1998/01/10 07:00:00 GMT+1
Hunosa y Minas de Figaredo deben reducir drásticamente su producción. ¿Por qué? Porque lo manda Bruselas. Bruselas también ha ordenado al Gobierno español que recorte por la brava sus ayudas a la minería. Alega la Comisión Europea que el carbón asturiano no es rentable: sale más barato comprarlo en otros lares. Ergo a cerrar.
Lo menos que se puede decir de la idea que los jerifaltes comunitarios tienen de la rentabilidad es que resulta tirando a chocante. Cuando España ingresó en la CE, decidieron que la siderurgia española debía desaparecer, porque no era competitiva. Maestros del ilusionismo, llamaron a aquello reconversión, cuando no reconvirtieron nada: se limitaron a liquidarlo. A la vez, determinaron que la flota pesquera española debía reducirse a toda pastilla, pero en este caso no porque les pareciera poco competitiva, sino por todo lo contrario: la consideraron demasiado poderosa. ¿Por qué no decidieron que se fueran al guano las pesquerías más débiles de otros países? Es un ejemplo de su extraña lógica, pero hay muchos más. Sin ir más lejos: ¿entiende alguien que estén obligando a España a limitar su producción de leche, imponiéndole una cuota que ni siquiera cubre las necesidades de su propia población?
Pretenden que se someten a criterios de estricta rentabilidad económica, pero no es verdad. Lo hacen sólo cuando no se les interfieren otros intereses de más calado. Ellos como los demás gobernantes del mundo. La minería asturiana no es rentable. Vale. Y el avión europeo de combate ¿lo es más? Pues el Gobierno español se va a gastar ahora una billonada en él, y no he oído que la Comisión Europea le haya recriminado nada. Los ejércitos tienen bula: nadie les pide que sean rentables. El español se gastó la tira en los aviones del programa Faca, que ya están viejos sin haber servido jamás para nada. ¿Qué necesidad tiene el Estado español de contar con una modernísima aviación de combate, si el único enemigo potencial que le amenaza es intocable, porque lo protege Washington?
Sólo se juzga la rentabilidad de las cosas con criterios exclusivamente económicos cuando el interés que se tiene en ellas es exclusivamente económico. ¿Qué rentabilidad económica tienen las televisiones públicas? Pierden dinero a espuertas. Pero los gobernantes las mantienen contra viento y marea: les ofrecen una rentabilidad propagandística de primera. ¿Por qué, en cambio, están dispuestos a dejar a más de dos mil mineros asturianos sin trabajo, lo mismo que hicieron antes con decenas de miles de trabajadores de la siderurgia? Porque el empleo no es para ellos una prioridad.
Los poderosos apelan a los dogmas de la rentabilidad económica y el laissez faire del mercado sólo cuando las víctimas de esos dogmas son los débiles, ya se trate de países o de clases sociales. Cuando es su seguridad -o la de sus bolsillos- la que está en juego, entonces son todo lo intervencionistas que convenga.
Ya los oigo: «¡Demagogia!». Y tienen razón: los hechos se están volviendo cada vez más demagogos.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/10 07:00:00 GMT+1
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1998/01/07 07:00:00 GMT+1
Los humanos somos nosotros y nuestra circunstancia. Con dos excepciones: los muy pobres, que no tienen ni para circunstancia, y los políticos profesionales, que son sólo su circunstancia.
Cuando llegó al Gobierno, Aznar arrastraba el sambenito de ser persona mediocre y sin interés. Sin carisma, que decían los listos. Me barruntaba yo que el tal carisma, que a González le atribuían a espuertas, podía tener no poco que ver con el ejercicio del Poder. Y mira por dónde: aún no lleva ni dos años en La Moncloa y ya empieza a ser el que mejor sale librado en los sondeos de opinión. Sigue igual de soso -así me lo parece a mí, al menos-; pero un soso con mando supremo resulta mucho menos soso. Capone decía que cuatro ases pierden contra cuatro reyes y un revólver. El revólver es el Poder. El Poder es la circunstancia.
