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1992/07/11 07:00:00 GMT+2

Treviño y la Inquisición Española

El arcipreste de Irún, José Ramón Treviño, rechaza ahora lo que afirmó hace cuatro meses y niega que cuando cobijó a Rekarte y Galarza supiera que eran militantes de ETA. Gran revuelo.

Parece evidente que en alguna de las dos ocasiones ha faltado a la verdad. ¿Qué deberá hacer la Audiencia Nacional? ¿Habrá de dar por buena la primera declaración y condenarle, o ajustarse a la última y absolverle?

Creo yo que las cosas no tienen por qué ser tan tajantes. Tal vez la verdad esté deambulando, errática; entre las dos declaraciones. Puede que Treviño no supiera que Rekarte y Galarza eran de ETA, pero que lo sospechara -de ahí que les exigiera que se marcharan a la mañana siguiente, y que, sometido a presión por la Guardia Civil en los interrogatorios, optara por admitir su responsabilidad con tal de salir del infierno. Porque ese infierno existe: lean, si no, el apartado que dedica a España el último informe de Amnistía Internacional y lo que dice sobre interrogatorios y torturas.

Situadas en la tierra de nadie del saber y el sospechar, las dos declaraciones de Treviño pueden deberse a su paso por dos estados de ánimo diferentes: propio el primero de quien quiere que le lleven a la cárcel con tal de que no le sigan interrogando; fruto el segundo de quien, una vez serenado, entiende que no hay razones objetivas que justifiquen su permanencia en prisión.

El dilema ante el que se encuentra el Tribunal -¿cuál de las dos versiones creer?- no es culpa de Treviño, sino de quienes lo juzgan sin más base que su autoinculpación.

Me viene a la memoria un precedente. Se produjo en el curso de los tristemente célebres procesos de Moscú, cuando Nicolai Bujarin fue acusado por Stalin de traición a la URSS. Él había admitido los cargos para evitar que su mujer y su hijo fueran fusilados. Bujarin se dirigió al Tribunal con estas palabras: «Si decís que soy un mentiroso, ¿por qué me creéis cuando me acuso? Basar una condena en la sola autoinculpación del acusado es un principio de la Inquisición Española».

No la resucitemos, por favor.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de julio de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/07/11 07:00:00 GMT+2
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1992/07/04 07:00:00 GMT+2

González y las modas

González no quiere que haya un referéndum sobre los acuerdos de Maastricht. Teme que lo mismo la gente se deje llevar por una moda -la danesa, en concreto- y vote mal, o sea, que se oponga al tinglado que él pactó con sus colombroños comunitarios.

Al punto ha habido quienes han afirmado que este miedo declarado del jefe del Gobierno es signo de la debilidad de sus convicciones democráticas. «¿Cree acaso que los ciudadanos españoles deciden su voto en función de modas?», se interrogan los críticos, indignados.

Por una vez -dejando constancia de paso con ello de mi falta de sectarismo, romperé una lanza flamenca en favor de González. Los que dirigen contra él esa acusación o están en Babia o se han vuelto unos hipócritas de tomo y lomo.

Repasemos la Historia reciente. ¿Creen que cuando la ciudadanía votó la Constitución tenía una idea exacta de lo que estaba aprobando? Si cada ciudadano hubiera tenido que pasar un examen sobre el texto de la Carta Magna antes de ser reconocido como votante, ¿cuántos habrían aprobado esa selectividad? Cientos de miles, quizá millones, votaron algo que habían oído decir que resultaba más moderno, más «europeo». De una moda, en suma.

González sabe de qué habla. Sabe que, cuando él mismo logró los votos necesarios para convertirse en presidente del Gobierno, tuvo el apoyo de muchos que lo único que sabían de su persona es que exhibía un aire aparentemente simpático, que le habían visto muy seguro de sí mismo en la televisión y que lo suyo era «el cambio», según decían los anuncios vistos y oídos hasta la saciedad semana tras semana. ¿Cuántos habían leído el programa electoral del PSOE y creído en él? Una cosa es temer las fórmulas que «superan» la democracia y otra creerse que la mayoría vota con conocimiento de causa. González tiene conciencia de que, del mismo modo que él venció apoyándose en un lema razonablemente de moda -«el cambio», pueden salirle ahora otros que, aprovechando que los mensajes del Gobierno socialista se venden mal, le ganen en las urnas proponiendo otros lemas con más gancho. A mí se me ocurren varios. Y en todos figura la voluntad de no ser el suburbio de Europa.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de julio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/07/04 07:00:00 GMT+2
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1992/06/27 07:00:00 GMT+2

