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1992/05/23 07:00:00 GMT+2

El derecho del derecho de huelga

La frase gubernativa de moda se la oí por primera vez al ministro Corcuera, azote de delincuentes visibles y emboscados: «Hay que garantizar el derecho a hacer huelga de los que quieren hacer huelga, y el derecho a no hacer huelga de los que no quieren hacer huelga». Sentada la doctrina por el ministro del Interior -primer teórico del PSOE, una vez arrinconado el Programa 2000-, todos los responsables socialistas se han creído obligados a repetirla no menos de veinte veces por día.

¿Hay que garantizar el derecho a no hacer huelga de los que no quieren hacer huelga? Depende. No si para que ellos no hagan huelga deben no hacer huelga los que sí quieren hacer huelga.

Según la norma democrática, cuando dos derechos colisionan, prevalece el de la mayoría. Y, como muy bien sabe el Gobierno -el CIS le ha hecho una bonita encuesta sobre el asunto, una encuesta que ellos se han apresurado a esconder, totalmente horrorizados-, la gran mayoría de los trabajadores es en esta ocasión partidaria de la huelga general. En buena lógica, el derecho de la mayoría a que haya huelga general debe prevalecer sobre el derecho de la minoría que quiere que la huelga general fracase. Sobre todo porque, para que la minoría pueda ver satisfecho su derecho a trabajar, buena parte de la mayoría tendría que renunciar a su derecho a no hacerlo. Ahí está el caso de los transportes públicos, en los que la Administración -en contra no ya de los derechos sindicales, sino incluso de la lógica matemática- desea que funcionen unos servicios mínimos que llegan al 60%. ¿Desde cuándo 6 de cada 10 es un mínimo?

La minoría no puede reivindicar derechos que violenten los de la mayoría. Y menos cuando lo que la mayoría quiere hacerles es un favor. Porque, ¿qué puede haber más beneficioso para un currito probo y pelota que obtener unas horas de asueto, o incluso todo un día, si luego puede demostrarle al jefe que él hizo lo posible por no secundar la huelga -a la que se oponía de todo corazón, porque a él le parece una idea estupenda pagar menos a los parados-, pero que no pudo cumplir sus deseos?

Como sigan en ésas, me voy a poner a reclamar mi derecho a que no haya un Gobierno del PSOE.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de mayo de 2011.

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1992/05/16 07:00:00 GMT+2

Pobre Conde

Anteayer Rosa Conde logró superarse a sí misma: «Para darles los detalles de la nueva Ley de Huelga, va a venir el ministro de Justicia... perdón, el ministro de Transportes... perdón... Estoy pensando en los ministros que no estaban antes... Es que a veces cuesta trabajo pasar del Consejo sin solución de continuidad a la rueda de Prensa... Bueno, pues bien, el ministro de Transportes... perdón, el ministro de Trabajo...».

Iñaki Gabilondo se preguntaba el martes cómo puede ser que un experto en comunicación tal que Felipe González designara para portavoz del Gobierno a una mujer tan rematadamente inútil en este campo. Se me ocurren dos motivos confluyentes. Primero, el mismo que le condujo a poner a Matilde Fernández en la cartera de Asuntos Sociales: machismo. El presidente trata de difundir la especie de que las mujeres son inútiles y se sirve del tándem Conde-Fernández como torvo instrumento. Segunda razón: su odio hacia los periodistas. La designación de Rosa Conde tiene idénticos efectos de incomunicación que si no hubiera portavoz del Gobierno, pero confiere a la medida una impronta de sádica perversidad: castiga a quienes, semana a semana, tienen el oneroso deber de asistira sus comparecencias, obligándoles a sumirse en los galimatías mentales de la suprascrita, por si alguna vez acertara en algo.

