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1992/08/06 07:00:00 GMT+2

El que no juega, no gana

Lo dice don Ramón, el de la tienda de comestibles, y se queda tan ancho: «Tenemos ya once medallas. Además, puede que ganemos el oro en los dobles de tenis femenino, y en fútbol estamos haciendo muy buen papel». Y don Ramón añade, sin ningún rubor: «Los de baloncesto, en cambio, han hecho un ridículo de padre y muy señor mío, los balonmanistas se confiaron demasiado frente a Francia y es una pena que en piragüismo se haya hecho tan mal papel».

¿A qué se deben los singulares cambios de persona verbal que practica don Ramón? No, desde luego, a ninguna diferencia en su papel personal en esas competiciones.

El es tan mero espectador en el caso de las victorias como en el de las derrotas. Pero le funciona el reflejo del viejo cuento: «Que dice el padre prior que bajéis al huerto y que cavéis». Y horas después: «Que dice el padre prior que subamos al comedor y que comamos».

Ahora, como las representaciones deportivas españolas están haciendo un papel bastante airoso, el nacionalismo -qué por estos lares suele darse en su versión más cutre, o sea, la patriotera- está haciendo su agosto. «Es que esta vez nos hemos preparado muy bien», insiste don Ramón desde el puesto fijo que tiene en el café de la esquina, frente al televisor, apoyando la barriga contra la barra y sosteniendo en una mano la copa de anís y en la otra el farias.

A mí, qué quieren que les diga, me entra la risa. Primero, porque don Ramón no parece haberse preparado gran cosa para nada, como no sea para dejar al chico de los recados al frente de la tienda de comestibles mientras él instala su voluminosa humanidad en el bar.

En segundo término, porque no consigo contagiarme de su exaltación nacional: Ni de la suya ni de la de tantos otros. Para estas alturas, debo ser de los pocos que siguen considerando que los Juegos Olímpicos, como su nombre indica, son tan sólo eso, juegos, o sea, algo en lo que ganan o pierden los que participan.

Y, como yo no participo -ni podré hacerlo hasta que se ponga en marcha la modalidad de mus, cosa que me apresuro a reivindicar, me lo tomo con calma. ¿Que Emilio Sánchez Vicario juega y pierde, solo y en la modalidad de parejas, tras sendos partidos emocionantes? Pues disfruto de los partidos -en la medida en que me deja TVE, que cortó el primero cuando estaba a punto de concluir, para conectar con una carrera a la que aún le faltaban siete vueltas, y santas pascuas. ¿Debería suponer que ha perdido «España»? Venga, por Dios. Guardemos las proporciones.

Claro que no son sólo los Juegos Olímpicos. Aquí, el gusto por la hipérbole nacional lo domina todo. Anteayer, el ministro de Defensa se pasó el día haciendo declaraciones sobre el avión europeo de combate en términos no menos cómicos: «España piensa que...», «La posición de España...». No me sea usted megalómano, don Julián, que usted puede ser importante, pero todavía no es el Estado. ¿Dónde se ha visto un Estado calvo y con bigote?

Javier Ortiz. El Mundo (6 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de agosto de 2012.

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1992/08/05 07:00:00 GMT+2

«Rojos»

En El Escorial, en una de las 123.487 Universidades de Verano que hay en España y nada más que en España -me dicen que con el noble y exclusivo fin de pagar las vacaciones estivales a un puñado de docentes más o menos menesterosos-, se ha desarrollado un curso sobre rojos.

Lo malo del curso -que, por lo visto, ha contado con aportaciones de notable interés- es que la mayoría de sus participantes daba por supuesto que todo el mundo sabe qué diablos es eso de ser rojo. Y para mí que no está nada claro.

El término rojo ha sido siempre equívoco. La experiencia, local y universal, demuestra que bajo su advocación se han puesto personas de muy diverso talante: desde opositores radicales a la sociedad capitalista y aspirantes a un futuro igualitario más o menos definido (que ésa es otra) hasta ambiciosos con ganas de Poder y autoritarios de diverso cuño, pasando por frivolones y malababas varios a los que la buena sociedad reserva un hueco con el fin de que, cual bufones del medioevo, digan maldades en las fiestas palaciegas, diviertan a las poderosos y les permitan darse aires de liberales y tolerantes.

