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1998/03/21 07:00:00 GMT+1

Unidad en la pendencia

Ah, la controvertida unidad de España. ¿Existe? Y si existe, ¿en qué consiste? He oído las más variadas y peregrinas argumentaciones sobre tan singular materia, desde las más evanescentes hasta las más arrastradas: desde la escatología joseantoniana, que nos remitía a «la unidad de destino en lo universal», a la pragmática de mi buen amigo Gervasio Guzmán, que en los años 70 definía España, muy lacónicamente, como «eso sobre lo que manda Franco».

En lo que a mí respecta, hace ya tiempo que aporté mi modesta contribución al sesudo debate: en mi criterio, España es una unidad de desatino en lo universal.

Lo ha demostrado sobradamente.

Hoy quisiera detenerme en una de las habilidades que los hijos del conglomerado celtibérico mejor hemos sabido cultivar, para envidia cochina de pueblos más laboriosos y sabios. Me refiero a la hispana capacidad para matrimoniar la moderación y el extremismo.

Reparé por vez primera en esta poco frecuente aptitud allá por el inicio de los 80, cuando la facción llamada político-militar de ETA inventó el reformismo armado. Durante un cierto tiempo, los poli-milis -así se hacían llamar- se dedicaron a poner terroríficas bombas en playas y estaciones de tren, causando numerosas víctimas, para exigir... ¡más transferencias para el Gobierno vasco! La radical incoherencia entre la nimiedad de las metas que perseguían y la brutalidad de los medios que empleaban suponía una tan obvia e incontrovertible prueba de celtiberismo que los propios poli-milis se rindieron a la evidencia y, en cosa de nada -el tiempo que les llevó apercibirse de que lo suyo era un puro bucle melancólico-, se hicieron fervientes españolistas.

Asistimos ahora en el solar patrio a otra ceremonia del mismo género, aunque esta vez sin bombas de por medio (todavía). Me refiero a la feroz pugna que se ha montado, todos contra todos, a grito pelado, para aclarar qué tendencia política es la más moderada, transigente, tolerante y respetuosa. Peritos de la paradoja, virtuosos del disparate, nuestros políticos de toda laya se despellejan entre sí en nombre del diálogo, la concordia y el consenso, cada uno empeñado en que los demás, atajo de zoquetes, acaben entendiendo de una vez algo tan sencillo y elemental como que la razón la tiene él y sólo él. Tanto más se parecen los unos a los otros, tanto más se repelen mutuamente. En realidad, es su repulsión mutua lo que más les iguala y los identifica como miembros de la misma gens.

Empadronado desde hace años en las antípodas sentimentales de esta España dispuesta a pegarse por todo lo secundario -y por nada de lo principal-, me siento cada vez más extranjero. ¿Qué pinta en esta tierra un radical apacible, un extremista sin afición alguna por la pendencia?

En otros lares, las gentes ensalzan la cautela de quienes ocultan sus manos de hierro con guantes de seda. Aquí la mano da igual de qué guante se recubra, con tal de que sirva para arrear mamporros.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de marzo de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/03/21 07:00:00 GMT+1
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1998/03/18 07:00:00 GMT+1

El pasado

La España oficial, la España bien de hoy, considera de mal gusto que haya quien evoque los aspectos del pasado de cada cual -o de cada qué- que corren el peligro de perderse en el olvido. Y eso por mucho que el memorioso se limite a levantar acta escueta de los hechos y eluda las valoraciones. Aparece uno que constata, verbi gratia: «La jerarquía católica bendijo la dictadura de Franco», y la legión biempensante tuerce el gesto, y salta: «¿Y eso a qué viene ahora?».

Si no viniera a nada, a nadie molestaría que se recordara. Si algunos religiosos dan en recordarlo e insisten en que la Iglesia debería pedir perdón por ello, digo yo que será porque se sienten herederos de la institución, y les pesa. «¡Que pidan perdón también los del otro bando!», claman los abonados al hispanísimo pues-mira-que-tú. Es la demostración más palmaria de que no sienten realmente lo sucedido: quien lamenta de verdad haberse equivocado lo admite al punto; no espera a que los demás errados del mundo estén dispuestos a entonar a coro con él el mea culpa.

