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1996/07/24 07:00:00 GMT+2

Pepe Rei

Los lectores saben, porque ha salido en estas páginas, que hay un periodista del diario Egin que comparece ante la Audiencia Nacional acusado de colaboración con ETA. Sostiene el fiscal que este periodista, Pepe Rei, pasó a ETA unos papeles obtenidos en un trabajo de investigación.

Seguro que muchos lectores se habrán hecho una rápida ecuación mental: Pepe Rei trabaja en Egin; Egin defiende a ETA; un comando de ETA tenía papeles de Pepe Rei... Ergo seguro que el tal Pepe Rei ha colaborado con ETA, si es que no es directamente de ETA.

¿Ha reflexionado usted así? ¿Sí? No conoce a Pepe Rei.

Rei ha hecho periodismo de investigación toda su vida. Lo hizo primero en su Galicia natal, donde tuvo un papel destacadísimo en el desenmarañamiento de la trama del «caso Redondela». Tiempo después le ofrecieron trabajo en La Voz de Euskadi -un efímero intento de rescatar el diario donostiarra La Voz de España-, y se instaló en San Sebastián. Cuando cerró La Voz le ofrecieron trabajo en Egin. Y lo aceptó, porque la oferta tenía los dos componentes esenciales que reclama todo periodista: un sueldo y la publicación de sus artículos. Ningún otro periódico le presentó una oferta mejor, vaya por Dios.

Pepe Rei ha hecho aportaciones de gran valor para la desinfección de las cloacas de Euskadi. Gracias a él se conocieron, por ejemplo, muchas peripecias nada edificantes del hoy general Galindo. Gracias a él se desvelaron igualmente las relaciones de ciertos curiosos narcos vascos y algunos servicios policiales. Gracias a su labor salió a la luz también el escándalo de las tragaperras. Él fue asimismo quien denunció las escuchas ilegales de la Ertzaintza.

Quiero decir con esto que Pepe Rei es, en suma, un periodista. Un excelente periodista, además.

Pero trabaja en Egin. Tiene su mesa de trabajo en Egin. Tiene sus papeles de trabajo en Egin. ¿Puede extrañarle a alguien medianamente sensato que alguno de esos papeles pudiera llegar a ETA, sin necesidad de que Pepe Rei tuviera en ello ni arte ni parte?

Cada cual puede pensar lo que le dé la gana. Yo, conociendo a Pepe Rei, tengo el convencimiento de que no tiene nada que ver con ETA ni con actividades de ETA, porque a él solo le interesa hacer periodismo. Pero, si alguien cree lo contrario, que lo demuestre. No con datos circunstanciales. Con pruebas fehacientes.

Un magistrado de la Audiencia Nacional -el mismo magistrado que dejó dormir el sueño de los injustos la investigación judicial del asesinato de Lasa y Zabala- creyó que era una buena idea procesar y meter en la cárcel a Pepe Rei, rescatándolo del hospital donde se recuperaba de una operación de corazón. Quedaba muy estético: ¡por fin un juez se atrevía a dar caña a «ésos del Egin»! Y le tocó a Pepe Rei servir al lucimiento del juez que luego huyó para no tener que lidiar con el crimen de Estado.

Yo ya sé que no voy a ganar mucha popularidad defendiendo a uno de «ésos del Egin». Pero debo hacerlo. Por una razón elemental: Pepe Rei es inocente.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de julio de 2011.

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1996/07/20 07:00:00 GMT+2

Todos tenemos una caja única

Cuando un grupo humano afronta un problema, quien consigue que los demás admitan su modo de formularlo logra ya una victoria que es clave: se asegura de que nadie busque soluciones fuera del terreno que él ha delimitado previamente. Por eso es fundamental examinar con sumo cuidado los términos en que se nos plantean algunas discusiones. A menudo, los términos hacen las veces de sutiles anteojeras que nos encaminan -sin que nos demos cuenta, y eso es lo peor- hacia donde nos quieren llevar.

Por ejemplo: el Gobierno de Aznar ha conseguido que la opinión pública acepte, como si fuera la cosa más natural del mundo, que la rentabilidad -su idea específica de la rentabilidad, mejor dicho- debe pesar en la determinación política como criterio prioritario. Gracias a lo cual, hoy en día casi nadie le discute la necesidad de reformar el sistema de pensiones, dado que es «económicamente insostenible», y todo el mundo le admite sin sombra de vacilación que hay que poner la lupa sobre las cuentas de la Seguridad Social, porque -ya se sabe- la pobre está «al borde de la quiebra».

