1997/11/05 07:00:00 GMT+1
El obispo Setién ha dicho que hay que hablar con ETA aunque persista en su actividad violenta.
Gran escándalo.
Yo creo que el obispo de San Sebastián -que es mi pueblo- se ha expresado mal. Lo que supongo que en realidad pretendía decir -si es que le entiendo, y creo que le entiendo- es que se debe hablar con ETA, pero no aunque continúe matando, sino precisamente porque continúa matando.
Claro que, de haberlo expresado así, le habrían sacado la piel a tiras. Es tal la inquina que alguna gente siente hacia José María Setién que, si un día se le ocurriera decir que se lo pasó bien viendo La guerra de las galaxias, no faltaría quien le acusara de complacencia criminal con los violentos.
«¡No hay nada que hablar con ETA mientras continúe matando!», claman algunos. Como frase queda rotunda, pero carece de sentido real. Los partidarios del Pacto de Ajuria Enea pretenden -dicen- «el final negociado de la violencia». ¿Y cómo piensan llegar a él? ¿Cree alguien que se puede iniciar una negociación sin haber tenido ningún contacto previo?
Setién propone hablar con ETA. ¿Para qué? En primer lugar -y lógicamente-, para obtener una tregua, que prepare el escenario de una auténtica negociación.
¿Es eso razonable? Cien por cien. Cien por cien -quiero decir- siempre que se maneje la hipótesis de la negociación de modo sincero, y no como simple recurso retórico.
Los contactos -o las «tomas de temperatura», o lo que sean: me es indiferente el nombre- tienen necesariamente que ser previos al cese de la violencia. Mientras no vea nada en el horizonte que le mueva a cambiar de rumbo, ETA mantendrá el mismo.
No es asunto de compleja teoría política, sino de mero sentido común. Imaginemos que varios hombres armados secuestran un avión lleno de pasajeros y dicen que no los soltarán hasta que algunos compañeros suyos que están en la cárcel sean liberados. ¿Alguien cree que sería buena idea contestarles: «Primero dejad salir a los rehenes y luego negociaremos»? Se supone que los secuestradores son gente desalmada, pero no necesariamente imbécil. Nunca aceptarían el trato.
ETA tampoco.
Otra cosa es si examinamos la propuesta de diálogo de Setién en cuanto a su viabilidad práctica. De juzgar la posición de ETA por lo que dicen sus comunicados, habría que concluir que hoy por hoy no existe apenas margen para una eventual negociación. Por decirlo crudamente: ETA pide muchísimo más de lo que ofrece. Sus exigencias políticas superan de muy lejos no ya las posibilidades sino, sobre todo, las necesidades del Estado.
Pero estoy refiriéndome a lo que ETA proclama públicamente. Y no todo en esta vida sucede en la superficie.
El obispo Setién sabe que, para que un día acaben dando fruto, los árboles han de echar antes raíces.
Algunos le ven regar la tierra, y no entienden a qué se dedica.
Pero otros sí sabemos qué hace.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/11/05 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
preantología
el_mundo
1997
eta
euskal_herria
diálogo
setién
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/11/01 07:00:00 GMT+1
No tengo nada en contra de que Javier Pradera me llame «matón de papel». Entre otras cosas, porque no tengo la menor idea de qué puede ser un matón de papel.
Tampoco me preocupa ni poco ni mucho que considere (vean El País del pasado miércoles, o fíense de mí, si les pilla a trasmano) que formo parte de un grupo de «libelistas con vocación de ilustrados dieciochescos, pero igualados en su falta de talento con otros rufianes de la ultraderecha periodística». Es un criterio. Yo no lo suscribiría, desde luego. Pero, si él se queda más a gusto soltando lindezas barrocas, que por mí no se prive.
Lo que me desagrada francamente, a cambio, es que se meta con diversos columnistas de la competencia -yo incluido- para sacar la cara por su patrón.
Antes eso estaba mal visto. Si un articulista se lanzaba con ferocidad tipo Pradera a repartir mandobles haciendo de valedor y paladín de su patrón, el resto del gremio lo catalogaba como pelotillero, sin más.
Antes el periodismo era otra cosa.
A mí, que soy un periodista de los de antes, del género libelista dieciochesco, no me parece bien que los columnistas hagan la rosca a su patrón. Incluso en el poco probable caso de que su patrón tenga razón. Porque tal vez la tenga en eso, pero seguro que no la tiene en otros asuntos, y tampoco es cosa de compensar los artículos de loas y pleitesías con otros que lo pongan a caer de un burro. Así que, cuando el boss tiene pendencias empresariales, lo mejor que puede hacer uno, en mi criterio, es mantenerse en un discreto segundo plano. Y si el jefe quiere defenderse -que seguro que quiere-, que se las componga.
Ahora, en cambio, hay montones de periodistas, algunos incluso presuntamente de izquierdas -no me refiero a Pradera, que ya sé que está con el alto mando del Atlántico Norte-, que se lanzan con toda alegría a hacer elegías al baranda de su empresa, que firman encendidos manifiestos en pro de los negocios del quídam y que se cuelgan del teléfono día sí día también recabando firmas de solidaridad con él. Que ejercen de lameculos, por decirlo abreviadamente. Y tan campantes.
El efecto es tristísimo. Por ejemplo: yo no sé si Pradera me (nos) insulta porque realmente le parecen aberrantes mis (nuestras) críticas a la resolución que ha tomado el juez Ismael Moreno en beneficio de su jefe o si lo hace más bien porque quiere que su patrón confirme que puede contar con él para todo, incondicionalmente. Y ahí está lo malo: no en que yo no lo sepa, sino en que es imposible saberlo.
Nunca he escrito que Sogecable haya violado el Código Penal haciendo mal uso de las fianzas de Canal Plus. No lo tengo claro. Y para disentir de Polanco, con lo que tengo claro me basta y me sobra. Tampoco he salido nunca en defensa de Vía Digital. Esas peleas de sacaperras no van conmigo.
Pero sí van con Pradera, porque a Pradera le va todo lo que vaya con su patrón. ¡La cantidad de dinero que podría ahorrarse Polanco si supiera escribir!
