1996/10/23 07:00:00 GMT+2
Los sumos sacerdotes de todas las religiones se lamentan del descreimiento que -dicen- reina en el orbe.
Son muy estrechos de miras. No se dan cuenta de que hoy la fe -la creencia en lo jamás visto- abunda como nunca.
Jamás ha habido tantos dioses. Tantos y tan creídos. Están en todas partes y en masa. Hay dioses en los templos, en las oficinas, en las fábricas. Hay dioses en las calles, en el metro, en las autopistas. Hay dioses en los hogares, en las salas de estar, en los dormitorios: sobre todo en los dormitorios. Viven en el aire, flotando como miasmas, invisibles, o escondidos debajo de las almohadas, a la espera de ser respirados o mordidos e instalarse en las neuronas de los mortales, triunfantes.
Jamás la Humanidad se mostró tan crédula. Y tan politeísta.
Muchos de los dioses y diosas de nuestro tiempo se revisten con los hábitos de la Ciencia. Así la diosa Economía, deidad milagrera como pocas, capaz de disfrazar de leyes físicas los crudos intereses de los grupos y las sectas.
Hoy se ha iniciado en el templo del Congreso de los Diputados el rito anual de sacrificios humanos a la diosa Economía. Ya desfilan por su altar, cuchillo en mano, los santeros de la moderna hecatombe. Se disponen al sacrificio de los cien bueyes. Sólo que ahora ya no son cien, sino miles, millones de bueyes, que se dirigen mansos al ara, ornados con las galas de la ciudadanía.
«¡Hay que ahorrar quinientos mil millones!», dice el oráculo. Y dice: «¡Los hospitales salen carísimos!». Y dice: «¡Nuestros venerables ancianos salen carísimos!». Y dice: «¡Las escuelas salen carísimas!». Y vuelve a la letanía: «¡Tenemos que ahorrar quinientos mil millones!». Y con una mano alza la nueva biblia -y los de su secta claman: «¡Sólo hay una moneda única, y el Gran Kohl es su profeta!»- y con la otra mano tapa el periódico que anuncia tímidamente: «España invertirá más de 1,2 billones en aviones de combate y fragatas».
Y dan todos su amén al sacrificio, porque así lo demanda la Ciencia Económica, que determina que, igual que cuanto tiene peso cae y que después de cada noche asoma un nuevo día, un Estado puede prescindir de hospitales, de viejos y de escuelas, pero no de aviones de combate y de fragatas, porque son los aviones de combate y las fragatas los que aseguran que los enfermos, los ancianos y los niños puedan vivir en paz y en armonía.
Y ponen lo que van acordando en un documento, al que llaman «Presupuestos del Estado». Y por una vez están en lo cierto: porque se trata de presupuestos -es decir, de pretextos que presentan como evidencias-, y porque son, sin duda, del Estado: del dios entre los dioses, Zeus pater, que, mientras todo lo demás pasa y perece, él se impone y permanece.
Hay dioses por todas partes. Y el pueblo los adora. Y se burla, una vez más, de Casandra. Porque dice que el vientre de los dioses está lleno de enemigos.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/23 07:00:00 GMT+2
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1996/10/19 07:00:00 GMT+2
El cine nació en París el día de los Santos Inocentes de 1895. Louis y Auguste Lumière presentaron su invento en público mostrando a los reunidos en el Salon Indien del Grand Café parisino unas cuantas filmaciones cortas. La más celebrada fue la ya histórica Salida de la fábrica.
La cinematografía llegó a España casi un año después. Con una cámara comprada a los Lumière, Eduardo Jimeno rodó Salida de la misa de 12 del Pilar de Zaragoza en 1896. El acontecimiento ha sido conmemorado con mucho boato (y no poca antelación) hace siete días.
Recapitulemos. En Francia, la cinematografía empezó reflejando la salida de una fábrica; en España, inmortalizando el final de una misa. En Francia lo hicieron en 1895; en España, en 1896. Los dos franceses impulsores del acontecimiento lo materializaron con un aparato de su invención; el español se sirvió de una cámara que compró a los franceses.
El primer fabricante local de cámaras de cine del que he hallado rastro fue un ebanista barcelonés, Fructuoso Gelabert, que rodó en 1897 Riña en un café.
Díganme ustedes si no parece una perfecta parábola de los males de la España de finales del XIX: todo más tarde, de importación y con misa. Hasta que apareció el catalán, que le añadió un toque de industria autóctona... y una riña de café.