Una de las pocas, de las poquísimas y bien involuntarias ventajas que tuvo el franquismo para nuestro país fue la de clarificar algo -solo algo- ese mejunje heteróclito. Bajo el franquismo, por lo menos hasta entrados los 70, para pertenecer al club de los rojos había que pagar una cuota bastante cara: se corría el riesgo de ser detenido, era francamente posible que a uno le zurraran la badana a base de bien y, en fin, la cosa podía acabar con un largo periodo o varios, incluso- a la sombra. Eso hizo que los aspirantes a rojos del segundo y tercer orden -a saber, los ambiciosetes y los bufones de verbo presuntamente incendiario- se lo tuvieran que pensar dos veces. Muchos decidieron esperar mejores tiempos para hacerse rojos, no pocos optaron por serlo en la intimidad, sin ejercer, y algunos más eligieron el exilio antes de que la Policía se enterara de que existían.

La transición fue el microondas que descongeló por miles a esos rojos prudentemente hibernados, casi todos los cuales, hechos ya a la tibieza, corrieron a ponerse bajo el sol que más calienta, o sea, en la órbita del PSOE. Con lo que la precisión del término, desde luego, no mejoró ni poco ni mucho.

Hoy las cosas siguen sin estar nada claras, y el título de rojo, aunque depreciado, se mantiene en las más variopintas tarjetas de visita: desde las de aquellos que no se han vendido porque nadie ha querido comprarlos hasta las de quienes continúan haciendo de bufones de la Corte. Están también los otros, por fortuna: ésos que siguen pensando que lo suyo es defender la libertad y oponerse a la injusticia.

Tengo para mí que, ante tal confusión, más que discutir sobre quién es rojo y quién no, resulta preferible distinguir entre la buena gente y la que no lo es. Con lo cual no se avanza gran cosa en la teoría. Pero se mejora un montón en la práctica.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de agosto de 2011.

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1992/08/02 07:00:00 GMT+1

Pueblos y dirigentes

El presidente de los EE.UU. ha mandado que vuelva a estrecharse el cerco militar sobre el régimen de Sadam Husein. Suenan de nuevo los tambores de guerra en el Golfo Pérsico. Un miembro de la misión de la ONU en Irak sostiene que toda la crisis provocada por los presuntos peligrosos planes bélicos encerrados en el Ministerio de Agricultura iraquí tuvo su origen en un malentendido y que se podía haber evitado. Pero el pobre se equivoca, porque lo que determina el grado de presión que ejerce George Bush sobre Sadam Husein no tiene gran cosa que ver con la situación real de la zona. De lo que depende, y mucho, es de los sucesivos sondeos de opinión que se están realizando de cara a las elecciones presidenciales estadounidenses. Cabe sospechar que, si las perspectivas electorales continúan siendo desfavorables a Bush, éste acabará por ordenar otra vez al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que le permita lanzarse a la guerra.

¿Preocupante? Sin duda. Pero lo más preocupante de este asunto es que la belicosidad de Bush se deba a su deseo de ganar prestigio ante los votantes norteamericanos. Viene a demostrarse así que el problema no estriba tanto en él como en aquéllos a los que representa. Idéntico fenómeno pudo observarse cuando el probable futuro presidente de los USA, Bill Clinton, en tanto que gobernador de su Estado, permitió la aplicación de una sentencia de muerte, no porque él fuera entsiasta de la pena capital, sino para atender el deseo de sus electores.

Muchos juzgan cruel y exagerada la tesis según la cual los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Hace un par de décadas, incluso se consideraba de buen tono, cuando se despotricaba contra el gobierno de un país, dejar sentado que la invectiva no se hacía extensible a su pueblo. La realidad de los USA invita a reconsiderar ese prurito. Es cierto que a los presidentes de los USA los elige una minoría. Pero eso no exime de responsabilidad a la mayoría que -por ignorancia, por inconsciencia o por hastío- se resigna ante ello.

