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1992/08/29 07:00:00 GMT+2

Gallea est omnia divisa...

En dos y por culpa de Maastricht. Algo menos de la mitad de los franceses cree que votará «sí»; algo más de la mitad se inclina ya por el «no». El debate está siendo muy intenso. También bastante complejo, porque los favorables al «no» distan de constituir un bando homogéneo: hay quienes se oponen al Tratado de Maastricht desde posiciones ultraderechistas («El país se llenará de inmigrantes»), quienes lo hacen por razones nacionalistas («Francia no debe hipotecar su soberanía nacional») y quienes lo argumentan desde su oposición al modelo de construcción europea que se está siguiendo («Sí a Europa; no a esa Europa»). Tampoco faltan los que se temen que Maastricht alimente el peligro de un nuevo hegemonismo alemán en Europa: algo a lo que, por amarga y no demasiado lejana experiencia, los franceses son en extremo sensibles.

El electorado del país vecino está recibiendo un auténtico aluvión, no sólo de consignas, sino también de argumentos. Y de información. Las librerías francesas exhiben una amplia variedad de libros sobre el asunto. Algunos son meramente polémicos, pero los hay también que poseen un considerable rigor académico. Y lo que, visto desde aquí, resulta más exótico: la gente los compra, los lee y los discute.

¿Qué quiere decir todo esto? Algo muy sencillo: que en Francia se está desarrollando un verdadero debate sobre Maastricht. Que allí no se ha ventilado el asunto con una reforma constitucional de andar por casa y con media docena de tópicos sobre «no perder el tren europeo» y «abrimos a Europa».

Lo que está pasando en Francia presenta otra particularidad digna de mención: hete ahí que, del mismo modo que los daneses en su día, cuanto más a fondo se informan los electores galos sobre lo que se acordó en Maastricht, más sube el número de los que se apuntan al «no». Un detalle curioso., ¿verdad?

No es en absoluto nuestro caso: en España las encuestas demuestran que los partidarios de Maastricht son muchísimos. Claro que también demuestran que la mayoría de esos entusiastas de Maastricht no tiene ni idea de lo que se aprobó allí. ¿Dos datos sin relación? Mucho me temo que el segundo haya ayudado a fomentar el primero.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de septiembre de 2012.

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1992/08/26 07:00:00 GMT+1

¿Cotilleos?

Los asuntos propicios al cotilleo tienen mala prensa en la prensa. Los periódicos «serios» los reflejan precavidamente, como temerosos de perder su dignidad, de correr el peligro de deslizarse por la pendiente del «amarillismo». No veo por qué. No hay asuntos «amarillos»; lo «amarillo» está -si está- en el tratamiento que se le da. Nihil humanum a me alienum puto: todo lo humano me concierne. Algunas de las más interesantes conversaciones que he tenido en los últimos días han sido a cuento de asuntos de estos «del corazón»: que si Allen-Farrow, que si Madame Ferguson, que si Juan Carlos de Borbón. Y es que todos, del Rey abajo, tenemos corazón.

Tomemos el affaire Allen-Farrow. Mucha gente ha condenado rápidamente a Woody Allen por lo que se dice que ha hecho. Yo no sé lo que ha hecho o dejado de hacer; en realidad, ni siquiera me importa gran cosa: Pero la cuestión presenta diversos ángulos -y eso es lo interesante- válidos para el análisis de los convencionalismos y de la moral dominante. A la vista de lo que se ha escrito y dicho al respecto, apunto tres proposiciones polémicas. Primera, no entiendo qué hay de éticamente inaceptable en que un señor y una señorita que se atraen mutuamente entablen relaciones sexuales. Que entre ellos haya lazos legales -por lo demás no consanguíneos-, que ella sea hija adoptiva de la ex de él o que ambos hayan tenido previamente una intimidad de otro tipo son circunstancias que sólo a ellos conciernen. Si nada de eso les frena a ellos, ¿qué pintamos nosotros juzgándoles? Segunda, se ha dado por supuesto que todo trato camal entre adultos/as y niños/as es aberrante. Típica idiotez de adultos. Muchas experiencias individuales -quizá les baste a ustedes con hacer memoria para confirmarlo- demuestran que esas relaciones pueden ser satisfactorias, aleccionadoras y nada traumáticas para los niños y niñas. A cambio, creo poder pronosticar que, si Mia Farrow fuerza a su hija a testificar en público diciendo que Allen le tocaba así o asao, el daño psicológico que causará a la cría será enorme. Tercera, se ha cometido el disparate de mezclar la labor cinematográfica de Allen con su vida privada (véase, sin ir más lejos, el artículo que una mema publicaba en la página 4 de este periódico el pasado sábado). Lewis Carroll sentía una atracción enorme por las niñas: ¿es por ello menos maravillosa su Alicia? Aristóteles se lo montaba con chavalitos: ¿debemos menospreciar por tal razón su filosofía? Haga lo que haga cuando no rueda, ¿será por ello más o menos divertido su cine?