He puesto como ejemplo esta historia de la Iglesia, pero podría haber sacado a colación muchos otros episodios de nuestro pasado mediato e inmediato. El celo que algunos ponen para que sólo se apele a lo pretérito en los términos fijados oficialmente no tiene nada de casual: mandar sobre el pasado es imprescindible para gobernar el presente. «Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado», escribió atinadamente George Orwell. De ahí que los beneficiarios del Poder guarden el pasado bajo la protección de sus mejores vigilantes. Mandan sobre la Historia del último medio siglo -y de antes aún, cuando conviene- y dejan ver de ella tan sólo aquellos aspectos que, una vez maquillados debidamente, parecen confirmar su versión ilusoria del hoy.

Los hechos del ayer se vuelven armas especialmente peligrosas para los celadores de la actualidad. Sobre todas las demás armas cabe establecer convenios, y acordar la limitación de portarlas, e incluso dictar su prohibición. Lo sucedido, en cambio, es un arma intocable, inalterable, indestructible. Por eso temen tanto algunos verla enfrente.

Así es en todo tiempo y lugar, pero doblemente en un país como este nuestro, empeñado desde hace más de dos décadas en hacer como si la democracia pudiera emerger de las entrañas de la dictadura como Atenea surgió de la cabeza de Zeus: ya adulta y pertrechada para el combate. Sin pasado.

Con relación al ayer franquista, el establishment español se divide en tres categorías básicas: los que tienen que ocultar lo que hicieron, los que tienen que ocultar que no hicieron nada y, finalmente, los que, imposibilitados por razones de edad para figurar en cualquiera de los dos grupos anteriores, tienen que ocultar que se hicieron discípulos dilectos de los unos o de los otros.

No soportan el pasado. Su pasado. Es de lo poco que no han podido comprar.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de marzo de 2011.

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1998/03/14 07:00:00 GMT+1

Anticatalanismo

El president Pujol se declara preocupado porque ve en la sociedad española «alguna cosa profundamente anticatalana». El pasado martes, el honorable, tras dejar constancia pública de esa preocupación suya, se preguntó a quién deberían «dejar de matar» los catalanes «para ser más simpáticos que los vascos». Luego se apercibió de que la alusión a la cosa de matar no era muy elegante, y se disculpó. Pero la queja de fondo la mantuvo.

Es muy sencillo replicarle que confunde sus problemas particulares con los del pueblo catalán en su conjunto. Para ser simpático, la condición primera y principal que se requiere es... ser simpático. Hay catalanes simpáticos, catalanes que ni fu ni fa y catalanes antipáticos. Pujol es muchas cosas -algunas la mar de valiosas- pero simpático, lo que se dice simpático, para qué engañarnos: no lo es. De hecho, él mismo se empeña en demostrarlo sin parar. Por ejemplo: no fue nada simpática su referencia a los vascos. Y tampoco resultaba especialmente considerado su deseo de que los catalanes caigan más simpáticos que los vascos. Qué manía de competir.

Como decía antes, contestarle así es sencillo. Algunos lo han hecho. Y con razón.

Ahora bien, si trascendemos el modo en que Pujol presenta las cosas y pasamos por alto los toscos argumentos que esgrime, habremos de reconocer -yo por lo menos lo hago- que el problema que plantea no se lo ha inventado él, ni mucho menos: hay, sin duda, muchos españoles que recelan de Cataluña y los catalanes. Y no ahora, por avatares más o menos coyunturales de la política, sino desde hace mucho. Recuerdo a mi coterráneo Miguel de Unamuno, que fue capaz de decir -dijo muchas tonterías en su vida- que los catalanes son -cito de memoria- «como sus edificios: todo fachada».

¿A qué esa animadversión? No es fácil precisarlo.

Trato de indagarlo buceando en mí mismo. Puesto que yo simpatizo con lo catalán, algo debo de tener o algo debe de faltarme que me diferencia de quienes desconfían de Cataluña. ¿Qué será? ¿Tal vez mi déficit de sentimientos nacionalistas, en general, y nacionalistas españoles en concreto? ¿Quizá la experiencia de mi paso por aquella tierra, que me dio la oportunidad de aprender catalán? No lo descarto: las lenguas proporcionan la clave que descifra el alma de los pueblos.

