1998/02/11 07:00:00 GMT+1
El PSOE denuncia que la televisión pública manipula la información a su antojo y muchos se toman la denuncia a guasa: mira quién fue a hablar.
Pero que RTVE fuera un antro de sectarismo político cuando gobernaba el PSOE invalida sólo -y como mucho- al crítico; no la crítica. Puede que Rubalcaba y Rosa Conde no sean las personas más legitimadas para denunciar manipulaciones, pero eso no demuestra que la TV de López Amor no manipule. Hasta el más mentiroso dice a veces la verdad.
En realidad, todo depende de cómo se miren las cosas, y desde qué perspectiva. A Rubalcaba y Conde no les parece que lo suyo fuera manipulación: su televisión contaba las cosas tal como ellos las veían, y las cosas que no contaba es porque, para ellos, no contaban. Ergo estaba bien. La de López Amor hace lo propio: subraya lo que a sus responsables les parece de mayor interés. Tampoco creen que estén manipulando nada. Y como ellos, además, dejan hablar más al PSOE de lo que el PSOE les dejaba a ellos, hasta se ven como paladines del pluralismo y la objetividad.
Otros tenemos un tercer criterio y creemos que, si lo del PSOE fue infumable, lo de ahora también lo es. Y no solo -y, si se me apura, ni siquiera principalmente- en lo que se refiere a los informativos. Es el conjunto de la programación -de la de antes y también de la de ahora- el que vemos dedicado a la propagación -es decir, a la propaganda- de una ideología ultraconservadora, basada en una jerarquía de valores individualista e insolidaria, en el culto al dinero, en la intolerancia, en el gregarismo, en la simpleza y en la chabacanería.
Desde esta perspectiva, la TVE del PSOE y la del PP vienen a ser como un calcetín sudado: por mucho que uno lo vuelva del revés, no deja de ser un calcetín. Y no deja de oler.
Por lo demás, todo periodista honesto y pasablemente inteligente sabe que es imposible elaborar un producto informativo sin manipular la realidad: cuando elige qué es noticia y qué no; cuando decide qué es lo esencial y lo secundario de la noticia; cuando jerarquiza las noticias y pone unas por delante y otras por detrás; cuando dedica tanto espacio a una noticia y tanto a otra... manipula. Es inevitable. El informador que se pretende objetivo o es un completo estafador o es un inconsciente que confunde su visión de la vida con la realidad misma de la vida. La cuestión no es pretenderse cristal que deja pasar la luz de la realidad sin tocarla ni mancharla, sino proponerse no tocarla ni mancharla para beneficio de causas personales o de bandería.
Yo les aseguro que en TVE hay informadores así: los conozco. Lo que ocurre es que los periodistas de ese porte no suelen caer bien a los políticos. No les parecen de fiar. Y, en consecuencia, no les ponen al frente de la cosa. Con lo que la cosa es como es. Que es como fue, y como seguirá siendo, para desgracia nuestra.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/11 07:00:00 GMT+1
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1998/02/07 07:00:00 GMT+1
Un alumno de mi cole se hizo célebre porque, en un momento dado -que es cuando ocurre todo en esta vida-, empezó a retar a todo quisque a jugarse cinco duros a cara o cruz con él. La gracia estaba en que no se tomaba el trabajo de comprobar si el retado tenía los cinco duros apostados. Normalmente no los tenía -eso era un dineral, por entonces- y, si los tenía, lo que no tenía era la menor intención de perderlos. Pero no hacía falta. Uno le decía que sí, él echaba la moneda al aire y, en caso de perder, te la entregaba sin rechistar. En realidad, daba igual que ganara. En ese caso, bastaba con desafiarle a jugarse el doble. Ibas duplicando la cifra hasta que ganabas, momento estelar que aprovechabas para cobrar el dinero y abandonar precipitadamente la escena, camino de los futbolines.
Perder parecía proporcionarle algún tipo de satisfacción íntima que los demás no acertábamos a comprender. De todos modos, tampoco poníamos demasiado empeño en ahondar en los arcanos de su psicología: pragmáticos hasta la médula, como sólo los niños y algunos políticos pueden serlo, nos conformábamos con que soltara la mosca con aquella liberalidad.
Vistas las cosas con perspectiva, supongo ahora que era un modo desesperado que el pobre, que no era muy apreciado, se buscó para atraer la atención de los demás y verse importante.
