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1994/04/23 07:00:00 GMT+2

Escenas del Primer Mundo

Víctima de un arrebato de originalidad impropia de un residente en Madrid, me fui el pasado fin de semana a tomarme un breve descanso a Alicante.

No soy de ésos que hacen las cosas a medias. Dispuesto a llevar mi esnobismo hasta sus últimas y más radicales consecuencias, quedé el domingo con una amiga para comernos un arroz a banda en la soleada terraza de un restaurante de la Explanada y, de paso, charlar sobre la actualidad política.

Pronto pude comprobar que esa misma idea sólo la habían tenido 17.423 capitalinos más.

Opté por hacer abstracción de esa problemática circunstancia y concentrarme en mis dos únicos objetivos: la charla y el arroz.

-¡Alicante tiene una cosa, una cosa tiene Alicante! -me gritó de repente alguien al oído.

Me volví para ver quién hacía tan enigmática proclama, tratando de averiguar de paso por qué la hacía a gritos. Era un caballero entrado en años -y en carnes- que llevaba una guitarra adosada. El aullido de afirmación alicantina era al parecer el modo que tenía de comunicar al mundo su decisión irrevocable de cantar unas rumbas.

Cumplió su amenaza a plena satisfacción (suya).

Pasó acto seguido el platillo y marchó en busca de otras víctimas.

Traté de no dejarme deprimir por el incidente y me dispuse a abordar el primer punto del temario preestablecido («Quiero que hablemos de lo de Cuba, de la crisis del PSOE y de Italia», había dicho mi amiga).

Pero no podía concentrarme. Me lo impedía una mujer que se había quedado parada ante nuestra mesa y que extendía la mano.

-Ande, señorito: deme algo.

Fue solo el anuncio de lo que se avecinaba. A lo largo de los tres cuartos de hora siguientes fueron pasando: seis que se presentaron como enfermos de SIDA -dos de los cuales pusieron mucho interés en que examináramos sus brazos para que quedara claro que no se pinchaban, cosa que distaba de ser evidente-; tres que reclamaron con insistencia que adquiriéramos sus dudosas artesanías; una chica pálida con aspecto de monja fugada del convento que ofrecía estampas de vírgenes; otra del ramo de los claveles, empeñada en regalar uno a mi acompañante («Es que me he quedado con el duende de sus ojos, señora», le dijo, sin importarle que mi amiga llevara gafas de sol); otra que mostró una determinación de leernos las manos rayana en el más feroz de los fanatismos...

No pudimos hablar de nada, por supuesto. Acabamos el arroz y nos marchamos precipitadamente.

Según nos íbamos, un chico sucio, delgadísimo y cojitranco se acercó a nuestra mesa y afanó el pan que no habíamos comido.

-¿Qué querías comentar sobre lo de Cuba? -le dije a mi amiga.

No me contestó.

En realidad, ninguno de los dos tenía ya ganas de hablar de nada.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de abril de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/23 07:00:00 GMT+2
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1994/04/21 07:00:00 GMT+2

Menos cortesía y más franqueza

Siento gran estima por la buena educación. La buena educación no consiste en conocer cómo se utiliza la pala del pescado y cuándo es correcto recurrir a los dedos para llevarse un alimento a la boca -aunque saber esas cosas tampoco sobre- sino en hacer lo posible por facilitar razonablemente la vida a los demás. No es tanto un conjunto de normas como una actitud personal. Puede tener múltiples reflejos. Verbi gratia, y por referirme a mi medio, se me ocurren dos muestras de buena educación muy poco frecuentes: no interrumpir a los demás cuando hablan y renunciar a los codazos para llegar hasta el whisky y los canapés en los actos públicos. Nada más que con eso, los modales de los periodistas mejorarían la tira.

Pero la buena educación tiene sus límites. Por ejemplo, no obliga a ceder el paso al tipo que nos acaba de robar la cartera. Tampoco prohibe levantar la voz cuando alguien se dispone a asesinar a otro. Elemental, ¿no?

Pues me da la sensación de que nuestros parlamentarios distan de tener clara esa cosa tan elemental.

Tomemos el debate de anteayer y ayer. Salvando el caso de José María Aznar, que se limitó a precisar que no acusaba al presidente del Gobierno de ser un delincuente -y ello porque el Congreso no es el lugar adecuado para formular imputaciones de ese tipo-, todos los otros censores de González pusieron el más feroz empeño en aclarar que ellos dejaban a salvo las buenísimas intenciones del jefe del Ejecutivo. Alguno hubo que afeó incluso al PP sus abucheos, «impropios de la cortesía parlamentaria». Hasta los presuntamente más distantes del criticado, caso de doña Pilar Rahola y don Vicente González Lizondo -quien esta vez no llevaba en el bolsillo una naranja, sino algo aún más raro: una moción de censura sin candidato- se atuvieron a la pauta versallesca: la primera afirmó que ella «sabe» que las intenciones del jefe del PSOE «son buenas» y el segundo que a él le consta que González «quiere a este país». ¿Y cómo es posible que les conste eso? ¿Se han dado un garbeo por las neuroncillas del presidente o lo han deducido de la transparente bondad de sus actos? Nada: pura «cortesía parlamentaria».

