1998/04/25 07:00:00 GMT+2
Almunia habrá perdido las primarias, pero pasará a la Historia -aparte de como el secretario general del PSOE más efímero y prescindible- como el inventor del método más original para poner en circulación rumores liberándose de la siempre incómoda obligación de aportar pruebas. Su método consiste -¿consistía?- en apelar permanentemente a sus impresiones y sus convicciones. El fue el principal valedor del método, pero otros lo adoptaron con gran entusiasmo. Decían: «Tengo la impresión de que...» o «Tengo la total convicción de que...» y, acto seguido, soltaban lo que fuera: que Álvarez Cascos está a la greña con medio Gobierno, que nadie en Europa respeta a Aznar, que el PP quiere matar a los viejecitos para sanear las arcas de la Seguridad Social, que Fulano y Mengano se reúnen sin parar para complotar...
Me parece un sistema realmente fantástico. Como no presupone saber ni afirmar categóricamente nada, nadie puede acusar de falsario a quien recurre a él. ¿Cómo negar sus personalísimas impresiones y convicciones?
Frente a este recurso totalmente renovador, el de Felipe González es de una tosquedad y un primitivismo decepcionantes. En menudos líos se mete. ¡Mira que ponerse a manejar nombres, apellidos y fechas! Si hubiera aplicado el eficaz método de su fugaz discípulo Almunia, habría dicho «Tengo la impresión y la convicción moral de que Pedro José y Alvarez Cascos hicieron una derrama para sobornar a Segundo Marey y meter en un brete a Pepe Barrionuevo», y tan ricamente. A ver quién es el guapo que niega que él tenga esa convicción, aunque se trate de una convicción moral, género asaz insólito en su persona.
Personalmente, estoy encantado con el hallazgo del pobre Almunia, y voy a servirme de él a tutiplén desde hoy mismo, como homenaje póstumo.
Ensayaré algunos ejemplos.
Ejemplo A: Tengo la impresión de que Felipe González es un jeta desaprensivo de mucho cuidado, que inspiró los crímenes de los GAL y que ahora sólo piensa en cómo endilgar a otros el marrón.
Ejemplo B: Tengo la convicción de que los dirigentes del PSOE almuniarra sabían muy bien de qué va el plasta de González, pero que no se libraron de él porque casi todos son sus cómplices.
Ejemplo C (variante reforzada): Tengo la impresión y la convicción de que el Gobierno del PP, si se pusiera a escarbar en los cajones de todos los ministerios, podría encontrar pruebas concluyentes de que mis anteriores impresiones y convicciones son acertadas, y de mucho más, a lo ancho y a lo alto, pero que ni lo hace ni lo hará, en parte porque le asusta y en parte porque no renuncia a hacer más o menos lo mismo en su propio provecho.
Y así. ¡Adiós por fin al engorro de buscar pruebas, de contrastar las informaciones! Almunia ha muerto. ¡Viva Almunia!
Javier Ortiz. El Mundo (25 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/25 07:00:00 GMT+2
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1998/04/22 07:00:00 GMT+2
Evoco el PP de hace tres, de hace cinco años: aquella derecha que aleccionaba a los sedicentes socialistas y les daba vuelta y media en defensa de las libertades y del Estado de Derecho. Contra la Ley Corcuera. Contra la Ley Mordaza. Contra las escuchas del Cesid. Contra el terrorismo de Ministerio. Contra la venalidad de los cargos públicos. Contra el uso y abuso de los poderes del Estado con fines partidistas.
Dijo anteayer Felipe González que el PP hizo «un gran esfuerzo por liquidar al Gobierno anterior, aun a costa de la seguridad del Estado». Cataloga mal lo ocurrido, pero señala un hecho real. El PP y sus defensores se apuntaron a todas las causas susceptibles de minar el poder felipista. Tanto les daba que para ello tuvieran que afectar una actitud de principios que les venía notablemente ancha. Echaron al fuego cuanta madera encontraron en su camino, tanto a derecha como a izquierda.