Lo que distingue a Rosa Conde de los demás ministros y del propio presidente no es que no diga nada, sino que no sabe disimularlo. Felipe González es maestro en el arte de parecer que dice, Solchaga en el de decir cada cosa y su contrario -todo a la vez y sin inmutarse-, Serra desvía hábilmente la atención del auditorio hacia los gallitos que emite sin parar, Fernández Ordóñez hacia su prácticamente inagotable gama de tics, Luis Martínez Noval opta por hablar tan quedo que ni siquiera se le oye, con lo que se hace imposible estar en desacuerdo con él... Cual Yáñez de la dicción, el problema de Rosa Conde no es que no diga nada: es que lo dice estropeándolo, desastrándolo.

Freud convirtió el estudio de los lapsus en una forma de atisbar el subconsciente de quien incurre en ellos. Con Rosa Conde lo tendría mal: para que haya subsconsciente, antes tiene que haber consciente.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de mayo de 2012.

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1992/05/09 07:00:00 GMT+2

El peñazo de Burgos

El alcalde de Burgos, don José María Peña, no cree en la Justicia; solo cree en el pueblo. En el pueblo de Burgos, en concreto. Cuando a don José María Peña se le apunta que su actitud es insostenible, que no es admisible que el Ayuntamiento de una capital esté encabezado por un delincuente convicto, él contesta siempre lo mismo: «El pueblo me apoya. Yo soy un demócrata y me atengo a la voluntad del pueblo».

Peña demuestra con ello que es un alumno aventajado del PSOE. Porque hacen legión los dirigentes del PSOE que, cada vez que alguien critica su actuación, apelan al voto popular: ellos fueron elegidos por el pueblo, así que todo lo que hacen es intrínsecamente democrático.

Para ellos, el voto del pueblo es como los sacramentos cristianos, que imprimen carácter indeleble. El día menos pensado, un diputado pegará un tiro a su señora por una riña de celos -ya hubo un socialista guipuzcoano que le zurró la badana a la suya por un quítame allá esas pajas conyugales- y asegurará que nadie puede reprochárselo, porque a él le eligió el pueblo y no es lícito ir contra la voluntad del pueblo expresada en las urnas.

Esto de «la voluntad del pueblo expresada en las urnas» está muy bien, siempre que no se convierta en un fetiche. Primero, porque votar unos nombres o unas siglas cada cuatro años no significa avalar todo lo que esos nombres o esas siglas hagan luego, y menos cuando no dijeron en su momento que era esto, y no lo que figuraba en su programa electoral, lo que iban a hacer. Si hubieran proclamado: «Por la restricción de las libertades, por el aumento del paro y los impuestos, ¡vota PSOE!», o bien: «¡Ayúdanos a llevar la prevaricación a la alcaldía: vota Peña!», sería otra cosa. Pero no hubo tal.

Además, que alguien o algo cuente con el apoyo del pueblo -así sea de un pueblo tan noble como el de Burgos- no quiere decir que sea correcto. El voto sirve para saber qué quiere la mayoría -la mayoría de los que votan-, pero no concede la razón. ¿Será necesario recordar las muchas aberraciones que han recibido apoyo popular mayoritario a lo largo de la Historia? Que el convicto Peña no se ufane tanto: puede que él no sea sino otra aberración más.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2011.

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1992/05/02 07:00:00 GMT+2

El chantaje de la violencia

La frase se ha puesto de moda, a raíz del acuerdo sobre la autovía: «Es una cesión al chantaje de la violencia». Eso del «chantaje de la violencia» suena muy fuerte y muy rotundo. «El Gobierno no cederá al chantaje de la violencia», dijo González hace meses. Ahora se le reprocha no haber cumplido su palabra.

El problema es que esa palabra, como tantas en política, era huera.

González -el alto mando del PSOE, por no personalizar- está habituado a ceder al chantaje de la violencia. Y como ellos, la cuasi totalidad de los que integran eso que, con fina precisión sociológica, se llama ahora «la clase política». Recuerden ustedes -si tienen años y memoria para ello- los tiempos del ocaso del régimen franquista. La oposición formuló un programa para la ruptura democrática con la dictadura. Pero, mes tras mes, la mayoría de quienes habían fijado ese programa fueron abandonando sus exigencias. Su explicación era siempre la misma: «Es que eso no lo permitiría el Ejército». De tal guisa, concedieron al Ejército -a aquel Ejército, que había sido el guardián de una dictadura bañada en sangre- la capacidad de fijar los límites de la soberanía popular. Y ello, ¿con qué legitimidad? Pues muy sencillo: con la que nacía de su impresionante fuerza armada.