Javier Ortiz. El Mundo (1 de noviembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/11/01 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
periodismo
el_mundo
1997
polanco
el_país
javier_pradera
preantología
columnismo
prisa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/29 07:00:00 GMT+2
Por Dios, qué pesadez: otra vez con la cita de Machado, Agamenón y su porquero.
Qué gremio de vagos. Aquí no se citan obras; se citan citas. Alguien pone en circulación una cita mal traída y tropecientos la repiten igual de mal, sin tomarse el trabajo de ojear el texto original. Hace unos días leí por enésima vez la cita mal hecha de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: él nunca puso en boca del protagonista de Il Gattopardo la frase «hace falta que algo cambie para que todo siga igual». Valiente simpleza. Lo que le hizo decir fue: «Hace falta que todo cambie para que todo siga igual». Algo muchísimo más sutil.
Lo del pobre Machado es peor aún: lo citan para defender... ¡lo contrario de lo que quería decir! Afirman: «Como escribió Antonio Machado, "la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero"». Y se quedan tan anchos. Pero el Juan de Mairena de Machado no se paraba ahí. Tras exponer esa idea aparentemente irreprochable, daba cuenta de que a Agamenón le parecía bien, pero al porquero no.
Lo mismo ocurre con «la verdad de la Historia de España». Los Agamenones la ven a su modo; los porqueros, al suyo.
Antena 3 hace una encuesta callejera entre críos. Les pregunta cuánto duró la Reconquista. No lo saben. «¡A esto hemos llegado!», se indigna un comentarista. No veo cómo podrían saber tal cosa: la Reconquista no existió. La idea de Reconquista se basa en la falsa creencia en una España anterior al siglo XVI. Es pura ideología, en el peor sentido del término. Un bulo.
Teóricamente, sería posible -y muy positivo- que la Historia que se estudiara en las escuelas del País Vasco o de Cataluña, pongamos por caso, fuera coherente con la que se enseñara en Galicia, en Canarias o en Castilla-La Mancha. Pero, para que tal cosa cupiera, sería necesario que el estudio de la Historia se desvinculara de todo afán de proselitismo nacionalista. La presunta Historia de España que a mí me enseñaron era un relato maquillado, salpicado de leyendas, fabricado con la expresa voluntad de convencernos a los estudiantes de la grandeza de España. Puro nacionalismo. Algunos, aunque ya con una panoplia didáctica menos burda, siguen básicamente en las mismas: quieren que la enseñanza de la Historia ayude a cimentar el sentimiento de la unidad de España. A lo que otros responden desde una perspectiva políticamente opuesta pero ideológicamente semejante: quieren que el estudio de la Historia contribuya a dar a su juventud una conciencia nacional propia y distinta.
Ir al análisis de los hechos del pasado mediato o remoto con el deseo de que sirva a tal o cual causa política actual equivale a arruinar la Historia en tanto que disciplina académica.
Lo cual es penoso, sin duda, pero probablemente inevitable, dada la diferencia de perspectivas.
Acertaba Antonio Machado: la verdad de Agamenón no le vale a su porquero.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de febrero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/29 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
educación
el_mundo
1997
lampedusa
historia
machado
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/25 07:00:00 GMT+2
Ismael Moreno es juez de la Audiencia Nacional. Mejor dicho: Ismael Moreno está juez de la Audiencia Nacional. Antes estuvo policía. Mejor dicho: antes fue policía.
No puede darse por probado que Ismael Moreno no tenga más alma de policía -de policía de los tiempos en que él empezó a ser policía- que de juez. No digo que esté probado que la tenga, sino que no está probado lo contrario.
Hay gente que sostiene que, allá por cuando el juez Ismael Moreno ejerció de policía, se vio envuelto en ciertos asuntos que quizá no encontraran fácil acomodo en una antología de Vidas Ejemplares, de aquéllas que tanto menudeaban en los tiempos en que Ismael Moreno soñaba con ser policía. Doy por hecho que eso es una infamia, y que el hoy juez Moreno fue un policía fetén, inmaculado, que si no logró que la policía se integrara en Gesto por la Paz fue tan sólo porque esa organización todavía no existía.
Pero, lamentablemente, eso no está suficientemente acreditado. Tampoco lo contrario. Habrá que dejar el asunto en el aire.
Las lenguas de doble filo no paran, y las hay que han dejado caer que don Ismael tal vez no sea insensible a la eventualidad de que su pasado prejudicial -nótese que digo prejudicial, y no perjudicial- deviniera súbitamente presente en las páginas y las ondas de algún grupo editor que, de no actuar a su conveniencia, podría enfadarse mucho con él. Otra suposición inadmisible: sería tanto como pretender que se siente acobardado. Estoy seguro de que, si don Ismael prefiere mantener su pasado al margen, será por razones tan comprensibles como humanas. Todos dejamos atrás cosas, hechos y situaciones cuya rememoranza nos causa inquietud y zozobra. Pero eso no tiene nada que ver con el miedo a que alguien nos descubra actos que preferiríamos mantener ocultos.
Pero tampoco puede acreditarse nada de eso. Vaya por Dios.
Lo lamentable es que todos estos chismes, que deploro, unidos a la sorprendente -eso sí- resolución que el juez Moreno tomó ayer, aceptando la recusación de Javier Gómez de Liaño -lo que le elevó automáticamente al rango de juez estrella-, pueden infundir en la opinión pública el sentimiento de que quizá sea un poquitín parcial. Sentimiento que incluso se podría ver reforzado por el conocimiento del rifirrafe que don Ismael tuvo con la fiscal Márquez de Prado, cuya vinculación con Gómez de Liaño es de sobra conocida.
Embarazosa situación que, de aplicar don Ismael la doctrina por él mismo enunciada, según la cual no basta con que un magistrado sea imparcial, sino que además tiene que demostrarlo, y que no puede tomarse como suficiente que no haya hecho nada malo, sino que además tiene que acreditarlo, le obligaría a abstenerse en el caso Sogecable.