Un problema real

Xabier Arzalluz me explicó el año pasado las razones por las que no se proclama republicano. «Nunca lograríamos que hubiera un presidente de la República que fuera militante del PNV -alegó el líder nacionalista. Así que, si el jefe del Estado no puede ser nuestro, prefiero que no sea de nadie». Animado por los recientes sucesos, he sondeado las posiciones que sobre la monarquía tienen los ciudadanos. Es llamativo el elevado número de personas que se avienen a que en España haya una monarquía por razones tirando a cínicas, ajenas a las virtudes que los monárquicos quieren atribuir a la institución. «Nos evita celebrar otras elecciones», me argumenta un escéptico. «Lo de Gibraltar sólo podrá arreglarse si median las casas reales británica y española», dice otro, sesudo. «¿Una república? ¿Y para qué? -pregunta el de más allá. ¿Para que el PSOE se haga con otro alto cargo más?». He interrogado a muchos, pero no me he topado con nadie que me haya dicho: «Porque la monarquía es la forma de Estado que entronca más y mejor con los valores de nuestra Historia», ni nada por el estilo.

A la vista de esta solidez más bien relativa de las convicciones monárquicas en nuestra sociedad, si yo fuera rey de España me andaba con mucho ojo. Porque la misma gente que hoy apoya la cosa -o sencillamente no se opone a ella, o no pone demasiado empeño en oponerse a ella- puede cambiar de actitud si no le salen las cuentas.

¿Para qué se necesita un jefe de Estado? O, dicho más crudamente: ¿para qué lo pagamos entre todos? Pues no para demasiado: para que firme las leyes y nombramientos con la fecha bien, nos represente ante los mandamases extranjeros... y poquito más. Pero si, en lugar de hacer eso, se dedica a mandar a su señora a los actos oficiales para él marcharse cada dos por tres de alegres vacaciones, y si además lo hace en el preciso momento en que el pueblo llano está pagando sus impuestos y se muestra más sensible a los dispendios del Estado, pues lo mismo va la gente y se cabrea, y le da por pensar que tal vez un presidente de la República podría salirle más económico.

No sería la primera vez que este país hiciera, por así decirlo, Borbón y cuenta nueva.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de julio de 2011.

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1992/06/20 07:00:00 GMT+2

Manglano y Bandrés

La única cosa que para estas alturas me queda clara del «caso Naseiro» es que el juez Manglano se portó como un perfecto cantamañanas. Lo ví claro desde el comienzo mismo, cuando supe de los métodos que utilizaba en la instrucción del sumario. «Es miembro de Justicia Democrática», me repuso un amigo. «Pues vale -le contesté; será entonces un perfecto cantamañanas que milita en Justicia Democrática». «Tiene una larga trayectoria de izquierdas», insistió mi amigo. ¡Vaya por Dios!. No sería el primer cantamañanas con trayectoria de izquierdas que aparece en la escena española.

Yo no sé si Naseiro, Sanchis y Palop cometieron los delitos que se les reprocha, y en qué medida los pudieron cometer. En todo caso, me hubiera gustado que el asunto se sometiera a juicio y se aclarara. Gracias al juez Luis Manglano, eso no va a ser ya posible.

¿De izquierda? Luis Manglano ha traicionado a la izquierda por partida doble. En el terreno moral, porque no hay izquierda auténtica sin firmeza ética, lo que incluye el respeto total por los derechos del individuo, sea del PP, del GAL o de ETA. Y ha traicionado a la izquierda también en el terreno político porque, por su culpa, un posible delito cometido por jefes de la derecha quedará sin el castigo que, de probarse, merecía.

¿Ha sido un asunto de torpeza personal sin más? Tengo mis dudas. Quizá esté en juego también una cierta concepción de lo que es ser de izquierda. Ser de izquierda no consiste tan sólo en estar contra la derecha. Exige asimismo una deontología de la acción política. ¿Pudo creer Luis Manglano que lo importante era desvelar un caso de corrupción derechista, aunque fuera a costa de despreciar los derechos de los implicados? Ahí está Bandrés -otro con «una larga trayectoria de izquierdas»-, a punto de ingresar ahora en el PSOE, tratando de justificar las irregularidades de la Policía y de Manglano apelando a la eficacia de la acusación.

