1994/02/26 07:00:00 GMT+1
En Linares, los dueños de los restaurantes chinos han puesto en las puertas de sus establecimientos unos carteles que dicen: «Somos chinos, no japoneses». Temen que el personal, que está que trina con los hijos del imperio del Sol Naciente a cuento de la crisis de Suzuki-Santana, la emprenda con ellos. Se ve que no confían demasiado en la habilidad de los linarenses para distinguir entre unos orientales y otros.
Comprendo que los trabajadores de Santana, Linares y todo Jaén se suban por las paredes de cabreo, pero no creo que ganen gran cosa vituperando a los japoneses. Ni a los japoneses en general ni a los directivos de Suzuki, en particular. Ellos fueron a Linares a hacer negocio; no consiguen hacerlo, así que se largan. No les interesa nada que no sea obtener beneficios. ¿Que esa es una actitud egoísta? Desde luego. Pero criticar a los capitalistas por no buscar sino el beneficio es como reprochar a los futbolistas que jueguen con los pies: es lo suyo. Los capitalistas solo reparan en la dimensión social de sus actos cuando eso puede influir en su cuenta de resultados. Estoy seguro de que Suzuki se pensaría mil veces el cierre de una de sus factorías en Japón. Porque allí su prestigio cotiza en Bolsa, y porque el cierre de una fábrica podría generar conflictos en las demás. Pero ¿en España? Bah. Aquí no se les ha perdido nada de nada.
Aseguran los trabajadores de Santana que Suzuki ha hecho todas las trampas que ha podido. Y estoy convencido de que es verdad. Pero si han hecho todas las trampas que han podido es porque han podido, o sea, porque alguien les ha dejado.
¿Que los jefes de Suzuki son unos piratas? Por supuesto. A mí lo que es, eso no me dice nada que no supiera de antemano. Los de Suzuki, y los de Volkswagen, y los de Kio... El problema no estriba en que el capital foráneo piratee, sino en que hay quien le permite piratear a su antojo.
A quienes tienen que enfilar los linarenses y los jienenses, a quienes tenemos que enfilar todos, no es a los japoneses en general, que -Pearl Harbour al margen- son gente muy jovial, caracterizada por desplazarse en grupo y fotografiar todo lo que pillan por delante, sino a nuestro ilustre sevillano de La Moncloa, que creyó que era una idea a su altura de gran estadista permitir que el capital extranjero entrara por aquí como Pedro por su casa, y al geniecillo de Tafalla, empeñado en predicar que en estos tiempos el capital no tiene patria. Qué capullo. Mira si no la tiene: pregúntenselo a los damnificados por la huída de los dineros kuwaití, alemán y japonés.
Ay, Linares: no pierdas el tiempo maldiciendo a los de Tokio, que nada sacarás de eso. Apunta más bien a quienes, por pura inepcia -si es que no por interés-, han desarmado nuestras naves y las ha puesto a tiro de cualquier corsario.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/26 07:00:00 GMT+1
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1994/02/21 07:00:00 GMT+1
A mi amigo Gervasio Guzmán le trae por la calle de la amargura mi defensa de la Ley de Normalización Lingüística de Cataluña. Ayer tuve una agria discusión con él al respecto.
-Sabes que soy un enamorado de Cataluña... -empezó.
-Es curioso -le interrumpí-. ¿Por qué será que todos los que estáis furiosos con este asunto comenzáis vuestras diatribas con grandes declaraciones de amor por Cataluña? Excusatio non petita...
-Sabes que yo conozco bien la realidad catalana -prosiguió mi buen Gervasio.
-Sí, también Rodolfo Martín Villa conoce bien Cataluña. Como la conoció Martínez Anido, otro célebre gobernador de Barcelona. Pero conocer bien una realidad no impide maltratarla.
-¡No me compares con gente así! Si yo ataco la política lingüística de la Generalitat es en defensa de los derechos de los catalanes que hablan en español, que son gentes bien modestas. Tú, en cambio, te estás situando en el bando de la burguesía y de los obispos...
