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1998/07/01 07:00:00 GMT+2

La falta de firmeza del PNV

El PSOE vasco ha decidido romper su pacto con el PNV. Le reprocha su falta de firmeza frente a los cómplices del terrorismo. Tiene mucha razón. Los jelkides nunca han sido firmes en eso. Ejemplo: llevan un montón de años acusando a los Jáuregui, Benegas y compañía de amparar el terrorismo de Estado y, a la vez, no han tenido inconveniente alguno en gobernar con ellos.

Admitida la pertinencia del reproche, habrá que convenir que no son los líderes socialistas vascos los idóneos para dar lecciones de consecuencia democrática. Digo yo que antes de ponerse en ese plan les convendría dejar que pase un poco de tiempo. Por lo menos hasta que concluya el juicio que se está viendo ante el Tribunal Supremo. Deberían recordar que tienen a varios destacados compañeros en el banquillo acusados de pertenencia a banda armada. Todavía hace nada, Rosa Díez afirmaba que «hay autos de la Audiencia Nacional que matan más que las bombas de ETA». ¡Toma fiel devoción por el Estado de Derecho! Es verdad que Nicolás Redondo Terreros se ha mostrado apesadumbrado por lo que hicieron los GAL -y eso le honra-, pero tampoco ha llevado su pesadumbre hasta el extremo de negarse a votar con los cómplices de esa banda terrorista, como exige al PNV que haga cuando se trata de la otra banda. Uno no puede ir de portaestandarte del rechazo a la violencia ilegal cuando sus más próximos la han practicado, justificado y encubierto con singular entusiasmo. ¿O tal vez solo es rechazable la violencia ilegal ajena? ¡Pero si hasta tienen en la dirección del partido a uno que fue procesado por llevarse trabajo político a casa y maltratar a su mujer!

Alguien, no recuerdo quién, dijo una vez algo sobre estar libre de pecado y tirar piedras. La moda demagógica de demonizar al PNV porque tiene tratos con HB está alcanzando incluso a gentes que se han pasado años declarándose -¿fingiéndose?- horrorizadas por lo que hicieron los GAL. Qué poco les han durado los principios. Sé que la realpolitik es un ingrediente inevitable de los enjuagues partidistas, pero me repugnan los embudos hipócritas: no se le puede aplicar al PNV una vara de medir y otra al PSOE. Todos, absolutamente todos, han tenido contactos no sólo con HB, sino también con ETA, directos o a través de intermediarios, y los han tenido muy recientemente, incluso mientras estaban largándose rollos públicos condenando lo que hacían de tapadillo.

Por lo demás, esta historia de reciente invención según la cual «no se puede votar lo mismo que HB en ninguna circunstancia» es de las más tontas que he oído en mi vida. Cada cual debe votar lo que cree positivo, y HB que haga lo que le venga en gana. Si no, el día menos pensado los de HB presentan en el Parlamento una moción en contra de la independencia de Euskadi y los demás partidos, para que nadie les acuse de cómplices, votan a favor de la separación. Capaces.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de julio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de julio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/07/01 07:00:00 GMT+2
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1998/06/27 07:00:00 GMT+2

Daños irreparabales

Los especialistas que han examinado a Segundo Marey afirman que el secuestro le causó daños psíquicos irreparables.

Todo lo que padecemos nos deja huella. Cuando la herida es terrible, también lo es la cicatriz. Pero, si el mal recibido encaja en nuestras previsiones -no puede sorprender la perversidad del enemigo-, nos cabe asimilarlo mejor.

Es el daño incomprensible el que más cercena. Marey -el señor K- no entendía nada. Si él no estaba metido en ninguna pelea, ¿por qué lo maltrataban? ¿Para qué? ¿Quién? El absurdo laceró su memoria para siempre.

Me apena Marey. Pero tampoco exagero: hay mucha gente que es vejada a diario, que padece hasta lo irreparable. No privilegio su caso.

El mal más grave que causaron los autores del secuestro de Marey -hablo de los autores mediatos: de los que lo planearon, lo financiaron, trataron luego de taparlo y quieren ahora justificarlo sin dejar de fingir que están al margen- no es el que infligieron a ese patético anciano. No fue un daño individual.

Lo peor es la herida que abrieron en el corazón de nuestra sociedad. Y especialmente en el de eso que aún seguimos llamando la izquierda.

La envenenaron. Le inyectaron una fatídica sobredosis de doble moral. A partir de aquello -y con lo que siguió luego- no quedó espacio disponible para la ética. Cada cual supo que estar con esa gente -así fuera para oponerse lealmente a ella- era codearse con el crimen.

Desde entonces, toda la política española ha vivido en la impostura. En la inmoralidad. Y la población se ha acostumbrado a cerrar los ojos a la evidencia. A hacer como si no supiera lo que sabe de sobra.

«¿Por qué tienes tanta manía al PSOE?», me escribe un lector que se declara «de izquierdas». ¿Es una manía negarse a mantener buena relación con quien ha recurrido al crimen o milita codo con codo con quienes lo hicieron?

El mero hecho de que haya quien plantee la cuestión en esos términos -y no porque tenga un irreprimible afán encubridor, sino porque lo ve así- revela hasta qué punto se ha envilecido la conciencia de la presunta izquierda española.

No se dimite de los principios por parcelas. Los mismos que no sienten una intolerable repugnacia cuando ven a Barrionuevo y Vera largarse el rollo, como si fueran gente de bien, y a Felipe González teorizando su inocencia mientras se queja de que no hubiera un pacto de Estado para taparlo todo, son los que han acabado aceptando que prevalezca la OTAN, y el Tratado de Schengen, y las malditas leyes de extranjería, y el neoliberalismo rampante, y el derecho al aborto con retales, y todo lo demás. Ahora, ser de izquierdas ya no es cuestión de ética, sino de estética: con tener ojeriza al Papa y a Julio Iglesias va uno más que servido.

Pobre Marey: él es lo de menos.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de junio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/06/27 07:00:00 GMT+2
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1998/06/24 07:00:00 GMT+2

Tontos y malvados

Viejísimo dilema ¿qué es peor afrontar: la maldad o la estupidez? Responden muchos que resulta preferible toparse con la maldad, porque no hay nadie que la ejerza las 24 horas del día. El malvado descansa a veces. El estúpido, en cambio, lo es a perpetuidad. Pero la opción es falsa. La maldad y la estupidez no son antagónicas. Del mismo modo que hay bellísimas personas que además son inteligentes, también hay malvados cretinos.

Lo que sí cabe debatir es qué conviene más, si enfrentarse a un enemigo inteligente o a un adversario torpe. Y eso no está tan claro. Porque el inteligente emplea tácticas más sutiles y venenosas, sin duda, pero también más previsibles (a condición, claro está, de que uno sea también pasablemente astuto). En cambio, el estúpido puede salirte por cualquier lado. Lo mismo hace una pifia de mucho cuidado, y entonces es un chollo. Pero lo mismo te monta una trampa mortal, sin ni siquiera darse cuenta.

Es parecido a lo que suele ocurrir cuando un novato se pone a jugar al póquer, que a menudo gana al experto. El jugador avezado no acierta a saber si el neófito apuesta sabiendo el valor real de las cartas que tiene en la mano: puede ir de farol involuntario, creyendo que los treses valen de reyes, como en el mus, o puede, por el contrario, haber confundido una escalera de color con otra normal.

En suma, que no es una elección fácil.

No sé por qué me vino esta reflexión anteayer a la cabeza, según estaba leyendo el auto de procesamiento de Javier Gómez de Liaño emitido por el juez del Supremo Joaquín Martín Canivell.

