1997/08/09 07:00:00 GMT+2
He perdido ya la cuenta de las interpretaciones que circulan sobre todo lo que expresó, reclamó, exigió y puso de relieve «España entera» en las masivas manifestaciones del mes pasado, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Ayer recibí la carta de un señor de Alicante que me reprocha no haber entendido el mensaje unánime popular. Lo hace por la brava: «Es usted un perfecto gilipollas», empieza su misiva. ¿Y eso? Según él, tengo demasiados reparos y demasiada deontología («deontología gilipollas», precisa). «Ya Sartre hablaba de que hay que mancharse las manos», añade.
Así que, según este amable lector -que se despide de mí con un franco «Memo, más que memo»-, lo que pidió «España entera» es ir a por ETA sin tanto reparo, tanta deontología y tanta mandanga.
Hacen legión, para estas alturas, los que saben positivamente qué reclamó «España entera». Lo saben incluso con un pasmoso grado de precisión. Francisco Bueno Arús, secretario general técnico del Ministerio de Justicia, afirmó el miércoles que la reducción selectiva de la edad penal de 18 a 16 años también forma parte del lote de lo que exigió «España entera». Cómo envidio su capacidad de exégesis.
Nótese que la práctica totalidad de cuantos saben a ciencia cierta qué trató de expresar en julio «España entera» coinciden en que lo que el pueblo quiere, en suma, es mano dura: leyes más severas, penas más altas, ilegalizaciones, censuras... Debo de ser muy memo, en efecto, porque, si bien seguí con mucha antención las transmisiones televisivas de aquellas manifestaciones, no vi nada de todo eso. Vi a muchísima gente apesadumbrada e indignada por el asesinato. Vi a millones de personas reclamando paz y el cese de la violencia de ETA. Pero no deduje que todos y cada uno de los manifestantes tuvieran la misma idea sobre cómo lograr semejante objetivo. Es más: supuse que las tendrían de muy variadas suertes, y que algunos estarían deseando liarse a tiros sin más tardanza, y otros, todo lo contrario, y otros muchos, sencillamente perplejos y anonadados. Pero se ve que no: hay quienes, más perspicaces, se han apercibido de que «España entera» lo tiene clarísimo. Aunque parezca contradictorio porque, mientras no se demuestre lo contrario, también los que no lo tenemos clarísimo somos parte de «España entera».
Pero los exégetas del programa común antiterrorista de «España entera» no trabajan por amor al arte. Hecho el análisis, pasan a la agitación propagandística. Ya han empezado a señalar con el dedo acusador a los que, con sus remilgos éticos, sus reparos constitucionales, sus deontologías gilipollas y demás mandangas, están -estamos, supongo- dificultando la pronta formación del Frente Unánime que reclaman «todos los españoles».
Quieren unanimidad. Yo no. Desconfío de las unanimidades. Si son mayoría, apliquen sus ideas, pero no acosen las de los demás utilizando su supuesta «España entera» como arma arrojadiza.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/08/09 07:00:00 GMT+2
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1997/08/06 07:00:00 GMT+2
Hay gente que tiene sueños trascendentes. Es famoso el sueño del faraón, que José, undécimo hijo de Jacob, interpretó como quien lava, pese a que era rarísimo (el sueño. Bueno, José también). Gracias a su sueño y al listo de José, el faraón supo todo lo que le iba a ocurrir, lo cual le vino de perlas.
Algo más recientemente, Martin Luther King también tuvo un sueño muy mentado, aunque no le resultara demasiado profético, que digamos.
Mis sueños, en cambio, suelen ser de una llamativa vulgaridad. Casi nunca ocurre en ellos nada de interés. Ayer, por ejemplo, soñé que iba por la calle y un hombre me paraba y me preguntaba la hora; entonces yo miraba el reloj, se la decía y el tío me daba las gracias y seguía su camino. Fin del sueño. Si todo el mundo soñara cosas así, Sigmund Freud habría tenido que dedicarse a la fontanería.
Lo mío, a falta de sueños solemnes, son los despertares filosóficos. Esta mañana, sin ir más lejos, según he abierto los ojos, me he puesto a pensar en que dentro de 20, 30 o 40 años, como mucho, no existiré. A través de la ventana veía asomarse el sol tras una colina melosa. «El sol volverá a salir en agosto por ese mismo punto, y ese mismo monte seguirá acogiéndolo con igual suavidad», me he dicho, «pero yo ya no podré disfrutar de ninguno de los dos». Vaya un modo de despertar.