-Vamos por partes, Gervasio -le repliqué. En primer lugar, resulta muy mosqueante el furor que os ha entrado a algunos por defender unos derechos que los interesados, salvo muy contadas excepciones, no consideran que estén en peligro. ¿No te parece chocante que aún no haya habido en Cataluña ni una manifestación -no ya de los millones de los que habláis- ni siquiera de unos pocos miles en protesta por esa situación? Y no me vengas con que me pongo del lado de la burguesía y los obispos catalanes: cuando Pujol estaba en la cárcel y el clero catalán acogía a los antifranquistas, muchos de los que hoy defienden lo mismo que tú vestían camisa azul.
-Lo siento, pero es que no soporto a los nacionalistas -me objetó Gervasio.
-Dí más bien que no soportas a los nacionalistas catalanes. Porque bien que estás yendo de la mano de los centralistas, que no son sino nacionalistas del bando opuesto.
-Quieren cargarse el español.
-Paparruchas: el castellano goza de excelente salud en Cataluña. Es el catalán el que aún corre peligro.
-Te digo yo que esto es una pieza más del plan para lograr la independencia de Cataluña.
-Sí, del vuestro.
-¿Del nuestro? ¿De cuál? -se indignó Gervasio.
-Imagínate que en una reunión hay una persona con la que los demás no paran de meterse. Si abre la boca, la ponen a caldo. Si se ensimisma, le reprochan su falta de interés. ¿Qué otra cosa puede hacer, sino largarse? Pues ni eso, porque los demás le dicen que su concurso es imprescindible. Estáis haciendo todo lo posible para que la reunión acabe a tortas.
-No sé de qué me hablas -se enfurruñó Gervasio.
-Eso es lo peor -le contesté.
Pero ya había colgado.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/21 07:00:00 GMT+1
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1994/02/19 07:00:00 GMT+1
Juan Alberto Belloch va a conceder el tercer grado penitenciario a José Amedo y Michel Domínguez. ¡Belloch! No hablo del ministro de Justicia: hablo de ese hombre que vive y morirá con la responsabilidad de llamarse Juan Alberto Belloch. Quiero decir que estoy hablando de quien fue activo antifranquista, dirigente de Justicia Democrática y de Jueces para la Democracia, implacable enemigo de los excesos policiales desde la transición, crítico feroz de los GAL y de la razón de Estado como coartada para el asesinato organizado. Y es que un ministro de Justicia puede ser cualquier cosa _sobran las muestras, pero Juan Alberto Belloch solamente puede ser Juan Alberto Belloch, y lo fue cuando lo nombraron para el cargo, y lo seguirá siendo cuando ya no sea ministro y tenga que apechugar con el estricto inventario de su pasado. Porque las biografías son así, y del mismo modo que Belloch se ganó a pulso el aprecio de los demócratas incorruptibles -por la transparente vía de los actos, sin más-, ahora puede granjearse su desprecio. Aún hace bien poco decía a sus amigos: «En una cosa no transigiré nunca jamás: en lo de Amedo y Domínguez». Ahora le toca demostrarlo.
Hay momentos de la vida en los que a cada cual le toca decidir de qué bando está, aquí o enfrente, sin compromiso posible. Belloch se halla en una de esas encrucijadas. ¿Va a sellar con su firma el último de los actos de esa repugnante obra de la «razón de Estado» que fueron los GAL? ¿Será él quien se encargue al final de evitar que ese engendro pueda volverse contra quienes fueron sus últimos responsables? Si lo hace, habrá atravesado por entero el Rubicón de su largo historial de demócrata honesto. El mismo habrá elegido su suerte. Ya no será sino otro más de ellos. Y él sabe muy bien quiénes son ellos.
Lo de Garzón es otra cosa. A Garzón en esto le va la honrilla. Y la honrilla puede alquilarse por temporadas. Las convicciones democráticas profundas, en cambio, no se alquilan. O se conservan o se venden. Y una vez vendidas es imposible recuperarlas.
Ojalá esto fuera una película. En las películas siempre hay un momento en que el héroe, al que han puesto en los labios las mieles de la fama y el poder, se da cuenta de que las mieles no son mieles, sino fango, y se horroriza, y manda todo a freír espárragos, y vuelve con los suyos. Sería muy bonito que Belloch, el que fue Belloch, se diera también cuenta del horror en que se está hundiendo, y gritara un «no» rotundo y libre. Pero mucho me temo que Belloch ya no esté para películas. Prudentemente, callará el «no» y se instalará en la larga nómina de los tránsfugas.