De entrada, Aznar ya ha conseguido lo que parece esencial para gobernar durante mucho tiempo en España: se está ganando magnis itineribus el apoyo de los jubilados, y cuenta cada vez con más adeptos en las ciudades de menos de 50.000 habitantes. Así lo ha revelado un estudio que Álvarez Cascos presentó en diciembre ante la dirección de su partido.
El PP está siguiendo en todo las huellas del PSOE. En parte por voluntad propia, en parte por la lógica misma de las cosas. Hay una porción considerable de la sociedad española que tiende espontáneamente a estar con el que está: es conservadora, en el sentido más literal de la palabra. Teme lo nuevo, lo incierto. Y siente un respeto reverencial por el Poder. Constituye lo que equivocadamente se ha venido llamando el franquismo sociológico. Fue la España que no luchó contra Franco, y hasta lo aplaudió, pero no por identificación ideológica, sino por horror al vacío. La misma España que prefirió la reforma a la ruptura. La misma que acabó sosteniendo a González: ¿cómo iba a estar mal un Gobierno al que piropeaban los grandes de la tierra, que nos metía en Europa -porque, como es sabido, hasta entonces estábamos en Oceanía- y que organizaba Juegos Olímpicos y Expos de ensueño? Ahora, esa misma España se pasa con armas y bagajes a Aznar, que nos lleva de cabeza al euro y que tiene unas macrocuentas que son la envidia del Financial Times.
González llegó al Gobierno aupado por los sectores más dinámicos de nuestra sociedad -más dinámicos no quiere decir muy dinámicos-, partidarios de un cambio sin traumas. Luego fue perdiendo su afecto. A Aznar, a su modo, le está ocurriendo lo mismo: el estudio presentado por Alvarez Cascos evidencia que el PP empieza a ser mirado con prevención por los más jóvenes y los habitantes de las grandes ciudades. Pero a Aznar, como en su día a González, ese fenómeno no le inquieta gran cosa. Porque a él no le preocupa de quién le vengan los votos, con tal de que le vengan.
Ellos son muy diferentes. Pero hay que ver cuánto les va igualando la circunstancia.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/07 07:00:00 GMT+1
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1998/01/03 07:00:00 GMT+1
No combatí contra el franquismo para que hubiera democracia, sino para conseguir que existiera libertad. O mejor: libertades. Las libertades son concretas: te dan derecho a expresar tu opinión sin que nadie te coarte, te permiten desplazarte a tu gusto, te autorizan a manifestarte -por más que caminar detrás de una pancarta pegando voces nunca me haya entusiasmado-, te liberan de la obligación de adorar a un dios predeterminado por la autoridad...
Lo de la democracia es mucho más etéreo. En realidad, la democracia no existe. En primer lugar, por definición: en ningún sitio manda verdaderamente el pueblo. Y luego, porque no hay una sola: las hay que otorgan poderes extraordinarios a un presidente y otras que concentran el mayor poder en un parlamento; hay sistemas mayoritarios y sistemas relativamente proporcionales... De modo que, si uno se pone a luchar para que haya democracia, así, en general, no está nada claro en favor de qué está luchando. Lo mismo le encasquetan luego un sistema electoral que no le gusta ni papa.
De hecho, es algo que ocurre con enojosa frecuencia. Sin ir más lejos, a mí no me gusta nada el sistema electoral español, por más que los conozca peores. Está pensado para excluir a las minorías, y, si eso resulta imposible, para rebajar al máximo sus posibilidades de pintar algo. Lo cual, para alguien como yo, adicto a las minorías de modo casi patológico -o patológico del todo-, es un perfecto incordio. Al final, se convierte en un modo de que elijas entre dos grandes partidos que se parecen entre sí como la berza y la acelga: poco, desde el punto de vista morfológico, pero muchísimo, si uno detesta la verdura.
