1992/10/04 07:00:00 GMT+2
Allá por 1967, el marxismo gozaba de gran predicamento entre los jóvenes radicales de Europa occidental. O mejor sería decir «los marxismos», porque los había de muy diversa suerte y condición. Esa variedad se traducía en la existencia de toda una pléyade de organizaciones. Cada una ponía a caldo a las demás con extraordinaria virulencia, ridiculizaba sus posiciones políticas y vituperaba a sus respectivos mentores teóricos, vivos o muertos. Salvando el apego común por los fundadores del marxismo, inevitable, todas las otras figuras del marxismo y el comunismo internacional eran reivindicadas por algunos, pero abominadas por los demás.
Resulta significativo, en medio de aquel ambiente de tragicómica ferocidad política y de rencilla implacables, el respeto general que suscitaba la figura de Ernesto «Che» Guevara. No era reconocimiento teórico, ni tampoco político: en ambos terrenos sus posiciones eran controvertidas y, a decir verdad, casi nadie se declaraba «guevarista».
Si el «Che» ejerció una gran fascinación sobre la juventud europea radical de los 60 y 70 fue, sobre todo, porque ofrecía una pauta de conducta: más allá de las disputas sobre modelos de sociedad, él representaba un modelo de actitud individual.
El primer componente de ese modelo era la falta de ambiciones mezquinas. El prestigio de Ernesto Guevara aumentó enormemente el día en que abandonó todos sus cargos en Cuba para llevar sus «modestos esfuerzos» -así lo escribió en su carta de despedida a Fidel- a «otras tierras del mundo». ¿Quijotismo? Sin duda. Reconocido por él mismo: «Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante».
Segundo componente: su internacionalismo. Guevara, argentino de nacimiento, luchó en Venezuela, en Guatemala, luego en Cuba, más tarde en el Congo y acabó su vida en Bolivia: a los jóvenes radicales de la época, apasionados por los movimientos anti-imperialistas del Tercer Mundo, y muy particularmente por la guerra de Vietnam («Crear uno, dos tres Vietnam es la consigna», decía), esa amplitud de miras les tocaba en lo más hondo.
Tercero: su constante reivindicación de la ética. «El socialismo económico, sin la moral revolucionaria no me interesa... Si el socialismo se despreocupa de la conciencia puede ser un sistema de reparto, pero nunca una moral revolucionaria», repetía.
Había más. El misterio que rodeó su desaparición en Cuba, los rumores continuos sobre su muerte, el halo de romanticismo que rodeaba sus actos, el conocimiento de que quien obraba así tenía, además, una salud más que precaria... y hasta su desaliño personal, que daba al modelo incluso una estética.
Ha pasado un cuarto de siglo. Y muchas cosas. Resulta poco probable que una figura como la de Ernesto Guevara fascinara hoy a la juventud occidental. Pero también es muy poco probable que surgiera.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de octubre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/10/04 07:00:00 GMT+2
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1992/10/03 07:00:00 GMT+1
El dato que más ha llamado mi atención, de todos los incluidos en la gran encuesta que Guerra exhibió el otro día ante el grupo parlamentario socialista, es el que se refiere a él mismo.
La encuesta, cabe suponer que por expreso deseo del vicesecretario general del PSOE, pedía opinión sobre cuatro líderes de su partido: González, Serra, Chaves y el propio Guerra. Lo cual, ya de entrada, resulta indicativo de los fantasmas que pueblan la mente de don Alfonso: ni siquiera se tomó la molestia de averiguar el grado de aceptación popular de Solana, evidenciando que descarta por entero la candidatura del actual titular de Exteriores para suceder a González en la Presidencia del Ejecutivo. Me imagino la cara de Alfonso Guerra al leer los resultados de su encuesta: de los cuatro dirigentes socialistas, él es quien cuenta con un grado de aceptación popular más bajo, a gran distancia, no sólo de González -cosa comprensible-, sino incluso de Chaves y de Serra.
Pero eso, con ser grave, no es lo peor. Lo peor le llegaría cuando examinara los índices de aceptación obtenidos por los líderes de otros partidos y descubriera que su popularidad personal también está por debajo de la de ellos. Por poner un ejemplo bien gráfico: obtiene peor, puntuación que dirigentes políticos tan a la deriva corno Rafael Calvo Ortega y José Ramón Caso.
