1994/06/25 07:00:00 GMT+2
Me despiertan las voces de un hombre que camina por las calles de Madrid, recién amanecido el día, clamando sus penas en medio del silencio de la ciudad dormida. No consigo entender qué le pasa. Llora y lanza alaridos entrecortados. Sólo logro distinguir cuatro palabras de entre sus sollozos: «mi madre» y «Tele 5». Va vestido con calzón corto, camiseta y zapatillas de deporte, como si hubiera salido a la calle a hacer footing. El conjunto resulta entre disparatado y patético. Al poco, lo pierdo de vista.
Dijo César Vallejo en sus Poemas humanos: «Un hombre pasa con un pan al hombro./ ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?». Todos los humanos son nuestro doble. Cuando lloramos por ellos, cuando nos producen pena, cuando nos angustian, lloramos, sentimos pena y nos angustiamos por nosotros mismos. El hombre que ha pasado al alba bajo mi balcón dando voces acerca de su madre y «Tele 5» es un enloquecido. Como cualquiera de nosotros mañana mismo.
La locura es tan sólo una de las formas que adopta la muerte. La última novela de Rafael Chirbes, Los disparos del cazador, escruta con fría lucidez en nuestro común destino mortal. Nos mete en la piel de un hombre con cuya biografía mal podemos identificarnos -un millonario corrupto que ve acercarse el final de sus días en la sola compañía de un mayordomo- para que nos haga doble efecto la cercanía de su frustración y de su angustia ante la muerte. Como en la canción de Brel Los viejos, el péndulo de plata del reloj del salón -«que dice sí, que dice no, que les espera»-, nos impresiona a todos porque no solo espera a los viejos ajenos, como el de Chirbes: nos espera a todos.
Qué extraños especímenes, los humanos: vemos en el espejo de los demás las negras variedades de nuestro propio destino -la locura como muerte del yo consciente, nuestra muerte final, definitiva-, sentimos por un instante el vértigo angustioso del no-ser y, al cabo de nada, retornamos a las mínimas ocupaciones de cada día: a escribir sobre Felipe González, a guisar patatas con almejas, a hablar de Sócrates al médico, a fichar a la entrada del trabajo, a cantar viejas rancheras sentimentales, a leer a André Bretón o a rellenar con mimo reverencial la declaración de la renta. Nos ocupamos de todo negándonos a asumir que el destino de todo es la nada.
Solo el ateísmo proporciona una adecuada explicación a este hondo enigma de la Humanidad. Ningún Dios; solo un extraño e infeliz azar de la Naturaleza pudo permitir la aparición en la Tierra de seres tan absurdos y tan inconscientes.
Pero discúlpenme si abandono aquí este trascendental sermón sobre la muerte. Tengo que irme. Lo del azar me lo ha recordado: van a cerrar el despacho de las apuestas y tengo pendiente de sellar el boleto de la primitiva.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de junio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/25 07:00:00 GMT+2
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1994/06/23 07:00:00 GMT+2
Se celebra, como cada año, el Día del Orgullo Gay. Y el episcopado aprovecha para arremeter contra las llamadas «uniones de hecho».
Respeto a las personas de todas las creencias. No siempre tengo el mismo respeto por las creencias, pero sí, invariablemente, por las personas, cuando no me dan motivo alguno para dudar de la nobleza de su fe. Respeto igualmente todas las opciones personales, siempre que sean libres y no perjudiquen a nadie. A cambio, no acepto a quienes descalifican las opciones de los demás en función de las suyas.
¿Por qué arremete el episcopado contra las llamadas «uniones de hecho»? Desde el punto de vista católico, tanto debería darles a los obispos quienes se casan por lo civil como quienes se «arrejuntan». No resulta tampoco demasiado congruente que el episcopado se lance a hacer apología exclusivista de los matrimonios heterosexuales, asegurando que son «la única (sic) base sólida de una sociedad sana». Supone afirmar que el sacerdocio católico, que obliga al celibato, es un verdadero atentado contra las bases sanitarias de la sociedad.
Nos hace falta una intensiva educación en la tolerancia, de la que debe deducirse una urgente redefinición de nuestros tópicos clasificatorios. ¿En qué consiste ser homosexual o heterosexual? Convendría plantearlo de otro modo, rechazando agrupar a las personas en virtud de su presunta atracción sexual masiva por «las» mujeres o por «los» hombres. A nadie sensato le gusta todo un género. Se siente atracción hacia ésta o hacia aquel, en concreto.
