1994/05/28 07:00:00 GMT+2
Se supone que las campañas electorales sirven para que la ciudadanía conozca qué pretende cada candidatura.
Se supone. Pero se supone mal. Es justo al revés.
Los partidos políticos, como los hombres, no se definen por lo que dicen, sino por lo que hacen. Y eso es algo que no se dirime en quince días, sino a lo largo de todo el año. De todos los años. Y no se decide con coloridos carteles, spots con musiquitas ramplonas, promesas etéreas, berridos mitineros y consignas más o menos ingeniosas, sino con resultados prácticos.
Tenemos todos, a estas alturas, información más que suficiente sobre el PSOE, el PP, Izquierda Unida, CiU, el PNV y todos los demás. Y quien no la tenga es o porque no se entera, o porque no le interesa enterarse, o porque la sesera no le da para más: nada que pueda remediarse en una quincena. Si durante meses y meses le han pasado por delante toneladas de hechos de todo tipo -errores y aciertos, análisis lúcidos y pavadas descomunales, muestras de obvia honradez y sinvergonzadas como castillos- sin que él haya sido capaz de sacar conclusiones, es que su empanada no tiene remedio.
El objetivo real de las campañas electorales no es que la ciudadanía se entere de qué son o dejan de ser los partidos, sino conseguir que el personal se obnubile y olvide lo que ya sabe.
Claro que no es igual para todos. El interés de cada partido por las campañas electorales es, de hecho, directamente proporcional al volumen de lo que necesita que olviden los electores, o sea, de lo que debe disfrazar ante ellos. Por eso los dirigentes del PSOE cifran tantas esperanzas en la campaña, y por eso también los de IU la afrontan con tanta prevención.
La cantidad de dinero que se funden es otra señal de lo mismo. No me dirán ustedes que el PSOE se va a pulir todo lo que la Ley le permite -si es que no más- porque necesita darse a conocer. Tampoco se lo va a gastar, como pretende, para que nos enteremos de su programa europeo. Primero, porque el grueso del presupuesto no proyecta dedicarlo a nada que permita demasiadas explicaciones (piensa gastar 180 millones en vallas, banderolas y carteles; 125 en anuncios en prensa y radio; 110 en actos y mítines... y tan sólo 75 en dípticos, programas y folletos). Y segundo, porque tampoco tiene gran cosa que explicar: su programa para el futuro europeo consiste básicamente en seguir haciendo lo mismo que hasta ahora.
Observo la próxima quincena con desaliento. ¿Conseguirán que el personal se olvide de cómo son en realidad? Sería penoso.
Si de mí dependiera, prohibiría las campañas electorales. Y, en vez de una jornada de reflexión, haría que hubiera quince.
Porque aquí lo que falta es reflexión. Los partidos ya han dicho -y hecho- demasiado.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/28 07:00:00 GMT+2
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1994/05/25 07:00:00 GMT+2
La anti-salvedad fue obra de Cervantes: «...Y había allí una piara de cerdos, sin mejorar lo presente...». Ganas da de repetirla hoy ante muchos.
La moda que hace ahora furor, y que lleva a la pasarela de la gran cochiquera patria a casi todos los presuntos implicados, consiste en protestar/pretextar horror por las «comparaciones odiosas». A Rafael Vera le molesta que lo comparen con Luis Roldán; a Mariano Rubio le deprime -aún más- que el gran público le haga actuar en la modalidad de parejas con el fugitivo -debe pensar que él es manco-; el alma de Alfonso Guerra se la llevan todos los diablos cuando se le cita como antecedente de Luis Ramallo... Y en fin, last but non least, Su Excelencia don Felipe González se pone como una fiera corrupia ante el menor intento de asomarlo al escaparate junto a Sus Excremencias Carlos Andrés Pérez y Bettino Craxi.
Apelan al refranero y pretenden que todas las comparaciones son odiosas. Pero no se dan cuenta de que, de ser odiosas, lo serán para ellos, que no acaban de verse con la misma falta de entusiasmo con que les vemos casi todos los demás. Si se les compara, es por una razón la mar de simple: porque resultan perfectamente comparables.