Pero estos problemas pueden ser examinados de un modo diferente. Basta con pensarlos sin tener en cuenta los términos en que nos los sirven como papilla.

Lo primero que hay que rechazar es la pretensión gubernamental de parcelar el erario.

El Estado no cuenta con unos ingresos para esto y otros ingresos para lo otro: tiene una caja única. Ingresa tanto, y ya está. A partir de lo cual, tiene que decidir en qué gasta lo que ha ingresado.

Es absurdo pretender que la Seguridad Social está al borde de la quiebra. Es como si yo decidiera, en mi pequeña y ridícula economía doméstica, que mi presupuesto de electricidad está al borde de la quiebra. «Pues date de baja en Canal Plus, capullo, y deja de engordar a Polanco -me diría mi otro yo-, y con eso ahorrarás lo suficiente para costearte el gasto de aire acondicionado».

Determinar de dónde se recorta gasto y de dónde no es una opción ideológica; no técnica. ¿Que nos va mal? Siempre podemos prescindir de las medicinas de la abuela, qué duda cabe, pero también podríamos dejar el vermouth con chopitos. Me tocan las narices estos políticos que hablan como si lo verdaderamente imprescindible para la civilización y Occidente fuera el vermouth con chopitos. Como si lo único que estuviera en discusión fueran los mierdosos medicamentos de la abuela. La tonta e inútil abuela, que no es nada rentable y además está al borde de la quiebra.

Hace algo así como una década, nuestro glorioso Estado se gastó un pastón del carajo en el programa FACA, de avioncitos militares capaces de matar mucho. ¿Puede alguien decirnos de qué carajo nos sirvió ese espléndido vermouth a reacción -nunca mejor dicho- y con chopitos atómicos?

Empecemos por la abuela. Y quede el vermouth para el final.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de julio de 2011.

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1996/07/17 07:00:00 GMT+2

Otra vez la conspiración

Ya está otra vez en danza la conspiración. Narcís Serra, con su fino olfato y su vista de lince, fue el primero en detectar su regreso. Bono arrojó luz sobre su objetivo: expulsar a González de la vida política. Ciscar lo definió ayer como «la tentación de destruir al adversario». Leguina completó el cuadro diciendo que la trama conspirativa la financia Mario Conde (quién si no).

Muchos comentaristas se han tomado la cosa a chirigota. Tiene su tanto de chunga, sin duda, el automatismo con que los felipistas claman que son víctimas de una conspiración cada vez que se hallan en graves dificultades. ¿Qué les pasa, que no se les ocurre ninguna otra excusa?

No. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que no vuelven una y otra vez a la carga con la murga de la conspiración por falta de recursos imaginativos. Tampoco por pura monomanía paranoide. Lo hacen porque están convencidos de que la conjura existe realmente. Es más: entiendo que lo crean, miradas las cosas desde su perspectiva.

Es un problema de principios. O, si se prefiere, de carencia de ellos. Me explico: los felipistas saben de sobra que los escándalos que salen a la plaza pública y les involucran –caso ahora de la «trama navarra», de las comisiones del AVE, de las denuncias de Bi-Gil y de los pufos de la Expo– son mangoneos de su troupe. Pero no ven por qué razón hay gente que se empeña en denunciarlos y perseguirlos. Ellos no se sienten moralmente peores que el resto de quienes se mueven en el escenario de la vida pública patria. «Todos los partidos se financiaron ilegalmente», se defiende Leguina, admitiendo de paso que el PSOE lo hizo. El resto de su pensamiento es fácil leerlo: «Y si todos somos iguales, ¿por qué se ensañan tanto con nosotros?». A lo que solamente encuentra una respuesta: «Se han conjurado para hundirnos».

Y es en ese punto en el que no yerra del todo. Porque, aunque es verdad que algunos hemos ido a por ellos porque nos repugna la corrupción política, y en especial la organizada –y haremos lo mismo con cualquier otra organización corrupta, como demostraremos en cuanto quepa, espero–, no menos cierto es que hay otros, y no pocos, que se subieron a ese carro por intereses nada éticos: fuera para librarse de rivales incómodos, fuera para conseguir que el público no mirara en su dirección. Y entre los unos y los otros funcionó esa lógica peligrosa que lleva a los enemigos de los mismos enemigos a sentirse amigos. Todos los enemigos del felipismo –moralistas y truhanes, políticos y financieros, periodistas y espías, opositores de izquierda y de derecha, resentidos por afrentas pasadas o ambiciosos de glorias venideras– confluyeron en una alianza de facto, que en algunos casos –en algunos: a mí que me registren– fue más que eso.