Para desdicha nuestra, su fiebre apostadora fue transitoria. Pasados unos días, se le fue por completo, llevándose con ella todos sus ahorros y el efímero interés social que había despertado con su rareza.
El modo que tiene Juan Alberto Belloch de manejarse en política me recuerda mucho a aquel chaval de mi colegio. Apuesta, apuesta sin parar, apuesta contra todo el mundo y no para hasta que pierde.
Educado como fui en una mezcla no demasiado heteróclita de revolucionarismo y espíritu castrense, siempre he pensado que cuantos menos enemigos tenga uno, mejor, y que, puesto a tenerlos, lo deseable es no pegarse con todos a la vez. Belloch se sitúa en la antítesis de ese criterio: es como si cada mañana hiciera repaso mental de la nómina de individuos que todavía no le han vuelto la espalda y se impusiera el deber de enemistarse con ellos lo antes posible.
Anteayer, Belloch consiguió que Jesús Cardenal lo odie ya de por vida. Pero lo de la pasada semana fue mucho mejor: optó por tocar las narices a la vez a González y a Almunia. Anda diciendo a quien quiera oírle que González es «un militante de base» y que, por tanto «ni puede ni debe imponer» quién será el principal candidato del PSOE cuando haya elecciones. O sea: coz para González, cuya autoridad minimiza, y coz para Almunia, que es el candidato que González promueve.
Belloch hace apuestas destinadas inevitablemente al desastre. ¿Por qué se comporta tan raro? Digo yo que lo hará para llamar la atención, como el crío de mi cole. Pues bien: como él, no tardará en quedarse sin capital para apostar.
Y entonces volverá a no tener el menor interés para nadie.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/07 07:00:00 GMT+1
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1998/02/04 07:00:00 GMT+1
Había escrito «Almunia no sirve», pero lo he corregido rápidamente: servir tiene demasiados sentidos.
Almunia no vale.
Lo dejó muy claro anteayer en México.
Ya lo había demostrado antes. Por ejemplo, cuando no se atrevió a montar el pollo el día en que Felipe González lo desairó de modo humillante. El expresidente decidió ponerse en el primer plano de lo noticioso mientras su teórico jefe acudía a La Moncloa a entrevistarse con Aznar. Le robó los titulares y él se enfadó la tira, pero se cuidó muy mucho de demostrarlo. Un político con carácter habría reunido al alto mando de su partido y le habría planteado el problema a las claras: «Si queréis que sea él quien mande, pedidle que vuelva. Pero yo no estoy aquí para figurar. Sobre todo, si ni siquiera figuro».
No hizo nada parecido.
En realidad, Almunia ha venido evidenciando desde hace meses su total carencia de temple. Lo toman por el pito del sereno. Dice: «No vivamos del pasado», y González le responde sacando la historia de la conjura. ¿A quién siguen los demás dirigentes del PSOE? A González, por supuesto. Y él tras ellos.
En México, el lunes, reveló que, además de no andar muy sobrado de carácter, escasea también de un sentido que es imprescindible para un político: el olfato.
Se ha criticado mucho a Almunia por haber puesto en similar plano al EZLN y a ETA, por haber avalado la política de Zedillo y por haberse distanciado de la resolución del Parlamento español sobre la matanza de Acteal. A mí, considerando determinados sucesos de política doméstica en los que no quisiera volver a incidir, me parece hasta normal que Almunia piense de ese modo. Lo que me deja de piedra es que sea tan troncho como para decirlo en público.
Les hablaba antes del olfato. Un político profesional tiene que ser capaz de oler lo que sienten sus seguidores -fijos o eventuales- y coreárselo, para lograr su adhesión. Así son las cosas de la electorería. Lo que en ningún caso puede hacer es arremeter frontalmente contra los sentimientos de sus potenciales votantes. Entre las gentes que en España se consideran de izquierda, el zapatismo cuenta con muchas simpatías. Y el Gobierno del PRI, con ninguna. Al vituperar a los zapatistas y corear a Zedillo, cabe que Almunia se haya granjeado el parabién de casi toda la derecha mexicana. A cambio, se ha ganado varios puntos de ojeriza en la izquierda española. ¿No sabe que la derecha mexicana no vota en España, y que la izquierda española sí? ¿Dónde ha aprendido marketing este hombre?
Almunia no vale. Entendámonos: no vale, decididamente, para marcar al PSOE un nuevo rumbo y llevarlo hacia él con firmeza. Ahora bien, si para lo que le han puesto es para que gestione el ínterin y para que no resista la comparación con el otro, entonces sí que vale.