Mi paisano Jorge Oteiza lo expresó muy bien cuando dijo: «No ensuciaré mi carrera de perdedor con un éxito de mierda». Belloch, a lo que se ve, ha olvidado que hay que estar con los perdedores.
Prefiere un éxito de mierda.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/19 07:00:00 GMT+1
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1994/02/16 07:00:00 GMT+1
Está claro que no está nada claro en qué consiste la moralidad. A alguna gente le parece inmoral que el diputado tory Stephen Milligan se vistiera con fino liguero y medias de seda para pelear consigo mismo por un quítame allá esas pajas. O que el otro diputado tory, el tal Hartley Booth, tuviera amores más o menos platónicos con una moza de 22 años, trotskista para más señas. Yo no veo en eso ni la más leve brizna de inmoralidad. A cambio, lo que sí me parece inmoral es que estos dos diputados conservadores, que en su intimidad se dedicaban a tan solazantes prácticas, en público apoyaran la cruzada carca que John Major tiene emprendida contra «la degradación de las costumbres».
Hay una moral de la convivencia en sociedad que todos hemos de respetar. Pero cada cual es libre de añadir a los principios de esa ética social otros de aplicación particular, y considerar que está muy mal comer carne los viernes, o tocarla fuera del matrimonio, o trasvestirse, o emular al bíblico Onán, o no ir a misa los domingos. No tengo nada de nada contra quienes se atienen fielmente a esos principios. Pero sí contra quienes, después de querer obligarnos a los demás a adoptarlos, demuestran que ellos mismos no los respetan. La libertad sexual no es inmoral; la doble moral, sí. El diputado Booth rizaba el rizo: en sus horas de asueto, simultaneaba los encuentros con su joven amante y los ejercicios como predicador metodista. Se ve que el tipo era un perfecto adicto a la hipocresía.
Esa es la gran inmoralidad que no deberíamos aceptar bajo ningún concepto, con la que deberíamos mostrarnos implacables. Porque el que se revela capaz de llevar hasta la antítesis sus prédicas públicas y su vida sexual privada puede hacer lo mismo en cualquier otro terreno. Hoy defiende la fidelidad conyugal que él mismo burla; mañana --o también hoy-- podrá denostar la corrupción mientras se embolsa comisiones ilegales.
En Cataluña se armó el otro día todo un escándalo porque el gran Pavlosky contó en un programa de TV3 la muy placentera relación que mantuvo en cierta ocasión con una gallina. Admito que la confesión no es lo más púdico que he oído en mi vida. Pero me inquieta que la historia de la gallina alborote tanto el gallinero y que, en cambio, las obscenidades de Felipe González, justificando la excarcelación de los asesinos Amedo y Domínguez en nombre del «Estado de Derecho», no vayan a provocar más que un discreto cloqueo general.
No me importa lo más mínimo que haya políticos que al caer la noche se vistan de damiselas y recorran los tugurios a la busca de recios camioneros que les calienten el catre. Pero me causan pavor cuando los veo justificar el crimen organizado como parte esencial de su trabajo de estadistas.
Un tipo que se maquilla no hace daño a nadie. El maquillador de crímenes, por contra, es un peligro público. Y un perfecto inmoral.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/16 07:00:00 GMT+1
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1994/02/12 07:00:00 GMT+1
Es el chiste de moda. Dios convoca a Yeltsin, Clinton y González para que, en su calidad de protolíderes mundiales, anuncien a la Humanidad que ha llegado la hora del Apocalipsis. Yeltsin regresa a Moscú y convoca una conferencia de Prensa: «He de anunciar dos cosas. La primera es que, en contra de lo que afirmaban los comunistas, Dios existe. La segunda, que el fin del mundo está cerca». Clinton hace lo propio en Washington: «Tengo dos noticias que daros; una buena y otra mala. La buena es que, en efecto, Dios existe. Y la mala, que el mundo se acaba». De regreso a Madrid, Felipe González también reúne a los periodistas. «Tengo dos buenas noticias para vosotros -les dice-. La primera es que Dios ha decidido que yo sea su portavoz. La segunda, que la crisis económica va a llegar muy pronto a su fin».
La gracia del chiste estriba en que relata una escena que resulta, a la vez, absurda y verosímil. ¿Hay quien dude de que, de encontrarse en un trance así, sería exactamente eso lo que pretendería González?