Se entenderá, vistas las cosas así, que no me entusiasme nada que se esté hablando otra vez de elecciones. De haberlas, la cosa sólo podría desembocar en que volviera a vencer el PP, partido que no me despierta ninguna simpatía -sentimiento que es al parecer mutuo, cosa que entiendo, e incluso agradezco-, o que regresara el PSOE, que para qué te cuento. Y eso después de haber tenido que aguantar un par de meses obligado a presenciar -¡e incluso a comentar!- los apasionantes debates entre ese monstruo del salero que es Joaquín Almunia y ese nuevo fénix de los ingenios que es José María Aznar.
Lo peor de todo es que la posibilidad es real. Porque, allá por junio, Aznar puede encontrarse: a) con que ha logrado meternos en eso del euro, que tantos entusiasmos causa, por razones que se me escapan; b) con que el PSOE, recién salido del macrojuicio de los GAL, está tocado del ala, y es menos enemigo que nunca; y c) con que Pujol se le ha puesto inaguantable, por razones de imagen electoral catalana. Tres circunstancias que podrían llevarle a tomar la fatal resolución de convocar elecciones generales.
Sólo me queda confiar en que Aznar se acuerde de Chirac, que llamó a las urnas cuando tenía todo aparentemente a favor, y se dio una toña de aquí te espero.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/03 07:00:00 GMT+1
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1997/12/31 07:00:00 GMT+1
El Estado va a pagar al PNV un buen taco de millones (de pesetas) -unos 5.000, parece- en compensación por el patrimonio que el régimen franquista le robó al término de la Guerra Civil (más bien al comienzo, en el caso de Euskadi). El PSOE se llevará más. También Unió Democràtica de Catalunya pillará un buen pellizco. Y lo mismo algún otro partido de siglas igual de añejas.
Es positivo que el PP admita, así sea de hecho -y así lo haga sólo para tener contento al PNV-, que el franquismo fue ilegítimo. Pero, salvado ese aspecto de la medida, el resto me parece intolerable. Y no tanto porque las direcciones actuales de esos partidos sean muy dudosamente herederas de las que enarbolaban hace doce lustros sus mismas siglas -que también, en algún caso-, sino, sobre todo, por lo que este asunto tiene de revisión histórica parcial e interesada.
Es una estafa política que los mismos que hace veinte años se apuntaron entusiásticamente a lo que llamaron la reconciliación nacional, cuyo fundamento mismo era la renuncia expresa a exigir a los franquistas responsabilidades por lo que hicieron durante los 40 años de dictadura, quieran que nos metamos ahora en el túnel del tiempo para que el Estado repare agravios meramente pecuniarios y, además, sólo suyos. Ellos, que nos negaron a los demás en 1977 el derecho a pedir cuentas ante los tribunales por asesinatos, por torturas y por encarcelamientos inicuos, algunos de ellos sucedidos muy pocos años antes, quieren que se haga ahora una excepción... ¡con los dineros que tuvieron los partidos que ellos regentan actualmente!
¿Cuántos de ellos llevan en sus cuerpos y en sus mentes las heridas nunca cicatrizadas de la dictadura? ¿Cuántos de ellos perdieron su juventud en una celda? ¿Cuántos siguen con el alma amarrada por los terrores vividos en los sótanos de comisarías o cuartelillos? Salvo un puñado de históricos, apenas hay en la clase política actual nadie que sufriera verdaderamente aquel horror. Los que no descubrieron la democracia tardíamente estaban sacándose algún máster en los EE.UU., o haciendo prácticas en la Administración franquista para cuando les llegara la ocasión de rebautizarla y mandar sobre ella. ¡Y quieren que los que se jugaron el tipo para conseguir la libertad de todos y penaron por ello se queden a dos velas, sin tener ni siquiera la satisfacción de ver castigados a los «asesinos de razones, asesinos de vidas», que cantó Llach, en tanto ellos se llevan unos cuantos miles de millones más, aparte de los que ya afanan vía Presupuesto!
