Su primera reacción fue de total estupor. Según lo que acababa de escuchar en las noticias de la radio, el drama se estaba produciendo ahí mismo, delante de él. Sintió la angustia de saber el horror cercano y no poder hacer nada para remediarlo
Recorrió el paseo marítimo bajo el ventarrón de Levante, entornando los ojos para evitar la arenilla y para mejor otear el mar, el horizonte.
La radio había dicho -al final del informativo, como noticia de aluvión, poco antes del boletín del tiempo, casi como parte de él- que en algún punto de esa mar de plomo que el viento rizaba en la vecindad del Estrecho, quizá a muy escasa distancia de donde él mismo estaba, había catorce hombres luchando contra la muerte, intentando nadar hacia la orilla, tratando tal vez tan sólo de seguir a flote agarrados a los restos de la pequeña «zodiac» rota en medio del vendaval, incapaz de soportar tanto peso.
Oyó el ruido silbante de las palas. Vio al poco el helicóptero de la Policía que marchaba a rastrear el mar en busca de los naúfragos. ¿Los encontraría? ¿Querrían ellos que los encontraran? ¿Para qué? ¿Para que los devolvieran a Marruecos? ¿Para tener que reunir otra vez poco a poco las cien mil pesetas que les dieran derecho a montar en otra patera de mala muerte, de nuevo a la aventura?
No vio nada.
Al siguiente día conectó la radio en cuanto se despertó. Oyó que doce de los naúfragos habían muerto, uno de ellos a un paso de la costa. El mar había arrastrado hasta la orilla a los dos restantes.
No dijeron más. Aquel día todos los medios estaban muy ocupados dando cuenta de muertes ilustres: la del «destapado» del PRI, Luis Donaldo Colosio, al que un joven había volado de un chingazo la maceta, según la fría descripción premonitoria del Tirano Banderas; la de Giulietta Masina, la breve viuda triste; la de monseñor Alvaro del Portillo, conocido prelado de una conocida obra. Entre tanto cadáver exquisito, esa docena de muertos bajo el agua del Estrecho apenas encontraba sitio. «Normal», pensó. Ni ellos eran nadie ni lo suyo era nada nuevo. Habían pasado de no ser sino unos muertos de hambre a no ser sino unos muertos por hambre: la delgada frontera de una preposición.
Todo estaba dispuesto, pues, para que el episodio entrara en los dominios del olvido. Y en los de las estadísticas imposibles: doce nombres desconocidos más a sumar a los muchos -¿cuántos? ¿Cuatro, cinco mil?- que yacen bajo las aguas del Estrecho.
También él trataba de olvidar. Pero la radio volvió ayer a hablarle de ello: «La Policía ha establecido -anunció- que la «zodiac» hundida no transportaba emigrantes ilegales, sino un cargamento de hachís».
O sea, otro tipo de mercancía ilegal.
Aunque quizá ésta pongan más empeño en rescatarla.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de marzo de 2011.
Todos lo dijeron: el punto fuerte del XXXIII Congreso del PSOE iba a estar en el debate de ideas. Y así fue. Tuvieron un fantástico debate de ideas.
Por ejemplo: Joaquín Leguina tenía la idea de machacar a Alfonso Guerra y entrar él en la Ejecutiva Federal en loor de multitudes («loor», coleguis; no «olor»: el «olor de multitudes» es a sudado). Guerra, por su parte, tenía la idea de hacer boca zurrando la badana a Leguina. Así que tachó su nombre de la lista nada más empezar las discusiones. «A ese elemento -dijo el vice, siempre tan comedido-, no quiero ni verlo». Fue un debate de ideas corto, pero intenso, que se saldó con la derrota de Leguina.
Debates de ideas de este género hubo la tira. Todo pichichi tenía un montón de ideas sobre quién debía estar en la Ejecutiva y en la Permanente, y aún más ideas sobre quién no debía estar de ningún modo y, como las ideas de los unos y los otros resultaban con pasmosa frecuencia excluyentes entre sí, la polémica estuvo de lo más animada. Pocas veces se ha visto un debate de ideas tan salpicado de simpáticos insultos y descalificaciones (lo cual, si bien se mira, es la mar de sano, porque evidencia que los dirigentes socialistas, en contra de lo que tantos pretenden, no han perdido ni un ápice de su pasión ideológica: tal interés por las ideas sólo puede ser calificado, en rigor, de idealista).