Los obispos y yo tenemos dos acuerdos y una divergencia. Como a ellos, a mí tampoco me gusta que se legalicen las uniones «de hecho» y los matrimonios entre personas del mismo género. Pero, a diferencia de ellos, yo hago extensivo mi rechazo a toda forma de legalización de las uniones amorosas. No veo que haya que conceder a los jueces el derecho a meter sus narices en la cama de los demás.
Pero -y ésa es mi discrepancia mayor- yo respeto lo que deciden los demás. Y quien quiera casarse, que se case. Con quien quiera. O que se meta cura. O que haga voto de castidad. Allá él. O ella.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de junio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/23 07:00:00 GMT+2
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1994/06/22 07:00:00 GMT+2
Tienen razón quienes dicen que carecería de sentido que González planteara al Congreso la cuestión de confianza. Sería absurdo: sabemos que la mayoría de los diputados lo apoyan. Lo que está en cuestión ahora no es la confianza del Parlamento en González, sino la confianza del electorado en el Parlamento.
Existen sobrados motivos para sospechar que la composición actual de las Cortes no refleja ya, ni de lejos, el sentir -y el pensar- general. Y que los representantes del pueblo no representen al pueblo es algo que está muy feo en un sistema que se dice democrático.
«¡Están ustedes deslegitimando el Parlamento!», claman algunos solemnes cantamañanas. Deben creerse que basta con no hablar de las cosas desagradables para que éstas dejen de existir. Nadie está deslegitimando el Parlamento: es él el que se deslegitima solito, cuando hace la vista gorda ante la realidad extramuros, o cuando se empeña en embestir contra ella.
No es cosa de hoy. Ya las Cortes Constituyentes se metieron por esa problemática vía cuando la mayoría de sus integrantes consideró que en España había algunas tendencias políticas demasiado radicales para su gusto, y decidió que era necesario corregir tal cosa. Si los padres de nuestra Patria se hubieran atenido a los principios de la democracia, habrían dicho: «No nos gustan esas tendencias; no obstante, si existen y cuentan con fuerza real, tienen todo el derecho a estar representadas en las Cortes». Nanai. Elaboraron con ayuda de monsieur D´Hont una legislación electoral que les libraba de ingratas compañías, y a correr.
Luego atisbaron el peligro de que el populacho pudiera meter sus feas narices en los asuntos de la alta política, aupando a tales líderes o descabalgando a tales otros. A lo que también pusieron remedio pronto y eficaz, decretando que las listas de candidatos al Parlamento fueran cerradas y bloqueadas, para que sólo los grandes jefes de los partidos pudieran decir quién tiene derecho a ser diputado y quién no.
¿Producto de éstos y otros trucos conexos? Que los parlamentarios españoles han adquirido la perversa costumbre de enmendar la plana al pueblo en cada ocasión que éste no coincide con sus preferencias, según pusieron brillantemente de manifiesto el 14-D y el 27-E.
Su concepción de la democracia es totalmente funcional: se trata de que la gente vote como y cuando a ellos les viene bien. El resto del tiempo, no se sienten depositarios de la soberanía popular, sino sus propietarios. Razón por la cual les parece muy lógico que González decida que se celebren elecciones generales porque tiene líos con su partido -caso del 6-J-, a cambio de lo cual no ven que sea suficiente razón para convocar otras el que la mayoría del electorado esté, según todas las trazas, harto del Gobierno en (dis)funciones.
¿El pueblo soberano? Por un día, cuando le dejan, y va que chuta.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de julio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/22 07:00:00 GMT+2
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1994/06/18 07:00:00 GMT+2
Allá por los primeros 70, K. S. Karol publicó un libro sobre Cuba titulado Los guerrilleros en el Poder. A Castro, que había acogido a Karol durante su estancia en Cuba como si de un amigo íntimo se tratara, el libro le provocó un enorme enfado. No porque contara falsedades, sino porque relataba verdades que el comandante prefería mantener en silencio. Muchas de ellas se referían a las relaciones cubano-soviéticas. Karol daba cuenta en su obra de las graves dificultades por las que esas relaciones habían atravesado varias veces y, de modo especial, cuando la llamada «crisis de los misiles». Nikita Kruchev humilló a Castro cediendo al chantaje de Kennedy y retirando sin consultar con el líder cubano los misiles que había emplazado en la isla caribeña y que apuntaban hacia el territorio de los USA. Miles de cubanos se manifestaron en La Habana al grito de «¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!» -una consigna a la precisa altura ideológica del castrismo-, pero Fidel tragó.