Nos dijeron en 1977: «Ya hay una ventanilla donde se pueden legalizar los partidos. Conformáos con eso». La respuesta más dolida la vi en una pared, en Barcelona: «¿Y en qué ventanilla legalizamos nuestros muertos?», decía. Ahora, más de veinte años después, piden que se abra al fin una ventanilla de reclamaciones al franquismo... pero para su uso exclusivo.
Qué desvergüenza.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/31 07:00:00 GMT+1
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1997/12/27 07:00:00 GMT+1
Esta mañana he despertado filosófico y vagamente melancólico. ¿Por qué? ¿Quizá porque, cuando he abierto los ojos y puesto la radio, estaban hablando sobre la vejez? Ah, la vejez, ya tan cerca. Me consuelo como Chevalier: envejecer no está tan mal, sobre todo si se consideran las alternativas.
¿A qué mi estado de ánimo? Nunca ocurre nada porque sí. El azar no existe. Llamamos azar a las motivaciones que somos incapaces de aprehender. Si hoy, al borde ya del año nuevo, me pongo a divagar, en vez de escribir sobre Felipe González -digo, es un decir-, seguro que es por algo. O mejor: por un concurso complejo de algos que yo ignoro, pero que me empuja a ello fatalmente. ¿Por qué la bola corre por el borde de la ruleta y acaba en tal o cual número? Porque así lo determina la combinación entre la fuerza con que el croupier la ha puesto en movimiento y la velocidad con que la rueda gira hasta detenerse. Pero a ver quién es el guapo que calcula el resultado final de ambos impulsos... antes de que se produzcan.
Toda nuestra vida inteligente es un esfuerzo por conocer lo que, en realidad, nunca podremos conocer por entero. Napoleón dedicó ímprobos esfuerzos a estudiar el llamado arte de la guerra -más que nada porque no le gustaba perder las batallas-, y le fue, en general, bastante bien. Pero el día de Waterloo las hemorroides le pusieron tibio. No pudo estar a lo que tenía que estar, y le dieron sopas con honda. Se volvió extremadamente escéptico con respecto al valor de los planes. Cuando le preguntaban cuál era su modo de guerrear, contestaba: «On s'engage et puis on voit». Lo que, dicho en la lengua de Espartero, sería algo así como: «Uno se mete en el fregao y luego se las apaña». Ya ven: tanto estudiar para acabar fiando en la improvisación.
Envidio a quienes investigan y trabajan con máquinas, por muy complejas que sean. Las máquinas más complicadas son en realidad relativamente simples: por eso es posible hacerlas funcionar con visos de perfección. Quienes estudiamos las acciones humanas en su punto de mayor abigarramiento, esto es: los que nos dedicamos a analizar las relaciones sociales, lo tenemos mucho más crudo. Se funden en ellas un número tan elevado de determinaciones -muchas veces desconocidas, otras imposibles de conocer, porque se van presentado sobre la marcha- que cualquier predicción es pura osadía.
¿Adónde pretendo ir a parar? Ahora que lo pienso, quizá me haya metido en todo este razonamiento sólo para justificarme. Porque lo cierto es que hoy tenía previsto escribir sobre las posibilidades de éxito de eso que en Euskadi se ha dado en llamar el tercer espacio. Ya saben: lo de Elkarri, ELA y demás. ¿Avanzará? ¿Se irá al guano?
Me daba corte decirles que, tras haber estudiado el asunto a fondo, la conclusión a la que he llegado es que no tengo ni idea.
Pero no crean: hay que saber mucho sobre la realidad de Euskadi para tener la certeza de que puede acabar ocurriendo cualquier cosa.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/27 07:00:00 GMT+1
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1997/12/24 07:00:00 GMT+1
Como parece obligado en esta sección escribir algo sobre (o contra) la Navidad -al modo de las redacciones del colegio, en las que el tema te venía dado-, no seré yo el que rompa la norma, que a mí a normal no me gana nadie.