Hay quien cree que no lo hará. Otra infamia. Yo doy por supuesto que él no tiene una medida para Javier Gómez de Liaño y otra para sí mismo.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/25 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
justicia
el_mundo
1997
ismael_moreno
preantología
audiencia_nacional
policía
gómez_de_liaño
prisa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/22 07:00:00 GMT+2
No gusta en los mentideros de la Villa y Corte que el BNG haya logrado tan buenos resultados en la votación del pasado domingo en Galicia. La queja es casi unánime: «¡Se están disparando los nacionalismos! ¡Todo el mundo se está apuntando a la bicoca que supone contar con un partido nacionalista fuerte para aprovecharse al máximo de las arcas del Estado!». Terrible mal para el que ya tienen una propuesta de remedio: «Habría que reformar la Ley Electoral para impedir que eso siga ocurriendo. Los partidos nacionalistas tienen una presencia parlamentaria desproporcionada».
Otros ha habido -pocos, a decir verdad- que se han escandalizado ante esa propuesta: la Ley Electoral -alegan- no puede estar para corregir la libre voluntad de los electores.
Se equivocan. Desde que existe, la Ley Electoral española viene alterando el verdadero pluralismo político de nuestra sociedad para privilegiar a los grandes partidos, deformando el sentido de los votos populares. La reforma que algunos pretenden ahora no representaría ninguna novedad: sería sólo otra vuelta de tuerca antidemocrática.
¿Que las nacionalidades están sobrerrepresentadas? Sin duda. Pero también lo están -mucho más- el PP y el PSOE. Su amplia presencia en el Parlamento no es proporcional, ni por asomo, a la cantidad de votos que obtuvieron en las elecciones.
Resulta cómico que éstos que preconizan ahora la reforma de la Ley electoral lo hagan en nombre de la justa proporcionalidad de la representación. De preocuparles tal cosa, les hubiéramos oído poner el grito en el cielo tras cada proceso electoral. Tomemos el de marzo de 1996, por ejemplo. Se suele señalar a veces que Izquierda Unida, con más del doble de votos que CiU, logró sólo cinco escaños más que la coalición catalana. Y así es. Pero nadie subraya nunca el hecho de que el PP, con cuatro veces más votos que IU (no llega: 38,7% y 10,5%, respectivamente), consiguió tener... ¡ocho veces más diputados! Toma proporcionalidad.
Lo que algunos quieren no es una Ley Electoral más justa, más capaz de expresar el ser de nuestra sociedad, sino una Ley que corrija la realidad y la acomode a sus deseos. Lo que desean es que el partido central de turno -el PP ahora;, el PSOE mañana, si llega el caso- cuente con la mayoría parlamentaria válida para gobernar sin necesidad de recurrir a apoyos exteriores. ¿Que el voto popular no le concede esa mayoría? Pues que se la proporcione la Ley. No son jacobinos -respetemos la memoria de Saint-Just-, sino nostálgicos de la Restauración. Sueñan con el bipartidismo forzoso.
No les basta con la lejanía de la realidad de la que ya padece el Parlamento. Quieren más.
Allá ellos. Pero les prevengo: si los nacionalismos periféricos no logran su reconocimiento en las urnas, lo buscarán en la calle.
Ya veremos entonces qué resulta más dañino. No ya para las arcas del Estado. Para el Estado, a secas.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/22 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
pp
españa
1997
cataluña
nacionalismo
elecciones
psoe
galicia
ciu
bng
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/18 20:00:00 GMT+1
Ernesto Che Guevara: fracaso del voluntarismo y triunfo de la voluntad
Charla pronunciada el 18 de octubre de 1997 en El Centro Social "El Laboratorio", de Madrid.
"El deber de todo revolucionario es hacer la revolución".
Fue en su día, como seguramente sabéis muchos de vosotros, uno de los lemas favoritos de Ernesto Guevara.
He encabezado con esa frase el exordio que me dispongo a encasquetaros -más breve, de todos modos, de lo que me habían pedido: tampoco creo que sea obligatorio seguir hablando cuando uno ya ha dicho todo lo que le parece de interés sobre el asunto-.... he puesto ese título a esta charla, digo, porque creo que esa frase sintetiza muy bien las dos facetas del personaje, su contradicción íntima, lo mejor y lo peor de él.
Para mostrar a qué me refiero, voy a empezar precisamente por el análisis de la frase en cuestión. Confío en que la primera parte de mi intervención, que es fuertemente crítica hacia una faceta del pensamiento del personaje, no irrite demasiado a quienes hayan venido esperando un canto de incondicional alabanza. Espero que entiendan que, si no me apruebo ni a mí mismo, con todo lo que me quiero, menos podría mirar con embeleso a un personaje que, quizá porque hizo mucho e intentó más, no podía dejar de equivocarse también en mucho.
"El deber de todo revolucionario es hacer la revolución". No me detendré demasiado en la contradicción formal que encierra la frase, aunque tampoco me parece inútil señalarla. Me refiero al hecho de que no tiene sentido -formalmente, insisto- asignar a los revolucionarios el deber de hacer la revolución: si no se dedican a eso, entonces es que no son revolucionarios. Lo que el Che quería decir es que no puede considerarse que sea revolucionario sino aquel que está comprometido en una lucha revolucionaria.
Eso es lo que quería decir, pero sacrificó el rigor de la expresión para introducir una noción que le era particularmente querida: la del deber.
Pero vayamos al fondo de la consigna.
Lo primero en lo que voy a detenerme es en su referencia a "la revolución".
No es en absoluto casual que el Che hablara de la revolución, y no de una revolución.
El Che estaba convencido de que sólo vale la pena combatir por un tipo de revolución, por una idea de revolución: la marxista. Del marxismo entendido según su concepción propia del marxismo, naturalmente. (En lo cual se comportaba, a decir verdad, como todos los marxistas de la época. Yo recuerdo que hace 25 años solía bromear diciendo: "Es facilísimo distinguir el verdadero marxismo del falso. El verdadero marxismo es... el mío".)
Ernesto Guevara, como -ya digo- casi todos los marxistas de la época, partía -partíamos- de una idea previa de cómo tenían que ser las revoluciones. Y luego, de lo que se trataba era de que la realidad se ajustara a esa concepción previa. No es simplemente que él tuviera unos ideales a los que deseara que la realidad se acercara cuanto más y cuanto antes mejor. Es que o la realidad se sometía a su modo universal de concebir la revolución o no valía la pena.
