1996/08/21 06:00:00 GMT+2
La decisión de Isabel II de proceder al aggiornamento de su cada vez menos real Corona pone otra vez de actualidad la vieja discusión: ¿qué valor tienen hoy en día las monarquías? (Nótese que escribo valor, no coste: «Todo necio / confunde valor y precio», señaló certeramente Machado).
Como se sabe, en España, por razones que sería largo -y muy aburrido- enumerar, este asunto es casi tabú. Se considera de mal gusto discutir en público sobre la utilidad de la Monarquía. Tengo observado que, cuando alguien quiere hacerlo, se pone ipso facto a hablar... de Gran Bretaña. Y ahí sí, se despacha a gusto. ¡Hay que ver la crueldad con que la Prensa de este país trata a los miembros de la realeza británica! Que si los problemáticos amoríos del uno, que si las orejas de soplillo del otro, que si los sombreritos de la de más allá... No dejan títere -por así decirlo- con cabeza. Me parece garrafal. Es otro ejercicio de pura hipocresía, de los que tanto gusta nuestra grey política y periodística.
La cosa llega a veces a extremos que son directamente ridículos. Ayer, en una tertulia de radio, oí a un comentarista que ponía de vuelta y media a la «obsoleta Monarquía británica» porque en su línea sucesoria los hombres tienen prioridad sobre las mujeres. ¿No es exactamente igual en España? Si quiere criticar esa norma -de muy difícil defensa, qué duda cabe-, ¿por qué se va tan lejos?
Digo yo que sería cosa de empezar a tratar de estos asuntos abiertamente y sin tapujos, ya de una vez. Por qué no.
Empezaré a hacerlo refiriéndome hoy a un solo punto, que me parece a la vez clave y oscuro: ¿de dónde obtienen su solidez las monarquías europeas que quedan? No, desde luego, de la superioridad de su invento. Es absurdo que un menda sea jefe del Estado por privilegios de sangre. Tampoco se caracterizan las familias reales por su incansable contribución a la riqueza de las naciones, precisamente. ¿Entonces?
Sólo encuentro una explicación a este fenómeno: la alternativa a las monarquías existentes no acaba de presentar ventajas bastantes como para justificar el cambio.
Pongamos el caso de España. Imaginemos que se instaurara aquí una República parlamentaria, con un presidente elegido por sufragio universal. ¿Quién sería? O, dicho más crudamente: ¿de qué partido sería? ¿Del PP? ¿Del PSOE? Puf.
El sistema monárquico, cuando coexiste con el parlamentarismo, no pierde sus obvias desventajas, pero cuenta con un factor que puede hacerlo fuerte: los monarcas pintan poco en la vida política. Y es mucha la gente que, así sea intuitivamente, se atiene al principio de que el mejor jefe de Estado es el que no existe. Incluso cabría formularlo como ley: tanto menos un monarca interfiere en la marcha de su país -tanto más desapercibido pasa-, tanto más sólida es su Corona.
Lo que también puede formularse al revés: cuanto más se haga notar, cuanto más poder efectivo pretenda tener, tanto más incitará a pensar en lo absurdo de su cargo.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/21 06:00:00 GMT+2
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1996/08/17 07:00:00 GMT+2
Cuando un gobierno actúa de modo innoble y ruin, lo más fácil, lo que tiene buena acogida segura en el auditorio, es culparlo de obrar «en contra del pueblo». Se parte de la reconfortante idea de que el pueblo es esencialmente justo y seráfico. El mal le es, por naturaleza, ajeno.
Frente a esta concepción de la política, demagógica -en el sentido de que dice lo que la mayoría desea que le digan-, se eleva el criterio desazonante de quienes afirman que, en el fondo, los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.
No comparto esa formulación. Me parece innecesariamente brutal: suena a condena. Sí tengo el firme convencimiento, a cambio, de que ningún gobierno, por tiránico que sea, puede perdurar si el pueblo no lo tolera.