He aquí de nuevo la lacra que ha ensuciado a la izquierda en el Poder -en cualquier Poder- a lo largo de su Historia: el buen fin que justifica los medios perversos.

La experiencia lo demuestra: al final, el lodo de los medios cubre todo el espacio moral disponible.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de junio de 2011.

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1992/06/15 08:00:00 GMT+2

¡Que beban!

De ser verdad los rumores que corren por las redacciones de los periódicos, habrá que convenir en que nuestra clase política, incluidos sus escalones más elevados, está poblada por una ingente cantidad de cogorzas irreprimibles. Todas las semanas le cuentan a uno que tal o cual personaje de alto copete hubo de ser transportado hasta el catre por el personal de su escolta, o que los lavabos de esta o aquella discoteca de moda hubieron de ser severamente bloqueados por vigilantes ad hoc para que el público no contemplara cómo una conocida personalidad política trataba de desplazarse a gatas -sin conseguirlo- hasta la reparadora y siempre receptiva taza del WC.

No veo que haya en ello motivo para anatemizarlos. Comprendo que existen responsabilidades difíciles de soportar, que generan enormes tensiones y ansiedades sin cuento. Considérese también el problema de la mala conciencia: son muchos los que pasaron su juventud perorando discursos de igualdad fraterna y que ahora se dedican a hacer reconversiones -casi siempre de trabajadores en parados-, a preparar leyes contra los inmigrantes o a facilitar que la Policía dé enérgicas patadas en la puerta domiciliaria de los amantes del marmitako. Qué duda cabe de que, tras ocho o diez copazos nocturnos, los remordimientos son mucho más llevaderos.

Vistas las cosas con realismo, puede decirse incluso que está bien que los altos cargos de la Administración, empezando por los componentes del propio Consejo de Ministros, se emborrachen. Primero, porque no es malo que conserven algún rasgo de humanidad; segundo, porque es poco probable que cuando estén en tal estado les dé por trabajar. Tal vez se pongan violentos -in vino veritas-, pero ése es, de los males, el menor: en estado de embriaguez podrán dañar a una, dos, cuatro o seis personas, a lo sumo; trabajando, en cambio, suelen dañar por miles.

Prefiero con mucho el político borracho al político cocainómano. El primero se rinde; el segundo aspira a multiplicar sus fuerzas. Al borracho te lo puedes encontrar a las tantas cantando La Internacional y asegurando que si él está en ese cargo es sólo para que no lo ocupe otro aún más corrupto que él, que sigue siendo un rojo de corazón. Al otro cabe que te lo topes a las mil y quinientas... trabajando. Entre un pesado y un sádico, ¿cómo no quedarse con el pesado?

Javier Ortiz. Sobremesa (Junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de mayo de 2009.

Texto remitido por Marcos Gutiérrez de Cantabria. Eskerrik asko.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/06/15 08:00:00 GMT+2
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1992/06/14 07:00:00 GMT+2

Tiempos de incontrolados

Había una densa bruma, aquella mañana de primavera, en Irache. El gentío, boinas rojas en casi todas las cabezas, se agolpaba para iniciar la ascensión a Montejurra, el acto solemne anual del Partido Carlista. Los altavoces hacían sonar la voz de José Antonio Labordeta y los no-carlistas invitados al acto charlábamos en grupo sobre ya no me acuerdo qué: sobre el mal tiempo y las incómodas tradiciones montañeras del carlismo, supongo. Recuerdo, eso sí, a un muchacho que me dijo llamarse Aniano Jiménez, que era de Cantabria y dirigente de la HOAC. De él sí que me acuerdo. Muy bien.

En ésas estábamos cuando, de repente, se produjo un revuelo. La gente empezó a dar voces nerviosas y a agolparse. «¿Qué pasa?», pregunté a Aniano. «No sé; voy a ver», me contestó, y marchó hacia el tumulto. A mí me dio justo tiempo de contemplar cómo un tipo vestido con una gabardina blanca empuñaba una pistola y disparaba. Un minuto después, Aniano Jiménez agonizaba junto a mí. «No aviséis a la Policía, que estoy fichado», dijo. Y se desvaneció, mortal. La voz de Labordeta -nadie pensó en cortar la megafonía- seguía atronando en el aire: «A varear la oliva / no van los amos; / a varear la oliva / van los ancianos.»