También a izquierda, digo. Y se entiende: resultaba tentador poner al Gobierno del PSOE frente a la crítica demoledora de sus propios presupuestos teóricos; colocar su verdadero rostro ante el espejo de las señas de identidad tradicionales de la izquierda. Aunque en ellas al PP y a sus valedores poco o nada les fuera.
No; aquel PP no hizo peligrar la seguridad del Estado, a no ser que la seguridad del Estado viva más allá de la ley. Lo que sí hizo fue asumir una actitud vigilante; de desconfianza hacia el Estado. Porque ahí reside la esencia misma del Estado de Derecho. En la organización de la desconfianza: de cada uno de sus poderes con respecto a los demás y del conjunto de los ciudadanos hacia quienes ostentan el poder.
Ha pasado el tiempo. Ahora el PP está en el Gobierno. No voy a pretender aquello de que contra González estábamos mejor. Sé que el hoy hunde siempre sus raíces en el pasado. Me consta que tenía razón Rubén Blades: el poder no corrompe; tan sólo desenmascara.
No les salía del alma la defensa de las libertades: la usaron como mera arma arrojadiza. Ahora les incomoda cada vez más. Aquello que ayer proclamaban insoslayable ahora les parece utópico. Lo que ayer repudiaban por inaceptable ahora lo clasifican como razón de Estado.
Resultan patéticos. Ese Eduardo Serra que ayer nos aleccionaba desde el Parlamento, explicándonos cómo la bondad de los fines ampara bajo su manto la «apariencia de ilegalidad» de los medios, es la caricatura del trayecto que han recorrido todos ellos. El buen fin de la lucha antiterrorista justifica ahora la ilegalidad de las escuchas. El buen fin de obtener el poder justificó en el pasado condenar esas escuchas: porque las hacían sus oponentes. Conseguido el fin, que nadie les mencione los medios.
Ya han asumido la filosofía de los GAL. Ahora sólo queda esperar a que la apliquen a fondo. Supongo que es sólo cosa de tiempo.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/22 07:00:00 GMT+2
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1998/04/18 07:00:00 GMT+2
Es de buen tono, en estos tiempos de pensamiento mal llamado débil, afectar posiciones dubitativas, transigentes, contemporizadoras. Está mal vista la intolerancia.
No pasa de ser otra pose más, típica del carnaval permanente de nuestra vida social.
La tolerancia puede ser encomiable, pero también criminal. Depende. Es magnífico mostrarse tolerante hacia los criterios y modos de ser diversos. Es horrendo, en cambio, dejar pasar la injusticia, el abuso y la arbitrariedad.
Joaquín Navarro -al que sus enemigos polanquistas de ahora llaman el juez de las ondas, después de haberlo tenido en las suyas durante un largo decenio- es sobradamente conocido del gran público por su sólida formación jurídica, su amplísima cultura y su prodigiosa memoria, puestas sistemáticamente al servicio de la defensa de las libertades.
De esos rasgos de su personalidad da abundante muestra su último libro, Palacio de Injusticia, en el que el juez Joaquín Navarro desvela con implacable detalle la tramoya político-económica del infame escenario judicial en el que se han representado -y se siguen representando- algunos de los episodios más importantes y trascendentales de la vida social española de los últimos años, entre ellos el caso GAL, el de los llamados papeles del Cesid y el caso Sogecable.
En cada uno de ellos, el juez Navarro va mostrando no solo cómo se mueve cada actor, sino -y lo que es mucho más importante- por qué se mueve, de acuerdo a qué fidelidades confesas o inconfesables, conforme a qué intereses. El retrato no es desolador: desoladora es la realidad, de la que únicamente emergen dignamente un puñado de jueces, fiscales y publicistas a los que se ha dado en calificar de indomables, con llamativa exageración, tan solo porque su voz desentona de vez en cuando en el monocorde coro diario de balidos.
