1998/05/29 07:00:00 GMT+2
La Expo de Lisboa espera recibir muchos visitantes españoles. Los necesita. Al precio que están las entradas, la mayoría de los portugueses se lo van a pensar bastante. Y es que Portugal va bien, y tiene unas cifras macroeconómicas estupendas, pero los bolsillos del personal portugués de a pie no van tan bien, ni mucho menos.
Temo esa invasión masiva de españoles. Según la retórica al uso, Portugal es «el país hermano». Debemos de ser de esos hermanos que no se dirigen la palabra. Mísia, la gran renovadora del fado -qué maravilla de disco, su último Garras dos sentidos-, sentenció con mucha sorna en cierta ocasión: «Estaría bien que españoles y portugueses fuéramos menos hermanos... y más amigos».
Tiene razón. Los portugueses -bastantes: toda generalización acaba siendo injusta- alientan una cierta desconfianza hacia cuanto viene de España, en general, y hacia los españoles en particular. Me temo que no se trate tanto de un prejuicio como del resultado de una experiencia. Y no solo de siglos pretéritos.
He recorrido Portugal de norte a sur, por la costa y por el interior. Me he topado a lo largo de mis sucesivos viajes con muchísimos turistas españoles, claro está. No pocos de ellos estupendos: muy respetuosos, de veras interesados por Portugal, por sus gentes, por su vieja Historia y por su presente, por su música, su arquitectura y su gastronomía... Pero también me he tropezado, para vergüenza mía, con la tira de zopencos, de esos que hablan a los portugueses en castellano sin mediar petición de disculpa alguna, adoptando un aire de superioridad insufrible; que hacen una y otra vez chistes groseros sobre cómo será el polvo (pulpo) a la portuguesa, y que todo lo que acaban conociendo de Portugal es el camino que conduce desde el hotel en el que se alojan a la playa de enfrente, pasando por la tienda en la que se compran las inevitables toallas. ¿Cómo podrían los portugueses no mirar con horror a esa horda hispana, trasunto de la plaga alemana que se instala cada verano en Ibiza dispuesta a comer salchichas de Francfort y beber cerveza de importación hasta hartarse?
El pueblo portugués es el más próximo al español, por muchos motivos, pero la mayoría de los españoles sabe menos de Portugal que de los EE.UU. Sería de desear que esta Expo permitiera a algunos cientos de miles de españoles tomar conocimiento de cómo son nuestros vecinos. Vale la pena. Podrían incluso preguntarles cómo se las arreglaron para hacer una ruptura democrática sin causar ni un solo muerto: aquí los hay que presumen sin parar de una reforma que segó la vida de varias decenas.
Pero es poco probable que eso ocurra. Me temo que la mayoría viajará para ver pabellones a escape y volverse sabiendo casi tan poco sobre Portugal y su pueblo como cuando salió para allá.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de junio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/29 07:00:00 GMT+2
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1998/05/27 07:00:00 GMT+2
Dice Josep Antoni Duran i Lleida, con el tono suave y pausado que le es propio, que tanto al PSOE como al PP les ha faltado «sentido del Estado» en el caso GAL, y que por eso nos vemos ahora en una situación «lamentable». Se refiere al juicio que empezó anteayer en Madrid.
Asegura por el contrario Xabier Arzalluz, en el estilo cortante que le caracteriza, que la celebración de ese juicio es muy positiva. Según él, hubiera sido terrible que, mientras los crímenes de ETA se castigan «Código Penal en mano», los de los GAL quedaran impunes.
Se supone que Duran y Arzalluz son uña y carne: ambos nacionalistas, ambos democristianos. Sin embargo, en la práctica, como se ve, sus concepciones de la política pueden resultar antagónicas.
Duran es considerado -incluso por buena parte de la opinión pública no catalana- un hombre moderado y sensato. Arzalluz, en cambio, pasa por ser -y no sólo fuera de Euskadi- un político abrupto, irascible y con tendencia al extremismo.
Estamos ante una clara prueba de la importancia que en el escenario de la política actual tienen las formas. Porque, si dejamos la superficie de esas declaraciones y ahondamos en su contenido, veremos pronto que la posición de Arzalluz es juiciosa y razonable, en tanto la de Duran es fanática y radicalmente hostil al Estado de Derecho.