No lo sé. Puede también que la culpa no esté ni en el modo de ser de los unos ni en el de los otros, sino en su difícil mezcla. El all i oli es estupendo, y el merengue también, pero la mezcla no acaba de ser deliciosa.

Tengo -ya digo- infinitas dudas, pero también una certeza: los discursos desabridos, como este de Pujol, no ayudan a nada bueno. No sirve de gran cosa criticar la desconfianza desde la desconfianza. Pujol hace como Rodríguez Ibarra, pero al revés; es decir, lo mismo.

Se dedican a agarrar a la gente por el cuello y a espetarle a gritos: «¡Como no te caiga simpático, te vas a enterar!». No es buen sistema.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2013.

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1998/03/11 07:00:00 GMT+1

Nuestro entorno

Ahora, la medida de todas las cosas son «los países de nuestro entorno»: está bien lo que se hace «en los países de nuestro entorno», y mal lo que no se lleva en «los países de nuestro entorno». ¿Cuáles son «los países de nuestro entorno»? Nuestro entorno, pobres peninsulares, es mayormente marítimo. ¿Se trata de Portugal? Qué va. En la jerga actual, «nuestro entorno» va de Francia para arriba.

Hace unos años asistimos a una encendida polémica en la que «los países de nuestro entorno» cumplieron un importante papel de arma arrojadiza. ¿Cómo se hubiera desarrollado en «los países de nuestro entorno» un episodio del tipo del de los GAL? Hubo teorías para todos los gustos. Los unos decían que algo así hubiera sido imposible en cualquier país «de nuestro entorno». Los otros, que el hecho en sí hubiera podido darse en cualquiera de ellos, pero que, de descubrirse, habría producido una larga cadena de dimisiones, si es que no de suicidios. Otros, que los tribunales de los países tales habrían hecho una verdadera escabechina en el partido culpable del desmán, obligándolo a una regeneración a prueba de Almunias. En fin, algunos más, casi todos vinculados -por pura casualidad, sin duda- a los presuntos autores de la cosa, sostenían que lo de los GAL era poco menos que una prueba de modernidad y de adecuación a los criterios de Maastricht.

Lo cierto es que el asunto estaba rematadamente -si se me permite la expresión- mal planteado, porque «los países de nuestro entorno» no constituyen una entidad única y homogénea. Cada uno tiene sus tradiciones y sus bichas. Los hay que se toman con total indiferencia que el Estado mate a escondidas, pero no aguantan que una ministra pague un paquete de compresas con la tarjeta de crédito oficial, y los hay que todo lo contrario. Lo mismo puede decirse de la también mal llamada «corrupción política», es decir, de la corrupción de los políticos. No sólo en cada país la encajan a su modo, sino que incluso varían las reacciones, dentro del mismo país, según en qué momento se le coge. Lo acabamos de ver en Francia, con el que fuera brazo derecho de François Mitterrand, Roland Dumas, que ha sido pillado en un affaire con miles de millones de por medio. Hace unos años, habría sido crucificado. Ahora, Le Figaro le hace una entrevista displicentemente exculpatoria y el presidente Chirac lo recibe como si fuera una honorabilísima persona. Ya ven ustedes cómo se las gastan en «nuestro entorno»: otras joyas.

Los dirigentes de «los países de nuestro entorno» acaban de decidir que González es un tipo estupendo para representar a «la comunidad internacional» en el conflicto de Kosovo. Claro que sí; por qué no. No se engañan. Los Kohl, los Chirac, los Blair, los Clinton, saben cómo es: de su estilo. Nadie llega a la cumbre de la política con remilgos. Si González los tuviera -descabellada hipótesis- no confiarían en él ni por un segundo.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de marzo de 2012.

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1998/03/07 07:00:00 GMT+1

Itoiz y la Justicia

Un grupo de jóvenes va a ser juzgado a partir del lunes por haber cortado unos cables de las obras de la presa de Itoiz. Lo hicieron con el ánimo de retrasar su construcción. Cortar cables ajenos es ilegal y cualquiera puede entender que, si alguien hace algo que va en contra de la ley, puede ser castigado. Vale.