He mencionado algunos de los atributos intelectuales de Joaquín Navarro, bien visibles en su obra: su conocimiento teórico y empírico de la Ley y la Justicia, en las que adentra al lector con mano de experto cicerone; la amplitud de su cultura, fruto de su insaciable sed intelectual; su sorprendente memoria, que le permite recordar asertos y reconstruir hechos y circunstancias con escrupuloso detalle...
Son capacidades envidiables. Pero no virtudes.
Las virtudes de Joaquín Navarro son otras. Él mismo las enuncia, poniéndolas en boca de otro, con ese pudor con el que muchos hombres tendemos a hablar de nuestros sentimientos más hondos. Cita a Bertrand Russell: "Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad".
Las proclama en palabras ajenas, pero las practica militantemente con las propias. Y no se recata.
A algunos les incomoda con ello: creen que la pasión con que Navarro afronta la realidad -su visceral repugnancia hacia las medias tintas, el fervor con el que aplaude cuanto le merece loa y la rabia con la que se ensaña con cuanto le repugna- devalúan su mensaje. Es otro signo de estos tiempos de molicie de principios, que llevan a considerar más propio y elegante llamar desempleo al paro, e incremento negativo al puro y simple retroceso. Para Navarro, el juez que, por ejemplo -y el ejemplo no es ocioso-, dicta una sentencia condenatoria sin base porque eso conviene a los intereses del Estado y así se lo piden altas instancias, es un perfecto sinvergüenza y un vendido. Sin más. Y lo escribe tal cual.
Según ha dicho recientemente el Consejo General del Poder Judicial, este modo de expresarse de Joaquín Navarro es impropio. ¿Impropio de qué? Impropio del jesuitismo que rige en la corrupción togada, sin duda.
Sin esperanza y sin miedo, ha subtitulado Joaquín Navarro este libro. Es signo de su entereza. Muchos de sus partidarios tuercen el gesto: "¿Por qué sin esperanza?", se preguntan. Pues, sencillamente, porque no la hay. Quien, como Navarro, se sitúa moralmente -por qué no decirlo: piadosamente- del lado de la humanidad que sufre, no puede ni engañarse a sí mismo ni engañar a los demás: la verdadera justicia puede ganar batallas, pero pierde casi todas las guerras.
Y esa sería una magnífica razón -si las del corazón no bastaran- para estar radicalmente de su lado. Sin asomo alguno de tolerancia.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de abril de 2013.
Un dato más: podéis consultar el prólogo escrito por Antonio García-Trevijano.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/18 07:00:00 GMT+2
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1998/04/18 07:00:00 GMT+2
Me entra la risa. Cuanto más se acerca el mes de mayo y más hablan los medios de comunicación de la revuelta francesa de hace 30 años, más de guasa me parece todo.
Leo en la portada de una revista española de información general: «Europa, en el XXX aniversario de la revolución de la alegría». La revolución de la alegría. Vaya una cursilada.
No creo que a esta gente le falle la memoria. Supongo que más bien es que no puede recordar, porque nadie puede recordar lo que no ha vivido.
No pueden evocar nuestro mayo del 68 porque aquí apenas sucedió por entonces nada que merezca la remembranza.
Hablan del mayo francés. En Francia sí que ocurrieron cosas. Hubo jarana; vaya que sí la hubo. Y en Italia también. Y en la RFA. Y en Gran Bretaña. Y en Irlanda del Norte. Y en Estados Unidos. Y en América Latina.
Hablan de Francia y se refieren en plan melancólico a las pintadas imaginativas del Barrio Latino, a las parejas de jóvenes que se dejaban fotografiar dándose tiernos besos frente a los cinturones de los anti-disturbios... Todo muy mono. La mar de estético, sí.