Me he levantado y he encendido la radio. Qué ajenas, las noticias. El mundo, fugaz compañía. Me he sentido cual Hamlet que, en vez de la calavera del viejo bufón amigo, sostuviera en las manos la suya propia. To die, to sleep; perchance to dream. Morir, dormir; tal vez soñar. ¿Qué será de mi risa cuando ya no esté yo para reírla? ¿Qué de mi ironía? ¿Adónde irán mis amores? Vida de Penélope: todo cuanto ahora tejo, lo destejerá la muerte. (¿Creen ustedes que es normal meterse en esas honduras cuando todavía ni siquiera se ha tomado uno el primer café de la mañana?).
He tratado de aplicarme el antídoto de la razón: «A fin de cuentas, mientras viva, la Parca me será ajena, y cuando muerta, ya no podrá preocuparme». Inapelable, ¿no? Pues no. No había siquiera terminado de pensar eso y ya el negro augurio estaba de regreso, como en la profecía bíblica, devolviéndome al punto de partida, es decir, al punto final: «Tus días están contados».
¡Y si por lo menos fuera creyente! Pero ni ese consuelo me quedaba.
Así que me he puesto a escribir, que es mi remedio de amplio espectro, por así decirlo.
Y, según estaba en esto de ir juntando letras, he descubierto la auténtica y arrastrada razón de mi tenebroso despertar: que hoy es mi último día de vacaciones.
Mi problema no es que dentro de 20, 30 o 40 años no vaya a ver el sol asomando sus dorados dedos sobre la suave cima de la colina mediterránea. Mi verdadero problema es que no lo voy a ver mañana.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/08/06 07:00:00 GMT+2
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1997/08/04 07:00:00 GMT+2
Creo que fue Rosa Aguilar la que lo dijo hace unos días: «Si Almunia se entrevista con Aznar, la mayoría de los medios informativos lo muestra como un positivo signo de normalización democrática; en cambio, si es Anguita el que se reúne con Aznar, siempre sale alguno que lo presenta como un ejemplo más de la pinza».
El establishment no simpatiza con el coordinador general de IU. Más allá de cuestiones personales, lo que más incomoda a la gente instalada -instalada en la política, en la industria cultural, en el periodismo- es que no le entiende. No comprende su modo de hacer política. «Es como si quisiera quedarse solo», dicen unos. «Ignora las reglas del juego», sentencian otros.
Ni siquiera se les pasa por la cabeza la posibilidad de que conozca esas reglas, pero no las admita. De que se niegue a considerar que la organización social y su aprovechamiento sean un juego.
Entre los periodistas es cosa corriente poner a caldo a los políticos por su carencia de principios, su oportunismo, su demagogia. Pero cuando se encuentran con alguien que tiene principios y que no renuncia a ellos para ganar más adeptos, que no admite que la acción política sea una mera variedad del marketing, lo tildan de soñador, de inhábil, de visionario, de sectario.
El mundo de las letras funciona de otro modo. José Saramago es comúnmente considerado un magnífico escritor. Y lo es. Uno de los más grandes de nuestro tiempo. Se le admira, se le festeja. Sin embargo, las opiniones políticas de Saramago son, tanto por su forma como por su contenido, bastante más radicales que las que Anguita se permite expresar. El respetado novelista portugués afirmó el viernes pasado en Santander que la democracia, tal como la conocemos en nuestra sociedad, es «una falacia». Si Anguita se permitiera lanzar semejante aserto, lo linchan.
Por cierto que, en el sentido que lo dice Saramago, tiene toda la razón: nuestras sociedades actuales -la sociedad global que tiende a imponerse a escala mundial- están dominadas por grandes consorcios económicos y financieros cuyos responsables no han sido elegidos por nadie. Se elige -cuando se elige, y en la medida en que hay verdadera elección- a los políticos, pero los políticos mandan cada vez menos, y de manera cada vez más vicaria.
En realidad, esto lo sabe casi todo el mundo que tiene dos dedos de frente. Pero se supone que un político que aspire a ser alguien -que no tenga «vocación de minoría», como dicen los cursis que marcan el lenguaje dominante- no puede decirlo en voz alta.