¿Cómo puede entender Duran que al PP le ha faltado «sentido de Estado» en el caso GAL? En los crímenes de los GAL, al PP ni le sobró ni le faltó nada, porque no estuvo implicado en su comisión, que yo sepa. En consecuencia, esa ausencia de «sentido de Estado» de la que habla Duran solamente puede referirse a lo ocurrido más tarde, esto es, al desvelamiento de los crímenes: él cree que ha sido dañino para el Estado que el PP contribuyera a que las barbaridades de los GAL fueran investigadas, parcialmente clarificadas y llevadas a juicio. Ni más ni menos.
Xabier Arzalluz, por su parte, se limita a defender un principio constitucional tan justo como elemental: el de la igualdad de todos los ciudadanos ante la Ley.
En realidad, la posición de Duran no tiene nada de nueva, ni de exclusivamente suya. Tanto su partido como el de Pujol vienen actuando desde hace años en esa línea. Jamás han hecho nada que pudiera ayudar a la fijación de responsabilidades penales o políticas por la puesta en marcha del terrorismo de Estado. Al contrario.
Es realmente terrible que unos políticos partidarios de encubrir asesinatos, inhumanos secuestros y crueles torturas puedan ser mayoritariamente tenidos por personas sensatas y moderadas, cuando de hecho son fanáticos, cegados por su veneración a eso que ellos llaman Estado, al que quisieran mantener por encima de la Ley.
Dan pena. Pero no tanto ellos como los muchos que los consideran sensatos y moderados.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/27 07:00:00 GMT+2
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1998/05/23 07:00:00 GMT+2
Cada vez que escucho a alguien salir en defensa de otro con argumentos del estilo de: «¿Fulanito, hacer eso? ¡Imposible! Lo conozco bien: no es capaz», me acuerdo de L. S.
Conocí a L. S. a finales de los 70. Era corresponsal en España del diario italiano Lotta Continua, un panfleto izquierdista muy bien hecho. Desenfadado, innovador, fue precursor de nuevas formas de periodismo que luego han sido explotadas a fondo por la prensa italiana de orden, recurriendo a menudo a los mismos que hicieron en su día aquel periódico (una vez reconvertidos, por supuesto).
L. S. era un tipo divertidísimo. Vivía donde podía: donde cualquier conocido le prestara una cama. Sus pertenencias eran bien escasas: una máquina de escribir y una maleta grande con unas cuantas camisas -casi todas sucias-, un puñado de calcetines desparejados y varias botellas de whisky mediadas. No me pregunten por qué cargaba con las botellas sin acabarlas: nunca lo supe, y me da que él tampoco.
Pese a su reputado izquierdismo de aire tirando a maoísta, L. S. no tenía ningún inconveniente en admitir que, en términos generales, la política le aburría soberanamente. A él lo que más le gustaba era salir de noche, hablar de literatura o de cine, cortejar a las mozas y empinar el codo, hasta acabar a las tantas de la madrugada clamando cualquier remedo italiano del Asturias, patria querida. Por lo demás, L. S. era una especie de monumento al caos personal, a la impuntualidad y al despiste.
Todos cuantos lo tratábamos sabíamos que intentar hacer algo medianamente serio con él era empresa imposible. «¿Cómo? ¿Que teníamos una cita a las 6? A ver...», decía, y empezaba a hurgar en sus bolsillos, de los que iban saliendo pañuelos arrugados, cigarrillos rotos, algún carrete de fotos («¿Y esto?», murmuraba perplejo)... y, al final, un papel con anotaciones varias: «Ah, pues sí. Y fíjate que lo apunté...», fingía disculparse.
Dejé de ver a L. S. Al cabo de un cierto tiempo, un buen día, allá por el 82, me quedé de piedra al leer la prensa: contaba que L. S., L. S. el bohemio, el desastre de L. S., el L. S. al que aburría hablar de política y amaba la vida nocturna madrileña, había sido detenido en Italia en tanto que integrante de la trama búlgara que -decían- había dado cobertura al atentado de Alí Agca contra Juan Pablo II. Según la noticia, la propia esposa de L. S. había confesado que su marido trabajaba para el espionaje búlgaro desde hacía años.
¿Espía aquel desastre impuntual, despistado, caótico? ¿Espía del Este un semimaoísta? «Bueno; tampoco es imposible», me dije. A fin de cuentas, lo mejor para ser espía es no tener la menor pinta de espía.