Pero los procesos históricos no funcionan así. Las revoluciones no se hacen de encargo. Son el resultado de complejísimos procesos, en los que intervienen demasiados factores, que no sólo son incontrolables por su variedad, sino también porque muchos de ellos, sencillamente, no dependen de la voluntad humana. Pondré un ejemplo tomado de la Historia reciente: hoy todos los analistas están de acuerdo en que un factor determinante de la victoria del sandinismo en Nicaragua fue el terremoto que asoló el país en 1972. Aquella catástrofe natural, impredecible, que dejó a más de 300.000 personas sin hogar, contribuyó a poner clamorosamente al desnudo la espantosa corrupción del somocismo, lo que llevó a las clases medias a mirar con cierta simpatía las propuestas de los sandinistas.
Y, puesto que de terremotos y revoluciones hablamos, algo similar podría decirse del proceso que condujo a la caída del Sha de Persia y al nacimiento de la República Islámica de Irán, aunque a esa transformación el Che nunca la habría llamado revolución: en su concepción de las cosas, sólo merecían el nombre de revolución los cambios sociales cuyos protagonistas estuvieran animados por una pretensión socialista.
Pero las pretensiones de los cabecillas políticos no necesariamente están en consonancia con lo que sucede en la realidad. Las consecuencias efectivas de la acción política, incluso en lo inmediato, pero desde luego a medio y largo plazo, son con frecuencia -por no decir siempre- distintas de las pretendidas por sus autores. Marx acuñó una frase para referirse a esto: "Lo hacen, pero no lo saben". Los marxistas nunca tuvieron ningún inconveniente en aplicar ese diagnóstico a los actos... de los demás. Pero alimentaban la creencia de que tal cosa no era aplicable a su propia acción, porque ellos, gracias a haber accedido a las virtudes del socialismo científico -lo que les permitía conocer el sentido de la marcha de la Historia-, estaban en condiciones de conseguir que los acontecimientos siguieran el curso de sus deseos.
Dentro de las muchas corrientes de pensamiento -diría mejor: dentro de los muy diversos talantes- que ha habido entre los comunistas lo largo del siglo XX, es fácil detectar dos géneros de disposición de ánimo que frecuentemente han coexistido, pese a ser escasamente compatibles. De un lado, el de los cientifistas: militantes convencidos de no ser sino meros instrumentos del imparable movimiento dialéctico de la Historia. A quien le he leído expresar este punto de vista de modo más crudo es a Stalin. Llegó a afirmar que, en rigor, el socialismo acabaría triunfando aunque no hubiera revolucionarios socialistas: que la función de éstos es, exclusivamente, la de contribuir a que el de todos modos inevitable advenimiento de la nueva sociedad se produzca cuanto antes. El otro género es el de los que podríamos llamar voluntaristas: militantes convencidos de que, más allá de la dialéctica histórica -en la que también creían-, las revoluciones no suceden, sino que se hacen.
Guevara, por más que no dudara en apuntarse a las peroratas sobre el carácter científico del marxismo, se situaba claramente dentro de este segundo tipo de comunistas.
"El deber de todo revolucionario es hacer la revolución".
Volvemos a la frase. Según él, la revolución preexiste, así sea sólo como idea; el revolucionario debe encargarse de materializarla en la realidad. Estamos prácticamente en un viaje de regreso a la caverna de Platón: las ideas no resultan de la realidad, sino la realidad de las ideas. De lo que se trata es de que la realidad las refleje.
Lo cual no tendría nada de especialmente problemático si no fuera porque la idea de revolución que tenía el Che no se limitaba a acumular generosos enunciados de principio relativos a la libertad, la igualdad o la solidaridad, sino que incluía una muy amplia maquinaria conceptual fabricada en los altos hornos de la Rusia soviética. Según su criterio, una revolución merecedora de tal nombre precisaba de un partido comunista. Y el partido comunista debía ser único. Y funcionar de acuerdo con las normas del centralismo democrático. Y había que despreciar las llamadas libertades formales. Y la economía debía estar centralizada. Y sometida a un plan preconcebido por el mando político. Y el individuo no debía considerarse importante, porque importante sólo es el proletariado y, subsidiariamente, el resto del pueblo. Y todos debían asumir la moral espartana, anti-hedonista, que él concebía como superior. Y... y muchas cosas más, algunas muy desagradables: no olvidemos que el Che era partidario de la pena de muerte y que fue en sus tiempos cuando el Gobierno cubano empezó a encarcelar a los homosexuales.
Una revolución así concebida no podía suceder: había que hacerla. Él mismo lo escribió: "No siempre hay que esperar a que se reúnan todas las condiciones para hacer la revolución; el foco insurreccional las hace surgir". Estaba convencido de que, dada una realidad de opresión y explotación, lo esencial era que alguien iniciara la rebelión. Algo que no le alejaba mucho, desde luego, de los sentimientos de Lenin, que tomó como lema el dicho ruso según el cual "una sola chispa puede incendiar toda la pradera". Una chispa puede hacer eso, sin duda, y también puede uno jugar a la Primitiva y ganar, pero también puede que no. Ni Lenin ni el Che quisieron reconocer nunca que la madera verde es escasamente combustible, y que hay muchísimas chispas que no hacen prender nada, y que a veces llueve, y que los incendios asustan a mucha gente... y, sobre todo, que existen los bomberos.
El Che, como Lenin cuarenta años antes, fue víctima de su propio éxito. Creyó que la Revolución Cubana había triunfado porque él y sus compañeros habían sabido controlar el proceso. Creyó, en cierto modo, que habían encontrado la fórmula de la revolución. Lo cierto es que, como saben muy bien los científicos de verdad, el éxito enseña mucho menos que el fracaso. En el fondo de cada humano hay un burro flautista, que cuando consigue que la flauta suene, se cree Mozart. El fracaso es mucho más aleccionador que el éxito: cuando erramos, sabemos al menos que lo que hemos hecho no vale, o por lo menos no vale del todo. En cambio, cuando acertamos nos es muy difícil saber si ha sido por lo que hemos hecho conscientemente, o por algo que hemos hecho sin darnos cuenta, o por algo que estaba en la realidad sin que nosotros fuéramos conscientes de ello, o por algo que han hecho otros y que nos ha beneficiado sin que nos apercibiéramos, o por la combinación de varios de esos elementos. Tanto Lenin como el Che dejaron caer una llama en la pradera y, tras el incendio, quisieron creer que tampoco era tan difícil ejercer de incendiario.
