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1997/12/06 07:00:00 GMT+1

Memoria histórica

No sé muy bien por qué, pero de repente se ha puesto de moda predicar las excelencias de la «memoria histórica». De la «memoria histórica» del franquismo, en concreto.

A decir verdad, nunca me ha gustado ese término. ¿Memoria histórica? Si se trata de analizar sucesos vividos en primera persona, digo yo que con hablar de memoria basta. Y si el objetivo es evocar realidades conocidas por referencia, oral o escrita, entonces no tiene sentido apelar a la memoria.

Menos ampuloso sería hablar de conciencia histórica. O, a la pata la llana, de la necesidad de conocer los desastres del pasado, entre otras cosas para no repetirlos.

Pero, terminología al margen, ¿por qué consideran que ahora, precisamente ahora, conviene esa memoria histórica del franquismo? Quiero decir: ¿por qué ahora sí y hasta ahora no? Algunos venimos subrayando desde hace mucho la necesidad de estudiar lo que realmente ocurrió durante los 40 años de dictadura franquista, y no pocos de los que en estos momentos preconizan la tal memoria histórica nos presentaban como aburridos batalleros, cuando no como provocadores. Según ellos, estábamos dando cuerda al pasado: un pasado -decían- felizmente enterrado por el advenimiento del régimen de libertades políticas.

Pero no es que ahora hayan comprendido que estaban en un error: es que las circunstancias han cambiado. Y con ellas sus intereses.

Estos novísimos adoradores de la memoria histórica huían de ella como de la peste entre 1982 y 1996 porque el análisis del pasado, a nada que se realizara con rigor, llevaba inevitablemente a detectar la existencia de importantes factores de continuidad -sociológica, cultural y hasta personal- entre el régimen franquista y la propia realidad en la que ellos se encontraban cómodamente instalados. Ahora sus mentores políticos han pasado a un segundo plano y piensan que apelar al franquismo les puede venir bien como arma arrojadiza contra el PP.

Eso es todo. Sigue sin interesarles un pimiento la Historia. Sólo quieren servirse de ella para decir que Fraga fue un fascistón -extraordinario hallazgo-, o que el diputado Fulanito, del PP, es hijo de Menganito, que fue otro fascistón, y obviedades por el estilo.

Tomada así, la memoria histórica carece de interés. Se convierte en otro recurso zafio, típico de nuestra zafia vida política.

¿Vale la pena volver la vista al pasado? Sí, y mucho. Pero, sobre todo, para dar cuenta del conjunto de condiciones externas e internas que hicieron posible que la dictadura franquista durara cuatro décadas. Y para explicar cómo se creó el consenso político y social necesario para pasar de la dictadura al sistema parlamentario sin ajustar cuentas -ideológicas y políticas: no forzosamente judiciales- con el pasado liberticida.

Esa memoria sería muy valiosa: ayudaría a entender el presente. Pero a muchos no les interesa nada que se entienda el presente.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/12/06 07:00:00 GMT+1
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1997/12/03 07:00:00 GMT+1

La sentencia

Cientos de llamadas a las radios, ayer por la mañana: los oyentes, por aplastante mayoría, se declararon conformes con la dura sentencia del Tribunal Supremo contra la Mesa Nacional de Herri Batasuna. También los contertulios habituales.

No me sorprende en absoluto. Ya intuía yo que HB no acaba de despertar demasiadas simpatías.

Pero estas llamadas reflejan un hecho que, aunque tampoco me sorprenda, sí me inquieta: ¿cómo puede tanta gente estar de acuerdo con una sentencia que, con toda seguridad -la tengo aquí delante: son 139 páginas de muy barroca escritura-, no ha leído?

Ya me veo la respuesta: «No hace falta leérsela para estar de acuerdo con ella. Con considerar que es delito tratar de difundir un vídeo de ETA, basta». Pues ahí, en eso exactamente, está la cuestión: que no basta.

No basta; no. Porque un juicio moral es una cosa, y un juicio penal, otra. Como una cosa es la idea que un ciudadano corriente y moliente se hace de lo que significa colaborar con ETA y otra el concepto jurídico de colaboración con banda armada.

Para estar en condiciones de aprobar una sentencia, lo mínimo que se requiere es leerla. Yo he leído ésta, y he de reconocer que no veo claros sus fundamentos. No veo claro el delito y veo todavía menos claro el modo en que se ha globalizado su autoría.

