2003/09/30 06:00:00 GMT+2
Ayer me tocó ir al dentista.
No me atrevería a decir que fue una experiencia gratificante.
En realidad, nada de lo que ocurrió a lo largo del día me resultó gratificante.
Por lo menos desde que salí de casa.
Empecé por ir al Banco a pagar mi cuota de autónomo a la Seguridad Social. 728.70 €, ni más ni menos.
Había una cola del carajo, así que lo dejé para luego.
Entonces fui a Correos para enviar a mi amigo Moncho unas cintas de vídeo con conciertos de Jacques Brel, porque quiere organizar en la noche del jueves, en su bar de copas de Santander -El Rubicón, oigan, a su servicio, con derecho a bandera republicana y buena música-, un homenaje al belga genial, coincidiendo con el 25º aniversario de su muerte.
Según estoy en la larga cola de Correos, descubro que me he olvidado de poner en la dirección del paquete de los vídeos el número del portal de la casa de Moncho. Y no me lo sé de memoria. Así que abandono la cola y lo dejo para más tarde.
Voy al dentista. Me toca esperar, por supuesto. Cuando me atienden, me hacen un montón de cosas raras dentro de la boca, a resulta de las cuales el paladar se me duerme. Me dicen que me han matado el nervio de una muela y que me han dejado otra en remojo, como quien dice, a ver por dónde respìra en los próximos días. Al poco de abandonar el local dentario, descubro que una pasta que me habían puesto para tapar la caries de la muela más dañada se desvanece a la misma velocidad con la que llegó, dejándome a su marcha un sabor espantoso en la boca. Casi como una novia que tuve hace años.
Llamo por teléfono a la clínica dental para preguntar por todo ello y me comunican que es normal. Estupendo. Sigo teniendo el mismo agujero en la muela, más un sabor que me revuelve las tripas. Pero, como es normal, no debo preocuparme.
Acudo presto a la oficina de Correos más próxima. Ya he conseguido enterarme del número del portal de Moncho. Y la cola no va mal: apenas tardo media hora en hacer el envío.
Logrado lo cual, recorro cuatro sucursales de Caja Madrid y por fin encuentro una en la que únicamente hay seis personas haciendo cola. ¡Albricias! En sólo 20 minutos consigo que me acepten el dinero.
Pero es ya la 1:15. Tarde para ir a la presentación del libro de Carmen Castillo en el Círculo de Bellas Artes.
Aprovecho que me queda un rato antes de comer para acercarme a una tienda en la que había visto hace tiempo que tenían unos adhesivos industriales estupendos. Quería comprar un bote para un trabajo que tengo pendiente en Aigües. La tienda está cerrada, por supuesto. Un letrero anuncia: «Nos hemos trasladado al número Tal de la calle Tal del barrio de Hortaleza. Allí le atenderemos muy gustosos». Vale.
Voy a casa y me preparo un condumio apresurado. Tampoco tengo la boca como para bromas. El producto ése que me han puesto para matar el nervio mata el nervio y todo lo que pilla a su paso (sabores, sobre todo).
Respondo a varias llamadas. En ETB quieren que participe el jueves en un debate sobre La pelota vasca. Les digo que, como no conecten conmigo desde sus estudios en Aigües, van dados.
Para ese momento, la comida, mezclada con el veneno dental, ha producido en mi estómago efectos definitivos: no sé por qué canal deshacerme de ella. (Recuerdo al chistoso de Cervantes en El Quijote: «... Y se iba por entrambos canales».)
Hago como que no me doy por enterado del mal estado de mi estómago y me pongo a trabajar. Escribo la columna del miércoles para El Mundo, de modo que hoy pueda emprender viaje -porque salgo de viaje, faltaría más- sin tener que preocuparme de ese asunto. Para cuando acabo, estoy que me caigo. Le comunico a Charo que no me encuentro en condiciones de ir a ver el documental de Carmen Castillo La flaca Alejandra. Le pido que le dé recuerdos de mi parte (estoy que rabio, porque tenía ganas de saludar a Carmen, a la que conocimos gracias a José Saramago y Pilar del Río y con la que tuvimos una muy gratificante cena conjunta hace año y medio).