-No podemos hacer otra cosa -se justificaron en privado ante Karol los dirigentes cubanos-. Dependemos totalmente de Moscú.
Todo un ejemplo de perfecto pragmatismo, como puede verse.
Han pasado los años. La URSS se ha hundido en su propio cenegal y Moscú ha dejado de abastecer al régimen cubano. Víctima de sus propias carencias estructurales y del inicuo bloqueo de Washington, el pueblo cubano pasa ahora por una situación más que angustiosa. Por no tener, no tiene ni jabón para lavarse. Pero en este caso los líderes cubanos, empezando por el propio Castro, no creen que deban humillarse y tragarse el orgullo, como hicieron ante Kruchev. Aseguran, altivos, que prefieren morir de hambre antes que ceder.
Vale la pena preguntarse por las razones que han podido conducir a los mismos que en 1962 dieron tan altas pruebas de pragmatismo acomodaticio a apuntarse ahora al numantinismo más heroico. Se me ocurre una, muy elemental: los que aseguran que prefieren morir de hambre no corren ningún riesgo de que les ocurra tal cosa; a cambio, los que efectivamente pueden morir de hambre no están en condiciones de decir nada. Dicho de otro modo: Castro y los suyos cedieron en el 62 porque se jugaban la pervivencia de su régimen, y ahora no ceden por la misma razón.
El castrismo ha invocado siempre el ejemplo de José Martí. Pero se olvida de lo que Martí declaró en su poema más famoso: «Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar». Ellos tienen buenas viviendas. Comen lo necesario. No comparten la suerte de los pobres de su tierra.
Quien ama de verdad, ama como la madre que se sometió al juicio de Salomón: prefiere perder a su hijo, con tal de que perviva.
Castro es como la falsa madre. Acepta que su presunto hijo muera, antes que verlo en manos ajenas.
Tal vez por eso se entiende tan bien con Felipe González.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/18 07:00:00 GMT+2
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1994/06/15 07:00:00 GMT+2
Pocas horas después de constatar que la ciudadanía le había dado un repaso fino, Felipe González se puso ante las cámaras y los micrófonos para comunicarnos que él, especialista en captar los mensajes que emanan de las urnas, ha entendido también el del 12-J. Nos explicó que el PSOE perdió en la votación del domingo por dos razones: porque la mayoría de los ciudadanos no ha percibido todavía los síntomas de la recuperación económica y porque han influido negativamente «los casos de corrupción». Nada está, «por consiguiente», perdido del todo para su causa, porque los dos factores pueden ser corregidos antes de la próxima cita electoral. Para cambiar el signo del primero bastará con que el tiempo pase, la bonanza se instale y el personal la «perciba». Y para contrarrestar el segundo estará «la acción enérgica» que el Gobierno va a desarrollar.
Dijo tal que esto con sonrisa almidonada -porque, según aclaró, a él perder le da mucha risa, en tanto que ganar le deja hecho unos zorros- y tomó el camino de las Indias, dejando a sus escuderos la tarea de repetir y repetir el mensaje hasta ponerse malos.
¿Se lo creen ustedes? Yo, desde luego, no. Y me supongo que él -que es muchas cosas, pero no un perfecto imbécil- tampoco. Porque él sabe que si la ciudadanía no acaba de percibir los síntomas de la recuperación de marras es porque no hay síntomas que percibirse puedan: todos los expertos, hasta los del PSOE, saben que mientras en España el PIB no crezca por encima del 2% no se empezará a crear empleo, y mientras no haya menos paro la mayoría seguirá pensando que las cosas van mal, por mucho que le aseguren que no es así.
Con lo de la corrupción pasa tres cuartos de lo mismo. Fíjense ustedes en algo en extremo significativo: de Felipe abajo, ningún líder socialista reconoce jamás que en España haya un problema de corrupción política, tal cual; ellos hablan por sistema de «los casos de corrupción». Los hay que rizan el rizo: para ellos son «los supuestos de corrupción». Mal puede resolver un problema quien empieza por minimizarlo.
Lo cual es muy comprensible. ¿Cómo van a luchar enérgicamente contra la corrupción quienes saben que, de aclararse judicialmente el caso Filesa, no pocos de ellos irían a parar a la cárcel?
González sabe que, en efecto, ha perdido estas elecciones por culpa de su mala gestión económica y de la corrupción de sus filas. Pero no confía en librarse de la siguiente quema porque vaya a resolver ambos problemas. En lo que tiene puestas todas sus esperanzas es en la futura movilización electoral de los muchos -¿un 10, un 15 por ciento?- que el pasado domingo se abstuvieron por despolitización y pura ignorancia política.