Carlos Marx escribió que si las apariencias coincidieran con las esencias toda la ciencia humana carecería de sentido. Cierto: nadie es lo que parece.
Pero todo el mundo es también lo que parece. Incluido L. S.: la trama búlgara para atentar contra el Papa fue una chapuza.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de junio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/23 07:00:00 GMT+2
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1998/05/20 07:00:00 GMT+2
Cada cual valora lo que le da la gana. Carmen Rigalt resaltó por aquí hace unas semanas que Borrell tiene aspecto de limpio. No es un asunto menor, aunque depende para qué. Recordé hace poco que Ernesto Guevara, según múltiples y nada parciales testimonios, se servía del jabón con pasmosa economía, a resultas de lo cual desprendía un olor corporal de atractivo más bien discutible. Dado que mi única relación con él fue leída, ese rasgo de su personalidad nunca me preocupó gran cosa. Diferente habría sido si hubiera debido seguirlo en sus andanzas por las montañas de Bolivia: lo menos que uno le puede pedir a la épica es que no huela mal.
No compararé a Borrell con el Che -ni los amigos del uno ni los del otro me lo tolerarían-, pero el caso es que el Candidato -así, con mayúscula, como lo escriben ellos-, aparte de ser una persona de aspecto aseado, y hasta un poquitín atildado, tampoco apesta en otros aspectos. No es que su olor político me fascine, pero al menos no aparece tipificado en el Código Penal, como el de algunos de sus compañeros de partido. Y, como quiera que hace mucho que me di de baja en la filosofía del cuanto peor, mejor, si tuviera que elegir, preferiría que fuera él quien se hiciera cargo de la jefatura del PSOE. Además, se expresa en un castellano más correcto que el de la mayoría de la fauna política local (oigan, cada cual tiene sus manías).
Pero no va a poder ser. Y vaya que lo siento.
Para ser dirigente máximo de un partido postinero hay que cumplir ciertos requisitos. Uno de ellos es saberse desenvolver en los pasillos. Saber conspirar, vamos. Y Borrell no sabe. Lo está demostrando con una contundencia verdaderamente anonadante. El personal del aparato lo está toreando como le da la gana.
Un dirigente político fetén debe arreglárselas también para hacer como hacemos los periodistas, esto es, para perorar sobre todo sin saber apenas de nada. Y a Borrell eso le da pánico. Si el otro día, en el debate sobre el llamado estado de la Nación, se encerró en aquel absurdo galimatías de números, no fue sólo porque errara creyendo que había encontrado un filón, sino también porque sintió la misma querencia que lleva a los mansos hacia los toriles: algo dentro de sí le dijo que mientras hablara de números no tendría que meterse a discutir sobre la Administración de la Justicia, ni sobre los medios de comunicación, ni sobre el Cesid... Porque sobre esos asuntos -y muchos otros- no tiene ni pajolera idea y, lo que es peor: huye de disimularlo. Es un manso.
Son esas -saber jugar con las ambiciones ajenas dando codazos para trepar hasta la cumbre y fingir inexistente sapiencia- dos gracias por las que no tengo mayor aprecio, pero el hecho es que que resultan imprescindibles para quien aspira a encabezar un Gobierno.
Borrell carece de ellas. Habrá que buscar otro.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/20 07:00:00 GMT+2
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1998/05/16 07:00:00 GMT+2
Este año se cumplen 75 años del nacimiento de Hank Williams, que murió sin cumplir siquiera los 30.
Muy poca gente conoce por aquí a Hank Williams. Sin embargo, su influencia sobre muchos míticos cantautores del siglo XX ha sido enorme. Pregunten a Mick Jagger por Hank Williams: les hablará maravillas. Lo mismo haría John Lennon, el pobre, si pudiera. A Jerry Lee Lewis, con cuyo ego se podrían llenar varios estadios, le preguntaron en cierta ocasión si él era «el más grande». Dijo que sí, por supuesto. Pero se corrigió de inmediato: «No; él más grande sigue siendo Hank Williams». Hace unos años, Leonard Cohen escribió una de sus canciones-poema, The Tower of Song: en ella colocaba a Hank Williams en lo más alto de la torre de la canción.