Puede sostenerlo un novelista de fama y prestigio. O un columnista de tres al cuarto. Porque se supone que los de esos gremios sí están -estamos- autorizados a ser soñadores, ácidos, radicales, críticos, marginales. Pero no el dirigente máximo de una organización política que puede ser decisiva a la hora de decidir quién gobierna.
Dios, qué poco envidio a Anguita.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/08/04 07:00:00 GMT+2
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1997/08/02 07:00:00 GMT+2
Lo he escuchado una y otra vez en los informativos de estos últimos días: «Los responsables de la red de pederastia de Barcelona estaban también en Internet». Me entra la risa. Es como si dijeran: «Tenían teléfono». O bien: «Contaban con un aparato de fax». O: «Se servían de diapositivas».
Hay parte de mera ignorancia. Muchos, para quienes Internet es un arcano, sucumben a la humanísima tendencia a desconfiar de lo desconocido. Otros -me temo- son más perversos: mezclan deliberadamente a Internet con toda suerte de males para empujar a la opinión pública a reclamar que se regule -que se censure- ese formidable canal de comunicación.
Porque Internet no es más que un instrumento de comunicación. Como el teléfono. Como el fax. Como el correo. Puede utilizarse para transmitir cosas buenas y puede servir para difundir cosas terribles. Es una especie de gigantesco Speakers' Corner, como el del Hyde Park londinense, donde cada cual, subido a su soap-box informático, puede clamar a los cuatro vientos lo que le da la gana: puede proporcionar información útil o difundir desinformación-basura, puede expresar opiniones sensatas o proclamar estupideces, mostrar lo bonito que le ha quedado el salón de casa o dar cuenta del estado de las carreteras en ese mismo momento. También puede exhibir fotografías y vídeos de actos aberrantes, sin duda.
Lo que a algunos poderosos les molesta de Internet es su inmensa capacidad de difusión. La cantidad se vuelve cualidad. El orador espontáneo de Hyde Park puede decir lo que quiera, sí, pero ante unas cuantas decenas de personas. El que habla por teléfono también puede expresarse con total libertad, pero sólo ante otro. Un fax puede enviarse a un puñado de abonados, como máximo. En Internet, en cambio, la audiencia potencial se cuenta por millones, por decenas de millones. Eso es lo que lo vuelve diferente ante quienes quieren controlar qué es lo que podemos leer y escuchar, y qué no.
A mí no me molesta en absoluto que en Internet haya de todo. En los últimos tiempos me han invitado a participar en el bloqueo informático de una web nazi y de otra vinculada a HB. En ambos casos me he negado. Si alguna vez tuviera interés en saber cómo es el mundo mental de los nazis actuales, me gustaría tener acceso a su página de Internet. Tengo bastante claro que por leer sus cosas no me voy a hacer nazi. Del mismo modo: si quiero informarme de las autojustificaciones de HB, necesito que estén en la red. Y si no quiero, con abstenerme de verlas me vale.
A muchos delincuentes se les caza porque los jueces pinchan sus teléfonos. Del mismo modo, cabe seguir el rastro de las redes de delincuencia que se asomen por Internet y actuar contra sus responsables. Que no traten de ampararse en la lucha contra el delito para dinamitar uno de los pocos ámbitos de comunicación de masas que no están atados y bien atados por los poderosos.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de agosto de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/08/02 07:00:00 GMT+2
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1997/07/30 07:00:00 GMT+2
Otra vez a vueltas con la pedofilia y la pederastia. Muchos las confunden. No son lo mismo. El término pedofilia no figura todavía en los diccionarios, pero acabará abriéndose hueco, porque es necesario: se refiere a la atracción erótica que algunos adultos sienten por los niños (o niñas). La pederastia, en cambio, define el abuso sexual de menores. Un abismo separa ambos conceptos: en el primer caso no hay violencia; en el segundo, sí. Sin embargo, la moral victoriana dominante condena por igual ambas realidades.
Es lo más cómodo, sin duda. Pero no lo más justo.