No creo que esté tomando el rábano por las hojas. El invento de los Lumière fue una genialidad, pero no aislada. Respondió al clima de efervescencia creativa que se vivía en Francia en aquel tiempo. Tampoco tiene nada de casual que, llegado el momento de seleccionar los temas de sus películas, pensaran en la salida de una fábrica o en la llegada de un tren (ésa fue otra de sus primeras películas: Arrivée du train en gare de La Ciotat). La fábrica y el tren: dos símbolos de la revolución industrial.
El bueno de Eduardo Jimeno hizo lo propio. Se puso a pensar qué podía despertar más interés entre los españoles de su tiempo y llegó a la conclusión que sabemos: la salida de misa de 12 en el Pilar de Zaragoza. Gelabert aportó el toque catalán, en parte diferente y en parte igual: tras Riña en un café, rodó Salida de los trabajadores de la España Industrial y Salida de la iglesia de Santa María de Sants.
Fue hace un siglo. De entonces a aquí, ha llovido mucho, sin duda. Tanto en Francia como en España. Pero me pregunto si, después de todo lo que el siglo ha cambiado, España ha salvado ya la distancia que le separaba de Francia.
Y me da que no. Veo que, ahora mismo, cada vez que el Gobierno conservador de París pretende recortar los beneficios sociales -muy superiores a los nuestros, por lo demás- el pueblo francés le arma la marimorena.
Aquí sólo un puñado de voces se alza -y no mucho- cuando los gobernantes nos maltratan.
El otro día se volvió a filmar con gran pompa la salida de la misa de 12 del Pilar de Zaragoza.
Parece la parábola que no cesa.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/19 07:00:00 GMT+2
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1996/10/16 07:00:00 GMT+2
Pornografía infantil en Internet, fórmulas para la elaboración de alucinógenos sintéticos en Internet, casinos de dudosa fiabilidad en Internet... Los noticiarios se llenan de inquietantes nuevas asociadas a ese último grito de la comunicación. Miguel Angel Rodríguez ya se ha preguntado -en voz alta: qué manía- si no será el momento de pensar en su ordenación, término sin duda muy adecuado, porque remite tanto a los ordenadores como a la liturgia.
¿Pornografía en Internet? Aun admitiendo el uso común de ese término, convendrá que el personal que no está enganchado a la red sepa que la pornografía que cabe contemplar en Internet no resulta por lo común más chocante que la que cualquiera -niños y niñas incluidos, por supuesto- puede ver por el sencillo procedimiento de pararse delante de no importa qué kiosco de Prensa de nuestro país.
¿Fórmulas de drogas sintéticas? Ningún negociante de la cosa las difunde gratuitamente, por el puro gusto de corromper el gremio de la botica. Quienes se comunican esas fórmulas a través de Internet lo hacen con mensajes en clave -encriptados, dicen en la jerga- que sólo el destinatario es capaz de descifrar. La única ventaja que aporta el Internet a esa gente es la inmediatez: si no contaran con sus ventajas, podrían servirse del fax, de alguna mensajería o del correo normal.
¿Casinos no legalizados? La timba que se monta en el bar de la esquina todos los sábados no creo que tenga el aval de Hacienda.
Otro tanto puede decirse de la pornografía infantil. El quid de la cosa no está en que Internet la haga accesible (a través, por cierto, de una vía nada simple, que obliga a pagar su adquisición con tarjeta de crédito, lo que imagino que no podrán hacer muchos menores). La clave está en quienes fabrican ese material utilizando a menores. Que luego envíen el producto a sus clientes así o asao es secundario.
Lo que me resulta irritante de Internet no es que permita acceder a imágenes o textos más o menos procaces -que nadie me obliga a mirar-, o que albergue casinos chungos para gentes aburridas y sin imaginación -en los que no tengo por qué jugar-, o que sirva para que algunos malosos se remitan misivas críptico-farmaceúticas. La calle ofrece alternativas aún peores.
Lo que no me gusta de Internet es que también permite a algunos desaprensivos colar mercancía de rondón. Un ejemplo: ayer apareció en mi buzón de correo electrónico una carta de loor a la Virgen de Guadalupe, con la advertencia de que, si no la copio y se la envío a otras diez personas, el resto de mi vida será un desastre total. Me chafó: soy de natural fatalista.