Cada una de estas tres proposiciones da materia suficiente para entablar polémicas de bastante más interés que algunas de las que suele escenificar la prensa sesuda. Son asuntos «del corazón», sin duda. Pero, ¿adónde iría la prensa -toda la prensa- si prescindiera del corazón, de los sentimientos, de lo que los regula, de aquello que rige la emoción, el llanto, la sorpresa?

Javier Ortiz. El Mundo (26 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de febrero de 2013.

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1992/08/23 07:00:00 GMT+2

Agamenón era rey

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

AGAMENON.- Me parece justo.

EL PORQUERO.- No estoy de acuerdo.

(Antonio Machado)

Este pasaje pasaje del Juan de Mairena es uno de los más citados de toda la obra de Machado. También es uno de los peor citados. Lo más frecuente es que se evoque solo la primera parte, olvidando las respuestas posteriores de Agamenón y del porquero, con lo que se desvirtúa por completo el sentido de la reflexión de Machado o, si se prefiere, de Mairena.

Estos días estamos oyendo y leyendo muchas juicios sobre las noticias relativas a la vida privada del rey. Y no son pocos los que se han precipitado a descalificarlas basándose en que, según ellos, las revistas que han publicado esas noticias -Point de vue y Oggi- no son serias. Lo curioso es que, por más que uno escucha o lee a los que así se expresan, no encuentra la imputación que sería clave: la de que esas revistas han mentido. «Otra cosa sería que lo hubieran publicado Le Monde o el Herald Tribune», llegan a argüir. Para ellos, ya ven, solo vale lo que dice Agamenón. El porquero de Mairena tenía razón: no les importa la verdad, sino quién la dice.

Otra pecularidad: los mismos que se muestran indignados porque se haga caso de lo que dicen los porqueros sobre el rey de España reproducen alegremente las palabras de otros porqueros, no menos referida a la vida íntima de gente igualmente famosa, y hasta igualmente real, cuando quienes se ven afectados por esas noticias les importan un bledo. En tales casos -príncipes de Gales, Duquesa de York, Allen, Farrow y familia- no solo citan a los porqueros, sino que incluso publican largas obras de porqueros en eternos fascículos, y hasta mandan a sus mejores reporteros para que escriban porquerías de primera mano con mucho colorín. Un rutilante ejemplo de doble moral.

Las respectivas verdades de Agamenón y su porquero -como todas las verdades, excepto las de Pero Grullo, respondían a los intereses de cada uno de ellos. El buen porquero se negaba a ponerlas a la par, y con motivo. Agamenón, rey de Argos era cuñado de Helena, la que se largó con Paris y armó la de Troya. El propio Agamenón se trajo de la guerra a la joven Casandra, lo que no le hizo ni pito de gracia a su esposa, Clitemnestra. Es poco probable que, si el porquero hubiera contado esas verdades, Agamenón las hubiera reconocido como tales. (Por cierto: un amarillista de la época, llamado Esquilo, escribió sobre todos los líos que había en aquel palacio. Dio forma de tragedia al relato y lo tituló Agamenón. Fue la primera parte de una basura llamada Orestíada).

Si el porquero tuvo algún lío, no lo sabemos. Como no era un personaje público, nadie habló de ello.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de agosto de 2011.

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1992/08/22 07:00:00 GMT+2

Teoría de la guerra fácil

Antes, la discusión típica a causa de las guerras versaba sobre su carácter justo o injusto. ¿Hay guerras justas? Unos consideraban que la guerra nunca es justa; otros, que sólo son justas las guerras que se desarrollan sobre el propio territorio para liberarlo de una invasión extranjera -es la variante patriótica- y otros, en fin, que es justo levantarse en armas contra toda tiranía, local o foránea. Eran los tiempos en que a la gente le daba por pensar, incluso en las cosas más arduas. Ahora, George Bush, con sus acólitos europeos haciéndole coro, ha descubierto que la verdadera distinción que debe hacerse es otra: a ellos lo que les interesa es diferenciar las guerras fáciles de las difíciles. Las primeras son estupendas; las segundas, del todo rechazables.