«La opinión pública no habría entendido otro tipo de sentencia. Y menos después de lo del caso Filesa y a un tiro de piedra del juicio de los GAL», me argumentan. Probablemente sea así, pero es terrible que sea así. Cada caso es único, y en Derecho no hay -perdón: no debería haber- contextos. Se juzga un hecho concreto, y nada más. Da igual -perdón de nuevo: debería dar igual- qué otros juicios se han celebrado o están pendientes y si los acusados son, en el resto de su existencia, personas intachables o perfectos bellacos.

Me contaron anteayer otro juicio que me parece que viene al caso.

La historia es ésta: tres hombres salen de un bar tras una reyerta. Uno de ellos resulta muerto de una cuchillada. La Policía detiene a los otros dos. Está claro que uno de ellos es el asesino, puesto que nadie más había en el lugar de los hechos, pero no hay modo de determinar cuál: ni testigos, ni huellas; nada. Se celebra la vista del juicio. Los dos procesados -no precisamente angelitos- se proclaman inocentes y afirman que el asesino fue el otro, pero ninguno aporta el menor dato que respalde sus palabras.

El tribunal dictó sentencia: absueltos ambos.

El juez que suscribió este fallo -para mí realmente ejemplar, pero seguramente difícil de entender para los familiares y deudos de la víctima- fue Siro García, en la actualidad presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional.

Es preferible dejar en libertad a un criminal que condenar a alguien cuya participación en el concreto delito que se juzga no está probada.

Una sociedad que no entienda eso jamás podrá basar un Estado de Derecho digno de tal nombre.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de diciembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de diciembre de 2011.

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1997/11/29 07:00:00 GMT+1

Carcedo

Me dicen que han derribado la cárcel de Salt, junto al Ter, allá en Girona. La recuerdo en 1974: guardo incluso mi diario de recluso.

No me apena el derribo: era un antro frío y húmedo; insalubre.

He oído que también van a echar abajo la cárcel de Carabanchel. La conocí algo después. Era mucho mejor. No por el edificio, sino por las condiciones. De todas los presidios que me obligaron a visitar -Martutene, Barcelona, Lleida, Zaragoza...-, es en Carabanchel donde me sentí más a gusto. O menos a disgusto.

Pero tampoco estaban tan mal las cárceles: eran entonces el único sitio de España en donde no corrías el riesgo de acabar en la cárcel.

En un presidio de éstos estuve poco después de la llamada Revolución de los claveles portuguesa. Los antifranquistas la recibimos con entusiasmo: los soldados con el pueblo, los presos a la calle, la libertad, qué delicia.

El corresponsal de TVE en Lisboa, sin embargo, estaba que echaba pestes. Nos lo hacía saber de telediario en telediario: los manifestantes le parecían gentuza, y todo lo que estaba pasando en la tierra de Pessoa, un drama.

Aquel corresponsal de TVE era Diego Carcedo.

Ahora, el señor Carcedo, como representante del PSOE en el Consejo de Administración de RTVE, está muy indignado porque dice que en un debate de La Primera se habló de las concomitancias entre el franquismo y el felipismo. ¿Le hacen falta pruebas de que esas concomitancias existen? No necesita buscarlas muy lejos: él mismo es una.

Los Carcedo -el plural se impone: su caso dista de ser único- se quejan de que comparemos el felipismo con el franquismo. Una queja absurda: no lo hacemos. Los que en la lucha por las libertades arriesgamos la nuestra -y la perdimos- estamos en muy buenas condiciones para captar la diferencia: mientras González fue presidente, dijimos lo que pensábamos y nadie nos encarceló. ¿Se creen que no nos damos cuenta, o que nos da igual? Pero ver eso no nos impide captar también otros aspectos de la realidad. Entre ellos, los rasgos de continuidad entre el pasado y su herencia.

Los felipistas pretenden que la opinión pública se crea que la huella del franquismo es cosa del PP, y que ellos representan la tradición antifranquista. No hay tal. El felipismo se nutrió del aparato del franquismo y de sus técnicas, a veces con entusiasmo verdaderamente impúdico. ¿De dónde se creen ustedes que salió, si no, el hoy general Galindo? ¿De la escuela socialdemócrata de Hamburgo? ¿Y por qué piensan que Barrionuevo se entusiasmó tanto con la Guardia Civil, así que la conoció por dentro? ¿Porque había recibido un premio de Amnistía Internacional?