Los delegados de la XXXIII cosa demostraron ser idealistas, pero de la escuela concreta. Sólo unos cuantos, casi todos de la corriente Izquierda Socialista -a la que no sé por qué llaman corriente, si pertenecer a ella es de lo menos corriente que hay-, se empeñaron en discutir sobre arcanos abstractos de orientación económica, política internacional y otras zarandajas de ésas que no interesan ya a nadie. Fui testigo de un breve pero clarificador diálogo entre uno de esos pocos socialistas antiguos que el PSOE conserva y un delegado de las hornadas modernas. Desesperado el primero por los derroteros que tomaban las discusiones, elevó la voz y dijo:
-Pero, compañeros, ¿adónde pretendéis ir?
Y el otro le respondió:
-A la cafetería de enfrente. Dan unos pinchos de chuparse los dedos y suele estar Solchaga.
Hay quienes aseguran que este Congreso no ha producido ni una sola idea. Ignoran que son ideas de un género nuevo, concreto e imaginativo a la vez. Ejemplo de esto último: González descubrió que era chipén que hubiera muchas manifestaciones en las puertas del Congreso socialista. «Eso demuestra -sentenció- que la gente sabe dónde están quienes les resuelven los problemas». En eso reside su superioridad: ¿qué otro que oyera a los manifestantes -«¡ladrones!», «¡cueva de Alí Babá!», «¡Felipe, Leguina, los dos a la guillotina!»- habría sido capaz de captar ese matiz, tan sutilmente renovador?
Por eso Felipe es tan necesario.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de julio de 2009.
Lo reconozco: siento una extraordinaria admiración por Felipe González. Me pasma su desbordante, su infinita, su feraz -y feroz- producción de mentiras. Es capaz de mentir a todas horas, despierto o cansado, pie en tierra o a 6.000 metros de altura, en privado o en masa, con micrófono de por medio o en charla pretendidamente confidencial. Él miente, miente y miente, y tanto miente que se ha vuelto adicto a la mentira, y miente incluso cuando no le hace falta para nada, puede que por el puro placer de mentir, o tal vez por irresistible y patológica compulsión falsaria. Su ubérrima producción de engaños hace de él un fenómeno de la Naturaleza. Como un cerdo de tres cabezas. Como un burro de cinco patas.
Tomemos, por ejemplo, sus declaraciones de anteayer. Pretendió que no tenía nada que negociar con Alfonso Guerra, y ello por dos razones: porque el vicesecretario no representa a un sector diferenciado dentro del partido y porque, a un paso del Congreso, ya no hacía al caso pactar por las alturas. «Eso corresponde ya a la soberanía de los delegados», sentenció. Ya ven: dos razones, dos mentiras. Él sabe -lo sabemos todos- que Guerra sí está al frente de una tendencia distinta de la suya. Y también sabe -y sabemos- que los delegados votarán lo que previamente hayan pactado sus jefes de fila. De hecho, ayer al mediodía acabó reuniéndose con Alfonso Guerra para negociar con él en tanto que representante de una facción diferenciada, y «la soberanía de los delegados», que 24 horas antes era sagrada, hubo de irse de paseo hasta la hora del café.
Miente, miente González, y miente a velocidad pasmosa. Aún resonaba el eco de sus mentiras sobre Guerra y ya estaba diciendo otras a cuento de Suzuki-Santana: «El Estado no puede encargarse de producir coches; eso ya no lo hace ningún país moderno». Vale: la Régie Renault, empresa que fabrica algún que otro coche, es propiedad del Estado francés. Sin ir más lejos.
Miente tanto este hombre que lo raro es que pronuncie alguna verdad. Anteayer dejó escapar una: «Seguiré mientras los ciudadanos me aguanten». Eso es cierto, pero cabe alegar en su descargo que él no cree que lo sea. Está convencido de que, si quisiera, podría continuar mandando de por vida.
Amo y señor de la España vuelta erial, en la cumbre de la apoteosis de sí mismo, ahora ha reunido un tinglado que ha llamado -total, otra mentira más ¿qué importa?- «Congreso socialista». De hecho, se trata de un concurso para felipistas aventajados: al que mienta mejor y más a gusto del jefe, premio.
