La altiva Casa Real británica, al dictado de los diarios. La Reina, obligada a humillarse ante Diana. «Ah, la todopoderosa Prensa», dicen. ¡El cuarto poder, elevado a primero!
Recuerdo otro suceso quizá menos chirriante, pero aún más simbólico. La llamada Operación «Restaurar la Esperanza» de las Fuerzas Armadas de los EEUU en Somalia se puso en marcha justo a la hora del inicio de los grandes telediarios. Los marines estuvieron esperando, cual extras de cine, a que se les diera la orden: cámara, acción. ¡El ejército más temible de la tierra, obedeciendo a la TV! ¿No es la mejor muestra del imperio de los medios de comunicación?
Así parece deducirse. Pero no es verdad. O no del todo.
Es cierto que la Prensa tiene mucha fuerza. Puede precipitar guerras y lograr que se detengan, poner y derribar gobiernos, acabar con grandes prestigios y prestigiar perfectas mediocridades.... Pero no en cualquier circunstancia. Su poder es condicional. Sólo se vuelve operativo cuando apunta en la dirección conveniente: cuando acierta a responder a las apetencias -a veces latentes, imperceptibles- de grandes masas de la población. Entonces, sí. Cuando se sube a la marea popular, hasta es capaz de convertirla en maremoto.
La formación de esas mareas no es sencilla. Hoy en día, en las simplonas -pero complejísimas- sociedades de nuestro entorno, la aparición y el auge de los estados de opinión son el fruto de la confluencia de tantos factores -los propios medios de comunicación entre ellos, por supuesto- que a menudo resultan impredecibles. Lo cual contrasta -puede parecer contradictorio, pero no lo es- con la intensidad que esos estados de opinión son capaces de alcanzar en muy poco tiempo, como ha ocurrido ahora en Gran Bretaña tras la muerte de Lady Diana Spencer.
El periodismo amarillo -el de verdad amarillo: el que sigue las pautas de los diarios británicos de formato tabloide- se ha dedicado de siempre a olfatear las apetencias subterráneas de la población menos cultivada y a darles alimento, por no decir carnaza. Pero la Prensa llamada seria estaba educada en otro estilo: en el de quien cree que su deber es informar y proporcionar análisis, sin ceder a la demagogia.
Eso es lo que está cambiando. La frontera entre los dos tipos de periodismo tiende a borrarse, tal vez porque la incultura también se está democratizando. Los análisis no interesan: sólo el espectáculo. Los hechos no se estudian: se miran. Las televisiones han sido las primeras en atravesar esa frontera, y están encantadas haciendo caja. Los periódicos serios se resisten a subirse a ese tren, pero tampoco quieren perdérselo.
Es errónea la idea de una Prensa todopoderosa, capaz de manejar a las masas a su gusto. Las sociedades actuales son dóciles y conformistas, pero también tiránicas e insaciables. Engullen ansiosamente las noticias, pero no las digieren. Es como si también ellas tuvieran bulimia.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de septiembre de 2012.
Por oscuras razones -suele ocurrir de noche-, siempre hay en las fiestas domésticas -por lo menos en las que a mí me tocan- algún exrojo que se aferra a la primera guitarra que pilla y se empeña en amenizar la noche -es un decir- entonando las canciones anti que aprendió a acompañar cuando era persona de anti, y no de pro.
Así las cosas, me pregunto por qué no continúan combatiendo, si tanto les va el espíritu de lucha. Me lo pregunto y me lo respondo rápidamente: siguen combatiendo, solo que del otro lado. A veces sin darse siquiera cuenta.
Hace unos días fui víctima de un tipo de ésos. Aferró la guitarra y, tras bramar con problemática ferocidad ¡Ay, Carmela! y Santa Bárbara bendita, se pasó a unas coplillas que gozaron de enorme predicamento en los años 60 entre las gentes antifranquistas, servidor incluido. Según las iba recitando el menda, fui dándome cuenta de su perfecta estupidez (me refiero a la de las coplas: la del cantante es otro cantar).