Pero no dicen ni pío de que esos mismos estudiantes tan fotogénicos se forraron durante todo un mes a romper lunas de escaparates, a arrancar bancos de la vía pública, a tirar adoquines contra cualquier persona, animal o cosa que tuviera aspecto de estar con el poder, a incendiar coches para formar sus barricadas... La gente de orden los bautizó pronto como los rompedores: un adjetivo de escasa hondura filosófica, sin duda, pero de indudable precisión descriptiva. Les dejaría ver yo a estos poetas de la revolución de la alegría la fórmula de cóctel molotov que más usaron los rebeldes del 68 parisino: recomendaba mezclar la gasolina y el ácido sulfúrico con detergente en polvo: «El resultado -explicaba un folleto universitario con simpática candidez- equivale a napalm». Angelitos.
Si cualquiera de estos rapsodas ocasionales del mayo francés que peroran sobre «la fascinación de la utopía» y pendejadas del estilo se encontrara en la actualidad con algo como aquello, apuesto diez contra uno a que se echaría a todo correr en brazos del primer Charles de Gaulle que diera un puñetazo sobre la mesa y dijera, como hizo el general el 7 de mayo, que «no es posible tolerar la violencia en la calle». Y aplaudiría con fervor a los líderes sindicales que, al estilo de Georges Seguy -el Antonio Gutiérrez del momento-, acusaran a los jóvenes levantiscos de ser sólo «elementos turbios y provocadores».
Al lado de los miles de estudiantes que en la noche del 10 de mayo resistieron con uñas y dientes hasta el alba las cargas de la policía en la calle Gay Lussac, los chavales de Itoiz, o los okupas de Barcelona y Madrid, son monjitas de la caridad.
Déjense de monsergas sobre el 68. Apoyen a los insumisos de ahora. Es lo más parecido que nos queda.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/18 07:00:00 GMT+2
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1998/04/15 07:00:00 GMT+2
Estamos de acuerdo: Irlanda y Euskadi son muy diferentes. Se miren por donde se miren. Enormemente diferentes.
Es absurdo el empeño que están poniendo algunos en demostrar esa evidencia. Llevan cinco días dando vueltas a la misma aburrida noria, dale que te dale.
Lo que es por mí, pueden parar. Estoy dispuesto a admitir que entre vascos e irlandeses, del norte o del sur, del este o del oeste, no hay el más mínimo punto de contacto. Ni siquiera en la música. Ni en el paisaje. Cero. Nada.
Y qué.
Vendría a cuento establecer los parecidos y desemejanzas existentes entre las realidades de los unos y los otros si alguien planteara la posibilidad de traerse para aquí alguna fórmula específica, alguna táctica concreta, algún remedio genuinamente irlandés.
Pero no. De lo que se trata -de lo que trato yo, al menos- es de evaluar una afirmación que hasta ahora se nos ha venido planteando como un principio absoluto, como un dogma de aplicación universal, que lo mismo valía para Irlanda que para Euskadi, para Córcega que para La Paz: no se puede negociar con terroristas. Y en todo caso, no se puede ni hablar de negociar con terroristas mientras no abandonen las armas.
Eso es lo que se nos ha venido repitiendo desde hace años, cual si de una verdad evidente por sí misma se tratara. Y eso es lo que los gobiernos de Londres, Dublín y Washington no han hecho. Han negociado con terroristas que no habían abandonado las armas. Y han llegado a un acuerdo con ellos.
"¡No cabe comparar a ETA con el IRA!", claman los guardianes del dogma. ¿Y por qué no? Desde su punto de vista, ETA y el IRA son exactamente iguales. Asesinan lo mismo. En nombre de lo mismo. Con idénticos métodos. Las bombas del IRA en los grandes almacenes del centro de Londres o en los pubs de Birmingham no son ni mejores ni peores que las de ETA en los grandes almacenes de Barcelona o en las calles de Madrid. Las balas del IRA no gozan de ninguna prerrogativa de la que carezcan las de ETA: nada más parecido a un orificio de bala que otro orificio de bala. Sobre todo en sus efectos.