Ya en la inauguración, Lerma puso el listón muy alto: dijo que el PSOE está para «defender a los ciudadanos de los grupos de poder». ¿Difícil de superar? Sí, pero lo lograron: aprobaron una moción de apoyo a los trabajadores de Santana.
Y es que como gobernantes serán un desastre, pero como farsantes, ¡Señor, qué portento!
Javier Ortiz. El Mundo (19 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de marzo de 2012.
Mi buen amigo Gervasio Guzmán ha dedicado todo el tiempo libre que ha tenido en los dos últimos meses a la curiosa tarea de diseccionar, con paciencia digna de entomólogo, lo que de común y de específico hay en el trabajo de los múltiples columnistas de la Prensa madrileña.
Dejo de lado sus conclusiones en cuanto a singularidades estilísticas. Gervasio ha hecho un extraño inventario de los trucos, tics y vicios propios de cada uno de nosotros, pero ustedes disimularán si no doy cuenta de ellos, porque tendría que empezar por los que me atribuye a mí, y no me apetece.
Más instructivas me resultan sus conclusiones sobre nuestro modo de seleccionar los temas.
-Sois perfectamente previsibles -asegura Gervasio-. Para estas alturas, me basta con escuchar los boletines informativos de las 8 de la tarde para saber de qué tratarán la mitad de las columnas del día siguiente. Y conociéndoos, hasta podría adivinar lo que dirá cada uno de vosotros.
Le contesto que eso no es nada malo: simplemente, tratamos de guiarnos por el interés general.
Pero Gervasio no lo cree así y se sumerge en un largo y espeso discurso sobre «la multiplicidad de determinaciones que condicionan la conformación del llamado "interés general"». De la cual me quedo con una parrafada que transcribo a continuación para ustedes, porque me ha dejado pensativo.
-Os creéis que elegís los asuntos de los que escribís, pero eso es cierto solo en parte. Sois bastante manejables. Basta con saber cómo funcionáis para manejaros. Y el Gobierno sabe cómo funcionáis. Ellos cuentan con asesores muy listos, especializados en tomaros el pelo. Cuando quieren hacer algo que saben que va a ser muy impopular, tienen un sistema astutísimo de sacarlo adelante: lo presentan junto a otra propuesta que es una monumental barbaridad. Entonces, vosotros, los «creadores de opinión», os echáis las manos a la cabeza, arremetéis contra esa barbaridad... y olvidáis lo que a ellos realmente les interesa. Al cabo de un cierto tiempo, con aire contrito, dicen que renuncian a la barbaridad -lo cierto es que nunca tuvieron la menor intención de llevarla a la práctica- y os dejan que creáis que habéis logrado un éxito. Pero son ellos los que se han llevado el gato al agua. ¿Te crees que de verdad se han planteado seriamente los problemas de las pensiones en el año 2020? ¿Te piensas que se les ha pasado por la cabeza sisar las pensiones de las viejecitas, que les votan en masa? ¡Son cortinas de humo! ¡Rasca por debajo de eso, hurga en aquello de lo que no se está hablando, y encontrarás lo que realmente pretenden!
No sé si la teoría de mi amigo Gervasio será verdad. Lo mismo no. Pero lo mismo sí. De momento, por si acaso, voy a empezar a pensarme las cosas dos o tres veces antes de entrar al primer trapo que vea por delante. No me gusta hacer el canelo.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de marzo de 2011.
Asegura Corcuera a todo el que le pone un micrófono por delante que no cabe investigar cómo se han utilizado los fondos reservados del Ministerio del Interior. Lo dice apoyándose en un argumento que se ve que a él le parece definitivo: si se investigaran, dejarían de ser reservados. Lo suyo es como lo de aquel que afirmaba que, por definición, es imposible perder un imperdible. Como si las palabras fueran un obstáculo que la realidad no pudiera franquear.
Es una simpleza. «Reservado» no equivale a «imposible de controlar». Hay países en los que los fondos reservados están sujetos a control parlamentario -y también judicial, llegado el caso- y no por eso dejan de ser reservados. Entre el control llevado a cabo con discreción y el descontrol absoluto hay un largo trecho que Corcuera, hombre poco dado a los matices -sobre todo cuando los matices le perjudican-, pretende salvar a patadas.