Decía una de aquellas coplas: «¿Qué culpa tiene el tomate / que está tranquilo en la mata, / si llega un hijo de puta / y lo mete en una lata / y lo manda pa Caracas?». Me da que no vale la pena entrar en el análisis de tan sesuda crítica de la industria exportadora.
Otra: «¿Cuándo querrá el Dios del cielo / que la tortilla se vuelva, / que los pobres coman pan / y los ricos mierda mierda?». Vaya con el Robin Hood trovador: su aspiración máxima era... que los pobres comieran pan. ¿Y para qué quería que la tortilla se volviera? ¿Para zampársela él? Por no hablar de su interés por convertir a los ricos en coprófagos: se suponía que el objetivo era redistribuir la riqueza, no gibar el estómago de nadie.
Prosiguió el vate: «El dueño de nuestra mina / se ha comprado una romana / para pesar el dinero / que toítas las semanas / les roba a los mineros». Tampoco aquí su nivel intelectual se alzó a gran altura. ¿Para qué diablos querría el dueño pesar el dinero? Contarlo -por definición- le traería más cuenta.
Mientras el agitador de ocasión seguía aporreando la guitarra, recordé otra copla política mucho más inteligente y, en consecuencia, de plena actualidad. Decía: «Es la virtud del trabajo / la desdicha del obrero, / que el que trabaja no tiene / tiempo de ganar dinero». No diré yo que la copla en cuestión fuera extremadamente combativa, pero a cambio resultaba profundamente analítica: Rudolf Hilferding escribió todo un tocho sobre el capital financiero y no lo definió ni mejor ni, desde luego, con más gracia.
Le pedí a mi trovador de añejas militancias que la cantara. Pero ni siquiera la conocía. Se ve que, como a tantos jóvenes antifranquistas de los 60 que ahora ejercen de viejos burócratas, le iba bastante más la embestida que la reflexión, y el insulto que la ironía.
Están contentos. Han logrado lo que pedían cantando: la tortilla ya se ha vuelto. Gracias a ello -y a ellos-, ha podido comprobarse que, una vez vuelta, la tortilla tiene un aspecto asombrosamente similar.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de septiembre de 2011.
A decir verdad, no tenía la menor intención de escribir sobre la muerte de Diana Spencer. No porque no sepa sobre la materia -después de tres días, tendría materia como para redactar una tesina-, sino porque el asunto no me interesa gran cosa. Como canta Leonard Cohen en Chelsea Hotel, uno no puede ocuparse de cada petirrojo caído.
Me he decidido a hacerlo sólo después de una corta conversación que tuve ayer con un compañero de Redacción.
-Mi hijo me ha recibido hoy diciéndome: «Los periodistas habéis matado a Lady Di» -se quejó.
-Dile esta noche cuando llegues que el conductor iba borracho -le respondí yo.
-Da igual. Entonces me dirá: «Los borrachos habéis matado a Lady Di».
La mayor parte de la gente tiene necesidad de encontrar un culpable concreto para las desgracias, como modo de no verse obligada a pensar en su propia parte de culpa. Le da igual incurrir con ello en las más groseras contradicciones. No le importa que se le haga ver qué extraña sensibilidad es la suya, que llora amargamente la muerte de esta señora y no se estremece un pelo por los cientos de degollados de Argelia, sin ir más lejos. A fin de cuentas, el tiempo que ha vivido Diana Spencer lo ha vivido primero a cuerpo de reina y luego como un pachá, en tanto las víctimas de Argelia llevaron una vida de mala muerte antes de que les dieran una muerte de mala vida. Pero a quién importa eso.
Nuestra sociedad -cualquier sociedad como la nuestra- vive cómodamente instalada en los más apabullantes absurdos. Los propios adoradores de la difunta Diana Spencer lo evidencian sin parar: de un lado, denostan a los paparazzi y les acusan de ser los causantes de la muerte de la princesa; del otro, devoran los diarios, revistas y programas de TV que se hacen sobre ella y que, en buena medida, están fabricados... con lo obtenido por «esos carroñeros». Que yo sepa, carroñeros son los que comen carroña, no los que la proporcionan.
Se trata más bien de una cadena trófica. Cada eslabón se alimenta del anterior y nutre al siguiente. Se necesitan mutuamente.
