembre de 2012.

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1996/08/27 07:00:00 GMT+2

Ser motorista en Madrid

El señor alcalde de Madrid, don José María Alvarez del Manzano, sabe que los automovilistas de la Villa y Corte son, por lo común, individuos adustos y de malas pulgas, con los que no hace al caso bromear. A cambio, ha reparado con satisfacción en que quienes deambulamos por calles y plazas a bordo de motocicletas y ciclomotores somos gentes risueñas, bonachonas y bienhumoradas, dadas a la chanza y la chirigota. Lo cual hace brotar en él un inagotable torrente de simpatía, que le empuja a festejarnos de muy diversos y lúdicos modos.

Así, el señor alcalde ha descubierto cuán divertido es que las calzadas de la ciudad estén llenas de grietas. Las grietas presentan la indiscutible virtud de que no molestan nada a los automovilistas, porque los neumáticos de sus vehículos pasan sobre ellas sin notarlas. Pero las motos sí que las notan.

Las grietas que don José María cuida con mimo para nuestro esparcimiento son de dos tipos: unas discurren en paralelo a las aceras; las otras son perpendiculares al sentido de la circulación. La combinación de ambas es desternillante. Las paralelas hacen las veces de carril de tren: te metes con la moto en una y ya no sales. Pero para eso precisamente están las grietas perpendiculares: permiten girar en 90, con gran sorpresa no sólo de los viandantes, sino a menudo también de los propios motoristas. Es muy emocionante.

Otra variedad de obstáculo, también la mar de divertida, es la zanja. En Madrid hay la tira de zanjas, algunas de notable profundidad, abiertas con la tan tenaz como amable colaboración de Gas Natural. Pasar por una calle llena de zanjas -v.gr: la calle Vallehermoso, en estos mismos momentos- es lo más parecido a hacer los 500 metros/vallas, pero sobre ruedas. Como una carrera de trial, pero sin tener que pagar enojosos derechos de participación.

Nuestro alcalde no se encarga sólo de hacernos reír. También se preocupa de nuestra vida sentimental. Gracias a la inaudita cantidad de baches que hay en las calles madrileñas, a los motoristas tímidos nos basta con invitar a la moza de nuestros sueños a dar un breve paseo. En cosa de nada y gracias a los citados baches, la señora o señorita se nos adhiere -aunque sea sin querer- hasta extremos deliciosamente turbadores.

Y están luego los Veranos de la Villa. En el estío, nuestro solícito alcalde nos proporciona suplementos de emoción dignos de Port Aventura. El más efectista lo logra por el sencillo expediente de apagar la iluminación de muchas calles, incluidas algunas muy céntricas. De noche es estupendo. Como los focos de las motos no iluminan gran cosa, uno va con el alma en vilo: si alguien con un par de copas de más se pone a cruzar la calle, te lo llevas por delante. Es como la ruleta rusa, pero con ruedas. Sublime.

Reconoceré, a fuer de sincero, que el alcalde no es el único madrileño que siente un hondo afecto por los motoristas. Rivaliza en ello con muchos automovilistas, que nos ayudan a perfeccionar nuestra diversión y preparación física de muchos modos: arrojando las colillas por la ventanilla con gran energía, en vez de dejarlas caer al suelo -descartada la vulgaridad de apagarlas en el cenicero- o lanzando hermosos gargajos, que el motorista debe eludir con un rápido movimiento de la cabeza. Otros, más audaces, ponen a prueba nuestros reflejos -no sin riesgo por su parte, lo que vuelve doble nuestro agradecimiento- abriendo sin mirar la puerta del coche por el lado de la calzada.

Gracias a la perfecta simbiosis que logran en esto Ayuntamiento y automovilistas, ejercer de motorista en Madrid le hace a uno sentirse como un moderno Ivanhoe, un esforzado Tartarín, un Ulises de nuestro tiempo. ¡Gracias, don José María! ¡Gracias, amigos del volante, madrileños todos!

Javier Ortiz. El Mundo (27 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de septiembre de 2012.

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1996/08/24 07:00:00 GMT+2

Guiris, sí; ilegales, no

El señor gobernador civil de Girona lo tiene claro. Los señores alcaldes de Roses y Calonge también. La señora Ley de Extranjería lo mismo. Aquí no hay ningún problema de xenofobia. Y menos aún de racismo. Lo que hay es una neta y clara distinción entre extranjeros ilegales, y por tanto indeseables, y extranjeros legales, comme il faut.