Este hombre solamente tiene una especialidad real: disfrazar de rosa lo negro y de victorias las derrotas. Es un puro feu follet. Habrá a quien eso le fascine. A mí, personalmente, para estas alturas, me aburre. Me aburre soberanamente. Releo las notas que fui tomando mientras hablaba: «El Gobierno está gobernando. Eso siempre cuesta entenderlo» (?). Otra más: «He hecho muchas comparecencias... También he hecho alguna comparecencia no pública» (??). «Hoy en día, el propio concepto de trabajo está cambiando». (¿El propio concepto? ¿Seguro? ¡Señor, cuanto disparate!).
Ya no me irrita. Simplemente me aburre. Me aburre que, después de tantos años, siga diciendo «Puyol» y «Yeneralitá», sin tomarse siquiera el trabajo de fingir que, como jefe del Gobierno de toda España, se interesa por la pronunciación de las lenguas minoritarias del Estado. Y me aburre sobremanera su tediosa manía de presentar, como si fueran piezas de un silogismo, las cosas más dispares. Un ejemplo tomado de su comparecencia de ayer: «El Gobierno quiere ayudar a resolver el asunto (de la PSV). Creo que la misma disposición tiene el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Por consiguiente, eso es posible». ¿Por consiguiente? ¿Basta con que él y Leguina quieran algo para que sea posible? Le llevaba contabilizados no menos de treinta porconsiguientes cuando me di por vencido. Es totalmente agotador.
Me imagino que hoy todo el mundo se dedicará a la consabida hermeneútica. Cuando aludió a Izquierda Socialista, ¿quiso decir que, a partir del Congreso, Guerra será como Santesmases, pero con AVE y en flacucho? ¿Qué exacto significado debe darse a aquel gesto que hizo con el pulgar en el minuto 12? ¿Estaba relajado o solamente lo pretendía? ¿Por qué vestía así?
Otros se lo explicarán. Yo no puedo. Lo siento. No consigo que me interese lo más mínimo.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/12 07:00:00 GMT+1
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1994/02/09 07:00:00 GMT+1
El Ayuntamiento de Vitoria- Gasteiz ha decidido tomar una represalia de choque contra quienes ensucian la capital alavesa: va a grabar en vídeo las guarradas que cometan los vecinos y las va a exhibir en el programa de Raffaella Carrá, en TVE1. ¿Que uno deja la basura donde no debe? Pues nada: pasado mañana aparece, bolsa en mano, en ¡Hola Raffaella! ¿Que mea en la calle? Pues igual, salvando la diferencia del objeto pillado entre los dedos.
Se trata de una iniciativa a la que veo varios inconvenientes.
Algunos de pura lógica. El otro día escuché al concejal vitoriano encargado de anunciar la decisión. Decía que se trata de avergonzar a unos individuos que son -dijo con énfasis- «unos sinvergüenzas». Pero avergonzar a un sinvergüenza es, por definición, imposible. Si alguien es capaz de avergonzarse, no es un sin-vergüenza.
Pero lo más grave de la medida no es que carezca de lógica formal. Lo peor es que, en cuanto al fondo, resulta perfectamente coherente. Su coherencia se llama fascismo.
«Es que a estos individuos las multas ya no les echan para atrás», alega el concejal. ¿Alguien se cree que haya gente a la que le dé igual soltar cincuenta, cien mil chuchas, con tal de seguir tirando la basura por la ventana? Venga: lo que el concejal está reconociendo es que la alcaldía de Vitoria, como tantas otras, no acierta a cobrar las multas que impone. Razón por la cual echa mano de la tal Raffaella y la pone a hacer de hombre del frac, sólo que con las gambas al aire y diez kilos de maquillaje por encima.
La idea del Ayuntamiento de Vitoria es, como digo, fascista. Y lo peor es que ni siquiera se da cuenta. Nuestras autoridades tienen tan poco asumidos los principios del Estado de Derecho que no sólo se plantean saltárselos a la torera, sino que encima lo anuncian a los cuatro vientos, como si fueran iniciativas ingeniosísimas. Igual que al otro le pareció todo un hallazgo que la Policía pudiera entrar a patadas en las casas, éstos se han creído que es una simpática ocurrencia violar simultáneamente los artículos 15 y 18 de la Constitución -en los que se prohíben los tratos moralmente degradantes y se garantizan los derechos al honor, la intimidad y la propia imagen- y volver el sistema feudal de castigo, con la pantalla de TV a guisa de picota actualizada.