Lo ha expresado con meridiana claridad el presidente de los EEUU: él estudia la posibilidad de lanzar un ataque contra Sadam Husein; en cambio, no tiene la menor intención de enviar tropas a Bosnia, porque -y cito- «podríamos vernos empantanados en esa guerra». Le preocupa implicarse en una guerra larga, o sea, difícil. La de Irak le gusta, no solamente porque puede darla por concluida antes de las elecciones presidenciales, sacando de ella la debida renta en las urnas, sino también porque puede hacerla a prudente distancia: desde barcos inalcanzables por las fuerzas de Sadam, desde alturas a las que no llega la defensa aérea iraquí. La de Irak es una guerra fácil. ¿Justa? Bush ni siquiera se toma la molestia de argumentar eso. Ya no recuerda que el mandato del Consejo de Seguridad le autorizó a intervenir tan sólo para poner fin a la invasión de Kuwait, objetivo que ya quedó cumplido. No le importa que donde sí hay una invasión de un Estado por otro es en Bosnia. A él lo único que le preocupa es que la guerra contra Irak resulta fácil, y que la intervención en Bosnia, no.

Se trata de un principio utilitario hasta ahora desconocido en la Carta de las Naciones Unidas. En ella se dicta a los Estados lo que pueden y lo que no pueden hacer. Va a ser necesario añadirle un adendum que diga: «Ningún Estado podrá violar la soberanía de otro... salvo si crea con ello una situación muy complicada». Quizá quede un poco raro. Pero será la pura verdad.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de agosto de 2010.

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1992/08/19 07:00:00 GMT+1

El carisma

Las expectativas de voto del PSOE bajan, sondeo tras sondeo, pero las del PP no mejoran en consonancia. Según me dicen, eso se debe a que el PP no cuenta con un líder carismático.

El carisma, si recuerdan ustedes, es la gracia (del griego charisma: gracia) que el Espíritu Santo concedió a los apóstoles -eso dicen los Evangelios; yo no me comprometo a nada- para que hablaran un montón de lenguas e hicieran milagros. Por extensión, el término pasó a aplicarse luego a aquellas personas cuyas dotes maravillosas despiertan la admiración general.

Vistas así las cosas, parece de rigor reconocer que José María Aznar no resulta especialmente carismático. Anteayer le escuchaba hablar sobre González: «Gasta mucho y no hace nada». Vaya empanada: si gasta mucho, ya hace algo. Cuando habla en público, Aznar se arma unos tacos de mucho cuidado; tiene un tonillo horrible; si levanta la voz, da ganas de buscarle el potenciómetro de agudos y, cuando se enfada, no impresiona lo más mínimo a nadie.

Bueno, ¿y qué? Hablar y gobernar son asuntos muy diversos. No niego que Aznar sea capaz de fallar por igual en ambos terrenos. Incluso cabe que como gobernante resultara aún peor que como orador. Lo que me choca es que se explique la lentitud del avance del PP no porque su programa político resulte poco atractivo, o increíble, sino porque su líder no habla bien y luce un bigote demodé.

«El carisma tiene también que ver con el carácter -me explican-. Aznar no parece un hombre enérgico». Pues tanto mejor para el PP. No sé qué gana un partido por contar con un líder enérgico. Si no es enérgico, facilitará que la dirección tenga un carácter más colegiado, será más proclive a reconocer sus errores y, cuando haya de dejar el puesto, resultará más fácil buscarle sustituto. Decididamente, cuanto más me explican la versión moderna del carisma, menos me gusta.

Con el PSOE ocurre lo mismo, pero al revés. Según las encuestas, la popularidad de González es bastante superior a la de su Gobierno. Lo cual demuestra que hay quien se las arregla para considerar la labor del presidente al margen de la del Gobierno. Misterioso distingo. ¿Será que, como decían de Franco algunos, «él es bueno, pero sus ministros no»? ¿O será, más sencillamente, que esos encuestados son tontos de remate?

«Es que Felipe tiene mucho carisma», me aclaran. Pues qué bien. Ya me explicarán qué tiene de maravilloso un hombre que, cuando habla, la mitad de las veces no dice nada y la otra mitad miente. «Da la sensación de controlar mejor la situación y despierta más simpatía», insisten. ¿La sensación? Al fin entiendo lo que me quieren decir: que González engaña a la gente con más habilidad que Aznar.

