1996/11/23 07:00:00 GMT+1
Lo declaró Felipe González más de dos años antes de ser presidente del Gobierno: «Yo le digo a la gente que el político que entra sin un duro y sale del cargo sin un duro es un imbécil. El que entra sin un duro y se forra es un sinvergüenza. Y yo pregunto: ¿qué espacio nos dejan entre el imbécil y el sinvergüenza?».
El pensamiento en cuestión se lo comunicó a la periodista Nativel Preciado, que lo hizo público en el número 208 de la revista Interviú, con fecha 8 de mayo de 1980.
Suele darse por hecho que Felipe González y los suyos llegaron al Gobierno en 1982 henchidos de grandes ideales; que su lamentable degeneración vino después, según fueron acomodándose al Poder y cogiéndole el gusto.
Comprendo que a algunos les convenga esa versión de los hechos: les permite justificar su voto de 1982, y quizá también algún otro posterior. Pero es obvio que el González de 1980 -su reflexión lo delata- no se movía por el afán exclusivo de servir a la colectividad. Es posible que no supiera qué iba a hacer con la OTAN, la siderurgia o la construcción naval. Pero tenía clarísimo, a cambio, que no estaba dispuesto a entrar en La Moncloa sin un duro y salir igual. Y, como él no era «un imbécil» -no lo es: en eso hay unanimidad-, seguro que hizo desde el primer momento todo lo necesario para evitar que le pudiera suceder algo semejante.
Pero fijémonos con más detalle en la frase del joven González, que tiene su miga.
«El político que entra sin un duro y sale del cargo sin un duro es un imbécil». ¿Y por qué un imbécil, y no un altruista, sin ir más lejos? No lo argumentó. Se ve que para él se trataba de una verdad evidente por sí misma, que no necesitaba demostración. Habría estado bien que se explicara. Aunque sólo fuera para sacarnos de nuestro error a los imbéciles que creíamos -y aún creemos- que la política no debe servir para que los profesionales del ramo hagan dinero. Y para que no concluyéramos que, de lo contrario, más valdría que sólo se dedicaran a la política los que ya son ricos de antemano.
Otra observación a la frase: está claro que cuando hablaba de «salir sin un duro» no se refería al sueldo, puesto que para cobrar el sueldo no se requiere ni ser tonto ni ser listo; basta con estar en nómina, y todo individuo que se dedica a un cargo público lo está. Tenía que referirse, entonces, a salir con algún dinero suplementario.
Recapitulemos: salir sin un duro de un cargo público le parecía una imbecilidad; cuando hablaba de ganarse algunos duros no aludía al sueldo; tenía dudas de que hubiera un espacio practicable entre la imbecilidad y la sinvergonzonería...
A partir de eso, es inevitable la pregunta: ¿dónde, gracias a quién y cómo se ganó él esos duros que tan preocupado le tenían?
No lo sabemos. Pero quizá no lo sepamos precisamente por lo que sí sabemos: que no es un imbécil.
Seguro que se las ingenió para que nadie pudiera decir que él salió de La Moncloa como un imbécil.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/23 07:00:00 GMT+1
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1996/11/20 20:00:00 GMT+1
Leí esta intervención para presentar a los humoristas políticos Nacho Moreno (de Ricardo & Nacho) y Julio Rey (de Gallego y Rey) en un ciclo de conferencias y mesas redondas que organizó el Colegio Mayor "Isabel de España", de Madrid, en noviembre de 1996, y que me tocó coordinar. Monté una mesa redonda sobre política internacional, con Alberto Piris y Felipe Sahagún; otra, sobre la situación de la Justicia, con Joaquín Navarro, Javier Gómez de Liaño y Baltasar Garzón (creo que fue ésa la última vez que se vieron en buena armonía); una conferencia sobre Economía, que pronunció Juan Francisco Martín Seco, y, en fin, esta cosa extraña sobre el humor en la prensa. Debo decir que las intervenciones de Nacho Moreno y de Julio Rey hicieron llorar de risa a la mayoría de los asistentes. Fueron una joya.
Cuando la Dirección del Colegio Mayor «Isabel de España» me encargó la coordinación de esta serie de encuentros, charlas, conferencias, mesas redondas o lo que sean, tuvo la amabilidad de invitarme a participar alguno de los días también como ponente. Como cuota parte de plasta, por decirlo claramente.
Se me ofrecían cuatro posibilidades, tantas como temas previstos: política internacional, Justicia, humor político y Economía.
El hecho de no saber gran cosa de ninguno de estos temas no me arredró en absoluto. Como periodista, y en especial como autor de editoriales, estoy muy acostumbrado a pontificar sobre asuntos variadísimos de los que lo ignoro prácticamente todo.