Tal vez Miguel Angel Rodríguez tenga alguna idea de cómo cabría ordenar el sector de los fanáticos de la Virgen de Guadalupe.
Pero ni siquiera en eso Internet es especial. Mi buzón de siempre, el del portal, también me lo llenan a diario de cosas que no he pedido.
Internet no es nada por sí solo. Sólo otro reflejo de la vida misma.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/16 07:00:00 GMT+2
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1996/10/12 07:00:00 GMT+2
Ayer volvió a la carga el diputado Joaquín Almunia: Aznar les amenaza, el Gobierno les amenaza, y eso es muy preocupante, por más que ellos, felipistas de pulquérrimo pasado, no teman amenaza alguna.
Todos creemos saber de sobra cómo funcionan las amenazas. Lo aprendimos de críos. Nos enteramos entonces de que hay dos géneros básicos de amenazas: las directas y las indirectas. Se nos presentaba un grandullón y nos decía: «O me das tu boli nuevo o te parto la cara» y, a partir de ese momento, ya teníamos muy claro cómo son las amenazas directas. Rompíamos el jarrón de la sala, abandonábamos el lugar del crimen con disimulo y nos topábamos con otro pendejo enano que nos musitaba: «¡Te he visto! Si no me das tu boli nuevo, le digo a papá que has sido tú». Y así nos enteramos de cómo son las amenazas indirectas, también denominadas chantaje.
Hay gente que aprendió eso en su infancia y ya cree que lo sabe todo sobre las amenazas. Craso error. La amenaza, en general, y muy particularmente esa variante tan especial suya que es el chantaje, es un instrumento que puede llegar a adquirir una enorme complejidad. Su correcta utilización constituye un verdadero arte, que no todo el mundo es capaz de dominar.
Por ejemplo, es obvio que Aznar no lo domina ni medio bien. Lo ha demostrado con su amenaza parlamentaria del miércoles a los felipistas: «No me hablen ustedes de los GAL, que no les conviene».
Qué chapuza.
El primer mandamiento del chantaje entendido como un arte ordena no amenazar a la víctima sino cuando se está en condiciones de causarle un daño real, llegado el caso. Para lo cual se precisan dos cosas: tener con qué y estar dispuesto a ello. Porque uno de los riesgos que se corre en el curso del chantaje es que el chantajeado, más por desesperación que por valentía, se ponga farruco, al estilo de Almunia, y responda en plan western: «Venga, vamos, dispara». Del mismo modo que sólo debe empuñarse amenazadoramente un revólver cuando se está dispuesto a apretar el gatillo si hace falta, el arma del chantaje no hay que esgrimirla salvo cuando uno se sabe capaz de cumplir la amenaza. En cuyo caso no es imprescindible tirar a matar. Basta con hacer como los fríos pistoleros del Oeste: disparar a un brazo o una pierna, para bajar los humos al inconsciente.
Aznar ha violado lastimosamente esa ley básica del buen chantajista. Ha amenazado soltando un «Más te vale estarte calladito, bocazas» y, cuando el bocazas ha demostrado su inquebrantable voluntad de seguir siéndolo, se ha salido por peteneras, en versión Rodríguez.
Cada cual tiene que asumir que es como es, y dejarse de ínfulas y pretensiones. Aznar no vale para perdonavidas. Sabe hacer daño, sin duda -yerran los que le dispensan de maldad y zorrería-, pero lo suyo es matar a la chita callando. Le va el veneno; no el revólver.
Debería dejar el arma afilada de la amenaza para quienes saben usarla sin herirse ellos mismos.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/12 07:00:00 GMT+2
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1996/10/09 06:00:00 GMT+2
Francisco Alvarez Cascos, vicepresidente del Gobierno -vicepresidente primero, como suele enfatizar él-, se nos casa en breve. Es público y notorio. Todo el mundo conoce el hecho, como conoce también de sobra a la joven que le acompañará, blanca y radiante, en una de esas escasas ocasiones en las que la gente se presenta ante el juez -por pura inconsciencia- sin temor alguno, con la sonrisa en los labios.
He oído por ahí que el ministro de Administraciones Públicas, Mariano Rajoy, en vez de hacer en otoño lo mismo que todo el mundo y contraer una gripe, o al menos un catarro, se dispone a contraer matrimonio, igual que su colega.