Pues bien: respeto por respeto, a quienes primero debe respetar un parlamentario es a sus electores. Y si los electores están indignados con el presidente del Gobierno y consideran que los ha estafado, la obligación del diputado es subir a la tribuna, dejarse de mandangas y decirlo bien clarito. Y si para eso tiene que emplear los términos que la lengua castellana reserva para los individuos que se comportan de mala manera, pues sus y a ellos.

La cortesía, para quien se la merece y gana. No vaya a resultar que, por culpa de la cortesía, se acabe tratando al de Filesa y los GAL como si lo suyo no fuera tan decididamente intolerable.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/21 07:00:00 GMT+2
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1994/04/20 07:00:00 GMT+2

González es un desastre, pero eso no es lo peor

Según las encuestas, la intención de voto a favor del PSOE ha bajado bastante. Parece que el partido de José María Aznar se encuentra ya varios puntos por encima del de Felipe González, y que también Izquierda Unida ha mejorado posiciones a costa de las socialistas. ¿Señal de que «esto se mueve»? Me cuesta verlo así. Deduzco de los resultados de esas encuestas que hay todavía del orden de siete millones de electores dispuestos a votar a González. Después de Mariano Rubio, después de Luis Roldán, después del BOE, después de Filesa, después de Seat, después de Santana, después de la huelga general, después de las tres devaluaciones, hay al menos siete millones que volverían a depositar su confianza en el caballero en cuestión.

Hace dos años, desde lo alto de la misma tribuna desde la que ayer quiso aparecer como abanderado de la lucha contra la corrupción, González declaró: «España no tiene un problema de corrupción, sino de opinión pública». La afirmación me indignó. Ahora -aunque en sentido bien diferente- la hago mía. Si, después de todo lo mucho ocurrido, hay siete millones de ciudadanos que están dispuestos a revalidar el mandato de ese personaje, está claro que el principal problema que tenemos no es la corrupción, sino la incapacidad de buena parte de la opinión pública española para apercibirse de cuándo una situación ha rebasado los límites de lo admisible.

¿Por qué? Por diversas razones. Por desinformación e incultura política: hay demasiados que ni se enteran. Porque no faltan los que prefieren un Gobierno de izquierda, así sea corrupto, a uno de derechas, en cuyas posibilidades de honradez tampoco creen.

Porque otros se aferran a lo conocido, por malo que sea, ante el temor -convenientemente atizado- de que pueda ser peor lo que está por conocer...

Pero no nos engañemos: el asunto no se decide tan sólo en el plano de las carencias o las preferencias ideológicas. No sé cuántos de los siete millones -no hay estadísticas sobre las zonas de sombra-, pero es un hecho que son muchos los que no sienten grandes deseos de que se acabe la corrupción oficial porque ellos mismos viven en el extenso territorio creado por las corruptelas favorecidas o toleradas por la Administración, por miserable que sea muchas veces el beneficio que sacan de ella.

Es una verdad simplicísima, pero con frecuencia ignorada, muy probablemente por amarga: la cuestión no es saber por qué un gobernante es impresentable -impresentables hay en todas las sociedades-, sino cómo puede ser que un impresentable se mantenga como gobernante. Qué condiciones políticas y sociales lo permiten.

González es un impresentable. Es impresentable que el jefe del mismo Gobierno que impidió la investigación del uso de fondos reservados del Ministerio del Interior para financiar a los GAL y costear la comisión de asesinatos -un escándalo que olvidó Aznar en su casi exhaustiva enumeración de ayer, pese a que, para cualquier demócrata sincero, eso es con mucho lo peor de todo, lo más repugnante- trate ahora de presentarse como adalid de la transparencia política. Y es impresentable que el jefe del partido que montó una empalizada en su sede central, en la madrileña calle de Ferraz, cuando llegó a ella un juez para investigar el bochornoso entramado de Filesa desde el que se financiaban sus negocios, pretenda ser ahora el jefe de fila de la lucha contra la corrupción.

González es un impresentable. Pero tiene mucha razón cuando dice que, después de haber demostrado in extenso que lo es -estaba claro para el pasado junio-, ha sido respaldado de nuevo por millones de ciudadanos.

Ese es el gran drama. No que este país tenga por presidente del Gobierno a un estafador, sino que ese estafador cuente con millones de seguidores.

Él es un demagogo, sin duda. Pero eso es secundario. Lo principal es la cantidad de gente que está encantada con que siga mandando ese demagogo. ¿Masoquistas o cómplices? De todo hay en la viña de este señor.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de abril de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/20 07:00:00 GMT+2
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1994/04/19 07:00:00 GMT+2

Crisis de ideales

Todas las crisis, la crisis

La desmoralización de la sociedad española actual es el destilado de un proceso histórico realimentado por factores que se dan por nuevos, pero que lo son sólo parcialmente.

Que la sociedad española actual atraviesa por una «profunda crisis de valores» es ya un lugar común de los análisis de nuestra realidad.