Desde este punto de vista, lo que se me aparecía como más propicio era presentarme aquí en tanto que experto en política internacional, o como especialista en economía. La experiencia me ha enseñado que la mayor parte de quienes hablan sobre política internacional y sobre economía tienen mi misma capacidad de análisis, esto es, ninguna. En ese sentido, el oficio de juntaletras habría podido ayudarme a hilar durante algunos minutos una ristra de esas frases que sueltan con sonrisa de superioridad los economistas al uso, y que tan bien quedan. Soltaré una, para que se vea que no miento: «Si diseñamos un modelo de competitividad que se vertebre y adecúe con las coordenadas de Maastricht, nuestro potencial puntual de desarrollo se expresará, a nivel de grandes cifras, de modo virtualmente esperanzador para la generación de empleo, en tasas y tiempo razonables». Una frase que sería injusto afirmar que no sé qué quiere decir, porque me consta que no quiere decir nada.
Pero me pareció mucha jeta.
Se me presentaba también la posibilidad de hacerme pasar por jurista, y haberme soltado el moco la pasada semana, junto con Javier Gómez de Liaño, Baltasar Garzón y Joaquín Navarro, hablando sobre el Estado de Derecho, el dolo, la culpa, los papeles del Cesid y el sursum corda. Esa hipótesis la desestimé también en seguida: no soy tan inconsciente como para hacer piña y presentarme como colaborador de esos tres jueces de incierto destino. Lo reconozco sin disimulo: me asusta la idea de ser una nueva versión del testigo protegido 1964/S. No acaba de hacerme feliz la idea de que los amigos del general Galindo me secuestren, me utilicen para prescindir de los ceniceros a la hora de apagar sus cigarrillos y hagan penetrantes incursiones en mi delicada posterioridad.
Así que, por exclusión, sólo podía apuntarme a esta sesión.
Debo dejar claro para empezar que no soy humorista.
Nunca me había planteado siquiera la posibilidad de serlo, hasta que el año pasado, la autoproclamada Academia del Humor, después de haber premiado año tras año a todos los humoristas de España -entre ellos, destacadamente, a estos dos que aquí nos acompañan-, desesperada al darse cuenta de que había agotado todas las existencias del ramo, decidió distinguirme con un galardón. Mi perplejidad fue completa. ¿Yo, humorista? Desde luego que no. Se supone que un humorista se dedica a provocar en la gente un tipo de estímulo que pone en funcionamiento un singular reflejo, consistente en la contracción coordinada de quince músculos faciales, lo que se manifiesta visiblemente a través de un estiramiento característico del músculo zigomático mayor, controlador del labio superior, acompañado por una alteración respiratoria, con o sin emisión de sonido. Estoy en condiciones de jurar que yo jamás me he propuesto hacer nada semejante.
Lo que sí hago -y no por elección personal, sino porque mi papá y mi mamá me hicieron así- es tratar de examinar la humana existencia con humor. El humor, para mí -y para muchos más-, es el mejor antídoto que hay para el veneno de la vida, una vez descontadas otras emociones no menos gratificantes, pero a las que resultaría poco decoroso referirse en esta tribuna. Dedicado como estoy desde muy joven, por vocación y por profesión, al análisis de la realidad política y a la contemplación de los desafueros que cometen cuantos están investidos de Poder, el humor me ha servido permanentemente como un instrumento de doble función: de autodefensa, para no sumirme en la más negra de las agonías, y de ataque.
Vengo defendiendo a este respecto desde hace años una filosofía de la vida que podría calificarse, echando mano de Antón Chéjov, como de desesperación tranquila. Desesperación, porque nada excelso cabe esperar del incontenible avance de la Humanidad hacia el abismo. Desesperación, sí, pero tranquila, porque el abismo todavía no está a la vuelta de la esquina y es posible hacer el resto del viaje entreteniéndose con el paisaje. La desesperación tranquila es el estado de ánimo que permite, en medio del desastre general, reírse de lo ridículos que son (somos) los especímenes humanos, y muy en particular los poderosos, maestros en incoherencias y en poses involuntariamente tragicómicas. Mi especialidad es coleccionar y hacer ver a mis eventuales lectores las paradojas del Poder, sus lapsus, que son como grietas que se abren en la superficie del aparente orden social y que permiten atisbar lo que realmente se esconde en sus profundidades.
Ocurre que ese género de visión de la vida, irónica, pero con un poso de amargura que no se puede ocultar, cuenta con muy pocos adeptos. Básicamente porque hace pensar, y a la mayoría del personal pensar no sólo le cansa, sino que incluso le da miedo. Tomar distancia de la realidad, ver su carácter contradictorio, y hasta absurdo, buscar el revés de las cosas, es el primer paso para adoptar una actitud de insumisión ante todos los dogmas. Ante todos, incluidos los más personales. Y eso es muy peligroso, porque vivir sin dogmas, salirse de la rutina del pensamiento disciplinado, impide tener respuestas prêt à porter para los acontecimientos. Y lo mismo, pensando pensando, uno llega a conclusiones que le colocan fuera de la normalidad, en el peligroso terreno en el que habitan los bichos raros.