Se proclama, por ejemplo: «El pueblo español estuvo sometido durante cuarenta años a una cruel dictadura». Y no es exacto. Es sin duda cierto que la dictadura de Franco fue muy cruel. Y es no menos verdad que el pueblo estuvo sometido a ella. Pero, si lo que se pretende es dar a entender que el pueblo se opuso a esa situación, entonces se incurre en una falsedad histórica monumental.
Empecemos precisando de qué hablamos cuando nos referimos a «el pueblo». El pueblo -todo el pueblo- no hace nunca nada. Y menos todavía en España, donde no hay un pueblo, sino varios. Al hablar de lo que «el pueblo» hace, desea, necesita, etc., estamos refiriéndonos a su mayoría. Hubo muchos ciudadanos que se opusieron a la dictadura de Franco y la combatieron, incluso a riesgo de sus vidas. Pero la mayoría no obró así. Entiéndaseme: no digo que la mayoría estuviera a favor del franquismo. Lo que afirmo es que no estuvo en contra. Lo toleró, en suma. Víctima del miedo -de los muchos miedos posibles: a perder la vida, a ir a la cárcel, a quedarse sin trabajo, a que sus familiares sufrieran represalias: miedo incluso a pensar-, la gran mayoría del pueblo se mantuvo políticamente muda e inactiva. En ese sentido, cabe afirmar que la dictadura de Franco pervivió durante cuarenta años porque el pueblo lo consintió.
Acerquémonos al presente. ¿Cree alguien seriamente que los crímenes de los GAL fueron solo cosa del «señor X» y un puñado de malhechores más? Si la mayoría del pueblo español hubiera estado real, radical, insobornablemente en contra, habría dado rápida cuenta de ellos. Y que nadie apele a la ignorancia: quienes quisimos saber supimos bien pronto.
El Gobierno del PP ha decidido encubrir ahora a sus antecesores manteniendo en secreto los papeles de la guerra sucia del Estado. Me parece evidente que, si lo hace, es porque sabe que la mayoría se lo va a consentir. El sondeo de este diario dice que muchos ciudadanos desaprueban esa decisión de Aznar. Da igual: es una oposición pasiva, tolerante, sin traducción política.
No lo duden: la maldad de los gobiernos se expande hasta ocupar todo el espacio que deja libre la tolerancia de los pueblos.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/17 07:00:00 GMT+2
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1996/08/16 07:00:00 GMT+2
Seamos sinceros: ¿servimos realmente para algo práctico los columnistas de opinión? El uno se dedica a decir en plan florido lo que media España ya había pensado por su cuenta y sin tanta historia; el otro se empeña en forzar a sus lectores a pensar ideas nuevas, contrariando la firme determinación mayoritaria de eludir tan arriesgada práctica; el de más allá acumula parrafadas que no obligan a nadie a pensar porque ni siquiera las ha pensado él mismo gran cosa... ¡Columnas! Nada: baratijas, fruslerías, vanidades.
Me he decidido a cambiar tan lamentable estado de cosas, así sea por un día: hoy voy a proporcionarles, oh amados lectores, un consejo útil, que lo mismo les puede servir para las relaciones humanas que para el abordaje de fenómenos de la vida animal, tales como la política.
¿Quiere usted no sentirse nunca decepcionado, dolido, defraudado? Haga como yo: ante cualquier situación nueva, prepárese siempre para la peor de las posibilidades. Póngase en lo peor, acostúmbrese a la idea de que lo peor puede suceder y estudie cómo actuará si efectivamente ocurre. Por ejemplo: ¿que sube al Poder un nuevo Gobierno? Pues nada: usted dé por hecho que va a ser una perfecta síntesis de maldad y torpeza. De esta guisa, si el tal Gobierno se limita a encubrir el terrorismo de Estado y a subir los impuestos, usted estará muy tranquilo, consciente de la cantidad de canalladas que podía hacer y no ha hecho. Aún.