La dirección del PSOE debería estudiar cómo puede ser que su vicesecretario general, que goza de tanto predicamento en el interior del partido, sea un personaje tan poco apreciado por la población en general. Indica un divorcio entre el partido y la opinión pública merecedor de un análisis en profundidad.
No sé si los dirigentes socialistas se animarán a hacer esa reflexión. A cambio, estoy seguro de que sí pensarán sobre algo mucho más inmediato y concreto: cómo impedir que la antipatía que despierta Guerra perjudique al partido. Y eso sólo tiene un remedio: que no desarrolle actividad pública, que se quede en Ferraz y se esté calladito. El inconveniente de esta solución es que resulta poco probable que la dirección del PSOE se atreva a decirle a Guerra: «Alfonso, es un hecho: la gente no te traga».
Pero ya está resuelto el problema: se lo acabo de decir yo mismo.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de octubre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/10/03 07:00:00 GMT+1
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1992/09/30 07:00:00 GMT+2
Todos hemos subrayado por activa y por pasiva que en el referéndum francés los partidarios del «no» a Maastricht tuvieron frente a sí a la inmensa mayoría de la «clase política». En cambio, apenas hemos mencionado que también afrontaron la enemiga de la práctica totalidad de los medios de prensa, radio y televisión.
Que el 49% de los votantes -descontada la abstención- se pusiera en contra de lo que decía el 80% de los diputados de la Asamblea Nacional, buena parte de ellos designados con los votos de ese 49%, es un fenómeno extraño. Pero que no se dejaran conmover por lo que repetían sin parar los medios informativos me parece un hecho aún más singular. La progresiva uniformización de los mensajes emitidos por los medios de comunicación es un fenómeno característico de nuestro tiempo. En las sociedades llamadas «avanzadas», los mass media están empobreciendo a marchas forzadas sus contenidos: casi todos opinan casi lo mismo sobre casi todo. Es cierto que se presenta una oferta diversificada, pero la diversidad afecta tan sólo a la envoltura: más populachera, más digna, más culta... Con harta frecuencia son incluso las mismas empresas las que asumen el conjunto de la oferta. Tanto la propiedad de los medios como las ideas-eje a las que sirven se han concentrado extraordinariamente. El resultado es que también se han simplificado y uniformizado de modo alarmante las opiniones de los ciudadanos. No tiene nada de extraño: si los estímulos que reciben son ideológicamente clónicos, las conclusiones a las que llegan los receptores -conclusiones que a menudo ya vienen incluidas en el propio mensaje informativo- es poco probable que difieran. Por eso me llama la atención lo de Francia. Que una proporción tan alta de la población haya hecho oídos sordos al mensaje emitido al alimón por casi todos los «creadores de opinión pública» constituye un fenómeno digno de estudio. Es obvio que hay circunstancias en que la máquina de fabricar consenso social no es perfecta.
Sería un dato esperanzador si se demostrara que la máquina no es perfecta porque no puede serlo. Y terrible si simplemente sirviera para corregir los fallos que aún presenta.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/30 07:00:00 GMT+2
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1992/09/26 07:00:00 GMT+2
Empiezo a sospechar que quizá no sea bueno que se convoque un referéndum sobre el Tratado de Maastricht.
No por las razones que suelen esgrimirse contra esa posibilidad. Algunos alegan que es un asunto demasiado complicado como para que se pueda responder con un «sí» o un «no». Olvidan que también los programas que presentan los partidos a las elecciones abarcan una enorme cantidad de materias, y sin embargo el ciudadano tiene que tomar una sola decisión -unas solas siglas: un «sí» o un «no»- con respecto a ellos. No puede meter en la urna una papeleta que diga: «Me gusta el programa de reindustrialización de XX, pero su líder me pone de los nervios; me parece muy razonable la alternativa ecológica de YY pero, en lo relativo a las nacionalidades, me apunto a lo que propone ZZ». Casi todo es casi siempre demasiado complejo como para responder con un «sí» o con un «no», pero la democracia tiene estas exigencias: al final, bajo unas u otras formas, hay que acabar por decidirse entre «sí», «no» o «me abstengo», porque, de lo contrario, es imposible hacer un recuento.