En sus años de folk singer, Bob Dylan escribió una canción titulada ¿Quién mató a Davey Moore? El tal Moore fue un boxeador que cayó fulminado en el ring en medio de un combate. Alguien pregunta quién es el culpable, y todos van disculpándose: «Yo no», dice el árbitro, al que le hubieran armado la gran bronca si interrumpe el combate. «Yo no», dice la multitud, que había ido a ver un espectáculo y nada más. «Yo no», protesta el representante, y añade: «Si estaba enfermo, debió decírmelo». «Yo no», dice el de las apuestas, que además perdió dinero con él. «Yo no», dice el cronista deportivo, que recuerda que también en otros deportes se muere. «Yo no», dice el otro boxeador, que si le pegó fue porque necesitaba el dinero.
Davey Moore fue sólo un producto de consumo. Diana Spencer, otro.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de septiembre de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de septiembre de 2012.
Sociólogos, expertos en socio-psicología, antropólogos e historiadores vienen desde tiempo inmemorial dedicando ingentes esfuerzos a analizar la especificidad cultural de lo español.
Hasta hace unos años, miraba yo ese afán con total escepticismo: estaba convencido de que nada hay de común e inmanente en el modo de ser de la celtibérica grey.
Así de lejana veía yo la cosa, y de seguro que seguiría en mis trece de no ser porque un buen día, de súbito, me topé con un análisis excepcionalmente penetrante y riguroso que no me dejó más salida que desechar mis dudas y pasar a considerar como un hecho objetivo la existencia de lo español.
-Este país es de coña -dijo Nicolás Redondo en el curso de una conferencia de prensa.
-¡Eureka! -exclamé yo, que estaba friéndome un filete en la cocina de mi casa. Me sentí cual nuevo Pablo de Tarso, iluminado por la súbita visión de la verdad absoluta y por la llama del gas.
De entonces a hoy, no hay día que la observación de la realidad no me confirme el estricto valor científico de lo que bien podría denominarse el principio de Nicolás Redondo (padre).
Anteayer, sin ir más lejos, tuve dos llamativas muestras de que, en efecto, este país es de coña.
La primera me la proporcionaron conjuntamente un miembro del Consejo General del Poder Judicial y el portavoz de una asociación de fiscales. A ambos les escuché por la radio decir que no se puede ir por la vida como Julio Anguita, lanzando acusaciones de presunta delincuencia, porque tal cosa... puede ser constitutiva de un delito de injurias. O sea, que les parece pero que muy mal que se diga que José Augusto de Vega es un presunto delincuente, pero ellos, a cambio, lo pueden decir de Anguita sin cortarse un pelo. Qué gente tan desenvuelta.
Tampoco está mal la llamada Sala de Vacaciones del Supremo. Según la escueta nota que esta dio a conocer, «las opiniones vertidas y las informaciones difundidas» sobre la cita del TC alterada por De Vega «pueden poner en peligro la credibilidad y la confianza de la que deben gozar los tribunales de Justicia». Curioso razonamiento. De Vega podrá ser muchas cosas, seguro, pero no «los tribunales de Justicia». Es tan sólo miembro de uno. Y el cambio de la cita del TC fue cosa exclusivamente suya: a sus dos compañeros de Sala lo único que cabría reprocharles es que le creyeran.
Si es que resulta de puro sentido común. ¿Quién menoscaba más la credibilidad de los tribunales: el que se asombra de que un magistrado introduzca falsedades en un auto, o el que quita importancia a la cosa y, como Emilio Olabarria, afirma tan tranquilamente que «no es infrecuente» que los autos incluyan citas incorrectas? Si lo hacen con frecuencia, ¿cómo creer en ellos?
Pelillos a la mar. En este país no importa qué se hace, sino quién lo hace. Y si él que lo hace tiene bula, aquí paz y después gloria.
Me reitero: es de coña.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de mayo de 2013.
Pocos esfuerzos le habrán resultado tan rentables al PSOE como el que realizó el año pasado para lograr que José Augusto de Vega fuera nombrado presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo.