El Tribunal Supremo sentenció que la construcción de la presa de Itoiz era ilegal, porque conculcaba la legislación sobre protección de Reservas Naturales. La Audiencia Nacional ordenó la paralización de las obras. En vista de lo cual, el Parlamento de Navarra elaboró una nueva Ley de Espacios Naturales destinada a sortear el escollo. Ante esta singular iniciativa legislativa ad hoc, la Audiencia Nacional elevó el asunto al Tribunal Constitucional -única instancia que puede anular una ley- y remitió un auto a las diversas administraciones para recordarles que tenían totalmente prohibido proseguir las obras. Les hacía ver que en Itoiz no estaban construyendo un pantano, sino sólo un carísimo muro de hormigón, puesto que la presa, al ser ilegal, nunca podrá entrar en funciones. ¿Dijo esto la Audiencia? Pues como si lloviera: los trabajos del dique que nunca será, porque jamás tendrá agua que contener, siguieron adelante, y ya están terminados.

¿Qué pasará? No lo sé. A juzgar por los muchos pronunciamientos de la Audiencia Nacional, parece casi seguro que el TC declarará inconstitucional la ley del Parlamento de Navarra, de claras intenciones retroactivas, y que, en consecuencia, el pantano de Itoiz nunca funcionará. Pero lo que ni el TC, ni la Audiencia Nacional, ni nadie podrá evitar es que ese espantoso muro, que ha hecho trizas los espacios protegidos del valle de Irati y amargado la vida de sus pueblos y sus gentes, quede ahí, como monumento al absurdo.

¿Procesará algún tribunal alguna vez a los responsables de tamaño desaguisado? Mucho me temo que no. A cambio, un grupo de jóvenes de la Coordinadora de Itoiz va a ir a juicio a partir del lunes por cortar unos cuantos cables. Ellos provocaron un pequeño perjuicio económico a una empresa; los otros, un enorme quebranto a toda la colectividad. Lo primero, la empresa lo ha compensado más que de sobra con la continuación de su afán cementero; lo segundo, nadie podrá compensarlo jamás.

Habrá quien se pregunte por qué razón las autoridades navarras no optaron prudentemente por parar la construcción del pantano hasta que el litigio quedara sentenciado y resuelto de una vez por todas. Es una buena pregunta. No puedo responderla. Sí puedo aportar un dato: en un pantano, como en una central nuclear, el negocio no está sólo en su explotación. Es también un gran negocio -y mucho más rápido- su construcción. Lemóniz no ha funcionado nunca, pero hubo algunos que ganaron muchísimos millones con Lemóniz.

Claro que lo de Lemóniz nunca se vio ante el Constitucional.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de marzo de 2011.

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1998/02/28 07:00:00 GMT+1

Voceras

Los dirigentes del PSOE se han especializado en montar broncas apocalípticas por solemnes bobadas. El más mínimo desliz del último ministro -varios compiten denodadamente por el título-, la impertinencia más nimia del más ignoto de los diputados del partido gobernante o la afirmación más estrafalaria y fantasiosa de cualquier periodista tipo Anson les basta y sobra para organizar todo un festival de tracas. Aparte del aburrimiento que produce en el común de los mortales la repetición machacona de la fórmula, día sí día también, los Rubalcaba, Jáuregui y demás Eguiagarayes habrían de considerar otro inconveniente, no menor, de su vocinglería: cuando llegue la ocasión en que tengan algo verdaderamente grave de lo que protestar, nadie se va a dar cuenta. Parecerá que están con la cantinela de a diario. Deberían entender que el estruendo inaudible es sólo una variedad enojosa del silencio.

Los mandamases del PSOE no son, de todos modos, los únicos que han optado por perder la fuerza por la boca. Les siguen, en plan todavía más aburrido, si cabe, los prebostes máximos de los llamados -mal llamados- «sindicatos mayoritarios». Antonio Gutiérrez y Cándido Méndez llevan sus buenos dos años, el uno y el otro, el otro y el uno, posicionándose, como dicen ellos, en contra del Gobierno, con continuas amenazas de guerra feroz: «No vamos a tolerar...», «Nos parece totalmente inaceptable...», y en este plan. A la hora de la verdad nunca hacen nada, y firman todos los papeles que les ponen por delante, y si no firman, pues da exactamente igual, porque tampoco sucede nada.