Madre de Dios, qué argumentación. Es un alumno de primero de Derecho el que escribe ese auto y de veras que le recomiendo vivísimamente que se dedique al cultivo de la patata temprana en el desierto de Gobi. Por su bien y por el de España, que diría Aznar. ¡Pero si llega a escribir que en el delito de prevaricación -que, como se sabe, es el que comete un juez cuando dicta una resolución injusta a sabiendas de que lo es- no importa la intención del juez! ¡Toma ya! Es como si pretendiera que en el delito de asesinato dé igual que haya o no haya muerto.

El auto es antológico. Su propia existencia lo es: hoy en día, desde que se instauró el procedimiento abreviado, sólo cabe dictar auto de procesamiento cuando el presunto delito está castigado con pena de reclusión superior a 9 años. El delito que Canivell le atribuye a Liaño ni siquiera lleva aparejada pena de cárcel. ¿Cómo justifica entonces su decisión de dictar auto de procesamiento, con los enormes perjuicios que eso acarrea al encausado? Pues muy fácil: apela al fuero del que goza Gómez de Liaño, en su condición de juez. ¡Genial: convertir un privilegio en desventaja!

Ya digo: nunca se sabe qué es peor, si caer en las manos de un incapaz o en las de un listo. Los listos suelen ser más prudentes.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/06/24 07:00:00 GMT+2
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1998/06/20 07:00:00 GMT+2

Jueces

He escuchado hasta el aburrimiento decir que «hay que respetar a los jueces». Puro paripé. Los mismos que sueltan tan campanuda admonición de cara a la galería se eximen de su cumplimiento en cuanto se ponen a chismorrear en privado.

En realidad, los primeros que abominan de los jueces son los propios jueces. No conozco ni uno solo que no diga pestes de muchos de sus teóricos compañeros. Y lo peor es que, oyéndolos, parecen hacerlo cargados de razones.

Algunos de mis amigos se declaran perplejos por el procesamiento de Javier Gómez de Liaño. No ven sentido a las acusaciones que le dirigen. Son absurdas, en efecto. Pero eso no tiene la menor importancia. Lo raro no es que Gómez de Liaño fuera ayer suspendido de sus funciones en la carrera judicial. Lo extraño es que no lo hayan echado de ella hace tiempo. Primero, porque se trata de un juez que ha ido siempre por libre, y la independencia, en las alturas de la Justicia española, es un estorbo. Y segundo, porque no sólo reflexiona por su cuenta, sino que, además, actúa conforme a lo que piensa. Y hasta ahí podríamos llegar.

Salvo independencia, nuestra Justicia traga lo que se le eche. Acepta sin inmutarse las más descaradas banderías políticas. Ahí está el Consejo General del Poder Judicial: todo el mundo sabe que los partidos se reparten el servicio de sus miembros. Uno de ellos hasta forma parte de una fundación política en la que está medio PSOE -empezando por González-, y eso a nadie extraña, y menos aún incomoda. Sólo un integrante del CGPJ es de dudosa adscripción política: el nombrado a propuesta de IU. Tal como funciona, parece del PSOE.

Bueno, pues se supone que ése es el órgano encargado de gobernar a jueces y magistrados.

¿La Audiencia Nacional? Tiene de presidente a un señor que se ufana de inspirar la línea editorial de El País. Y luego vota como juez en asuntos que afectan a Polanco.

Y qué decir -o más bien qué no decir- del Supremo. Cada vez que toma cartas en un asunto con repercusiones políticas, todo quisque se pone a hacer cuentas con los jueces de la Sala concernida. Las consideraciones son a veces de un tenor realmente singular: uf, ése es más del PSOE que Císcar; ten en cuenta que el de más allá fue del equipo de Narcís Serra; al otro lo tienen cogido por el cuello porque saben que llevaba clientes a un despacho de abogados mientras actuaba como instructor... Y en ese plan. Los hay que no, desde luego. Pero los hay que sí, y tan ricamente.

Me quedé helado la primera vez que ví a sesudos juristas haciendo cuentas de ese género. Ahora ya no me escandalizo. Ahora ya no me escandalizo por nada, tratándose de este gremio de políticos con toga.

Algunos de ellos van a propugnar que a Javier Gómez de Liaño se le condene por prevaricación. Qué sarcasmo. Qué inmensa caradura.

Dicen las encuestas que el 88,4% de los ciudadanos de este país desconfía de los jueces.

Me pregunto en qué guindo vivirá el 11,6% restante.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de julio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/06/20 07:00:00 GMT+2
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1998/06/17 07:00:00 GMT+2

Con los pies

La singularidad del balompié reside en que, como su nombre indica de modo relativamente impreciso, se practica con un balón que los jugadores de campo han de desplazar sin servirse de sus brazos y manos. Permítanme que, en atención a los días que corren, haga algunas reflexiones sugeridas por esa particularidad.

Los deportes que se practican con las extremidades superiores -sea directamente, sea blandiendo algún género de artilugio- se benefician de la excelente disposición de las manos para obedecer con exactitud las órdenes del cerebro humano. La aptitud del pulgar para oponerse al resto de los dedos y la enorme variedad de posibilidades que ofrece la capacidad de flexión de los dedos hacen de la mano un útil de alta precisión.

Los pies no poseen ni de lejos esa idoneidad. Sus dedos atrapan poco y mal y, cuando están enfudados en botas, nada de nada. El pie golpea de modo mucho más inexacto que la mano, aunque pueda hacerlo con mucha más fuerza.

No olvido que las reglas del balompié permiten el uso de otras partes del cuerpo, como la cabeza. Pero la cabeza, que de fuera para adentro ofrece capacidades fantásticas, no tiende a ser muy precisa cuando se usa para dar golpetazos.

El efecto combinado de la imprecisión y la fuerza de las piernas hace que el balompié sea, de entre todos los deportes de habilidad, aquel en el que más fácilmente cabe errar. De lo que se deduce -deduzco yo, al menos- que el fútbol es el deporte en el que el azar tiene una mayor influencia. Y en el que, por ende, el albur -sea como fortuna, sea como fatalidad- puede cumplir un papel más decisivo.

Un equipo puede contar con jugadores más habilidosos y preparados, puede estar más conjuntado y encontrarse en mejor forma física que su oponente: eso le da más probabilidades de victoria. Pero luego va el balón y hace de las suyas. Tropieza en una irregularidad del terreno, resbala en la hierba mojada, coge un efecto extraño, pega en el culo de un defensor -sucede, por mucho que eso pueda contrariar a don Camilo José Cela-, pasa por el espacio justo que hay entre la cintura de un defensa y el poste... y gol. O al revés, y no entra ni de coña. Así es la cosa.

El fútbol es una curiosa combinación de deporte y ruleta. A menudo el resultado refleja la superioridad deportiva, pero a veces predomina la ruleta. Sin embargo, la mayoría de los entendidos se empeña en hablar de los partidos de fútbol como si fueran fruto de la aplicación de una ciencia exacta.

Si el pasado sábado Zubizarreta hubiera parado aquel famoso balón, como haría en 999 de 1.000 veces iguales, y si Raúl o Alfonso hubieran acertado en alguna de las tropecientas ocasiones que marraron, hoy todos los comentaristas estarían diciendo que Javier Clemente es San Dios. Pero, como no fue así, lo ponen a caldo.

Desdeñar la importancia del azar en el fútbol es no entender lo mucho que tiene de puro juego.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de junio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/06/17 07:00:00 GMT+2
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1998/06/13 07:00:00 GMT+2

Vestir el muñeco

No he escrito durante estos días sobre el juicio del caso Marey. Allá, al fondo de la página 3, se han publicado a diario comentarios muy puestos en razón -fino editorialista, el de este periódico- que hacían ocioso mi esfuerzo firmado.

Me adentraré hoy en el asunto por primera y espero que última vez para decir algo que no creo que vaya a afirmar El Mundo de forma editorial, por entendible prudencia. A saber: que, si bien este no es un juicio político, en el sentido en que lo pretenden Barrionuevo y Vera -juzgar los crímenes es regla del Derecho, no opción de bandería-, su desenlace sí será político.