Piensa en eso, pero no lo dice. No puede. ¿Cómo reconocer que confía en recuperarse gracias al voto de los que no tienen ni idea?
Javier Ortiz. El Mundo (15 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/15 07:00:00 GMT+2
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1994/06/11 07:00:00 GMT+2
Esto de las jornadas de reflexión -tal como la de hoy- resulta, si bien se mira, entre chusco e irritante.
Nos llaman a reflexionar un día. ¿Y qué medidas de choque adoptan para ayudarnos a realizar tan ardua tarea? Una sola: prohíben a los políticos que hagan propaganda.
Tal decisión empuja a extraer dos conclusiones elementales: primera, que dan por hecho que durante el resto de la campaña electoral las condiciones no favorecen en nada la reflexión, y segunda, que saben que la culpa de que eso sea así la tiene la propaganda -¿y por qué no llamarla publicidad, sin más?- de los políticos embaucadores (a los no embaucadores no se les presta apenas nada: ni atención ni dinero para que se hagan oír).
Al emparejar ellos mismos reflexión y ausencia de publicidad política, vienen a respaldar la tesis, que ya he expuesto otras veces, de que las campañas electorales son intrínsecamente nocivas, porque no cuentan con más función que la de enajenar el pensamiento reflexivo de los ciudadanos. Y es que esta gente es verdaderamente la monda: primero organiza el espectáculo alienante y luego -en plan «un libro al año, por lo menos»- nos reserva una jornada en la que, para variar, nos deja reflexionar.
Las campañas electorales, tal como se vienen produciendo entre nosotros, son un fraude total. Es como si se te invitara a participar en una partida en la que tu contrincante juega con cartas marcadas: él cuenta con reservas económicas muy superiores -cuando le faltan, se las pide a cualquier banco, al que luego no paga, y ya está-, él se las arregla para que todas las televisiones y la mayoría de las radios y periódicos le sirvan de publicitarios, él utiliza a su servicio toda la maquinaria del Estado...
Ya que hoy es jornada de reflexión, no me parece mal asunto éste. Reflexionemos: ¿hemos de participar en un juego en el que sabemos que el contrincante es un fullero?
Existen dos posiciones básicas al respecto. Hay quien considera que se debe entrar en el juego, aunque sea totalmente desigual, porque en esta ocasión las cartas que tenemos quienes estamos en la oposición -en todas las oposiciones- son tan buenas que, pese a todas las trampas del ventajista, podemos ganarle la partida.
Es una reflexión política.
La otra posición es la de quienes, más allá de las razones dictadas por el utilitarismo político, consideran prioritaria la obligación ética: rechazar la farsa. No esta o aquella partida concreta, sino el juego como tal. Su dictamen es directo: «Puesto que este juego está viciado de origen, que jueguen ellos».
Es una toma de postura moral.
A cada cual le toca establecer sus prioridades. Yo no oculto las mías. Entre la política y la ética, me quedo con la ética.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/11 07:00:00 GMT+2
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1994/06/08 07:00:00 GMT+1
Tiene todas las ventajas. Si se tratara de un referéndum convencional, habría que elegir o la papeleta del «sí» o la del «no». Pero éste del domingo es diferente: sólo hay una papeleta para el «sí» y, a cambio, montones para el «no». La del «sí» lleva las siglas del PSOE. Las del «no», todas las demás. Incluso el voto en blanco, incluso el voto nulo, incluso la abstención -que, aunque a Anguita le parezca horrible, es una posición coherente, una enmienda a la totalidad del sistema electoral vigente-, son papeletas del «no».
Ya sé, ya sé que los teóricos del asunto lo tienen estudiadísimo, y saben que esta opción hace más daño, y menos aquella otra, y que la de más allá puede ser inútil. Pero eso forma parte del mundo de la politiquería. La del domingo ha de ser una opción moral masiva, más allá de los partidos. Se trata de dar la espalda al felipismo. De que su gran jefe no pueda enarbolar nunca más su estomagante coartada: «Me avala la mayoría de los votos».
Le han contado a usted que esto es una votación para designar a quienes deben representarnos en el Parlamento Europeo.