Si pretenden que el estigma del terrorismo es absoluto, si parten de que el terrorismo no deja lugar para consideración accesoria de ningún tipo, tanto debería darles que el terrorista rece a San Patricio o cite a Franz Fanon, se deleite con los Chieftains o con Benito Letxundi.
Si fueran coherentes, deberían condenar las conversaciones de Stormont. Y repudiar el acuerdo.
Pero no lo hacen, y yo me alegro. No mejora con ello gran cosa mi consideración sobre su coherencia, desde luego, pero sí me aclaran en qué términos abordan realmente el problema.
Demuestran que cuando dicen jamás debemos entender que están pensando tan sólo por ahora.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/15 07:00:00 GMT+2
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1998/04/08 07:00:00 GMT+2
La han emprendido contra él. Le avisaron: «Vamos a por ti». Y han ido a por él. En El País, en la Ser, en Canal Plus, en todos sus medios, propios y afines, que son muchos.
Le sacan que cuando era un pipiolo escribió un opúsculo de exaltación falangista. Prescinden de que muy poco después, cuando aún los vientos corrían helados, se hizo socialista y se opuso activamente al franquismo, como ciudadano y como juez, denunciando las torturas policiales -lo que le acarreó más de un disgusto- y defendiendo las libertades individuales y colectivas. ¿A qué se dedicaban ellos por entonces? Su gran patrón, a hacer buenos dineros editando los libros de texto del franquismo, actividad en la que no cesó hasta que ya no hubo libros de texto franquistas que editar. ¿Qué derecho tienen para criticar pecados de juventud ajenos? ¡Ellos, que colaboraron con la dictadura hasta sobrepasar de largo las fronteras de la madurez... y de la vergüenza!
Que quede claro: no defiendo al juez Navarro porque sea mi amigo. Es justo al revés: me honré en ser amigo suyo después de comprobar su carácter insobornable.
Presionan ahora con fuerza los Polanco y cía. al Consejo General del Poder Judicial, mano a mano con el baranda de la Sala Segunda del Supremo, para que Navarro sea sancionado duramente por díscolo. Le acusan de haber puesto de vuelta y media a otros jueces amparándose en su condición de magistrado. Citan sus artículos en El Mundo. Se equivocan. Certifico -puedo hacerlo- que Joaquín Navarro siempre ha firmado sus artículos sin otro título que el muy digno de su nombre y apellidos. Es el propio diario el que, en su caso como en todos, añade una breve nota final para identificar al autor. Navarro escribe en tanto que ciudadano, y ni PRISA -que bien que aplaudió sus opiniones en los tiempos en que le satisfacían-, ni el CGPJ, ni el presidente de la Sala Segunda del Supremo están legitimados para negarle el derecho a hacerlo.
Les pone nerviosos. Les altera que haya un juez que, sin pelos en la lengua, denuncie las maniobras que están haciendo para lograr la absolución de Barrionuevo y Vera, necesaria para facilitar el regreso triunfal de su adorado González. José Jiménez Villarejo, que habrá de presidir la Sala que los juzgue, ya ha manifestado que, si por él fuera, los dejaba ir sin condena. Tratan de ir callando las voces que puedan denunciar su bochornoso enjuague exculpatorio. La del juez Navarro entre ellas.
Suele decirse que son muchos los jueces que no se venden. Y así es. Unos porque, como Joaquín Navarro, no están en venta. Y otros porque no existe subdivisión de la moneda lo suficientemente pequeña para pagar lo que valen. Carentes de valía concreta estimable, no se venden: se prestan por temporadas a cambio de cualquier limosna.
Y es que la Justicia es como las águilas: puede subir hasta las cimas más altas, pero también descender hasta los más oscuros abismos.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/08 07:00:00 GMT+2
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1998/04/04 07:00:00 GMT+2
La pasada semana, un exiguo pero abigarrado grupete de personajes y personajillos residentes en la Villa y Corte dimos a conocer un breve manifiesto que proclamaba nuestro convencimiento de que el problema del terrorismo no se resolverá si no es por la vía de la negociación.