¿El deber de todo revolucionario es hacer la revolución? La revolución no existe. Lo que registra la Historia son revoluciones concretas, y el intento de homologarlas a la fuerza y vestirlas con el mismo uniforme ha conducido a menudo a desconsiderar lo que cada una tenía de específico. Incluyendo las aspiraciones populares específicas gracias a las cuales triunfaron.
"Crear dos, tres, cuatro Vietnam es la consigna", dejó dicho el Che en el que creo fue el último de sus escritos públicos. En su modo de ver las cosas, Vietnam -esto es, la guerra de Vietnam contra los EEUU- no era un destilado de la Historia, el efecto cruzado de muchos factores, algunos derivados del colonialismo francés, otros del modo en que Washington intentó reemplazarlo, otros de las particularidades de toda Indochina, otros de la vecindad de China, sino algo que dependía, en lo fundamental, de la voluntad de los revolucionarios. Como sabemos hoy, no sólo no se crearon otros Vietnam, sino que el propio Vietnam ha acabado derivando en algo que tiene muy poco que ver con la imagen mítica que Guevara tenía del país de Ho Chi-minh. Donde fracasaron los B-52 ha acabado triunfando la Coca-Cola.
Guevara fue un gran voluntarista. Pero no sólo en su doctrina de la revolución. También en otros terrenos. En los tiempos en que ejerció de gobernador del Banco de Cuba, primero, y de ministro de Industria, más tarde, también trató de someter las leyes de la economía al dominio del deseo.
El Che, que era un gran moralista -de una moral propia, pero moralista a fin de cuentas-, estaba convencido de que son los estímulos éticos los que deben regir la existencia: algo que, como moral personal, me merece todo la simpatía del mundo. Pero trató de conseguir que la economía cubana y sus agentes funcionaran en conformidad con ese criterio. Naturalmente, era consciente de que el estómago no se llena con estímulos ideológicos, y que los trabajadores y sus familias debían tener lo necesario para vivir. Pero se negaba a aceptar que las leyes del mercado, la oferta y la demanda y la búsqueda del beneficio económico jugaran un papel decisivo en la marcha de la economía. Apelaba al trabajo voluntario, a la entrega personal a la causa del beneficio colectivo: puesto que él podía hacerlo, ¿por qué no los demás? Su negativa a aceptar la fuerza del egoísmo en la naturaleza humana resultaba patética.
Además, en aquella época, como antes he dicho, estaba convencido de que el modelo soviético de organización económica permitía domeñar y conducir a voluntad la realidad. Pero la aplicación del modelo soviético lo que produjo fue, sobre todo, toneladas de burocracia. Los miembros del viejo PSP, el partido prosoviético de Cuba, que no habían hecho prácticamente nada para contribuir al éxito de la Revolución, se echaron sobre la nueva maquinaria estatal como buitres. Guevara los acogió bien al principio, porque hablaban su propio lenguaje. Utilizaban terminología marxista. Pero pronto se dio cuenta de que sus coincidencias eran, en el fondo, mínimas. Los planes de creación de una industria pesada se revelaron faraónicos. La producción industrial era un caos. Fidel decidió retirarle el control sobre la zafra.
El Che vivía muy alejado de la realidad de la calle, cosa de la que él mismo era perfectamente consciente. En cierta ocasión confesó: "No he ido a ninguna sala de fiestas, a ningún cine, a ninguna playa... Nunca he visitado a una familia de La Habana. No sé cómo vive el pueblo de Cuba. Sólo conozco cifras y esquemas. No veo ya a la gente sino como soldados de una batalla que hay que ganar como sea".
Este mismo enunciado, esa insatisfacción amarga, encierra ya las condiciones de su crítica. Guevara se dio cuenta de que las cosas no funcionaban. Y lo atribuyó a la burocratización, a la presencia de dirigentes y cuadros ambiciosos, entregados a su promoción personal. En lo que acertaba plenamente. A cambio, no asignó ninguna parte de culpa al dogmatismo y la rigidez de su propia concepción del proceso.
Su trabajo en común con los dirigentes prosoviéticos fue generando una profunda antipatía mutua. Los prosoviéticos -fueran de origen o de reciente cuño- no soportaban su espíritu de insatisfacción permanente, su intolerancia hacia los privilegios, su demanda constante de austeridad, sus reticencias hacia la política exterior soviética -exacer-badas tras la crisis de los misiles, en octubre de 1962, que tanto humilló al Gobierno de Cuba- y su carácter implacable.
Odiado por Washington, que lo consideraba con razón su enemigo número 1 en La Habana, recelado por Moscú y sus agentes cubanos, que no veían el modo de controlarlo, y tocado por los malos resultados de su gestión al frente de la economía, Guevara se enfrentó a una opción capital: resignarse, doblando el espinazo, o romper la baraja. Opta por romperla.
Hasta aquí he venido describiendo algunos jalones del fracaso teórico y práctico de un voluntarista. Un fracaso cuyas más llamativas expresiones coincidieron precisamente -y paradójicamente- con el periodo de su vida en el que alcanzó un más alto estatus social: ministro, supuesto número 2 de un régimen aplaudido por toda la izquierda mundial, incluyendo la intelectualidad europea, líder carismático, como se dice ahora...
Ha llegado el momento de empezar a hablar de la victoria de un hombre de voluntad, victoria que sólo logró -nueva aparente paradoja- al convertirse en un perdedor total.
Guevara se fue de Cuba en dos tiempos. Primero a finales de 1964, tras llegar a un acuerdo con Fidel Castro, que le convierte en algo así como un embajador itinerante de la Revolución. Se entrevista con los líderes de los países llamados no alineados, que guardan prudente distancia de Moscú: Tito, Nasser, Nehru... También va a ver a Mao Zedong, con cuyas opciones en materia de política internacional cada vez simpatiza más. En febrero de 1965, en Argel, junto a Ahmed Ben Bella, lanza una diatriba feroz contra la política del bloque socialista hacia el Tercer Mundo. "Los países socialistas son en cierta medida cómplices de la explotación capitalista", llega a afirmar. En privado no se recata a la hora de decir que la Unión Soviética es "una estafa defendida por un Ejército". Raúl Castro está en aquel mismo instante en Moscú, festejado por las autoridades soviéticas, que son informadas de todo y que no pierden la ocasión de quejarse. Cuando regresa a La Habana, en marzo de 1965, la bronca entre Guevara y Raúl Castro es de las que hacen época. El Che reclama el arbitraje de Fidel, que se niega a entrar en el fondo de la polémica. Tienen una larguísima conversación de la que no se sabe nada. Al cabo de unos meses, opta por abandonar nuevamente la isla. Deja a Castro una carta en la que renuncia a todos sus cargos en el Gobierno cubano. Incluso renuncia a la nacionalidad cubana. Se trata de una carta privada, pero Castro decide en octubre de 1965 leerla ante las cámaras de la televisión, lo que corta a Guevara toda posibilidad de regreso a Cuba.