Hank Williams compuso decenas de canciones llenas de fuerza y de sensibilidad. Sin embargo, él era un bruto y un ignorante total. En una entrevista le preguntaron por qué hacía tantas canciones tristes (sad songs). Respondió: «Porque soy un sádico» (sadist). No era un juego de palabras ingenioso; es que no conocía el significado de la palabra sádico.
Los sentimientos los dejaba para las canciones. Un día que su mujer le reprochó lo mal que la trataba, le disparó cuatro tiros a un palmo de su cuerpo. «Ahora sabrás lo que son malos tratos de verdad», le masculló. Cuando no estaba como una cuba, estaba drogado. O las dos cosas a la vez. De hecho, murió harto de alcohol y pastillas en el asiento trasero de su coche, en medio de un viaje. Para entonces era ya una ruina.
Para la mentalidad del fan, el ídolo tiene que estar adornado de las mayores virtudes. Pero los ídolos no suelen ser nada virtuosos. Los hay que componen maravillas y son unos perfectos hijos de perra. Los hay que tienen una voz fantástica, llena de matices, y son absolutos cerdos.
Cuando su compañía discográfica sugirió a Frank Sinatra que cantara el Mrs. Robinson de Paul Simon, a comienzos de los 70, el divo alegó que él no podía de ningún modo interpretar una canción en la que se mencionaba en tono humorístico el nombre de Jesucristo. ¡Estaba todo el día rodeado de mafiosos patibularios y se escandalizaba por una broma inocente! Exigió que se censurara la letra.
Sinatra tenía una voz maravillosa y un sentido del ritmo portentoso. No es que tuviera estilo: era puro estilo.
La gran, la impagable ventaja de la industria moderna es que nos ha permitido tener a Frank Sinatra en casa y escuchar sus canciones sin obligarnos a soportar sus ideas ultrarreaccionarias, sus malos modos y su bochornosa chulería. Leí en la autobiografía de Lauren Bacall, By Myself, cómo era La Voz en la intimidad. Solo puedo decir que me alegro muchísimo de no haberme topado con nadie así.
Son dos planos extrañamente diferentes, pero muy claramente diferentes. Hay gente odiosa que seduce y enamora. Cosas del arte.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/16 07:00:00 GMT+2
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1998/05/13 07:00:00 GMT+2
In illo tempore, allá cuando Felipe González gobernaba, a Julio Anguita le molestaba mucho que el PP se presentara como alternativa. Decía el dirigente de IU que el cambio que proponía el partido de Aznar no implicaba una verdadera alternativa sino, como mucho, una mera alternancia. Daba a la palabra en cuestión un sentido despectivo, al modo de la cosa de los perros y los collares que recoge el refranero.
Se equivocaba. Se equivocaba en sentido gramatical, para empezar, porque la alternancia es la acción y efecto de alternar, y para alternar no basta con que uno se vaya y otro se ponga en su lugar: después debe acontecer lo contrario, y así sucesivamente. De modo que una única sustitución, por sí sola, no puede ser nunca una alternancia.
Pero la equivocación principal de Anguita no era gramatical, sino política: Aznar sí representaba una alternativa a González.
Me explico.
Volvamos a los perros que he sacado a pasear antes, a cuenta del refranero. Si alguien compra un perro para que le cuide las ovejas, y resulta que al chucho le da de vez en cuando la ventolera y se dedica a perseguir a los bichos y darles bocados, la alternativa que se le plantea al dueño no pasa por adquirir un jarrón, o un sofá, sino por licenciar a ese perro zumbado y buscarse otro que cuide a las ovejas adecuadamente. O sea, que la alternativa a un perro -puede que no la única posible, pero sí la más fácil, por lo común- es otro perro.
Lo que quiero decir con este sugestivo símil es que, si José María Aznar pudo presentarse en su día como alternativa a Felipe González, fue precisamente por eso que a Anguita le parecía tan mal: porque se ofrecía a realizar el mismo tipo de servicios que el otro, sólo que en mejor: con menos lacras, menos corrupción, más audacia, etc. Lo suyo pudo convertirse en alternativa justamente porque no proponía ninguna transformación de fondo: sólo una conducción más eficaz y menos tortuosa hacia el mismo objetivo (que, dicho sea de paso, no era otro que el marcado desde hace años por los órganos rectores de la Unión Europea).