Considérenlo conspiración, si les consuela. Qué más da: el interés del denunciante no altera en nada la verdad de lo denunciado.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de enero de 2018.

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1996/07/13 07:00:00 GMT+2

Tras entrevistarse con don Felipe González, don Diego López Garrido nos hizo saber anteayer la buena nueva que ha venido a traer su partido de recentísimo cuño: la izquierda debe desechar de una vez «la cultura de la confrontación» y sustituirla por «la cultura del diálogo».

Así que escuché el mensaje de don Diego, me dije: «Oye, ¿y si tuviera razón? ¿Y si todo el secreto estuviera en reemplazar la cultura de la confrontación por la cultura del diálogo?».

Lo pensé, me animé e, inflamado de ansias dialogantes, telefoneé a mi viejo amigo, el requetefelipista Gervasio Guzmán:

-Gervasio -le dije-, tenemos que dejar de lado ya para siempre la cultura de la confrontación.

-¿Y eso que quiere decir? -me respondió, desconfiado.

-Que no nos peguemos todo el rato, supongo -especulé-. Es la receta que acaba de dar a la izquierda el doctor López Garrido. Pero no me preguntes mucho más. Por no saber, ni siquiera sé por qué llama a eso «cultura».

Gervasio demostró enseguida que tenía todo el asunto mucho más claro que yo.

-Mira: si eso lo ha dicho Diego, tiene que estar bien encaminado. Diego es muy listo. Fíjate en el nombre que ha puesto a su nuevo partido: PDNI. ¡Qué astucia! Un partido con DNI no puede tener problemas de identidad. Ya sólo en eso le da cien vueltas a Anguita.

Me pareció un argumento un tanto traído por los pelos, pero no le dije nada, para no romper tan pronto con la cultura del diálogo.

-Yo te lo explico todo, Javier -prosiguió, didáctico, Gervasio-. Te diré cómo rechazar la cultura de la confrontación. Para empezar, debes olvidarte del asunto de los GAL. ¿Qué crees, que no sabemos que fue un error? Pero, hijo, agua pasada no mueve molino.

-Para agua pasada, la que tenía Mikel Zabalza en los pulmones -se me ocurrió, pero callé.

-Abrazar la cultura del diálogo implica también -prosiguió- que tienes que olvidarte de Filesa, del AVE, de la mafia navarra, de la trama andaluza, de Aida Alvarez y de los fondos reservados, y de Piluca, la pobre... Ahí es necesario que, de una puñetera vez, entiendas el contexto: en aquella época todos nos financiábamos ilegalmente, caray. ¡Tú lo sabes muy bien!

-Gervasio, por favor... -le interrumpí-. Tú recuerdas bien cuántas cosas algunos no pudimos hacer porque no teníamos un duro.

-¡Y mejor que no las hiciérais! ¡Por favor! Habríais llenado todo el país de publicidad anti-occidental -se encrespó-. Y, ya que lo dices, eso me sugiere otros capítulos que no debes mencionar más, si quieres que reine la cultura del diálogo: la Guerra del Golfo, Maastricht...

-¡Pero, bueno! -salté ya-. ¿Tú qué quieres? ¿Que me haga del PSOE, a estas alturas?

-¡Vaya! ¡Pensaba que estabas de acuerdo con López Garrido! -se cabreó. Y me colgó.

No a mí. Sólo el teléfono.

Vamos mejorando.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de julio de 2012.