Déjense, pues, de gracias y dones extraordinarios. Ahora, cuando se habla de un hombre «con carisma», hay que entender que se trata de un grandísimo estafador.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de diciembre de 2012.

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1992/08/16 07:00:00 GMT+1

Intervenir, no intervenir

Discuto mucho conmigo mismo estos últimos días a propósito de Yugoslavia. Mis contradicciones internas no van por la dificultad de tomar partido: no me parece imprescindible y, además, creo que está claro quiénes son los agresores (Serbia y Croacia apestan) y quiénes los agredidos. Mi dilema se centra en el asunto de la intervención. ¿Estoy a favor o en contra de que la ONU se meta en el conflicto, hasta las cejas si hace falta, para pararlo? Ya sé que la comunidad internacional no tiene el alma en vilo esperando mi toma de postura, pero a mí, qué quieren ustedes, me importa. Y tengo a medio Ortiz a favor de la intervención y al otro medio en contra. Comprendan que no es vida.

Hay en mí un Ortiz que tiende a oponerse a la intervención armada por razones de principio. Asegura que todas las experiencias de gendarmería internacional han sido nefastas y encubridoras de turbios intereses. A lo cual el otro Ortiz replica que esa postura sólo sería válida en el caso de que cupiera impedir todas las acciones de gendarmería internacional, pero que, puesto que el gendarme mundial existe y no tiene la menor intención de desaparecer, es absurdo negarse por principio a que alguna vez actúe en sentido positivo.

«Muchos preconizáis ahora alegremente la intervención militar -prosigue argumentando mi medio yo contrario-, pero ya veríamos qué cara se os pondría cuando empezaran a repatriar los féretros de nuestros soldados muertos». «La misma cara de horror que se me pone ahora cuando veo los muertos que ya hay. Los muertos no tienen patria», me replico, un tanto cabreado por esta muestra que me he dado de estrechez nacionalista.

«Pero no es lo mismo: esos otros muertos habrían caído por culpa de la intervención que tú estás defendiendo», me digo, volviendo a la carga. «Y sobre los que mueren ahora, ¿no tenéis responsabilidad los que defendéis la no intervención? Contemplar sin hacer nada cómo una bestia se ceba en un débil, ¿no es un modo de apoyar a la bestia? Parece mentira que hayas perdido la memoria -me enfado cada vez más conmigo mismo- y que ya no recuerdes el sentido siniestro que han tenido en nuestra Historia esas dos palabras: "no intervención"».

«Manejar argumentos en una columna de periódico no compromete a nada. ¿Estarías dispuesto tú a ir a esa guerra?», me espeto, como último y decisivo argumento.

Medito las respuestas posibles. Contestar que sí sería hipócrita, porque sé de sobra que nadie me va a obligar a ir, y como voluntario no me aceptarían: los militares no son tan tontos. Decir que no iría porque soy partidario de que sólo acudan soldados profesionales sería otro recurso tramposo. No, la verdad: creo que no estaría dispuesto a ir. Soy demasiado miedoso.

Qué pena: ¡ahora que estaba empezando a convencerme!

Javier Ortiz. El Mundo (16 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de febrero de 2013.

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1992/08/15 07:00:00 GMT+2

HB y España

Parece generalizarse la idea de que en Euskadi va a pasar «algo». Como de momento no pasa nada visible -lo cual ya es mucho pasar, si bien se mira-, sólo podemos analizar las escasas y a veces crípticas frases que, tal que Corcuera anteayer, van dejando caer los que saben.

En esa línea, me parece que los analistas políticos no han prestado la debida atención a las palabras con las que Jon Idígoras valoró hace una semana la figura de Francisco Fernández Ordóñez: «En el caso de que fuera español -dijo el portavoz de HB-, me sentiría muy satisfecho de su gestión política». La frase ha sido glosada por su vertiente no demasiado elegante; sin embargo, apenas se ha dicho nada sobre su fue claro: reconoció que, si en lugar de haber visto la luz en Euskadi, fuera -pongamos- de Benavides, provincia de León, no le parecerían ya mal la entrada en la OTAN, la Guerra del Golfo, la alineación con la política norteamericana, la CE, Maastricht y toda la pesca. ¿Un exceso verbal? Sin duda. Pero en el exceso está el mensaje: nos dice que su radicalidad política, que en un pasado aún reciente presentaba ribetes izquierdistas, hoy empieza y acaba en el nacionalismo.