La sentencia del Supremo será política. No puede dejar de serlo.

Cualquiera que haya seguido el proceso y tenga apego a la verdad, así sea mínimo, sabe dos cosas: la primera, que quienes se sientan en el banquillo de los acusados son responsables del secuestro del pobre Marey (no estarán todos los que son, pero sí son todos los que están), y la segunda, que, desde un enfoque estrictamente jurídico, cabe defender con fundamento y solvencia tanto la tesis que avala la prescripción de los delitos como la contraria.

A la Sala Segunda del Supremo le corresponde hacer suya una de esas dos tesis. Ambas -vuelvo a decir- igual de sustentables a partir de criterios exclusivamente jurídicos, o sea, igual de asumibles sin dar el cante.

¿Qué prevalecerá?

Dependerá de la sensibilidad de los magistrados. Aquellos a los que no les importe demasiado el daño que haría a la causa felipista una condena de cárcel para los dos principales encausados -o les importe en todo caso menos que el castigo del delito- se mostrarán más proclives a los argumentos legales contrarios a la prescripción. Aquellos a los que, por contra, les inquiete más el destrozo que el ingreso en prisión de Barrionuevo y Vera infligiría al felipismo, y menos la sanción del crimen, se ampararán en la interpretación de la ley que mejor sirve a la defensa de la prescripción.

Será la suya, en consecuencia, una opción política. Pueden elegir el muñeco que más les guste. No les faltarán luego ropajes jurídicos para vestirlo, sea de presidiario, sea de calle.

Anteayer, el fiscal Gordillo, de la Audiencia Nacional, se quejaba amargamente de que la ley trate exactamente igual un secuestro de diez días que otro tan prolongado como el de Ortega Lara.

También cabría lamentarse de que trate diferente uno de diez días que otro de nueve, como el de Marey. Por lo demás, en ambos casos hemos visto la misma indiferencia en los secuestradores. La misma frialdad. La misma falta de arrepentimiento.

Pero unos serán condenados. Y tal vez los otros no. Quizá a alguno hasta le den el visto bueno para que se haga alcalde.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/06/13 07:00:00 GMT+2
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1998/06/10 07:00:00 GMT+2

Drogas

Se organizó en Italia hace algunos años una huelga de expendedurías de tabaco. En un principio no hubo demasiado problema: los fumadores, avisados, habían hecho acopio de cajetillas. Pero la huelga se prolongó más de lo previsto y las reservas privadas se fueron agotando. Al cabo de unas cuantas semanas, a casi nadie le quedaba ya un maldito cigarrillo que llevarse al pulmón. ¿Qué pasó? Que empezó a haber asaltos por la calle, a punta de navaja. Decenas de ciudadanos tenidos hasta aquel momento por muy honorables no dudaron en traspasar la frontera de la delincuencia para hacerse con su dosis diaria de nicotina.

Comprendí que lo hicieran. El rechazo que siento por la violencia es enorme, pero mi apego al tabaco no le va a la zaga. Lo último que hago antes de dormirme es fumar, y mi primer acto matutino, antes casi de abrir los párpados, es echar la mano a la cajetilla. Lo único que calma mi ansia de fumar es fumar.

Así las cosas, ¿qué me diferencia de un yonqui? Desde el punto de vista médico, nada en absoluto: ambos somos drogodependientes, adictos a un alcaloide. Solo que el mío -por razones estrictamente culturales, que agradezco infinito- se vende sin restricción alguna y a módico precio en establecimientos tanto públicos como privados -aquí mismo, en la Redacción del periódico, sin ir más lejos-, y está sujeto a control oficial, de modo que puedo tener la confianza de que si compro una cajetilla de tabaco negro lo que me venden es tabaco negro, y no caca de la vaca. El yonqui, en cambio, está obligado a acudir al mercado negro para afanarse la heroína, y se la ponen al precio que les viene en gana, y le pueden vender cualquier cosa (que es lo que hacen, de hecho).

La nicotina es más dañina para la salud que la heroína. Es dañina incluso para los que no fuman. La heroína, en dosis moderadas, no tiene apenas efectos secundarios. Los fumadores de opio orientales, que se inician en esa práctica desde la adolescencia, alcanzan edades provectas (los hay que se mueren antes, claro, pero no de eso). A cambio, yo puedo dar por seguro que mis pulmones, mis bronquios y mi sangre no me tienen que estar nada agradecidos por esa humareda tóxica que les largo sin parar.

Escribía Antonio Escohotado ayer en El Mundo que lo que habría que hacer no es prohibir tales o cuales drogas, sino fomentar su buen conocimiento y su consumo sensato. Está bien. Pero, una vez adoptada esa norma de actuación pública -mejor pronto que tarde-, ¿qué trato habría que reservarnos a cuantos fumamos insensatamente (es decir, a cuantos fumamos)? No es cosa de información: sabemos que estamos envenenándonos. Pero hacemos como el bebedor al que un puritano reprochó: «¡Está usted matándose poco a poco!». A lo que él respondió: «Sí; no tengo prisa».

Practicamos el suicidio lento. ¿Qué otra cosa es la vida?

Me dijo un día César Manrique: «¡Muyayo, te estás envenenando!».

Y al poco se mató con su coche.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de junio de 2011.

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1998/06/06 07:00:00 GMT+2

García Lorca y los callos

Perpiñan, 1972. Estoy esperando a una amiga que viene de Barcelona y hago tiempo paseando junto al río. Me topo con una gran pintada sobre un muro: Vivent Garcia et Lorca!, dice. Tal cual: «¡Vivan García y Lorca!». Lo fotografié. Era cómico: el entusiasta antifranquista francés creía que vitoreaba a dos personas.

Se dice y repite ahora mucho que Federico García Lorca es el escritor español del siglo XX más conocido a escala internacional. No dudo de que mucha gente haya oído su nombre. Que conozca algo de su obra me parece ya más improbable. Hay millones de personas, eso sí, que han escuchado un poema suyo. Sólo que en inglés: Take This Waltz. Porque Leonard Cohen lo convirtió en letra de un hermoso vals.

Pretende el dicho tópico que sobre gustos no hay nada escrito. Es falso: está escrito y muy escrito que hay gustos que merecen palos. El mío debe ser uno de esos gustos apaleables, porque la poesía de García Lorca no me interesa gran cosa (de su teatro ni hablo). Otros muchos poetas españoles -o de lengua española- de este siglo han escrito versos que me conmueven infinitamente más. Qué digo yo: César Vallejo, Blas de Otero, Aleixandre -que también nació en 1898, aunque de él apenas se esté hablando-, Pedro Salinas, Ángel González...

Qué extraños son los gustos. Nos remiten a lo más profundo del inconsciente. Cuando leemos un texto literario, cuando miramos un cuadro, cuando escuchamos una música, cuando vemos una película, no juzgamos: sentimos. Nos atrae, nos disgusta, nos deja indiferentes. Se trata de una reacción que escapa a nuestro control. La teorización posterior sólo nos sirve para tratar de justificar ese sentimiento inicial ingobernado. Por eso las disputas sobre gustos son con frecuencia tan virulentas: algo nos dice que es nuestra intimidad más profunda lo que está en discusión. El vínculo sentimental que nos une a la obra nos lleva a experimentar el desdén hacia ella como menosprecio por nosotros mismos.

He establecido con el paso del tiempo una peculiar relación con la crítica de arte (de cualquier arte): me interesa mucho menos la crítica que el crítico. He ido seleccionando a los críticos que tienen un gusto similar al mío propio, de modo que, si Fulano dice que algo vale la pena, me fío, pero si es Mengano el que lo pretende, ni caso.

Deberíamos acostumbrarnos a sobrellevar los gustos de los demás en materia de arte con la misma tranquilidad con que nos tomamos sus preferencias gastronómicas. A algunos no nos gusta García Lorca, ni los callos a la madrileña, ni la chucrut, y no por ello -insisto: no por ello- somos denostables.