Paparruchas. El Parlamento Europeo es un churro. Mientras la Comisión de Bruselas tenga capacidad para hacer de su capa un sayo -o tres cuartos de sayo, que tanto da-, o sea, en tanto el Gobierno de la Unión Europea no emane del Parlamento de Estrasburgo y sea responsable ante él, lo que hagan o dejen de hacer los eurodiputados seguirá siendo de una trascendencia muy escasamente superior a cero. Desde luego, nada que mereciera embarcarse en unas elecciones específicas. O, en todo caso, nada que nos obligara a tomárnoslas en serio a quienes no vivimos de ese cuento.
Si estas elecciones tienen interés real, es por los efectos que pueden producir de puertas adentro. O, para ser exactos: por el efecto. Por el único efecto que realmente vale la pena: señalar directamente de una vez a González por dónde se sale de La Moncloa.
Hace tiempo que he renunciado a que nuestra sociedad funcione de un modo medianamente aceptable. Sigo exigiéndolo con el mayor de los convencimientos, pero sin la menor esperanza. No creo que el sucesor de González vaya a ser menos perverso, menos corrupto o menos adverso a las libertades públicas e individuales. Sólo aspiro a que el Gobierno esté ocupado por alguien con menos capacidad para eternizarse en él. No quiero tener que soportar más hombres providenciales. Que se ponga alguien fácil de echar, y que ése sea reemplazado en cuanto se tercie por otro igual de despedible a la primera de cambio. Que España vaya acostumbrándose a cambiar de gobernante cada vez que fracase el que esté. No más suscritos al «O yo o el diluvio».
He sufrido ya a dos caudillos en mi vida. No sé a ustedes: a mí me basta y me sobra.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/08 07:00:00 GMT+1
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1994/06/04 07:00:00 GMT+2
Esto es fantástico: en la capital del Reino no queda ya periodista de postín que no sepa dónde está Roldán.
Algunos no se conforman con fardar diciendo que lo saben: van y lo publican. El resultado es la mar de curioso. El País sabe que el exbenemérito director estaba en Angola en fechas iguales a aquéllas en las que ABC lo localizó cuando recorría Sudamérica con un maletín lleno de divisas (tal vez por su bien conocida afición por los toros). Entonces, Diario 16 tercia, y anuncia que donde Roldán está de verdad es en la isla de San Bartolomé, en las Antillas francesas.
Las tres versiones me parecen igual de verosímiles. No veo razón para no creérmelas. Las tres. Es verdad que en la de El País y de la SER se asegura que Roldán fue entrevistado por El Mundo en París el 28 de abril, lo cual puede despertar alguna duda sobre el estricto rigor de la información, habida cuenta de que Cerdán y Rubio no entrevistaron a Roldán ni ese día ni en esa ciudad.
También podría arrojar cierta sombra de duda sobre lo contado por ABC la circunstancia de que la información se la proporcionó, al parecer, un tal Nicéforo Velasco, que se hacía llamar de otro modo -no se sabe si por razones de camuflaje o de mera estética- y que ahora, vaya por Dios, ha sido detenido por estafador.
En cuanto a la última y novedosa pista caribeña, también me surge una pequeña duda, provocada por el hecho de que de novedosa no tiene nada. Medio Madrid había hablado ya de ello hace un mes. A mí, sin ir más lejos, me llamó una amiga el pasado 5 de mayo para contarme que Luis Roldán había sido visto en la isla de San Bartolomé. Hasta me dio el nombre del hotel en el que se alojaba. Pues bien: yo se lo conté a los sabelotodo de este periódico y ellos, vayan ustedes a saber por qué, ni siquiera prestaron atención a mi estupendo chivatazo.
Pero eso son pijadicas menores. Insisto en que yo, de entrada, me creo las tres informaciones. Por creer, me creo incluso la que dio la SER en rigurosa exclusiva, cuando localizó a Luis Roldán pocos días después de su fuga en un piso de Madrid, en el que la Policía lo tenía confinado por no muy evidentes razones (quizá había overbooking en las comisarías y los juzgados).
En El Mundo, casi todos se burlan de esta posición mía. «No puede estar en tantos sitios a la vez», alegan. Vaya, qué tontería. ¿Y si Luis Roldán tiene el don divino de la ubicuidad? Angel Ibáñez me apoya: «Bueno, a fin de cuentas, él era uno y tri... cornio».
Hay dos compañeros más que respaldan mi teoría con entusiasmo: Rubio y Cerdán. Esperan que el biplano Belloch, tan informado él, acepte también mi punto de vista y retire de una vez la vigilancia a que los somete de día y de noche.