Carcedo es de la misma cantera. Cuánto mejor estaría callado.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de diciembre de 2011.

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1997/11/26 07:00:00 GMT+1

La gente normal

Escuché anteayer en Antena 3 a un individuo que hablaba... pues eso, de lo que habla ahora todo quisque, y decía que a él no le gustaría nada que un hijo suyo fuera amigo «del personaje del vídeo», porque él prefiere que sus hijos «sean amigos de gente normal».

Toma lección de reaccionarismo. Para empezar: ¿a qué viene apelar a su descendencia, quitándose él de enmedio? Teniendo en cuenta que el autor de la frase de marras es ya talludito -o, por decirlo francamente, un carcamal- deduzco que sus hijos deben de tener ya edad suficiente para elegir sus amistades sin que papá intervenga.

Pero, sobre todo, ¿qué es eso de la gente normal? ¿Qué hace falta, según él, para ser normal? ¿Qué tipo de práctica se precisa, en su criterio, para no quedar excluido de la catalogación de normal?

La carquería sería de aúpa en todo caso. Pero adquiere matices muy singulares si se considera que el cantor televisivo de las excelencias de la gente normal fue... Santiago Carrillo.

Que un tipo que ha pasado su larguísima vida dándoselas de revolucionario y marxista acabe convertido en adalid de la gente normal ilustra hasta qué punto pueden ser tortuosas -y penosas- las sendas de la degeneración política.

Mi repelús de tipo ideológico, con ser fuerte, se vio en este caso relegado de todos modos a un segundo plano por otro sentimiento todavía más intenso: el estupor. Un estupor inconmensurable. Porque, si Santiago Carrillo se concibe a sí mismo como parte de la gente normal, entonces es que ya no tengo ni idea de qué puede ser la normalidad.

No sé si podrán catalogarse de normales sus actividades juveniles como comisario de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid: de ese Madrid que tan discutiblemente entregó a las tropas del general Franco otro Carrillo, por nombre Wenceslao. Menos normales me parecen, en todo caso, los métodos a que recurrió para liquidar la disidencia interna en el Partido Comunista de España bajo la dictadura franquista.

En la postguerra, hubo comunistas que acudieron a citas que les había puesto la dirección del partido, encabezada por Carrillo, y se encontraron con que quien les esperaba era... la Policía franquista. ¿Es para él normal la gente que vende a sus compañeros? Supongo que sí: los fieles de Stalin, como él, tenían por norma actuar sin el más mínimo escrúpulo, incluso dentro de su propia casa. O sobre todo dentro de su propia casa.

Quizá ese entrenamiento le haya ayudado a sentirse más a gusto en la casa común de los justificadores de los GAL. A fin de cuentas, qué más dan unos cuantos asesinatillos, si los comete gente normal.

Nunca he buscado la compañía de este personaje. Tener claro qué clase de tipo es Santiago Carrillo fue uno de mis aciertos juveniles más rotundos. Sentí una especie de asco instintivo por él.

Y es que alguna gente normal me ha dado siempre mucho miedo.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de diciembre de 2010.

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1997/11/25 20:00:00 GMT+1

El periodismo medioambiental, bajo el signo de la catástrofe

Intervención ante el II Congreso Nacional de Periodismo Ambiental. Madrid, 25 de noviembre de 1997.

Nunca he sido un periodista inclinado naturalmente por los asuntos naturales. Bueno, por decirlo más matizadamente: hasta hace un par de decenios, jamás me había interesado la ecología.

Educado en las nobles tradiciones del socialismo decimonónico, identificaba alegremente el desarrollo económico con el progreso. Cuantas más máquinas, mejor. Cuanto más avance de las fuerzas productivas, mejor. En caricatura: si vislumbraba una llanura verde, me era difícil no imaginarla como un excelente párking potencial.

A día de hoy, todavía me cuesta no mirar con desconfianza a los ciclistas: me resulta sospechoso su empeño en hacer como que ignoran que se han inventado los motores.