La recomendación es reversible: los chefs del restaurante cultural deberían tener en cuenta que, por muy buenos que les parezcan los callos, no pueden servir sólo callos, y todos los días callos, y callos para comer, y callos para cenar.

Pues con García Lorca, lo mismo.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de junio de 2012.

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1998/06/03 07:00:00 GMT+2

Manolo el del bombo

España habrá sido recibida en la cosa del euro, Aznar se habrá hecho amigo de Blair, el secretario general de la OTAN será un español, otro estará en la Presidencia del Parlamento Europeo, el AVE volará entre Sevilla y Madrid en un periquete, millón y pico de hogares españoles estarán conectados con internet: sí, de acuerdo. Pero nada de eso es realmente definitivo de la realidad profunda de nuestro momento histórico. No del todo, al menos.

Porque está también Manolo el del bombo.

El euro no es españolísimo. Las amistades de Aznar no son españolísimas. El AVE -visto sin pago y cobro de comisiones- tampoco es españolísimo. Internet, menos todavía. Manolo el del bombo, en cambio, sí es españolísimo. Y ahí está la cosa.

Manolo el del bombo es españolísimo y, como todo lo españolísimo, inexplicable.

Lo ví de nuevo el pasado domingo. Se había ido a Bucarest, el hombre, con su españolísima boina de rabo descomunal, su españolísima camiseta y su españolísimo bombo, a animar a la escasa hinchada patria que trataba -ella a su vez- de animar a la selección sub-21 de fútbol, que jugaba la final de la Copa de Europa de la categoría con sus coetáneos griegos.

Como el partido era de un aburrimiento total, de esos que ahora llaman técnicos, el pensamiento se me derivó hacia el misterio existencial de Manolo el del bombo.

¿Por qué se comporta ese señor de un modo tan raro?

Explicación superficial: porque le pagan. Falso. Cuando empezó a hacerlo no le pagaba nadie. Lo hacía gratis et amore. Así que no es el dinero lo que justifica su entrega en cuerpo y alma a la causa del bombo. Por lo demás, dudo de que ahora le paguen mucho más de lo necesario para viajar (con el bombo, insisto), costearse el hotel y la entrada al campo.

¿Entonces? Otra hipótesis: ¿será que le mueve el fanatismo futbolero? Tampoco esta explicación me parece totalmente convincente. Me fijé: el hombre se pasa más de la mitad del tiempo de espaldas al terreno de juego, vuelto hacia sus circunstanciales huestes, jaleándolas como un poseso. O sea, que apenas ve el partido. Un fanático del fútbol no se va hasta Bucarest para luego no poner casi la vista en el juego.

Vuelvo al comienzo: la opción existencial de Manolo el del bombo es un misterio. Por eso hay que elevarla a la categoría de españolísima: todo lo españolísimo es recóndito, enigmático, indescifrable.

Como el empeño de Barrionuevo -digo, por seguir en la actualidad- en proteger a un individuo que le ha dejado tirado como una colilla. Pepe el del GAL, en su silencio, y Manolo el del bombo, en su estruendo, forman parte esencial del alma profunda de este país. Ese alma que otro Manolo supo sintetizar con fina inteligencia hace treinta años en un escueto lema: España es diferente.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de junio de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de junio de 2011.

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1998/05/29 20:00:00 GMT+1

El Mayo real y el Mayo imaginario

Conferencia pronunciada en el Ateneo de Hika, en Bilbao, el 29 de mayo de 1998, y luego en otras ciudades a lo largo del mismo año.

Introducción

El Mayo real y el Mayo imaginario. El título de esta charla apunta su doble intención. Quiero hablar de lo que ocurrió ahora hace 30 años, sí, pero también voy a referirme a algunas cosas que muchos creen que sucedieron, y que no sucedieron en absoluto, o no en la medida en que se pretende, o no entonces, sino años después.

El pasado 13 de abril, la revista Tiempo publicó un amplio dossier sobre el Mayo francés de hace tres décadas. Permitidme que os lea unos cuantos párrafos del artículo con el que el director de la revista, Pedro Páramo, presentaba ese dossier. Me parece particularmente representativo no sólo del género de falsificación de los hechos que suele hacerse, sino también de la intención con que se realiza esa falsificación.

Escribe Páramo: "¿Es imaginable hoy un nuevo Mayo del 68 que sacuda nuestras vidas? A casi nadie le pasa por la imaginación que tal cosa pueda darse. La mayoría de los ciudadanos se siente en el mejor de los mundos posibles y una rebelión de aquellas características está fuera de lugar. No en balde hemos llegado al fin de la Historia. La desaparición de los bloques ha conjurado el riesgo de una confrontación apocalíptica, la globalización asegura la estabilidad y la paz a escala planetaria, al tiempo que el sistema, sin alternativas, se siente capaz de absorber todas sus contradicciones."

Esto, para establecer el marco general, como aquel que dice. Hecho lo cual, pasa ya a hablar de hace treinta años: "Mayo del 68 quedará en la Historia como la rebelión popular más bonita de todas, como la revolución de la alegría. Nunca la sociedad avanzó tanto en tan poco tiempo de forma tan incruenta. Las banderas que se alzaron entonces de forma definitiva responden a las causas más nobles que hoy nadie discute y que los partidos democráticos han adoptado con fervor: feminismo, antirracismo, ecologismo, pacifismo, anticonsumismo, libertad sexual... ".

Tras de lo cual, nuestro hombre regresa ya al presente, presto a sacar lecciones: "Hoy, ciertamente, hasta tal punto se percibe la libertad como un elemento más del aire que respiramos que hasta nos resulta difícil explicar a los jóvenes cómo se vivía antes de aquella fecha, cuando se veneraba la autoridad por encima de todo y donde el mandato principal era mantener el orden. (...) Lo que entonces era anormal y revolucionario lo hemos convertido en rutinario y cotidiano. [Pero] hemos perdido el espíritu de Mayo del 68. Si no lo recuperamos, no podremos ir mucho más lejos, a menos que un milagro nos devuelva la fascinación por la utopía."

No es un texto brillante, pero tiene la virtud de juntar casi todos los elementos con los que se suele falsificar la realidad de Mayo del 68. Se presenta como un movimiento que quería cambiar las costumbres y que, para ello, se basó en algo así como la resistencia pacífica. O sea, hippies, flores en el pelo, todos nos queremos mucho, viva la maría y el amor libre, yo me siento aquí y de aquí no me muevo, etc. Esa es una pintura que refleja lo que hizo una parte muy minoritaria de la juventud norteamericana a finales de los 60 y comienzos de los 70, pero no describe para nada ni al conjunto de los movimientos de rebeldía juvenil de los Estados Unidos ni, sobre todo, a la juventud rebelde europea del 68. Incluida, claro está, y muy especialmente, la francesa.
Quizá lo primero que resulte obligado precisar es que aquel fue un movimiento que, en su parte más activa, comprometió a una parte muy minoritaria de la juventud. Apenas ningún cincuentón de hoy renuncia al título de sesentaiochista, pero lo cierto es que, en aquel momento, jóvenes rebeldes activos y organizados había bastante pocos. En el caso del Estado español, eso fue aún más llamativo. Si en Francia el movimiento organizado podía agrupar a unas cuantas decenas de miles, arropados por varios cientos de miles de participantes circunstanciales, aquí el movimiento era cosa de unos pocos miles. Algunos lo podemos certificar en tanto que testigos directos. La gran, la inmensa mayoría de la juventud de la época se mantuvo bajo el franquismo al margen de cualquier lucha. Si fuera verdad que estuvieron en los acontecimientos de París todos los españoles que ahora pretenden que estuvieron, no habría hecho ninguna falta que los jóvenes franceses se hubieran movilizado: hubiera podido ser una revuelta de importación.