Una concepción del mundo de este tipo es, cuando uno ejerce de columnista, como en mi caso, una auténtica catástrofe. Son muchos los lectores españoles de periódicos que afrontan las columnas de los diarios con el firme deseo de que el autor les diga lo que ellos ya habían pensado previamente. Es demasiada la gente que lleva mal que se le cuente nada que escape a los surcos ya arados y solidificados en sus neuronas, y que soporta todavía menos que alguien le plantee un problema sin proporcionarle a la vez la solución. No digamos ya si lo que le decimos cuestiona el tran-tran de su confortable existencia cotidiana (confortable no por lujosa, sino por habitual, por conocida, por previsible).
Que uno ejerza ese oficio con buen ánimo y espíritu risueño no le libra del desastre. Porque la paradoja, que gusta al personal cuando se le presenta como mero juego intelectual, le divierte mucho menos, o no le divierte en absoluto cuando le empuja a reflexiones inquietantes.
Lo ilustraré proponiendo a vuestra consideración dos paradojas: una «blanca» -sin segundas, digamos- y otra con intención más maligna. Primera paradoja, clásica en los estudios sobre el humor: la definición del masoquista. «Un masoquista es un tipo al que le encanta tomar por la mañana duchas heladas... y que por eso las toma calientes.»
Segunda paradoja, ésta con mala uva y de reciente cuño. Felipe González toma la palabra en el homenaje a los miembros de las Brigadas Internacionales: «Os estamos inmensamente agradecidos, amigos -les dice-, porque vinisteis a España a dar la vida por una República... que no nos hace ninguna falta, porque tenemos una estupenda Monarquía».
Creo que la diferencia entre ambas paradojas se aprecia fácilmente. La primera puede hacer más o menos gracia, pero no molesta a nadie. De la segunda, en cambio, me temo que no puede decirse lo mismo.
Algunos chiflados disfrutamos con las maldades de este segundo tipo y nos dedicamos a poner en evidencia el disparate de los republicanos monárquicos, o el de quienes esquivan a los sucios niños gitanos pedigüeños para llegar a tiempo de ver en la televisión el programa de solidaridad con los refugiados del Zaire, o el de los que se conmueven con el drama de los balseros cubanos mientras cierran los ojos ante las pateras hundidas en el Estrecho, a las puertas de nuestra casa. Pero está visto que denunciar los discursos hipócritas y las dobles morales resulta incómodo y desazonante. Salvo, obviamente, para la minoría que comparte el gusto por esa acidez.
El riesgo de la marginación, que corremos los pocos que nos dedicamos a la literatura subversivo-corrosiva, no les alcanza sin embargo a los humoristas de verdad, como estos dos que hoy tenemos aquí de cuerpo presente.
No es que su vida sea un jardín de rosas. De hecho, mi única duda sobre su destino es si los acabará matando ETA, si los GAL los enterrará en cal viva, o si será el perro de Boyer el encargado de seccionarles la yugular. Pero el hecho es que gozan del reconocimiento público y saborean las mieles del éxito.
¿Por qué, si son bestias como ellos solos y sueltan unas maldades que ningún otro mortal se atrevería a decir, salvo en la intimidad del váter y en presencia de su abogado, doble circunstancia difícil de reunir, amén de francamente embarazosa?
Pues, sencillamente, porque el humor -el humor como tal, el humor como género- se beneficia desde siempre de una permisividad social de la que no gozan aquellos otros modos de retratar la realidad que, aunque contengan dosis de humor, tienen otra catalogación.
Cabe preguntarse de dónde procede esa permisividad general. La respuesta es sencilla: de la complicidad.
Desde Aristóteles y Cicerón, la risa ha merecido innumerables estudios y ha sido objeto de muchas y muy variadas teorías. Pero en un punto parecen estar de acuerdo todos los estudiosos: en que la risa permite una descarga de la agresividad que es inherente al ser humano, y que habitualmente está reprimida.
La agresividad que el humor canaliza puede adoptar muchas formas, no todas de mala uva evidente. Es habitual que se dirija contra alguno de los muchos estamentos en que se divide ese magma informe que son «los demás», pero también puede enfilar contra nosotros mismos. Y si es cierto que suele derivar hacia la crueldad (de hecho, se ha llegado a definir la risa como «una anestesia temporal del buen corazón»), también puede canalizarse a través de objetos intermediarios, como ocurre con los chistes que se limitan a ridiculizar o a buscarle el revés al llamado sentido común.
La sociedad entera se siente cómplice de la agresividad de los humoristas. Porque la sociedad parte de la convención, consciente o inconsciente, de que los humoristas son tipos exagerados de profesión, que cumplen la función terapéútica de ayudarnos a descargar por una vía relativamente inocente nuestra agresividad reprimida.
El humorista satírico moderno, que hace irrisión de nuestra vida política y social es, en cierto modo, la versión actual del bufón medieval, que contaba con autorización del señor para soltar las mayores insolencias, que dichas por otro habrían sido causa de terribles condenas.