Es bien sabido que la especie humana tiene potencialidades que sólo se gastan cuando no se usan. La libertad y el gozo sexual son dos muy principales: tanto menos se ejercen, tanto más se atrofian. A la combatividad real le ocurre otro tanto. El día en que Gutiérrez y Méndez se decidan a montar una movilización de verdad, descubrirán que ya no se acuerdan de cómo se hace eso. Y comprobarán que hace tiempo que las burocracias que encabezan también dejaron de estar para tales trotes.

¿Es eso la izquierda? Hay gente que cree que la falsa izquierda se distingue de la verdadera en que, mientras la una pretende que tal, la otra sostiene que cual. Bueno, eso puede ser importante; no digo que no. Pero hay un rasgo mucho más característico y definitorio de la seudoizquierda: se limita a hablar. No hace nada por movilizar al personal, por convencerlo de que sobran razones para protestar, de que debe ser sujeto agente y no mero objeto paciente de su historia.

No pido a nadie que se ponga en plan revolucionario. No está esto para revoluciones, como no sean las de los coches, que hacen la tira de revoluciones por minuto. Pero entre promover cambios revolucionarios y no promover ningún cambio existe un inmenso campo de posibilidades.

La presunta izquierda española invierte tantas energías en hacer discursos que no le queda tiempo para ponerlos en práctica.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de marzo de 2011.

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1998/02/25 07:00:00 GMT+1

¿Y ahora?

Digo yo que Clinton tiene que estar que echa pestes contra Kofi Annan, que le ha endilgado ese acuerdo de última hora con Sadam Husein. Se había gastado una pasta gansa en plantar buena parte de su potencial militar en las puertas del Golfo con la muy obvia intención de hacer una prueba de fuerza, demostrar quién manda en el mundo y, de paso, deshacerse de un montón de bombas almacenadas, que llevan la inscripción Consumir preferentemente antes de 1999 y que ocupan el sitio de otras que ya están fabricando sus industriosos de la muerte en masa. Ahora se queda sin probar su fuerza, con las bombas a punto de caducar, sin saber dónde meter las nuevas y con un señor que, mano a mano con Francia, anda por ahí dándoselas de pacificador. Un desastre. Sólo le falta que el Tribunal de Justicia de La Haya vote una resolución a favor de que una comisión internacional inspeccione los locales oficiales de los EEUU para ver si hay en ellos armas químicas, bacteriológicas y demás. Que haberlas, haylas, y a montones, seguro.

Menos mal -para Clinton, digo- que Sadam Husein sigue en su puesto, con las mismas ganas de bronca. Ese tipo es un chollo para la Casa Blanca. Porque para jugar al ratón y el gato no se requiere sólo que haya un gato pendenciero: también hace falta un ratón masoca. Aquí, en mi casa, había ratones. Fíjense: en medio de tanta belleza, perdido en las faldas del Cabeçó d`Or, con el Mediterráneo abajo... y con ratones. Un buen día encontré en el monte un gatito blanco abandonado, con su cascabel y todo. Se vino conmigo, le quité el cascabel para que no fuera anunciando su presencia urbi et orbi y, desde entonces, adiós ratones. ¿Por qué? Porque los ratones que hasta entonces me distinguían con su presencia comprendieron rápidamente que no les resultaba nada rentable medir sus fuerzas con las de mi gato adoptivo. Eran unos ratones razonables. Sadam Husein no. Es un ratón bobo, que se empeña en asomar el hocico para provocar al gato.

Si yo fuera Clinton -que no lo soy, ni por el saxo, ni por el sexo, ni por el forro-, tendría muy claro qué hacer. Antes de nada, me las arreglaría para que Kofi Annan siguiera los pasos de su antecesor Dag Hammarskjold, que ascendió a los cielos inmediatamente después de bajar de ellos en picado. Otro pacificador menos. Luego me pondría de acuerdo con algún traficante internacional de armas para resolver el problema de mi stock de bombas pasadas de moda y se las vendería a precio de saldo... a Sadam Husein. A continuación, volvería a denunciar que el dictador iraquí tiene un ejército poderosísimo y le lanzaría un ultimátum: o renuncia a ellas o lo machaco con mis bombas nuevas. ¿Que se pliega y me las devuelve? Pues vuelta a empezar. ¿Que no? ¡Al ataque, que ya era hora!

