1992/03/28 07:00:00 GMT+2
Dos son las cosas que más me llamaron la atención de todo lo que le oí decir ayer en diversas emisoras de radio al alcalde de Garciotún, el socialista Avelino Martín. La primera, su afán por saber si el periodista redactor de la noticia sobre el camino de la finca de Manuel de la Concha es realmente hombre. Por lo que pude comprobar, es una duda que le obsesiona: la expresó una y otra vez, mostrando en ocasiones un no menos sorprendente interés por averiguar si el periodista en cuestión se viste por los pies.
También me produjo una gran satisfacción enterarme por boca de don Avelino de que en Garciotún ya no hay un Casino, como ocurría en la España anterior al cambio, sino un «Centro Social Polivalente».
Con este par de datos en el magín, no pude evitar acordarme de lo dicho por Felipe González en el debate del pasado martes: no es que nuestra sociedad esté sufriendo una pérdida de valores éticos; es que está asumiendo otros nuevos. Carlos Solchaga se apuntó anteayer a la misma tesis: «Estamos ante una continua y trepidante revisión de los valores morales». Es cierto. Y aún deberían haber dicho más: gracias a la acertada conducción socialista, ese proceso de renovación espiritual lo está viviendo nuestra sociedad del mejor modo posible: conservando un pie en las buenas tradiciones de nuestros ancestros y avanzando el otro pie hacia el próximo futuro feliz y convergente del siglo XXI.
Avelino Martín es, sin duda, un perfecto símbolo de ello. Por un lado, mantiene intactos esos recios valores, tan nuestros, como son el machismo y la chulería. ¿Adónde iría a parar España si sus varones se olvidaran de expresiones tan arraigadas como «Si ese señor tiene lo que hay que tener, que venga y me lo diga a la cara»? Asegurada así la continuidad de la tradición, Avelino Martín también ayuda a la «revisión continua y trepidante» de los valores espirituales. Ahí está para demostrarlo el rebautismo de la vetusta institución pueblerina del Casino, que él ha acertado a llamar «Centro Social Polivalente», en un gesto de inequívoca modernidad.
Avelino Martín es más que un símbolo. Es dos. También alegoriza cómo el PSOE sabe cambiar de camino con tal de que el pueblo no perturbe el disfrute de los ricos.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de marzo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/03/28 07:00:00 GMT+2
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1992/03/21 07:00:00 GMT+1
Antes de volverse recomendable cadáver centenario presto al homenaje, ese reinventor del lenguaje poético y de la emoción humana que fue el peruano César Vallejo dejó sobre el desolado mapa de nuestra guerra una profética advertencia: «¡Cuídate, España, de tu propia España...! ¡Cuídate del futuro!».
Pese a sus denodados esfuerzos por disimularlo, Vallejo nunca pudo ser marxista al modo de la época, porque ser marxista significaba entonces, sobre todo, confiar en el futuro. Y al alma india y gallega de Vallejo el futuro le daba miedo. Mucho miedo.
Años después, un buen heredero de Vallejo, Ángel González, volvió a escarbar en esa contradicción, sustituyendo la angustia por la ironía: «Te llaman porvenir porque no vienes nunca». Y dio a su mejor libro de poemas un título que es toda una propuesta de divisa humana, de filosofía de la vida: «Sin esperanza, con convencimiento».
Pena. De haberse educado en esa ética, la generación que hoy ocupa el centro de nuestra vida política y social habría dado probablemente bastantes menos contingentes de sinvergüenzas. Porque el hecho es ése: muchos de quienes nutren hoy las filas de la sinvergonzonería oficial son individuos que se volcaron en la política, en los años 60 y los 70, a la espera del éxito de la Gran Causa de la Justicia; luego, al verlo imposible, no supieron renunciar a su deseo de triunfar, tan largamente acariciado, y se apuntaron al único éxito que les pasaba por delante: el del Poder.
Una buena educación vallejiana en las virtudes de la desesperanza nos hubiera ahorrado también al menos una parte de ese sentimiento tan común y tan aburrido que es el desencanto. Porque no se siente defraudado quien ninguna recompensa ansiaba.
La mejor herencia de Vallejo, la vigencia ética y estética de su palabra, es su espíritu de insatisfacción perpetua, su disgusto por lo existente, su ánimo de derrotado eterno, doblemente insumiso porque nada espera: «Señor ministro de Salud, ¿qué hacer? / Hay, desgraciadamente, hombres humanos, / hay, hermanos, muchísimo que hacer».