No crea nunca ninguna promesa. Cuando alguien le pronostique algo bueno o trate de infundirle alguna esperanza, no le haga el más mínimo caso. No olvide jamás la máxima del doctor Lawrence Peter: si se ve luz en el fondo del túnel, ojo. Puede ser el faro de un tren que viene de frente.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/16 07:00:00 GMT+2
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1996/08/14 07:00:00 GMT+2
Estos días ha habido una fuerte polémica -no por soterrada menos agria- entre quienes hemos reclamado que se depuren las responsabilidades derivadas de la catástrofe de Biescas y aquéllos que se han empecinado en presentarla como «un desastre natural», «una triste fatalidad», «un fenómeno impredecible», etc.
A veces las polémicas, aunque se refieran a las cosas más trágicas, tienen un lado cómico. Leí el lunes una columna de Prensa cuyo autor, aquejado de un inmoderado deseo de descalificar a quienes nos hemos puesto vindicativos en este asunto, nos reprochaba tener un «atávico ardor justiciero» que, según él, nos ha llevado a «preferir la búsqueda de responsables antes que la de desaparecidos». Craso error el nuestro: ¡mira que dedicarnos a escribir, en vez de irnos a Biescas a bucear!
Pero no nos detengamos en la simpleza y centrémonos en lo del «ardor justiciero». ¿Defendemos que se depuren las responsabilidades para -como cree nuestro crítico- cumplir un «rito de purificación política», o sea, porque nos encanta chinchar?
Sencillamente, no. Si desde que conocimos la tragedia algunos nos pusimos de inmediato a indagar las posibles culpabilidades, es porque sabíamos desde hace años que en este género de catástrofes se encierran casi siempre -por no decir siempre- graves errores humanos.
En 1983, un grupo de científicos británicos elaboró un largo informe titulado ¿Catástrofes naturales o errores del hombre? En ese informe se analizaban diversos desastres causados por fenómenos naturales -huracanes, erupción de volcanes, inundaciones, terremotos, etc.- y se llegaba a una conclusión firme: los desastres naturales provocan muy diferentes destrozos, según se produzcan en países que toman severas medidas preventivas ante esos peligros o no. Así de simple. Huracanes y terremotos de idéntica intensidad matan mucho menos en Florida o California que en Haití o Nicaragua. El hecho natural es idéntico: la diferencia está en la actitud de los hombres.
No es sólo cuestión de sesudos estudios científicos. También de experiencia personal. En octubre de 1982 me tocó hacer un reportaje sobre una riada en Alicante. En el popular barrio de San Gabriel, construido en medio de una escorrentera, llegué a ver un camión empotrado en el segundo piso de un edificio. Las aguas se llevaron todo por delante, vías del tren y autovía incluidas. Luego hemos sabido que hay en este país cientos de situaciones similares. Como la de Biescas.
Por eso algunos, en cuanto oímos que el cámping «Las Nieves» estaba situado en el cono de deyección de un barranco, sospechamos lo que luego los hechos han confirmado.
¿Un «atávico ardor justiciero»? Justiciero, tal vez. Pero de atávico, nada. Aquí lo único atávico que hay es la tendencia de alguna gente a negarse a ver lo que está mal.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/14 07:00:00 GMT+2
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1996/08/10 07:00:00 GMT+2
Ustedes ya conocen, supongo, la fábula de la víbora y la rana: la víbora que suplica a la rana que le cruce el río a cuestas; la rana que no quiere, porque teme que le pique; la víbora que le dice que no sea tonta, que si le picara ella también moriría; la rana que al final accede; la víbora que efectivamente le pica; la rana que, moribunda, le pregunta por qué lo ha hecho, y la víbora que le responde: «No he podido evitarlo; está en mi naturaleza».
Bueno, pues a los periódicos y los periodistas nos ocurre igual. Cada cual es lo que es, y no tiene más remedio que comportarse de acuerdo con su ser, lo mismo que la víbora de la fábula. El periodista que es crítico, lo acaba siendo siempre, con independencia del Gobierno que haya y del partido que esté en él. Y el que tiene el hábito de dar jabón al Poder, pues tal cual, sólo que al revés.