El fenómeno es complejo. En primer lugar, hay que clarificar qué entendemos por infancia. La infancia tiene una desembocadura biológica (la pubertad), pero esa frontera no es válida a efectos legales, porque varía según las personas. La idea de infancia -su catalogación cultural- ha cambiado mucho a lo largo de los tiempos y sigue siendo muy diversa según los países. Tiene no poco que ver con las expectativas de vida. En la Roma imperial, la gente era vieja con 30 años. En consecuencia, se casaba nada más llegar a la pubertad: con 12 o 13 años. En tiempos de mi abuela, había mocitas que contraían matrimonio -está gracioso lo de contraer, parece una enfermedad- con los 14 recién cumplidos. Eran los que tenía la pobre Leonor Izquierdo cuando esposó a Antonio Machado, y a nadie se le ocurrió tachar al ilustre poeta y pensador de pederasta. De hecho, la Iglesia católica sitúa la mayoría de edad sexual a los 14. Pero para la mayoría de nuestros conciudadanos la relación carnal con alguien de 14 años debe ser tenida por peligrosamente aberrante.
Aunque las ocultemos púdicamente, casi todos los adultos tenemos en nuestra memoria experiencias sexuales infantiles en las que intervino algún adulto. En mi colegio, había un confesor jesuita que metía mano a los chavales. Me daba tanto asco que dejé de confesarme. En cambio, recuerdo a una sirvienta que -debía de tener yo por entonces 11 o 12 años- me enseñaba los pechos y dejaba que se los acariciara. Le tengo puesto un altar en mi corazón. Lo primero me resultó traumático; lo segundo, todo lo contrario: me ayudó a adquirir una conciencia desinhibida y sana del sexo. No es igual la relación forzada, que se prevalece de la autoridad y se basa en el miedo, que la que se ofrece libre, elegible, aunque la diferencia de edad sea también grande.
Lewis Carroll sentía una enorme atracción por las niñas. Gustaba de fotografiarlas con muy diversos disfraces, pero también desnudas. Tenía una inclinación pedófila como la copa de un pino, vaya. Con los criterios actuales, habría sido machacado por la opinión pública, y es poco probable que le hubieran quedado ganas de escribir Alicia en el país de las maravillas. Woody Allen también estuvo a punto de ser lapidado hace unos años por tener una novia muy joven. Un poco de sutileza no le vendría nada mal a nuestra sociedad gobernanta.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/30 07:00:00 GMT+2
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1997/07/26 07:00:00 GMT+2
Un error típico de las gentes educadas en las tradiciones de la izquierda, conservado por muchos que luego se han pasado con armas y bagajes a la defensa del capitalismo -del capitalismo en general, de su capitalista en concreto o, ya metidos en gastos, de todo ello a la vez- es el de medir el valor de los políticos por su mayor o menor brillantez y labia. Tanto más resultón les parece el tipo, tanto más lo consideran. Por eso admiran tanto algunos a González. Por eso menosprecian tanto esos mismos a Aznar.
Resulta evidente que José María Aznar es un personaje de envoltura gris, de habla monótona e insustancial, reiterativa, que adorna con una sonrisa que, a fuerza de perenne, resulta hasta irritante. Si la política fuera un concurso de juegos florales, Aznar estaría perdido. Pero no lo es. La política tiene su escaparate, en el que se dilucida no poco -de hecho, cada vez más-, pero también cuenta con trastienda. Y con pasillos.
Hace año y pico comparé en este mismo rincón a Aznar con Stalin. Hubo quien me acusó de disparatar. Obviamente, no estaba pensando en la posibilidad de que Aznar montara campos de concentración. Los relacioné en otro sentido. Si Stalin pudo triunfar e imponerse a rivales de muy superior talla intelectual dentro del partido bolchevique, fue en no poca medida gracias a su aspecto de Don Nadie. Los grandes líderes de la Revolución rusa -los Trotsky, los Zinóviev, los Kaménev, los Bujárin- lo tomaron casi a chunga por su oratoria soporífera, su ausencia casi absoluta de charme y su tosquedad cultural. No valoraron su tenacidad, su gusto por el lado burocrático de las cosas, su habilidad para jugar con los codos en los pasillos de la Administración y su capacidad para, llegado el caso, ser implacable.