Cito de memoria. En su memoria.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de marzo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/03/21 07:00:00 GMT+1
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1992/03/14 07:00:00 GMT+1
Me llaman la atención sobre el anuncio de una sala de fiestas madrileña que asegura que don Mariano es «el perro más famoso de la tele». Se trata de un caso clarísimo de difamación: don Mariano ha salido poquísimo en la tele.
No entiendo esta extraña manía que le ha entrado a todo el mundo de buscar referencias zoológicas para definir a los protagonistas de la política española. Alfonso Guerra se empeñó en acusar a sus enemigos -Mariano Rubio entre ellos, me imagino- de ser «unos cerdos» a los que pronto les había de llegar su sanmartín. El otro día apareció por estas páginas un artículo bien ilustrado que se refería también al «cerdo del gobernador». ¡Ya está bien! ¿Qué tienen en contra de los cerdos? No se parecen en nada a la beautiful: los pobres animalitos, amén de alegres y simpáticos, son de una gran utilidad social. Seamos serios: ¿alguien se ha topado alguna vez con un cerdo que apeste a Eau Sauvage, de Christian Dior?
Hay una amplia polémica, de gran actualidad -por aquello del nuevo Código, sobre lo que es lícito y lo que no es lícito decir a la hora de la sátira política. He leído a un comentarista que tiene claro dónde situar la frontera: según él, no es correcto decir que don Miguel Boyer tenga aspecto de seminarista con aficiones deudoras de las del bíblico Onán. Estoy del todo conforme, pero por los mismos motivos antes expuestos: me parece injusto agraviar a esa clase especial de seminaristas, que no hacen daño a nadie. Sin contar con el problema genuinamente literario que esa comparación nos plantea a todos los que, no teniendo ni pajolera idea de qué aspecto específico presentan los seminaristas con costumbres de tan amplio espectro, nos quedamos después de leerla igual que antes.
En el caso que nos ocupa, me parece que solo una terminología basada en los propios protagonistas sería capaz de hacerles justicia. Lo cual debería animarnos a hacer un esfuerzo de renovación idiomática, poniendo en circulación términos y expresiones de nuevo cuño, tales como «boyerización», «marianería», «estar como un Soto» o «cometer una delaconchada».
Porque lo peor que puede decirse de esta gente es que se parece muchísimo a sí misma.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de marzo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/03/14 07:00:00 GMT+1
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1992/03/07 07:00:00 GMT+1
En cuanto tiene ocasión, lo suelta: ¿cómo puede ser que la misma clase política que todo el mundo admira por haber canalizado con perspicacia y virtud una transición ejemplar, resulte aquí vituperada y zaherida, acusada de venal, indolente y tontorrona? Está Felipe González que se lo llevan los demonios. «Es incoherente», dice y repite.
Y no se equivoca el hombre. Pero su razonamiento -y éste es un aspecto del que parece no darse cuenta- tiene doble dirección. Pongamos la pregunta al revés, y veremos que sigue siendo igual de lógica: ¿cómo puede entenderse que una clase política en cuyas filas hay tanto individuo corrupto, vago y/o cortito de luces haya podido encabezar nada realmente ejemplar en toda su existencia?
Para determinar cuál de estas dos formulaciones es más correcta, lo único que hace falta es establecer qué elemento de la comparación resulta más seguro. ¿Qué está más claro: que la transición fue modélica o que, salvadas las honrosísimas excepciones de rigor, los políticos profesionales españoles son un desastre? Que cada cual decida.
Personalmente, lo tengo bastante claro. Ni siquiera me hace falta plantearme la alternativa anterior: de hecho, no veo contradicción alguna entre cómo es nuestra clase política- representada hoy sobre todo por el PSOE- y cómo fue la transición. Compruebo en ambos casos el mismo desapego hacia las posiciones de principio, la misma querencia a hacer la vista gorda ante las responsabilidades contraídas, la misma incapacidad para distinguir entre los errores y los crímenes, la misma tendencia a apuntarse a la bandera del borrón y cuenta nueva, el mismo culto al pragmatismo, la mismísima facilidad para decir hoy Diego donde ayer se dijo digo. Esos fueron los fundamentos en que se basó la transición; ellos continúan dictando la práctica política oficial.