En realidad me sobran las ideas: podría escribir un buen puñado de columnas. Tengo los apuntes. Me bastaría con desarrollarlos.
Veamos. Primer artículo posible: dice el CIS que hay ocho millones de españoles a los que la Navidad les deprime. Apuesto a que se trata de gente que ya estaba deprimida -o deprimible- de antemano. La Navidad, en sí misma, no es ni deprimente ni exaltante. Es un tiempo en el que buena parte de la población, aficionada al festejo a plazo fijo, se alegra a base de prácticas de discutible inteligencia. Bueno: lo que hace el resto del año tampoco es como para pasmarse. La gente que se deprime ante esa alegría ajena debería preocuparse más de su propia salud mental que del jolgorio exterior. De alcanzar un mayor equilibrio psicológico, se lo tomaría con más tranquilidad.
Segunda posible columna: este diario da hoy una serie de normas para no pasar la Navidad solo. ¿Y qué tiene de malo pasar la Navidad solo? Lo sé por propia experiencia: es un modo muy satisfactorio de afrontarla. Claro que, para eso, hace falta que la soledad sea fruto de una elección personal. Distinto es si nos resulta obligada. Pero el que se ve solo en Navidad contra su deseo no tiene un problema exclusivo del periodo navideño. Lo suyo es más grave y, sobre todo, más duradero. No le resolvemos gran cosa dándole una receta que caduca a los 15 días. Debemos enseñarle a relacionarse.
Tercera hipotética columna: sobre la lotería. Jugoso asunto que, de hecho, podría subdividirse.
Una columna podría tratar sobre las muy misteriosas razones por las que el personal se empeña en que le toque la lotería precisamente en Navidad. Cien millones a mediados de marzo son igual de valiosos que a finales de año. ¿Que los premios son menores? También los décimos más baratos. Compras más, y tanto da. ¿Por qué ese furor navideño? Es más que un sorteo: es un rito.
Otra de loterías: ¿y quién dice que al que le toca un montón de millones sale ganando de verdad? A ser millonario se aprende poco a poco: no es algo que se improvise. También requiere aprendizaje para los demás: los que te rodean tienen que asumir, como algo natural, que eres rico. Un buen taco de millones llovidos sobre gente que en su puñetera vida ha tenido un duro pueden causar efectos literalmente catastróficos. Lo sé: lo he visto.
Y por seguir con la lotería, otra posible columna más: los consuelos a los que se acogen los perdedores. ¿La salud? Ganar no la empeora. ¿Inconvenientes del dinero? Nunca he visto que quienes hablan de ellos rechacen los millones. La zorra ante las uvas: Nondum matura est, etc.
La Navidad son sólo dos semanas, pero dan para mucho. Aunque bien es verdad que la vida da todavía para más, y son sólo dos días.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/24 07:00:00 GMT+1
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1997/12/20 07:00:00 GMT+1
Uno de mis libros de texto de Bachillerato aseguraba que Voltaire «parecía un gato que hubiera bebido vinagre».
Oigo a gente de mi edad que sostiene que «en nuestros tiempos» la enseñanza media era mejor que la de ahora, «incluso a pesar de la dictadura».
Me da que su memoria no es muy buena. La mía no me dejaría afirmar nada semejante.
Recuerdo muy bien una mañana de domingo, en uno de los patios de mi colegio, en San Sebastián. Yo debía de tener 14 años. Los chavales de algún curso inferior jugaban un partido de fútbol. Un cura hacía de árbitro. Atravesé el patio. El cura me reconvino: «¡No pise el césped!», me gritó. Me entró la risa: el suelo era de cemento. Al cura le dio un ataque de ira. Me ordenó que me metiera en una clase y le esperara. Cuando acabó el partido, vino a por mí. Me dio tantos bofetones que me oriné. Estaba aterrado.