Tampoco me vale el argumento que niega el referéndum en nombre de la democracia representativa. Los representantes electos lo son para que pongan en práctica un programa previamente establecido. No se puede considerar la papeleta de voto como un cheque en blanco. Y en las elecciones anteriores nadie anunció -era imposible- que el Tratado de Maastricht, destinado a remodelar de punta a cabo nuestra vida económica, política y social, fuera a ponerse en marcha. Habrá que ver por tanto ahora si queremos o no queremos ir por esa vía.
Si me están entrando dudas sobre la oportunidad del referéndum no es por nada de esto. Es porque he escuchado los argumentos que emplean González y Guerra para defender el Tratado. El espectro del referéndum sobre la OTAN y la preguntita de entonces me ha revuelto las tripas. Me veo ante un referéndum planteado tal que así: «¿Quiere usted ser europeo, rico y moderno, o prefiere acabar aislado, atrasado y pobre?». Ante un debate planteado en términos como éstos, mi ánimo decae por entero.
Prefiero que no me pregunten nada a que me tomen el pelo.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/26 07:00:00 GMT+2
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1992/09/23 07:00:00 GMT+2
Nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Javier Solana, con ese tono tan suyo, entre didáctico y paternalista, ha sacado lecciones de lo ocurrido en Francia: es necesario «explicar Maastricht» a nuestra ciudadanía.
Puede parecer sorprendente esta conclusión de Solana. Si en un punto ha coincidido la totalidad de los observadores de la campaña del referéndum francés, ha sido a la hora de resaltar el elevado grado de información sobre Maastricht que alcanzaron los ciudadanos galos durante la campaña del referéndum. Antes de la convocatoria de éste, cuando la población del país vecino tenía muy escaso conocimiento del asunto, las encuestas demostraban que el Tratado gozaba de un apoyo francamente mayoritario. Fue sólo después de enterarse de lo que Maastricht supone cuando aumentó vertiginosamente el número de los hostiles al Tratado. Lo ocurrido en Francia evidencia, pues, que cuanto mayor es la información, mayor es la oposición a Maastricht. ¿Es eso lo que quiere el ministro?
Claro que no. La clave está en lo que Solana añade acto seguido: «En España no es necesario un referéndum porque aquí el Tratado cuenta con una gran unanimidad de las fuerzas políticas y sociales». Esto lo aclara todo. (O, mejor dicho, aclara las intenciones del ministro; no qué diablos puede ser «una gran unanimidad», porque la unanimidad, por definición, no admite grados).
Lo que ha permitido al pueblo francés adquirir un conocimiento real del Tratado de Maastricht, de sus ventajas y sus inconvenientes, ha sido el referéndum. En Francia, como en España, la gran mayoría de las fuerzas políticas y sociales eran favorables a lo acordado en Maastricht. Sólo la convocatoria del referéndum permitió que algunos oponentes al Tratado, dirigentes de segunda fila en los partidos en los que militan (Chevénement, Séguin, Pasqua), pudieran hablar de tú a tú con los líderes de las grandes formaciones políticas y llevar sus razones al conjunto de la población.
Eso es lo que quieren evitar. Así que nos van a «explicar Maastricht». Un engendro gramatical que apenas oculta lo que se disponen a hacer con nosotros: someternos a una campaña intensiva de publicidad sobre las maravillas de Maastricht.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/23 07:00:00 GMT+2
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1992/09/19 07:00:00 GMT+2
Apenas hace unos años, la práctica totalidad de la población yugoslava parecía sentirse tal. Había, por supuesto, serbios, croatas, montenegrinos, bosnios, pero casi todos ellos se mostraban cómodos en su condición colectiva de yugoslavos. Sólo los albaneses de Kosovo se resistían a subirse al carro. Nadie, descontado algún visionario; imaginaba que pudiera ocurrir lo que ha venido luego. Pero ha ocurrido.