Borrell demostró ayer que él también representa una verdadera alternativa. Por las mismas razones. No cuestiona en modo alguno las grandes líneas de la orientación económica neoliberal marcada desde Bruselas. Critica algunos de sus excesos más visibles, pero pone mucho cuidado en no desvelar las causas de los efectos, y se libra todavía más de señalar cómo se las ingeniaría él para evitar esos efectos sin atacar las causas. Se ofrece, en suma, como un gestor más sensible y competente... de lo mismo.
Ya es alternativa. Ya puede aspirar a La Moncloa. Ya sólo le toca esperar a que los que mandan de verdad se cansen de Aznar.
Él no lo tiene mal del todo, a decir verdad. Los que lo tenemos fatal somos quienes no andamos buscando perros que cuiden ovejas.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/13 07:00:00 GMT+2
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1998/05/09 07:00:00 GMT+2
Ya andan otra vez a la greña, discutiendo sobre si hay que hablar o no con HB, con ETA y con el sursum corda. Tanto más tras lo de ayer en Vitoria.
Juan José Ibarretxe, que va para lehendakari, asegura que «si no se habla, no se arregla». Pongamos que tiene razón. ¿Y qué? Que algo no se aclare sin hablar no quiere decir que vaya a solucionarse hablando.
Tengo demostrada más que de sobra mi predisposición al diálogo. De hecho, soy un auténtico maníaco de la palabra. En cuanto me topo con un problema, del género que sea, me concierna directamente o no, me lanzo a hablar -o a escribir, tanto da- sobre él, ponderando las razones de una y otra parte, viendo qué posibilidades de concordia hay, buscando un arreglo. Me pirria.
Pero la amarga experiencia me ha demostrado que no todos los conflictos tienen solución dialogada. Unas veces porque no la tienen de ningún modo, y otras porque no la tienen de momento. En tales casos, las apelaciones al diálogo sólo sirven -si es que sirven- como muestra de buena voluntad. Pero ya se sabe que, como decía Randy Travis, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.
En el caso del conflicto vasco, ¿para qué podría servir el diálogo, en las actuales condiciones? Me temo que para nada. O peor aún: para enfangarlo todo todavía más. Las posiciones de unos y otros están demasiado lejos, y los sentimientos demasiado vivos. No es cosa de quemar del todo la vía del diálogo sometiéndola a nuevos intentos fallidos.
Qué desastre. Acabo de escuchar a un comentarista, por lo común bastante sensato, defender que se dé a ETA un plazo para que se ponga razonable. Dice que, si una vez cumplida la fecha no lo ha hecho, entonces habría que lanzarse a por ella a fondo. Atribuye la idea a Rodríguez Ibarra. Tengan los dos por seguro que, si cupiera lanzarse a por ETA más a fondo, ya se estaría haciendo, sin plazos de por medio. A no ser que cuando hablan de lanzarse a fondo estén pensando en lo que prefiero no imaginar.
Dialogar es una gran cosa, pero a condición de que se tenga algo que proponer. Algo medianamente negociable, quiero decir. Mientras ETA y sus mentores políticos no estén en disposición de bajar de la higuera, así sea unas cuantas ramas, me temo que nadie tiene gran cosa de la que hablar con ellos. A esa distancia sólo cabe hacerse oír a voces.
A veces, cuando un conflicto está extraordinariamente enconado, cuando el odio ocupa el espacio que precisa la razón para desenvolverse, que los contendientes se pongan a hablar cara a cara no soluciona nada. Todo lo contrario. Así las cosas, lo mejor es que se tomen un tiempo prudencial antes de hablar. Para serenarse, para reflexionar, para evaluar los pros y los contras.
Es lo que en las peleas personales suele llamarse contar hasta 10. Y lo que en la guerra y en la política se llama tregua. Lo primero que aquí hace falta es una tregua.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/09 07:00:00 GMT+2
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1998/05/06 07:00:00 GMT+2
A bastantes de los integrantes de la quinta del 68 nos está tocando pasar ahora la no muy entusiasmante frontera del medio siglo de edad. Aquello nos pilló con 20 años y, claro, a fuerza de subsistir, pues pasa lo que pasa. El tiempo, sobre todo.
Mañana cumple los 50 alguien que simboliza -tanto que se habla en estos días de Mayo del 68- lo mejor del espíritu que tomó cuerpo en aquel momento: Lluís Llach.