Hubo más de un ingenuo que no entendió que se designara para ese puesto a un juez que estaba a un tiro de piedra del retiro. No sabían que, como muy bien subrayó con relación a otras historias el actual vicepresidente para Asuntos Económicos, Rodrigo Rato, «para algunos, un año es solo un año pero, para otros, un año son doce meses». José Augusto de Vega aprovecha el tiempo como pocos. En el corto espacio que lleva en el cargo, ha sido pieza clave en la decisión de no llamar a declarar a Felipe González por el caso GAL, en la de exculpar a Narcís Serra por el llamado informe Crillón, en el rechazo del sumario por el uso ilegal de fondos reservados del Ministerio del Interior en tiempos de Barrionuevo y Corcuera... y ahora, en la anulación del acta de acusación del PP contra Galeote y otros imputados en el caso Filesa. Como diría Pedro Osinaga, en frase no menos feliz que la de Rato: «No está nada mal, no está nada mal».
José Augusto de Vega proclamó hace un par de años: «Me siento liberal y progresista». Y no digo yo que no sea así. Tal vez sea liberal y progresista cuando se sienta. Pero, cuando ya lleva un cierto rato sentado, nada le impide retornar a las querencias de los tiempos en que llevaba una banderita de España en la correa del reloj, como solían hacer ciertas personas de ideología asaz caracterizada. Aunque tal vez tuviera tal costumbre por un hábito adquirido durante los muchos años en que, ejerciendo como juez bajo el franquismo, se vio obligado a disimular su verdadero talante, netamente liberal y progresista. Y a fe que lo disimuló bien: nadie se apercibió de que lo tuviera.
También dijo no hace mucho: «En mi despacho nunca ha entrado la política». He aquí otro aserto que tampoco le discutiré, sabedor como soy de que la política, como tal, no se desplaza. Otra cosa son los políticos. Estos, además de visitar despachos, tienen teléfonos. Como aquel que usó Juan Alberto Belloch el día en que De Vega discutía con sus compañeros del Supremo sobre el asunto de los fondos reservados, tratando de persuadirles de que no había delito alguno de por medio. Entró en la sala un ujier y le dijo: «Perdone, don José Augusto. Le llama el ministro de Justicia: quiere saber si sigue esperándole...».
Antes de que concluya su paso fugaz pero intenso por la Presidencia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, José Augusto de Vega tiene por delante otro reto más: presidir el juicio por el caso Marey. De su extrema habilidad para tratar la jurisprudencia y desenvolverse en las turbulentas aguas procesales cabe esperarlo todo. A mí, lo que es, no me extrañaría lo más mínimo que acabara estableciendo que Segundo Marey nunca existió. Que ha sido otra invención más de la prensa amarilla.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de agosto de 2011.
El mundo de la comunicación y sus aledaños se están llenando de gente desagradable, desabrida y pendenciera. Maleducada la ha habido siempre: pocos gremios tan dados a dar voces y codazos, no sólo para trepar camino de la cumbre profesional, sino incluso para coger una croqueta en un cóctel. Pero lo de ahora es diferente. Antes, los malos modos se reservaban para los comportamientos personales. Ahora se han convertido en un género periodístico. Se exhiben con total impudicia.
Comprendo los sectarismos. Me hago cargo de que alguien que trabaja para un determinado medio puede sentirse predispuesto a defender furibundamente los intereses de su patrón, no sólo para caerle en gracia, en vistas a una eventual promoción, sino también por un reflejo instintivo de autodefensa del puesto de trabajo. Entiendo igualmente, en consecuencia, que ese mismo alguien albergue sentimientos poco caritativos hacia las empresas rivales y, eventualmente, hacia los políticos que sintonizan más con ellas. No me parece bien -en cuestiones ideológicas prefiero el independentismo- pero, bueno, puedo entenderlo. Por lo demás, es algo que siempre ha ocurrido.
Pero, hasta hace algún tiempo, ese sectarismo se ocultaba de la vista del público. Ante los lectores -en el caso de la prensa escrita- o ante la audiencia -en el de la radio y la televisión-, los periodistas mostraban sus mejores modos, dándose un aire de displicente imparcialidad. ¿Que era falsa? Sin duda. Pero no del todo: para poder darse esos aires, tenían que poner sobre la mesa, ya que no una imparcialidad total, unos mínimos de imparcialidad.