Yugoslavia tenía aspecto de ser una entidad sólida, pero ha saltado hecha pedazos. Era una cáscara –espesa, opaca– debajo de la cual continuaban habitando los viejos demonios de los Balcanes.
De los muchos y muy intrincados conflictos nacionales en que ha degenerado la URSS se podría decir tres cuartos –quizá sólo tres cuartos– de lo mismo. La URSS también ha demostrado que estaba recubierta de una aparatosísima, impresionante cáscara que, al saltar, ha dejado aflorar viejas tensiones que creíamos enterradas y de las que sólo sabíamos por los libros que contaban la Historia de la Rusia del siglo XIX y comienzos del XX.
La Alemania actual no se parece a la de 1913, ni a la de 1929. Los políticos que ahora la gobiernan pasaron la purga emocional de los 60 y asimilaron, consternados, el horror del pasado inmediato de su país. La propia sociedad civil, sobre todo la de la ex-RFA, está, por lo que se ve, razonablemente alejada de tendencias autoritarias.. Pero eso –ya digo– es lo que se ve. ¿Qué hay por debajo de esa otra cáscara?
Temo las cáscaras. Temo nuestra más que demostrada incapacidad para captar lo que pasa por debajo de lo que se ve. Las sociedades de este tiempo se han vuelto difíciles de descifrar, y los políticos que monopolizan el escenario cada vez las representan –las expresan– menos. La clase política danesa dice «sí», pero el «no» arrastra a la mayoría de la población. Un oscuro y desaliñado diputado de provincias llamado Philippe Séguin logra en pocos meses cautivar la simpatía de millones de franceses, que vuelven la espalda a la inmensa mayoría de los electos de la Asamblea Nacional.
¿Adónde va Europa? A veces, se producen brechas en la cáscara y se atisba algo de lo se cuece por debajo. La realidad parece sólida. Pero quizá es tan sólo opaca.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/19 07:00:00 GMT+2
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1992/09/15 07:00:00 GMT+2
El último disco de Sinéad O'Connor, Am I Not Your Girl?, sorprenderá radicalmente a sus adictos por la selección de canciones que incluye y por el modo en que las interpreta. Conocidas sus producciones anteriores, innovadoras y personalísimas, nadie podía esperar que Sinéad O'Connor saliera ahora con un puñado de piezas supercomerciales de los años 60 y 70, cantadas en su día por intérpretes tales como Petula Clark, Doris Day, Marylin Monroe o Loretta Lynn, y menos todavía que las fuera a acoger y devolver sin apenas alterar el estilo de las versiones originales.
Ha sido, desde luego, un arriesgado ejercicio de libertad.
Si hace quince días hubiera debido escribir sobre las fuentes de inspiración de Sinéad O'Connor, habría mencionado sin duda el folk irlandés; me habría referido a ese patriarca de la música irlandesa que es Christy Moore, que tanto ha ayudado a la formación de Sinéad –como a la de Enya, Mary Black y tantas y tantos otros–; habría citado algunos nombres del mejor rock y del mejor pop... Reconozco que, por muchas vueltas que le hubiera dado al asunto, jamás se me habría ocurrido referirme a Doris Day.
Y, sin embargo, lo que ella alega no sólo es lógico, sino que nos ha ocurrido a todos. Cuenta que, cuando era niña, oía las canciones que ponían por la radio, muchas de ellas «standars» –tipo Don't Cry For Me Argentina–, y que algunos de estos temas no solamente le gustaban mucho, sino que fueron decisivos en su determinación de dedicarse a componer y a cantar. Tomó luego vías muy alejadas de las de ese género de música, pero ahora ha querido volver su mirada al pasado –a su propio pasado– y rendir a aquellas canciones el homenaje de este disco. Un homenaje que, puesto a ser respetuoso, lo es hasta en los arreglos (sólo traiciona esa determinación en Scarlett Ribbon, clásico del «country» al que devuelve sus raíces irlandesas).