Me temo que el problema de Corcuera es que había llegado a creer que su tosquedad intelectual, su cachaza marrullera y su virulencia demagógica, tan celtibéricas ellas, siempre le sacarían de apuros. Pero esta vez no. Y la cosa se explica con bastante facilidad. Porque, si por desgracia abunda el personal que jalea esas actitudes cuando coinciden con lo que sus vísceras ultras le dictan -GAL, drogotas, inmigrantes-, son muy pocos los que simpatizan con ellas cuando de lo que se trata es de justificar el reparto de un taco de millones entre una banda de mandamases. Con un caso así, de nada le vale al exministro tratar de escudarse en viudas sin consuelo, huerfanitos desamparados y pobres funcionarios de entrega ejemplar. Su demagogia ha quedado esta vez aplastada por la mucho más vieja y poderosa demagogia de los hechos: la que emana de esa tragicómica ristra de sobres blancos repletos de billetes y cerrados con papel celo.
En manos de Corcuera, la cartera de Interior se llenó de dossiers negros. Bajo su égida, las libertades perdieron terreno, se amparó el terrorismo de Estado y no pocos casos de tortura quedaron impunes. Pero para hundirlo en el ostracismo político se requería que apareciera metido en un guirigay que uniese el fondo grave con la forma chusca.
Y es que está demostrado: para que aquí un escándalo sea completo y gane la calle por derecho propio hace falta que tenga algún aspecto de chufla. ¿Cuáles han resultado las cruces más pesadas de Guerra? El vuelo del Mystère y los cafelitos de su hermano. ¿Qué ha hecho más daño a la imagen de Boyer? La caseta del perro, los tropecientos baños y las porcelanas de su señora. ¿Cuándo ha sufrido más Solchaga? Con lo del «gratis total». Haga lo que haga, Corcuera ya jamás podrá librarse de las coñas sobre dinero negro, sobres blancos y papel celo.
En otros escándalos -y con otros tipos escandalosos-, los aspectos grotescos son un estorbo, porque desvían la atención del fondo de los hechos. En este caso, sin embargo, no. Son esenciales al personaje.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de marzo de 2013.
Ayer el sol decidió proclamar la primavera. Fue a la una en punto de la tarde, y lo hizo por su cuenta y riesgo, sin consultar a nadie. El suceso tuvo lugar en la plaza de Colón. Puedo dar fe de él porque pasaba por allí y fui testigo del evento.
Quien primero se dio cuenta de la inesperada iniciativa del sol fue una muchachita de pelo lacio y vestido negro, que apretaba con fuerza contra su pecho una carpeta, denuncia inconsciente de su adolescencia en fuga. Se paró, alzó la cara al cielo, cerró los ojos y sonrió.
Luego fue el turno de un grupo de chavales franceses. Se quitaron las chaquetas y jugaron a salpicarse con el agua de la fuente. Reían.
Reparé algo después en un joven que estaba sentado en un banco del parque. Tenía un cuaderno abierto y una pluma en la mano. Escribía poco, sólo de vez en cuando, y siempre tras tamborilear con los dedos sobre el asiento. Conté la cadencia de sus golpes. Iba de once en once y se detenía brevemente en el sexto y en el décimo golpe. Endecasílabos. Él también se había dado cuenta.
Creo que el siguiente que notó la jugada del sol debí ser yo, porque me sorprendí de pronto hurgando en la memoria, haciendo recuento de ilustres primaveras. Y me remonté a una bella primavera en el París del XIX, meses antes del tiempo de las cerezas, y a otra bastante posterior por estos lares («La primavera ha venido... y Don Alfonso se va», certificó Machado), y me paseé en el pensamiento por las selvas encenagadas de Indochina, y casi a la vez, de nuevo en París, por el bulevard Saint Michel, desadoquinado a conciencia, y ya algo más cerca en el tiempo y el espacio, me vi por las calles de Grándola, donde todo un pueblo comprometió su voluntad en primavera «a la sombra de una encina/ que ya no sabía su edad», y de nuevo en casa, en la calle Preciados, me vi rodeado de miles, de decenas de miles, exigiendo libertad.