Se trata de una actitud que vengo observando en los dirigentes de HB desde hace meses. Su lema central de los últimos tiempos («Esto no es España») apunta en esa misma dirección, que a veces toma formas notablemente chocantes, como cuando otro líder de HB dijo que, «si los que gobiernan en Madrid fueran buenos españoles (!), harían más por recuperar Gibraltar».

Es un avance de la orientación que va a tomar HB cuando ETA deje las armas: el radicalismo pura y exclusivamente nacionalista.

Lo cual tendrá sus ventajas, sin duda. Por ejemplo, permitirá saber cuánto de real y cuánto de retórico hay en el nacionalismo que exhiben los demás nacionalistas vascos. Empezando por el PNV, claro.

Pero también tendrá efectos muy nocivos. Definir la política vasca por oposición a la española implica un cambio de enemigo. De hecho, cada vez HB se refiere menos al «Estado español» y más a «España».

Peliagudo asunto: España es, básicamente, un espacio lleno de españoles. ¿Todos enemigos?

Javier Ortiz. El Mundo (15 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de agosto de 2011.

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1992/08/14 07:00:00 GMT+2

La lección de Yugoslavia

La estremecedora situación que padecen los pueblos de la ex Federación Yugoslava (ex, que no antigua: la invención de Yugoslavia es bien moderna) está sirviendo entre nosotros de argumento prét-á-porter para criticar la eclosión reivindicativa de las nacionalidades europeas sin Estado y, más en concreto -y más interesadamente-, para sembrar la desconfianza hacia nuestros nacionalismos periféricos. «Ahí tenéis a qué conduce la locura nacionalista», sentencian, mirando de reojo hacia Cataluña y Euskadi.

Extraña actitud. Porque si en los Balcanes hay una guerra espantosa no es debido a que tales o cuales nacionalidades minoritarias hayan reclamado sus derechos, sino a que los dirigentes serbios, líderes de la nacionalidad predominante en el anterior Estado yugoslavo, se han negado a reconocer esos derechos y, amparándose en la existencia de «bolsas» de población serbia en Croacia y Bosnia, se han lanzado a una guerra de rapiña.

Por supuesto que el problema es más complejo. Pero, simplificación por simplificación, ésta se atiene mejor a los hechos, conformes con la experiencia histórica: las más espantosas carnicerías no las han provocado nunca pequeños pueblos en rebelión contra grandes Estados; las locuras nacionalistas más atroces han sido obra casi siempre de poderosos Estados que se negaban a dejar de serlo o que quierían serlo todavía más. Así que, puestos a sacar lecciones de uso tópico a partir del caso yugoslavo, mejor será que empecemos por desconfiar, no de las demandas de las minorías nacionales, sino de quienes las vituperan en nombre de la «sagrada unidad» de tal o cual «patria». O sea, de los aspirantes a serbios.

También entre nosotros los hay, y no pocos. De hecho, ya estamos topándonos con más de uno que razona «a la serbia». Lo demuestran cuando tratan de dirigir las lecciones de la desgraciada experiencia yugoslava exclusivamente hacia Cataluña y Euskadi. Siguiendo su lógica, la culpa de lo que pasa en Bosnia habría que achacársela a los propios bosnios: si se hubieran estado calladitos y resignados al predominio ajeno, los serbios no hubieran tenido que masacrarlos.

La gran lección que nos proporciona lo que está ocurriendo en la desmembrada Yugoslavia apunta en realidad en sentido contrario. Demuestra que lo mejor que pueden hacer los Estados en los que coexisten varios pueblos de marcada personalidad es asentarse sobre relaciones libres e iguales. Que despreciar o desconocer los derechos de las minorías nacionales puede ser nefasto. Y que si la mayoría de un pueblo no quiere formar parte de un determinado Estado, lo más sensato es admitir que se separe de él en paz y concordia.

Pero me temo que ésa sea una lección tan costosa como inútil: sólo la entienden quienes ya se la sabían de antemano.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de agosto de 2012.

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1992/08/10 07:00:00 GMT+2

Ante la muerte de Jesús Ibáñez

De las muertes de estos días, me ha impresionado sobre todo la de Jesús Ibáñez. Traté con él bastante más que con Fernández Ordóñez, sus ideas me resultaban mucho más cercanas y estábamos también más próximos generacionalmente.

Todo el mundo ha resaltado el buen talante, la afabilidad y la fina cortesía de Fernández Ordóñez. Son virtudes que me temo que están ligadas no sólo al modo de ser natural de cada cual, sino también al grado de satisfacción que se tiene con respecto a la realidad circundante.