Son esos mínimos los que están desapareciendo. Adiós a la información, viva el mitin.
Hay casos que claman. Está el director de un informativo radiofónico que dedica un espacio diario fijo a poner a caldo al supuesto tándem Gobierno-Telefónica sin conceder jamás a esta última el derecho de réplica. Otro, desde otra cadena, no deja pasar día sin largarse una encendida parrafada contra Anguita, tal vez temeroso de que su audiencia se relaje y deje de mirar con malos ojos al dirigente de IU. Hacen legión los que se han especializado en rebuscar hasta debajo de las piedras para encontrar cada día algo parecido a una noticia que les permita seguir maldiciendo a quienes se oponen a su bandería.
Se dice que las opiniones son libres. Habría mucho que discutir sobre eso: obsérvese con qué rapidez han cambiado de opinión los librepensadores de Antena 3. En todo caso, libres o atadas, no estaría mal que fueran menos, menos fanáticas y, sobre todo, que no sustituyeran a la información. Porque ocurre cada vez con más frecuencia que los informadores, en sus prisas por comunicarnos lo muy a favor o en contra que están, se les olvida contarnos de qué.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de agosto de 2010.
En una época en la que creía que sabía algo sobre las relaciones de pareja, hace muchos años, escribí -y lo que es peor: publiqué- un libro sobre (contra) el matrimonio. Cuando lo hojeo ahora, me asombra la gran cantidad de consejos que por entonces me atrevía a impartir, con aplomo verdaderamente envidiable, entre mis sufridos semejantes.
Hoy en día ya no estoy seguro de casi nada, y aún menos en tan resbaladiza materia. Pero hay una recomendación que hacía en aquel opúsculo que no sólo me sigue pareciendo válida, sino que, si hubiera de volver sobre ella en el presente, la formularía de modo todavía más tajante: «Cuando una relación sentimental llega al umbral de la ruptura, lo mejor es cruzarlo cuanto antes. Sin miramientos. Incluso sin explicaciones. Cortar por lo sano». En efecto: nada degrada más, nada envenena más, nada desune más a los integrantes de una pareja en crisis que los debates inacabables sobre quién falló, cuándo y hasta qué punto. Al final rompen igualmente, pero con saña, con hastío, incluso con odio. O sea: lo mismo, pero en peor.
El paso del tiempo no sólo me ha llevado a ratificarme en esta idea, sino también a comprobar que es de aplicación también en otro tipo de relaciones, además de las amorosas. En las políticas, sin ir más lejos.
Obsérvese el caso, realmente ejemplar, de Izquierda Unida. Hay en ella dos grandes bandos: el integrado por los López Garrido, Ribó, Guerreiro, etc., y el de la mayoría, que apoya a Anguita, y en el que no está sólo el PCE -gente del PCE hay en ambas posiciones-, sino también otros partidos de la coalición y bastantes independientes. Que unos y otros están abocados a romper es, por lo menos para los que vemos el conflicto desde fuera, evidente a más no poder. No ahora: ya hace años. ¿Por qué diablos no lo dejan de una maldita vez?
Tal vez la explicación haya que buscarla retomando el símil de las relaciones sentimentales. Hay veces en que uno de los miembros de la pareja se resiste ferozmente a la ruptura porque, aunque lleve fatal la convivencia, no concibe su vida en solitario. Otras veces la razón es bastante más arrastrada: se niega a aceptar la separación por temor a perder el estatuto material y/o social del que goza gracias exclusivamente a su pareja.
Me da que es un sentimiento de este género el que empuja a los López Garrido y compañía a aferrarse a Anguita. Saben que, en tanto le estén montando el número a diario, serán alguien y aparecerán en los papeles. Desligados de IU, no interesarán lo más mínimo.