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1996/07/10 07:00:00 GMT+2

Dejad a los niños en paz

Dudo mucho de que los secuestradores de José Antonio Ortega Lara se sientan profundamente conmovidos cada vez que tienen noticia de que en este edificio de aquí o en aquella ladera de allá se ha colocado un lazo azul gigante para reclamar la inmediata libertad del funcionario de prisiones. No creo tampoco que se vean asaltados por intolerables remordimientos al ser informados de que en la playa de no sé dónde los bañistas han construido una cadena humana -en forma de lazo azul, claro está- de cuya inusitada longitud bien podría dar cuenta el libro Guiness de los records. A decir verdad, estoy seguro de que les es asimismo indiferente que más de quinientos músicos de bandas valencianas se congregaran en la hermosa plaza de Catarroja para interpretar con entusiasmo digno de tal causa el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. En suma: estoy convencido de que a ETA los lazos azules, sean de solapa o gigantes, al igual que las cadenas humanas y las sinfonías, le importan una higa: igual si son dos que doscientas. Porque esos signos son muestra de algo que ellos ya daban por descontado en el momento del secuestro. Saben de sobra que tienen en contra a la inmensa mayoría de la opinión pública, y no por mostrárselo una y otra vez van a alterar ni en un ápice su criterio y su determinación.

¿Quiere decirse entonces que no valen para nada todos esos actos de solidaridad? No. Valen para otros objetivos. Estoy seguro de que reconfortan a los familiares y allegados del secuestrado. Y es también posible que proporcionen un desahogo político a quienes participan en esas manifestaciones: gracias a ellas, pueden exteriorizar la indignación que sienten ante los inaceptables métodos de lucha de ETA.

Digo, pues, ambas cosas: que por esa vía no se contribuye ni poco ni mucho a la liberación de Ortega Lara, pero que no por ello deja de tener sentido emprenderla.

Lo que no puedo respetar, lo que me parece radicalmente mal, es que en esa campaña se involucre, como se está haciendo, a niños y niñas que carecen aún de la capacidad de discernimiento necesaria para entender lo que está en juego. Me produce bochorno contemplar el espectáculo de esas pobres criaturas que salen cada dos por tres en radios y televisiones leyendo muy enfáticas proclamas repletas de principios políticos que no están en condiciones de entender ni calibrar.

Da igual lo noble de la causa. No hay que inducir a los niños a participar en campañas políticas. Hay que enseñarles a razonar; no proporcionarles el resultado del razonamiento, y menos la bandera bajo la cual marchar.

Es muy sencillo manipular con hermosas palabras la candidez de los niños. Todos hemos tenido siete, nueve, once años. Algunos incluso nos acordamos.

El secuestro de Ortega Lara es una tragedia de adultos. Dejemos a los niños en paz.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de julio de 2011.

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1996/07/06 07:00:00 GMT+2

Consejos al PSOE

El buen fabulista ya dejó establecido, allá por el siglo VI antes de nuestra era, que es cosa prudente «no seguir del enemigo el consejo». Imagino que los felipistas recordarán esa máxima cuando escuchen las muchas recomendaciones que les dirigen ahora «por su propio bien» quienes aún ayer les estaban poniendo a caldo. «Tenéis que prescindir de González porque, si no, estaréis siempre atados de pies y manos», les dice el uno. «Una limpieza de fachada no os servirá para nada; si queréis convertiros en verdadera alternativa de Gobierno, os hace falta regenerar el partido», señala el otro.

Pretenden que su interés en el enderezamiento del PSOE se debe a que consideran importante que el Gobierno de José María Aznar tenga enfrente una oposición en toda regla. No digo yo que no haya nada de eso, pero estoy seguro de no pecar de excesiva malicia si les atribuyo también el muy humano deseo de vengarse de González, viéndolo abandonar de una maldita vez la escena política.

Yo también desearía el ostracismo político del individuo en cuestión -para qué negarlo-, pero eso no me lleva a perder el sentido de la realidad: sé que el PSOE no tiene remedio. Entiéndaseme: no digo yo que no haya en España espacio político para un partido de centro que se escore moderadamente hacia la izquierda. Por el contrario, estoy seguro de que ese espacio existe y es muy amplio. Lo que no creo es que el PSOE actual pueda ser ese partido.

Y eso, ¿por qué? Por dos razones fundamentales. Primera, porque el felipismo está tocado del ala y ya no tiene salvación: sus desafueros le perseguirán hasta la tumba; y segunda, porque este PSOE no puede dejar de ser felipista. Lo es hasta su misma médula. Sustituir a González por Borrell, por Bono o por cualquier otro de los líderes que fueron cooptados por el Jefe para hacerle coro y acompañarlo en su andadura de desaprensivo no es sino vestir la mona de seda.

Para llegar a convertirse en un partido creíble -digo simplemente creíble-, el PSOE tendría que refundarse. Lo de regenerarse es filfa: sólo puede regenerarse lo que una vez fue sano, y este PSOE está enfermo desde que González se lo apropió en Suresnes. Haría falta licenciar a casi toda la plana mayor actual y plantear un proyecto ex novo, dotado de principios (mejores o peores: con que tuviera algunos ya sería una novedad).