Cuando Aznar llegó al Gobierno hace año y pico, la intelligentsia felipista-polanquista lo acogió con aire perdonavidas. Dio por hecho que no iba a durar ni tres asaltos. Pensó que hasta podía resultar divertido: que el jugador de pádel hiciera el ridículo durante un cierto tiempo; eso no haría sino realzar más las virtudes de su bien armado aparato político-financiero-cultural, sembrando de rosas el camino de su triunfal retorno. Ahora comprueban con estupor que se les mueve el suelo bajo los pies y reaccionan con doble furor. Se están dando cuenta de que ese mindundi no lo era tanto. Y comprenden que han perdido un tiempo precioso riéndose de él.
Por mi parte, nunca he tomado a broma a Aznar. Siempre he sido consciente de que lo principal de su personalidad -lo más valioso, y también lo más peligroso- es lo que no se ve. Lo que oculta, en parte por pudor, en parte por astucia. Siempre he sabido que no hay que fiarse de los bajitos tímidos y desangelados que van por la vida con aire de no haber roto un plato en su vida.
Cómo no lo voy a saber, si yo soy otro.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de julio de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/26 07:00:00 GMT+2
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1997/07/23 07:00:00 GMT+2
Una panadera de Ermua ha perdido la mitad de sus clientes porque es simpatizante -o militante, no sé- de HB. ¿Qué me parece? Que cada cual compra el pan donde le da la real gana, y si hay gente que no puede ni ver a la panadera, o no quiere darle ni un duro, pues está en su perfecto derecho.
El propietario de una gasolinera extremeña no permitió el pasado fin de semana utilizar los retretes de su estación de servicio a un grupo de familiares de presos de ETA que acudía a un penal cercano. Muchos lo han ensalzado. Por mi parte, no creo que su actitud sea correcta -los familiares de miembros de ETA no son culpables de nada, en principio-, e incluso dudo de que sea legal.
Entre los dos casos hay una diferencia que me parece esencial: no es lo mismo el boicot puesto en marcha por un usuario -o por muchos- que el provocado por quienes tienen el encargo de proporcionar un servicio público.
Los distribuidores de periódicos de Benidorm han decidido no llevar Egin a los quioscos. La decisión no es menor: he leído que el periódico vinculado a HB vendía cerca de medio millar de los 1.300 diarios vascos que se vendían hasta el domingo 20 en la villa turística. Egin es legal. ¿Quiénes son los distribuidores de prensa de Benidorm para decidir qué pueden o no pueden leer los turistas vascos que veranean en esa ciudad?
Algunos medios de comunicación han determinado que no volverán a informar de las actividades de HB hasta que la coalición decida condenar los crímenes de ETA (a un locutor de una cadena de TV le escuché decir «... hasta que no condene la violencia etarra»: un uso expletivo del no francamente confuso, si bien se mira). Semejante actitud, amén de contradictoria -no informan de lo que hace HB, pero sí de lo que hace ETA-, no sólo me parece errónea, sino francamente reprobable. Deontológicamente reprobable.
Un medio de comunicación no sólo tiene el derecho de informar, sino la obligación de hacerlo. Debe proporcionar todos los datos relevantes de la realidad. Todos cuantos precisa la ciudadanía para tener un retrato -y hacerse una idea- de lo que ocurre. En estos momentos -especialmente en estos momentos- lo que hace o dice HB es interesante, incluso aunque en sí mismo sea vacuo; las cosas no sólo se definen por sus propiedades, sino también por sus carencias. Los periodistas somos depositarios, no propietarios del derecho de información. Otra cosa es que, además de informar de lo que hace HB, se opine sobre ello, y que cada cual diga o escriba cuánto rechaza o lamenta esto o aquello.
Pero, ojo: digo además, no a la vez. Porque ésa es otra: actualmente hay informativos que más parecen arengas. Cada vez que me topo con alguien que se revela incapaz de darme una noticia sin decirme lo que debo opinar sobre ella, me siento tratado como imbécil. Y me molesta. Más que nada porque me hace ilusión creer que no lo soy del todo.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de julio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/23 07:00:00 GMT+2
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1997/07/21 07:00:00 GMT+2
Ahora que con motivo de la protesta por el asesinato de Miguel Ángel Blanco ha quedado sobradamente demostrada la amplia capacidad de movilización en favor de los derechos humanos que tiene la población de este país, parece llegado el momento de proponer a nuestra opinión pública otras metas, no por diferentes menos nobles y urgentes.
Las posibilidades son casi infinitas.