Pero esa patente de corso que se otorga a los humoristas para que puedan soltar las mayores frescas sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, que se diría envidiable privilegio, me da que puede ser también con frecuencia causa de su más honda desesperación. Porque ocurre a veces -bastante a menudo en el caso de Ricardo y Nacho y Gallego y Rey- que sus chistes encierran una intención de gran fuerza moral, intención dinamitera que los propios sobreentendidos del humor devalúan y trivializan. Van ellos y pintan a tal o cual preboste como un asesino, y a gente se ríe y comenta: «Qué brutos, qué malos son», sin apercibirse de que si lo han pintado como un asesino es porque están convencidos de que, sencillamente, es un asesino.
Decía al principio que no soy humorista, y creo haber dado buena prueba de ello: en cuanto me descuido, derivo hacia el rollo sentencioso.
Corto, pues, y cedo la palabra a los humoristas de verdad, para que os cuenten ellos cómo se las arreglan para hacernos reír todos los días con cosas que, en rigor, son más bien para llorar.
Con mi profundo agradecimiento a las responsables del Colegio Mayor femenino "Isabel de España", que tantas veces, durante los tiempos de la dura clandestinidad antifranquista, nos prestaron sus locales para hacer reuniones subversivas. No se jugaron el bigote, porque no lo tienen, pero sí todo lo demás, incluyendo su trabajo y su libertad.
Javier Ortiz. (20 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/20 20:00:00 GMT+1
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1996/11/20 07:00:00 GMT+1
Lo comentó de modo muy lúcido Ignacio Camacho el pasado lunes: tampoco está tan mal -comparativamente hablando, se entiende- que la Policía israelí haya solicitado a la Justicia autorización para que le permita torturar a un detenido palestino. Lo normal es que las fuerzas del orden -de todos los órdenes- peguen a los detenidos sin pedir permiso a nadie.
Con Pepo Montserrat se les fue la mano bastante. Pero con otros fueron aún más enérgicos, y al final optaron por deshacerse de sus cadáveres enterrándolos en cal viva, o hundiéndolos en el Bidasoa. No pidieron permiso a ningún juez.
El tribunal israelí ha resuelto que la Policía de su país puede ejercer «una presión física moderada» sobre el detenido palestino. Quiere decirse que, para la Justicia de Israel, hay dos géneros de tortura: la moderada y la inmoderada. Como fórmula jurídica es aberrante, sin duda. Pero sólo porque avala de modo público una práctica que se suele ejercer a escondidas. Bien mirado, no sólo muchos policías, sino también muchos jueces, muchos políticos y muchos, muchísimos ciudadanos piensan como el tribunal israelí: que la tortura, si está «bien hecha», es aceptable.
Suele haber divergencias entre ellos, eso sí, a la hora de establecer en qué consiste torturar «bien». Ya vemos que los israelíes tienen un criterio más bien cuantitativo. He oído a algunos que ponen el acento en la discreción y la eficacia de la tortura: «Que hagan lo que tengan que hacer -dicen-, pero que yo no me entere». En fin, están los que creen tener una posición con mayor fundamento moral: sólo hay que recurrir a la tortura, según ellos, cuando el detenido se niega a revelar una información necesaria para evitar un daño mayor.
Ninguno parece entender por qué es radicalmente intolerable la tortura, en todo caso y en cualquier forma. Ninguno, incluida la legión de los que entre nosotros quitan importancia a los crímenes de los GAL aduciendo que los torturados eran terroristas (cosa por lo demás incierta). Creen todos ellos que el problema clave de la tortura es que viola los derechos del detenido. Y como el detenido les importa una higa, pues la tortura igual. Pero la cuestión no es ésa. La tortura no es intolerable por el daño que causa al interrogado -que también- sino, sobre todo, porque envilece a quienes la practican y a quienes la toleran. Métodos y fines van de la mano. Aceptar que una causa se defienda con armas ilegítimas es avenirse a que la propia causa se convierta también en ilegítima.
Aunque, en realidad, ¿qué más les da? Sus causas suelen ser ya ilegítimas de antemano.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/20 07:00:00 GMT+1
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1996/11/16 07:00:00 GMT+2
Un tribunal formado por personalidades de diversos países y sin más autoridad que la moral -o sea, sin ninguna autoridad efectiva: mando y moral casan difícilmente- se reúne hoy y mañana en Madrid para juzgar la responsabilidad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el terrible desastre que está sufriendo la población iraquí por culpa del bloqueo que ese alto organismo internacional decretó contra Irak tras la Guerra del Golfo. Se calcula que medio millón de niños ha muerto ya, víctima de la carencia de medicinas y alimentos que ha provocado el bloqueo.
Es conmovedor. Es indignante. Pero mi deseo no es ni conmover ni indignar. Sólo quiero plantear una reflexión, y que cada cual haga luego con sus sentimientos lo que quiera, o lo que pueda.
En mi criterio, el bloqueo de un país -no éste ni el otro: cualquier bloqueo- es una modalidad de acción política (o político-militar) genuinamente terrorista.
Me explico.