Debería hacerlo. No tiene ningún sentido vigilarlos. A fin de cuentas, ellos son los únicos periodistas de Madrid que reconocen no tener ni idea de dónde está Roldán.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de junio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/04 07:00:00 GMT+2
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1994/06/02 07:00:00 GMT+1
Intervención en el acto de presentación en Madrid del libro de Jacques Julliard Ce fascisme qui vient. Junio de 1994.
Angustiado por el agolpamiento de los infinitos signos de horror que nos acechan, Jacques Julliard ha escrito un breve libro que se inscribe en la mejor tradición del panfleto: un término que aquí, burros que muchas veces somos, empleamos en tono denigrante, porque identificamos lo directo con lo superficial, y el grito con la irreflexión.
Quizás ése sea el primer mérito que, visto desde nuestros pagos, debemos reconocer a Julliard: el de contribuir a devolvernos el valor del panfleto, o sea, la dignidad del escrito que se lanza sin enjuagues: a cantar las cuarenta, a decir lo que se piensa por la brava, tomando por la vía de enmedio, diplomacias, paños calientes y academicismos al margen.
Para mí, El fascismo que viene es un libro entre paréntesis. Empieza refiriéndose a la «indecisión que los demócratas han demostrado ante la arrogancia de las dictaduras», y acaba lamentando, en frase paralela, que «la insolencia de las dictaduras es tanto mayor cuanto más grande es la irresolución de las democracias».
Tal vez un francés pueda expresar ese pensamiento como conclusión teórica. Yo, víctima de nuestra propia Historia más reciente, he de suscribirlo como amargura. España ha vivido una larga dictadura abominable. Una dictadura política, social e ideológica que todavía pesa sobre nosotros en demasiados sentidos. Y la ha vivido, sus propios yerros aparte, por culpa de esa «indecisión de los demócratas» y de esa «irresolución de las democracias» cuya segunda edición, corregida pero no aumentada, Julliard contempla con horror en los escaparates del presente.
Hemos sido en las últimas décadas bastantes los españoles que nos hemos detenido a contemplar ese episodio de nuestra Historia. No para lamentarlo, no para dictar nuestra condena moral a las democracias occidentales por el trato que dieron a la República Española a partir de 1936, con la bufonada de la «no intervención», sino para estudiar su porqué, para desvelar su tramoya oculta. Para elevarnos del estadio del resentimiento al del conocimiento.
Gracias a ello, sabemos que algunos gobiernos demócratas, aunque no experimentaban ninguna simpatía por la causa de Franco, sintieron un horror muy superior ante la posibilidad de que en España se instaurara un régimen radicalizado y filobolchevique. Permítanme que eleve un solo hecho a la categoría de símbolo: las máquinas de guerra del Ejército sublevado pudieron actuar sin interrupción durante toda la contienda gracias a la gasolina que les proporcionaban algunas empresas petrolíferas norteamericanas. La «no intervención» fue sólo no intervención a favor de un bando, y manga anchísima para el otro.
Se cumple ahora el aniversario del desembarco de Normandía. El día D. He tenido ocasión de hablar de esa fecha con viejos republicanos, socialistas, anarquistas, nacionalistas, comunistas. Para ellos fue el inicio de su segunda gran decepción. Se suponía que la victoria de los aliados sobre el Eje significaba que triunfaban los demócratas y perdían los fascistas. Pobres diablos. Tras un simulacro de bloqueo, pronto pasaron por la taquilla de Franco todos los gobiernos occidentales, encabezados por el glorioso presidente de los Estados Unidos de América, el heroico vencedor del nazismo, Dwight Eisenhower, que no tardó en echarse en los brazos del dictador español.
Esta dolorosa experiencia nos ha enseñado a muchos a darnos cuenta de que los gobiernos demócratas no responden obligatoriamente y siempre a los principios de la democracia. Lo que es oposición radical en el plano teórico dista de resultarlo necesariamente en la práctica. Democracia y fascismo no han sido nunca, en los hechos, como agua y aceite. O, mejor dicho: los que actúan en sociedad como representantes de la democracia no siempre son total e irreconciliablemente incompatibles con el fascismo. Es más: a veces lo practican. Porque el complejo entramado de intereses que defienden tiene sus prioridades específicas.
Julliard ve en el escenario de la ex Yugoslavia, y en particular en los dirigentes serbios, la punta de lanza de un nuevo fascismo, y en la debilidad de las potencias occidentales ante ellos, la muestra de una nueva dimisión de la democracia frente al fascismo emergente. Estoy de acuerdo.