Andá: lo mismo es eso lo que Clinton está pensando hacer.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de febrero de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/25 07:00:00 GMT+1
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1998/02/21 07:00:00 GMT+1

Acoso y derribo

La «coalición negativa» -nombre políticamente correcto que dan ahora a lo que antes llamaban «la conspiración republicana»- contó con personal de tres géneros básicos.

Estaban, en primer lugar, los que se oponían al felipismo a sabiendas de que con ello contribuían a la victoria de José María Aznar, lo cual no les incomodaba nada.

Estábamos, en segundo término, los que combatíamos el felipismo porque nos parecía inaceptable de todo punto, aunque nos fastidiaba que con ello se beneficiara el PP, partido por el que no sentíamos la menor simpatía política.

Y estaban por último aquellos que, como Luis María Anson, eran capaces de criticar con ferocidad algunas cosas de Felipe González, pero solo en la medida en que eso lo veían conveniente para que José María Aznar llegara cuanto antes a La Moncloa. Obraban no por antifelipismo de fondo, sino por puro aznarismo. El propio Anson lo explicó claramente en Tiempo: lo que le molestaba de González es que «bloqueaba la alternancia». Fuera de eso, le parecía un hombre «cordial, seductor e interesante», que «lo hizo bien». Ahí es nada.

En resumen: que, mientras unos combatían el felipismo al margen de que eso contribuyera a la victoria del PP y otros lo hacíamos a pesar de que así ayudábamos a Aznar, Anson se oponía a González solo para adelantar la victoria del PP.

La «coalición negativa», tal como la pintan estos días, no existió nunca. No voy a repetir los argumentos que se exponen aquí al lado, justo a mi derecha: son de cajón. Lo que sí existió fue una confluencia de antifelipistas varios, cada uno de su padre y de su madre, a los que era prácticamente imposible poner de acuerdo en nada que no fuera criticar el felipismo. Y a veces, según los temas, ni en eso.

¿Por qué existió tal confluencia? Es sencillo: porque enfrente había otra, mucho más poderosa. A lo largo de sus muchos años de gobierno, el felipismo urdió una densísima red de intereses, que abarcaba a políticos, magistrados, banqueros, empresarios del mundo de la comunicación, periodistas... Me parto de la risa cuando leo y oigo ahora a algunos afirmar que «hubo algunos periodistas que no se limitaron a cumplir con su deber de informar». ¡Habráse visto! ¿Cumplieron ellos acaso con ese deber? ¡Pero si hicieron lo posible y lo imposible para ocultar la corrupción y el crimen de Estado!

Por lo demás, es falso que la prensa deba limitarse a informar. Hay muchos países en los que los diarios toman posición política, e incluso incitan a sus lectores a dar su apoyo a tal o cual candidato. Qué conjura ni qué mandangas: dijimos a las claras que deseábamos la derrota de González. En las urnas, claro: ¿dónde, si no?

¿«Acoso y derribo»? Podíamos acosar con hechos y con opiniones. Pero el derribo del felipismo solo podía ser obra del electorado.

Y eso fue lo que pasó: que el electorado lo derribó. Y eso es lo que no soportan que ocurriera.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de marzo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/21 07:00:00 GMT+1
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1998/02/20 07:00:00 GMT+1

Un recuerdo de la DGS

Casi me quedo sin conocer la DGS. ¡Había oído hablar tanto de aquel antro! Los calabozos de sus sótanos, los despachos donde los agentes de la tétrica Brigada Político-Social interrogaban a los detenidos políticos, la célebre ventana por la que tiraron a Julián Grimau... Había visto, sí -vaya que sí-, otras comisarías y otros calabozos. Pero no los de la DGS, cuartel general de los torturadores del franquismo. Al fin, en el otoño de 1976, cuando ya se anunciaba la libertad y se daba por hecho que todo aquel tinglado represor iba a clausurarse, me dieron la ocasión de contemplarlo de cerca. De cerquísima.