¿Qué hizo a partir de entonces? En realidad, dar tumbos. Pasó un cierto tiempo en Checoslovaquia. Luego estuvo seis meses -ocho, dicen algunos- en el Congo ex belga, tratando de organizar una guerrilla con los seguidores del difunto Patricio Lubumba, entre ellos un tal Laurent Désiré Kabila. Los dejó asqueado: no había manera de meter un mínimo de disciplina en aquel grupo. En noviembre de 1966 llega a Bolivia con pasaporte uruguayo y un aspecto irreconocible: medio calvo, canoso y con gafas. Tiene la intención de utilizar el territorio boliviano, fronterizo de Argentina, Brasil, Paraguay, Chile y Perú, para montar una escuela clandestina de guerrilleros para toda América Latina.
El resto ya se sabe: su detección, persecución, detención y asesinato.
Aparentemente, nada brillante: el recorrido de una derrota.
Sin embargo, ese recorrido obstinado, que le conduce del despacho de superministro que tenía en La Habana a una incómoda selva de Bolivia, donde se debate entre el asma y la diarrea hasta que es cogido prisionero, es el que contribuye a que se siga hablando de él como un héroe.
Porque el Che se convirtió con ello, ante los ojos de cientos de miles, de millones de personas, en el símbolo del inconformismo, de la rebeldía, de la renuncia a los privilegios personales, de la resistencia a aceptar mansamente que las cosas sean como son.
Obviamente, los sectores de la juventud del 68 y los primeros 70 que tomaron al Che por estandarte tenían motivaciones bastante diferentes a las que se manejan hoy. Muchos, entonces, ponían el acento en la fe de Guevara en la lucha armada. Otros -o los mismos- apelaban a su rechazo de la coexistencia pacífica que la URSS trataba de practicar con los EEUU. Otros -o también los mismos- destacaban su distanciamiento total de las prédicas sobre la posibilidad de acabar con el capitalismo por la vía de las reformas. Hoy, hasta el enunciado de esos planteamientos resulta distante: la URSS ya no existe, en el Tercer Mundo las luchas armadas oscilan entre las guerras civiles interminables y los degollamientos de herejes, y los partidos que se dicen socialistas ya ni siquiera pretenden aparecer como anti-capitalistas: mucho menos acabar con el capitalismo, ni por la vía pacífica ni por la vía digital.
Doy por supuesto, ya sé que en los cantos que ahora se escuchan sobre el Che hay mucho de estafa, de mitomanía mercantilista. Que Hugo Banzer, el sangriento gorila boliviano de los 60 regresado a la política activa, haya asistido a un acto de homenaje al Che, o que Carlos Saúl Menem, el payaso títere de los narco-liberales argentinos, haya decidido sacar un sello de correos con la efigie de Ernesto Guevara, son muestras de la capacidad del capitalismo actual para engullirlo todo y convertirlo en mercancía: muchos que llevan camisetas con la imagen del barbudo cubano-argentino no saben ni quién fue, ni ganas. Tanto podrían llevar a Lady Di, a las niñas de Alcàsser o a Miguel Angel Blanco. Tampoco se me oculta que, si 27 productoras de cine se han mostrado dispuestas a financiar otras tantas películas sobre el Che, no es porque la industria cinematrográfica se haya vuelto súbitamente partidaria de la guerra de guerrillas. Al contrario: si se atreve a hablar de ellas es porque ya no las teme. Curiosa paradoja: él, que sentía una institiva desconfianza hacia los reporteros, lo mismo que Lenin hacia los abogados -ambos con mucha razón-, se ha vuelto sobre todo una imagen.
Pero no todo es eso, ni mucho menos. Si la figura del Che sigue fascinando a muchos es también porque representa la opción de alguien que no se dejó seducir ni por el poder ni por la fama. Porque simboliza la renuncia al éxito y la entrega a la causa de la transformación del mundo sin mística religiosa de por medio: por amor a la lucha, como razón de ser.
No son sus recetas políticas las que interesan. Ni siquiera su ideología, tomada ésta en sus elementos finales. Es su espíritu de resistencia, su internacionalismo primario, pero enormemente sincero, su voluntad de combatir hasta perecer, si no queda otro remedio.
Si tuviera que resumir su vida en una frase, elegiría ésta: fue, a la vez, el fracaso del voluntarismo y la victoria de la voluntad.
Me atrevo a decir que, si la mayoría de los que nos hemos reunido aquí conociéramos hoy a alguien que fuera como fue el Che, es muy poco probable que lo aguantáramos. Era un hombre bastante antipático, reservado... y, sobre todo, terriblemente implacable, que no se perdonaba sus debilidades y tampoco perdonaba las ajenas. Durante la Revolución, no dudó en ejecutar con su propia pistola a algún traidor. Tras la victoria de la Revolución, tampoco le tembló la mano a la hora de decidir el ajusticiamiento de varios cientos de agentes de Batista. "Era justo y había que hacerlo", decía, lacónico. En Bolivia, cuando perdió a un colaborador que le parecía inútil, escribió fríamente en su Diario: "Ganancia neta". No; no era un sentimental, precisamente.
Pero, antes de juzgar severamente ese aspecto de su personalidad, creo que sería justo que los que estamos en condiciones de hacerlo, porque tenemos la edad necesaria para ello, hiciéramos un esfuerzo por recomponer lo que fue la realidad de aquella época, y qué espíritu anidaba entre las gentes revolucionarias. El Che podía ser tal vez más, pero no pertenecía ni mucho menos a otra galaxia. Por lo menos en sus defectos.