Entonces sí que le sirve.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/04 07:00:00 GMT+1
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1998/02/04 07:00:00 GMT+1
Uno de los efectos más nefastos que producen los crímenes de ETA es, sin duda, que saca lo que de peor esconde la sociedad española.
Durante la mañana del pasado viernes, escasas horas después del atentado de Sevilla, oí a un comentarista de radio proponer una solución estupenda para acabar con el terrorismo: «Al paredón con ellos». Es, como quien dice, la alternativa texana, pero en peor. En otra emisora, una oyente apuntó que los presos de ETA deberían ser colocados al alcance de reclusos comunes que estuvieran dispuestos a lincharlos. Lo que mereció el siguiente comentario: «Por lo menos tiene ideas nuevas, no como los políticos». Otro menda radiofónico se refirió a alguien diciendo que «es vasco vasco pero, sin embargo, está lleno de buenas intenciones...». Uf.
Reclaman unidad sin parar. Pero unidad, ¿para qué? Hace al caso pedirla en lo que se refiere al objetivo: acabar con el terrorismo. Pero no cabe exigirla en lo tocante a los métodos, a las tácticas: ahí la diversidad es lógica e, incluso, positiva.
Florecen ahora los intolerantes que, en cuanto alguien no suscribe sus opciones sin chistar, lo tildan a toda velocidad de cómplice del terrorismo. ¿En qué cabeza cabe que Odón Elorza, haga «más caso a HB que a los demócratas»? En la de Carlos Iturgaiz. ¿En qué cabeza cabe que, ante un atentado como el de Sevilla, monseñor Blázquez no tenga claro quiénes son las víctimas y quiénes los asesinos?
Leí ayer un artículo de Vicente Molina Foix. Es el arquetipo del nuevo inquisidor, agente de la policía del pensamiento. A Molina le parece muy mal que Dario Fo desaprobara la sentencia del Supremo contra la Mesa Nacional de HB. Hasta ahí, sin problemas: me parece muy bien que le parezca muy mal. Pero Molina no se conforma con emitir una opinión. Como inquisidor, tiene que denunciar herejías: la actitud de Dario Fo revela, según él, «estúpida y criminosa ignorancia». ¡Criminosa! ¿Sabrá el Molina éste que muchos y afamados juristas criticaron también esa sentencia? A mí tampoco me pareció ajustada a Derecho. ¿Somos todos «criminosos»? En su furor inquisitorial contra Fo, el tal Molina embiste también de paso contra «sus traductores (?) y editores» en España, y hasta se permite dar por seguro que éstos desinforman al premio Nobel... ¡para hacer el juego de ETA! ¿Y por qué no va a una comisaría y los denuncia?
Está claro que alguna gente no entiende que respetar la discrepancia es esencial para coexistir en libertad. Ya vivimos muchos años en los que en estas tierras al discrepante se le perseguía con saña feroz. Iturgaiz, que no pudo luchar militantemente contra el franquismo porque entonces era muy joven, y Molina Foix, que no lo hizo porque estaba muy ocupado en charlas de café, deberían reflexionar sobre los peligros que tiene el negro oficio del Santo Oficio. La libertad no necesita inquisidores.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/04 07:00:00 GMT+1
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1998/01/31 07:00:00 GMT+1
Año de conmemoraciones, me temo que una vaya a pasar por aquí en silencio: Jacques Brel murió hace 20 años.
Es difícil escribir en España sobre Brel. Buena parte de nuestra ciudadanía no sabe quién fue, y la mayoría de quienes creen conocerlo se equivoca. Dicen: «Ah, sí, el autor de Ne me quitte pas. ¡Qué gran canción de amor!». Ne me quitte pas es el retrato de una humillación. Sólo puede tomarse como una canción de amor en la medida en que amar sea humillarse.
Preguntaron en cierta ocasión a Brel si la canción es un arte menor. Respondió: «No es ni mayor ni menor. No es un arte». Sostenía que algo que está tan constreñido por el tiempo -la dictadura de los tres minutos-, no permite una verdadera creación, ni literaria ni musical. Es falso, por supuesto. El hizo verdaderas joyas de tres minutos. Obras de teatro de tres minutos, como Madeleine, o como Jef, o como Mathilde, o como Zangra, que retrata toda una vida en 197 segundos. Brillantes ejercicios de estilo, como los versos de 18 sílabas de Les Vieux, cuya lentitud le sirvió para marcar la morosa decadencia de la vejez. Lienzos de brumoso pintor impresionista, como Le plat pays. Guiones de cine melancólico, como el estremecedor Orly.