Sentía una antipatía natural por los que algunos llamábamos pajaritólogos. Para mí, un tipo que se pasaba las horas muertas tirado en el suelo para acabar filmando el apareamiento de dos petirrojos sólo podía ser un obseso sexual que, amén de no atreverse a reconocerlo, encima quería hacer dinero con ello. Cuando me llegaba noticia de que algunos eran capaces de cargarse un burro a hachazos para filmar luego cómo se lo comían los buitres, mi punto de vista se veía perfectamente reconfortado: esa gente amaba a los animales porque también ellos eran bastante bestias.

Con el tiempo he cambiado sustancialmente mi criterio. Pero no porque posea una sutil capacidad autocrítica, sino por la fuerza misma de las cosas. Acabé dándome cuenta de que las grandes opciones de los ecologistas -de los más críticos, de los que se demostraban en la práctica insobornables- se identificaban finalmente con mis grandes opciones. De que ellos habían llegado por vía distinta a las mismas conclusiones que yo. Me dio entonces por imaginar que quizá eso fuera así porque los enemigos de mis grandes opciones eran los mismos que ellos se topaban delante de sus grandes opciones.

Creo que acerté.

Se habla hoy en día mucho de la globalización. A veces en tono laudatorio. Cada cual se refiere a la feria conforme le va en ella. En todo caso, la globalización también funciona aquí: los grupos de intereses que están detrás de la destrucción medioambiental a escala del universo entero; los que generan el signo de la catástrofe al que se refiere el título de esta mesa redonda; los que contaminan las costas y asesinan los mares -ahí sí que no admito frivolidad alguna: soy hijo de la mar-; los que talan los bosques sin consideración y replantan especies chuchurrías, sin raíces; los que urbanizan donde no hay agua y se la dan a los cretinos que quieren tener un césped digno de Noruega en sus villas de Alicante y Almería; los que fomentan un transporte individual absurdo que mata a las personas y quema el cielo... ésos, ellos, son también los que desde que tengo uso de razón -en la medida en que la tengo, si la tengo- he considerado culpables de la explotación y la opresión de unas personas por otras, culpables de la desigualdad, culpables de la deshumanidad.

Así que al final he descubierto que yo también, vaya por Dios, soy ecologista. Fumador empedernido, objetor del ejercicio físico, temeroso de la Naturaleza, más de ciudad que un semáforo... y ecologista. El ecologismo, está visto, hace extraños compañeros de cama.

Pero el título de esta mesa redonda puede interpretarse de diversos modos: también puede decirse que el periodismo ambiental está bajo el signo de la catástrofe no sólo porque la catástrofe nos rodea a todos, como ciudadanos, sino también porque la catástrofe nos circunda específicamente, en tanto que periodistas.

Para qué nos vamos a engañar: el ecologismo en la prensa, al menos en la de gran difusión, es también bastante catastrófico. Porque las grandes empresas de toda suerte, las empresas que envenenan y que contaminan, tienen medios de presión formidables.

Y cuanto más tiempo pasa, más.

Antes, esas grandes empresas presionaban con el arma de la publicidad en la mano. Era importante. Todavía recuerdo qué divertido fue el día en que, en el medio para el que trabaja por entonces, pusimos a caldo a una empresa que había organizado un bonito desaguisado medioambiental... sin saber que pocas horas después esa misma empresa tenía que firmar un importante contrato de patrocinio con la firma editora de nuestra publicación. Aún me zumban los oídos de la bronca que se armó.

Pero entonces -hace unos años- eso podía ocurrir de manera circunstancial, de tanto en tanto. Convenía no enfadar a algunos anunciantes -a fuer de sincero, tampoco veo yo a este Congreso hablando con total desenfado de sus propios patrocinadores, entre los que veo al Consejo de Seguridad Nuclear y a la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos-, y también había que tener cuidado con no enojar excesivamente a algunos accionistas. Pero ni siquiera eso era un dogma. Si el asunto era de particular importancia, cabía saltarse alegremente esas prohibiciones. Recuerdo que, cuando la Guerra del Golfo, El Mundo perdió por mi culpa aquella generosa campaña de publicidad que decía Esta mujer no puede enseñar su rostro -me limité a decir que no podía enseñarlo porque, de hacerlo, la agencia de publicidad no le pagaría-, y me acuerdo igualmente de que, en otra ocasión, mi periódico denunció sin demasiado empacho los manejos de un constructor burgalés, pese a que era accionista del propio diario.