Es harto probable que sus señorías hablen hoy de ello. Convendría que supieran de qué hablan.

Empecemos por preguntarnos por los elementos constitutivos de esa «crisis de valores». ¿Todo el mundo alude a lo mismo cuando emplea esa expresión? No parece.

Hay, sin duda, una idea inicial común: se parte de que, a) para que una sociedad funcione civilizadamente, es necesario que la generalidad de sus individuos interiorice un conjunto de reglas de conducta, consideradas imperativas y esenciales tanto para la convivencia como para la propia satisfacción del individuo, y b) que en la España de hoy esas reglas o no existen o se atienden de modo muy insuficiente.

Pero, una vez efectuado ese tramo de reflexión común, los criterios se bifurcan. Una parte de quienes lamentan esa carencia de valores la achacan a que se han perdido. Otros, en cambio, estiman que los valores que precisa nuestra sociedad no han cristalizado todavía.

Ambas visiones son críticas hacia el presente. Pero, en tanto la primera lo critica desde la nostalgia del pasado (real o mítico), la segunda lo hace desde los principios que se supone fundamentan el presente mismo.

Los síntomas

Cada cual llama la atención, en consecuencia, sobre aquellos fenómenos sociales que estima más sintomáticos y reveladores de que «esto va mal». Haré a continuación un inventario heteróclito de los fenómenos más comúnmente mencionados.

Hay quien pone el acento en la juventud y en sus variadas reacciones de marginalización o desapego social ante la falta de perspectivas, principalmente laborales. Y citan, como muestras extremas, el recurso compulsivo al alcohol y otras drogas como vía de escape de la realidad; la búsqueda de formas de agrupación «transgresoras» como respuesta a la falta de un entramado establecido de participación o al muy escaso atractivo de las posibilidades existentes (caso de las «tribus» urbanas, de las peñas más o menos violentas de hinchas, de ciertas sectas, etc.). O, desde un ángulo muy distante de rechazo, las airadas y masivas protestas de los estudiantes contra un sistema machacona y justamente definido como «fábrica de parados», o la negativa a cumplir el eufemísticamente llamado «servicio militar», sea bajo la forma de objeción de conciencia o bajo la singularísimamente nuestra de la insumisión militante.

Hay también quien prefiere situar su punto de mira en el otro extremo, apuntando hacia los sectores «establecidos» de la sociedad y refiriéndose a comportamientos aún más diferentes, pero tenidos por igualmente inquietantes: el desorbitado culto al dinero y a la ostentación de riqueza -el valor fetichista de los automóviles, las viviendas y las ropas de lujo, de modo especial-; la doble moral, que condena formalmente (pero a la vez rinde culto) a la picardía de quienes son capaces de «arreglárselas» para burlar la legalidad y aprovecharse del clientelismo imperante, según el principio que enseña que «la caridad bien entendida empieza por uno mismo»...

Hay muchos otros síntomas que son tenidos en cuenta, en los terrenos más variados y con los criterios más dispares. No faltan, por ejemplo, los que subrayan que la nuestra es una sociedad que, por descreída, no cree ni en sí misma. Que son legión los que tienen una opinión paupérrima de nuestra colectividad y de sus posibilidades futuras. Que hay quienes consideran que «la idea de España se disuelve» y quienes creen que sigue primando, bajo la piel del Estado de las autonomías, el vetusto esqueleto doctrinal de la «una, grande y libre». Que el prestigio de las instituciones -con el Parlamento y los partidos políticos en primera línea- está bajo mínimos y cubierto por una permanente sospecha de corrupción. Que los hábitos y costumbres de la «España real» van cambiando y siendo socialmente admitidos sin que la «España oficial» se dé por aludida, sea para oponerse (lo que unos quisieran) o para dar debido acomodo a esos cambios (como desearían otros). Que nuestra variedad cultural autóctona ha sido tirada por la borda, dejando los mercados culturales locales en manos de transnacionales foráneas -obligatoriamente foráneas, ya que España carece de transnacionales propias-, que han desplazado o forzado al mimetismo a los productos de generación propia. Que la televisión -las televisiones- se ha convertido en un extensísimo estercolero, que combina la basura de lentejuelas y la chacinería ideológica con la más desvergonzada manipulación informativa...

Para quienes ven la situación actual no como resultado de una inadecuación espiritual a las nuevas estructuras socio-políticas sino como el fruto de un proceso degenerativo de la ética colectiva («Estas cosas antes no pasaban»), hay varios elementos de obligada cita: el crecimiento de la delincuencia sexual, la pérdida del sentido familiar, el descenso de los sentimientos religiosos...

Podríamos multiplicar los brochazos que conforman este sombrío retrato de nuestra realidad. Pero la cuestión no es acumularlos hasta convertirlos en abrumadoramente deprimentes -ya es más que suficiente la creencia de que lo son-, sino tratar de evaluar su entidad real, ordenarlos y explicarlos.