El brote epidémico-matrimonial detectado en el Gobierno de Aznar presenta diferentes sintomatologías. Obsérvese qué diferencia de bodas. La de Alvarez Cascos será con luz, taquígrafos y pase libre para la prensa del corazón y la prensa adusta, como corresponde a un noviazgo abocado a provocar la ovación final de los invitados. De la de Mariano Rajoy no se sabe nada: ni el día, ni la hora, ni el lugar, ni el rito. ¿Será una boda civil? ¿Será militar? Por no saberse, ni siquiera se sabe el nombre de la mujer que compartirá su futuro -una porción de su futuro, al menos- con el del ministro de Administraciones Públicas.
Son dos opciones. Cada cual es muy dueño de hacer con su vida privada lo que le dé la real gana, siempre que no moleste a nadie. Y a los demás -incluidos los periodistas- sólo nos toca atenernos a las reglas del juego que fijan los protagonistas: quien haya optado por exhibir sus amores en el escaparate, que no se queje luego de verlos enjuiciados en la plaza pública; reclame en cambio con todo derecho respeto para su intimidad quien se haya preocupado de hacerla merecedora de tal nombre.
Ese es mi criterio. No me pidan jamás complicidad las ratas del periodismo que se entrometen en la vida privada de aquellos que han decidido conservarla efectivamente en privado. Si se casan, como si se operan. Y si tienen amores a tres, como si los tienen a cientos. Pero que tampoco espere mi ayuda quien, tras dejar que su luna de miel se proyecte en sesiones de mañana y tarde, quiera impedir que el público asista también a la sesión de noche, con su plus de morbo.
En principio, ambas opciones son aceptables. John Lennon escribió una canción llamada Everybody's Got Something To Hide Except Me And My Monkey («Todo el mundo tiene algo que ocultar, excepto yo y mi mono») y actuó siempre en conformidad con esa desinhibida declaración de principios. Él era así. Si el vicepresidente (primero) del Gobierno y su pareja quieren hacer como John Lennon y Yoko Ono, nada hay de malo en ello. Quedará por ver, eso sí, hasta qué punto son consecuentes. Lennon y Ono no dudaron en dejarse fotografiar en la cama y en cueros. Algo me dice que el vicepresidente primero de Aznar preferirá detenerse en algún escalón más discreto.
De todos modos, para mí que la posición de Rajoy entraña, vista en conjunto, menos riesgos.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/09 06:00:00 GMT+2
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1996/10/05 07:00:00 GMT+2
Leo que un quídam de mucho postín se ha buscado un término para clasificar a algunos escribidores, entre los que me sitúa en lugar preferente. Nos une por el común denominador del «izquierdismo trasnochado» y nos define en conjunto como «reliquias pensantes».
Creo entender en qué sentido habla de reliquias. Para él, alguien que recusa el presente -el juego de intereses que inspira el orden del presente- solamente puede ser un sesentaiochista incapaz de adaptarse a los tiempos que corren. Un tonto que no se ha enterado de que la época de las enmiendas ideológicas a la totalidad ha pasado. Y que ha pasado porque las enmiendas a la totalidad han fracasado, víctimas de sus propios yerros y su propia inmundicia. ¡Seguir dando la vara con sus críticas al capitalismo y al individualismo! ¡Valiente plasta!
No tiene razón.
No la tiene porque, como tantos y tantos han hecho a lo largo de la Historia, confunde el fin de una batalla con el término de toda la guerra. Las rebeldías radicales de los años 60 y 70 -las hubo muy diversas: sólo puede verlas como una sola quien no las entendió ni cuando creyó ser parte de ellas- fueron un episodio, por lo demás bastante menos decisivo de lo que algunos fantasiosos pretenden ahora.
Pero la rebeldía contra el orden social existente es una constante de la Historia. Hay épocas en que crece, se extiende y estalla con furor indomable, y transforma el mundo (bien es cierto que casi siempre de modo bastante alejado del pretendido). Y hay otras épocas en que se embota y aletarga, hasta el punto de que se diría muerta para siempre.
¿Estamos viviendo ahora una de estas épocas? Es aún pronto para decirlo. Desde un punto de vista personal, veinte o treinta años es mucho -a veces demasiado-, pero para la Historia de la Humanidad es apenas un suspiro. Hay tantas materias inflamables en el mundo de hoy que resulta muy arriesgado pronosticar calma chicha para rato. Tal vez un habitante del occidente europeo, que mire el mundo como la rana desde el fondo del pozo, pueda darlo por cosa hecha. Pero no tendría nada de especial que se equivocara.
