1997/10/05 07:00:00 GMT+2
Detesto las bodas. Y si son masivas, doblemente. Prefiero los funerales. Por lo menos, cuando en un funeral te dicen que la cosa es para siempre, sabes que no te engañan.
Pero es evidente que a muchos las bodas les pirrian. Y si incluyen grandes dosis de boato, prosopia y campanillas, pues más todavía.
Dicen que ayer en Barcelona no se concentró tanto gentío como el que se aglomeró en Sevilla cuando se casó la Infanta Elena. Es posible. Pero había en todo caso decenas, cientos de miles de personas.
¿A qué van? ¿Qué sentido le encuentran a levantarse un sábado de buena mañana, meterse en el bus o en el metro, plantarse en la acera de una avenida a vista de geo, aguantar el decurso de las horas bajo un sol de fuego a la espera de que pase un gran Rolls-Royce, agitar una banderita azul cuando finalmente pasa, aplaudir, gritar «¡guapa!» a la señorita que va dentro con su padre, volver a aplaudir, recoger los bártulos... y otra vez al bus o al metro, y para casa?
La pregunta no es retórica: doy por supuesto que, si lo hacen, es porque para ellos tiene sentido. Tanta gente no actúa del mismo modo porque sí.
El corresponsal de una televisión extranjera creyó tener ayer la explicación. Dijo que el suceso poseía el atractivo de un cuento de hadas: la princesa y el plebeyo, etcétera. Ingenioso, pero falso. Si la Infanta Cristina hubiera desposado a un príncipe, la cantidad de público no habría sido menor, ni mucho menos.
Escucho interpretaciones más complejas, que apelan a las lacras propias de nuestro tiempo. Según tales decires, la gente acudiría en masa a los espectáculos de este género para romper con su soledad, para sentirse integrada en un afán colectivo.
Me vale, pero sólo en parte: hace un siglo, las bodas reales también congregaban ingentes masas. Y Antonioni ni siquiera había nacido.
Tiene que haber más.
Me imagino que también actúan movidas por el deseo de participar en un suceso histórico, así sea como figurantes. Para decir el día de mañana: «Yo estaba allí». Y, sobre todo, que se sienten arrastradas por el impulso irrefrenable que lleva al niño a aplastar la nariz contra el escaparate de la pastelería: para ver cómo es lo inalcanzable.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/05 07:00:00 GMT+2
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1997/10/04 07:00:00 GMT+2
La lógica se ve cada vez más desbordada. Y yo -pobre racionalista- con ella.
Ejemplo que me tiene perplejo en las últimas horas: el Consejo General del Poder Judicial.
Veamos el caso por partes.
Parte uno: el pasado miércoles, varios miembros del CGPJ solicitan a su presidente que convoque una reunión extraordinaria y urgente del órgano en cuestión para tratar sobre unas declaraciones que Javier Gómez de Liaño ha realizado al programa La Mañana de la Cope.
Deducción elemental: han oído esas declaraciones y las consideran de tal gravedad que creen que hay que actuar sin perder ni un minuto.
Parte dos: el jueves se celebra la reunión y, oh sorpresa, el CGPJ decide por consenso, sin necesidad siquiera de someter el asunto a votación, que en las declaraciones de Gómez de Liaño no hay nada que obligue al Consejo a intervenir.
Ya digo que la culpa puede muy fácilmente ser mía, pero la verdad es que no entiendo ni papa. ¿Cómo se las arreglaron los escandalizados consejeros del miércoles para llegar a la reunión del jueves imbuidos de tan tolerante galbana?
Doy vueltas y más vueltas a la secuencia de sus actos. ¿Estarían de coña? Me parece poco probable: son demasiado adustos. ¿Tendrían mono de reuniones? Tampoco me encaja: su vocación laboral me da que no es candidata al Guinness. ¿Entonces?
Puesto a buscar una explicación a lo ocurrido -no puedo evitarlo: es mi vicio-, se me ocurre una. De ser correcta, no diría yo que deje muy bien a algunos miembros del Consejo. Pero, bueno, daré cuenta de ella de todos modos, así sea sólo para demostrar que todo, incluso lo aparentemente más absurdo, puede llegar a explicarse.