Un retrato real

Lo primero que conviene empezar por precisar es que ni todos estos presuntos «síntomas» son muestra de una crisis real de valores, ni todos existen en la medida que se les atribuye. Los datos estadísticos muestran, por ejemplo, que la delincuencia sexual no crece en España en la proporción galopante que ciertas «alarmas sociales» parecen indicar. Y muy recientes y rigurosas encuestas (vid. el informe de Amando de Miguel, La sociedad española, 1993-1994) evidencian que ciertos supuestos «datos reales» evocados con profusión, como la pérdida del sentido familiar, el divorcio entre padres e hijos, la crisis de la institución matrimonial o la progresiva extinción de la religiosidad, no son tales. Ocurre con cierta frecuencia también que determinados fenómenos que constituyen modas pasajeras y que son asumidos por sectores muy minoritarios, recogidos profusamente por los medios de comunicación precisamente por su carácter exótico -lo de la «ruta del bakalao» ha sido arquetípico-, son rápidamente asimilados por buena parte de la opinión pública como comportamientos catastróficos propios de «la» sociedad actual. En otras ocasiones, se introduce en la lista de lo nuevo (y negativo) actuaciones que no son sino la forma actual que toma la tradicionalísima rebeldía juvenil, quizá ahora más fácil de airear gracias a la mayor permisividad del ámbito familiar. O se incluye en la relación de fenómenos preocupantes elementos que, desde otra perspectiva ideológica, cabe tenerlos por constitutivos de una positiva nueva ética emergente: es el caso de la insumisión o de la creciente aprobación social de opciones sexuales no mayoritarias. En fin, no pocos de los otros «síntomas» arriba descritos bien pueden entenderse, no como un fruto específico de lo que de nuevo tiene nuestra sociedad, sino como resultado de todo lo contrario: del lastre arrastrado del pasado y de su tortuosa acomodación a las condiciones del marco socio-político presente.

El gran pastel

La historia de España a lo largo de las últimas tres décadas presenta algunos rasgos de continuidad que deben ser imperiosamente tenidos en cuenta para comprender los estados de ánimo actuales más extensos y de mayor influencia social. No hay espacio aquí para abordar el asunto con la debida extensión. Me limitaré a enunciarlo en sus elementos principales.

a) La dictadura franquista convirtió el miedo en elemento básico de la psicología social, y el disimulo en rasgo característico de las conductas;

b) En el último tramo del franquismo, también una buena parte de la clase dominante se habituó al respeto formal de unos ritos en los que no creía, o creía cada vez menos. Los cambios económicos y demográficos de los años 60 determinaron una transformación sustancial del escenario social, que aproximó la realidad española a las de su entorno europeo, y muchos actores de la obra que se representaba en la plaza pública -a menudo con consecuencias muy trágicas- eran cada vez más conscientes de su creciente carácter de farsa;

c) El franquismo no se hundió porque triunfaran los antifranquistas. Cayó porque ya no servía a las necesidades económicas, políticas e incluso militares de la clase dominante;

d) La sustitución de la carcasa política franquista por instituciones propias de los sistemas parlamentarios -la llamada «transición»- fue el resultado de un pacto puramente pragmático llevado a cabo entre buena parte de quienes habían protagonizado el periodo de degeneración del franquismo y la oposición antifranquista que gozaba de homologación internacional;

e) Para triunfar, la transición se ayudó de los dos elementos preexistentes de psicología social a los que antes he hecho referencia: el miedo (en dos direcciones: miedo al Ejército y miedo a los demócratas intransigentes) y la ficción (también en dos direcciones: había que hacer como que el pasado de represión no había existido, admitiendo como demócratas a muchos de quienes habían vivido de y para la dictadura, y había que tomar la nueva situación no como una reconversión de la anterior, tan amplia como forzada por las circunstancias, sino como el fruto del triunfo de la democracia); y

f) En tales condiciones, el conjunto de la ciudadanía española no ha estado en condiciones de asimilar las libertades públicas e individuales como derechos inalienables suyos. Las toma mayoritariamente como una concesión graciosa del Poder. El pueblo no se siente soberano, ni considera que las instituciones sean emanación suya.

No es posible comprender los problemas morales de nuestra sociedad actual sin contar con estos elementos que han enmarcado el cauce espiritual de nuestra historia última. No sólo por activa; también por pasiva: conviene no olvidar el efecto desmoralizador -en sentido estricto- que ha tenido el hecho de que ese cauce haya orillado sistemáticamente las posiciones de principio, arrollándolas una y otra vez en beneficio de las conveniencias pragmáticas.

Desmoralizados

Si los orígenes de nuestra realidad socio-política no propiciaron la aparición de unas reglas de moral pública comúnmente aceptadas, su decurso ulterior tampoco.

La política es el coto privado de partidos-pandillas clientelares -la principal de las cuales es la que se hace llamar «socialista»-, a las que no cabe acusar de haber perdido sus afanes éticos porque, retóricas aparte, nunca los tuvieron.