En realidad, lo absurdo sería no compararlos. Vera y Roldán eran, ambos dos, mandamases de la Seguridad del Estado, y hoy están, cada uno a su modo, en la reserva activa. Rubio y Roldán también merecen el parangón: los dos protagonizan un episodio de esos que ahora se llaman «casos», y parece claro que son un caso. Guerra y Ramallo se asemejan también, en un punto al menos: en su aburrida contumacia viperina, ágrafo el andaluz, pese a sus ínfulas literarias, desafortunado émulo de Castelar el extremeño.
Pero, si es justo que la opinión pública asocie entre sí a todos los anteriores, mucho más lo es que ponga en paralelo a González, Pérez y Craxi. Hay entre ellos muchas semejanzas y muy escasas diferencias: líderes indiscutibles de sus respectivos partidos los tres; los tres prohombres de la Internacional Socialista; los tres ascendidos al Gobierno en medio de gran euforia y aún mayor esperanza; los tres tan retóricamente ajenos a las codicias mundanas como sospechosamente rodeados de amistades adineradas a partir de su llegada al Poder; los tres íntimos entre sí...
González, CAP y Craxi son casi como tres gotas de agua. ¿Qué los distingue? Formalmente está claro: que al venezolano y al italiano los persigue la Justicia, en tanto el español sigue incólume.
Pero no. Eso es anecdótico. La gran diferencia estriba en que, mientras los otros dos se quedaron sin el Poder, éste lo conserva.
Si González perdiera el trono gubernamental como lo perdieron Craxi y CAP, quizá los problemas con la Justicia le vinieran pronto también a él por pura añadidura.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2013.
Nota: hoy se cumple el cuarto aniversario del fallecimiento de Javier Ortiz. ¡Te queremos!
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/25 07:00:00 GMT+2
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1994/05/21 07:00:00 GMT+2
Con la enorme cantidad de «libros de cómo» que han visto la luz en los últimos tiempos -de ésos de «cómo hacer esto sin que te pase lo otro»-, parece mentira que a nadie se le haya ocurrido publicar el que ahora mismo se vendería mejor: «Cómo escapar del PSOE sin dejarse las plumas en el intento».
Ser del PSOE no es lo mismo que tener carnet del PSOE. Hay militantes del PSOE que son de una honradez intachable. Hace unos días, llamó uno al programa de Luis de Olmo: se identificó como militante socialista de toda la vida, anunció que quería hablar de la corrupción imperante, hizo una pausa... se echó a llorar y colgó. Los conozco que no se dan de baja en el partido solo porque confían en que algún día no muy lejano la dirección cambiará de manos y, por las mismas, de orientación. Pero para los otros, para ésos que no militan en el PSOE sino que «son» del PSOE, la adscripción socialista no ha sido más que un trampolín para su medro personal.
-Y tú ¿qué? ¿Todavía no estás en el PSOE? -me preguntó hace unos años el dueño de un conocido restaurante madrileño frecuentado por ministros y ejecutivos.
Le respondí que esa eventualidad no figuraba entre mis proyectos a más corto plazo.
-Pues muy mal, muy mal -me dijo-. Así nunca llegarás a nada, hombre.
Ni se le ocurría que alguien pudiera estar o dejar de estar en el PSOE por razones políticas o ideológicas. El hablaba tan sólo de «llegar».
Y llegaban, vaya que sí. A unos el partido les daba la oportunidad de demostrar que valían. A otros, de que daba igual que no valieran. Todos llegaban. Y muy fácilmente.
Demasiado. ¡Les iba tan bien! ¡Resultaba tan sencillo! ¡Tenían tan adecuadamente neutralizados los mecanismos de control de todo! ¡Lograban tan cómodamente las mayorías necesarias para aprobar proyectos, otorgar subvenciones, asignar obras, apañar concursos, amañar oposiciones, contratar a dedo, decidir programas, obtener créditos! Para los que contaban con el salvoconducto del PSOE, esto no era España: esto era Jauja.
Les era todo tan rematadamente fácil... que remataron demasiadas cosas por la brava. Con hilvanes.
Y ése es el origen de sus males actuales. Así que la Prensa se ha puesto a tirar fuerte, los hilvanes han empezado a soltarse. Y se están quedando con las vergüenzas al aire.
Con lo cual el problema que para muchos ha pasado a primer plano es el que planteaba al inicio: ¿cómo abandonar ese transatlántico antes de que la siguiente vía de agua sea la del propio camarote?