La reflexión sobre los USA vale para todos aquellos Estados en los que el Gobierno procede del voto popular. O sea, también al nuestro. A lo largo de los últimos días, he dedicado no poco tiempo a escuchar opiniones sobre la desastrosa marcha del país y las brutales medidas de ajuste económico dictadas por el Gobierno. El estado de cabreo es, sin duda, general. Pero, cuando se lleva a los murmurantes hasta el punto clave -si tan mal les parece el Gobierno, que lo quiten-, los humos bajan vertiginosamente. «No hay alternativa», se justifican. Torpe excusa: carecer de recambio para un mal no obliga a apoyar que ese mal se perpetúe.

La cosa no tiene vuelta de hoja: allí donde los sádicos están a sus anchas, o es que hay muchos partidarios del sadismo... o es que hay muchos masoquistas.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2013.

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1992/08/01 07:00:00 GMT+2

La causa de Salman Rushdie

Curioso tipo este Salman Rushdie, que viaja rodeado de guardaespaldas y sostiene que no es aceptable hablar de literatura rodeado de guardaespaldas. Francamente, si no le parece aceptable, que no lo haga; nadie le obliga a ello. Me temo que sus deseos de autopromoción, que ya le jugaron hace tres años una mala pasada, le siguen perdiendo.

No estoy de acuerdo con la sentencia de muerte iraní que pesa sobre él, recompensa incluida. Creo que la pena de muerte no arregla nada. Aplicada al campo de la creación literaria, me parece además contraproducente, porque ayuda a promocionar las obras de los condenados, que con frecuencia son muy malas. Los integristas iraníes, así fuera por puro sentido práctico, deberían reconsiderar su actitud: ellos tienen la culpa de que Rushdie haya colocado un montonazo de sus aburridos «Versículos Satánicos» por todo el orbe.

Sin embargo, una cosa es desaprobar el peculiar sistema iraní de crítica literaria y otra convertirse en abanderado de Salman Rushdie.

Me resisto a ello, en primer lugar, por economía de esfuerzos. El mundo está lleno de personas cuya vida corre serio riesgo por culpa de unos u otros tiranos. A la mayoría de ellas no las defiende nadie, nadie las recibe, nadie les proporciona tribunas públicas. De puro anónimas, ni siquiera se habla de ellas cuando, con harta frecuencia, la sentencia se cumple y mueren. No han escrito ningún libro, y menos cobrado por ello: han estorbado, simplemente, a cualquiera de los Hasanes que tan bien trata nuestro Gobierno. A decir verdad, me parece más práctico concentrar mi esfuerzo solidario en estas otras víctimas.

Más práctico, y también más confortable. Me mosquea el rutilante despliegue de solidaridad que recibe Rushdie. Hay comprometido en esta causa demasiado indiferente ante las demás injusticias, demasiados ministros europeos, demasiados figurones. Me pregunto por qué, y ninguna de las respuestas que se me ocurren me anima a sumarme al carro. Así que me quedo al margen. Lo hago con la tranquilidad de saber que Rushdie no notará mi ausencia: como guardaespaldas no valgo nada, no soy editor y, para colmo, no tengo la más mínima influencia ante ningún gobierno.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de agosto de 2010.

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1992/07/29 07:00:00 GMT+2

La estafa de los cinco aritos

Ayer escuché al responsable del acto inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona. El hombre está exultante. Y no le faltan motivos: todo pichichi se dice encantado con la ceremonia. El uno resalta la belleza y espectacularidad del número de La Fura, el otro se queda con la emoción del disparo del arquero, el de más allá se manifiesta encandilado por el medley operístico y el beethovenazo final... Por haber, hasta ha habido quien ha alabado la fina diplomacia de la que, a su juicio, hicieron gala los discurseantes. Casi todos los medios de comunicación del mundo han dicho amén. «Nos ha devuelto el orgullo de ser españoles», glosó el lunes un comentarista radiofónico. Ahí es nada.