Pongamos que los consejeros que reclamaron la reunión urgente del CGPJ ya supieran que no iban a obtener nada de ella, porque tenían claro que Gómez de Liaño se había limitado a exponer una opinión, pero que forzaran la cosa nada más que para mantener al magistrado en el escenario del pimpampum, donde lo quieren quienes le tiran a dar un día sí y otro también.
Estaríamos en este caso ante una técnica de ataque parecida a la que me expuso hace años un viejo periodista. Decía: «Para acabar con el buen nombre de alguien no hace falta acusarlo de nada. Al contrario: cabe hacerlo negando que haya hecho... de todo. Un día titulas: Se desmiente que José Pérez figure en la red de proxenetismo desmantelada. Y al siguiente: José Pérez no fue detenido ayer por violación... Y cada día algo en ese plan. Y te aseguro que en pocas semanas todo pichichi estará convencido de que el tal Pérez es un crápula de tomo y lomo, sólo que muy listo, porque nadie consigue probarle nada».
Yo no sé si hay miembros del CGPJ que aplican esta técnica. Lo que sí sé es que ayer Gómez de Liaño recibió palos a mansalva a cuenta de la reunioncita vacua que ellos instigaron.
Al final no será sancionado ni por conspirar, ni por prevaricar, ni por nada. Pero le habrán destrozado. Y sus acusadores, tan campantes.
¿Que no? Al tiempo.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/04 07:00:00 GMT+2
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1997/10/01 07:00:00 GMT+2
Antes de que lo revele Ernest Lluch o de que lo cuente la Cadena Ser en las noticias de las 14:30, en ese cuarto de hora que dedica todos los días a evocar sus fantasmas, lo confesaré por propia iniciativa: yo también suelo reunirme con Javier Gómez de Liaño. Lo hacemos de vez en cuando, mesa y mantel por delante, y charlamos de nuestras cosas.
Teniendo en cuenta lo que se dice por ahí, según se entra en el kiosco en el montón de al lado, se supone que deberíamos hablar sobre todo de cómo acabar cuanto antes con la Monarquía, abolir el sistema de partidos, poner en pie un régimen presidencialista y meter a todo dios en la cárcel. Pero, unas veces por hache, otras por be, otras incluso por HB, el caso es que nuestras pláticas nunca han ido por esos derroteros tan singulares. Tal vez porque ninguno de los dos tiene mayor interés en que ocurra nada semejante.
Pongamos por caso lo de la Monarquía. No diría yo que mi pensamiento sea extremadamente monárquico -sería una verdadera exageración sostener tal cosa-, pero puedo asegurar y aseguro que no perdería ni un minuto de mi precioso tiempo -como diría el Dylan ese que canta para el Papa- en conspirar para derrocar al Rey. Más que nada porque, según veo yo las cosas, de eso tendría que encargarse el pueblo, y no parece que esté por la labor. En cuanto a Javier Gómez de Liaño, ignoro lo que piensa al respecto. Nunca hemos hablado sobre ello.
Refirámonos a lo del régimen de partidos. De eso sí que hemos charlado alguna vez, pero tampoco hemos conspirado nada. Debo reconocer que el punto de vista de Gómez de Liaño sobre tal particular es la mar de clásico: dice que hay que votar, porque si no lo haces luego no tienes derecho a quejarte, etc. Toda una afrenta para mi vena anarquista.
La verdad es que con Gómez de Liaño es dificilísimo conspirar, no ya a favor del presidencialismo -otra cosa que jamás haría yo: también detesto a los presidentes-, sino incluso en pro de asociarse a la Commonwealth -que eso sí me parecería bien, porque, en no viviendo en el Reino Unido, es de hecho como si no tuvieras jefe de Estado-. No cabe conspirar con él básicamente porque no tiene alma de conspirador.
Lo que sí tiene es una extraña creencia en la imparcialidad y la rectitud de la Justicia. Por ahí puede venirle la perdición.
Si conspirara y lo hiciera en la dirección conveniente, no tendría ningún problema. Muchos jueces conspiran. Estas últimas semanas, sin ir más lejos, ha habido algún magistrado de mucho ringorrango que ha estado en conversaciones con responsables políticos para ver qué sentencia conviene imponer en un célebre juicio que todavía ni siquiera ha empezado. Se trata de un tipejo que, en sus ratos libres, sermonea en tono campanudo sobre la independencia judicial. Nadie le dirá nada, descuiden.