¡Ha habido tantas primaveras para tantos sueños!
Se ve que así es la vida. Cuando llega la primavera -los médicos sabrán por qué-, a la gente tiende a venirle la alegría al alma, y siente deseos de sonreír al sol, y de jugar con el agua, y de componer sonetos de amor para su amor, y hasta los hay que sueñan con que pueden luchar, vencer, e incluso ser felices.
«No sé de ningún sueño que no haya sido destrozado / o puesto de rodillas», dice Paul Simon en su desoladora American Tune. A algunos la vida les ha enseñado que después de cada primavera hay un tórrido verano, y que el otoño espera agazapado un poco más allá: atrapa los sueños con sus dedos ocres y los conduce hacia la lenta muerte del invierno.
Pero el ciclo se renueva eternamente. Ni el otoño de los unos ni el invierno de los otros impedirá jamás que cada año vuelva a asomar la terca y soñadora primavera.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de marzo de 2012.
Los propagandistas del Poder logran su mayor éxito no cuando convencen a la mayoría de que la alternativa que proponen es óptima, sino cuando consiguen que se crea que no hay otra, o aún mejor, cuando consiguen que no parezca siquiera una opción, sino una perfecta evidencia.
La discusión suscitada por Pedro Solbes a propósito del porvenir de las pensiones resulta ejemplar en esto de dar por hechas, como si se tratara de verdades evidentes por sí mismas, opciones que no lo son de ningún modo. Afirma el ministro de Economía que, de seguir las cosas así, lo más probable es que para el año 2020 el Estado no esté en condiciones de afrontar el pago de las pensiones, y ello porque es harto posible que la Seguridad Social ingrese entonces bastante menos de lo que debería pagar.
Mucho se ha polemizado sobre esta afirmación de Pedro Solbes. Los unos la han criticado porque «una cosa así no se puede decir» (o sea, porque de esas cosas no se habla); los otros, porque parece dar por hecho que el PSOE seguirá imponiendo su ley sobre la política económica española dentro de cinco lustros; los de más allá, porque se fundamenta en una consideración unilateral de la posible evolución de la pirámide de población... Otros, por contra, han rendido tributo a la «sinceridad» y el «valor» del ministro, al que felicitan por haberse atrevido a decir en voz alta lo que sus colegas saben, pero callan.
Mi ignorancia sobre los asuntos de la economía es tanta que con todo lo que no sé sobre ellos se podría escribir una estupenda enciclopedia. Pero hay algo que todo el mundo parece estar dando por hecho y que no comparto en absoluto: la idea de que, si al sistema de la Seguridad Social le falta dinero, habrá que recortar gastos sociales.
En primer lugar, la Seguridad Social no es un compartimento estanco. Forma parte del conjunto del Estado. No es posible evaluar sus cuentas por separado.
En segundo lugar, la Seguridad Social es un servicio; no un negocio. Y un servicio público no tiene por qué ser obligatoriamente rentable.
Y en tercer y principal lugar: si al Estado le falta dinero para cubrir necesidades sociales perentorias, como son las pensiones, lo correcto es que lo obtenga sacrificando otras partidas presupuestarias menos imprescindibles.
Fijar qué gastos son prioritarios y cuáles secundarios no es cosa de economía, sino de ideología. ¿De dónde recortar? Les pondré dos ejemplos. Uno: el Estado se va a pulir 160.000 millones para hacerse con cuatro fragatas. Dos: el agujero de RTVE puede llegar este año al medio billón.
Es mentira que al Estado vaya a faltarle dinero para pensiones. Si le falta, será en general: tendrá que decidir cómo economiza. Ocurre que a los que mandan en el Estado, cuando tienen que ahorrar, siempre se les ocurre hacerlo a costa de los que les pillan más lejos.
O sea: de los que menos mandan.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de marzo de 2012.
Narciso Serra dice que «estamos ya torciendo el brazo de la crisis» y que éste es un momento estupendísimo para invertir.
-Se ha pasado diez kilómetros -comento.
Mi amigo Gervasio Guzmán, que es economista, asegura que no.
-La economía -me explica- no se mueve solo por estímulos objetivos. La creación de un estado de opinión positivo puede ser una contribución muy importante para la superación de la crisis.