La crisis económica ha ayudado a que la conciencia colectiva se corrompiera aún más, con grandes dosis suplementarias de doble moral. «El hecho es que se ha creado un núcleo central de trabajadores relativamente bien protegidos, rodeado, sin embargo, de un sector periférico de trabajadores en paro (la mayoría jóvenes, pero también mujeres y trabajadores de más edad), que intentan sobrevivir dentro de una "red de seguridad" constituida por el apoyo de familias (extensas) y de dos instituciones peculiares, toleradas o estimuladas por el gobierno: la economía sumergida y lo que en las zonas rurales se ha solido llamar "empleo comunitario"». (Víctor Pérez Díaz, La primacía de la sociedad civil, 1993, p. 66).

La singularidad del felipismo consiste en que ha recogido todos los hábitos corruptos del pasado -en particular la ancestral tendencia de nuestra sociedad a vivir instalada en una doble moral, combinando los discursos puritanos con el chanchullismo y la prostitución- y los ha «socializado», comprometiendo en el gran tinglado de la irregularidad permanente a amplísimos sectores sociales y secuestrando su apoyo con la amenaza -otra vez el miedo- a perder el papel, así sea ridículo, que cada cual juega en el tinglado de la farsa colectiva.

Lo que más desmoraliza a la ciudadanía española actual no es nada concreto: es la semiconsciencia de que ella misma es parte de todo lo malo que ocurre y que detesta. Detesta y se detesta.

Su crisis de valores no es una crisis. Es una crisis cósmica. Su crisis son todas las crisis.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de julio de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/19 07:00:00 GMT+2
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1994/04/16 07:00:00 GMT+2

Viento libre

Mi hija Joana, que tal que hoy cumple los 17, está tratando de decidir qué quiere ser de mayor. Con el tiempo verá que de mayores todos somos algo muy poco atractivo: mayores.

Pero ella está pensando en su futuro profesional. Duda si estudiar periodismo.

Si opta por intentarlo, la animaré a que trate de ser columnista.

El «columnismo» es un género periodístico que permite establecer relaciones verdaderamente sinceras y gratificantes con esa parte de la realidad que llamamos noticias. No digo que obligue a hacerlo. Sólo que lo permite.

Me explicaré con un ejemplo. El pasado martes, ojeando las nuevas de las agencias, me topé con una que me pareció la repera: a Patricio López Illán, bombero de Molina de Segura, sus jefes le han abierto un expediente, acusándolo de «falta muy grave» porque se tiró un pedo en la sala de control del Parque local de Extinción de Incendios, sin darse cuenta de que detrás de él -o sea, en la fatal dirección del gas emitido- estaba comiendo un voluntario de Protección Civil. Al apercibirse de su error, Patricio -hay nombres que obligan- pidió disculpas. El voluntario las aceptó. Pese a lo cual, los jefes del bombero han decidido expedientarlo.

¿Qué se puede hacer con una noticia como ésa en un periódico? Un servidor, que es como es, tuvo ganas de sugerir que se le dedicara el editorial del día. Ciertamente, era una perfecta metáfora de la situación de este irritante país: mientras nadie retira de la vía pública las plastas de los De la Concha, los Rubio, los De la Rosa, los Roldán, las Aida y demás fileseros de inaguantable pestilencia, a un chaval que se echa un pedito -¡un efímero y simple pedito!- se le acusa de falta «muy grave». Ahora entiendo por qué el expediente del Banco de España contra Mario Conde fue sólo por «falta grave»: porque no se echó ningún pedo ante Luis Angel Rojo. Si se lo tira, se la carga.

Es lo primero que se me ocurrió. Pero, claro, pronto me di cuenta de que un periódico circunspecto como éste no puede publicar un editorial que se titule, digamos, «Aquí es más grave echarse pedos que cagarla». Está feo. Además, lo proscriben claramente todos los libros de estilo, que avisan de que «las expresiones vulgares, obscenas o blasfemas están prohibidas». De acuerdo con lo cual, este diario se hizo eco del suceso, pero habló de «ventosidad». Y eludió cualquier tipo de metáfora escatológica.

En cambio, ya ven, un columnista sí que puede escribir de esas cosas. Es uno de nuestros privilegios. Por eso decía al principio que, si mi hija decide finalmente estudiar para periodista, la animaré a que escriba columnas. Trataré de convencerla de que soltar sin tapujos lo que se piensa, amén de ser socialmente útil, desahoga un montón.

Por lo demás, no hay peligro: ella ya sabe perfectamente que echarse pedos en público no es una forma de libertad de expresión.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/16 07:00:00 GMT+2
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1994/04/13 07:00:00 GMT+2

Intercambio de prisioneros

La clase política española tiene un grave defecto en el que nadie había reparado hasta ahora. Voy a desvelarlo hoy: nuestros políticos desconocen el arte del intercambio de prisioneros.

El intercambio de prisioneros es una habilidad militar estupenda, que los políticos deberían imitar en su propio quehacer. Suele tomarse como prueba de humanidad, pero no es sino elemental inteligencia. Tener prisioneros resulta caro y engorroso: hace falta atenderlos, vigilarlos... (Por supuesto que existen otras posibilidades. Ahora que don Manuel Azaña está tan de moda, no es posible olvidar la otrora famosa «solución Casas Viejas», consistente en resolver el problema de los prisioneros del modo más expeditivo: matándolos. A mí, más allá de consideraciones éticas, el intercambio de prisioneros me parece una fórmula muy superior: te libras de ellos igual y, de paso, recuperas unos cuantos partidarios, que no suelen sobrar).