Ah, entonces sí que la enseñanza media era delicada y cuidadosa. Entonces sí que se tenían en cuenta las Humanidades.
¿Historia? No me enseñaron nada merecedor de ese nombre. Nos contaban una historieta llena de buenos y malos, de la que lo único que teníamos que retener era una eterna relación de nombres, fechas y lugares. La más mínima reflexión crítica estaba prohibida. En cierta ocasión, fui expulsado de clase por decir que, en realidad, Cristóbal Colón no descubrió América. «Para mí que más bien se la encontró. El quería ir a otro sitio», argumenté con total ingenuidad, ignorante de lo arriesgado que era pensar.
No sabíamos gran cosa, y buena parte de lo que creíamos conocer era mera doctrina, disfrazada de ciencia. No nos enseñaban ni siquiera a identificar aquello que teníamos delante de las narices. Hasta los 13 años, nadie me dijo que el euskara es una lengua, y que esas palabras tan sonoras que yo mismo empleaba pertenecían a un idioma diferente del castellano. ¡Y estábamos en San Sebastián!
Doy por hecho que lo que se enseña ahora a los alumnos de entre 12 y 16 años no será nada muy glorioso. Hace no tanto, una chavala catalana de 16 años me reconoció que no sabía quién fue Velázquez. No es como para dar saltos de alegría, desde luego. Pero me imagino que mucho dependerá de los profesores. Así era también antes. En el mismo curso en el que un profesor de religión al que le preguntamos qué es «el acto puro» nos respondió sin inmutarse que «el acto puro es... ¡el puro acto!», la profesora de Arte se esforzaba por hacernos entender a Kandinsky. Y ambos trabajaban supuestamente con el mismo plan de estudios.
Supongo que con todo lo que ignoran muchos de los actuales alumnos de ESO se podría hacer una magnífica enciclopedia. Pero estoy convencido, al propio tiempo, de que nadie pretende que digan que Voltaire parecía un gato que hubiera bebido vinagre. Y seguro que nadie les aterroriza por pisar un césped de cemento.
Desengáñense: cualquier tiempo pasado no fue mejor.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de diciembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/20 07:00:00 GMT+1
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1997/12/17 07:00:00 GMT+1
Ya tenemos otro fantasma recorriendo el solar político patrio: la equidistancia. Según afirman muchos políticos y comentaristas capitalinos, el pecado común del PNV, EA, ELA, IU-EB, Elkarri et alii es que pretenden mantenerse equidistantes entre ETA y el Estado. Ejemplo de ese intento de equidistancia, a su juicio: los tales partidos y organizaciones han condenado el asesinato de José Luis Caso, pero, a la vez, critican la sentencia del Supremo contra HB. Lo cual es intolerable: «¡O con ellos, o con nosotros!», claman.
Prefiero creer que los que lanzan esta diatriba no son conscientes de las terribles implicaciones que tiene poner en marcha la lógica guerrera del ellos y el nosotros. Tanto más cuanto que no circunscriben el ellos a los terroristas y abarcan en el nosotros a todos los demás, sino que establecen entre ellos y nosotros unas fronteras que mueven a su gusto, teniendo también en cuenta factores ideológicos y políticos.
Esto no es una guerra, por mucho que ETA se diga «militar». No lo es. Pero aunque lo fuera. La militarización del pensamiento es inaceptable incluso en tiempo de guerra: la razón del combate de los aliados contra el nazismo no volvió bueno el bombardeo de Dresde. El binomio ellos/nosotros propicia un reduccionismo brutal que, a fuerza de alinear disciplinadamente todas las ideologías, empobrece la vida política y social. Lo que lleva al absurdo total: en teórica defensa del pluralismo, se apela a la unidad del pensamiento. Es decir, se busca que el pluralismo se circunscriba al debate sobre lo meramente accesorio.