El que sostiene en pie su vieja rebeldía de hace veinte o treinta años no es obligatoriamente una reliquia de tiempos pasados. Puede ser un adelantado de convulsiones futuras. Pero, en todo caso -y esto es algo que el quídam fustigador de «reliquias pensantes» me temo que nunca podrá llegar a entender- la incompatibilidad con el orden social imperante no es materia que tenga que ver con los vientos favorables o contrarios: es fruto conjunto de la sensibilidad hacia la injusticia y de la incapacidad para darla por buena. Hubo gente así en tiempo de Nerón, la hubo bajo Carlos V y la habrá mañana en el reino de Clinton III.
Hay actitudes que nunca dejan de estar de moda. Son consustanciales a la Humanidad misma. El espíritu crítico es una. El servilismo, otra. La pena -y así le va al mundo- es que siempre ha habido -y lo que es peor: habrá- muchos más conformistas que rebeldes.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/05 07:00:00 GMT+2
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1996/10/02 07:00:00 GMT+2
Según el director de cine estadounidense John Landis, que tiene en las pantallas de medio mundo una película basada en tan demoledora como amarga tesis, la característica standard del ciudadano norteamericano medio actual es la estupidez.
Una de las pruebas que esgrime Landis para sustentar su afirmación es el éxito arrollador de taquilla que están teniendo en su país algunas películas rematadamente estúpidas. De las que cita, yo sólo he visto Misión imposible. Suscribo con total entusiasmo su apreciación. Misión imposible es una película estúpida, con un argumento estúpido, unos diálogos estúpidos y unos efectos especiales estúpidos. Sólo quien ya sienta de por sí una irremediable inclinación por la estupidez puede quedarse satisfecho después de haber sido sometido -de haber pagado para que lo sometieran- a semejante explosión de vacuidad.
Antes me chocaba la tendencia de mis amigos yanquis -apenas he conocido sureños- a echar pestes de su país. Frente a sus comentarios despectivos, les recordaba las muchas y excelentes aportaciones que las Artes y las Ciencias deben a los EE.UU. No podía por menos: personalmente, tengo una deuda de gratitud hacia no pocos sociólogos, economistas, novelistas, poetas y songwriters de aquel país, y ni puedo ni quiero dejar de reconocerla. «Los americanos de los que hablas no son representativos», me contestaban los nativos de por allá. E insistían: «Esos son malos americanos. Un buen americano es primario, patriotero y adorador del éxito como meta vital insuperable. A partir del momento en que un americano comienza a darse cuenta de que las cosas de esta vida son complicadas, de que la Ley y el Orden no sirven como suprema escala de valores y de que sus gobernantes no son trigo limpio, empieza a convertirse en un mal americano». (Es curioso: todos ellos, hasta los más críticos, se dicen «americanos», sin más, como si el resto del continente no existiera, o fuera su patio trasero).
Estoy dispuesto a rendirme y a darles la razón. Sea: hoy en día, casi todos los aborígenes de los EEUU son poco autocríticos, poco cultos y nada cosmopolitas. Bien.
Pero, si es verdad que la inmensa mayoría de los estadounidenses son así, ¿qué no pensar entonces de lo nuestro? Por lo menos, la radical estupidez made in USA es algo genuino. Aquí nos toca asumirla de importación y pagar royalties por ella. Si los EEUU son hoy en día un imperio aquejado de tediosa estupidez, ¿no será todavía mayor la de aquellos que asumen como «natural» la sumisión económica, militar y cultural a ese imperio?
Cuando hablan de lo EEUU, algunos de los pontífices de la actual derecha española adoptan una pose de superioridad. ¿A cuento de qué? Ellos son igual de primarios, patrioteros y adoradores del éxito como excelsa meta vital.
Dicen lo mismo, pero adornado con citas del florilegio hispano. Son portavoces del Pensamiento Único en lengua vernácula. Una especie de norteamericanos de segunda.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/02 07:00:00 GMT+2
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1996/09/28 07:00:00 GMT+2
Como aún no he leído El manual del perfecto idiota latinoamericano... y español -obra la mar de graciosa, de creer a sus autores: Alvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner-, no puedo decir nada sobre el contenido del libro, ni para bien ni para mal. A cambio, sí me cabe comentar los fundamentos de la obra, que sus coautores han explicado estos días en toda suerte de aulas y cenáculos.