Si se emplea con el debido rigor y no como mero insulto, el término «terrorista» debe reservarse para designar aquellas actividades que pretenden que un poder político se avenga a hacer algo (o a dejar de hacerlo) forzado por la presión de su base social aterrorizada.
El terrorismo se diferencia de las actividades específicamente bélicas en que no pretende derrotar al ejército del oponente en el campo de batalla, sino llevar el desánimo a su entorno social, de modo que no pueda seguir usando su potencial militar para ese fin concreto. El terrorismo no apunta contra el poder bélico del rival, sino contra su voluntad de combate. No busca vencerlo, sino obligarlo a desistir.
Ejemplos patentes de terrorismo ha habido (y hay) muchos. Algunos victoriosos. Argelia consiguió su independencia gracias a los efectos desmoralizadores que el terrorismo del FLN tuvo sobre el ejército y -aún más- sobre la población de Francia. Israel debe su existencia, en no poca medida, al terrorismo sionista.
El terrorismo no constituye una actividad propiamente militar, pero se sirve de métodos militares. El asedio es un método militar, y el bloqueo, una forma de sitio. Es un arma indirecta, pero no por ello menos mortífera, según acredita sobradamente la Historia.
Estoy convencido de que en el Consejo de Seguridad de la ONU hay más de un cretino, pero no creo que todos sus integrantes lo sean tanto como para pensar que, gracias a su bloqueo, Sadam Husein y su camarilla van a pasar hambre o a privarse de los cuidados médicos que precisen. En consecuencia, el objetivo del bloqueo sólo puede ser que sufra, no la banda gobernante, sino el pueblo iraquí. Que sufra, para que su desesperación se vuelva contra el régimen de Sadam.
La iniciativa del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irak reúne, por lo tanto, todos los signos distintivos del terrorismo.
Ese es el hecho. Luego, que cada cual lo juzgue como quiera.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/16 07:00:00 GMT+2
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1996/11/13 07:00:00 GMT+1
La especie humana, versión fin de siglo, encierra algunos misterios que me fascinan.
Los hay de muy diverso tipo e importancia. Por ejemplo: ¿qué les pasa a los intérpretes pop italianos, que desde hace veinte años cantan todos como si sufrieran espantosos ataques de estreñimiento?
O bien: ¿por qué los futbolistas han de tener derecho a pasar en casa la Navidad y no, en cambio, los revisores de tren, las azafatas o los periodistas, dicho sea sin el menor resquemor gremial?
De todos modos, de entre todos los enigmas insondables, el más inescrutable, para mí, es el que encierra la política del Gobierno de Aznar con respecto a Cuba.
«Contra Cuba no tengo nada; contra tu régimen tengo todo», le soltó el otro día Aznar a Castro. ¿Qué clase de afirmación es ésa? ¿Por qué se creyó el presidente del Gobierno español en la obligación de hacer constar, para empezar, que no tiene nada contra Cuba? ¿Temía que hubiera alguna duda? Y, en segundo lugar, ¿qué es tener «todo» contra el castrismo? Aznar sabe -lo descubrió Mercedes de la Merced ya hace años- que ni siquiera Franco lo hizo todo mal. El régimen de Fidel Castro es una dictadura; intolerable, como todas. Pero hay dictaduras y dictaduras. La de Franco en los 70 no fue igual que la de Franco en los 40. La de Castro no es del género de las de Doc Duvalier o los Trujillo. No se defienden mejor las libertades políticas negando la realidad de los beneficios sociales conquistados.
Por lo demás, ¿a cuento de qué viene introducir una consideración ideológica dentro de una relación entre Estados? ¿Le espetará Aznar lo mismo a Hassán II en la próxima ocasión que lo vea? ¿Le tuteará, le soltará que contra Marruecos no tiene nada, pero contra su régimen «todo», y le propondrá luego un simpático intercambio de calcetines? ¿Y hará lo propio con los dirigentes chinos, que lavan con fregonas made in Spain la sangre de sus fusilamientos à gogo y se quitan con chupa-chups españoles el mal sabor de boca que les deja ese sistema tan suyo de buscar el equilibrio demográfico?
No se entiende. No se entiende por qué alguien que convierte la realpolitik en piedra angular de su política exterior -hasta el punto de tener relaciones distendidas, de Estado a Estado, con los regímenes más corruptos y sanguinarios- se solivianta únicamente con el de Castro. Los exiliados políticos de los países que mantienen relaciones diplomáticas con España tienen expresamente prohibido desarrollar aquí «cualquier tipo de actividades... que puedan perjudicar las relaciones de España» con sus países de origen (LO 7/1985, art. 26, c). Pero Aznar ve bien que el diputado Guillermo Gortázar, miembro de la Ejecutiva de su partido, le sirva de anfitrión en España a Mas Canosa, hombre de fortuna anticastrista -los dos: él y su fortuna- y adalid de la Ley Helms-Burton, condenada en la reciente Cumbre Iberoamericana.