Sin ir más lejos: aquí, a pocos kilómetros de donde escribo, al otro lado de este hermoso valle que sestea bajo mi ventana, adormecido por el sol de julio, en la bella población de La Vila Joiosa, algo al norte de Alicante, detuvieron hace tres días un camión en el que unos desaprensivos transportaban, en un cochambroso doble fondo, una veintena de inmigrantes traídos desde Palestina, Egipto y Argelia. No tenían ni un duro encima: habían vendido todas sus pertenencias para costearse ese viaje infernal hacia la opulenta Europa. Ahora volverán gratis a casa.
Doy por hecho que si todavía no ha habido ni una sola manifestación para protestar por esta situación, si aún nadie se ha declarado en huelga de hambre para denunciar no ya el tráfico ilegal de inmigrantes sino la desgarrada realidad social que le sirve de base, es porque el dato -ocupados como estaban los medios de comunicación en otras empresas- no ha sido suficientemente conocido, pero que, en cuanto se sepa, las calles se llenarán de miles y miles de españoles que clamarán contra ese horror, que exigirán una nueva relación Norte-Sur, que demandarán una política de inmigración solidaria, que se declararán avergonzados por el hecho de que el Gobierno de España no haya cumplido con el pacto que firmó en Río hace años, comprometiéndose a dedicar el 0,7% de su PIB a proyectos de cooperación con el Tercer Mundo. Todos alzarán entonces al cielo sus manos, millares de racimos solidarios, para demostrar que las tienen -que las tenemos- perfectamente limpias.
Será muy hermoso.
Ya nada será como fue. Porque ahora somos cientos de miles, somos millones y millones los que compartimos el común sentimiento de que la dignidad humana es un valor supremo.
Tengo entendido que en Madrid se están organizando patrullas ciudadanas espontáneas para descubrir los talleres clandestinos en los que las mafias chinas tienen secuestrados a cientos de compatriotas suyos en zulos textiles, y que montones de jóvenes recorren las carreteras para liberar a las chavalas angoleñas, brasileñas y centroamericanas forzadas a la prostitución por cuenta ajena.
¡Tantos años pensando que éramos cuatro gatos los que nos revelábamos contra la injusticia, los que no tolerábamos la tortura, los que no aceptábamos la insolidaridad! ¡Qué error, qué gran error mi desconfianza, mi misantropía, mi asco por los políticos profesionales y por la miserable naturaleza humana de la que se aprovechan!
Javier Ortiz. El Mundo (21 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de julio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/21 07:00:00 GMT+2
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1997/07/19 07:00:00 GMT+2
Asisto con perplejidad creciente al desarrollo de los acontecimientos políticos. Las preguntas se me agolpan. Plantearé algunas.
Empezaré por las que me suscita ese solemne principio de reciente invención según el cual es imperioso aislar a los miembros de Herri Batasuna, negándoles el pan y la sal, hasta que condenen el terrorismo de ETA. Me pregunto: ¿Y por qué ahora sí y no hace un año, o dos? ¿Lo de Miguel Ángel Blanco es más grave que lo de Hipercor, o lo de Vic? ¿Lo de Ortega Lara es peor que lo de Irene Villa? ¿Conforme a qué ideología? ¿Conforme a qué moral? ¿Es más inaceptable lo de ahora simplemente porque ahora hay más gente cabreada?
Sigo preguntándome: ¿Hay asesinos mejores y asesinos peores? Y si no es así, ¿por qué es imperioso aislar a HB y tratar a todos sus militantes como apestados y, en cambio, no plantea ningún remilgo codearse con quienes justifican -o no condenan- los crímenes de los GAL? ¿Será porque los asesinatos de esa gente se cometieron hace 15 años? ¿Tiene fecha de caducidad la barbarie?
El presidente Aznar dice: «El pueblo no se ha manifestado para que todo siga igual». Y deduce de ello que es imprescindible tomar toda una panoplia de medidas legislativo-represivas. ¿Qué trata de comunicarnos? ¿Quizá que algunas leyes se vuelven justas porque contribuyen a saciar la cólera colectiva? Uno, en su ingenuidad, creía que lo correcto era correcto con independencia del estado de la opinión pública. Y lo erróneo, lo mismo. Uno, en su ingenuidad, pensaba que gobernar para satisfacer a las masas es, en el sentido más estricto del término, demagogia.