Ahora las cosas son más complicadas. Las empresas de la comunicación se han hecho más complejas. O, por mejor decirlo: han entrado en entramados más complejos. Crecen y avanzan los emporios llamados multimedia: consorcios que editan varios periódicos y revistas, que tienen emisoras de radio y canales de televisión, productoras y distribuidoras cinematográficas, sellos de discos, editoras de libros, etc., y en los que participan muy principalmente empresas de informática, de telecomunicación, grandes bancos... Hay quien celebra este fenómeno, argumentando que permite importantes sinergias, porque las diferentes ramas de la empresa se potencian mutuamente. En realidad, lo que hacen es limitarse mutuamente: los periódicos tienden a hablar de los escritores de su grupo (y no de los de otros), las radios recogen las opiniones de los columnistas de sus periódicos (y no los de la competencia), las televisiones dan preferencia a las películas y a los cantantes de su particular gremio económico... y todos ponen un cuidado exquisito en tratar exquisitamente al conjunto de las empresas comprometidas en el tinglado. Hay periódicos que ya no pueden tratar sin más un problema bancario, porque su empresa tiene intereses en él. Y, por intermedio de la banca -o directamente-, también pueden ser jueces y parte en los asuntos de la industria nuclear, y del transporte, y del automóvil, y de la industria petroquímica, y de la constructora, y de la farmacéutica... El riesgo evidente que afrontamos es que los periódicos cada vez proporcionen menos información desinteresada y produzcan más publirreportajes camuflados.

Esa es otra catástrofe. Una catástrofe que también podemos considerar medioambiental, porque las limitaciones a la libertad de información frenan la capacidad de denuncia y, por vía de consecuencia, la capacidad de corregir los excesos y de transformar la realidad en un sentido positivo.

Pero qué os voy a contar que no sepáis.

Dejémoslo entonces en que me solidarizo con vuestro esfuerzo y en que comprendo vuestros problemas.

Javier Ortiz. (25 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

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1997/11/22 07:00:00 GMT+1

Perversos y perdedores

Llevo media vida -qué digo media: tres cuartos- repitiendo la misma tesis, destinada a remediar así sea un poco del mal causado por la pésima ocurrencia de mi paisano Iñigo de Loyola: el fin no justifica los medios.

Con el tiempo he comprendido que la reflexión tiene no poco de escolástica, porque lo más normal es que los fines que persiguen los que se sirven de medios inmorales sean también muy poco de fiar. Y aún menos de fiar ellos mismos.

El caso de los GAL puede muy bien tomarse por paradigmático, como se dice en el lenguaje cursi de ahora: esa gente no mató para defender el Estado de Derecho, sino para encumbrarse y mejor vaciar las arcas del Estado.

Pero, más allá -o más acá, vaya usted a saber- de esta observación empírica, el principal error que he descubierto en mi rollo moralizante es que apela a la dignidad espiritual de las personas. Y eso, en esta sociedad nuestra, tan utilitarista, no suscita precisamente adhesiones inquebrantables. La gente te oye, te da luego una palmadita en la espalda y sigue como si tal cosa.

Dándole vueltas a este problema, he decidido afrontar la cuestión desde un ángulo diferente: voy a argumentar que la utilización de métodos execrables no solamente envilece la causa que con ellos se defiende, sino que, además -y aquí viene la novedad de mi planteamiento-, es con frecuencia muy poco útil, cuando no directamente perjudicial.

Les pondré un ejemplo: durante la Guerra de Vietnam, el Gobierno norteamericano decidió que no se iba a andar con mandangas y que, dijera la Convención de Ginebra lo que dijera, él iba a arrojar todo el napalm que le viniera en gana, y que no se iba a cortar un pelo a la hora de tirar bombas sobre la población civil, etc. ¿Resultado? Consiguió soliviantar a buena parte de la propia ciudadanía de los EE.UU., creando una nutrida quinta columna, lo que le llevó a perder la batalla más decisiva: la interna. Conclusión: el uso de medios abyectos arruinó el fin perseguido.

Podría poner otros ejemplos. La tira de ellos.

No sostengo que servirse de métodos repulsivos conduzca a la derrota de modo inevitable. Ojalá fuera así. Lo que sostengo es que no garantiza el éxito, ni mucho menos. Y que a veces lo impide.