¡Ay, Señor, la que se nos vino encima! Hubo bofetadas para determinar quién nos la daba más enérgica. Nos han llamado de todo: desde memos hasta delincuenciales, que no tengo ni idea qué puede ser, pero que suena terrible.
Ayer, medio millar de memos más suscribieron en Euskadi un manifiesto similar. Veo que entre los firmantes se encuentran desde memos del gremio de los juntaletras, como Bernardo Atxaga, a memos que pegan el cante con guitarra, como Benito Lertxundi y Mikel Laboa, pasando por catedráticos, profesores, sociólogos, magistrados, cineastas y hasta académicos, todos ellos perfectamente delincuenciales, supongo.
Nuestros detractores tienen dos posibilidades: o poner también a caldo a los nuevos abajofirmantes, tirando de diccionario de sinónimos (o inventándoselos directamente, en plan delincuencial)... o pensárselo un poco mejor. ¿Y si no fuéramos todos imbéciles del todo? ¿Y si no tuviéramos tampoco ningún deseo de echarle una mano a ETA, como alguno no muy proclive a finuras y matices ha soltado urbi et orbi con cargo al erario?
Creen que no se puede ni hablar de negociación hasta que ETA abandone las armas definitivamente. Me parece una idea muy respetable, por más que contradictoria: si ETA renunciara a las armas, no veo yo qué quedaría por negociar. Confían, entretanto, en que la acción policial dé buena cuenta del terrorismo. ¿Basándose en qué precedentes, en qué datos de la realidad? Hasta ahora, la experiencia lo único que nos ha enseñado es que, un poco antes o un poco después, ETA se rehace siempre de los golpes policiales.
Nos dicen y repiten sin cesar que aquí solo hay dos bandos: de un lado, el de aquellos que practican o sustentan el terrorismo; del otro, todos los demás. Pero, en cuanto uno se descuida, ya están acusando a los nacionalistas de dar cobertura ideológica a ETA, porque tienen los mismos fines. No se dan cuenta de que cabe volver el razonamiento contra ellos: dado que sus objetivos políticos son idénticos a los de los GAL, ¿habremos de concluir que proporcionan cobertura ideológica al terrorismo de Estado?
Ni lo uno ni lo otro. Por lo menos como prejuicio. Aquí no sobra ninguna reflexión, ningún análisis: todos pueden contrastarse, oponerse, aportar su parte de razón. Los que propugnamos la vía del diálogo no lo hacemos por vicio, sino, sencillamente, porque no vemos otra. Harían bien quienes la rechazan en intentar entenderlo. Así podrán también entender al Gobierno cuando demuestre en los hechos que, en realidad, piensa lo mismo que nosotros.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/04 07:00:00 GMT+2
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1998/04/01 07:00:00 GMT+2
No tengo la menor idea de los cambios copernicanos que haya podido sufrir la mente de Josep Borrell Fontelles desde que abandonó el Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente. Aseguran quienes han hablado en los últimos tiempos con él que parece otro. Dicen que está hecho todo un social-demócrata de izquierdas; que no queda en él ni rastro del político marrullero que jaleó la política económica de los Boyer y Solchaga y que negó la responsabilidad de González en la corrupción («Jesucristo nombró doce apóstoles y dos le salieron rana», bromeaba, como si la cosa fuera de chiste).
No diré yo que su transformación sea un montaje, aunque tiendo a atribuir más sinceridad a quienes, cuando cambian, lo admiten, y muestran al menos un cierto pesar por haber errado. Pero tal vez no se autocritique por pudor; para no atribuirse demasiada importancia.