Estoy derrotado casi del todo, pero la realidad siempre se encarga de avivarme el seso, que diría don Jorge Manrique. Veo en la tele que en la Liga de fútbol inglesa han impuesto una norma por la cual, si los defensores protestan mucho la sanción de una falta, el árbitro puede castigar sus malos modos decidiendo que la falta se saque desde el borde mismo del área. «¿Y por qué?», me pregunto de inmediato, indignado. «¿De dónde se sacan que el borde del área es un buen lugar para tirar una falta? ¿Por qué no permiten al equipo al que se supone que tratan de beneficiar que escoja él mismo el lugar del disparo, siempre que sea fuera del área?».
Y así.
He llegado a una conclusión: la fuerza que me mantiene en pie y activo, día tras día, me la proporciona el cabreo perpetuo y sistemático que tengo contra casi todo y contra casi todos.
Digámoslo así: debería estar contento con lo descontento que estoy.
O sea, que si me encontrara a gusto en la vida, probablemente se me irían las ganas de vivir.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (30 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/30 06:00:00 GMT+2
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2003/09/29 06:00:00 GMT+2
Ha muerto Elia Kazan, cineasta y traidor. Supongo que mañana -hoy no ha dado tiempo- los diarios se llenarán de referencias a sus excelencias cinematográficas y a su vergonzosa colaboración con el Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy, ante el que denunció como comunistas a quienes hasta entonces habían sido sus amigos.
Sé que son dos cosas diferentes: alguien puede ser, a la vez, un excelso artista y un canalla de tomo y lomo. No hay contradicción en ello. Ejemplo llamativo: Francisco de Quevedo, tan maravilloso escritor como lameculos del poder y mala persona. Pero, lo que es yo, me declaro incapaz de separar por entero ambas consideraciones. Supongo que ésa es la razón por la que nunca me han interesado demasiado las películas de Elia Kazan, ni siquiera las supuestamente más progresistas, como La ley del silencio y ¡Viva Zapata! Tampoco he simpatizado nunca gran cosa con el estilo histriónico propiciado por su escuela de actores, el Actor's Studio. Un prejuicio ideológico, supongo.
Es coincidencia que hoy, precisamente, se vaya a proyectar en Madrid el documental de Carmen Castillo La flaca Alejandra, que habla de una revolucionaria chilena a la que el miedo a la tortura le decidió a colaborar con la Policía.
Kazan también colaboró con la represión macarthista por miedo: a la cárcel -otros cineastas pasaron por ella-, al ostracismo, a la pobreza...
Tengo oído que ha pasado el resto de su prolongada existencia torturado por el recuerdo de su propia traición, tratando de justificarse y sin lograrlo.
Y es que para optar por la traición hay que carecer por entero de escrúpulos.
Para el resto de los humanos, la traición puede ser una tortura mucho más dolorosa que la propia tortura.
Italia sin electricidad. Hace poco sucedió algo parecido en Londres. Y tres cuartos de lo mismo en Estados Unidos.
¿Qué tienen de común los tres puntos? Que sus gobiernos respaldan la invasión de Irak.
Según eso, el siguiente gran apagón toca en España.
Es lo lógico, sobre todo teniendo en cuenta la falta de luces de Aznar.
Hay otra manera de conectar los tres apagones.
Se trata de tres países cuyos gobiernos prestan cada vez menos atención a las infraestructuras en las que se asienta el llamado -el cada vez peor llamado- Estado del Bienestar.
Si ésa es la verdadera razón, el siguiente gran apagón también toca en España. Porque aquí el Gobierno tampoco fuerza a las compañías eléctricas a emplear una parte de sus ingentes beneficios en el mantenimiento y la mejora de la red.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (29 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/29 06:00:00 GMT+2
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2003/09/28 06:00:00 GMT+2
Según Carlos Iturgaiz, el plan presentado por Ibarretxe representa «un golpe de Estado».
«¡De psiquiátrico!», añade Enrique Villar, delegado del Gobierno para el País Vasco, al que sus propios compañeros de partido apodan Torrente.
Ya puede el lehendakari apelar cuanto le dé la gana al diálogo pausado y razonado. Ya puede reclamar buenas maneras y respeto mutuo. Dos no se respetan si uno no quiere.
Mucha gente dice en Euskadi, medio en broma medio en serio, que el PP es una máquina de fabricar votos nacionalistas. Es posible. Pero eso es en Euskadi. Fuera de Euskadi, con parciales excepciones -bastante numerosas en Cataluña, menos en Galicia-, el PP funciona como una potente máquina generadora de odio a lo vasco.