Pero Brel era la insatisfacción misma. Como tantos otros grandes artistas, su obra, que a muchos nos admira y nos conmueve, a él le sabía a muy poco: quería más, más, más, y vivía en perpetua desazón, en ansia constante, en vilo.
Movidos por la pauta de otros cantautores, muchos creen que Brel pensaba como los personajes de sus canciones. Es tan disparatado como suponer que Shakespeare se identificaba con Hamlet, o con Otelo. Brel no era, ni mucho menos, el embobado sumiso con acento de Bruselas de Les bombons, ni el generoso enamorado de Mathilde. Siempre rodeado de mujeres, era un gran misógino: «Es verdad que no conozco a las mujeres; ni sus juegos, ni sus desplantes», escribió a su primera esposa poco antes de morir. Sólo tuvo una amiga: Juliette Greco, y él lo explicaba así: «Es un tío». Creía en la amistad entre los hombres y creía en la ternura que él mismo fue incapaz de dar realmente, salvo en sus canciones, porque también a la hora de la ternura le dominaba la ansiedad. Tampoco fue nunca el rojo que se le supuso. Le repugnaban los burgueses, pero sólo por aburridos, por mojigatos, por prudentes: «El mundo dormita por falta de imprudencia», cantó sobre la tumba de su viejo amigo Jojo en su último disco. Ahí sí fue sincero.
Enamorado de la palabra, visceral, egoísta, desesperado, orgulloso, impúdico, contradictorio, insaciable, irascible, genial, Brel sufrió su feroz condición de hombre más aún que el cáncer que lo asesinó a los 49 años. Ya para entonces había convertido en surcos de lava buena parte de su propio volcán interior.
Ahora, como en España ya casi nadie aprende francés, y como sufrir la vida se nos ha vuelto penuria silente y solitaria, imagino que Brel no pinta gran cosa entre nosotros.
Sí para mí.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/31 07:00:00 GMT+1
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1998/01/28 07:00:00 GMT+1
De acuerdo con el editorial de ayer de este periódico. En efecto, el presidente de los Estados Unidos, que es un señor adulto, está en su derecho a tener los contactos sexuales que le venga en gana con quien o quienes quieran participar en ellos, y es aberrante que la Justicia norteamericana se meta de por medio. No sólo por razones sólidamente jurídicas, sino también por estrictos motivos de educación: no se le puede pedir a nadie que pregone esas cosas a los cuatro vientos con nombre y apellidos.
Me parece también no sólo mal sino incluso ridículo el argumento de los puritanos vergonzantes, que alegan que lo grave no es que Bill Clinton tuviera contactos sexuales con Monica Lewinsky, sino que mintiera en su declaración, porque mintiendo en eso habría demostrado que es capaz de mentir y, por ende, que no es fiable. Toda esa argumentación es un disparate. Primero, porque uno puede negarse a revelar lo sucedido en un asunto privado pero, por lo demás, acostumbrar a decir la verdad. Mi criterio es justo el opuesto: me parece más de fiar quien preserva la intimidad de sus compañías de cama que quien la airea. Segundo: el que diga que nunca miente, miente. Y, en fin: para saber que Bill Clinton no es de fiar, lo que es a mí no me hacía falta la señorita Lewinsky para nada.
De todos modos, tampoco conviene exagerar la distinción entre actividad política y conducta sexual. Tiene valor jurídico y político, pero no puede aplicarse a otros considerandos. Nadie es de un modo a la hora de actuar profesionalmente y de otro cuando trata de satisfacer -o cuando reprime y sublima- sus pulsiones sexuales.
¿Qué parece desprenderse de lo que nos cuentan del comportamiento sexual de Bill Clinton? Que, con cierta frecuencia -si es que no siempre-, se sitúa ante las mujeres con mentalidad de cazador. No es un gran hallazgo, desde luego: todos los hombres hemos sido educados desde nuestro nacimiento para eso, en probable coincidencia con nuestra impronta genética. Pero también hemos sido educados en la conveniencia de reprimir ese impulso agresivo. Cada hombre acaba comportándose luego según el equilibrio -o la falta de equilibrio- que tienen en él esas dos vertientes: la animal -digamos, por abreviar- y la civilizada. Tal parece que la fuerza agresiva de Clinton no se ve compensada con una fuerza autorrepresiva de magnitud suficiente. Le puede su afán cazador.