Llach es un gran compositor. Eso casi nadie lo niega. Algunas de sus canciones -de entonces y de luego, hasta ahora mismo- son auténticos prodigios de sensibilidad. Su todavía reciente Un pont de mar blava, sobre poemas de Miquel Martí i Pol -otro que tal baila- matrimonia las mejores tradiciones musicales mediterráneas, que se remontan al Misteri de Elx, con el aliento del ahora mismo: Grecia, Bosnia, Marruecos... Venim del nord, venim del sud: hermandad bajo las mismas estrellas, de uno y otro lado del mar amigo, de la madre mar.
Es un gran compositor, ya digo. Pero eso no es lo principal. Hay otros grandes compositores.
Llach es también un excelente intérprete. Tiene una voz limpia, poderosa pero bien administrada, capaz de trasladarnos en un momento de la tristeza a la ironía y de la ternura a la rabia. Y es también un pulcro pianista, y un muy buen arreglista. Y un letrista bien orientado, que ha escogido con sabia intuición a sus inspiradores, desde Kavafis a Marius Torres, pasando por Salvat-Papasseit y Sagarra, con parada y fonda en Martí i Pol.
Pero nada de eso es tampoco lo principal. Hay mejores voces que la suya, y pianistas más virtuosos que él, y poetas de la canción con más bagaje literario.
Lo grande, lo sorprendente, lo realmente conmovedor de Lluís Llach no es nada de eso. Ni siquiera que todo ello haya ido a coincidir en un solo individuo. Lo esencial de él está, para mí -y para muchos miles más, por feliz fortuna-, en el ungüento mágico que ensambla todas esas piezas, convirtiéndolas en un todo compacto, coherente.
Hablo de su impulso ético. De la apuesta que hizo hace más de treinta años por la decencia y la integridad -¿se eligen esas cosas?-, contra viento y marea. De su lucha por la libertad, por todas las libertades, frente a los asesinos de razones, asesinos de vidas a los que maldijo con voz de trueno. A su defensa de los diferentes. De las diferentes.
Otros también izaron hace treinta años esas banderas. Pero luego las arriaron. O las usaron para taparse. El sigue defendiéndolas. Y eso -más todo lo demás- es lo que le hace ser Llach.
Asisto fielmente a sus conciertos. Veo entre el público a tipos de mi pelo (de mi falta de pelo). Pero veo también a gente muy joven. Y no solo en Cataluña. En Pamplona, una chavala silenciosa le entregó un ramo de flores con una tarjeta de breve leyenda: Gracias.
Qué bien escogió el mensaje. Gracias, Lluís.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/06 07:00:00 GMT+2
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1998/05/02 07:00:00 GMT+2
Para nadie es un secreto que el terrorismo sionista tuvo una función de primer orden en la forja del estado de Israel, de cuya proclamación oficial se cumplirá medio siglo el próximo 14. Que los gobernantes israelíes sean hoy en día tratados a escala internacional como políticos más o menos honorables -tan honorables como cualesquiera otros, quiero decir- no debe hacernos olvidar que unos cuantos de ellos, ahora venerables ancianos, figuraron en su juventud en las listas policiales de medio mundo en tanto que muy peligrosos y perseguidos criminales.
Son cosas de la vida: también los gobernantes ingleses calificaron de terrorista a George Washington cuando se alzó en armas contra ellos, y ahí tienen ahora al menda, dando nombre a la capital del Imperio universal.
Pero les hago gracia del repaso histórico: doy por hecho que ya saben ustedes que todo terrorista se transforma en estadista así que es admitido en el gremio del poder. Llamaré su atención, eso sí, sobre un dato que rara vez se menciona cuando se analizan estos casos -por otro lado, nada infrecuentes en la Historia- de tránsito entre el terrorismo y la política sin tiros: me refiero a la enorme utilidad de los padrinos. Un terrorista sin padrinos es, como aquel que dice, un cero a la izquierda (o a la derecha, si hace al caso). Por el contrario, un terrorista con padrinos tiene ya andada buena parte de su ruta hacia la honorabilidad.