Supongo que a más de uno esto le resultará sorprendente. ¿Cómo puede ser que existan periodistas que no hayan comulgado nunca con ningún Gobierno: ni con los de la UCD, ni con los del PSOE, ni ahora con el del PP? Y, aún más chocante: ¿cómo pueden otros periodistas arreglárselas para tener ganas de pasar la mano por el lomo a todos los Gobiernos, por distantes que sean las opciones ideológicas de unos y otros?
La explicación es sencilla, en realidad. Pero para entenderla hay que olvidarse de considerar las relaciones entre los Gobiernos y los periodistas -y la Prensa- en términos ideológico-formales (que si éste se dice más de izquierdas, que si aquel más de derechas) y analizarlas a partir del papel que cada cual desempeña con respecto a la maquinaria del Poder. Porque los Gobiernos cambian, pero el Poder es siempre el mismo: no cambia el aparato del Estado, no cambia la Banca, no cambian las multinacionales, no cambian las redes comerciales, no cambian los consorcios empresariales... Los Gobiernos sucesivos varían -si es que varían- el modo de gestionar los asuntos del Poder. Pero el Poder como tal permanece.
Para los periodistas -y los medios- que están especializados en edulcorar la imagen del Poder, que el Gobierno pase de las manos de un partido a las de otro es algo relativamente accesorio. Les obliga a efectuar ciertos reajustes, por supuesto: tienen que arreglar la transición guardando las formas, de cara a la galería. Pero, a fin de cuentas, nada realmente sustancial se altera para ellos. Su trabajo sigue consistiendo en lo mismo: en estar con el que está. Tampoco varía gran cosa el panorama para quienes de siempre se han dedicado a denunciar las pifias y desafueros del Poder: les basta con escribir unos cuantos nuevos nombres en su agenda... y con acostumbrarse a que algunos que antes les sonreían les retiren ahora el saludo.
Tal vez se pregunten ustedes si hago esta reflexión a cuento de las diferentes acogidas que ha tenido en la Prensa la decisión de Aznar de no desclasificar los «papeles del CESID». La respuesta es: sí.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/10 07:00:00 GMT+2
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1996/08/09 07:00:00 GMT+2
El pensamiento débil lo inunda todo. La gente bien de este país tuerce el gesto cuando alguien expone una opinión radical. La moda dicta que todo ha de ser «un poco»: «Me parece que es un poco criticable...». Los mejores añaden un «como», para dar a sus afirmaciones un toque añadido de blandenguería: «Es como un poco excesivo...». Y los perfectos se expresan siempre en potencial: «Yo diría que es como un poco absurdo...».
No hay aquí y ahora actitud más prestigiosa y reconocida que la tolerancia. Hay que ser tolerante. Muy tolerante. Cuanto más tolerante, mejor. «La sociedad española ha mejorado muchísimo en los últimos años -sentencia el sociólogo-: ahora es infinitamente más tolerante». Tolerante ¿con qué? No importa: con todo. Ecuménica, universalmente tolerante.
La tolerancia puede ser una gran cosa, en efecto. Pero según y para qué. ¿Que Pepito -o Jonathan, que es como se llaman ahora casi todos los niños- no quiere ponerse la camiseta verde, porque le parece horrible? Pues que se ponga la que le dé la gana, y santas pascuas. Y si el vecino de enfrente ha decidido no casarse con su novia de toda la vida, porque ha descubierto que le gusta más el barman de la esquina, pues allá él. O ellos.
Pero la sociedad española actual no sólo es tolerante con los gustos y las opciones personales de cada cual. Su tolerancia se extiende y lo abarca todo. Tolera que los gobernantes prometan esto y hagan lo contrario. Tolera que protejan el crimen de Estado. Tolera el crimen de Estado mismo. Pasa.
Lo único que no toleran la mayoría de nuestros conciudadanos es que algunos intolerantes les echemos en cara su tolerante abulia moral.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/09 07:00:00 GMT+2
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1996/08/07 07:00:00 GMT+2
La escena se produjo en la madrugada del 28 de julio en una cafetería de la costa mediterránea. La selección española de fútbol estaba siendo vapuleada por el equipo de Argentina en algún remoto estadio de los EEUU. Un hombre miraba la televisión con aire aburrido. La camarera recogía las mesas. Al pasar junto a él, como por decir algo, le preguntó:
-¿Qué, cómo vamos?