El segundo elemento que conviene precisar es que la intención del movimiento no fue cultural, sino estrictamente política. Los militantes de la revuelta no aspiraban a transformar las costumbres, sino a conquistar el Poder. No hablaban de feminismo, ni de libertad sexual -en el sentido amplio y hedonista que luego cobraría-, ni menos aún de ecologismo (no digamos ya de pacifismo, palabra que no podían escuchar sin torcer el gesto). Hablaban de marxismo-leninismo, de comunismo, de anarquismo, de trotskismo; mantenían formas de organización extremadamente autoritarias y defendían la legitimidad y la oportunidad de utilizar métodos violentos contra las fuerzas del orden burgués. Una cosa es en qué desembocó realmente el movimiento y otra es lo que inicialmente sus protagonistas pretendían conseguir. Pretendían la revolución proletaria. El objetivo era disparatado, imposible, sin duda. Pero era ése, y no otro.

La Historia registra muchos cambios que fueron puestos en marcha por grupos minoritarios imbuidos de determinadas ideas revolucionarias, y que acabaron produciendo transformaciones políticas, económicas o sociales muy distintas de las pretendidas, e incluso opuestas a ellas. En cierto modo, podría decirse que los protagonistas de esos movimientos fracasaron, puesto que no lograron en absoluto materializar sus aspiraciones. Pero, vistos con distancia, desde el punto de vista de la Historia, más bien cabe considerarlos agentes inconscientes de determinados cambios que habían madurado en su entorno social sin que ellos se dieran cuenta. Esto es válido para muchos grandes sucesos históricos, como la Revolución Francesa de 1789, o la Revolución bolchevique de 1917 -ninguna de ellas dio origen a una sociedad como la que sus protagonistas habían idealizado-, pero es igualmente aplicable a fenómenos mucho menos cruciales, propios de la segunda división de la Historia, como éste del que nos ocupamos hoy, que preparó las condiciones para un relevo generacional de las élites del poder occidentales.

Una realidad en ebullición

Porque hablamos de Francia, pero podíamos hablar, con las diferencias y matices necesarios, del conjunto del Occidente de la época.

Estamos hablando de una juventud que tenía muy buenos motivos, en términos generales, para estar encantada de haberse conocido.

Era la primera gran generación libre de los terribles traumas de la posguerra. Las anteriores habían pasado hambre, carencias: habían visto en su infancia la cara cruel de la muerte y la destrucción. Todo las empujó al pesimismo, a la incertidumbre, al miedo. Esta generación vio la vida cuando ya la metralla se había silenciado y lo que se hacía, básicamente, era trabajar, trabajar a marchas forzadas, reconstruir. Fue una generación querida: sus padres habían visto luz al final del túnel y se decidieron a procrear, y lo hicieron con ganas. Hasta se le dio un nombre a esa fiebre procreadora: fue el baby boom. La industria crecía a gran velocidad, la riqueza emergía.

Francia representaba un buen ejemplo de ello. Venía atravesando un largo periodo de expansión económica acelerada. En 1957 se firmó el Tratado de Roma, que dio origen al Mercado Común. El nuevo marco económico hizo perder al capital francés una parte de su protegido mercado nacional. De Gaulle impulsó entonces una política de fortísimas inversiones públicas. Sobrevino un rápido proceso de concentración de empresas. A lo largo de los 60, el capitalismo francés se situó en una de las posiciones más avanzadas de Occidente. Pero el esfuerzo tuvo sus víctimas: en 1966, los salarios industriales franceses eran los más bajos de todo el Mercado Común; a cambio, las jornadas laborales eran las más elevadas. Los jóvenes trabajadores -y los jóvenes hijos de trabajadores- veían cómo la economía crecía, pero los beneficios se repartían muy desigualmente. Empezó por entonces a hablarse de neocapitalismo y de Estado de bienestar: se hablaba mucho, pero no se hacía tanto. O no a la velocidad que los jóvenes creían posible y reclamaban.

La economía avanzaba. Los avances científicos se sucedían y repercutían rápidamente en la vida cotidiana: el plástico, los transistores, la televisión, los coches utilitarios... ¿El paro? No existía ni siquiera como hipótesis: cualquiera podía encontrar un trabajo. Mejor o peor, desde luego. Pero alguno.

Aquella generación no sólo era querida por sus progenitores: también por el capitalismo. Por primera vez en la Historia, la juventud emerge como una gran potencia de consumo autónoma. El fenómeno fue abiertamente visible en Europa con la publicación del LP de The Beatles titulado La banda del club de los corazones solitarios del Sargento Pimienta, o sea, Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, que salió al mercado precisamente en aquellos momentos. En poco tiempo se vendieron un millón de ejemplares de aquel disco que hablaba de escaparse del hogar paterno, de reírse de la autoridad, de inventar, de experimentar, de divertirse. De progresar.

El progreso. Aquella generación creció en unas condiciones en las que la idea de progreso no parecía ser sólo eso, una idea, sino que presentaba los caracteres de una total evidencia.

Y el cambio. La posibilidad del cambio. Aquel mundo estaba en ebullición. Y los nuevos medios de comunicación permitían saberlo. Todo parecía frágil, maleable, destruible, cambiable. Los Estados Unidos, la gran potencia salida vencedora de la II Guerra Mundial, estaban siendo puestos en jaque por el pequeño pueblo vietnamita: David podía vencer a Goliat, estaba clarísimo. La resistencia argelina había derrotado a la poderosa República Francesa. Africa entera se descolonizaba a marchas forzadas. En América Latina surgían más y más movimientos guerrilleros. Los estudiantes mexicanos desafiaban el poder del incombustible PRI. En el corazón mismo de los Estados Unidos de América, la rebelión negra se extendía y radicalizaba. En Irlanda, el IRA retomaba el combate contra la dominación británica, que no sabía responder sino con una represión torpísima.

No había modelo. También el modelo estaba por inventar. La Unión Soviética no podía atraer realmente a aquella juventud. Estaba empeñada en coexistir pacíficamente con los Estados Unidos y trataba de frenar los movimientos revolucionarios a escala planetaria; de controlarlos para frenarlos. La prueba la encarnaba el mito del momento, Ernesto Guevara: el Che había tenido que romper con la URSS y había muerto, traicionado y abandonado, en Bolivia. Ese sí era un ejemplo. La Unión Soviética era un fracaso; un pésimo aliado, en el mejor de los casos. Ya había tenido que aplastar por las armas la revuelta húngara. En Checoslovaquia había un proceso de cambio: socialismo con rostro humano, llamaba a eso el nuevo secretario del PC de Checoslovaquia, un eslovaco llamado Alexander Dubcek al que Moscú miraba rematadamente mal. Acabó desalojándolo por la fuerza en agosto de aquel mismo año. Estaba China, eso sí. Aunque las noticias que llegaban de China eran muy confusas -y muchísimas de ellas falsas, según hoy sabemos-, se decía que estaba en marcha una revolución juvenil contra los burócratas del Partido Comunista, y que el presidente Mao Tsetung en persona apoyaba la revuelta. Aquello animó a algunos jóvenes radicales europeos: parecía la revolución en la revolución.

Dentro de la propia Europa occidental, y al margen del caso de Irlanda, estaba también Italia, donde el movimiento revolucionario juvenil crecía a ojos vista, apoyando en un muy pujante sindicalismo. Y la República Federal Alemana, donde los jóvenes del Partido Social-Demócrata se habían rebelado contra sus mayores. Y estaba Gran Bretaña, también muy activa. El conjunto resultaba prometedor.

No trato de decir que las cosas fueran así, sino que así se vivían, mezclando hechos reales e interpretaciones voluntaristas.

El Mayo francés

Ya pintado a grandes trazos el decorado general, volvamos a Francia. Al Mayo de Francia.