Sin dármelas de profeta, puedo anunciar cómo acabará resolviendo su papeleta más de uno: echándose rápidamente en brazos del PP.
Y es que hay gente que no está ni con el PSOE, ni con el PP, ni con nadie: que estará siempre, pase lo que pase, con el que esté.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/21 07:00:00 GMT+2
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1994/05/18 07:00:00 GMT+2
Sostiene Felipe González que no puede dejar el cargo, porque su marcha abriría un periodo de crisis e incertidumbres para el país. Anguita ve en ello una prueba de cesarismo. Y está claro que lo es. Pero la afirmación encierra otras revelaciones.
Supone admitir, para empezar, que todo los que nos dijo hace unos meses sobre José María Aznar como «alternativa real» no tenía otro destino que engatusar al líder del PP. Como no lo logró, se acabó la alternativa: ya sólo queda un hombre «indigno» de alcanzar la Presidencia. Vaya por Dios.
Pero la afirmación de González implica también, y sobre todo, la confesión de su fracaso como líder. Porque, al pretender que no hay nadie, ni siquiera en las filas del PSOE, que pueda sucederle sin problemas, está reconociendo que en los doce años que lleva al frente del Gobierno no ha hecho algo que figura entre los deberes de todo dirigente: preparar su sucesión. Político o no, quien ocupa un cargo de alto mando tiene la obligación de ayudar a la formación de otros que puedan reemplazarlo en caso de necesidad. Porque, como nos ha demostrado hace poco -y muy involuntariamente- el líder de los laboristas británicos, John Smith, uno puede evaporarse de golpe y porrazo. Y si uno se va al otro barrio, pasa a ser prescindible a toda velocidad. Imaginemos que González no deja el cargo por el «caso Rubio» o por el de Roldán, o porque Garzón, ahora que se ha dado un garbeo por Interior y ha podido cotillear en la caja de los fondos reservados, logra despejar de una puñetera vez la X de la ecuación de los GAL, sino porque la llama peruana que pace en La Moncloa junto a los bonsais, desconsiderando el hecho de que su dueño es imprescindible para los destinos patrios, le arrea una certera coz en el occipucio y lo deja seco. ¿Habrá de quedar el país entero sumido en la crisis y la incertidumbre sólo porque al líder carismático no le ha dado la gana de establecer las previsiones sucesorias, que decía el otro?
La muy cesárea afirmación de González evidencia que, una de cuatro: o no se ha preocupado de preparar a alguien para que pueda sucederle, o hubiera querido hacerlo pero no ha encontrado candidato, o no lo ha hecho porque estaba en contra... o una mezcla de todo ello.
Desde que llegó a La Moncloa, González siempre ha desconfiado de todo aquel que pudiera competir con él. Sólo ha querido a su lado fieles servidores. Cada vez que alguien ha mostrado capacidad de liderazgo y pensamiento propio, se lo ha quitado de encima -es decir, lo ha expulsado hacia abajo-. Ahora mira a su alrededor y ve consternado que sólo le quedan o mediocres que no valen sino para lacayos o conspiradores patibularios a los que nadie votaría.
Se empeñó en que nadie pudiera hacerle sombra. Ya lo ha logrado. Pues que se queme al sol.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/18 07:00:00 GMT+2
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1994/05/14 07:00:00 GMT+2
A punto de irme a la cama, derrengado, en calzoncillos, sitúo mi triste figura ante el espejo. ¡Loado sea Dios! Menos mal que no hay nadie que pueda fotografiar mi desvencijada estética: a lo peor el día de mañana alguien publicaba las fotos, y todo quisque se metía a criticar mis curvas à poil y mi alopecia, tomadas como prueba fehaciente de mi innata sordidez.
Es un riesgo que, obviamente, no corren quienes han hecho estos días escarnio de Luis Roldán a costa de las fotografías de su «orgía»: ellos están provistos de un tipazo que haría empalidecer de envidia a Richard Gere, y ellas es obvio que decidieron dedicarse al cotilleo por pura condescendencia, para que los productores de cine y los modistos no despidieran a patadas a Michelle Pfeiffer, Linda Evangelista y todas las otras. Por eso pueden permitirse hablar de lo ridículo que está Luis Roldán desnudo, calvo y adiposo; de la horrible celutitis de una de sus compañeras de «orgía» y de la cutre cicatriz de cesárea de la otra.