Lo que se entiende peor es que Julio Anguita lleve tanto tiempo aguantando ese bodrio de relación. ¿Le preocupa que el vecindario se escandalice y exclame: «Qué pena, con lo buena pareja que hacían»? Pierda cuidado: en su caso, como en el de tantas parejas mal avenidas que no se separan ni a la de tres, lo que escandaliza al vecindario son sus inacabables broncas.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de agosto de 2012.
El Mundo relató ayer el fondo de la conversación telefónica que mantuvieron Bayo y Galindo poco antes de que aquél se decidiera por fin a cantar. Relató el fondo, ya digo, pero no la forma. No contó -éste es un diario muy púdico, en realidad- que Felipe Bayo empezó la plática con un sonoro: «¡Escucha, Galindo, hijo de puta!».
Yo tampoco soy nada dado a escribir palabras malsonantes -ni siquiera a decirlas-, pero en este caso me parece que interesa dar cuenta de ellas, porque el insulto forma parte esencial del escenario. En efecto: que un simple número, un guardia civil de base, se permita dirigirse a un general en términos tan gruesos, y que el general no le responda con una voz de aquí te espero o le cuelgue el teléfono después de devolverle el insulto multiplicado por mil, resulta de lo más clarificador. Demuestra que el general en cuestión tenía miedo de que su interlocutor se enfadara todavía más.
Menuda escena: todo un general, cargado de medallas y honores, sumiso ante el desplante de un agente.
Siempre he denostado a quienes dicen que lo peor de los GAL no es lo que hicieron, sino lo mal que lo hicieron. Como si matar sin dejar rastro fuera estupendo. Pero eso no quita para que esté de acuerdo en que lo hicieron de rematada pena. Es obvio que se veían tan seguros, tan inmunes, tan protegidos a todos los niveles -insisto: a todos-, tan blindados por los poderes del Estado, que ni siquiera se les pasó por la cabeza que debían tomar precauciones. De modo que apenas tomaron ninguna. Se lanzaron a la guerra sucia en alegre tropel, cada cual por su cuenta, rivalizando unos servicios policiales con otros, prescindiendo de coordinarse, metiendo en danza a la intemerata de gente, olvidando las normas más elementales de la clandestinidad.
Se atrincheraron en un castillo de naipes. Para que empezara a caerse, bastaba con que alguien diera el soplo. Fue lo que pasó.
Nos tocó asistir entonces al bochornoso espectáculo de unos jefes que, para tratar de salvarse ellos, optaban por sacrificar a los más parias de sus subordinados: Amedo y Domínguez primero, Dorado y Bayo después. Unos jefes felones que, para más recochineo, se permitían largar luego pomposas peroratas públicas sobre su honor, su sacrificio abnegado y sus servicios a la Patria.
En ambos casos ha acabado por ocurrir lo mismo. Es probable que Bayo no sea precisamente Einstein, pero sabe sumar dos y dos. Igual que Amedo hizo la suma, la ha hecho ahora él. Y ha comprendido que las promesas que le hicieron para que aceptara el sacrificio eran filfa. Que sus jefes siguen fuera, y él dentro, y para rato.
Entiendo los insultos de Bayo a Galindo. Lo que no entiendo -o sí, pero me parece mal- es que tuviera que llamarle por teléfono para soltárselos. Debería poder decírselos a la cara. En el patio de la cárcel. De preso a preso.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de agosto de 2010.
No sé si será por la sequía informativa -que no la otra- propia del agosto, pero el caso es que tenemos los noticiarios llenos de criaturas: la que se quería emancipar para que no se la llevaran a Tenerife, las del garbeo lusitano, las del Raval... Me han hablado de otra que tampoco es manca: un guaje yanqui de 13 años, que ha dejado embarazada a su profesora. «No conocemos a nuestros hijos», oigo que dice en la tele un padre apesadumbrado.
Yo sí los entiendo. Básicamente, porque tengo buena memoria, y me acuerdo de cuando era crío.
Para comprender a los niños, lo principal es olvidarse de todos los tópicos que hablan de la inocencia infantil. Los niños no son buenos. Por el contrario, suelen ser brutos, egoístas, desconsiderados, crueles y arbitrarios. Y muchos, además, obsesos sexuales. Si a menudo no lo parecen, es únicamente porque aprenden pronto a disimular.