El mismo régimen político actual se configuró, pues, a partir de una gran, de una apabullante «cesión al chantaje de la violencia».

¿Se podía haber obrado de otra manera? Ellos, desde luego, no. Quien, como ellos, reivindica que la política es «el arte de lo posible», manifiesta su disposición a aceptar lo que haga falta, si no le encuentra mejor remedio. Fue lo que hizo nuestra «clase política» durante la transición. Tres cuartos de lo mismo tras el 23-F. Y es, a escala, lo mismo que ahora ha asumido el Gobierno, PNV-PSE mediantes, con respecto al conflicto de la autovía.

Cuando un político profesional dice «jamás haré tal cosa» caben tres opciones: o es que se trata de algo que no le interesa, o es un inconsciente, o miente. González dijo que nunca aceptaría un arreglo con HB sobre la autovía. La cosa no es saber por qué ha acabado aceptando ese acuerdo, sino por qué dijo entonces -¿mentira o inconsciencia?- aquella tontería.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de mayo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de mayo de 2012.

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1992/04/25 07:00:00 GMT+2

Carta urgente desde la cárcel

Me escribe con sello de urgencia desde la prisión de Teruel un recluso, que firma F. Villaboa. Ustedes quizá no lo sepan, pero no es infrecuente que los presos escriban a los periódicos. Cuentan su caso, protestan, se desahogan, piden que alguien se interese por ellos. La larga misiva de F. Villaboa no tiene nada que ver con eso. Villaboa dedica los diez folios de su carta urgente a explicar lo mal que lo está pasando otro preso, al que no le une sino la amistad que han forjado en la convivencia carcelaria. Villaboa me cuenta con todo detalle las desventuras de Peter Klinger, un trabajador austriaco detenido y condenado por un delito contra la salud pública y otro de contrabando. Drogas, supongo. Villaboa me asegura que Peter es una bellísima persona, que cometió un error y está arrepentido; que solo piensa en volver con su mujer, a su trabajo, a su casa. Dice que su comportamiento es impecable: trabaja en la cárcel, ha aprendido castellano, estudia. Está a pocos meses de cumplir los dos primeros tercios de su condena. A Villaboa le preocupa la desconsideración con que las autoridades tratan el caso de Peter, y está convencido de que se le desconsidera porque es extranjero. Y Villaboa sufre por él, y me pide ayuda: «Creo que si usted habla de Peter, eso cambiará su situación». Qué mas quisiera yo.

En los diez folios de su carta, Villaboa solo dice una cosa de sí mismo. Está en el remite del sobre: «preso político». No cuenta a qué organización pertenecía, ni por qué fue condenado, ni a cuántos años asciende su condena. Tampoco dice cómo lo está pasando él de mal: «Lo único que me importa ahora es mi amigo Peter». En toda su larga misiva no hay ni una sola referencia política: no habla del sistema, ni del Gobierno; sólo de que su amigo Peter es un buen tipo, y de que no se le trata como se merece.

Me pide que escriba de Peter Klinger, y lo hago. Pero el caso que más me conmueve es el del propio F. Villaboa: un hombre que pena su propia condena, probablemente grave, y que dedica lo mejor de su esfuerzo a defender la causa personal de un amigo que sigue sufriendo, cuando ya merecería estar en paz y en su casa.

Me pregunto si F. Villaboa no se lo merecerá también.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de abril de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/04/25 07:00:00 GMT+2
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1992/04/17 07:00:00 GMT+2

¡Ustedes son formidables!

«Smokey» es un perro pastor precioso que vive –que malvive– en Nueva York. Una noche, hace dos semanas, un taxista enloquecido atropelló a «Smokey» en la Quinta Avenida, frente a Tiffani's, y lo dejó malherido sobre la calzada. El taxista se dio a la fuga y el pobre «Smokey» hubo de esperar más de una hora hasta que fue atendido.