Nadie puede negarle el derecho a hacerlo. Y es poco probable que haya quien ponga en duda lo bien que lo ha hecho: su voz, espléndida, convierte cada una de sus interpretaciones en una pequeña maravilla. No podrá evitar O'Connor, sin embargo, que más de uno abrigue la sospecha de que este homenaje no sea sino una argucia para ocultar la ausencia de nuevas ideas, originales, con las que desarrollar una discografía aún muy escasa. Y también habrá quien sostenga, con toda la razón, que ella está tan en su derecho de cantar esas canciones como el público en su derecho de considerarlas pura polilla, y negarse a escucharlas.
Por fortuna para Sinéad O'Connor, hay muchos fieles. admiradores de su voz y su talante que, de la misma manera que no tendrían ninguna duda a la hora de contestar a la pregunta que da nombre al disco («iQué más quisiera yo!»), estarán siempre dispuestos a acudir a cualquier cita con ella... incluso aunque les cante estas cosas.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/15 07:00:00 GMT+2
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1992/09/12 07:00:00 GMT+2
Bertold Brecht escribió en 1931 un poema titulado Refugio nocturno. Decía así: «Me han contado que en Nueva York,/ en la esquina de la calle 26 con Broadway,/ hay un hombre que en las noches de invierno/ pide limosna a los transeúntes/ para dar refugio a los desamparados que allí se reúnen». Y continúa: «No se cambia de este modo el mundo./ Las relaciones sociales no se hacen mejores./ No se acorta así la era de la explotación./ Pero algunos hombres tienen cama por una noche./ Durante toda una noche el viento no los azota,/ y la nieve que les estaba destinada va a posarse en la calle».
No sé por qué me vino anteayer al recuerdo este poema de Brecht. Sólo sabía que quería escribir de quienes han hecho del ejercicio de la solidaridad humana inmediata («Algeciras acoge», SOS Racismo, Asociación contra la tortura, tantos otros, pero tan pocos) una, otra razón de ser: De los hombres y mujeres que siguen poniéndose día a día al servicio desinteresado de causas imposibles, a menudo mal vistas por la gente de orden; de aquellos que no se conforman con detestar pasivamente la injusticia en general; de quienes piden en todas las infinitas esquinas de la 26 con Broadway que hay en el mundo para poner fin por lo menos a esta o aquella injusticia concreta, así mañana todo vuelva a estar igual.
Pensaba en eso y no sabía que Fernando Salas acababa de morir. Fernando Salas tenía puesto su despacho de abogado y de hombre en la esquina de la calle 26 con Broadway. Eso, en el Madrid de estos tiempos, pilla entre la Avenida de la Razón de Estado y la Plaza del Nani Desaparecido, apenas a dos manzanas del Bulevard Amedo y a tres de la Glorieta de Masa. Allí estuvo, en horas de perpetua oficina humana, al menos desde que yo lo conocí, en 1976, y supongo que desde mucho antes, mientras su cuerpo tuvo a bien aguantarlo, haciendo lo posible y lo imposible para refugiarnos alguna noche y resguardarnos del frío terrible de la indignidad.
Estoy seguro de que Fernando Salas ha muerto con la satisfacción íntima de saber que esa esquina de solidaridad en la que él eligió vivir, si nunca estará muy poblada, tampoco quedará jamás abandonada.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/12 07:00:00 GMT+2
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1992/09/05 07:00:00 GMT+2
Si el problema de Maastricht fuera como el que se planteó en su día con la Plaza Mayor de Chinchón -pintarla de azul o de verde-, es poco probable que Felipe González se emperrara en no celebrar un referéndum.
Lo nuestro con lo de Maastricht se parece en un punto a la duda de los habitantes de Chinchón: nosotros también tendremos que soportar a diario el resultado de la decisión adoptada. Pero hay dos diferencias fundamentales. Una es que los chinchonenses, si acaban arrepintiéndose, pueden volverse atrás. La otra es que lo de la Plaza de Chinchón es muy sencillo.
El Tratado de Maastricht, en cambio, es un lío, y el problema de Maastricht -las repercusiones de la aplicación de ese Tratado sobre la realidad internacional y local, todavía más. González no lo dice, pero es evidente que lo piensa: le parece un sinsentido pedir al pueblo llano que decida sobre una cuestión que la inmensísima mayoría no está en condiciones de entender, porque carece de los conocimientos necesarios.