Estar contra los crímenes de ETA no obliga, en rigor, a nada que no sea estrictamente eso: estar contra los crímenes de ETA. No lo está menos quien se niega a dar un cheque en blanco a las fuerzas policiales, a la vista de pasadas e infelices experiencias -no lo está menos por no darlo, quiero decir-, ni quien defiende el nacionalismo o el separatismo vascos, ni quien se declara en desacuerdo con la sentencia del Supremo sobre HB, ni quien alienta ideas diferentes a las mayoritarias sobre cómo acabar con los crímenes de ETA. Ninguna de esas posiciones tiene por qué implicar un afán de equidistancia entre el Estado y ETA: son criterios diferentes; eso es todo.
Si el pensamiento liberal tuviera más seguidores reales en la tierra que inventó la palabra liberal, se apreciaría mejor -algo, al menos- el valor de la discrepancia. Habría más interés por ver qué puede haber de razonable en lo que dice el que discrepa y menos prisa por calificarlo. O por descalificarlo.
Es posible estar en contra del terrorismo de ETA y, a la vez, no fiarse ni un pelo del Estado. Por razones ideológicas -en el fondo no demasiado lejanas del liberalismo político- y por cruda experiencia, algunos sentimos escasa simpatía por el Estado. Por los estados, en general, y por el español, más en particular. Si hace falta explicar las razones de esa desafección, estoy dispuesto. Pero puedo asegurarles que no es en absoluto irrazonable.
Y que, desde luego, no tiene nada que ver con la equidistancia.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/17 07:00:00 GMT+1
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1997/12/13 07:00:00 GMT+1
Riiiing, riiiing... ¿Suena el teléfono? Sí, pero no el mío, sino el del anuncio de la radio. Pero, para cuando me doy cuenta de que el timbrecito sólo era una artimaña publicitaria, ya he apagado el fuego en el que estaba friendo mi consabido filetón de buey. Qué gracia tan simpática.
Aseguran las organizaciones de consumidores que se preocupan mucho por la publicidad engañosa. Mentira podrida. La emprenden únicamente contra los anunciantes que pretenden que su producto hace maravillas, rejuvenece, adelgaza, te ahorra la mitad del combustible y además te enseña inglés en un abrir y cerrar de ojos. Esa publicidad es de una pesadez absoluta, sin duda, pero engañar, a mí lo que es no me engaña lo más mínimo: hace ya años que sé que los milagros escasean. Y, en todo caso, no se venden. La publicidad realmente engañosa y dañina es ésa en la que ponen sonidos que se supone que están para avisarnos de algo.
Acabas de meterte en la bañera para disfrutar de un baño la mar de reparador y relajante... y, zas, estupendo: suena el timbre de la puerta. Dices unas cuantas frases no del todo biensonantes, sales chorreando y, cuando te estás enfundando el batín, descubres que no ha llamado nadie: que has sido víctima de la acción combinada de un anunciante sin escrúpulos y de la gran calidad de sonido de la FM digital.
Hay anuncios que, no contentos con incordiarte, hacen lo posible también por poner en peligro tu vida. Ejemplo. Vuelves de Burgos a Madrid un sábado por la mañana. No hay ni dios en la carretera. Avanzas a buen ritmo, absorto en tus pensamientos, aunque atento al suelo, por el aquel de las placas de hielo. Y, de repente, el chirrido de un frenazo y el pitido desaforado de una bocina. Te da un vuelco el corazón: ¿qué diablos...? «Frenos Pérez. Con Pérez, su vida a salvo», te suelta la radio. Con que a salvo, ¿eh? Pues el tal Pérez casi consigue que tu instinto se dispare y pegues un volantazo, patinando sobre el hielo. El canalla de Pérez.