¿Quién dijo que la Gran Manzana no tiene corazón? Todas las manzanas lo tienen: es ley de la Naturaleza. Desde que «Smokey» fue internado en ún hospital canino y los periódicos contaron su desgracia, el centro ha recibido más de cuatrocientas llamadas de personas que se interesan por su estado. En la recepción del hospital no salen de su asombro: han llegado también cientos de postales y cartas, procedentes de toda la nación –desde California hasta la isla de Nueva York, según cantó el gran Woody Guthrie–, firmadas por chicos y mayores, pobres y ricos, cultos e ignorantes. La mayoría de los mensajes tienen el mismo texto: «Smokey: iponte bueno!». Otras se explayan: «Querido Smokey: Sabemos que San Francisco vigilará para que te cures con los cuidados de ese doctor y esas enfermeras estupendas, y que pronto volverás a jugar». «Perro grandote y guapo: rezo por tí todos los días. iTodo el mundo te quiere!».

«Smokey» no sólo ha recibido respaldo moral. También dinero. Han llegado tantos donativos a su nombre que ya se ha constituido un organismo para gestionar los fondos: «Fundación Pro-Curación de Smokey», lo han llamado.

¿No es una historia maravillosa? Esta enternecedora reacción colectiva ha reforzado mi fe en el género humano, bastante desfallecida en los últimos tiempos.

Bien es cierto que, en el mismo accidente en que el bueno de «Smokey» fue atropellado, también resultó malherido su amo, un vendedor ambulante ciego de 64 años llamado Thomas Amstrong, que parece que puede quedarse cojo para el resto de su vida.

Desde que fue internado en un hospital público, Amstrong ha recibido exactamente cuatro cartas y dos visitas. De dólares, claro, nada. Los periódicos –la voz de la conciencia social– han publicado numerosos reportajes sobre el pobre y valeroso «Smokey», pero sólo algunas breves notas sobre su misérrimo propietario.

Pero, bueno, es natural. Gracias a Walt Disney, sus dálmatas y sus Plutos, a Rin Tin Tin y Lassie, la sociedad norteamericana está adecuadamente sensibilizada, y no pierde ocasión de sufrir ante la desgracia de un perro malherido.

En cambio, ¿qué interés puede tener para nadie un negro viejo ciego y cojo? Nueva York está llena de ellos. Uno más o menos le da igual a todo el mundo.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/04/17 07:00:00 GMT+2
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1992/04/14 07:00:00 GMT+2

La exclusiva

«Miguel: hoy estoy sentado en el poyo de la casa, donde nos haces una falta sin fondo». Fijos los ojos en la sección Tempus del diario El Maneta, el policía fujimoriano relee con gesto adusto una y otra vez ese mensaje, escrito por Dios sabe quién: un capullo que firma «César Calleja». Da por sobreentendido que el tipo escribe en líneas cortas porque le sobra papel. O tal vez es parte de la clave subversiva que ha convenido con los de «Sendero Luminoso». Desde luego, no se trata de poesía. El sabe que la poesía es otra cosa: aquello que le leía papá y tanto influyó en su destino. «Oigo, Patria, tu aflicción...»: eso es poesía. Esto otro, obviamente, sólo puede ser un mensaje cifrado.¿Quién diablos será ese «Miguel»? ¡Ya está! iAbIMaEL! ¡Guzmán, el jefe de los senderistas!

El policía fujimoriano coge el teléfono con una amplia sonrisa. De una sola tacada, ha conseguido dos objetivos: ha descubierto una parte ignota de la red de comunicación de los terroristas y tiene en sus manos una noticia exclusiva, que le dejará estupendamente ante sus amigos Cochinán y Moreno, de la revista Cambio 90.

-Moreno: tenemos que vernos. En cuanto Moreno se entera del asunto, va corriendo a ver a su director-presidente, Cuantomás Mesanas. Sabe las ganas que tiene a la gente de El Planeta.

-Adelante con ello. iY a fondo! -le dice Mesanas.