«Hay que penar severamente la apología del terrorismo», se dice ahora a diestro y -ay- también a siniestro. ¿Debo entender que se trata de castigar ideas? ¿De que deben existir delitos de opinión? ¿De que hay que mandar a la cárcel a algunos por su manera de pensar?
«Quienes no condenan el asesinato de Miguel Ángel Blanco no tienen derecho a reclamar nada», oigo decir. Ah, ¿no? Y entonces, ¿qué hacemos con los principios constitucionales que asignan derechos a todos los ciudadanos: a todos, incluidos los criminales?
Hay un dicho en mi tierra que desaconseja tirar el niño con el agua sucia. Está muy bien que millones de personas se hayan manifestado en favor de la paz. Está muy bien que se hayan indignado ante el crimen. Habría estado mejor que lo hubieran hecho antes, sin duda. Y aún mejor que lo hubieran hecho frente a todos los crímenes. Pero, bueno, más vale tarde y parcialmente que nunca.
Sea como sea, hay algunos que no nos hemos indignado ahora, sino hace muchísimo, y que llevamos toda la vida reflexionando sobre cómo se defienden mejor las libertades. No dejemos de lado lo mucho que tenemos aprendido para caer más simpáticos a los recién exaltados.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de julio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/19 07:00:00 GMT+2
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1997/07/16 07:00:00 GMT+2
El valor de la manifestación multitudinaria del sábado en Bilbao y de las impresionantes demostraciones del lunes en toda España no estriba en que evidenciaran que la inmensa mayoría está en contra de los crímenes de ETA. Eso ya se sabía. ¿A alguien le cabía duda? No los tres millones que salieron a la calle a gritar: muchos millones más. Casi toda la población. También en Euskadi. A decir verdad, estoy seguro de que incluso buena parte de los votantes de HB sintieron horror al conocer la muerte de Miguel Ángel Blanco. Horror y vergüenza.
Lo que resulta verdaderamente significativo de esas manifestaciones no es que demuestren cuán amplio es el rechazo, sino cuán hondo. Porque la gente no se echa a la calle por su cuenta, al margen de los partidos políticos, haciendo caso omiso de sus consignas y gritando hasta la ronquera durante horas y más horas porque algo le desagrade: necesita estar realmente harta; necesita considerar que las cosas han llegado a un punto intolerable.
Ese es el cambio que han producido los últimos acontecimientos: la visión del pobre Ortega Lara como salido de Treblinka, el cadáver de Miguel Ángel Blanco con dos tiros mal dados a sangre fría. En realidad, nadie ha dado por esto más que un paso. Ya antes había andado mucho. Pero este paso de ahora ha sido sobre una línea fronteriza.
Hace años que ETA, una vez comprobada su incapacidad para derrotar militarmente al Estado, ha venido ateniéndose a la llamada estrategia del desistimiento, consistente en hostigar constantemente a la población española con acciones terroristas, con vistas a conseguir que se impusiera en ella la idea de que es preferible desistir del esfuerzo por mantener a Euskadi dentro del Estado español.
Era un planteamiento cruel, pero que podría haberles resultado eficaz si no les hubiera fallado en un punto clave: han logrado hartar a la población española, sí, pero también a la mayoría de la población vasca, lo que ha alterado por completo el escenario previsto por ellos.
En Madrid, en Barcelona, en Córdoba, en Valencia, en Ibiza, en A Coruña, lo que se ha gritado no es «¡Fuera los vascos!», como ETA quisiera, sino «¡Vascos sí, ETA no!». Adiós al desistimiento.
No es un fenómeno casual, sino el resultado de su propia debilidad ideológica. Aunque no lo hayan teorizado, han actuado en la práctica como si los vascos opuestos a sus criterios no fueran realmente parte de Euskal Herria, cosa que autorizaría a tratarlos como a enemigos: caso de Miguel Ángel Blanco. No han tenido en cuenta que el resto de los vascos no estaban -no estábamos- dispuestos a tener tantos enemigos.
Su problema ahora no es que se haya quedado casi sin aliados a fuerza de golpear a diestro y siniestro. Es que tampoco tiene estrategia en función de la cual seguir golpeando.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de julio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de julio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/07/16 07:00:00 GMT+2
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