Aquellos polvos, estos lodos. ¡Hubo tantos que creyeron hallar el secreto de la democracia en el pasteleo con los sustentadores de la dictadura decadente! «Si dejáis que mandemos, no descalificaremos lo que hicísteis, ni tocaremos los privilegios que habéis acumulado», les dijeron. El pacto se realizó y el resultado está a la vista: se han vuelto como ellos.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de marzo de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/03/07 07:00:00 GMT+1
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1992/02/29 07:00:00 GMT+1
La Horda Dorada. Turner y Ash
Desde los tiempos en que Fraga encabezó la Administración turística española, el planteamiento de las autoridades locales del ramo se ha sustentado siempre en el recuento de dos datos: la cantidad del turistas acogidos anualmente y la cifra de divisas acumuladas. Con tal de que estos dos guarismos se incrementaran, todo iba bien. El resto no importaba.
Pero importaba, y mucho, porque el modelo turístico que se había escogido resultaba apto para producir grandes ganancias a corto plazo, pero llevaba a medio término a un desastre cierto. Apostando por la cantidad, se provocó un desarrollo urbanístico enloquecido en las áreas más propicias para ello (la costa mediterránea y las Canarias). Se toleró, e incluso favoreció la especulación del suelo hasta límites de escándalo. Se encareció la vivienda hasta el punto de hacerla inaccesible para los nativos. No se tuvo en cuenta la escasez que presentaban estas zonas en ciertos recursos naturales imprescindibles –agua, en primer término–, ni las disparatas exigencias de infraestructura que se estaban generando. Se despreció y machacó el medio ambiente, atentando contra una de las bases fundamentales del propio atractivo turístico. Con el gancho del dinero fácil, se empujó a los trabajadores locales a abandonar sus fuentes de ingreso tradicionales; se les impelió a malvender sus tierras y a incorporarse a la construcción o a los servicios. A partir de ello, se provocó el total desarraigo cultural de los autóctonos, que se vieron convertidos en extranjeros en su propia tierra. En fin, se permitió que el negocio estuviera cada vez más controlado por firmas foráneas, que pronto se las arreglaron para que los beneficios revirtieran al máximo en sus propios países de origen, no sin proporcionar sustanciosas comisiones a sus testaferros locales.
Pasado el tiempo, la situación ha degenerado hasta tal punto que la industria turística española está al borde del desastre. El turista europeo estacional ha venido acudiendo a las costas cálidas de España por un conjunto de razones: sol, bellas playas, buenos precios, cercanía... El único factor que hoy se mantiene incólume es aquel que no ha dependido de nuestras autoridades: el sol. Las playas tienen un entorno urbano deprimente, buena parte de la costa está monopolizada por las urbanizaciones particulares, las aguas litorales del Mediterráneo han alcanzado cotas de contaminación más que preocupantes y España se ha transformado en uno de los países más caros de Europa. Como quiera que los vuelos charter han colocado a Marruecos, Túnez o Turquía a un tiro de piedra de Londres, La Haya o Estocolmo, las razones para que el turista inteligente y ahorrador siga optando por la Costa Blanca, Baleares o la Costa del Sol son cada vez menores.
Resulta aparentemente incomprensible que un fenómeno de tanta importancia económica, social, medioambiental, antropológica y política no haya merecido entre nosotros apenas ningún esfuerzo analítico en su cuarto de siglo de incidencia masiva. Pero se entiende cuando se descubre con qué contundencia fueron acalladas y ridiculizadas las escasas voces críticas que quisieron dar la alarma en los 60 y 70. Los poderosos intereses turísticos, casi siempre vinculados a adinerados sectores inmobiliarios, se encargaron de hacer pasar a los críticos por tristes agoreros, cuando no por nostálgicos reaccionarios.
Ahora, cuando el fenómeno da ya síntomas inconfundibles de agonía, son bastantes los que empiezan a decir –a buenas horas– que quizá sea verdad que las cosas no se hicieron del todo correctamente, o que se hicieron tal vez rematadamente mal. Y las voces críticas comienzan a ser escuchadas, si no con interés, al menos con respeto. Tal vez sea eso lo que explique que obras como La Horda Dorada, un clásico de la crítica sociológica del turismo, no haya visto la luz en las librerías españolas hasta ahora mismo. No es una excepción: mientras en Estados Unidos, el Reino Unido, Francia o Alemania se ha venido realizando una labor de seria profundización teórica en el fenómeno turístico, nuestros estudiosos universitarios, con algunas honrosísimas –y marginadísimas– excepciones, miraban hacia otro lado.