Yo vi la ceremonia intermitentemente, pero lo que vi distó de complacerme. Lo de La Fura me pareció de un simbolismo ramplón, el tiro del arquero no me emocionó lo más mínimo porque sabía que tenía truco, la selección de números de ópera me resultó manida y me dio la sensación de estar realizada en play back -aunque no logré aclararme gran cosa, porque TVE consiguió que el ruido ambiental fuera casi superior al que hacían la orquesta y los cantantes juntos y los discursos oficiales los encontré como todos los discursos oficiales, esto es, ramplones y aburridos, aunque, eso sí, giratorios. En fin, lo de acallar las bellas notas finales de la Novena con un estruendo de tracas y fuegos de artificio me pareció un abominable crimen de lesa sinfonía. A decir verdad, sólo al desfile de las delegaciones del Tercer Mundo le encontré un aspecto positivo: al menos servía para que más de un zote eurocentrista aprendiera geografía.

¿Soy injusto? ¿Es posible que me sentara a ver el acto cargado de prejuicios, animado a encontrarle todos los defectos, a imaginarlos incluso? No sólo es posible; es seguro. Pero la culpa no es mía. Yo estaba dispuesto a contemplar la ceremonia olímpica como si de cualquier Festival de la OTI se tratara. Sin embargo, fueron tantos los que en vísperas del acontecimiento se empeñaron en repetir que los Juegos Olímpicos son algo que hemos «hecho entre todos» y «pagado entre todos» que acabé por mirar la cosa desde ese ángulo. Y así, en cada olita de La Fura veía un billete de 5.000 pesetas salido de mi bolsillo, y cada petardo sobre la noche barcelonesa me sonaba como una patada en mi IRPF, y cada palabra giratoria del ahora llamado Joan Antoni me azuzaba el recuerdo de los recién aumentados intereses del préstamo bancario que sufro. ¿Qué necesidad tengo yo de pagar, así sea a escote, todo ese carísimo despliegue? «Es el mayor spot publicitario de un país que se haya realizado jamás», ha sentenciado un complacido columnista. No sé si será el mayor spot. El más caro, seguro. Mal está que te obliguen a financiar sus caprichos. Pero que además te exijan que aplaudas es ya, francamente, muy excesivo.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de agosto de 2012.

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1992/07/26 07:00:00 GMT+2

Camelos

En política, los fallos realmente graves no son los que se cometen, sino los que se reconocen. La experiencia de diez años de Gobierno del PSOE demuestra que un uso adecuado del lenguaje puede convertir el error más craso en triste fatalidad del destino, o incluso, apurando la cosa, en éxito. ¿Que el Gobierno ha trazado planes de futuro luminoso que luego no coinciden con los hechos? La culpa solo puede ser de los hechos, porque los planes eran buenos. Y, en todo caso, no se puede hablar de un error en los objetivos, que eran espléndidos -¿cómo va a ser malo apuntar a objetivos espléndidos?-, sino de «una disfunción en los plazos», debida a la «interferencia de factores coyunturales», «básicamente exteriores», que «no eran predecibles».

Este año amenaza con ser desastroso para muy diversos terrenos de la economía española. En algunos, no cabe siquiera hablar de amenaza, porque el desastre ya ha llegado. Pero eso no importa. Tampoco cuenta que el Gobierno se haya gastado lo que no tenía en montar el sarao del 92. Lo fundamental ahora es que el «desajuste» sea arreglado por la ciudadanía, consciente de que debe sacrificarse «para estar en condiciones de incorpórarse al tren de la recuperación»... cuando quiera que llegue.