El siguiente número de Cambio 90 dio todas las claves. Fue un trabajo concienzudo. Hubo que interpretar no sólo ese anuncio, sino muchos otros, también firmados por el mismo «César Vallejo» de marras. No fue fácil. Algunos mensajes eran realmente absurdos. Decían: «;Y bien? ¿Te sana el metaloide pálido?» (¿tráfico de coca?), «Me moriré en París con aguacero» (¡atentado!). Terrible.

Publicado el reportaje, el asunto cobró un sesgo raro. Resultó que el tal César Vallejo existía. Era un joven poeta -eso sí, comunista- al que le dolía la vida y sufría, como Miguel -que resultó ser su hermano, del mal de las ausencias.

Viéndose en ridículo, la reacción indignada del propietario-director de Cambio 90 no se hizo esperar: sin pensárselo dos veces, con gesto colérico, escribió un editorial.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/04/14 07:00:00 GMT+2
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1992/04/11 07:00:00 GMT+2

Aranzadi tiene razón

El ministro de Industria, don Claudio Aranzadi, siente un intenso afecto por las bellas tradiciones históricas de la clase obrera. Hace un par de semanas, con ocasión de la huelga general de Galicia, se creyó incluso en la obligación de llamar la atención a los trabajadores, recordándoles que no es correcto convocar huelgas generales así como así. «No hay que banalizar el recurso a la huelga general», dijo. Y añadió, didáctico y con un punto de nostalgia: «En la tradición del movimiento obrero, las huelgas generales siempre se han convocado para derribar a los gobiernos». Porque una cosa es que él ahora se dedique a reconvertir y otra que no sepa de qué va el sindicalismo fetén. Nótese hasta qué punto es grande su apego por las buenas tradiciones obreras que -en implícito homenaje a Paul Lafargue, el yerno de Marx que vino de París para ayudar a Pablo Iglesias y Jaime Vera a fundar el PSOE-, emplea el galicismo «banalizar», en lugar del castellanísimo «trivializar»: todo un detalle que le ennoblece y realza aún más, si cabe, su talla de apóstol de la causa proletaria enviado en comisión de servicios a las entrañas mismas del sistema capitalista.

No sé Gutiérrez, que a fin de cuentas es un economista metido a líder sindical, pero seguro que Nicolás Redondo sí habrá captado la importancia del mensaje de Aranzadi. Hay que recuperar las mejores tradiciones del movimiento obrero. Y, para ello, lo primero que se impone es que la próxima huelga general no tenga un planteamiento banal: debe proponerse derribar al Gobierno, como muy bien reclama este ministro con nombre de índice general de jurisprudencia.

Dejémonos, pues, de protestar por el decreto tal, o por la política de desindustrialización cual, y agarremos de una vez el toro por los cuernos del Gobierno, si se me permite el hipérbaton. No es cosa ya de pedir a González, Solchaga y los otros que cambien de política. Hay que exigirles que se vayan.

Estoy, pues, de acuerdo con la tesis de Aranzadi, aunque en mi caso las razones son algo diferentes. Creo que hay que preparar una gran huelga general que provoque la caída del Gobierno, sí, pero no tanto por recuperar tradiciones. Lo mío es, más que nada, que este Gobierno me resulta inaguantable.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/04/11 07:00:00 GMT+2
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1992/04/09 07:00:00 GMT+2

La cosa tiene mal remedio

Perico Delgado y Miguel Indurain dicen que sería bueno negociar con Herri Batasuna para que el Tour pueda salir de San Sebastián sin incidentes. Marino Lejarreta considera, en cambio, que no hay nada que negociar con HB, porque una cosa es la política y otra el deporte.

Ambas posiciones son objetables. Negociar siempre está bien. Pero ¿negociar qué? ¿Qué pueden ofrecer los organizadores del Tour a HB? ¿Poner pancartas en las que puedan leerse los puntos de la alternativa KAS? Lo de KAS es lo más próximo entre HB y el ciclismo que se me ocurre.