Javier Gómez de Liaño jamás se avendría a semejante hipocresía.
Por eso lo consideran peligroso. Por eso le tengo aprecio.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de octubre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/10/01 07:00:00 GMT+2
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1997/09/27 07:00:00 GMT+2
Dice el título de la noticia: «Un niño se suicida después de recibir un mensaje por Internet».
Impenitente racionalista, de haberme llegado a mí el teletipo, habría pensado: «Valiente tontería. ¿Qué más da que recibiera el mensaje por correo electrónico, por correo normal, por teléfono, por fax o a grito pelado? Lo de menos es el cómo; lo de más, el qué: la chica de sus amores le dijo adiós, y él se quitó la vida». Y como suicidios infantiles hay muchos, desgraciadamente, y además el suceso se produjo en el quinto pino, pues probablemente ni siquiera me habría parecido que tuviera mucho sentido dar importancia a la mala nueva.
Con lo cual habría dado otra muestra más de mi carencia de eso que se llama olfato periodístico.
Para tener olfato periodístico hay que acertar a conectar con los centros de interés y los sentimientos de las amplias masas. Algo de lo que a menudo soy incapaz. No por aristocraticismo intelectual, sino por pura y directa imposibilidad física. Debo de tener algo raro en las neuronas, que me vuelve materialmente incapaz de sentir interés, por ejemplo, por las circunstancias que rodearon el desventurado paso al más allá de la princesa de Gales. Lo mismo me ocurre con todo lo referente a la fausta boda que se prepara en Barcelona, que he oído que va a ser televisada en algo así como 70 países. Cito este par de asuntos, pero no me costaría nada mencionar medio centenar más.
Tampoco consigo entender esta manía que le ha entrado al personal de mirar con prevención todo lo que procede de Internet.
Supongamos que un día me animo y le mando a una bella moza una carta anónima llena de procacidades. ¿Alguien consideraría que Correos es cómplice de mi reprobable acción? Otro ejemplo, éste tomado de un centro de interés muy de moda: va Carlos y le dice por teléfono a Camilla Parker que quisiera ser su támpax. ¿Por qué ningún medio informativo tituló «Pornografía monárquica en British Telecom»? Internet tiene tanta culpa de que haya quien emplee mal su red como las autopistas de que vayan por ellas conductores borrachos a 160 por hora. Internet, como las autopistas, facilita la comunicación. Los accidentes de las carreteras buenas no pueden servir de argumento para defender las mal asfaltadas.
Pero este modo de ver las cosas, estrictamente racional, tiene mal encaje en una sociedad como la nuestra, ávida de dioses y de demonios. Una sociedad que prefiere imaginar que Internet encierra toda suerte de diabólicos peligros y que eleva a los altares a las damas de la caridad. Más que nada para transferir a esos fetiches sus propios fantasmas y evitarse tener que hacerse cargo de sus propias miserias.
Alguien debería decidirse a componer el himno de la nueva Internacional del Pensamiento Unico. Sugiero que incluya una estrofa que empiece diciendo: «En dioses, reyes y tribunos está el supremo salvador...».
Javier Ortiz. El Mundo (27 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/27 07:00:00 GMT+2
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1997/09/24 07:00:00 GMT+2
A las 2:15 de la madrugada del pasado 2 de septiembre, en la prisión zaragozana de Torrero, el insumiso Enrique Mur Zubillaga se sintió súbitamente mal. Cayó de la litera gritando y empezó a vomitar y convulsionarse de modo terrible. Sus compañeros dieron inmediato aviso a los funcionarios.
No había ningún médico en la cárcel. El que avisaron se tomó tres cuartos de hora en llegar. Apareció sin ningún instrumental médico. Entretanto, Enrique Mur agonizaba. Cuando finalmente apareció una ambulancia, sólo sirvió para retirar el cadáver.
A Enrique Mur, Kike, le quedaba un mes para cumplir la sentencia de dos años, cuatro meses y un día que se le impuso por negarse a formar parte del Ejército.