Borrell invita a González a irse para ocupar su silla. Bono anima al Jefe a encabezar la regeneración con la misma intención que Borrell, aunque con más modales y menos prisas. Ambos pretenden, de hecho, un felipismo sin Felipe. Tan sólo Rodríguez Ibarra ha planteado una propuesta de cambio auténtico: dice que deben retirarse cuantos han dirigido el PSOE hasta ahora. Los demás se le han reído en las barbas.

Créanme: para estas alturas, el único que puede reformar de verdad al PSOE es el Tribunal Supremo.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de julio de 2012.

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1996/07/03 07:00:00 GMT+2

El hecho diferencial

El president Pujol reclama una «nueva lectura» de la Constitución que permita el reconocimiento pleno del «hecho diferencial de Cataluña».

Se trata de una proposición que está llena de sobreentendidos. Y ésa es la primera dificultad. Porque algunos de esos sobreentendidos yo, por lo menos, no soy capaz de sobreentenderlos, sencillamente porque no los entiendo.

Para empezar, no está nada claro a qué se refiere Pujol cuando habla de «el hecho diferencial». No puede ser que aluda a que el pueblo de Cataluña es diferente (sería una obviedad: todo pueblo lo es). Si reclama para Cataluña un estatus político diferenciado, exclusivo, sólo puede deberse a que da por hecho que el pueblo catalán no sólo es diferente, sino que es más diferente que los demás.

Y eso es mucho pretender.

En dos sentidos.

Primero, porque, dentro de ese bloque que él hace con «los demás», hay pueblos que, amén de contar con una personalidad propia tan diferenciada como la catalana, tienen una conciencia de ella por lo menos igual de fuerte: es el caso, bien llamativo, del pueblo vasco.

Y segundo -y éste es un punto clave-, porque Cataluña no se diferencia tanto de «los demás». De todos los demás, quiero decir. El pueblo catalán comparte algunos de sus signos nacionales más distintivos -la lengua, en primer lugar- con el pueblo valenciano y con el pueblo de las Baleares. Y una cosa es que Jordi Pujol haya renunciado a la reunificación política de todos los países en los que la lengua de Ausías March sigue viva («de Salses a Guardamar», que se decía), y otra, muy diferente, que pretenda privar a sus germans de llengua de los beneficios del «reconocimiento pleno del hecho diferencial».

Lo que nos remite al meollo de la cuestión, y al punto en que la reivindicación del president Pujol me parece no solamente injusta, sino también absurda. Me refiero a su empeño en que Cataluña alcance cotas de autogobierno no sólo muy altas -contra lo que no tengo nada-, sino más altas que las del resto de las comunidades autónomas. Su afán en lograr que el Reino de España se componga, en último término, de dos únicos elementos: Cataluña, de un lado, y la resta del Estat, del otro.

Se trata de una concepción que, como digo, me parece injusta: no veo en qué podría perjudicar al pueblo catalán que otros pueblos tengan posibilidades de autonomía -posibilidades, insisto: que las usen o no es otro asunto- tan amplias como las suyas.

Y es una concepción también absurda -añado- porque no tiene la menor posibilidad de éxito: ni el pueblo vasco, ni el gallego, ni el valenciano, ni el canario, ni el andaluz... ninguno aceptaría que lo metieran forzadamente en una amalgama autonómica de segunda división caracterizada por el hecho fundacional... de no ser Cataluña.

No sé si por otra vía iremos a algún lado. Pero por ésa está claro que no iríamos a ninguno.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de julio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de julio de  2012.

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1996/06/26 07:00:00 GMT+2

Políticos de alquiler

El escaso rojerío que queda se ha lanzado cual fiera corrupia contra las medidas liberalizadoras y de austeridad que ha anunciado el Gobierno de Aznar. Y es que el escaso rojerío que queda ha olvidado ya la célebre invocación leninista al necesario «análisis concreto de la realidad concreta». Yo, que soy un antiguo, tengo muy en cuenta esta máxima -que es mínima, de hecho- y, huyendo de dogmas, analizo cada medida en concreto.