En Madrid, donde habita -no se olvide- el 10% de la población española, los vascos tenemos que ocultar nuestra condición, si queremos ahorrarnos desagradables incidentes. La cosa ha llegado a extremos de auténtico sofoco: gente que se enorgullece en público de boicotear los productos vascos, que retira sus cuentas del BBVA -el típico banco nacionalista, como se sabe-, que es capaz de desplazarse kilómetros para no comprar en Eroski...
Hace poco, un españolísimo diputado vasco, de los que dicen todas las frescas del mundo contra Arzalluz e Ibarretxe, se desplazaba por Madrid con su coche matrícula de San Sebastián. En un semáforo, el conductor del coche de al lado le hizo señas para que bajara la ventanilla. Lo hizo y se encontró con que el otro le gritaba: «¡Vascos, hijos de puta!».
El otro día me di un pequeño golpe en la puerta trasera de mi coche. Mi seguro ya no es a todo riesgo, lo que quiere decir que, si no quiero gastarme una pasta, sólo tengo dos opciones: o dejar el bollo tal cual o conseguir que alguien me dé otro golpe y su compañía de seguros se haga cargo de la reparación. Bromeaba ayer con unos amigos diciendo que se me ha ocurrido una idea: poner en la puerta trasera, sobre el golpe, una pegata que diga Gora Ibarretxe! Convenimos todos en que, si lo hago, es seguro que en el plazo de pocas horas algún conductor capitalino, henchido en patriótica indignación, me habrá embestido.
¿Inconvenientes de mi astucia? Uno: es posible que el tipo me embista con tanta fuerza que no sólo desgracie el coche. Dos: es también posible que, en vez de darme los datos de su seguro, me arree cuatro puñetazos.
Nos lo tomamos a coña -qué remedio-, pero las cosas están así. No hay más que repasar el espectáculo que han montado con La pelota vasca para constatar hasta qué punto propician a la histeria colectiva. ¡Pero si hasta hubo un agitador exaltado con ínfulas de periodista que reclamó a voces en Radio Nacional que la autoridad judicial secuestrara la película, a la vez que admitía que no la había visto!
Encantados con los beneficios que les aporta la exaltación desaforada del nacionalismo español, dando de paso rienda suelta a sus más arraigadas pulsiones ideológicas, regocijados por la parálisis que causan con ello en el PSOE, el PP y sus propagandistas han puesto en marcha una disparatada carrera hacia el odio total. Aprendices de brujos, han abierto la caja de Pandora en la que estaban encerrados los viejos fantasmas de la Una, Grande y Libre, del «más vale una España roja que una España rota», del «Dios, Patria, Rey».
Pero, una vez liberados, los fantasmas se independizan. Y ya no responden a ningún conjuro. Ni siquiera al de sus amos. Imponen su propia ley.
Todo esto me da miedo.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (28 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/28 06:00:00 GMT+2
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2003/09/27 06:00:00 GMT+2
Presentó ayer el lehendakari Ibarretxe las líneas generales que inspiran su plan, famoso avant la lettre.
Considerado desde mis centros de interés, aprecio en el dibujo trazado por su discurso -esto es sólo una primera aproximación: tiempo habrá de juzgarlo más en detalle- diversos tipos de propuestas.
Veo reivindicaciones que apuntan al reconocimiento del derecho del pueblo vasco a decidir por sí mismo sobre aquellos asuntos que los pueblos de Europa aún pueden decidir sin demasiadas cortapisas externas (otros muchos están ya casi por completo en manos de la UE).
Hay también determinadas propuestas que tienden a ampliar el campo del autogobierno en toda una serie de materias prácticas: sanidad, justicia, etc.
Nada de ello me incomoda lo más mínimo. Antes al contrario: favorable a la forja de una España compuesta de pueblos libres e iguales, de un lado, y firme defensor del llamado «principio de subsidiaridad», conforme al cual los centros de decisión más elevados sólo deben encargarse de regir aquellos asuntos que desborden la capacidad de decisión de los órganos rectores más próximos a la ciudadanía -lo cual es aplicable a Euskadi en relación a España, pero también al Goiherri en relación a Gipuzkoa, y a mi pueblecito de Aigües en relación a la comarca del Alacantí-, todo eso me parece de perlas.
Pero veo que Ibarretxe pone también en el orden del día algunas propuestas referentes a la simbología de la identidad no ya nacional, sino estatal. Eso me parece ya más problemático. No sólo porque supone desbordar el marco del derecho de autodeterminación para reclamar aquello que sólo podría materializarse si se hubiera ejercido ese derecho y hubiera dado como resultado una opción mayoritaria en pro de la independencia -aunque luego se alcanzaran determinados acuerdos con España-, sino también, y sobre todo, porque ese género de reivindicaciones, de trascendencia material mínima para el bienestar de la ciudadanía, para lo que sirven es para dar combustible a los incendiarios de las relaciones no ya entre Euskadi y Madrid, sino entre los ciudadanos y ciudadanas de Euskadi y las gentes que habitan del Ebro para abajo.