Hace unos días, un conductor barcelonés perdió el control de su coche y saltó a la acera, arrollando a tres niñas, una de las cuales murió. El conductor alegó que le había distraído un anuncio de ropa interior femenina. La noticia iba acompañada de una reproducción del anuncio. La verdad, aunque nada pueda justificar el despiste descomunal del conductor, tampoco me parece muy prudente poner espectáculos como ése en la vía pública. Los heterosexuales y las lesbianas no somos de piedra.
En el Parlamento se pasan el día legislando absurdeces, de espaldas al pueblo, que diría Doña María. ¿Por qué no se preocupan del hombre de la calle -de la calle que está justo al final de ésta, a la izquierda, o sea, de la mía- y hacen una ley contra la publicidad que se sirve de frenazos, bocinas, teléfonos y timbres de puerta y que te pone la lencería fina delante del volante?
Contribuirían, ya que no al Estado del Bienestar, por lo menos al mejor estar de nuestro estado.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/13 07:00:00 GMT+1
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1997/12/10 07:00:00 GMT+1
Chaves dice que es «muy grave» que la V Asamblea Federal de Izquierda Unida se haya pronunciado en contra de la sentencia del Supremo contra HB. ¿Por qué va a ser muy grave tal cosa? En este periódico se ha publicado un excelente artículo de Enrique Gimbernat, prestigioso catedrático de Derecho Penal, nada sospechoso de colusión con HB, que pone la sentencia en cuestión a caer de un burro. Magistrados que no sólo no simpatizan con ETA, sino que enchironan a sus miembros un día sí y otro también, me han confesado que este fallo del Tribunal Supremo les parece sencillamente infumable. Lo mismo dicen en privado, según me consta, algunos jueces del propio Supremo.
En esto de la sentencia de HB está funcionando ese principio que algunos proclaman orgullosamente: «Con la Patria, como con la madre: con razón o sin ella». Por lo visto, hay que defender la resolución del Supremo porque, si no, «haces el juego» de ETA. Es sumamente inquietante que haya quien crea que decir la verdad puede hacer el juego de ETA, en el improbable supuesto de que ETA esté jugando.
La idea según la cual hay que estar «con la Patria como con la madre, con razón o sin ella» sólo puede complacerles a aquellos que, en el fondo, están convencidos de que su patria no tiene razón. A mí no me interesan gran cosa las patrias, pero mucho menos cuando no tienen razón. Por lo demás, ¿quién decide qué patria es la de cada cual? En mi caso: ¿qué patria es la mía? En determinados asuntos me reconozco -no es asunto de elección- exclusivamente vasco. En otros, me detecto español, o tal vez hispano. En otros, europeo de algo más al norte: quizá francés. Y en otros, de ningún territorio en concreto. ¿Del lado de qué patria debería ponerme? Vaya lío.
Eso sin contar con que tampoco parece fácil encontrar el modo de determinar que tal o cual causa no es de facción o de clase, sino de una patria, en general. El examen de la Historia permite establecer que rara ha sido la bandera izada en nombre de todo un pueblo que no escondiera entre sus pliegues intereses muy particulares.
Al primero que le oí decir eso de que «con la Patria, como con la madre: con razón o sin ella» fue a Rafael Vera. Se refería, claro, a los GAL. Vera tiene una turbia concepción tanto de las patrias como de las madres. Si mi madre no tuviera razón en algo, se lo diría. Por su propio bien. Pero se ve que Vera no piensa como yo tampoco en eso. Me reconforta.
Decía Pasteur que la Ciencia no tiene patria. La razón tampoco. Ocultar lo que uno ve cierto por conveniencias del momento puede aportar alguna ventaja coyuntural, pero a la larga es un bumerán. Hipótesis nada desdeñable: ¿qué pasará si el Tribunal de Estrasburgo echa abajo la sentencia contra HB cuando los 23 miembros de su Mesa Nacional lleven ya cuatro o cinco años en la cárcel? Veremos entonces lo bien que quedan la Patria... y algunas madres.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/10 07:00:00 GMT+1
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