Por ejemplo: ¿hay que privatizar Argentaria? Peliagudo asunto. Es verdad que resulta un tanto raro que haya un banco que es medio del Estado y que compite con otros que son privados. Pero también es la mar de raro lo de las Cajas de Ahorro, que dicen que no tienen afán de lucro (se ve que el interés del 13,25 de mi crédito me lo sacan en plan Robin Hood, para dárselo a los pobres). Y no menos raros son los bancos privados que, así que se ven en un lío gordo, le toca al Estado «reflotarlos» con dinero de todos. Conclusión de mi análisis concreto: lo de los bancos es la repera, y es mejor no apostar por ninguna fórmula, para no tener que apechugar luego con el desastre.

Otro asunto: lo de suprimir 5.000 altos cargos de la Administración. Pues a mí me pareció de perlas cuando lo anunciaron. Ahora se han echado para atrás con la pobre excusa de que, si los suprimen, la Administración no funcionará. ¿Y qué más da eso? Estaremos igual que ahora, pero con menos gasto.

Otra medida que me niego a enjuiciar de modo simplista: el audaz proyecto del Ministerio de Economía y Hacienda, consistente en vender su sede central, y luego alquilársela al comprador. Yo le veo un montón de ventajas. Para empezar, puede ser una maravillosa contribución al surrealismo: ¡sería tan hermoso que llegara el día en que Hacienda no pudiera pagar la renta! Otrosí: ¿Se imaginan que en unos años se presentara el dueño ante el ministro y le dijera: «Lo siento, pero me van a tener que desalojar el local, porque se casa mi hijo, y ya sabe el refrán: "El casado..."». ¡Y en aplicación de la Ley Boyer, además! ¡Sublime!

No sé muy bien con qué tiene que ver, si con el liberalismo o con la austeridad, pero el caso es que los integrantes del Gobierno de José María Aznar parecen sentir una irresistible atracción por los alquileres. Amén de esta historia de alquilar ministerios, también se cuenta que Interior quiere sacar a la Policía a patrullar en coches de alquiler. Ya veo la publicidad: Rent a patrol. Para las compañías de alquiler, ganancia neta: fin a los problemas de chapa. La llevan en el bolsillo. Y para Interior, de cine: alquila los coches con conductor y se ahorra personal a manta.

Dentro de esta línea -que estoy muy lejos de detestar, como puede comprobarse-, se me ocurre, y pongo la idea a disposición del Gobierno de modo altruista, que también podría desarrollarse una política de alquiler de políticos.

Adiós a los políticos vendidos. A partir de ahora, todos de alquiler.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de junio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de julio de  2011.

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1996/06/22 07:00:00 GMT+2

25 años de maletines

Cada vez que se descubre otro caso de corrupción, nos salen con las mismas: «Me siento consternado», «Jamás lo hubiera supuesto», «Nos han traicionado», «Debemos recuperar la raíz ética del PSOE», etc.

Ayer, sin ir más lejos, se lo oí decir a Enrique Múgica.

A mí, por el contrario, me parece que esos hechos son perfectamente naturales. En el sentido literal: están en la naturaleza de su partido.

Porque lo de los «Cien años de honradez» es un bulo total. No por lo de la honradez -dejemos eso de lado-, sino por lo de los cien años. El actual PSOE no tiene nada de centenario. Aunque recuperara a un puñado de militantes del PSOE histórico, este partido nació, de hecho, a comienzos de los 70. Y nació y se desarrolló gracias a que algunas potencias occidentales dieron a sus promotores todo tipo de facilidades -y mucho dinero- para que pudieran ponerse al frente de la oposición democrática así que Franco muriera, cerrando el paso a los comunistas. Ya cuando eran solo un grupo de estudiantes, los socialistas «renovadores» entraron en contacto con la embajada de los EEUU en Madrid para ofrecer sus servicios. Y fue el nihil obstat de Washington lo que movió a las autoridades de Alemania, Suecia e Italia, sobre todo, a volcarse con ellos, lo que les permitió poner en funcionamiento una formidable maquinaria de promoción del felipismo y del propio Felipe González, que cuando murió el dictador era un perfecto desconocido en España.

Desde los tiempos de Franco, los líderes del PSOE se habituaron a recibir mucho dinero. Y a recibirlo en maletines. No podía ser de otra manera: su partido era ilegal.