Los insumisos de Zaragoza, que rechazaron de plano la hipótesis del suicidio, denunciaron de inmediato el trato recibido por su compañero. Acusaron a los responsables de la cárcel de negligencia.
He afirmado que lo denunciaron. Debería haber dicho que intentaron hacerlo. Los medios de información locales apenas recogieron la noticia. Los de mayor difusión, ni eso. Yo me enteré de lo ocurrido por un fax que me envió un objetor de conciencia el pasado viernes. El relato de los hechos que me incluía procedía de una radio libre de Zaragoza, Radio Topo. Un nombre muy consonante con el modo en que circulan estas noticias.
Esto era, como digo, el viernes. Al día siguiente se celebró en el centro de Madrid una manifestación de insumisos para protestar por la muerte de Kike Mur. Acabado el cortejo, un puñado de jóvenes se lio a pedradas y lanzó cócteles molotov contra varios establecimientos comerciales. Los medios informativos recogieron la noticia: una sucursal bancaria ardió y algún otro comercio sufrió daños de cierta consideración.
Para explicar el porqué de la bronca, los periódicos contaron las circunstancias en que Kike murió... el 2 de septiembre.
Es una historia muy triste. Y también muy desesperante.
Es inaudito que un funcionario tarde tanto tiempo en auxiliar a un recluso. ¿Qué desalmado estaba esa noche al frente de la cárcel de Torrero? ¿Cómo no reclamó de inmediato una ambulancia? Según el Cuerpo de Bomberos, la solicitud de auxilio procedente de la prisión llegó a su cuartel a las 3:11. ¡Casi una hora de retraso! Kike había muerto media hora antes.
Es también incomprensible -no sé si más, o igual- que continúe habiendo insumisos presos, sobre todo ahora que se ha anunciado que su actitud, que nunca debió tomarse por delictiva, no lo será dentro de muy poco.
Y es anonadante -para mí aún más, como periodista- constatar el recorrido que ha seguido la noticia hasta aflorar al cabo de diez días. Se trata de una experiencia que autoriza a preguntarse: si algunas injusticias sólo aparecen en los periódicos cuando las víctimas o sus amigos se lían a pedradas y tiran cócteles molotov, ¿en qué medida no se les está incitando a hacerlo?
Javier Ortiz. El Mundo (24 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/24 07:00:00 GMT+2
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1997/09/22 07:00:00 GMT+2
No he sido jamás militante ni simpatizante del Partido Comunista de España pero, primero como antifranquista activo y luego como observador y crítico de la realidad política desde una perspectiva de izquierda, he seguido con atención las actividades del PCE desde hace algo así como 34 años. No es poca cosa, me parece.
A lo largo de todo este tiempo, he visto a este partido cambiar de táctica política en muchas ocasiones, pero nunca -hasta hace unos años- de estrategia global. Cuando empecé a analizar sus meandros, Santiago Carrillo llevaba unos pocos años ocupando la Secretaría General. Estaba empeñado en la promoción de lo que llamó en un principio huelga general política, y más tarde huelga nacional pacífica. Según su análisis -que años antes ya había formulado Dolores Ibárruri desde las páginas de la revista teórica del partido, Nuestra Bandera-, el franquismo no era sino una pequeña camarilla reunida en torno al dictador, una camarilla que contrariaba los intereses de la práctica totalidad de la sociedad española. No admitía Carrillo que el régimen franquista -esto era al inicio de los 60- expresara las necesidades de determinados sectores económicos y sociales dentro de España y que fuera asimismo útil para la estrategia internacional encabezada por los EEUU. En consonancia con esta visión voluntarista de la situación española, Carrillo y los suyos propugnaban una alianza de toda la sociedad para desalojar a Franco, objetivo que planteaba como alcanzable en muy breve plazo.
Poco importó que algunos llamaran la atención sobre la superficialidad de esa pintura de la realidad. Hubo incluso quien lo hizo desde dentro de la propia dirección del PCE: fue el caso de Fernando Claudín y Jorge Semprún, que elaboraron un amplio informe titulado El subjetivismo en la política del Partido Comunista de España y que fueron rápidamente expulsados.