Los sionistas tuvieron padrinos de lo mejorcito. Contaron con el respaldo de los EEUU y de la URSS (que luego se arrepintió, pero a buenas horas). Incluso el Reino Unido se puso de su lado. Al final, lo de menos fueron las bombas. Sirvieron mayormente para que se notara que iban en serio. Tampoco importó demasiado que sus pretensiones fueran tirando a raritas: exigían que se formara un Estado controlado por ellos en una zona en la que la población judía -de reciente inmigración casi toda- estaba en franca minoría (téngase en cuenta que en 1933 apenas suponía el 20 por ciento de cuantos habitaban en Palestina).
Tomemos el caso de Irlanda del Norte ahora. El IRA ha matado lo suyo, desde luego. Pero aquí, como ya digo, la cosa no estriba en determinar quién es terrorista y quién no, ni quién tiene razón, ni quién está en mayoría y quién en minoría, sino qué padrinos tiene cada cual. Y el IRA los tiene de primera, vaya que sí, y en el mejor sitio: la colonia irlandesa en los EEUU es fortísima, y está muy bien instalada en los círculos del poder. Con lo cual, mister Gerry Adams ya es la mar de honorable, y si no llega a gobernar, no le andará lejos.
Seamos realistas: ETA lo tiene crudísimo, pero no porque sea una organización terrorista, ni porque esté en minoría, ni porque presente demandas inaceptables, sino, sobre todo, porque no tiene padrinos de peso en los grandes centros de poder mundial. Que si no...
Javier Ortiz. El Mundo (2 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/02 07:00:00 GMT+2
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1998/04/29 07:00:00 GMT+2
Debo de ser uno de los pocos que no han patinado en sus pronósticos sobre las elecciones primarias del PSOE: no hice ninguno.
Cuando hay urnas de por medio, eludo prudentemente los augurios. No es ya sólo que me conste que no soy representativo de nada -y menos todavía de nadie-; tampoco he logrado jamás entender cómo funcionan las preferencias de los demás. Para mí son un misterio.
Tampoco me fío de los sondeos. O, para ser exactos, no me fío de su presentación pública. Te dicen: «Fulano aventaja a Mengano en tres puntos». Pero vas, lees la ficha técnica y te encuentras con que la empresa que ha realizado el trabajo admite un margen de error posible de 3. O sea, que lo mismo Fulano aventaja a Mengano en tres que le supera en seis, o puede que estén empatados, o tal vez es en realidad Mengano el que supera a Fulano. O sea, que apenas te proporcionan información fiable.
Agotadas ya las posibilidades de errar en materia de pronósticos, los comentaristas nos esforzamos ahora denodadamente por equivocarnos en la explicación de lo ocurrido. ¿Por qué votó a Borrell la mayoría de los militantes del PSOE? «Para abrir una nueva etapa», dicen unos. Otros lo formulan con más audacia todavía: «Para poner fin a la época felipista». No sé yo, pero quizá no haya que excluir que la verdadera razón sea la que dan los propios militantes del PSOE: dicen que prefirieron a Borrell porque creen que puede ser mejor candidato que Almunia. La verdad es que tiene su lógica. Si lo que más les importa es recuperar el Gobierno -y así parece-, nada más natural que respaldar al que consideran que puede lograrlo más fácilmente. Yo no les atribuiría muchas más filosofías.
Otra cosa es que hayan puesto en marcha un proceso que derive por derroteros imprevistos. Es viejo recurso periodístico convertir la propia incapacidad de análisis en enigma universal, atribuyendo a cualquier cambio «consecuencias impredecibles». Pero con Borrell está más que justificado. Ya dije hace tiempo que, por ocurrir, hasta puede ocurrir que al final acabe tomándose a pecho el papel de paladín izquierdoso que algunos se empeñan en asignarle por mucho que él y la realidad se resistan. Está tan ahíto de ambición que puede hacer literalmente cualquier cosa, por apocalíptica que resulte, si cree que le puede beneficiar en algo. Entiendo que los del aparato del PSOE estén preocupados. Yo, en su caso, estaría aterrado. Pueden acabar todos directamente en la cárcel. No porque el candidato esté imbuido de ninguna extraña sed de justicia, sino porque lo suyo no es pararse en barras. Ni en barrotes.
Algo sí cabe pronosticar: animará algo el panorama político. Se había puesto realmente plúmbeo. Un liante como él seguro que lo agita.
Y eso, ¿gracias a quién será? A Almunia. Agradezcámoselo: de no ser por Almunia, habríamos tenido Almunia para rato.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de abril de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/04/29 07:00:00 GMT+2
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