En la vida pública española hay varios casos conflictivos que podrían resolverse estupendamente echando mano de la fórmula del intercambio de prisioneros.

Un ejemplo palmario nos lo dan el PSOE e IU. Para cualquier observador sensato es obvio que Izquierda Socialista no pinta nada en el PSOE y que sus integrantes encajarían mucho mejor en IU. Del mismo modo, está claro que Sartorius y sus seguidores no pegan en IU ni con cola. ¿Qué sentido tiene que los unos y los otros continúen amargándose malamente de por vida?

¡Intercambien prisioneros, hombres de Dios! Así, Santesmases y demás compañeros mártires podrían expandir a placer su espíritu crítico, y Sartorius, libre al fin de la incómoda vecindad de tantos radicales, recuperaría la alegría de vivir y, con ella, las ganas de acudir a las reuniones políticas.

Algo semejante podría hacerse con UGT y Comisiones Obreras. Basta con contemplar la realidad sin prejuicios para apercibirse de que los principales problemas que tienen estos dos grandes sindicatos son tan difíciles de resolver por separado como fáciles de solucionar conjuntamente. Los «redondistas» de UGT están al frente de una base militante mucho más moderada que ellos, en tanto Gutiérrez y los suyos se enfrentan al drama inverso: son dirigentes de una militancia que los supera ampliamente en voluntad combativa. ¿Y se puede saber por qué no intercambian prisioneros? Que la dirección de UGT se vaya con la base de CCOO, y al revés. Háganlo, eso sí, matizadamente. Porque es probable que los Lito de un bando y los Moreno del otro prefieran quedarse donde están. Con lo cual todos saldrán ganando.

Nuestros políticos son de una falta de finura decepcionante. Se obsesionan con el transfuguismo. No se dan cuenta de que solo hay una forma eficaz de evitar las fugas: no tener prisioneros.

Canjéenlos, y todos saldrán ganando.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de abril de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/13 07:00:00 GMT+2
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1994/04/09 07:00:00 GMT+2

Las impresiones

Leo la historia de las cuatro vidas de monsieur Paul en L´Événement du Jeudi.

Paul nació en Túnez, en la boca del desierto. Su madre lo educó por su cuenta. «Hasta los diez años, viví como un pequeño salvaje», evoca. Sólo de chaval crecido supo qué era una escuela.

Esa fue su primera vida.

Luego su familia se vio obligada a regresar a Francia. Paul hubo de habituarse a las costumbres de la metrópoli. Y a los prados verdes, vallados, perfectamente cultivados de Dieppe, a orillas del Canal de la Mancha. Sintió nostalgia del desierto, del horizonte libre.

Fue su segunda vida.

Con los años, Paul se casó con una mujer mucho más joven que él. Tuvieron dos hijas. Las cuidaron. Fueron felices.

Poco a poco -silente, como es ella- vino la vejez. De su vejez en ciernes, a monsieur Paul sólo le molestó que fuera exclusivamente suya. Habló con su joven esposa. Le parecía un crimen condenarla a compartir la vida de un anciano. Ella estuvo de acuerdo. Se marchó.

Ese fue el fin de su tercera vida.

Desde hace quince años, el viejo Paul, monsieur Paul, vive solo en Nieppe. A falta de desierto, cuenta con el mar por horizonte.

No se conoce mucho de él. Pero todos por allí saben que la puerta de su casa está siempre abierta. Y son muchos los que la franquean. Se ha corrido la voz de que Paul hace algo insólito: escucha. Así que la gente acude a hablarle. ¿De qué? De nada en concreto. De todo. De su vida. A él no le importa quiénes son, ni de dónde vienen. No hace juicios morales sobre lo que le dicen. Los oye con atención, se interesa por ellos y, a veces, si se lo piden, les da algún consejo. «Desde joven me di cuenta de que venía bien a los demás», se justifica.

Monsieur Paul recibe a unas ocho o diez personas por semana. De cuatro de la tarde a una de la madrugada. Hombres, mujeres, viejos, jóvenes. Cada cual es libre de ir solamente una vez o de volver cuantas quiera. Él no pone a nadie límites de tiempo. Ni en cada visita ni en el número de ellas. Tampoco les pide que se identifiquen. Y, por supuesto, ni se le ha pasado por la cabeza cobrarles por el servicio que les presta: «Soy algo así como un psicólogo benévolo. Me hace sentirme útil», sonríe.

Monsieur Paul no sabe ni cómo ni por qué ha desembocado en esta cuarta vida en la que ahora habita. Por vocación de soledad o como término a toda una trayectoria de renuncias, ha legado en vida su patrimonio humano al universo entero. Y lo ha hecho poniendo a disposición de sus semejantes el bien más preciado que ha logrado atesorar: su desinterés.

Muchos que se aman de dos en dos -ya lo vio Ángel González- se odian de mil en mil.

Paul hace lo contrario.