En La Horda Dorada, Turner y Ash presentan una implacable pintura de cómo los países ricos se sirven de la «periferia del placer» –o sea, de los bellos y soleados países pobres– como objetivo para una nueva forma de colonización económica. Describen cómo las minorías dominantes de los países receptores del turismo disfrazan de «vía de desarrollo» su interesado sometimiento a ese proceso. Apuntan cómo la industria turística, empujada por su sed de beneficio, expolia, destruye y agota las zonas en que se instala, marchando hacia nuevos derroteros «vírgenes», siempre del brazo de la especulación inmobiliaria, cuando ya ha exprimido las posibilidades de un territorio. La colección «Turismo y Sociedad», que la editorial Endymion ha puesto en marcha bajo la dirección de Francisco Jurdao (y que ya ha editado otras dos obras de notable interés crítico: España en venta, del propio Jurdao, y Turismo: ¿Pasaporte al desarrollo?, de Emanuel de Kadt) representa un estimable esfuerzo por llenar el vacío teórico que el fenómeno turístico tiene entre nosotros. Más vale tarde que nunca.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/29 07:00:00 GMT+1
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1992/02/29 07:00:00 GMT+1
Muchos cometen el gran error de creer que el PSOE es un partido de izquierda que, por razones de tipo coyuntural, se dedica a hacer una política derechista. Víctimas de ese fatal equívoco, están siempre a la espera de que el Gobierno socialista «reaccione» y se comporte «como debería», y se quedan perpetuamente perplejos ante las barbaridades que realmente comete.
Yo no creo que el PSOE sea un partido de izquierda. Para empezar, ni siquiera creo que ese término -izquierda- sirva ya para designar nada concreto. ¿Qué tienen en común Pablo Rodríguez y Joaquín Leguina, Castro y Panella, Nelson Mandela y Jerónimo Saavedra, Li Peng y Nicolás Redondo, Rodríguez Ibarra y Toni Negri? Decirse hoy «de izquierda» apenas si vale para evocar ciertos viejos tics políticos e ideológicos de escasa incidencia práctica actual. Unos tics, por cierto, de la mayor parte de los cuales los miembros del PSOE también se han desprendido -por lo menos en horas de trabajo: por la noche, y con un whisky en la mano, a veces los recuerdan, y entonces lo suyo es aún más inaguantable-.
El PSOE, como todo pichichi, se define por lo que hace, y lo que está haciendo desde 1976 -antes no podía hacer nada: no existía es un destrozo de mucho cuidado. Ha sido el Atila de las ilusiones de cambio, el triturador de la lucha por las libertades auténticas, el inventor de la infeliz síntesis entre el celtiberismo tabernario y el chip prodigioso (de importación, por supuesto), el gran fabricante de todas las oportunidades perdidas. Y no crean que lo digo porque me hayan defraudado. Yo nunca les voté. Les conocía.
¿Han visto ustedes los artículos del anteproyecto de nuevo Código Penal dedicados a magnificar los delitos de opinión? Escandalosos, sí, pero nada sorprendentes: son PSOE en estado químicamente puro.
Habrá quien piense que miro la realidad con ojos corporativos. De eso nada. Si ese Código Penal sale adelante, vayan diciendo ustedes adiós a la oposición real: ellos podrán acallar la disidencia en cuanto les dé la gana. Y no tienen ganas de otra cosa. Porque no les basta con controlarlo todo: quieren que el que no aplauda, por lo menos se esté callado.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/29 07:00:00 GMT+1
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1992/02/22 07:00:00 GMT+1
De la resolución del Tribunal Superior andaluz sobre el «caso Guerra» se podrán decir muchas cosas, pero no que resulte incoherente. A mí, por lo menos, me parece de una coherencia fantástica. No estoy hablando de coherencia jurídica, materia en la que soy lego. Menos todavía de la coherencia de su prosa, llena de «datos fácticos» y otros espantajos lingüísticos.