Pues bien: vistas así las cosas, tampoco hay demasiada contradicción entre la vida privada del presidente de los Estados Unidos y su comportamiento político. Es más: estoy seguro de que si muchos norteamericanos le dieron su voto fue porque percibían en él ese afán narcisista de seducción, convertible eventualmente en agresividad a la hora de la conquista.
Que nadie se engañe: frente a Monica Lewinsky y frente a Irak, Bill Clinton es siempre el mismo.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/28 07:00:00 GMT+1
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1998/01/24 07:00:00 GMT+1
Del mismo modo que a los médicos les persigue su profesión a todas horas, como una maldición, y no pueden ni tomarse tranquilamente una copa en sociedad sin que alguien les obligue a improvisar una consulta, uno no puede dedicarse profesionalmente a esto de opinar sin que le asalten a cualquier hora y en no importa qué lugar toda suerte de pendencieros politizados.
Estaba hace unos días este servidor de ustedes -o sea, yo- en un festejo, con unas ganas enormes de no hablar -o de hablar sobre Carl Perkins, subsidiariamente-, cuando se me abalanzó un menda, whisky en mano, y me lanzó una larga diatriba sobre el decreto de Humanidades y el absurdo de los nacionalistas catalanes y vascos.
-No me negarás que sería bueno que los chavales estudiaran la misma Historia en Barcelona, en Madrid y en Bilbao. ¡Los hechos son los hechos, a fin de cuentas!
-Claro -le respondí-. Estaría muy bien. Y también sería estupendo que los críos estudiaran la misma Historia en Múnich, y en Varsovia, y en Moscú.
El hombre se me quedó mirando, desconcertado.
-Sí -proseguí-; sería muy conveniente que los jóvenes estudiaran la misma Historia en París y en Londres. Pero para eso habría que poner de acuerdo a los franceses y los británicos en su interpretación de no pocos sucesos, incluidas las guerras napoleónicas. Y sería magnífico que franceses y alemanes estudiaran también la misma Historia, cómo no, porque eso querría decir que habrían acordado su visión del trajín de Alsacia y Lorena, entre otros litigios resbalosos.
Me da que no convencí en absoluto a mi asaltante, pero por lo menos me lo quité de encima.
¿Por qué aceptan algunos sin problemas que Francia, Alemania o el Reino Unido escriban la Historia a su modo y manera, y consideran sin embargo aberrante que Cataluña o Euskadi quieran hacer lo propio y se nieguen a aceptar una visión unificada del deambular de los siglos por estos pagos?
Sí; los hechos son los hechos, pero el hecho llamado Austerlitz se lo toman en Francia de una manera, y en Inglaterra de otra. Justo a la inversa que el hecho llamado Waterloo. Del mismo modo, el paso del conde-duque de Olivares por la Historia es un hecho, pero en Cataluña ese hecho tiende a ser considerado más bien como desagradable, mientras que en Madrid no. O al menos no tanto. O al menos no de modo tan general.
Sería formidable que los jóvenes de todo el mundo -no ya sólo los de Europa- estudiaran la misma Historia. Pero algo me dice que ese objetivo va a tardar todavía un poco en alcanzarse. Con lo que, entretanto, a los críos de cada nación se les seguirá proporcionando una visión nacionalista del pasado.
Reconocido lo cual, para mí que ya sólo queda por aclarar si hay pueblos a los que se les reconoce el derecho a relatar la Historia a su aire y otros a los que, en cambio, se les niega ese derecho.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/24 07:00:00 GMT+1
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1998/01/21 07:00:00 GMT+1
Mi amigo se desespera: «Vaya semanita». Yo también estoy abrumado: vamos a tener viaje papal -ya lo estamos teniendo- hasta en la sopa.
Entiendo perfectamente que el encuentro entre Fidel Castro y Karol Wojtyla despierte interés. Son dos personajes que provocan grandes pasiones y grandes odios en medio mundo. A mí, que no soy ni católico ni anticatólico, ni castrista ni anticastrista, ambos a dos me dejan bastante frío, a decir verdad. Me interesa el pueblo de Cuba, por supuesto, y también la Iglesia católica, como fenómeno cultural, social y político. Pero Fidel Castro y el Papa, en concreto, no gran cosa. De todos modos, ya me hago cargo de que mis centros de interés no son generalizables.