Pero, aunque su gran belleza les permita mostrarse crueles con el físico de los demás, deberían ser un poquitín más caritativos. Los feos también tenemos nuestras necesidades y nuestros apetitos. No podemos estar siempre vestidos. Y ocurre que en ocasiones, incluso, nos topamos con gente a la que no le repugna del todo que nuestro físico vulnere los cánones de la belleza griega. Y hasta son capaces de contemplar nuestra desnudez sin sentir arcadas.
Otra objeción con destino a estos escandalizados: quizá sean expertos en belleza, pero de orgías no tienen ni pajolera idea. En una orgía que se precie, el personal no anda tapándose púdicamente las intimidades, ni posa mondado de risa ante la cámara. O mucho me equivoco, o lo que se contempla en las fotos de marras no son sino escenas de un «juego de prendas» de los que a menudo se celebran en reuniones de amiguetes. Roldán y los suyos se divertían así. ¿Y qué? Con eso -estrictamente con eso- no hacían daño a nadie, por feo que se le vea a él y por celulíticas que aparezcan ellas.
Me repele que se ataque a la gente por su aspecto físico. No soportaba que al general Franco se le ridiculizara por bajito, cuando había tantos motivos éticos para hacerlo. Me indignó que se gastaran bromas con la gordura del golpista García Carrés. Y me puso a cien que Beiras zahiriera a Fraga por viejo. Con lo de Roldán me pasa igual: para condenarlo, me basta y me sobra con el daño social que ha causado. Su fisonomía y su vida sexual me son indiferentes.
Escarnecer a una persona por aquello que no elige -su físico- o por los aspectos de su intimidad que a nadie dañan -si se lo monta así o asao, con dos o con cien-, es tan zafio como reaccionario.
Quienes han incurrido en esa bajeza sí que han mostrado sus feas vergüenzas en público.
Ellos sí que se han retratado.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/14 07:00:00 GMT+2
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1994/05/11 07:00:00 GMT+2
Los más reputados expertos en antifelipismo discuten sobre qué conviene más a su causa en estos momentos.
El debate es de lo más animado. Se plantean dos posiciones básicas: la de quienes consideran que es mejor que González dimita ya, y la de aquellos que creen preferible que continúe por un tiempo.
Según estos últimos, el prestigio del máximo líder del PSOE está deteriorándose a tal velocidad que basta con que siga en las mismas durante unos pocos meses para que el personaje se hunda ya del todo y para siempre.
Los primeros, sin desdeñar lo bien fundado del argumento, creen que encierra un riesgo excesivo. Opinan que más vale pájaro en mano. Tienen miedo. Piensan: ¿y si, por circunstancias imprevisibles, González consiguiera recuperarse?
Situado ante ese dilema, casi me apunto a la posición de quienes prefieren que la agonía política de González se prolongue cuanto sea preciso.
Por dos razones.
La primera no es de carácter social, sino individual. Sostengo que se debe respetar escrupulosamente el derecho a la autodeterminación de las personas. Si Felipe González desea ahondar más y más en su descalabro, no seré yo quien se oponga a ello. Muy al contrario.
La segunda razón es política. Si de veras existe el peligro de que la mayoría de la población olvide todo lo que ha ocurrido y acabe devolviendo a González el tanto de confianza que le ha retirado en estos últimos meses, prefiero que lo haga.
Aún estoy bajo los efectos de las declaraciones que hizo el lunes Garzón. Casi hubiera preferido que el ex/pre/juez se mantuviera en sus trece. Que se hubiera resignado a perpetuarse como secretario de Estado... qué sé yo: de Vicetiples Contra la Droga, sin ir más lejos. Lo que me inquieta y desconcierta, lo que me desazona infinitamente, es que aquel que investigó la trama de los GAL, el mismo que supo -aunque no tuviera la audacia de probarlo- quién estaba detrás de la nada enigmática «X» responsable de tal intolerable pestilencia, haya podido realmente dejarse engañar durante meses por un personaje de cuya perversidad tanto sabía.
Me siento capaz de luchar contra los canallas. Sé de qué van. Y no me asusta perder en el combate. Es lo normal. La imbecilidad, en cambio, me supera. Si después de todo lo visto, desde Juan Guerra a Roldán y Rubio, la mayoría está en el alero, y aún puede González ganarse su aprecio, es que ése es el hombre que debe gobernar en este país. Porque es el presidente que se merece. El más adecuado.