Hace ya diez años, con motivo del vigésimo aniversario de la cosa, publiqué en la revista Hacer, predecesora de la actual Página Abierta, un dossier sobre el Mayo francés. Quizá alguno de vosotros lo viera, y hasta es posible que alguien lo recuerde.

Me atendré en lo fundamental al relato de los hechos que hice entonces. Creo que no estaba mal y, en todo caso, ahora no sabría hacerlo mejor.Eran los primeros días de enero de 1968 cuando los periódicos franceses dieron a conocer a un muchachote de aspecto desaliñado, con una mata de encrespado pelo rojo. Se trataba de un estudiante de nacionalidad alemana, matriculado en la Universidad de Nanterre, en París. Los medios de comunicación repararon en su existencia porque en el transcurso de un acto oficial le grito "¡Fascista!" al ministro de Juventud y Deportes, François Missoffe. Su nombre no dejaba dudas con respecto a la otra peculiaridad de su origen: era, desde luego, judío. Se llamaba Daniel Cohn-Bendit.

Claro que ese incidente tampoco extrañó demasiado a nadie. El curso estudiantil se estaba presentando bastante animado aquel año, y el ambiente de protesta se había generalizado entre los estudiantes y el profesorado más progresista, cuyos sindicatos respectivos (la UNEF por parte estudiantil, el SNESup del lado de los profesores) no se estaban haciendo de rogar a la hora de la movilización.

Había motivos bastantes para la agitación. Los había, en primer lugar, referidos a la problemática específicamente estudiantil, al funcionamiento de la enseñanza, a la organización universitaria... Pero la conciencia del sector más radical de los estudiantes, relativamente amplio, no se preocupaba únicamente de esos problemas, considerados aisladamente. Alimentaba la conciencia de que la sociedad en su conjunto -y la Universidad como parte de ella- constituía una enorme estafa hipócrita, de la que sólo un puñado de privilegiados se beneficiaba realmente. "Luchamos -se podía leer en una octavilla del Movimiento 22 de Marzo, distribuida por las aulas el 4 de mayo, cuando aquello no había hecho más que empezar- porque nos negamos a convertirnos en profesores al servicio de la selectividad universitaria, realizada a expensas de los hijos de la clase obrera; en sociólogos fabricantes de eslóganes para las campañas electorales gubernamentales, en psicólogos encargados de hacer que "funcionen" los equipos de trabajadores...; en científicos cuyo trabajo de investigación sea utilizado según los intereses exclusivos de una economía basada en el provecho. Rechazamos este porvenir de "perros guardianes"".

Firmaba este manifiesto, como digo, el Movimiento 22 de Marzo. Eso nos permite recordar que la revuelta de mayo no surgió de golpe. El 22 de marzo del 68 los estudiantes de Nanterre ocuparon las dependencias de un Consejo de Facultad en protesta por la detención de un compañero. 142 de ellos se encerraron durante días. Fue la primera chispa.

La octavilla de los del 22 de Marzo nos permite ver que las gentes de la Universidad -no todas las gentes de la Universidad, insisto, pero sí su parte más dinámica y con más tirón sobre el conjunto- distaban de tener una mentalidad estrechamente sectorial: miraban hacia el exterior de las aulas y, de modo particular, hacia las fábricas. La clase obrera era su punto de referencia ideológico, casi religioso.

No estaba tampoco mano sobre mano, precisamente, esa clase obrera. Desde comienzos de año, varias huelgas de importancia habían sacudido el país: en Caen, en el sector de los astilleros, en el de la aeronáutica... Se trató de huelgas de importancia, que se radicalizaron rápidamente ante la represión policial. En eso coincidieron pronto con las protestas estudiantiles.

Está claro que una parte considerable de la población francesa de 1968, especialmente de su juventud, mostraba una saludable alergia al autoritarismo, sobre todo cuando se le presentaba bajo la forma del uniforme policial, que en el caso de los CRS -los antidisturbios de la República, todos vestiditos de negro-, provocaba una insoportable aversión.

Esta alergia -que es crónica en la Historia de Francia, y que, como buena parte de las alergias físicas, tiende a exacerbarse en la primavera- estaba en el 68 a flor de piel. No sólo por las razones comunes a todo el mundo occidental que he evocado antes, sino también por motivos específicos. La República acababa de despertar de dos bochornosas pesadillas coloniales: la de Indochina primero; la de Argelia a continuación. Su clase dirigente había salido derrotada de ambas, pese a haber demostrado una considerable capacidad para la crueldad. Esas dos exhibiciones de torpeza y brutalidad le granjearon un considerable desprestigio, que en buena parte se extendió a la izquierda parlamentaria. Tanto el Partido Comunista, que se opuso frontalmente a los independentistas argelinos, como el Partido Socialista, que se comprometió directamente en la sangrienta represión de su revuelta, pasaban por una fase de popularidad más bien limitada.

Fue el viernes 3 de mayo cuando la revuelta tomó cuerpo, provocada -cómo no- por la represión policial. La Policía irrumpió en La Sorbona, la más antigua de las universidades parisinas, interrumpió una asamblea y detuvo a 527 estudiantes. Fue demasiado. La protesta surgió espontánea y duró hasta las 11 de la noche. Lo que más indignó a los estudiantes fue que habían pactado un desalojo pacífico de la asamblea y que los responsables policiales, violando el acuerdo, ordenaron la detención masiva. A partir de ese momento, muchos convirtieron la experiencia en ley: las promesas del Poder no son de fiar.

En las calles del Barrio Latino, la Policía carga y los estudiantes responden levantando el empedrado de las calles y lanzando adoquines contra los antidisturbios. Ese fue el primer cambio histórico que provocaron: el de decidir a las autoridades a asfaltar las calles adoquinadas. Sus antecesores revolucionarios de 1871 también lograron en otro mayo, muy a su pesar, una importante transformación urbanística: los grandes bulevares de París, planeados por el barón Jorge-Eugenio Haussman, nacieron, entre otras cosas, para que los cañones del ejército, que habían resultado casi inútiles en las retorcidas calles de los viejos barrios, particularmente en la colina Montmartre, pudieran actuar a partir de entonces sin problemas contra el pueblo.

La Sorbona fue cerrada por orden gubernativa y las organizaciones de estudiantes y profesores respondieron convocando huelga general. El PC emite ese mismo día un comunicado en el que proclama la necesidad de desenmascarar a esos (cito literalmente) "grupúsculos anarquistas, trotskistas, maoístas, etc., compuestos por hijos de grandes burgueses" que "sirven objetivamente a los intereses del poder gaullista". En su furor anti-izquierdista, el PCF descubrió al mundo ese día que en Francia los grandes burgueses se contaban por decenas de miles. Era, como aquel que dice, la democratización de la oligarquía.

El Gobierno de Charles de Gaulle, probablemente porque no captaba el fino análisis del PCF y no comprendía que aquellos revoltosos servían objetivamente sus intereses, optó por reprimirlos más duramente. Fueron detenidos Cohn-Bendit y Jacques Sauvageot, dirigente de la UNEF, acusados de ser "agitadores". El prefecto de París (el delegado del Gobierno, dicho en lenguaje nuestro) prohibió las manifestaciones callejeras. La Policía ocupó el Barrio Latino.

El 6 de mayo los estudiantes respondieron masivamente al llamamiento de la UNEF y el SNESup. La huelga fue total en las aulas. Las manifestaciones se sucedieron en el Barrio Latino. El telediario afirma que se trata de la acción de "un grupúsculo" y "una decena de rabiosos". Por la tarde, los 20.000 manifestantes que se congregan en la plaza de Denfert-Rochereau gritan a coro: "¡Somos un grupúsculo, una decena de rabiosos!". No lo sabían, pero estaban inventando el márketing moderno. La jornada se prolongó hasta avanzada la madrugada en el Barrio Latino. Hubo 422 detenciones.