De todos modos, me da que los muchos que en estos días están mostrando su franca simpatía por Josep Borrell, tanto dentro del PSOE como -sobre todo- fuera de él, no tienen ningún deseo de someterlo a examen. No solo están dispuestos a creer a pie juntillas en la pulcritud de su muda política e ideológica, sino que incluso le confieren atributos que ni siquiera el propio Borrell reclama. Él dice: «Felipe es mi luz y mi guía», y sus promotores, como si nada: «Está obligado a hablar así, el pobre; pero, en realidad, quiere romper con el felipismo».
Cabría muy bien tomarse esta súbita explosión de borrellismo a chirigota. Porque, francamente, el personaje no da para tanto. Pero la cosa tiene también su vertiente seria o, por lo menos, analizable.
Lo he comprobado en épocas y países diferentes. Hay ocasiones en que la realidad social necesita y reclama la aparición de alguien que asuma la representación de una nueva causa que ha cristalizado en amplios sectores de la sociedad. Pueden ocurrir entonces dos cosas: o que surja por feliz azar la persona que responde a esa necesidad y que logra expresarla y personificarla... o que no aparezca. En este último caso, lo que suele suceder es que los sectores sociales que sienten esa carencia se buscan un sucedáneo -alguien que hace las veces de- y lo adornan mal que bien con los atributos imaginarios del líder al que aspiran. La Historia de España está llena de personajes cuyo afán de notoriedad les llevó a interpretar un papel socialmente necesario para el que verdaderamente no estaban llamados, ni por temperamento ni por convicciones. ¿Cómo no evocar aquí el caso de Francisco Largo Caballero, aquel reformista que por oportunismo y vanidad se avino a transmutarse en el Lenin español?
Muchos de los que ahora apoyan la candidatura de Borrell no se identifican con Borrell, tal como es, sino con el político que desearían que Borrell fuera, ajeno al felipismo y realmente de izquierdas.
Quién sabe: lo mismo se anima y acaba haciendo ese papel.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamiquino.1998/04/01 07:00:00 GMT+2
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1998/03/28 07:00:00 GMT+2
Lo sentenció Deng Xiaoping y les encantó: «No importa que el gato sea blanco o negro; lo que importa es que cace ratones». González lo enarboló como santo y seña. Y lo explicó, a su modo: «El cambio consiste en que España funcione». Aún no mandaba. Ahora se apunta Tony Blair: «La gestión de la economía no es de izquierdas o de derechas; o es buena o es mala».
Empecemos por refutar a Deng. Su frase, de apariencia ingeniosa, se basa en un presupuesto falso: da por hecho que los gatos sólo interesan en tanto que cazadores de ratones. Mi gato es blanco, y eso me importa, porque me gusta cómo es. A cambio, hace tiempo que no caza ratones: su presencia los ahuyentó, y ya no han vuelto. Si me atuviera al criterio de Deng, debería echarlo a patadas: a falta de ratones, ¿para qué hace falta un gato? Pues para muchas otras cosas: para hacerme compañía cuando paseo -siempre me sigue-, para divertirme con sus juegos... Deng, al no considerar de los gatos sino su mayor o menor capacidad para cazar ratones, puso en evidencia su penosa jerarquía de valores, estrechamente pragmática y productivista.
¿Creen que le saco demasiada punta al aforismo de marras? Para nada. Si Deng Xiaoping lo puso en circulación fue para dejar claras sus prioridades: importa producir más y obtener más beneficio; cuanto contribuya a ese objetivo está bien; da igual cómo se consiga. Con esa misma intención lo citan, riéndole la gracia, sus mentores occidentales.
«La gestión de la economía no es de derechas o de izquierdas; o es buena o es mala», apunta Blair. Churras y merinas cuidadosamente mezcladas. Es tanto como decir: «Da lo mismo adónde lleve la carretera; lo que importa es que el firme se halle en buen estado». La gestión económica no es un fin en sí mismo. La política y la eficacia no se excluyen: una misma gestión económica puede ser a la vez mala para la izquierda y buena para la derecha, y a la inversa, porque lo bueno y lo malo no son conceptos asépticos, indiferentes a los muchos conflictos de intereses que existen en la sociedad.