Volvamos al ejemplo de los GAL, mucho más próximo en todos los sentidos. ¿De qué les ha valido disparar con munición VHS contra este periódico? Al final -paradojas de la vida-, han sido ellos quienes han quedado con el culo al aire. Y a fe que resulta grotesco. Porque se puede quedar como fracasado noble, y hasta quedar como bellaco triunfador -que en ambos casos siempre habrá quien considere que lo uno compensa lo otro-, pero quedar como bellaco fracasado no es precisamente un ideal de vida.

Lo digo para que se lo piensen éstos de los GAL, antes de poner en práctica la siguiente maldad que hayan urdido. Porque seguro que ya están en ello.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de noviembre de 2011.

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1997/11/19 07:00:00 GMT+1

Quien a hierro... ¿qué?

Me espeta una misiva electrónica: «Quien a hierro mata, a hierro muere».

La remitente pretende que la gente de El Mundo se merece que se le airee la entrepierna, y cuanto más, mejor.

«¿Ya no se acuerda de lo que hicieron ustedes con Roldán, cuando lo sacaron en calzoncillos?», dice.

Así se escribe la Historia. Quien sacó a Roldán en calzoncillos no fue El Mundo, sino Interviú.

No está bien autocitarse, pero la falta de memoria de más de uno -Ramón Jáuregui incluido- me obliga a ello. El 14 de mayo de 1994, justo cuando salieron las fotos de Luis Roldán en calzoncillos, publiqué en este mismo rincón una columna titulada Desvergüenzas retratadas. Les haré gracia a ustedes del grueso del texto. Copio sólo el final: «Para condenar [a Roldán] me basta y me sobra con el daño social que ha causado. Su fisonomía y su vida sexual me son indiferentes. Escarnecer a una persona por aquello que no elige -su físico- o por los aspectos de su intimidad que a nadie dañan -si se lo monta así o asao, con dos o con cien- es tan zafio como reaccionario. Quienes han incurrido en esa bajeza sí que han mostrado sus feas vergüenzas en público. Ellos sí que se han retratado».

Es bueno que lo tengan en cuenta quienes hablan ahora con ligereza de los «criterios editoriales de El Mundo». Ese ha sido siempre -no ahora- mi criterio como editorialista de este periódico.

«Ustedes arruinaron también la carrera del senador Piquer», insiste mi comunicante.

Pues tampoco. Quienes arruinaron la carrera del difunto Carlos Piquer fueron, por orden de aparición en pantalla:

1º) El propio Carlos Piquer. Lo de menos es que le atrajera el lenocinio y consumiera drogas -no seré yo quien se lo reproche, que me fumo casi tres paquetes de tabaco al día y me merezco un homenaje de los señores Justerini & Brooks-; lo de más, que se costeara esos caprichos con la Visa de su grupo parlamentario; y

2º) El PSOE. Porque fueron los dirigentes del PSOE quienes decidieron sacrificarlo para demostrar que estaban dispuestos a limpiar sus establos en unos momentos en que a bastantes de ellos se les acusaba de corruptos. O, por mejor decir: fueron ellos los que ofrecieron a Piquer como chivo expiatorio para disimular que amparaban a tipos de muchas más campanillas.

La prensa se limitó a hacerse eco de esas circunstancias. Y El Mundo no especialmente.

Me temo que mi abajofirmante de e-mails se ha creído lo que ha oído decir estos días a algunos dirigentes del PSOE. Se ha olvidado de cuánto les gusta mentir.

A este periódico han llegado no pocas historias íntimas sobre algunos de nuestros enemigos. Por muchas ganas que les tenga, jamás aceptaré que se usen contra ellos vergüenzas de ese género.

No por ellos. Por mí mismo. No por su honra. Por la mía.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de noviembre de 2012.

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1997/11/15 07:00:00 GMT+1

Fermín Bocos

El mandamás de RTVE, Fernando López-Amor, ha decidido destituir a Fermín Bocos como director de Radio Exterior de España.

Es un error.

O, mejor dicho, sería un error.

Sería un error si López-Amor quisiera contar con profesionales íntegros y competentes. Porque Fermín Bocos es -no digo que me parece: digo que es- uno de los mejores que hay en este oficio.