La coherencia a la que me refiero es estética. Se trata, en efecto, de una resolución que no desentona para nada en el paisaje. La sitúo junto a las heteróclitas piezas que configuran el escenario de nuestra actualidad -el propio «caso Juan Guerra», la descarada utilización gubernamental de RTVE, la Ley de Seguridad Ciudadana, la difamación inhabilitante de De la Quadra, su aborto indeterminado, el «caso Renfe», los tejemanejes sobre la configuración del próximo Tribunal Constitucional, el affaire Ibercorp y las amistades peligrosas de don Mariano, etc.- y la encuentro de lo más armoniosa. Me encaja a las mil maravillas. Si es sólo cosa mía, reivindico mi derecho a verlo así. Creo que es un fallo -y tanto- que queda bien. Muy propio.
Algunos se empeñan en criticarlo apelando a la lógica. Lo plantean de este modo: ¿es lógico que un señor que no tiene ningún cargo en la Administración, que nadie ha contratado ni designado oficialmente para nada, ocupe un despacho en una sede del Gobierno, se dedique a hacer allí lo que le da la real gana, incluyendo cosas rarísimas, y que a continuación el Tribunal Superior de Andalucía asegure que no ve por qué alguien tenga que ser responsable de haber permitido esa situación? Pregunta a la que yo contesto con otra: ¿y por qué había de ser lógico? Es normal. Sin más. Si quieren que les diga la verdad, a mí los casos de incoherencia me producen desazón intelectual. Me resulta incoherente el juez Márquez, por ejemplo, como me pareció en su día incoherente el juez Garzón, e incoherentes se me antojaron los altos cargos de la Administración socialista que prefirieron irse a su casa con tal de no callar ante la Guerra del Golfo.
Y es que la gente como ellos desentona en la monolítica armonía, en la perfecta concordancia con que se nos manifiesta el Poder.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/22 07:00:00 GMT+1
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1992/02/19 07:00:00 GMT+1
Hubo quien dijo que el hundimiento de la nao Victoria era un perfecto símbolo del felipismo. Yo creo que no. Aquello fue un simple desastre. Un desastre ridículo, sin duda, pero pasado por agua. Por no dar el nivel, ni siquiera dio el nivel del mar. No hubiera podido en ningún caso servir de símbolo: se tumbó de lado, y todos sabemos por cruda experiencia que la nave del Estado por donde siempre hace agua es por arriba.
La pobre nao Victoria, con su Yáñez-gafe, se nos quedó al final en puro chiste. Imposible símbolo: el felipismo no es un chiste. Carece de gracia.
Para símbolo del felipismo, el incendio que ayer sufrió el Pabellón de los Descubrimientos de la Expo, en Sevilla.
Para empezar, cumple con exacta precisión la primera condición del cambio socialista, según lo definió en su día Alfonso Guerra. En efecto, a ese pabellón ya no lo reconoce ni la madre que lo parió.
En segundo lugar, da la medida justa de la práctica socialista, que vive -entiéndaseme- de fachadas. Aquí como en todo, los servidores del gobierno han trabajado con materiales altamente inflamables, olvidando que una simple chispa puede incendiar -e incendia a veces- hasta los más aparatosos artificios.
Lo dijo González: «El cambio consiste en que España funcione». No se lo reprochen: él no dijo que funcione bien. Además, ¿no está todo el mundo tan preocupado por la creación de puestos de trabajo? Nuestro buen Gobierno-Penélope ha descubierto la solución de los Descubrimientos: destruido lo hecho, siempre tendremos el trabajo de volver a hacerlo. Aunque no esté listo para la inauguración. El fuego devastador de ayer en Sevilla -tenía que ser en Sevilla- resultó enteramente simbólico en otro punto más: en el solar de la Expo, al igual que en el sendero histórico que algunos creyeron que se abría en el 82, han quedado reducidas a tristes cenizas muchas ilusiones. Y en ambos casos por el mismo motivo: por hacer las cosas rematadamente mal.