No hay el menor riesgo en dejar que González siga hundiéndose. Porque, una de dos: o de ese modo logra que se le eche a patadas para siempre, o quedará claro que está muy bien donde está. Y que su próximo eslogan electoral sea ya directamente el muy celtibérico «¡Vivan las caenas!».
Javier Ortiz. El Mundo (11 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/11 07:00:00 GMT+2
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1994/05/07 07:00:00 GMT+2
Ya que no en otros, hay un terreno en el que González se ha desenvuelto durante doce años como pez en el agua: en el de las palabras. No quiero decir que hable bien. Al contrario. Lo suyo no es utilizar las palabras para comunicar ideas, sino servirse de ellas para levantar una cortina de humo que dificulte a los demás la cabal percepción de la realidad.
Su primer éxito en este terreno lo logró con la consigna que le llevó a La Moncloa: «Por el cambio». A muchísimos les sonó a gloria. A otros nos sumió en una perfecta perplejidad. Nos preguntábamos: «¿El cambio? ¿Qué cambio? ¿El cambio de qué? ¿Para sustituirlo por qué?». Pero él no lo aclaraba. Y no lo aclaraba porque no podía: ¿cómo iba a decir que «el cambio» no era de cosas, sino de personas; que de lo que se trataba era del cambio... de Suárez por González?
Desde entonces ha seguido igual. Recordarán ustedes lo de «OTAN, de entrada no». ¿Qué quería decir eso? Cualquier cosa. Por eso lo dijo. Lo mismo que sus discursos sobre la CE, basados siempre en vaguedades, trapacerías y fetiches verbales. Me acuerdo del esfuerzo que invertí en su día tratando de convencer a mis próximos de que no usaran el término «Europa» para referirse a la CE. Inútil: todos cayeron en la trampa de González, entrando a discutir si nos convenía o no «pertenecer a Europa», como si los fenómenos geográficos se pudieran decidir a la carta.
González ha aguantado doce años en su puesto atrincherando sus desmanes detrás de palabras. Una vez tras otra, sus discursos han agigantado lo bueno, minimizado lo malo, acicalado lo impresentable, vuelto la necesidad virtud, demorado lo inaplazable, enajenado los propios errores, patrimonializado los aciertos de los demás... Y, como una y otra vez ha logrado parar de ese modo los golpes que se le venían encima, una y otra vez ha hecho lo mismo.
A más golpes, más trampas. Con lo cual su producción última ha alcanzado extremos inigualables. Los dos mejores de los últimos días han sido el que fabricó para sus allegados Solchaga y Corcuera -la historieta ésa de «poner el cargo a disposición del partido»- y el todavía mejor que se ha reservado para sí mismo: el rollo patatero de «asumir las responsabilidades». Se lo oímos anteayer ad nauseam. Todo se va desmoronando a su alrededor... y él se limita a cubrir las bajas que la realidad ha causado en su guardia pretoriana y cubre el expediente afirmando -eso sí, con gesto la mar de solemne- que asume «plenamente» «todas» sus responsabilidades. ¿Y eso qué es? ¿En qué se traduce? Pues en que, acabado el paripé, se vuelve a La Moncloa, con la llama y los bonsais, que es lo único que le importa.
¿Cuánto tiempo seguirá en sus trece? Cualquiera sabe. Lo mismo tres días que tres años. Seguirá tanto tiempo como el pueblo, supremo juez terrenal, tenga a bien permitirle continuar en libertad bajo palabra.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de mayo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/07 07:00:00 GMT+2
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1994/05/04 07:00:00 GMT+2
Comí ayer con mi amigo Gervasio Guzmán, que estaba impaciente por tener noticias de primera mano sobre el fugitivo Roldán.
-¿Dónde lo tenéis? -me soltó nada más verme. Gervasio ha visto muchas veces Primera plana, de Billy Wilder, y se piensa que los periodistas que consiguen localizar a un escapado de la Justicia lo esconden siempre por su cuenta, a poder ser en algún mueble.
Le contesté que no tengo ni la más mínima idea de dónde puede estar. Pero ya sabía que no me iba a creer. La experiencia me ha demostrado que Gervasio, como tantos otros, está siempre dispuesto a aceptar las explicaciones más alambicadas, pero de ningún modo las más simples.