Estoy pasando mis vacaciones en las proximidades de una zona turística por excelencia. Cuando me acerco a la costa, compruebo que no mienten los empresarios del ramo: hay mucha menos gente que otros años, los hoteles están a medio gas, no hace falta reservar mesa en los restaurantes y nadie tiene que pegarse con nadie para encontrar sitio en las terrazas del paseo marítimo. A decir verdad, nada de ello merece sorpresa. ¿A cuento de qué habrían de acudir en masa los turistas a un sitio que los especuladores inmobiliarios han convertido en feísimo, que la falta de adecuadas infraestructuras ha vuelto caótico y que es, por encima de todo, aún más caro que sus países de origen? No obstante, el responsable socialista del turismo en la zona, ateniéndose al principio de no reconocer jamás ni error ni imprevisión alguna, se niega a hablar de crisis. Según él, hay muchísimos más turistas de lo que parece. Lo que pasa es que se ha producido «una inflexión»: él ha detectado que gran parte de los veraneantes ya no van a hoteles, sino a viviendas particulares. De tener razón el tal preboste, estaríamos ante un fenómeno de lo más curioso, que entrañaría no sólo la brusca aparición de un enorme número de pensiones clandestinas, sino también el surgimiento de un nuevo género de turista, caracterizado por el hecho de que, así que encuentra un hueco en una casa particular, se queda todo el mes encerrado, sin ir siquiera a la playa.

Cuando llegue el fin de la temporada estival y el sector turístico de la zona haga cuentas, comprobará que la «inflexión» de marras le ha salido por un ojo de la cara. Pero eso será secundario. Lo principal será que el consejero autonómico de turno seguirá en el cargo.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de julio de 2011.

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1992/07/25 07:00:00 GMT+2

Desprecio olímpico

Empiezan los Juegos Olímpicos y la polémica sobre su politización continúa. Me cuentan que los organizadores han descubierto un ingenioso sistema para impedir que una parte del público silbe la presencia del rey de España en el acto inaugural de hoy. Parece que cuando el monarca entre en el palco presidencial, sonarán las notas de Els Segadors. Se supone que ningún nacionalista catalán se atreverá a abroncar su propio himno, con lo que el problema quedará resuelto. Es cierto que no pega mucho saludar al sucesor de Felipe V con el canto que simboliza los deseos de revancha de las víctimas del Decreto de Nueva Planta, que impuso en Cataluña las leyes castellanas, pero lo que se pierde en congruencia se gana en eficacia. No me han dicho si hay prevista alguna otra argucia para evitar muestras de disgusto cuando aparezca la bandera española en la pantalla gigante del estadio, pero imagino que, siguiendo la misma lógica, y aprovechando la coincidencia de colores, será presentada como si fuera una parte de la senyera. Todo sea con tal de evitar que el mundo se entere de que el Estado español cuenta con instituciones y símbolos que una parte considerable de la población de Cataluña no acepta.

He seguido con interés esta bronca sobre la presunta politización de los Juegos Olímpicos. Y observado que para la inmensa mayoría de los creadores de opinión pública con sede en Madrid, aplaudir a un rey o aceptar una bandera no tiene nada que ver con la política; sólo rechazarlos es política. Según ellos, aprovechar los Juegos Olímpicos para hacer propaganda de España en su actual configuración política es la cosa más lícita y natural del mundo. Pero contar por ahí que Barcelona está en Cataluña, aunque se añada cautamente que es parte de España, representa un abuso intolerable. Uno, que no es nacionalista catalán porque ni siquiera es catalán, y que está en contra de todos los fastos del 92 por razones generales (de principio) y muy concretas (de bolsillo), no puede evitar en este caso dar la razón a quien la tiene. Lo más grotesco del nacionalismo español ha sido siempre eso: que sus defensores, por no entender, ni siquiera se dan cuenta de que son nacionalistas.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2018.

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1992/07/18 07:00:00 GMT+2

Borrell, cualquier cosa

Aún sigo impresionado por la contestación que dio el pasado miércoles el ministro Borrell a una pregunta sobre el atasco de Algeciras: «No puedo tener respuesta para cualquier cosa en cualquier momento», replicó, obviamente irritado.