Hizo lo que pudo. Pero, eso sí, todo lo que pudo, sin reserva alguna.
Eso es, para mí, lo más admirable del personaje.
Javier Ortiz. (18 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/18 20:00:00 GMT+1
Etiquetas:
otros_textos
comunismo
che_guevara
1997
cuba
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/18 07:00:00 GMT+2
Muchas veces me he quejado de la aburrida manía, tan celtibérica ella, de responder a las acusaciones recurriendo al pues mira que tú y al quién fue a hablar, como técnica de embarullar las cosas y desviar la atención. Me parecía un ardid detestable: las pifias de tu oponente no te eximen de las tuyas.
Pero estoy empezando a cambiar de opinión. A lo mejor esa pesadez pueda acabar convirtiéndose en algo positivo.
Veamos. Felipe González se encuentra con que la requisitoria del fiscal de la Sala Segunda del Tribunal Supremo en el caso Marey, que pone de chupa de dómine a miembros muy cualificados de uno de los Gobiernos que él presidió, puede tener una influencia muy negativa sobre las elecciones gallegas. Ante lo cual, echa mano del pues mira que tú e insinúa que «un consejero de Cultura» del PP estuvo implicado en las tramas golpistas del 23-F y de la llamada operación Galaxia, en clara referencia a Jesús Pérez Varela, que ocupa ese cargo en la Xunta gallega, que pasa por ser persona de plena confianza de Fraga y que dirigió el diario El Imparcial, por cuyas páginas merodearon reputados fascistas.
Bueno, pues Pérez Varela ya ha anunciado que va a querellarse contra el expresidente. Me parece estupendo: tendremos dos juicios por el precio de uno, que diría el otro.
Pero pongamos que ahora va Pérez Varela y aprovecha la ocasión para sacar a relucir las extrañas entrevistas que algunos dirigentes socialistas mantuvieron escasas semanas antes del 23-F con el golpista Alfonso Armada. Y que dice, también muy en la línea pues mira que tú, que hay motivos para sospechar que la dirección del PSOE, no viendo modo de quitarse de encima a Adolfo Suárez, llegó a especular con métodos de llegar al Gobierno que no pasaban exactamente por las urnas.
Imaginemos entonces que, ante eso, algunos dirigentes del PSOE -pongamos por caso Enrique Múgica y Joan Reventós- salen y dicen que bien, que ellos hablaron con Armada, pero que otros había, y muy bien situados, que estaban perfectamente al tanto de los planes golpistas de Milans del Bosch, como podría testimoniar alguna reputada vedette, que recibió la víspera del 23-F el aviso de que lo mejor que podía hacer al día siguiente era quedarse tranquila en casita.
Y así, uno tras otro, movidos por el no muy altruista deseo de quitarse el muerto de encima, se irían dejando con el culo al aire los unos a los otros.
Es una perspectiva que dista de parecerme desagradable. A decir verdad, sólo de pensar en ella se me hace la boca agua.
«Yo no tengo facturas pendientes; ellos sí», dijo Felipe González. Quiá. El sí tiene facturas pendientes: un montón. Pero hay otros que también las tienen. Esto está lleno de morosos.
Acúsense entre sí, venga. A ver si nos libramos de todos.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/18 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
pp
gal
el_mundo
1997
fraga
23f
felipe_gonzález
psoe
marey
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/15 07:00:00 GMT+2
Mi coche enfila contra la niebla en la altura, recién pasado el puerto de El Escudo. Aún es noche cerrada. Llueve. Avanzo despacio; no quiero correr riesgos.
La sintonía de la radio me llega con dificultad. La apago y pongo música.
Empiezan a sonar las notas de A country girl in Paris. Me viene a la memoria la primera vez que oí esa canción. Estaba en otra alta montaña, en la Sierra de Cazorla, aislado por la nieve. Había un grupo de desconocidos y yo bromeaba pretendiendo que eran el momento y el lugar ideales para que se produjera un asesinato a lo Agatha Christie. Se acercaba el fin de año, y John Denver salió en la televisión. Dijo que era la primera vez que cantaba esa pieza en público.
Me gustó.
Cada cual tiene canciones que le recuerdan algo, o a alguien, como marcapáginas de sus sentimientos. En mí es casi una enfermedad: todo en mi vida -cada encuentro, cada desencuentro, cada tramo, cada tropiezo- está señalado por canciones, como cicatrices de la memoria.
Algunas de ellas son obra de John Denver.
En 1968 me regalaron el Album 1700, de Peter, Paul & Mary. Lo tengo anotado: fue mi sexto LP. En ese disco estaba Leaving on a jet plane, obra de John Denver.
El convulso 1977 es para mí -fue- el año de Annie's song.
En 1979 hice un viaje en coche desde Vigo a Madrid en compañía de un buen amigo, al que llamábamos Matius. Fuimos escuchando una casete de Denver en la que había una canción titulada Matthew. Recuerdo perfectamente a mi amigo, inclinado sobre el asiento, tarareándola.
1988 fue el año de A country girl in Paris.
1977 está muerto. La persona que me regaló el album de Peter, Paul & Mary murió hace dos años. Los recuerdos unidos a Annie's song y a la Sierra de Cazorla no han muerto, pese a que los enterré vivos: quizá agonizan. Mi amigo Matius murió el año pasado.
Ya se ha disipado la niebla y es de día. Un pálido sol de otoño acaricia la meseta.
Salgo de Burgos. Conecto de nuevo la radio. El noticiario informa de que la avioneta de John Denver se ha estrellado contra el mar, en California. Dice el locutor que las autoridades temen que fuera él quien la pilotara. Era.
Se me encoge el estómago. Vuelvo a conectar el CD. Denver canta Bread and Roses con música propia. Pero ese viejo himno feminista no se me asocia a él, sino a Judy Collins, con la música de Caroline Kohsleet. Y a 1980: lo hicimos sonar a tope con las doce campanadas del año nuevo.
Supongo que si hubiera conocido a John Denver no habríamos hecho muy buenas migas. El amor desbordado por la Naturaleza no es mi fuerte. Y la pasión por los aviones, menos.
No lloro su muerte, sino los jirones de mi vida que se lleva con él a la tumba.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/15 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
jor
música
memoria
1997
burgos
antología
muerte
john_denver
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/11 07:00:00 GMT+2
Suele afirmarse que lo de menos son las ideas políticas que ETA defiende; que lo único verdaderamente intolerable es cómo las defiende.