¿Por qué trata Aznar tan mal a Castro y tan bien a Mas Canosa? Quizá sea sólo cuestión de suerte: ya he dicho que Mas Canosa es un hombre muy afortunado.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/13 07:00:00 GMT+1
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1996/11/09 07:00:00 GMT+1
El pensamiento único gana terreno por momentos. Los dogmas del mal llamado neoliberalismo son entronizados como hechos naturales, objetivos, sobre los que cualquier discusión carece por completo de sentido. Los consorcios que controlan la casi totalidad de los principales medios de comunicación repiten sus mensajes -a veces explícitos, más a menudo implícitos- para obligarnos a ver la realidad a través de su muy estudiado filtro. No determinan sólo cómo hay que ver las cosas; también catalogan qué cosas deben ser expuestas a la mirada pública y qué otras han de quedar en el silencio de la nada.
Sus criterios hacen las veces de remozadas Tablas de la Ley: los EEUU -a los que a veces llaman «Comunidad Internacional»- son los gendarmes del mundo, y punto; la rentabilidad es el criterio que separa lo que debe pervivir de lo que merece perecer, y punto; si un Estado convoca elecciones cada tanto, es democrático, y punto.
Nos organizan el pensamiento. Incluso nos dicen cuándo y de qué hemos de compadecernos. Y si es noviembre, toca llorar por Ruanda. Y si diciembre, por Etiopía. Y si enero, por los balseros cubanos.
Quienquiera que ose poner en cuestión las reglas del pensamiento único es al punto declarado hereje y apartado para que no contagie (a no ser que demuestre ser inocuo y les sirva para probar que el pensamiento único es tolerante y hasta tiene su cuota parte de disidentes oficiales).
¿Exagero? Sí, en cierto sentido. Explicaré en cuál.
Entré hace tres o cuatro años, animado sin duda por oscuras intenciones -era de noche-, en una discoteca de bakalao. A los tres cuartos de hora, estupefacto, pregunté a mi acompañante si todas las canciones de ese ritmo machacón eran siempre tan largas. Cuál no sería mi sorpresa cuando me comunicó -no sin un tanto de sorna- que lo que había estado sonando todo ese tiempo no era una sola pieza, sino siete u ocho.
Es algo que ocurre en muy diversas materias. Por ejemplo: la casi totalidad de los europeos somos incapaces de distinguir a un chino de otro. Las diferencias con respecto a nosotros nos impiden ver las diferencias que tienen entre sí. El que está integrado en una realidad es capaz de percibir en su interior matices que no capta quien es extraño a ella.
Esa es la más sólida objeción que se nos puede hacer a quienes denunciamos la creciente extensión del pensamiento único: que nos parece único porque lo juzgamos desde fuera. Si lo viéramos desde dentro, nos apercibiríamos de que en el escaparate ideológico de las sociedades occidentales hay, de hecho, una enorme pluralidad de escuelas de pensamiento.
Asumo humildemente la crítica. Estoy dispuesto a aceptar que en nuestro autocomplacido Occidente existe tanta variedad de escuelas de pensamiento... como riqueza musical en las piezas de bakalao.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/09 07:00:00 GMT+1
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1996/11/06 07:00:00 GMT+1
La onerosa sospecha de la prevaricación carga sobre las ya encorvadas grupas de los seis magistrados del Supremo que han ahorrado a González el trago de testificar sobre los GAL.
Qué imperdonable error.
Prevaricar es -digámoslo, por si queda alguien en estos tiempos judicializados que todavía no lo sepa- dictar una sentencia injusta a sabiendas de que lo es. Algo así no está al alcance de cualquiera. Ni siquiera de cualquier juez. Para prevaricar hace falta reunir dos condiciones, a cual más compleja: primero, hace falta ser capaz de distinguir lo justo de lo injusto; en segundo lugar, hay que optar por lo injusto, pasando olímpicamente de coartadas y autojustificaciones.
No voy a decir que prevaricar sea lo mejor que puede hacer un juez en esta vida. Pero me parece de rigor llamar la atención sobre el lado positivo de tan denostada actividad. Si bien se mira, un juez prevaricador puede ser un bellaco, pero es al menos un bellaco lúcido. No se engaña a sí mismo. Y no viola las reglas de la razón. Al obrar mal a conciencia demuestra que tiene conciencia de lo que está mal. Y eso está bien.
Conociendo por sus andanzas y pitanzas a los seis magistrados del Tribunal Supremo que han librado a González de la vergüenza del banquillo, no creo que sean prevaricadores. No dan la talla. Estos, como casi todos los jueces bien asentados en las alturas hispanas, son del género de los que se autojustifican diciendo que la Justicia debe impartirse atendiendo a «todo un conjunto de circunstancias», dentro de las cuales la Ley, en letra y en espíritu, es sólo un aspecto, no siempre principal. Son gente dada a ponderar con cuidado exquisito otros muchos factores, tales como «el contexto social», «la indeseada incidencia política de ciertos actos jurisdiccionales», «el respeto debido a las personalidades investidas de autoridad», «el daño que puede derivarse para el orden público y la gobernabilidad», etc. Y no creen que rendir pleitesía a esos factores conduzca a la injusticia, ni mucho menos. Lo ven, por el contrario, como una forma más elevada de Justicia, que acierta a sintetizar las exigencias formales de la Ley con la escrupulosa consideración de la Razón de Estado.