Una vez comprobado que no me iba a sacar nada, me comunicó que él tenía una teoría. Le pedí que me la explicara.
Empezó en plan literario:
-¿Recuerdas aquel poema de Bertold Brecht que dice: «General, tu tanque es poderoso. Pero tiene un defecto: necesita un conductor»? Estoy convencido de que eso es lo que por ahora salva a Roldán.
-¿Ah, sí? ¿Cómo? -repliqué.
-Pues está muy claro. Te daré los dos elementos de mi reflexión. El primero: la investigación que hizo el entonces juez Garzón sobre los GAL demostró que esa banda tenía en su cúspide a un señor, al que él llamo «X». Ese Señor X puso en marcha los GAL porque pensaba que es válido cualquier método -incluido el asesinato- cuando se trata de proteger un bien superior. Como sabes, el Señor X no fue ni detenido ni procesado. Está libre. En posición de seguir actuando.
No entendía ni jota, pero dejé que continuara con su historia.
-Segundo elemento de mi reflexión: imaginemos que, dentro del lote de basura que Luis Roldán amenaza con desvelar, se encuentra la verdadera identidad del Señor X. A nada que el Señor X medite sobre su situación, se dará cuenta de que Luis Roldán representa un gravísimo peligro para él. Que su problema no es que esté huído o en la cárcel. Que su problema es que pueda hablar. Que exista.
En ese punto, Gervasio levantó su copa y se quedó mirando el vino con aire beatífico.
-¿Y qué tiene eso que ver con el poema de Brecht? -le pregunté.
-Pues me parece evidente. Yo no dudo de que, si el Señor X pudiera, ordenaría quitar a Roldán del medio. Suicidarlo. Total, ¿qué más le da, un muerto más o menos? Pero no puede realizar «el trabajo» en persona. ¿Y quién le asegura que el que lo realizara por encargo suyo no acabaría por chantajearlo o por traicionarlo? Esa es la cosa: «el tanque» del Señor X necesita un conductor. Y es difícil que lo encuentre. Pero, ojo, no os fiéis. Ya mandó matar una vez. Es un paranoico criminal.
Dejé a Gervasio con sus teorías. ¡Qué cosas tiene! Cree que la vida es como las novelas de Le Carré.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de mayo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/05/04 07:00:00 GMT+2
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1994/04/30 07:00:00 GMT+2
Aquí todo el mundo exige dimisiones a voleo. Muchas, en general, y la de Solchaga en particular. No estoy de acuerdo.
Para empezar, si Solchaga se va, el PSOE tendrá que poner a otro al frente del grupo parlamentario. Y es difícil que ese otro mienta tan bien como Solchaga. El término «parlamentario», como descubrió el sagaz Boris Vian, viene del francés parlementaire y es resultado de la contracción de dos palabras: parler (hablar) y menteur (mentiroso). Solchaga lo hace como nadie, si se exceptúa a González, que está para otros menesteres. Don Carlos es un excelente parlamentario. No diré que grande, pero sí excelente.
Lo cual me conduce directamente a la cuestión del tamaño, asunto que no quisiera pasar por alto, dicho sea en el más literal de los sentidos. A Solchaga lo llaman «el enano de Tafalla», y eso es algo que llevo fatal. Lo considero innecesariamente ofensivo tanto para los naturales de Tafalla como para los enanos y demás bajitos, entre los que me cuento. De reprocharle algo a este respecto, debería ser lo contrario. Ha desaprovechado lastimosamente su natural. Los bajos, como vemos muy a ras de suelo cuanto sucede, estamos mejor capacitados para percibir la realidad. Un bajito como Solchaga que cuando no está en las nubes se comporta como un estafador por todo lo alto es, por encima de todo, un hombre que no está a la altura.
La dimisión de Solchaga tendría dos virtudes. Una, moral: está bien que pague por su acendrada perversidad. La otra, política: si el ex ministro se quita de enmedio, González no podrá seguir usándolo a modo de escudo protector.