Ignoro en qué medida Carrillo y los suyos se creían su propio planteamiento. Lo que sí sé, en cambio, es que les venía muy bien para dejar clara su disposición a aceptar cualquier tipo de nueva realidad política que permitiera la legalización de su partido. Nadie que lea hoy el opúsculo que Carrillo escribió por aquellas fechas, Después de Franco, ¿qué?, llegará a una conclusión diferente. La dirección del PCE estaba dispuesta a lo que fuera con tal de ser admitida lo más rápidamente posible en el juego político y ponerse en condiciones de alcanzar algún Poder. Su obsesión casi única era contribuir a crear cuanto antes y a cualquier precio unas condiciones que le permitieran entrar a formar parte del establishment.
A esa línea política, subjetivista en sus formas y oportunista en sus contenidos, que se mantuvo con unas u otras variantes hasta la transición -y que llevó al PCE a participar en la creación de un marco político del que acabó siendo una de sus principales víctimas-, correspondía también un modo de actuar en la vida política. Un miembro del Comité Ejecutivo del PCE me lo describió mediados los 70 en París, en el curso de una discusión en la que trataba de convencerme de que mis planteamientos sobre la lucha antifranquista eran utópicos. Me dijo: «Desengáñate. En esto de la política hay que ser muy puta». No diré yo que su expresión fuera extremadamente educada pero, a cambio, me pareció francamente gráfica, definidora de un estilo de hacer política que, para dejar el máximo espacio disponible a los resultados, se desprende cuanto haga falta de la ética de los métodos.
Tales posiciones, características de lo que pudiéramos llamar el carrillismo, marcaron la política del PCE a lo largo del franquismo y en la transición. Y marcaron también de modo casi indeleble al conjunto de dirigentes cuya formación política se realizó en ese caldo de cultivo. Todos ellos se acostumbraron a dar muy escasa importancia al rigor teórico de los análisis o, para ser más exactos, a remedar teorías con la exclusiva finalidad de ofrecer una justificación a la política previamente decidida. Todos ellos se habituaron a ver la acción política como un método para acceder por vía urgente a parcelas de Poder. Y todos ellos aceptaron que no preguntarse demasiado por la calidad de los medios utilizados no es deshonestidad, sino mera astucia.
En el panorama actual de Izquierda Unida, ¿qué sector se muestra más fiel a la tradición carrillista del PCE? Sin duda alguna, el de López Garrido, Ribó, Guerreiro y compañía. No solo fueron entusiastas carrillistas en el pasado; lo siguen siendo también actualmente. No hay en ellos ni siquiera el intento de elaborar una estrategia de cambio social: solo la firme voluntad de alcanzar cuanto antes un lugar bajo el sol que más calienta. Y de alcanzarlo como sea, sin reparar en la calidad de los métodos. Su reivindicación de «la unidad de la izquierda», acompañada de la más férrea determinación de negarse a definir en qué consiste ser de izquierda en las presentes condiciones internacionales e internas, es una acabada muestra de su apego al estilo carrillista. Así lo certifica el mayor experto en carrillismo que hay: el propio Santiago Carrillo. Ahora ya en la órbita del PSOE, el ex secretario general del PCE no oculta sus simpatías por las posiciones de este sector. Tampoco las disimulan los más fieles representantes del carrillismo que siguen en la semiactividad, como Simón Sánchez Montero.
Frente a ellos, Julio Anguita encarna una posición que está en directa ruptura con las tradiciones del PCE. Para empezar, porque subordina la acción política a sus planteamientos teóricos (es lo que sus oponentes consideran fundamentalismo). En segundo lugar, porque no considera que tener una parcela en el predio del Poder actualmente existente sea lo más importante. Y, en tercer -pero no último- lugar, porque concede una gran importancia a la ética de los métodos.
Cada cual podrá pensar lo que quiera de la política que preconiza Julio Anguita y que respalda la gran mayoría de Izquierda Unida. De lo que no me parece que exista duda razonable es de que su estilo de hacer política representa un punto de inflexión y cambio en la política del PCE. El de Anguita no es ya el viejo PCE que durante tiempo dirigió (y condicionó) Santiago Carrillo.