Pionero de Hora 25 de la Cadena SER, puso ese programa en la cima de la audiencia. Iniciador de los informativos de la cadena de TV autonómica madrileña, consiguió que los telediarios de Telemadrid fueran, con diferencia abismal, los más creíbles y amenos del tinglado audiovisual español. En Radio Exterior había logrado un nivel de calidad y una cuota de audiencia envidiables.

¿Por qué, siendo así, se ha visto obligado a abandonar, una tras otra, todas esas empresas? Pues precisamente porque es así. Porque Bocos -que tiene, como todo hijo de vecino, su ideología, próxima al socialismo- nunca ha permitido que ninguna bandería decidiera en sus programas qué es noticia y qué no. Porque nunca ha utilizado las noticias en beneficio de ninguna secta. Porque tratar de imponerle por vía disciplinaria qué tiene que hacer y qué no es misión imposible.

Y eso hay jefes que no lo toleran. Fernando López-Amor tampoco lo ha tolerado.

Bocos añade a su demostrada capacidad como periodista otra característica que los barandas del gremio suelen ver con desconfianza: es buena persona. No he trabajado nunca con él, pero quienes sí lo han hecho me han pintado siempre el mismo retrato: potencia lo que de mejor hay en cada periodista, da alas a la audacia y la creatividad de los profesionales, sabe generar un clima estimulante y, a la vez, relajado... y, encima, trata a sus subordinados con consideración.

En mi criterio, Fermín Bocos es un ejemplo del tipo de profesional que debería ponerse siempre al frente de los medios de información de titularidad pública. Es una garantía para los ciudadanos que mantienen con sus impuestos las radios y las televisiones del Estado.

Pero ése es mi criterio. El de los mandos políticos -del partido que sea: del de turno- es otro. Ellos quieren contar con peones sumisos, personal «de confianza», correveidiles, afiliados al sindicato del sí-señor, gente a la que ni siquiera hace falta ordenar nada porque sabe adivinar lo que desean sus mentores.

Dicen las noticias de agencia que López-Amor proyecta sustituir a Bocos por Alejo García. Supongo que lo hace tras examinar la labor que éste desempeñó durante unos meses en las mañanas de Radio Nacional, en aquel programa que de modo tan original e ingenioso tituló Buenos Días: un prodigio de modernidad cuyo sutil encanto el público, ingrato, no llegó a apreciar debidamente.

Al destituir a Bocos, López-Amor ha dejado claro qué clase de radio no quiere. Puesto que Bocos es de lo mejor, hay razones para esperar de López-Amor lo peor.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de noviembre de 2010.

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1997/11/12 07:00:00 GMT+1

El castellano, amenazado

Oigo voces de alarma: la lengua castellana peligra. ¿Peligra? Si hubiera que llegar a una conclusión a partir de los propios discursos alarmistas, deberíamos concluir que sí: casi todos están escritos -o dichos- en el castellano burocrático y gris que hace las veces de idioma oficial.

La lengua castellana sufre de corrosión vertiginosa, sin duda. No hay más que leer los periódicos y escuchar a quienes hablan en radio y televisión para comprobarlo. Les pongo tres ejemplos cogidos a voleo, calentitos: 1º) Un cronista de deportes lleva un buen rato diciendo y repitiendo por la radio que el marcador de un partido de fútbol «sigue inalterable». Si es inalterable, ¿cómo podría variar? ¿No querrá decir inalterado?; 2º) El locutor de un telediario se empeña, hoy como todos los días, en demostrar que la gramática no le concierne; que él puede construir frases sin verbo principal: «Finalmente, decir que...»; y 3º) Un comunicante me asegura que Nosequién «probablemente va a ser cesado». Cosa imposible. Cesar es intransitivo. Nadie puede cesar a otro, como tampoco dimitirlo.

Y así todo.

Predomina en nuestros medios informativos un castellano ramplón, repleto de frases hechas, tópicos, latiguillos manidos y circunloquios pedantones (otro ejemplo: ¿se han fijado ustedes en que, según la prensa española, ya nadie es jamás maltratado? Es objeto de malos tratos. Puaf).

No va tan mal, pero tampoco mucho mejor, el lenguaje de la calle. Menos envarado, desde luego, pero también paupérrimo. La mayor parte del personal -del más joven, sobre todo- se maneja con apenas unos cuantos cientos de palabras, lo cual evidencia tanto los límites de su capacidad expresiva como -por lo mismo- los cortos confines de su pensamiento.