El 7 de mayo, el general De Gaulle declaró: "No es posible tolerar la violencia en la calle". El conjunto de la clase política estaba de acuerdo, matiz arriba, matiz abajo. Y también los dirigentes de las principales centrales sindicales. Georges Séguy, máximo líder de la Confederación General de Trabajadores (CGT) y miembro del Comité Central del PCF, se refirió ese día a la urgencia de poner coto a esos "elementos turbios y provocadores que denigran a la clase obrera acusándola de haberse aburguesado". La CFDT, sindicato próximo al Partido Socialista, rechazó "cualquier solidaridad con los grupos cuya acción incoherente compromete una verdadera reforma".

Los días siguientes siguieron en la misma tónica: manifestaciones, represión... El 9 de mayo fue un día extraño, en el que el movimiento pareció darse un respiro y preferir la reflexión. En un mitin organizado por la Juventud Comunista Revolucionaria, de orientación trotskista, los propios trotskistas debatieron con anarquistas, maoístas y media docena más de istas sobre lo que estaba ocurriendo y lo que había que hacer.

Fue un día que los rebeldes reservaron para pegarse entre sí, como los judíos de La vida de Brian, si vísteis y recordáis la película: los del Frente Popular de Liberación de Judea contra los del Frente Democrático para la Liberación de Judea, etc. En realidad, les encantaba. Aunque más justo sería decir que nos encantaba.

Pero al día siguiente volvieron a comprobar que existían los romanos, o sea, los CRS. Y se fueron a por ellos con renovado entusiasmo.

El 10 fue un día muy movido, marcado por la incorporación al movimiento de miles de bachilleres. La manifestación de la jornada reunió a treinta millares de estudiantes. Pero lo más llamativo llegó por la noche. En la calle Gay Lussac, los estudiantes consiguieron mantener sus barricadas hasta las 6 de la madrugada. Hubo varias decenas de heridos -algunos de cierta gravedad-, y medio centenar de detenidos. Alguien se tomó el trabajo de contar las barricadas nocturnas de Gay Lussac: había sesenta.

Los "rompedores"

Haré en este punto una pausa en el relato de los hechos para referirme a lo que pudiéramos llamar la tramoya de estas manifestaciones nocturnas. Porque hablamos de barricadas, y puede haber más de uno que no sepa en qué consistía exactamente aquello. Pues aquello consistía en que los estudiantes hacían acopio de objetos de diversa naturaleza, pero de tamaño cuanto mayor mejor, y los amontonaban en medio de la calle, y se parapetaban detrás con la lógica intención de que el ingenio así edificado les protegiera de los proyectiles que lanzaba contra ellos la policía, con intenciones indiscutiblemente aviesas: botes de humo, balas de goma, etc. Bien, eso está claro. Pero, ¿de dónde obtenían los estudiantes los enseres que apilaban para formar las barricadas? Puedo aseguraros que no los llevaban de casa. Los cogían de la calle. Eran, en concreto, preferentemente coches (rara vez de su propiedad). También se servían generosamente de eso que ahora se llama mobiliario urbano, y de mercaderías tomadas del interior de algunos comercios a los que entraban por el poco frecuente procedimiento de romper previamente el escaparate.

Digo esto porque muchos de los que ahora pintan el Mayo del 68 con colores la mar de románticos parecen prescindir del hecho de que aquellos estudiantes a los que ahora tanto ensalzan se forraron a destrozar bienes ajenos, a menudo privados. Y se olvidan de que aquellos coches y aquellas tiendas que los barricadistas dejaron para el arrastre tenían dueños que salieron muy perjudicados del acontecimiento. Sería de desear que se acordaran de ello, sobre todo cuando ahora hablan de la violencia callejera en términos nada románticos.

La gente de orden de la época sí lo tuvo en cuenta, vaya que sí. Los medios de comunicación franceses bautizaron a los manifestantes profesionales con un nombre que revelaba a las claras el enojo que les producía su modus operandi: los llamaban les casseurs (los rompedores; los camorristas, en cierto modo). Supongo que ellos se defenderían diciendo algo parecido a lo que alegó hace unos años Carlos Solchaga para justificar los efectos antisociales de su política económica: "No se puede hacer tortillas sin romper huevos".

Pero volvamos a los acontecimientos.

Hemos llegado al 11 de mayo. Aquel día marcó la incorporación de nuevas fuerzas al movimiento. La consigna de huelga general lanzada por la UNEF -ya no sólo en los centros de enseñanza, sino también en los de trabajo- fue aceptada por los grandes sindicatos: la CGT, la CFDT e incluso el filoderechista Force Ouvrière. Tres premios Nobel franceses anunciaron su intención de incorporarse a las manifestaciones del Barrio Latino. Se hizo público un análisis clínico que demostraba que la Policía había estado lanzando contra los manifestantes gases tóxicos prohibidos internacionalmente. Para estas alturas, el PCF afirma ya, sin rubor ninguno, que está "sin reserva alguna, del lado de los estudiantes", y llama a apoyar la jornada de lucha del 13 de mayo.
Ese fue un día clave. La huelga general no sólo fue un hecho en París, sino en toda Francia. La manifestación de la capital reunió -según las crónicas- a un millón de personas. Bueno, ya se sabe lo que son estas cosas de las cifras de las manifestaciones: digamos que hubo la tira de gente. La CGT y el PCF repartieron sus esfuerzos entre tratar de impedir que los estudiantes y los trabajadores se juntaran y que la manifestación se disolviera sin incidentes a las 5 y media de la tarde. Fracasaron en ambos frentes. Fue como si el 13 de mayo el movimiento obrero hubiera comprendido que era también su hora. A partir de ese momento, las huelgas y las ocupaciones de fábricas se sucedieron. El movimiento se extendió a los servicios públicos: transporte aéreo, ferrocarriles, etc.

El 19 y el 20 de marzo marcaron el punto máximo del conflicto. De un lado, la huelga general abarcó al conjunto de la República. Del otro, las consignas de movilización lanzadas por las fuerzas de la derecha empezaron a encontrar el eco esperable. Se formaron unos Comités de Defensa de la República de intenciones abiertamente reaccionarias y por las calles de la capital empezaron a verse bandas de aire inconfundiblemente fascista. El Gobierno aprovechó un viaje de Cohn-Bendit a Holanda para prohibirle el regreso y Le Figaro habló de él llamándolo despectivamente "ese judío alemán". Los manifestantes del Barrio Latino de ese día -el 22- corearon otro eslogan ocurrente: "¡Todos somos judíos alemanes!".

El declive

El 23 de mayo marcó el comienzo del control del movimiento por parte del tándem PCF-CGT y su encaminamiento hacia la salida pactada, por más que la marea huelguística siguiera creciendo en volumen y en radicalidad.

El 25 llegó lo inevitable: en la calle de Grenelle, en la sede del Ministerio de Asuntos Sociales, los sindicatos, la patronal y el Gobierno iniciaron una ronda de conversaciones para buscar una solución negociada al conflicto. La CGT y el PCF proclamaron que se trataba de firmar un "programa anti-monopolista" para "la unión de la izquierda".. 30 años después, sigo sin saber cómo diablos se podía firmar un programa para la unión de la izquierda... con la patronal y el Gobierno.

Pero el conflicto no disminuía. El 27, con la negociación de Grenelle ya en marcha, diez millones de trabajadores respaldaban la huelga. En la mayoría de las fábricas, los obreros rechazaban las consignas de desmovilización, votando resoluciones contra la posición de las direcciones sindicales. Georges Séguy, el secretario general de la CGT, negó que hubiera llegado a pacto alguno a espaldas de los trabajadores, pero proclamó que se sentía orgulloso de que su sindicato hubiera recibido la misión de ser la fuerza (vuelvo a citar literalmente) "que ha venido a restablecer el orden". Los grupos de extrema izquierda, a la vista de la situación, se reunieron para tratar de establecer una plataforma común. No lo lograron.