Comprendo -aunque no comparto- las razones por las que Anguita sigue reivindicando el título de comunista. Eso, y una parte de su retórica, a veces un tanto decimonónica, hace pensar a muchos que sigue anclado en el pasado. Pero no es así. Son López Garrido y sus seguidores los que mejor representan el viejo modo de hacer política del PCE. Y Anguita y sus seguidores, los que han metido a su corriente política en un camino de auténtica renovación. Aún insuficiente, en mi criterio, pero renovación al fin y al cabo.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/22 07:00:00 GMT+2
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1997/09/20 07:00:00 GMT+2
Tres de cada cuatro vascos opinan que los jueces no son imparciales, según un sondeo que acaba de realizarse en Euskadi. Muchos de entre ellos consideran que en el País Vasco los jueces tienen miedo.
No seré yo quien les contradiga. Estoy convencido de que hacen legión los jueces y magistrados que actúan presionados y con miedo.
Miedo a ETA, se supone, aunque casi todos los atentados de ETA contra integrantes de la carrera judicial se hayan producido fuera de territorio vasco. Imagino que más de uno -y de dos- también se sentirá presionado por lo que los cursis llaman el entorno de HB.
Eso son obviedades. Pero cuando se habla del miedo de los jueces en Euskadi rara vez se alude a otra presión que también sufren, y que no es menos operativa. Me refiero a la presión del Poder y de quienes lo corean.
Tomemos un ejemplo reciente: el del juez de Bilbao que firmó el polémico auto sobre los incidentes ocurridos en una manifestación de HB celebrada el pasado 15 de febrero. No entro en lo bien o mal fundamentado en Derecho que esté ese auto. En todo caso, cualquier persona que lo haya leído -yo lo he hecho- sabe que es mentira lo que se está diciendo de él. No exculpa a quienes agredieron a la Ertzaintza ni pone en la picota a la Policía vasca: asegura que no ha sido posible identificar a los que la atacaron y entiende que debe examinarse si un ertzaina que disparó fuego real e hirió a un viandante actuó con la debida prudencia. A los demás ertzainas que también dispararon los exime de responsabilidad.
¿Que, pese a todo, se equivoca? Puede ser. Pero la escandalera que se ha montado a cuento de su auto es tal que difícilmente ese juez podrá examinar ahora con la debida serenidad los recursos que le han presentado. Está sometido a una enorme presión. Y sería razonable que sintiera miedo: de ratificar su criterio, será puesto a caldo por casi todos los políticos y comentaristas.
Pero vayamos más al fondo. Hay un dato que se desprende de la lectura del auto y en el que nadie, al parecer, ha reparado. Me refiero a la fecha. El juez firmó ese auto en julio. Los representantes legales del Departamento de Interior del Gobierno Vasco lo recurrieron en cuestión de horas. ¿Qué quiere decir esto? Que Juan María Atutxa supo de ese auto hace dos meses. ¿Por qué, si su contenido le parecía tan «intolerable», lo ha guardado en silencio todo este tiempo? ¿Y por qué lo ha aireado ahora?
Cuando deben instruir o juzgar asuntos con derivaciones políticas, los jueces honestos -me consta que existen: conozco alguno- se ven cogidos entre dos fuegos. En Euskadi y fuera de Euskadi. No seamos tan ingenuos de suponer que sólo ETA los atemoriza. Los anatemas de los prebostes políticos y las descalificaciones de la Prensa no matan, pero destrozan carreras. También dan mucho miedo.
Lo cual como juicio moral quizá no valga gran cosa, pero ayuda a entender el estado de la Justicia.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de septiembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/20 07:00:00 GMT+2
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1997/09/17 07:00:00 GMT+2
Está el personal que echa humo. ¡Oigan, por solo 5.000 pesetas! ¡Tropecientos canales, 3.427 películas al día (y además diarias), varios millones de dibujos animados, 876 partidos de fútbol (Segunda Regional incluida)... ¡Y hasta dicen que pondrán un botón que permitirá ver repetido lo más interesante, en el caso -improbable, bien es verdad- de que lo haya!
Es lo que en mi juventud se llamaba un salto cualitativo. Solo que entonces los saltos cualitativos no se conseguían a un precio tan módico como éste, ni siquiera considerando la peseta de la época.
Y no les digo nada lo que pueden llegar a tener si se animan y no solo se abonan a la ganga de Vía Digital, sino también al Canal Satélite Digital de Polanco: van a tener ustedes tantos canales que serán la envidia de Venecia.