Por lo demás, la decisión de la mayoría del Tribunal Supremo sobre González no me escandaliza nada. Los jueces, como estamento, no están puestos para hacer el bien. Son agentes de tráfico del sistema. Su labor consiste en dar paso cuando el semáforo está en verde y en multar a los que se lo saltan cuando está en rojo. Una norma cuyas excepciones no son ley del BOE, pero sí ley de vida: casi todos los guardias de tráfico del mundo se guardan la libreta de multas cuando comprueban que el individuo que se ha saltado el semáforo es el señor alcalde.
Y es que los agentes de tráfico, como los jueces, saben que con las cosas de comer no se juega.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de febrero de 2013.
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1996/11/02 07:00:00 GMT+2
Cuenta la leyenda romana que, allá por los albores de la República, Porsena, jefe de las huestes etruscas, sometió a largo asedio la capital del Lacio, una vez que Publio Horacio, al que llamaban el Tuerto -más que nada porque le faltaba un ojo-, hiciera fracasar su intento de adueñarse de Roma por sorpresa.
Estaba el tal Porsena en estas del asedio, un tanto desanimado el hombre, cuando un día sus leales cogieron un prisionero. Se trataba de un joven patricio romano, Cayo Mucio, que se había infiltrado en las posiciones etruscas con la nada apacible intención de asesinar a Porsena, lo que a éste no acabó de sentarle bien. El jefe etrusco amenazó al cautivo: o le revelaba cómo estaba organizada la defensa de la ciudad o lo quemaba vivo. Cuando el joven romano oyó la amenaza, quiso demostrar cuán poco le importaba fenecer en la hoguera: puso su mano derecha sobre un fuego cercano, y en él la mantuvo sin pestañear hasta que la asó del todo. Porsena quedó tan impresionado por esta prueba de la bravura de los romanos que renunció a tomar la ciudad. Dejó en libertad a Cayo Mucio -a quien a partir de entonces apodaron el Zurdo: está claro que los romanos no eran un prodigio de imaginación inventando alias- y se volvió para su casa con armas y tropas.
Este es, según parece, el origen de la expresión «poner la mano en el fuego».
Los expertos en Historia de Roma se traen bastante cachondeo con esta leyenda. La consideran increíble y la atribuyen a las ganas que tenían los romanos de tapar las muchas, onerosas y humillantes derrotas que las tropas etruscas les infligieron en la dura realidad.
A mí no me parece tan increíble. Improbable, sí, ciertamente, pero no imposible. Cayo Mucio pudo abrasar su mano sin pestañear. Hay personas que tienen un control de su mente tan poderoso que son capaces de bloquear las sensaciones dolorosas o desagradables, hasta el punto extremo de no sentirlas en absoluto. No hace falta apelar a los faquires para probarlo: bien cerca de nosotros tenemos el caso de Narcís Serra, cuya capacidad para desterrar de su ser toda sensación desagradable -y muy en especial los sentimientos de remordimiento y culpa- puede muy bien rivalizar con la impavidez con que Cayo Mucio puso la mano en el fuego.
Más difícil de creer me resulta que Porsena dejara en libertad al tipo que había intentado asesinarlo. Pero no me olvido de que, al igual que la mezquindad, tampoco la generosidad humana tiene límites. Ahí está para demostrarlo el trato que Aznar le da a Pujol.
Me gusta esta leyenda romana. Tiene, entre otras virtudes, la de explicar por qué, pese a que Felipe González ha dicho muchas veces que ponía la mano en el fuego por alguien, nunca se ha quemado. Cuando supo lo de Cayo Mucio y se enteró de que la mano que hay que poner es la derecha, se negó a hacerlo. No soportó la idea de tener que arreglarse con la izquierda.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de noviembre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/11/02 07:00:00 GMT+2
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1996/10/30 07:00:00 GMT+1
Me viene al recuerdo el poema de un amante encandilado: «Siempre la misma y siempre diferente», escribía de su adorada. Con España pasa lo mismo: cuanto más cambia, más igual se queda. Pero no estoy muy seguro de que el fenómeno sea como para dar saltos de gozo.
La España inmutable -la vieja España eterna- alberga en su seno algunos géneros de ciudadanos muy poco aptos para la convivencia. Para la convivencia, en general, y para la convivencia entre ellos, de modo especialísimo.
«Ser español, un orgullo», dicen los de una bandería. Ser español, en principio, no pasa de ser una mera circunstancia: puesto que se nace, en algún sitio hay que nacer. Tomar ese hecho como motivo de orgullo implica considerar que hay grupos humanos que son mejores y, en consecuencia, otros que son peores. No otra cosa es la ideología nacionalista.