Pues bien: me han convencido. Estoy resuelto a volver la espalda al pesimismo y a encararlo todo a partir de ahora con ánimo risueño y constructivo. ¿Que estamos en el fondo de la crisis? ¡Magnífico! Eso evidencia que ya no podemos bajar más. ¿Que Eligio Hernández quiere expulsar de España a todos los extranjeros que pueda? Bueno, siempre sería peor que ordenara fusilarlos. ¿Que tengo el teléfono pinchado? Pues tampoco está tan mal: eso demuestra que hay alguien a quien le importa lo que digo.
El optimismo no tiene por qué ceñirse a las cosas de la economía y la política. Sería muy importante que todos lo universalizáramos, aplicándolo al conjunto de lo que nos ocurre. ¿Que te has metido a ver una película tan plomo que te has quedado como un leño? Buena cosa: así has descansado, que falta te hacía. ¿Que esperabas el «sí» de una bella moza y te ha dejado con tres palmos de narices? Canta loas a la diosa Fortuna: lo más probable es que ése hubiera sido un amor desgraciado. ¿Quién te asegura, además, que no te iba a contagiar una gonorrea de tomo y lomo? ¡Mándale un ramo de flores con una tarjeta («Muchas gracias por librarme de ti») y festeja tu buena, tu inmejorable suerte!
Metidos por esa vía, yo creo que Serra se ha quedado corto: debería haber dicho que no solo estamos torciendo el brazo de la crisis, sino que en cosa de nada lograremos partírselo, con lo cual ya no nos podrá golpear más, a no ser que se vuelva zurda (cosa físicamente imposible, porque la crisis, como muy bien sabe el propio Serra, es siempre culpa de la derecha). Se acabaron los ciclos económicos, y con ellos las disputas sobre si la causa de nuestras desgracias hay que buscarla en la superproducción, en el subconsumo o en las grandes habilidades del Nobel de Tafalla.
Desde que gracias a Serra he abrazado la causa del optimismo, nada me va mejor pero, a cambio, mi tranquilidad de espíritu es total. Un ejemplo práctico. Cuando me he puesto a escribir esta columna he dejado unas patatas friéndose en la cocina. A continuación, absorto con la escritura, el santo se me ha ido al cielo. Pues bien: acabo de darme cuenta de que he montado un incendio de mucho cuidado. Veo cómo las llamas avanzan hacia mí por el pasillo. ¿Un desastre? Bueno, sólo a medias. Peor hubiera sido morir abrasado antes de haber terminado la columna.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de marzo de 2011.
La coherencia no es un valor al alza, es cierto. Pero también es verdad que hay quien toma como muestras de incoherencia lo que no son sino contradicciones aparentes. Es algo que ha podido observarse en la última polémica a propósito -a despropósito- de Cataluña y el catalán.
Por ejemplo, hay quien considera incoherente que cierto diario madrileño baile ahora sardanas, cuando se ha caracterizado siempre por su hosca ojeriza hacia el nacionalismo catalán. Me enseñan el editorial que ese diario publicó el 1 de septiembre de 1977, cuando Josep Tarradellas se batía el cobre porque se reconocieran los derechos históricos de la Generalitat: decía que el president tenía una «personalidad errática e imprevisible, a caballo entre el estilo gaullista y las mañas peronistas». Y en parecidas ha seguido. Aún hace bien poco, el sucesor de Tarradellas, Jordi Pujol, tuvo sus más y sus menos con el mismo diario por un quítame allá esas traducciones. Pero no hay en ello contradicción alguna: ese diario atacó a Tarradellas porque negociaba y pactaba con la UCD, en lugar de bailarle el agua al PSOE. Y ha hecho lo mismo con Pujol... hasta que se ha aliado con Felipe González.
Algo semejante pasa con Miquel Roca i Junyent. Me dicen que da no sé qué verlo ahora pactando con el PSOE y mostrando su disposición a ser ministro de González si se tercia, cuando en los tiempos no tan pretéritos de la transición juraba que no pararía hasta conseguir el derecho de autodeterminación para Cataluña. (No tienen por qué recordármelo: lo oí de sus propios labios en Sant Boi el 11 de septiembre de 1976: lo recordarán Ramón Tamames y Antonio García-Trevijano, porque los tres fuimos juntos a aquella histórica Diada). Sin embargo, tampoco en esto hay ninguna incoherencia. Roca era ya famoso entonces en los círculos políticos por decir una cosa y hacer otra, y se ha mantenido perfectamente fiel a esa costumbre, que comparte con su buen amigo y ex compañero de despacho Narcís Serra.