En lo que falla el simbolismo del incendio sevillano es en un punto fundamental: la tragedia de ayer no produjo desgracias personales.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/19 07:00:00 GMT+1
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1992/02/15 07:00:00 GMT+1
Lo que más me gusta de esta historia de Rubio, Boyer, Preysler y otros Conchas es que sean precisamente ellos -me dan igual las personas: me refiero al gremio- los que se hayan pillado los dedos. Ya iba siendo hora de que la trituradora del escándalo dejara de atrapar en su engranaje a chanchulleros de tres al cuarto más o menos ligados a Ferraz y empezara a salpicar de una vez a esta beautifullería de advenedizos insufribles. Se reían de los otros: «Mientras a ellos les atrapan por repartirse loterías, nosotros nos quedamos con los Bancos». Ja, ja. Parece que el chollo ya empieza a acabárseles. Hora era.
Hasta ahora la escandalogía local se nutría sobre todo de aparateros partidistas que echaban la caña para pescar en el río revuelto de la Administración. En tanto la prensa más estricta ponía como un trapo a estos juanesguerra de ocasión, de los entresijos del nuevo olimpo del arribismo financiero solamente se ocupaban las revistas del corazón, que nos contaban cuántos cuartos de baño iba a tener la nueva casa de don Tal, qué modelo lucía -o con quién se lo quitaba- la señora de don Cual o por cuánto vendía don Zutano la exclusiva fotográfica de su próxima operación de hemorroides. Entretanto, los capos de la beautifullería añadían más y más misteriosos ceros a sus fortunas personales. La denuncia del affaire Ibercorp ha acabado con esa bula injusta. Eso está bien.
Me gusta también que haya sido con un asunto así de tonto. Porque la cosa de disimular sus nombres con segundos apellidos, iniciales y otras baratijas del camuflaje resulta de una cortedad llamativa. O es que son bobos, o es que se sentían tan seguros que no les pareció necesario buscar algo mejor. O las dos cosas. Dicen algunos: «Parece mentira que se hayan metido en semejante ridículo por un negociete de nada». No estoy de acuerdo. Un negociete de nada, más otro negociete de nada, más otro más, y otro, acaban haciendo en conjunto todo un señor negocio. Y es que los beautifulleros trabajan todos los días, y no todos los días se hacen negocios de miles de millones. También tienen que ocuparse de juntar calderilla.
Además, así suele ser la Historia. ¿No se hundió el tinglado de Capone por una tontería de contabilidad?
Javier Ortiz. El Mundo (15 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/15 07:00:00 GMT+1
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1992/02/08 07:00:00 GMT+1
Tengo miedo. Tengo miedo de los tiros y de los coches-bomba. Tengo un miedo cerval a quienes los arman y a la frialdad con que los arman. Temo a la muerte y temo a los que matan. Por supuesto.
Pero no solo.
Tengo también miedo de las muchas consecuencias de la muerte. Del locutor que llena su noticiario de insultos. Del comentarista que asegura que los vascos hijos de puta son cientos de miles y de quienes bloquean la centralita de la radio para jalearle. De los que afirman que esto hay que cortarlo cómo sea, e insisten en el cómo sea para que nos demos cuenta de que realmente quieren decir cómo sea. Temo a la pena de muerte y a los muchos nuevos partidarios que le están saliendo.
Me da miedo comprobar cómo cualquier intento de analizar el terrorismo, sus causas profundas y sus posibles soluciones es tomado automáticamente como una clara muestra de intolerable complicidad con el crimen. Cómo la ortodoxia social no admite sino los anatemas, las invectivas y las demandas de urgente linchamiento.
Me da miedo la exigencia de incondicionalidad que se reclama para la lucha anti-terrorista. Que se considere que los que desarrollan esa lucha gozan de bula y se tome por improcedente la vigilancia democrática sobre sus actos. Que el propio fiscal general del Estado pueda declarar que él pondrá todo su empeño en defender los derechos de los ciudadanos que lo merecen, olvidándose de que un principio fundamental de la democracia es la universalidad de los derechos de los ciudadanos, incluidos los que han cometido delitos.
Yo no sé si uno de los objetivos que persigue ETA es el de conducir a la sociedad española hacia el autoritarismo, favoreciendo la degradación cada vez mayor de la conciencia democrática, empujando a la población a admitir gustosa que la seguridad pase por encima de la libertad y haciendo que el Estado pueda instalarse cómodamente en la omnipotencia. Tal vez haya en ETA quien considere que eso es positivo, conforme al viejo principio seudorrevolucionario según el cual «cuanto peor, mejor».
Si es eso lo que desean, a fe que lo están logrando.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de febrero de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/02/08 07:00:00 GMT+1
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