Precisamente por eso hay que educarlos. Educar es reconducir. Una buena educación no parte de la idea de que el niño -o la niña- es tanquam tabula rasa in qua nihil est depictum -o sea, cual pizarra en la que nada hay escrito, según reza el tópico aristotélico-; por el contrario, el educador -todos los adultos lo somos en una u otra medida- debe dar por hecho que los niños son pequeñas bestias que deben ser domadas. Un amigo mío sostiene la tesis de que los niños son fascistas. Es una formulación tajante, sin duda, pero correcta en el fondo, siempre que hablemos del fascismo como concepción del mundo. La gran ventaja que tienen los niños con respecto a la inmensa mayoría de los fascistas ya creciditos es que pueden ser convencidos, a base de amor y paciencia, de las ventajas de la libertad, el respeto hacia los demás y la tolerancia.
Tomar a los niños -no digamos ya a los adolescentes- por cándidos e inocentes querubines es un modo prácticamente infalible de llevarse morrocotudos chascos con ellos. Cuando leí que el padre de una de las dos chavalas de Carabanchel aseguraba: «Mi hija nunca haría una cosa así», me entró la risa. La misma que me vino ayer cuando ví el Código Etico que ha elaborado la Asociación de Telespectadores y Radioyentes, en el que se lee: «Los padres deben saber que cualquier espacio que incluya erotismo, sexualidad, violencia, maldad, masoquismo, delincuencia, racismo, etc., no es apto para sus hijos pequeños». ¿Y a qué atribuirán estos señores el éxito imperecedero de cuentos como el de Caperucita, la Cenicienta y Blancanieves? ¿Y el de las películas de Walt Disney? Quita a tu nene su dosis de maldad, violencia y erotismo imaginarios, impídele sublimar esas pulsiones... y tranquilo, que ya te enterarás de los efectos. Aunque quizá cuando te enteres sea ya tarde y tengas que buscarle un buen abogado.
«El tío Pelotillas / mató a su mujer, / la hizo mil pedazos, / la puso a cocer; / la gente que pasaba / olía a albondiguillas, / pero era la mujer / del tío Pelotillas». ¡Ele! Lo cantábamos a pleno pulmón y con entusiástica saña nosotros de niños.
Los de ahora son por el estilo.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de agosto de 2012.
Han hecho falta años y años de broncas y más broncas, todas con fecha y escenario fijo -15 de agosto por la tarde, en el Bulevar y la Parte Vieja donostiarras- para que un político reparara por fin en lo obvio: la procesión de La Salve es absurda. El feliz hallazgo corresponde al alcalde de mi pueblo, el elorcista Odón Elorza, que la calificó ayer de «anacronismo». Bien por don Odón. Se habrá quedado calvo también detrás de la oreja.
No sé si valdrá la pena pegarse por algo en esta vida, pero no desde luego por una procesión cívico-religiosa. A decir verdad, yo me he pegado durante mucho tiempo -en sentido figurado: no tengo media bofetada- por todo lo contrario: me parece fatal mezclar lo cívico con lo religioso. Más que nada por el aquél de que el Estado laico sea laico. ¿A cuento de qué la ofrenda anual de España al apóstol Santiago? ¿Qué diablos pintan las autoridades políticas en el Corpus toledano? ¿Y las pamplonesas en el Riau-Riau?
Cuando un edil bilbaíno propuso allá por los años 20 que la capital vizcaína entronizara el Sagrado Corazón de Jesús, Indalecio Prieto, que ejercía a la sazón de político por aquellos lares, se opuso radicalmente: alegó que nunca rendiría honores a una víscera. Muchos lo tomaron como una falta de respeto. Pero la falta de respeto estaba en la propuesta. Las creencias religiosas, en una sociedad laica, deben quedar fuera de la vida política oficial. A ver si de una vez se entiende que resulta tan criticable violentar las creencias como herir las no-creencias.
Que no haya procesión de La Salve. Y si, de paso que se acaba con esa absurda mezcla itinerante de políticos y eclesiásticos, se evita una trifulca, pues miel sobre hojuelas.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de agosto de 2011.