La afirmación del ministro aclara dos extremos de desigual interés. Primero, nos revela que el hoy titular de Obras Públicas y Transportes es consciente de que no está llamado a triunfar en los concursos televisivos de Constantino Romero. Examinada algo más a fondo, su réplica evidencia también que, para él, el que varias decenas de miles de personas se queden inmovilizadas en una carretera española durante varios días a 40º de temperatura, sin apenas alimentos, sin casi asistencia, es «cualquier cosa».

Son las respuestas que los políticos dan a bote pronto, como ésta -las que no pasan previamente por la censura del relaciones públicas que todos llevan dentro, las que muestran mejor la pasta humana de que están hechos. Ya ven ustedes la de don Josep, todo un humanista de fina sensibilidad, paladín del socialismo obrero español, paradigma del rostro humano de nuestra incomparable civilización occidental. Él está muy ocupado con los problemas que condicionan su permanencia o su salida del Gobierno, y éste no es uno. A él que no le hablen de unos cuantos magrebíes que ni siquiera votan.

Pero, al margen de sus discutibles cualidades humanas, que Josep Borrell acierta a adornar con una soberbia y un remilgo portentosos, ¿qué no decir además de un ministro de Obras Públicas y Transportes que reconoce abiertamente no tener ni pajolera idea de un impresionante desastre que se prolonga por cuatro días en una de las principales vías de comunicación del Estado? Si no sabe de eso, ¿de qué sabe entonces?

¿De toros?

No; él de lo que sabe, en realidad, es de dinero. Ayer se dio a conocer que el Ministerio de Obras Públicas ha demandado a los hijos de un matrimonio fallecido en accidente de coche. Las huestes de Josep Borrell les reclaman que paguen la valla que sus padres rompieron al matarse. Para que aprendan y no se maten más, probablemente.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de julio de 2011.

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1992/07/15 07:00:00 GMT+2

La ocasión perdida del artículo 13.2

La totalidad de los grupos parlamentarios ha aprobado sin la menor discusión la modificación del artículo 13.2 de la Constitución para que ésta se ajuste a los acuerdos de Maastricht, permitiendo que los ciudadanos extranjeros puedan ser candidatos en las elecciones locales. Todos han subrayado que se trata de un cambio mínimo, tanto por su forma (se limita la introducción de tan sólo dos palabras: «y pasivo») como por su contenido (¿por qué habríamos de rechazar, a estas alturas del proceso de integración europea, que llegue a concejal, o incluso a alcalde, un ciudadano con pasaporte de alguno de los países de la CE?)

Ambos argumentos me parecen extremadamente superficiales, destinados a resolver de un plumazo cuestiones bastante más complejas y delicadas de lo que se dice.

Empecemos por lo más fácil: señalando que no es una nimiedad conceder el voto pasivo a los extranjeros en nuestro país.

En España hay extranjeros de dos géneros muy diversos. En una primera categoría hay que situar a los emigrantes económicos y los exiliados políticos. Son personas que viven –o tratan de vivir– como las de nacionalidad española, y que contribuyen con su esfuerzo y sus impuestos a la marcha económica del país. No veo ninguna razón para que se les prive del derecho de ser elegidos para ocupar cargos en la Administración local, pues ellos están tan interesados como el que más en su buena marcha.

Pero hay también, concentrados a lo largo de la costa mediterránea e insular, más de un millón de extranjeros de otro tipo. Son, en su gran mayoría, jubilados procedentes de la Europa rica, que han comprado chalets en urbanizaciones particulares de esas áreas cálidas y viven en ellas la mayor parte del año, huyendo del frío de sus países de origen. Hay zonas, pueblos enteros de Alicante, Almería, Málaga, Baleares y Canarias en los que esta población extranjera constituye la mayoría de la población. Se trata de un fenómeno de grandes dimensiones –un millón de personas no es bagatela– con el que nuestras autoridades no han venido contando por una razón elemental: son muy pocos los extranjeros de este tipo que se han censado –no le veían ventaja a hacerlo–, de modo que no figuran en las estadísticas oficiales. Pero ahora, ante la posibilidad de alcanzar cotas de poder local desde las que defender mejor sus intereses, ya empiezan a plantearse su «salida a la superficie».