Fue mi primera experiencia directa con aquéllos a los que por entonces se dio en llamar «incontrolados»: un eufemismo idiota que servía para designar a las bandas violentas de la ultraderecha. Armados con pistolas, cuchillos, bates de béisbol, cadenas o cócteles molótov, unos cientos de ultraderechistas marciales, recubiertos con siglas varias -«Guerrilleros de Cristo Rey», «Comando Benito Mussolini», «VI Comando Adolfo Hitler», «Triple A», etc.- sembraron el terror a lo largo de los años de la transición, atacando a quienes preconizaban -preconizábamos- el fin del franquismo.

Releo los periódicos de hace quince años. Casi no pasaba un día sin que se registraran actos «incontrolados». De muy diversa entidad. Desde la matanza de los abogados laboralistas de la calle Atocha, en Madrid, hasta el envío de una carta amenazante a Txiki Benegas, pasando por asaltos a librerías y palizas a sindicalistas, los «incontrolados» cubrieron toda la gama de la intimidación.

Pocos días antes del asesinato múltiple de la calle Atocha, unos «incontrolados» asesinaron a un estudiante, Arturo Ruiz, en Madrid. Eurovisión proporcionó unas imágenes que mostraban a uno de los «incontrolados», pistola en mano, mezclado con las Fuerzas de Policía. Días después, el jefe superior de Policía de Madrid negaba que la matanza de Atocha tuviera móviles políticos. En vísperas del 15J, en un mitin de Manuel Fraga, jóvenes cubiertos con cascos y armados de palos golpearon brutalmente a varias personas que silbaron al líder de la derecha y levantaron el puño.

¿«Incontrolados»? Sólo en la medida en que a algunos les venía bien no controlarlos.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de junio de 2012.

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1992/06/13 07:00:00 GMT+2

El muerto de Ardanza

Ya lo saben ustedes: en el caso de que ETA mate a alguien, así sea sólo a una persona, Ardanza propondrá al PNV que rompa sus contactos con HB. Lo de los heridos, en cambio, no da para tanto, aunque sean un montón y queden hechos polvo.

Las palabras de José Antonio Ardanza han sido acogidas con general estupor. ¿Qué clase de baremo cínico e inhumano es ése? ¿Quiere decir que las mutilaciones no cotizan políticamente?

No; no quiere decir eso. Quiere decir otra cosa mucho más grave.

Sigan ustedes atentamente el razonamiento del lehendakari y comprobarán que lo que él cree que forzaría al PNV a romper el diálogo con HB no es que se produjera una muerte, sino, más exactamente, la reacción airada que provocaría esa muerte en la opinión pública.

Ahondemos más. Observemos también que Ardanza evoca a este respecto lo que ocurrió en 1987 tras el mortífero atentado de Hipercor, en Barcelona. El recuerda cómo entonces el PNV hubo de renunciar a unos contactos que tenía con HB... y cómo algún tiempo después los reanudó.

Como se ve, Ardanza plantea no una, sino dos distinciones: entre heridos y muertos, por un lado, y entre muertos recientes y muertos añejos, por el otro. Pero, y éste es el aspecto decisivo del asunto, no aborda esas distinciones como suyas: las extrae del modo en que la opinión pública se comporta. Él se limita a constatar que, cuando hay muertos recientes, la reacción general es tan virulenta que no les permite tener un diálogo público con HB, pero que, cuando sólo hay heridos, o cuando los muertos han sido ya enterrados y olvidados, la cosa cambia.

Puede objetarse la habilidad u oportunidad de la reflexión, pero difícilmente su fundamento. La experiencia nos enseña que si la muerte no tiene fecha de caducidad, sí la tienen los sentimientos que la desgracia ajena provoca sobre el conjunto de la sociedad. ¿Porca miseria? Humana miseria, más bien.

Ardanza ha expuesto un problema bien real, pero no lo ha planteado a fondo. No se ha atrevido a decir que hay que dialogar y negociar, pero no mientras no haya muertes, sino precisamente hasta lograr que no haya más muertes.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de junio de 2012.

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1992/06/06 07:00:00 GMT+2

Maastricht y la democracia astuta

Conmoción: la mayor parte de la ciudadanía danesa ha dicho que lo de Maastricht no le mola, con lo que ha puesto en peligro el tinglado de la CE en su conjunto. La culpa de que tal cosa haya ocurrido la tiene el Gobierno de Copenhague, al que no se le ocurrió nada mejor, de cara al referéndum ad hoc, que difundir masivamente el texto de lo pactado en Maastricht. Resultado: mucha gente comprobó de qué iba el mejunje, no le gustó la pinta que tenía y votó en contra. Deplorable.