Para el 29 de mayo ya puede decirse que el PCF y la CGT se habían hecho con el control total de la situación. Su convocatoria de manifestación alcanza un gran éxito: acudió medio millón de personas. Pero quien en realidad se había hecho más y mejor con el control de la situación era la derecha. El día 30 convocó una manifestación con resultados grandiosos: también en este caso se habló de un millón de asistentes. Momento que aprovechó De Gaulle para retomar la iniciativa: disolvió el Parlamento y convocó elecciones generales, anunciándoselo al país en un discurso televisado en el que llegó a decir: "Francia está sometida al peligro del comunismo totalitario".

Eso era el 30. Se acababa el mes y, con él, el movimiento. Aún el 1 de junio hubo tiempo para celebrar otra manifestación radical. "Ce n'est qu'un debut, continuons le combat!" ("¡Esto es sólo el comienzo, prosigamos el combate!") gritaron 40.000 jóvenes en París. No era verdad, aunque, vistas las cosas de cerca, podía parecerlo: muchas huelgas seguían en marcha y en decenas de fábricas los trabajadores rechazaban indignados los acuerdos de Grenelle, negándose a volver al trabajo, pese a que L'Humanité titula con grandes caracteres: "Reforzados por sus victorias, miles de trabajadores vuelven al trabajo". Tampoco era verdad, pero pronto lo sería.

Poco a poco, los estudiantes radicales volvieron a quedarse solos. El 10 de junio, un bachiller de 17 años, Gilles Tautin, murió ahogado cuando trataba de escapar de una carga policial. Algunos testigos dijeron que los CRS le obligaron a tirarse al río: no sabía nadar. Las manifestaciones de protesta fueron numerosas, y muy combativas. El 11 de junio, una de ellas juntó a 20.000 estudiantes. La policía pudo emplearse nuevamente a fondo: sus responsables eran conscientes de que afrontaban un movimiento en declive.

El 13 de junio, el Gobierno decidió prohibir todas las manifestaciones callejeras, aprovechando para declarar ilegales a todos los grupos de la izquierda extraparlamentaria. Ni la Unión de Estudiantes Comunistas ni el grupo fascista Occident (Occidente) fueron incluidos en la lista. Nadie protestó, aparte de los propios afectados. El PCF, envalentonado, amenaza incluso al poderoso sindicato estudiantil: "Si la UNEF -escribe su periódico- continúa erigiéndose en fuerza motriz de una revolución violenta que el país rechaza, habrá que constatar su elección y extraer las consecuencias". De ahí a reclamar su ilegalización tampoco había mucho.

Para el final de curso, todo se había diluido.

Una recapitulación

Si repasamos lo ocurrido, tal como lo he descrito brevemente, podemos observar que el movimiento pasó por tres fases distintas.

La primera es la del estallido de la revuelta estudiantil de masas, que surge bajo formas extremadamente radicales: ocupación de universidades, barricadas, enfrentamiento violento con la policía, consignas revolucionarias... Ya he señalado antes que no todos los universitarios se meten en el fregado, ni mucho menos, y que tampoco todos los que se meten son tan radicales como los que dirigen la lucha. Pero eso tiene tanto interés sociológico como escasa relevancia política. A estos efectos, lo que importó fue que los más radicales arrastraron al resto.

Se trató de un movimiento sectorial, en la medida en que comprometía casi tan sólo a estudiantes, pero no tenía vocación de serlo: sus protagonistas atacaban la organización social en su conjunto. Su aislamiento inicial se vio reforzado por el rechazo que suscitaba en los partidos parlamentarios, incluidos los de la teórica izquierda, y en las direcciones de los sindicatos. Esta primera fase cubre desde el inicio del proceso, antes de mayo, hasta el 10 de mayo.

La segunda fase es la de la coincidencia de la lucha estudiantil con la lucha obrera. En contra de lo que se decía, y de lo que algunos creímos, no hubo realmente una verdadera fusión de sus luchas. No era realmente el mismo combate. Una parte de los trabajadores sí simpatizó con las consignas del movimiento estudiantil, y trató de empujar la lucha más allá de las fronteras del sistema. Pero otra parte, ampliamente mayoritaria, simpatizó exclusivamente con la faceta antirrepresiva de la lucha de los universitarios. Estaba dispuesta a defenderlos; no a seguirlos. Su guerra era otra: reclamaba reformas en profundidad, pero no quería hacer ninguna revolución social. Esta fase va desde el 10 al 30 de mayo y muere con los acuerdos de Grenelle.

En fin, la tercera fase viene marcada por el cambio radical de escenario: lo esencial ya no ocurre en la calle, sino en los despachos. Las fuerzas parlamentarias retoman el control de la situación: la derecha reafirma su Gobierno y la izquierda oficial se hace con las riendas de la protesta, favoreciendo el aislamiento y, en último término, la represión que se abate sobre las organizaciones de extrema izquierda. Esto sucede desde comienzos de junio hasta la extinción de la protesta.

Vistas así las cosas, puede decirse que no hubo en Francia un Mayo del 68, sino dos. De un lado, el radical, protagonizado por los universitarios, que tuvieron el apoyo de buen número de jóvenes de otros sectores sociales, preferentemente obreros, y, del otro lado, el reformista, protagonizado fundamentalmente por los sindicatos, que se apuntaron parcialmente a la gresca para tratar de rentabilizarla. Claro que para rentabilizarla mejor hubieron previamente de aceptar en parte su extensión. Sin este segundo movimiento, el primero no hubiera logrado la proyección que tuvo. Pero, a la vez, la compañía de este segundo movimiento diluyó la fuerza ideológica del primero. En fin, así de liada suele ser la Historia.

¿Qué quedó?

La revuelta de Mayo del 68, como tal, no provocó cambios realmente decisivos en la sociedad francesa. La Universidad sí cambió: los estudiantes y el profesorado progresista se adueñaron prácticamente de ella, pero luego fueron perdiendo ese poder poco a poco. En las fábricas, los trabajadores obtuvieron ciertas mejoras salariales y de condiciones de trabajo, y los sindicatos, un aumento de su influencia. El Estado mejoró las prestaciones sociales, en la vía del tan mentado Estado de bienestar. Pero no olvidemos que todas esas mejoras, lo mismo que los cambios que se fueron produciendo en las costumbres -en el estilo de vida, en la familia, en las relaciones de pareja, en las formas de ocio, etc.- coincidían con lo que pudiéramos llamar la evolución natural de la realidad: en otros países de la Europa occidental no hubo una revuelta tan llamativa, y sin embargo avanzaron en dirección muy semejante.

La particularidad francesa, que tiene desde luego relación con lo ocurrido en Mayo del 68, no estriba tanto en los resultados materiales obtenidos y visibles como en el sólido fundamento social que les proporcionó. Lo estamos comprobando ahora. Treinta años después, la política antisocial hecha suya por la Unión Europea encuentra en la población francesa resistencias superiores a las que han ofrecido las poblaciones de otros Estados europeos. En Gran Bretaña, por ejemplo, primero con Thatcher y ahora con Blair, el neoliberalismo está pudiendo hacer sus estragos sin toparse con ninguna resistencia insalvable. Por no hablar de lo sucedido aquí: nos daríamos con un canto en los dientes por alcanzar unos niveles de protección social como los que la mayoría de los franceses rechazan cuando se los proponen ahora.

En Francia, el apego a las políticas sociales -el objetivo de la calidad de vida, en suma- tiene una fuerza superior, a la que sólo Italia se acerca. No cabe duda de que eso tiene mucho que ver, no ya estrictamente con la revuelta de Mayo del 68, pero sí con los movimientos sociales de aquella época, de los que Mayo del 68 bien puede tomarse como emblema.

Javier Ortiz. (29 de mayo de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/05/29 20:00:00 GMT+1
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