Cierto es que ese tipo de actitudes no es de ahora. Aunque no nos hayan pillado ni tan directamente ni tan cerca. Todos sabemos que las sangrientas dictaduras latinoamericanas que han existido a lo largo de las últimas décadas no hubieran podido imponerse sin el silencio cómplice, o incluso la colaboración activa, del gobierno de Washington. Ahora mismo, en Colombia existe un gobierno bajo el cual se producen tres mil asesinatos políticos anuales, muchos de ellos causados por escuadrones paramilitares vinculados al Poder, y las potencias occidentales, tratan a ese gobierno como colega.
Nos planteamos ahora cómo parar el avance del fascismo. No nos dejemos atrapar por las palabras ni nos encerremos en un debate académico. El peligro es concreto: estamos hablando del avance de quienes desprecian las libertades públicas e individuales, de quienes hacen lo posible por socavarlas, de quienes, llegado el caso y si les fuera posible, estarían dispuestos a enterrarlas.
Vistas así las cosas, el avance del fascismo no se circunscribe a los éxitos bélicos de los criminales serbios, a los progresos del zafio Zhirinovski, al espaldarazo electoral de los neofascistas italianos o de los lepenistas franceses, al auge de los neonazis alemanes o a las agresiones, cada vez más descaradas y continuas, de las bandas racistas en el conjunto de Europa. Todo eso es muy grave y es muy preocupante. Pero no agota la cuestión, ni mucho menos. Es necesario referirse también a la contribución que los Estados occidentales, una parte de sus servidores, y sectores importantes de la opinión pública supuestamente demócrata, al caldo de cultivo de esas actitudes y esos hechos.
Esa contribución tiene dos vertientes, estrechamente relacionadas entre sí:
En primer lugar, la degradación de las intituciones democráticas por la vía de la corrupción política y de su utilización para fines estrechamente partidistas, cuando no de medro personal, al igual que el creciente distanciamiento de los órganos de Poder político con respecto a la sociedad civil, desprestigian la democracia, le hurtan el afecto de los ciudadanos y abren un amplio campo de juego a los demagogos que patrocinan sistemas pretendidadamente nuevos y mágicos.
En segundo término -que en parte es el mismo-, el constante reforzamiento de los mecanismos de control político de la población y de los aparatos policiales orwellianos, la adopción de leyes que limitan cada vez más el ámbito de las libertades, lo mismo que la tendencia a la «bunkerización» ideológica y material de las sociedades occidentales frente a las migraciones procedentes de los países pobres, aproximan a los poderes políticos democráticos y a sectores numerosos de las propias sociedades occidentales a las señas de identidad ideológica del fascismo: prioridad del orden sobre la libertad, rechazo de las opciones minoritarias en todos los campos de la existencia colectiva o privada, xenofobia... La contaminación de esos contravalores fascistas que han sufrido las legislaciones y la ideología dominante de los países democráticos confiere al fascismo una legitimidad social que es muy peligrosa.
Aunque todavía no esté planteado en esos términos, creo que existe de hecho un debate de fondo sobre el modo en que debe plantearse la lucha de los demócratas contra «el fascismo que viene», o sea, sobre cómo evitar que venga. Es un debate que, en términos similares, se planteó también en vísperas de la II Guerra Mundial. ¿Cómo frenar el auge del fascismo?
En mi opinión, sólo hay un modo realmente eficaz de hacerlo: no cediéndole terreno, ni directa ni indirectamente. No cederle terreno directamente significa que hay que frenar su ofensiva exterior por todos los medios, incluyendo, si es necesario, los militares. Y no cederle terreno indirectamente significa no permitir bajo ningún concepto que el sistema democrático se degrade, sea por la vía de la corrupción política, sea por la de su corrupción ideológica, esto es, por la vía de su propia fascistización.
Ése es el modo en que, a mi entender, debe combatirse al fascismo. La otra opción es la que, ya desde el Imperio romano, se ha refugiado siempre detrás del enunciado: «Prefiero la más corrupta de las democracias a la más incorruptible de las dictaduras». La opción resulta aparentemente atractiva, pero es engañosa. En primer lugar, porque, cuando la democracia se corrompe, se pudre y abona el terreno a la dictadura. Y en segundo término, porque no hay dictadura que sea incorruptible: las dictaduras son todas esencialmente corruptas.
Con ese criterio no se defiende la democracia; tan sólo se contribuye a justificar la corrupción.