El planteamiento es impecable. Pero, desgraciadamente, la gran mayoría de quienes dicen pensar así mienten. No es cierto que condenen a ETA sólo porque es violenta. En realidad, odian tanto el modo en que ETA defiende sus ideas como sus ideas mismas.
Es evidente.
Veamos. Si fuera realmente cierto que rechazan inapelablemente a ETA sólo por la violencia de sus métodos, deberían mostrar idéntica repugnancia hacia todos cuantos recurren a métodos criminales para promover propósitos políticos.
Elemental, ¿verdad?
Y lo mismo puede decirse de su radical condena de Herri Batasuna. Si estuviera motivada únicamente porque HB justifica, ampara y encubre el terrorismo de ETA, como suelen decir, tratarían del mismo modo a cuantos justifican, amparan y encubren cualquier otra forma de acción política criminal.
Lógico también, ¿no?
Pues no. Para nada.
Lo estamos viendo a diario. Los mismos diarios, las mismas radios y las mismas cadenas de TV que no cederían ni un minuto de su tiempo para que HB se soltase su rollo, entrevistan largo y tendido a los promotores y encubridores de los GAL, dan cancha continua a sus coartadas y hablan de sus recusaciones como si fueran iniciativas serias y no mero filibusterismo procesal. ¡Si hasta les piden sus opiniones sobre la política antiterrorista que debe seguirse!
Es radicalmente falso que para esa gente todos los crímenes sean igual de condenables. Como es pura filfa la coartada a la que suelen recurrir, cuando alegan que lo de los GAL son «cosas ocurridas hace más de diez años». Saben que las labores de encubrimiento son muy de ahora, como es muy de ahora el amedrentamiento de los testigos de cargo, como son muy de ahora las inauditas presiones a las que someten a quienes les estorban.
Se ha vuelto casi un tópico de la actualidad política decir que el PNV o EA no acaban de romper con HB «porque, en el fondo, sus posiciones ideológicas son muy próximas». Afirmaría yo lo mismo, pero al revés, sobre la mayoría de quienes emplean ese argumento: si ellos no acaban de romper con el entorno del terrorismo de Estado, si siguen tratando a los implicados en la trama de los GAL como si fueran personas honorables, y no criminales más o menos presuntos, es porque, en el fondo -y a veces incluso en la forma-, sus posiciones ideológicas están muy cerca.
Achacan al nacionalismo la culpa de lo que llaman «la ambigüedad» del PNV y EA. «El nacionalismo conduce a estas cosas», filosofan. No se dan cuenta de que también a ellos les es aplicable la reflexión: es su concepción esencialista de España la que les vuelve cómplices inconscientes de los GAL.
El negativo de cualquier cosa es la misma cosa, sólo que al revés.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/11 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
preantología
el_mundo
1997
gal
ea
pnv
eta
euskal_herria
hb
españa
terrorismo
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1997/10/08 07:00:00 GMT+2
Todos los recién nacidos son tirando a feos. Incluso los que emergen al mundo sin demasiado esfuerzo gracias a las técnicas modernas, salen arrugados y con cara de pésimo genio.
Los recién nacidos no solamente son feos; lo son, además, de modo uniforme: se parecen muchísimo entre sí. De ahí que los identifiquen con un letrerito en la muñeca. Pero eso no arredra en absoluto a las visitas que, sin sonrojo alguno, siempre afirman que son preciosos, y les encuentran peculiaridades de lo más definido: «Tiene los ojos de su padre, las orejas de su madre y las manitas de la tía Puri». Ahí es nada, la observación parcelaria. Tan sólo algunos entusiastas dan en el clavo, aunque sin querer, cuando dicen: «¡Que niño más mono!». En efecto, los recién nacidos suelen ser prueba irrefutable del parentesco de la raza humana con los primates.
Cuando nació mi hija mayor, hubo una señora que apuntó a voz en cuello que la niña tenía «unos preciosos ojos color uva», tesis que me maravilló, dado que mi hija se negaba a abrir los párpados a la realidad circundante con tenacidad que sólo podía tomarse como signo de su precoz inteligencia.
El rechazo de muchísima gente a admitir en algunas circunstancias la evidencia de la fealdad alcanza también, por razones que se me escapan, a la observación de los muertos. En casi todos los velatorios te topas con alguien empeñado en cantar loas a las virtudes estéticas del cadáver. «¿No has entrado a verla? ¡Está guapísima!», te dicen, si el fiambre formó parte del género femenino. Y si fue varón: «¡Está muy bien!». Me dejan perplejo: ¡Un muerto, muy bien! Qué cosas.
Otro género de acontecimiento en el que la tira de gente se niega ferozmente a admitir la ausencia de belleza es el de los casamientos. No hay novia fea, por definición. Ni novio que no esté «muy elegante». Ni siquiera en las bodas en las que la novia rivaliza con Picio y el novio presenta un aspecto decididamente patibulario -algo que no puede decirse de la que se pudo ver el fin de semana pasado en Barcelona, desde luego; ni siquiera de la que se produjo hace dos años en Sevilla: no voy por ahí- se aviene la gran mayoría a aceptarlo. No digo yo que en tales casos conviniera gritar a coro «¡Feos!», o «¡Espantajos!». Pero un respetuoso silencio sobre el particular podría constituir una salida intermedia muy satisfactoria.
Cito estas tres circunstancias, a las que todos hemos asistido alguna vez, para ilustrar hasta qué punto nuestra vida social está hecha a la hipocresía o, alternativamente, a la negación de la evidencia. La gran mayoría aprende tan bien a negar en determinados casos lo que ve que incluso llega a no verlo, es decir, a ver lo opuesto. Y siente que el niño es precioso, y el muerto, una belleza, y los novios, un cielo... y su líder político, fetén, y su voto, un garantía de democracia, y el futuro de España, muy prometedor.
Y es que la política es como todo lo demás en esta vida. Se ve sólo lo que se quiere ver. Diré mejor: lo que se necesita ver.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/08 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
hipocresía
jor
el_mundo
1997
preantología
boda
nacimiento
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
Siguientes entradas
Entradas anteriores