La derecha social -incluidos a estos efectos los Blair, González y demás discípulos de Deng Xiaoping y sus incoloros gatos cazadores- siempre oculta sus intereses bajo el amplio manto del interés general. Su tópico más manido es: «Cuanta más riqueza se genere, más habrá para repartir». Pero, cuando llega la hora del reparto, cambia bruscamente de discurso: entonces opta por entonar jeremiadas sobre lo vacía que está la caja de la Seguridad Social, lo muy invertida que se ha puesto la pirámide de edad, lo caros que salen los viejos y lo mucho que gastan los parados. De lo que deduce alegremente que hace falta contener el alza de los salarios -si es que no congelarlos- y recortar otro poco las prestaciones sociales.
Son insaciables: no sólo utilizan a los gatos para que les hagan el trabajo sucio. Quieren que, además, los ratones mueran contentos.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/03/28 07:00:00 GMT+2
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1998/03/25 07:00:00 GMT+2
Se dice que hay ocasiones en que los árboles no nos dejan ver el bosque.
Es un planteamiento equívoco.
En realidad, todo depende de la distancia. Si estamos a un kilómetro del bosque, no vemos ningún árbol con el suficiente detalle como para tratar específicamente sobre él. Y si nos acercamos hasta ponernos junto a un árbol concreto, entonces es el conjunto del bosque, su ser total, el que se nos escapa.
En suma: lo determinante es el punto de vista. El lugar desde el que se mira.
La ventaja que tenemos los humanos en materia de bosques estriba en que podemos cambiar de posición, alternando los puntos de vista. Nos es posible cruzar las informaciones obtenidas desde la lejanía y las adquiridas de cerca.
Poco importaría que los árboles estuvieran dotados de raciocinio. Anclado en un lugar, atado por sus raíces, ningún árbol podría saber nunca qué es el bosque. A lo sumo, le sería dado imaginarlo. Nunca conocerlo. Porque, para conocer lo que es un bosque, como totalidad, hace falta distanciarse, observarlo desde fuera.
Tal los árboles, tal los hombres. Sólo los desarraigados, los sin tierra, podemos adentrarnos en esos bosques que son los pueblos, examinar de cerca su rica variedad tanto en flora como en fauna, sin perder por ello la capacidad de alejarnos y mirarlos desde fuera, ajenos.
Insisto en el inicio: no es cosa de inteligencia, ni de perspicacia, sino de posición.
Periférico desarraigado, observo desde este bosque de cemento madileño, en el que no faltan ni los elegantes tilos ni los rotundos alcornoques, cómo se juzga a los nacionalistas periféricos. La mayor parte de los opinantes se proclaman hostiles a todos los nacionalismos. Como si fueran antinacionalistas. No se dan cuenta de que eso que ellos toman como el orden natural de las cosas -el orden que impera en el lugar del bosque donde tienen echadas sus raíces- no es sino localismo español, es decir, otra variedad de nacionalismo.
No es una peculiaridad española, sino signo característico de todos los que se sienten parte de una nación identificada con un Estado. Al periodista francés nada le parece más natural que averiguar si en el accidente aéreo de Lejanilandia hay alguna víctima de su país. Porque, de ser así, destacará la noticia; y si no, será un breve. El miembro del Departamento de Estado de Avanti!, de Wilder, se considera un gran cosmopolita: «Entiendo que en otros países no hablen inglés. Pero, ¿por qué no hablan todos, por lo menos, el mismo idioma?». Hace nada, España entera fue un clamor contra la barbarie del comisario Fischler. A las agencias de prensa extranjeras, en cambio, el asunto no les inspiró ni una triste línea.
Los nacionalistas sin Estado se comportan como nacionalistas, y lo saben. Los nacionalistas de los Estados-Nación actúan exactamente igual. Pero no lo saben.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de marzo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/03/25 07:00:00 GMT+2
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