L´Événement du Jeudi ha incluido su historia en un informe sobre hombres solos. Qué gran error.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/09 07:00:00 GMT+2
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1994/04/09 07:00:00 GMT+2

Rubio lo tiene negro

En el zoológico político patrio empiezan a proliferar los individuos de una nueva y muy singular subespecie: la de los desmentidores desganados.

Hasta hace bien poco -ustedes se acordarán- los desmentidores hispánicos se distinguían por lo enérgico de sus reacciones. Uno publicaba que a Fulanito le habían pillado trincando en la caja del Ministerio, y Fulanito salía al día siguiente hecho un basilisco, decía que era mentira podrida, que esa misma mañana había presentado tres demandas por injurias y dos por calumnias contra el autor de la información, que la foto en la que se le veía trincando de la caja no era sino un repugnante montaje y que ya iba siendo hora de tomar medidas para acabar con ese tipo de periodismo sensacionalista, carroñero y antidemocrático.

Ahora no. Ahora, curiosamente, la moda es desmentir poco y con desgana. ¿Que alguien publica que Perengano ha matado a su madre y la ha enterrado en el jardín de su casa? Pues Perengano acude a la radio -preferentemente a los desayunos de Radio Nacional de España- y dice que él no recuerda haber hecho eso; que fue hace mucho; que en todo caso su madre estaba muy enferma; que ya una vez le acusaron de haber viajado a Cuenca cuando en realidad había ido a Chinchón, y que, además, en su casa no hay jardín, sino tan solo un huerto, y muy pequeño.

En cosa de nada, hasta tres personajes de alto copete se nos han puesto en este plan: Corcuera con los fondos reservados de Interior, Marugán con «la deuda viva» del PSOE y Rubio con sus 130 milloncejos de dinero negro en la cuenta B.

¿Creen ustedes que lo de esta gente es forma de desmentir? Va Corcuera y dice que nones, que de lo de los sobres nada de nada... aunque bien es cierto que los altos cargos de Interior son unas pobres víctimas, con lo que, bien pensado, tampoco estaría mal darles un algo.

Lo de Marugán es aún más de traca: se publica que el PSOE debe 7.000 millones desde el año de la tarara y él contesta que esas deudas están registradas en sus cuentas -como si alguien hubiera negado tal cosa- y que tienen «intención (?) de continuar (??) haciendo frente (???) al pago de los créditos».

¿Y qué no decir de don Mariano? Bastó oír ayer su desmayado mentís para comprender el problema que tiene, idéntico al de Corcuera y Marugán: al hombre no le queda más remedio que decir algo, pero como no alberga ninguna esperanza de que nadie le crea -él mismo no se cree-, lo masculla con triste y cansina desgana: no ha tenido tiempo de comprobar si ésa es su letra; seguro que es mentira; todo eso fue hace tanto...

Rubio parecía sacado del diálogo de León Felipe: «"Dí, dí: recuerda lo que viste". "No puedo precisar; todo ocurrió en la sombra"».

Aunque yo me acordé antes de otra frase del poeta-profeta: «¡Cerrad las puertas y las ventanas, que vamos a blasfemar!».

Javier Ortiz. El Mundo (6 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de abril de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/09 07:00:00 GMT+2
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1994/04/01 07:00:00 GMT+1

¿Y qué tiene él que no tengamos nosotros ya?

Al final, está visto que todos examinamos la realidad con la esperanza de que se atenga a nuestras ideas previas -o sea, y literalmente: a nuestros pre-juicios-, deseando que se muestre a la altura de nuestras filias y nuestras fobias.

Un ejemplo llamativo de ello lo acaba de dar Octavio Paz. Según el ya octogenario escritor, buena parte de la culpa de los males que está sufriendo México -y pone como ejemplo la revuelta de Chiapas- la tienen «los excesos de los columnistas».

Escribía ayer Fernando Savater que las tomas de postura de Paz le resultan invariablemente «tónicas». Ésta en concreto habrá de considerarla más bien «gin-tónica», a la vista de su carácter mareante.

Pero en realidad no es tan disparatada como parece. Es decir, lo es como análisis de la realidad mexicana, pero no como autorretrato del propio Paz. El vetusto escritor ha reflejado muy bien y en muy pocas palabras el inmenso y reverencial respeto que siente por el orden establecido -establecido por la mafia del PRI-, la repugnancia que le producen quienes osan levantarse contra él y el peligro que ve en quienes se atreven a escribir que es bueno rebelarse contra la tiranía.

A escala, algo de eso mismo está ocurriendo aquí con el análisis de la reciente victoria electoral de Silvio Berlusconi. Forman legión en España los analistas que, en lugar de examinar el hecho para comprender qué hay en él de generalizable y qué de específico, qué de anuncio de lo que va a venir y qué de eco de lo que se va, qué de coyuntural y qué de sólido, se limitan a tomarlo como pretexto para largarnos la misma vieja mercancía ideológica de siempre.