Hay también quien piensa que la posición socialista en la polémica sobre el catalán no es coherente. Pero se equivoca. Es verdad que cuando Roca lanzó su más que desafortunada «operación reformista», el PSOE, para perjudicarlo, jugó sucio con toda Cataluña: cursó instrucciones a TVE para que sacara siempre al candidato hablando en catalán, sirviéndose deshonestamente de la barrera idiomática para atizar los rencores, prejuicios y recelos anticatalanes y restar votos a Roca. ¿Es ése PSOE el mismo que ahora defiende solemnemente la política lingüística de la Generalitat? Sí; es el mismo. Unas veces promueve los resquemores anticatalanes y otras defiende el catalán, pero todo lo hace por una sola y permanente razón: porque le conviene.
Aquí no hay ningún problema de coherencia. Lo que hay es una total carencia de principios y una utilización netamente oportunista de cuanto pilla por medio.
Pero eso también es coherente. Coherente con los usos y costumbres de la política profesional.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de julio de 2010.
Alfonso Guerra dijo anteayer que hay que «evitar la tentación de utilizar la idea de España como moneda de trueque político». Como se veía lo que quería decir, todo el mundo tradujo la frase rápidamente: «Este critica a Felipe por sus cambalaches con Pujol». Pero la frase de Guerra merece ser examinada también, y aún más, tal cual -en su literalidad, que dicen ahora los pedantones al paño-, con esa referencia tan directa a «la idea de España».
Guerra habla de «la idea de España» como si sólo hubiera una y todo el mundo supiera cuál es. Pero no es así. Hay muchas ideas de España. Como vasco, lo sé desde mis años de escolar: mientras unos trataban de inculcarme que España era «una unidad de destino en lo universal», otros me decían que España podía ser lo que le diera la gana, pero que Euskadi, desde luego, no formaba parte de eso, en tanto unos terceros me animaban a pensar que España era tan sólo el escenario geopolítico en el que nos tocaba librar la necesaria lucha contra el capitalismo internacional. Ya tenemos ahí tres concepciones distintas de España: la de quienes la sienten como «patria común e indivisible de todos los españoles», la de quienes se borran de esa Patria y se apuntan a otra distinta y la de quienes no se identifican con esa Patria porque las rechazan todas. ¿Alguna de ellas es «la» idea de España, la fetén, la que se ajusta a la verdad de los hechos? No lo creo. Yo, por lo menos, no me acogería a ninguna de las tres. De todos modos, hay más. Antonio Machado veía dos Españas: la de charanga y pandereta, de un lado, y la de la rabia y de la idea, enfrente. Y, aunque esta última yo no la veo por ningún lado -se ve que la hemos perdido por el camino-, hay que admitir que la de Machado -no lo negará Guerra- es otra «idea de España». Y aún caben más. Hay quien, parodiando a Primo de Rivera Jr., sostiene que España no es una «unidad de destino en lo universal», sino una unidad de desatino en la calamidad. Es otra idea estimable.
A mediados del pasado siglo, Nicolai Gavrílovich Chernishevski clamaba contra el pueblo ruso, es decir, contra su propio pueblo: «¡Pueblo de esclavos! ¡Del primero al último, todos sois esclavos!». Si me topara con un nacionalismo español como ése, con un orgullo nacional tan poco exclusivista, con un tal amor por el propio pueblo -frustrado, como todos los grandes amores-, sí que pensaría que alguien ha tenido por fin una «idea de España» que merecería el honor de ser considerada «la» idea de España. Pero estoy seguro de que quien así sintiera no la emprendería contra vascos y catalanes, como Chernishevski no fustigó a lituanos y georgianos: sabía que el enemigo de su Rusia no estaba ni en Kiev ni en Tiflis, sino en Petersburgo.
Una «idea de España» como ésa no correría ningún peligro de servir como moneda de trueque.
No tendría precio.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de marzo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de marzo de 2012.