Quienes creen que criticar la corrupción de y en la democracia, la degradación de sus instituciones y la fascistización de sus leyes y sus prácticas facilita el auge del fascismo, porque desacredita el sistema, cometen un grave error: el descrédito no proviene de la denuncia de esos hechos, sino de su existencia. Es precisamente su denuncia radical y temprana lo que puede pemitir cortar por lo sano cuanto antes, esto es, cuando aún queda mucho sano. El ejemplo de Italia no puede ser más elocuente: fue la prolongadísima permisividad hacia las situaciones de corrupción lo que llevó a que, llegada la hora de cortar, hubiera que cortar tanto y en tan difíciles condiciones.
En el plano internacional la opción es la misma. Julliard ridiculiza las prevenciones que han tenido las potencias de la Unión Europea a la hora de atajar el expansionismo de los «limpiadores étnicos» serbios. Tiene razón. No es contemporizando con sus avances y resignándose al derecho de conquista como se logrará acabar con la guerra. Porque quizá pueda pararse momentáneamente ésa, pero se habrá creado un terrible precedente que animará a emprender otras, sea a los propios expansionistas serbios, sea a otros que de momento están más o menos agazapados.
En todo caso, la iniciativa de Julliard marca un camino justo: no hay que dejar la lucha contra el fascismo en mano de los gobiernos de nuestros países. Los intelectuales antifascistas, lo mismo que los demás creadores de opinión que compartan sus inquietudes, tienen el deber de presionar sobre quienes ocupan el Poder para que sean coherentes con los principios de la democracia, tanto en el plano interior como en el exterior.
Javier Ortiz. Extraído del libro Jamaica o muerte (2 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2019.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/02 07:00:00 GMT+1
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1994/06/01 07:00:00 GMT+2
Xabier Arzalluz preguntó hace días a un grupo de incondicionales: «¿Tengo yo cara de ladrón?». Como era de esperar, le contestaron que no.
Ahí está la cosa. Los ladrones no tienen rasgos faciales específicos. Por eso hay ladrones. Si llevaran el latrocinio escrito en la cara, todo el mundo los descubriría nada más verlos, y la policía los detendría a la primera de cambio, con lo que nadie se animaría a ser ladrón, y entonces no habría ladrones, con lo que nadie podría tener tampoco cara de ladrón.
En realidad, los seguidores del presidente del PNV le hicieron un flaco favor al asegurar que no tiene cara de ladrón. Porque ésa es una de las características más típicas de los buenos ladrones, en general, y de los especialistas en el arte de la estafa, más en concreto. Un tipo con aspecto torvo y mirada huidiza es poco probable que estafe mucho. Para estafar con eficacia hay que dar impresión de buena gente.
Se quejaba de ello hace poco una vecina mía, a la que una mocita que parecía embarazada, «con una pinta estupenda», le timó 50.000 pesetas fingiendo que había sufrido un accidente con su automóvil y que tenía que alquilar una grúa y pagar un montón de cosas más. «¡Parecía tan buena chica!», se lamentaba mi vecina. Claro: si hubiera parecido una estafadora, ella no le habría dado ni un duro. Los timadores profesionales son así: tienen aire de no haber roto un plato en su vida y de ser totalmente de fiar. Son muy buenos actores, hacen su papel estupendamente y dan el pego.
Eso es lo que más me desespera de nuestra actual situación política. Si Arzalluz desprendiera un halo de angelical beatitud, si González poseyera una mirada desbordante de nobleza y un verbo suave y envolvente, y si Pujol y Matutes parecieran los campeones ex æquo de los Juegos Mediterráneos del Desinterés, entendería que hubiera mucha gente que se fiara de sus promesas y les diera su voto. Pero que lo consigan con tan pobres y manidas artes, y que lo logren una y otra vez, dice muy poco a favor de nuestra sagacidad media.
Afirma el proverbio árabe que, cuando alguien te engaña en una ocasión, la culpa es suya, pero que si te vuelve a engañar, la culpa es ya tuya. Me parece excesivamente bondadoso. Cuando el engaño es tan rematadamente burdo, la culpa es tuya desde el principio. Es como en el viejísimo timo de la estampita: así sea la primera vez que traten de hacértelo a ti, tienes que ser un perfecto panoli para picar.
No; ni Xabier Arzalluz ni los otros tienen cara de ladrones. Lo que sí tienen es cara, a secas. Hay que tenerla de cemento para volver una y otra vez al mercado electoral a vender baratijas a guisa de joyas.
Pero no les culpemos a ellos. Si hay tanta gente dispuesta a seguir comprándoles sus baratijas a precio de oro, ¿por qué habrían de echar la persiana al negocio?
Javier Ortiz. El Mundo (1 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de junio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/06/01 07:00:00 GMT+2
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