En términos generales, Fernández Ordóñez vivía en la sociedad que le gustaba: él mismo contribuyó a forjarla. En cambio, Jesús Ibáñez fue un hombre profundamente disgustado con la realidad y no tenía ningún inconveniente en que se le notara. Por lo demás, le importaba un bledo caer bien. El hecho de trabajar en la Universidad y de chocar a diario con su irracionalidad, sus imposibles, sus mezquindades y sus capillas contribuía a alimentar considerablemente sus convicciones hostiles al sistema de organización social capitalista, en general, y a su variante española, en particular.

Ibáñez formaba parte del admirable sindicato de los resentidos sociales, que se caracteriza no sólo por pensar que todo está mal, sino también por cabrearse con todo lo que está mal y negarse a aceptarlo, ni siquiera como fatalidad. Hace poco recibí una nota suya.

Me echaba un chorreo reprochándome no prestar ninguna atención a sus artículos -falso- y anunciándome que no me mandaría ninguno más -lo que ha acabado por resultar desgraciadamente cierto-. Ibáñez, como casi toda la gente decente que conozco, era un cascarrabias.

Albiac -otro cascarrabias- ha rendido ya homenaje a Jesús Ibáñez en estas mismas páginas reflexionando en términos filosóficos sobre la vida y la muerte de los que valen la pena, dicho sea en el más literal sentido de la expresión. A mí sólo se me ocurre añadir una reflexión más, que ni siquiera es mía. La hizo en voz alta alguien, hace unos años, en el funeral de otro amigo: «Vaya -dijo; está empezando a morirse gente que antes no se moría».

Es estrictamente cierto. Hace años, cuando éramos jóvenes los que formamos la llamada «generación del 68» -ahora sospechosamente mitificada, mixtificada-, sólo se morían, salvando accidentes de recorrido, los mayores. Se ve que los mayores empezamos a ser nosotros, y nos toca empezar a morirnos. Jesús Ibáñez, como tantas veces en tantas cosas, se nos ha adelantado.

Ibáñez fue enterrado ayer en el cementerio civil de La Almudena, en Madrid. Si descansa en paz, puedo asegurarles que será muy a su pesar.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de agosto de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/08/10 07:00:00 GMT+2
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1992/08/08 07:00:00 GMT+2

González y los electores

Aznar dice que González miente cuando asegura que no planea adelantar las elecciones. Después de leer lo declarado por el presidente a The Wall Street Journal, creo que de lo único que no se le puede acusar a González es de faltar a la verdad, al menos sobre este asunto. Para empezar, porque hablaba para un diario financiero de los USA, y él a los estadounidenses les tiene mucho respeto, y más si están relacionados con el mundo del dólar. Pero es que, además, lo que dijo rezuma sinceridad. Aseguró que no acercará la fecha de las elecciones porque no va a dejarse influir por las presiones del electorado. Lo cual a mí me parece que retrata perfectamente su pensamiento.

Analicemos en detalle la afirmación. Observemos, en primer lugar, que González no habla del pueblo, sino del electorado. Este es un detalle de incuestionable sinceridad: los ciudadanos sólo le preocupan de verdad en la medida en que son electores. O sea, un día cada cuatro años, aproximadamente.

Acto seguido, el presidente tiene otro rasgo de franqueza indiscutible: deja bien claro que, salvado el día clave de las elecciones, la opinión de la ciudadanía no es que le importe menos, sino que le da totalmente igual. ¿Que el electorado presiona? Pues que presione. Con tal de no convocar elecciones, no pasa nada.

La frase de González pretende ser una expresión de firmeza, pero es mucho más: es el perfecto retrato de la fragilidad de sus convicciones democráticas. Un politico no tiene por qué variar de pensamiento porque éste no sea aceptado por la mayoría, desde luego. Pero lo que debe reconocer todo demócrata es que el gobierno ha de ejercerlo quien representa la opción política con más apoyo ciudadano.

Admitir, como admite González implícitamente en esa entrevista, que descarta la convocatoria de elecciones porque no quiere ser víctima del rechazo popular no es un signo de firmeza en sus criterios; es una negativa a aceptar el derecho de la mayoría a decidir qué política es la que debe prevalecer. O sea, un rechazo del fundamento mismo de la democracia.

Se equivoca Aznar: González no miente cuando se expresa así. Dice exactamente lo que piensa. Eso es, en realidad, lo más preocupante.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de septiembre de 2012.

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