Durante la Revolución Cultural China, los jóvenes guardias rojos exponían a sus enemigos políticos a la vergüenza pública. El método era asqueroso, sin duda. Pero, por lo menos, muchos grandes santones del partido y del Estado pasaron por esa humillación. Aquí vivimos la inversa de aquella Revolución Cultural: no se toca un pelo a los mayores ladrones y enemigos de la libertad, pero se zahiere y humilla públicamente a los mindundis. Si montas Filesa, no te pasa nada. Pero si no dejas la basura en su sitio, te ponen a parir en la tele.
Aunque tal vez era inevitable. Porque aquí, tele y basura siempre acaban encontrándose.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/09 07:00:00 GMT+1
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1994/02/05 07:00:00 GMT+1
La ministra de Cultura, doña Carmen Alborch, nos ha salido incendiaria. «Hay que mantener viva la llama del Liceo», ha dicho. En los años 20, Marinetti, el teatrero futurista, soñaba con pegar fuego a los museos. Marinetti era fascista: lo deduje del estudio de su obra y también -soy agudo observador- de su proclamada adhesión al Fascio de Mussolini.
Marinetti era muchas cosas, pero no tonto. Quería quemar museos y nada más que museos. De los teatros no decía ni mú. Y es que, si se quemaban los teatros, él no tendría dónde representar sus obras. O sea, que el tipo era muy futurista y muy incendiario, pero velaba por sus intereses. Con la señora Alborch pasa tres cuartos de lo mismo, sólo que al revés. Ella no dice nada de mantener viva la llama en los museos, porque su Ministerio tiene mucho dinero invertido en ellos -ay, Thyssen-, y se ceba con la ópera, que se la trae al pairo. Doblemente al pairo, porque a ella lo que le va es, según cuentan, la música de discoteca.
A mí, qué quieren, la ópera me gusta. Moderadamente. Mis gustos operísticos no son exquisitos (una vez escribí que las grandes óperas no son más que media docena de buenas canciones populares unidas por larguísimos y soporíferos rollos, y casi me fusilan). Como moderado amateur de la ópera, pues -y como moderado en general-, no puedo estar de acuerdo con la ministra: la llama del Liceu hay que apagarla cuanto antes, aunque sólo sea para que el vecindario -que también tiene sus derechos, qué caramba- pueda dormir tranquilo.
Pero una cosa es apagar la llama del todo, y otra ver qué se hace con el Liceu o, más exactamente, con la falta de Liceu. En un primer momento -en caliente, como aquel que dice-, todo pichichi de postín se declaró emocionado y ofreció dinero a espuertas para la reconstrucción del teatro. No se sabía si aquello era un funeral, una subasta o una disparatada síntesis de ambas ceremonias. Ahora hay ya una simpática discusión sobre las condiciones que deberían cumplirse para que se justificara la inyección de fondos públicos: unos quieren un Liceu así, otros -ay- asao, y los de más acá se lamentan y dicen que también Itálica se encuentra en estado ruinoso, y que sería bueno reconstruir la catedral de Burgos -en gótico tardío, me imagino-, o reparar el césped del Bernabéu...
Mi tesis es más sencilla. Parto de que un palacio de ópera no es un establecimiento de primera necesidad. Y sostengo que, en razón de ello, si los amantes de la ópera queremos tener Liceu, deberíamos pagárnoslo a escote. No me opongo al apoyo público al arte, pero considero que han de tener prioridad el empleo, la sanidad y las pensiones, sin ir más lejos.
Ruinas por ruinas, mejor sería que empezáramos por ocuparnos de las del Estado de bienestar.
¿Lujos de protección oficial? No, gracias.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/05 07:00:00 GMT+1
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1994/02/02 07:00:00 GMT+1
O sea, que una chispa, una simple chispa, acabó con el Liceu de Barcelona en un abrir y cerrar de ojos.
¿Una chispa? Desde luego que no. Ahora sabemos que el Liceu, tan bonito él, tan elegante, era en realidad un enorme amasijo de madera seca, tela y cuerdas. El gran templo catalán de la música reunía todas las condiciones para volverse tea. La chispa, esa tonta chispita del soplete reparador, no fue la razón causal. Sólo el agente casual.