Sobre esto último -y sobre los extremos desquiciantes a los que se está llegando- escribiré mañana.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (27 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/27 06:00:00 GMT+2
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2003/09/26 06:00:00 GMT+2
La familia de José Couso va a sacar un libro colectivo sobre la tragedia que supuso la muerte del cámara trabajador de Tele 5. Ya a punto de cerrar las aportaciones, me pidieron una. Dije a la persona que me llamó que yo no tuve con él más que un contacto y que fue, además, para un asunto profesional, que no dio margen para nada personal. Me respondió que no me pedían que hablara de su persona, sino de lo que yo quisiera, siempre que tuviera alguna relación con el caso. No sé si lo que he escrito llegará a tiempo de entrar en el libro. En todo caso, es lo siguiente:
Son de una raza especial. Cuando la realidad cruje, cuando estalla, cuando los demás cerramos los ojos o nos protegemos la cara con las manos, o volvemos la vista para no afrontar el horror, o echamos a correr en dirección contraria, ellos empuñan la cámara sin pestañear, instintivamente. Y fotografían, o filman. Y saben qué fotografiar, y qué filmar.
Lo que no saben es protegerse.
Empecé a tratar a los hombres y mujeres de esa raza en los tiempos de la transición española, cuando acudía con ellos a actos políticos en los que todo podía acabar -y solía acabar- como el rosario de la aurora. A mí me tocaba escribir, pero eso no lo sabía más que yo. A ellos les tocaba fotografiar, o filmar, y eso lo veía todo el mundo. Mientras con nosotros nadie se metía casi nunca, casi siempre había alguien dispuesto a irse a por ellos: toda suerte de fascistas y policías de porra fácil.
El daño solía serles doble. Porque, mientras nosotros disimulábamos fácilmente nuestro material de trabajo -los ojos, la memoria; un papel y un bolígrafo, como mucho-, ellos cargaban con sus mejores tesoros -cámaras, teleobjetivos, angulares-, carísimos, pagados de su bolsillo y rara vez asegurados. Quienes les pegaban no se conformaban con sus cuerpos: les rompían las pertenencias.
José Couso era un espécimen arquetípico de esa raza. La de los periodistas gráficos, que se define finamente. La de los foteros, que solemos decir en la jerga del ramo.
Nadie crea que es gente que ama el riesgo o la aventura; que se postula para héroe o para mártir. Quizá haya alguno al que le vaya esa marcha, puede ser. Pero la inmensa mayoría son tipos discretos, prudentes, a veces incluso reservados, parcos en palabras, bastante celosos de su salud y muy conscientes del valor del material que manejan.
Su problema es que tienen metido en el cuerpo el veneno de la mirada. Han aprendido no sólo a mirar, sino a hacernos ver. La elección de la imagen, de la luz, del encuadre, del momento: es su modo de contarnos lo que piensan. Y lo que sienten. Es un oficio, pero también un arte. Todos podrían apuntarse a la máxima de Picasso: «Yo no busco; yo encuentro».
Estoy seguro de que, cuando José Couso montó al hombro y puso en marcha su cámara en Bagdad, sabía que corría un enorme peligro. Pero apuesto cualquier cosa a que pensó en ese peligro mucho antes de coger la cámara. Tal vez el día anterior, por la noche, antes de dormir. Probablemente mezcló a esa certeza del peligro -al miedo-, muchos otros sentimientos: la conciencia de estar mal pagado, de trabajar en condiciones penosas, de no ver reconocido el valor de su obra, de estar siendo explotado por dos docenas de señoritos bien cebados. Y más.
Pero no en el momento. Porque el periodista gráfico de raza, cuando coge una cámara, desde el mismo momento en que la coge, sólo piensa en captar el instante, en que su intuición -construida con horas y más horas de paciente oficio- se encargue de guiar sus pasos. En hacerlo bien. En contarnos lo que tiene delante, como testigo excepcional.
El infausto día en que Couso fue asesinado, se encontraron frente a frente los dos objetivos más opuestos que cabe encontrar. El de la cámara de José, que trataba de inmortalizar un pedazo de Historia -un trozo de vida-, y el del arma del soldado estadounidense, que disparó contra él para hacerle otro hueco más a la muerte.