El señor gobernador de Girona argumenta con lógica aplastante por qué considera delincuentes a los inmigrantes que se encuentran en España en situación irregular: si han entrado a nuestro país sin respetar las leyes de inmigración, ya han cometido un delito, lo que prueba su clara inclinación por la delincuencia. Irrefutable.

¿Quién dijo xenofobia? Este es un país que adora a los extranjeros. Cada año vienen a visitarnos varios millones de turistas, y los tratamos de cine. Algunos incluso se quedan: se calcula que hay cerca de un millón de residentes extranjeros en España. Quiero decir extranjeros bien. La mayoría procede de los países fríos del norte de Europa. Son jubilados que se compran una casita en una urbanización de la costa mediterránea o de las islas, y en ella pasan la mayor parte del año, sin necesidad de calefacción y sin correr el riesgo de resbalar en su hielo patrio y escoñarse. Y nosotros somos tan majos y tan acogedores que les servimos el agua que escasea para los cultivos en esas zonas, y ellos se ponen un césped monísimo en el jardín y llenan alegremente sus piscinas. ¿Xenófobos aquí? ¡Si queremos tanto a los extranjeros que no hemos dudado en permitir que destrozaran nuestra costa para instalar sus urbanizaciones, y ni siquiera nos hemos enfadado porque las compañías inmobiliarias que las han construido sean extranjeras, y hasta nos da igual que casi todos los productos que venden en sus markets sean de importación y no nos dejen ni un duro!

¿Racismo? ¿Quién habla de racismo? Romario no parece muy blanco, y lo queremos muchísimo. Y ese otro que está ahora en el Barcelona, el tal Ronaldo, ¿no se lleva ovación tras ovación? En la Costa del Sol hay un montón de árabes, y nadie les chista, a pesar de que alguno ha tenido sus más y sus menos con la Justicia. Y en Canal Plus sale un japonés con el que todo el mundo se parte de risa.

No; en España no molestan en absoluto ni los extranjeros ni los de razas raras. Lo que no queremos es que se nos llene el país de gente que -como muy bien ha hecho notar el señor gobernador civil de Girona- tiene una clara tendencia a la delincuencia, patente en el hecho mismo de haber entrado en España sin papeles. Gente que, si te la encuentras por la calle de noche, te asusta, con ese aspecto suyo tan de miserable, o sea, tan de delincuente. ¡Si aún recogieran la fruta, o los claveles, y se quedaran encerrados el resto del día! Pero, qué va: se empeñan en exhibirse.

Ni racistas ni xenófobos. Solo queremos que nos dejen en paz y no vengan a restregarnos por las narices que se mueren de hambre.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de agosto de 2011.

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1996/08/23 07:00:00 GMT+2

El cate de don Francisco

Hay profesiones que se pueden ejercer sin titulación específica y otras que no. Es bueno que sea así. Si un pintor o un escritor lo hace de pena, con no comprarle el fruto de su trabajo, asunto concluido. El hecho de que pinte o escriba mal no supone ningún riesgo social. Pero si un inútil, un ignorante o un chalado construye un puente u opera a un enfermo, la puede hacer buena.

El caso de los políticos -sobre todo el de quienes ejercen responsabilidades de gobierno- es muy raro. Su labor tiene consecuencias de primera importancia para la ciudadanía. Sus equivocaciones pueden causar verdaderos estragos. Sin embargo, no se les exige el menor título de garantía para acceder al cargo. Me parece una grave imprudencia.

Digo yo que habría que cambiar este insatisfactorio estado de cosas. No reclamándoles que exhiban un título universitario -ninguno serviría para avalar su aptitud como gobernantes-, pero sí haciéndoles pasar, al menos, un par de exámenes. El primero no lo harían ellos, sino que se les haría. Sería de tipo psiquiátrico. Gracias a él, podríamos librarnos de contar con responsables políticos paranoicos, lo que ya representaría un gran avance. El segundo permitiría constatar qué tal andan de espíritu democrático, apego a las libertades y rigor intelectual.

De existir esta segunda prueba, no sé qué habría pasado cuando don Francisco Álvarez Cascos hubiera expresado al tribunal examinador esa teoría tan suya de que, en un buen partido político, los de arriba mandan y los de abajo obedecen, y chitón, y esa otra, también originalísima, de que cuando uno pasa de la oposición al Gobierno tiene que cambiar de ideas, porque así es la política.

Para mí que le habrían cateado.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 6 enero de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/23 07:00:00 GMT+2
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