Lo que le ocurre al Gobierno danés es que aún no se ha enterado de cómo funcionan las democracias astutas. Un ejemplo paradigmático de democracia astuta es la española. Aquí el Gobierno no solamente ha ocultado lo que suponen los pactos de Maastricht, sino que ha hecho además todo lo necesario para que no se celebre un referéndum sobre ellos. Básicamente porque, como han dicho algunos lúcidos prebostes -Pujol, Arzalluz- un referéndum así «podría resultar peligroso». No por nada, sino porque cabría que lo perdieran. Y es que una norma básica de la democracia astuta es que solamente se debe convocar un referéndum cuando se tiene la total certeza de ganarlo. El hecho de que los acuerdos de Maastricht no sean compatibles con algunos preceptos de la Constitución tampoco es un problema: otra ley elemental de la democracia astuta es que hay que arreglárselas para que el encargado de velar por el cumplimiento de la Constitución esté siempre dispuesto a atender las necesidades del Poder político. Como democracia astuta, la nuestra es modélica: no sólo el Tribunal Constitucional; también el Consejo General del Poder Judicial, el Fiscal General y el Defensor del Pueblo: aquí todo pichichi actúa como Dios manda y ordena. Sólo se aprende de los errores. El Gobierno danés ya ha visto que su sistema democrático presenta aspectos poco astutos y se apresta a corregirlos. Su primer ministro ha anunciado que estudia la posibilidad de convocar un nuevo referéndum. ¿Lo ven? Eso sí que es democracia astuta. Se celebra un referéndum y, si no sale lo que conviene, se monta otro, y luego otro, y así hasta que el personal vote lo que interesa.

La democracia astuta avanza por doquier. Normal: a fin de cuentas, para eso se montó lo de Maastricht.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de junio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de junio de 2012.

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1992/05/31 07:00:00 GMT+1

¿Qué pasará el día después?

Me preguntan «¿Qué será de Euskadi cuando termine la violencia política?» Y respondo: no creo que en Euskadi vaya a terminar la violencia política. Por lo menos en un plazo previsible.

Probablemente lo que se me está pidiendo -trampas del lenguaje mediantes- es que opine sobre lo que podría ocurrir en Euskadi si ETA abandonara las armas. O sea, si el Estado lograra hacerse con el monopolio de la violencia.

No es lo mismo.

Puede ser que ETA abandone las armas. No estoy seguro de que eso vaya a suceder a corto plazo, pero lo estimo probable. En primer lugar, porque la organización ha sido sometida a un desgaste represivo enorme. En segundo lugar, porque los sectores sociales de los que se alimenta se han ido reduciendo aceleradamente, tanto en número como -sobre todo- en influencia. En tercer lugar, porque incluso esos sectores actúan cada vez más por inercia, y cada vez menos porque la realidad les empuje a ello. Claro que las inercias tienen su peso, pero no ilimitado.

ETA puede desaparecer y, hasta es probable que lo haga, siempre que el Poder le proporcione una salida digna: no otra cosa está pidiendo a gritos desde hace ya cierto tiempo. Que haya habido quien ha tratado de disfrazar de victoria la derrota de Leitzaran - soy uno de los que vieron el vídeo de Lurraldea, y de los que apoyaron esa alternativa, por lo menos más que la contraria- lo ha demostrado de sobra.

ETA puede desaparecer de la escena, ya digo, pero no por ello desaparecerá la violencia política.

La violencia pervivirá porque es inherente al Estado. El Estado -cualquier Estado- recurre a la violencia tanto cuanto le es necesario para asegurar el mantenimiento de su dominio: de modo soterrado, limitado e individualizado cuando la oposición real es balbuciente, limitada e individualizada; de manera más amplia, directa y brutal cuando siente que su control sobre la sociedad está en serio peligro. Es por ello por lo que quienes nos oponemos sinceramente a la violencia, al dominio impositivo de unas personas sobre otras, no podemos dejar de oponernos al Estado.