-¿Vamos? -le respondió él-. No sabía que tú jugabas.
La gran mayoría asume como la cosa más natural del mundo que, si un atleta o un equipo tienen su misma nacionalidad de origen -la española, en este caso-, hay que identificarse con su causa y desear su victoria fervorosamente. Pero esa actitud patriótica no tiene nada de natural. A no ser que consideremos el patriotismo -el nacionalismo- como algo natural.
Las competiciones deportivas son extremadamente propicias para la exhibición masiva de actitudes nacionalistas. Los Juegos de Atlanta me lo han demostrado una vez más. «La televisión norteamericana solo se interesa por lo que hacen sus deportistas», escuché quejarse amargamente a un cronista de radio que llevaba la intemerata hablando solo de las citas olímpicas en las que participaba, había participado o iba a participar algún español, aunque careciera de la más mínima posibilidad de triunfo.
Eso es, con mucho, lo peor del nacionalismo: que se cuela en las conciencias en silencio, como de puntillas, sin hacerse notar. El nacionalista solo percibe el nacionalismo foráneo. El suyo le resulta lógico, inevitable: ¿cómo no va a parecerle mejor su país, si de hecho es mejor?
No pretendo que se extirpe el nacionalismo. No solo porque es meta imposible. También sería seguramente inconveniente. Entre cada individuo y el universo hay muchas mediaciones que envuelven y moldean su identidad: la familia, los amigos, los del propio bando -sea el bando que sea y en función de lo que sea-, la ciudad, la patria chica -que en ocasiones también es la grande-, el idioma materno... Hay parte de nuestro propio yo en todos y cada uno de esos círculos concéntricos que nos rodean. Sirven de empalizadas psicológicas que nos protegen del amenazante exterior y que, a la vez, nos ayudan a crear la ficción de que no estamos solos ante la existencia.
Pero conviene ser consciente de que sentirse español -o vasco, o catalán, o quebequés-, es decir, trascender el hecho -en algún lugar hay que nacer y residir- y convertirlo en factor de orgullo y bandería, no es sino una muestra más de nuestra debilidad como individuos, de la dificultad que padecemos los humanos para ser verdaderamente individuales, o sea, verdaderamente universales.
Seamos entonces nacionalistas y «sintamos nuestros colores», si es que no hay más remedio. Pero hagámoslo al menos conscientes de que damos con ello una lamentable prueba de endeblez ideológica. Reconociéndonos culpables de leso humanismo.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/07 07:00:00 GMT+2
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1996/08/03 07:00:00 GMT+1
La experiencia enseña que, con el paso del tiempo, la función acaba moldeando a quien se encarga de ejecutarla.
Lo comprobé de joven, residente en Francia, cuando un caballero muy fino y muy culto, llamado Michel Poniatovski, accedió al puesto de ministro del Interior. Al principio era una gloria verlo: qué delicadeza; nada que ver con las maneras rudas de sus antecesores. ¡Al fin la Policía francesa iba a estar controlada por un demócrata de verdad, amante de las libertades! Pues bien: sólo unos pocos meses después, ya no había modo humano de distinguir al finísimo Poniatovski de cualquiera de sus antecesores, por muy burreras que hubieran demostrado ser. Los estudiantes le pusieron un mote definitivo: «Ponia el de la porra».
Desde aquella experiencia inicial, altamente clarificadora, me ha sido dado comprobar una y otra vez, hasta la saciedad, cuán aplicable es a la política el axioma formulado por los biólogos: la función crea el órgano. Dime de qué te ocupas y te diré quién eres. O quién serás en cuanto te adaptes al cargo.