Asunto trágico, pero también simbólico. Hace ahora cien años, un anarquista, Santiago Salvador, lanzó una bomba contra el patio de butacas del Liceu, cuyo público encarnaba lo que él más odiaba: la burguesía. Y es que el Liceu ha sido siempre ambas cosas: templo de música y asamblea de burgueses. ¿Cómo no reparar en que el acta de defunción del Liceu la haya alumbrado finalmente un obrero?
Involuntariamente, por supuesto. En lo cual veo yo otro símbolo: al final, los grandes cataclismos de la Historia nunca son el resultado de la actuación consciente de los individuos. El acto voluntarista de Santiago Salvador causó veinte muertos. ¿Qué ganó organizando esa carnicería? Nada. El patio de butacas y los palcos del Liceu siguieron dando acomodo a los señorones de frac y las señoronas enjoyadas que tanto le repugnaban. No fue sólo un homicida; fue también un pobre iluso. Las grandes estructuras de Poder no se derriban cuando a uno le da la gana, a bombazo limpio. Hace falta primero que la carcoma haga su trabajo y que la madera se vuelva yesca. Entonces, cualquier chispa involuntaria desata el incendio.
Todos los grandes incendios de la Historia -incendios a modo de símbolo: revoluciones- han sido el resultado de procesos inconscientes. Los mayores cataclismos sociales maduran lenta, soterradamente, y de súbito, una simple chispa, un incidente nimio o un acontecimiento de apariencia marginal provoca el estallido. Hace bien poco vimos cómo se desmoronaba en cuatro días el gigantón soviético. ¿Qué provocó su hundimiento? No vale la pena quedarse con ningún suceso concreto. Se hundió porque era un gigante con pies de barro, y el barro estaba hecho polvo. No lo parecía: la revolución iba por dentro.
Los individuos somos actores de una obra cuyo libreto ignoramos. Perseguimos unos objetivos, pero la Historia siempre acaba siendo otra.
Al primer periódico que fundó, Lenin le puso por nombre Isjra -en castellano, «La chispa»- y le añadió una leyenda que decía: «Una sola chispa puede incendiar toda la pradera». Para él, ése era un pensamiento esperanzador. Hoy sabemos que es muy cierto: que una chispa, si salta en las condiciones adecuadas, puede armar la de dios. Sólo que también sabemos que, una vez armada la de dios, el resultado puede ser un calvario colectivo.
La moraleja es simple: hay que tener mucho ojo con las chispas. Y también con la gente, cuando está que echa chispas.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de febrero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/02/02 07:00:00 GMT+1
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1994/01/29 07:00:00 GMT+1
A este país le han salido en las últimas semanas un montón de nuevos teóricos del sindicalismo. Algunos de ellos, a decir verdad, sorprendentes. Por ejemplo, Leopoldo Calvo-Sotelo. Don Leopoldo abandonó el otro día su tenaz ostracismo e irrumpió en el escenario patrio para afirmar que la huelga general es un método de lucha obsoleto y anacrónico, del todo inadecuado para sindicatos modernos y comme il faut.
Nadie en su sano juicio podría negar a don Leopoldo Calvo-Sotelo autoridad en materia de antiguallas. Si él dice de algo que está pasado de moda, es que lo está. Lo mismo que si sostuviera que Fulano es un engolado de tomo y lomo, o que Mengano es un marmolillo, o que Perengano es muy capaz de hundir el partido que dirige. Hemos de ir acostumbrándonos a ser modestos y a reconocer a cada quien sus méritos: don Leopoldo es todo un experto en estas materias, y sería pura necedad negárselo.
Me asaltan más dudas, empero, sobre la experiencia que pueda tener nuestro hombre en el campo de la lucha sindical. No digo que no la tenga, porque la biografía del señor Calvo-Sotelo ha mostrado tal propensión hacia lo sombrío y gris que lo mismo fue un gran dirigente obrero juvenil -como don Xabier Arzalluz, célebre cura obrero- y encabezó feroces huelgas mineras en Lugo -donde me consta que le gusta veranear- y yo ni me enteré. No me extrañaría lo más mínimo.