La Policía política me detuvo en la calle de Limón, a la salida de una reunión de la Platajunta. Me condujeron allí, a la Puerta del Sol. Me acusaron de haber coordinado una campaña por la amnistía que se estaba desarrollando por aquellos días. Me negué a declarar. Me aplicaron la legislación antiterrorista y empezaron a pegarme. Fueron cinco interminables días. A uno de los policías se le fue la mano y me rasgó la mandíbula de un puñetazo. Un sedicente médico se puso a coser la herida allí mismo y me clavó la aguja en el hueso. Me desmayé. Cuando desperté, siguieron pegándome. Luego me enteré de que si estuve sólo cinco días fue gracias a la presión que ejercieron sobre el juez de Orden Público dos fiscales que me honraban con su amistad: José Antonio Martín Pallín y Jesús Vicente Chamorro.

Cuando Alberto Ruiz-Gallardón recuerde el viejo destino de su renovada sede pensará que historias como la mía forman parte de un pasado feliz y definitivamente olvidado. No lo crea. El hombre que mandaba sobre aquel pozo abyecto y sus siniestros moradores cuando me hicieron pasar por él se llamaba -y se sigue llamando- Rodolfo Martín Villa.

Creo que es compañero suyo en la dirección del PP.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de febrero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/20 07:00:00 GMT+1
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1998/02/18 07:00:00 GMT+1

Qué interesante

Sigo con verdadera pasión el lío que se ha organizado a raíz de las declaraciones de Luis María Anson. Lo que el exdirector de ABC ha contado, una vez desprendido de sus valoraciones personalísimas, no sólo es una bobada, sino que además es una bobada más vieja que la pana: que hubo periodistas contrarios al felipismo que se reunían e intercambiaban ideas con la esperanza de contribuir a que González se fuera cuanto antes de La Moncloa. ¡Pero si lo decían ellos mismos, y hasta se fotografiaban en grupo y elaboraban comunicados conjuntos! También podía haber contado Anson que hubo otros periodistas, y empresarios jefes de periodistas, que se reunían en paralelo, aunque más discretamente, para ver de ayudar a González a mantenerse en La Moncloa. Y qué.

Es una simpleza. Reuniones de periodistas para protestar por esto u oponerse a lo otro, y para concertarse con tal fin, las ha habido a patadas desde hace 25 años.

Anson piensa que el fruto de esas reuniones condujo a poner en peligro el equilibrio del Estado. Eso sólo demuestra hasta qué punto Anson desconoce la fortaleza real del Estado. Ojalá fuera tan frágil cómo él cree. Lo que le pasa al aún vicepresidente de Televisa es que es más de orden que el listín telefónico. Ver en la picota al alto mando del Ministerio de Interior -incluido su amado Galindo- le debió parecer poco menos que las vísperas de la toma de la Bastilla. Además, como él nunca sintió la menor repugnancia por la actuación de González -hay que ver los piropos que le dedica en Tiempo-, pues es lógico que se sienta desazonado. Pero ése es su problema: no confundamos cómo vivió él lo que sucedía con lo que realmente pasó.

De todos modos, no es nada de todo esto lo que me resulta apasionante. Más bien al contrario. Lo que me maravilla es comprobar que hay ententes político-mediáticas que, con dos datos ya conocidos sobre una bobada, adobados con las paridas de un galindista que, por serlo, no puede evitar un tanto de mala conciencia por haberse opuesto al felipismo, son capaces de disfrazar la nada hasta presentarla en sociedad como si fuera un asunto de vida o muerte.

Sigo el episodio con verdadera intriga. ¿Colará el montaje? ¿Cuanta gente se lo tomará en serio? Es una excelente ocasión para medir la credulidad de nuestra sociedad. Ya sé que no es poca -lo compruebo a diario-, pero supongo que dependerá también del tamaño de la trola. Y ésta es de aúpa.

Por lo demás, me alegra no haber ido jamás con Luis María Anson a ninguna parte, ni siquiera contra González. Escribí hace dos años, cuando todavía estaba en marcha eso que El País llamó ayer «la coalición negativa», que este señor habitaba en mis antípodas ideológicas, y añadí que no siempre los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Qué hallazgo: tener principios, además de ser moralmente reconfortante, a veces resulta incluso hasta rentable.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de febrero de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/02/18 07:00:00 GMT+1
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