Quiero decir con esto que daba por sentado que José María Aznar iba a salirnos rana. No digo ya como rector de los arcanos de la economía y protector de la cosa social -que también-, sino como mero cumplidor de sus promesas de normalización política y respeto de la Ley. Tan sólo me cabía una duda: si tardaría más o menos en enseñar la oreja.
Debo reconocer que su celeridad en asumir el lado repugnante de su cargo me ha sorprendido. No imaginaba que lo fuera a hacer tan rápidamente. ¡Ni siquiera se ha dado a sí mismo el plazo de cortesía de cien días!
La decisión adoptada ayer por el Consejo de Ministros en relación a los papeles del CESID revela que José María Aznar y su equipo de choque -Álvarez Cascos, Rato y este Serra de ahora- no van a dejarse amilanar por un quítame allá esos escrúpulos éticos.
Bueno, pues es la guerra. Adiós a las críticas versallescas. A partir de ahora, empiezan las hostilidades. Qué le vamos a hacer.
Y, puesto que de emprenderla a pepinazos se trata, me apresuro a lanzar el primero. Lo extraigo del capítulo III del vigente Código Penal. Reza así: «Art. 451. «Será castigado con la pena de prisión de seis meses a tres años el que, con conocimiento de la comisión de un delito y sin haber intervenido en el mismo como autor o cómplice, interviniere con posterioridad (...) ayudando a los presuntos responsables (...) a eludir la investigación de la autoridad o de sus agentes (...), siempre que concurra alguna de las circunstancias siguientes: a) Que el hecho encubierto sea constitutivo de traición (...), genocidio, rebelión, terrorismo u homicidio; b) Que el favorecedor haya obrado con abuso de funciones públicas». El Código añade que en este caso, si el delito es grave, se añadirá a la pena de cárcel la de inhabilitación absoluta para empleo o cargo público.
Y todo eso por no desclasificar unos cuantos papeles.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de agosto de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/08/03 07:00:00 GMT+1
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1996/07/31 07:00:00 GMT+2
Lo explican así: se trata de personas que entran en España ilegalmente, a veces incluso con documentación falsa, y que alegan una persecución política inexistente. El Estado español se limita a protegerse cuando los expulsa de sus fronteras.
Pero el asunto no es tan simple. Para entender el actual fenómeno de inmigración ilegal procedente de África es necesario remontarse en el tiempo y considerar cómo fue la colonización europea de ese gran continente. Hay que recordar cómo las grandes potencias europeas irrumpieron manu militari en unas realidades sociales rudimentarias que, mal que bien, subsistían de acuerdo con su medio natural. Los colonizadores acabaron con las estructuras económicas locales. Impusieron su modo de vida y sus códigos de conducta. Corrompieron a los indígenas menos escrupulosos y les enseñaron a proteger a tiros su esfuerzo de intensivo pillaje de materias primas y otras riquezas.
Con el paso del tiempo, llegó el momento en que África dejó de ser negocio, en parte porque las materias primas fueron agotándose y en parte porque se hizo posible producirlas industrialmente en las propias metrópolis a precio más bajo. Las potencias europeas fueron abandonando África dejando tras de sí amalgamas sociales sin la menor articulación, seudoestados de fronteras trazadas con regla y tiralíneas y castas dominantes sin más preparación que la necesaria para disparar contra quien no se inclinara ante sus caprichos.
El resultado fue el único que podía darse: miseria a manos llenas y, como única alternativa, el caos. Un caos que a las grandes potencias del mundo desarrollado les interesó sólo como mercado: ya que muchos caciques del postcolonialismo se mostraban dispuestos a masacrarse entre sí, ¿por qué no venderles las armas necesarias para ello?
África es hoy, en su mayor parte, un continente imposible. Donde no impera una dictadura intolerable reina la hambruna. Donde las más terribles enfermedades no diezman a la población arrasan crueles guerras tribales. ¿Cómo reprochar a las víctimas de ese escenario de horror que quieran huir de él?