Podemos estar en los albores de una transformación social de amplias -ya que no de hondas- consecuencias. Si con cuatro, cinco o seis canales de TV, los miembros de las familias españolas habían conseguido no hablarse apenas, e incluso no mirarse casi, con un centenar al alcance de la vista, el efecto aislante será ya total. Sobre todo porque, como cada cual querrá contemplar un canal diferente, acabará habiendo no menos de tres televisores por hogar, cada uno en una habitación distinta, con lo que marido, mujer y descendencia, si la hubiere, no intercambiarán ya entre sí ni siquiera las miradas de reojo y las frases cortas que se dirigen ahora, que son del tipo: «¡Será memo el tío!», «¿Pero qué haces? ¡No cambies, que estaba viendo eso!», o bien: «¿Oye, éste no trabajaba en Tele 5 hace una semana?».
A partir de la cosa digital, ni eso. No se hablarán ni se verán en absoluto (salvo en el vestíbulo, si coinciden al entrar o al salir, o quizá en la cocina, a la hora de hacer acopio de vituallas).
Hay quien considera que ésta es una perspectiva atroz. Yo no la condenaría sin pruebas. Apréciese el hecho de que una familia que no se trata tampoco puede discutir. Por vía (digital) de consecuencia, tampoco se peleará. Un matrimonio enganchado a la televisión sigue corriendo el riesgo de romperse. En cambio, si cada cónyuge se pirria por un canal diferente, el peligro de divorcio es mínimo, por no decir nulo. La Iglesia debería estudiar seriamente la posibilidad de bendecir esta nueva modalidad de atar a la gente a su hogar preservando intacto el vínculo del matrimonio, dicho sea en todos los sentidos.
Otra ventaja, y nada desdeñable, de la TV digital: con tantos canales a tiro, el personal se verá obligado a leerse páginas y más páginas de programación, lo que dará un nuevo y saludable impulso a la lectura.
Personalmente, nada de todo esto me afecta. Pero eso es únicamente porque vivo solo. De hecho, ya contaba con medio centenar de canales de TV en casa, y apenas encendía el aparato. Son rarezas propias de los que no tenemos de quién huir.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/17 07:00:00 GMT+2
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1997/09/13 07:00:00 GMT+2
Todo fue que Raimon hiciera una mención a la lucha antifranquista y ya empezaron a montarle el pollo. Se le ocurrió decir luego que considera que su lengua, el valenciano, es una variedad de la lengua catalana -una afirmación respaldada por una institución tan poco sospechosa de fanatismo pancatalanista como la Real Academia Española de la Lengua-, y la bronca subió varios grados. Ya sólo faltó que llegara el Gora Euskadi! de la pieza que cantó -un Gora Euskadi! que la censura del régimen de Franco le obligó a transformar en Gora Gora- y la olla se puso a hervir.
Algo parecido le sucedió a José Sacristán, que tuvo la osadía de recitar unos versos de Bertolt Brecht que incluyen una referencia a «los comunistas». Más bronca.
Hablo de oídas. No fui al festival. Tampoco lo vi por televisión. Me bastó con leer su anuncio para temer lo peor, y los hechos han venido a demostrar con creces que mi prevención estaba justificada.
Vengo diciendo desde julio que eso que se llama el espíritu de Ermua presenta aspectos más que problemáticos. Ahí está la prueba.
Dicen que se trata de que nos unamos todos cuantos reprobamos los crímenes de ETA, «más allá de cualquier diferencia». ¿Más allá de cualquier diferencia? Desde luego que no. No seré yo quien se una a quienes condenan esos crímenes pero jalean otros, o los disculpan, o los reprueban sólo de boquilla. No seré yo quien acepte compadreos con quienes se enfadan cuando oyen afirmar que el franquismo fue una dictadura (sangrienta, para más señas). No seré yo quien se avenga a marchar codo con codo con quienes alternan las protestas por los crímenes de ETA con los homenajes a Enrique Rodríguez Galindo.
¿«Todos a por ellos»? Si para formar parte de ese todos hay que estar en semejante compañía, que nadie cuente conmigo. Que me dejen fuera, si para integrarse en esa unanimidad hay que avenirse a una amalgama sin principios.