¿Hay algo de malo en que estos extranjeros sean elegidos concejales o alcaldes por sus compatriotas? Puede haberlo. El problema estriba no sólo en su mentalidad colonialista –asaz molesta, en todo caso–, sino también en la especificidad de su situación y de sus necesidades, derivadas de dos hechos fundamentales: que son población pasiva y que viven en urbanizaciones segregadas de los núcleos antiguos de los municipios. Es poco probable que un alcalde de estas características tenga interés en crear escuelas o polideportivos, en renovar los servicios públicos del casco urbano o en financiar centros de promoción de la cultura autóctona. Más probable es que tienda a concentrar las inversiones municipales en atender los servicios de las urbanizaciones en las que residen él y sus votantes.

No hace falta demasiadas dotes proféticas para imaginar que el acceso de estos extranjeros –de éstos, insisto– a centros de decisión local puede abrir la puerta a situaciones conflictivas en unas áreas ya de por sí bastante maltratadas por los efectos de un turismo baldío, nacido de la pura especulación inmobiliaria e ignorado por las jefaturas políticas, que creen que el universo entero es como Madrid.

De este modo, lo que aparenta ser una medida de talante progresista –que los extranjeros europeos tengan derecho a votar y ser votados– puede resultar también una decisión problemática, nociva para una parte de nuestros conciudadanos. Algo que debería haberse evaluado con más detenimiento, en todo caso, antes de decidirlo.

Pero este problema, con ser de interés, resulta nimio en relación al cambio principal que introduce la reforma del artículo 13.2 de la Constitución.

Esa reforma no representa en absoluto un cambio mínimo. Lo de menos es que se concrete en dos palabras o en doscientas; lo de más es el criterio de fondo al que responde.

Según éste, al haberse producido un conflicto entre lo determinado en el Estado español por la soberanía popular (el texto de la Constitución) y lo acordado por los jefes de Gobierno y Estado de la Europa Comunitaria, va de suyo que es el pacto comunitario el que debe prevalecer.

Dicho de otro modo: se da por sobreentendido que la soberanía del pueblo de nuestro país está condicionada. Y, lo que es aún más innovador, se da por supuesto que está condicionada por las decisiones de un organismo ejecutivo supranacional no electo.

Se nos da a entender que éste es tan sólo un paso más entre los muchos que apuntan a un progresivo cambio en el ámbito de la soberanía: ésta estaría abandonando su marco inicialmente local (estatal) para plantearse cada vez más a escala europea. Pero un cambio en el ámbito de la soberanía es un hecho de la mayor importancia, como queda de evidencia cada vez que alguien lo reclama, por la vía inversa, para abrir paso al derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

Entrar por esa vía reclamaría, por lo menos, una discusión más profunda que la habida en torno al «y pasivo» de marras.

Pero es que ni siquiera eso es cierto. Porque si de veras estuviéramos avanzando hacia una verdadera soberanía europea, lo lógico sería que ésta tomara cuerpo mediante un proceso constituyente específico, a escala continental, del que saliera una Constitución Europea, un Poder legislativo comunitario y un Gobierno de la CE responsable ante el Parlamento elegido por el voto de los ciudadanos y ciudadanas de todos los Estados miembros. ¿Alguien ha visto que algo de eso se haya puesto en marcha?

Lo que se nos está colando de matute no es sólo un cambio progresivo del ámbito de la soberanía, sino también, y sobre todo, un cambio de su mismo sujeto. En efecto, a lo que se exige que se amolde nuestro pueblo no es a lo decidido por todos los pueblos de la CE, sino a lo que han estipulado sus dirigentes, que han formado un Poder que no responde ante ningún Parlamento: ese «Bruselas» fantasmagórico en nombre del cual se nos impone todo, desde la desindustrialización hasta el sacrificio de la producción lechera, pasando por esta historieta de los concejales y alcaldes extranjeros que maldita la falta que nos hacía.