Su preocupación es ésa y no, como pretende, que el número excesivo de referéndums acabe por minar la democracia representativa. El no puede pensar tal cosa, porque creer que hay un peligro de exceso de referéndums en un país que ha celebrado tres en los últimos quince años resulta una perfecta tontería, y a González se le puede considerar muchas cosas, pero no tonto.
A González, como a la mayor parte de los europolíticos, le parece una pejiguera la manía que tienen las gentes ignorantes de opinar sobre cosas cuya complejidad se les escapa. Para ellos, lo que hace falta es «democracia representativa», que es la posibilidad que se le da al personal de elegir de vez en cuando a unos u otros políticos para que éstos puedan gobernar y decidir por su cuenta, sin que nadie les moleste.
González no ve por qué habría de convocar un referéndum sobre Maastricht. ¿Que es un asunto clave para nuestro destino? Qué tontería: él está harto de tomar resoluciones decisivas para el destino de todos, y nunca las ha consultado. ¿Por qué iba a hacerlo en este caso?
«En Chinchón, anís, plaza y mesón». Yo, cuando oí que citaba a Chinchón, no pensé que iba a hablar de la plaza, sino del anís.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de septiembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/09/05 07:00:00 GMT+2
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1992/08/30 07:00:00 GMT+2
Tenía entendido que, a falta de mejores resultados, la Conferencia de Londres sobre el conflicto de la ex Yugoslavia había logrado dos objetivos fundamentales: primero, dejar claro que la «comunidad internacional» a saber, el consorcio de las grandes potencias occidentales- no está dispuesta a aceptar las conquistas territoriales obtenidas por la fuerza y; segundo, obligar a los contendientes a reunirse de inmediato en Ginebra para sentar las bases de una solución negociada. No habían transcurrido ni 24 horas y ya el copresidente del tinglado montado en Londres, el norteamericano Cyrus Vance, ponía ambos puntos en entredicho. Vance ha declarado que no cree que el jueves se vaya a reunir nadie en Ginebra. Es más, él duda de que esas conversaciones se celebren algún día. También dice que «es imposible no tener en cuenta las modificaciones que la guerra ha introducido en la realidad» y que la cantonalización del país no está decidida, pero es «una posibilidad abierta». Como quiera que la creación en Bosnia de un cantón serbio y otro croata sólo podría desembocar en su posterior integración en Serbia y Croacia, respectivamente, las palabras de Vance deben interpretarse como un modo de expresar en lenguaje diplomático -o sea, hipócrita- que admite la perspectiva de que se establezcan unas nuevas fronteras fruto del empleo de la fuerza. Justo lo contrario de lo que solemnemente se había proclamado pocas horas antes.
La Conferencia de Londres corre así el riesgo de pasar a la Historia como un perfecto monumento a la palabrería. Lo que ayer era «la paz apalabrada» puede quedarse en el mero disfraz retórico de un nuevo Munich: la paz empalabrada. Se entiende ahora por qué todos los líderes serbios se han vuelto para casa más contentos que unas Pascuas: su objetivo -la partición de Bosnia- empieza a tomar cuerpo.
Entretanto, la UEO ya ha concretado el despliegue que va a realizar, por encargo de la ONU, para proteger la «ayuda humanitaria». Los cinco mil soldados que acudirán a Bosnia tienen la orden expresa de no emplear la fuerza salvo para «responder a las agresiones». A las agresiones contra ellos, naturalmente; las que sufra la población civil bosnia no son cosa suya. Ahí tienen ustedes otra joya de la palabrería hipócrita: la «ayuda humanitaria» implica llevar alimentos a los bosnios, pero no proteger sus vidas. Los chetniks serbios seguirán matando, pero los cadáveres bosnios empezarán a estar de mucho mejor ver.
Es poco probable que, en esas condiciones, las milicias serbias vayan a molestar a los cascos azules. Pero no me extrañaría que fueran los bosnios los que acaben por disparar contra ellos. No sólo para forzar una intervención más amplia de la ONU. También para vengarse de la burla macabra que la maldita «comunidad internacional» está haciéndoles sufrir.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de agosto de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de septiembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/08/30 07:00:00 GMT+2
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