En el momento en que ETA firme con más o menos disimulo su fracaso y abandone el panorama -si tal cosa ocurre, ya digo-, la cuestión estará en comprobar si los sectores sociales de Euskadi que se han venido oponiendo al Estado español (unos por ser Estado, otros por ser español, otros por ambas cosas) serán capaces de articular una oposición política real a ese Estado o si, por el contrario, ello supondrá la «homologación» completa de Euskadi con el resto del territorio estatal, es decir, el triunfo completo -que no definitivo- del Estado.

No es fácil predecirlo. La historia del nacionalismo radical vasco demuestra que, con sorprendente frecuencia, la renuncia a las armas de los unos o los otros ha acabado por convertirse en renuncia a la oposición contra el Estado, cuando no en sometimiento entusiástico al mismo. Esa posibilidad se presenta hoy más abierta que nunca, en la medida en que la actuación del Estado ya no genera tantas respuestas primarias de oposición radical como en el pasado, y habida cuenta de que una parte de las aspiraciones históricas del nacionalismo vasco se están encauzando a través del sistema.

Existe, pues, la posibilidad de que la retirada de ETA del panorama entrañe una reducción paulatina del peso político del «campo radical vasco», hasta alcanzar su práctica extinción.

Pero tal proceso no es inevitable, a condición de que ese «campo» sea capaz de unir a las razones históricas de insatisfacción popular las energías provinientes de las nuevas insatisfacciones que provoca la realidad política y social actual. Hablo de las reacciones de rebeldía ante la corrupción de los círculos dirigentes, la perversión de las instituciones, la manipulación informativa, el aumento de las desigualdades económicas, el paro, la reducción de las perspectivas de promoción de la mayoría, la marginación de la juventud y de las mujeres, las agresiones contra el medio ambiente, el expolio del Tercer Mundo, la desertización cultural...

¿Es posible la «reconversión» del llamado MLNV en un movimiento de rebeldía social vasca contra el estado de cosas, capaz de aunar y servir de expresión al conjunto de las respuestas radicales frente a los males de nuestro tiempo? Quizá no. Quizá los vicios adquiridos sean demasiados. Quizá haya también demasiado que ni siquiera estén interesados en afrontar esa perspectiva.

Ahí puede estar la clave del «día despúes».

Javier Ortiz. Jamaica o muerte, recopilación de textos varios (31 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de enero de 2018.

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1992/05/30 07:00:00 GMT+2

El socialismo realmente existente

Hace unas semanas, el patrón de los patronos, José María Cuevas, decía que tenía dudas sobre qué partido representa mejor los intereses de los empresarios españoles. A lo que se ve, esas dudas se le disiparon por entero con ocasión del 28-M, fecha que Cuevas eligió para rendirse devotamente ante los encantos del PSOE. Se le veía tan identificado con la posición de los socialistas que ni siquiera se tomaba el trabajo de decir nada propio: cada vez que alguien le ponía un micrófono delante, él se limitaba a citar lo dicho por Felipe González o por cualquiera de sus ministros. Su sola aportación consistía en que, si el socialista citado había dicho «que», él le corregía y decía «de que», tal vez como método subliminal de subrayar sus preferencias por Narcís Serra en las querellas intestinas del partido gobernante.

La solidaridad del empresariado español con las opciones del PSOE es ya tan completa que plantea un verdadero problema teórico. ¿Será que los adinerados de este país se han vuelto socialistas? Para no caer en deducciones precipitadas, he hecho un sondeo planteando esta posibilidad a una ingente cantidad de personas. El resultado ha sido rotundo: todos los encuestados sin excepción me han respondido rogándome encarecidamente que no les hiciera preguntas imbéciles. Lo cual me ha obligado a deducir que la verdad debe ser la contraria, a saber, que son los socialistas los que han acabado por identificarse con los intereses de los adinerados. Supongo que no por vocación, sino porque los adinerados tienen poder, y ellos hace tiempo que se dieron cuenta de que, para conservar su propio poder, no había como rendir pleitesía a los que lo tienen per se, sin necesidad de que nadie les vote, ya se dediquen a presidir consejos de administración, desfilar el 28-M o hacer guerras en el Golfo.

Lo único que me molesta de todo esto es que el PSOE se empeñe en seguir llamándose «socialista obrero», en vez de ajustarse a la verdad que se desprende de los hechos. Aunque puede que se haya topado con un problema: las siglas que mejor le cuadran -a saber, PCPE (Partido Capitalista Patronal Español) y PP (Partido del Poder)- ya están registradas en Interior. ¿Verdad que es una pena?

Javier Ortiz. El Mundo (30 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de mayo de 1992.

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