Pero, fuera de estas ventajas -reales, pero relativas-, no le veo mayores gracias a su dimisión. Y sí, a cambio, peligros ciertos. Por ejemplo: si Solchaga abandona el Parlamento, lo mismo se mete a dirigir una empresa, lo que sólo podría acabar en desastre. Yo creo que con el paro que hay nos basta y nos sobra. Está también el peligro nada desdeñable de que, si se va Solchaga, pongan de presidente del grupo parlamentario al Caldera ese que bramó el otro día en la tribuna del Congreso. ¿No se dan cuenta del gravísimo daño que tal cosa haría a nuestra joven democracia? Los diputados, de suyo proclives al absentismo, ya no irían jamás al Parlamento. Se quedarían en casa, como Roldán, alegando que les deprime aguantar a un señor que tiene fijación por las desventuras que pasó en Castilla y León cuando virreinaba allí José María Aznar.
Hay que cortar con esta manía que nos ha entrado de reclamar dimisiones a troche y moche. ¿Por qué han de dimitir los responsables políticos que cometen barbaridades? No olvidemos que el historial de disparates del PSOE es muy anterior al 6-J. ¿Quién nos dice que los votantes de los socialistas no los quieren tal cual son? Otrosí: ¿quién nos dice que los sustitutos de los dimitidos van a ser mejores? Y, en fin: ¿por qué reclamar que se vayan poco a poco y de uno en uno?
Javier Ortiz. El Mundo (30 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/30 07:00:00 GMT+2
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1994/04/27 07:00:00 GMT+1
Domingo, 24 de abril. En la mesa de al lado, en la terraza de la cafetería, dos parejas hablan sobre la corrupción. Alaban el papel fundamental que está jugando la Prensa. A gusto me metería en la charla para criticarles por sus loas a la Prensa, en general. Desearía recordarles que, mientras algunos periodistas -pocos- nos liábamos la manta a la cabeza, otros transigían con el intento de inventar una ley que nos amordazara (ay, la «difamación»), y nos calificaban de «amarillos» y pedían que se nos atara a un código «deontológico».
Pero guardo silencio. Por respeto a la intimidad.
A la mía.
Lunes, 25 de abril. Julio Anguita critica que se hable de «la clase política». Afirma que no hay más clases que las sociales. Fueron los reduccionismos simplistas de este tenor los que hicieron decir a Marx: «Yo sólo sé que no soy marxista».
La gran mayoría de los políticos profesionales actúan en la práctica como colegas. Es corriente verlos moverse en alegre compadreo, y hasta defender conjuntamente sus intereses corporativos, más allá de sus diferencias partidistas. Por ejemplo, en materia de sueldos. A veces no solo parecen una casta, sino también una clase... de escuela. «Nosotros no somos delatores», dijo hace poco alguien del grupo mixto, que había denunciado el voto irregular de varios diputados socialistas, cuando se le pidió que diera los nombres. Se calló. Claro: está feo chivarle al profe las trastadas de los compis.
Martes, 26 de abril. La columna avanza lenta bajo los primeros ocres del día. A su frente, un vehículo de la Guardia Civil hace destellar una luz anaranjada. Otro cierra el breve cortejo. No vigilan la marcha de protesta. Se limitan a protegerla de los coches que silban a su lado y enfilan hacia la cercana capital, indiferentes bajo el cielo de plomo.
Vienen de Linares. Sí, Linares: ¿ya no recuerdan? Es cierto que eso fue antes de lo de Sudáfrica, antes de lo de Mariano Rubio, antes de lo de las monjas de Ruanda. Pero ellos siguen viviendo, y siguen con su problema a cuestas. Qué quieren: no saben gran cosa sobre medios de comunicación. Vieron que los diarios hablaban mucho de ellos, se emocionaron y tuvieron una idea que les pareció buena: harían dos marchas, una hacia Sevilla y otra sobre Madrid. No contaron con que aquí, en la capital, la gente engulle las noticias a velocidad de vértigo. Por eso las digiere tan mal.
-Tenemos la moral muy alta -oigo por la radio a uno de ellos-. Pero no es lo mismo. A los que van hacia Sevilla los aclaman a la entrada de los pueblos. Aquí, en cambio... -Y se calla. No quiere soltar que «aquí, en cambio», la mayoría se limita a verlos pasar.
¿Y qué se esperaban? ¿No sabían que aquí la gran especialidad de la mayoría es ver pasar? La mayoría lo ve pasar todo. Todo.
Con una sola excepción: Felipe González. Él no pasa.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de abril de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/27 07:00:00 GMT+1
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