A quien estamos cediendo soberanía no es «a Europa», sino a un trust de políticos europeos.

Ese es el verdadero fondo del problema. Un fondo que ningún grupo parlamentario –unos tal vez por superficialidad, otros sin duda por conveniencia– ha desvelado a la hora de plantearse su aprobación o su rechazo de la reforma del artículo 13.2.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/07/15 07:00:00 GMT+2
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1992/07/11 07:30:00 GMT+2

Al fin, la tregua

ETA ha ofrecido una tregua unilateral de dos meses. Afirma que con este gesto trata de facilitar el inicio de una «negociación política» con el Gobierno español.

«A la fuerza ahorcan», dirá el avisado. Sin duda. Los golpes policiales recibidos por la organización armada vasca en los últimos tiempos han sido fortísimos, y han afectado tanto a su estructura dirigente, instalada en la retaguardia francesa, como a su red activista en el interior. Orgánica, política y moralmente, ETA ha sufrido en estos seis meses las andanadas más certeras de su historia reciente. Una materia más que valiosa para la reflexión.

Pero el análisis realista no ha sido nunca el fuerte de la dirección de ETA. Es algo que hemos podido observar en muy diversas ocasiones: cuanto mayor era el acoso al que se veía sometida, más agudo se volvía su empecinamiento. Los últimos comunicados –¿quién, con qué autoridad lo redactaba?– parecían confirmar esta querencia endémica.

Ahora la obstinación se ha quebrado. Y no en un punto cualquiera.

Hace tiempo que los mensajeros del Gobierno español venían diciendo a la dirección de ETA que cualquier reconsideración del mal llamado «contencioso vasco» tenía una condición previa: que la organización armada proclamara una tregua unilateral. ETA se negaba a aceptar ese planteamiento, reclamando del Gobierno de Madrid algunos gestos de conciliación introductorios. Ahora ha cedido: ha dado el primer paso, y eso es fundamental, porque revela que quien quiera que ocupe en la actualidad la dirección de la organización ha comprendido que no tiene capacidad para condicionar el marco de la negociación: que debe atenerse a las posibilidades reales, y que éstas son limitadas. Una posición que está en sintonía con los mensajes que venían emitiendo los deportados de Santo Domingo, y que parece superar las tesis de los Pakito y compañías, aferrados a las exigencias maximalistas de siempre.

Nada es nunca casual, y menos en materia tan delicada. Convendrá tener en cuenta a este respecto, para entender la oferta de tregua de ETA, algunos factores colaterales. Por ejemplo, el hecho de que el Gobierno francés haya decidido el sábado pasado poner en libertad a José Luis Arrieta, «Azkoiti» –un «histórico» de la línea de Txomin Iturbe, tenido por próximo a las posiciones de Iñaki Esnaola y Christiane Fando–, confinándolo en condiciones francamente favorables dentro del territorio francés. Y tampoco debe menospreciarse la influencia que hayan podido ejercer sobre esto las conversaciones que se han venido desarrollando entre el PNV y HB en los últimos tiempos, abriendo un nuevo camino –tortuoso, pero real– al diálogo.

¿Qué es lo que hay de nuevo? Para el observador exterior, quizá poca cosa, aunque en ningún caso desdeñable: que ETA se compromete a no actuar durante dos meses. Pero para quienes nos dedicamos a la hermenéutica vasca, sin embargo, el asunto presenta los signos de algo de gran trascendencia.

Por primera vez desde hace tiempo, ETA parece haber comprendido que no puede seguir haciendo frente a su causa desde la perspectiva maximalista que hasta ahora era de rigor. Que debe tener en cuenta la relación de fuerzas real y, en consecuencia, plantearse lo que se ha dado en llamar una «negociación a la baja».

Afrontamos nuevos tiempos. ¿Decisivos? Sería mucho decir. Baste con dejar constancia de que se ha roto un bloqueo. Lo cual, tal como están las cosas, no es poco.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de julio de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/07/11 07:30:00 GMT+2
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