Ahora bien: una cosa es que la radiotelevisión pública -insisto: la pública- cubra con esmero toda la información del viaje, por lo que tiene de noticioso, y otra, para nada igual, que nos sirva toneladas de actos estrictamente religiosos y aproveche para hacer constantes panegíricos del Papa.
No soy anticlerical. Menos aún antirreligioso. Siento un respeto infinito por las creencias, incluidas las teístas. Pero defiendo que los estados -y los organismos que de ellos dependen- deben quedar al margen de cualquier confesión.
España tiene pendiente todavía el aprendizaje del laicismo. En su vida pública hay aún demasiadas muestras de la catolicidad oficial de un pasado que se niega a irse. Por ejemplo: ¿qué pintan las autoridades del Estado en procesiones religiosas, como la del Corpus de Toledo? ¿Qué sentido tiene que el Rey haga cada año, en tanto que Jefe del Estado español -da igual que en persona o por delegación-, una ofrenda al apóstol Santiago?
Deben respetarse las creencias de todos. Pero las de todos. Hace unos cuantos meses, hubo una campaña publicitaria que hacía mofa de los ritos de los monjes tibetanos. Nadie protestó: me pareció indignante. El islamismo -que cuenta con miles de seguidores en nuestro país- es tratado a menudo en los medios públicos con una desconsideración verdaderamente lacerante, como si fuera una religión peligrosa.
La neutralidad del Estado en materia de creencias personales no sólo debería evidenciarse en el trato igualmente deferente para con todas las religiones, sino también en el respeto hacia la ausencia de creencias religiosas del amplísimo contingente que formamos los agnósticos y ateos. Porque no sólo es posible maltraer creyentes; cabe también ofender a los no creyentes. Es lo que hace RTVE cuando, como en estos días, determina su programación como si la ciudadanía en su conjunto fuera católica, o cuando sus locutores se expresan como si toda su audiencia fuera devota del Papa. Y no. Les puedo asegurar que no. Ni mucho menos.
No estoy pidiendo nada exótico: sólo que los responsables de RTVE respeten la Constitución, que dice: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Con que no se olvidaran de eso, o con que no lo olvidaran tanto y tan descaradamente, me daría por contento.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/21 07:00:00 GMT+1
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1998/01/17 07:00:00 GMT+1
Pocos Estados europeos tan diferentes como Suiza y España: se tiene a los suizos por pulquérrimos, incapaces de tirar ni una brizna de papelín al suelo, mientras que por aquí la marranería es norma de obligado cumplimiento público; los helvéticos no son precisamente el prototipo universal de la diversión y la alegría, en tanto los españoles pasamos por ser profesionales de la juerga y el sarao; ellos charlan quedo, aquí el que no discute a voces -pobre de mí- parece extranjero...
Son diferencias tópicas, que salen a relucir cada vez que se habla de los dos países. Pero existe otro hecho diferencial entre España y Suiza, todavía más llamativo que los anteriores, que nunca he visto citar. Me refiero a lo opuestos que son sus nacionalismos respectivos.
El nacionalismo suizo se expresa frente al exterior. Los suizos han mostrado siempre un interés más bien escaso -tirando a nulo- por participar en organizaciones que limiten su soberanía. No están en la Unión Europea, ni en la OTAN. Por no estar, ni siquiera están en la ONU: rechazaron de plano tal hipótesis en 1986, en un referéndum de esos que Suiza organiza cada dos por tres (otra diferencia) y cuyos resultados son vinculantes (y otra más). En cambio, de puertas para adentro, el Poder central suizo es mínimo: los cantones ejercen casi todas las funciones que no deben ser gestionadas obligatoriamente en común. Los problemas que les ha planteado su sistema político confederal los han resuelto siempre ahondando aún más la autonomización: cuando el Jura se puso tonto, allá por los 60, optaron por crear otro Estado (el de Basilea-Campaña), y se quedaron tan anchos (o tan estrechos).