«Vienen con papeles falsos». ¿No será porque nadie se los da buenos? «No son perseguidos políticos». ¿Y a qué le llaman ustedes política? ¿No tiene hondas raíces políticas el sufrimiento del que escapan? «Violan nuestra Ley de Extranjería y la normativa europea». Sin duda. Pero ¿son realmente justas esas leyes? ¿Es decente que Europa, que cavó el pozo en el que se hunde África, se lave las manos ahora?
El único modo justo de mitigar el problema de la emigración ilegal es ayudar intensivamente al desarrollo equilibrado de África. No sería limosna, sino pura y simple reparación. Pero Europa -España incluida- se niega a ello: no suelta ni siquiera el miserable 0,7% al que se comprometió por escrito.
No son ilegales. Qué estupidez. Las personas nunca son ilegales: tan sólo los actos pueden serlo. Y, si de juzgar actos se trata, su intento de inmigrar ilegalmente tiene muchos atenuantes. Muchos más que la actuación desaprensiva de quienes los expulsan a patadas.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/07/31 07:00:00 GMT+2
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1996/07/27 07:00:00 GMT+2
Creo que fue García Sabell el que definió la saudade como la nostalgia que nos produce no tanto lo ausente como lo nunca visto, lo nunca conocido. Puede que sea el legado de mi abuelo gallego, pero tanto más mi edad avanza -tanto más retrocede mi cuerpo, de regreso hacia la nada-, tanto más me duele todo cuanto pudo ser y no fue. Y tanta más nostalgia siento del futuro.
Antes, in illo tempore, el futuro no estaba tan ausente. Hubo un tiempo en el que el futuro vivía y habitaba entre nosotros, arropado de esperanza. Era el regazo al que corrían los sueños para encontrar asilo, el oasis que daba reposo a la sed de justicia en el desierto.
En aquel entonces, el futuro iba ceñido a la sórdida realidad, pero no para servirle de sombra, sino para alumbrarla: gracias a él, cabía afrontar el presente con desapego. Ayudaba a soportarlo. La miseria, por palpable que fuera, parecía menos cierta ante el anuncio de un mañana tal vez no cercano, pero en todo caso inevitable. Entonces el poeta preso escribía: «En este campo estuvo el mar. Alguna vez volverá». Y el perseguido se las daba de profeta: «Días vendrán de luto para el miedo. Noches traerán venganza para el asco». Creían en ello y encontraban la paz. El hoy se les hacía llevadero porque estaba condenado a muerte: sobre su solar de dolor y mediocridad, el porvenir acabaría por construir -antes, después: algún día- una sociedad justa y verdaderamente igualitaria.
Pasaron así los años: inviernos fríos, primaveras yermas. Y con el porvenir siempre por venir.
Pero llegó un día en que, cuando salimos por la mañana a la calle y quisimos saludar al futuro, vimos con sorpresa que ya no estaba.
O sí, pero no parecía el mismo. En vez de resultar acogedor, como hasta entonces, tenía un aire huraño y amenazante. Y en lugar de sus anteriores augurios de bonanza, predecía espantosos desastres. Y mascullaba una lúgubre letanía: «La caridad bien entendida empieza por uno mismo», decía sin cesar.
Hubimos de concluir entonces que, si no hay un solo futuro, sino dos -o tal vez más-, eso quiere decir que no hay ninguno cierto.
Adquirimos así la conciencia de que el paraíso no nos espera, así en la tierra como en el cielo. Que no está escrito en ningún lado, ni siquiera en los astros -y menos aún en la lógica de la Historia-, que al término de todas las batallas a la Humanidad le espere una paz digna, y no otra batalla más, igual de cruel y todavía más cruenta.
Es así, y así ha sido sin duda siempre. Pero no por saberlo se hace menor la nostalgia de aquel futuro que alguna vez sentimos de nuestro lado y que nos mantenía en vela durante la larga noche de piedra.
Nunca llegamos a conocerlo. Pero notábamos su aliento. Era una bella mentira que nos contábamos, y que nos creíamos.
Algunos penan la ausencia de un Dios en el que no puedan creer. Otros arrastramos la nostalgia de un futuro que nunca será nuestro.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de julio de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/07/27 07:00:00 GMT+2
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