Ésa es la cruel paradoja de estos tiempos: que muere la vida, que vive la muerte.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (26 de septiembre de 2003). Este texto (o uno muy parecido) fue publicado también el 31 de mayo de 2004 en El Mundo. Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/26 06:00:00 GMT+2
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2003/09/25 07:00:00 GMT+2
Cuando los agentes de la autoridad conducían detenido el jueves pasado al súbdito británico que ha admitido su relación con los asesinatos de Coín y Mijas -King, o como quiera que se llame-, un individuo, integrado en un grupo de ciudadanos de esos que se forman a toda velocidad en relación con lo que sea para mostrar su indignación supina y su irrefrenable deseo de venganza -es decir, para salir en la tele-, arrojó un pedrusco que, como suele ocurrir en estos casos, no acertó en la cabeza de su destinatario, sino en la cara de un comisario de policía, en la que abrió una brecha de considerables proporciones.
El suceso simboliza bastante bien, me parece, la disparatada barbarie de la que hacen gala esas turbas -no demasiado compactas, pero definitivamente ruidosas- que se pasean por la vida con aspiraciones a extras de película. Hijos espirituales del virginiano juez Lynch, famoso en el mundo entero por la ley que lleva su nombre y por los linchamientos resultantes de su aplicación, condenan de antemano a los detenidos y exigen la ejecución inmediata de la sentencia, cuando no se animan a ponerla en práctica por su cuenta.
La cuestión no es sólo que se equivoquen con cierta frecuencia y hagan pagar a justos por pecadores, como saben muy bien ahora Dolores Vázquez y todos cuantos intervinieron en su condena. Tampoco que, además, pretendan aplicar penas tan ilegales como estrafalarias (la lapidación, por ejemplo). Lo peor es que conciben -y animan a que se conciba- la Justicia como venganza, en lugar de asumir su finalidad reinsertora, debidamente proclamada por la Constitución Española, tan invocada y tan poco asimilada, salvo para lo peor.
Ya sé que lo fácil es culpar de estos extremos a los medios de comunicación en general, y a las televisiones en particular. Es fácil... y es justo: no se movilizaría ni mucho menos tanta gente si no fuera porque cree que así va a ver reconocido su derecho universal a tener un cuarto de hora de fama, derecho formulado -un tanto tontamente, dicho sea de paso- por Andy Warhol.
Pero hay en toda esa gente -creo- algo más que afán de notoriedad. El gusto por el linchamiento es muy anterior a la televisión. Para mí que es también intérprete inconsciente de una pulsión tribal, que mueve a odiar a muerte a quien lesiona gravemente las reglas de funcionamiento que hacen que el grupo se sienta en paz, confortable.
Son gente de orden que no soporta que le alteren su orden.
Cuando oí la noticia de la pedrada, me formulé mentalmente la pregunta retórica que da título a estas líneas («¿Quién tiró la piedra?»), y recordé una viejísima canción popular: «El aldeano tiró / tiró la piedra, tiró / tiró la piedra / y no la encontró».
Hoy en día, los aldeanos mentales ya no viven necesariamente en las aldeas. Ni mucho menos.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de septiembre de 2003). Basado en un apunte publicado el 19 de septiembre y titulado también ¿Quién tiró la piedra?. Javier señaló que fue enviado «para sustituir la columna de los jueves de José Luis Martín Prieto, ausente». Subido a "Desde Jamaica" el 13 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/25 07:00:00 GMT+2
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2003/09/25 06:00:00 GMT+2
Los 1.400 expertos que el Gobierno de Bush envió a Irak para hallar las armas de destrucción masiva -ésas que ponían en inminente peligro nuestra civilización occidental y cristiana, según Bush, Blair y Aznar- han llegado a una conclusión: tanto daría que se dedicaran a buscar el vellocino de oro. O el Santo Grial. Los resultados serían los mismos.
Las autoridades norteamericanas recalcan que se trata de una conclusión provisional. Y lo es, sin duda: mientras decidan que los expertos sigan en Irak busca que te busca, todas sus conclusiones serán provisionales. Por definición. Otra cosa es que ellos mismos hayan manifestado esperanzas de encontrar algo si continúan con su búsqueda. Al contrario: según las noticias que ha divulgado la propia prensa norteamericana, los 1.400 especialistas no ven qué más podrían hacer. Es más: creen que no han encontrado nada porque no hay nada que encontrar.