Sea como sea, e informado ya de que el señor Calvo-Sotelo -al que a partir de ahora llamaré sin falta «compañero Leopoldo»- estaba impaciente por revolucionar el sindicalismo con aportaciones joviales e imaginativas, me dispuse a considerarlas. Gran decepción: el compañero Leopoldo dijo eso, que las huelgas generales son un método «obsoleto», e ipso facto regresó a su hondo ostracismo (término cuya etimología, cuando se aplica a su persona, no tiene que ver con el sufragio ateniense, sino con la alegría vital de las ostras).
Pues bien: lo del compañero Leopoldo ha hecho escuela. En estos últimos días la teoría sindical se ha puesto de moda, y personas de toda suerte y condición -sobre todo políticos y periodistas- se han dedicado a perorar sobre lo inadecuadas que son hic et nunc las huelgas en general, y las huelgas generales en concreto. Y todos han coincidido en dos cosas: en aludir a las huelgas con el mismo adjetivo cursi y grimoso («están obsoletas»)... y en no acabar de definir qué otros métodos de lucha sindical serían más eficaces que las huelgas.
Por mi parte, y como tampoco tengo nada mejor que sugerir a los sindicatos, renuncio a recomendarles que se dejen de huelgas. Comprendo que el compañero Leopoldo y los otros son gentes revolucionarias, fieles a la máxima de Mao: «Antes de construir hay que destruir». Yo soy más conservador. Pero no pasa nada: es bueno que el sindicalismo tenga también su ala derecha.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de enero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/01/29 07:00:00 GMT+1
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1994/01/26 07:00:00 GMT+1
Guardo fiel en la memoria la imagen, vista en el No-Do a comienzos de los 60: el general Charles de Gaulle en el balcón; abajo, una ingente multitud de franceses y pied-noirs -un millón, dijeron- gritando a voz en cuello «Algérie, française!, Algérie, française!», reclamando que Argelia siguiera unida a la metrópoli, y el presidente de Francia que se dirige a ellos y les lanza un rotundo y solemnísimo «Je vous ai compris!» (¡Os he entendido!). Fue el delirio: ¡el general estaba de su parte!
Unos pocos meses más tarde, Charles de Gaulle inició en Evián conversaciones con los líderes del FLN argelino. Tras de lo cual, Argelia accedió a la independencia.
Yo era a la sazón un crío, pero el suceso me marcó: descubrí que los gobernantes, incluidos los de los Estados democráticos, tienen una fantástica capacidad para faltar a la palabra dada y para mentir con el mayor de los desparpajos.
Me fue inevitable recordar este episodio en la tarde del pasado 6 de junio, cuando Felipe González, recién informado de su victoria electoral, anunció urbi et orbi, casi con las mismas palabras que De Gaulle en Argel: «¡He entendido el mensaje!». Pensé para mí: «¿Qué Evián nos tendrá reservado éste?». Ahora ya sabemos que su Evián era doble: por un lado iba a pactar con Miquel Roca, y por otro -o por el mismo, según se mire- con Aznar.
Créanme, que es la voz de la experiencia la que escribe por mi pluma: jamás se tomen en serio las promesas de los gobernantes. No es forzoso que sean mentira, pero lo son con pasmosa frecuencia.
Ahora el Gobierno dice y repite que, ocurra lo que ocurra con la huelga general de mañana, no variará su política ni un ápice. Si solamente lo hubiera afirmado un ministro, o si lo hubiera dicho de pasada, pensaría que tal vez fuera cierto. Pero lo han dicho tantos y tantas veces que sólo puede ser mentira. Si se creen obligados a aparentar tanta firmeza -di de qué presumes y te diré de qué careces-, es que se sienten débiles. Escucho a muchos que argumentan que la huelga no va a servir para nada «porque ya el Gobierno ha dicho que no la tendrá en cuenta». Mi tesis es la contraria: dado que el Gobierno insiste en esa idea, es que está asustado.
González está asustado. Pero no sólo. También se siente cansado, desanimado, harto y triste. No se habla con casi nadie, considera que está rodeado de incompetentes e intrigantes -lo cual es una gran verdad- y se sabe rehén de CiU, obligado a hacer una política en la que no cree. Sólo le falta que, con las elecciones europeas a un tiro de piedra y con el partido hecho una jaula de grillos, una buena huelga general erosione aún más su ya menguada base social.
Les doy cita para el día después de la huelga. Si González pretende que el paro ha sido un fracaso y que a él no le ha afectado, es que la legislatura va a ser cortísima.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de enero de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/01/26 07:00:00 GMT+1
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