Tómese por ejemplo a cuantos están empeñados en no ver en el triunfo de Berlusconi sino la amenaza de «la vuelta del fascismo». ¿Existe realmente el peligro de que el éxito de ese magnate/mangante abra paso a la instauración en Italia de un régimen de partido único, basado en la represión policial de toda forma de oposición? ¿Tendría cabida un régimen así en la Europa de hoy? Me parece altamente improbable. Pero hablar de ello viene bien aquí a todos aquellos -ay, Saavedra- que tratan de asustar al electorado local, dándole a entender que, para no precipitarse hacia ese abismo, más vale seguir diciendo amén al corrupto conocido que nos protege del demagogo por conocer.

Falsa opción, porque lo que tenemos nosotros es un régimen que compatibiliza corrupción y demagogia. Berlusconi no ha inventado nada que no hayamos experimentado aquí en nuestras propias carnes. ¿Que ha abusado del poder de la televisión para atraer el voto de los sectores más atrasados de la población? Que me cuenten a qué se dedican Jordi García Candau y María Antonia Iglesias cuando tenemos elecciones. ¿Que su plataforma electoral no ha sido sino una suma de palabras altisonantes, vacías de contenido? Que me expliquen qué tienen que envidiar los lemas de Berlusconi a los de González, con la «renovación», la «modernidad» y «el cambio del cambio» en primera línea. ¿Que lo de Berlusconi no es propiamente un partido, sino un tinglado hecho a la medida del líder? Ya, ¿y en qué va camino de convertirse el PSOE? ¿Que el jefe de Forza Italia se ha aliado con los de la Lega Norte y los fascistas light de la Alianza Nacional no porque coincida programáticamente con ellos, sino tan sólo para encaramarse a la jefatura del Gobierno? Pues no seré yo quien diga que González ha buscado a Pujol por razones muy diferentes.

Lo más temible de Berlusconi no está en lo que aporta de nuevo y desconocido, sino en todo lo mucho que arrastra de las trampas y marrullerías de la vecchia repùbblica. El aprendió la mayoría de esas trampas -incluida la demagogia anticomunista- de su amigo y protector Bettino Craxi. González también.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de abril de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de marzo de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/04/01 07:00:00 GMT+1
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1994/03/30 07:00:00 GMT+2

Italia a vista de papanatas

Lo que mejor caracteriza al papanatas es su inagotable capacidad para pontificar acerca de cualquier materia, y para hacerlo con tanto mayor aplomo cuanta mayor es su ignorancia.

El buen papanatas lo sabe todo y cuenta con firmísima opinión sobre todo. Para sostener que ha estudiado un libro tiene suficiente con ojear lo que pone en la solapa; si una vez vio de lejos a alguien, afirma sin ningún sonrojo que lo conoce como si lo hubiera parido; si se lo presentaron y habló tres minutos con él, le basta y le sobra para proclamarse íntimo amigo suyo; si durante un viaje su avión hizo escala de tres horas en Manila, se dirá filipinólogo. Pregúntenle si sabe de marxismo: le responderá lo del personaje de Maiakovski en La mujer fosforescente: «¿Que si sé de marxismo? ¡Pero si yo estuve en Alemania y conocí personalmente al Anti-Dühring!». Como no sabe de nada, no sabe qué es saber, de modo que nada le impide creer que realmente sabe de todo.

España, última reserva europea de tantas especies animales en vías de extinción, cuenta también con una notable colonia de papanatas.

Los papanatas españoles carecen de hábitat fijo. Unos conducen taxis; otros viven acodados en el mostrador de un bar; hay listillos de oficina y de taller; rurales y ciudadanos...

La subespecie más peligrosa, de todos modos, es la que actúa ante amplia audiencia, o sea, la de los papanatas de este gremio que es el mío, nefanda grey ahora exultante por el resultado de las elecciones italianas. ¡Qué magnífica, qué incomparable ocasión de frivolizar, de mariposear de tópico en tópico, de simplificar hasta la caricatura! Los van a ver ustedes durante estos días: el uno les dirá, cual Obélix, que estos romanos están locos; el otro, que con tanto juez y tantas manos limpias ese país ha acabado hecho un desastre; el de más allá, que los italianos han perdido una vez más la brújula democrática -punto en el cual la referencia al Duce será obligada- y que se han convertido en presa fácil para los nuevos demagogos...

Ha llegado la hora en que a los papanatas españoles les toca mirar a Italia por encima del hombro, con aire de displicente conmiseración.

No les hagan caso. Italia no ha caído más bajo que nosotros. Para empezar, Italia no es Italia: hay varias Italias. Ocurre que buena parte de sus gentes ha entrado a saco en el sancta sanctorum de la vieja política, ha comprobado que estaba podrido y lo ha demolido. Y ahora los hay que están confusos, y los hay asustados, y los hay que se suben por las paredes, y todos son conscientes de que las reglas del juego anterior -con su derecha mafiocristiana, su centro de pega y su izquierda falsaria- no valen ya, pero todavía no saben en qué puede consistir el nuevo juego.

Pues bueno: no están tan mal, si se compara. Aquí ni siquiera hemos emprendido la fase primera: ésa de entrar a saco y demoler lo podrido.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de abril de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/03/30 07:00:00 GMT+2
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