Admito que al principio me sorprendió que los ocupantes estadounidenses no encontraran armas de destrucción masiva en Irak. No porque creyera que Sadam Husein las tenía -que no lo sabía, y sigo sin saberlo-, sino porque di por hecho que, si no descubrían armas autóctonas, llevarían desde los propios EUA otras fabricadas ad hoc, con sus letreritos de made in Iraq y todo.
Tardé en darme cuenta de que esto último era prácticamente imposible. ¿Por qué? Porque la banda de George Bush no puede encargarse personalmente de la fabricación en secreto de esas armas y de su traslado a suelo iraquí. Hubieran tenido que recurrir a oficiales y soldados del Ejército, y a trabajadores de la industria armamentista. Decenas, cientos de personas, tal vez. Y no podían tener la certeza de que alguno de los enterados no fuera a sentir la tentación, fuera por escrúpulos morales fuera por ambición económica, de chivarse a la prensa. Lo cual habría tenido efectos catastróficos para los tramposos: ése es el tipo de cosas que la opinión pública norteamericana no perdona.
Cuando la fuga de Luis Roldán, hace casi una década, recordé un viejo poema de Bertolt Brecht. Escribió el fundador del Berliner Ensemble, pensando en los mandamases del III Reich: «General: tu tanque es poderoso. / Pero tiene un defecto: / necesita un conductor». Y es verdad: siempre cabe la posibilidad de que el conductor piense, sienta, no acepte la orden. O que cuente luego lo ocurrido.
De no necesitarse conductores de uno u otro tipo, de no hacer falta intermediarios que lleven a cabo los designios de la superioridad, quizá alguien habría especulado seriamente con las ventajas de la desaparición física del fugitivo Roldán. Y seguro que habrían aparecido en Irak armas de destrucción masiva. A montones.
Ya que es poco lo que cabe esperar de la decencia de los gobernantes, está bien que al menos les acabe refrenando de vez en cuando el miedo a que se sepa.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (25 de septiembre de 2003) y El Mundo (27 de septiembre de 2003). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 4 de diciembre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/25 06:00:00 GMT+2
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2003/09/24 07:00:00 GMT+2
Oí anteayer el discurso de José María Aznar en un foro internacional reunido en Nueva York para analizar las raíces del terrorismo.
El jefe del Gobierno español negó la mayor, rechazando que se hable sobre las raíces del terrorismo. Dijo a los reunidos que es un error conceder importancia a las causas de los actos de violencia terrorista. «Hay que desmitificar la idea misma de causa», sentenció. Para él, sólo han de tenerse en cuenta los efectos. En consecuencia, lo único que hay que estudiar es cómo acabar con los terroristas.
Los otros destacados intervinientes -Annan, Chirac, Chrétien, Lula da Silva- dedicaron sus intervenciones al enunciado del foro, examinando las realidades que explican -no que justifican, por supuesto- la existencia del terrorismo y planteando la necesidad de superar las situaciones de injusticia, frustración y sufrimiento que pueden contribuir a que surjan y obtengan cierto respaldo social tales o cuales fenómenos de violencia política organizada.
Nadie se tomó el trabajo de responder a la tesis de Aznar. Por delicadeza, supongo.
El presidente español partió de un sobreentendido falso. Dio por hecho que, cuando se trata de terrorismo, todo el mundo habla de lo mismo que él. Y no.
Por el sentido de sus palabras, se deduce que él considera terrorismo todo acto de violencia política realizado por quienes no actúan bajo la autoridad de un Estado. Pero ésa es una simplificación inaceptable. En primer lugar, porque, si el terrorismo fuera eso, quedaría excluida la existencia del terrorismo de Estado.Y en segundo término, porque, si toda violencia no legitimada por la autoridad de un Estado fuera condenable, quedaría anulado de un plumazo el derecho a combatir los regímenes tiránicos.Lo primero contradice el Derecho internacional. Lo segundo, el sentido mismo de la justicia (y, ya de paso, la propia doctrina de los Padres de la Iglesia católica).
Si más allá de la autoridad de los estados no hubiera violencia justa, ninguna revolución podría ser justa. ¿Cómo tomar posición ante una revolución sin examinar sus causas?
Incluso aceptando que Aznar no pretenda que su criterio valga para juzgar el curso general de la Historia, es obvio que su mera aplicación a la realidad actual obligaría a romper relaciones con los muchos gobernantes del mundo que han llegado al poder manu militari, contando con las autoridades establecidas únicamente para pasarlas por las armas.