Cabría preguntarse, además -pero ése es ya otro asunto-, qué motivos podría tener una persona medianamente sensata para sentirse particularmente orgullosa de haber nacido en España. Hay razones para sentirse aliviado por no haber venido al mundo en un lugar donde el personal se muera de hambre, o esté a tiros, o no tenga acceso a unos mínimos de cultura. Pero eso, como digo, puede ser causa de alivio; no de orgullo.
Otro género característico y muy redundante de españoles -de españoles de origen, como dicen los pasaportes- es el de aquellos que reniegan de la circunstancia administrativa de su nacimiento. Afirman que no son españoles: se consideran catalanes, o vascos, o gallegos, o canarios, a secas. Conforman un grupo hostil al anterior, pero en realidad muy similar, por equidistante. Por más que los ciudadanos de este género centren sus preferencias en otro ámbito humano, lo esencial es que también sustentan su ideología en una preferencia nacional.
El añejo «problema de España» -al que los cursis llaman ahora «diseño de un modelo autonómico» y los más estirados, «búsqueda de la cohesión nacional»- proviene de la incapacidad de los unos y los otros para considerar la realidad «en frío, imparcialmente». Esto es, para tomarse con calma que nos ha tocado a todos vivir en este pedazo de Europa con adherencias africanas y que, puesto que aquí estamos, lo mejor que podríamos hacer es ver si hay modo humano de arreglarnos para estar juntos en condiciones de igualdad jurídica, sin que nos cieguen los orgullos de parte y los orgullos de todo (que son de parte, disfrazada de todo).
Pero no creo que sea posible. La experiencia enseña que, en cuanto alguien del Poder central tiende una mano hacia «la periferia», los paladines de lo centrípeto se le echan encima. Y lo mismo al revés.
Sólo me queda una esperanza. Constato que el personal local se ha hecho con el tiempo todavía más cobarde que nacionalista. Ya que no la sensatez, quizá el miedo se encargue de impedir que los unos y los otros acaben liándose a tortas.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/30 07:00:00 GMT+1
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1996/10/26 07:00:00 GMT+2
El hábito -mención que hace doblemente al caso, tratándose de obispos- nos lleva a dar por normal aquello que, de ser foráneo, tomaríamos por puro disparate. Lo que solemos considerar «el orden natural de las cosas» no es, de hecho, sino el orden habitual de las cosas. Si desde nuestra niñez hubiéramos visto las montañas con la cima para abajo y la falda para arriba, nos parecería que estando así es como respetaban «el orden natural de las cosas».
Nos escandaliza el integrismo de los talibanes y otros feroces del Corán porque obligan a las mujeres a taparse hasta las cejas y no les permiten trabajar a cambio de un salario, prohíben ver la televisión y son capaces de hacerte papilla como te pillen con una birra en la mano. Lo cual es una barbaridad, dicho sea en todos los sentidos del término, incluido el etimológico. Pero tomamos como parte propia del paisaje y el paisanaje que los cartujos aragoneses nieguen a las mujeres, por el hecho de serlo, la visión de los frescos de Goya que encierra el Aula Dei. Y tampoco nos choca gran cosa que la Iglesia de Roma obligara a las mujeres -¿lo sigue haciendo?- a cubrirse la cabeza para entrar en un templo. Y no ponemos el grito en el cielo -si se me permite la expresión- porque el Estado Vaticano niegue en su territorio la vigencia de las libertades democráticas y tenga proscritas las elecciones libres. Como siempre ha sido así...
Asistimos estos días al enfado de aquí te espero que han cogido algunos obispos españoles porque el vicepresidente primero, Francisco Alvarez Cascos, se ha casado por lo civil, sin tener en cuenta las obligaciones religiosas de su anterior matrimonio. Dejo de lado las consideraciones episcopales en lo que tienen de específicas para el caso -que si el boato, que si la ostentación: podría incluso estar de acuerdo con ellos, aunque por razones parcialmente diferentes- y me fijo únicamente en los criterios generales, de principio, que han manejado. Sostienen estos obispos, expresado en román paladino, que una persona que no se atiene a las normas del matrimonio canónico está descalificada para el ejercicio de un cargo de responsabilidad civil.
Estamos, de hecho, ante un intento de proyección dogmática a la vida colectiva de la ética propia de una convicción privada, esto es, ante un pensamiento del mismo género filosófico -aunque mucho más moderado en sus pretensiones, sin duda- que el esgrimido por los integristas islámicos.
«Yo no confiaría mis negocios a una persona que abandona a su familia y se lía con unos y otros», dice el obispo de Mondoñedo-El Ferrol. Bendita sinceridad: admite que lo que le preocupa -además de los negocios- es que haya quien abandone a su familia (cosa que nunca ha vedado la Iglesia)... para «liarse» «con unos y otros». Esa es la esencia misma del integrismo: la exigencia de que toda la sociedad se atenga a una moral particular.
Alegrémonos: aquí esa lógica escalofriante tiene muchos menos seguidores que en Afganistán.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de octubre de 1996). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1996/10/26 07:00:00 GMT+2
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