Pero tampoco el de Lejarreta me parece un planteamiento mucho más profundo. Eso de que «una cosa es el deporte y otra la política» tiene dos posibilidades: o quiere decir que deporte y política no son lo mismo, y entonces es una obviedad, o pretende afirmar que la política no tiene relación con el deporte, y entonces es falso. Probablemente, lo que Marino quiere decir es que la política no debería condicionar el deporte. Pero ihay tantas cosas que no deberían ser, y son!

El problema puede ser, en realidad, menor y mayor a la vez. Menor, porque lo mismo HB no convoca nada en contra del Tour. Hasta ahora lo único que ha habido sobre ello es la declaración de los concejales de HB en San Sebastián, que dijeron que se planteaban esa posibilidad para que toda Europa se entere de que en Euskadi se vive una situación conflictiva. Lo dijeron en un momento de ofuscación. En cuanto se hayan parado a pensarlo, habrán comprendido que ese objetivo está cubierto de antemano: casi todo el mundo sabe ya que en Euskadi hay muchos líos.

HB es perfectamente consciente, además, de que entre los vascos, incluyendo sus propios militantes y simpatizantes, hay una enorme afición por el ciclismo, y es poco probable que desee contrariarlos. O sea, que dudo mucho de que HB vaya a tratar de boicotear el Tour.

Pero el problema puede ser también mayor. Porque una cosa es que HB no convoque nada y otra que, como ocurre cada año con los actos de la Salve donostiarra, no aparezcan al final dos o trescientos jóvenes con ganas de jarana a los que les da igual lo que diga HB, y que la armen. Eso -créanme- es francamente posible.

Lo cual hace un tanto ociosa la discusión sobre si negociar o no con Herri Batasuna.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de abril de 2011.

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1992/04/04 07:00:00 GMT+2

Los tres lapsus del presidente

Lo escuché, pero no podía creerlo: «Es muy chocante lo que voy a decir pero, si yo fuera un ciudadano español -y se reía el presidente González a mandíbula batiente, encantado de su espléndida boutade-, también estaría cansado de ver al mismo presidente durante casi diez años».

Cuando Felipe González adopta aires de gran estadista mundial, sus discursos incluyen tal cantidad de farragosos datos malabáricos y de cantinfieros seudosilogismos que me suelen aburrir mortalmente. Pero cuando el hombre se relaja y se expresa con libertad, le escucho siempre con mucho más interés. Y es que, en esas condiciones, no hay ocasión en que no incurra en algún lapsus revelador de los insondables abismos de su pensamiento.

Esta vez no se ha limitado a tener un lapsus: nos ha regalado toda una colección de ellos.

Veamos. Primero, ha vuelto a servirse del viejo adjetivo maldito -«cansado»-, que se le desliza hasta la boca cada vez que, casi siempre por lejanas tierras, logra liberarse de los aburridos problemas de la política interior.

En segundo lugar, tenemos ese magnífico «también», realmente inapreciable. Si él no fuera él -nos dice, también estaría cansado de él. También: es decir, como los otros -que no deben parecerle pocos, cuando los toma como referencia que ya están hartos de verle en la jefatura del Gobierno. Un curioso reconocimiento, ¿no?

Pero el mejor, el más apocalíptico de los lapsus que incluye la frase de González está en la condición con que se inicia: «Si yo fuera un ciudadano español...». Agárrense ustedes: ahora resulta que nuestro presidente de Gobierno no es un ciudadano español. ¿Y entonces? ¿Será extranjero? ¿Se nos habrá vuelto vasco-separatista? ¿O será que se considera español, pero no ciudadano? ¿O quizá la clave esté en la cantidad y, por aquello de la esquizofrenia socialista, se piense que no es un ciudadano, sino dos?

A expensas de la veracidad de estas hipótesis, yo me barrunto que el desliz de González se lo dictó su soberbia. Esa misma que llevó al motorólico Benegas a llamarle «Dios». El, sencillamente, se siente por encima de los demás mortales.

De los de aquí, claro. Con Bush ya sabe que es otra cosa.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de abril de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de abril de 2011.

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