Es sorprendente que Aznar se crea con autoridad para dar lecciones sobre terrorismo al resto de los líderes del mundo. Porque tampoco puede decirse que su tosquedad como teórico se vea paliada por sus éxitos como práctico.
Todos sus colegas internacionales saben que ya hace siete años que prometió que en seis habría acabado con ETA.
Debería darse por contento con que no se lo recuerden.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de septiembre de 2003). Basado en un apunte publicado el 23 de septiembre y titulado también Aznar, teórico y práctico. Subido a "Desde Jamaica" el 11 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/24 07:00:00 GMT+2
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2003/09/24 06:00:00 GMT+2
David Rojo, responsable -y creo que también propietario- de una interesante página web llamada El periodista digital, tiene tras de sí un historial bastante conflictivo. Hermano del también periodista Alfonso Rojo, entró a trabajar en el El Mundo, de donde salió por la puerta de atrás acusado de ser «un profesional de la cleptocracia periodística», según dice hoy de manera un tanto elíptica un editorial de ese periódico. Excuñado de Ana Rosa Quintana, él fue, como se sabe, el negro que escribió a la presentadora televisiva la novela aquella de los largos párrafos plagiados, que tanto escándalo montó.
Cuando El periodista digital funciona como «periódico de periódicos», hace una labor de mucho interés, porque ahorra a las personas ávidas de información el tiempo y el dinero que cuesta saber qué dice el conjunto de la Prensa. Ha habido medios de Prensa que han acusado a El periodista digital de violar el copyright de los artículos que reproduce, pero no creo que tengan razón: ellos tampoco pagan a los autores por la reproducción electrónica de lo comprado en principio para su publicación en papel. Otra cosa es cuando Rojo utiliza su página web para emprender campañas personales, sea contra la dirección de El Mundo, a la que le tiene una inquina tan comprensible como poco confesable, y contra la jefatura de Interviú, a la que tiene enfilada muy probablemente porque fue esa revista la que descubrió los plagios que encerraba la novela que él escribió por encargo de Ana Rosa Quintana.
Ahora David Rojo es acusado de haber obtenido una entrevista y dos cartas de Tony Alexander King con engaño, amparándose en su condición de abogado y violando el secreto que debe regir las relaciones, incluso todavía no reguladas por contrato, entre defensor y defendido. He mirado El periodista digital para ver por dónde enfoca Rojo su defensa. No niega los hechos: se limita a decir que otros medios también han hecho cosas raras en otras ocasiones.
Me temo que David Rojo haya ido demasiado lejos en la concepción del periodismo como ejercicio que reserva el éxito a quienes mejor saben recurrir a la picardía y la desenvoltura.
No es una concepción exclusivamente suya. Otros periodistas madrileños pudieron inducirle a engaño alcanzando su éxito gracias, precisamente, a la picardía y la desenvoltura.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (24 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de diciembre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/24 06:00:00 GMT+2
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2003/09/23 06:00:00 GMT+2
Tomé ayer por la tarde un taxi bajo el sol de plomo de este maldito fin de verano capitalino. Iba tratando de levantarme el ánimo con los aires mentales de la canción de Brassens que lleva el nombre del día y que canto todos los 22 de septiembre (*) desde hace años, por motivos que no hacen ahora al caso, haciendo lo posible por olvidar la cita que tenía a continuación con el dentista.
El golpe fue fuerte: la radio del taxi me hizo pasar del recuerdo de la voz cálida del viejo Georges al verbo espeso de José María Aznar, que discurseaba desde Nueva York en un foro internacional reunido para analizar las raíces del terrorismo.
Mi primer impulso -lógico- fue reclamar al taxista que cejara en su intento de torturarme con ese perverso Rodríguez Galindo de la oratoria. Pero, así que presté atención al rollo que se estaba soltando, se despertó mi curiosidad.
Centró Aznar su intervención en negar la mayor, reprochando implícitamente a los reunidos que se dispusieran a hablar de las raíces del terrorismo. Les dijo que es un error conceder importancia a las causas que pueden explicar los actos de violencia terrorista. «Hay que desmitificar la idea misma de causa», sentenció. Para él, sólo han de tenerse en cuenta los efectos. En consecuencia, lo único que hay que estudiar es cómo acabar con los terroristas.
Eso dijo.