A lo que se añade la apabullante influencia del inglés, que nos ataca por la espalda, con el fuego artero de las malas traducciones. Lo de menos es el acoso constante de los anglicismos; lo de más, que las construcciones sintácticas del inglés van minando una de las riquezas mayores de nuestra lengua latina: su capacidad para expresar matices y para eludir equívocos. Y el pobre subjuntivo, que se nos muere...

Pero no es nada de todo esto lo que preocupa a los paladines de ocasión que le han salido al idioma castellano. Lo que les inquieta -y de eso hablan- es «el retroceso» que la lengua castellana está sufriendo, según ellos, en Cataluña y en Euskadi.

Conviene deslindar claramente los problemas. Un asunto es que tal o cual norma legal de regulación del uso de las lenguas pueda ser más o menos desafortunada, o que el exclusivismo lingüístico de estos o aquellos pueda generar conflictos, y otra, muy distinta, que la lengua castellana corra en Cataluña o en Euskadi más peligros que en Madrid, en Cuenca o en Jerez.

Si el castellano sufre no es por culpa de quienes no lo hablan, sino por delito de quienes lo maltratan.

Entre ellos, muchos de quienes tanto lamentan su «retroceso».

Javier Ortiz. El Mundo (12 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de noviembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/11/12 07:00:00 GMT+1
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1997/11/08 07:00:00 GMT+1

La apostasía imposible

Recibo una carta de dos jóvenes. Me cuentan que han acudido a la sede de la Conferencia Episcopal, en Madrid, para solicitar que se les excluya de la lista de integrantes de la Iglesia Católica. No lo han logrado: tal parece que la jerarquía eclesial no prevé esa posibilidad.

Se preguntarán ustedes para qué puede querer alguien darse de baja en la relación oficial de la católica grey. Los dos mozos en cuestión me lo argumentan: no están de acuerdo con la Iglesia Católica, desaprueban radicalmente buena parte de sus actividades pasadas y presentes y les molesta que, cuando se manejan estadísticas sobre el número de católicos -sea a escala local o de todo el mundo-, ellos figuren en el cuadro, engrosando la cifra total en contra de su deseo. Es un argumento válido.

Ellos creen que lo es doblemente, habida cuenta de que su ingreso en las filas del catolicismo no se produjo de forma voluntaria, sino que les vino dado al ser bautizados, cuando no estaban en condiciones de opinar. Lo que es a mí, tanto me da: aunque lo hubieran decidido muy gustosamente y por iniciativa propia a los 18 años, a los 20 o a los 25. A nadie se le puede obligar a ser miembro de una asociación, sea del género que sea. Aunque pertenecer a ella no obligue a nada.

Habrá quien suponga que esta posición de la Iglesia de Roma quizá se deba a que, al entender ella que la calidad de católico se alcanza por vía sacramental, no conciba modo de anularla.

Aunque así fuera. La Iglesia Católica es muy dueña de tener sus propios criterios, pero lo que no puede hacer -lo que no debería hacer, mejor dicho- es trasladar esos criterios al ámbito de lo civil. Las estadísticas no pueden ser incluidas de ningún modo en el capítulo de lo religioso, por más que con cierta frecuencia también pretendan que creamos lo que no vemos.

Por lo demás, no es cierto en absoluto que la Iglesia considere que los bautizados no pueden dejar de ser católicos. El instrumento de la excomunión tiene precisamente -cuando se aplica en su grado máximo- esa finalidad: separar al fiel de la comunidad católica. Lo que evidencia una paradoja difícil de admitir en una sociedad basada en la libertad del individuo: uno puede ser expulsado de la Iglesia Católica, pero no salirse de ella.

Siento un gran respeto por las creencias personales. Yo mismo aliento unas cuantas -la fe en la solidaridad humana, por ejemplo- tan poco verificables en el terreno empírico como la existencia de Dios. Pero no es lícito invadir con las propias creencias la libertad de los demás.

Sería muy deseable que la Iglesia Católica cambiara de actitud y adoptara otra más acorde con los usos democráticos. Y entretanto, que incluya, cuando dé a conocer estadísticas sobre su comunidad, una advertencia que diga: «Nota.- En esta estadística se incluye tanto a los católicos voluntarios como a los forzosos».

Javier Ortiz. El Mundo (8 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de noviembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/11/08 07:00:00 GMT+1
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