La legalización del PSOE no alteró para nada, sin embargo, ese tipo de prácticas. En la España del primer postfranquismo, las fuerzas «desestabilizadoras» aún tenían mucho peso. Demasiado, según el criterio -según los intereses- de las potencias occidentales. El PSOE debía continuar creciendo. De modo que siguieron apoyándolo a tope. Más dinero. Más maletines.

Hasta que en 1982 se alcanzó el objetivo. Su protegido llegó a La Moncloa, presto a devolverles los favores: despliegue de misiles en Europa, OTAN, entrada a capones en la CE, guerra del Golfo, etc.

Vino entonces la hora de que los socialistas franceses e italianos les enseñaran a autoabastecerse. Les mostraron de qué modo puede financiarse de tapadillo un partido en el poder. Filesa fue, de hecho, un perfecto duplicado del sistema de financiación ilegal del PSF. Y la trama navarro-suiza de Otano y compañía reproduce tal cual la mecánica de comisiones por obras que en Italia funcionó sin ningún problema durante décadas.

Los dirigentes del PSOE se dicen sorprendidos e indignados por los muchos chanchullos que se están descubriendo. Es pura comedia. Unos actuaban, otros hacían la vista gorda y todos se beneficiaban.

¿Veinticinco años de felipismo? Sí, y veinticinco años de maletines.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de junio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de junio de 2011.

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1996/06/19 07:00:00 GMT+2

Otra vez Cuba

Está feo. Vale que los EE.UU. impongan su santa voluntad a lo ancho y largo del mundo. Vale que se inventen una reforma de la OTAN para impedir que Europa pueda tener una fuerza militar independiente. Vale que quieran volver a ocupar Cuba. Pero está feo que nos tomen por imbéciles. Que nos vengan con el rollo de que defienden el cambio de estructura de la OTAN para ayudar a que la Unión Europea tenga sus propias fuerzas armadas. O que quieran convencernos de que su tenaz asedio a Cuba no tiene más función que la de lograr que en la isla reine al fin la democracia. A otro perro con ese hueso.

Repaso en un muy reciente e interesante libro de Joan Garcés, Soberanos e intervenidos, la política de Washington hacia Cuba desde casi el nacimiento de los EEUU como nación. Los designios de Washington con respecto a la isla no han variado un ápice a lo largo de dos siglos. Su objetivo constante ha sido controlar la perla de las Antillas. El tercer presidente de los EEUU, Jefferson, lo manifestó sin sombra de disimulo ya en 1809. Tres años después de anexionarse La Florida, John Adams decidió que era hora de hacer lo propio con Cuba. Quizá no esté de más evocar el argumento que manejaba: había que impedir -escribió en sus Memorias- que la isla cayera en manos de gentes revolucionarias que pudieran aliarse a una potencia enemiga. Entre 1853 y 1855, el embajador de los Estados Unidos en Madrid no paró de conspirar -él mismo lo admitiría luego- para que en España se creara el mayor caos posible y se debilitara su posición en la colonia. El golpe de gracia llegó en 1898 cuando Washington, tras la derrota española, impuso como apéndice de la Constitución cubana la célebre «enmienda Platt», que imponía el control de los EEUU sobre todos los tratados exteriores de Cuba y les otorgaba el derecho a intervenir militarmente en la isla cuando lo tuvieran a bien. En cosa de nada, la American Tobacco Company se adueñó del 90% de la producción tabaquera, en tanto la United Fruit hizo lo propio con la industria azucarera. Los EEUU volvieron a intervenir manu militari en Cuba en 1906, y otra vez en 1912. En 1934 enviaron barcos y tropas, aunque no llegaron a actuar. En fin, en 1961, ya con Castro en el Poder, se metieron en la aventura de Bahía Cochinos.

Hace falta estar ciego para no darse cuenta de que la ley Helms-Burton no es sino una mera prolongación de esa larga historia. A los EEUU no les preocupa que Castro sea un dictador. Se llevan de cine con muchos tiranos, algunos de ellos auténticos expertos en la violación diaria y masiva de los derechos humanos: ahí está ese Li Peng que nos va a visitar, o los militarotes turcos, o Hasán II. Lo que les molesta es que Castro no les baila el agua.

Esta tarde se celebra en Madrid, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores, una concentración en contra de la ley Helms-Burton. Es bueno que Aznar sepa que algunos sabemos de qué van sus buenos amigos de Washington. Que no nos vengan un siglo después otra vez con un cuento como el del Maine.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de junio de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de junio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/06/19 07:00:00 GMT+2
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