Los otros destacados intervinientes -Annan, Chirac, Chrétien, Lula da Silva- dedicaron sus intervenciones al enunciado del foro, examinando las realidades que explican -no que justifican, por supuesto- la existencia del terrorismo y planteando la necesidad de superar las situaciones de injusticia, frustración y sufrimiento que pueden contribuir a que surjan y obtengan cierto respaldo social tales o cuales fenómenos de violencia política organizada.
Nadie se tomó el trabajo de responder a la tesis de Aznar. Tal vez por delicadeza.
El discurso del presidente español se basó, todo él, en un sobreentendido falso. Prescindió de definir qué entiende por terrorismo, dando por hecho que, cuando se trata del terrorismo, todo el mundo habla de lo mismo. Y quedó claro que no es así.
Por el sentido de las palabras de Aznar, se deduce que considera terrorismo todo acto de violencia política realizado por quienes no actúan bajo el paraguas de la autoridad de un Estado. Pero ésa es una simplificación inaceptable. En primer lugar, porque, si el terrorismo fuera eso, quedaría excluida la existencia del terrorismo de Estado. Y en segundo término, porque, si toda violencia no legitimada por la autoridad de un Estado fuera condenable, quedaría anulado de un plumazo el derecho a combatir los regímenes tiránicos. La primera pretensión contradice el Derecho internacional. La segunda, el sentido mismo de la justicia y, ya de paso, la propia doctrina de los Padres de la Iglesia de la que Aznar se declara devoto fiel.
Si más allá de la autoridad de los estados no hubiera violencia justa, ninguna revolución podría ser justa.
Incluso aceptando que Aznar no pretenda que ese estrafalario principio valga para juzgar el curso general de la Historia -quedarían en muy mal lugar la toma de la Bastilla, el levantamiento armado de George Washington contra las tropas británicas y la propia resistencia europea contra el nazismo, sin ir más lejos-, es obvio que su mera aplicación a la actualidad obligaría a replantear las relaciones, incluídas las del Reino de España, con un buen puñado de estados cuyos actuales gobernantes han llegado al poder manu militari, contando con las autoridades establecidas únicamente para pasarlas por las armas.
Es realmente sorprendente que Aznar se crea autorizado para dar lecciones sobre terrorismo al resto de los líderes del mundo, dictándoles de qué deben y de qué no deben hablar. Porque tampoco puede decirse que sus insuficiencias como teórico se vean paliadas por sus éxitos como práctico.
Todos sus colegas internacionales saben que ya hace siete años que prometió que en seis habría acabado con ETA.
Suerte tiene de que no se lo recuerden.
(*) He aquí la letra de la canción en cuestión.
LE 22 SEPTEMBRE
(Georges Brassens)
Un vingt-deux septembre au diable vous partites,
Et, depuis, chaque année, à la date susdite,
Je mouillais mon mouchoir en souvenir de vous.
Or, nous y revoilà, mais je reste de pierre.
Plus une seule larme à me mettre aux paupières.
Le vingt-deux septembre, aujourd'hui, je m'en fous.
On ne reverra plus, au temps des feuilles mortes,
Cette âme en peine qui me ressemble et qui porte
Le deuil de chaque feuille en souvenir de vous.
Que le brave Prévert et ses escargots veuillent
Bien se passer de moi pour enterrer les feuilles.
Le vingt-deux septembre, aujourd'hui, je m'en fous.
Jadis ouvrant mes bras comme une paire d'ailes,
Je montais jusqu'au ciel pour suivre l'hirondelle
Et me rompais les os en souvenir de vous.
Le complexe d'Icare à present m'abandonne.
L'hirondelle en partant ne fera plus l'automne.
Le vingt-deux septembre, aujourd'hui, je m'en fous.
Pieusement noué d'un bout de vos dentelles,
J'avais sur ma fenêtre un bouquet d'immortelles
Que j'arrosais de pleurs en souvenir de vous.
Je m'en vais les offrir au premier mort qui passe.
Les regrets éternels à présent me dépassent.
Le vingt-deux septembre, aujourd'hui, je m'en fous.
Désormais, le petit bout de coeur qui me reste
Ne traversera plus l'équinoxe funeste
En battant la breloque en souvenir de vous.
Il a craché sa flamme et ses cendres s'éteignent.
A peine y pourrait-on rôtir quatre châtaignes.
Le vingt-deux septembre, aujourd'hui, je m'en fous.
Et c'est triste de n'être plus triste sans vous.
(Sólo el último verso -magnífico, por lo demás- me sobra.)
Javier Ortiz. Apuntes del natural (23 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de diciembre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/09/23 06:00:00 GMT+2
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