A lo que parece, Vargas Llosa Jr., Mendoza y Montaner han escrito este opúsculo -que se ha vendido muy bien en las Américas- para comunicar a la ciudad y al orbe la buena nueva de un hallazgo suyo: han descubierto que nadie se ajusta mejor a la tipología del perfecto idiota que el izquierdista. ¿Y quién es izquierdista? Bien sencillo: todo aquel que «cree que el Gobierno debe resolver sus problemas», o que «incide (sic) en culpar al capitalismo de la pobreza» o que «culpa a los EE.UU. del tercermundismo». Cosas, a su juicio, de una idiotez izquierdista desternillante.
Ya en suelo español, los autores han detectado otros dos tipos de protoidiotas: «los que defienden en América causas que en casa no defenderían» (v.gr.: el zapatismo) y los que «no se atreven a abordar desde un punto de vista liberal el tabú del Estado del bienestar».
Se proclaman «liberales». No sabía yo que el arte de la retórica liberal autorizara a caricaturizar los argumentos del oponente para mejor criticarlos. Por ejemplo: ¿hay alguien que crea que «el Gobierno debe resolver sus problemas»? Lo dudo. Si Mari Puri me da calabazas, mi izquierdismo no me empuja a exigir a Aznar que me arregle el asunto. Sí creo, a cambio, que el pago de impuestos directos e indirectos me da derecho a reclamar del Gobierno que me resuelva algunos problemas, y no veo qué hay en ello de idiota.
Tampoco me siento reflejado -pese a mi izquierdismo de rancio abolengo- en las simplezas que los tres izquierdófobos nos atribuyen a los críticos del capitalismo (una cosa es que el capitalismo no tenga interés en acabar con la pobreza y otra que se la haya inventado) y del imperialismo norteamericano (¿qué diablos será eso de «tener la culpa del tercermundismo»?).
Lo mismo me sucede con sus aceradas invectivas a escala local. Soy capaz de entender la causa zapatista, dadas las condiciones sociales de México, pero eso no me obliga a promover la formación de una guerrilla indígena en los Montes de Toledo. Y si, otrosí, no asumo un criterio liberal sobre (contra) el Estado del bienestar, puedo jurar y juro que no es porque «no me atreva», sino porque, sinceramente, no me apetece ni pizca.
Hay un liberalismo digno de toda loa: el que se asienta en el respeto por el discrepante. No es ése el de los autores de este libro: parten de que sólo un perfecto mostrenco puede no ver la vida a su modo.
Lejos de mí la tentación de pagarles con la misma moneda. No creo que ellos sean tan de derechas por idiotez. Estoy seguro de que les resulta muy, pero que muy rentable.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de septiembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/09/28 07:00:00 GMT+2
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1996/09/25 07:00:00 GMT+2
Ahora que, poco a poco, estamos acostumbrándonos a abordar públicamente sin muchos tiquismiquis los asuntos de la Monarquía, vamos descubriendo que en ellos se encierran algunos enigmas curiosos. Por ejemplo, el de la autoría de las declaraciones políticas del rey.
Resulta que va Julio Anguita y reprocha al monarca que pronuncie discursos en los que se declara a favor de la OTAN y de la unión monetaria. «El jefe del Estado no debe tomar partido en cuestiones que dividen a la opinión pública», aduce el coordinador general de IU. A lo que el Gobierno y sus voceros le responden diciendo que esa crítica no hace al caso, porque los discursos del rey no reflejan los criterios personales del monarca, sino los que el Gobierno le sugiere como más convenientes en cada momento concreto.
Ya había escuchado antes esta cosa de que es el Gobierno quien se encarga de establecer las «líneas maestras» de los pronunciamientos más «políticos» del monarca. Pero no por déjà ecoutée me deja menos perplejo.
Pongamos que sea cierto. Al punto se me ocurre una pregunta que es, en realidad, de cajón: ¿y por qué se montan una cosa tan rara entre el Gobierno y el rey? ¿Qué necesidad hay de que el jefe del Estado vaya de aquí para allá reproduciendo los criterios políticos del Ejecutivo como si fueran de cosecha propia?
Me parece absurdo a más no poder. Por muchas razones. Para empezar, porque se monta con ello una ficción disparatada. Luego los medios de comunicación publican que si el monarca ha dicho esto y lo otro, y lo valoran como su regio rango merece, cuando en realidad no hay tal, porque lo que ha dicho son cuatro ocurrencias de Miguel Angel Rodríguez.