El actual nacionalismo español se sitúa en el extremo contrario. A los nacionalistas españoles les ponen de los nervios las reivindicaciones autonomistas. ¿Que la Generalitat quiere controlar el tráfico? Bronca. ¿Que aspira a un sistema fiscal como el de los territorios forales? Más bronca. ¿Que el Gobierno de Vitoria reclama las transferencias fijadas en el Estatuto de Autonomía que todavía siguen pendientes? Se cierran en banda. Pero, a cambio, no dicen ni pío cuando el Estado español cede sin inmutarse más y más parcelas de soberanía a la Unión Europea o a la OTAN. ¿Que la defensa militar de España pasa a depender de Washington? Tanto da. ¿Que el Gobierno de España pone su política económica en manos de la UE, o sea, en manos de los grandes de la UE? Fantástico. Sólo les preocupa que Madrid pierda poder cuando se lo entrega a Barcelona, o a Vitoria. Pero, si se lo regala a Washington o a Bruselas, les parece de perlas.
No siento la más mínima envidia por el sistema suizo. Bueno, me gusta lo de la limpieza, y lo de que no hablen como si los demás fueran sordos, y también su apego a las consultas populares vinculantes. A cambio, su aislacionismo me parece exagerado. Y sus bancos, temibles. Y su industria armamentista, de pánico. Pero tampoco soporto el nacionalismo español, cicatero con sus pequeños países y lacayuno con las grandes potencias.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/17 07:00:00 GMT+1
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1998/01/14 07:00:00 GMT+1
Ramón Sampedro logró por fin el sueño de su vida: la muerte. Escucho decir en la radio: «Le han quitado la vida». No es verdad. La vida no existe. Existen diferentes formas de vida. Cada persona -y cada animal, y cada cosa- tiene su vida. Y dentro de cada vida hay muchas vidas diversas: vive mi apéndice, y quizá lo mate un día de éstos; vivían las células que ayer se me murieron; vivía el Ortiz de hace diez años, y ya se fue. Si juzgamos la vida de los demás a partir de la nuestra propia, y la nuestra pasada -o futura- a partir de la actual, lo más probable es que erremos.
El apego a la existencia está en relación directa con la calidad de vida. Espartaco le dice al cónsul de Roma: «Los dos podemos morir. Pero, para ti, la muerte significa perder lo mucho que tienes. Para mí, en cambio, librarme de una vez del sufrimiento».
A una u otra escala, todos lo hemos experimentado. Quienes han pasado por una grave enfermedad, o por un dolor intenso y persistente, o por una profunda depresión, saben que en esos momentos las ganas de vivir pueden descender hasta lo más bajo de la escalera. Algo semejante ocurre con las taras de la extrema vejez: la persona decrépita no se aferra a su vida con la fuerza de antaño. Porque su vida ya no es la misma vida: ya no puede correr, ve mal, tiene achaques, su organismo no le concede la fuerza necesaria para amar... En esa combinación de vida y muerte que es la existencia, la muerte ocupa cada vez más espacio, y menos la vida. El último suspiro es para muchos tan sólo un ínfimo paso. Como cantaba Brel en Les Vieux: «Los viejos no mueren: se duermen un día, y duermen demasiado».
Digo que nadie tiene la vida, sino su vida, y ese su es posesivo. «Al fin, no tengo para expresar mi vida sino mi muerte», escribió Vallejo. Nuestra vida es la única propiedad que nadie puede enajenarnos. Y porque es nuestra, tenemos todo el derecho a decidir sobre ella. En particular, a decidir cuándo nos compensa y cuándo deja de hacerlo. Cuándo podemos mantenerla con dignidad -ante nosotros mismos: ahí el juicio de los demás está de sobra- y cuándo se convierte en una carga humillante, insoportable.
En lo que a mí concierne, estoy encantado de vivir. Sólo pensar que habré de morirme un día me pone de un humor de perros. Pero sé por qué lo siento así: porque me veo aceptablemente sano, porque vivo como quiero, porque me gano el sustento escribiendo, que es lo que más me gusta -ahora que lo pienso: una de las cosas que más me gustan-... Pero me hago cargo de que todo eso, poco a poco -o rápidamente: cualquiera sabe-, irá a menos, y luego a menos todavía.
De llegar a mínimos que inclinen la balanza del otro lado, lo mismo decido quitarme de enmedio y no ser un estorbo, sobre todo para mí.
Si a tal llegara un día, y no me quedaran ya ni fuerzas ni recursos para cumplir mi voluntad, ójala hubiera alguien entonces que pudiera ayudarme, como a Ramón Sampedro, sin que la Ley penara con cárcel su acto de caridad.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de enero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/01/14 07:00:00 GMT+1
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