Se ha creado una mixtificación monumental. No es verdad que haya dos grandes bandos: ETA de un lado y todos los demás del otro. Hay más bandos. ¿De qué bando son Argote y Vera? ¿En qué bando están los que siguen venerando la memoria de Franco? No en el mío: eso puedo jurarlo.
Existen muchos bandos, y muchas ideologías -también inconscientes- y muy diversos intereses. Esta es una sociedad plural a la que se trata de ahogar en nombre de «la unidad de todos los españoles». Olvidemos esa ficción. Hay muchos modos de estar contra ETA: el del Gobierno es sólo uno. Que cada cual diga lo que crea, y déjese ya de vituperar a quien critica y de acusarle de «crispar», según la moda.
No ganamos nada haciendo un totum revolutum en el que los demócratas tengan que confundirse con los fascistas y los defensores del terrorismo de Estado.
La unanimidad no es un valor, sino una maldición. Una sociedad unánime es una sociedad huera.
Menos unidad y más ideas.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/13 07:00:00 GMT+2
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1997/09/10 07:00:00 GMT+2
Ya he expresado en alguna otra ocasión la admiración que me producen los muchos dirigentes políticos y comentaristas de actualidad que saben a la perfección lo que piensan y desean los ciudadanos de a pie, también conocidos como personas corrientes y gente normal. Dicen: «Los ciudadanos de a pie esperan...» y a continuación entran en detalles de una precisión pasmosa. Ayer le oí soltar a uno, muy serio: «Los ciudadanos de a pie esperan que Aznar convenza a Arzalluz...». Vaya con los ciudadanos de a pie. Qué politizados están. Y cómo confían en Aznar.
Me encantaría poseer esa fina capacidad perceptiva, pero ni Dios ni mis padres tuvieron el detalle de concedérmela. Por no saber, ni siquiera sé qué es un ciudadano de a pie. En la madrugada del lunes, escuché a Severiano Ballesteros decirle a José María García: «Yo soy una persona de a pie». Me dejó perplejo. La última vez que lo vi fue en un cruce de carreteras de Cantabria, y conducía un precioso Mercedes Benz. Me pareció una persona de a pie, sí, pero en el acelerador. (El célebre golfista se quejó amargamente también ante José María García porque durante dos años llevó una gorra con la leyenda Spain under the Sun y lo único que recibió a cambio fue, según recalcó, «un reloj de 2.500 pesetas». Debieron enviárselo con el precio puesto. O quizá lo hizo tasar).
Mucho antes de constatar las diferencias que existen entre mi persona y la del gran Severiano Ballesteros -sin ir más lejos: a mí no me molestaría nada que me regalaran un reloj de 2.500 pesetas pero, a cambio, jamás me pondría una gorra con el lema Spain under the Sun-, ya me temía yo que lo de ciudadano de a pie no iba por mí. Y no porque deteste andar -que también-, sino sobre todo porque nunca estoy de acuerdo con las opiniones y aspiraciones que, según los expertos en gente normal y ciudadanos de a pie, tienen éstos.
¿Será que yo soy muy raro? No lo pongo en duda: un tío que se pasa el día metido en un despacho («Medio a oscuras», me acaba de decir Pedro J. Ramírez, que me ha interrumpido mientras escribía esto) urdiendo opiniones sin parar y escuchando a Mary Coughlan, Christy Moore, Leonard Cohen, Charlie Haden, Mísia y gente así, un poquitín raro sí que parece. Pero es que la excepción no es sólo la mía: nadie entre la gente que conozco, y no es poca, encaja en el retrato del ciudadano de a pie que cada día nos sacan a relucir esos políticos y comentaristas.
También es casualidad.
Claro que hay otra posibilidad: que no exista ese unidimensional ciudadano de a pie del que hablan. Que tan gente normal sea la que opina A, como la que cree que es mejor B, como la que sostiene que lo ideal es C. Y que la una defienda A porque le conviene, y que las otras prefieran B o C por lo mismo: por variedad de intereses, en suma.
Porque lo que me cuesta mucho creer es que toda la gente normal sea, como pretenden los que la invocan sin parar, uniformemente reaccionaria.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/09/10 07:00:00 GMT+2
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