Está además el hecho de que los Gobiernos cambian -por más que se resistan-, en tanto que el monarca se supone que permanece. Y si el rey ha de defender lo que al Gobierno de turno le peta, no tendría nada de especial que un día se viera en la necesidad de sostener que muy bien tal cosa, y al otro que muy mal lo mismo, lo que podría llevar a los súbditos menos avisados a concluir que el jefe del Estado no distingue entre un huevo y una castaña, lo que no sería ni justo ni conveniente para el buen crédito de las instituciones.
En fin, que el Gobierno decida el contenido de los discursos más problemáticos del rey puede dar origen a escenas perfectamente dadaístas. Téngase en cuenta que hay veces que el monarca dirige sus discursos al Gobierno: por ejemplo, cuando le toca presidir algunos Consejos de Ministros. ¿Qué habrá que suponer que ocurre entonces: que el jefe del Estado exhorta al Gobierno a que haga lo que el Gobierno le ha dicho previamente que le exhorte a que haga? No, francamente: es demasiado.
Que el Gobierno hable de las cosas de gobernar, y el rey de las de reinar. Es simple. Con eso, todo vendría a resultar aproximadamente lo mismo. Pero en menos mareante.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/09/25 07:00:00 GMT+2
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1996/09/21 07:00:00 GMT+2
Tiene don Eduardo Serra un modo verdaderamente fascinante de encarar los problemas. Estos días nos ha dado varias rutilantes muestras de esa habilidad suya.
Primera. Aparece la noticia de que el CESID secuestró en 1988 a tres mendigos para experimentar con ellos, inyectándoles drogas para ver qué tal. Al parecer, por culpa de esta no muy ortodoxa iniciativa de los servicios secretos, uno de los mendigos pasó bruscamente de vivir una mala vida a no vivir ninguna. Respuesta del señor ministro de Defensa ante semejante noticia: «No hay constancia» de que tal cosa sucediera. En vista de lo cual, «ni lo confirma ni lo desmiente».
Es talmente como si un padre se enterara de que a su hijo se le acusa de haber violado y asesinado a una niña, y el tipo respondiera tan tranquilo: «No me consta que mi chico haya hecho eso».
Segunda muestra. Se le saca a relucir a don Eduardo lo de las comisiones ilegales de Cubiertas y MZOV, y se le pregunta por qué no denunció esa práctica delictiva cuando se enteró de su existencia, poco antes de que le nombraran presidente de la empresa. A lo que él contesta: «Puse como condición para aceptar el cargo que nada de eso volviera a suceder».
Tampoco está nada mal. Es como si te viene un chorbo y te propone montar un negocio a medias, y tú, tras informarte sobre sus antecedentes y hacerte con pruebas de que es un estafador de tomo y lomo, en vez de poner a la Justicia en su pista y salir a escape, le dijeras: «De acuerdo, me meteré en el negocio. Pero que no me entere yo de que vuelves a estafar a nadie, ¿eh?».
Tercera muestra. Se reprocha a don Eduardo el tenacismo empeño que pone en impedir que la Justicia investigue, clarifique y castigue los delitos eventualmente cometidos por los servidores del anterior Gobierno. A lo que él replica del modo más insólito que imaginarse quepa. Primero, descarta que haga al caso hablar de eventualidad: él da por hecho que los de Felipe González cometieron delitos. Y a continuación pasa a defender la necesidad de encubrir esas fechorías, en nombre de un principio de su particular cosecha, según el cual todo gobernante debe «asumir» la suciedad de sus antecesores porque, si no tiene esa guarra herencia, no puede «proyectar un futuro mejor para nuestros [¿sus?] hijos».
No sé si este modo de razonar -por así llamarlo- debe abordarse como problema político, como curiosidad psiquiátrica o como ambas cosas a la vez. A cambio, tengo claro que un ministro que se contenta con que «no le consten» los secuestros experimentales de sus subordinados, que da por zanjados los delitos de sus socios con tal de que le prometan que no lo harán más y que cree que para alcanzar un «futuro mejor» es condición sine qua non conseguir que el presente resulte inequívocamente pestilente... está como para que le pongan lo antes posible una camisa.
La duda es de qué género habría que ponérsela: si de fuerza o azul.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de septiembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/09/21 07:00:00 GMT+2
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